Epicuro
de Samos
(341-271 a.
C.)
Fragmentos de
dos cartas de Epicuro
Carta a Meneceo (Fragmento)
Parte de
nuestros deseos son naturales, y otra parte son vanos deseos; entre los
naturales, unos son necesarios y otros no; y entre los necesarios, unos lo son
para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida
misma. Conociendo bien estas clases de deseos es posible referir toda elección
a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque en ello consiste la vida
feliz. Pues actuamos siempre para no sufrir dolor ni pesar, y una vez que lo
hemos conseguido ya no necesitamos de nada más.
Por eso
decimos que el placer es el principio y fin del vivir feliz. Pues lo hemos
reconocido como bien primero y connatural, y a partir de él hacemos cualquier
elección o rechazo, y en él concluimos cuando juzgamos acerca del bien,
teniendo la sensación como norma o criterio. Y puesto que el placer es el bien
primero y connatural, no elegimos cualquier placer, sino que a veces evitamos
muchos placeres cuando de ellos se sigue una molestia mayor. Consideramos que
muchos dolores son preferibles a los placeres, si, a la larga, se siguen de
ellos mayores placeres. Todo placer es por naturaleza un bien, pero no todo
placer ha de ser aceptado. Y todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser
evitado siempre. Hay que obrar con buen cálculo en estas cuestiones, atendiendo
a las consecuencias de la acción, ya que a veces podemos servirnos de algo
bueno como de un mal, o de algo malo como de un bien.
La
autosuficiencia la consideramos como un gran bien, no para que siempre nos
sirvamos de poco, sino para que cuando no tenemos mucho nos contentemos con ese
poco; ya que más gozosamente disfrutan de la abundancia quienes menos necesidad
tienen de ella, y porque todo lo natural es fácil de conseguir y lo superfluo
difícil de obtener. Los alimentos sencillos procuran igual placer que una
comida costosa y refinada, una vez que se elimina el dolor de la necesidad.
Por ello,
cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los
placeres de los viciosos -como creen algunos que ignoran, no están de acuerdo o
interpretan mal nuestra doctrina-, sino al no sufrir dolores en el cuerpo ni
estar perturbado en el alma. Porque ni banquetes ni juergas constantes dan la
felicidad, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección o
rechazo y extirpa las falsas opiniones de las que procede la gran perturbación
que se apodera del alma.
El más grande
bien es la prudencia, incluso mayor que la filosofía. De ella nacen las demás
virtudes, ya que enseña que no es posible vivir placenteramente sin vivir
sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir
con placer. Las virtudes están unidas naturalmente al vivir placentero, y la
vida placentera es inseparable de ellas.
Exhortaciones
"La
necesidad es un mal, pero no hay necesidad alguna de vivir con necesidad".
"Nadie,
al ver el mal, lo elige, sino que se deja engañar por él, como si fuera un bien
respecto a un mal peor".
"Nada es
suficiente para quien lo suficiente es poco".
"Lo
insaciable no es la panza, como el vulgo afirma, sino la falsa creencia de que
la panza necesita hartura infinita".
"Todo el
mundo se va de la vida como si acabara de nacer".
"Quien un
día se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo
día".
"El que
menos necesita del mañana es el que avanza con más gusto hacia él".
"También
en la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un
error parecido al de quien se excede por desenfreno".
Carta a Herodoto (Fragmento)
Para aquéllos,
oh Herodoto, que no pueden tener un conocimiento perfectamente exacto de cada
uno de mis escritos sobre la Naturaleza, y estudiar a fondo los principales
libros, más largos, que he escrito, he hecho un resumen de toda mi obra que
permite retener más fácilmente las principales teorías. Podrán, así, evitarse
el tener que hacerlo ellos mismos con mis ideas principales en la medida en que
se interesen por la naturaleza.
Por otra
parte, quienes conocen ya a fondo mis obras completas, necesitan tener
presentes en la memoria las líneas generales de mi doctrina, pues a menudo
tenemos más necesidad de un resumen que del conocimiento particular de los
detalles. Hay que avanzar paso a paso reteniendo constantemente el conjunto de
la doctrina para comprender bien sus detalles. Este doble efecto será posible
si se comprenden bien y se retienen en su verdadera formulación las ideas
esenciales, y si se las aplica seguidamente a los elementos, a las ideas
particulares y a las palabras. Conoce a fondo la doctrina quien puede sacar
partido rápidamente de las ideas generales. Pues es imposible poseer en su
completo desarrollo la totalidad de mi obra si se es incapaz de resumir para
uno mismo y en pocas palabras el conjunto de aquello en lo que se quiere
profundizar particularmente, detalle a detalle.
Ya que este
método resulta útil para todos los que estudian seriamente la física, aconsejo
a todos los hombres decididos que se entregan asiduamente a tal estudio, y que
buscan en ella el medio de obtener tranquilidad de vida, que hagan un resumen
similar del conjunto de mis teorías.
Hay que
empezar, Herodoto, por conocer lo que se oculta en las palabras esenciales, a
fin de poder, relacionándolas con los cosas mismas, formular juicios sobre
nuestras opiniones, nuestras ideas y nuestras dudas. De este modo no corremos
el riesgo de discutir hasta el infinito sin resultados y de pronunciar palabras
vacías. En efecto, es necesario estudiar primeramente el sentido de cada
palabra, para no tener necesidad de un exceso de demostraciones, cuando
discutamos nuestras preguntas, nuestras ideas y nuestras dudas. Después hay que
observar todas las cosas confrontándolas con las sensaciones y, de modo general,
con las intuiciones del espíritu o cualquier otro criterio. Igualmente por lo
que respecta a nuestras afecciones presentes, para poder juzgar según los
signos los objetos de nuestra atención y los objetos ocultos.
Cuando se haya
visto todo eso se está preparado para estudiar las cosas invisibles y, en
primer lugar, podemos decirnos que nada nace de nada, ya que si las cosas no
tuvieran necesidad de semilla todo podría nacer de todo. Por otra parte, si lo
que desaparece volviera a la nada, todas las cosas perecerían, ya que no
podrían convertirse más que en nada. De lo que resulta que el universo ha sido
siempre y será siempre lo que es actualmente, ya que no hay ninguna otra cosa
en lo que se pueda convertir, y tampoco hay, fuera del universo, nada que pueda
actuar sobre él para provocar un cambio.
El universo
está formado por cuerpos. Su existencia queda más que suficientemente probada
por la sensación, pues es ella, lo repito, la que sirve de base al razonamiento
sobre las cosas invisibles. Si lo que llamamos el vacío, la extensión, la
esencia intangible, no existiera, no habría lugar en el que los cuerpos pudiera
moverse, como de hecho vemos que se mueven.
Al margen de
estas dos cosas no se puede comprender nada, - ni por intuición, ni por
analogía con los datos de la intuición-, de lo que existe en tanto que
naturaleza completa, ya que no estoy hablando de acontecimientos fortuitos o de
accidentes.
Entre los
cuerpos, unos son compuestos, y otros son los elementos que sirven para hacer
los compuestos. Estos últimos son los átomos indivisibles e inmutables, ya que
nada puede convertirse en nada, y es necesario que subsistan realidades cuando
los compuestos se desagregan. Estos cuerpos están llenos por naturaleza y no
tienen en ellos lugar ni medio por el que pudieran destruirse. De lo que
resulta que tales elementos deben ser, necesariamente, las partes indivisibles
de los cuerpos. Por lo demás, el universo es infinito. En efecto, lo que es
finito tiene un extremo, y el extremo se descubre por comparación respecto a
otro. Así que, careciendo de extremo, no tiene, en absoluto, fin; y, no
teniendo fin, es necesariamente infinito y no finito.
El universo es
infinito desde dos puntos de vista: por el número de cuerpos que contiene y por
la inmensidad del vacío que encierra. Si el vacío fuera infinito y el número de
cuerpos limitado, éstos se dispersarían en desorden por el vacío infinito, ya
que no habría nada para sostenerlos y nada para unirlos a las cosas. Y si el
vacío fuera limitado y el número de cuerpos infinitos no habría lugar donde se
pudieran instalar.
Por otra
parte, los cuerpos llenos e indivisibles, de los que están formados y en los
que se resuelven los compuestos, presentan formas tan diversas que no podemos
conocer su número, ya que no es posible que tantas formas diferentes provengan
de un número limitado y comprensible de figuras semejantes. Además, cada figura
presenta un número infinito de ejemplares, pero, por lo que respecta a su
diferencia, tales figuras no alcanzan un número absolutamente ilimitado. Su
número es, simplemente, incalculable.
Además, los
átomos están animados de movimiento perpetuo. Unos están separados por grandes
intervalos; otros, por el contrario, conservan su impulso todas las veces que
son desviados, uniéndose a otros y convirtiéndose en las partes de un
compuesto. Es la consecuencia de la naturaleza del vacío, incapaz por sí mismo
de inmovilizarlos. Por otra parte, su inherente solidez les hace rebotar, luego
de cada choque, al menos en la medida en que su integración en un compuesto les
permita rebotar luego de un choque.
El movimiento
de los átomos no ha tenido comienzo, ya que los átomos son tan eternos como el
vacío.
Por otra
parte, hay una infinidad de mundos, sean parecidos al nuestro, sean diferentes.
En efecto, siendo los átomos infinitos, como se acaba de demostrar, son
llevados por su movimiento hasta los lugares más alejados. Y tales átomos, que
por su naturaleza sirven, ya por sí mismos, ya por su acción, para crear un
mundo, no pueden ser utilizados todos para formar un único mundo, o un número
limitado de mundos, ni para los semejantes a éste, ni para los diferentes, de
modo que nada impide que haya una infinidad de mundos.
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