El
Arte de la Prudencia - Baltasar Gracián
1. Hoy todo ha logrado la perfección, pero ser una auténtica persona
es la mayor. Más se precisa hoy para ser sabio que antiguamente para
formar siete, y más se necesita para tratar con un solo hombre en estos
tiempos que con todo un pueblo en el pasado.
2. Carácter e inteligencia: los dos polos para lucir las cualidades;
uno sin otro es media buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa
la predisposición del carácter. La mala suerte del necio es errar la
vocación en el estado, la ocupación, la vecindad y los amigos.
3. Manejar los asuntos con expectación. Los aciertos adquieren valor
por la admiración que provoca la novedad. Jugar a juego descubierto
ni gusta ni es útil. No descubrirse inmediatamente produce curiosidad:
especialmente cuando el puesto es importante surge la expectación general.
El misterio en todo, por su mismo secreto, provoca veneración. Incluso
al darse a entender se debe huir de la franqueza. El silencio recatado
es el refugio de la cordura.
4. El saber y el valor contribuyen conjuntamente a la grandeza. Hace
al hombre inmortal porque ellos lo son. Tanto es uno cuanto sabe, y
el sabio todo lo puede. Un hombre sin conocimientos es un mundo a oscuras.
Es necesario tener ojos y manos, es decir; juicio y fortaleza. Sin valor
es estéril la sabiduría.
5. Hacerse indispensable. No hace sagrada la imagen el que la pinta
y adorna, sino el que la adora. El sagaz prefiere los que le necesitan
a los que dan las gracias. La esperanza cortés tiene buena memoria,
pero el agradecimiento vulgar es olvidadizo y es un error confiar en
él.
6. Estar en la cima de la perfección. No se nace hecho. Cada día uno
se va perfeccionando en lo personal y en lo laboral, hasta llegar al
punto más alto, a la plenitud de cualidades, a la eminencia. Algunos
nunca llegan a ser cabales, siempre les falta algo; otros tardan en
hacerse.
7. Evitar las victorias sobre el jefe. Toda
derrota es odiosa, y si es sobre el jefe o es necia o es fatal.
Siempre fue odiada la superioridad, y más por los superiores. Será fácil
hallar quien quiera ceder en éxito y en carácter, pero no en inteligencia,
y mucho menos un superior. A los jefes les gusta ser ayudados, pero
no excedidos.
8. No apasionarse: la señal del más elevado espíritu. Su misma superioridad
le libra de la esclavitud a las impresiones pasajeras y comunes. No
hay mayor señorío que el de sí mismo, de las propias pasiones. Es el
triunfo de la voluntad. Y si la pasión puede afectar a lo personal,
nunca alcance lo laboral, y menos aún cuanto mayor sea. Esta
es la forma inteligente de ahorrar disgustos y de lograr reputación
pronto y fácilmente.
9. Eludir los defectos de su nación. Ninguna nación se escapa de algún
defecto innato, incluso la más culta, defecto que censuran los Estados
vecinos como cautela o como consuelo. Corregir, o por lo menos disimular,
estos efectos es un triunfo; con ello se consigue el crédito de único
entre los suyos, pues siempre se estima más lo que menos se espera
10. Fortuna y fama. Lo que tiene de inconstancia la una, tiene de firme
la otra. La primera sirve para vivir, la segunda para después; aquella
actúa contra la envidia, ésta contra el olvido.
11. Tratar con quien se pueda aprender. El trato amigable debe ser una
escuela de erudición, es y la conversación una enseñanza culta. El prudente
frecuenta las casas de los hombres eminentes. Hay que complementar lo
útil del aprendizaje con lo gustoso de la conversación.
12. Naturaleza y arte, materia y elaboración. No hay belleza sin ayuda,
ni perfección que no parezca bárbara sin la participación del arte:
socorre lo malo y perfecciona lo bueno. Todo hombre parece tosco sin
el arte. Es necesario pulirse para alcanzar la perfección.
13. Obrar con intención; con primera y con segunda intención. La vida
del hombre es milicia contra la malicia del hombre: la sagacidad pelea
con estratagemas de mala intención. Nunca hace lo que indica: apunta,
sí, para despistar; se insinúa con destreza y disimulo; y actúa en la
inesperada realidad, atenta siempre a confundir. Deja caer una intención
para tranquilizar la atención ajena, y gira inmediatamente contra ella,
venciendo por lo impensado.
14. El fondo y la forma. No basta la sustancia, también se necesita
la circunstancia. Los malos modos todo lo corrompen, hasta la justicia
y la razón. Los buenos todo lo remedian: doran el no, endulzan la verdad
y hermosean la misma vejez. En las cosas tiene gran parte el cómo.
15. Tener inteligencias auxiliares. Es una gran suerte de los poderosos
acompañarse de hombres de gran entendimiento que les saquen de todos
los problemas causados por la ignorancia y que incluso peleen por ellos
las luchas más difíciles. El que no pudiera alcanzar a tener la sabiduría
en servidumbre, que la alcance en la amistad.
16. Saber con recta intención garantiza la abundancia de aciertos. Un
buen entendimiento casado con una mala voluntad fue siempre una violación
monstruosa.
17. Variar de estilo al actuar. No obrar siempre igual. Así se confunde
a los demás, especialmente si son competidores. No hay que obrar siempre
de primera intención, pues nos captarán la rutina y se anticiparán y
frustrarán las acciones. Tampoco hay que actuar siempre de segunda intención,
pues entenderán la treta cuando se repita.
18. Aplicación y capacidad. No hay eminencia sin ambas, y si concurren,
la eminencia es aún mayor. Es mejor conseguir una medianía con aplicación
que una superioridad sin ella. La reputación se compra con trabajo:
poco vale lo que poco cuesta.
19. No comenzar con demasiada expectación. Es un chasco frecuente ver
que todo lo que recibe muchos elogios antes de que ocurra no llegará
después a la altura esperada. Lo real nunca puede alcanzar a lo imaginado,
porque imaginarse las perfecciones es fácil, pero es muy difícil conseguirlas.
20. Ser hombre de su época. Los hombres de rara eminencia dependen de
la época en que viven. Las cosas tienen su tiempo; incluso las eminencias
dependen del gusto de su época. Pero la sabiduría lleva ventaja: es
eterna, y si éste no es su tiempo lo serán otros muchos.
21.
El arte de la suerte.
La buena suerte tiene sus reglas; no todo son casualidades para el sabio;
el esfuerzo puede ayudar a la buena suerte. Si bien se piensa, no hay
otro camino sino el de la virtud y la prudencia, porque no hay más buena
ni mala suerte que la prudencia o la imprudencia.
22. Ser hombre agradable y jugosa conversación. La munición de los discretos
es la galante y gustosa erudición, es decir, un saber práctico de todas
las cosas corrientes, más inclinado a lo gustoso y elevado que a lo
vulgar. Es conveniente tener una buena reserva de frases ingeniosas
y comportamientos galantes y saberlos emplear en el momento
adecuado.
Más le valió a algunos la sabiduría que se comunica en el trato social
que todos los conocimientos académicos.
23.
No tener un defecto. Es nuestro destino tener defectos. Pocos viven
sin ellos, tanto en lo moral como en el carácter.
Sería una gran habilidad convertirlos en motivo de estimación. César
supo cubrir de laureles su calvicie.
24. Moderar la imaginación es el todo para la felicidad. Unas veces
hay que refrenarla y otras ayudarla: el buen sentido la ajusta.
25. Ser buen entendedor. Saber razonar era la más elevada de las artes;
ya no es suficiente: ahora es necesario adivinar, y más en asuntos que
pueden decepcionar. No puede ser entendido el que no sea buen entendedor.
Las verdades que más nos importan vienen siempre a medio decir. El prudente
debe saber entenderlas: resuena la credulidad en las cosas favorables
y la estimula en las odiosas.
26. Encontrar el punto débil de cada uno. Este es el arte de mover las
voluntades. Es más una destreza que determinación. Es saber por dónde
se ha de entrar a cada uno. Primero hay que conocer el carácter, después
tocar el punto débil, insistir en él, pues infaliblemente se quedará
sin voluntad.
27. Mejor lo intenso que lo extenso. La perfección no consiste en la
cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro:
usar mucho lo bueno es abusar.
28.
No ser vulgar en nada.
No serlo en el gusto. Los hartazgos de aplauso popular no satisfacen
a los discretos. El vulgo admira la necedad común y rechaza el consejo
excelente.
29. Tener entereza. Hay que estar siempre de parte de la razón, con
tal decisión que ni la pasión del vulgo ni la fuerza de la violencia
obliguen jamás a pisar la raya de la razón.
30. No dedicarse a ocupaciones desacreditadas. Sólo se obtiene desprecio
y no renombre. Las sectas del capricho son muchas y el hombre cuerdo
debe huir de todas ellas. Hay gustos exóticos que siempre se casan con
todo aquello que los sabios repudian.
31. Conocer a los afortunados, para escogerlos, y a los desdichados,
para rechazarlos. La mala suerte es, con frecuencia, culpa de la estupidez
y no hay contagio más pegadizo para los próximos al desdichado. Nunca
se debe abrir la puerta al menor mal, pues siempre venderán tras
él,
a escondidas, otros muchos
y mayores. En la duda lo mejor es acercarse a los sabios y prudentes,
pues tarde o temprano dan con la buena suerte.
32. Tener fama de complaciente. Es fundamental para que gusten los que
gobiernan; es una excelente calidad para que los soberanos obtengan
la gracia de todos. Esta
es la ventaja de mandar: poder hacer más bien que todos los demás.
33.
Saber apartarse. Es una gran lección de la vida el saber negar jamás
pero lo es mayor el negarse uno mismo, tanto en los negocios como en
el trato personal.
Peor es ocuparse de lo inútil que no hacer nada. Para ser prudente no
basta no ser entrometido: hay que procurar que no te entrometan.
34. Conocer su mejor cualidad. Hay que cultivar la cualidad más relevante
y ayudar a las demás. Cualquiera habría triunfado si hubiera conocido
su mejor cualidad. Lo que la pasión exalta con rapidez, tarde lo desengaña
el tiempo.
35. Sopesar las cosas. Más las que más importa. Algunos hacen mucho
caso de lo que importa poco y poco de lo que importa mucho, sopesando
siempre al revés. El sabio todo lo sopesa, aunque ahonda especialmente
donde hay profundidad y dificultades y dónde cree que a veces hay más
de lo que piensa.
36. Tantear su suerte para actuar, para comprometerse. Es un gran arte
saber gobernar la suerte, esperándola (pues también cabe la espera en
ella) u obteniéndola (pues tiene turno favorable y oportuno). Pero su
comportamiento es tan anómalo que no se puede entender del todo. Quien
la encontró favorable, prosiga con atrevimiento, pues suele apasionarse
por los audaces y, como mujer deslumbrante que es, por los jóvenes.
37. Conocer las insinuaciones y saber usarlas. Es el punto más sutil
del trato humano. Se usan para probar los ánimos y, de la manera más
disimulada y penetrante, el corazón.
38. Saber retirarse cuando se está ganando. Es lo que hace los jugadores
profesionales. Tan importante es una lúcida retirada como un ataque
esforzado. Hay que poner a salvo los éxitos cuando hubiera bastantes,
incluso cuando fueran muchos. Un éxito continuado fue siempre sospechoso;
es más segura la buena fortuna alterna. La fortuna se cansa de llevar
a uno a cuestas durante mucho tiempo.
39. Conocer cuando las cosas están en su punto, en su sazón, y saberlos
disfrutar. Todas las obras de la naturaleza llegan al colmo de su perfección:
hasta allí fueron ganando, desde allí irán perdiendo.
40. Don de gentes. Conseguir la admiración general es mucho, pero es
más ganar el afecto. La cortesía es el mayor embrujo político de los
grandes personajes. Primero hechos y después palabras.
41. Nunca exagerar. Es importante para la prudencia no hablar con superlativos,
para no faltar a la verdad y para no deslucir la propia cordura. Las
exageraciones son despilfarros de estima y dan indicio de escasez de
conocimiento y gusto. La alabanza despierta vivamente la curiosidad,
excita el deseo. Después, si no se corresponde el valor con el precio,
como sucede con frecuencia, la expectación se vuelve contra el engaño
y se desquita con el desprecio de lo elogiado y del que elogio.
42. La natural capacidad de mando. Es una secreta fuente de superioridad.
No debe proceder de un enfadoso artificio, sino de una naturaleza imperiosa.
43. Sentir con los menos y hablar con los más. Querer ir contracorriente
hace imposible descubrir los engaños y es peligroso. Sólo Sócrates podía
hacerlo. La verdad es de pocos, pero el engaño es tan común como vulgar.
44. Simpatía con los grandes hombres. Una cualidad de héroe es concordar
con los héroes. Esta simpatía es un prodigio de la naturaleza tanto
por lo oculto como por lo ventajoso. Existe un parentesco de corazones
y de caracteres. Sus efectos son los que la ignorancia vulgar atribuye
a la magia.
45. Usar, y no abusar, de las segundas intenciones. No se deben mostrar
ni dar a entender. Todo artificio se debe encubrir, pues es sospechoso,
y más las segundas intenciones, pues son odiosas. El engaño se usa mucho,
por eso y para evitar la desconfianza hay que multiplicar el recelo,
sin mostrarlo. El recelo distancia e invita a la venganza, despierta
el mal que no se había imaginado.
46. Corregir su antipatía. Solemos aborrecer de modo gratuito, incluso
antes de conocer las supuestas cualidades. La cordura debe corregirlo,
pues no hay peor descrédito que aborrecer a los mejores.
47. Huir de los asuntos difíciles y peligrosos. Es una de las primeras
tareas de la prudencia. Estos asuntos son tentaciones del juicio y es
más seguro huirlas que vencerlas.
48. Cuanto mayor fondo tiene el hombre tanto tiene de persona. Como
los brillos interiores y profundos del diamante, lo interior del hombre
siempre debe valer el doble que lo exterior. Hay sujetos que sólo son
fachada, como casas sin acabar porque faltó caudal: tiene la entrada
de palacio y de choza las habitaciones. No hay en estos donde descansar,
o todo descansa, porque tras el saludo se acabó la conversación.
49. Ser hombre ocioso y observador. El
manda en los objetos y no los objetos en el.
Entiende y valora la esencia de cualquiera con sólo verlo. Todo
lo descubre, advierte, alcanza y comprende.