Elogio de la ociosidad
(Bertrand Russell)
(Escrito en 1932)
Como casi toda mi generación, fui
educado en el espíritu del refrán "La ociosidad es la
madre de todos los vicios". Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto
me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente
hasta el momento actual. Pero, aunque mi conciencia haya controlado mis actos,
mis opiniones han experimentado una revolución. Creo que se ha trabajado
demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha
causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales
modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo
el mundo conoce la historia del viajero que vio en Nápoles doce
mendigos tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una
lira al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para
reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo correcto.
Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la ociosidad es
más difícil y para promoverla se requeriría una gran propaganda. Espero
que, después de leer las páginas que siguen, los dirigentes de la Asociación
Cristiana de jóvenes emprendan una campaña para inducir a los jóvenes a no
hacer nada. Si es así, no habré vivido en vano. Antes de presentar mis propios
argumentos en favor de la pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar.
Cada vez que alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone
ocuparse en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía, se
le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la boca a
otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento fuese válido,
bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para tener la boca llena de
pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas es que un hombre suele gastar
lo que gana, y al gastar genera empleo. Al gastar sus ingresos, un hombre pone
tanto pan en las bocas de los demás como les quita al ganar. El verdadero
malvado, desde este punto de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a
meter sus ahorros en un calcetín, como el proverbial campesino francés, es
obvio que no genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos
obvia, y se plantean diferentes casos.
Una de las cosas que con más
frecuencia se hacen con los ahorros es prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del gasto público de la mayor parte de
los gobiernos civilizados consiste en el pago de deudas de guerras pasadas o en
la preparación de guerras futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno
se halla en la misma situación que el malvado de Shakespeare que alquila
asesinos. El resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento de las fuerzas
armadas del estado al que presta sus economías.
Resulta evidente que sería mejor que
gastara el dinero, aun cuando lo gastara en bebida o en juego.
Pero -se me dirá- el caso es
absolutamente distinto cuando los ahorros se invierten en empresas industriales.
Cuando tales empresas tienen éxito y producen algo útil, se puede admitir. En
nuestros días, sin embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas
fracasan. Esto significa que una gran cantidad de traba o humano, que hubiera
podido dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en
la fabricación de máquinas que, una vez construidas, permanecen paradas y no
benefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus ahorros en un negocio
que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo. Si gasta su dinero
-digamos- en dar fiestas a sus amigos, éstos se divertirán -cabe esperarlo-, al
tiempo en que se beneficien todos aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y el
contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta -digamos- en tender rieles para
tranvías en un lugar donde los tranvías resultan innecesarios, habrá desviado
un considerable volumen de trabajo por caminos en los que no dará placer a
nadie. Sin embargo, cuando se empobrezca por el fracaso de su inversión, se le
considerará víctima de una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre
derrochador, que gastó su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y frívola.
Nada de esto pasa de lo preliminar.
Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en
el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por
una reducción organizada de aquél.
Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay
dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o
cerca de, la superficie de la tierra, en relación con otra materia dada; la
segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es
desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La
segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están
los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes
deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan
simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se
requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo,
sino el conocimiento del arte de hablar y escribir
persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda.
En Europa, aunque no en
Norteamérica, hay una tercera clase de hombres, más respetada que cualquiera de
las clases de trabajadores. Hay hombres que, merced a la propiedad de la tierra, están
en condiciones de hacer que otros paguen por el privilegio de que les consienta
existir y trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría
esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente, su ociosidad solamente resulta
posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo de cómoda
ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del trabajo. Lo último que podrían
desear es que otros siguieran su ejemplo.
Desde el comienzo de la civilización
hasta la revolución industrial, un hombre podía, por lo general, producir,
trabajando duramente, poco más de lo imprescindible para su propia subsistencia
y la de su familia, aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como
él, y sus hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria
para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se dejaba
en manos de los que lo producían, sino que se lo apropiaban los guerreros y los
sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente; los guerreros y los
sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto como en otros tiempos, con el resultado
de que muchos de los trabajadores morían de hambre.
Este sistema perduró en Rusia hasta
1917 y todavía perdura en Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución
industrial, se mantuvo en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta
hace cien años, cuando la nueva clase de los industriales ganó poder. En
Norteamérica, el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró tanto y que terminó tan recientemente
ha dejado, como es natural, una huella profunda en
los pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena parte de lo que damos
por sentado acerca de la conveniencia del trabajo procede de este sistema, y,
al ser preindustrial, no está adaptado al mundo moderno. La técnica moderna ha
hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de
clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido
en toda la comunidad. La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y
el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Es evidente que, en las comunidades
primitivas, los campesinos, de haber podido decidir, no hubieran entregado el
escaso excedente con que subsistían los guerreros y los sacerdotes, sino que
hubiesen producido menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que
los obligaba a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó
posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era su
deber trabajar intensamente, aunque parte de su trabajo fuera a sostener a
otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la compulsión requerida se fue
reduciendo y los gastos de gobierno disminuyeron. En nuestros días, el noventa
y nueve por ciento de los asalariados británicos, se sentirían realmente
impresionados si se les dijera que el rey no debe tener ingresos mayores que
los de un trabajador. El deber, en términos históricos, ha sido un medio,
ideado por los poseedores del poder, para inducir a los demás a
vivir para el interés de sus amos mas que para su propio interés. Por supuesto,
los poseedores del poder también han hecho lo propio
aún ante si mismos, y sé las arreglan para creer que sus intereses son
idénticos a los más grandes intereses de la humanidad. A veces esto es cierto;
los atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de
su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización, que
hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es
esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más
hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no
porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la
técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para
la civilización.
La técnica moderna ha hecho posible
reducir enormemente la cantidad de trabajo requerida para asegurar lo
imprescindible para la vida de todos. Esto se hizo evidente durante la guerra.
En aquel tiempo, todos los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y
todas las mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y
todas las mujeres ocupados en espiar, en hacer propaganda bélica o en las
oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados de las
ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de bienestar físico
entre los asalariados no especializados de las naciones aliadas fue más alto
que antes y que después. La significación de este hecho fue encubierta por las
finanzas: los préstamos hacían aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando
al presente. Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró de modo
concluyente que la organización científica de la producción permite mantener
las poblaciones modernas en un considerable bienestar con sólo una pequeña
parte de la capacidad de trabajo del mundo entero. Si la organización
científica, que se había concebido para liberar hombres que lucharan y
fabricaran municiones, se hubiera mantenido al finalizar la guerra, y se
hubiesen reducido a cuatro las horas de trabajo, todo hubiera ido bien. En
lugar de ello, fue restaurado el antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se
necesitaba se vieron obligados a trabajar largas horas, y al resto se le dejó
morir de hambre por falta de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y
un hombre no debe recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino
proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.
Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en
circunstancias completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de
extrañar que el resultado haya sido desastroso. Tomemos un ejemplo. Supongamos
que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la
manufactura de alfileres. Trabajando -digamos- ocho horas por día, hacen tantos
alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa
un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el
número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese
número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera
venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los
implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en
lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto
se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados
alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente
empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo.
Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de
los hombres están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue
trabajando demasiado. De este modo, queda asegurado que el inevitable tiempo
libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de
felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato?
La idea de que el pobre deba
disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En
Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de
trabajo de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada
algunas veces, y, por lo general, trabajrán doce horas al día. Cuando los
entrometidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les
dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco
después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron
establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las
clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: "¿Para qué
quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar". Hoy, las gentes son menos
francas, pero el sentimiento persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra
confusión económica.
Consideremos por un momento
francamente, sin superstición, la ética del trabajo. Todo ser humano,
necesariamente, consume en el curso de su vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa que
podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable, resulta injusto
que un hombre consuma más de lo que produce. Por supuesto, puede prestar algún
servicio en lugar de producir artículos de consumo, como en el caso de un médico, por
ejemplo; pero algo ha de aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el deber de trabajar ha de ser admitido;
pero solamente en esta medida.
No insistiré en el hecho de que, en
todas las sociedades modernas, aparte de la URSS, mucha gente elude aun esta
mínima cantidad de trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y
todos aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se
consienta a éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el hecho de que se espere de los
asalariados que trabajen en exceso o que mueran de hambre.
Si el asalariado Ordinario trabajase
cuatro horas al día, alcanzaría para todos y no habría paro -dando por supuesta
cierta muy moderada cantidad de organización sensata-. Esta idea escandaliza a
los ricos porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas horas, aun
cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la
idea del tiempo libre de los asalariados,
excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el
ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus
hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa
que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob
atracción por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos
sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no
la pone en situación más acorde con el sentido común.
El sabio empleo del tiempo libre -hemos de admitirlo-
es un producto de la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado
largas horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso.
Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá privado
de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para que el grueso de
la gente haya de sufrir tal privación; solamente un necio ascetismo,
generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo en trabajar en cantidades
excesivas, ahora que ya no es necesario.
En el nuevo credo dominante en el
gobierno de Rusia, así como hay mucho muy diferente de la
tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas cosas que no han cambiado en
absoluto. La actitud de las clases gobernantes, y especialmente de aquellas que
dirigen la propaganda educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es casi exactamente la
misma que las clases gobernantes de todo el mundo han predicado siempre a los
llamados pobres honrados. Laboriosidad, sobriedad, buena voluntici. para
trabajar largas horas a cambio de lejanas ventajas, inclusive sumisión a la
autoridad, todo reaparece; por añadidura, la autoridad todavía representa la
voluntad del Soberano del Universo. Quien, sin
embargo, recibe ahora un nuevo nombre: materialismo dialéctico.
La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos
puntos en común con la victoria de las feministas en algunos otros países.
Durante siglos, los hombres han admitido la superior santidad de las mujeres, y
han consolado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la santidad es más
deseable que el poder. Al final, las feministas decidieron tener las dos cosas,
ya que las precursoras de entre ellas creían todo lo que los hombres les habían
dicho acerca de lo apetecible de la virtud, pero no lo que les habían dicho
acerca de la inutilidad del poder político. Una cosa similar ha
ocurrido en Rusia por lo que se refiere al trabajo manual. Durante siglos, los
ricos y sus mercenarios han escrito en elogio del trabajo honrado, han
alabado la vida sencilla, han profesado una religión que enseña que es mucho
más probable que vayan al cielo los pobres que los ricos y, en general,
han tratado de hacer creer a los trabajadores manuales que hay cierta especial
nobleza en modificar la situación de la materia en el espacio, tal y como los
hombres trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial
nobleza de su esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas acerca de la
excelencia del trabajo manual han sido tomadas en
serio, con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que
nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección de la
fe, pero no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar los
trabajadores de choque necesarios para tareas especiales. El trabajo manual es
el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base de toda enseñanza ética.
En la actualidad, posiblemente, todo
ello sea para bien. Un país grande, lleno de recursos naturales, espera el
desarrollo, y ha de desarrollarse haciendo un uso muy escaso del crédito. En tales circunstancias,
el trabajo duro es necesario, y cabe suponer que reportará una gran recompensa.
Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el punto en que todo el mundo pueda vivir
cómodamente sin trabajar largas horas?
En Occidente tenemos varias maneras
de tratar este problema. No aspiramos a Injusticia económica; de modo que una
gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de
la población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por ausencia
de todo control centralizado de la producción, fabricamos multitud de cosas que
no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población
trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso
a los demás. Cuando todos estos métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una
guerra: mandamos a un cierto número de personas a fabricar explosivos de alta
potencia y a otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que acabáramos de
descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación de todos estos
dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad, para mantener viva la
noción de que el hombre medio debe realizar una gran cantidad de duro trabajo
manual.
En Rusia, debido a una mayor
justicia económica y al control centralizado de la producción, el problema
tiene que resolverse de forma distinta. La solución racional sería, tan pronto
como se pudiera asegurar las necesidades primarias y las comodidades
elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que
una votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio o
por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del trabajo intenso, es dificil ver
cómo pueden aspirar las autoridades a un paraíso en el que haya mucho tiempo
libre y poco trabajo. Parece más probable que encuentren continuamente nuevos
proyectos en nombre de los cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a
la productividad futura. Recientemente he leído acerca de un ingenioso plan
propuesto por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas
septentrionales de Siberia se calienten, construyendo un dique
a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable,
pero capaz de posponer el bienestar proletario por toda una generación, tiempo
durante el cual la nobleza del trabajo sería proclamada en los
campos helados y entre las tormentas de nieve del océano Ártico. Esto, si sucede,
será el resultado de considerar la virtud del trabajo intenso como un fin en sí misma, más que como un medio para alcanzar un estado de
cosas en el cual tal trabajo ya no fuera necesario.
El hecho es que mover materia de un
lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no
es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera,
tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos
sido llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es la
necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los ricos durante
miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo, aunque teniendo buen
cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos
en los cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la
superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo para el
que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que considera la mejor parte
de su vida, no es probable que os responda: "Me agrada el trabajo físico
porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas
del hombre y porque me gusta pensar en
lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo
exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca
soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que
procede mi contento". Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.
Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario para ganarse el
sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan disfrutar, la obtienen en
sus horas de ocio.
Podrá decirse que, en tanto que un
poco de ocio es agradable, los hombres no sabrían cómo llenar sus días si
solamente trabajaran cuatro horas de las veinticuatro. En la medida en que ello
es cierto en el mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no
hubiese sido cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para
la alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el
culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería hacerse por
alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las personas serias, por
ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al cine, y nos dicen que induce
a los jóvenes al delito. Pero todo el trabajo necesario para construir un cine
es respetable, porque es trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de
que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo
ha puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de carne y el panadero que
os provee de pan son merecedores de elogio, ganando dinero; pero cuando
vosotros digeris el alimento que ellos os han suministrado, no sois más que
unos frívolos, a menos que comáis tan sólo para obtener energías para vuestro
trabajo. En un sentido amplio, se sostiene que,
ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es malo. Teniendo en cuenta que son dos
aspectos de la misma transacción, esto es absurdo; del mismo modo que podriamos
sostener que las llaves son buenas, pero que los ojos de las cerraduras son
malos. Cualquiera que
sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe derivarse
enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El individuo, en
nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el propósito social de su
trabajo radica en el consumo de lo que él produce.
Este divorcio entre los propósitos
individuales y los sociales respecto de la producción es lo que hace que a los
hombres les resulte tan difícil pensar con claridad en un mundo en el que la
obtención de beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en
la producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello, concedemos
demasiado poca importancia al goce y a la felicidad sencilla, y no juzgamos la
producción por el placer que da al consumidor.
Cuando propongo que las horas de
trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante
deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro
horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de
primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de
su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente. Es una
parte esencial de cualquier sistema social de tal especie el que la educación
va a más allá del punto que generalmente alcanza en
la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones que capaciten al
hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. No pienso especialmente en
la clase de cosas que pudieran considerarse pedantes. Las danzas
campesinas han muerto, excepto en remotas regiones rurales, pero los impulsos
que dieron lugar a que se las cultivara deben de existir todavía en la
naturaleza humana. Los placeres de las poblaciones urbanas han llevado a la
mayoria a ser pasivos: ver películas, observar partidos de fútbol, escuchar la
radio, y así sucesivamente. Ésto resulta del hecho de que sus energías activas
se consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre, volverían a
divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte activa.
En el pasado, había una reducida
clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba
de ventajas que no se fundaban en la justicia social; esto la hacía
necesariamente opresiva, limitaba sus simpatías y la obligaba a inventar
teorías que justificasen sus privilegios. Estos hechos disminuían grandemente
su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que
llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los
libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la
liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin
la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie.
El sistema de una clase ociosa
hereditaria sin obligaciones era, sin embargo, extraordinariamente ruinoso. No
se había enseñado a ninguno de los miembros de esta clase a ser laborioso, y la
clase, en conjunto, no era excepcionalmente inteligente. Esta clase podía
producir un Darwin, pero contra él habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos rurales que jamás pensaron en nada
más inteligente que la caza del zorro y el castigo de los cazadores
furtivos. Actualmente, se supone que las universidades proporcionan, de un modo
más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto. Esto representa un
gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en
definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en
un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas
de los hombres y las mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión
suelen ser tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran
tener sobre el público en general. Otra desventaja es que en las universidades
los estudios estan organizados, y es probable que el hombre que se le ocurre
alguna línea de investigación original se sienta desanimado. Las instituciones
académicas, por tanto, si bien son útiles, no son guardianes adecuados de los
intereses de la civilización en un mundo donde todos los que quedan fuera de
sus muros están demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.
En un mundo
donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona
con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin
morirse de hambre, no importa lo maravillosos que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán
forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas
con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras
monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán
perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en su trabajo profesional se
interesen por algún aspecto de la economía o de la administración, será capaz de
desarrollar sus ideas sin el distanciamiento académico, que suele hacer
aparecer carentes de realismo las obras de los economistas universitarios. Los
médicos tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas
que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en
el intervalo.
Sobre todo, habrá felicidad y
alegría de vivir, en lugar de nervios gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo
exigido bastará para hacer del ocio algo delicioso, pero no para
producir agotamiento. Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo
libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que
al menos un uno por ciento dedique el tiempo que no le consuma su trabajo
profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no dependerá de
tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se verá estorbada y no
habrá necesidad de conformarse a las normas establecidas por los viejos
eruditos. Pero no solamente en estos casos excepcionales se manifestarán las
ventajas del ocio. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una
vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados
a mirar a los demás con suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en
parte por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro
trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades morales, la
que más necesita el mundo, y el buen carácter es la consecuencia de la
tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua lucha. Los métodos de
producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos
elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para
otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese
máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo
necios para siempre.
Conocimiento "inútil"
Francis Bacon, hombre que llegó a
ser eminente traicionando a sus amigos, afirmaba, sin duda como una de las maduras lecciones de la
experiencia, que "el conocimiento es poder". Pero esto no es cierto
respecto de todo conocimiento. Sir Thomas Browne quería saber qué
canción cantaban las sirenas, pero si lo hubiera averiguado, ello no le hubiese
bastado para ascender de magistrado a gobernador de su condado. La clase de
conocimiento a que Bacon se refería es la que nosotros llamamos científica. Al
subrayar la importancia de la ciencia, continuaba tardíamente la tradición de
los árabes y de la Alta Edad Media, según la cual el conocimiento consistía
principalmente en la astrología, la alquimia y la farmacología, todas ellas
ramas de la ciencia. Era un sabio quien, tras dominar estos estudios, había
adquirido poderes mágicos. A principios del siglo XI, y por la única
razón de que leía libros, todo el mundo creía que el papa Silvestre II era un
mago en tratos con el demonio. Próspero, que en los tiempos de Shakespeare era
una mera fantasía, representaba lo que durante siglos había sido la concepción
generalmente aceptada de un sabio, al menos por lo que se refiere a sus poderes
de hechicería. Bacon creía -acertadamente, según ahora sabemos- que la ciencia
podía proporcionar una varita mágica más poderosa que cualquier otra en que
hubieran soñado los nigromantes de épocas anteriores.
El Renacimiento, que estaba en su
apogeo en Inglaterra en tiempos de Bacon, implicaba una rebelión contra el
concepto utilitarista del conocimiento. Los griegos habían
adquirido gran familiaridad con Homero, como nosotros con las canciones de los
cafés cantantes, porque les gustaba, y ello sin darse cuenta de que estaban
comprometidos en la búsqueda del conocimiento. Pero los hombres del siglo XVI no podían empezar a
entenderlo sin asimilar primero una considerable cantidad de erudición
lingüística. Admiraban a los griegos y no querían verse excluidos de sus
placeres; por ello los imitaban, tanto leyendo los clásicos como de otras formas menos confesables.
El saber, durante el Renacimiento, era parte de la joie de vivre, tanto como beber o hacer el amor. Y esto es
cierto no solamente de la literatura, sino también de otros estudios más
ásperos. Todo el mundo conoce la historia del primer contacto de Hobbes con
Euclides: al abrir el libro, casualmente, en el teorema de Pitágoras, exclamó:
"¡Por Dios! ¡Esto es imposible!", y comenzó a leer las demostraciones
en sentido inverso hasta que, llegado que hubo a los axiomas, quedó convencido.
Nadie puede dudar de que éste fue para él un momento voluptuoso, no mancillado
por la idea de la utilidad de la geometría en la medición de terrenos.
Cierto es que el Renacimiento dio
con una utilidad práctica para las lenguas antiguas en relación con la
teología. Uno de los primeros resultados de la nueva pasión por el latín
clásico fue el descrédito de las decretales amañadas y de la donación de
Constantino. Las inexactitudes descubiertas en la Vulgata y en la versión de
los Setenta hicieron del griego y del hebreo una parte imprescindible del equipo de controversia de los
teólogos protestantes. Las máximas republicanas de Grecia y Roma fueron
invocadas para justificar la resistencia de los puritanos a los Estuardo y
de los Jesuitas a los monarcas que habían negado obediencia al papa. Pero todo
esto fue un efecto, más bien que una causa, del resurgimiento del saber clásico, que en Italia había
sido plenamente cultivado durante casi un siglo antes de Lutero. El móvil
principal del Renacimiento fue el goce intelectual, la restauración de cierta
riqueza y libertad en el arte y en la especulación, que habían estado perdidas
mientras la ignorancia y la superstición mantuvieron los ojos del espíritu entre anteojeras.
Se descubrió que los griegos habían
dedicado parte de su atención a temas no puramente literarios o artísticos, como la filosofía, la geometría y
la astronomía. Estos estudios, por tanto, se consideraron respetables, pero
otras ciencias quedaron más abiertas a la crítica. La medicina, es cierto, se
hallaba dignificada por los nombres de Hipócrates y Galeno, pero en el período
intermedio había quedado casi estrictamente limitada a los árabes y a los
judíos, e inextricablemente entremezclada con la magia. De aquí la dudosa
reputación de hombres como Paracelso. La química todavía tenía
peor reputación, y comenzó a alcanzar con dificultades alguna respetabilidad en
el siglo XVIII.
Y de esta forma vino a resultar que
el conocimiento del griego y del latín, con unas nociones
superficiales de geometría y quizá de astronomía, fuera considerado como el equipo intelectual de un
caballero. Los griegos desdeñaban las aplicaciones prácticas de la geometría, y
solamente en su decadencia hallaron utilidad a la astronomía, a guisa de
astrología. En los siglos XVI y XVII, principalmente, se estudiaron las
matemáticas con desinterés helénico, y se tendió a ignorar las ciencias que
habían sido degradadas por su conexión con la magia. Un cambio gradual hacia
una concepción más amplia y práctica del conocimiento, que había ido
produciéndose a lo largo de todo el XVIII, experimentó de pronto una
aceleración al final de aquel período a causa de la Revolución francesa y del
desarrollo del maquinismo: la primera dio un golpe a la cultura señorial,
mientras el segundo ofrecía un nuevo y asombroso campo de acción para el
ejercicio de las técnicas no señoriales. Durante los últimos ciento cincuenta
años, los hombres se han venido cuestionando, cada vez más vigorosamente, el
valor del conocimiento, y han llegado a creer, cada vez con más firmeza, que el
único conocimiento que merece la pena adquirir es aquel que resulta aplicable
en algún aspecto a la vida económica de la comunidad.
En países como Francia e Inglaterra, que tienen un
sistema educacional tradicional, el aspecto utilitario del conocimiento ha prevalecido sólo
parcialmente. Hay todavía, por ejemplo, en las universidades profesores de
chino que leen los clásicos chinos, pero que no conocen las obras de Sun
Yat-sén, que crearon la China moderna. Hay todavía personas que
conocen la historia antigua en tanto fue relatada por autores de estilo
depurado, es decir, hasta Alejandro en Grecia y Nerón en Roma, pero que se
niegan a conocer la mucho más importante historia posterior en razón de la
inferioridad literaria de los historiadores que la escribieron. Aun en Francia
e Inglaterra, sin embargo, la vieja tradición está desapareciendo, y en países
más actualizados, como Rusia y los Estados Unidos, se ha
extinguido totalmente. En los Estados Unidos, por ejemplo, las comisiones de
educación señalan que mil quinientas palabras son todas las que la mayor parte
de la gente utiliza en la correspondencia comercial, y proponen, en
consecuencia, que todas las demás se eviten en el programa escolar. El inglés
básico, una invención británica, va todavía más allá y reduce el vocabulario
necesario a ochocientas palabras. La concepción del lenguaje como algo capaz de valor estético está
muriendo, y se está llegando a pensar que el único propósito de las palabras es
proporcionar información práctica. En Rusia, la persecución de finalidades
prácticas es todavía más intensa que en Norteamérica: todo lo que se enseña en
las instituciones de educación tiende a servir a algún propósito evidente de
carácter educacional o gubernamental. La única escapada la permite la teología:
alguien tiene que estudiar las Sagradas Escrituras en el original alemán, y
unos cuantos profesores tienen que aprender filosofía para defender el
materialismo dialéctico contra la crítica de los metafísicos burgueses. Pero
cuando la ortodoxia se establezca más firmemente, aun esta estrecha rendija se
cerrará.
El saber está comenzando a ser
considerado en todas partes, no como un bien en si mismo, sino como un medio.
No crear una visión amplia y humana
de la vida en general, sino tan sólo como un ingrediente de la preparación,
ésto es parte de la mayor integración de la sociedad, aportada por la técnica
científica y las necesidades militares. Hay más interdependencia económica y
política que en el pasado y, por tanto, hay una mayor presión social, que
obliga al hombre a vivir de una manera que sus convecinos estimen útil. Los
establecimientos docentes, excepto los destinados a los muy ricos o (en
Inglaterra) los que la antigüedad ha hecho invulnerables, no pueden gastar su
dinero como quieren, sino que han de satisfacer
los propósitos útiles del estado al que sirven,
proporcionando preparación práctica e inculcando lealtad. Esto es parte
sustancial del mismo movimiento que ha conducido
al servicio militar obligatorio, a los exploradores, a la organización de
partidos políticos y a la difusión de la pasión política por la prensa. Todos
somos más conscientes de nuestros conciudadanos de lo que solíamos, estamos más
deseosos, si somos virtuosos, de hacerles bien y, en todo caso, de obligarles a
que nos hagan bien. No nos gusta pensar que alguien esté disfrutando de la vida
pertinente, por muy refinada que pueda ser la calidad de su disfrute. Sentimos
que todo el mundo debería estar haciendo algo para ayudar a la gran causa
(cualquiera que ésta sea), tanto más por cuanto tantos malvados están
trabajando en contra de ella y tienen que ser detenidos. No gozamos de descanso
mental, por lo tanto, para adquirir ningún conocimiento, excepto los que puedan
ayudarnos en la lucha por lo que quiera que sea que juzguemos importante.
Hay mucho que decir en cuanto al
estrecho criterio utilitarista de la educación. No hay tiempo de aprenderlo
todo antes de empezar a crearse un medio de vida, y no hay duda de que el
conocimiento "útil" es muy útil. Él ha hecho el mundo moderno.
Sin él no tendríamos máquinas, ni automóviles, ni ferrocarriles, ni aeroplanos;
debemos añadir que no tendríamos publicidad ni propaganda modernas. El
conocimiento moderno ha dado lugar a un inmenso mejoramiento en el promedio de
salud y, al mismo tiempo, ha revelado cómo exterminar grandes ciudades con
gases venenosos. Todo lo que distingue nuestro mundo al compararlo con el de
otros tiempos, tiene su origen en el conocimiento "útil". Ninguna
comunidad se ha saciado todavía de él, y es indudable que la educación debe
continuar promoviéndolo.
También tenemos que admitir que
buena parte de la tradicional educación cultural era estúpida. Los jóvenes
consumían muchos años aprendiendo gramática latina y griega, sin llegar a ser,
finalmente, capaces de leer un autor griego o latino, ni a sentir siquiera el
deseo de hacerlo (excepto en un pequeño porcentaje de los casos). Las lenguas
modernas y la historia son preferibles, desde cualquier punto de vista, al
latín y al griego. No solamente son más útiles, sino que proporcionan mucha más
cultura en mucho menos tiempo. Para un italiano del siglo XV, dado que prácticamente
todo lo que merecía la pena leer estaba escrito, si no en su propia lengua, en
griego o en latín, estos idiomas eran indispensables llaves de la cultura. Pero
desde aquellos tiempos se han desarrollado grandes literaturas en diversas
lenguas modernas, y el proceso de la civilización ha sido tan rápido, que el
conocimiento de la antigüedad se ha hecho mucho menos útil para la comprensión
de nuestros problemas que el conocimiento de las naciones modernas y su
historia comparativamente reciente. El punto de vista tradicional del maestro de escuela, admirable en
los tiempos del resurgir cultural, se fue haciendo
cada vez más totalmente estrecho, ya que ignoraba lo que el mundo ha hecho
desde el siglo XV. Y no sólo la historia y las lenguas modernas, sino también
la ciencia, cuando se enseña apropiadamente, contribuye a la cultura. Es
posible, por tanto, sostener que la educación debe tener otras finalidades que
la utilidad inmediata, sin defender el plan de estudios tradicional. Utilidad y
cultura, cuando ambas se conciben con amplitud de miras, resultan menos
incompatibles de lo que parecen a los fanáticos abogados de una y otra.
Aparte, no obstante, de los casos en
que la cultura y la utilidad inmediata pueden combinarse, hay utilidad mediata,
de varias clases distintas, en la posesión de conocimiento que no contribuye a
la eficiencia técnica. Creo que algunos de los peores rasgos del mundo moderno podrían mejorarse con
un mayor estímulo a tal conocimiento y una menos despiadada persecución de la
mera competencia profesional.
Cuando la actividad consciente se
concentra por entero en algún propósito definido, el resultado final, para la
mayoría de la gente, es el desequilibrio, acompañado de alguna forma de
alteración nerviosa. Los hombres que dirigían la política alemana durante la
guerra cometieron equivocaciones en lo que se refiere, por ejemplo, a la
campaña submarina, que llevó a los americanos al lado de los aliados, y que
cualquier persona que hubiera tratado el tema con la mente despejada hubiera
estimado imprudente, pero que ellos no pudieron juzgar cuerdamente a causa de
la concentración mental y la falta de descanso. El mismo tipo, de situación se
ve dondequiera que grupos de hombres, emprenden tareas que imponen un,
prolongado esfuerzo sobre los impulsos espontáneos. Los imperialistas
japoneses, los comunistas rusos, los nazis alemanes, todos viven en una especie
de tenso fanatismo que procede del vivir demasiado exclusivamente en
el mundo mental de determinadas tareas que deben realizarse. Cuando las tareas
son tan importantes y tan realizables como suponen los fanáticos, el resultado
puede ser magnífico; pero en la mayor parte de los casos la estrechez de miras
ha determinado el olvido de alguna poderosa fuerza neutralizante o ha hecho que
todas aquellas fuerzas semejen la obra del diablo, que ha de cumplirse por el
castigo y el terror. Los hombres, como los niños, tienen necesidad de
jugar, es decir, de periódos de actividad sin más propósito que el goce
inmediato. Pero si el juego sirve su propósito, ha de ser posible hallar placer
e interés en asuntos no relacionados con el trabajo.
Las diversiones de los habitantes de
las ciudades modernas tienden a ser cada vez más pasivas y colectivas, y a
reducirse a la contemplación inactiva de las habilidosas actividades de otros.
Sin duda, tales diversiones son mejores que ninguna, pero no son tan buenas como podrían serlo las de una población
que tuviese, debido a la educación, un más amplio campo de intereses
intelectuales conectados con el trabajo. Una mejor organización económica, que
permitiera a la humanidad beneficiarse de la productividad de las máquinas,
conduciría a un muy grande aumento del tiempo libre, y el mucho tiempo libre
tiende a ser tedioso excepto para aquellos que tienen considerables intereses y
actividades inteligentes. Para que una población ociosa sea feliz,
tiene que ser población educada, y educada con miras al placer intelectual, así
como a la utilidad directa del conocimiento técnico.
El elemento cultural en la
adquisición de conocimientos, cuando es asimilado con éxito, conforma el
carácter de los pensamientos y los deseos de un hombre, haciendo que se
relacionen, al menos en parte, con grandes objetivos impersonales y no sólo con
asuntos de importancia inmediata para él. Se ha aceptado demasiado a la ligera
que, cuando un hombre ha adquirido determinadas capacidades por medio del conocimiento, las usará en forma
socialmente beneficiosa. La concepción estrechamente utilitarista de la
educación ignora la necesidad de disciplinar los propósitos de un hombre tanto como su práctica técnica. En la
naturaleza humana no educada hay un considerable elemento de crueldad, que se
muestra de muchas formas, importantes o insignificantes. Los niños en la
escuela tienden a ser crueles con un nuevo niño, o con cualquiera cuyas ropas
no sean totalmente convencionales. Muchas mujeres (y no pocos hombres) provocan
todo el sufrimiento que pueden por medio de la murmuración maliciosa. Los
españoles disfrutan con las corridas de toros; los ingleses disfrutan cazando.
Los mismos crueles impulsos adquieren formas más serias en la caza de judíos en
Alemania y de kulaks en Rusia. Todo imperialismo ofrece campo para tales impulsos,
y en la guerra son santificados como la más elevada forma del deber público.
De modo que se debe admitir que
gente con un alto nivel de educación es a veces cruel; y creo que no puede
haber duda de que esa gente es cruel mucho menos frecuentemente que aquella
cuya mente se ha dejado en barbecho. El bravucón del colegio rara vez es un muchacho
cuyo aprovechamiento en los estudios está por sobre el promedio. Cuando tiene
lugar un linchamiento, los cabecillas son casi invariablemente hombres muy ignorantes.
Esto no es así porque el cultivo de la mente produzca sentimientos humanitarios
positivos, aunque puede hacerlo; es más bien porque proporciona otros intereses
que el mal trato a los vecinos, y otras fuentes de respeto a la propia
personalidad que la afirmación de dominio. Las dos cosas más universalmente
deseadas son el poder y la admiración. Los hombres ignorantes, generalmente, no
pueden conseguir ninguna de las dos sino por medios brutales que llevan
aparejada la adquisición de superioridad física. La cultura proporciona al
hombre formas de poder menos dañinas y medios más dignos para hacerse admirar.
Galileo hizo más que cualquier monarca para cambiar el mundo, y su poder
excedió inconmensurablemente del de sus perseguidores. No tuvo, por
tanto, necesidad de aspirar a ser, a su vez, perseguidor.
Quizá la ventaja más importante del conocimiento "inútil" es
que favorece un estado mental contemplativo. Hay en el mundo demasiada
facilidad, no sólo para la acción sin la adecuada reflexión previa, sino
también para cualquier clase de acción en ocasiones en que la sabiduría
aconsejaría la inacción. La gente muestra sus tendencias en esta cuestión de
varias curiosas maneras. Mefistófeles dice al joven estudiante que la teoría es
gris pero el árbol de la vida es verde, y todo el mundo cita esto como si fuera la opinión de Goethe, en
lugar de lo que éste suponía que era probable que dijera el diablo a un
estudiante. Hamlet es tenido por una terrible advertencia contra el pensamiento
sin acción, pero nadie tiene a Otelo como una advertencia contra la acción
sin pensamiento. Los profesores como Bergson, por una especie de culto
de moda al hom bre práctico, condenan la filosofía y dicen que la vida,
en su manifestación más elevada, debería parecerse a una carga de caballería.
Por mi parte, estimo que la acción es mejor cuando surge de una profunda
comprensión del universo y del destino humano, y no de cualquier
impulso salvajemente apasionado de romántica pero desproporcionada afirmación del yo. El hábito de encontrar más
placer en el pensamiento que en la acción es una salvaguarda contra el desatino
y el excesivo amor al poder, un medio para conservar la serenidad en el
infortunio y la paz de espíritu en las contrariedades. Es probable
que, tarde o temprano, una vida limitada a lo personal llegue a
ser insoportablemente dolorosa; sólo las ventanas que dan a un cosmos más
amplio y menos inquietante hacen soportables los más trágicos aspectos de la
vida.
Una disposición mental contemplativo
tiene ventajas que van de lo más trivial a lo más profundo. Para empezar están las aflicciones de
menor envergadura, tales como las pulgas, los trenes que no
llegan o los socios discutidores. Al parecer, tales molestias apenas merecen la
pena de unas reflexiones sobre las excelencias del heroísmo o la transitoriedad de los
males humanos, y, sin embargo, la irritación que producen destruye el buen
ánimo y la alegría de vivir de mucha gente. En tales ocasiones, puede hallarse
mucho consuelo en esos arrinconados fragmentos de erudición que tienen alguna
conexión, real o imaginaria, con el conflicto del momento; y aun cuando no tengan
ninguna, sirven para borrar el presente de los propios pensamientos. Al ser
asaltados por gente lívida de rabia, es agradable recordar el capítulo del Tratado
de las pasiones de Descartes titulado "Por qué son más de temer los
que se ponen pálidos de furia que aquellos que se congestionan". Cuando
uno se impacienta por la dificultad existente para asegurar la cooperación
internacional, la ansiedad disminuye si a uno se le ocurre pensar en el
santificado rey Luis IX antes de embarcar para las cruzadas, aliándose con el
Viejo de la Montaña, que aparece en Las mil y una noches como la oscura
fuente de la mitad de la maldad del mundo. Cuando la rapacidad de los capitalistas
se hace opresiva, podemos consolarnos en un instante con el recuerdo de que
Bruto, ese modelo de virtud republicana, prestaba dinero a una ciudad al
cuarenta por ciento y alquilaba un ejército privado para sitiarla cuando dejaba
de pagarle los intereses.
El conocimiento de hechos curiosos
no sólo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más
agradables las cosas agradables. Yo encuentro mejor sabor a los albaricoques
desde que supe que fueron cultivados inicialmente en China, en la primera época
de la dinastía Han; que los rehenes chinos en poder del gran rey Kaniska los
introdujeron en la India, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio
romano durante el siglo I de nuestra era; que la palabra "albaricoque"
se deriva de la misma fuente latina que la palabra "precoz", porque
el albaricoque madura tempranamente, y que la partícula inicial "al"
fue añadida por equivocación, a causa de una falsa etimología. Todo esto hace
que el fruto tenga un sabor mucho más dulce.
Hace cerca de cien años, un grupo de
filántropos bienintencionados fundaron sociedades "para la difusión del conocimiento útil", con el
resultado de que las gentes han dejado de apreciar el delicioso sabor
conocimiento "inútil".
Al abrir al azar la Anatomía de
la melancolía de Burton, un día en que me amenazaba tal estado de ánimo,
supe que existe una "sustancia melancólica", pero que, mientras
algunos piensan que puede ser engendrada por los cuatro humores, "Galeno
sostiene que solamente puede ser engendrada por tres, excluyendo la flema o
pituita, y su aserción cierta es firmemente sostenida por Valerio y Menardo, al
igual que Furcio, Montalto, Montano... ¿Cómo -dicen- puede lo blanco llegar a
ser negro?". A pesar de tan incontestable argumento, Hércules de Sajonia y
Cardan, Guianerio y Laurencio son (así nos lo dice Burton) de opinión contraria. Confortada
por estas reflexiones históricas, mi melancolía, fuera producida por tres o por
cuatro humores, se disipó. Como cura para una preocupación
excesiva, pocas medidas más efectivas puedo imaginar que un curso sobre tales
controversias antiguas.
Pero en tanto que -los placeres
triviales de la cultura tienen su lugar en el alivio de los problemas triviales
de la vida práctica, los méritos más importantes de la contemplación están
relacionados con los males mayores de la vida: la muerte, el dolor y la
crueldad y la ciega marcha de las naciones hacia el desastre innecesario. Para aquellos a quienes ya no
proporciona consuelo la religión dogmática, existe la necesidad de algún
sucedáneo, si la vida no se les hace polvorienta y áspera y llena de
agresividad fútil. Actualmente el mundo está lleno de grupos de iracundos y
egocéntricos, incapaces de considerar la vida humana como un todo, y dispuestos a destruir la
civilización antes que retroceder una pulgada. Para esta estrechez ninguna dosis de
instrucción técnica proporcionará un antídoto. El antídoto, en tanto sea
cuestión de la psicología individual, ha de hallarse en la historia, en la
biología, en la astronomía, en todos aquellos estudios que, sin aniquilar el
respeto a la propia personalidad, capacitan al individuo para verse en su
verdadera perspectiva. Lo que se necesita no es este o aquel trozo específico
de información, sino un conocimiento tal que inspire una concepción de los
fines de la vida humana en su conjunto: arte e historia, contacto con las vidas
de los individuos heroicos y cierta comprensión de la extrañamente accidental y
efímera posición del hombre en el cosmos -todo esto tocado por un sentimiento
de orgullo por lo que es distintivamente humano: el poder de ver y de conocer,
de sentir magnánimamente y de pensar y comprender-. La sabiduría brota más
fácilmente de las grandes percepciones combinadas con la emoción impersonal.
La vida, siempre llena de dolor, es
más dolorosa en nuestro tiempo que en las dos centurias precedentes. El intento
de escapar al sufrimiento conduce al hombre a la trivialidad, al engaño a sí
mismo, a la invención de grandes mitos colectivos. Pero esos alivios
momentáneos no hacen a la larga sino incrementar las fuentes de sufrimiento.
Tanto la desgracia privada como la pública sólo pueden ser dominadas en un
proceso en que la voluntad y la inteligencia se interactúen: el papel de la
voluntad consiste en negarse a eludir el mal o a aceptar una solución irreal,
mientras que el papel de la inteligencia consiste en comprenderlo, hallar un
remedio, si es remediable, y, si no, hacerlo soportable viéndolo en sus
relaciones, aceptándolo como inevitable y recordando lo que queda fuera de él
en otras regiones, en otras edades, y en los abismos del espacio interestelar.
Arquitectura y problemas sociales
La
arquitectura, desde los tiempos más remotos, ha tenido dos propósitos: por una
parte, el puramente utilitario de proporcionar calor y refugio; por otra, la
finalidad política de inculcar una idea a la humanidad por medio del esplendor
de su expresión en piedra. El primer propósito bastaba, por lo que se refiere a
la morada de los pobres; pero los templos de los dioses y los palacios de los
reyes fueron pensados para inspirar temor a los poderes celestiales y a sus
favoritos en la tierra. En unos pocos casos no se glorificaba a monarcas
individuales, sino a comunidades: la Acrópolis de Atenas y el Capitolio de Roma
ponían de manifiesto la majestad imperial de aquellas orgullosas ciudades para
edificación de súbditos y aliados. El mérito estético era considerado deseable
en los edificios públicos y, más tarde, en los palacios de plutócratas y
emperadores, pero no se tenía en cuenta en las chozas de los campesinos ni en
las desvencijadas viviendas del proletariado urbano.
En el mundo medieval, a pesar de la
mayor complejidad de la estructura social, el propósito artístico en
arquitectura estaba igualmente restringido; en realidad, más todavía, ya que
los castillos de los grandes se proyectaban con miras a la fortaleza militar, y
si tenían alguna belleza era por accidente. No fue el feudalismo, sino la
Iglesia y el comercio, lo que produjo la, mejor arquitectura de la Edad Media.
Las catedrales exhibían la gloria de Dios y de sus obispos. Los comerciantes en
lana de Inglaterra y los Países Bajos, que tuvieron a su servicio a los reyes
de Inglaterra y a los duques de Borgoña, expresaban su orgullo en las
espléndidas lonjas y edificaciones municipales de Flandes y, con menor
magnificencia, en muchos mercados ingleses. Pero fue Italia, el lugar de
nacimiento de la plutocracia moderna, la que llevó la arquitectura comercial a
la perfección. Venecia, la novia del mar, la ciudad que desviaba cruzadas y que
atemorizaba a los monarcas unidos de la cristiandad, creó un nuevo tipo de
majestuosa belleza en los palacios del dux y los de los príncipes mercaderes.
Contrariamente a los rústicos barones del norte, los magnates urbanos de
Venecia y Génova no necesitaban soledad ni defensa, sino que vivían unos
junto a otros, y creaban ciudades en las que todo lo visible para el extranjero
no muy curioso era espléndido y estéticamente satisfactorio. En Venecia,
especialmente, era fácil ocultar la miseria: los tugurios se hallaban ocultos y
alejados, en callejones interiores, donde nunca los veían los ocupantes de las
góndolas. Jamás, desde entonces, ha alcanzado la plutocracia un éxito. tan
completo y perfecto.
En la Edad Media, la Iglesia no
solamente construyó catedrales, sino también edificios de otra clase, más
apropiados a nuestras necesidades modernas: abadías, monasterios, conventos y
colegios. Estaban basados en una forma restringida de comunismo, y proyectados
para una vida social pacífica. En esos edificios, todo lo individual era
espartano y simple, y todo lo comunal, espléndido y espacioso. La humildad del simple monje quedaba satisfecha con
una celda tosca y desnuda; el orgullo de la orden se exhibía en la gran
magnificencia de naves, capillas y refectorios. En Inglaterra, de los
monasterios y las abadías sobreviven principalmente ruinas para agradar a los
turistas; pero los colegios, en Oxford y en Cambridge, todavía son parte de la
vida nacional y conservan la belleza del comunalismo medieval.
Con la expansión del Renacimiento
hacia el norte, los toscos barones de Francia e Inglaterra se dieron a trabajar
para adquirir el refinamiento de los italianos ricos. Al tiempo que los Médicis
casaban a sus hijas con reyes, los pintores, los poetas y los arquitectos al
norte de los Alpes copiaban los modelos florentinos y los aristócratas
reemplazaban sus castillos por mansiones campestres que, con su indefensión
contra el asalto, señalaban la nueva seguridad de una nobleza cortesana y
civilizada. Pero esta seguridad fue destruida por la Revolución francesa, y
desde entonces los estilos arquitectónicos tradicionales han perdido su
vitalidad. Persisten donde las viejas formas de poder persisten, como es el caso de las adiciones de
Napoleón al Louvre; pero estas adiciones tienen una florida vulgaridad, que muestra su
inseguridad. Parece tratar de olvidar la constante advertencia de su madre en
mal francés: "Pourvou que cela dure...".
Hay dos formas típicas de
arquitectura en el siglo XIX, debidas, respectivamente, a la producción
maquinista y al individualismo democrático: de un lado, la fábrica, con sus
chimeneas; -del otro, las hileras de minúsculas
viviendas para las familias de la clase obrera. Mientras la fábrica representa
la organización económica determinada por el industrialismo, las pequeñas
casitas representan el aislamiento social a que aspira una población
individualista. Donde el alto valor del suelo hace deseable la construcción
de grandes edificios, éstos tienen una unidad meramente arquitectónica, no
social; son bloques de oficinas, casas de apartamentos u hoteles cuyos
ocupantes no forman una comunidad, como los monjes en un monasterio, sino
que tratan, en todo lo posible, de permanecer ignorantes de la existencia de
los demás. En Inglaterra, dondequiera que el valor del terreno no es demasiado elevado, el
principio de una casa para cada familia se reafirma. A medida que se entra por
ferrocarril a Londres o a cualquier gran ciudad del norte, se pasa por calles
sin fin, formadas por tales pequeñas viviendas, donde cada casa es un centro de
vida individual, y la vida comunitaria es representada por la oficina, la
fábrica o la mina, según la localidad. La vida social fuera de la familia, en
tanto que la arquitectura pude asegurar tal resultado, es exclusivamente
económica, y todas las necesidades sociales no económicas han de ser
satisfechas dentro de la familia o verse frustradas. Si han de juzgarse los
ideales sociales de una época por la calidad estética de su arquitectura, los
cien últimos años representan el punto más bajo alcanzado hasta ahora por la
humanidad.
La fábrica y las hileras de pequeñas
casas que la rodean ilustran una curiosa inconsistencia de la vida moderna. En
tanto que las condiciones de la producción la fueron convirtiendo en una
cuestión de grupos cada vez más numerosos, nuestra actitud, en general, en todo
lo que se considera ajeno a la esfera de lo político o de lo económico, ha
tendido a hacerse cada vez más individualista. Esto es cierto no solamente en
materias de arte o cultura, donde el culto a la expresión del yo ha conducido a una anárquica
rebeldía contra toda clase de tradiciones o convenciones, sino también -quizá como una reacción contra la
superpoblación- en la vida diaria del hombre corriente y más aún de la
mujer corriente. En la fábrica hay forzosamente vida social, lo que ha dado
lugar a los sindicatos; pero en el hogar, cada familia desea aislamiento.
"Vivo para mí misma", dicen las mujeres; y a sus maridos les gusta
pensar en ellas sentadas en el hogar esperando el regreso del jefe de la casa. Estos sentimientos
hacen que las esposas soporten, y aun prefieran, las pequeñas casas separadas,
las pequeñas cocinas separadas, la monotonía de las las labores domésticas
separadas y, mientras no están en el colegio, el cuidado separado de los niños.
El trabajo es duro, la vida monótona y la mujer casi una prisionera en su
propia casa; a pesar de todo, y aunque agota sus nervios, ella prefiere esto a
una forma de vida más comunitaria, porque el aislamiento le procura la
estimación de sí misma.
La preferencia por este tipo de
arquitectura está en relación con la condición social de la mujer. A pesar del feminismo y del voto, la situación de las esposas,
por lo menos en las clases trabajadoras, no ha cambiado. La esposa depende
todavía de los ingresos del marido y no recibe salario aunque
trabaje intensamente. Siendo profesionalmente un ama de casa, le gusta tener
una casa que llevar. El deseo de hallar campo para la iniciativa personal,
común a la mayor parte de los seres humanos, no se satisface para ella sino en
el hogar. Al marido, por su parte, le gusta que su mujer trabaje para él y
dependa económicamente de él; por añadidura, su mujer- y su casa satisfacen más
su instinto de propiedad que cualquier tipo diferente de arquitectura. En
cuanto a la posesividad conyugal, tanto al marido como a la esposa, aun cuando alguna vez
sientan deseos de una vida más social, les alegra el que el otro tenga tan
pocas ocasiones de encontrarse con miembros posiblemente peligrosos del sexo opuesto. Y así, aunque sus
vidas se empequeñezcan y la de la mujer resulte innecesariamente penosa,
ninguno de los dos desea una organización diferente de su existencia social.
Todo esto cambiaría si la regla, y
no la excepción, fuese que las mujeres casadas se ganaran la vida trabajando
fuera del hogar. En las clases profesionales
hay ya bastantes esposas que ganan dinero con su trabajo independiente como para producir, en las grandes
ciudades, cierto acercamiento a lo que sus circunstancias hacen deseable. Lo
que tales mujeres necesitan es un apartamento con los servicios resueltos o una
cocina comunitaria que las exima de la tarea de preparar comidas, y una
guardería que se haga cargo de los niños durante sus horas de oficina.
Convencionalmente, se supone que una mujer casada lamenta la necesidad de
trabajar fuera de casa, y si al final de la jornada, tiene que realizar las
labores de cualquier esposa que no tenga otra ocupación, es probable que
recaiga sobre ella un considerable exceso de trabajo. Pero con un tipo de arquitectura
apropiado, las mujeres podrían verse libres de la mayor parte del trabajo en la
casa y en el cuidado de los niños, con ventaja para ellas, para sus maridos y
para sus niños, y en este caso la sustitución de los tradicionales deberes de
la esposa y de la madre por el trabajo profesional sería una ventaja evidente.
Todo marido de una esposa a la antigua se convencería de esto si, durante una
semana, intentase llevar a cabo las tareas de su mujer.
El trabajo de la esposa de un
asalariado nunca se ha modernizado, porque no se paga; pero, en realidad, es en
gran parte innecesario, y el grueso de la restante actividad podría repartiese
entre diferentes especialistas. Pero para hacer esto, la primera reforma que se
requiere es una reforma arquitectónica. El problema consiste en asegurar las
mismas ventajas comunales que garantizaban los monasterios medievales, pero sin
celibato; es decir, deberán preverse las necesidades de los niños.
Consideremos primero las desventajas
innecesarias del sistema actual, en el que cada
hogar de clase obrera es autárquico, tanto en la forma de una casa separada como en la de habitaciones en un bloque
de viviendas.
Los mayores males recaen sobre los
niños. Antes de la edad escolar, les falta sol y aire; su dieta es la que puede
proporcionarles una madre pobre, ignorante, atareada e incapaz de confeccionar
una clase de comida para los adultos y otra para los pequeños; éstos están
molestando constantemente a su madre mientras guisa y hace su trabajo, de lo
que resulta que la ponen nerviosa y reciben un trato áspero, tal vez alternado
con caricias; nunca tienen libertad, ni espacio, ni un ambiente en el que sus
actividades naturales sean inocuas. Esta combinación de circunstancias tiende a
hacerlos raquíticos, neuróticos y sumisos.
Los males son también muy
considerables para la madre. Tiene que combinar los deberes de una niñera, los
de una cocinera y los de una sirvienta, funciones para ninguna de las cuales ha
sido preparada; casi inevitablemente las realiza todas mal; siempre está
cansada y encuentra en sus hijos un motivo de fastidio en lugar de una fuente
de felicidad; su marido descansa cuando termina su trabajo, pero ella no
descansa nunca; al final, casi inevitablemente, se vuelve irritable, mezquina y
envidiosa.
Para el hombre son menores las
desventajas, ya que permanece menos tiempo en casa. Pero cuando llega al hogar
no está en disposición de disfrutar con los reniegos de la esposa o la
"mala" conducta de los niños; probablemente acuse a su mujer, cuando
debiera culpar a la arquitectura, con desagradables consecuencias, que varían
según el grado de su brutalidad.
No digo, por supuesto, que todo esto
sea universal; pero digo, sí, que cuando no es así, tiene que haber una
excepcional cantidad de autodisciplina, de sabiduría y de vigor físico en la
madre. Y es obvio que un sistema que requiere de los seres humanos cualidades
excepcionales, solamente en casos excepcionales alcanzará buen éxito. La
existencia de raros ejemplos en los que tales males no aparecen, no prueba nada
en contra de la maldad de tal sistema.
Para acabar con todos estos
inconvenientes simultáneamente, basta con introducir un elemento comunitario en
la arquitectura. Las casitas separadas y los bloques de viviendas, cada una con
su cocina, deberían ser derribados. En su lugar debería haber altos edificios
en torno a un cuadrilátero central, con el lado sur más bajo, para que
penetrara la luz del sol. Una cocina común, un espacioso
salón comedor y otro salón para las distracciones, las reuniones y el cine. En
el cuadrilátero central debería haber una guardería, construida de forma tal
que los niños no pudieran hacer daño fácilmente, ni a sí mismos, ni a objetos
frágiles: no debería haber escalones, ni chimeneas abiertas, ni estufas
calientes al alcance de sus manos; los platos, copas y fuentes habrían de ser
de material irrompible y, en general, debería evitarse en todo lo posible la
presencia de aquellas cosas que obligan a decir "no" a los niños.
Durante el buen tiempo, la guardería podría funcionar al aire libre; durante el
mal tiempo, excepto en el peor, en habitaciones abiertas al aire por un lado.
Todas las comidas de los niños deberían tener lugar en la guardería que podría,
en forma considerablemente económica, proporcionarles una dieta más completa que
la que sus madres pueden darles. Desde el momento del destete hasta el de la
escolarización, deberían pasar todo el tiempo, desde el desayuno hasta su
última comida, en la guardería, donde habrían de tener oportunidad de
distraerse, y el mínimo de vigilancia compatible con su seguridad.
Las ventajas para los niños serían
enormes. Su salud se beneficiaría con el aire, el sol, el espacio y los buenos
alimentos; su carácter se beneficiaría con la libertad y el alejamiento del
clima de constante y malhumorada prohibición en que pasan sus primeros años la
mayor parte de los asalariados. La libertad de movimientos, que solamente se
puede permitir sin peligro a un niño rodeado por un ambiente especialmente
dispuesto, podría concederse casi sin restricción en la guardería, con el
resultado de que el espíritu de aventura y la capacidad muscular se
desarrollarían en ellos naturalmente, como se desarrollan en otros animales
jóvenes. La constante prohibición de movimientos a los niños pequeños es una
fuente de descontento y de timidez en su vida posterior, pero es inevitable en
tanto vivan en un medio adulto; la guardería, por tanto, sería tan beneficiosa
para su carácter como para su salud.
Para las mujeres, las ventajas serían
igualmente grandes. Tan pronto como sus hijos fuesen destetados,
podrían entregarlos, durante todo el día, a mujeres especialmente preparadas
para el cuidado de niños pequeños. No tendrían que preocuparse por comprar
comida, guisarla y fregar. Podrían salir a trabajar por las mañanas y regresar por
la tarde, como sus maridos; como sus maridos, podrían tener horas de
trabajo y horas de ocio, en lugar de estar siempre ocupadas. Podrían ver a sus
hijos por la mañana y por la tarde, durante el tiempo suficiente para el
cultivo de los afectos, pero no para alterar sus nervios. Las mujeres que pasan
todo el día con sus hijos, rara vez disponen de las reservas de energía
necesarias para jugar con ellos; en general, los padres juegan con sus hijos
mucho más que las madres. Aun el adulto más afectuoso tiene que encontrar
cargantes a los niños si no encuentra un momento para descansar de sus
clamorosas demandas de atención. Pero al final de una jornada que se ha pasado
lejos de ellos, tanto la madre como los niños se sentirían más
cariñosos de lo que es posible cuando han estado todo el día encerrados juntos.
Los niños, físicamente cansados pero mentalmente en paz, gozarían de las
atenciones personales de la madre después de la imparcialidad de las mujeres de
la guardería. Sobreviviría lo bueno de la vida en familia, sin factores
irritantes y destructores del cariño.
Tanto el hombre como la mujer evitarían el confinamiento
en pequeñas habitaciones y la sordidez, asistiendo a grandes salas públicas,
que podrían ser tan espléndidas arquitectó-nicamente como los paraninfos de las,
universidades. La belleza y el espacio no tienen por qué continuar siendo
prerrogativa de los ricos. Se pondría fin a la irritación que ocasiona el
hacinamiento, y que tan a menudo hacen imposible la vida de familia.
Y todo esto sería la consecuencia de
una reforma arquitectónica.
Robert Owen, hace más de cien años,
fue grandemente ridiculizado por sus "paralelogramos cooperativos",
que eran un intento de asegurar a los asalariados las ventajas de la vida en
comunidad. Aunque la propuesta haya sido prematura en aquellos tiempos de
agobiante pobreza, en muchos aspectos se acerca a lo que hoy resulta
practicable y deseable. Él mismo llegó a establecer, en New Lanark, una
guardería sobre principios muy sabios. Pero las especiales condiciones de New
Lanark lo condujeron erróneamente a considerar sus "paralelogramos" como unidades productoras, no
simplemente como lugares de residencia. El
industrialismo tendió, desde el principio, a cargar excesivamente el acento
sobre la producción v demasiado poco sobre el consumo y la vida diaria; ello la
sido el resultado de la prioridad otorgada a los beneficios, que se asocian
únicamente con la producción. La consecuencia es que la fábrica se ha hecho
científica y ha llevado hasta el final la división del trabajo, mientras que el hogar ha
permanecido acientífico v todavía acumula las más diversas labores sobre las
espaldas de la sobrecargada madre. Es un resultado lógico del predominio del beneficio como meta, el que los más azarosos,
desorganizados y por completo insatisfactorios aspectos de la actividad humana
sean aquellos de los que no se espera ningún beneficio pecuniario.
Debe admitirse, sin embargo, que los
más poderosos obstáculos a una reforma arquitectónica como la que he venido proponiendo se
hallarán en la psicología de los mismos asalariados. Aunque puedan pelearse en
él, la gente quiere el aislamiento del "hogar", y encuentra en él la
satisfacción de su orgullo y de su sentido de la propiedad. Una vida
comunitaria en el celibato, como la de los monasterios, no suscita
el mismo problema; son el matrimonio y la familia los que introducen el
instinto de lo íntimo. No creo que el cocinar en privado, más allá de lo que
ocasionalmente pueda hacerse en un hornillo de gas, sea realmente necesario
para satisfacer este instinto; creo que un apartamento privado con muebles
propios sería suficiente para personas acostumbradas a él. Pero siempre es
difícil cambiar hábitos íntimos. El deseo de independencia de las mujeres, sin
embargo, puede conducir gradualmente a que se ganen la vida fuera del hogar
cada vez en mayor número, y esto, a su vez, puede llevar a que un sistema como
el que he venido considerando les resulte apetecible. Al presente, el feminismo
está todavía en un estadio temprano de su desarrollo entre las mujeres de la
clase trabajadora, pero es probable que se incrementará, a menos que haya una
reacción fascista. Quizá a su tiempo este motivo llegue a determinar la
preferencia de las mujeres por la preparación comunitaria de alimentos y la
guardería. No será de los hombres que surja un deseo de cambio. Los
asalariados, aun cuando sean socialistas o comunistas, rara vez ven la
necesidad de un cambio en la situación de sus mujeres.
Mientras el paro sea un mal grave y
mientras la falta de comprensión de los problemas económicos sea casi
universal, se condenará, naturalmente, el empleo de mujeres casadas como
probable causa de que queden sin trabajo aquellos cuyos puestos garantizan las
esposas que permanecen en su casa. Por esta razón, el problema de las mujeres
casadas está estrechamente relacionado con el problema del paro, que probablemente sea
insoluble sin un considerable avance en el camino al socialismo. En cualquier
caso, no obstante, la construcción de "paralelogramos cooperativos" como los que he defendido, solamente
será practicable en gran escala como parte de un gran movimiento
socialista, ya que el beneficio como única finalidad nunca les dará
lugar. La salud y el carácter de los niños, y los nervios de las esposas, deben
continuar, por tanto sufriendo mientras el deseo de beneficio regule las
actividades económicas. Algunas cosas pueden alcanzarse en la búsqueda de este
objetivo, y otras no pueden alcanzarse; entre las que no se pueden alcanzar
está el bienestar de las mujeres y los niños de la clase asalariada y -lo que
puede parecer todavía más utópico- la belleza de los suburbios. Pero aunque
demos la fealdad de los suburbios por supuesta, como los vientos de marzo y las nieblas
de noviembre, no es, en realidad, igualmente inevitable. Si fuesen construidos
por los municipios en lugar de serlo por empresas privadas, con calles
planificadas y casas como salones de residencias, no hay
razón para que no resulten un placer para los ojos. La fealdad, como la inquietud y la pobreza, es parte
del precio que pagamos por ser esclavos
de la meta del beneficio privado.
El Midas moderno
(Escrito en 1932)
La historia del rey Midas y del Toque de Oro es
familiar a todos aquellos que se educaron con los Tanglewood Tales de
Hawthorne. Aquel digno monarca, anormalmente aficionado al oro, obtuvo de un
dios el privilegio de trocar en oro cuanto tocaran sus manos. Al principio se
sintió encantado, pero cuando comprobó que la comida que deseaba tomar se
convertía en sólido metal antes de que pudiera tragarla, comenzó a sentirse
inquieto; y cuando su hija quedó petrificada por un beso de él, se sintió
horrorizado y pidió al dios que lo librara de su don. Desde aquel momento supo
que el oro no es la única cosa de valor.
Esto es un simple cuento, pero para
el mundo resulta muy difícil aprenderse la moraleja. Cuando los españoles, en
el siglo XVI, se hicieron con el oro del Perú, consideraron deseable
conservarlo en sus propias manos y pusieron toda clase de obstáculos para la
exportación de los metales preciosos. La consecuencia fue que el oro dio lugar
a la elevación de precios en todos los dominios españoles, sin que por ello
España fuese más rica que antes en verdaderos bienes. Podría satisfacer el
orgullo de un hombre el saber que tiene dos veces más dinero que antes; pero si
con cada doblón sólo comprase la mitad de lo que solía comprar, la ventaja
sería puramente metafísica y no le permitiría tener más alimentos y bebidas, ni
una casa mejor, ni ninguna otra ventaja tangible. Los ingleses y los
holandeses, menos poderosos que los españoles, se vieron obligados a
contentarse con lo que hoy es el Este de los Estados Unidos, una región
despreciada porque no tenía oro. Pero, como fuente de riqueza, esta región ha
demostrado ser inconmensurablemente más productiva que las zonas auríferas del Nuevo Mundo, que todas las naciones
envidiaban en los tiempos de Isabel.
Aunque, como asunto histórico, éste ha llegado a
ser un lugar común, su aplicación a los problemas actuales parece estar más
allá de la capacidad mental de los gobiernos. Los temas económicos siempre han
sido considerados de un modo enrevesado, y esto es más cierto ahora que en
cualquier época anterior. Lo que ocurrió al terminar la guerra, en este
terreno, es tan absurdo que cuesta creer que los gobiernos estuviesen formados
por hombres adultos que no vivían en manicomios. Querían castigar a Alemania, y
el modo de hacerlo, sancionado por la experiencia, era imponer una
indemnización. De modo que impusieron una indemnización. Hasta aquí todo fue
bien. Pero la suma que quisieron que Alemania pagara superaba con mucho el
valor de todo el oro de Alemania, y aun el de todo el mundo. Era, por tanto,
matemáticamente imposible para los alemanes pagar, excepto en mercancías: los
alemanes debían pagar en productos o no pagar en absoluto.
En este punto, los gobiernos
recordaron de pronto que tenían la costumbre de medir la prosperidad de una
nación por el excedente de sus exportaciones sobre sus importaciones. Cuando un
país exporta más de lo que importa, se dice que tiene una balanza comercial
favorable; en el caso contrario, se dice que su balanza es desfavorable. Pero
al imponer a Alemania una indemnización mayor de la que podía pagar en oro,
habían decretado que, en el comercio con los aliados, Alemania iba a tener una
balanza favorable v los aliados una balanza desfavorable. Para su horror descubrieron que, sin
proponérselo, habían estado haciendo a Alemania lo que consideraban un
beneficio, al estimular su comercio de exportación. A este argumento general
fueron añadidos otros más específicos. Alemania no produce nada que no puedan
producir los aliados, y la amenaza de la competencia alemana se sintió en todas
partes. Los ingleses no querían carbón alemán cuando su propia industria
extractiva del carbón estaba en crisis. Los franceses
no querían manufacturas de hierro y acero alemanas cuando se habían propuesto
incrementar la propia producción de hierro y acero con la ayuda de los recién
adquiridos yacimientos loreneses. Y así sucesivamente. Los aliados, por tanto,
a la vez que seguían decididos a castigar a Alemania haciéndola pagar, estaban
igualmente decididos a no consentir que pagara en ninguna forma particular.
Para esta loca situación hallóse un loco
remedio. Se decidió prestar a Alemania todo lo que Alemania tenía que pagar.
Los aliados dijeron, en efecto: "No podemos dispensaras la indemnización,
porque ella es un justo castigo a vuestra maldad; por otra parte, no podemos
dejar que nos paguéis, porque ello arruinaría nuestras industrias; entonces, os
prestaremos el dinero y vosotros nos pagaréis lo que os prestemos. De este
modo, la cuestión de principio quedará salvada sin daño para nosotros. En
cuanto al daño que hemos de haceros, esperamos que solamente quede
pospuesto".
Pero esta solución, evidentemente,
sólo podía ser temporal. Los suscriptores de los préstamos a Alemania querían
sus intereses, y se planteaba con respecto al pago de los intereses el mismo
dilema que se había planteado en relación con el pago de la indemnización. Los
alemanes no podían pagar los intereses en oro, y las naciones aliadas no
querían que se les pagase en productos. De modo que se hizo necesario
prestarles el dinero con que pagar los intereses. Es obvio que, más tarde o más
temprano, la gente llegaría a cansarse de este juego. Cuando la gente se cansa
de prestar a una nación sin obtener nada a cambio, se dice que el crédito de
tal país ya no es bueno. Cuando esto sucede, la gente comienza a exigir que se
le pague realmente lo que se le debe. Pero, como hemos visto, esto era imposible
para los alemanes. De aquí que se produjeran numerosas quiebras, primero en
Alemania, después entre aquellos a quienes los alemanes en quiebra debían
dinero, más tarde entre aquellos a quienes estos últimos debían dinero, y así
sucesivamente. Resultado: depresión universal, miseria, hambre, ruina y toda la
cadena de desastres que el mundo ha estado sufriendo.
No quiero insinuar que la
indemnización de los alemanes haya sido la única causa de nuestras calamidades.
Las deudas de los aliados a Norteamérica contribuyeron, así como también, en
grado menor, todas las deudas, públicas o privadas, en las que el deudor y el
acreedor estaban separados por un alto muro arancelario, que hiciera difícil el
pago en productos. La indemnización alemana, si bien de ningún modo es el
origen exclusivo de las dificultades, es, sin embargo, uno de los más claros
ejemplos de la confusión de ideas que ha hecho tan difícil remediar el
estropicio.
La confusión de ideas que ha dado
lugar a nuestras desgracias es la confusión entre el punto de vista del consumidor y el del productor, o, más exactamente, del productor en un sistema de
competencia. Cuando fueron impuestas las indemnizaciones, los aliados se
consideraron consumidores; creyeron que sería agradable tener a los alemanes
para que trabajaran por ellos como esclavos temporales, y poder
consumir, sin trabajar, lo que prudujeran aquéllos. Entonces, después de
concluido el tratado de Versalles, recordaron súbitamente que ellos también
eran productores y que el influjo de los productos alemanes que habían estado
pidiendo arruinaría sus industrias. Quedaron tan perplejos que comenzaron a
rascarse la cabeza, pero ello no sirvió de nada, aunque lo hicieron en una
reunión y la calificaron de Conferencia Internacional. El hecho simple es que
las clases gobernantes del mundo son demasiado ignorantes y
estúpidas para resolver un problema así, y demasiado engreídas para pedir
consejo a quienes podrían ayudarlas.
Para simplificar nuestro problema,
supongamos que una de las naciones aliadas estuviese formada por un solo
individuo, un Robinson Crusoe que viviera en una isla desierta. Los alemanes
estarían obligados, según el tratado de Versalles, a ofrecerle todos los
artículos de primera necesidad a cambio de nada. Pero si él actuara como actuaron las potencias, diría:
"No; no me traigáis carbón, que ello arruinaría mi industria de leñador;
no me traigáis pan, que ello arruinaría mi agricultura y mi ingenioso aunque
primitivo aparato de moler; no me traigáis ropas, porque tengo una naciente
industria de confección de vestidos con pieles de animales. No me importa que
me traigáis oro, porque ello no puede hacerme daño; lo pondré en una cueva y no
volveré a hacer uso de él. Pero de ningún modo estoy dispuesto a aceptar el
pago en especies que puedan servirme de algo". Si nuestro imaginario
Robinson Crusoe dijera esto, pensaríamos que la soledad ha alterado sus facultades
mentales. Sin embargo, esto es exactamente lo que las naciones rectoras han
dicho a los alemanes. Cuando una nación, en lugar de un individuo, es atacada
de locura, se piensa de ella que está exhibiendo una notable sabiduría
industrial.
La única diferencia notable entre
Robinson Crusoe y una nación entera es que Robinson Crusoe organiza su tiempo
cuerdamente y la nación no lo hace. Si un individuo consigue sus ropas sin dar
nada a cambio, no pierde su tiempo confeccionándolas. Pero las naciones creen
que deben producir todo lo que necesitan, excepto cuando hay algún obstáculo
natural, como el clima. Si las naciones tuvieran
sentido común, acordarían, por tratado internacional, qué cosas habría de
producir cada nación, y dejarían de hacer más esfuerzos de los que hacen los
individuos para producirlo todo. Ningún individuo intenta hacerse sus propias
ropas, sus propios zapatos, su propia comida, su propia casa, etc.; sabe
perfectamente que, si lo hiciera, tendría que contentarse con un muy bajo nivel
de bienestar. Pero las naciones todavía no han comprendido el principio de la
división del trabajo. Si lo comprendieran,
podían haber permitido que Alemania pagase en ciertas clases de bienes,
que ellas hubieran dejado de producir por su parte. Los hombres que hubiesen
quedado sin trabajo podrían haber aprendido otro oficio a costa del estado. Pero esto hubiese requerido
organizar la producción, lo cual es contrario a la ortodoxia empresarial.
Las supersticiones acerca del oro están curiosamente arraigadas,
no solamente en quienes se benefician de ellas, sino aun en aquellos a quienes
traen desgracia. En el otoño de 1931, cuando los franceses obligaron a los
ingleses a abandonar el patrón oro, creyeron estar causándoles un mal, y los
ingleses, en su mayor parte, coincidieron con ellos. Una especie de vergüenza,
un sentimiento como de humillación nacional pasó por
Inglaterra. Sin embargo, los mejores economistas habían estado insistiendo en
el abandono del patrón oro, y la experiencia
subsiguiente ha demostrado que tenían razón. Tan ignorantes son los hombres en
el manejo práctico de las finanzas, que el gobierno británico tuvo que ser
compelido por la fuerza a hacer lo que más convenía a los intereses ingleses, y
sólo la hostilidad de los franceses llevó a Francia a otorgar este involuntario
beneficio a los ingleses.
De todas las ocupaciones que se
suponen útiles, casi la más absurda es la minería de oro. El oro se extrae de
la tierra en Sudáfrica y es transportado, con infinitas precauciones contra
robos y accidentes, a Londres, París o Nueva York, donde nuevamente es colocado
bajo tierra en las cámaras acorazadas de los bancos. Podría haber continuado bajo
tierra en Sudáfrica. Posiblemente, las reservas bancarias hayan tenido alguna
utilidad mientras se sostuvo que, llegada la ocasión, podrían utilizarse, pero
tan pronto como se adoptó la política de no
permitir que nunca descendieran por debajo de cierto mínimo, pasaron a
representar lo mismo que si no existieran. Si yo digo que guardaré cien libras
para un día lluvioso, tal vez sea sabio. Pero si digo que, por muy pobre que
llegue a ser, nunca gastaré las cien libras, éstas dejan de ser una parte
efectiva de mi fortuna, y daría lo mismo que las hubiese regalado. Ésta es,
precisamente, la situación de las reservas bancarias si no han de consumirse en
ninguna circunstancia. Por supuesto, no es más que una reliquia de la barbarie
el que determinada parte del crédito nacional haya de basarse
todavía en verdadero oro. En las transacciones privadas dentro de un país, el
oro ha desaparecido. Antes de la guerra aún se empleaba en pequeñas cantidades,
pero los que han crecido después de la guerra difícilmente conozcan el aspecto
de una moneda de oro. Sin embargo, todavía se supone que, por cierto misterioso
artificio, la estabilidad financiera de todos depende de un montón de oro en el
banco central del país. Durante la guerra, cuando los
submarinos hacían peligroso el transporte de oro, la ficción se llevó más
lejos. Del oro que se extraía en Sudáfrica, una parte se consideraba en los
Estados Unidos, otra parte en Inglaterra y otra en Francia, etc.; pero, de
hecho, todo se quedaba en Sudáfrica. ¿Por qué no llevar la ficción un paso más
allá y considerar que el oro ha sido extraído, dejándolo tranquilamente en la
tierra?
La ventaja del oro, en teoría, es que proporciona
una salvaguardia contra la deshonestidad de los gobiernos. Esto estaría muy
bien si hubiese alguna forma de obligar a los gobiernos a observar el patrón
oro durante una crisis; pero, de hecho, lo abandonan cada vez que les viene en
gana. Todos los países europeos que tomaron parte en la última guerra
depreciaron sus monedas, y al hacerlo cancelaron una parte de sus deudas.
Alemania y Austria cancelaron la totalidad de su deuda interna con la
inflación. Francia redujo el franco a un quinto de su primitivo valor,
cancelando con ello cuatro quintas partes de todas las deudas del gobierno reconocidas en francos. La
libra esterlina solamente vale unas tres cuartas partes de su primitivo valor
en oro. Los rusos dijeron francamente que no pagarían sus deudas, pero ello se
juzgó inicuo: la cancelación respetable requiere una cierta etiqueta.
El hecho es que los gobiernos, como otras gentes, pagan sus deudas si
les interesa hacerlo, pero no de otro modo. Una garantía puramente legal, tal como el patrón oro, es inútil en tiempos
de crisis, e inútil en otros períodos. Un individuo encuentra conveniente ser
honesto en tanto quiera poder pedir nuevos préstamos y obtenerlos; pero, cuando
ha agotado su crédito, le puede resultar más ventajoso escaparse. Un gobierno
está, respecto de sus súbditos, en una posición distinta de aquella en que se
halla respecto de otros países. Sus súbditos están a su merced, y, por tanto, no tiene motivos
para ser honesto con ellos, a menos que desee volver a pedirles prestado.
Cuando, como ocurrió en Alemania después de la
guerra, ya no hay más esperanzas de préstamo interno, el permitir que la moneda
se devalúe, enjugando así toda la deuda interna, compensa a un país. Pero la
deuda exterior es harina de otro costal. Los rusos, cuando cancelaron sus
deudas con otros países, tuvieron que enfrentarse a una guerra contra el mundo
civilizado, combinada con una feroz propaganda hostil. Son pocas las naciones
en condiciones de enfrentar cosas de este tipo y, por lo tanto, la mayoría de
países es prudente en lo tocante a la deuda externa. Es esto, y no el patrón
oro, lo que determina con cuánta seguridad se puede prestar dinero a los
gobiernos. La seguridad es escasa, pero no puede ser mayor hasta que exista un
gobierno internacional.
No se suele comprender hasta qué
punto las transacciones económicas dependen de las fuerzas armadas. La
propiedad de riquezas se adquiere, en parte, por medio de la habilidad en los
negocios; pero tal habilidad sólo es posible en el marco de una gran capacidad
militar o naval. Fue por el empleo de la fuerza armada que los holandeses
tomaron Nueva York a los indios, los ingleses a los
holandeses y los norteamericanos a los ingleses. Cuando se encontró petróleo en
los Estados Unidos, pertenecía a los ciudadanos norteamericanos; pero cuando se
encuentra en algún país menos poderoso, la propiedad del petróleo pasa, de grado o por la
fuerza, a los ciudadanos de una u otra de las grandes potencias. El proceso
mediante el cual se efectúa este tránsito, por lo general, queda disimulado,
pero en el fondo acecha la amenaza de guerra, y es esta amenaza latente la que
fuerza las negociaciones.
Lo que decimos del petróleo es igualmente aplicable a
la moneda y a las deudas. Cuando interesa a un gobierno envilecer su moneda o
cancelar sus deudas, lo hace. Algunas naciones, es cierto, hacen gran alboroto
en torno de la importancia moral de pagar las deudas, pero son naciones
acreedoras. Y el que las naciones deudoras las escuchen se debe a su fuerza, y
no a una convicción ética. Por tanto, hay un solo camino para asegurar una
moneda estable, y es tener, de hecho, si no de derecho, un gobierno mundial
único, en posesión de las únicas fuerzas armadas efectivas. Un gobierno así
tendría interés en una moneda estable, y podría decretar un poder adquisitivo
constante en relación con el promedio de las mercancías. Ésta es la única
estabilidad verdadera, y el oro no la posee. En tiempos de crisis, las naciones
soberanas no se comprometen ni siquiera con el oro. El argumento de que el oro
asegura una moneda estable es, por tanto, falaz desde cualquier punto de vista.
Personas que se tenían a sí mismas
por tercamente realistas, me han comunicado, en repetidas ocasiones, que el
hombre, en los negocios, normalmente desea hacerse rico. La observación me ha
convencido de que quienes me dieron tal seguridad, lejos de ser realistas, eran
idealistas sentimentales, totalmente ciegos para los hechos más evidentes del mundo en que viven. Si los hombres
de negocios realmente desearan hacerse ricos con más ardor del que ponen en mantener pobres a los
demás, el mundo pronto se convertiría en un paraíso. Las finanzas y la moneda
nos proporcionan un ejemplo admirable. Es obvio que en el interés general del conjunto de la comunidad
empresarial está el tener una moneda estable y seguridad en el crédito.
Evidentemente, el garantizar en la realidad estas dos supremas aspiraciones
requiere que haya un solo banco central en el mundo y solamente una moneda, que
debe ser un papel moneda, controlado de modo de conservar los precios medios
todo lo constantes que sea posible. Tal moneda no necesita el respaldo de una
reserva de oró, sino el crédito del gobierno mundial, cuyo organismo
financiero es el único banco central. Todo
esto es tan ostensible que cualquier niño puede verlo. Sin embargo, los hombres de negocios
no abogan por nada parecido. ¿Por qué? Por nacionalismo, es decir, porque están
más ansiosos por mantener pobres a los extranjeros que por hacerse ricos ellos
mismos.
Otra razón es la psicología del productor. Parece ser un tópico que
el dinero solamente es útil porque puede cambiarse por mercancías, y, sin
embargo, hay pocas personas para las que esto sea cierto, tanto emocional como racionalmente. En casi todas las
transacciones, el vendedor queda más satisfecho que el comprador. Si compráis
un par de zapatos todo el aparato de la venta se descarga sobre vosotros, y el
vendedor de los zapatos se siente como si hubiese obtenido una pequeña
victoria. Vosotros, por otra parte, no os decís: "¡Qué gusto verme libre
de esos mugrientos y repugnantes pedazos de papel, que no podía comerme ni
emplear como vestido, y tener, en cambio, este
magnífico par de zapatos nuevos!". Consideramos nuestras compras sin
importancia en comparación con nuestras ventas. Las únicas excepciones son los
casos en que las existencias son limitadas. El hombre que compra un cuadro de
un antiguo maestro queda más satisfecho que el hombre que lo vende; pero no
cabe duda de que, cuando el antiguo maestro estaba vivo, se sentía más
satisfecho al vender sus cuadros que sus protectores al comprárselos. La causa
psicológica última de nuestra preferencia por el vender sobre el comprar es que
preferimos el poder al placer. Esta característica no es universal: hay
manirrotos que prefieren una vida corta y feliz. Pero sí es la característica
de los individuos prósperos y enérgicos que dan el tono en una época de competencia.
Cuando la mayor parte de la riqueza era heredada, la psicología del productor era menos dominante que
hoy. Y es la psicología del productor lo que determina que los
hombres estén más ansiosos por vender que por comprar, y que los gobiernos se
den al risible intento de crear un mundo en el que todas las naciones vendan y
ninguna nación compre.
La psicología del productor se complica por una
circunstancia que distingue las relaciones económicas de la mayor parte de las
otras. Si producís y vendéis algún artículo, hay dos clases de personas
especialmente importantes para vosotros: vuestros competidores y Vuestros
clientes. Vuestros competidores os perjudican y vuestros clientes os
benefician. Vuestros competidores son, evidente y comparativamente, pocos, en
tanto que vuestros clientes están diseminados y, en gran parte, os son
desconocidos. Tendéis, por tanto, a ser más conscientes de vuestros
competidores que de vuestros clientes. Tal vez no sea éste el caso dentro de
vuestro propio grupo, pero es casi seguro que será el caso en lo tocante a un
grupo extranjero, de modo que venimos a atribuir a los grupos extranjeros
intereses económicos contrarios a los nuestros.
La fe en las tarifas proteccionistas
nace de ello. Consideramos a las naciones extranjeras más como competidoras en la producción que como posibles clientes, de modo que los
hombres están dispuestos a perder los mercados extranjeros con tal de evitarse
la competencia extranjera. Hubo una vez en un pueblecito un carnicero que se
enfurecía con los demás carniceros que le quitaban la clientela. Para arruinarlos, convirtió a todo el
pueblo al vegetarianismo, y se sorprendió al ver que, como consecuencia, también él se
arruinaba. La locura de este hombre parece increíble, y, sin embargo, no es
mayor que la de las potencias. Todas han observado que el comercio exterior
enriquece a otras naciones, y todas han establecido aranceles para destruir el
comercio exterior. Todas se han asombrado al descubrir que resultaban tan
perjudicadas como sus competidoras. Ninguna ha
recordado que el comercio es recíproco y que una nación extranjera que vende a
la propia nación, también le compra, directa o indirectamente. La razón por la
que no lo han recordado es que el odio a las otras naciones las ha incapacitado
para pensar con claridad en materias de comercio exterior.
En Gran Bretaña, el conflicto entre
ricos y pobres, que ha sido la base de la división en partidos desde que
terminó la guerra, ha incapacitado a la mayor parte de los industriales para
comprender cuestiones monetarias. Puesto que las finanzas representan la
riqueza, hay una tendencia en los ricos a seguir la dirección de los banqueros
y financieros. Pero, en realidad, los intereses de los banqueros son opuestos a
los intereses de los industriales: la defiación convenía a los banqueros, pero
paralizaba la industria británica. No dudo que, si los asalariados no hubiesen
tenido voto, la política británica desde la guerra hubiera consistido en una
lucha encarnizada entre los financieros y los industriales'. Tal y como estaban las cosas, sin embargo, los
financieros y los industriales se pusieron de acuerdo contra los trabajadores,
los industriales apoyaron a los financieros y el país fue llevado al borde de
la ruina. Se salvó solamente por el hecho de que los financieros fueran
derrotados por los franceses.
En todo el mundo, no solamente en
Gran Bretaña, los intereses de las finanzas, en los años recientes, han sido
opuestos a los intereses públicos en general. No es probable que este estado de
cosas cambie por sí solo. No es probable que una comunidad moderna prospere si
sus asuntos financieros son conducidos teniendo en cuenta únicamente los
intereses de los financieros, sin considerar los efectos sobre el resto de la
población. Cuando éste es el caso, no es prudente dejar que los financieros
persigan desenfrenadamente su beneficio privado. Con el mismo criterio,
podríamos explotar un museo en beneficio del conservador, dejándolo en libertad
de vender el contenido tantas veces como le ofrecieran un buen precio. Hay
algunas actividades en las cuales la búsqueda del beneficio privado conduce, en
conjunto, a la promoción del interés general, y otras en las que
no ocurre así. Como quiera que estuviesen en el pasado,
las finanzas están ahora, definitivamente, en este último caso. El resultado es
una creciente necesidad de interferencia gubernamental en las finanzas. Sería
necesario considerar las finanzas y la industria como formando un conjunto y tratar de
alcanzar el mayor beneficio posible para tal conjunto, y no separadamente para
las finanzas. Las finanzas son más poderosas que la industria cuando ambas son
independientes, pero los intereses de la industria se aproximan más a los de la
comunidad que los intereses de las finanzas. Ésta es la razón por la que el mundo
ha llegado a tal extremo: el excesivo poder de las finanzas.
Dondequiera que los menos han
adquirido poder sobre los más, se han apoyado en alguna superstición que ha
dominado a los más. Los antiguos sacerdotes egipcios descubrieron la forma de
predecir los eclipses, que todavía eran considerados con terror por el
populacho; del tal modo, fueron capaces de arrancarle donativos y poderes que
no hubieran podido obtener de otra manera. Se suponía que los reyes eran seres
divinos, y se tuvo a Cromwell por sacrílego cuando cortó la cabeza de Carlos l.
En nuestros días, los financieros dependen de la supersticiosa reverencia hacia
el oro. El ciudadano ordinario se queda mudo de espanto cuando le hablan de
reservas en oro, emisión de billetes, inflación, deflación, reflación y todo el
resto de la jerga. Siente que cualquiera que pueda hablar con sospechosa
facilidad de tales materias debe de ser muy sabio, y no se atreve a preguntar
qué dice. No comprende lo poco que representa verdaderamente el oro en las
modernas transacciones, aunque quedaría sin saber qué decir si hubiera de
explicar cuáles son sus funciones. Siente vagamente que es probable que su país
sea más seguro cuando guarda gran cantidad de oro, y así se alegra cuando las
reservas aumentan y se entristece cuando disminuyen.
Esta situación de incomprensivo
respeto por parte del público en general es exactamente
lo que necesita el financiero para que la democracia no le ate las manos.
Tiene, por supuesto, muchas otras ventajas en sus relaciones con la opinión.
Siendo inmensamente rico, puede fundar universidades y asegurarse de que la
parte más influyente de la opinión académica le esté sometida. A la cabeza de
la plutocracia, es el jefe natural de todos aquellos cuyo pensamiento político
esté dominado por el miedo al comunismo. Poseedor del poder económico, puede
distribuir la prosperidad o la ruina a naciones enteras, según se le
antoje. Pero dudo que alguna de esas armas resulte eficaz sin ayuda de la
superstición. Es un hecho notable que, a pesar de la importancia de la economía
para cualquier hombre, mujer o niño, la materia casi nunca se enseña en las
escuelas, y aún en las universidades la estudia solamente una minoría. Además,
esta minoría no aprende estas cuestiones como las aprendería si no hubiese intereses
políticos en juego. Hay unas pocas instituciones en que se enseña sin finalidad
plutocrática, pero son muy pocas; en general, el tema se enseña siempre para
mayor gloria del statu quo económico. Todo
esto, imagino, está relacionado con el hecho de que la superstición v el
misterio son eficaces para los que detentan el poder financiero.
En las finanzas, como en la guerra, se da el hecho de que
casi todos aquellos que tienen capacidad técnica, tienen también propensiones
contrarias a los intereses de la comunidad. Cuando tienen lugar conferencias de
desarme, los expertos navales y militares son el obstáculo principal para su
buen éxito. No es que tales hombres sean deshonestos, sino que sus
preocupaciones habituales les impiden ver cuestiones relativas a armamentos en
su perspectiva justa. Exactamente lo mismo ocurre con las finanzas. Casi nadie
sabe nada acerca de ellas, excepto quienes se dedican a obtener dinero del actual sistema, y que,
naturalmente, no pueden adoptar puntos de vista completamente imparciales.
Sería necesario, para resolver esta situación, que las democracias del mundo tomaran conciencia de la
importancia de las finanzas y buscaran la manera de simplificar sus principios
para que fueran ampliamente comprendidos. Hay que admitir que ello no es fácil,
pero no creo que sea imposible. Uno de los impedimentos para el éxito de la
democracia en nuestra época es la complejidad del mundo moderno, que hace cada
vez más difícil para el hombre y la mujer ordinarios formarse una opinión inteligente
sobre cuestiones políticas, y aun decidir quién es la persona cuyo juicio
experto merece el mayor respeto. El remedio de este mal está en mejorar la
educación y en dar con modos de explicar la estructura de la sociedad más
fáciles de entender que los empleados actualmente. Todo creyente en la
democracia efectiva debe estar a favor de esta reforma. Pero quizá no queden
creyentes en la democracia, como no sea en Siam y en las regiones más remotas de Mongolia.
La ascendencia del fascismo
Cuando
comparamos nuestra época con la de Jorge I, por ejemplo, adquirimos conciencia
de un cambio profundo en el tono intelectual, que ha sido seguido de un cambio
correspondiente en el tono de la política. En cierto sentido, la actitud de
hace doscientos años podía llamarse racional, y lo que resulta más
característico de nuestro tiempo podría llamarse antirracional. Pero
quiero emplear estas palabras sin que se infiera la aceptación completa de una
actitud ni el rechazo absoluto de otra. Además, es importante recordar que los
acontecimientos políticos toman su color muy frecuentemente de las
teorizaciones de tiempos anteriores: suele haber un intervalo considerable
entre la promulgación de una teoría y su repercusión práctica. La política
inglesa en 1860 estaba dominada por las ideas expresadas en 1776 por Adam
Smith; la política alemana de hoy es la realización de las teorías establecidas
por Fichte en 1807; la política rusa desde 1917 ha dado cuerpo a las doctrinas
del Manifiesto Comunista, que data de 1848. Para comprender la época presente, por
tanto, es necesario retroceder hasta un tiempo considerablemente anterior.
Una doctrina política ampliamente
difundida tiene, por regla general, dos clases de causas muy diferentes. De un
lado, hay antecedentes intelectuales: hombres que tienen teorías avanzadas
elaboradas, por desarrollo o por reacción, a partir de teorías previas. De otro
lado, hay circunstancias políticas y económicas que predisponen a la gente a
aceptar opiniones que contribuyen a ciertos estados de ánimo. Estas
circunstancias por sí solas no dan una explicación completa cuando, como sucede muy a menudo, no se tienen
en cuenta los antecedentes intelectuales. En el caso particular que nos ocupa,
diversos sectores de opinión del mundo de posguerra han tenido determinados
motivos de descontento que les han hecho simpatizar con una cierta filosofía
general creada en una fecha muy anterior. Me propongo considerar primero esta
filosofía y tocar después las razones de su actual popularidad.
La rebelión contra la razón comenzó como una rebelión contra el razonamiento.
En la primera mitad del siglo XVIII, mientras Newton imperaba en la
mente de los hombres, estaba extendida la idea de que el camino al conocimiento
consistía en el descubrimiento de leyes generales simples, de las que pudieran
sacarse conclusiones por razonamiento deductivo. Mucha gente olvidó que la ley
de la gravitación de Newton era producto de un siglo de
cuidadosa observación, y supuso que las leyes generales podían ser descubiertas
a la luz de la naturaleza. Había religión natural, ley natural, moral natural,
y así sucesivamente. Se presumía que estos temas consistían en ingerencias
demostrativas elaboradas a partir de axiomas evidentes, al estilo de Euclides.
La consecuencia política de este punto de vista fue la doctrina de los derechos
del hombre, según se predicó durante
las revoluciones americana y francesa.
Pero en el mismo momento en que la
construcción del Templo de la Razón parecía estar a punto de terminarse, fue
colocada una bomba que, al fin, hizo volar hasta el cielo todo el edificio. El
hombre que colocó la bomba fue David Hume. Su Tratado de la naturaleza
humana, publicado en 1739, lleva por subtítulo "Intento de introducir
el método experimental de razonamiento en los temas morales". Ello expresa
por entero su intención, pero sólo la mitad de sus logros. Su intención era
sustituir la observación y la inducción por la deducción a partir de axiomas
nominalmente evidentes. Por su naturaleza intelectual, fue un racionalista
completo, aunque más de la variedad baconiana que de la aristotélica. Pero su
combinación, casi sin par, de agudeza y honestidad intelectual lo condujo a
ciertas conclusiones devastadoras: la de que la inducción es un hábito sin
justificación lógica y la de que la fe en la causalidad es poco más que
superstición. Se seguía de ello que la ciencia, así como la teología, habían de ser
relegadas al limbo de las esperanzas ilusorias y de las convicciones
irracionales.
En Hume, el racionalismo y el
escepticismo convivían pacíficamente. El escepticismo era solamente para el
estudio y había de ser olvidado en los asuntos de la vida práctica. Además, la
vida práctica había de ser gobernada, en lo posible, por los mismos métodos
científicos que su escepticismo impugnaba. Tal compromiso sólo era posible para
un individuo que era, a partes iguales, filósofo y hombre de mundo; hay también
un aroma de aristocrático conservadurismo en la reserva de una incredulidad
esotérica para los iniciados. El mundo, en general, se negó a aceptar en su integridad
las doctrinas de Hume. Sus sucesores rechazaban su escepticismo, mientras que
sus adversarios alemanes ponían el acento sobre él, como inevitable consecuencia de una
postura meramente científica y racional. Así, debido a sus enseñanzas, la
filosofía inglesa se hizo superficial, mientras la filosofía alemana se hacía
antirracional -en ambos casos por temor a un agnosticismo intolerable-. El
pensamiento europeo jamás recobró su entusiasmo anterior; entre los sucesores
de Hume, sin excepción, cordura ha significado superficialidad, y profundidad
ha significado cierto grado de locura. En las discusiones más recientes acerca
de la filosofía más adecuada a la física cuántica, siguen su curso los viejos
debates provocados por Hume.
La filosofía que ha sido distintiva
de Alemania comienza con Kant, y comienza como reacción contra Hume. Kant estaba
decidido a creer en la causalidad, en Dios, en la inmortalidad, en la ley
moral, y así sucesivamente; pero comprendió que la filosofía de Hume hacía todo
esto muy difícil. Inventó, por tanto, una distinción entre razón pura y
razón práctica. La razón pura correspondía a lo que se podía probar, que
no era mucho; la razón práctica se ocupaba de lo necesario para la virtud, que
era una buena cosa. Desde luego, resulta obvio que la razón pura era
simplemente la razón, mientras que la razón práctica era el prejuicio.
Así, Kant reintrodujo en la filosofía el recurso a algo reconocido como
exterior a la esfera de la racionalidad teórica, que se había proscrito de las
escuelas desde el auge del escolasticismo.
Aún más importante que Kant, desde
nuestro punto de vista, fue su sucesor inmediato, Fichte, quien, al pasar de la
filosofía a la política, inauguró el movimiento que dio origen a lo que
hoy es el nacionalsocialismo. Pero antes de hablar de él, hay algo más que
decir acerca del concepto de razón.
En vista del fracaso en la búsqueda de una
respuesta a Hume, ya no es posible considerar la razón como algo absoluto, todas cuyas
desviaciones deban ser condenadas en el terreno teórico. Sin embargo, hay una
diferencia evidente, e importante, entre la disposición mental de los radicales
filosóficos, digamos, y la de gentes tales como los fanáticos mahometanos
primitivos. Si llamamos racional a la primera tendencia e irracional a la
segunda, está claro que en los tiempos recientes ha habido un incremento de la
irracionalidad.
Creo que lo que en la práctica
entendemos por razón puede ser definido por tres características. En primer
lugar, confía más en la persuasión que en la fuerza; en segundo lugar, trata de
persuadir por medio de argumentos en cuya completa validez cree el hombre que
los emplea; y en tercer lugar, en la formación de opiniones, utiliza la
observación y la inducción en todo lo posible, y la intuición lo menos posible.
La primera de tales características excluye la Inquisición; la segunda excluye
métodos tales como los empleados en la propaganda británica de guerra, que
Hitler elogia fundándose en que la propaganda "debe reducir su nivel
intelectual en proporción a las dimensiones de la masa a la que tiene que
atrapar"; la tercera prohibe el uso de grandes afirmaciones, tales como la
del presidente Andrew jackson a propósito del Mississippi: "El Dios del
universo trazó este gran valle para que perteneciera a una sola nación",
lo cual era evidente para él y para sus oyentes, pero nada fácil de demostrar a
quien lo hubiese puesto en duda.
La confianza en la razón, tal y como la hemos definido, supone una
cierta comunidad de intereses y de perspectiva entre uno y su auditorio. Es
cierto que la señora Bond la puso a prueba con sus patos al gritar: "Venid
a que os mate, pues habéis de ser guisados, y mis clientes han de
hartarse"; pero, en general, el recurso a la razón se tiene por ineficaz
con aquellos a quienes tratamos de devorar. Los que creen en la alimentación
carnívora no tratan de encontrar argumentos que puedan parecer válidos al
cordero, y Nietzsche no trata de persuadir a las masas, a las que califica de
conjunto de "contrahechos y remendados". Ni trata Marx de obtener el
apoyo de los capitalistas. Como demuestran estos ejemplos, el
recurso a la razón es más fácil cuando el poder está incuestionablemente
limitado a una oligarquía. En la Inglaterra del siglo XVIII solamente las
opiniones de los aristócratas y las de sus amigos eran importantes y siempre
podían ser expuestas en forma racional a otros aristócratas. A medida que la
parroquia política se hace más grande y más heterogéneo, el recurso a la razón
se hace más difícil, ya que existen pocos supuestos universalmente aceptados a
partir de los cuales pueda buscarse acuerdo. Cuando no se encuentran
tales supuestos, los hombres tienden a confiar en sus propias intuiciones; y
puesto que las intuiciones de los distintos grupos difieren, la confianza en
ellas conduce a la lucha y al poder políticos.
Las rebeliones contra la razón, en
este sentido, son un fenómeno recurrente en la historia. El budismo primitivo
fue racional; sus formas posteriores, y el hinduismo, que lo reemplazó en la India, no lo fueron. En la antigua Grecia,
los órficos estaban en rebelión contra la racionalidad homérica. De Sócrates a
Marco Aurelio, los hombres prominentes del mundo antiguo fueron, en lo
fundamental, racionales; después de Marco Aurelio, aun los conservadores
neoplatónicos estuvieron llenos de supersticiones. Excepto en el mundo
mahometano, los derechos de la razón estuvieron suspendidos hasta el siglo xi;
después, con el escolasticismo el Renacimiento y la ciencia, fueron ganando
terreno. Tuvo, lugar una reacción con Rousseau y Wesley, pero fue contenida por
los triunfos de la ciencia y la técnica del si lo XIX. La fe en la razón
alcanzó su punto más alto en la década de 1860 a 1870; desde entonces ha
disminuido gradualmente y continúa disminuyendo. Racionalismo y
antirracionalismo han existido desde el comienzo de la civilización griega; y,
cada vez que pareció probable que una de las dos posturas llegara a ser
completamente dominante, se produjo, por reacción, un resurgimiento de la
opuesta.
La rebelión moderna contra la razón
difiere en un importante aspecto de la mayoría de las que la precedieron. Desde
los órficos en adelante, el objetivo habitual, en el pasado, era la salvación
-un complejo concepto que abarca bondad y felicidad y que se alcanza, por regla
general, por medio de alguna extrema renuncia-. Los irracionalistas de nuestro
tiempo no persiguen la salvación, sino el poder. Y así desarrollan una ética
opuesta a la del cristianismo y el budismo; y a
causa de su afán de poder, necesariamente, se mezclan en la política. Su genealogía,
entre los escritores, es Fichte, Carlyle, Mazzini, Nietzsche, con defensores como Treitschke, Rudvard Kipling,
Houston Chamberlain y Bergson. Opuestos a este movimiento podemos considerar a
los benthamitas y a los socialistas como dos alas de un mismo partido; tanto
los unos como los otros son cosmopolitas, son
democráticos, condenan el interés económico privado. Las diferencias inter
se sólo afectan a los medios, no a los fines, en tanto que el nuevo
movimiento, que culmina (hasta ahora) en Hitler, difiere de uno y de otro en
cuanto a los fines, y difiere aun de la tradición toda de la civilización
cristiana.
La finalidad que deben perseguir los
hombres de estado, según la conciben casi todos los irracionalistas a partir de
los cuales se ha desarrollado el fascismo, fue claramente establecida por
Nietzsche. En oposición consciente al cristianismo, así como al utilitarismo, Nietzsche rechaza
las doctrinas de Bentham en lo tocante a la felicidad y al mayor número. "La
humanidad -dice- es mucho más un medio que un fin... La humanidad no es más que
el material experimental." La finalidad que propone es la grandeza de
individuos excepcionales: "El objeto es alcanzar esa enorme energía de
grandeza que puede modelar al hombre del futuro por medio de la disciplina
y también por medio de la aniquilación de millones de contrahechos y
remendados, los cuales pueden, sin embargo, librarse de la perdición, a
la vista del sufrimiento creado de este modo, nada semejante al cual se
ha visto jamás". Debemos observar que esta concepción de los fines no
puede ser considerada en sí misma como contraria a la razón, ya que las
cuestiones relacionadas con los fines no pueden ser objeto de argumentación
racional. Puede desagradarnos -a mí me desagrada-, pero no podemos
probar nada en contra de ella, como nada puede probar Nietzsche en su
favor. Hay, sin embargo, una conexión natural con la irracionalidad, ya que la
razón requiere imparcialidad, en tanto que el culto al superhombre siempre
tiene como premisa menor la afirmación: "Yo
soy un superhombre".
Los fundadores de la escuela de
pensamiento de la cual surgió el fascismo tienen todos ciertas características
comunes. Buscan el bien en la voluntad, más que en el sentimiento o en
el conocimiento; valoran más el poder que la felicidad; prefieren la fuerza al
argumento, la guerra a la paz, la aristocracia a la democracia, la propaganda a
la imparcialidad científica. Abogan por una forma de austeridad espartana, como opuesta a la cristiana; es decir,
consideran la austeridad como un medio para obtener dominio sobre
los demás, no como una autodisciplina que ayuda a
alcanzar la virtud y, sólo en el otro mundo, la felicidad. Los últimos de entre
ellos están imbuidos de darwinismo vulgar y consideran la lucha por la vida como el origen de especies superiores;
pero s trata más de una lucha entre razas que de una lucha entre individuos, como la que defendían los apóstoles de
la libre competencia. Placer y conocimiento, concebidos como fines, se les antojan demasiado
pasivos. Sustituyen el placer por la gloria, y el conocimiento por la
afirmación pragmática de que lo que ellos desean es la verdad. En Fichte,
Carlyle y Mazzini, estas doctrinas están todavía envueltas en un manto de
hipocresía moral convencional; en Nietzsche, avanzan por primera vez desnudas y
sin vergüenza.
Fichte ha recibido menos
reconocimiento del que le corresponde en la iniciación
de este gran movimiento. Comenzó como metafísico abstracto, pero ya
entonces mostró cierta arbitraria y egocéntrico disposición. Toda su filosofía
parte de la proposición "Yo soy Yo", respecto de lo cual dice:
"El ego se postula a sí mismo y es como consecuencia de este mero
postularse a sí mismo; es al mismo tiempo el agente y el resultado de la
acción, lo activo y lo que es producido por la actividad; Yo soy expresa
un hecho (Thathandlung). El ego es porque se ha postulado a sí
mismo".
El ego, de acuerdo con esta teoría,
existe por voluntad de existir. Poco después vemos que el no-ego también existe
porque el ego así lo quiere; pero un no-ego así generado nunca llega a ser
verdaderamente externo al ego que decide postularlo. Luis XIV dijo:
"L'état, c'est moi"; Fichte dijo: "El universo soy yo". Como hizo notar Heine al cotejar a Kant
con Robespierre, "en comparación con nosotros los alemanes, vosotros los
franceses sois sumisos y moderados".
Fichte, es cierto, explica al cabo
de un rato que cuando dice Yo quiere decir Dios; pero el lector
ya no recobra por entero la tranquilidad.
Cuando, como resultado de la batalla de Jena, Fichte tuvo que huir de Berlín,
empezó a pensar que había venido postulando demasiado vigorosamente el no-ego
en forma de Napoleón. A su regreso, en 1807, pronunció sus famosos Discursos
a la nación alemana, en los que, por primera vez, se expuso íntegramente el
credo del nacionalismo. Estos discursos se
inician con la explicación de que el alemán es superior a todos los demás
pueblos modernos, porque solamente él tiene una lengua pura. (Los rusos, los
turcos, los chinos, por no mencionar a los esquimales y a los hotentotes, también
tienen lenguas puras, pero no fueron mencionados en los libros de historia de
Fichte.) La pureza de la lengua alemana hace que solamente los alemanes sean
capaces de profundidad; concluye que "tener carácter y ser alemán
indudablemente es lo mismo". Pero si el carácter alemán ha de ser
preservado de las corruptoras influencias extranjeras, y si la nación alemana
ha de ser capaz de actuar como un todo, tiene que haber una nueva clase de
educación, que ha de "moldear a los alemanes en un cuerpo colectivo".
La nueva educación, dice, "debe consistir esencialmente en esto: en
destruir completamente el libre albedrío". Añade que la voluntad "es
la verdadera raíz del hombre".
No debe haber comercio exterior más
allá de lo absolutamente inevitable. Debe haber servicio militar universal:
todo el mundo ha de ser obligado a luchar, no por el bienestar material, no por
la libertad, no en defensa de la constitución, sino bajo el impulso de "la
llama devoradora del más alto patriotismo, que envuelve a la nación como la
vestidura de lo eterno, por la cual los nobles de espíritu se sacrifican
gozosos, y los innobles, que solamente existen 'por los demás, deben
sacrificarse igualmente".
Esta doctrina, la de que el hombre noble
es el propósito de la humanidad y de que el innoble no tiene
derechos propios, es la esencia del moderno ataque a la democracia. El
cristianismo enseñó que todo ser humano tiene un alma inmortal, y que, a este respecto,
todos los hombres son iguales; los derechos del hombre fueron tan sólo un desarrollo de la
doctrina cristiana. El utilitarismo, en tanto que no concedía derechos absolutos
al individuo, daba el mismo valor a la felicidad de un hombre que a la
felicidad de otro; y así, conducía a la democracia del mismo modo que la
doctrina de los derechos naturales. Pero Fichte, como una especie de Calvino político,
tomó a ciertos hombres por elegidos y rechazó a todos los demás como a seres sin importancia.
La dificultad, por supuesto, está en
saber quiénes son los elegidos. En un mundo en el que la doctrina de Fichte
fuese aceptada universalmente, todo hombre se consideraría noble y se
uniría a algún partido de gentes lo bastante similares a él como para dar la impresión de compartir
algo de su nobleza. Estas gentes podrían ser su propia nación, como en el caso
de Fichte, o su propia clase, como en el de un comunista proletario, o su
propia familia, como en el de Napoleón. No existe criterio objetivo de nobleza
con excepción del éxito en la guerra; consecuentemente, la guerra es
el resultado necesario de este credo.
La visión de la vida de Carlyle se
origina, en lo fundamental, en la de Fichte, el individuo que más fuertemente
influyó en sus opiniones. Pero Carlyle añadió algo que ha sido característico
de la escuela desde entonces: una especie de socialismo y una preocupación por
el proletariado que, en realidad, no es sino rechazo del industrialismo y del nouveau riche. Carlyle lo
hizo tan bien que engañó incluso a Engels, quien, en su obra sobre la clase
obrera inglesa en 1844, lo menciona muy elogiosamente. En vista de esto, poco
ha de extrañarnos el que muchas gentes fuesen atraídas por la fachada
socialista del nacionalsocialismo.
Carlyle, en efecto, todavía
encuentra incautos. Su "Culto a los héroes" parece algo muy elevado;
no necesitamos, dice, parlamentos electos, sino "héroes-reyes y todo un
mundo no antiheroico". Para comprender esto, debemos estudiar
su traducción en hechos. Carlyle, en Past and Present, presenta como
modelo al abate Sansón, del siglo XII; pero quienquiera que no acepte a
este personaje bajo palabra, y que, en cambio, lea la Chronicle of iocelin
of Brakelonde, hallará que el abate era un rufián sin escrúpulos, en el que
se combinaban los vicios de un terrateniente tiránico con los de un abogado
embrollón. Los demás héroes de Carlyle son, por lo menos, igualmente
discutibles. Las matanzas de Cromwell en Irlanda le sugieren
el comentario: "Pero en tiempos de Oliverio, como digo, todavía se creía en los
juicios de Dios; en los tiempos de Oliverio todavía no existía esa jerga
insensata de "abolir las Penas Capitales", de Juan Jacobo
Filantropía, ni la universal agua de rosas en este mundo todavía tan lleno de
pecado... Solamente en las decadentes generaciones posteriores... puede tal
indiscriminado amasijo de Bien y de Mal, en una melaza universal.... tener
lugar sobre nuestro planeta". De muchos de sus restantes héroes, tales como Federico el Grande, el doctor
Francia y el gobernador Eyre, todo lo que necesitamos decir es que su
característica común fue la sed de sangre.
Lo que todavía piensen que Carlyle
fue en algún sentido más o menos liberal, deben leer su capítulo sobre la
democracia en Past and Present. En su mayor parte está dedicado al
elogio de Guillermo el Conquistador y a la descripción de la amable existencia
que disfrutaban los siervos (le su tiempo. Después hay una definición de la
libertad: "La verdadera libertad del hombre, diríamos, consistir en
descubrir, o en ser obligado a descubrir, el camino recto, y en seguirlo"
(pág. 263). Pasa luego a declarar que la democracia "representa la
desesperanza de encontar héroes que os gobiernen, y la resignada conformidad
con la falta de ellos". El capítulo termina estableciendo. en elocuente
lenguaje profético, que cuando la democracia haya finalizado su curso, el
problema que quedará es "el de dar con el gobierno de vuestros Verdaderos
Superiores". ¿Hay en todo esto una sola palabra que no suscribiera Hitler?
Mazzini fue un hombre más
moderado que Carlyle, del que disentía en cuanto se refiere
al culto de los héroes. No el gran hombre individual, sino la nación, fue el
objeto de su culto; y, mientras situaba a Italia en el lugar más prominente,
concedía un papel a cada nación europea, excepto Irlanda. Creía, sin embargo, como Carlyle, que el deber había de
anteponerse a la felicidad, incluso a la felicidad colectiva. Pensaba que Dios
había revelado a cada conciencia humana lo que es justo, y que todo lo que
hacía falta era que todo el mundo obedeciese la ley moral como la sintiera en su corazón. No
comprendió jamás que personas distintas pueden diferir esencialmente en cuanto
a lo que la ley moral ordena, ni que, en realidad, lo que estaba pidiendo era
que los demás actuaran de acuerdo con la revelación de él. Puso la moral por
sobre la democracia, diciendo: "El simple voto de una mayoría no
constituye soberanía si contradice de un modo evidente los preceptos morales
supremos... La voluntad del pueblo es sagrada cuando interpreta y aplica la ley
moral; nula e impotente, cuando se disocia de la ley y sólo representa el
capricho". Ésta es también la opinión de Mussolini.
Sólo un elemento importante se ha
añadido desde entonces a las doctrinas de esta escuela, a saber: la fe
seudodarwiniana en la "raza". (Fichte hacía de la superioridad
alemana una cuestión de lengua, no de herencia biológica.) Nietzsche, que, a
diferencia de sus seguidores, no es nacionalista ni antisemita, aplica la
doctrina únicamente entre diferentes individuos: quiere que se impida la
reproducción del desadaptado y confía en producir, con los métodos de cruza de
los criadores de perros, una raza de superhombres que tenga todo el poder y en
cuyo solo beneficio exista el resto de la humanidad. Pero escritores
posteriores de similar visión han tratado de demostrar que toda excelencia
corresponde a su propia raza. Los profesores irlandeses escriben libros para
probar que Homero fue irlandés; los antropólogos franceses presentan evidencia
arqueológica de que los celtas y no los teutones fueron la fuente de la
civilización en la Europa septentrional; Houston Chamberlain expone por extenso
que Dante fue alemán y que Cristo no fue judío. El acento puesto en la raza ha
sido universal entre los angloindios, que infectaron a la Inglaterra
imperialista por medio de Rudyard Kipling. Sin embargo, el elemento antisemita
nunca ha sido importante en Inglaterra, aunque un inglés, Houston Chamberlain,
fue principal responsable de que se le diera una falsa base histórica en
Alemania, donde ha persistido desde la Edad Media.
En relación con la raza, si la
política no interviniera, bastaría con decir que no se conoce nada
políticamente importante. Puede tomarse como probable que existan diferencias
mentales genéticas entre razas; pero lo cierto es que todavía no sabemos cuáles
puedan ser tales diferencias. En el hombre adulto, los efectos del medio ambiente enmascaran los de la
herencia. Además, las diferencias raciales entre los diversos europeos son
menos definidas que las existentes entre los blancos, los amarillos y los
negros; no hay características físicas bien definidas que permitan diferenciar
con certeza a los miembros de las distintas naciones europeas modernas, puesto
que todas son producto de la mezcla de linajes diversos. Cuando se trata de la
superioridad mental, todas las naciones civilizadas pueden expresar una
pretensión plausible, lo que prueba que las pretensiones de todos son
igualmente vanas. Es posible que los judíos sean inferiores a los
alemanes, pero es igualmente posible que los alemanes sean inferiores a
los judíos. Toda la tarea de introducir en tal cuestión la jerga seudo-darwiniana
es totalmente acientífica. Sea lo que fuere lo que lleguemos a conocer desde
ahora en adelante, hasta el momento presente no tenemos ningún terreno firme en
que fundamentar el deseo de hacer prevalecer una raza en detrimento de
otra.
Todo el movimiento, desde Fichte en
adelante, es un método para reforzar la autoestima y el afán de poder por medio
de creencias que nada tienen en su favor con excepción del ser halagadoras. Fichte necesitaba
una doctrina que le hiciera sentirse superior a Napoleón; Carlyle y Nietzsche
buscaron en el mundo de la imaginación algo que les compensase de los males que
padecieron; el imperialismo británico de la época de Rudyard Kipling fue debido
a la vergüenza de haber perdido la supremacía industrial; y la locura hitleriana
de nuestro tiempo es un manto de mitos con el que el ego germánico quiere
abrigarse de las ráfagas heladas de Versalles. Ningún hombre piensa cuerdamente
cuando su autoestima ha sufrido una herida mortal, y los que humillan
deliberadamente a una nación sólo deben agradecerse a sí mismos el que
se convierta en una nación de locos.
Esto me lleva a las razones por las
que se llegó a la amplia aceptación de la irracional y aun antirracional
doctrina que hemos estado considerando. En casi todas las épocas, toda clase de
profetas predican toda clase de doctrinas, pero las que llegan a ser populares
han de tener un especial atractivo para el estado de ánimo propio de las
circunstancias del período. Las doctrinas
características de los modernos irracionalistas son ahora, como hemos visto: acento puesto sobre la
voluntad, en oposición al pensamiento y al sentimiento; glorificación del poder; creencia en el intuitivo
"postular" proposiciones, en oposición a la prueba inductiva v a la
observación. Esta disposición mental es la natural reacción de aquellos que
tienen la costumbre de manejar mecanismos modernos, como aeroplanos, y también
la de aquellos que tienen menos poder que antes, pero son incapaces de hallar
un terreno racional en el que restaurar su primitiva preponderancia. El
industrialismo y la guerra, a la vez que crearon el hábito de la fuerza
mecánica, causaron un profundo cambio en el poder político y económico, y
dejaron, en consecuencia, a grandes grupos predispuestos a la autoafirmación
pragmática. De aquí el desarrollo del fascismo.
Comparando el mundo de 1920 con el
de 1820, vemos que ha habido un gran aumento del poder de: grandes industriales,
asalariados, mujeres, herejes y judíos. (Por herejes entiendo aquellos
cuya religión no es la del gobierno de su país.)
Correlativamente, ha habido una disminución del poder de: monarcas, aristocracias,
eclesiásticos, clases medias bajas y varones, en oposición a las mujeres. Los
grandes industriales, si bien más fuertes que en ningún otro período anterior,
se sintieron inseguros a causa de la amenaza del socialismo y, más particularmente,
por miedo a Moscú. Los intereses belicistas -generales, almirantes, aviadores,
fabricantes de armamento- se hallaban en el mismo caso: fuertes por el momento,
pero amenazados por la horda pestilente de bolcheviques y pacifistas. Los
grupos sociales ya vencidos -los reyes y nobles, los pequeños comerciantes, los
hombres que por temperamento se oponían a la tolerancia religiosa, y los que
añoraban los días de la dominación masculina sobre las mujeres- parecían estar
definitivamente hundidos y acabados; los acontecimientos económicos y
culturales, se pensaba, no habían dejado lugar para ellos en el mundo moderno.
Naturalmente, estaban descontentos y, colectivamente, eran numerosos. La
filosofía nietzscheana estaba psicológicamente adaptada a sus necesidades
mentales, y, muy inteligentemente, los industriales y militaristas se valieron
de ella para aglutinar a los grupos vencidos en un partido que sirviera de base
a una reacción medieval en todos los terrenos, excepto en la industria y la
guerra. En relación con la industria y la guerra, había de darse todo lo que
fuera moderno en el campo de la técnica, pero no en el reparto de poder ni en
los esfuerzos por la paz que hacían a los socialistas peligrosos para los
magnates existentes.
Así, los elementos irracionales de
la filosofía nazi se deben, políticamente hablando, a la necesidad de ganar el
apoyo de sectores que ya no tenían raison détre, mientras que los
elementos comparativamente sanos se deben a los industrialistas y militaristas.
Los primeros elementos son "irracionales" porque es escasamente
posible que el pequeño comerciante, por ejemplo, pueda ver realizadas sus
esperanzas, y las creencias fantásticas son su único refugio contra la
desesperación; per contra, las esperanzas de los industrialistas y
militaristas pueden ser realizadas por medio del fascismo, pero difícilmente de
cualquier otro modo. El hecho de que sus esperanzas sólo puedan cumplirse con
la ruina de la civilización no los hace irracionales, sino únicamente
satánicos. Estos hombres constituyen, intelectualmente, el mejor elemento y,
moralmente, el peor; el resto, deslumbrado por la visión de la gloria, del heroísmo y del autosacrificio, se ha quedado ciego
para sus verdaderos intereses, y en una ráfaga de emoción ha consentido en ser
utilizado para propósitos que no son los suyos propios. Ésta es la
psicopatología del nazismo.
Hay otra razón por la que el moderno
culto de lo irracional, en Alemania o en cualquier otra parte, es incompatible
con cualquier forma tradicional de cristianismo. Inspirado por el judaísmo, el
cristianismo adoptó la noción de verdad, con la virtud correlativa de la fe. La
noción y la virtud sobrevivieron en la "duda sincera", del mismo modo
en que se mantuvieron todas las virtudes cristianas entre los librepensadores
victorianos. Pero, gradualmente, la influencia del escepticismo y de la
propaganda hizo que el descubrimiento de la verdad pareciera imposible, afirmar
la falsedad aparentaba ser algo muy provechoso. La probidad intelectual fue así
destruida. Hitler, explicando el programa nazi, dice:
"El estado nacional considerará
la ciencia como un medio para incrementar el
orgullo nacional. No sólo la historia del mundo, sino también la historia de
la civilización, deben ser enseñadas desde este punto de vista. El inventor ha
de aparecer como un gran hombre, no solamente como inventor, sino, aún más, como un conciudadano. La admiración por
cualquier gran hazaña debe combinarse con el orgullo de que el afortunado que
la realice sea miembro de nuestra nación. Debemos elegir a los más grandes
entre la masa de grandes nombres de la historia de Alemania y mostrarlos a la
juventud de una manera tan impresionante que se conviertan en los pilares de un
inquebrantable sentimiento nacionalista."
El concepto de ciencia como búsqueda de la verdad ha
desaparecido tan completamente del pensamiento de Hitler, que ni
siquiera lo discute. Como sabemos, se ha llegado a considerar
nociva la teoría de la relatividad por haber sido concebida por un judío. La
Inquisición rechazó la doctrina de Galileo por considerarla falsa; pero Hitler
acepta o rechaza doctrinas por motivos políticos, sin traer acotación la idea
de verdad o falsedad. El pobre William James, que ideó esta concepción,
quedaría horrorizado si viese el empleo que de ella se hace; pero una vez que
se abandona el concepto de verdad objetiva, está claro que la pregunta
"¿en qué creeré?" ha de quedar contestada, como escribí en 1907, por "el
recurso a la fuerza y la puesta a punto de los grandes batallones", no por
métodos teológicos ni científicos. Los estados cuya política se basa en la
rebelión contra la razón han de verse, por tanto, en conflicto no solamente con
el conocimiento científico, sino también con las iglesias, dondequiera que
sobreviva un cristianismo verdadero.
Un elemento importante en el origen
de la rebelión contra la razón es que muchos hombres capaces y enérgicos no
hallan salida para su afán de poder, y en consecuencia se hacen subversivos.
Los pequeños estados, antiguamente, daban poder político a mayor número de
hombres, y los pequeños negocios daban poder económico a mayor número de
hombres. Considerad la enorme población que duerme en los suburbios y trabaja
en las grandes ciudades. Entrando a Londres por ferrocarril, se atraviesan
extensas zonas ocupadas por pequeñas villas, habitadas por familias que no
sienten ninguna solidaridad con la clase obrera; el hombre de la familia no
toma parte en los asuntos locales, puesto que se encuentra ausente durante todo
el día, sometido a las órdenes de sus patronos; la única salida para su
iniciativa es el cultivo del jardín durante el fin de semana. Políticamente, se
siente envidioso de todo lo que se hace por la clase trabajadora; pero, aunque
se siente pobre, su servilismo le impide adoptar los métodos del socialismo y del tradeunionismo. El suburbio en que
vive puede ser tan populoso como muchas famosas ciudades de la
antigüedad, pero su vida colectiva languidece, y él no tiene tiempo para interesarse
por ella. Para un hombre tal, si tiene bastante
espíritu para sentirse descontento, un movimiento fascista puede parecerle una
liberación.
La decadencia de la razón en
política es un producto de dos factores: por una parte, hay clases y tipos de individuos
para los que el mundo, tal como es, no ofrece perspectivas, pero que no ven
esperanzas en el socialismo porque no son asalariados; por otra parte, hay
hombres inteligentes y poderosos cuyos intereses se oponen a los de la
comunidad en general, y que, por tanto, pueden conservar mejor su
influencia promoviendo varios géneros de histeria. El anticomunismo, el miedo a
los armamentos extranjeros y el odio a la competencia exterior son los
fantasmas más importantes. No quiero decir que ningún hombre racional pueda
tener estos sentimientos; digo que se los emplea para impedir la consideración
inteligente de asuntos prácticos. Las dos cosas que más necesita el mundo son
el socialismo y la paz, pero ambos son contrarios a los
intereses de los hombres más poderosos de nuestro tiempo. No es difícil dar los
pasos conducentes a hacer aparecer las dos cosas cómo contrarias a los
intereses de grandes sectores de la población, y el modo más fácil de hacerlo
es generando histeria en las masas. Cuanto mayor es el peligro de socialismo y
paz, tanto más los gobiernos corrompen la vida mental de sus súbditos; y cuanto
mayores son las dificultades económicas del presente, tanto más predispuestos
están los que las padecen a dejarse seducir, abandonando la sobriedad intelectual
en favor de algún engañoso fuego fatuo.
La fiebre del nacionalismo, que ha venido
elevándose desde 1848, es una forma del culto a lo irracional. La idea de
una verdad universal ha sido abandonada: hay verdad inglesa, verdad francesa,
verdad alemana, verdad montenegrina y verdad del principado de Mónaco. Igualmente,
hay una verdad para el asalariado y una verdad para el capitalista. Entre esas
"verdades" diferentes, si se desespera de la persuasión racional, la
única alternativa posible es la guerra y la rivalidad en la locura
propagandística. Hasta que los profundos conflictos entre naciones y clases que
infectan nuestro mundo hayan sido resueltos, difícilmente podamos esperar que
la humanidad retorne al hábito mental racional. La dificultad radica en que,
mientras prevalezca lo irracional, sólo por casualidad podrá alcanzarse una
solución de nuestras calamidades; porque así como la razón, por ser impersonal, hace
posible la cooperación universal, lo irracional, al representar las pasiones
privadas, hace inevitable la pelea. Es por esto que el racionalismo, en tanto
búsqueda de un nivel de verdad universal e impersonal, es de importancia
suprema para el bienestar de la especie humana, no solamente en las épocas en
que prevalece fácilmente, sino también, y aún más, en los tiempos menos
afortunados en los que es despreciado y rechazado como el vano sueño de hombres
carentes de la virilidad necesaria para matar cuando no pueden ponerse de
acuerdo.
Scila y Caribdis, o comunismo y fascismo
En nuestros
días, muchos dicen que el comunismo y el fascismo son las únicas alternativas
prácticas en política, y que quienquiera que no apoya al uno, apoya, de hecho,
al otro. Yo me siento
opuesto a ambos, y no puedo aceptar una de las dos alternativas con más
facilidad de la que, de haber vivido en el siglo XVI, hubiese encontrado en ser
protestante o católico. Voy a exponer, tan brevemente como pueda, mis
objeciones, primero al comunismo, después al fascismo, y más tarde a lo que
tienen en común.
Cuando hablo
de un comunista pienso en una persona que acepta las doctrinas de la
Tercera Internacional. En cierto sentido, los primeros cristianos fueron
comunistas, y también lo fueron algunas sectas medievales; pero tal sentido
está hoy anticuado. Voy a exponer mis razones para no ser comunista punto
por punto:
1º No puedo
aceptar la filosofía de Marx, y menos aún la de Materialismo y
empiriocriticismo, de Lenin. No soy materialista, aunque me haya alejado del idealismo mucho más que algunos
materialistas. No creo que haya ninguna necesidad dialéctica en el cambio
histórico; esta noción fue tomada por Marx de Hegel, sin su única base lógica,
a saber: la primacía de la idea. Marx creía que el próximo estadio del desarrollo
humano debe ser en cierto sentido un progreso; yo no veo razón para esta
creencia.
2º No puedo
aceptar la teoría del valor de Marx ni tampoco, en su forma, la teoría de la
plusvalía. La teoría de
que el valor de cambio de un producto es proporcional al trabajo requerido en
su producción, tomada por Marx de Ricardo, se demuestra falsa por la teoría de
la renta del propio Ricardo, y hace ya tiempo que ha sido abandonada por todos
los economistas no marxistas. La teoría de la plusvalía descansa sobre la
teoría de la población de Malthus, que Marx rechaza en otro lugar. La economía
de Marx no forma un todo lógicamente coherente, sino que está construida con la
aceptación y el rechazo alternados de doctrinas más antiguas, según acomoda a
su conveniencia al formular el proceso contra los capitalistas.
3º Es
peligroso tener a cualquier hombre por infalible; la consecuencia es,
necesariamente, una excesiva simplificación. La tradición de la inspiración
verbal de la Biblia ha hecho a los hombres demasiado predispuestos a buscar un
libro sagrado. Pero esta adoración a la autoridad es contraria al espíritu
científico.
4º El
comunismo no es democrático. Lo que llama "dictadura del proletariado" es, en realidad,
la dictadura de una pequeña minoría, que se convierte en una clase gobernante
oligárquica. La historia toda demuestra que el gobierno siempre es manejado en
interés de la clase gobernante, excepto en la medida en que ésta pueda verse
influida por el temor a perder el poder. Ésta es la enseñanza, no solamente de
la historia, sino de Marx. La clase gobernante en un estado comunista tiene
todavía más poder que la clase capitalista en un estado
"democrático". En tanto conserve la lealtad de las fuerzas armadas,
puede usar del poder en conseguir para sí ventajas tan perjudiciales como las
de los capitalistas. Suponer que ha de actuar siempre para el bien
general es mero idealismo estúpido, contrario a la psicología política
marxista.
5º El
comunismo restringe la libertad, particularmente la libertad intelectual, más
que cualquier otro sistema, salvo el fascismo. La completa unificación de los
poderes económico y político da lugar a un terrorífico mecanismo de opresión,
en el que no hay escapatoria para excepciones. Bajo tal sistema, el progreso
pronto se hace imposible, ya que está en la naturaleza de los burócratas
oponerse a todo cambio, a menos que incremento su propio poder. Toda innovación
seria sólo resulta posible por algún accidente que permita sobrevivir a
personas impopulares. Kepler vivió de la astrología. Darwin, de los bienes
heredados. Marx, de la "explotación" por Engels del proletariado de
Manchester. Tales
oportunidades de sobrevivir a pesar de la impopularidad serían imposibles bajo
el comunismo.
6º Hay en
Marx, y en el pensamiento comunista corriente, una indebida glorificación del
trabajador manual en tanto opuesto al trabajador intelectual. Como resultado, se ha logrado el
antagonismo de muchos trabajadores intelectuales que, de otro modo, podrían
haber visto la necesidad del socialismo y sin cuya ayuda difícilmente sea
posible la organización de un estado socialista. Los marxistas llevan la división
de clases, en la práctica mucho más que en teoría, a un nivel demasiado bajo en
la escala social.
7º La prédica
de la lucha de clases hace probable que ésta estalle en un momento en que las
fuerzas en oposición están más o menos equilibradas, o aun cuando la hegemonía
esté del lado de los capitalistas. Si las fuerzas capitalistas predominan, el resultado
es una época de reacción. Si las fuerzas de los dos lados son aproximadamente
iguales, el resultado, dados los modernos métodos de guerra, probablemente sea
la destrucción de la civilización, que llevaría aparejada la desaparición tanto
del capitalismo como del comunismo. Yo creo que, donde hay democracia, los
socialistas debieran confiar en la persuasión y emplear la fuerza solamente
para repeler un uso ilegal de la fuerza por sus oponentes. Por este método
seria posible a los socialistas adquirir una preponderancia tan grande que
determinaría que la guerra final fuese breve y no lo bastante grave como para
destruir la civilización.
8º Hay tanto odio en Marx y en el comunismo, que difícilmente podemos esperar
que los comunistas, victoriosos, establezcan un régimen que no depare
oportunidades para la malevolencia. En consecuencia, los argumentos en favor de
la opresión seguramente habrán de parecer a los vencedores más fuertes de lo
que son, especialmente si la victoria es resultado de una enconada y dudosa
guerra. Después de una guerra tal, no es probable que el partido victorioso se
encuentre de humor para una sana reconstrucción. Los marxistas tienden a
olvidar con demasiada frecuencia que la guerra tiene su propia psicología, que
resulta del miedo, y que es independiente de la causa original de la contienda.
El punto de vista de que la única elección prácticamente posible ha de hacerse
entre el comunismo y el fascismo me parece definitivamente equivocado por lo
que se refiere a los Estados Unidos, Inglaterra y Francia, y probablemente
también a Italia y Alemania. Inglaterra tuvo un período de fascismo bajo
Cromwell, y Francia bajo Napoleón; pero en ninguno de los dos casos fue aquél
una barrera para la democracia que siguió. Las naciones políticamente
inmaduras no son las mejores guías para el futuro político.
Mis
objeciones al fascismo son más simples que mis objeciones al comunismo, y, en
cierto sentido, más fundamentales. El propósito del comunismo es un propósito con el
cual, en conjunto, estoy de acuerdo; mi desacuerdo se refiere a los medios más
que a los fines. Pero en el caso del fascismo me disgustan los fines tanto como los
medios.
El fascismo
es un movimiento complejo; sus formas alemana e italiana difieren ampliamente,
y en otros países, si se extiende, puede adoptar otras formas todavía. Tiene, sin embargo, ciertos
elementos esenciales, sin los cuales dejaría de ser fascismo. Es
antidemocrático, es nacionalista, es capitalista, y busca ganar a aquellos
sectores de la clase media que sufren a consecuencia de la evolución moderna y
esperan sufrir aún más si se establece el socialismo o el comunismo. El comunismo
también es antidemocrático, pero sólo durante algún tiempo, al menos en cuanto
sus fundamentos teóricos puedan ser aceptados como determinantes de su política
real; por añadidura, su objetivo es servir los intereses de los asalariados,
que son mayoría en los países adelantados, y que el comunismo se propone
aumentar en número hasta que constituyan la población completa. El fascismo es
antidemocrático en un sentido más fundamental. No acepta la mayor felicidad del
mayor número como principio justo de gobierno, sino que elige ciertos
individuos, ciertas naciones, ciertas clases, como "los mejores" y
como únicos merecedores de consideración. Los demás están para que se les
obligue por la fuerza a servir los intereses de los elegidos.
Mientras el
fascismo está empeñado en la lucha para hacerse con el poder, tiene que acudir
a un considerable sector de la población. Tanto en Alemania como en Italia
surgió del socialismo, rechazando todo aquello que el programa ortodoxo tenía
de antinacionalista. Tomó del socialismo la idea de planificación económica y
de incremento del poder del estado; pero la planificación, en lugar de hacerse
en beneficio de todo el mundo, se haría en interés de las clases altas y medias
de un solo país. Y trata de asegurar tales intereses, no tanto mediante el
aumento de la eficiencia, como mediante el aumento de la opresión, tanto de los
asalariados como de los sectores antipopulares de la misma clase media. En
relación con las clases que quedan fuera del horizonte de su benevolencia,
puede, en el mejor de los casos, alcanzar la clase de éxito que puede hallarse
en una prisión bien dirigida; algo más que eso, ni siquiera se lo
propone.
La objeción
radical al fascismo es su selección de una porción del género humano como única
importante. Los poseedores
del poder han hecho, sin duda, tal selección en la práctica desde que el
gobernar fue instituido; pero el cristianismo, en teoría, siempre ha reconocido
a cada alma humana como un fin en sí misma, y no como un simple medio para la
gloria de otros. La fuerza de la democracia moderna tiene su origen en los
ideales morales del cristianismo y ha hecho mucho para apartar a los gobiernos
de la preocupación exclusiva por los intereses de los ricos y los poderosos. El fascismo
es, a este respecto, un retorno a lo que de peor tenía el antiguo paganismo.
Si el
fascismo pudiese triunfar, no haría nada por remediar los males del
capitalismo; por el contrario, los haría peores. Los trabajos manuales habrían de
realizarse por trabajadores forzados mantenidos al nivel de la mera
subsistencia; los hombres que llevaran a cabo tales trabajos no tendrían
derechos políticos, ni libertad de residencia, ni elección de lugar de trabajo,
y probablemente ni siquiera una permanente vida de familia; serían, de hecho,
esclavos. Todo esto puede verse ya en sus inicios en el sistema alemán de
tratar la cuestión del paro; ciertamente, es el resultado inevitable del
capitalismo falto de la fiscalización de la democracia, y las condiciones
similares del trabajo forzado en Rusia sugieren que es el resultado inevitable
de cualquier dictadura. En el pasado, el absolutismo ha sido acompañado
siempre por alguna forma de esclavitud o servidumbre.
Todo esto
ocurriría si el fascismo hubiese de triunfar, pero difícilmente pueda triunfar
y estabilizarse, porque no puede resolver el problema del nacionalismo
económico. La fuerza más
poderosa del lado de los nazis ha sido la industria pesada, especialmente la
del acero y la de productos químicos. La industria pesada, organizada
nacionalmente, es, hoy, el mayor inductor de la guerra. Si todo país civilizado
tuviese un gobierno al servicio de los intereses de la industria pesada -como
ya es el caso en una medida considerable-, la guerra, antes de mucho, sería
inevitable. Cada nueva victoria del fascismo aproxima la guerra; y la guerra,
cuando viene, tiene muchas probabilidades de barrer con el fascismo junto con
la mayor parte de las cosas existentes en el momento de su estallado.
El fascismo no es una serie ordenada de opiniones como el laissez-faire, o
el socialismo, o el comunismo; es, esencialmente, una protesta emocional, en
parte de los miembros de la clase media (como los pequeños comerciantes) que
sufren las consecuencias del moderno desarrollo económico, en parte de los
anárquicos magnates industriales, cuyo amor al poder se ha convertido en
megalomanía. Es irracional en el sentido de que no puede conseguir lo que sus
defensores desean; no hay filosofía del fascismo, sino solamente un
psicoanálisis. Si triunfara, el resultado sería una extendida miseria; pero su
incapacidad para hallar una solución al problema de la guerra hace imposible su
éxito, más allá de un breve momento.
No creo que
Inglaterra y Estados Unidos estén dispuestas a adoptar el fascismo, porque la
tradición de gobierno representativo es demasiado fuerte en ambos países para
permitir tal evolución. El ciudadano ordinario tiene el sentimiento de que los
asuntos públicos le conciernen, y no querría perder el derecho a expresar sus
opiniones políticas. Las elecciones generales y las elecciones presidenciales
son acontecimientos deportivos, como el Derby, y la vida parecería más insípida
sin ellos. Con respecto a Francia, es imposible sentir idéntica confianza. Pero yo me
sorprendería si Francia adoptara el fascismo, excepto quizá temporalmente,
durante una guerra.
Hay algunas
objeciones -y son las más concluyentes, a mi entender- que convienen igualmente
al comunismo y al fascismo. Los dos son intentos de una minoría para moldear un
pueblo por la violencia de acuerdo con una pauta preconcebida. Ambos consideran
al pueblo del modo en que un hombre considera los materiales con que intenta
construir una máquina: los materiales son sometidos a grandes alteraciones,
pero según los propósitos del hombre en cuestión, no según ley alguna de desarrollo
a ellos inherente. Cuando se trata de seres vivos, y sobre todo en el caso de
seres humanos, el crecimiento espontáneo tiende a producir ciertos resultados,
en tanto que otros pueden producirse tan sólo por medio de cierta compulsión y
esfuerzo. Los embriólogos pueden producir animales de dos cabezas, o con una
nariz donde habría de haber un pie; pero tales monstruosidades no encuentran la
vida muy agradable. Del mismo modo, los fascistas y los comunistas, con una
imagen en su mente de la sociedad en conjunto, deforman a los individuos hasta
que se ajusten a un modelo; a aquellos que no pueden ser deformados
adecuadamente, se les mata o se les encierra en campos de concentración. No
creo que tal actitud, que ignora totalmente los impulsos espontáneos del
individuo, sea justificable éticamente, ni que llegue a ser, a la larga,
políticamente fructuosa. Es posible recortar arbustos dándoles forma de pavo
real, y por medio de una violencia semejante puede infligiese una deformación
semejante a los seres humanos. Pero el arbusto pemanece pasivo, en tanto que el
hombre, sea lo que fuere lo que el dictador desee, permanece activo, si no en
una esfera, en otra. El arbusto no puede transmitir la lección que el jardinero
ha estado explicando acerca del empleo de la podadera, pero el ser humano
deformado siempre puede encontrar seres humanos más humildes contra los cuales
esgrimir tijeras más pequeñas. Los inevitables efectos de un moldeo artificial
sobre el individuo son la crueldad o la indiferencia, quizá las dos cosas
alternativamente. Y de un pueblo con estas características, nada bueno cabe
esperar.
El efecto
moral sobre el dictador es otro asunto al que ni el comunismo ni el fascismo
prestan la necesaria atención. Si el dictador es, para empezar, un hombre con escasa
simpatía humana, será, desde el principio, indebidamente despiadado, y en la
persecución de sus fines impersonales no se detendrá ante ninguna crueldad. Si,
inicialmente, padece, por simpatía, con los sufrimientos que la teoría le
obliga a infligir, o bien tendrá que dejar paso a un sucesor de materia más
rígida, o tendrá que sofocar sus sentimientos humanitarios, en cuyo caso es
probable que llegue a ser aún más sádico que el hombre que no ha pasado por tal
conflicto interior. En cualquiera de los dos casos, el gobierno estará en manos
de hombres implacables, en los que el afán de poder podrá ser disfrazado de
anhelo de un determinado tipo de sociedad. Pero, por la inevitable lógica del
despotismo, aquello que de bueno haya podido haber en los propósitos originales
de la dictadura, desaparecerá gradualmente de la vista, y la preservación del
poder del dictador emergerá cada vez más como el escueto propósito de la
máquina del estado.
La
preocupación por las máquinas ha producido lo que podríamos llamar la falacia
del manipulador, que consiste en tratar a los individuos y a las sociedades
como si fueran inanimados y como si los manipuladores fuesen seres divinos. Los seres humanos cambian según el
tratamiento a que se les somete, y los mismos operadores cambian como resultado
del efecto que las operaciones tienen sobre ellos. La dinámica social es, pues,
una ciencia muy difícil, acerca de la cual se sabe mucho menos de lo que
sería necesario para garantizar una dictadura. En el manipulador típico está
atrofiado todo sentimiento respecto del desarrollo natural de su paciente; el
resultado no es, como él espera, una adaptación pasiva al lugar preconcebido en
el esquema, sino un desarrollo enfermizo y deformado, conducente a otro esquema
grotesco y macabro. El argumento psicológico último en pro de la democracia y
de la paciencia es que es esencial un elemento de libre desarrollo, de
"haz-como-quieras" y de indisciplinado y natural vivir, si los
hombres no han de convertirse en monstruos deformes. En todo caso, creyendo,
como yo creo, que las dictaduras comunistas y fascistas son igualmente
indeseables, deploro la tendencia a considerarlas como únicas alternativas y a
tratar la democracia como algo obsoleto. Si los hombres las tienen por únicas
alternativas, se convertirán en lo que corresponda; si los hombres piensan de
otro modo, no será así.
La coyuntura del socialismo
La inmensa
mayoría de los socialistas de nuestros días son discípulos de Carlos Marx, con
quien comparten la idea de que la única fuerza política capaz de instaurar el
socialismo es la indignación que siente el proletariado desposeído contra los
propietarios de los medios de producción. Por una reacción inevitable,
aquellos que no son proletarios han decidido, con comparativamente pocas excepciones,
que el socialismo es algo a lo que hay que resistirse; y cuando oyen a los que
se proclaman a sí mismos sus enemigos predicar la guerra de clases, se sienten
naturalmente inclinados a empezar ellos la guerra mientras todavía tienen el
poder. El fascismo es una réplica al comunismo, y una réplica formidable. En
tanto el socialismo se predica en términos marxistas, provoca tan poderoso
antagonismo que su éxito en los países occidentales desarrollados se hace cada
día más improbable. Por supuesto que, en cualquier caso, hubiese provocado la
oposición de los ricos; pero tal oposición hubiese sido menos feroz y menos
extendida.
Por mi parte,
aun cuando soy un socialista tan convencido como el más ardoroso marxista, no
considero el socialismo como un evangelio de la venganza proletaria, ni aun,
primordialmente, como un medio para asegurar la justicia económica. Lo considero, en principio, como un ajuste a la producción
mecanizada exigido por consideraciones de sentido común y calculado para
incrementar la felicidad no sólo de los proletarios, sino de todos, excepto una
exigua minoría de la raza humana. El que ello no pueda realizarse ahora sin un
violento cataclismo, ha de atribuirse, en gran parte, a la violencia de sus
defensores. Pero todavía
tengo cierta esperanza de que una defensa más prudente ablande a la oposición y
haga posible una transición menos catastrófica.
Empecemos por
una definición del socialismo. La definición debe comprender dos partes: la económica
y la política. La parte económica consiste en la propiedad estatal del poder
económico fundamental, que abarca, como mínimo, la tierra y los minerales, el
capital, la banca, el crédito y el comercio exterior. La parte política
requiere que el poder político fundamental sea democrático. El mismo Marx, y
prácticamente todos los socialistas antes de 1918, hubieran estado de acuerdo,
sin discutirlo, con esta parte de la definición; pero desde que los
bolcheviques disolvieron la asamblea constituyente rusa se ha desarrollado una
doctrina diferente, según la cual, cuando un gobierno socialista ha llegado al
poder por medio de una revolución, solamente sus más ardientes defensores han
de tener el poder político. Hemos de admitir, desde luego, que tras una guerra
civil no siempre es posible conceder el derecho al voto a los vencidos
inmediatamente; pero, en tanto sea éste el caso, no es posible establecer
inmediatamente el socialismo. Un gobierno socialista que ha puesto en práctica
la parte económica del socialismo no habrá completado su tarea hasta que haya
conseguido suficiente apoyo popular para que resulte posible un gobierno
democrático. La necesidad de democracia es evidente si tomamos un caso extremo:
un déspota oriental puede decretar que todos los recursos naturales de su
territorio han de ser suyos; pero no está, al hacer esto, estableciendo un
régimen socialista; ni puede aceptarse como modelo a imitar el régimen de
Leopoldo II en el Congo. A menos que exista fiscalización popular, no hay razón
para esperar que el estado conduzca sus empresas económicas con miras a algo
distinto de su propio enriquecimiento, y, en consecuencia, la explotación
simplemente tomará otra forma. La democracia, por tanto, debe ser aceptada como una
parte de la definición del régimen socialista.
Con respecto
a la parte económica de la definición, se hace necesaria cierta elucidación más
amplia, ya que existen formas de empresa privada que algunos considerarían
compatibles con el socialismo y otros no. ¿Deberíamos permitir a un
colonizador que edificase por sí mismo una choza en un trozo de terreno
alquilado al estado? Sí; pero de ello no se sigue que debiéramos permitir a
todo individuo que construya rascacielos en Nueva York. De modo semejante, un
hombre puede prestar un chelín a un amigo; pero un financiero no puede prestar
diez millones a una compañía o a un gobierno extranjero. La cuestión es de
grado, y es fácil de ajustar, ya que en las grandes transacciones son
necesarias varias formalidades legales, pero no en las pequeñas. Cuando tales
formalidades son indispensables, procuran al estado oportunidad de ejercer un
control. Para tomar otro ejemplo: las joyas no son capital, en el sentido
económico, ya que no son un medio de producción; pero, tal y como son las
cosas, un hombre que posee diamantes puede venderlos y comprar acciones. Bajo
el régimen socialista podrá continuar poseyendo diamantes, pero no podrá
venderlos para comprar acciones, puesto que no habrá acciones que comprar. No
será necesario prohibir legalmente la riqueza privada, sino solamente la
inversión privada, con el resultado de que, al no recibir nadie intereses, la
riqueza privada se disolverá gradualmente, excepto en lo que se refiere a una
cantidad razonable de posesiones personales. El poder económico sobre otros
seres humanos no debe pertenecer a individuos, pero la propiedad privada que no
confiere poder económico puede sobrevivir.
Las ventajas
que pueden esperarse del establecimiento del socialismo, suponiendo que esto
sea posible sin una devastadora guerra revolucionaria, son de muy distintos tipos,
y en modo alguno se limitan a las clases asalariadas. Estoy muy lejos de confiar en que
todas o alguna de tales ventajas resulten de la victoria de un partido
socialista tras un largo y difícil conflicto de clases, que exacerbaría los
ánimos, daría protagonismo a un tipo militarista cruel, aniquilaría por la
muerte, el exilio o la prisión los talentos de muchos expertos de valía y daría
al gobierno victorioso una mentalidad de cuartel. Todos los méritos que voy a
reivindicar para el socialismo presuponen que éste haya triunfado por la
persuasión y que toda la fuerza que pueda resultar necesaria sirva solamente
para neutralizar pequeñas bandas de descontentos. Estoy convencido de que si la
propaganda socialista se llevara a efecto con menos odio y acritud, haciendo un
llamamiento, no a la envidia, sino a la evidente necesidad de organización
económica, la tarea de persuasión se facilitaría enormemente y la necesidad de
fuerza disminuiría en proporción. Desapruebo el recurso a la fuerza, excepto en
defensa de lo que, por medio de la persuasión, haya llegado a establecerse
legalmente, porque: a) se puede fracasar, b) la lucha ha de ser desastrosamente
destructivo, y c) es posible que los vencedores, tras una lucha
obstinada, hayan olvidado sus propósitos originales e instituyan algo
completamente distinto, probablemente una tiranía militar.
Doy por
supuesta, en consecuencia, como condición para un socialismo venturoso, la
persuasión pacífica de una mayoría para la aceptación de sus doctrinas.
Voy a exponer
nueve argumentos en favor del socialismo, ninguno de ellos nuevo, y no todos de
la misma importancia. La lista podría alargarse indefinidamente, pero creo
que estos nueve son suficientes para mostrar que el socialismo no es el
evangelio de una sola clase:
1. LA QUIEBRA
DEL BENEFICIO COMO MOTIVAClON
El beneficio,
como categoría económica aislada, sólo se hace claro en cierto estadio del
desarrollo industrial. Su germen, sin embargo, puede verse en las relaciones
de Robinson Crusoe con su criado Viernes. Supongamos que, en el otoño, Robinson
Crusoe, por medio de su rifle, ha adquirido el control de toda la provisión de
alimentos de su isla. Se hallará entonces en situación de obligar a Viernes a
trabajar en la preparación de la cosecha del año siguiente, en el entendimiento
de que Viernes se mantendrá con vida mientras todo el excedente vaya a su
patrono. Lo que Robinson Crusoe recibe de acuerdo con este contrato puede ser
considerado como interés sobre su capital,
constituido éste por sus escasas herramientas y el alimento almacenado que
posee. Pero el beneficio, tal y como se produce en condiciones más
civilizadas, implica la circunstancia más avanzada del intercambio. Un fabricante de
algodón, por ejemplo, no hace algodón para él y para su familia solamente; el
algodón no es lo único que necesita, y tiene que vender el grueso de su
producción para satisfacer sus restantes necesidades. Pero antes de poder
fabricar algodón tiene que comprar otras cosas: algodón en bruto, maquinaria,
mano de obra y energía. Su beneficio consiste en la diferencia entre lo que
paga por todas esas cosas y lo que recibe por el producto terminado. Pero si
dirige su fábrica por sí mismo, hemos de deducir lo que habría de representar
el salario de un director contratado para hacer el mismo trabajo; es decir, el
beneficio del fabricante consiste en sus
ganancias totales, menos el sueldo del hipotético director. En las grandes
empresas, donde los accionistas no se ocupan de la dirección, lo que reciben es
el beneficio de la empresa. Los que tienen dinero para invertir son impulsados
por la expectativa del beneficio, que es, por tanto, el
móvil determinante por el que nuevas empresas han de ponerse en funcionamiento
y las antiguas han de expansionarse. Suponen los defensores de nuestro sistema
actual, que la expectativa de beneficio conducirá, en general, a que se
produzcan los artículos que verdaderamente se necesitan y en la cantidad que se
necesitan. En alguna medida, esto ha sido cierto en el pasado, pero ya no lo
es.
Ello es el resultado del carácter complejo de la producción moderna. Si yo soy
un anticuado remendón de aldea y los vecinos me traen sus zapatos para que se
los arregle, sé que el producto de mi trabajo será requerido; pero si soy un
fabricante de zapatos en gran escala, que utiliza maquinaria costosa, tengo que
conjeturar cuántos pares de zapatos seré capaz de vender, y es fácil que mi
conjetura sea errada. Otro fabricante puede disponer de mejor maquinaria y
estar en condiciones de vender zapatos más baratos; o mis antiguos clientes
pueden haber empobrecido y haber aprendido a hacer durar más sus viejos
zapatos; o puede cambiar la moda, y la gente puede pedir una clase de zapatos
que mis máquinas son incapaces de fabricar. Si ocurre alguna de estas cosas, no
solamente dejaré de obtener beneficios, sino que mis máquinas permanecerán
inactivas y mis empleados quedarán sin trabajo. El trabajo empleado en la
construcción de mis máquinas fracasó en la producción de artículos útiles, y
fue tan absolutamente baldío como si hubiera consistido en arrojar arena al
mar. Los hombres que quedan sin trabajo dejan de crear cosas que sirvan a las
necesidades humanas, y la comunidad se empobrece en la medida de lo que se
gaste para salvarlos de morir de hambre. Los hombres al pasar a depender de los
subsidios de paro en lugar de depender de sus salarios, gastan mucho menos que
antes y, en consecuencia, generan paro entre los que fabricaban los productos
que ellos compraban. Y así, el mal cálculo original acerca del número de
zapatos que se podía vender con beneficio produce círculos cada vez más amplios
de paro, con la consiguiente disminución de la demanda. En cuanto a mí, estoy
atado a mi costosa maquinaria, que probablemente haya absorbido todo mi capital
y mi crédito; ello me impide cambiar de pronto la fabricación de zapatos por
alguna otra industria más próspera.
O tomemos otro negocio más lucrativo: la construcción de barcos. Durante la
guerra, y hasta algún tiempo después, había una inmensa demanda de barcos. Como
nadie sabía cuánto podía durar la guerra ni cuánto éxito podrían tener los
submarinos, se hicieron preparativos enormemente elaborados para construir un
número de barcos sin precedentes. En 1920, las pérdidas de guerra habían sido
compensadas, y la necesidad de barcos, a causa de la disminución del comercio
marítimo, se había hecho súbitamente mucho menor. Casi todas las instalaciones
de astilleros quedaron inútiles y la gran mayoría de los hombres empleados
quedaron sin trabajo. No se puede decir que merecieran esta desgracia, puesto
que el gobierno les había instado frenéticamente a que construyeran barcos tan
de prisa como pudieran. Pero bajo nuestro sistema de empresa privada, el
gobierno no reconoció responsabilidad alguna para con aquellos que se habían
sumido en la indigencia. E inevitablemente, la miseria se extendió. Había menos
demanda de acero, y, en consecuencia, las industrias del hierro y del acero
también sufrieron. Hubo menos demanda de carne australiana y argentina, porque
los obreros en paro hubieron de contentarse con una dieta frugal. Como
resultado, hubo menos demanda para las manufacturas que Australia y Argentina
tomaban a cambio de su carne. Y así sucesivamente hasta el infinito.
Pero hay una
razón aún más importante para el fracaso del beneficio como móvil en los
tiempos actuales, y es el fracaso de la escasez. Suele ocurrir que artículos de
ciertas clases puedan producirse en enormes cantidades más baratos que en
escala más modesta. En este caso, podría ser que el sistema de producción más
económico consistiera en tener una sola fábrica en todo el mundo para cada una
de estas clases de productos. Pero como a este estado de cosas se ha ido
llegando gradualmente, hay, de hecho, muchas fábricas. Cada una sabe que si
fuera la única en el mundo, podría suministrar a todos y conseguir un gran
beneficio; pero, en la realidad, existen competidores, ninguno trabaja a plena
capacidad y, por consiguiente, ninguno obtiene un beneficio seguro. Esto
conduce al imperialismo económico, puesto que la única posibilidad de beneficio
radica en el control exclusivo de algún inmenso mercado. Entre tanto, los
competidores más débiles se hunden, y cuanto más importante es cada uno de
ellos, mayor es la dislocación que se produce cuando alguno quiebra. La
competencia conduce a una producción tan excesiva, que no se puede vender con
beneficio; pero la reducción de la oferta es excesivamente lenta, ya que donde
hay maquinaria muy costosa puede resultar menos desastroso producir durante
años con pérdidas que no producir en absoluto.
Todas estas
confusiones y dislocaciones resultan de permitir que la moderna industria a
gran escala esté dirigida al beneficio privado como principal finalidad.
En un régimen
capitalista, el costo que determina el que un producto sea o no fabricado por
determinada firma es el costo para tal firma, no para la comunidad. Ilustremos la diferencia con un
ejemplo imaginario. Supongamos que alguien -digamos Henry Ford- encuentra el
modo de fabricar automóviles tan baratos que ningún otro pueda competir, con el
resultado de que todas las demás firmas dedicadas a la fabricación de
automóviles quiebren. Para calcular el costo para la comunidad de uno de los
nuevos coches baratos, habríamos de añadir a lo que el señor Ford tiene que
pagar la parte proporcional del costo de todas las instalaciones, ahora
inútiles, pertenecientes a las demás firmas y del costo de la preparación y
educación de los trabajadores y directores antes empleados por otras firmas,
pero que ahora están en paro. (Algunos encontrarían trabajo con Henry Ford,
pero probablemente no todos, puesto que el nuevo proceso es más barato v
requiere, por tanto, menos mano de obra.) Muy bien puede haber también otros
gastos para la comunidad -litigios laborales, huelgas, motines, policía
suplementaria, procesos y encarcelamientos-. Cuando todas estas partidas se
toman en cuenta, puede resultar que el costo de los nuevos automóviles para la
comunidad sea, para empezar, considerablemente mayor que el de los antiguos. Ahora bien:
es el costo para la comunidad lo que determina qué es lo socialmente ventajoso,
en tanto que es el costo para el fabricante individual lo que determina, en
nuestro sistema, lo que verdaderamente ocurre.
Más adelante
explicaré cómo el socialismo trataría este problema.
2. LA POSIBILIDAD DE OCIO
Debido a la
productividad de las máquinas, se necesita ahora mucho menos trabajo que antes
para mantener un tolerable nivel de bienestar para la raza humana. Algunos escritores ahorrativos
sostienen que una hora de trabajo al día bastaría, pero quizá esta estimación
no tenga en cuenta en la medida necesaria al Asia. Voy a suponer, con el objeto de
estar completamente seguro, que cuatro horas de trabajo diario por parte de
todos los adultos serían suficientes para producir tanto bienestar material
como una persona razonable podría desear.
Actualmente,
sin embargo, debido a la intervención del beneficio como móvil, el ocio no
puede distribuirse equitativamente: unos trabajan demasiado, mientras otros se
hallan en paro. Ello ocurre de la siguiente manera: el valor del asalariado para el patrono depende
de la cantidad de trabajo que hace, la cual, en cuanto las horas no excedan de
siete u ocho, supone el patrono, es proporcional a la duración de la jornada de
trabajo. El asalariado, por su parte, prefiere un día de trabajo más bien largo
con un buen salario que una jornada corta con jornales más bajos. De aquí se
sigue que conviene a las dos partes una jornada larga, aunque los que, como consecuencia de ella, se hallan en
paro mueran de hambre o hayan de ser atendidos por las instituciones públicas a
costa del erario público.
Puesto que la raza humana no alcanza, en nuestros días, un razonable nivel de
bienestar material, un promedio de menos de cuatro horas de trabajo al día
inteligentemente dirigido sería suficiente para producir lo que hoy se produce
en artículos de primera necesidad y comodidades primarias. Esto quiere decir
que si el promedio de la jornada de trabajo para los que tienen trabajo es de
ocho horas, más de la mitad de los trabajadores estarían parados si no fuese
por ciertas formas de ineficiencia y de producción innecesaria. Para hablar
primero de la ineficiencia: ya hemos visto el derroche a que da lugar la
competencia, pero hemos de añadir a ello todo lo que se gasta en publicidad y
todo el trabajo especializado que se consume en el comercio. El nacionalismo
implica otra clase de derroche: los fabricantes norteamericanos de automóviles,
por ejemplo, creen necesario, a causa de los aranceles, establecer fábricas en
los principales países europeos, siendo así que habría un evidente ahorro de
trabajo si pudieran producir todos sus automóviles en una enorme planta en los
Estados Unidos. Luego está el dispendio que suponen los armamentos y el
entrenamiento militar, que abarca a toda la población masculina dondequiera que
exista el servicio militar obligatorio. Gracias a estas y a otras formas de
despilfarro, unidas a los lujos de los ricos, más de la mitad de la población
tiene todavía empleo. Pero en tanto dure nuestro actual sistema, no se puede
dar un solo paso hacia la eliminación de gastos superfluos sin hacer aún peor
la ya apurada situación de los asalariados.
3. INSEGURIDAD ECONÓMICA
En el actual
estado del mundo, no solamente hay muchas personas sin empleo, sino que la
mayoría de las que lo tienen se ven perseguidas por un perfectamente razonable
temor de perderlo en cualquier momento. Los asalariados viven en el constante
peligro del paro: saben que la firma donde trabajan puede quebrar o verse en la
necesidad de reducir sus plantillas; los hombres de negocios, incluso aquellos
que tienen fama de ser muy ricos, saben que la pérdida de todo su dinero no es
en absoluto improbable.
Los
profesionales han de luchar duramente. Tras hacer grandes sacrificios para
la educación de sus hijos e hijas, se encuentran con que no existen las salidas
que solía haber para aquellos que poseían la preparación adquirida por sus
hijos. Si son abogados, descubren que las gentes ya no pueden permitirse el
lujo de pleitear, aunque grandes injusticias queden sin remediar; si son
médicos, se dan cuenta de que sus otrora lucrativos pacientes hipocondríacos ya
no pueden costearse la enfermedad, mientras que muchos verdaderos pacientes han
de privarse del tratamiento médico más necesario.
Encontramos hombres y mujeres con títulos universitarios trabajando tras los
mostradores de las tiendas, lo cual puede salvarlos del paro, pero sólo a costa de aquellos
que antes hubiesen tenido ese empleo. En todas las clases, desde la más baja
hasta casi la más alta, el miedo económico gobierna los pensamientos del hombre durante el día y sus sueños
durante la noche, determinando que su trabajo agote sus nervios y que no
descanse en su tiempo libre. Este terror omnipresente es, creo, la causa
principal del clima de locura que se ha extendido por grandes zonas del mundo
civilizado.
El afán de riqueza se debe, en muchos casos, al deseo de seguridad. Los hombres
ahorran dinero y lo invierten con la esperanza de tener algo con que vivir
cuando estén viejos y enfermos, y de poder evitar que sus hijos se hundan en la
escala social. En tiempos pasados, esta esperanza era racional, puesto que
había cosas tales como inversiones seguras. Pero ahora la seguridad se ha hecho
inalcanzable: las más grandes empresas fracasan, los estados quiebran y todo lo
que queda corre el riesgo de ser barrido en la próxima guerra. El resultado,
excepto para aquellos que continúan viviendo en el limbo, es un estado de
desgraciada temeridad que hace muy difícil una cuerda consideración de los
posibles remedios.
La seguridad
económica haría más por el aumento de la felicidad de las comunidades
civilizadas que cualquier otro cambio que pueda imaginarse, excepto el evitar
la guerra. El trabajo -en
la medida en que pueda ser socialmente necesario- debería ser legalmente
obligatorio para todos los adultos sanos, pero los ingresos correspondientes
deberían depender tan sólo de su deseo de trabajar, y no cesar cuando, por
cualquier razón, sus servicios resultasen temporalmente innecesarios. Un
médico, por ejemplo, debería recibir un salario hasta su muerte, aunque no
esperáramos de él que trabajara pasada cierta edad. Debería estar seguro de que
sus hijos tuviesen una buena educación. Si la salud de la comunidad mejorara
tanto que los servicios médicos directos de todos los titulados dejasen de ser
necesarios, algunos de ellos deberían ser empleados en la investigación médica
o sanitaria, o en la promoción de una dieta más adecuada. No creo pueda
dudarse que la gran mayoría de los médicos serían más felices con tal sistema
que con el presente aun cuando aquél supusiera una disminución en la recompensa
de los pocos que alcanzan un éxito eminente.
El deseo de
riquezas excepcionales no es, de ningún modo, un estímulo necesario para el
trabajo. Actualmente, la
mayor parte de los hombres trabajan, no para hacerse ricos, sino para no morir
de hambre. Un cartero no espera ser más rico que otro cartero, ni un soldado ni
un marinero esperan amasar una fortuna sirviendo a su país. Hay unos cuantos
hombres, es cierto -y suelen ser hombres de excepcional energía y personalidad-
para los que la consecución de un gran éxito financiero es el móvil dominante.
Algunos hacen mucho bien, otros hacen mucho daño; algunos hacen o adoptan una
invención útil, otros manipulan la bolsa o corrompen a los políticos. Pero
principalmente lo que desean es el éxito, del cual el dinero es el símbolo. Si
el éxito solamente pudiera obtenerse por otros medios, tales como los honores o
los puestos administrativos importantes, hallarían en ello un incentivo
suficiente y verían más necesario el trabajo útil para la comunidad. El deseo
de riqueza en sí mismo, como opuesto al deseo de éxito, no es un móvil
socialmente más útil que el deseo de comer o beber en exceso. Un sistema social
no es, por tanto, peor porque no dé salida a este deseo. Por otra parte, un
sistema que aboliera la inseguridad acabaría con la mayor parte de la histeria
de la vida moderna.
4. LOS RICOS
SIN TRABAJO
Los males del
paro entre los asalariados son reconocidos por todo el mundo. Los sufrimientos
de los afectados, la pérdida de su trabajo para la comunidad y el efecto
desmoralizador del fracaso prolongado en la búsqueda de empleo son temas tan familiares, que
resulta innecesario extenderse sobre ellos.
Los ricos sin trabajo constituyen un mal de distinta especie. El mundo está
lleno de personas ociosas, principalmente mujeres, que tienen poca educación,
mucho dinero y, consecuentemente, mucha confianza en sí mismas. En razón de su riqueza,
están en situación de requerir mucho trabajo destinado a su comodidad. Aunque
rara vez poseen una verdadera cultura, son los principales protectores del arte, que sólo es probable que les
agrade si es malo. Su inutilidad los conduce a un sentimentalismo ilusorio, que
les lleva a rechazar la sinceridad vigorosa y a ejercer una deplorable
influencia sobre la cultura. Especialmente en los Estados Unidos, donde los
hombres que ganan dinero están, en su mayor parte, demasiado ocupados para
gastarlo en sí mismos, la cultura está en gran medida dominada por las mujeres,
cuyo único blasón se deriva del hecho de que sus maridos dominan el arte de
hacerse ricos. Hay quienes sostienen que el capitalismo es más favorable para el arte
de lo que podría serlo el socialismo, pero creo que, al hacerlo, recuerdan las
aristocracias del pasado y olvidan las plutocracias del presente.
La existencia
de ricos ociosos tiene otro resultado desgraciado. Aunque en las industrias más
importantes la tendencia moderna se dirige más hacia la constitución de unas
pocas grandes empresas que a la de muchas pequeñas, todavía hay muchas
excepciones a esta regla. Consideremos, por ejemplo, el número de pequeñas
tiendas innecesarias en Londres. Allí donde las mujeres ricas hacen sus compras
hay por todas partes innumerables sombrererías, generalmente establecidas por
condesas rusas, cada una de las cuales pretende ser un punto más exquisita que
cualquiera de las otras. Sus clientes pasan de una a otra, consumiendo horas en
una compra que debería ser cuestión de minutos. El trabajo de los que sirven en
las tiendas y el tiempo de los que compran en ellas se desperdicia de igual
manera. A lo cual hay que agregar el mal que supone el que un número de
personas se ganen la vida en una actividad estrechamente relacionada con la
futilidad. El poder adquisitivo de los muy ricos determina el que tengan una
gran cantidad de parásitos, los que, por muy alejados que estén por sí de la
riqueza, temen, sin embargo, quedarse sin sustento si no hay ricos ociosos que
compren su mercancía. Toda esta gente sufre moral, intelectual y artísticamente
a causa de su dependencia del indefendible poder de los necios.
5. EDUCACIÓN
La educación
superior está limitada, en nuestros tiempos, principalmente, si no de un modo
completo, a los hijos de la gente pudiente. Ocurre algunas veces, es cierto, que
los muchachos o muchachas de las clases trabajadoras llegan a la universidad
por medio de becas; pero, por regla general, tienen que trabajar tan duramente
en el proceso, que quedan agotados y no satisfacen las primeras expectativas. Como resultado de nuestro sistema tiene
lugar un gran despilfarro de preparaciones; un muchacho o una muchacha nacidos
de padres obreros pueden tener una capacidad de primer orden en matemáticas, o
en música, o en ciencias, pero es muy improbable que tengan oportunidad de
ejercitar sus talentos. Además, la educación, al menos en Inglaterra, todavía
está infectada de arriba abajo por la presunción; en las escuelas privadas y
elementales, a los alumnos se les imbuye de conciencia de clase en cada uno de
los momentos de su vida escolar. Y como la educación está controlada en lo
principal por el estado, éste tiene que defender el statu quo, y, por
tanto, embotar en lo posible las facultades críticas de los jóvenes y
preservarles de los "pensamientos peligrosos". Todo esto, hemos de
admitirlo, es inevitable en cualquier régimen inseguro, y es peor en Rusia que
en Inglaterra o en los Estados Unidos. Pero, mientras que un régimen socialista
podría, en su momento, llegar a ser lo bastante seguro como para no temer a la crítica, hoy ya
es difícil que ello pueda ocurrirle a un régimen capitalista, a menos
que se establezca un estado de esclavos en el cual los trabajadores no reciban
educación alguna. No cabe esperar, por tanto, que los actuales defectos del sistema educativo puedan ser
remediados hasta que el sistema económico haya sido transformado.
6. LA EMANCIPACIÓN DE LA
MUJER Y EL BIENESTAR DE LOS NIÑOS
A pesar de
todo lo que se ha hecho en tiempos recientes para mejorar la situación de la
mujer, la gran mayoría de las esposas siguen dependiendo económicamente de sus
maridos. Esta
dependencia es peor, en varios aspectos, que la del asalariado respecto de su patrono.
Un empleado puede abandonar su empleo, pero para una esposa esto es difícil; es
más: por mucho que tenga que trabajar en sus labores de casa, no puede pedir
retribución en dinero. En tanto persista tal estado de cosas, no puede decirse
que las mujeres estén en situación siquiera aproximada a la igualdad
económica con los hombres. Sin embargo, es difícil ver cómo puede
resolverse el asunto sin el establecimiento del socialismo. Es necesario que el
gasto de los hijos sea soportado por el estado antes que por el marido, y que
las mujeres casadas, excepto durante la lactancia y el último período del embarazo, se ganen la vida
trabajando fuera de casa. Esto requiere ciertas reformas arquitectónicas
(consideradas en un ensayo anterior del presente libro) y el
establecimiento de escuelas-guarderías para los niños muy pequeños. Para los
niños, como para las madres, esto sería muy beneficioso, ya que los niños
requieren unas condiciones de espacio, de luz y de dieta imposibles en la casa
de un asalariado, pero que les pueden ser proporcionadas con poco gasto en las
escuelas-guarderías.
Una reforma
de esta clase en la situación de las mujeres y en la crianza de los niños puede
ser posible sin socialismo completo, y aun ha sido llevada a cabo aquí y allá
en pequeña escala y de modo incompleto. Pero no puede lograrse adecuada y
completamente si no como parte de una transformación
económica general de la sociedad.
7. ARTE
Del progreso
que cabe esperar en arquitectura al introducirse el socialismo ya he hablado. La pintura, antiguamente, acompañaba
y adornaba las arquitecturas espaciosas, y puede volver a hacerlo cuando la
escuálida vida privada engendrada por nuestro miedo competitivo hacia el vecino
haya sido reemplazada por un deseo común de belleza. El moderno arte del cine tiene inmensas posibilidades,
que no podrán desarrollarse mientras el móvil de los productores sea comercial;
de hecho, muchos son de la opinión de que la URSS se ha acercado más a la
realización de tales posibilidades. Cuánto sufre la literatura a causa del interés comercial, lo sabe cualquier
escritor; casi todo escrito vigoroso ofende a algún grupo y, por tanto, reduce
las ventas. Es difícil
para un escritor no medir su propio mérito por sus derechos, y cuando obras
malas producen grandes recompensas pecuniarias, se requiere una firmeza de
carácter inusitada para trabajar bien y permanecer pobre.
Ha de
admitirse que el socialismo podría hacer las cosas todavía peor. Desde el momento en que la edición
sea un monopolio del estado, será fácil para el estado
ejercer una censura poco liberal. Mientras haya oposición violenta al nuevo
régimen, ello será casi inevitable. Pero cuando el período de transición pase,
se puede confiar en que los libros que el estado no quiera aceptar por sus
méritos podrán ser publicados si el autor cree que merece la pena sufragar el
gasto trabajando durante más tiempo. Puesto que las horas de labor serán pocas,
no resultará excesivamente penoso; pero ello bastará para desalentar a los
autores que no estén seriamente convencidos de que sus libros contienen algo de
valor. Es importante que sea posible publicar un libro, pero que no
resultara muy fácil. Actualmente sobran libros en cantidad, así como escasean en calidad.
8. SERVICIOS PÚBLICOS IMPRODUCTIVOS
Desde la
aparición de gobiernos civilizados se ha reconocido que hay algunas cosas que
deben hacerse, pero que no pueden dejarse a la azarosa influencia del beneficio
como motivación. La más importante ha sido la guerra; ni siquiera los más convencidos de
la ineficiencia de la empresa del estado sugieren que la defensa nacional
se arriende a contratistas privados. Pero hay otras muchas cosas de las que las
autoridades públicas han juzgado necesario tomar a su cargo, tales como la construcción de carreteras,
puertos, faros, parques urbanos, etc. Un sector importante de la actividad
socializada, que se ha desarrollado durante los últimos cien años, es la salud
pública. Al principio, los partidarios fanáticos del laisser-faire se oponían,
pero los argumentos prácticos fueron abrumadores. De habernos adherido- a la
teoría de la empresa privada, toda clase de nuevos sistemas de hacer fortuna
hubiese sido posible. Un hombre afectado por la peste podría haber recurrido a
un agente de publicidad para enviar circulares a las compañías de
ferrocarriles, a los teatros, etc., en las que se comunicara la intención del enfermo de morir en sus locales, a
menos que se pagase una fuerte suma a su viuda. Pero se decidió que ni la
cuarentena ni el aislamiento quedaran librados a la voluntad, ya que el
beneficio era general y la pérdida individual.
El número y
la complejidad crecientes de los servicios públicos ha sido uno de los rasgos
característicos del siglo pasado. El más importante de tales servicios es la educación.
Antes de que el estado la impusiera universalmente, había varios motivos para
que existiesen escuelas y universidades. Había fundaciones piadosas que databan
de la Edad Media, y fundaciones seculares, tales como el Colegio de Francia,
hechas por monarcas renacentistas esclarecidos; y había escuelas de caridad
para los pobres intelectualmente dotados. Ninguna de estas instituciones tenía
por finalidad el beneficio. Había, sin embargo, escuelas que sí perseguían ese
objetivo; son ejemplos de ello Dotheboys Hall y Salem House. Todavía existen
escuelas concebidas comercialmente, y aunque la existencia de las autoridades
educativas impide copiar el modelo de Dotheboys Hall, tienden a poner el acento
sobre la elegancia más que sobre un elevado nivel de logros docentes. En general,
el móvil del beneficio ha tenido poca influencia en la educación; y esta poca
influencia ha sido mala. Aun cuando las autoridades públicas no lleven a cabo
por sí mismas los trabajos, creen necesario controlarlos. La iluminación de las calles puede
ser hecha por una compañía privada, pero ha de hacerse, sea o no remuneradora.
Las casas pueden ser construidas por empresas privadas, pero la construcción es
regulada por reglamentos. En esta cuestión, se suele reconocer que sería de
desear una regulación mucho más estricta. La planificación urbana unitaria, tal como la proyectada por Sir Christopher
Wren para Londres después del gran incendio, podría terminar con
el horror y la miseria de los barrios marginales y de los suburbios y hacer las
ciudades modernas bellas, sanas y agradables. Este ejemplo ilustra otro de los
argumentos contra la empresa privada en nuestro muy cambiante mundo. Las zonas
que podrían considerarse como unidades son demasiado grandes aun
para los mayores plutócratas. Londres, por ejemplo, debería considerarse como un conjunto, puesto que un alto
porcentaje de sus habitantes duermen en una parte y trabajan en otra. Algunas
importantes cuestiones, tales como el canal de San Lorenzo, implican vastos intereses
localizados en diferentes lugares de dos países; en tales casos, ni siquiera
basta un solo gobierno para cubrir un área suficiente. Las personas, las
mercancías y la energía se pueden transportar mucho más fácilmente que en el
pasado, con el resultado de que las localidades pequeñas tienen menos autarquía
que cuando el caballo era el medio de locomoción más rápido. Las centrales
eléctricas están adquiriendo tal importancia que, si se dejaran en manos
privadas, se haría posible una nueva clase de tiranía, comparable a la del barón medieval en su castillo. Es
obvio que una comunidad que depende de una central eléctrica no puede tener una
seguridad económica mínima si la central es libre de explotar al completo sus
ventajas monopolísticas. El transporte de mercancías determina todavía el que
se dependa del ferrocarril; el de las personas ha
vuelto a- depender parcialmente de la carretera. Los trenes y los automóviles
han hecho de la separación entre pueblos algo obsoleto, y los aeroplanos tienen
el mismo efecto sobre las fronteras nacionales. De esta forma, el progreso
técnico hace cada vez más necesario el control público de zonas cada vez más
extensas.
9. GUERRA
Llego ahora
al último y más sólido argumento en pro del socialismo; es decir, a la
necesidad de evitar la guerra. No voy a perder tiempo hablando de la probabilidad de
la guerra ni de su perniciosidad, ya que cabe darlas por supuestas. Voy a
limitarme a dos cuestiones: 1º ¿Hasta qué punto está ligado, en nuestros días,
el peligro de guerra con el capitalismo? 2º ¿Hasta qué punto haría
desaparecer el peligro la instauración del socialismo?
La guerra es
una antigua institución, a la que originalmente no dio el ser el capitalismo,
aunque sus causas fueron siempre principalmente económicas. En el pasado tenía dos causas
fundamentales: las ambiciones personales de los monarcas y el expansivo espíritu
emprendedor de tribus o naciones vigorosas. Conflictos tales como la guerra de los Siete Años
presentan los dos aspectos: en Europa fue dinástico, mientras que en América y
en India fue un conflicto entre naciones.
Las conquistas de los romanos se debieron, en gran parte, a motivos pecuniarios
directamente personales por parte de los generales y sus legionarios. Pueblos de pastores, como los árabes, los hunos y los
mogoles, se han lanzado repetidamente a una carrera de conquistas a causa de la
insuficiencia de sus primitivas zonas de pastos. Y en todos los tiempos,
excepto cuando un monarca podía imponer su voluntad (como en el Imperio chino y en el Bajo
Imperio romano), la guerra se vio favorecida por el hecho de que los machos
vigorosos, seguros de su victoria, gustaban de ella, mientras que sus hembras
los admiraban por sus hazañas. Aunque la guerra se ha alejado muchísimo de sus
primitivos orígenes, estos antiguos motivos sobreviven y deben ser recordados
por los que quieren que la guerra desaparezca. Solamente el socialismo
internacional puede proporcionar una salvaguarda completa contra la
guerra, pero el socialismo nacional en todos los países civilizados más
importantes podría, como trataré de demostrar, hacer disminuir enormemente sus
probabilidades.
Mientras que
los temerarios impulsos hacia la guerra existen todavía en una parte de la
población de los países civilizados, los motivos que determinan el deseo de paz
son mucho más sólidos que en tiempo alguno durante los últimos siglos. La gente sabe por amarga experiencia
que la última guerra no trajo prosperidad ni siquiera para los vencedores. Se
da cuenta de que es probable que la próxima guerra produzca una cantidad de
bajas en la población civil con la que nada ha habido de magnitud comparable en
tiempo alguno, ni de parecida intensidad desde la guerra de los Treinta Años, y
de que no es en manera alguna probable que quede limitada a una de las partes.
Teme que las ciudades importantes sean destruidas y que todo un continente se
pierda para la civilización. Los ingleses, en particular, tienen conciencia de
que han perdido su inmemorial inmunidad contra la invasión. Estas
consideraciones han producido en Gran Bretaña un apasionado deseo de paz, y en
la mayor parte de los restantes países un sentimiento de la misma índole,
aunque quizá menos intenso. ¿Por qué, a pesar de todo esto, existe un inminente
peligro de guerra? La causa inmediata, por supuesto, es el rigor del tratado de Versalles, con el
consiguiente desarrollo del nacionalismo alemán militante. Pero
probablemente una nueva guerra sólo diera lugar a un tratado aún más severo que
el de 1919, conducente a una reacción aún más virulenta por parte de los
vencidos. Una paz permanente no puede surgir de este infinito vaivén, sino
únicamente de la eliminación de las causas de enemistad entre las naciones.
Hoy, estas causas han de buscarse, principalmente, en los intereses económicos
de ciertos grupos, y, por tanto, sólo pueden ser abolidos por una
reconstrucción económica fundamental.
Tomemos la industria del hierro y del acero como el ejemplo más importante de la
forma en que las fuerzas económicas promueven la guerra. El hecho esencial es
que, con la técnica moderna, el costo de producción por tonelada es menor si se
produce una gran cantidad que si el rendimiento es más pequeño. En
consecuencia, hay beneficio si el mercado es lo bastante grande, pero no de
otro modo. La industria norteamericana del acero, al tener un mercado interno
que excede, con mucho, a todos los demás, ha tenido hasta ahora escasa
necesidad de preocuparse por política más allá de interferir, cuando resultó
imprescindible, los proyectos de desarme naval. Pero las industrias del acero alemana, francesa e inglesa
tienen todas un mercado menor que el exigido por sus necesidades técnicas.
Podrían, por supuesto, asegurarse ciertas ventajas, pero también para esto hay
objeciones económicas. Una gran parte de la demanda de acero está relacionada
con los preparativos de guerra, y, por lo tanto, la industria del acero, en conjunto, se beneficia
con el nacionalismo y con el incremento del material bélico nacional. Por
añadidura, tanto el Comité des Forges como el trust alemán del acero confían en machacar a sus
rivales en lugar de "tener que repartiese los beneficios con ellos; y como los gastos de guerra recaerán
principalmente sobre otros, estiman posible considerar el resultado
financieramente ventajoso. Probablemente estén equivocados, pero el errar es
algo natural en los hombres audaces y engreídos, intoxicados por el poder. El
hecho de que el mineral lorenés, vitalmente importante, esté en territorio que
antes fue alemán, pero que ahora es francés, aumenta la hostilidad de los dos
grupos y sirve como constante recordación de lo que
puede lograrse mediante la guerra. Y, naturalmente, los alemanes son los más
agresivos, puesto que los franceses ya gozan de los despojos de la última
guerra.
Por supuesto, sería imposible para la industria del acero, y para otras grandes
industrias que tienen intereses similares, poner a las grandes naciones al
servicio de sus propósitos si no existieran en la población impulsos con los
que pudieran contar. En Francia e Inglaterra pueden recurrir al miedo; en
Alemania, al resentimiento contra la injusticia; y tales motivos son
perfectamente válidos, de una parte y de otra. Pero si se pudiera tomar el
asunto en consideración con tranquilidad, resultaría obvio para las dos partes
que un acuerdo equitativo haría más felices a todos. No hay ninguna buena razón
por la cual los alemanes deban continuar sufriendo una injusticia, ni habría
excusa razonable, si la injusticia desapareciera, para que se condujeran de
modo de inspirar temor a sus vecinos. Pero siempre que se hace un esfuerzo para
ser razonable y tomar las cosas con tranquilidad interviene la propaganda en forma
de llamamientos al patriotismo y a la defensa del honor nacional. El mundo está en la
situación de un borracho que desea reformarse, pero está rodeado de amigos
amables que le ofrecen bebida y, en consecuencia, vuelve a caer perpetuamente
en su vicio. En este caso, los amigos amables son hombres que obtienen dinero
de su desdichada propensión, y el primer paso para su reforma debe consistir en
deshacerse de ellos. Es solamente en este sentido que el capitalismo moderno
puede ser considerado como promotor de la guerra; no es la
única causa, pero proporciona un estímulo esencial a las otras causas. Si dejara de
existir, la ausencia de este estímulo no tardaría en hacer ver a los hombres lo
absurdo de la guerra ni en inducirles a buscar acuerdos equitativos que
hicieran improbable su futuro acaecimiento.
La solución
completa y definitiva del problema planteado por la industria del acero y otras
con intereses similares sólo puede encontrarse en el socialismo internacional;
es decir, en el manejo de aquéllas por una autoridad representativa de todos
los gobiernos afectados. Pero es probable que la nacionalización en cada uno de
los principales países industriales baste para hacer desaparecer el apremiante
peligro de guerra. Porque si la dirección de la industria del acero estuviese en manos del gobierno, y el gobierno fuese
democrático, su producción no estaría orientada al provecho de ningún
particular, sino al provecho de la nación. En el balance de las finanzas
públicas, los beneficios conseguidos por la industria del acero a expensas de otros sectores
de la comunidad serían compensados por pérdidas en algún otro campo, y como ningún ingreso individual
fluctuaría con las ganancias o pérdidas de una industria aislada, nadie tendría
motivos para promover los intereses del acero a costa de la comunidad. La
producción de acero incrementada a causa de un incremento en los armamentos,
aparecería como una pérdida, puesto que haría
disminuir la provisión de artículos de consumo a distribuir entre la población.
De este modo,
los intereses públicos v los privados estarían en armonía y desaparecerían los
motivos para propaganda engañosa.
Queda algo
por decir acerca de la forma en que el socialismo remediaría otros males que
hemos estado considerando.
En lugar de
la búsqueda de beneficios como móvil conductor en la industria, habrá una
planificación gubernamental. Si es cierto que el gobierno puede calcular
erróneamente, ello es menos probable que en el caso de un individuo particular,
porque aquél podrá tener un más completo conocimiento de causa. Cuando el
precio del caucho, era elevado, todo el que pudo plantó árboles de caucho, con
el resultado de que, al cabo de unos pocos años, el precio cayó
desastrosamente, y se vio la necesidad de establecer un acuerdo que restringiera
la producción de caucho. Una autoridad central que posee todas las estadísticas
puede impedir errores de esta clase. No obstante, causas imprevistas, como son los nuevos inventos, pueden
falsear hasta los más cuidadosos cálculos. En tales casos, la comunidad en su
conjunto se beneficia haciendo la transición a nuevos procesos de un modo
gradual. Con respecto a los que en cualquier momento se quedan sin trabajo,
será posible, bajo el socialismo, adoptar medidas que hoy resultan imposibles a
causa del temor al paro y al mutuo recelo
entre patronos y obreros. Cuando una industria decae y otra se desarrolla, los
hombres más jóvenes pueden ser trasladados y preparados técnicamente para
trabajar en la que progresa. La mayor parte del paro puede evitarse reduciendo las
horas de trabajo. Cuando no se encuentre trabajo para un hombre, éste recibirá,
sin embargo, su salario completo, ya que se le pagará su voluntad de
trabajar. En la medida
en que el trabajo haya de imponerse, se impondrá por la ley penal, y no mediante
sanciones económicas. Quedará en manos de los que hagan la planificación, y por
tanto, en definitiva, sujeto al voto popular, el dar con un equilibrio entre
comodidades y tiempo libre. Si todos trabajan cuatro horas diarias, habrá menos
comodidades que si trabajan cinco. Cabe esperar que los progresos técnicos serán
utilizados, en parte, para procurar más comodidad, y, en parte, para
proporcionar más ocio.La inseguridad económica ya no existirá (excepto en la
medida en que persista el peligro de guerra), ya que todo el mundo recibirá un
salario, a menos que sea un criminal, y el gasto de los niños será soportado
por el estado. Las mujeres no dependerán de los maridos, ni se permitirá que los niños
sufran gravemente a causa de los defectos de sus padres. No habrá
dependencia económica entre unos individuos y otros, sino entre todos los
individuos y el estado.
Mientras el
socialismo exista en unos países civilizados pero no en otros, perdurará una
posibilidad de guerra y no serán realizables todas las venta as del sistema. Pero creo que se puede suponer con
seguridad que todos los países que adopten el socialismo dejarán de ser
agresivamente militaristas y se limitarán realmente a prevenir la agresión de
los otros. Es probable que, cuando el socialismo se universalice en el mundo
civilizado, los motivos que llevan a las guerras en gran escala ya no tengan
fuerza suficiente para superar las muy obvias razones que existen para preferir
la paz.
El socialismo, repito, no es una doctrina solamente para el proletariado. Al evitar la
inseguridad económica, se estima que ha de incrementar la felicidad de todos,
excepto la de un grupo de personas de las más ricas; y si, como yo creo
firmemente, puede evitar las guerras de importancia, incrementará
inconmensurablemente el bienestar de todo el mundo, porque la convicción de
ciertos magnates de la industria de poder beneficiarse con otra guerra mundial,
a pesar del argumento económico que puede hacer verosímil su punto de vista, no
es sino una loca ilusión de megalómanos. ¿Es el caso, realmente, como sostienen
los comunistas, que el socialismo, un sistema tan universalmente beneficioso y
tan fácil de comprender; un sistema recomendado, además, por la quiebra
evidente del actual régimen económico y por el peligro acuciante de un desastre
universal producido por la guerra; es el caso, realmente, que este sistema no
pueda ser presentado de un modo persuasivo sino a los proletarios y a un puñado
de intelectuales, y que solamente pueda ser impuesto por medio de una guerra de
clases, sangrienta, destructivo y de dudosos resultados? Por mi parte, me resulta imposible
creerlo. El socialismo, en algunos aspectos, marcha en contra de antiguos
hábitos y levanta, por tanto, una impulsivo oposición que sólo puede ser
vencida de un modo gradual. En la mente de sus oponentes, ha quedado asociado
al ateísmo y al reino del terror. Con la religión, el
socialismo no tiene nada que ver. Es una doctrina económica, y un socialista
puede ser cristiano o mahometano, budista o adorador de Brahma, sin
inconsistencia lógica alguna. En cuanto al reino del terror, ha habido muchos
reinos del terror en tiempos recientes, principalmente del lado de la reacción,
y donde el socialismo llegue como rebelión contra alguno de ellos, es de temer
que herede parte de la fiereza del régimen que lo antecedió. Pero en los países
donde todavía se permite cierto grado de libertad de pensamiento y de palabra,
creo que la causa del socialismo puede ser presentada, con una combinación de
entusiasmo y paciencia, de modo de persuadir a mucho más de la mitad de la
población. Si, cuando llegue la oportunidad, la minoría recurre a la fuerza
ilegalmente, la mayoría habrá de emplear la fuerza, por supuesto, para
neutralizar a los rebeldes. Pero si el trabajo previo de persuasión se ha
llevado a cabo adecuadamente, la rebelión tendría que ser tan evidentemente
desesperada, que ni siquiera los más reaccionarios la intentarían, o, si lo
hicieran, serían vencidos tan fácil y rápidamente, que no habría ocasión para
que se instalara un reinado del terror. Cuando la persuasión resulta posible y
la mayoría aún no ha sido convencida, el recurso a la fuerza está fuera de
lugar; cuando una mayoría ha sido persuadida, la cuestión puede dejarse a la
función ordinaria del gobierno democrático, a menos que
las personas fuera de la ley estimen oportuno provocar una insurrección.
Impedir tal insurrección sería una medida semejante a la que cualquier gobierno
puede adoptar, y los socialistas no tienen más motivo para recurrir a la fuerza
que los que puedan tener otros partidos constitucionales en los países
democráticos. Y si los socialistas han de tener alguna vez fuerzas bajo su mando,
será solamente por persuasión previa que habrán podido adquirirlas.
Se acostumbra
argüir en ciertos círculos que, si bien quizá en un tiempo el socialismo pudo
haberse afirmado por los medios ordinarios de la propaganda política, el
desarrollo del fascismo ha hecho imposible tal cosa. Por lo que se refiere a los países
que tienen gobiernos fascistas, esto es cierto, desde luego', puesto que no es
posible oposición constitucional alguna. Pero en Francia, en Gran Bretaña y en
los Estados Unidos las cosas son de otro modo. En Francia y en Gran Bretaña hay
poderosos partidos socialistas; en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, los
comunistas son numéricamente desdeñables, y no hay síntomas de que estén
ganando terreno. Han alcanzado exactamente para proporcionar a los
reaccionarios una excusa para tomar medidas represivas suave éstas no han sido
lo bastante terroríficas para impedir el resurgimiento del partido laborista o el avance del radicalismo en los Estados Unidos.
Está lejos de ser improbable que los socialistas sean pronto mayoría en Gran
Bretaña. Entonces, sin duda, encontrarán dificultades para llevar a efecto su
política, y los más tímidos pueden tratar de hacer de tales dificultades una
excusa para posponer las cosas; equivocadamente, porque mientras la persuasión
es inevitablemente gradual, la transición final al socialismo debe ser rápida y
súbita. Hasta ahora, sin embargo, no hay fundamento para suponer que los
métodos constitucionales vayan a fracasar, y mucho menos para suponer que
cualesquiera otros tengan más probabilidades de éxito. Por el contrario, cada
llamamiento a la violencia inconstitucional favorece el desarrollo del fascismo. Cualesquiera que sean las
flaquezas de la democracia, solamente por medio de ella y con la ayuda de la fe
popular en él, podrá el socialismo tener alguna esperanza de triunfo en Gran
Bretaña o en los Estados Unidos. Quienquiera que debilite el respeto a los gobiernos
democráticos, está incrementando, intencionada o involunariamente, las
probabilidades del fascismo, y no las del socialismo o el comunismo.
Civilización occidental
No es en modo
alguno fácil ver la propia civilización en una perspectiva justa. Hay tres medios evidentes para
alcanzar este fin: el viaje, la historia y la antropología, y lo que habré de
decir es sugerido por cada uno de ellos; pero ninguno de los tres es ayuda tan
grande para la objetividad como parecen ser. El viajero ve solamente lo que le
interesa; por ejemplo, Marco Polo jamás reparó en los pequeños pies de las
mujeres chinas. El historiador ordena los sucesos con arreglo a esquemas
derivados de sus propias preocupaciones: la decadencia de Roma ha sido
atribuida, en ocasiones diversas, al imperialismo, al cristianismo, a la
malaria, al divorcio y a la inmigración -siendo estas dos últimas causas las
favoritas en los Estados Unidos entre los clérigos y los políticos,
respectivamente-. El antropólogo selecciona e interpreta hechos de acuerdo con
los prejuicios que prevalecen en su tiempo. ¿Qué sabemos de los salvajes,
nosotros, que nos quedamos en casa? Los rousseaunianos dicen que son nobles,
los imperialistas dicen que son crueles; los antropólogos de mentalidad
eclesiástica dicen que son unos virtuosos padres de familia, mientras que los
defensores de la ley del divorcio dicen que practican el amor libre; Sir James
Fraser dice que siempre están matando a su dios, mientras otros dicen que
siempre están ocupados en ritos de iniciación. En una palabra: el salvaje es un
chico servicial que hace todo lo
necesario por las teorías de los antropólogos. Pero, a pesar de estas
desventajas, el viaje, la historia y la antropología son los mejores medios, y
debemos sacarles todo el partido posible.
Ante todo, ¿qué es civilización? Su
primer carácter esencial, diría yo, es la previsión. Es ésta,
ciertamente, la fundamental diferencia entre el hombre y las bestias, y entre
el adulto y el niño. Pero la previsión, por ser una cuestión de grado, nos
permite distinguir a las naciones o las épocas más o menos civilizadas, de
acuerdo con la cantidad de ella que demuestran. Y la previsión es susceptible
de ser medida casi con precisión. No diré que la capacidad media de previsión
de una comunidad sea inversamente proporcional a la tasa de interés, aunque
ésta sea una opinión defendible. Pero podemos decir que el grado de previsión
implícita en cada acto se mide por tres factores: el dolor presente, el placer
futuro y la extensión de¡ intervalo entre ellos. Es decir, la previsión se
obtiene dividiendo el dolor actual por el placer futuro y multiplicando después
por el lapso comprendido entre ambos. Existe una diferencia entre la previsión
colectiva y la individual. En una comunidad aristocrática o plutocrática, un
hombre puede soportar el dolor actual mientras otro disfruta el futuro placer.
Esto hace más fácil la previsión colectiva. Todos los trabajos característicos del industrialismo presentan un alto
grado de previsión colectiva en este sentido: los que construyen ferrocarriles,
o puertos, o barcos, hacen algo cuyos beneficios no se recogen hasta años más
tarde.
Es cierto que en el mundo moderno
nadie demuestra tanta previsión como los antiguos egipcios demostraban
al embalsamar a sus muertos, lo que hacían con miras a su resurrección al cabo
de unos diez mil años. Esto me recuerda otro elemento esencial a la
civilización, que es el conocimiento. La previsión basada en la
superstición no puede ser tenida por completamente civilizada, aunque puede
aportar hábitos mentales esenciales para el desarrollo de la verdadera
civilización. Por ejemplo, la costumbre puritana de posponer el placer para la
otra vida facilitó, sin duda, la acumulación de capital requerida por el
industrialismo. Podemos, pues, definir la civilización como el modo de vida que resulta de
la combinación de conocimiento y previsión.
La civilización, en este sentido,
comienza con la agricultura y la domesticación de rumiantes. Hubo, hasta
tiempos bastante recientes, una acusada separación entre pueblos agrícolas y
pueblos pastores. Leemos en el Génesis, 46, 31-34, cómo los israelitas
tuvieron que establecerse en la tierra de Gosen, más que en el mismo Egipto,
porque los egipcios se oponían a la ocupación de los pastores: "José dijo
a sus hermanos y a la familia de su padre: "Voy a subir a avisar a Faraón
y a decirle: "Han venido a mí mis hermanos y la casa de mi padre que
estaban en Canaán. Son pastores de ovejas, pues siempre fueron ganaderos, y han
traído ovejas, vacadas y todo lo suyo". Así, cuando os llame Faraón y os
diga: ¿Cuál es vuestro oficio?, le decís: "Ganaderos hemos sido tus
siervos desde la mocedad hasta ahora, lo mismo que nuestros padres'. De esta suerte os quedaréis en el país de Gosen". Porque los egipcios detestan a todos
los pastores de ovejas". En los viajes de M. Huc hallamos una actitud
similar de los chinos hacia los pastores mogoles. En conjunto, el tipo
agricultor ha representado siempre la más avanzada civilización, y ha tenido
más que ver con la religión. Pero los rebaños y los ganados de los patriarcas
tuvieron una considerable influencia en la religión judía y, en consecuencia,
sobre el, cristianismo. La historia de Caín y Abel es un instrumento) de
propaganda dirigida a hacer ver que los pastores son más virtuosos que los
labradores. Sin embargo, la civilización ha descansado principalmente sobre la
agricultura hasta tiempos recientísimos.
Hasta ahora, no hemos considerado
nada que distinga la civilización occidental de la de otras regiones, tales como la India, China, Japón y Méjico. De hecho, antes de
que la ciencia comenzara a desarrollarse, la diferencia entre ellas fue mucho
menor de lo que ha sido después. La ciencia y el industrialismo son actualmente
las señales distintivas de la civilización occidental; pero antes quiero
considerar lo que fue nuestra civilización antes de la revolución industrial.
Si nos remontamos a los orígenes de
la civilización occidental, vemos que los elementos que heredó de Egipto y
Babilonia son, en lo principal, característicos de todas las civilizaciones, y
no especialmente distintivos de Occidente. El carácter distintivo occidental
comienza con los griegos, que descubrieron el hábito de razonar deductivamente
y la ciencia de la geometría. Sus méritos restantes no fueron distintivos o se
perdieron en las Edades Oscuras. En arte y literatura habrán podido ser
insuperables, pero no se distinguieron muy profundamente de otras varias
naciones antiguas. En la ciencia experimental produjeron algunos hombres, especialmente
Arquímedes, que anticiparon los métodos modernos; pero tales figuras no
lograron establecer una escuela o tradición. Las únicas contribuciones
distintivas sobresalientes de los griegos a la civilización fueron el
razonamiento deductivo y las matemáticas puras.
Los griegos fueron, sin embargo,
políticamente incompetentes, y probablemente su contribución a la civilización
se hubiera perdido, a no ser por la capacidad de gobierno de los romanos. Los
romanos dieron con un modo de llevar adelante el gobierno de un gran imperio
por medio de la administración civil y un cuerpo legal. En los imperios
anteriores todo había dependido de la energía del monarca, pero en el Imperio
romano el emperador podía ser asesinado por la guardia pretoriana y el Imperio
puesto en subasta con muy escaso entorpecimiento en la máquina gubernamental
-tan escaso, en realidad, como el que producen ahora unas elecciones
generales-. Parece ser que los romanos inventaron la virtud de la devoción al
estado impersonal como opuesta a la lealtad personal al
jefe. Los griegos, es cierto, hablaban de patriotismo, pero sus políticos
estaban corrompidos, y casi todos ellos, en algún momento de su carrera,
aceptaron el soborno de Persia. El concepto romano de la devoción
al estado ha sido un elemento esencial en la producción de gobiernos estables
en Occidente.
Algo más faltaba para completar la
civilización occidental tal y como existía antes de los tiempos
modernos, y ello es la peculiar relación entre el gobierno y la religión que
vino con el cristianismo. Originalmente, el cristianismo era absolutamente
apolítico, puesto que se extendió por el Imperio romano como un consuelo para los que habían
perdido la libertad nacional y personal, y tomó del judaísmo una actitud de condena
moral de los gobernantes del mundo. En los días anteriores a
Constantino, el cristianismo desarrolló una organización a la que los
cristianos debían una lealtad todavía mayor que la debida al estado. Cuando
Roma cayó, la Iglesia conservó en una síntesis singular lo que se había
demostrado más vital en las civilizaciones de los judíos, de los griegos y de
los romanos. Del fervor moral de los judíos
surgieron los preceptos éticos del cristianismo; del amor griego al razonamiento
deductivo, la teología; del ejemplo del imperialismo y la jurisprudencia
romanos, el gobierno centralizado de la Iglesia y el cuerpo de leyes canónicas.
Aunque estos elementos de elevada
civilización se conservaran, en cierto sentido, a través de la Edad Media,
durante largo tiempo permanecieron en un estado más o menos latente. Y la
civilización occidental no fue en realidad la mejor entre las existentes en
aquel tiempo: tanto los mahometanos como los chinos eran superiores a
Occidente. Por qué Occidente había de iniciar una tan rápida carrera ascendente
es, creo, en gran parte, un misterio. En nuestra época es costumbre hallar
causas económicas para todo, pero las explicaciones basadas en esta práctica
tienden a ser demasiado fáciles. Las solas causas económicas no explicarán, por
ejemplo, la decadencia de España, más relacionada con la ignorancia y la
estupidez. Tampoco explican el nacimiento de la ciencia. La regla general es
que las civilizaciones decaen, salvo cuando entran en contacto con una
civilización ajena superior. En la historia humana solamente ha habido unos
pocos y muy raros períodos, y unas pocas regiones aisladas, en los que se haya
producido un progreso espontáneo. Ha debido de haber progreso espontáneo en
Egipto y Babilonia cuando desarrollaron la escritura y la agricultura; hubo progreso
espontáneo en Grecia durante cerca de doscientos años, y ha habido progreso
espontáneo en la Europa occidental desde el Renacimiento. Pero no creo que haya
habido nada en las condiciones sociales generales de dichos períodos y lugares
que los distinga de otros varios lugares y períodos en los que no se produjo
progreso alguno. No puedo evitar concluir que las grandes épocas de progreso
han dependido de un corto número de individuos de talento trascendental.
Diversas condiciones sociales y políticas fueron, desde luego, necesarias para
su concreción, pero no suficientes, porque las mismas condiciones se han
dado muchas veces sin los individuos, y no se ha producido progreso. Si Kepler,
Galileo y Newton hubiesen muerto siendo niños, el mundo en que vivimos sería
muchísimo menos diferente de lo que es con respecto al mundo del siglo XVI. Esto lleva la moraleja
de que no podemos considerar el progreso como asegurado; si la cantidad de
individuos eminentes llegara a disminuir, caeríamos, sin duda, en una situación
de inmovilidad bizantina.
Hay algo muy importante que debemos
a la Edad Media, y es el gobierno representativo. Esta institución es
importante porque por vez primera permitió que el gobierno de un gran imperio
apareciera a los gobernados como elegido por ellos mismos. Donde
este sistema tiene éxito, da lugar a un alto grado de estabilidad política. Sin
embargo, en tiempos recientes, se ha hecho evidente que el gobierno
representativo no es una panacea aplicable a todas las partes de la superficie de
la tierra. En efecto, su éxito parece quedar limitado principalmente a las
naciones de habla inglesa y a los franceses.
La cohesión política, conseguida de
un modo u otro, es lo que, no obstante, ha llegado a ser el signo distintivo de
la civilización occidental, como opuesta a las civilizaciones de
otras regiones. Ello se debe primordialmente al patriotismo, el cual, aunque
tiene sus raíces en el particularismo judío y en la devoción romana al estado,
es algo que ha surgido modernamente, comenzando con la resistencia inglesa a la Armada Invencible, y
ha hallado su primera expresión literaria en Shakespeare. La cohesión política,
basada esencialmente en al patriotismo, ha venido incrementándose
constantemente en Occidente desde que acabaron las guerras de religión, y
todavía continúa creciendo rápidamente. A este respecto, el Japón ha demostrado
ser un discípulo extraordinariamente apto. En el antiguo Japón hubo turbulentos
barones feudales, análogos a los que infectaban Inglaterra durante las guerras
de las Rosas. Pero con ayuda de las armas de fuego la pólvora, traídas al Japón
por los barcos que transaban a los misioneros cristianos, el Shogún estableció
la paz interior, y desde 1868, por medio de la educación y de la religión
shintoísta, el gobierno japonés ha conseguido formar una nación tan homogénea,
resuelta y unida como cualquier nación de Occidente.
El mayor grado de cohesión social en
el mundo moderno se debe, en gran parte, a cambios en el arte de la guerra,
todos los cuales, desde la invención de la pólvora hasta aquí, han tendido a
incrementar el poder de los gobiernos. Este proceso probablemente no haya
terminado, en modo alguno; pero se ha complicado con un nuevo factor: como las fuerzas armadas se han hecho
cada vez más dependientes de los trabajadores industriales para sus municiones,
se ha hecho cada vez más imprescindible para los gobiernos asegurarse el apoyo
de grandes sectores de la población. Éste es asunto que corresponde a la
técnica de los medios de comunicación, en la que podemos suponer que los
gobiernos harán rápidos progresos en el futuro próximo.
La historia de los últimos
cuatrocientos años en Europa ha sido de crecimiento y decadencia simultáneos;
decadencia de la antigua síntesis representada por la Iglesia católica, y
crecimiento de una nueva síntesis, aunque todavía muy incompleta, basada hasta
aquí en el patriotismo y la ciencia. No podemos suponer que una civilización
científica trasplantada a regiones que no tienen nuestros antecedentes habrá de
tener las mismas características que tiene entre nosotros. La ciencia,
injertada en cristianismo y democracia, puede producir efectos completamente
distintos de los que produce cuando se injerta en el culto a los antepasados y
la monarquía absoluta. Debemos al cristianismo cierto respeto al individuo,
pero éste es un sentimiento respecto del cual la ciencia es completamente
neutral. La ciencia, por sí misma, no nos ofrece ninguna idea moral, y cabe
preguntarse qué ideas morales vendrán a reemplazar a las que debemos a la
tradición. La tradición cambia lentamente, y nuestras ideas morales son
todavía, en lo esencial, las que resultaron apropiadas para un régimen
preindustrial; pero no debemos esperar que las cosas continúen así.
Gradualmente, los hombres llegarán a tener pensamientos que estén de
conformidad con sus hábitos físicos, e ideales que no se contradigan con
su técnica industrial. El ritmo de los cambios en las formas de vivir se ha
hecho mucho más rápido que en cualquier período precedente: el mundo ha
cambiado más en los últimos ciento cincuenta años que en los cuatro mil
anteriores. Si Pedro el Grande hubiera podido conversar con Hamurabi, se
hubiesen entendido bastante bien; pero ninguno de los dos podría entender a un
moderno magnate de las finanzas o de la industria. Es un hecho curioso que las
nuevas ideas de los tiempos modernos hayan sido casi todas técnicas o
científicas. La ciencia sólo últimamente ha comenzado a alentar el desarrollo
de nuevas ideas morales, mediante la liberación de la benevolencia de los
grilletes de las creencias éticas supersticiosas. Dondequiera que un código
convencional prescribe la imposición de sufrimiento (por ejemplo, la
prohibición del control de la natalidad), se piensa
que una ética más benigna es inmoral; consecuentemente, los apóstoles de la
ignorancia tienen por perversos a aquellos que permiten que el conocimiento
influya sobre su moral. Es muy dudoso, sin embargo, que una civilización que
tanto depende de la ciencia como la nuestra pueda, a la larga,
prohibir con éxito las formas de conocimiento capaces de aumentar
considerablemente la felicidad humana.
El hecho es que nuestras ideas
morales tradicionales, o bien son puramente individualistas, como la idea de la
santidad personal, o bien están adaptadas a grupos pequeños que los que pesan
en el mundo mundo moderno. Uno de los efectos más dignos de ser notados de la
técnica moderna sobre la vida social ha sido el alto grado de organización en
grandes grupos de las actividades de los hombres, de modo que los actos de uno
de ellos producen, muchas veces, grandes efectos sobre algún grupo de hombres
completamente remoto, con el que tiene relaciones de cooperación o conflicto
otro grupo al que él pertenece. Los pequeños grupos, tales como la familia, van perdiendo
importancia, y hay un solo gran grupo, la nación o el estado, tenido en
consideración por la moral tradicional. El resultado es que la religión
efectiva de nuestros tiempos, en tanto que no es meramente tradicional, está
constituida por el patriotismo. El hombre medio está dispuesto a sacrificar su
vida al patriotismo, y siente su obligación moral tan imperativa, que ninguna
rebelión le parece posible.
No parece improbable que el
movimiento hacia la libertad individual que caracterizó todo el período
comprendido entre el Renacimiento y el liberalismo del siglo XIX se haya detenido a causa
de la organización creciente del industrialismo. La presión de la
sociedad sobre el individuo puede llegar a ser, de una nueva forma, tan grande
como en las comunidades bárbaras, y las naciones pueden dar, cada vez más, en
enorgullecerse de sí mismas por sus éxitos colectivos más que por los
individuales. Éste es ya el caso en los Estados Unidos: los hombres se
enorgullecen de los rascacielos, de las estaciones de ferrocarril, de los
puentes, más que de los poetas, de los artistas o de los hombres de ciencia.
Esta misma actitud impregna la filosofía del gobierno soviético. Es cierto que
en ambos países persiste el deseo de héroes individuales: en Rusia, la
distinción personal pertenece a Lenin; en Norteamérica, a los atletas, a los
pugilistas y a las estrellas de cine. Pero en ambos casos los héroes están
muertos o son triviales, y el trabajo serio del presente no se asocia con los
nombres de individuos eminentes.
Es intelectualmente interesante
considerar si se puede producir algo valioso con el esfuerzo colectivo más que
con el individual, y si una civilización tal sería de la más alta calidad. No
creo que esta pregunta pueda ser contestada sin reflexión. Es posible que tanto
en materias de arte como en cuestiones intelectuales puedan
alcanzarse mejores resultados con la cooperación que los alcanzados en el
pasado por los individuos. En la ciencia, existe ya una tendencia a asociar el
trabajo con un laboratorio más que con una persona, y probablemente sea bueno
para la ciencia el que esta tendencia se haga más marcada, puesto que
promovería la cooperación. Pero si el trabajo importante, de cualquier clase,
ha de ser colectivo, necesariamente habrá de tener lugar una mutilación del individuo; no podrá continuar
estando tan seguro de sí mismo como los hombres de genio lo han estado
hasta ahora. La moral cristiana entra en este problema, pero en un sentido
opuesto al que generalmente se supone. Usualmente se piensa que el cristianismo
es antiindividualista, puesto que impulsa el altruismo y amor al prójimo. Sin
embargo, esto es un error psicológico. El cristianismo apela al alma individual
y da gran importancia a la salvación personal. Lo que un hombre hace por su
prójimo, debe hacerlo porque corresponde que él lo haga, no porque forme instintivamente
parte de un grupo. El cristianismo, en su origen, y aun en su esencia, no
es político ni familiar, y, de acuerdo con ello, tiende a encerrar al individuo
en sí mismo más de lo que la naturaleza lo hizo. En el pasado, la familia
actuaba como un correctivo de este
individualismo, pero la familia está en decadencia y no tiene sobre los
instintos del hombre el dominio que solía tener.
Lo que ha perdido la familia lo ha ganado la nación, porque la nación recurre a
los instintos biológicos que tienen poco campo en un mundo industrial. Desde el
punto de vista de la estabilidad, sin embargo, la nación es una unidad
demasiado estrecha. Sería de desear que los instintos biológicos de los hombres
se pusiesen al servicio de la raza humana, pero esto parece difícilmente
factible desde un punto de vista psicológico a menos que la humanidad en su
conjunto se vea amenazada por algún grave peligro exterior, tal como una nueva
enfermedad o el hambre universal. Siendo esto poco probable, no veo ningún
mecanismo psicológico que pueda conducirnos al gobierno mundial, excepto la
conquista de todo el mundo por alguna nación o grupo de naciones. Esto parece
estar por completo dentro de la línea natural de desarrollo de los
acontecimientos, y puede producirse quizá dentro de los próximos cien o
doscientos años. En la civilización occidental, tal y como es actualmente, la
ciencia y la técnica industrial tienen mucha más importancia que todos los
factores tradicionales reunidos. Y no debemos suponer que el efecto de estas
novedades sobre la vida humana ha alcanzado, ni mucho menos, su más alto grado
de desarrollo; las cosas se suceden más de prisa ahora que en épocas pasadas,
pero no hasta ese punto. El último acontecimiento en el progreso humano
comparable en importancia a la expansión del industrialismo, fue la invención
de la agricultura, y ésta tardó muchos miles de años en extenderse sobre la
superficie de la tierra, llevando consigo, a medida que se extendía, un sistema
de ideas y un modo de vida. El modo de vida agrícola todavía no ha conquistado
completamente a las aristocracias del mundo, las cuales, con su característico
conservadurismo, han permanecido largo tiempo en el estadio cazador, como ponen
en evidencia nuestras leyes sobre este ejercicio. De un modo semejante, hemos
de esperar que la concepción agrícola del mundo sobreviva por muchas eras en
países y sectores de población atrasados.
Pero no es esta concepción del mundo lo característico de la
civilización occidental, ni de la rama a que está dando nacimiento en Oriente.
En los Estados Unidos hallamos aún a la agricultura asociada con una mentalidad
semiindustrial, porque allí no hay un campesinado indígena. En Rusia y en China, el gobierno tiene un proyecto
industrial, pero ha de contender con una vasta población de campesinos
ignorantes. En relación con esto, sin embargo, es importante recordar que una
población ¡letrada puede ser más rápidamente transformada por la acción
gubernamental que una población como la que hallamos en la Europa
occidental o en Norteamérica. Alfabetizando y haciendo la clase apropiada de
propaganda, el estado puede llevar a la nueva generación a despreciar a sus
mayores en una medida que asombraría a la muchacha americana más liberada; de
este modo, puede producirse un cambio completo de mentalidad en el curso de una
generación. En Rusia, este proceso está en plena operación; en China está comenzando. Cabe esperar, por
tanto, que en estos dos países se desarrolle una mentalidad industrial no
adulterada, libre de los elementos tradicionales que han sobrevivido en el más
lentamente evolucionado Occidente.
La civilización occidental ha
cambiado y está cambiando con tal rapidez, que muchos de los que sienten cariño
por su pasado se encuentran viviendo en lo que les parece un mundo extraño.
Pero el presente solamente hace surgir de un modo más claro elementos que han
estado presentes en alguna medida desde los tiempos de Roma, y que siempre han
distinguido a Europa de la India o de la China. Energía, intolerancia y
pensamiento abstracto han distinguido las mejores épocas de Europa de las
mejores épocas del Oriente. En arte y literatura, los griegos pueden haber sido
insuperables; pero su superioridad sobre China no es más que una cuestión de
grado. De la energía y de la inteligencia ya he dicho bastante; pero de la
intolerancia es necesario decir algo más, ya que ha sido una característica
europea más persistente de lo que muchos creen.
Los griegos, es cierto, fueron menos
adictos a este vicio que sus sucesores. Sin embargo, hicieron morir a Sócrates;
y Platón, a pesar de su admiración por Sócrates, sostuvo que el estado debía
enseñar una religión que él mismo consideraba falsa, y que los hombres que
expresaran dudas acerca de ella debían ser procesados. Los partidarios de
Confucio, los taoístas y los budistas no hubiesen sancionado tal hitleriana
doctrina. La caballerosa elegancia de Platón no fue típicamente europea; Europa
ha sido guerrera e inteligente, más que urbana. Es más probable que la nota
distintiva de la civilización occidental se encuentre en la relación que hizo
Plutarco de la defensa de Siracusa con los artificios mecánicos inventados por
Arquímedes.
Entre los griegos se dio muy bien
una fuente de persecución: la envidia democrática. Arístides fue condenado al
ostracismo porque su reputación de hombre justo era abrumadora. Heráclito de
Éfeso, que no era un demócrata, exclamó: "Los efesios harían bien en
ahorcarse, todos los hombres maduros, y dejar la ciudad a los mozalbetes
imberbes, porque han desterrado a Hermodoro, el mejor de entre ellos, diciendo:
"No queremos a nadie superior entre nosotros; si hay alguno, que lo sea en
otra parte y entre otros"". Muchos de los aspectos desagradables de
nuestra época existían entre los griegos. Tenían fascismo, nacionalismo,
militarismo, comunismo, patronos y políticos corruptos; vulgaridad agresiva y
alguna persecución religiosa. Contaban con individuos capaces, pero tampoco nos
faltan a nosotros; entonces, como ahora, un considerable porcentaje
de los mejores hombres sufría el exilio, la prisión o la muerte. La
civilización griega tuvo, es verdad, una superioridad muy evidente sobre la
nuestra, y fue la ineficacia de su policía, que permitió escapar a una gran
proporción de personas decentes.
La conversión de Constantino al
cristianismo dio la primera ocasión para que se expresasen completamente los
impulsos de persecución por los que Europa se ha distinguido de Asia. Durante los últimos ciento
cincuenta años, ciertamente, ha existido un breve intervalo de liberalismo;
pero ahora las razas blancas están volviendo al fanatismo teológico que los
cristianos heredaron de los judíos. Los judíos fueron los creadores de la idea
de que solamente una religión puede ser verdadera, pero no sentían deseos de
convertir a todo el mundo, de modo que sólo perseguían a los otros judíos. Los
cristianos, conservando la fe judía en una revelación especial, añadieron a
ella el deseo romano de dominación universal y el gusto griego por las
sutilezas metafísicas. La combinación produjo la religión más fieramente
intolerante que el mundo ha conocido hasta la fecha. En el Japón y en la China,
el budismo fue aceptado pacíficamente y se le permitió coexistir con el
shintoísmo y el confucianismo; en el mundo musulmán, los cristianos y los judíos
no eran molestados en tanto pagaran sus tributos; pero por toda la cristiandad
la muerte ha sido la pena usual, incluso para la más nimia desviación de
la ortodoxia.
No estoy en desacuerdo con aquellos
a quienes disgusta la intolerancia del fascismo y del comunismo, a menos que la
consideren como una desviación de la tradición
europea. Quienes nos sentimos ahogados en una atmósfera de persecutoria
ortodoxia gubernamental no lo hubiésemos pasado mucho mejor en épocas
anteriores de Europa que en las modernas Rusia o Alemania. Si por arte de magia
pudiéramos ser transportados a tiempos pretéritos, ¿hallaríamos que Esparta
mejoraba en algo a estos dos países modernos? ¿Nos hubiese gustado vivir en
sociedades que, como las de la Europa del siglo XVI,
condenaban a los hombres a la muerte por creer en brujerías? ¿Hubiésemos podido
soportar la Nueva Inglaterra de los primeros tiempos o admirar el trato que
Pizarro dio a los incas? ¿Hubiéramos disfrutado en la Alemania del
Renacimiento, donde fueron quemadas en un siglo cien mil brujas? ¿Nos habría agradado la Norteamérica
del siglo XII, donde los principales teólogos de Boston atribuían los terromotos de Massachusetts a la impiedad de los pararrayos? En
el siglo XIX, ¿hubiésemos simpatizado con el papa Pío IX cuando se negó a tener
nada que ver con la Sociedad Protectora de Animales aduciendo que es herético
creer que el hombre tiene obligaciones para con los animales inferiores?
Mucho me temo que Europa, aunque inteligente, siempre ha sido un tanto
horripilante, excepto en el breve período comprendido entre 1848 y 1914. Ahora,
desgraciadamente, los europeos están retornando a su tipo característico.