Aristóteles
La Poética
CAPÍTULO I
Como nuestro tema es la poética nos proponemos
hablar no sólo de la poética misma sino también de sus especies y sus
respectivas características, de la trama requerida para componer un bello
poema, del número y la naturaleza de las partes constitutivas de un poema1 y
también de los restantes aspectos que. atañen a. la misma investigación. Hemos
de seguir, pues el orden natural y comenzar con los primeros hechos.
La epopeya y la poesía trágica, como asimismo la
comedia, el ditirambo y, en su mayor parte, el arte de tocar la flauta y la
cítara, son todos imitaciones si se los considera de manera general. Pero, al
mismo tiempo difieren entre sí de tres maneras ya por la diferencia de clase en
sus medios, o en los objetos, o en la manera de sus imitaciones. Puesto que el
color y la forma se usan corno medios por quienes (bien por el arte o la
práctica constante) imitan y dibujan diversos objetos mediante su ayuda, y la
voz es empleada por otros, así también en el grupo de artes mencionado, los
medios para ellos son, en general, el lenguaje y la armonía, empleados bien
simplemente o en determinadas combinaciones. Una combinación de sólo armonía y
ritmo es el medio adecuado en el arte de tocar la flauta y la lira y otras
artes que responden a la misma descripción, por ejemplo la siringa imitativa.
El ritmo solo, sin la armonía, es el recurso en las imitaciones del bailarín;
pues aun éste, mediante el ritmo de sus actitudes puede representar los
caracteres de los hombres, así corno también lo que ellos hacen y sufren. Hay,
además, un arte que imita sólo a través del lenguaje, sin armonía, en prosa o
en verso, ya en uno o en pluralidad de metros.
Esta forma de imitación carece de un nombre hasta
hoy. No tenemos, en efecto, nombre común para un mimo de Sofrón o de Jenarco y
para un diálogo de Sócrates; y ciertamente tampoco tenemos un término si la
imitación en ambos ejemplos fuera en trímetros o elegíacos u otro tipo de
verso. Es verdad que la gente agrega la palabra poeta al nombre de un metro y
habla de poetas elegíacos y poetas épicos, y piensa que se los llama poetas no
en razón de la índole imitativa de su trabajo, sino de manera indiscriminada a
causa del metro en que escriben. Aun si una teoría médica o de filosofía física
se expresara en forma métrica, sería común designar al autor de este modo.
Homero y Empédocles, sin embargo, no tienen entre sí ninguna afinidad, fuera
del metro en que se expresan; de modo que si a uno se le llama poeta , al otro
se le debería designar físico y no poeta. Estaríamos en la misma posición, por
supuesto, si la imitación en estos ejemplos fuera en todos los metros, tal como
el Centauro de Queremón (una rapsodia compuesta de versos de toda clase), y
habría que reconocer a Queremón como poeta. Suficiente, pues, para estas artes.
Existen, en suma, algunas otras artes que combinan todos los medios enumerados,
ritmo, melodía y verso, por ejemplo, la poesía ditirámbica y nómica, la
tragedia y la comedia, con la diferencia, empero, de que las tres clases de
medios son todos empleados juntos en algunos de ellos, y en otros aparecen
separados, uno después de otro. Tales son las diferencias que yo establezco
entre las artes en cuanto a los medios de realizar la imitación.
CAPÍTULO II
II. Los objetos que los imitadores representan son
acciones, efectuadas por agentes que son buenos o malos (las diversidades del
carácter humano, casi siempre derivan de esta distinción, pues la línea entre
la virtud y el vicio es la que divide a toda la humanidad) y los imitan mejores
o peores de lo que nosotros somos, o semejantes, según proceden los pintores.
Así Polignoto representaba a sus personajes superiores a nosotros, Pausón,
peores, y los de Dionisio eran tales como nosotros. Es claro que cada uno de
los tipos de imitación a que me he referido admitirá estas variaciones, y ellas
diferirán entonces de acuerdo con las diferencias de los objetos que
representan. Aun en la danza, el arte de tocar la flauta y la lira, tales
diversidades son posibles, y también suceden en las partes sin nombre que
emplea el lenguaje, la prosa o el verso sin armonía como sus medios; los
personajes de Homero, por ejemplo, son mejores que nosotros; los de Cleofón se
hallan a nuestro nivel, y los de Hegemón de Taso, el primer autor de parodias,
y Nicocares, que escribió la Diliada, se hallan por debajo de este modelo. Lo
mismo es cierto del ditirambo y del nomos; los personajes pueden representarse
en ellos con la diferencia ejemplificada en los cíclopes de Timoteo y Filoxeno.
Esta diferencia es también la que distingue a la tragedia y la comedia; ésta
pinta a los hombres peores de lo que son, aquélla, mejores que los del
presente.
CAPÍTULO III
III. Una tercera diferencia en estas artes reside en
la manera en que es representado cada tipo de objeto. Si se da a ambas partes
igual medio y la misma clase de objetos para la imitación (uno puede narrar en
forma directa en un instante y en otro momento asumir otro personaje, como hace
Homero, u otro puede permanecer siempre el mismo sin cambio alguno), o los
imitadores pueden representar toda la historia dramáticamente, como si en
realidad representasen los hechos descritos.
Sin embargo, como lo dijimos al comienzo, las
diferencias en la imitación de estas artes aparece en tres formas: sus medios,
sus objetos y sus maneras. De modo que como imitador Sófocles, por una parte,
se asemeja, a Homero, pues ambos representan a hombres superiores, y por otra,
a Aristófanes, desde que todos exhiben a personas que actúan y realizan algo.
Esto en verdad, según algunos dicen, es la razón por la cual sus obras se
llamas dramas, porque en ellos los personajes representan la trama. De aquí que
tanto la tragedia como la comedia sean reclamadas por los dorios como sus
descubrimientos; la comedia, por los megáricos, aquellos que surgieron en
Grecia cuando Megara se convirtió en una democracia, y por los megáricos de
Sicilia a causa de que el poeta Epicarmo procedía de su país, y mucho antes que
Quiónides y Magnes; también la tragedia es reivindicada por algunos dorios del
Peloponeso. En apoyo de estos reclamos ellos se refieren a los vocablos
"comedia" y "drama". Su palabra para los villorrios
circundantes, dicen, es comae, mientras que los atenienses los llaman demes,
suponiendo así que los comediantes extrajeron su nombre no de sus comoeo
diversiones, sino de su trashumación aldea en aldea, carentes de aprecio, y
constreñidos a deambular fuera de la ciudad.
También su palabra, afirman, para “actuar" es
dran, en tanto los atenienses emplean el verbo práttein.
Esto es suficiente entonces respecto al número y
naturaleza de los puntos de diferencia en la imitación de estas artes.
CAPÍTULO IV
Es evidente que el origen general de la poesía se
debió a dos causas; cada una de ellas parte de la naturaleza humana. La
imitación es natural para el hombre desde la infancia, y esta es una de sus
ventajas sobre los animales inferiores, pues él es una de las criaturas más
imitadoras del mundo, y aprende desde el comienzo por imitación. Y es asimismo
natural para todos regocijarse en tareas de imitación. La verdad de este
segundo punto se muestra por la experiencia; aunque los objetos mismos resulten
penosos de ver nos deleitamos en contemplar en el arte las representaciones más
realistas de ellos, las formas, por ejemplo, de los animales más repulsivos y
los cuerpos muertos. La explicación se encuentra en un hecho concreto: aprender
algo es el mayor de los placeres no sólo para el filósofo, sino también para el
resto de la humanidad, por pequeña que sea su aptitud para ello; la razón del
deleite que produce observar un cuadro es que al mismo tiempo se aprende, se
reúne el sentido de las cosas, es decir, que el hombre es de este o aquel modo;
pues si no hubiéramos visto el objeto antes, el propio placer no radicaría en
el cuadro como una imitación de éste, sino que se debería a la ejecución o al
colorido o a alguna causa semejante. La imitación, entonces, por sernos natural
(como también el sentido de la armonía y el ritmo, los metros que son por
cierto especies de ritmos) a través de su original aptitud, y mediante una
serie de mejoramientos graduales en su mayor parte sobre sus primeros
esfuerzos, crearon la poesía a partir de sus improvisaciones.
La poesía, sin embargo, pronto se dividió en dos
clases según las diferencias de carácter en los poetas individuales; pues los
más elevados entre ellos debían representar las acciones más nobles y los
personajes más egregios; mientras los de espíritu inferior representaban las
acciones viles. Estos últimos producían invectivas primero, así como otros
componían himnos y panegíricos. No conocemos ningún poema de los poetas
prehoméricos, aunque sin duda hubo muchos autores entre ellos; pueden hallarse
ejemplos, por cierto, desde Homero en adelante, tal su margites ( canción
cómica) poemas similares de otros. En esta poesía de invectiva su natural
adecuación produjo el metro yámbico que quedó en uso; de aquí nuestro presente
término "yámbico", porque era el metro de sus yambos o invectivas de
unos contra otros. Como resultado se obtuvo que los viejos poetas se
convirtieron, algunos de ellos, en autores del verso heroico y otros del
yámbico. La posición de Homero, no obstante, es peculiar: así como fue en el
estilo serio el poeta de los poetas, elevado no sólo por su excelencia
literaria, sino también mediante el carácter dramático de sus imitaciones, fue
asimismo el primero en bosquejar para nosotros las formas generales de la
comedia al producir no una invectiva dramática, sino un cuadro dramático de lo
ridículo; sus margites en verdad se hallan, respecto a nuestras comedias en la
misma relación que la Ilíada y la Odisea frente a nuestras tragedias. Pero tan
pronto como la tragedia y la comedia aparecieron en el ambiente, aquellos
naturalmente atraídos por cierta línea de poesía se convirtieron en autores de
comedias en lugar de yambos, y los otros inclinados por su índole a una línea
distinta, en creadores de tragedias en lugar de epopeyas, porque estos nuevos
modos del arte resultaban más majestuosos y de mayor estima que los antiguos.
En cuanto a cuestionar si la tragedia es ahora todo
lo que debe ser en sus elementos formativos, considerar todo ello y decidirlo
teoréticamente y en relación a las representaciones, es un problema para otra
investigación.
Esta comenzó ciertamente mediante improvisaciones,
como también la comedia; la primera se originó con los autores de los
ditirambos, la otra con las canciones fálicas, que todavía perviven como
instituciones en algunas de nuestras ciudades. Y su avance desde entonces fue
lento, a través de su transformación y luego de superar etapas en cada paso.
Sólo después de una larga serie de cambios el movimiento de la tragedia se detuvo
al alcanzar su forma natural . 1) El número de actores fue primero aumentado a
dos por Esquilo, quien disminuyó la importancia del coro, e hizo que el
diálogo, o la parte hablada, asumiera la misión decisiva en el drama. 2) Un
tercer actor y la escenografía se debieron a Sófocles. 3) La tragedia adquirió
también su magnificencia. Descartó los relatos breves y el lenguaje chabacano,
que debía a su origen satírico, alcanzó, aunque sólo en un momento tardío de su
progreso, un tono de dignidad; su metro cambió, pues, del trocaico al yámbico.
La razón para su uso originario del tetrámetro trocaico yacía en que su poesía
era satírica y más relacionada con la danza que lo que sucede ahora. Empero,
tan pronto como se introdujo la parte hablada, la naturaleza misma encontró el
metro adecuado. El yámbico, según sabemos, es el más flexible de los metros,
como se muestra por el hecho de que muy a menudo caemos en él en el diálogo,
mientras que resulta raro que hablemos en hexámetros, y esto sólo cuando nos
separamos del tono hablado de la voz. 4) Otro cambio fue la pluralidad de
episodios o actos. En cuanto a los problemas restantes, los adornos
sobreagregados y el relato de su introducción, éstos deben ser aceptados según
se dijo, pues demandaría una tarea muy larga revisar los detalles.
CAPÍTULO V
Respecto a la comedia es (como se ha observado) una
imitación de los hombres peor de lo que son; peor, en efecto, no en cuanto a
algunas y cada tipo de faltas, sino sólo referente a una clase particular, lo
ridículo, que es una especie de lo feo. Lo ridículo puede ser definido acaso
como un error o deformidad que no produce dolor ni daño a otros; la mascara,
por ejemplo, que provoca risa, es algo feo y distorsionado, que no causa dolor.
Aunque los cambios sucesivos en la tragedia y sus
autores no son desconocidos, no podemos decir lo mismo de la comedia; sus
etapas primigenias pasaron inadvertidas, porque ella todavía no había sido
tomada en serio. Esto aconteció sólo en un momento posterior de su progreso
cuando un coro de comediantes fue oficialmente reconocido por el arconte; ellos
solían ser simples voluntarios. La comedia alcanzó ya ciertas formas definidas
cuando empezó el recuerdo de aquellos individuos llamados poetas cómicos. Quién
fue el que le proporcionó máscaras, o prólogos, o una pluralidad de actores y
otros elementos es algo que se desconoce. La fábula preparada, o trama, se
originó por cierto en Sicilia, con Epicarmo y Formis; de los poetas atenienses,
Crates fue el primero en eliminar la invectiva de la comedia, y creó argumentos
de naturaleza general y no personal, es decir, fábulas estudiadas o argumentos.
La epopeya coincide, pues, con la tragedia en este
contexto, la de ser una imitación de temas serios en un verso de gran vuelo.
Difiere de ella, no obstante, 1) en que se expresa en una clase dio verso y en
forma narrativa; y 2) por su extensión que se debe a su acción la cual no tiene
límite fijo en el tiempo, mientras que la tragedia se empeña en mantenerse en
cuanto es posible dentro de un ciclo solar, o cerca de esta medida. Esto,
insisto, es otro punto de diferencia entre ellas, aunque al principio la
práctica en este respecto fue justamente la misma tanto en las tragedias como
en las epopeyas. Ellas difieren también en sus elementos cons titutivos, pues
algunos son comunes a ambas y otros peculiares a la tragedia; de aquí que un
juez en una buena o mala tragedia es asimismo un juez en la epopeya. Todas las
partes de una epopeya se hallan incluidas en la tragedia; pero aquellas de la
tragedia no se encuentran todas en la épica.
CAPÍTULO VI
En tanto reservamos para una consideración posterior
la poesía y la comedia en hexámetros , proseguiremos ahora con la discusión de
la tragedia; antes de hacerlo, sin embargo, debemos resumir la definición
resultante de lo que se ha dicho. Una tragedia, en consecuencia, es la
imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí
misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las
diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración,
sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la
catarsis de tales emociones. Aquí, por “lenguaje enriquecido con adornos
artísticos" quiero decir con ritmo, armonía y música sobreagregados, y por
“adecuados a las diversas partes" significo que algunos de ellos se
producen, sólo por medio del verso, y otros a su vez con ayuda de las
canciones.
1. Ahora bien, puesto que los hombres representan
las acciones, se deduce en primer lugar que el espectáculo (o la aparición de
los actores en la escena) debe ser parte del todo, y en segundo término la
melodía y la dicción: estas dos son el medio de su imitación. Aquí por dicción
quiero decir sólo esto: la composición de los versos, y por melodía lo que se
entiende sin esfuerzo para requerir explicación. Pero hay más: el tema
representado también es una acción, y la acción requiere actores, los que deben
tener por necesidad sus cualidades distintivas tanto en el carácter como en el
pensamiento, puesto que es a partir de estos hechos que les asignamos ciertas
cualidades a sus acciones. Por consiguiente, hay en el orden general de las
cosas dos causas, el pensamiento y el carácter de sus acciones, y por tanto de
su éxito o fracaso en sus vidas. Así la acción (lo que fue hecho) se representa
en el drama por la fábula o la trama. La fábula, en nuestro presente sentido
del término, es simplemente esto: la combinación de los incidentes, o sucesos
acaecidos en la historia; mientras que el carácter es lo que nos incita a
adscribir ciertas cualidades morales a los protagonistas, y el pensamiento se
advierte en todo lo que ellos dicen cuando prueban un aspecto particular, o
quizás enuncian una verdad general. Hay, pues, en efecto, seis partes en cada tragedia,
en conjunto, esto es, de tal o cual cualidad: la fábula o trama, los
caracteres, la dicción o elocución, el pensamiento, el espectáculo, y la
melodía; dos de ellas surgen del medio, una de la manera, y tres de los objetos
de la imitación dramática. Y no hay nada más aparte de estas seis. De éstas,
elementos formativos por cierto, casi todos los dramaturgos han hecho debido
uso, ya que cada drama, se puede afirmar, admite el espectáculo, el
protagonista, la fábula, la dicción, la melodía y el pensamiento.
II. Lo más importante de las seis es la combinación
de los incidentes de la fábula. La tragedia es en esencia una imitación no de
las personas, sino de la acción y la vida, de la felicidad y la desdicha. Toda
felicidad humana o desdicha asume la forma de acción; el fin para el cual
vivimos es una especie de actividad, no una cualidad. El protagonista nos da
cualidades, pero es en nuestras acciones lo que hacemos donde somos felices o
lo contrario. En un drama, entonces, los personajes no actúan para representar
los caracteres; incluyen los caracteres en favor de la acción. De modo que es
la acción en ella, es decir, su fábula o trama la que constituye el fin o
propósito de la tragedia, y el fin es en todas partes lo principal. Aparte de
esto una tragedia es imposible sin acción, aunque puede haberla sin carácter.
Las tragedias de la mayoría de los autores actuales carecen de carácter, un
defecto común entre los poetas de todas clases, y con su contraparte en la
pintura, según el caso de Zeuxis comparado con Polignoto; pues mientras éste es
fuerte en carácter, la obra de Zeuxis carece de él. Y además, se puede
concordar una serie de discursos característicos de la más fina expresión
respecto a la dicción y el pensamiento, y sin embargo es fácil que fracasen en
producir el verdadero efecto trágico; no obstante se tendrá mucho mayor éxito
con una tragedia que por inferior que sea en estos aspectos, posea en ella una
trama y una combinación de incidentes. Y habría que agregar: los más poderosos
elementos de atracción en la tragedia, las peripecias y los reconocimientos,
son partes de la fábula. Una prueba más concluyente reside en que los
principiantes aciertan mucho antes con la dicción y los caracteres que con la
construcción de la trama, y lo mismo puede afirmarse de casi todos los
dramaturgos anteriores. Sostenemos, en consecuencia, que lo primero y esencial,
la vida y el alma por así decir, de la tragedia es la fábula, y que los
caracteres aparecen en segundo término. En efecto, hágase el paralelo con la
pintura, donde los más hermosos colores colocados sin orden no nos darán el
mismo placer que el simple esbozo en blanco y negro de un retrato. Subrayarnos
que la tragedia es ante todo una imitación de la acción, y que es sobre todo
por la acción que imita a los agentes actuantes. En tercer término aparece el
elemento del pensamiento, esto es, el poder de expresar lo que debe decirse, o
lo que es adecuado para la ocasión. Esto es lo que en los discursos de la
tragedia cae dentro del arte de la política y la retórica; pues los viejos
poetas hacen hablar a sus personajes como estadistas, y los modernos como
retóricos. No se debe confundir esto con el carácter. El carácter en un drama
es lo que revela el propósito moral de los protagonistas, es decir, la clase de
hecho que intentan evitar, donde el caso no es claro; de aquí que no haya lugar
para el carácter en un discurso sobre un tema por completo indiferente. El
pensamiento, por lo demás, se prueba en todo lo que dicen los personajes cuando
aceptan o rechazan algún aspecto particular o enuncian alguna proposición
universal. Cuarto entre los elementos literarios se halla la dicción de los
personajes, que como se ha explicado antes, es la expresión de sus pensamientos
en palabras, que resulta en la práctica lo mismo en el verso que en la prosa.
Respecto de las dos partes restantes, la melodía es el más elevado de los
adornos de la tragedia. El espectáculo, aunque una atracción, es lo menos
artístico de todas las partes, y tiene escasa relación con el arte de la
poesía. El efecto trágico es por completo posible sin una función pública y sin
actores, y además la puesta en escena del espectáculo es más un problema de la
técnica escenográfica que de los poetas.
CAPÍTULO VII
Después de haber distinguido las partes, ahora vamos
a considerar la construcción adecuada de la fábula o argumento, en cuanto ésta
es sin duda lo primero y lo más importante en la tragedia. Hemos establecido
que una tragedia es una imitación de una acción que es completa en sí misma,
como un todo de cierta magnitud; pues un todo puede carecer de magnitud para
hablar de él. Ahora bien, un todo es aquello que posee principio, medio y fin.
Un principio es aquello que necesariamente no adviene después de algo más, si
bien algo más existe o acontece después de esto. El fin, por el contrario, es
lo que naturalmente se deduce de algo más, ya como una consecuencia necesaria o
usual, y no es seguido por nada más. Una trama bien construida, por
consiguiente, no puede ora empezar o terminar en el punto que se desee; el
comienzo y el fin en esto deben ser de las formas justamente descritas. Así,
para ser bella una criatura viviente y cada todo compuesto de partes debe no
sólo presentar cierto ordenamiento en el arreglo de sus partes, sino también
poseer cierta definida magnitud. La belleza es un problema de tamaño y orden, y
por tanto imposible 1) en una criatura insignificante, dado que nuestra
percepción deviene indistinta cuando ella se aproxima instantáneamente; o 2) en
una criatura de gran tamaño digamos, mil estadios de largo ya que en
tal caso en lugar de ver el objeto al instante, la unidad y la totalidad de
éste se pierde para el observador. De la misma manera, entonces, así como un
todo bello hecho de partes, o una bella criatura viviente debe ser de
determinado tamaño, pero de un tamaño captable por el ojo, de igual modo una
trama o argumento tiene que poseer cierta extensión, si bien capaz de ser
aprehendida por la memoria. Respecto al límite de la extensión, en cuanto atañe
a las funciones públicas y a los espectadores, ésta no cae dentro de la teoría
de la poesía. Si se tuvieran que representar cien tragedias, éstas se medirían
por la clepsidra, según ha sucedido en algún tiempo. El límite, empero,
establecido por el actual estado de cosas es éste: cuanto más extensa es la
fábula, siempre que resulte coherente y comprensible como un todo, será tanto
más bella en razón de su magnitud. Según una fórmula común general, "una
extensión que permite al héroe pasar por una serie de probables o necesarias etapas
de la desdicha a la felicidad, o de la felicidad a la desdicha", puede
bastar como límite para la representación de la trama.
CAPÍTULO VIII
La unidad de la fábula no consiste, según algunos
suponen, en tener un hombre como un héroe, pues la vida de un mismo hombre
comprende un gran número, una infinidad de acontecimientos que no forman una
unidad, y de igual modo existen muchas acciones de un individuo que no pueden
reunirse para formar una acción. Se advierte, entonces, el error de todos los
poetas que han escrito una Heracleida, una Theseida o poemas semejantes; ellos
creen que, porque Heracles fue un hombre, la historia de Heracles debe ser una
historia. Homero, sin duda, entendió este aspecto muy bien, ya por arte o por
instinto, justamente debido a que excedió al resto en todos los detalles. Al
escribir la Odisea no permitió que el poema registrara todo lo que por cierto
le aconteció al héroe; por ejemplo, le sucedió ser herido en el Parnaso y
también fingirse loco en la época del llamado a las armas, pero ambos
incidentes no tenían ninguna conexión necesaria o probable entre sí. En lugar
de ello, tomó como tema de la Odisea, como también de la Ilíada, una acción con
la unidad del tipo que hemos descrito. La verdad es que así como en las otras
artes imitativas una imitación es siempre de una cosa, de igual modo en la
poesía la fábula, como imitación de la acción, debe representar una acción, un
todo completo, con sus diversos incidentes tan íntimamente relacionados que la
transposición o eliminación de cualquiera de ellos distorsiona o disloca el
conjunto. Por tal causa aquello que por su presencia o ausencia no provoca
ninguna diferencia perceptible no constituye ninguna parte real del todo.
CAPÍTULO IX
De lo que hemos dicho se desprende que la tarea del
poeta es describir no lo que ha acontecido, sino lo que podría haber ocurrido,
esto es, tanto lo que es posible como probable o necesario. La distinción entre
el historiador y el poeta no consiste en que uno escriba en prosa y el otro en
verso; se podrá trasladar al verso la obra de Herodoto, y ella seguiría siendo
una clase de historia. La diferencia reside en que uno relata lo que ha sucedido,
y el otro lo que podría haber acontecido. De aquí que la poesía sea más
filosófica y de mayor dignidad que la historia, puesto que sus afirmaciones son
más bien del tipo de las universales, mientras que las de la historia son
particulares. Por proposiciones universales hay que entender la clase de
afirmaciones y actos que cierto tipo de personas dirán o harán en una situación
dada, y tal es el fin de la poesía, aunque ésta fija nombres propios a los
caracteres. Los hechos particulares son, digamos, lo que Alcibíades hizo o lo
que le aconteció. En la comedia esto ya ha quedado claro, pues los poetas
cómicos construían sus fábulas a partir de acontecimientos probables, y luego
añadían algunos nombres según su capricho; ellos no escribían, como los poetas
yámbicos, sobre personas particulares. En la tragedia, sin embargo, se adherían
todavía a los nombres históricos, y por esta razón lo que convence es lo
posible. Mientras no podemos estar seguros de la posibilidad de algo que no ha
sucedido, lo que ha acontecido es desde luego posible, puesto que no habría
sucedido si ello no hubiera sido así. Sin embargo, aun en la tragedia hay
algunos dramas sólo con uno o dos nombres conocidos en ellos; el resto es
invención. Y existen algunos sin ningún nombre conocido, por ejemplo Anteo de
Agatón, en el cual tanto los incidentes como los nombres son creaciones del
poeta, y el drama no resulta por ello menos delicioso. Así pues, parece que no
debemos adherirnos con firmeza a los relatos tradicionales sobre los que se basan
las tragedias. Sería absurdo proceder de este modo, en efecto, aun cuando las
historias conocidas lo son sólo para unos pocos, si bien ellas son un deleite
para todos.
Según lo dicho antes resulta claro que el poeta debe
ser más el autor de sus fábulas o tramas que de sus versos, sobre todo porque
él es un poeta en virtud del elemento imitativo de su trabajo, y son acciones
las que imita. Y si adopta un tema de la historia real, no por eso es menos
poeta, ya que algunos acontecimientos históricos pueden muy bien estar en el
orden probable y posible de las cosas, y en ese sentido, por esos hechos él
resulta su poeta.
De las fábulas simples y de las acciones lo peor
resulta lo episódico. Llamo episódico a una cuando no existe ni probabilidad ni
necesidad en la secuencia de los episodios. Fábulas de esta clase son
construidas por malos poetas a causa de su incapacidad, y por buenos poetas por
culpa de los actores. Por realizar su obra para funciones públicas, un buen
poeta a menudo estruja una fábula más allá de sus aptitudes y se ve así
obligado a retorcer las secuencias de sus accidentes.
La tragedia, por consiguiente, es una imitación no
sólo de una acción completa, sino también de incidentes que provocan piedad y
temor. Tales incidentes tienen el máximo efecto sobre la mente cuando ocurren
de manera inesperada y al mismo tiempo se suceden unos a otros; entonces
resultan más maravillosos que si ellos acontecieran por sí mismos o por simple
casualidad. En efecto, hasta los hechos ocasionales parecen más asombrosos
cuando tienen la semejanza de haber sido realizados a designio; así, por
ejemplo, la estatua de Mitis en Argos mató al hombre que había causado la
muerte de aquél al caer sobre éste en una ceremonia. Hechos de tal tipo no
parecen sucesos casuales. Por eso las fábulas de esa clase resultan
necesariamente mejores que las otras.
CAPÍTULO X
Las fábulas son o simples o compuestas, puesto que
las acciones que representan obedecen naturalmente a esta doble descripción. A
la acción simple, que procede en la forma definida, como un todo continuo, la
llamo simple, cuando el cambio en la fortuna del héroe se realiza sin peripecia
ni reconocimiento; y compleja cuando ella encierra una u otra de estas
desventuras, o ambas. Estas acciones deben surgir de la estructura de la fábula
misma, de manera que resultan ser la consecuencia, necesaria o probable de los
antecedentes. Existe una gran diferencia entre algo que acontece a causa de
esto y después de esto.
CAPÍTULO XI
Como se ha observado la peripecia es un cambio de un
estado de cosas a su opuesto, el cual concuerda, según ya dije, con la
probabilidad o necesidad de los acontecimientos. Por ejemplo, en Edipo: aquí el
cambio lo produce el mensajero, quien al pretender alegrar a Edipo y eliminar
sus temores respecto de su madre, revela el secreto de su nacimiento. Y en
Linceo, justamente cuando éste es conducido para ser ejecutado, con Danao a su
lado, que ha de hacer cumplir la sentencia, los incidentes que preceden al
hecho se modifican al punto que el primero es salvado y Danao ajusticiado. El
reconocimiento es, como la misma palabra indica un cambio de la ignorancia al
conocimiento, y así lleva al amor o al odio en los personajes signados por la
buena o la mala fortuna. La forma más refinada de reconocimiento es la que se
logra mediante las peripecias, como aquellas que se producen en Edipo. Hay, por
supuesto, otras formas; lo que hemos dicho puede suceder en cierta manera con
referencia a objetos inanimados, aun cosas de tipo casual, y es también posible
el reconocimiento si alguien ha hecho o no ha hecho algo. Pero la forma más
directamente relacionada con la fábula y la acción del drama es la mencionada
en primer término. Esta, junto con la peripecia, suscitará ora piedad o temor,
que son las acciones que la tragedia está preparada para representar, y que
servirán asimismo para provocar el fin feliz o desdichado. El reconocimiento,
en tal caso, por tratarse de personas, puede ser sólo la de una parte a la
otra, pues la segunda ya es conocida, o bien las partes quizá tengan que
descubrirse. Ifigenia, por ejemplo, fue descubierta por Orestes mediante el
envío de la carta; y otro reconocimiento se requirió para que Ifigenia lo
reconociera a él.
Dos partes de la fábula, entonces, la peripecia y el
reconocimiento representan tales incidentes como éstos. Una tercera parte es el
sufrimiento, que podemos definir como una acción de naturaleza destructiva o
patética, así los asesinatos en la escena, torturas, heridas, etc. Las otras
dos ya han sido explicadas.
CAPÍTULO XII
Las partes de la tragedia que han de tratarse como
elementos formativos en conjunto se mencionaron en un capítulo previo. Empero,
desde el punto de vista de su cantidad, es decir, las secciones separadas
dentro de las cuales se divide, una tragedia posee las siguientes partes:
prólogo, episodio, éxodo y una canción coral, dividida en párodo, y estásimo;
estas dos son comunes a todas las tragedias, mientras que las canciones de la
escena y los commoi sólo se encuentran en algunas. El prólogo es todo lo que
precede al párodo del coro; un episodio es todo lo que entra entre dos
canciones corales completas; el éxodo, todo lo que sigue después de la última
canción coral. En las secciones corales del párodo se halla la primera
expresión total del coro, y un estásimo es una canción coral sin anapestos o
tróqueos. Un commos es un pasaje de lamentos en el que tanto el coro como los
actores toman parte. Ya hemos mencionado las partes de la tragedia usadas en
conjunto como elementos formativos; las previamente citadas son sus partes
desde el punto de vista de su cantidad, o las secciones separadas en que se
divide.
CAPÍTULO XIII
Los próximos puntos, después de lo que hemos dicho
antes, son éstos: ¿A qué debe apuntar el poeta y qué debe evitar al construir
sus fábulas? ¿Y cuáles son las condiciones de que depende el efecto trágico?
Comprendemos que para la forma más bella de tragedia
la fábula no debe ser simple sino compleja, y que además debe imitar acciones
que provoquen temor y piedad, puesto que ésta es la función distintiva de esta
clase de imitación. Se deduce, en consecuencia, que existen tres formas de
fábulas que deben evitarse: 1) Un hombre excelente no debe aparecer pasando de
la felicidad a la desdicha, o 2) un hombre malo, de la desdicha a la felicidad.
La primera situación no es piadosa ni inspiradora de temor, sino simplemente
nos es odiosa. La segunda es la menos trágica que puede presentarse; no tiene
ninguno de los requisitos de la tragedia. No apela ni a los sentimientos
humanos en nosotros ni a nuestra piedad ni a nuestro temor. Por otra parte,
tampoco debe 3) un hombre malo en extremo deslizarse de la felicidad a la
miseria. Tal historia puede suscitar el sentimiento humano en nosotros, aunque
no nos conducirá ni a la piedad ni al temor; la piedad es ocasionada por una
desgracia inmerecida, y el temor por algo acaecido a hombres semejantes a
nosotros mismos, de modo que no habría en la situación nada piadoso ni
inspirador de temor. Queda, pues, una clase intermedia de personaje, un hombre
no virtuoso en extremo, ni justo cuya desdicha se ha abatido sobre él no por el
vicio ni la depravación sino por algún error de juicio, como es el caso de
quienes gozan de gran reputación y prosperidad, por ejemplo, Edipo, Tiestes, y
los hombres de prestigio en familias ilustres. La fábula perfecta, por tanto,
debe poseer un interés simple no doble (como algunos nos dicen); el cambio en
la fortuna del héroe no ha de ser de la miseria a la felicidad, sino, al
contrario, de la felicidad a la desdicha; y la causa de esta transformación no
ha de residir en ninguna depravación, sino en algún gran error de su parte, mas
el hombre mismo ha de ser tal como lo hemos descrito, o mejor, no peor que tal
ejemplo. También el hecho confirma nuestra teoría. Aunque los poetas empezaron
por aceptar cualquier historia trágica que les vino a la mente, en estos días
las tragedias más bellas son siempre aquellas sobre reducidas casas ilustres,
como las de Alcrneón, Edipo, Orestes, Meleagro, Tiestes, Telefo, o algunos
otros que pueden haberse involucrado, ya como personajes o víctimas en
determinados sucesos de horror. Teoréticamente entonces, la mejor tragedia
posee una trama de esta descripción. Sin embargo, los críticos se equivocan
cuando acusan a Eurípides por aceptar esta línea en sus tragedias, y dar a
muchas de ellas un fin desdichado. Esta es, según hemos afirmado, la tendencia
correcta que ha de seguirse. La mejor prueba es ésta: en la escena y en las
competencias públicas tales dramas, trabajados con esmero, se ven como los más
verdaderamente trágicos; y Eurípides, aunque su ejecución fracase en otros
aspectos, es considerado no obstante como el mejor de los dramaturgos trágicos.
Después de estas consideraciones debemos hablar de la construcción de la
fábula, que algunos colocan en primer término, la que puede tener una doble
historia (como la Odisea) y un resultado opuesto para los personajes buenos o
malos. Se la considera la mejor sólo en razón del escaso gusto del auditorio;
los poetas simplemente siguen a su público y escriben según su dictado. Pero
aquí el placer no es el que provoca la tragedia. Pertenece más bien a la
comedia, donde los enemigos más enconados en la pieza (por ejemplo Orestes y
Egisto) se convierten al fin en buenos amigos, y nadie mata a nadie.
CAPÍTULO XIV
El temor trágico y la piedad pueden ser provocados
por el espectáculo; pero también pueden surgir de la misma estructura y los
incidentes del drama, que es el mejor camino y muestra al mejor poeta. La
fábula debe ser pues tan bien ordenada, que aún sin ver lo que acontece, quien
sólo oye el relato ha de sentirse lleno de horror y piedad ante los incidentes,
que es por cierto el efecto que el simple recitado de la historia de Edipo
produce en el oyente. Provocar este mismo efecto por medio del espectáculo es
menos artístico y requiere la ayuda escenográfica. Sin embargo, aquellos que
utilizan el espectáculo para colocar delante de nosotros lo que es simplemente
monstruoso y que no produce temor, desconocen por completo el sentido de la
tragedia; no se debe exigir de la tragedia cualquier clase de placer, sino sólo
su propio placer.
El placer trágico es el de la piedad y el temor, y
el poeta debe producirlo mediante una tarea de imitación; es claro, en
consecuencia, que las causas deben ser incluidas en los incidentes de la
historia. Veamos entonces qué clase de incidentes nos conmueven como horribles,
más que como piadosos. En un acontecimiento de este tipo las partes deben por
necesidad ser o amigos o enemigos, o bien indiferentes entre sí. Ahora bien,
cuando un enemigo ataca a su enemigo nada hay en ellos que nos lleve a la
piedad en el hecho o en su meditación, excepto en la medida que concierne al
dolor real del que sufre, y lo mismo es verdadero cuando las partes son
indiferentes. No obstante, cuando el hecho trágico se produce dentro de la
familia, es decir, cuando el asesinato o el daño es premeditado por el hermano
contra el hermano, por el hijo contra el padre, por la madre contra el hijo, o
el hijo contra la madre, tales son las situaciones que el poeta debe buscar.
Las historias tradicionales deben conservarse como son, por ejemplo, el
asesinato de Clitemnestra por Orestes y de Erifila por Alcmeón. Al mismo tiempo
aún dentro de estos acontecimientos, algo le queda al poeta mismo; él debe
idear la manera correcta de tratar los hechos. Expliquemos más claramente lo
que significamos por “la manera correcta". El hecho horroroso puede ser
realizado por el agente con conocimiento y con conciencia, como en los viejos
poetas y el asesinato de los hijos por Medea en Eurípides. O puede hacerlo,
pero con ignorancia de su relación, y descubrirlo después, como le sucede a Edipo
en Sófocles. Aquí el hecho está fuera del drama, pero puede quedar dentro de
él, como el acto de Alcmeón en Astidamas o el de Telégono en Ulises herido. Una
tercera posibilidad es la del que medita una injuria mortal contra otro en
ignorancia de su relación, pero que logra hacer el reconocimiento para
detenerse a tiempo. Lo dicho agota las posibilidades, puesto que el hecho
necesariamente debe ser realizado o evitado a sabiendas o por ignorancia.
La peor situación se presenta cuando el personaje
está a punto de cometer el hecho con todo conocimiento y desiste de él. Resulta
desconcertante y asimismo nada trágico (por la ausencia de sufrimiento); de
aquí que nadie actúa de tal manera, excepto en pocos casos, por ejemplo Hemón y
Creón en Antígona. Después de esto se produce la real perpetración del suceso
meditado. Una situación mejor que ésta, sin embargo, es que el hecho se cometa
con ignorancia y la relación sea descubierta después, ya que no hay nada
desagradable en ello, y el reconocimiento ha de servir para asombrarnos. Pero
lo mejor de todo es lo último; es lo que tenemos en Cresfontes, por ejemplo,
cuando Meropea, a punto de matar a su hijo lo reconoce a tiempo; en Ifigenia,
cuando la hermana y el hermano se hallan en una situación parecida, y en Hella,
en el instante en que el hijo reconoce a su madre cuando está a punto de
entregarla al enemigo.
Esto explicará por qué nuestras tragedias están
restringidas (según acabamos de decir) a tan escaso número de familias. Fue lo
accidental más que el arte lo que llevó a los poetas a la búsqueda de temas
para encuadrar esta clase de incidentes en sus fábulas. Ellos se encuentran
todavía obligados a recurrir, pues, a las familias en las que ocurrieron estas
desgracias.
Sobre la construcción de la fábula y la clase de
fábula requerida ya se ha dicho demasiado.
CAPÍTULO XV
En cuanto a los caracteres existen cuatro puntos que
hay que mencionar. Primero, y sobre todo, que deben ser buenos. Habrá carácter
en un drama si (como se ha observado) lo que el personaje dice o realiza revela
cierto designio moral, y un buen carácter si el propósito así revelado es
bueno. Puede haber bondad en toda clase de personajes, hasta en una mujer o un
esclavo, aunque la primera es quizás inferior y el otro un ser totalmente sin valor.
El segundo punto es la adecuación. El carácter ante nosotros debe ser, digamos,
viril; pero no es apropiado en el carácter de una mujer ser viril o
inteligente. El tercer punto es que sea semejante a la realidad, que no es lo
mismo que ser bueno o apropiado, según nuestro sentido del término. En cuarto
lugar, el carácter debe ser coherente y el mismo siempre; aun si la
inconsistencia fuera parte del hombre ante nosotros para la imitación y
presentara esa forma de carácter, debe ser pintado como coherentemente
incoherente. Tenemos un ejemplo de innecesaria bajeza de carácter en el Menelao
de Orestes; de incongruencia e inadecuación en la lamentación de Ulises en
Escilla, y en el inteligente discurso de Melanipa; y de incoherencia en
Ifigenia en Aulide, pues Ifigenia como suplicante es por completo diferente de
lo que será más tarde. Lo correcto, por tanto, en los caracteres así como en
los incidentes del drama es buscar siempre lo necesario o lo probable; de modo
que cuando tal personaje diga o haga tal cosa, sea la necesaria o probable
consecuencia de su carácter. A partir de esto se advierte (para formular una
digresión) que el desenlace también debe surgir de la fábula misma, y no
depender de un artificio de la escena, como en Medea, o en el episodio del
embarque (detenido) de los griegos en la Ilíada. El artificio [deus ex machina]
debe reservarse para problemas fuera del drama para acontecimientos pasados más
allá del conocimiento humano, o sucesos aún por producirse, que requieren ser
intuidos o anunciados, puesto que es privilegio de los dioses conocer de
antemano. Entre los incidentes reales nada debe ser inexplicable, y si lo fuera
debe quedar excluido de la tragedia, como en Edipo de Sófocles. Pero retornemos
a los caracteres. Como la tragedia es una imitación de personajes mejores que
el término medio de los hombres, nosotros debemos seguir el ejemplo de los
buenos pintores de retratos que reproducen los rasgos distintivos de un hombre,
y al mismo tiempo, sin perder la semejanza, pintarlos mejores que lo que son.
De igual modo el poeta, al representar a los hombres rápidos o lentos en su
ira, o con similar debilidad de carácter, deben saber cómo dibujarlos como
tales, y a la vez como hombres excelentes, según Agatón y Homero han
representado a Aquiles.
Todas estas normas deben conservarse siempre en la
mente, como asimismo aquellas destinadas a los efectos en la escena, las que
dependen directamente del arte del poeta, desde que también en éstas se pueden
a menudo cometer errores. Sin embargo, ya hemos dicho demasiado sobre el tema
en nuestros escritos publicados.
CAPÍTULO XVI
El reconocimiento en general ya ha sido explicado.
En cuanto a las clases de reconocimiento, el primero se advierte por ser el
menos artístico, del cual los poetas hacen mucho uso por falta de invención; es
el descubrimiento por signos o señales. De estos signos algunos son congénitos,
“como la lanza que llevan sobre ellos los hijos de la tierra", o la
"estrella", tal la que Carcino exhibe en su Tiestes; otros signos son
adquiridos después del nacimiento, estos últimos son bien, marcas en el cuerpo,
por ejemplo, cicatrices, o señales externas, como collares, o (para citar otro
ejemplo) el arca en el reconocimiento según el drama Tiro. Estos signos,
empero, admiten dos usos, uno mejor y otro peor; la cicatriz de Ulises es un
ejemplo; el reconocimiento de él a través del signo se realiza en una forma por
la nodriza, y en otra por los porquerizos. Un reconocimiento que emplea signos
como medio de seguridad es menos artístico, pues en verdad lo son todos los que
apelan a la reflexión; mientras que aquel que produce un reconocimiento
repentino, como la escena del baño, resultan mejores. Aparte de éstos tenemos
los descubrimientos realizados directamen te por el poeta, que son inartísticos
por esa misma causa. Así, en Ifigenia el reconocimiento de Orestes por sí
mismo, en tanto que su hermana revela quién es por una carta; Orestes dice por
sí lo que el poeta quiere, más bien que lo que la fábula demanda. Esto, en
consecuencia, no se aleja de la falta antes mencionada, pues Orestes pudo haber
presentado también cierta seña.
Otro ejemplo es la "voz de la lanzadera"
en el Tereo de Sófocles. Una tercera clase es el reconocimiento a través de la
memoria, que despierta la conciencia de un hombre por algo visto.
Así en el drama Los Ciprios de Diciógenes la visión
del cuadro lleva al hombre a estallar en lágrimas, y en el Apólogo de Alcino,
Ulises al oír la cítara recuerda el pasado y también llora. Una cuarta clase de
reconocimiento se produce a través del razonamiento, por ejemplo en Las
coéforas: "Alguien que se me parece está aquí; no existe otro como yo,
excepto Orestes; por tanto, él debe estar aquí". Otro ejemplo es el que el
sofista Poleidos sugiere para Ifigenia, pues es probable que si su hermana fue
sacrificada, su destino debe ser el mismo. O el episodio del Tideo de
Teodectes: "Yo vine a buscar un hijo, y yo mismo he de morir." O
también en Las Finidas: al ver el lugar ( la mujer infirió su destino, es
decir, que morirían allí, desde que se trataba del lugar en que habían sido
expuestas al nacer. Existe, asimismo un reconocimiento incorrecto que surge de
un razonamiento erróneo de parte del público. Un ejemplo de ello se advierte en
Ulises, el falso mensajero: él asegura que reconocería el arco, que no ha
visto. El mejor de los reconocimientos, empero, es aquel que surge de los
incidentes mismos, cuando la gran sorpresa aparece a través de un hecho
probable, como es el caso en Edipo de Sófocles, y también en Ifigenia, pues es
muy probable que ella quisiera enviar una carta a su hogar. Estos últimos son
los únicos reconocimientos independientes del artificio de los signos y
collares. Los mejores después de éstos son los reconocimientos que dependen del
raciocinio.
CAPÍTULO XVII
En el momento de construir sus fábulas y determinar
la elocución en que han de quedar enmarcadas, el poeta debe recordar tener ante
sus ojos, en cuanto sea posible, las verdaderas escenas. De este modo, al
observar cada cosa con tal vivacidad como si fuera un testigo ocular, podrá
crear lo que es adecuado y estará menos expuesto a subestimar las
incoherencias. Esto muestra por qué fue censurado en Carcino que hiciese salir
del templo a Amfiarao; el hecho habría pasado inadvertido si no hubiera sido
observado por el auditorio. En la escena el drama fracasó, pues la
incongruencia del incidente ofendió a los espectadores. Hasta donde es posible
también el poeta debe representar ( su historia con los mismos gestos de sus
personajes. Dadas las mismas condiciones naturales quien siente las emociones
que deben ser descritas, será el más convincente; el dolor y el temor, por
ejemplo, se pintan con mayor fuerza por quien las experimenta en ese momento.
De aquí que tal poesía demanda un hombre con especial aptitud para ello, o bien
alguien que se sienta tocado por la locura; el primero puede fácilmente asumir
el estado de ánimo adecuado, y el último es posible que se halle realmente
poseído por el delirio poético. Su fábula, pues, bien ya preparada o de su
propia invención, debe ser primero simplificada y reducida a una forma
universal, antes de proceder a ampliarla mediante la inserción de los
episodios. Lo siguiente mostrará cómo el elemento universal en Ifigenia, por
ejemplo, puede ser considerado: Cierta doncella, ofrecida en sacrificio, y
misteriosamente desaparecida de la vista de los sacrificantes, es trasladada a
otra tierra, donde la costumbre era inmolar a todos los extranjeros ante la
divinidad, es allí convertida en la sacerdotisa de este rito. Mucho después de
este hecho el hermano de la sacerdotisa logra llegar al lugar; sucede, sin
embargo que el oráculo, por determinadas razones, le ha rogado ir hasta allí y
la finalidad de su traslado queda fuera de la fábula del drama. Al llegar, él
fue arrestado y estuvo a punto de ser sacrificado, hasta que revela su
identidad, ya como lo dice Eurípides o (según lo sugiere Poleido) por la
natural exclamación: "Así yo también estoy condenado a ser sacrificado
como lo fue mi hermana", y esta confesión lo salva. Cumplida esta etapa,
luego de haber fijado los nombres propios como base de la fábula, es necesario
intercalar los episodios o incidentes accesorios. Se debe pensar, por supuesto,
que los episodios han de ser adecuados, como el ataque de locura de Orestes,
que provocó su arresto, y la purificación que determinó su salvación. En los
dramas, pues, los episodios son cortos; en la épica sirven para extender el
poema. El argumento de la Odisea no es largo. Un hombre se ve alejado de su
hogar durante muchos años. Poseidón lo cuida con ojo vigilante, pero él está
por completo solo. En el hogar las cosas han llegado al extremo de que su
riqueza ha sido despilfarrada y la muerte de su hijo es tramada por los
pretendientes de su mujer. Después de muchas aventuras y sufrimientos consigue
regresar; se revela y cae sobre sus enemigos, y el fin es su salvación y la
destrucción de aquéllos. Esto es lo adecuado en la Odisea; todo lo demás en
ella es episódico.
CAPÍTULO XVIII
Hay, además, otro punto que debe tenerse presente.
Cada tragedia es, en parte, complicación y, en parte, desenlace; los incidentes
antes de la escena inicial, y a menudo también algunos de aquellos dentro del
drama, forman la complicación, y el resto es el desenlace. Por complicación
significo todo desde el comienzo de la fábula hasta el instante justamente
antes de] cambio en la fortuna de] héroe; por desenlace, todo desde el comienzo
de¡ cambio hasta el fin. En Linceo de Teodectes por ejemplo, la complicación
incluye, junto con los supuestos incidentes, el rapto del niño y a su vez el de
los padres, y el desenlace, todo desde el proceso del asesino hasta el fin.
Ahora bien, si se habla con propiedad, las tragedias deben clasificarse como
similares o diferentes, según sus fábulas, es decir, de acuerdo con su
semejanza en la complicación y en el desenlace. Sin embargo, hay dramaturgos
que después de una buena complicación fracasan en el desenlace. Lo que se
requiere es una completa maestría en ambas técnicas. Existen cuatro clases
distintas de tragedia, que es el número de las partes constitutivas que ya he
mencionado. Primera, la tragedia compleja, donde todo es peripecia y
reconocimiento; segunda, la tragedia patética por ejemplo, los diversos dramas
sobre Ajax e Ixión; tercera, la tragedia de carácter, como Ftiótides y Peleo, y
cuarta, la tragedia espectacular, ejemplificada por las Fórcides, Prometeo, y
todos los dramas ubicados en el Hades. El designio del poeta debe ser en
consecuencia combinar todo elemento de interés, si es posible, o bien los más
importantes y la mayor parte de ellos. Esto es ahora necesario en especial
debido a la injusta crítica a que el poeta se ve sometido en nuestros días.
Justamente porque ha habido antes que él poetas de gran estro en diversas
especies de tragedias, los críticos esperan ahora que un hombre supere lo que
fue el punto fuerte de cada uno de sus predecesores. Se debería recordar
también lo que se ha dicho más de una vez, y no escribir una tragedia con una
estructura épica (es decir, con una pluralidad de fábulas en ella) e intentando
dramatizar, por ejemplo, toda la historia de la Ilíada. En la épica, debido a
su extensión, cada parte se trata según su propia longitud. En el drama, sin
embargo, sobre la misma historia el resultado es muy decepcionante. Esto se
comprende por el hecho de que todo el que ha dramatizado la caída de Troya en
su totalidad, y no parte por parte, como Eurípides, o toda la historia de
Niobe, en vez de un fragmento, como Esquilo, o fracasó por completo o ha
logrado un éxito muy pobre en la escena, y sólo por esto y nada más que por
esto un drama de Agatón fue condenado a la ruina. Sin embargo en sus
peripecias, como también en sus simples fábulas estos poetas muestran un
magnífico talento al apuntar a la clase de efecto que ellos desean, es decir,
algo que es trágico y suscita el sentimiento humano en nosotros, como el
villano inteligente (Sísifo, por ejemplo) engañado, y el malvado valiente,
vencido. Esto es probable, empero, en el sentido de Agatón cuando habla de la
probabilidad de las improbabilidades que suelen ocurrir. El coro también ha de
ser considerado como uno de los actores; debe ser una parte integral del todo,
y participar en la acción, lo que acontece más en Sófocles que en Eurípides.
Con los poetas tardíos, en efecto, las canciones en sus dramas no tienen más
relación con la fábula que cualquier otra tragedia. De aquí que tales canciones
no sean más que interludios corales, una práctica que introdujo Agatón por
primera vez. Pero, ¿qué diferencia real hay entre el canto de tales canciones
interpoladas e intentar adaptar un discurso, o aun un acto completo, de un
drama a otro?
CAPÍTULO XIX
Después de haber discutido la fábula y los
caracteres, queda por considerar la dicción y el pensamiento. Respecto al
pensamiento podemos asumir lo que se ha dicho de él en nuestro tratado de la
Retórica, pues aquél pertenece más bien a este sector de la investigación. El
pensamiento incluye todos los efectos que deben ser producidos por medio del
lenguaje; entre éstos están la prueba o la refutación, la exaltación de la
emoción (piedad, temor, ira, etc.) o aumentar o disminuir los hechos. Es claro
también que en la acción del drama deben ser observados los mismos principios,
ya sea necesario producir efectos de piedad o terror, o de grandeza o
probabilidad. La única diferencia es que con el acto la impresión debe ser
provocada sin explicación; mientras que con la palabra hablada tiene que ser
producida por el hablante, y resulta de su lenguaje. ¿Cuál sería, en
consecuencia, la ventaja del hablante si todo apareciera a la debida luz fuera
de su intervención? Respecto a la dicción, un tema de estudio lo constituyen
las diversas formas de expresión, cuyo entendimiento corresponde al arte de la
elocución y es necesario a los estudiosos de este arte, es decir, la diferencia
entre orden y ruego, simple afirmación y amenaza, pregunta y respuesta, etc. Si
el poeta conoce estas cosas o no las conoce, su arte como poeta no es nunca
seriamente criticado por ese motivo. ¿Qué falta puede observarse en el verso de
Homero, "¡Canta, oh diosa, la cólera!"?, que Protágoras ha censurado
como una orden, donde se impone un ruego, pues rogar a alguien que haga algo o
no lo haga, según nos dice, es una orden. Dejemos esto de lado, entonces, como
perteneciente a otro arte, y no al de la poesía.
CAPÍTULO XX
La dicción, considerada como un todo, se forma de
las siguientes partes: las letras (o últimos elementos), la sílaba, la
conjunción, el artículo, el nombre, el verbo, el caso y el discurso. La letra
es un sonido indivisible de una clase particular, que puede convertirse en
factor en un sonido inteligible. Los sonidos indivisibles son emitidos también
por los animales, pero ninguno de éstos es una letra en nuestro sentido del
término. Estos sonidos elementales son ora vocales, semivocales o mudos. Una
vocal es una letra que tiene un sonido audible sin adición de otra letra. Una
semivocal posee un sonido audible mediante la adición de otra letra; por
ejemplo, S y R. Muda es la que no tiene sonido por sí misma, pero se torna
audible cuando se combina con letras que poseen sonido; ejemplos son G y D. Las
letras difieren en sonido de acuerdo con la forma de la boca y los lugares
donde se producen, según sean aspiradas o no aspiradas, o largas, breves o de
variable cantidad, y además según tengan acento agudo, grave y circunflejo. Los
detalles de estos problemas debemos dejarlos a la métrica. La sílaba es un
sonido compuesto no significativo, formado por una muda y una letra que tiene
sonido (vocal o semivocal); así GR, sin A, es tanto una sílaba como GRA, con A.
Las diversas formas de la sílaba pertenecen también a la teoría métrica. Una
conjunción es un sonido no significante que cuando forma con otro un sonido
significante, ni impide, ni lleva a la producción de una sola emisión
significante a partir de la combinación de los diversos sonidos, y que si el
discurso así integrado permanece separado (aparte de otros discursos), no debe
insertarse al comienzo de éste; por ejemplo mén, deé, toi, dé. [21] O bien es
un sonido no significante capaz de combinar dos o más sonidos significantes en
uno; por ejemplo, anphí, perí, etc. El artículo es un sonido no significante
que marca el comienzo, el fin o el punto de división de un discurso, y su lugar
natural es ora en las extremidades ora en el medio. El nombre es un sonido
compuesto, significante, que no encierra la idea de tiempo, con partes que no
tienen ningún significado por sí mismas en él. Debe recordarse que en un
compuesto no pensamos, en las partes como si tuvieran un significado por sí
mismas en él; en el nombre "teodoro", por ejemplo, doron no significa
nada para nosotros. El verbo es un sonido compuesto significante que involucra
la idea de tiempo, con partes que (como en el nombre) no tienen significado por
sí mismas en él. Mientras la palabra "hombre" o "blanco" no
implica cuándo, "camina" y "ha caminado" encierran además
de la idea de caminar, la de tiempo presente o pasado. El caso de un nombre o
un verbo indica la relación "de" o "a" ante una cosa, etc.,
o si se refiere a uno o a muchos (por ejemplo "hombre" u
"hombres"); o puede consistir simplemente en el modo de expresión,
esto es, pregunta, orden, etc. "¿Caminaba?" y “¡Camine!" son
casos del verbo según esta distinción. El discurso es un sonido compuesto,
significante, algunas de cuyas partes tienen cierto significado por sí mismas.
Observemos que un discurso no siempre se constituye mediante un nombre y un
verbo; puede existir sin verbo, como la definición de hombre; pero siempre
tendrá alguna fracción con significado propio. En la frase "Cleón
camina", "Cleón" es un ejemplo de tal parte. Se dice que un
discurso es uno en dos formas, ora como significando una cosa, o bien como
unión de diversos discursos convertidos en uno mediante un nexo apropiado. Así
la unidad de la Ilíada es una por la vinculación de sus partes, y la definición
de hombre lo es por designar una sola cosa.
CAPÍTULO XXI
Los nombres pueden clasificarse como simples, por lo
que significo aquellos constituidos de elementos que individualmente no tienen
sentido, como tierra, o como dobles o compuestos. En este último caso la
palabra puede estar compuesta bien de una parte significativa o no
significativa (distinción que desaparece en el compuesto); o de dos partes
significantes. Puede haber también nombres triples, cuádruples y aun mayores,
como sucede entre los masaliotas; tal la palabra "hermocaicoxanthus"
y otras.
Cualquiera sea su estructura un nombre debe siempre
ser: la palabra común para una cosa, una palabra extraña, una metáfora, una
palabra de ornato, acunada, alargada, abreviada o alterada en su forma. Por
palabra común significo que es de uso general en una región, y por la palabra
extraña, la que se emplea en otro pueblo. De este modo la misma palabra puede
obviamente ser a la vez común y extraña, aunque no con referencia al mismo
pueblo; por ejemplo, sígunon (lanza) es una palabra común en Chipre y extraña
para nosotros. La metáfora consiste en dar a un objeto un nombre que pertenece
a algún otro; la transferencia puede ser del género a la especie, de la especie
al género, o de una especie a otra, o puede ser un problema de analogía. Como
ejemplo de transferencia del género a la especie digo: "Aquí yace mi
barco", pues yacer en el ancla es la permanencia de una clase de cosa. Transferencia
de la especie al género la tenemos en: "Ulises ha realizado ciertamente
diez mil nobles hazañas", pues "diez mil", que es un número muy
grande, se usa aquí en lugar de la palabra "muchas". La transferencia
de una especie a otra se ve en: “Tronchando la vida con el bronce" o
"Separando con el inflexible bronce"; aquí se usa “quitar" en el
sentido de "separar" y "separar" en lugar de
"quitar" y ambas palabras significan “arrebatar" o
"eliminar" algo.
Explico la metáfora por analogía como lo que puede
acontecer cuando de cuatro cosas la segunda permanece en la misma relación
respecto a la primera como la cuarta a la tercera; entonces se puede hablar de
la cuarta en lugar de la segunda, y de la segunda en vez de la cuarta. Y a
veces es posible agregar a la metáfora una calificación adecuada al término que
ha sido reemplazado. Así, por ejemplo, una copa se halla en relación a Dionisio
como un escudo respecto a Ares, y se puede, en consecuencia, llamar a la copa
escudo de Dionisio y al escudo copa de Ares. 0 también, la vejez es a la vida
como la tarde al día, y así designar a la tarde como la vejez del día, según el
equivalente de Empédocles, es decir, la vejez es la "tarde" o
"la puesta del sol de la vida". En algunos casos no hay nombre para
algunos de los términos de la analogía, pero la metáfora puede usarse de igual
modo. Por ejemplo, arrojar la semilla se llama sembrar, pero no hay palabra
para el despliegue solar de sus rayos; sin embargo, este acto permanece en la
misma relación ante la luz del sol que la siembra frente al cereal, y de aquí
la expresión del poeta "sembrando alrededor la llama creada por
dios". Existe también otra forma de emplear metáforas. Si se ha dado a la
cosa un nombre extraño, se puede mediante una adición negativa negarle uno de
los atributos naturalmente asociados con su nuevo nombre. Un ejemplo de esto
sería llamar al escudo no la “copa de Ares", como en el caso anterior,
sino una "copa que no contiene vino...”. Una palabra acuñada es un nombre
que, desconocido por el pueblo, es inventada por el poeta mismo. Hay palabras
de esta clase, como érnuges para cuernos, y aretér para sacerdote. Se dice que
una palabra se alarga cuando ella tiene una vocal corta que se modifica o se le
inserta una sílaba extra; por ejemplo, póleeos, por poléoos y Peleniádeoo por
Peleídou. Se dice que la palabra se abrevia cuando pierde una parte, como kri,
doo, y ops en mía ginetai amphotéroon ops (una mirada es producida por ambos
ojos). Una palabra es alterada cuando una parte es dejada tal cual era y otra parte
es invención del poeta: dexiterón usada por dexión, en dexiterón katá maxón
(sobre el pecho derecho).
Los nombres mismos, a cualquier clase que
pertenezcan, son masculinos, femeninos o neutros. Todos los que terminan en ni
(n), rho (r), sigma (s), o en las dos compuestas de ésta, psi y xi son
masculinos. Todos los que terminan en las vocales invariablemente largas, eta y
omega y en alfa son femeninos. Así hay un número igual de terminaciones
masculinas y femeninas, porque psi y xi son equivalentes a sigma (s). No hay en
cambio ningún nombre en muda o en una cualquiera de las dos vocales breves,
epsilón (e larga) y omicrón (o). Sólo tres (méli, kómmi, péperi, miel, goma,
pimienta) terminan en iota (i), y cinco terminan en upsilón (u). Los nombres
neutros terminan en las vocales variables o en ni (n), rho (r) y sigma (s).
CAPÍTULO XXII
La perfección de la dicción consiste a la vez en ser
clara sin ser prosaica. Lo más claro sin embargo, es lo que está constituido
por palabras corrientes, pero esto resulta un lugar común, como se observa en
la poesía de Cleofón y Esténelo. Por otra parte la dicción deviene distinguida
y fuera del nivel cotidiano mediante el uso de términos dignos, esto es,
palabras extrañas, metáforas, formas alargadas y todo lo que desvía de los
modos vulgares del discurso. No obstante, el empleo exclusivo de tales términos
resultará ora un enigma ora un barbarismo: un enigma, si se abusa de las
metáforas, un barbarismo, si se apela a palabras extrañas. La esencia misma del
enigma es expresar hechos en una combinación imposible del lenguaje. Este
resultado no puede lograrse mediante una simple sucesión de términos comunes,
pero sí es posible por el empleo de metáforas, como en el enigma, "Vi a un
hombre que con fuego soldaba bronce sobre otro hombre", y otros
semejantes. De igual modo el uso de palabras exóticas lleva al barbarismo. Lo
que se necesita entonces es cierta mezcla de estos diversos elementos. En
efecto, las palabras extrañas, las metáforas, los términos ornamentales,
impedirán al lenguaje tornarse vulgar y prosaico, mientras que los vocablos
corrientes le asegurarán la requerida claridad.
Lo que más ayuda, empero, a tornar la dicción clara
y no prosaica es el uso de formas de palabras alargadas, breves y alteradas. Su
desviación de los vocablos comunes, al darle al lenguaje un acento distinto del
uso general, le otorga una apariencia no prosaica y en tanto tiene mucho en
común con las palabras de empleo corriente le concede la condición de la
claridad. No es correcto, pues, condenar estos modos del discurso y ridiculizar
al poeta por utilizarlos, como han hecho algunos; por ejemplo, Euclides el
Viejo, quien afirmó que sería fácil hacer poesía si fuera permitido alargar las
palabras en la narración misma según su deseo, un procedimiento que él
caricaturizó al decir (en griego vulgar) "yo vi a Epícares en su camino a
Maratón"... (original muy corrompido). Un uso demasiado manifiesto de
estas licencias tiene, por cierto, un efecto ridículo, pero no son únicas en el
caso; la norma de la moderación se aplica a todos los elementos del vocabulario
poético. Aun con las metáforas, palabras extrañas y lo demás, el resultado será
el mismo si todo ello se emplea impropiamente y con el propósito de provocar la
risa. El uso correcto de estos elementos es algo muy distinto. Para advertir la
diferencia se debe tomar un verso épico y observar cómo suena cuando se
introducen las palabras normales. Lo mismo debe hacerse también con las
palabras extrañas, la metáfora y lo restante; pues sólo se deben colocar las
palabras comunes en su lugar para comprobar la verdad de lo que decimos. El
mismo yambo se encuentra, por ejemplo, en Esquilo y en Eurípides, y como
aparece en el primero es un verso pobre, mientras Eurípides, con el cambio de
una sola palabra, el reemplazo de un vocablo extraño, por lo que en el uso es
la palabra corriente, lo hace aparecer como bello. Esquilo dijo en su
Filoctetes: "La úlcera que come la carne de mi pie". Eurípides
simplemente cambió come (esthiei) por thoinâtai (se sacia con, o se solaza en).
O supongamos para este otro verso: ahora un pícaro
despreciable, repulsivo e insignificante (me ha cegado), otro cambio: "Y
ahora un débil, repulsivo e insignificante pícaro..." O la línea:
"Colocó para mí un viejo asiento y una destartalada mesa", que podría
ser: "Me colocó un viejo banco y una pequeña mesa". O (en Homero)
convertir "la ribera estalla" en "la ribera grita".
Agreguemos a esto que Arifrades solía ridiculizar a
los trágicos por introducir expresiones desconocidas en el lenguaje de la vida
diaria, como "de las casas lejos" por “lejos de las casas"”
sethen (tuyo, de ti), egoó dé nin (me casé con ella) y Axilléoos perí en vez de
perí Axilléoos (sobre Aquiles) y otras expresiones. El simple hecho de no
hallarse usadas esas palabras según el sentido corriente concede a la dicción
un carácter no prosaico, pero Arifrades no comprendió esta situación. Tiene, en
efecto, un alto mérito emplear con rectitud estas formas poéticas, así como
también los compuestos y las palabras extrañas. Sin embargo, la máxima destreza
consiste en ser un maestro de la metáfora. Esto es lo único que no puede
aprenderse de otros, y es, asimismo un signo de genio, puesto que una excelente
metáfora implica una percepción intuitiva de lo semejante y lo desemejante.
De las clases de palabras que hemos enumerado puede
observarse que las formas compuestas son más adecuadas para el ditirambo, las
palabras extrañas se ajustan mejor al verso heroico, y las metáforas a la
poesía yámbica. Todas ellas, empero, pueden utilizarse también adecuadamente en
el verso heroico. Pero en el verso yámbico, que en lo posible se modela sobre
el lenguaje hablado, los únicos términos adecuados son aquellos empleados en el
discurso, y estas son palabras del uso corriente, metáforas y vocablos
ornamentales.
No necesito decir más sobre la tragedia y el arte de
la representación por medio de la acción.
CAPÍTULO XXIII
Respecto de la poesía que sólo narra o imita por
medio del lenguaje versificado (sin acción) es evidente que tiene diversos
puntos en común con la tragedia.
I. La construcción de sus fábulas debe ser tan clara
como la de un drama; ellas han de basarse en una acción única, que debe ser un
todo completo en sí mismo, con un principio, medio y fin, de manera que la obra
esté capacitada para producir su propio placer con toda la unidad orgánica de
una criatura viviente. Tampoco debe suponerse que la épica debe construirse
según la manera usual en nuestras historias. Una historia tiene que tratar no
con una acción, sino con un período y todo lo que aconteció en él a una o más
personas, por desconcertantes que hayan sido los diversos sucesos. De igual
modo que dos acontecimientos pueden suceder al mismo tiempo, por ejemplo, la
batalla naval en Salamina y el enfrentamiento con los cartagineses en Sicilia,
sin concordar en el mismo fin, así también en determinada secuencia de tiempo
dos hechos pueden seguirse uno al otro sin producir un resultado único. No
obstante, se puede decir que la mayoría de nuestros poetas épicos ignoran esta
distinción.
En consecuencia, entonces, para repetir lo que
dijimos antes, tenemos una prueba más del maravilloso talento de Homero
respecto de los restantes. Él no intentó tratar sobre la guerra de Troya en su
totalidad, aunque ésta fue un todo con un definido comienzo y un fin, pues
advirtió, sin duda, que era un relato demasiado extenso para ser abarcado en su
conjunto, o bien en exceso complicado por la variedad de sus incidentes. Así,
seleccionó una parte del todo; muchos de los otros incidentes, empero, los
introdujo como episodios, tales como el catálogo de los barcos y otros para
variar la uniformidad de su narración. En cuanto a los demás poetas épicos,
ellos tratan de un hombre o un período, o también de una acción, la cual aunque
única, posee una multiplicidad de partes en ella. Esto último es lo que han
realizado los autores de la Cipriada y la Pequeña Ilíada. Y el resultado es que
mientras la Ilíada o la Odisea proporcionan materiales para una sola tragedia,
o a lo sumo dos, la Cipriada ha servido para varias, y la Pequeña Ilíada para
más de ocho: Adjudicación de las armas, Filoctetes, Neoptolemo, Euripilo,
Ulises mendicante, las Lacedemonias, la Caída de Troya, Partida de la flota,
Sinón y las Troyanas.
CAPÍTULO XXIV
Además, la poesía épica debe dividirse en los mismos
tipos que la tragedia; debe ser simple o compleja, historia de carácter o de
sufrimiento. Sus partes, también, con la excepción de la canción y el
espectáculo, tienen que ser las mismas, pues requiere peripecias,
reconocimientos y escenas de sufrimiento, como la tragedia. Por último, el
pensamiento y la dicción deben ser del nivel requerido. Todos estos elementos
aparecen primeramente en Homero, y ha hecho correcto uso de ellos. Sus dos
poemas son cada uno ejemplos de construcción: la Ilíada, simple, y una historia
patética la Odisea, compleja (hay reconocimiento a través de ella) y una
historia de carácter. Y son más que esto, puesto que en la dicción y el
pensamiento también superan a todos los otros poemas.
Existe, por supuesto, una diferencia en la épica
comparada con la tragedia, en su extensión y en su metro. En cuanto a la
extensión, el límite ya sugerido ha de bastar: debe ser posible para el
comienzo y el fin de la obra ser abarcados en un conjunto, condición que se
cumplirá si el poema es más breve que la vieja épica, pero limitado a la
extensión del grupo de tragedias ofrecidas para una sola representación. En
cuanto a su extensión la épica tiene una ventaja especial. En la tragedia no es
posible representar diversos pasajes de la historia simultáneamente; el
espectador está limitado a la parte que los actores desarrollan en la escena.
Mientras que en la épica la forma narrativa torna posible describir un número
de incidentes simultáneos, y éstos, si están relacionados con el tema, acrecen
el interés del poema. Esta es por cierto una ventaja para la épica, pues tiende
a darle grandeza y también variedad de atracción y ámbito para los episodios de
distintas clases. La monotonía de los incidentes, por el tedio que crea,
provoca la ruina de las tragedias en la escena. En cuanto al metro la
experiencia ha mostrado que el hexámetro heroico es el más apto. Si alguien se
atreviera a escribir un poema narrativo en otros metros, o en una variedad de
ellos la incoherencia sería manifiesta, pues de todos los metros el hexámetro
heroico es el más grave y elevado, ya que posibilita mejor que otros la
admisión de palabras extrañas y metáforas, que es también un aspecto en el que
la forma narrativa de la poesía va más allá que todas las otras. El yámbico y
el trocaico, por otra parte, son metros de movimiento, el primero representa la
vida o la acción, el otro la danza. No obstante, sería menos natural aún si se
intentara escribir una épica mediante una mezcla de metros, según lo hizo
Queremón. De aquí que hasta ahora nadie haya escrito un poema en gran escala
sino en verso heroico; la naturaleza misma, como hemos dicho, nos enseña a
seleccionar el metro adecuado para tal historia.
Admirable como es Homero en muchos otros aspectos,
lo es en particular en éste, pues sólo él entre los poetas épicos sabe la parte
que debe desempeñar el poeta mismo en el poema. El poeta tiene que hablar muy
poco de su propia persona, ya que no es imitador en este caso. Otros poetas
siempre aparecen en primer plano y dicen poco como imitadores, y esto sólo de
manera esporádica. Homero luego de un breve prefacio introduce un hombre, una
mujer o algún carácter nadie carece de carácter en él pero cada uno
con los matices distintivos.
Lo maravilloso es ciertamente exigido en la
tragedia. La épica, sin embargo, proporciona más ámbito para lo improbable, el
factor principal en lo maravilloso, porque en ella los personajes no son
visibles. La escena de la persecución de Héctor sería ridícula en la escena:
los griegos se hallarían quietos en lugar de perseguirlo y Aquiles sacudiría la
cabeza para contenerlos; pero en el poema lo absurdo está ausente. Lo
maravilloso es, por cierto, causa de placer, como se deduce por el hecho de que
todos relatamos una historia con agregados, en la creencia de que ofrecemos un
deleite a muchos oyentes.
Homero, más que ningún otro, nos ha enseñado a todos
el arte de forjar mentiras de manera adecuada. Me refiero al uso del
paralogismo. Así pues, si una cosa existe porque otra existe, o acontece porque
esta otra acontece, se piensa que si el consecuente existe también el
antecedente existiría, pero este no es el caso. Justamente porque conocemos la
verdad del consecuente somos llevados en nuestra mente a la errónea inferencia
de la verdad del antecedente. Hay un ejemplo al respecto sobre la historia del
baño en la Odisea. Una imposibilidad probable es preferible a una posibilidad
improbable. Las fábulas no deben constituirse de incidentes irracionales; todo
lo irracional tiene que ser excluido en cuanto es posible, o si no mantenido
fuera del relato, por lo menos; tal la ignorancia del héroe en Edipo sobre cómo
murió Layo; no debe admitírselo dentro del drama, como el informe de los juegos
píticos en Electra, o el personaje venido a Misia desde Tegea, quien no musita
una palabra en los Misios. De modo que sería ridículo decir, empero, que una
fábula quedaría destruida sin estos incidentes, puesto que es fundamentalmente
erróneo componer tales fábulas. Si el poeta ha adoptado una fábula, en
consecuencia, y se advierte que pudo componerla de modo más racional, es
culpable de absurdidad, como también de falta de arte. Aun en la Odisea los
elementos irracionales en el episodio del desembarco de Ulises en Itaca no habrían
sido aceptados desde luego si hubieran sido tratados por un poeta inferior. Sin
embargo, el poeta los disimuló y sus otras excelencias velaron tal absurdo. La
dicción elaborada, por lo demás, se requiere sólo en los lugares donde no hay
acción ni carácter ni pensamiento para ser revelados. Donde, además, hay
carácter o pensamiento una dicción ornada con exceso tiende a oscurecerlos.
CAPÍTULO XXV
Respecto de los problemas y sus soluciones hay que
observar el número y la naturaleza de los supuestos de que proceden mediante el
examen de la cuestión en la siguiente forma. El poeta, por ser un imitador,
justamente como el pintor u otro artífice de apariencias, debe en todas las
instancias por necesidad representar las cosas en uno u otro de estos tres aspectos:
bien como eran o son, como se dice o se piensa que son o parecen haber sido, o
como ellas deben ser. Todo esto lo hace el poeta mediante el lenguaje, con una
mezcla, quizá de palabras extrañas y metáforas, como también de diversas formas
modificadas de vocablos, ya que su uso se acepta en poesía. Debe recordarse,
asimismo, que no existe la misma clase de exactitud en poesía como en política,
o aún en otro arte cualquiera. Hay, sin embargo, dentro de los límites de la
poesía misma, la posibilidad de dos tipos de errores: uno directamente
relacionado con el arte, el otro sólo de manera accidental. Si el poeta quiere
describir la cosa con justeza, y fracasa por falta de poder de expresión, su
arte mismo es defectuoso. Pero si su error reside en que intenta describir algo
de modo incorrecto (hacer, por ejemplo, que el caballo adelante a la vez las
dos patas del lado derecho) tal falla técnica (digamos, en medicina o alguna
otra ciencia especial), o ha dejado deslizar incoherencias de cualquier género
en su descripción, su error, en tal caso, no radica en la esencia del arte
poético. Por consiguiente, estas deben ser las premisas de las soluciones en
respuesta a las críticas involucradas en los problemas.
1. En cuanto a las críticas que se refieren al arte
mismo del poeta agregaremos lo siguiente. Todas las imposibilidades que existan
en su descripción de las cosas son faltas. Pero, desde otro punto de vista
resultan justificables, si ellas sirven al fin de la poesía misma, es decir, si
(para confirmar lo que hemos dicho de ese fin) tales imposibilidades hacen que
va la misma parte de la obra u otra cualquiera resulte más cautivante. La
persecución de Héctor es un ejemplo oportuno. Si ciertamente, el fin poético
pudo haber sido alcanzado tan bien o mejor sin sacrificar los requerimientos
técnicos en tales cuestiones, la imposibilidad no se justifica, puesto que la
descripción debe ser, si es posible, por completo libre de error. Se puede
preguntar también si el error se presenta en un problema directa o sólo accidentalmente
relacionado con el arte poético, porque es una transgresión menor en un artista
no saber, por ejemplo, que la cierva no tiene cuernos, que producir una
imitación irreconocible.
II. Si la descripción del poeta es criticada por no
corresponder al objeto, se puede responder que ese objeto debería ser quizá
como se lo ha descrito, respuesta igual a la de Sófocles, quien dijo que él
pintaba a los hombres como deberían ser, y Eurípides como eran. Si la
descripción, empero, no fuera ni verdadera ni de la cosa según ésta debería
ser, la respuesta debe ser entonces que está de acuerdo con la opinión. Los
relatos sobre los dioses, por ejemplo, pueden ser tan erróneos como piensa
Jenófanes, ni verdaderos ni algo mejor; son por cierto de acuerdo con la opinión
aceptada. De otras afirmaciones sobre poesía se puede tal vez afirmar, no que
ellas son mejores que la verdad, sino de acuerdo con la costumbre. Así la
descripción de las armas: "Sus lanzas estaban colocadas rectamente,
apoyadas sobre su base", pues este era el hábito de ubicarlas entre los
ilirios. Respecto a la cuestión de si algo dicho o hecho en un poema es o no
moralmente correcto, al tratarla hay que considerar no sólo la cualidad
intrínseca de la palabra real o el suceso, sino también la persona que lo dijo
o lo hizo, la persona a quien se lo dijo o se lo hizo, el momento, el medio y
el motivo del autor, además, si lo hizo para alcanzar un bien mayor o para
evitar un grave mal.
III. Otras críticas pueden considerarse si se
examina el lenguaje del poeta: por la apropiación de una palabra extraña en
donde Homero con oureas quiere tal vez decir centinelas y no mulas. Y al
expresar que Dolón "era de mala forma" su sentido puede referirse a
que su cara era fea, pero no deforme su cuerpo, ya que eueids (bien formado) es
una palabra cretense que para nosotros significa euprósopon (rostro hermoso).
Así también "más enérgicamente mezclan el
vino", como para los borrachos, puede significar "más rápidamente
sirven el vino". Otras expresiones de Homero se explican acaso
metafóricamente; por ejemplo en, "Entonces todos los otros dioses y
hombres durmieron a través de la noche", si la comparamos con "y por
cierto cuando observaba la llanura troyana [y oía] el sonido de las flautas y
las siringas y el ruido de los hombres", la voz "apantes",
todos, se emplea de manera metafórica por muchos (pollú), puesto que todos es
una especie de muchos. Así también "sola sin una parte" tiene sentido
metafórico, pues lo que es bien conocido permanece solo. Un cambio en el modo
de leer una palabra, como sugería Hipias de Taso, puede resolver una
dificultad, como en “nosotros le concedemos", y “parte de lo cual se pudre
en la lluvia" (en lugar de "no se pudre en la lluvia”). Otras
dificultades pueden resolverse mediante la puntuación, como en Empédocles:
"Y rápidamente devenían mortales aquellas cosas que antes habían
experimentado la inmortalidad, y las que previamente habían sido puras
resultaban ahora mezcladas". 0 bien por ambigüedad, como en Homero:
"Y la noche ha avanzado más de dos tercios, pero queda un tercio". A
veces se trata de hábitos del lenguaje, como "vino mezclado con agua”, al
que se llama simplemente vino; y según el mismo principio, Homero habla de una
“canillera de estaño recién forjada". Un trabajador en hierro es llamado
"broncero", y también se dice, según este hábito, que Ganimedes
escancia vino a Zeus, aunque los dioses no beben vino. Este puede ser también
un ejemplo metafórico. Por tanto, siempre que una palabra parece implicar una
contradicción es necesario reflexionar cuántas formas de entenderla puede haber
en el pasaje de que se trata; así, en Homero, la frase "allá se detuvo la
lanza de bronce", hay que considerarla según los posibles significados de
"allá se detuvo"; bien interpretándola en uno u otro matiz se evitará
mejor la falta de que habla Glaucón: "Ellos [los críticos] comienzan
mediante un supuesto improbable y luego de aceptarlo proceden a extraer
inferencias y censuran al poeta como si éste hubiera dicho en verdad lo que
ellos le adjudican, cuando su afirmación contradice las conclusiones de sus
oponentes. De este modo ha sido tratado el silencio de Homero sobre Icario.
Algunos críticos sostienen que éste era espartano y por tanto creen que es
extraño que Telémaco no lo hubiera visitado en ocasión de su llegada a Esparta.
Quizá el hecho sea como lo relatan los cefalonios, según el cual la esposa de
Ulises pertenecía a una familia cefalónica, y que el padre de la mujer se
llamaba Icadio, no Icario. Es probable así que un error de los críticos haya
dado lugar al problema." Si hablamos en general, entonces, lo imposible
tiene que justificarse por causa de una exigencia poética, o un intento de
embellecer la realidad , o bien de aceptar la opinión tradicional. En cuanto al
efecto poético es preferible una imposibilidad convincente a una posibilidad
inaceptable. Aunque resulte imposible que existan hombres como los que Zeuxis
solía pintar, sin embargo, sería admirable que los hubiera, pues el artista
debe mejorar el modelo. Lo improbable tiene que ser justificado mostrando o
bien que está de acuerdo con la tradición o aceptando que a veces es improbable
pues existe una probabilidad de que algunas cosas acontezcan también contra la
probabilidad. Las contradicciones halladas en el lenguaje del poeta se deben
examinar ante todo como se hace con las refutaciones del oponente en un
argumento dialéctico para comprobar si él significa lo mismo, en la misma
relación y en el mismo sentido, antes de admitir que ha contradicho algo que ha
afirmado él mismo, o lo que un hombre de sano juicio aceptaría como verdadero.
Sin embargo, no hay disculpa posible para la improbabilidad de la fábula o la
depravación del carácter, cuando estos elementos no son necesarios y no son
usados con propiedad, como sucede con la improbabilidad de la aparición de Egeo
en Medea, o la ruindad de Menelao en Orestes.
Las objeciones de los críticos, por consiguiente,
comienzan con faltas de cinco clases: la causa es siempre que algo es,
imposible, improbable, inmoral, contradictorio, o contra la exactitud técnica.
Las respuestas a estas objeciones deben buscarse en uno u otro de los criterios
antes mencionados, que son doce.
CAPÍTULO XXVI
Puede plantearse la cuestión si la épica o la
tragedia es la forma más elevada de imitación. Es posible argüir que si la
forma menos vulgar es la más digna, y la menos vulgar es siempre la que se
dirige al público más exigente, un arte destinado a todos y cada uno es de
orden muy inferior. Es una creencia arraigada que su público no puede entender
el sentido si no se agrega algo que provoque el movimiento constante de los
actores; los malos flautistas, por ejemplo, ruedan por el suelo si se
representa el lanzamiento del disco, y arrastran tras de sí al corifeo si
representan A Escilla. La tragedia, entonces, según se afirma, es un arte de
esta clase; corresponde a lo que los viejos actores pensaban de sus sucesores.
Así Minisco llamaba a Calípides "el mono" porque sobreactuaba en sus
partes, e igual reputación se asignó a Píndaro. Toda la tragedia, en consecuencia,
se encuentra frente a la épica en la misma relación que los actores más
recientes ante los anteriores. La épica, se asegura, se dirige a una audiencia
cultivada, que no necesita el acompañamiento de gestos; la otra, a un público
carente de gusto. Si, por tanto, la tragedia es un arte vulgar, está claro que
debe ser inferior a la epopeya.
La respuesta a esta cuestión es doble. En primer
término, se puede aseverar que el reproche no afecta al arte del poeta
dramático, sino sólo al de los actores. Pues es sin duda posible también
exagerar los gestos en el recitado épico, como hacía Sosístrato, en el canto,
Mnesiteo de Opunte. Sin embargo, no se debe censurar toda clase de
gesticulación, a menos que de paso se condene a la danza, sino sólo a la de la
gente inferior, que es la crítica realizada contra Calípides, y en el presente
a otros que imitan a las mujeres de baja condición. Por otra parte, la tragedia
puede cumplir sus efectos aun sin movimiento ni acción, de la misma manera que
la poesía épica, pues su cualidad puede juzgarse por la simple lectura. De modo
que si la tragedia es en otros aspectos la más elevada de las artes, esta
desventaja no es necesariamente inherente a ella.
En segundo lugar, hay que recordar que la tragedia
tiene todo lo que posee la épica, ya que admite el mismo metro, y lo que no es
un agregado menor, puede emplear la música y los efectos escénicos, que son
fuente de un real sentimiento de placer. Y este elemento representativo se
experimenta en un drama tanto cuando se lo lee como cuando se lo representa.
Además, la imitación trágica requiere menos espacio para el logro de su fin, lo
que es una gran ventaja, ya que lo más concentrado produce mayor placer que lo
que se extiende sobre un largo período de tiempo. Consideremos, por ejemplo, el
Edipo de Sófocles, y el resultado que produciría si se lo alargara en tantos
versos como tiene la Ilíada. Asimismo, hay menos unidad en la imitación de los
poetas épicos, lo que se prueba por el hecho de que cualquiera de sus obras proporciona
material para varias tragedias, de manera que si estos poetas tratan con una
sola fábula, ésta aparecería trunca si se la representara brevemente, o daría
la impresión de haber sido diluida si se observara la extensión usual de tales
poemas. Al afirmar que hay menor unidad en la épica, me refiero a una épica
compuesta de una pluralidad de acciones, como la Ilíada y la Odisea, que tienen
muchas partes y cada una de cierta amplitud, y no obstante, estos poemas están
construidos de modo tan perfecto como podían serlo, y cada uno, en la medida en
que ha sido posible, es la representación de una sola acción. Si, por
consiguiente, la tragedia es superior en estos aspectos, y también, además de
éstos, en su efecto poético, desde que ambas formas de poesía deben darnos no
uno o cualquier clase de placer, sino esa clase especial de placer que hemos
mencionado, es evidente que al alcanzar el efecto poético mejor que la épica,
la tragedia ha de ser la forma más elevada del arte. Esto es todo lo que tenía
que decir de la tragedia y la poesía épica, ya en términos generales o en
relación con sus diversas formas y partes constitutivas; sobre el número y
características de estas partes, respecto al éxito o fracaso de las dos artes,
y los distintos problemas críticos y sus soluciones.
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