DOOR-LA MONARQUIA
LIBRO I
LIBRO II  
LIBRO III   
DANTE

LIBRO II

I

«¿Por qué se amotinan las gentes y trazan los pueblos planes vanos? Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra Yavé y contra su Ungido. ¡Rompamos sus coyundas, arrojemos de nosotros sus ataduras!».

Así como, al desconocer la naturaleza de una causa, ordinariamente quedamos sorprendidos de su efecto imprevisto, así también cuando la conocemos nos reímos con cierto desprecio de los que siguen sorprendidos. En verdad, yo en alguna ocasión me he sorprendido de que el pueblo romano llegara a dominar el orbe de la tierra sin oposición alguna, porque, habiendo considerado los hechos de modo superficial, pensaba que lo había conseguido no conforme a derecho, sino solamente por la fuerza de las armas. Pero cuando llegué con los ojos de la mente a lo más profundo del problema y comprendí por señales inequívocas que esto era obra de la divina providencia, al desaparecer la sorpresa, se apoderó de mí una despectiva ironía, al ver cómo las naciones se enfurecían contra la preeminencia del pueblo romano, y al ver que los pueblos juzgan superficialmente, como yo mismo solía hacer. Me dolía además que los reyes y los pueblos estuvieran de acuerdo solamente en una cosa: en enfrentarse a su Señor, a su Ungido, al Príncipe romano. Por lo cual con humor, pero no sin cierto dolor, puedo clamar con el pueblo glorioso y por el César, con las palabras de aquel que clamaba por el Príncipe del Cielo: «¿Por qué se amotinan las gentes y trazan los pueblos planes vanos? Se reúnen los reyes de la tierra y a una se confabulan los príncipes contra Yavé y contra su Ungido». Pero como el amor natural no soporta que la irrisión dure mucho, sino que, como el sol estival que, una vez disipada la niebla del amanecer, derrama sus rayos con profusión, prefiere difundir la luz de la corrección para romper las cadenas de la ignorancia de tales reyes y príncipes y mostrar así al género humano libre de su yugo, me exhortaré a mí mismo con el Profeta santísimo, repitiendo las siguientes palabras: «Rompamos sus coyundas y arrojemos de nosotros sus ataduras». Estas dos cosas se realizarán suficientemente si consigo llevar a cabo la segunda parte de mi propósito y manifestar la verdad de la cuestión planteada. Pues, probando con esto que el Imperio ha existido conforme a derecho, no sólo se disipará la niebla de la ignorancia que ciega los ojos de los reyes y príncipes que usurpan los gobiernos de los pueblos, pensando equivocadamente que hizo lo mismo el pueblo romano, sino que también todos los mortales reconocerán que son libres del yugo de tales usurpadores. La verdad de esta cuestión puede ponerse de manifiesto no sólo por la luz de la razón humana, sino también por la iluminación de la autoridad divina. Y, cuando las dos coinciden, es necesario que el cielo y la tierra den su asentimiento. Por consiguiente, con esta confianza y apoyándome en el testimonio de la razón y de la autoridad, paso a esclarecer la segunda cuestión.

II

Después de haber investigado suficientemente, en cuanto lo permite la materia, acerca de la verdad del primer problema, corresponde ahora estudiar el segundo: esto es, si el pueblo romano se arrogó conforme a derecho la dignidad del Imperio. El punto de partida de tal investigación es determinar cuál sea la verdad a la que se reducen como a su propio principio las razones de la presente investigación. Por tanto, hay que tener en cuenta que, así como el arte se encuentra en un triple grado, es decir, en la mente del artista, en el instrumento y en la materia elaborada por el arte, así también podemos encontrar la naturaleza en un triple grado. En efecto, la naturaleza está en la mente del primer motor, que es Dios; después está en el cielo, como en el instrumento por el cual se imprime la similitud con la bondad divina en la materia fluida. Y del mismo modo que, si existe un artista perfecto y un instrumento que se encuentre en perfectas condiciones, cuando existe defecto en la forma del arte hay que imputarlo solamente a la materia, así también, como Dios alcanza la cumbre de la perfección, y su instrumento que es el cielo no soporta ningún defecto en la debida perfección, como queda patente por lo que estudiamos del cielo, resulta que todo defecto en los seres inferiores será atribuible a la materia subyacente, y al margen de la intención de Dios y del cielo. Por el contrario, todo lo bueno que hay en los seres inferiores, como no puede venir de la materia misma, ya que ésta es mera potencia, será primariamente obra del artífice Dios y secundariamente del cielo, que es el instrumento del arte divino, al que llamamos comúnmente «naturaleza».

Con esto se ve claro que el derecho, puesto que es una cosa buena, está en primer lugar en la mente de Dios. Y, siendo así que todo lo que está en la mente de Dios es Dios, según aquello de la Escritura «Todas las cosas fueron hechas por Él. En Él estaba la vida», y como Dios sobre todo se quiere a sí mismo, se concluye que el derecho es querido por Dios, en cuanto está en Él. Y como la voluntad y la cosa querida son en Dios una misma cosa, resulta que la voluntad divina es el derecho mismo. Por eso, preguntar si algo se ha hecho conforme a derecho no es otra cosa que preguntar, en otros términos, si está de acuerdo con la voluntad de Dios. Por tanto, hay que suponer que lo que Dios quiere en la sociedad humana hay que considerarlo como verdadero y auténtico derecho. Además, es conveniente recordar que, como enseña el Filósofo en el libro I de A Nicómaco, no hay que buscar la certeza de igual modo en todas las materias, sino según lo permita la naturaleza de la cosa considerada. Por lo cual los argumentos procederán correctamente a partir del principio propuesto, si investigamos el derecho de aquel pueblo glorioso, por las señales manifiestas y por la autoridad de los sabios. La voluntad de Dios, ciertamente, es por sí misma invisible; y «lo invisible de Dios es conocido mediante sus obras», pues, aunque el sello esté oculto, la imagen impresa en la cera nos da una noticia clara. No hay que extrañarse, pues, si la divina voluntad ha de ser descubierta por signos, cuando incluso la voluntad humana se manifiesta a los demás por medio de ellos.

III

Con referencia a esta cuestión digo también que el pueblo romano se arrogó conforme a derecho, y no por usurpación, el oficio de la Monarquía, llamado «Imperio», sobre todos los mortales. Esto se prueba, en primer lugar, porque al pueblo más noble le corresponde preceder a todos los demás; ahora bien, el pueblo romano fue el más noble; luego le corresponde ser preferido a todos los otros. La razón aducida se prueba, porque siendo el honor el premio de la virtud, y siendo un honor toda prelación, toda prelación de la virtud es un premio a ella misma. Consta que todos los hombres se ennoblecen con el mérito de la virtud; de la virtud propia o de la de sus antepasados. Porque «la nobleza es virtud y antigüedad de riquezas», como dice el Filósofo en la Política ; y, según Juvenal, «la nobleza de alma es la sola y única virtud».

Las dos sentencias anteriores se aplican a las dos clases de nobleza, es decir, a la propia y a la heredada de los antepasados. Luego a los nobles les conviene el premio de la prelación por razón de la causa. Y como los premios deben ser medidos por los méritos, según aquellas palabras del Evangelio: «con la medida con que midiereis se os medirá», le pertenece al más noble mayor prelación.

La premisa menor, es decir, la nobleza del pueblo romano, la prueban los testimonios de los autores antiguos. En efecto, nuestro divino poeta Virgilio atestigua en toda la Eneida, para memo­ia sempiterna, que el gloriosísimo rey Eneas fue el padre del pueblo romano; lo que corrobora Tito Livio, egregio escritor de las gestas de los romanos, en la primera parte de su libro que comienza con la toma de Troya. Y no quisiera detenerme en explicar la suprema nobleza de este varón invencible y piadosísimo padre, si consideramos no sólo su propia virtud, sino también la de sus progenitores y la de sus esposas, ya que la nobleza de unos y otras confluyó, por derecho hereditario, en él. Pero «narraré sólo los momentos culminantes de los acontecimientos».

Por lo que atañe a su propia nobleza, hay que escuchar a nuestro Poeta, que en el libro I presenta a Ilioneo suplicando con estas palabras: «Teníamos por rey a Eneas, el más justiciero, el más grande por su piedad y por su valor en la guerra».

También hay que escuchar lo que dice en el libro VI, cuando habla de la muerte de Miseno, que había sido servidor de Héctor, y después de la muerte de éste se había puesto al servicio de Eneas, y al decir de él: «no eligió un compañero de menos categoría», poniendo en parangón a Eneas con Héctor, que es el guerrero que Homero más ensalza, como nos lo cuenta el Filósofo en A Nicómaco, cuando trata de las costumbres que hay que evitar.

En cuanto a la nobleza hereditaria, sabemos que las tres partes de la tierra lo ennoblecieron, tanto por sus abuelos como por sus mujeres. En efecto, de Asia fueron sus abuelos más próximos, como Assaraco y otros que reinaron en Frigia, región de Asia. Por eso dice en el canto III nuestro Poeta: «Después que plugo a los dioses destruir el imperio de Asia y la raza de Príamo que no merecía tal desgracia».

Europa, en cambio, le dio a Dárdano, un antepasado antiquísimo, África también una antiquísima abuela, Electra, hija del rey Atlante, de gran renombre, según nos dice nuestro Poeta, en el canto VIII, refiriéndose a esos dos antepasados, cuando Eneas habla a Evandro con estas palabras: «Dárdano, primer padre y fundador de la ciudad de Roma, hijo de la Atlante Electra, como creen los griegos, llegó al país de los teucros; el poderoso Atlante, que sostiene las etéreas bóvedas en sus hombros, fue el padre de Electra».

Nuestro poeta cantó también que Dárdano fue originario de Europa, cuando dice en el canto III: «Hay un lugar, país antiguo, que los griegos llamaron Hesperia, poderoso en la guerra y de fértil suelo. Lo poblaron los de Enotria. Ahora corre la fama de que sus descendientes llamaron Italia a esta región, por el nombre de su caudillo. Éste es nuestro solar, aquí nació Dárdano».

Testimonio de que Atlas fue originario de África es el monte llamado por su nombre, del que Orosio, en su descripción del mundo, dice que está en África con estas palabras: «Su límite extremo es el monte Atlas y las islas que llaman "Afortunadas"». «Su» se refiere a África, puesto que de ella estaba hablando.

Sabemos también que Eneas fue ennoblecido por el matrimonio, pues Creusa, su primera mujer, hija del rey Príamo, era de Asia, como puede comprenderse por lo dicho más arriba. De que fuera su esposa nos da testimonio nuestro Poeta en el canto III, donde Andrómaca pregunta a Eneas por su hijo Ascanio, con estas palabras: «¿Qué es de Ascanio?, ¿vive todavía y se alimenta de las auras aquel que te parió Creusa, cuando ya estaba ardiendo Troya?».

Su segunda esposa fue Dido, reina y madre de los cartagineses en África. Nuestro Poeta lo proclama también en el canto IV, cuando dice de Dido: «Dido no piensa ya en un amor furtivo; lo llama matrimonio; con este nombre pretende ocultar su culpa».

La tercera esposa fue Lavinia, madre de los albanos y de los romanos, hija y heredera del rey Latino, si es verdadero el testimonio de nuestro Poeta en el último canto, donde introduce a Turno, que, una vez vencido, suplica a Eneas así: «Has vencido y los ausonios me han visto derrotado tender mis palmas suplicante. Lavinia es tu esposa».

Esta última mujer era de Italia, la más noble región de Europa. Por tanto, con todos estos datos para aclarar la premisa, ¿quién puede dudar de que Eneas fue el padre del pueblo romano, y de que, consecuentemente, el mismo pueblo fue el más noble que haya existido bajo el cielo? O, dicho de otra manera, ¿a quién se le ocultará la predestinación divina de este hombre único, a la vista de la doble concurrencia en él de la nobleza de la sangre, desde todas las partes del mundo?

IV

Hay que añadir, además, que es querido por Dios todo lo que se ve favorecido con milagros para su propia perfección; y, consiguientemente, es conforme a derecho. La verdad de esta afirmación resulta de que, como dice Tomás en el libro III de Contra los gentiles, milagro es lo que sucede por intervención divina, fuera del orden comúnmente establecido en las cosas. De aquí prueba el mismo Tomás que sólo a Dios compete hacer milagros; lo cual es corroborado por la autoridad de Moisés, cuando, con ocasión del episodio de los mosquitos, los magos del Faraón, valiéndose artificiosamente de principios naturales, que fracasaron allí, dijeron: «El dedo de Dios está aquí». Si, pues, el milagro es una operación inmediata del Primer agente, sin la cooperación de agentes segundos -como prueba el mismo Tomás suficientemente en el libro antes citado-, cuando se realiza en favor de alguna cosa, no se puede decir que aquello en cuyo apoyo se realiza no esté previsto por Dios, como cosa querida por Él. Por lo cual es necesario que concedamos la proposición contradictoria, esto es, que el Imperio romano fue favorecido por Dios con milagros para su perfección. Luego fue querido por Dios y, consecuentemente, fue y es conforme a derecho.

Que Dios haya realizado milagros para establecer el Imperio romano se comprueba con testimonios de ilustres autores. En efecto, Livio atestigua, en la primera parte de su obra, que bajo el reinado de Numa Pompilio, segundo rey de los romanos, cuando éste estaba haciendo un sacrificio con el rito de los gentiles cayó del cielo el escudo sagrado sobre la ciudad elegida por Dios. Lucano recuerda este milagro en el libro IX de la Farsalia cuando, describiendo la increíble fuerza del Austro que azotó a Libia, dice: «Así cayeron, sin duda, ante Numa, cuando ofrecía un sacrificio, aquellos escudos que selectos jóvenes patricios agitan sobre sus hombros; el Austro y el Bóreas habían despojado a aquellos pueblos portadores de escudos que ahora son nuestros».

Y cuando los galos, conquistado ya el resto de la ciudad, amparados por las sombras de la noche, escalaron furtivamente el Capitolio, lo último que quedaba en pie antes de la desaparición del nombre romano, están de acuerdo en afirmar Livio y otros muchos escritores ilustres que un ganso, que nunca antes había sido visto por allí, anunció la presencia de los galos, despertando a los guardianes para que defendieran el Capitolio. Este hecho lo recuerda también nuestro Poeta Virgilio cuando en el canto VIII describe el escudo de Eneas con estas palabras: «En pie sobre la cumbre Manlio, el guardián de la roca Tarpeya, delante del templo defendía el excelso Capitolio; tosco techo de paja cubría la casa real de Rómulo, recién construida. Un plateado ánade, revoloteando por entre los dorados pórticos, anunciaba con sus graznidos que los galos estaban a las puertas de Roma».

Y cuando, como nos describe Livio, en La Guerra Púnica, entre otras gestas, que la nobleza romana cedió al ataque de Aníbal hasta el punto de que no faltara para la destrucción total de Roma sino el último asalto injurioso a la Urbe, los vencedores no pudieron culminar su victoria debido a una súbita e intolerable tormenta de granizo. ¿No fue también sorprendente la huida de Clelia, que, estando cautiva en el asedio de Porsena, esta mujer rompió las cadenas con la milagrosa ayuda de Dios, y atravesó el Tíber a nado, como conmemoran en la alabanza casi todos los escritores de la historia de Roma?

Convenía, en efecto, que así obrara Aquel que previó todas las cosas desde la eternidad dentro de la belleza del orden, para que, al manifestar por milagros visibles lo invisible, se manifestase Él mismo en lo visible.

V

Por lo demás, todo el que busca el bien de la república, busca el derecho como fin. Lo afirmado se demuestra del siguiente modo: el derecho es una proporción real y personal de un hombre a otro hombre, que, si es guardada por éstos, preserva a la sociedad y, si no lo es, la corrompe. Porque la definición de los Digestos no dice cuál es la esencia del derecho, sino que lo describe por la manera de ser aplicado. Por tanto, si ésta nuestra definición comprende con acierto qué es el derecho y por qué es tal, y siendo el fin de la sociedad el bien común de todos sus miembros, necesariamente el fin de cualquier derecho es el bien común; y es imposible, a su vez, que exista ningún derecho que no se proponga el bien común. Por lo cual Tulio, en el libro 1 de la Retórica, dijo: «las leyes siempre han de ser interpretadas en beneficio de la república». Pues, si las leyes no se orientan directamente al bien común de los que están sometidos a ellas, serán leyes sólo de nombre, pero no de hecho, ya que es necesario que las leyes unan a los hombres entre sí para la utilidad común. Por eso Séneca dice bien de la ley cuando en su libro De las cuatro virtudes afirma: «la ley es el vínculo de la sociedad humana». Queda claro, por consiguiente, que el que busca el bien común, busca el fin propio del derecho. Por tanto, si los romanos se propusieron el bien de la república, será verdad decir que se propusieron el fin del derecho.

Que el pueblo romano pretendiera el bien común, sometiendo el orbe de la tierra, lo declaran sus gestas, en las que, eliminada toda ambición, que es siempre enemiga del bien común, y amando la paz universal en libertad, aquel santo, piadoso y glorioso pueblo parece haberse olvidado de su propio provecho para preocuparse del bienestar público del género humano. Por eso se ha escrito acertadamente: «El Imperio romano nace de la fuente de la piedad».

Mas, como de las intenciones de quienes obran con libertad de elección nada se manifiesta al que las inquiere, si no es por signos externos, y como las explicaciones están condicionadas por la materia que se trata, como ya se ha dicho, bastará que aquí manifestemos las pruebas indudables de la intención del pueblo romano, tanto en las corporaciones como en las personas particulares.

Por lo que se refiere a las corporaciones, por las que los hombres se ligaban de alguna manera a la república, será suficiente la autoridad de Cicerón en el Libro II de De los deberes, donde dice: «Mientras el imperio de la república se mantenía en sus deberes, no en las injusticias, se hacían las guerras, tanto en defensa de los aliados como por el Imperio; el final de las mismas era o la clemencia o la severidad necesaria; el Senado era el puerto y refugio de los reyes, de los pueblos y de las naciones; y nuestros magistrados y generales consiguieron así la máxima gloria defendiendo a las provincias y a los aliados con equidad y fidelidad a la palabra dada. Así pues, aquello más que "Imperio", podría denominarse "Patrocinio" del orbe de la Tierra». Esto lo dice Cicerón.

Yo continuaré hablando brevemente de las personas particulares. ¿Acaso no hay que decir que han perseguido el bien común los que con su sudor, con la pobreza, el destierro, la perdida de los hijos, la amputación de sus miembros e, incluso, con la entrega de su vida procuraron el bien público? ¿No nos ha dejado un sagrado ejemplo aquel famoso Cincinato, al renunciar libremente a su propia dignidad en el plazo fijado, cuando, según nos cuenta Livio, sacado del campo donde estaba arando, fue nombrado dictador, y después de la victoria, habiendo restituido la autoridad de imperio a los cónsules, volvió libremente a la esteva, a sudar, tras los bueyes? Por lo que recordando esta gesta en su alabanza, dice Cicerón contra Epicuro en su tratado Del fin de los bienes: «Así pues, nuestros antepasados arrancaron del arado al famoso Cincinato para hacerle dictador». ¿Acaso Fabricio no nos dio un gran ejemplo de resistencia a la avaricia cuando, a pesar de ser pobre, menospreció, por fidelidad a la república, una gran cantidad de oro que se le ofrecía y, al ser ridiculizado, despreció y refutó a los que le ridiculizaban, con oportunas palabras? También nuestro Poeta confirmó su fama cuando en el libro VI cantó: «A Fabricio, poderoso en su pobreza».

¿No fue también un ejemplo memorable para nosotros, al preferir las leyes a su propio interés, Camilo, quien, según Livio, después de liberar la patria asediada, en medio de la aclamación de todo el pueblo, restituyó a Roma incluso lo que le había sido expoliado y, cuando fue condenado al destierro, se retiró de la sagrada Urbe y no volvió a ella hasta que el Senado, con su autoridad, no le concedió licencia de repatriación? El Poeta celebra a este hombre magnánimo cuando en el canto VI dice: «Camilo, el que restituyó las enseñanzas...».

¿Acaso no fue aquel famoso Bruto el primero que enseñó que los hijos y todos los demás deben ser pospuestos a la libertad de la patria, de quien Livio dice que, siendo cónsul, entregó a la muerte a sus propios hijos, que conspiraban con el enemigo? Su gloria es recordada en el canto VI de nuestro Poeta, cuando dice de él: «Y, siendo su padre, conducirá al suplicio a sus propios hijos promotores de nuevas guerras, por la hermosa libertad».

¿No nos convenció Mucio de la enorme audacia que hay que poner en defensa de la patria, cuando atacó al incauto Porsena y, habiendo errado el golpe, vio quemar su torpe mano con la misma impasibilidad con que habría visto atormentar a su propio enemigo? El mismo Livio manifiesta su admiración al narrarlo.

Hay que añadir las sacratísimas víctimas de los Decios, que entregaron sus vidas devotas por la salvación del pueblo, como Livio nos cuenta repetidamente, ensalzándolos, no todo lo que se merecen, sino cuanto le es posible. Hay que añadir también el inenarrable sacrificio de aquel severísimo guardián de la libertad, Marco Catón. De los anteriormente nombrados, los primeros no se asustaron de las tinieblas de la muerte por la salvación de la patria; el último, para fomentar el amor a la libertad en el mundo, demostró cuánto vale esa libertad, prefiriendo morir libre a vivir sin libertad. El nombre egregio de todos ellos vuelve a nuestra memoria por las palabras de Cicerón. En su libro Sobre el fin de los bienes dice sobre los Decios: «Publio Decio, primer cónsul de aquella familia, cuando, ofreciendo su vida, dejaba el caballo y se lanzaba en medio de las filas de los latinos, ¿se preocupaba acaso lo más mínimo de sus placeres, de dónde y cuándo conseguirlos, sabiendo, como sabía, que iba a morir enseguida, y buscando aquella muerte con más ardor que el que Epicuro piensa que hay que poner para conseguir el placer? Y, si esta acción suya no hubiese sido justamente alabada, su hijo no lo habría imitado durante su cuarto consulado, ni tampoco el hijo de este último cuando, siendo cónsul, guerreando contra Pirro, cayó en la batalla y se entregó a sí mismo por la república, como tercera víctima de su linaje». Y Cicerón en el libro De los deberes decía de Catón: «Pues Marco Catón no defendió una causa distinta de los otros que se entregaron a César en África. Pero acaso a los otros, si se hubieran suicidado, se les habría reprochado su debilidad, porque sus vidas habían sido más cómodas y sus costumbres más placentarias. En cambio, para Catón, a quien la naturaleza le había dado una increíble austeridad, que él había fortalecido con incansable constancia, manteniéndose siempre en sus propias convicciones y en sus propósitos, era preferible morir, antes que ver el rostro del tirano».

Hemos explicado dos cosas: una, que todo el que busca el bien de la república persigue el fin del derecho; la otra, que el pueblo romano, al someter el orbe de la tierra, buscaba el bien. Ahora, para nuestro propósito, argumentemos del siguiente modo: todo el que pretende el fin del derecho, procede conforme a derecho; el pueblo romano, al someter el mundo a su dominio, persiguió el fin del derecho, como ha quedado suficientemente probado con lo dicho antes en este capítulo; luego el pueblo romano, al someter a todo el orbe a su dominio, lo hizo con derecho y, por consiguiente, se atribuyó conforme a derecho la dignidad del Imperio.

Para deducir esta conclusión de las proposiciones antes probadas hay que demostrar la proposición que dice: todo el que busca el fin del derecho procede conforme a derecho. Para la evidencia de esta premisa hay que advertir que todo existe por un fin; de otro modo sería ociosa; lo cual es imposible, como se decía más arriba. Y, así como todas las cosas tienen su propio fin, así también todo fin tiene algo propio de lo que es fin; de aquí que, hablando formalmente, sea imposible que dos cosas, en cuanto tales, se dirijan al mismo fin, pues se seguiría el absurdo de que uno de ellos sería inútil. Ahora bien, teniendo el derecho un fin propio, como ya se ha demostrado, si existe el fin, existe necesariamente el correspondiente derecho, ya que el fin es propia y formalmente efecto del derecho. Y, como en toda consecuencia es imposible que haya antecedente sin consiguiente, como es imposible que exista un hombre que no sea animal, como queda claro por medio del análisis y la síntesis, es imposible buscar el fin del derecho sin el derecho, pues cualquier cosa se encuentra con relación a su fin como el consecuente con relación al antecedente; pues es imposible alcanzar un buen estado de los miembros del cuerpo sin la salud. Por lo cual aparece evidentísima la afirmación de que quien procura el fin del derecho debe procurarlo con el derecho. Y no vale la objeción que podría tomarse de las palabras del Filósofo, cuando trata de la «eubulia». En efecto, dice el Filósofo: «Es hacer un falso silogismo sacar lo verdadero de lo falso, pues es emplear un término medio falso». Porque, si la verdad se concluye de lo falso, esto sucede de modo accidental, en cuanto lo verdadero se ha introducido en las palabras del razonamiento; pero formalmente lo verdadero nunca se sigue de lo falso, aunque los signos de lo verdadero se sigan correctamente de signos de cosas falsas. Así sucede también en las operaciones; pues, si un ladrón socorre a un pobre con el fruto de un robo, no hay que llamar a eso limosna; sólo sería tal si se realizara con bienes propios. Lo mismo ocurre con el fin del derecho: pues si se obtiene algo, como fin del derecho, sin el derecho, esto sería fin del derecho; es decir, bien común, como la limosna a que nos hemos referido es una ostentación hecha con lo mal adquirido. Y así, como en la proposición se habla del fin del derecho existente, no sólo del aparente, no cabe ninguna objeción. Resulta evidente, por tanto, lo que se trataba de demostrar.

VI

Lo que la naturaleza ha ordenado se cumple conforme a derecho, pues la naturaleza, en su acción providente, no es inferior a la providencia del hombre, porque, si fallara, el efecto superaría en bondad a la causa, lo cual es imposible. Vemos que, cuando se instituye una corporación, el fundador considera no sólo el orden de los asociados entre sí, sino también sus aptitudes para ejercer las funciones; lo que es lo mismo que considerar los límites del derecho en la corporación o en el orden, pues el derecho no se extiende más allá del poder. Luego la naturaleza, en su providencia, no falla en las cosas sujetas a ella. De donde resulta que la naturaleza ordena las cosas según facultades que poseen, y esta relación es el fundamento del derecho puesto por la naturaleza en las cosas. De donde se sigue que no puede guardarse el orden natural en las cosas si no es conforme a derecho, puesto que el fundamento del derecho está unido inseparablemente al orden. Es necesario, por consiguiente, que se mantenga el orden de acuerdo con el derecho.

El pueblo romano fue destinado por la naturaleza para imperar; lo que se demuestra del siguiente modo: así como se alejaría de la perfección del arte quien pretendiera solamente la forma final, sin preocuparse de los medios que a ella conducen, de igual modo actuaría la naturaleza si sólo persiguiera en el universo la forma universal de la semejanza divina y se olvidara de los medios. Pero la naturaleza no falla en ninguna perfección por ser obra de la divina inteligencia; luego pone todos los medios para alcanzar sus fines. Y, siendo el fin del género humano un medio necesario para el fin universal de la naturaleza, necesariamente la naturaleza ha de tender a él. Por eso, el Filósofo prueba con acierto, en el libro II de De la audición natural, que la naturaleza obra siempre por un fin. Y como la naturaleza no puede alcanzar este fin por medio de un solo hombre, puesto que para conseguirlo se requieren muchas operaciones que necesitan multitud de agentes, es necesario que produzca multitud de hombres ordenados a las diversas operaciones; a lo que contribuyen en gran medida, además de la influencia celeste, las virtudes y propiedades de los lugares concretos. Por eso vemos que no sólo unos hombres particulares, sino también unos pueblos, han nacido aptos para mandar y otros, en cambio, para estar sometidos y servir, como lo establece el Filósofo en la Política. A estos tales, como él dice, les conviene no sólo ser gobernados, sino que es justo que lo sean, aun a la fuerza.

Siendo esto así, no cabe duda de que la naturaleza designó un lugar y un pueblo en el mundo para gobernar universalmente; de otro modo, habría fallado, lo cual es imposible. Por lo dicho antes, y por lo que diremos a continuación, queda suficientemente claro que ese lugar y ese pueblo fueron Roma y sus ciudadanos. A esto se refirió también muy sutilmente nuestro Poeta en el canto VI de su obra, cuando presenta a Anquises aconsejando a Eneas, padre de los romanos, con estas palabras: «Otros trabajarán con más delicadeza el bronce, así lo creo, y le infundirán aliento de vida; del mármol sacarán rostros vivos; harán otros con la mayor perfección discursos en los juicios, y otros describirán con el compás los movimientos del cielo y predecirán la aparición de los astros. Tú, romano, acuérdate de gobernar con imperio los pueblos. Tus artes serán éstas: imponer la costumbre de la paz, perdonar a los que se someten y destruir a los rebeldes».

A la disposición del lugar alude sutilmente en el canto VI, donde nos muestra a Júpiter hablando con Mercurio acerca de Eneas del siguiente modo: «No es ése el que me prometió su hermosísima madre, ni para eso le liberó dos veces de las armas de los griegos; antes bien, me prometió que gobernaría Italia, preñada de imperios, y sedienta de guerras...».

Por todo lo cual se nos demuestra suficientemente que el pueblo romano fue destinado por la naturaleza para imperar. Luego el pueblo romano sometió al orbe conforme a derecho y llegó así al Imperio.

VII

Para llegar a averiguar la verdad en la cuestión planteada es necesario tener en cuenta que el juicio divino unas veces se manifiesta y otras permanece oculto a los hombres.

Puede manifestarse de dos maneras: por la razón y por la fe. En efecto, hay ciertos juicios de Dios a los que la razón humana puede llegar por sus propios medios, como, por ejemplo, puede llegar a conocer que el hombre debe exponer su vida por la salvación de la patria; pues, si la parte debe exponerse por salvar el todo, siendo el hombre una parte de la ciudad, como queda claro por lo que dice el Filósofo en la Política el hombre debe exponerse a sí mismo por la patria, como lo menos bueno se expone por lo mejor. Por eso dice el Filósofo A Nicómaco: «Es amable, en efecto, lo que a uno pertenece; pero mejor y más divino es lo que pertenece al pueblo y a la ciudad». Y éste es juicio de Dios; de otro modo la razón humana no seguiría correctamente la intención de la naturaleza, lo cual es imposible.

Hay otros juicios de Dios a los que, aunque la razón humana no pueda llegar por sí misma, se eleva, sin embargo, hasta ellos con ayuda de la fe, en aquello que se nos ha dicho en las Sagradas Letras; como, por ejemplo, que nadie, por más perfecto que sea en virtudes morales e intelectuales, tanto en el hábito como en la acción, puede salvarse sin la fe, aunque nunca haya oído hablar de Cristo. Pues la razón humana por sí sola no puede entender que esto sea justo, pero sí con ayuda de la fe. Pues está escrito en la Epístola A los hebreos: «Es imposible agradar a Dios sin la fe». Y en el Levítico: «A todo hombre de la casa de Israel que en el campamento o fuera del campamento degüelle un buey, una oveja o una cabra, sin haberla llevado a la entrada del tabernáculo de la reunión para presentarla en ofrenda a Yavé ante el santuario, le será imputada la sangre». La puerta del tabernáculo es figura de Cristo, que es puerta del cónclave eterno, como se puede deducir del Evangelio. El sacrificio de los animales significa las operaciones humanas.

Pero hay también un juicio oculto de Dios al que no puede llegar la razón humana, ni por la ley natural ni por la ley de la Escritura, sino solamente, alguna vez, por una gracia especial. Y esto sucede de varias maneras; una veces por simple revelación, otras por una revelación alcanzada mediante arbitraje. Por simple revelación se da de dos maneras: o bien por decisión espontánea de Dios, o mediante oración impetratoria. A su vez, la que se da por decisión espontánea de Dios se realiza de doble modo: expresamente, como fue revelado a Samuel el juicio contra Saúl, o por medio de un signo, como por ejemplo, le fue revelado al Faraón por signos que Dios había determinado la liberación de los hijos de Israel. Por oración de impetración, a la que se referían los que en el libro II de los Paralipómenos decían: «Porque nosotros... no sabemos qué hacer, nuestros ojos se vuelven a ti».

La revelación alcanzada mediante arbitraje es de dos maneras: o por suerte o por certamen. La palabra «certare» se deriva, en efecto, de «hacer cierto». Por suerte se ha revelado, a veces, a los hombres algún juicio de Dios, como se ve en la elección de Matías, en los Hechos a los Apóstoles. De dos maneras se desvela el juicio de Dios por medio del certamen: bien por una colisión de fuerzas, como sucede en la lucha de púgiles, que también se llama duelo, o por la competición de muchos que pretenden conseguir el triunfo de sus enseñas, como sucede cuando compiten los atletas en las carreras para conquistar el trofeo. El primero de estos dos modos fue figurado entre los gentiles en el duelo entre Hércules y Anteo, que recuerda Lucano en el libro IV de la Farsalia, y Ovidio en el libro IX de las Metamorfosis. El segundo se figura, entre los gentiles, en el episodio de Atalanta e Hipomenes, en el libro X de las Metamorfosis.

No se debe ocultar, de igual manera, que en estos dos géneros de combate hay una diferencia: en el primero de ellos, los que compiten pueden obstaculizarse sin injuria, como hacen los púgiles; en el otro, no pueden, ya que los atletas no deben poner obstáculos al contrincante, aunque nuestro Poeta, en el canto V, parece opinar lo contrario, cuando presenta la recompensa de Eurialo. Por eso, con más acierto Tulio, en el libro III de De los deberes, lo prohíbe siguiendo la opinión de Crisipo, pues dice así: «Oportunamente, como tantas veces, habló Crisipo con estas palabras: “el que corre en el estadio debe esforzarse y competir todo lo que pueda para vencer, pero de ningún modo debe estorbar a su competidor”».

Una vez hechas, en este capítulo, tales distinciones, podemos dar dos eficaces razones para probar lo que nos proponemos: una tomada de las competiciones de los atletas, y otra de las luchas de los púgiles. Las desarrollaremos en los capítulos que siguen inmediatamente.

VIII

Aquel pueblo que triunfó sobre los demás pueblos que competían por el imperio del mundo, triunfó por el juicio divino; pues siendo más importante para Dios un litigio universal que uno particular, y como, incluso en ciertos litigios particulares, busquemos el juicio divino por medio de un certamen atlético, según el consabido proverbio «a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga», no hay duda de que el predominio entre los atletas que compiten por el imperio del mundo es consecuencia de un juicio de Dios. El pueblo romano triunfó sobre todos los demás que competían por el imperio del mundo. Lo cual se hará evidente si, considerándolo como un certamen atlético, nos fijamos en el trofeo o la meta. El trofeo o la meta fue la supremacía sobre todos los mortales, lo que llamamos «Imperio». Pero esto no le fue dado a ningún pueblo más que al romano, que no sólo fue el primero, sino el único que alcanzó la meta del certamen, como quedará claro enseguida.

En efecto, el primero entre los mortales que aspiró a tal trofeo fue Nino, rey de los asirios, quien, si bien con la ayuda de su esposa Semíramis, intentó durante más de noventa años conseguir por las armas el imperio del mundo, como nos refiere Orosio, y subyugó toda Asia; nunca se le sometieron, sin embargo, las partes occidentales del mundo. Ovidio los recordó a los dos en el libro IV, donde, hablando de Píramo, dice: «Con altas murallas de ladrillo rodeó Semíramis la ciudad». Y después: «Reúnanse en el sepulcro de Nino y allí cobíjense a la sombra (del árbol)».

El segundo que aspiró a este trofeo fue Vesoges, rey de Egipto; y aunque devastó el mediodía y el norte de Asia, como recuerda Orosio, nunca, sin embargo, llegó a conquistar ni la mitad del mundo; más aún, los escitas le hicieron desistir de su empresa temeraria, a mitad de camino entre el punto de partida y el término. Después Ciro, rey de los persas, intentó lo mismo. Este, una vez destruida Babilonia y transferido el imperio a los persas, habiendo llegado apenas al extremo occidental del mundo, dejó incompletos sus proyectos al perder la vida a manos de Tamiride, reina de los escitas. Después de los anteriores, Jerjes, hijo de Darío y rey de los persas, invadió el mundo con tal multitud de gente, con tanto poderío, que llegó a construir un puente para atravesar el estrecho paso del mar que divide Asia de Europa, entre Sestos y Abidos. Lucano conmemoró esta admirable obra en el II libro de la Farsalia; así lo cuenta allí el poeta: «Tal fama canta que el soberbio Jerjes construyó caminos sobre el mar». Sin embargo, rechazada finalmente su tentativa, no pudo, por desgracia, alcanzar el trofeo. Después de éstos, Alejandro, rey de Macedonia, fue el que más se acercó a la palma de la Monarquía cuando, habiendo invitado a los romanos a la rendición, por medio de sus legados, como nos narra Tito Livio, antes de recibir respuesta de los romanos murió en Egipto, a casi la mitad de su carrera. De su sepulcro, que aquí se conserva, dio testimonio Lucano en el libro VIII, cuando dirige una invectiva a Tolomeo, rey de Egipto, diciendo: «Último vástago degenerado de la estirpe lágida que has de perecer y dejar el cetro a tu incestuosa hermana, mientras tú guardas al Macedonio en un antro consagrado».

«¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!», ¿quién dejará de admirarte?; pues, cuando Alejandro amenazaba con adelantar en la carrera al atleta romano, su competidor, Tú lo eliminaste del certamen, para que no avanzase más su temeridad.

Se puede probar también con muchos testimonios que Roma alcanzó la palma de tan gran torneo. Dice, en efecto, nuestro Poeta en el canto 1: «Me habías prometido que de ellos (de los troyanos), en el correr de los años, saldrían los romanos, descendencia de la sangre de Teucro, conductores de pueblos que dominarían el mar y la tierra con soberano imperio».

Y Lucano en el libro I dice: «Ha sido repartido el poder con la espada, y la fortuna de un pueblo poderoso que domina el mar, y todo el orbe de la tierra no soportará a dos dueños».

Y Boecio, en el libro II, cuando habla del príncipe de los romanos, dice: «Gobernaba éste con su cetro a los pueblos que Febo, que viene del remoto oriente, contempla al hundir sus rayos en el mar, a los que oprime el gélido septentrión, a los que el violento noto quema con su seco soplo, recociendo las ardientes arenas».

Este mismo testimonio da Lucas, el escritor de Cristo, que siempre dice la verdad, en aquellas palabras de su evangelio: «Salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo», palabras en las que podemos ver claramente que la jurisdicción universal del mundo pertenecía entonces a los romanos. De todo esto resulta evidente que el pueblo romano prevaleció sobre todos los que competían por el imperio del mundo. Luego prevaleció por juicio divino y lo obtuvo, consecuentemente, por juicio divino; es decir, lo obtuvo conforme a derecho.

IX

Lo que se adquiere por duelo se adquiere conforme a derecho. Pues siempre que falta el juicio humano, ya sea por hallarse envuelto en las tinieblas de la ignorancia o por carecer de la defensa de un juez, para que la justicia no sea menospreciada, es necesario recurrir a Aquél que la amó tanto que pagó con su propia muerte lo que la justicia misma exigía. De donde el Salmo: «Justo es Yavé, y ama lo justo».

Pero esto sucede cuando, por el libre consentimiento de las partes, no por odio ni por amor, sino solamente por el celo de la justicia, se pide el juicio divino, por medio de una colisión de fuerzas, tanto del alma como del cuerpo. Esta colisión, por haber sido en un principio entendida como lucha de uno contra otro, es la que denominamos «duelo». Siempre hay que tener cuidado, sin embargo, como en la guerra, de agotar primero todos los medios de negociación y sólo en último término combatir, según enseñan de común acuerdo Tulio y Vegetio; éste en Sobre la milicia y aquél en De los deberes; y, como en la cura medicinal hay que experimentarlo todo antes de acudir al bisturí y al fuego como último recurso, así también, después de haber empleado todo los medios para solucionar un pleito, recurriremos finalmente a este medio, obligados por la necesidad de salvar la justicia.

Existen dos especies formales de duelo. Uno, el que acabamos de decir; el otro, al que nos referíamos más arriba, es decir, en el que los luchadores o competidores entran a la palestra de común acuerdo, no por odio ni por amor, sino solamente por celo de la justicia. Por eso Tulio, acertadamente, decía al tratar de esta materia: «Pero las guerras por las que se trata de conseguir la corona del Imperio deben hacerse con la menor crueldad posible». Si se observan los requisitos formales del duelo, pues de otro modo no sería un duelo, los congregados de común acuerdo por necesidad de la justicia, ¿no estarán congregados en nombre de Dios, por celo de la justicia? Y, si esto es verdad, ¿no está Dios en medio de ellos, como Él mismo nos lo prometiera en el Evangelio? Y, si Dios está presente, ¿no es una impiedad pensar que pueda sucumbir la justicia, que Él mismo aprecia tanto cuanto antes hemos dicho? Y, si la justicia no puede sucumbir en duelo, ¿no se consigue conforme a derecho lo que se consigue por un duelo?

Esta verdad la conocían también los gentiles, antes de la revelación evangélica, ya que dejaban el juicio a la suerte del duelo. Por eso aquel famoso Pirro, generoso tanto por las costumbres heredadas de los Eácidas, como por su sangre, cuando le fueron enviados los embajadores romanos para rescatar a los prisioneros, respondió: «No os pido oro, no me paguéis un precio, no somos traficantes de la guerra, sino combatientes; unos y otros decidamos sobre la vida con el hierro, no con el oro. Probemos con nuestro valor si soy yo o sois vosotros los que Hera quiere que reinen, o probemos a dónde nos lleva la suerte. Y aquellos a quienes por su valor la fortuna ha perdonado en la guerra, es seguro que también yo les respetaré su libertad. Lleváoslo como regalo». Aquí Pirro llamaba «Hera» a la Fortuna, causa a la que nosotros, mejor y más correctamente, denominamos «divina providencia». Cuídense, por tanto, los púgiles de ponerse como fin el lucro, porque entonces no podríamos hablar de duelo, sino de foro de sangre y de justicia. Y no se crea que entonces Dios estaría presente como árbitro, sino que estaría su antiguo enemigo, que fue el instigador de la discordia. A la puerta de la palestra tengan siempre presente, si quieren ser púgiles y no mercaderes de sangre y de justicia, a Pirro, que al luchar por el imperio despreciaba el dinero, como queda dicho. Si contra la verdad expuesta se pone la objeción de la disparidad de fuerzas, como sucede con frecuencia, refútese tal objeción aduciendo la victoria obtenida por David sobre Goliat; y, si prefieren, los gentiles refútenla recurriendo a la victoria de Hércules sobre Anteo. Pues es una gran necedad sospechar inferioridad de fuerzas en un púgil que está confortado por Dios.

Queda suficientemente claro que lo que se consigue por duelo, se adquiere conforme a derecho. Pero el pueblo romano alcanzó por duelo el Imperio, cosa que puede probarse con testimonios fidedignos. Al ponerlos de manifiesto, no sólo resultará evidente lo anterior, sino también que se solucionaron por duelo todos los litigios que se presentaron desde los comienzos del Imperio romano. En efecto, como desde el principio se planteara la cuestión sobre el trono del padre Eneas, que fue el primer padre de este pueblo, teniendo por contrincante a Turno, rey de los rútulos, de común acuerdo lucharon entre sí los dos reyes hasta averiguar la voluntad divina, como se canta en el último libro de la Eneida. En esta lucha fue tan grande la clemencia del victorioso Eneas, que, si no hubiera quedado al descubierto el tahalí que Turno le arrebató a Palante, después de haberle dado muerte, el vencedor habría concedido al vencido a la vez la vida y la paz, como atestiguan los últimos cantos de nuestro Poeta. Habiendo surgido en Italia dos pueblos de la misma estirpe troyana, es decir, el romano y el albano, y habiéndose discutido durante mucho tiempo sobre las águilas y sobre los dioses penates de los troyanos y sobre la dignidad del principado, al final, de común acuerdo entre las partes, para conocer la justicia, lucharon tres hermanos Horacios, por una parte, y otros tantos Curiacios por la otra, en presencia de los reyes y de los pueblos reunidos en torno como espectadores; muertos tres de los luchadores albanos y dos de los romanos, la palma de la victoria correspondió a estos últimos; sucedió esto bajo el reinado del rey Hostilio. Nos lo cuenta Livio con exactitud en la primera parte de su obra y lo confirma Orosio. Después nos cuenta Livio que se luchó en el Imperio contra los pueblos limítrofes, con los sabinos y con los samnitas, observando todos las leyes de la guerra, y aunque intervenía una gran multitud, se hacía en forma de duelo. En este modo de combatir contra los samnitas casi se arrepintieron, por así decirlo, de la fortuna de la empresa comenzada. Esto lo presentó como ejemplo Lucano en el libro II con las siguientes palabras: «Qué multitud de muertos soportó la puerta Colina cuando la cabeza del mundo y el poder del universo estuvieron a punto de cambiar de lugar, y el samnita confió en desastres romanos mayores que las Horcas Caudinas».

Pero, después que se resolvieron los litigios de los itálicos, y aún no se había luchado con los griegos y los cartagineses, según el juicio divino, aspirando unos y otros al Imperio, combatiendo Fabricio por los romanos y Pirro por los griegos con multitud de soldados, por la gloria del Imperio, Roma lo consiguió; pero, cuando Escipión por los itálicos y Aníbal por los africanos combatieron en forma de duelo, estos últimos sucumbieron a los primeros, como Livio y otros escritores de historia romana intentan testificar.

Por consiguiente, ¿habrá alguien ahora tan obcecado que no vea que aquel glorioso pueblo conquistó la corona de todo el orbe de acuerdo con el derecho del duelo? Bien puede decir el hombre romano lo que el Apóstol dijo a Timoteo: «Me está preparada la corona de la justicia»; «preparada», en efecto, por la providencia eterna de Dios. Vean ahora los juristas presuntuosos cuán por debajo están de aquella atalaya de la razón, desde donde la mente humana divisa estos principios, y callen contentándose con dar su consejo y juzgar según el sentido de la ley.

Es, por tanto, evidente que el pueblo romano alcanzó el Imperio por medio del duelo. Luego lo adquirió de jure, conclusión ésta que constituye el propósito principal del presente libro.

X

Hasta aquí queda claro lo que nos habíamos propuesto demostrar por razones que se apoyan en principios racionales. Pero, desde ahora, hemos de probarlo también por los principios de la fe cristiana. Pues mas que nadie «se han enfurecido, y han pensado cosas vanas» contra el principado romano los que se llaman a sí mismos defensores de la fe cristiana; ni se compadecen de los pobres de Cristo a quienes no sólo defraudan en las rentas de la Iglesia, sino que aun a diario se les roba el patrimonio mismo, y así se empobrece la Iglesia, mientras que, simulando justicia, no admiten al ejecutor de la misma justicia.

Tal empobrecimiento no se produce sin un juicio de Dios, cuando ni se socorre a los pobres, cuyo patrimonio son los bienes de la Iglesia, ni se recibe con gratitud lo que ofrece el Imperio para socorrerlos. Esos bienes vuelven por donde vinieron; vinieron bien pero vuelven mal, porque fueron bien dados pero mal poseídos. ¿Qué hacer con tales pastores? ¿Qué, si el patrimonio de la Iglesia se esfuma, mientras las propiedades de sus parientes aumentan? Pero será mejor seguir con nuestro tema y esperar el auxilio de nuestro Salvador con piadoso silencio.

Digo, pues, que, si el Imperio romano no fue conforme a derecho, Cristo, al nacer, aceptó la injusticia. La conclusión es falsa, luego la contradictoria del antecedente es verdadera. Las contradictorias se infieren entre sí en sentido contrario.

No hace falta demostrar a los fieles la falsedad de la conclusión; pues, si es fiel, admitirá que esto es falso y, si no lo admite, es que no es fiel; y, si no es fiel, este argumento no tiene valor para él.

Demostraré la consecuencia del siguiente modo: quien obedece un edicto por propia elección, proclama por ese mismo hecho que el edicto es justo, y siendo las obras más persuasivas que las palabras, como enseña el Filósofo en el último libro A Nicómaco, lo defiende con más eficacia que si diera su aprobación con palabras. Ahora bien, Cristo, como atestigua su relator Lucas, quiso nacer de Madre Virgen bajo el edicto de la autoridad romana, para que el Hijo de Dios hecho hombre, se inscribiera como hombre en aquel singular censo; lo que significaba acatarlo. Quizá es más santo pensar que aquello sucedió por voluntad divina sirviéndose del César, para que, quien por tanto tiempo había sido esperado en la sociedad de los mortales, Él mismo también se empadronara entre los mortales. Luego Cristo proclamó con sus obras que el edicto de Augusto, que desempeñaba la autoridad romana, era justo. Y, como para promulgar edictos con justicia se presupone la jurisdicción, el que admite un edicto admite necesariamente también la jurisdicción del que lo promulga; y, si ésta no fuera conforme a derecho, sería injusta.

Hay que notar que el argumento aportado para anular la conclusión, aunque sea válido en cuanto a su forma, en algún aspecto, sin embargo, manifiesta su eficacia por la segunda figura, si lo convertimos en argumento desde su posición de antecedente. En efecto, se hará la reducción del siguiente modo: todo lo injusto se persuade injustamente; Cristo no persuadió nada injustamente, luego no persuadió lo injusto. De la posición de antecedente resultaría así: todo lo injusto se persuade injustamente; Cristo persuadió algo injusto; luego persuadió injustamente.

XI

Si el Imperio romano no fue conforme a derecho, el pecado de Adán no fue castigado en Cristo; pero esto es falso; luego el contradictorio del antecedente es verdadero. La falsedad del consecuente se demuestra así: puesto que por el pecado de Adán somos todos pecadores, según dice el Apóstol: «como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado», si Cristo con su muerte no hubiese satisfecho por aquel pecado, todavía seríamos hijos de la ira por naturaleza, es decir, por nuestra depravada naturaleza. Pero esto no es así, porque dice el Apóstol hablando del Padre A los Efesios: «y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el amado, en quien tenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas de su gracia que superabundantemente derramó sobre nosotros»; y también porque el mismo Cristo, padeciendo en sí mismo el castigo, dice en el Evangelio de Juan: «Todo está consumado». En efecto, donde todo está consumado, nada queda por hacer.

Es conveniente recordar aquí que el «castigo» no es simplemente «la pena aplicada a quien cometió la injuria», sino «la pena aplicada a quien cometió la injuria por quien tiene jurisdicción para castigar»; de donde resulta que, si la pena no se aplica por el juez competente, no debe llamarse «castigo», sino más bien «injuria». Por eso decía aquél a Moisés: «¿Y quién te ha constituido a ti juez entre nosotros?».

Por consiguiente, si Cristo no hubiera padecido bajo un juez competente, aquella su pena no habría sido un verdadero castigo. Y el juez no habría podido ser competente si no tuviera jurisdicción sobre todo el género humano, ya que todo el género humano era castigado en aquella carne de Cristo, que «cargó con nuestros dolores», como dice el Profeta. Y Tiberio César, cuyo vicario era Pilato, no habría tenido jurisdicción sobre todo el género humano si el Imperio romano no hubiera sido conforme a derecho. Por eso Herodes, aunque sin saber lo que hacía, lo mismo que Caifás cuando dijo la verdad acerca del decreto divino, remitió a Cristo de nuevo a Pilato para que lo juzgara, como dice Lucas en su Evangelio. Pues no era Herodes representante de Tiberio bajo el signo del águila o bajo el signo del Senado, sino rey, ordenado por él para gobernar un reino particular y bajo la enseña del reino a él encomendado.

Cesen, pues, de injuriar al Imperio romano los que se fingen hijos de la Iglesia, al ver cómo su esposo Cristo lo aprobó al principio y al fin de su vida. Creo que queda suficientemente demostrado que el pueblo romano se arrogó con derecho el Imperio del orbe.

¡Oh feliz pueblo, oh Ausonia gloriosa, ojalá nunca hubiera nacido quien debilitó tu Imperio; ojalá nunca su piadosa intención le hubiese engañado!