DOOR-LA MONARQUIA
LIBRO I
LIBRO II  
LIBRO III   
DANTE

LIBRO I

I

Considero de sumo interés para todos los hombres, en quienes la naturaleza superior imprimió el amor a la verdad, que, así como se han visto beneficiados por el trabajo de sus antepasados, así también ellos se preocupen por los que han de sucederles, para que la posteridad se vea enriquecida con sus aportaciones. En efecto, quien instruido en la doctrina política no se preocupa de contribuir al bien de la república, no dude de que se halla lejos del cumplimiento de su deber. En vez de ser «como árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da su fruto», es más bien como tromba devastadora que todo lo engulle y nada devuelve de cuanto se ha tragado. Reflexionando con frecuencia sobre ello, para que no se me culpe de haber escondido bajo tierra mi talento, me propuse no sólo crecer, sino también dar frutos de utilidad pública y enseñar algunas verdades que otros habían descuidado. Pues ¿aportaría algo de provecho quien volviera a demostrar un teorema de Euclides, o quien intentara redescubrir la naturaleza de la felicidad expuesta por Aristóteles, o quien de nuevo hiciera la apología de la vejez reivindicada ya por Cicerón? En realidad nada nuevo aportaría esa tediosa repetición, sino solamente fastidio. Y siendo la «Monarquía temporal» tan desconocida, y su conocimiento el más útil entre todas las verdades ocultas, habiendo sido su enseñanza postergada por todos, por no ser un tema que ofrezca de inmediato posibilidad de lucro, está dentro de mis planes el sacarla de las tinieblas, tanto para provecho del mundo, como para ser yo el primero en alcanzar la palma de tan gran premio para mi gloria. Emprendo, ciertamente, una empresa ardua y superior a mis fuerzas, confiando no tanto en mis propios méritos, cuanto en la luz de aquel Dispensador de bienes «que a todos da largamente y sin reproche».

II

Hay que ver, en primer lugar, qué se entiende por «Monarquía temporal», es decir, cuál sea su modelo ideal. Pues la «Monarquía temporal», llamada también «Imperio», es aquel principado único que está sobre todos los demás en el tiempo o en las cosas medidas por el tiempo. Tres cuestiones principales se plantean al respecto. En primer lugar se pregunta si la Monarquía es necesaria para el bien del mundo; en segundo lugar, si el pueblo romano se atribuyó de iure a sí mismo el gobierno monárquico; y, en tercer lugar, si la autoridad del Monarca depende de Dios directamente o de un tercero, ministro o vicario suyo.

Pero, puesto que toda verdad que no es por sí misma un principio general ha de ser evidente en virtud de alguna otra que lo sea, es preciso que en cualquier investigación tengamos conocimiento del mismo, al que hemos de recurrir analíticamente para la certeza de todas las proposiciones que sean aceptadas en lo sucesivo; y, como el presente tratado es una investigación, conviene que antes de nada nos preguntemos por el principio en que han de apoyarse las demás verdades que se infieran. Por consiguiente, conviene tener en cuenta que existen algunas realidades con las que, al no depender en absoluto de nosotros, podemos solamente especular, pero no actuar sobre ellas, como son las matemáticas, las físicas y las cosas divinas. Hay otras, en cambio, que, por estar sometidas a nuestro dominio, podemos no sólo investigarlas, sino también actuar sobre ellas. En éstas la acción no se ordena al conocimiento, sino al revés, pues en ellas la acción es el fin. Y, siendo éste un tema de la política, más aún, la fuente y principio de la correcta política, y estando todo lo político sometido a nuestro poder, es evidente que la materia objeto del presente estudio no se ordena primordialmente a la especulación, sino a la acción. Asimismo, siendo el último fin principio y causa de todas las cosas en el plano de la acción, por ser el que en primer término mueve al agente, resulta que ese mismo fin da razón de todas las cosas que a él se ordenan. En efecto, uno sería el modo de cortar la madera para edificar una casa, y otro distinto para construir un barco. Por tanto, si hay algo que sea el fin de la sociedad civil universal del género humano será ése el principio por el que quedará suficientemente claro todo lo que posteriormente se pruebe. Pues es una necedad el pensar que hay un fin para una sociedad civil y otro distinto para otra, y no uno solo para todas.

III

Hemos de ver ahora cuál es el fin de toda sociedad humana y, visto esto, tendremos ya hecho más de la mitad del trabajo, según dice el Filósofo A Nicómaco. Para claridad de la investigación que nos ocupa hay que advertir que, así como el dedo pulgar tiene su finalidad asignada por la naturaleza, y toda la mano otra distinta, y el brazo otra, y el hombre completo otra diferente de las anteriores, así también cada hombre tiene la suya, distinta de la que tiene la comunidad doméstica, o un pueblo, o una ciudad, o un reino, e incluso diversa del fin superior que Dios eterno ha asignado al creerlo sirviéndose de su arte que es la naturaleza; pues cuanto existe, Él lo produjo. Aquí nos preguntamos por este fin como principio directivo de nuestra investigación. Por eso hay que tener en cuenta, en primer lugar, que «ni Dios ni la naturaleza hacen nada superfluo», sino que todo cuanto existe tiene una finalidad. Pues el fin último de todo lo creado en la intención del creador, en cuanto crea, no es sino la propia operación de la esencia. De aquí que no es la operación propia la que existe por su esencia, sino ésta por aquélla. Hay, en efecto, una operación propia de toda la humanidad, a la que se ordena todo el género humano en su multiplicidad; operación, ciertamente, que no puede llegar a realizar ni un hombre solo, ni una sola familia, ni un pueblo, ni una ciudad, ni un reino en particular. Quedará claro cuál sea ésta si se pone de manifiesto la finalidad potencial de toda la humanidad. Afirmo, por consiguiente, que ningún poder participado por muchos sujetos distintos de diferentes especies es la perfección suprema de la potencia de cada uno de ellos; porque, siendo tal el elemento constitutivo de cada especie, resultaría que una misma esencia estaría participada por varias especies, lo cual es imposible. Por consiguiente, no es lo máximo del hombre el existir sin más, pues del ser participan también los elementos; ni tampoco lo es el ser orgánico, pues éste también se encuentra en los minerales; ni el ser animado, ya que éste se da también en las plantas; ni tampoco el ser sensitivo, porque de él participan también los brutos; sino el ser capaz de conocer por el entendimiento posible. Y este ser, en verdad, a ninguno fuera del hombre, ni por debajo ni por encima, compete. En efecto, aunque hay otras esencias que participan de la inteligencia, sin embargo, no tienen entendimiento posible como el hombre, porque tales esencias son especies intelectuales y no otra cosa, y su ser no es sino entender, que es la razón de su existir; y este entender se da sin interpolación, de otro modo no serían sempiternas. Está claro, por consiguiente, que la perfección suprema de la humanidad es la facultad intelectiva. Y como esta facultad no puede ser actualizada total y simultáneamente por un solo hombre, ni por ninguna de las comunidades arriba señaladas, tiene que haber necesariamente en el género humano multitud de hombres por los que se actualice realmente esta potencia; así, es necesaria también la multiplicación de cosas que pueden generarse para que toda la potencia de la materia prima esté siempre realizada; de lo contrario se daría una potencia separada, lo que es imposible. Con esta opinión está de acuerdo Averroes en el comentario que hace al tratado Del alma. La potencia intelectual de la que hablo no sólo tiene tendencias a las formas universales o especies, sino también, por cierta extensión, a las particulares; por eso se dice que el entendimiento especulativo, por extensión, se hace entendimiento práctico, cuyo fin es actuar y hacer. Digo esto con relación a las cosas «agibles», reguladas por la prudencia política, y con relación a las cosas «factibles», reguladas por el arte. Todas ellas están al servicio de la especulación, valor supremo, para el que la Bondad Primera creó la totalidad del género humano. Con esto queda claro aquello de la Política: «Los que poseen una inteligencia vigorosa deben, por exigencia de la misma, ejercer su autoridad sobre los demás».

IV

Queda, pues, suficientemente explicado que es propio del género humano, considerado en su conjunto, el actualizar siempre la totalidad de la potencia del entendimiento posible; en primer lugar, para especular, y, secundariamente y por esto mismo, para obrar en orden a la extensión. Y, puesto que lo que se predica de la parte se predica también del todo, y el hombre particular se perfecciona en prudencia y sabiduría por la tranquilidad y el sosiego, está claro que el género humano se encuentra en mayor libertad y felicidad en el sosiego y tranquilidad de la paz, para realizar su propia obra, que es casi divina, conforme a aquel texto: «Y lo has hecho poco menor que Dios». De donde se concluye que la «paz universal» es el mejor medio para nuestra felicidad. Por eso los pastores recibieron del cielo un anuncio no de riquezas, ni de placeres, ni de honores, ni de larga vida, ni de salud, ni de fuerza, ni de hermosura, sino de paz. En efecto, la milicia celestial cantaba: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». Por eso también el saludo del Salvador de los hombres era: «La Paz sea con vosotros». Convenía, sin duda, que el sumo Salvador se expresase con la más grande salutación. Y esta costumbre la conservaron sus discípulos y también Pablo en sus saludos, como de todos es sabido. Queda claro, por lo dicho, cuál es el medio más perfecto para que el género humano realice su propia obra. Consiguientemente hemos visto también el medio más inmediato para alcanzar aquello a lo que se ordenan todas nuestras obras como a su fin último, que es la paz universal, la cual hemos de aceptar como principio de las razones que se darán a continuación. Este principio es como el signo necesario, según queda dicho, al que habrá de recurrir para toda prueba, como verdad evidentísima.

V

Resumiendo, pues, lo que decíamos al principio, tres cuestiones fundamentales se plantean acerca de la «Monarquía temporal», que comúnmente se denomina «Imperio». Tengo de propósito de investigar, a la luz del principio antes establecido, estas tres cuestiones según el orden ya fijado. En primer lugar, plantearemos la cuestión de si la «Monarquía temporal» es necesaria para el bien del mundo. Puede demostrarse esta proposición con muy poderosos y claros argumentos, sin que quepa rebatirla con ninguna razón ni autoridad de peso. El primero lo tomamos de la autoridad del Filósofo en su Política. Afirma allí Aristóteles con venerable autoridad que, cuando varias cosas se ordenan a un mismo fin, conviene que una de ellas sea la que regule y gobierne y que las demás sean reguladas y gobernadas. Esto, en verdad, hay que admitirlo no sólo en virtud del prestigioso nombre de quien lo dice, sino también por la razón inductiva. Pues, si lo aplicamos a un hombre, veremos que ocurre lo que estamos diciendo: aunque todas sus facultades se ordenen a la felicidad, es la facultad intelectual la directriz y rectora de todas las demás; de otro modo no se podría alcanzar la felicidad. Si lo aplicamos a una casa, cuya finalidad es disponer a los que en ella habitan a vivir correctamente, es necesario que haya uno que regule y gobierne, al que llamaremos padre de familia, o su lugarteniente, según el dicho del Filósofo: «cada casa es gobernada por el más anciano». A éste le corresponderá, como dice Homero, gobernar a todos e imponerles leyes. Por eso se ha hecho proverbial aquella maldición: «Ojalá tengas uno igual a ti en tu casa». Si lo aplicamos a una aldea, cuyo fin es la conveniente ayuda mutua, tanto de las personas como de las cosas, es necesario que haya uno solo que gobierne a los demás, sea éste alguien puesto por una pesona ajena, o bien uno que sobresalga y sea acep­tado por los demás; de otro modo no sólo no se llegaría a esa mutua asistencia, sino que, cuando sean varios los que pretenden prevalecer sobre los demás, como sucede a veces, se destruiría toda convivencia. Si se trata de una ciudad cuyo fin es tener los medios suficientes para vivir bien, es necesario también que tenga un gobierno único, no sólo en un régimen político recto, sino también en un régimen desviado. De lo contrario no sólo desaparecería el fin de la vida civil, sino que la ciudad dejaría de ser tal. Finalmente, si se trata de un reino particular, cuyo fin es el mismo que el de la ciudad, pero con mayores expectativas de tranquilidad, es necesario que haya un solo rey que rija y gobierne. De lo contrario no sólo no conseguirían su fin los que viven en el reino, sino que el reino perecería, según aquello de la infalible Verdad: «Todo reino dividido contra sí mismo será devastado». Por consiguiente, si esto sucede en todas y cada una de las cosas que se ordenan a un mismo fin, es verdad lo establecido más arriba; ahora bien, consta que todo el género humano se ordena a un mismo fin, como ya ha sido antes demostrado; luego es necesario que sea uno solo el que rija y gobierne, y éste debe llamarse «Monarca» o «Emperador». Así resulta evidente que, para bien del mundo, es necesario que exista la Monarquía o Imperio.

VI

La misma relación que tiene la parte al todo tiene el orden parcial al total. La parte se ordena al todo como a su fin y perfección propios; luego también el orden en la parte se relaciona con el orden en el todo como a su fin y perfección. De lo cual resulta que la bondad del orden parcial no excede la bondad del orden total, sino más bien al contrario. Por tanto, como en las cosas se encuentra un doble orden, esto es, el orden de las partes entre sí, y el orden de las partes con relación a otra cosa que no es parte, como, por ejemplo, la relación de las partes del ejército entre sí y con el general, la relación de las partes a esa otra cosa distinta de ellas es mejor como fin del otro orden; pues aquel otro está en razón de éste, no al contrario. De aquí resulta que, si la forma de este orden se encuentra en las partes de la multitud humana, con mucha más razón debe encontrarse en la multitud misma, o en su totalidad, por la fuerza del silogismo anterior, por ser el orden mejor o forma del orden. Ahora bien, como se encuentra en todas las partes de la multitud humana suficientemente claro por lo dicho en el capítulo precedente, hay que concluir que debe encontrarse también en la totalidad misma. Y así todas las partes indicadas constituyen los reinos, y los reinos mismos deben estar ordenados a un solo príncipe o principado, es decir, a un Monarca o una Monarquía.

VII

Más aún, la humanidad en su conjunto es un todo con relación a ciertas partes y es una parte con relación a un todo. Es un todo con relación a los reinos particulares y a los pueblos, como se demuestra por lo dicho anteriormente; y es una parte con relación a todo el universo. Esto es evidente por sí mismo. Por consiguiente, así como las partes inferiores de la humanidad universal se corresponden perfectamente bien con ella, así también se dice que ella misma se corresponde «bien» con su totalidad. En efecto, las partes se corresponden bien a la humanidad universal por un único principio, como fácilmente puede colegirse de lo anteriormente dicho; por consiguiente, la misma humanidad universal se corresponde bien con el mismo universo o con su príncipe, que es Dios y Monarca, simplemente por un único principio, es decir, por un único príncipe. De lo que se concluye que la Monarquía es necesaria para que el mundo esté bien ordenado.

VIII

Se comporta bien e incluso muy bien todo aquello que se conforma con la intención del primer agente, que es Dios; lo cual es evidente por sí mismo, a no ser para los que niegan que la divina bondad alcanza la suprema perfección. Está en la intención de Dios el que todo ser causado represente una imagen divina, en cuanto la propia naturaleza lo permite. Por lo cual se dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza». Aunque no puede decirse «a imagen» tratándose de cosas inferiores al hombre, sí puede decirse, en cambio, «a seme­anza», tratándose de cualquier ser, ya que todo el universo no es sino una huella de la divina bondad. Por consiguiente, el género humano se comporta bien e incluso muy bien cuando en todo lo posible se asemeja a Dios. Pero el género humano se asemeja más a Dios, sobre todo, cuando es más uno, porque la verdadera razón ( la unidad se encuentra solamente en Él. Por eso está escrito: «Oye, Israel: Javé es nuestro Dios, Javé es único», y también: «Escucha Israel: el Señor es nuestro Dios, es el único Señor». Ahora bien, el género humano es más uno sobre todo cuando hay unidad entre todos los hombres. Y esto no puede tener lugar si no se somete totalmente a un solo príncipe, como es evidente. Por consiguiente, el género humano se asemeja a Dios sobre todo cuando se somete a un solo príncipe y, consecuentemente, es lo más conforme posible a la intención divina, lo cual es comportarse bien e incluso muy bien, como se ha probado al principio en este capítulo.

Además, se comporta bien e incluso muy bien todo hijo que sigue las huellas de un padre perfecto, en cuanto lo permite su propia naturaleza. El género humano es hijo del cielo, que es perfectísimo en todas sus obras, puesto que el hombre es engendrado por el hombre y por el sol, según el libro segundo De la audición natural. Por consiguiente, el género humano se comporta muy bien cuando imita, en cuanto su naturaleza lo permite, los ejemplos del cielo. Y, estando el cielo regulado en todas sus partes, movimientos y motores por un único movimiento, es decir, por el del Primer Móvil, y por un único motor, que es Dios, como la razón humana puede, filosofando, conocer con suma claridad, si razona correctamente, la humanidad alcanzará la mayor excelencia si está regulada por un solo príncipe, como único motor, y por una única ley, como único movimiento. Por todo lo cual queda claro que es necesario que exista la Monarquía o principado único llamado «Imperio», para bien del mundo. Con razón suspiraba Boecio cuando decía:

«Oh feliz género humano,

si rigiera vuestras almas

el mismo amor que el cielo rige».

X

Donde puede haber un litigio, allí debe haber un juez. De lo contrario se daría lo imperfecto sin posibilidad de corrección; lo cual, es imposible, porque Dios y la naturaleza no fallan en las cosas necesarias. Entre dos príncipes, de los cuales uno no está sometido al otro en absoluto, puede haber litigio, bien sea por culpa de ellos mismos, o bien por culpa de los súbditos, como es evidente; luego conviene que entre ellos haya quien juzgue. Y como uno no pueda conocer acerca del otro cuáles son los derechos propios de cada uno, pues el igual no tiene dominio sobre el igual, es necesario que exista otro de mayor jurisdicción que tenga bajo su autoridad a los dos. Y éste será un Monarca o no lo será. Si lo es, ya tenemos nuestro propósito; si no, de nuevo, tendrá un igual a él fuera de su jurisdicción; y entonces será necesario de nuevo otro tercero. Y así, o tenemos un proceso hasta el infinito, cosa imposible, o necesariamente convendrá acudir a un juez primero y soberano por cuyo juicio se diriman todos los litigios, directa o indirectamente, y éste sería el Monarca o Emperador. Por tanto, la Monarquía es necesaria para el mundo. Ésta es la razón que daba el Filósofo cuando decía: «Los seres no pueden estar mal organizados; ahora bien, la pluralidad de principados es mala; luego debe existir un único Príncipe».

XI

Por lo demás, el mundo está tanto mejor ordenado, cuanto más poderosa es en él la justicia. Por eso Virgilio, queriendo celebrar aquel siglo que veía surgir en su tiempo, cantaba en las Bucólicas:

«Ya retorna la Virgen, retorna el reino de Saturno».

En efecto, a la justicia se le llamaba «Virgen» y también se la denominó «Astrea». «Reinos de Saturno» se llamó a la edad más feliz, que también recibió el nombre de «Edad de oro». La justicia más poderosa se da solamente bajo la autoridad del Monarca; por consiguiente, se requiere la Monarquía o el Imperio para la mejor organización del mundo. Para la evidencia de la conclusión anterior hay que tener en cuenta que la justicia, de suyo y considerada en su propia naturaleza, consiste en una cierta rectitud, o en una regla que rechaza lo incorrecto venga de donde venga. Por eso no tolera un más o un menos, igual que, por ejemplo, la blancura considerada en abstracto. En efecto, hay cierto tipo de formas contingentes que entran en composición y conservan, sin embargo, una simple e invariable esencia, como acertadamente dice el Maestro en De los seis principios. Este tipo de cualidades admite, sin embargo, modificaciones cuantitativas de parte de los sujetos por ellas informados según la mayor o menor mezcla de elementos contrarios que estos sujetos admitan. Por tanto, allí donde menos se mezcle el elemento contrario a la justicia, bien sea en cuanto al hábito, bien en cuanto a la operación, allí la justicia tendrá más vigencia, y entonces se podrá decir de ella con razón lo que afirma el Filósofo: «Ni el lucero vespertino ni el matutino son tan admirables»; pues es entonces semejante a la Luna cuando desde el extremo opuesto del cielo contempla a su hermano que surge de la purpúrea serenidad de la mañana. Por lo que respecta al hábito, la justicia encuentra a veces oposición en la voluntad, pues cuando ésta no se despoja de todo apetito, aunque haya justicia, no aparecerá con el esplendor en toda su pureza, ya que el sujeto la resiste en cierto grado, si bien mínimamente; por esta razón hay que rechazar a los que intentan influir en los jueces. Por lo que a la operación se refiere, la justicia encuentra oposición en el poder, pues siendo ésta una virtud que dice alteridad, sin poder para dar a cada uno lo suyo, ¿quién podrá obrar conforme a ella? De donde claramente resulta que cuanto más poderoso es el justo, tanto más se extenderá la acción de la justicia.

Así pues, de acuerdo con la anterior declaración, formularemos el argumento de la siguiente forma: la justicia alcanza su plenitud en el mundo cuando la imparte un sujeto de voluntad sin trabas y de sumo poder; ahora bien, tal sujeto es sólo el Monarca; luego sólo el Monarca tiene en el mundo la justicia en su plenitud. Este prosilogismo discurre según la segunda figura con negación intrínseca y es semejante a éste: todo B es A; sólo C es A; por consiguiente, sólo C es B. Es decir, todo B es A; ninguno fuera de C es A; luego ninguno fuera de C es B. La primera proposición queda clara por la declaración precedente. La otra se prueba del siguiente modo, primero en cuanto al querer y luego en cuanto al poder. Para la claridad de la primera parte hay que advertir que lo que más se opone a la justicia son los apetitos, según afirma Aristóteles en el libro V de A Nicómaco. Eliminados los apetitos, nada queda que se oponga a la justicia. Por eso la opinión del Filósofo es que en manera alguna se deje al arbitrio del juez lo que puede ser determinado por la ley. Esta opinión se justifica por el temor a los apetitos, que fácilmente desorientan la razón de los hombres. Donde no hay objeto que pueda ser deseado es imposible que exista apetito, porque eliminado aquél, éste no puede subsistir. Ahora bien, el Monarca no tiene nada que pueda desear, puesto que su jurisdicción tiene límites sólo en el Océano. Esto no sucede con los demás príncipes, cuyos dominios están limitados por los de otros príncipes, como, por ejemplo, el reino de Castilla está limitado por el reino de Aragón. De aquí se concluye que el Monarca puede ser, entre todos los mortales, el sujeto mejor dispuesto para la justicia. Además, así como los apetitos, aunque sean débiles, obnubilan el hábito de la justicia, así también la caridad o amor recto lo perfecciona y ennoblece. Por tanto, quien pueda tener el amor recto en grado máximo, puede albergar mejor en él a la justicia; éste es el Monarca; luego, si éste existe, existirá o al menos podrá existir la justicia en el más alto grado. Ahora bien, puede probarse que el amor recto obra de la manera que se ha dicho, del siguiente modo. Los apetitos, despreciando el bien propio del hombre, pretenden otros fines; la caridad, en cambio, se dirige a Dios y al hombre, despreciando todo lo demás; busca, en consecuencia, el bien del hombre. Y, siendo el mayor entre todos los bienes del hombre el vivir en paz, como se dijo más arriba, y consiguiéndose esto, sobre todo y de manera especial por la justicia, la caridad será la que fortalezca a la justicia, tanto más cuanto ella sea más vigorosa. Se demostrará que el Monarca debe poseer el amor recto en más alto grado que ninguno otro de los hombres, del siguiente modo: todo ser digno de ser amado será tanto más amado cuanto más cerca esté de quien lo ama; ahora bien, los hombres están más próximos al Monarca que a los demás príncipes; luego son, o deben ser, más amados por él que por los demás príncipes. La primera de las proposiciones es evidente si consideramos la naturaleza de los seres pasivos y activos. La segunda se prueba porque los hombres, que sólo en parte están próximos a los demás príncipes, están próximos al Monarca de modo absoluto. Más aún: a otros príncipes están próximos a través del Monarca y no al contrario; de este modo es al Monarca al que corresponde principal e inmediatamente el cuidado de todos, y a los príncipes les corresponde por el Monarca, ya que el oficio de estos últimos se deriva del oficio supremo de aquél. Además, cuanto más universal es una causa, tanto mayor es su razón de causa, pues la causa inferior no es tal sino en virtud de la superior, como se demuestra por lo que se dice en el libro De las causas. Y cuanto mayor es la causa, tanto más ama su efecto, pues este amor es propio de la causa esencialmente. Por tanto, siendo el Monarca, entre los mortales, la causa más universal de que los hombres vivan bien, puesto que, como hemos dicho, los demás príncipes obran en virtud de él, resulta que él es el que más quiere el bien de los hombres. Que el Monarca, por otra parte, sea el más poderoso para poner en práctica la justicia, ¿quién lo duda?, a no ser aquel que no entienda el término «Monarca», ya que éste no puede tener enemigos. Aclarada suficientemente la premisa principal, aparece la certeza de la conclusión, a saber, que la Monarquía es necesaria para la mejor organización del mundo.

XII

Y el género humano vivirá tanto mejor cuanto más libre sea. Esto aparecerá evidente si se explica con claridad el principio de la libertad. Por eso hay que tener en cuenta que el primer principio de nuestra libertad es el libre albedrío, que muchos tienen en su boca, pero pocos en su entendimiento, pues llegan incluso a decir que el libre albedrío es un juicio libre de la voluntad. Y dicen la verdad, pero se les escapa el significado de las palabras, como les ocurre continuamente a nuestro lógicos con ciertas proposiciones que ponen a modo de ejemplo en los tratados de lógica, como ésta: «El triángulo tiene tres ángulos iguales a dos rectos». Y por eso digo que el juicio está en medio de la aprehensión y del apetito, porque primero se aprehende la cosa, después de aprehendida se la juzga buena o mala, y, finalmente, el que la juzga la sigue o la rechaza. Luego, si el juicio moviera totalmente al apetito y no procediera de él de ningún modo, sería libre; pero si el juicio es movido, de cualquier modo que sea, por el apetito que lo previene, no podrá ser libre, porque no es por sí mismo, sino que, como un cautivo, es arrastrado por otro. Ésta es la razón de por qué los brutos no pueden tener juicio libre, porque su juicio siempre va precedido del apetito. Con esto también puede quedar claro que las sustancias intelectuales, que tienen voluntad inmutable, y las almas separadas que han abandonado la vida con honestidad, por la inmutabilidad de su voluntad, no pierden el libre albedrío, sino que lo conservan del modo más perfecto y absoluto.

Aclarado esto, también puede quedar claro que esta libertad o este principio de toda nuestra libertad es el mayor don hecho por Dios a la humana naturaleza, como he dicho ya en el Paraíso de la Comedia pues por ese don somos aquí felices como hombres y allá lo seremos como dioses. Y, siendo esto así, ¿quién se atreverá a decir que el género humano no vivirá tanto mejor cuanto más pueda gozar de este principio de la libertad? Ahora bien, el género humano es libre, sobre todo si vive bajo la autoridad de un Monarca. Por lo cual ha de comprenderse que la libertad consiste «en ser por sí mismo y no en virtud del otro», como afirmara el Filósofo en su tratado Del ser simpliciter. En efecto, lo que existe en virtud de otro necesita de ese otro por cuya virtud existe, como el camino necesita de punto de destino. El género humano es por sí mismo, y no en virtud de otro, sólo si gobierna un Monarca, pues sólo entonces pueden rectificarse los regímenes políticos desviados -es decir, las democracias, las oligarquías y las tiranías-, que lo someten a servidumbre como podremos observar si recorremos el mundo y vemos que gobiernan reyes, aristócratas, a quienes llamamos «los nobles», y pueblos celadores de la libertad. Porque siendo el Monarca quien más ama a los hombres, como ya se ha dicho, quiere que todos lleguen a ser buenos, cosa que no puede darse con gobernantes inmorales. Por eso dice el Filósofo en su Política que «un hombre bueno en un régimen político malo es un mal ciudadano, pero en un régimen político recto se identifican el hombre bueno y el buen ciudadano». Estos regímenes políticos rectos fomentan con rectitud la libertad, es decir, el que los hombres vivan por sí mismos. En efecto, no son los ciudadanos para los cónsules, ni los pueblos para el rey, sino al contrario, los cónsules para los ciudadanos y el rey para su pueblo; porque, del mismo modo que no se hace el gobierno para las leyes, sino más bien éstas para aquél, así también los que viven de acuerdo con la ley no se ordenan al legislador, sino que más bien es éste el que está en función de aquéllos, como lo afirma también el Filósofo en los tratados que nos ha dejado sobre esta materia. Con esto queda claro también que, aunque el cónsul o el rey sean señores de los demás en razón de los medios, son sus servidores en razón del fin; y sobre todo el Monarca, que, sin lugar a duda, ha de ser tenido por servidor de todos. Puede comprenderse ahora que el Monarca es necesario por el fin que tiene preestablecido en la creación de las leyes. Por consiguiente, el género humano, bajo el Monarca, goza del estado óptimo; de donde se concluye que la Monarquía es necesaria para bien del mundo.

XIII

Más todavía: quien está más capacitado para gobernar es el que mejor puede disponer a los otros, pues en toda acción lo que ante todo procura el agente, ya sea por exigencia de su naturaleza, ya voluntariamente, es reproducir su propio modo de obrar; de donde resulta que todo agente, en cuanto tal, se deleita; porque, como todo lo que existe apetece su propio ser, y al obrar se amplía de alguna manera el ser del agente, se sigue necesariamente el deleite, ya que éste va siempre anexo a la cosa deseada. Por tanto, nada actúa si no es en sí mismo tal cual debe ser el paciente, según lo que dice el Filósofo en el tratado Del ser simpliciter: «Todo lo que pasa de la potencia al acto, pasa por algo existente en acto» y, si intenta obrar de otro modo, lo intenta en vano. Con esto puede disiparse el error de quienes piensan orientar la vida y costumbres de los demás con buenas palabras pero malos hechos, y no caen en la cuenta de que las manos de Jacob fueron más persuasivas que sus palabras, si bien éstas dijeron la verdad y aquéllas la mentira. Por eso dice el Filósofo A Nicómaco: «En lo referente a las pasiones y a las acciones, las palabras son menos creíbles que los hechos». Por eso también se le dijo desde el cielo a David cuando pecó: «¿Quién eres tú para enumerar mis mandamientos?»; como si dijera: «En vano hablarás mientras tú seas ajeno a lo que dices». De donde se infiere que quien quiera conducir óptimamente a los demás se conduzca él de la mejor manera posible. Pero únicamente el Monarca puede estar muy bien dispuesto para gobernar. Y esto se prueba del siguiente modo: cada cosa está tanto más fácil y perfectamente dispuesta al hábito y a la operación, cuantos menos elementos contrarios a tal disposición hay en ella; de donde resulta que más fácil y perfectamente adquieren el hábito de la verdad filosófica los que nunca habían oído hablar de ella, que quienes la escucharon sin aplicación y están saturados de opiniones falsas. Por eso dijo con razón Galeno: «Estos tales necesitan el doble de tiempo para aprender». Por consiguiente, no teniendo el Monarca oportunidad alguna para dejarse llevar de apetitos, o siendo el que de todos los mortales tiene las mínimas ocasiones, como antes se ha probado, cosa que no sucede a los demás príncipes, y siendo los apetitos por sí mismos los que corrompen el juicio y obstaculizan la justicia, resulta que el Monarca es quien puede estar mejor dispuesto para gobernar, pues es quien entre todos conserva con mayor firmeza el juicio y la justicia, virtudes ambas que convienen de modo principalísimo al legislador y al ejecutor de la ley, según el testimonio de aquel santísimo rey cuando pedía a Dios lo conveniente al rey y al hijo del rey, diciendo: «Otorga, ¡Oh Dios!, al rey tu juicio, y tu justicia al hijo del rey». Por tanto, es correcto lo que se afirmó en la premisa: que sólo el Monarca es el que puede estar óptimamente preparado para el gobierno; luego sólo el Monarca puede conducir óptimamente a los demás. De lo cual se infiere que la Monarquía es necesaria para la mejor ordenación del mundo.

XIV

Lo que puede ser hecho por uno solo mejor es que lo haga uno que no muchos. Esto se demuestra del siguiente modo: sea uno que puede hacer algo, A; y varios que también pueden hacer lo mismo, A y B; si, pues, lo que hacen A y B puede ser hecho por A, él solo, es vano el esfuerzo de B, pues de su acción nada se obtiene, ya que antes A lograba el mismo efecto. Y, siendo ociosa o superflua toda añadidura de este tipo, y como todo lo superfluo repugna a Dios y a la naturaleza, y todo lo que repugna a Dios y a la naturaleza es malo, cosa evidente por sí misma, resulta no sólo que es mejor que actúe, cuando es posible, uno solo, sino que lo primero es bueno y lo segundo malo por sí mismo. Además se dice que una cosa es mejor por estar más próxima a lo óptimo y el fin cae dentro de la noción por excelencia; ahora bien, lo hecho por uno solo está más próximo al fin; luego es mejor. Que esté más próximo al fin se demuestra del siguiente modo: sea el fin C; lo hecho por un solo sea A; lo hechos por varios A y B; es evidente que es más largo el camino desde A hasta C por B, que de A a C simplemente. Pero el género humano puede regirse por un príncipe supremo, que es el Monarca. Por lo cual hay que advertir que, cuando se dice «el género humano puede ser gobernado por un único supremo Príncipe», no hay que entenderlo en el sentido de que tenga que dar veredicto de manera inmediata a los juicios de menor importancia de cualquier municipio; pues también las leyes municipales a veces suelen ser deficientes y necesitan alguien que las interprete, como lo enseña el Filósofo en el libro quinto A Nicómaco, donde recomienda la epiqueia. En efecto, las naciones, los reinos y las ciudades tienen caracteres propios, que conviene regular por leyes diferentes, pues la ley es una regla directiva de la vida. En efecto, de una manera hay que gobernar a los escitas que, viviendo fuera del séptimo clima, soportando una gran desigualdad de días y noches, están como oprimidos por un frío intolerable; y de otra manera a los garamantes, que, habitando bajo la línea del equinoccio y teniendo siempre la luz del día de igual duración que las tinieblas de la noche, no pueden ir vestidos por el excesivo calor. Pero lo anterior hay que entenderlo en el sentido de que el género humano, en las cosas comunes que competen a todos, sea gobernado por el Monarca y por una ley común que conduzca a la paz. Esta regla o ley deben recibirla de él los príncipes particulares, del mismo modo que el entendimiento práctico, para una conclusión operativa, recibe la proposición mayor del entendimiento especulativo y después de ella asume la particular, que propiamente es la suya, y concluye particularizando en orden a la operación. Lo cual no sólo le es posible a un único hombre, sino que es necesario que proceda de uno solo, para evitar toda confusión en materia de principios universales. Moisés escribió en la Ley que él mismo hizo esto cuando, después de elegir a los jefes de las tribus de los hijos de Israel, les dejaba los juicios menores, reservándose para él los de más importancia y de carácter común, los cuales eran aplicados después por los jefes en sus respectivas tribus, según lo que a cada uno le convenía. Por consiguiente, es mejor que el género humano sea gobernado por uno, es decir, por el Monarca, que es el único Príncipe, que por varios. Y, si esto es mejor, también es más agradable a Dios, ya que Dios quiere siempre lo mejor. Y, puesto que, cuando se trata de la comparación de dos solamente, el mejor se identifica con el óptimo, resulta que para Dios no sólo es más agradable este «uno» que aquel «varios», sino que es el más agradable de todos. De donde se deduce que el género humano se encuentra óptimamente cuando es gobernado por uno solo, y, por consiguiente, que es necesaria la Monarquía para el bien del mundo.

XV

Digo, además, que el ser, la unidad y la bondad tienen un orden entre sí, según el quinto modo de denominar «la prioridad». En efecto, el ser precede por naturaleza a la unidad, y ésta, a su vez, a la bondad, porque cuanto mayor es el ser, mayor es su unidad, y cuanto mayor la unidad, mayor es la bondad, y, en la medida en que una cosa se aleja del ser máximo, tanto más alejada está de la unidad y, consecuentemente, de la bondad. Por lo cual, en todo género de cosas, lo mejor es aquéllo que es más uno, como afirma el Filósofo en su tratado Del ser simpliciter. De aquí que la unidad del ser sea la raíz de su bondad, y la pluralidad, la raíz del mal. Por eso Pitágoras, en sus correlaciones, ponía la unidad en la parte del bien, y la pluralidad, en cambio, en la del mal, como queda claro en el libro primero de Del ser simpliciter. De lo dicho se puede deducir que pecar no es otra cosa que pasar del desprecio de la unidad a la multiplicidad, cosa que veía el Salmista cuando decía: «Diste a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el mosto». Por consiguiente, queda claro que todo lo que es bueno, lo es porque tiene su consistencia en la unidad. Y, siendo la concordia en cuanto tal un bien, es evidente que posee una unidad que es como su raíz. Y esta raíz aparecerá si tratamos de conocer la naturaleza o esencia de la concordia. En efecto, la concordia es el movimiento uniforme de muchas voluntades, en lo cual aparece que la unidad de la voluntad, que sabemos que se da por el movimiento uniforme, es la raíz de la concordia o la concordia misma. Pues así como diríamos que varios terrenos son «concordes» por descender todos hacia el mismo valle, y que varias llamas lo son también por ascender todas hacia su circunferencias, si esto lo hicieran voluntariamente, así llamamos «concordes» a un grupo de hombres, por moverse simultáneamente, según su voluntad, hacia el mismo fin que está formalmente en sus voluntades, como hay también formalmente una misma cualidad en los terrenos, es decir, el peso, y otra en las llamas, que es la ingravidez. En efecto, la facultad volitiva es una potencia, pero su forma es la especie del bien aprehendido, la cual, como todas las demás formas, es una en sí misma, y múltiple según la multiplicación de la materia recipiente, como el alma y el número y otras formas contingentes, que pueden intervenir en la composición.

Supuestas estas premisas, para la declaración de la proposición que se ha de formular a este propósito, hay que argumentar del siguiente modo: toda concordia depende de la unidad que haya en las voluntades; ahora bien, el género humano es una especie de concordia cuando se encuentra perfectamente, porque así como un solo hombre cuando se encuentra en perfectas disposiciones de alma y de cuerpo es una forma de concordia, y lo mismo una casa y una ciudad y un reino, así también lo es todo el género humano; luego el mejor estado del género humano depende de la unidad que se da en las voluntades. Pero ésta no puede darse si no hay una voluntad única, dueña y directriz de todas las demás en orden a la unidad, ya que las voluntades de los mortales, a causa de los muelles placeres de la adolescencia, necesitan dirección, como enseña el Filósofo en el último libro de A Nicómaco.

Pero esta única voluntad no puede darse a no ser que haya un solo príncipe para todos, cuya voluntad pueda ser dueña y directriz de todas las demás. Y, si todas las conclusiones anteriores son verdaderas, como lo son, resulta necesario que, para que el género humano se encuentre perfectamente, exista en el mundo un Monarca y, consecuentemente, que exista una Monarquía para bien del mundo.

XVI

Una experiencia memorable atestigua todas las razones expuestas anteriormente: la del estado de los mortales que el Hijo de Dios, que se haría hombre para la salvación del hombre, o esperó, o bien cuando quiso lo dispuso.

Porque, si recordamos las disposiciones de los hombres y los tiempos desde la caída de los primeros padres, que fue el origen de todas nuestras desviaciones, no encontraremos que el mundo estuviera en paz en todas partes, si no es bajo la Monarquía perfecta del divino Augusto. Todos los historiadores, los poetas famosos, han dado testimonio de que entonces el género humano era feliz en la tranquilidad de una paz universal, e incluso se ha dignado atestiguarlo el relator de la mansedumbre de Cristo. Y hasta Pablo llamó «plenitud de los tiempos» a aquel estado felicísimo. Verdaderamente se cumplió el tiempo, y todas las cosas temporales tuvieron su cumplimiento, pues ningún ministerio se vio privado de su propio ministro para nuestra felicidad. Pero cómo se haya comportado el mundo desde que esa túnica inconsútil fuera desgarrada por las uñas de los apetitos podemos leerlo y ojalá pudiéramos no verlo.

¡Oh género humano, por cuántas tormentas y desastres y por cuántos naufragios te ves zarandeado, por haberte convertido en bestia de muchas cabezas, siendo arrastrado en direcciones contrarias! Estás enfermo en tu doble entendimiento y en tu afectividad. No procuras dar al entendimiento superior razones irrefutables, ni llevar al inferior por el rastro de la experiencia; ni escuchar tampoco el dulce afecto de la divina persuasión, cuando te anuncia con la trompeta del Espíritu Santo: «Ven cuán dulce y cuán deleitoso el convivir juntos los hermanos».