| I. Tito llevaba el mismo nombre que su
padre, y por sus cualidades, destreza y fortuna, que le granjearon
el afecto universal, fue llamado amor y delicias del género humano.
Lo más asombroso de este príncipe fue que adorado en el trono, antes
de subir a él fue objeto de la censura pública y hasta de odio durante
el reinado de su padre. Nació el 3 de las calendas de enero (184)
del año 794, célebre por la muerte de Calígula, en una habitación
tan estrecha como obscura, que se enseña todavía en nuestros días
tal como era y que formaba parte de un edificio de aspecto triste,
cerca del Septizonio (185).
II. Se crió en la corte con Británico, recibiendo la misma
educación y de los mismos maestros que él. Un adivino hecho llamar
por Narciso, liberto de Claudio, para que le revelase los destinos
de Británico, afirmó que aquel príncipe imperial no subiría nunca
al trono, pero que Tito (estaba él presente) llegaría con seguridad
a él. Vivían los dos príncipes en tanta intimidad, que se cree que
Tito probó el veneno de que murió Británico, pues estaba en aquel
instante sentado a su lado en la mesa y padeció luego larga y peligrosa
enfermedad. En memoria de aquella íntima amistad mandó erigirle
más adelante una estatua de oro en su palacio, y le ofrendó como
a un dios una ecuestre de marfil, que todavía hoy es paseada en
las solemnidades del Circo.
III. Así en lo físico como en lo espiritual, las mejores
cualidades le adornaron desde su infancia; cualidades que se desarrollaron
más y más con la edad. Tenía, en efecto, hermoso exterior, que revelaba
tanta gracia como dignidad, aunque no era muy alto y tenía el vientre
algo grueso; poesía una fuerza extraordinaria, admirable memoria,
singular aptitud para todos los trabajos de la guerra y de la paz,
rara destreza en el manejo de las armas, siendo, a la vez, un consumado
jinete; poesía, además, facilidad prodigiosa, que llegaba hasta
la improvisación, para componer en griego y en latín discursos y
poemas, y bastantes conocimientos músicos para cantar con gusto
y acompañarse con habilidad. He sabido también, por algunos, que
se había acostumbrado a escribir con rapidez, hasta el punto de
competirse algunas veces en velocidad con los mas hábiles secretarios.
Sabía, asimismo, imitar todas las firmas, por cuya razón decía que
podía haber sido excelente falsificador.
IV. Sirvió como tribuno militar en la Germania y la Bretaña,
con tanta modestia como distinción, atestiguando suficientemente
sus hazañas el inmenso número de estatuas de todos los tamaños que
le erigieron estas provincias y las inscripciones que figuran en
ellas. Terminadas sus campañas se dedicó al Foro, en el cual brilló
más por su rectitud que por su asiduidad. Contrajo matrimonio con
Arricidia Tertula, hija de un caballero romano que había sido prefecto
de las cohortes pretorianas (186); fallecida ésta, casó con Marcia
Furnila, que pertenecía a una ilustre familia, y de la cual se divorció
después de tener de ella una hija. Colocado después de su pretura
al frente de una legión, se apoderó de Tariquea y de Gamala, las
dos plazas más fuertes de la Judea; en una de las batallas en que
tomó parte le mataron el caballo, montando en el acto el de un soldado
que acababa de caer muerto luchando a su lado, y continuó combatiendo.
V. Cuando Galba ascendió al Imperio, Tito fue invitado para
felicitarle y por todas partes por donde pasó se le prodigaron grandes
muestras de afecto, siendo la opinión general que el emperador le
llamaba a Roma para adoptarle. Pero enterado de que de nuevo se
complicaban los asuntos, volvió atrás, consultó sobre el éxito de
su navegación al oráculo de Venus en Pafos, el cual le prometió
un mando, promesa que no tardó en realizarse, pues poco después
le dejaron en la Judea para acabar de someterla. En el sitio de
Jerusalén mató de doce flechazos a doce defensores de la ciudad;
se apoderó de la misma el día en que celebraba el aniversario del
nacimiento de su hija; el júbilo de los soldados fue indescriptible,
y tan favorable para él sus disposiciones, que en los vítores le
llamaron todos a una imperator.
Más adelante, cuando tuvo que dejar aquella provincia, intentaron
retenerle con toda suerte de súplicas y hasta con amenazas, conjurándole
a permanecer con ellos o a que los llevase a todos con él. Tales
demostraciones dieron sospechas de que quería abandonar la causa
de su padre y crearse un Imperio en Oriente, sospechas que él mismo
fortaleció, presentándose con una diadema en la cabeza durante la
consagración del buey Apis, en Memfis, por donde pasaba dirigiéndose
a Alejandría. Es cierto que aquel uso pertenecía a los ritos de
la antigua religión, pero no por eso dejaron de interpretar en este
sentido su conducta. Apresuróse, pues, a regresar a Italia, abordó
a Regio y a Puzzola en una nave mercante y marchó sin dilación a
Roma, adelantándose a su comitiva; al ver a su padre profundamente
sorprendido de su llegada, le dijo, como para desmentir los rumores
que se habían difundido acerca de él: Heme aquí padre, heme aquí.
VI. A partir de entonces compartió el poder supremo y fue
como el tutor del Imperio. Celebró el triunfo con su padre y con
él ejerció la censura. Fue también colega suyo en el poder tribunicio
y en siete consulados. Quedó encargado del cuidado de casi todos
los negocios y dictaba las cartas a nombre de su padre, redactando
los edictos y leyendo los discursos del emperador al Senado en vez
de hacerlo el cuestor, siendo, asimismo, prefecto del Pretorio,
funciones todas que hasta entonces sólo se había encargado a caballeros
romanos. Se mostró duro y violento; haciendo perecer sin vacilar
a cuantos le eran sospechosos, apostando en el teatro y en los campos
gentes que, como a nombre de todos, pedían en voz alta su castigo.
Citaré entre todos al consular A. Cecina, a quien había invitado
a cenar, y al cual, apenas salido del comedor, se le dio muerte
por orden suya. Verdad es que Tito había cogido, escrita de su puño,
una proclama dirigida a los soldados y que el peligro era inminente.
No obstante, semejante conducta, asegurándole el porvenir, le hizo
odioso en el presente; de suerte que pocos príncipes han llegado
al trono con tan pésima reputación y tan señalada hostilidad por
parte del pueblo.
VII. Además de cruel, se le acusaba de intemperante, porque
alargaba hasta medianoche sus desordenes de mesa con sus familiares
más viciosos. Se temía, incluso, su afición a los deleites en vista
de la muchedumbre de eunucos y de disolutos que le rodeaba y de
su célebre pasión por la reina Berenice, a la que se decía que había
prometido hacer su esposa. Acusábanle, en fin, de rapacidad, porque
se sabía que en las causas llevadas ante el tribunal de su padre
vendió más de una vez la justicia. En una palabra, se pensaba y
se decía por todas partes que sería otro Nerón. Pero esta fama se
volvió al fin en su favor, siendo ocasión de grandes elogios, cuando
se le vio renunciar a todos sus vicios y abrazar todas las virtudes.
Hizo entonces famosas sus comidas, más por el recreo que por la
profusión; eligió por amigos hombres de quienes se rodearon después
los príncipes sucesores suyos y fueron empleados por aquellos como
los mejores sostenes de su poder y del Estado; despidió de Roma
en el acto a Berenice, con gran pesar de los dos, y dejó de tratar
tan liberalmente como lo había hecho y hasta de ver en público a
aquellos de su comitiva que no se distinguían más que por sus habilidades
frívolas, a pesar de haberlos entre ellos a quienes quería profundamente
y que danzaban con una perfección que fue aprovechada al punto por
el teatro. No hizo daño a nadie; respetó siempre los bienes ajenos
y ni siquiera quiso recibir los regalos de costumbre. Sin embargo,
no cedió en magnificencia a ninguno de sus predecesores; así, después
de la dedicación del Anfiteatro y de la rápida construcción de los
baños próximos a este edificio, dio un espectáculo de los más prolongados
y más hermosos, en el cual hizo representar entre otras cosas, una
batalla naval en la antigua naumaquia; dio también un combate de
gladiadores y presentó en un solo día cinco mil floras de toda especie.
VIII. Inclinado, naturalmente, a la benevolencia, fue el
primero que prescindió de la costumbre, seguida desde Tiberio por
todos los césares, de considerar nulas las gracias y concesiones
otorgadas antes de ellos, si ellos mismos no las ratificaban expresamente;
en un solo edicto declaró, en efecto, que eran todas válidas y no
permitió que se solicitase aprobación para ninguna. En cuanto a
las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir
a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía
más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir
descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión,
mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante
el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia
celebradas: Amigos míos, he perdido el día. En todas ocasiones mostró
gran deferencia por el pueblo; así, habiendo anunciado un combate
de gladiadores, declaró, que todo se haría según la voluntad del
público y no de la suya; llegada la hora, lejos de negar lo que
pedían los espectadores, él mismo los exhortó a que pidiesen lo
que quisieran. No ocultó su preferencia por los gladiadores tracios,
y con frecuencia bromeó con el pueblo excitándolos con la voz y
el ademán, pero sin comprometer nunca su dignidad ni excederse de
lo justo. Para hacerse aún más popular, permitió muchas veces al
público la entrada en las termas donde se bañaba. Tristes e imprevistos
acontecimientos perturbaron su reinado: la erupción del Vesubio
(187), en la Campania; un incendio en Roma, que duró tres días y
tres noches, y una peste, en fin, cuyos estragos fueron espantosos
(188). En estas calamidades demostró la vigilancia de un príncipe
y el afecto de un padre, consolando a los pueblos con sus edictos
y socorriéndolos con sus dádivas. Varones consulares, designados
por suerte, quedaron encargados de reparar los desastres de la Campania;
se emplearon en la reconstrucción de los pueblos destruidos los
bienes de los que habían perecido en la erupción del Vesubio sin
dejar herederos. Después del incendio de Roma, Tito hizo saber que
tomaba a su cargo todas las pérdidas públicas, y en consecuencia
de ello dedicó las riquezas de sus palacios a reconstruir y adornar
los templos; con objeto de dar más impulso a los trabajos, hizo
que gran número de caballeros romanos vigilasen la ejecución. Prodigó
a los apestados toda suerte de socorros divinos y humanos, recurriendo,
a fin de curar a los enfermos y aplacar a los dioses, a toda suerte
de remedios y sacrificios. Entre las calamidades de aquella época,
contábanse los delatores y sobornadores de testigos, restos de la
antigua tiranía. Tito los hizo azotar con varas y palos en pleno
Foro, y en los últimos tiempos de su reinado hizo que los bajasen
a la arena del Anfiteatro, donde unos fueron vendidos en subasta,
como los esclavos, y otros condenados a la deportación a las islas
más insalubres. Con objeto de refrenar para siempre la audacia de
aquellas gentes, estableció, entre otras reglas, que nunca podría
perseguirse el mismo delito en virtud de diferentes leyes, ni turbar
la memoria de los muertos pasado cierto número de años (189).
IX. Aceptó el pontificado máximo con el único objeto, según
dijo, de conservar puras sus manos, y así lo cumplió, porque a partir
de entonces no fue ya autor ni cómplice de la muerte de nadie; no
le faltaban, en verdad, motivos de venganza, pero decía que prefería
morir él mismo a hacer perecer a nadie. A dos patricios convictos
de aspirar al Imperio, limitase con aconsejarles que renunciasen
a sus pretensiones, añadiendo, que el trono lo daba el destino,
y les prometió concederles, por otra parte, lo que anhelaban. Envió
incluso correos a la madre de uno de ellos, que vivía lejos de Roma,
para tranquilizarla acerca de la suerte de su hijo y comunicarle
que vivía. No sólo invitó a los dos conjurados a cenar con él, sino
que al día siguiente, en un espectáculo de gladiadores, los hizo
colocar expresamente a su lado y cuando le presentaron las armas
de los combatientes, se las pasó, tranquilamente, para que las examinasen.
Se añade que habiendo hecho estudiar su horóscopo, les advirtió
que los amenazaba a los dos un peligro cierto, aunque lejos aún,
y que no vendría de él, lo que confirmaron los acontecimientos.
En cuanto a su hermano, que no cejaba en prepararle asechanzas,
que minaba casi abiertamente la fidelidad de los ejércitos y que
quiso, en fin, huir, no pudo decidirse ni hacerle perecer, ni a
separarse de él, ni siquiera a tratarle con menos consideración
que antes. Continuó proclamándole su colega y sucesor en el Imperio,
como en el primer día de su reinado; y algunas veces incluso le
rogó en secreto, con lágrimas en los ojos, que viviese en fin con
él como un hermano.
X. En medio de sus cuidados le sorprendió la muerte, para
desdicha del mundo más todavía que para la suya. Al terminar un
espectáculo, en el que había llorado abundantemente en presencia
de todo el concurso, partió para el país de los sabinos; iba algo
entristecido, pues había visto escapar la víctima de un sacrificio
y había oído retumbar el trueno con cielo sin nubes. En el primer
descanso le acometió la fiebre; prosiguió el viaje en litera y se
quejo de morir sin haberlo merecido, puesto que en toda su vida
sólo había realizado una acción de que tuviese que arrepentirse.
No dijo a qué acción quiso referirse, y no es fácil adivinarla;
se ha creído que era su trato íntimo con Domicia, la esposa de su
hermano, pero ésta juró por todos los dioses que nada había habido
entre ellos, y no era mujer para negar aquel comercio si hubiese
existido, y hasta es seguro que se habría vanagloriado de él como
de todas sus infamias.
XI. Murió el emperador en la misma casa de campo que su padre,
en los idus de septiembre (190), a los cuarenta y un años de edad,
tras un reinado de dos años, dos meses y veinte días. Al difundirse
la noticia de su muerte, hubiérase dicho, viendo el dolor público,
que cada cual lloraba por uno de su propia familia. Los senadores
acudieron, antes de ser convocados, a la sala de sus sesiones, cuyas
puertas estaban cerradas aún; abiertas prestamente, colmaron al
príncipe muerto de tantas alabanzas y honores como jamás le habían
prodigado vivo y presente.
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