STEFAN
ZWEIG
FOUCHÉ
EL
GENIO TENEBROSO
José
Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más
extraordinarios de todos los tiempos. Sin embargo, ni gozó de simpatías entre
sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad.
A
Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barras y
Talleyrand en sus respectivas Memorias y a todos los historiadores franceses
–realistas, republicanos o bonapartistas-, la pluma les rezuma hiel cuando
escriben su nombre. Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza
escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto,
amoral... No se le escatiman las injurias. Y ni Lamartime, ni Michelet, ni Luis
Blanc intentan seriamente estudiar su carácter, o, por mejor decir, su
admirable y persistente falta de carácter. Por primera vez aparece su figura,
con sus verdaderas proporciones, en la biografía monumental de Luis Madelins,
al que este estudio, lo mismo que todos los anteriores, tiene que agradecerle
la mayor parte de su información. Por lo demás, la Historia arrinconó
silenciosamente en la última fila de las comparsas sin importancia a un hombre
que, en un momento en que se transformaba el mundo, dirigió todos los partidos
y fué el único en sobrevivirles, y que en la lucha psicológica venció a un
Napoleón y a un Robespierre. De vez en cuando ronda aún su figura por algún
drama u opereta napoleónicos; pero entonces, casi siempre reducido al papel
gastado y esquemático de un astuto ministro de la Policía, de un precursor de
Sherlock Holmes. La crítica superficial confunde siempre un papel del foro con
un papel secundario.
Sólo
uno acertó a ver esta figura única en su propia grandeza, y no el más
insignificante precisamente: Balzac. Espíritu elevado y sagaz al mismo tiempo,
no limitándose a observar lo aparente de la época, sino sabiendo mirar entre
bastidores, descubrió con certero instinto en Fouché el carácter más
interesante de su siglo.
Este
miembro desconocido de la Convención, uno de los hombres más extraordinarios y
al mismo tiempo más falsamente juzgados de su época, inició su personalidad
futura en los momentos de crisis. Bajo el Directorio se elevó a la altura desde
la cual saben los hombres de espíritu profundo prever el futuro, juzgando
rectamente el pasado; luego, súbitamente -como ciertos cómicos mediocres que se
convierten en excelentes actores por una inspiración instantánea-, dió pruebas
de su habilidad durante el golpe de Estado del 18 de Brumario. Este hombre, de
cara pálida, educado bajo una disciplina conventual, que conocía todos los
secretos del partido de la Montaña, al que perteneció primero, lo mismo que los
del partido realista, en el que ingresó finalmente; que había estudiado despacio
y sigilosamente los hombres, las cosas y las prácticas de la escena política,
adueñóse del espíritu de Bonaparte, dándole consejos útiles y proporcionándole
valiosos informes. Ni sus colegas de entonces ni los de antes podían imaginar
el volumen de su genio, que era, sobre todo, genio de hombre de Gobierno, que
acertaba en todos sus vaticinios con increíble perspicacia.
Estos
elogios de Balzac atrajeron por primera vez la atención sobre Fouché, y desde
hace años he considerado ocasionalmente la personalidad a la que Balzac
atribuye el “haber tenido mas poder sobre los hombres que el mismo Napoleón”. Pero
Fouché parecía haberse propuesto, lo mismo en vida que en la Historia, ser una
figura de segundo término, un personaje a quien no agrada que le observen cara
a cara, que le vean el juego. Casi siempre está sumergido en los
acontecimientos, dentro de los partidos, entre la envoltura impersonal de su
cargo, tan invisible y activo como el mecanismo de un reloj. Y rara vez se
consigue captar, en el tumulto de los sucesos, su perfil fugaz en las curvas
más pronunciadas de su ruta. ¡Y más extraño aún! Ninguno de esos perfiles de
Fouché, cogidos al vuelo, coinciden entre sí a primera vista.
Cuesta
trabajo imaginarse que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en 1790,
saquease iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario cinco años
después y Duque de Otranto algo más tarde. Pero cuanto más audaz le observaba
en sus transformaciones, tanto más interesante se me revelaba el carácter, o
mejor, la carencia de carácter de este tipo maquiavélico, el más perfecto de la
época moderna. Cada vez me parecía más atractiva su vida política, envuelta
toda en lejanía y misterio, cada vez más extraía, mas demoníaca su figura. Así
me decidí a escribir, casi sin proponérmelo, por pura complacencia psicológica,
la historia de José Fouché, como aportación a una biografía que estaba sin
hacer y qué era necesaria: la biografía del diplomático, la más peligrosa casta
espiritual de nuestro contorno vital, cuya exploración no ha sido realizada
plenamente.
Una
biografía así, de una naturaleza perfectamente amoral, aún siendo, como la de
José Fouché, tan singular y significativa, me doy cuenta de que no va con el
gusto de la época. Nuestra época quiere biografías heroicas, pues la propia
pobreza de cabezas políticamente productivas hace que se busquen más altos
ejemplos en los tiempos pasados. No desconozco de ninguna manera el poder de
las biografías heroicas, que amplifican el alma, aumentan la fuerza y elevan
espiritualmente. Son necesarias, desde los días de Plutarco, para todas las
generaciones en fase de crecimiento, para toda juventud nueva. Pero
precisamente en lo político albergan el peligro de una falsificación de la
Historia, es decir: es como si siempre hubiesen decidido el destino del mundo
las naturalezas verdaderamente dirigentes. Sin duda domina una naturaleza
heroica por su sola existencia, aún durante decenios y siglos, la vida
espiritual, pero únicamente la espiritual. En la vida real, verdadera, en el
radio de acción de la política, determinan rara vez -y esto hay que decirlo
como advertencia ante toda fe política- las figuras superiores, los hombres de
puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores,
aunque mas hábiles: en las figuras de segundo término.
De
1914 a 1918 hemos visto como las decisiones históricas sobre la guerra y la paz
no emanaron de la razón y de la responsabilidad, sino del poder oculto de
hombres anónimos del más equívoco carácter y de la inteligencia más precaria. Y
diariamente vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la
política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su
porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones
inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores
profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de
palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente es la política, como dijo
Napoleón hace ya cien años, la fatalití moderne, la nueva fatalidad, vamos a
intentar conocer los hombres que alientan tras esas potencias, y con ello, el
secreto de su poder peligroso. Sea la historia de la vida de José Fouché una
aportación a la tipología del hombre político.
Salzburgo,
otoño 1929.
CAPÍTULO PRIMERO
ASCENSO (1759-1793)
EL
31 de mayo de 1759 nace José Fouché -¡todavía le falta mucho para ser Duque de
Otranto!- en el puerto de Nantes. Marineros y mercaderes sus padres y marineros
sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero
bien pronto se vió que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo,
carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel
tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o
jugar con los chicos, se cansaba. ¿Qué hacer, pues, con una criatura tan
débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de
1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje
impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada
empleo, las prebendas substanciosas se quedan para la aristocracia; para el
servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército,
un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda
aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es
extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se
le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia.
Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a
las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre
encuentra sitio para los talentos y recoge al más humilde en su reino
invisible.
Como
el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le
ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella
los cargos de inspector y profesor. A los veinte años adquiere en esta Orden
-que desde la expulsión de los jesuitas prevalece en toda Francia- la educación
católica, honores y cargo. Un cargo pobre, sin mucha esperanza de ascenso; pero
siempre una escuela en la que él mismo aprende a la vez que enseña. Podría
llegar más alto: ser fraile un día, tal vez obispo o Eminencia, si profesara.
Pero cosa típica en José Fouché: ya en el escalón inicial, en el primero y más
bajo de su carrera, resalta un rasgo característico de su personalidad: la
antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo. Viste
el habito de clérigo, está tonsurado, comparte la vida monacal de los demás
Padres espirituales, y durante diez años de oratoriano en nada se diferencia,
ni exterior ni interiormente, de un sacerdote. Pero no toma las órdenes
mayores, no hace voto; como en todas las situaciones de su vida, dejase abierta
la retirada, la posibilidad de variación y cambio. A la Iglesia se da
temporalmente y no por entero, lo mismo que más tarde al Consulado, al Imperio
o al Reino. Ni siquiera con Dios se compromete José Fouché a ser fiel para
siempre.
Durante
diez años, de los veinte a los treinta, anda este pálido y reservado
semisacerdote por claustros y refectorios silenciosos. Da clase en Niort,
Saumur, Vendome, París, pero casi no siente el cambio de lugar, pues la vida de
un profesor de seminario se desarrolla igual en todas partes: pobre, silenciosa
e insignificante, lo mismo en una ciudad que en otra, siempre tras muros
callados, siempre apartado de la vida. Veinte, treinta, cuarenta discípulos, a
los que enseña latín, matemáticas y física; muchachos pálidos, vestidos de
negro, a los que lleva a misa y a los que vigila en el dormitorio. Lectura
solitaria en libros científicos, comidas pobres y sueldos mezquinos. Una
existencia conventual, humilde. Anquilosados, irreales, al margen del tiempo y
del espacio, estériles y humillantes, parecen estos diez años silenciosos y
sombríos de la vida de Fouché. Sin embargo, aprende durante ellos lo que ha de
ser, más tarde, infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la
ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer
el corazón humano. Si este hombre, aún en los momentos de mayor pasión de su
vida, llega a dominar hasta el último músculo de su cara; si es imposible
percibir una agitación de ira, de amargura, de emoción en su faz inmóvil, como
emparedada en silencio; si con la misma voz apagada sabe pronunciar lo
cotidiano y lo terrible, y si puede cruzar con el mismo paso sigiloso los
aposentos del Emperador y la frenética Asamblea popular, ello se debe a la
disciplina incomparable de dominio sobre sí mismo aprendida en los años de
religión; a su voluntad domada en los ejercicios de Loyola, y a su expresión
educada en las discusiones de la retórica eclesiástica secular. Tal es el
aprendizaje de Fouché antes de poner el pie sobre el podio de la escena
mundial. Quizá no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la
revolución francesa: Talleyrand, Sieyes y Fouché, salieran de la escuela de la
Iglesia maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo
lastre religioso pone un sello especial a sus caracteres -por lo demás
contradictorios-, dándoles en los minutos decisivos cierto parecido. A esto
reúne Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia
interior extraordinaria contra el lujo, la fastuosidad y el arte sutil de saber
ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a
la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.
Tras
muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu
singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría
psicológica. Durante años enteros sólo puede actuar invisiblemente en el
círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa
tempestad social que inunda hasta los muros mismos del convento. En las celdas
de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los
clubes de los francmasones. Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes
jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del
profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la
época: las primeras aeronaves -los montgolfiers - y los grandiosos inventos en
el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con
los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo
extraño llamado de los “Rosatis”, una especie de “Schlaraffia”, en la que los
intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es
modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian
discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos. José Fouché,
el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, pues sabe mucho
sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión,
escucha, por ejemplo, como recita un capitán de ingenieros llamado Lazaro
Carnot versos satíricos, compuestos por él mismo, o atiende al florido discurso
que pronuncia el pálido abogado, de delgados labios,
Maximiliano
de Robespierre (entonces aún daba importancia a su nobleza) en honor de los
«Rosatis». Aún disfruta la provincia de los últimos soplos del Dixhuitieme
filosofante. Reposadamente escribe el señor de Robespierre, en vez de
sentencias de muerte, graciosos versos; el médico suizo Marat, en vez de
crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en
algún rincón de provincia se afana el pequeño teniente Bonaparte por imitar al
Werther con una novela. Las tempestades están todavía invisibles tras el
horizonte.
Parece
un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de
orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado
profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de trocarse en
parentesco, pues Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar
al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura de este
noviazgo en todas las mesas. Porqué se deshacen al fin estas relaciones no se
ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible,
histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que más tarde lucharon
a vida o muerte. Entonces nada saben aún de jacobinismo y de rencor, al
contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los
Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de
Francia, es el tonsurado José Fouché quien presta al anémico abogado las
monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un
traje nuevo. Es simbólico el que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga
los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para luego ser él
también quien en el momento decisivo traicione y derribe por la espalda al
amigo de antaño.
Poco
después de la partida de Robespierre a la Asamblea de los Estados Generales,
que ha de hacer temblar los fundamentos de Francia, tienen también los oratorianos
en Arras su pequeña revolución. La política ha penetrado hasta los refectorios,
y el perspicaz oteador que es José Fouché hincha con este viento sus velas. A
propuesta suya mandan un diputado a la Asamblea Nacional, para demostrar al
Tercer Estado las simpatías de los clérigos. Pero esta vez, el hombre tan
precavido en otras ocasiones obra con precipitación, sin duda porque sus
superiores le envían, como medida correccional -lo que no constituye un
verdadero castigo, pues carecen de fuerza para ello-, a la institución filial
de Nantes, al mismo puesto donde aprendió de niño los fundamentos de la ciencia
y el arte del conocimiento humano. Mas ya es adulto y experto, y no le seduce
enseñar a los muchachos Geometría y Física. El sutil oteador presiente que se
cierne sobre el país una tempestad social, que la política domina el mundo. Y a
la política se lanza. De un golpe tira la sotana, hace desaparecer la tonsura y
en vez de pronunciar sus discursos políticos ante los niños lo hace ante los
buenos burgueses de Nantes. Se funda un club -siempre empieza la carrera de los
políticos en un escenario, prueba de la elocuencia-, y un par de semanas
después ya es Fouché presidente de los Amis de la Constitución de Nantes. Alaba
el progreso, aunque con precaución y tolerancia, porque el barómetro de la
honesta ciudad señala una temperatura moderada. Los ciudadanos de Nantes no
gustan del radicalismo, temen por su crédito; quieren, sobre todo, hacer buenos
negocios. No quieren -ellos que obtienen de las colonias opulentas prebendas -
proyectos tan fantásticos como el de la manumisión de los esclavos. José
Fouché, certero observador, redacta un documento patético contra la abolición
de la trata de esclavos, que aunque le proporciona una severa represión por
parte de Brissot, no mengua su reputación en el estrecho círculo de los
burgueses. Para asegurar su posición política entre ellos (¡los futuros
electores!), se casa muy pronto con la hija de un rico mercader, una muchacha
fea, pero de buena posición, pues quiere convertirse rápidamente en un perfecto
burgués; es el tiempo en que -bien lo presiente él - el Tercer Estado va a
tener en sus manos la dirección, el predominio. Todo esto son ya los
preliminares del verdadero fin que se propone. Apenas se convocan elecciones para
la Convención, se presenta el antiguo profesor de seminario como candidato. ¿Y
qué es lo que hace todo candidato? Promete, por lo pronto, a sus buenos
electores todo lo que pueda halagarlos. Así jura Fouché proteger el comercio,
defender la propiedad, respetar las leyes; como en Nantes sopla más el viento
de la derecha que el de la izquierda, truena con mayor elocuencia contra los
partidarios del desorden que contra el viejo régimen. Y, efectivamente, en 1792
es elegido diputado de la Convención, y la escarapela tricolor sustituye, por
largo tiempo, a la tonsura, llevada oculta y silenciosamente.
José
Fouché cuenta en la época de su elección treinta y dos años. No es de agradable
presencia, ni mucho menos: cuerpo seco, casi espectralmente esmirriado; cara de
huesos finos y líneas picudas; afilada la nariz; afilada y estrecha también la
boca, siempre cerrada; ojos fríos de pez, bajo párpados pesados, casi
adormecidos, con las pupilas de un gris felino como bolitas de cristal. Todo en
esta cara, todo en este hombre, está, por decirlo así, provisto de una menguada
y fina materia vital. Parece un personaje visto con luz de gas, pálido y
verdoso; sin brillo en los ojos, sin sensualidad en el gesto, sin metal en la
voz, lacio y revuelto el pelo, rojizas y apenas visibles las cejas, de una
palidez grisácea las mejillas, jamás el pigmento colorea esta cara con arrebol
saludable; siempre hace el efecto, este hombre tenaz, inauditamente duro para
el trabajo, de un ser cansado, de un enfermo, de un convaleciente. Todo el que
le ve recibe la impresión de un hombre sin sangre ardiente, roja, pulsante. Y,
efectivamente, también en lo psíquico pertenece a la raza de los flemáticos, de
los temperamentos fríos. No conoce pasiones recias, avasalladoras; no es
arrastrado hacia las mujeres ni hacia el juego; no bebe vino, no le tienta el
despilfarro, no mueve sus músculos, no vive más que en su estudio, entre
documentos y papeles. Nunca se enfada visiblemente, nunca vibra un nervio en su
cara. Sólo para una leve sonrisa, cortés, mordaz, se contraen estos labios
afilados, anémicos; nunca se observa bajo esta máscara gris, terrosa,
aparentemente desmadejada, una verdadera tensión; nunca delatan los ojos, bajo
los párpados pesados y orillados, su intención, ni revela sus pensamientos con
un gesto.
Esta
sangre fría, imperturbable, constituye la verdadera fuerza de Fouché. Los
nervios no le dominan, los sentidos no le seducen, toda su pasión se carga y se
descarga tras el muro impenetrable de su frente. Deja jugar sus fuerzas y
acecha despierto las faltas de los demás. Espera pacientemente a que se agote
la pasión de los otros o a que aparezca en ellos un momento de flaqueza para
dar entonces el golpe inexorable. Terrible es esta superioridad de su enervada
paciencia; quien así puede esperar y ocultarse, bien puede engañar hasta al más
sagaz. Obedecerá tranquilamente, sin pestañear. Sonriente y frío, soportará las
mas recias ofensas, las más viles humillaciones; ninguna amenaza, ningún gesto
de rabia conmoverá a este monstruo de frialdad. Tanto Robespierre como Napoleón
se estrellaran contra esta calma pétrea, como el agua contra la roca. Tres
generaciones, toda una época fluye y refluye en mareas pasionales mientras que
él persiste frío e insensible.
En
esta imperturbable frialdad de su temperamento radica el verdadero genio de
Fouché. Su cuerpo no le pone trabas, no le arrastra; está casi siempre al
margen de todo. Su sangre, sus sentidos, su alma, todos estos turbadores
elementos del sentir de un hombre normal, están ausentes en este enigmático
hasardeur, cuya pasión se detiene íntegra en el cerebro. Este seco personaje de
escritorio ama viciosamente la aventura, su pasión es la intriga; pero
únicamente en la esfera del espíritu sabe depurarla y gozar de ella, y nada oculta
mejor y más genialmente su lúgubre placer de lo caótico, del complot, que su
disfraz de fiel y honesto burócrata que lleva toda la vida. Tender los hilos
desde su aposento, parapetado detrás de expedientes y documentos; asestar el
golpe criminal, inesperado e inadvertido, esa es su táctica. Hay que mirar
profundamente la Historia para percibir en la ráfaga de la revolución, en el
resplandor legendario de Napoleón, la figura de Fouché, de apariencia humilde y
subalterna, en realidad omnímoda, definidora de una época. Durante toda una
vida actúa en la sombra sobre tres generaciones. Patroclo cayó como cayeron
Héctor y Aquiles, mientras prevaleció Ulises, el astuto. Su talento sobrepuja
al genio; su sangre fría perdura sobre toda pasión.
La
mañana del 12 de septiembre hace su entrada en la sala la recién elegida
Convención. Ya no es tan solemne y pomposo el saludo como, hace tres años, en
la primera Asamblea Constituyente. Entonces aún estaba en el centro un
magnífico sillón de damasco bordado con blancas flores de lis: el sitial del
Rey; y al entrar éste, se levantó respetuosamente la Asamblea y recibió al
Monarca con vivas y ovaciones. Ahora están inválidos sus castillos, la Bastilla
y las Tullerías; ya no hay Rey en Francia; hay sólo un señor grueso llamado por
sus recios guardianes y jueces Luis Capeto, que se aburre como impotente
burgués en el Temple y espera su sentencia. En su lugar mandan ahora en el país
los setecientos cincuenta instalados en su propia casa. Tras la mesa
presidencial se yerguen en letras gigantescas las nuevas tablas mosaicas de las
leyes, el texto original de la Constitución, y adornan las paredes del salón,
símbolo amenazador, las varas de los lictores y el hacha mortífera.
En
las galerías se reúne el pueblo y contempla curioso a sus representantes.
Setecientos cincuenta miembros de la Convención entran a paso lento en la Casa
Real, extraña mezcla de todos los estados y profesiones: abogados cesantes con
ilustres filósofos, sacerdotes fugitivos con militares insignes, aventureros fracasados
con afamados matemáticos y poetas galantes. Como en un vaso violentamente
agitado, todo se ha mezclado en Francia, todo lo ha invertido la revolución. Es
tiempo de aclarar el caos.
Ya
la disposición de los asientos indica un primer ensayo de orden. En el salón
anfiteatral, donde se mezclan los alientos y chocan las frases hostiles, están
colocados, abajo los tranquilos, los serenos, los cautos: el marais, el
pantano, como llaman irónicamente a los que en todas las decisiones carecen de
pasión. Los turbulentos, los impacientes, los radicales, toman asiento arriba,
en los bancos más altos, en la “montaña”, que casi tocan con sus últimas filas
las galerías, como para indicar simbólicamente que tienen a su espalda la masa,
el pueblo, el proletariado.
Estas
dos potencias sostienen la balanza. Entre ellas se tambalea, en flujo y
reflujo, la revolución. Para los ciudadanos, para los moderados, es ya perfecta
la República con la Constitución conquistada, con la aniquilación del Rey y de
la nobleza, con el traspaso de los derechos al Tercer Estado; ahora quisieran
mas bien poner diques y retener la marea removida desde el fondo, defender lo
seguro. Condorcet, Roland, los girondinos son sus cabecillas, representantes
del clero y de la clase media. Pero los de la “montaña” quieren seguir
empujando la ola hasta que arrastre todo lo que quedó existente de antaño, todo
lo anticuado; quieren a Marat, a Danton y Robespierre como jefes del
proletariado, la revolution intégrale,
radical hasta el ateísmo y el comunismo. Después del Rey quieren echar a tierra
las demás potencias viejas del Estado: dinero y Dios. Inquieta, oscila la
balanza entre los dos partidos. Si vencen los girondinos, los moderados, se
debilitará la revolución poco a poco en una reacción primero liberal y luego
conservadora. Si vencen los radicales, navegarán por todas las profundidades y
torbellinos de la anarquía. Así no engaña la solemne armonía de las primeras
horas a ninguno de los presentes en el salón predestinado, cada uno sabe que
aquí comenzará pronto una lucha a vida o muerte por el espíritu y por el Poder.
Y el sitio en que toma asiento un diputado, abajo, en el “llano”, o arriba, en
la “montaña”, indica ya de antemano su decisión.
Con
los setecientos cincuenta que entran solamente en el salón del Rey destronado
entra también, silencioso, cruzada sobre el pecho la banda tricolor de
representante del pueblo, José Fouché, el diputado de Nantes. Desaparecida la
tonsura y olvidado ya el traje de sacerdote, viste, como los demás, sencilla
ropa de ciudadano.
¿Dónde
tomará asiento José Fouché: entre los radicales de la “montaña” o entre los
moderados del “llano”? José Fouché no titubea mucho tiempo. No conoce más que
un partido, al que es leal y al que permanecerá fiel hasta el fin: al más
fuerte, al de la mayoría. Así, pesa y cuenta también esta vez interiormente los
votos y ve que el Poder se inclina del lado de los girondinos, de los
moderados. Con ellos están Condorcet, Roland, Servan, los hombres que tienen en
sus manos los Ministerios, que influyen en todos los nombramientos y que
reparten las prebendas. Allí puede estar seguro. Y allí toma asiento.
Pero
cuando alza casualmente los ojos hacia arriba, donde han tomado sus posiciones
los adversarios, los radicales, se cruza su mirada con otra mirada severa,
desdeñosa. Su amigo Maximiliano Robespierre, el abogado de Arras, ha reunido
allí a su alrededor a sus partidarios. Irónico y glacial, a través de sus
impertinentes, observa cruel, orgulloso de su propia terquedad, que no perdona
las vacilaciones y flaquezas de los demás, al oportunista Fouché. En este
momento se rompe el último lazo de la amistad de estos dos hombres. Desde
entonces siente Fouché a su espalda, detrás de sus ademanes y sus actos, la
mirada de cruel examen y severa observación del eterno acusador, del implacable
puritano. ¡Hay que tener cuidado!
Nadie
tiene más que él. En los protocolos de las sesiones de los primeros meses falta
por completo el nombre de José Fouché. Mientras que todos se precipitan con
ímpetu y presunción hacia la tribuna a hacer proposiciones, a declamar
latiguillos, a acusarse y enemistarse, el diputado de Nantes nunca pone los
pies sobre el púlpito. La insuficiencia de voz (así se excusa ante sus amigos y
electores) le impide hablar públicamente. Y como todos los demás se quitan,
ávidos e impacientes, la palabra de la boca, se destaca con simpatía el
silencio de esta aparente modestia. Pero en verdad no es modestia, sino
cálculo. El ex físico estudia primero el paralelogramo de las fuerzas, observa,
vacila antes de formular su opinión, porque ve oscilar continuamente la
balanza. Precavido, reserva su voto decisivo para el momento en que comience a
inclinarse definitivamente a un lado o a otro. ¡Por nada gastarse demasiado
pronto; por nada sujetarse antes de tiempo; por nada ligarse para siempre! Aún
no se ve claramente si la revolución ha de avanzar o si ha de retroceder, y,
como buen hijo de marinero, espera para lanzarse al lomo de la ola que el
viento sea favorable y mantiene entre tanto su nave en el puerto.
Además,
ya en Arras, tras los muros del convento, había observado cuán pronto se
desgasta en una revolución la popularidad, cómo se convierte el grito popular
de “Hossana” en el grito de “Crucificalo”. Todos o casi todos los que durante
la época de los Estados Generales y de la Asamblea Constituyente se habían
destacado eran víctimas del olvido o del odio. El cadáver de Mirabeau, ayer aún
en el Panteón, había sido exhumado vergonzosamente de aquel lugar; Lafayette,
celebrado triunfalmente hacía algunas semanas como padre de la Patria, era
considerado como traidor; Custine, Pethoin, ovacionados poco antes, se
arrastraban temerosos en la sombra, lejos de la publicidad. No. No había que
surgir precipitadamente a la luz, no había que sujetarse demasiado ligeramente;
que se inutilicen, que se gasten los demás. Una revolución -lo sabe muy bien
este hombre precozmente sutil- nunca pertenece al primero, al que la inicia,
sino al último, al que la culmina asiéndose a ella como a una presa.
Así
se agazapa taimada e intencionadamente en la oscuridad. Se acerca a los
poderosos, pero evita todos los Poderes públicos y visibles. En vez de
escandalizar en la tribuna y en los periódicos, prefiere ser elegido en las
Comisiones, donde se gana en la sombra conocimiento de la situación e
influencia sobre los acontecimientos sin ser observado ni odiado. Y,
efectivamente, su manera de trabajar tenaz y rápida le gana simpatías; su
invisibilidad le protege contra toda evidencia. Desde su despacho puede
observar descuidadamente cómo se ensañan los tigres de la «montaña» y las
panteras de la Gironda, cómo los grandes apasionados, cómo las grandes figuras
destacadas de un Vergiaud, Condorcet, Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre
se hieren a muerte. Él contempla y espera, pues sabe que hasta que no se
aniquilen los apasionados no empieza la época de los que supieron esperar, de
los prudentes. Sólo se decidirá cuando la batalla se vislumbre ganada.
Este
aguardar en la oscuridad es la actitud de José Fouché durante toda su vida. No
ser nunca el objeto visible del Poder y sujetarlo, sin embargo, por completo;
tirar de todos los hilos eludiendo siempre la responsabilidad. Colocarse,
parapetado, detrás de una figura principal, y empujarla hacia delante; y en
cuanto esta avance excesivamente, en el instante decisivo, traicionarla de
manera rotunda. Éste es su papel preferido. Lo interpreta como el más perfecto
intrigante de la escena política, en veinte disfraces, en innumerables
episodios bajo los republicanos, los reyes o los emperadores, siempre con el
mismo virtuosismo.
A
veces se le presenta la ocasión, y con ella la tentación, de representar el
papel principal, el papel de héroe en el drama mundial. Pero es demasiado
perspicaz para desearlo seriamente. Tiene plena conciencia de su rostro feo y repulsivo,
que no se presta para las medallas y emblemas, para el lujo y la popularidad, a
lo que no podría ofrecer nada heroico con una corona de laurel sobre la frente.
Sabe de su voz delgada y enfermiza que puede muy bien susurrar, sugerir,
insinuar, pero nunca arrastrar a las masas con elocuencia inflamada. Sabe que
su fuerza reside en el aposento de burócrata, en la habitación cerrada en la
sombra. Allí puede acechar y explorar holgadamente, observar y convenir, tirar
de los hilos y enredarlos mientras permane ce impenetrable, hermético.
Éste
es el último secreto de la fuerza de José Fouché, que, aunque anhela el Poder,
la mayor cantidad posible de Poder, se conforma con la conciencia de su
posición; no necesita sus emblemas ni su investidura. Fouché tiene amor propio
desmesurado, pero no ansia de gloria; es ambicioso sin vanidad. La vara de
lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden llevarlos otros
tranquilamente, él les cede gustoso el brillo y la dicha de la popularidad. A
él le basta con enterarse de la cosa, con tener influencia, con ser él quien
manda verdaderamente sobre quien tiene la apariencia de mando, y, sin exponer
su persona, hacer el juego emocionante, el juego tremendo de la política. Mientras
los demás se ligan fuertemente a sus convicciones, a sus palabras y gestos
oficiales, queda él, tenebroso y escondido, interiormente libre; es lo
permanente en el proceso fugitivo de apariciones. Los girondinos caen, Fouché
queda; los jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado,
el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen, pero siempre
queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor
audaz para perseverar en la falta absoluta de vanidad.
Pero
llega un día en el proceso mundial de la revolución, un día que no admite
vacilaciones, un día en el que cada cual tiene que dar su voto terminante,
concreto, con “sí” o “no”: el 16 de enero de 1793. La manecilla del reloj de la
revolución señala mediodía. La mitad del camino esta andado. Palmo a palmo se
ha arrancado el Poder a la Monarquía. Pero aún vive el Rey, Luis XVI, aunque
prisionero en el Temple. Ni ha sido posible dejarle huir, como esperaban los
moderados, ni se ha conseguido que encontrase la muerte en aquel asalto al palacio
realizado por la furia del pueblo, como secretamente deseaban los radicales. Le
han humillado, le han quitado libertad, nombre y categoría; pero aún por su
solo aliento, por su sangre heredada, es Rey, es el nieto de Luis XIV, y aunque
ahora sólo se le llame desdeñosamente Luis Capeto, sigue siendo un peligro para
la joven República. Por eso formula la Convención la pregunta de vida o muerte.
En vano habían esperado los indecisos, los cobardes, los cautos, las personas
del carácter de José Fouché, poder escapar por votación secreta de emitir su
juicio definitivo. Robespierre exige terminantemente que cada representante de
la nación francesa pronuncie su “sí” o “no”, su Vida o Muerte, en medio de la
Asamblea, para que sepa el pueblo y la posteridad el lugar que a cada uno
corresponde: a la derecha o a la izquierda, en la bajamar o en la pleamar de la
revolución.
Ya
el 15 de enero, Fouché ha definido claramente su propósito. Pertenece a los
girondinos, y el deseo de sus electores, netamente moderados, le obliga a pedir
clemencia para el Rey. Pregunta a sus amigos, sobre todo a Condorcet, y ve que
están todos dispuestos a evitar una medida tan irrevocable como la ejecución
del Rey. Y como la mayoría está en contra de la sentencia, se pone Fouché,
naturalmente, de su parte; la noche anterior, la del 15 de enero, lee a un
amigo el discurso que piensa pronunciar para justificar su deseo de clemencia. Sentarse
en los bancos de los moderados le obliga a ser así.
Pero
entre aquella noche del 15 de enero y la mañana del 16 transcurre una noche
intranquila y agitada. Los radicales no han estado ociosos: han puesto en
marcha la máquina de la rebelión de las masas, que saben dominar tan
magistralmente. En los arrabales truenan los cañones del escándalo; las
secciones llaman con sus tambores a las gentes del pueblo; todos los batallones
irregulares de la rebelión, a los que recurren siempre los terroristas
invisibles, que los mueven para alcanzar por la fuerza decisiones políticas y a
los que pone en acción en pocas horas un gesto del cervecero Santerre. Estos
batallones de los agitadores de barrio son conocidos de las pescaderas y
aventureros desde la gloriosa conquista de la Bastilla; se los conoce de la
hora vil de los asesinatos de septiembre. Siempre, cuando hay que romper el
dique de las leyes, se revuelve a la fuerza esta gigantesca ola del pueblo, y
siempre lo arrastra todo consigo, irresistible, hasta a aquellos a quienes ha
hecho surgir de sus bajos fondos.
Miles
y miles cercan, ya al mediodía, la Escuela de Equitación y las Tullerías;
hombres en mangas de camisa, el pecho desnudo, amenazantes, pica en mano;
mujeres vociferantes, insultadoras, con carmañolas de rojo ígneo; guardia
ciudadana y gente callejera. Entre ellos se multiplican los provocadores de la
rebelión: Fournier, el americano; Guzmán, el español; Theroigne de Méricourt,
esa caricatura histérica de Juana de Arco. Si pasan diputados sospechosos de
votar por la clemencia, se vierte sobre ellos un diluvio de insolencias como
cubos de basura, se alzan puños, se profieren amenazas contra los
representantes del pueblo. Con todos los medios del terrorismo y de la fuerza
bruta trabajan los amedrentadores para conseguir que la cabeza del Rey sea
puesta bajo la cuchilla.
Y
esa intimidación hace su efecto en todos los espíritus apocados. Medrosos, se
aprietan en sus asientos los girondinos, a la luz oscilante de las velas, en
esta noche gris de invierno. Los que ayer esperaban aún, decididos a votar
contra la muerte del Rey para evitar la guerra con toda Europa, están
intranquilos y desunidos bajo la enorme presión de la rebelión del pueblo. Por
fin, ya bien entrada la noche, se verifica la primera citación de nombres, y -
¡qué ironía! - le toca precisamente al jefe de los girondinos, a Vergniaud, al
otras veces tan apasionado orador, cuya voz resuena siempre como un martillo
sobre la madera vibrante de las paredes. Pero ahora teme no pasar, como jefe de
la República, por bastante republicano si perdona la vida del Rey. Y él, que
siempre fué bravo y furioso, se acerca a la tribuna, lento, pesado, la testa
poderosa vergonzosamente inclinada, y dice en voz baja: La mort.
La
palabra resuena como un diapasón por la sala. El primero de los girondinos ha
fallado. De los demás permanecen firmes la mayor parte: trescientos entre
setecientos votos se inclinan al perdón, a pesar de que saben que una actitud
de moderación política requiere en esta ocasión mil veces más audacia que una
firmeza aparente. La balanza oscila mucho: un par de votos pueden decidir. Por
fin es llamado el diputado de Nantes, José Fouché, el mismo que aseguro ayer
aún a los amigos que defendería con palabras inflamadas la vida del Rey, el que
hace diez horas se manifestaba como el más decidido entre los decididos. Pero
mientras tanto ha contado los votos el antiguo profesor de Matemáticas, y, buen
calculador, Fouché ha visto que con ello daría un paso en falso, ligándose al
único partido al que nunca habría de pertenecer: al partido de la minoría. Ya
no duda. Con sus pasos sigilosos sube ligeramente a la tribuna, y de sus labios
pálidos se escapan, tenues, estas dos palabras: La mort.
El
Duque de Otranto escribirá y pronunciará más tarde cien mil palabras para
excusar, como una equivocación, estas dos palabras que le estigmatizan de
regicida, de asesino del Rey. Pero estas dos palabras están dichas públicamente
y, anotadas en el Moniteur, no se las puede borrar de la Historia ni de su
vida, en la que serán memorables, pues significan su primera caída oficial. Ha
traicionado alevosamente a sus dos amigos Condorcet y Daunou, se ha burlado de
ellos, los ha engañado. Pero no tiene que avergonzarse de ello ante la
Historia: otros más fuertes, como Robespierre y Carnot, Lafayette, Barras y
Napoleón, los más poderosos de su tiempo, serán burlados por él en la hora de
la desgracia. En este momento se descubre por primera vez en el carácter de
José Fouché otro rasgo muy marcado: su osadía. Si deja traicioneramente un
partido, no lo hace nunca despacio y cautelosamente, nunca se desliza con
disimulo de las filas. Lo hace a la luz del día, con fría sonrisa. Con
estupefaciente naturalidad se pasa directamente al antiguo adversario y acepta
todas sus palabras y argumentos. Lo que creen y dicen los partidarios
anteriores, lo que piensa la masa, el público, le deja completamente frío. Le
importa una sola cosa: estar siempre con el vencedor, nunca con el vencido. En
la rapidez de rayo de este cambio, en el cinismo sin medida de su transmutación,
muestra una dosis de osadía que involuntariamente anonada y causa admiración.
Le bastan veinticuatro horas, a veces una hora sola, a veces un solo minuto,
para arrojar francamente la bandera de sus convicciones y desplegar con
estrépito la contraria. No va con una idea, va con el tiempo, y mientras más
ligero corra, más ligero le seguirá.
Sabe
que sus electores de Nantes se indignarán cuando lean al día siguiente en el
Moniteur su voto. Hay, pues, que arrollarlos, en vez de convencerlos. Y con esa
rápida audacia, con esa osadía que le presta en esos instantes casi una aureola
de grandeza, no espera la indignación, sino que se adelanta al asalto con un
ataque. Al día siguiente de la votación manda imprimir un manifiesto en el que
proclama ruidosamente, como su convicción más leal y sincera, lo que en
realidad le ha sugerido el miedo a caer en desgracia ante el Parlamento: no
quiere dejar a sus electores tiempo para pensar y calcular, quiere
aterrorizarlos y amedrentarlos, dando el golpe con rápida brutalidad.
Ni
Marat ni los más acalorados jacobinos son capaces de escribir de manera más
sangrienta que este hombre, ayer aún tan moderado, a sus bravos, a sus buenos
electores burgueses: «Los crímenes del tirano han sido descubiertos y llenan de
indignación todos los corazones. Si no cae su cabeza enseguida bajo la espada,
pueden caminar tranquilamente con las suyas erguidas todos los ladrones y
asesinos, y el caos más terrible nos amenazará. Los tiempos están con nosotros
y contra todos los reyes de la tierra». Así proclama la ejecución como
necesidad inevitable quien el día anterior llevaba preparado en el bolsillo un
manifiesto, probablemente igual de persuasivo, contra la ejecución.
Y,
efectivamente, el astuto matemático había calculado bien. Como buen oportunista,
conoce la irresistible gravitación de la cobardía; sabe que en todos los
momentos políticos de la masa es la audacia el decisivo denominador de todo
cálculo. Tiene razón: los buenos burgueses conservadores se agachan tímidos
ante este manifiesto descarado e inesperado; confundidos y perplejos se
apresuran a dar su consentimiento para una decisión con la que no están
conformes interiormente en lo más mínimo. Ninguno se atreve a contradecir. Y
desde aquel día tiene José Fouché en su mano la dura y fría palanca con la que
dominará las más difíciles crisis: el desprecio a la Humanidad.
Desde
esa fecha memorable, el 16 de enero, elige (por el momento) José Fouché, con su
carácter de camaleón, el color rojo. El moderador se convierte de la noche a la
mañana en archirradical y ultraterrorista. De un salto se encuentra en medio de
sus adversarios, y una vez entre ellos decide colocarse en el ala extrema de la
izquierda, en la más radical. Con una rapidez fantástica adopta este espíritu
frío, este reseco burócrata, para no quedarse atrás, el lenguaje más sangriento
de los terroristas. Hace rigurosamente proposiciones contra los emigrados,
contra los sacerdotes; azuza, truena, se enfurece, degüella con palabras y
gestos. Verdaderamente, podría volver a hacer amistad con Robespierre y volver
a sentarse a su lado; pero este hombre de conciencia incorruptible, de duro
espíritu protestante, no ama a los renegados; con doble desconfianza repele
ahora al tránsfuga, cuyo radicalismo ruidoso le es más sospechoso que su antigua
moderación.
Fouché
barrunta, con sentido atmosférico agudo, el peligro de tal vigilancia y ve
acercarse días críticos. Aún se cierne la tormenta sobre la Asamblea y ya se
insinúan en el horizonte político las luchas trágicas entre los jefes de la
revolución, entre Danton y Robespierre, entre Hebert y Desmoulins; habría que
decidirse de nuevo dentro del mismo radicalismo; pero a Fouché no le gusta
comprometerse antes de que la declaración esté exenta de peligros y sea
propicia a la ganancia. Sabe que hay situaciones en los momentos decisivos que
domina un diplomático, lo más sabiamente, eludiéndolas. Así es que prefiere
ausentarse del ruedo de la Convención durante la lucha y no volver a pisarlo
hasta que ésta se haya decidido. Para fundar y justificar su retirada tiene la
suerte de que se le presente con oportunidad una excusa honorable: la
Convención elige doscientos delegados de su seno para que mantengan el orden en
las provincias. Fouché, que no se encuentra bien en la atmósfera volcánica del
salón de sesiones, hace todo lo posible por ser uno de los enviados y consigue
ser elegido. Se le concede así una tregua. Puede tomar aliento. ¡Que luchen
mientras tanto unos con otros, que se aniquilen entre sí haciendo lugar,
haciendo sitio, con su apasionamiento, para él, soberbio y ambicioso! ¡Pero
ahora, alejarse, evadirse, no tomar partido entre los partidos! Unos meses,
unas semanas son mucho en aquellos tiempos en que el reloj del universo corre
frenéticamente. Cuando llegue el momento de volver estará decidida la suerte y
entonces podrá situarse tranquilamente y sin peligro al lado del vencedor, en
su partido de siempre: en la mayoría.
Se
ha estudiado poco la historia provincial de la revolución francesa. Todas las
descripciones concentran la atención pasmada en la esfera del reloj de París,
donde solo es visible el signo de la hora. Pero el péndulo que regulariza su
marcha sostiene su eje en el país y en el ejército. París no es más que la
palabra, la iniciativa, el motor; pero el país inmenso es la acción, la fuerza
decisiva y continua.
Pronto
reconoce la Convención que el tempo revolucionario de la capital y el del país no coinciden. Los lugareños, los
habitantes de las aldeas y de las montañas, no piensan con la misma rapidez que
las gentes de la capital. Absorben más despacio y con más cuidado las ideas y
se las apropian a su manera.
Lo
que en la Convención se convierte en ley en una hora, se filtra despacio, gota
a gota, por el país, y casi siempre adulterado y diluido por la burocracia realista
provincial, por el clero, por los hombres del antiguo régimen. Por eso hay
siempre una hora de atraso en las regiones respecto a París. Si gobiernan en la
Convención los girondinos, aún elige la provincia realista; cuando los
jacobinos triunfan, empieza el acercamiento espiritual de la provincia a la
Gironde. Inútiles son contra esto todos los decretos patéticos, pues sólo lenta
y tímidamente se abre paso la palabra impresa hasta la Auvergne y la Vendee.
Así
acuerda la Convención desplazarse en verbo y presencia activamente a la
provincia para avivar el ritmo de la revolución en toda Francia, para dar jaque
al tiempo vacilante y casi antirrevolucionario de las comarcas rurales. Elige
de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les
da poderes casi ilimitados. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de
pluma roja tiene derechos de dictador. Puede cobrar contribuciones, pronunciar
sentencias, pedir reclutas, destituir generales; ninguna autoridad puede
oponerse al que representa con su persona, santificada simbólicamente, la
voluntad de la Convención Nacional íntegra. Su poder es ilimitado, como antaño
el de los procónsules de Roma, que llevaron a todos los países sometidos a la
voluntad del Senado. Cada uno es un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no
se puede apelar ni recurrir.
Enorme
es el poder de estos embajadores escogidos; pero enorme también su
responsabilidad. Dentro de la provincia que se les asigna parece cada uno un
rey, un emperador, un autócrata. Pero detrás de su nuca manda su destello
siniestro la guillotina. El Comité de Salud pública vigila cada queja y pide
implacablemente a cada uno cuentas exactas sobre la administración de los
fondos. Contra el que no muestra suficiente energía se aplicarán duras
sanciones; quien, por otra parte, se deja arrastrar por una furia excesiva,
también ha de esperar su castigo. Si prevalece el terrorismo, toda medida de
este género se considerará acertada; si se inclina la balanza hacia la
clemencia, se juzgará, en cambio, como improcedente. Señores, en apariencia, de
todo un país, son en realidad verdaderos siervos del Comité de Salud pública y
están sometidos a la tendencia que rige la hora. Por eso miran de soslayo, con
el oído atento a las señales de París. Mientras deciden sobre la vida y la
muerte de los demás, han de estar alerta para conservar la propia vida. No es,
ni mucho menos, un cargo fácil el que aceptan. Igual que los generales de la revolución
ante el enemigo, saben todos que sólo una cosa los salva de la afilada
cuchilla: el éxito.
En
el momento en que Fouché es enviado como procónsul, se inclina la balanza del
lado de los radicales. Así, pues, matiza Fouché su acción en el departamento de
la Loire inferieure, en Nantes, Nevers y Moulins, con un tono rabiosamente
radical. Truena contra los moderados, inunda el país con un diluvio de
manifiestos, amenaza a los ricos, a los timoratos, de la manera más cruel; pone
en pie regimientos enteros de voluntarios bajo presión moral o efectiva y los
manda contra el enemigo. En fuerza organizadora, en rápido conocimiento de la
situación iguala, por lo menos, a cada uno de sus compañeros; en audacia verbal
los supera a todos.
Porque
-y esto hay que anotarlo- José Fouché no permanece en un margen de cautela,
como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton, ante la
cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquéllos declaran aún
respetuosamente “invulnerables”. Fouché se traza decididamente un programa
radical, socialista y comunista. El primer manifiesto comunista claro de la
época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el “Hessische
Landbote”, de Jorge Buechner, sino la tan desconocida “Instruction de Lyon”,
intencionadamente olvidada por la historiografía socialista, y que lleva las
firmas de Collot d'Herbois y Fouché, pero que, sin duda alguna, fue redactada
sólo por éste. Tal documento enérgico, que en sus postulados se adelanta a su
época en cien años -y que es uno de los más sorprendentes de la revolución-,
bien merece la pena de ser sacado de la sombra. Aunque pretenda atenuar su
significado histórico el hecho de negar desesperadamente más tarde el Duque de
Otranto las palabras escritas como simple ciudadano José Fouché, siempre
definirán éstas su credo de antaño. Visto como documento de la época, se nos
presenta Fouché como el primer socialista verdadero, como el primer comunista
de la revolución. Ni Marat ni Chaumette han formulado los más audaces postulados
de la revolución francesa, sino José Fouché. Con mayor claridad y agudeza que
la mejor descripción, ilumina su texto el retrato espiritual de Fouché; en
otras ocasiones -casi siempre - parece desleírse en una zona de penumbra.
Esta
“Instruction” comienza audazmente con una declaración de infalibilidad
justificativa de todas las osadías: “Todo les está permitido a los que actúan
en nombre de la República. Quien se excede en cumplirlas, quien aparentemente
pasa del límite, aún puede decirse que no ha llegado al fin ideal. Mientras
quede sobre la tierra un solo desgraciado, debe proseguir el avance de la
libertad”.
Después
de este preludio enérgico, en cierto sentido ya maximalista, de Fouché, la
siguiente definición del espíritu revolucionario: “La revolución está hecha
para el pueblo; pero no hay que entender por pueblo esa clase privilegiada, por
su riqueza, que ha acaparado todos los goces de la vida y todos los bienes de
la sociedad. El pueblo es únicamente la totalidad de los ciudadanos franceses,
sobre todo esa clase social infinita de los proletarios que defienden las
fronteras de nuestra patria y que sustentan a la sociedad con su trabajo. La
revolución sería un absurdo político y moral si no se ocupara más que del
bienestar de unos cuantos cientos de individuos y dejara perdurar la miseria de
veinticuatro millones de seres. Por eso sería un engaño afrentoso a la
Humanidad el pretender hablar siempre en nombre de la igualdad, mientras separa
aún a los hombres desigualdades tan tremendas en el bienestar”. Después de
estas palabras introductivas desarrolla Fouché su teoría preferida: que el
rico, mauvais riche, no será nunca un verdadero revolucionario, nunca un
republicano leal; que toda revolución, nada más que burguesa, que deje persistir
las diferencias de bienes, tendría que volver a degenerar inevitablemente en
una nueva tiranía, “porque los ricos se tendrían siempre por otra clase de
seres”. Por eso exige Fouché del pueblo la energía más extremada y completa, la
revolución integral. “No os engañéis: para ser un verdadero republicano, tiene
que sufrir cada ciudadano en sí mismo una revolución parecida a la que ha
cambiado la faz de Francia. No puede quedar nada común entre los vasallos de
los tiranos y los habitantes de un país libre. Por eso tienen que ser
completamente nuevas todas sus obras, sus sentimientos y sus costumbres. Estáis
oprimidos y debéis aniquilar a vuestros opresores; habéis sido esclavos de la
superstición eclesiástica, y no debéis tener otro culto que el de la Libertad...
Todo el que permanece al margen de este entusiasmo, que conoce alegrías y
tribulaciones ajenas a la felicidad del pueblo, abre su alma a intereses fríos,
calcula lo que rentará su honor, su posición y su talento, y se aparta así por
un momento del bien general; todo aquel cuya sangre no arde vindicadora ante la
opresión y la opulencia; todo el que tenga una lágrima de compasión para un
enemigo del pueblo, y el que no guarda toda la fuerza de su sentimiento para
los mártires de la Libertad, todos estos mienten, si se atreven a llamarse
republicanos. Que abandonen el país, si no quieren que se los desenmascare y
que su sangre impura riegue el suelo de la Libertad. La República no quiere en
su seno más que seres libres, está dispuesta a aniquilar a los demás, y no
reconoce como hijos sino a los que quieren vivir, luchar y morir por ella.” En
el tercer párrafo de esta instrucción se convierte la confesión revolucionaria
en un manifiesto comunista desnudo y franco (el primero explicito de 1793):
“Todo el que posea más de lo indispensable ha de contribuir con una cuota igual
al exceso a los grandes requerimientos de la patria. De modo que habéis de
averiguar, de manera generosa y verdaderamente revolucionaria, cuanto tiene que
desembolsar cada uno para la causa pública. No se trata aquí de la averiguación
matemática, ni tampoco del método vacilante que en otros casos se emplea en la
repartición de contribuciones; esta medida especial tiene que llevar el
carácter de las circunstancias. Obrad, pues, generosamente y con audacia:
quitadle a cada ciudadano lo que no necesite, pues lo superfluo es una
violación patente de los derechos del pueblo. Todo lo que tiene un individuo
mas allá de sus necesidades no lo puede utilizar de otra manera que abusando de
ello. No dejarle, pues, sino lo estrictamente necesario; el resto pertenece
íntegro, durante la guerra, a la República y a sus ejércitos”.
Expresamente
acentúa Fouché en este manifiesto que no hay que contentarse solamente con el
dinero. “Todos los objetos -continúa- que se poseen en demasía y que puedan ser
útiles a los defensores del país, los pide ahora la patria. Así hay gentes que
tienen increíble abundancia en telas de hilo y camisas, en pañuelos y zapatos. Todas
estas cosas tienen que ser objeto de la requisa revolucionaria”. Igualmente
pide la entrega del oro y de la plata, de los métaux vils et corrupteurs, que
desprecia el verdadero republicano, al tesoro nacional, para que allí “les sea
acuñada la efigie de la República, y purificados por el fuego sirvan solamente
a la Comunidad. No necesitamos sino acero y hierro, y la República triunfara”.
El llamamiento termina con una tremenda apelación a la violencia:
“Administraremos con todo rigor la autoridad que nos ha sido encomendada,
consideraremos y castigaremos como actos malvados todo lo que, bajo otra
circunstancia, se llame descuido, debilidad y lentitud. Pasó la época de las
decisiones tibias y de las consideraciones. ¡Ayudadnos a dar los golpes
implacables o estos golpes caerán sobre vosotros mismos! ¡La libertad o la
muerte! Podéis elegir”
La
teoría de este documento nos da ya una idea de cómo será el procónsul José
Fouché en el desempeño de sus funciones. En el departamento de la Loire
inférieure, en Nantes, Nevers y Moulins, se atreve a la lucha contra las más
fuertes potencias de Francia, ante las cuales se habían retraído prudentemente
el mismo Robespierre y Danton: contra la propiedad privada y contra la Iglesia.
Obra rápida y decididamente en sentido de la Egalisation des fortunes, con la
invención del llamado “Comité filantrópico”, al que habían de enviar los
propietarios voluntariamente sus dádivas, según la fórmula. Pero para evitar
confusiones, agrega de antemano la suave encomienda de que “si el rico” no hace
uso “de su derecho, mostrándose propicio al régimen de la Libertad, tiene la
República, por su parte, el derecho de apoderarse de su fortuna”. No tolera el
menor exceso en el uso de los bienes, y delimita enérgicamente el concepto de
lo superfluo. “El republicano sólo necesita hierro, pan y cuarenta escudos de
renta”. Fouché saca los caballos de las cuadras, la harina de los sacos; hace
responsables con la vida a los mismos arrendatarios, para que no se queden
atrás en su prescripción; hace obligatorio el pan de guerra -como en la Guerra
Europea el pan único- y prohibe terminantemente el pan blanco de lujo. Semanalmente
pone en pie cinco mil reclutas, equipados con caballos, calzado, ropa y
fusiles; utiliza la violencia para poner en marcha las fábricas y todo obedece
a su energía férrea. El dinero afluye con las contribuciones, impuestos y
dádivas, entregas y tributos. Escribe así orgulloso a la Convención después de
dos meses de actividad: “Aquí da rubor ser rico”. Pero, en verdad, debió decir:
“Aquí da temblor ser rico”.
Al
mismo tiempo que como radical y comunista, se revela José Fouché (el futuro
multimillonario Duque de Otranto, que se casará en segundas nupcias por la
iglesia, piadosamente, bajo el patronato de un rey) como el más feroz y
fanático enemigo del cristianismo. “Este culto hipócrita tiene que ser
reemplazado por la creencia en la República y en la moral”, truena en su carta
flamante. Y caen como rayos ardientes las primeras disposiciones contra las
iglesias y las catedrales. Ley sobre ley, decreto sobre decreto: “Ningún
sacerdote podrá llevar los hábitos fuera del lugar destinado al culto”, se le
quitarán todos los Privilegios, pues “ya es tiempo -argumenta- de que vuelva
esta clase altanera a la pureza del cristianismo primitivo y se reintegre al
estado civil”. No le basta a José Fouché con ser la cabeza del poder militar,
con ser el más alto funcionario de la justicia, dictador autónomo de la
administración; se apodera también de todas las facultades eclesiásticas.
Suprime el celibato, ordena a los sacerdotes que se casen en el plazo de un mes
o que adopten un niño; concierta matrimonios y los divorcia en la plaza
pública. Sube al púlpito (del que han sido quitadas cuidadosamente todas las
cruces y efigies religiosas) y pronuncia sermones ateístas, en los que niega la
inmortalidad y la existencia de Dios. Las ceremonias de entierro cristianas son
suprimidas, y como único consuelo se graba en los cementerios la inscripción:
“La muerte es un sueño eterno”. El nuevo papa introduce en Nevers -dando a su
hija el nombre de “Nievre”, según la nominación del departamento-, por primera
vez en el país, el bautismo civil. Hace salir a la guardia nacional con
tambores y música, y en la plaza pública, sin intervención eclesiástica,
bautiza a la niña y le da nombre. En Moulins, precediendo a caballo a un
pelotón por toda la capital, con un martillo en la mano, va destruyendo cruces
y crucifijos, imágenes de santos, símbolos “vergonzosos” del fanatismo. Con las
mitras y los paños del altar robados forman una hoguera, y mientras arden en
pompa, danza la plebe en torno de este auto de fe ateístico. Pero ensañarse
únicamente en objetos muertos, contra figuras de piedra indefensas y contra
cruces frágiles, hubiera sido para Fouché un triunfo a medias. El verdadero
triunfo lo consigue cuando logra con su elocuencia que el cardenal Frangois
Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y le siguen,
entusiasmados con este ejemplo, treinta sacerdotes, alcanzando un éxito que se
propaga como un reguero de pólvora por todo el país. Así puede vanagloriarse
con orgullo ante sus colegas ateístas de haber acabado con el fanatismo y de
haber aniquilado tanto el cristianismo como la riqueza en el territorio a él
confiado.
¡Se
diría que se trata de los hechos de un loco, del fanatismo desatentado de un
ente fantástico! Pero José Fouché sigue siendo el frío calculador de siempre,
el realista impasible, tras estos fingidos apasionamientos. Sabe que debe
cuentas a la Convención, sabe que las frases patrióticas y las cartas han
bajado de valor y que para suscitar admiración hay que hablar con el lenguaje
positivo de las monedas sonantes. Y envía, mientras los regimientos levantados
marchan hacia la frontera, todo el producto del saqueo de las iglesias a París.
Cajones y cajones son llevados a la Convención llenos de custodias de oro, de
velones de plata rotos y fundidos, crucifijos y joyas de metales preciosos y
pedrerías. Sabe que la República necesita, ante todo, dinero, riquezas, y él es
el primero, el único que envía desde la provincia botín tan elocuente a los
diputados, que al principio se asombran de esta nueva energía, aplaudiéndole
luego frenéticamente. Desde este momento se conoce en la Convención el nombre
Fouché como el de un hombre férreo, como el más intrépido, el mas violento
republicano de la República.
Cuando
vuelve José Fouché de sus misiones a la Convención, ya no es el pequeño y
desconocido diputado de 1792. A un hombre que levantó diez mil reclutas, que
saca de las provincias cien mil francos de oro, mil doscientas libras en metálico,
mil barras de plata, sin utilizar ni una sola vez el rasoir national, la
guillotina, no le puede negar la Convención verdadera admiración Pour sa
vigilance, por “su celo”. El ultrajacobino Chaumette pública un himno a sus
hazañas. “El ciudadano Fouché -escribe-ha realizado los milagros que acabo de
contar. Ha honrado a la vejez, ayudado a los débiles, respetado la desgracia,
destruido el fanatismo y aniquilado el federalismo. Ha vuelto a poner en marcha
la fabricación de hierro, ha arrestado a los sospechosos, ha castigado
ejemplarmente los crímenes, ha perseguido y encarcelado a los explotadores”.Un
año después de haberse sentado cauteloso y titubeante en los bancos de los
moderados, pasa ya Fouché por el más radical de los radicales. Y ahora, cuando
la sublevación de Lyon requiere el hombre sin miramientos ni escrúpulos, el
hombre capaz de llevar a cabo el edicto más terrible que invento jamás una
revolución, ¿quien más indicado que Fouché? “Los servicios que has prestado
hasta ahora a la revolución -decreta la Convención en su lenguaje pomposo - son
garantía de los que has de prestar aún. En ti está el volver a encender en la
Ville Affranchie (Lyon) el fuego agonizante del espíritu ciudadano. ¡Concluye
la revolución, termina la guerra de los aristócratas y que caigan sobre ellos y
los aniquilen las ruinas que pretende levantar aquel Poder destruido!”
Y
con esta figura de vengador y asolador, como el Mitrailleur de Lyon, entra José
Fouché -el que ha de ser más tarde multimillonario y Duque de Otranto- por
primera vez en la Historia.
CAPÍTULO II
EL MITRAILLEUR DE LYON (1793)
En
los anales de la revolución francesa rara vez se abre una página sangrienta
como la de la sublevación de Lyon, y, sin embargo, en ninguna capital, ni aún
en París, se ha destacado el contraste social tan claramente como en esta
patria de la fabricación de la seda, primera capital de industria de la
entonces aún burguesa y agraria Francia. Allí forman los obreros, en medio de
la revolución de 1792, por primera vez, una masa proletaria visible,
rígidamente separada de los fabricantes, realistas y capitalistas. No es un
milagro que tomen los conflictos, precisamente sobre este suelo ardiente, las
formas más sangrientas y fantásticas, tanto en la reacción como en la revolución.
Los
partidarios de los jacobinos, las masas de los obreros y de los sin trabajo se
agrupan alrededor de uno de esos hombres singulares que surgen a la superficie
en todas las transformaciones mundiales, uno de esos seres puros, idealistas y
creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su
idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces tiranos. Siempre
será precisamente el hombre puro, religioso, extático, el reformador, quien,
con la intención más noble, dará motivo a asesinatos y desgracias que él mismo
detesta. En Lyon se llamo Chalier, un sacerdote escapado y antiguo comerciante,
para el que la revolución significó otra vez el cristianismo auténtico y
verdadero, entregándose a ella con amor desinteresado y supersticioso. La
elevación de la Humanidad a un nivel de razón e igualdad significó, para este
lector apasionado de Juan Jacobo Rousseau, la realización en la tierra del
reino milenario. Su filantropía ardiente y fanática ve en la conflagración
general la aurora de una Humanidad nueva y eterna. Es un idealista conmovedor;
cuando cae la Bastilla coge en sus manos una piedra del baluarte y, cargado con
ella seis días y seis noches, la lleva de París a Lyon, donde la utiliza de ara
para un altar. Venera como a un dios a Marat, a este libelista de sangre
ardiente, férvido, en el que ve una nueva Pythisa. Aprende sus discursos
escritos de memoria y arrebata con sus sermones, místicos e infantiles, a los
obreros de Lyon. Instintivamente ve el pueblo en él una caridad ardiente y
comprensiva. Por otra parte, los reaccionarios de Lyon comprenden que es mucho
más peligroso un hombre tan puramente poseído por el espíritu visionario
rayando en las fronteras de la locura, rebosante de amor al prójimo, que los
más estrepitosos y rebeldes jacobinos. En él se concentra todo el amor y contra
él va todo el odio. Y al primer motín encierran en la cárcel, como presunto
caudillo de los revoltosos a este idealista neurasténico y un poco ridículo. Se
logra achacarle una carta falsificada que le compromete, para fundamentar una
denuncia en virtud de la cual se le condena a muerte, para escarmiento de
radicales y como reto a la Convención de París. Inútilmente la Convención,
indignada, envía mensajero tras mensajero a Lyon para salvar a Chalier, y
amonesta, exige y amenaza al magistrado insubordinado. La municipalidad de Lyon
rehusa toda intervención con arrogancia, decidida a enseñar los dientes a los
terroristas de París. Hacía tiempo que habían recibido con repugnancia la
guillotina, el instrumento del terror. Sin servirse de él, lo tuvieron metido
en un granero hasta este momento, en el que se preparan a dar una lección a los
paladines del sistema terrorista, estrenando el “filantrópico” artefacto en la
cabeza de un revolucionario. Y precisamente por la falta de uso de la máquina
siniestra, y también por la torpeza del verdugo, se convierte la ejecución de
Chalier en cruel e infame suplicio. Tres veces cae el filo romo de la cuchilla
sin decapitar al reo. El pueblo contempla horrorizado el cuerpo atado y
ensangrentado de su caudillo retorcerse aún con vida, en cruenta tortura, hasta
que el verdugo, compadecido, remata la obra de la enmohecida guillotina con un
golpe certero de su sable. ¡Pero esta cabeza atormentada, cruelmente lacerada,
será Palladium de vindicta para la revolución y cabeza de Medusa para sus
asesinos!
Produce
verdadero espanto en la Convención la noticia de este crimen. ¿Cómo se atreve
una ciudad francesa sola a hacer franca resistencia a la Asamblea Nacional? Había
que ahogar en sangre la insolente provocación. Pero el Gobierno de Lyon sabe
muy bien lo que le espera, y de la resistencia pasa abiertamente a la rebelión
contra la Asamblea Nacional. Levanta tropas y prepara las obras defensivas
necesarias para oponerse por la fuerza al ejército republicano.
Las
armas decidirán entre Lyon y París, entre reacción y revolución.
Es
lógico que una guerra civil se considere en este momento como un verdadero
suicidio para la joven República, pues jamás fue una situación más peligrosa y
más desesperada. Los ingleses habían tomado Tolón, saqueado la flota y el
arsenal y amenazaban a Dunquerque, mientras que, por otra parte, avanzaban los
prusianos y los austriacos en el Rin y estaba en llamas la Vendée. La contienda
y la rebelión conmueven a la República de una a otra frontera. Pero son los
días heroicos de la Convención francesa. Impulsada por un instinto siniestro,
de predestinación, decide responder al peligro con el reto como mejor manera de
combatirlo, y así rehusan los jefes, después de la muerte de Chalier, todo
pacto con sus verdugos. Potius mori quam foedari, «Mejor sucumbir que
pactar>>, mejor otra guerra sobre las siete guerras que se hacían, que
una paz síntoma de flaqueza. Y este irresistible ímpetu de la desesperación,
esta pasión ilógica, furiosa, salvó a la revolución francesa lo mismo que a la
rusa (amenazada en el exterior por los ingleses y los mercenarios de todo el
mundo, en el interior por las legiones de Wrangel, de Denikin y de Koltschak)
en el momento de mayor peligro. No les vale a los habitantes de Lyon echarse
francamente en brazos de los realistas y confiar el mando de sus tropas a un
general del Rey. De las granjas y de los suburbios surgen aludes de soldados
proletarios, y el 9 de octubre las tropas republicanas conquistan la segunda
capital de Francia. Este día es acaso el más espléndido de la revolución
francesa. Cuando en la Convención se levanta solemne el Presidente de su
asiento y comunica la capitulación definitiva de Lyon, saltan los diputados de
sus asientos y se abrazan de alegría; por un momento parece terminada toda
discordia. La República está salvada; ha dado un magnífico ejemplo a todo el
país, a todo el mundo, de la fuerza iracunda, de la pujanza irresistible del
ejército popular republicano. Pero fatalmente arrastra a los vencedores el
orgullo de la propia bravura a una soberbia incontenible, a un trágico deseo de
convertir el triunfo en terror.
Terrible,
como el ímpetu de la victoria, ha de ser ahora la venganza contra los vencidos.
“Hay que dar un escarmiento ejemplar, hay que hacer ver que la República
francesa, que la joven revolución, reserva el más duro castigo para aquellos
que se levantan contra ella”. Y así se rebaja ante el mundo entero la
Convención, defensora de la Humanidad, con un decreto cuya pauta histórica
parece dada por los Califas y por Barbarroja con su vandálica devastación de
Milán. El 12 de octubre propone el Presidente de la Convención el documento
tremendo en que se pide nada menos que la destrucción de la segunda capital de
Francia. Este decreto, poco conocido, dice textualmente:
1.°
La Convención Nacional nombra, a propuesta del Comité de Salud pública, un
Comité especial de cinco miembros para castigar sin demora, militarmente, la
contrarrevolución de Lyon.
2.°
Todos los habitantes de Lyon serán desarmados y sus armas entregadas a los
defensores de la República.
3.°
Parte de ellas serán entregadas a los patriotas que fueron oprimidos por los
ricos y contrarrevolucionarios.
4.°
La ciudad de Lyon será devastada. Toda la parte habitada por los ricos será
destruida; quedarán en pie las casas de los pobres, las viviendas de los
patriotas asesinados o proscritos, los edificios industriales y los que sirven
para fines benéficos y educativos.
5.°
El nombre de Lyon será borrado del índice de ciudades de la República. En
adelante llevará el conjunto de casas que queden en pie el nombre de Ville
Affranchie.
6.°
Sobre las ruinas de Lyon se erigirá una columna que anuncie a la posteridad los
crímenes y el castigo de la ciudad realista, y que llevará esta inscripción:
Lyon hizo la guerra contra la Libertad. Lyon no existe.
Nadie
se atreve a protestar contra esta petición delirante de convertir la segunda
capital de Francia en un montón de escombros. Se acabó el valor cívico en el
seno de la Convención francesa desde que la guillotina brilla amenazante sobre
las cabezas de los que se atreven a susurrar tan sólo palabras de clemencia o
compasión. Atemorizada del propio terror, del terror por ella impuesto, aprueba
unánimemente la Convención el decreto vandálico y confía su ejecución a
Couthon, el amigo de Robespierre.
Couthon,
el antecesor de Fouché, reconoce enseguida el desatino, el suicidio que
significa demoler voluntariamente, por un gesto amedrentador, la capital
industrial de Francia y sus monumentos de arte. Desde el primer momento está
decidido interiormente a eludir el cumplimiento de su misión. Mas para ello es
indispensable adoptar una actitud de hipocresía llena de prudencia. Por eso
vela Couthon su designio secreto de respetar la ciudad elogiando de primera
intención desmesuradamente el disparatado decreto de total demolición. “¡Colegas
ciudadanos- exclama-, la lectura de vuestro decreto nos ha llenado de
admiración! Sí; es preciso que la ciudad sea devastada para que sirva, de
ejemplo a las que pudieran llevar su atrevimiento a levantarse contra la
Patria. Entre todas las medidas grandes y fuertes que ha ordenado hasta ahora
la Convención Nacional, faltaba una, a la que no se había llegado: la de la
destrucción total; pero estad tranquilos, Colegas, ciudadanos, y asegurad a la
Convención Nacional que sus principios son los nuestros y sus decretos serán
ejecutados al pie de la letra”. Aunque recibe Couthon su encomienda con
palabras de panegírico, no piensa, en verdad, llevarla a cabo. Se contenta con
preparativos teatrales. Inválido de las dos piernas por una parálisis temprana,
pero de espíritu inquebrantablemente resuelto, se hace conducir en una litera a
la plaza de Lyon, designa con un martillo de plata simbólicamente las casas que
han de ser derribadas y anuncia la institución de terribles tribunales de
vindicta. Con esto se calman los espíritus más fogosos. En realidad, con el
pretexto de la falta de obreros, se emplean sólo un par de mujeres y niños que,
“pro forma”, dan algunos golpes indolentes de pico en las casas. Y sólo se
llevan a cabo contadas ejecuciones.
La
ciudad respira, sorprendida por tan inesperada clemencia tras decretos tan
fulminantes; pero los terroristas están alerta, se dan cuenta poco a poco de
los propósitos benévolos de Couthon e instigan a la Convención a la violencia.
La cabeza destrozada y sangrienta de Chalier es llevada a París como reliquia,
presentada con gran solemnidad a la Convención y expuesta en Notre Dame con el
fin de excitar al pueblo. Cada vez con mayor impaciencia se lanzan nuevos
requerimientos contra el cunctátor Couthon. Se dice de él que es excesivamente
flexible, indolente, demasiado tímido. En fin, que no es el hombre capaz de
llevar a cabo venganza tan ejemplar. Hace falta un revolucionario verdadero,
dispuesto a todo, digno de la confianza que se le otorga; un hombre que no se
asuste de la sangre y que se arriesgue: un hombre de acero. Por fin cede la
Convención a tan ruidosas demandas y envía como verdugo de la ciudad
desdichada, en el lugar del excesivamente blando Couthon, a los más decididos
de sus tribunos: al vehemente Collot d'Herbois (del que circula la leyenda de
que, por haber recibido una rechifla como actor en Lyon, es el verdadero hombre
para castigar a sus habitantes) y al más radical de los procónsules, al más
calificado de los jacobinos y ultraterroristas, a José Fouché.
¿Se
trata, en el caso de Fouché, designado de la noche a la mañana por la obra
asesina, de un verdadero verdugo, de “un ebrio de sangre”, como se llamaba a
los campeones del terror?
Si
atendemos a sus palabras, ciertamente. Ningún procónsul se ha conducido en su
provincia con mayor energía, con mayor espíritu revolucionario, con mayor
radicalismo que José Fouché. Nadie ha requisado con menos miramientos, nadie ha
realizado más concienzudamente el saqueo de las iglesias ni ha hecho
desembolsar las fortunas y estrangulado toda resistencia con mayor eficacia. Pero,
cosa muy característica en él: únicamente con palabras, con órdenes e
intimidaciones, ha instituido el terror. En las semanas que duró su poder en
Nevers no corre ni una gota de sangre. Mientras cruje en París la guillotina
como una máquina de coser, mientras Carrier ahoga en Nantes, arrojándolos al
Loire, a centenares de sospechosos; mientras que todo el país tiembla de
fusilamientos, crímenes y persecuciones, no tiene Fouché en su distrito una
sola ejecución sobre la conciencia. Conoce muy bien -es el leitmotiv de su
psicología- la cobardía de las gentes; sabe que un gesto feroz y un ademán de
terror ahorran casi siempre el terror mismo. Y cuando más tarde, en lo más
florido de la reacción, se levantan acusadoras las provincias contra sus
sojuzgadores, no puede formular el distrito de Fouché en contra suya otra
acusación que la de la amenaza de muerte; pero de una ejecución efectiva, no
puede acusarle nadie. Vemos, pues, que Fouché, designado ahora como verdugo de
Lyon, no tiene inclinaciones cruentas. En este hombre frío, sin sensualidad; en
este calculador, en este malabarista mental, hay más de zorro que de tigre. No
necesita el vaho de la sangre para excitar sus nervios. Gesticula rabioso, pero
sin fiebre interior, con palabras de amenaza, jamás pedirá ejecuciones por el
placer de asesinar, por monomanía de mando. Obedeciendo al instinto y a la
prudencia -no por humanidad-, respeta la vida de los demás mientras no peligra
la suya.
Este
es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de
sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. Desmoulins
pide frenético desde su pupitre burocrático el tribunal para los girondinos.
Pero más tarde, cuando, sentado en la sala de justicia, oye caer la palabra
“muerte” sobre los veintidós hombres que él mismo ha arrastrado ante los
jueces, salta del asiento con palidez mortal, trémulo, se precipita fuera de la
sala lleno de desesperación; ¡no, no es eso lo que él quería! Robespierre, que
puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la
Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton,
a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llego a gritar estas palabras
de desesperación con el alma atribulada: “Ser guillotinado antes que
guillotinar”. Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas
mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a
caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias
sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres,
todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución
rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos
con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta
del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre
la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas.
Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió
la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dió en la manía de hablar
constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo,
embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide
efectivamente las “medidas enérgicas” anunciadas como necesarias, entonces
falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no
desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de
seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada
carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la
aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una
ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se
convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios,
no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino
simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que
carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por
desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor
humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se
quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación
humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han
creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras
peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también
los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han
vertido tanta sangre como la cobardía humana. Si, pues, José Fouché llega a ser
en Lyon el verdugo de las masas, no será por pasión republicana (no conoce él
ninguna pasión), sino únicamente por miedo de caer en desgracia como moderado.
Pero no deciden en la Historia los pensamientos, sino los hechos, y aunque se
haya defendido mil veces contra la expresión del mitrailleur de Lyon, quedará
ya estigmatizado como tal. Y ni la capa ducal podrá ocultar las huellas de sangre
de sus manos.
El
7 de noviembre llega Collot d'Herbois a Lyon y el 10 llega José Fouché. Inician
sus trabajos inmediatamente. Pero antes de la verdadera tragedia ponen en
escena, entre el excómico y el exsacerdote, una breve comedia satánica que
constituye tal vez la más cínica y provocativa de la revolución francesa: una
especie de misa negra en pleno día. Los funerales por el mártir de la Libertad,
Chalier, sirven de pretexto para esta desenfrenada orgía ateísta. Como
preludio, a las ocho de la mañana se arrancan de las iglesias las últimas
insignias religiosas; los crucifijos caen de los altares; se las despoja de
pafíos y casullas. Se organiza después una procesión imponente por toda la
ciudad hacia la plaza de Terraux. Cuatro jacobinos llegados de París llevan en
una litera, cubierta con tapices tricolores, el busto de Chalier materialmente
cubierto de flores. Al lado, una urna con sus cenizas y, en una pequeña jaula,
una paloma que consoló, según se dice, al mártir en la prisión. Solemnes y
graves caminan detrás de la litera los tres procónsules, en servicio del culto
nuevo que debe mostrar al pueblo de Lyon pomposamente la deidad del mártir de
la Libertad, Chalier, el dieu sauveur
mort pour eux. Pero esta ceremonia patética, de por sí ya desagradable, se
rebaja aún con otros estúpidos excesos del peor gusto: una horda estrepitosa
arrastra, en triunfo, entre danzas salvajes, cálices, custodias e imágenes de
santos; detrás trota un burro, al que han puesto artísticamente sobre las
orejas una mitra cardenalicia y que lleva atado al rabo un crucifijo y una
Biblia. ¡Así se arrastra el Evangelio, para risa de la chusma alborotada,
colgado de la cola de un pobre asno, por el lodo de la calle!
El
son de trompetas marciales ordena alto. En la gran Plaza, donde se ha erigido
un altar de ramaje, se coloca solemnemente el busto de Chalier y la urna, y los
tres representantes del pueblo se inclinan respetuosamente ante el nuevo santo.
Primeramente perora Collot d'Herbois con la rutina del actor; luego habla
Fouché. Quien supo callar tan tenazmente en la Convención, ha recobrado de
pronto su voz y lanza su declaración desmesurada sobre el busto de yeso:
“Chalier, Chalier, no existes ya. Los asesinos te han inmolado a ti, mártir de
la Libertad; pero sus propias sangres serán el único sacrificio capaz de
apaciguar tu espíritu airado. ¡Chalier! ¡Chalier! Juramos ante tu efigie vengar
tu martirio; sangre de aristócratas te servirá de incienso”. El tercer delegado
del pueblo, menos elocuente que el futuro aristócrata, que el futuro Duque de
Otranto, besa la frente del busto y grita estentóreamente en medio de la Plaza:
“¡Muerte a los aristócratas!”
Después
del triple homenaje se hace una gran hoguera. Muy serio ve el hace poco aún
tonsurado José Fouché, con sus dos colegas, como es desatado el Evangelio del
rabo del burro y echado al fuego, convirtiéndose en humo en medio de las llamas
que devoran pafíos de iglesia, misales, hostias e imágenes santas. Luego se
hace beber al infeliz cuadrúpedo en un cáliz consagrado como premio a sus
servicios, y, como final de acto de tan pésimo gusto, los cuatro jacobinos
llevan a hombros el busto de Chalier a la iglesia, donde es colocado
solemnemente en el lugar del Cristo derribado. Para eterna memoria del solemne
festejo, se acuña, en los días sucesivos, una moneda conmemorativa, de la que
no se encuentran ejemplares, tal vez porque el que fue después Duque de Otranto
adquirió todas las existencias y las hizo desaparecer, lo mismo que los libros
que describían demasiado claramente las ferocidades brutales de su época
ultrajacobina y ateísta. Tení a él buena memoria; pero no quería, sin duda, que
los demás pudieran recordarle la misa negra de Lyon y todos los demás excesos:
hubiera sido demasiado violento y desagradable para Son Excellence Monseígneur
le Sénateur Ministre de un cristianísimo rey.
Por
repugnante que sea este primer día de José Fouché en Lyon, no hay, sin embargo,
en él más que farsa y mascarada banal: aún no ha corrido la sangre. Pero al día
siguiente se recluyen los cónsules inaccesibles en una casa apartada, guardada
por centinelas armados, defendida de intrusos, con la puerta simbólicamente
cerrada a toda clemencia, a todo ruego, a toda tolerancia. Se constituye un
tribunal revolucionario, y de la tremenda noche de San Bartolomé que preparan
estos monarcas del pueblo que se llaman Fouché y Collot puede darnos una idea
la carta que dirigen a la Convención: “Cumplimos -escriben- nuestra misión con
la energía de republicanos puros y no descenderemos de la altura en que nos ha
colocado el pueblo para ocuparnos de los miserables intereses de unas cuantas
personas más o menos culpables. Hemos apartado a todo el mundo de nosotros
porque no tenemos tiempo que perder ni favores que otorgar. Sólo tenemos
presente a la República, que nos ordena una acción ejemplar, una lección
diáfana y evidente. No oímos sino el grito del pueblo que pide venganza por la
sangre vertida de los patriotas, venganza rápida y tremenda, para que la
Humanidad no vuelva a verla correr. Convencidos de que en esta ciudad infame no
hay más inocentes que los oprimidos por los asesinos, los encerrados por ellos
en los calabozos, mantenemos nuestra desconfianza ante las lágrimas del
arrepentimiento. Nada podrá desarmar nuestra severidad. Hemos de confesarlo,
colegas ciudadanos: consideramos la benevolencia como debilidad peligrosa,
apropiada tan sólo para volver a encender esperanzas criminales en el momento
preciso en que hay que apagarlas para siempre. Tratar a un sólo individuo con
benevolencia nos obligaría a seguir la misma conducta con todos, haciendo con
ello ineficaz el éxito de nuestra justicia. Se trabaja demasiado despacio en
las demoliciones: la impaciencia republicana requiere medios mas rápidos, como
la explosión de las minas, la acción devastadora de las llamas... Medios que
pongan en evidencia el poder del pueblo. Su voluntad no debe ser considerada
como la de los tiranos: ha de producir el efecto de una tempestad”.
La
tempestad descarga, como anuncia el programa, el 4 de diciembre, y su eco,
terrible, rueda pronto por toda Francia. De madrugada son sacados sesenta
jóvenes de la prisión, atados de dos en dos. No se los lleva a la guillotina,
que, según las palabras de Fouché, trabaja “demasiado despacio”, sino afuera,
al llano de Brotteaux, al otro lado del Rodano. Dos fosas paralelas, cavadas
deprisa, dejan prever ya a las víctimas su suerte. Los cañones, colocados a
diez pasos de ellos, indican siniestramente el método de la matanza colectiva.
Se amontona y ata a los indefensos en un pelotón de desesperación humana que
chilla, se estremece, llora, enloquece y resiste inútilmente. Una voz de mando
y las bocas de los cañones, tan próximas que el aliento las roza, truenan
mortíferas, vomitando plomo sobre la masa humana, sacudida por el miedo. La
primera descarga no acaba con todas las víctimas: a algunas sólo les ha sido
arrancado un brazo o una pierna, otras enseñan los intestinos y aún queda
alguna ilesa. Y mientras la sangre fluye en fuentes a las fosas, se oye una
nueva orden y carga la caballería con sables y pistolas sobre los que quedan,
entrando a tiro y sablazos en medio de este rebaño humano que se estremece,
gime y grita, sin poder huir, hasta que se acaba la última voz agonizante. Como
premio por la matanza, se les permite a los verdugos despojar a los sesenta
cadáveres aún calientes, de ropas y calzados, antes de enterrarlos desnudos y
destrozados en las fosas.
Esta
es la primera de las célebres mitraíllades de José Fouché, del que más tarde
fue ministro de un cristianísimo rey, que se muestra orgulloso de su obra a la
mañana siguiente en una encendida proclama: “Los representantes del pueblo
proseguirán fríamente la misión a ellos encomendada. El pueblo ha puesto en sus
manos el rayo de su venganza y no ha de abandonarlo hasta que hayan perecido
todos los enemigos de la Libertad. No les importará pasar sobre hileras
interminables de tumbas de conspiradores para llegar, a través de ruinas, a la
felicidad de la nación y a la renovación del mundo”. Aún el mismo día se
confirma criminalmente este triste “valor” por los cañones de Brotteaux, y en
un rebaño humano aún más numeroso. Esta vez son doscientas diez las víctimas
conducidas, con las manos atadas a la espalda, y tendidas a los pocos minutos
por el plomo de la metralla y por las descargas de la infantería. La operación
es la misma que la primera vez, sólo que se facilita la incómoda tarea a los
verdugos no obligándolos, tras la penosa matanza, a ser además los sepultureros
de sus víctimas. ¿A qué abrir tumbas para estos malvados? Se les quitan los
zapatos ensangrentados de los pies rígidos y se arrojan sencillamente los
cadáveres desnudos, palpitantes algunos, a las aguas movidas del Ródano, que
les sirven de tumba.
Pero
aún pretende Fouché velar este horror, cuyo vaho repugnante se extiende por
todo el país, con la capa apaciguadora de palabras de himno. Que el Rodano se
envenene con estos cadáveres desnudos le parece un acto político de alabanza,
porque llegaran flotando a Tolón, prestando allí testimonio palpable de la
venganza republicana inflexible y tremenda. “Es necesario -escribe- que los
cadáveres ensangrentados que hemos arrojado al Rodano naveguen a lo largo de
sus orillas y lleguen a su desembocadura en el infame Tolón, para que
intensifiquen ante los ojos de los cobardes y crueles ingleses la impresión de
horror y la sensación del poder del pueblo”. En Lyon, claro está, ya no es
necesaria una intensificación tal, pues las ejecuciones y las matanzas se
siguen sin interrupción. Para celebrar la conquista de Tolón, que acoge Fouché
con “lágrimas de alegría”, arrastra “doscientos rebeldes ante los cañones”. Inútiles
son todos los llamamientos a la clemencia. Dos mujeres que habían implorado
compasión excesiva por la libertad de sus maridos ante el tribunal de sangre,
son atadas al lado de la guillotina. Nadie puede llegar ni a las cercanías de
la casa de los delegados para pedir moderación. Pero tanto como las
detonaciones de los fusiles, truenan las palabras de los procónsules: “Sí, nos
atrevemos a decirlo, hemos vertido mucha sangre impura; pero únicamente por
humanidad y por deber... No dejaremos el rayo que habéis puesto en nuestras
manos hasta que no lo manifestéis por vuestra voluntad. Hasta entonces
seguiremos sin interrupción la lucha contra nuestros enemigos de la manera más
radical, terrible y rápida, hasta aniquilarlos“.
Mil
seiscientas ejecuciones en pocas semanas dan fe de que, por una vez, José
Fouché dijo la verdad.
Con
la organización de estas carnicerías y las comunicaciones llenas de alabanza
propia, no olvidan José Fouché y sus colegas otro triste encargo de la
Convención; ya el primer día hicieron llegar a París la queja de que la
demolición ordenada se llevaba a cabo, bajo su antecesor, “demasiado despacio”.
„Ahora -escriben- las minas aligerarán la obra de destrucción. Ya han comenzado
a trabajar los zapadores y dentro de dos días volaran los edificios de
Bellecour”. Estas fachadas célebres, comenzadas bajo Luis XIV, obras de un
discípulo de Mansard, por ser las más bellas, fueron las primeras condenadas a la
demolición. Con brutalidad son expulsados los moradores de esta fila de casas y
se da ocupación a centenares de hombres y mujeres sin trabajo, que en unas
semanas de insensato derribo destruyen las magníficas obras de arte. La
desdichada ciudad está llena de suspiros y quejas, de cañonazos y de muros que
se derrumban; mientras que el comité de justice se dedica a tumbar hombres y el
comité de démolition a derribar casas, lleva a cabo el comité des substances
una implacable requisa de víveres, telas y objetos de arte. Se hacen los
registros casa por casa, desde el sótano hasta el tejado, en busca de personas
escondidas y de joyas; nada se libra del terror de Fouché y Collot, los dos
hombres que, invisibles e infranqueables, protegidos por centinelas, viven ocultos
en una casa inaccesible. Se han demolido los palacios más bellos; están medio
vacías las cárceles -aunque vuelvan a llenarse constantemente-, saqueados los
comercios, regados con la sangre de mil personas los prados de Brotteaux. Es
entonces cuando deciden, al fin, algunos ciudadanos arriesgados (aunque su
decisión pueda costarles la cabeza) acudir a París y presentar a la Convención
una solicitud para pedir que la ciudad no quede totalmente arrasada.
Naturalmente, el texto de la súplica es muy cauto. No falta el tono marcial en
él ni la inclinación cobarde ante el decreto destructor, “que parece dictado
por el genio del Senado romano”; pero luego ruegan “perdón por el franco
arrepentimiento, para la debilidad coaccionada; perdón -nos atrevemos a decirlo-
para los inocentes a quienes se ha desconocido”.
Pero
los cónsules han sido informados a tiempo de la denuncia sigilosa, y Collot
d'Herbois, por ser el más elocuente de los dos, vuela a París en posta
acelerada para parar el golpe. Al día siguiente tiene la osadía, en la
Convención y ante los jacobinos, de defender la matanza colectiva como una
forma de “humanidad”. “Queríamos -dice- librar al mundo del espectáculo
tremendo de ejecuciones constantes, ininterrumpidas”. Por eso acordaron los
comisarios aniquilar en un mismo día y de una vez a todos los condenados y
traidores, debiendo buscarse el origen de este propósito en una véritable
sensibilité. Ante los jacobinos se entusiasma con mayor fervor aún por el nuevo
sistema “humanitario”. “Sí, hemos tumbado doscientos condenados con una sola
descarga, y esto es lo que se nos reprocha. ¡Pero esto es, en realidad, un acto
de moderación! Si se arrastra a la guillotina a veinte condenados, puede
decirse que mueren los últimos veinte veces. Con nuestro sistema caen veinte
traidores de una vez”. Y, efectivamente, estas frases gastadas, sacadas
precipitadamente del tintero sangriento de la jerga revolucionaria, hacen su
efecto: la Convención y los jacobinos aprueban las declaraciones de Collot y
dan con ello a los procónsules plenos poderes para continuar las ejecuciones.
El mismo día celebra París la inhumación de Chalier en el Panteón -un honor que
hasta entonces sólo se había concedido a Juan Jacobo Rousseau y a Marat -, y su
concubina recibe, como la de Marat, una pensión. Oficialmente es declarado así
el mártir santo nacional y con ello tácitamente aprobada, como justa venganza,
toda violencia por parte de Fouché y de Collot.
Sin
embargo, cierta incertidumbre se apodera de éstos, pues la situación empieza a
ser peligrosa en la Convención, en la que se vacila entre Danton y Robespierre,
entre la moderación y el terror. Hay, pues, que obrar con cautela, y para ello
deciden los dos repartirse los papeles: Collot d'Herbois se queda en París para
vigilar la opinión en los comités y en la Convención, para rechazar de antemano
un posible ataque con la vehemencia brutal de su elocuencia, dejando confiada
la prosecución de las matanzas a la “energía” de Fouché. No debemos olvidar que
durante aquella época fue José Fouché señor único y omnipotente, pues de manera
hábil intentará luego cargar sobre su colega -de espíritu mas abierto - todas
las violencias cometidas. Los hechos demuestran que en la época en que Fouché
manda solo, no trabaja menos mortíferamente la guadaña. Cincuenta y cuatro,
sesenta, cien personas por día caen durante la ausencia de Collot. Y se sigue
derribando muros, saqueando las casas y vaciando las cárceles con las continuas
ejecuciones. Y aún alardea José Fouché y encomia sus hazañas con sanguinario
entusiasmo: “Si las sentencias de este tribunal infunden pavor a los
delincuentes, en cambio tranquilizan y consuelan al pueblo, que les presta oído
y las aprueba. Se cree de nosotros, sin razón para ello, que hemos concedido,
en alguna ocasión, a un culpable el honor del indulto: ¡y ni uno sólo hemos
concedido!”
Pero
¿que sucede? Fouché cambia repentinamente de tono. Con su fino olfato presiente
que en la Convención van a soplar los vientos de un cambio brusco. Hace algún
tiempo que no responde el mismo eco a la charanga estridente de sus
ejecuciones. Sus amigos jacobinos, sus correligionarios ateístas Hébert,
Chaumette, Ronsin, han enmudecido de pronto... y para siempre, pues oprime sus
gargantas inesperadamente la garra implacable de Robespierre. Con hábiles
cambios de postura, pasando del campo de los enardecidos al campo de los
tibios, inclinándose a la derecha o a la izquierda, ha saltado repentinamente
desde la sombra sobre los ultrarradicales este tigre de la moralidad. Ha
conseguido que Carrier, que ahogaba en Nantes a sus víctimas con esa misma
meticulosidad con que Fouché fusilaba a las suyas en Lyon, fuera citado ante la
Asamblea para rendir cuentas; ha arrastrado a la guillotina, por medio de
Saint-Just, en Estrasburgo, al feroz Eulogio Schneider; ha calificado
oficialmente los espectáculos ateístas populares, como los celebrados por
Fouché en Lyon, de verdaderas estupideces y los ha suprimido en París. Y, como
siempre, los diputados obedecen temerosos a su gesto.
A
Fouché le sobrecoge el temor de siempre: el temor de no estar con la mayoría.
Los terroristas han caído en desgracia, ¿a qué, pues, seguir en sus filas? Lo
mejor será pasar pronto a los moderados con Danton y Desmoulins, que piden un
“tribunal de indulgencia”; desplegar sin tardanza la capa para que la hinche de
nuevo el viento. Bruscamente, el 6 de febrero, manda suspender las
mitraillades, y sólo la guillotina (de la que decía en sus libelos que
trabajaba demasiado despacio) sigue cortando vacilante, dos o tres cabezas
miserables por día. Verdaderamente una pequeñez, comparado con las antiguas
fiestas nacionales sobre el llano de Brotteaux. En cambio, inicia con toda su
energía un ataque repentino contra los radicales, contra los organizadores de
sus fiestas y ejecutores de sus órdenes. Del Saulo revolucionario surge de
pronto un humano San Pablo. Rotundamente se pasa al lado contrario. Califica a
los amigos de Chalier de “anarquistas y rebeldes”; disuelve bruscamente una o
dos docenas de comités revolucionarios, y sucede algo muy extraordinario: los
habitantes de Lyon, amedrentados, mortalmente asustados, ven de pronto en el
héroe de las mitraillades, en Fouché, a su salvador. Los revolucionarios de
Lyon, en cambio, escriben, una tras otra, cartas enfurecidas en las que le
culpan de flojedad, de traición y de “opresión de los patriotas”.
Estos
cambios audaces, este pasarse osadamente en pleno día al campo contrario, estas
fugas en pos del vencedor, son el secreto de Fouché en la lucha, de la que sólo
así ha podido salir con vida. Ha hecho juego doble. Y si le acusan ahora en
París de benevolencia exagerada, puede señalar las mil tumbas y las fachadas
demolidas de Lyon. Si le acusan, por otra parte, como sanguinario, puede
apoyarse en las acusaciones de los jacobinos que le culpan de su “moderación
exagerada”. Según sople el viento, puede sacar del bolsillo derecho una prueba
de inflexibilidad y del izquierdo una prueba de humanidad; puede presentarse lo
mismo como verdugo que como salvador de Lyon. Y, efectivamente, con este truco
hábil de prestidigitador consigue más tarde echar toda la responsabilidad de
las matanzas sobre su colega, más franco y más recto, sobre Collot Dherbois. Pero
no a todos consigue engañar así: inflexible, vela en París Robespierre, el
enemigo que no le perdona el haber suplantado a su amigo Couthon en Lyon. Desde
la Convención había observado Robespierre la duplicidad de este hombre, y
persigue incorruptible todas sus vueltas y giros, aunque Fouché quiera
agazaparse deprisa ante la tempestad. Y la desconfianza tiene en Robespierre
garras de hierro: de ella no se libra nadie. El 22 de Germinal logra que el
Comité de Salud pública expida un decreto amenazante para Fouché, en el que se
le obliga a presentarse inmediatamente en París para justificar los
acontecimientos de Lyon. El que sentenció cruelmente durante tres meses tiene,
a su vez, que aparecer ahora ante el tribunal.
Ante
el tribunal, ¿por qué? ¿Porque hizo degollar cruelmente en tres meses a dos mil
franceses, como colega de Carrier y de los otros verdugos colectivos? Pero aquí
surge y se pone en evidencia la genialidad de esta última maniobra, cínica y
descarada, de Fouché: no, no tiene que justificarse por haber oprimido la
societé populaire radical, ni por haber perseguido a los patriotas jacobinos. El
mitrailleur de Lyon, el verdugo de dos mil víctimas, está acusado -inolvidable
farsa de la Historia- de la falta más noble que conoce la humanidad: de piedad
excesiva.
CAPÍTULO III
EL DUELO CON ROBESPIERRE (1794)
El
3 de abril se entera José Fouché de que ha sido llamado a París por el Comité
de Salud pública para justificarse, y el día 5 toma el coche de viaje.
Dieciséis golpes sordos acompañan su partida, dieciséis golpes de guillotina,
que por última vez cumple con su cometido siniestro. Y aún en el último momento
se verifican en este día dos ejecuciones más a toda prisa, dos muy extrañas.
Los dos rezagados de la gran matanza que tienen que “escupir sus cabezas a la
cesta”, según el dicho jovial de la época, son el verdugo de Lyon y su ayudante.
Los mismos que por orden de la reacción guillotinaron a Chalier y sus amigos, y
que luego, por orden de la revolución, guillotinaron fríamente a los
reaccionarios a centenares, caen al cabo también bajo la cuchilla. ¿Qué clase
de crimen se les atribuye? No se adivina ni con la mejor voluntad.
Probablemente son sacrificados únicamente para que no cuenten más de lo
indispensable a los sucesores de Fouché y a la posteridad: ¡Saben demasiadas
cosas sobre Lyon! ¡Y nadie sabe callar como los muertos!
Empieza
a rodar el vehículo. Fouché tiene bastante en que pensar durante el viaje a
París. Pero se debió consolar: nada había perdido aún. Le quedaba más de un
amigo influyente en la Convención y quizá consiguiera tener a raya a
Robespierre, el terrible contrincante. Pero ¿cómo puede sospechar Fouché que en
esta hora predestinada de la revolución ruedan los acontecimientos con mayor
rapidez que las ruedas de una diligencia de Lyon a París? ¿Cómo va a pensar que
desde hace dos días está encarcelado su íntimo Chaumette; que la enorme cabeza
de león de Danton fué empujada ayer mismo por Robespierre bajo la guillotina;
que el mismo día vaga hambriento por las inmediaciones de París Condorcet, el
jefe espiritual de la derecha, y al día siguiente se envenenara para evadir la
justicia? A todos los ha derribado un sólo hombre, y este hombre es
Robespierre, su adversario político más encarnizado. Hasta que no llega, a las
ocho de la noche, a París, no se entera de toda la magnitud del peligro en que
se ha metido. Dios sabrá lo poco que debió dormir el procónsul José Fouché en
esta su primera noche en París.
A
la mañana siguiente va Fouché a la Convención y espera impacientemente la
apertura de la sesión. Pero, ¡cosa extraña!, el vasto salón no se llena; la
mitad, más de la mitad de los asientos están vacíos. Supone que gran cantidad
de diputados estará en misiones o ausente por otras causas. Pero, con todo,
¡qué vacío más llamativo allí, a la derecha, donde antaño se sentaban los
jefes, los girondinos, los magníficos oradores de la Revolución! ¿Dónde
estarán? Los veintidós más audaces, Vergniaud, Brissot, Pethion, han acabado en
el patíbulo o por suicidio, o fueron destrozados en su fuga por los lobos. Sesenta
y tres de sus amigos, que osaron defenderlos, han sido desterrados. De un sólo
golpe tremendo se ha desembarazado Robespierre de un centenar de sus
adversarios de la derecha. Pero no menos enérgicamente ha golpeado su puño en
las propias filas de la “montaña”: a Danton, Desmoulins, Chabot, Hebert, Fabre
d'Eglantine, Chaumette y dos docenas más, a todos los que se sublevan contra su
voluntad, contra su presunción dogmática, los ha tirado al fondo de la sima. A
todos los ha hecho desaparecer este hombre de menguada presencia, pequeño,
delgado, de cara pálida y biliosa, de obtusa frente y de ojos pequeños,
aguanosos, miopes; este hombre tanto tiempo eclipsado por las figuras
gigantescas de sus antecesores. La guadaña del tiempo le ha dejado libre el
camino. Desde que desaparecieron aniquilados de la joven República el tribuno
Mirabeau, el rebelde Marat, el caudillo Danton, el literato Desmoulins, el
orador Vergniaud y el pensador Condorcet, Robespierre lo es todo: Pontífex
Máximus, dictador y triunfador. Desconcertado, mira Fouché a su adversario,
alrededor del cual se apiñan con respeto todos los diputados serviles, de los
que, con impasibilidad inquebrantable, se deja rendir homenaje, envuelto en su
“virtud” como en una armadura, inaccesible, impenetrable, observando el campo
con su mirada de miope, con la orgullosa seguridad de que ya no se levantará
nadie contra su voluntad.
Pero,
no obstante, uno hay que se atreve a hacerlo. Uno que ya no tiene nada que
perder: José Fouché, que pide la palabra para justificar su actuación en Lyon. El
hecho de justificarse ante la Convención es ya provocar al Comité de Salud
pública, pues no fué la Convención, sino el Comité quien le pidió
explicaciones. Pero él acude, como a la más alta, como a la verdadera última
instancia, a la Asamblea de la nación. Y el presidente le concede la palabra.
Ahora bien: Fouché no es un cualquiera, demasiadas veces ha sonado su nombre en
esta sala; aún no están olvidados sus méritos, sus relatos y sus hechos. Fouché
sube a la tribuna y lee un informe complicado. La Asamblea le escucha sin
interrumpirle, sin una señal de aprobación o de desagrado. Pero al final del
discurso no se mueve ni una mano.
La
Convención está atemorizada. Un año de guillotina ha enervado a todos estos
hombres. Los que antaño se entregaban a sus convicciones apasionadamente, los
que se echaban, ruidosos, audaces y francos, a la lucha de palabras y
opiniones, no sienten ahora el deseo de manifestarse. Desde que el verdugo
oprime con su garra en sus filas, como Polifemo, tan pronto a la izquierda como
a la derecha; desde que la guillotina se yergue amenazante como una sombra azul
tras sus palabras, prefieren callar. Se esconden uno detrás de otro; atisban a
derecha e izquierda antes de hacer un gesto. Como una niebla pesada gravita el
miedo gris sobre sus caras. Y nada rebaja tanto al hombre, y particularmente a
la masa, como el miedo de lo invisible.
Así
no se permite tampoco esta vez una opinión. ¡No mezclarse por nada en el
dominio del Comité, del Tribunal invisible! La justificación de Fouché no es
refutada, no es aceptada, sino simplemente enviada al Comité para su examen; es
decir, que va a parar a las manos que Fouché quiso evitar con tanta precaución.
Su primera batalla está perdida.
Ahora
sí que le sobrecoge a él también miedo. Ve que se ha adelantado demasiado sin
conocer el terreno, y le parece mejor una retirada rápida. Antes capitular que
luchar solo contra el más poderoso. Y Fouché, arrepentido, doblega la rodilla y
humilla la cabeza. Aquella misma noche va a casa de Robespierre, a
entrevistarse con él para rogar su perdón.
Nadie
fue testigo de esta entrevista, únicamente su desenlace es conocido. Se la
puede uno imaginar por analogía con aquella visita que Barras describe en sus
Memorias tan terriblemente plásticas. También tendría Fouché, antes de subir la
escalera de madera de la pequeña casa burguesa de la calle Saint-Honoré, donde
exhibe Robespierre su virtud y su pobreza como en un escaparate, que soportar
el examen de los caseros que vigilan a su dios y huésped como una presa
sagrada. También a él le recibiría Robespierre, lo mismo que a Barras, en la
pequeña y estrecha habitación adornada presuntuosamente sólo con retratos
suyos. Apenas le invitaría a sentarse; erguido y glacial, le trataría
intencionadamente con injuriosa altanería, como a un miserable criminal. Pues
este hombre, que ama exaltadamente la virtud y que está enamorado apasionada y
pecaminosamente de la suya propia, ni conoce la indulgencia ni el perdón para
quien haya tenido alguna vez una opinión contraria a la suya. Intolerante y
fanático, como un Savonarola del racionalismo y de la “virtud”, rechaza todo
pacto, toda capitulación, ante sus adversarios; aún en los momentos en que la
política aconsejaba el acuerdo, se resistía su odio duro y su orgullo
dogmático. De lo que dijera Fouché a Robespierre en aquella ocasión y de lo que
éste, como su juez, le contestara, nada sabemos. Ciertamente que no le haría
objeto de un buen recibimiento, sino de una reprensión dura e inclemente, de
una amenaza fría, desnuda, como una sentencia de muerte. Y cuando José Fouché,
temblando de ira, baja la escalera de la casa de la rue Saint-Honoré,
humillado, rechazado, amenazado, sabe que sólo podrá salvar su cabeza si
consigue que caiga antes en la cesta la de Robespierre. El duelo a muerte entre
Robespierre y Fouché ha comenzado.
Este
duelo es sin duda uno de los episodios más interesantes y de los psíquicamente
más emocionantes de la Historia y de la revolución. Ambos contendientes,
inteligentes y políticos, caen, no obstante, tanto el retado como el retador,
en el mismo error: se desconocen mutuamente porque creen conocerse de antiguo. Para
Fouché es Robespierre todavía el abogado delgaducho y agotado que en su
provincia en Arras, junto con él en el casino, gastaba pequeñas bromas y
componía breves poesías dulzonas, a la manera de Grecourt, y que luego aburría
a la Asamblea del 1789 con sus discursos enfáticos. Fouché no se daba cuenta, o
se la dió demasiado tarde, como con un trabajo duro y tenaz, empujado por el
ímpetu de la propia obra, se había transformado el demagogo Robespierre en
hombre de Estado; el suave e intrigante en política, en una inteligencia aguda;
el retórico, en un orador. Casi siempre la responsabilidad eleva al hombre a la
grandeza; así creció Robespierre en la conciencia de su misión. En medio de
ambiciosos y alborotadores, siente la salvación de la República como el
problema de su vida impuesto por la Providencia. Como sagrada misión para la
Humanidad, siente la necesidad de realizar su concepci0n de la República, de la
revolución, de la moral y hasta de la divinidad. Esta rigidez de Robespierre
constituye al mismo tiempo la belleza y la debilidad de su carácter, pues
embriagado de su propia incorruptibilidad, apasionado de su dureza dogmática,
considera toda opinión opuesta a la suya no sólo como algo diferente, sino como
una traición. Y con el puño frío de un inquisidor, empuja a todo el que piensa
de otra manera, como a un hereje, a la hoguera nueva: a la guillotina. Sin duda
alguna, una idea grande y pura radica en el Robespierre de 1794. Pero se
anquilosa en su espíritu. Ni él se crece con su idea ni esta germina en él (es
el Destino de todas las almas dogmáticas), y esta falta de calor comunicativo,
de humanidad, priva a su obra de la verdadera fuerza creadora, únicamente en la
rigidez esta su fuerza, en la dureza su poder; lo dictatorial es para él
sentido y forma de su vida. La revolución ha de llevar su imagen o agrietarse
en ruina.
Un
hombre así no tolera contradicción ni opinión opuesta a la suya en las cosas
del espíritu. No tolera a nadie a su lado y menos frente a él. Sólo soporta a
los hombres si reflejan, como espejos, sus propias opiniones, si son sus
esclavos espirituales como Saint-Just y Couthon; a los demás los elimina
inclemente con el corrosivo terrible de su temperamento bilioso. Persiguió a los
que se apartaron de su opinión, pero sobre todo -y terriblemente- a los que se
opusieron a su voluntad, a los que no respetaron su infalibilidad. Y esto es lo
que ha hecho José Fouché. Nunca le pidió consejo, nunca se doblegó ante el
amigo de antaño; se sentó en los bancos de sus enemigos; se propasó audazmente
de los límites señalados por Robespierre, de un socialismo moderado y
razonable, predicando el comunismo y el ateísmo.
Pero
hasta ahora no se había ocupado Robespierre seriamente de él; le parecía
demasiado pequeño. Este diputado no era para él mas que el pequeño profesor de
seminario que conoció aún con la sotana y luego como pretendiente de su
hermana; un pequeño y ruin ambicioso que traicionó a su Dios, a su novia y a
todas sus convicciones. Y le despreciaba con todo el odio típico de la rigidez
contra la flexibilidad, de la convicción sin reserva contra el afán de éxito;
con la desconfianza de la naturaleza religiosa contra la profana. Pero este
odio aún no se ha concentrado en la persona de Fouché. Sólo le incluye en la
especie, de la que es una variedad. Era demasiado altanero para reparar en él. ¿A
qué molestarse por un intrigante de tal calaña, que podría aplastar siempre que
quisiera con el pie? Como hacía tanto tiempo que le despreciaba, sólo se había
dignado Robespierre observar a Fouché; pero no le había combatido seriamente.
Ahora
empiezan a darse cuenta de hasta qué punto era excesivo el desprecio mutuo que
se tenían. Fouché reconoce el poder inmenso a que ha llegado Robespierre
durante su ausenca. Todas las instituciones se le someten: el Ejército, la
Policía, la justicia, los Comités, la Convención y los jacobinos. Luchar contra
él le parece inútil. Pero Robespierre le ha obligado a la lucha y Fouché sabe
que esta perdido si no vence. Siempre surge de una última desesperación una
última fuerza, y así, a dos pasos del abismo, se vuelve Fouché repentinamente
contra el perseguidor como un ciervo exhausto que acometiera al cazador, desde
la última maleza en que se hubiese refugiado, con el valor de l a
desesperación.
Las
primeras hostilidades las inicia Robespierre. No quiere darle más que una
lección por ahora al impertinente, un aviso, un puntapié. Motivo para ello
ofrece aquel discurso célebre del 5 de mayo, en que invita a todos los intelectuales
de la República “a reconocer la existencia de un Ser Supremo y de la
inmortalidad como potencia conductora del Universo”. Nunca ha pronunciado
Robespierre un discurso más impetuoso, más bello que éste, que escribió, según
se dice, en la finca de Juan Jacobo Rousseau. En él se convierte el dogmático
casi en poeta; el idealista turbio, en pensador. Separar la creencia de la
increencia y, por otra parte, de la superstición; crear una religión que se
eleve, por un lado, sobre el cristianismo corriente, adorador de imágenes, e
igualmente sobre el puro materialismo y el ateísmo, o sea mantenerse en un
termino medio, según procura siempre en todas las cuestiones espirituales, es
lo que constituye la idea fundamental de su discurso, que, a pesar de su fraseología
rimbombante, esta poseído de verdadera ética y de una voluntad apasionada de
humana elevación. Pero ni en esta esfera elevada se puede librar de lo
político; hasta en las ideas eternas mezcla su rencor bilioso y sus ataques
personales. Con odio recuerda a los muertos que él mismo empujó a la guillotina
y se burla de las víctimas de su política, de Danton y de Chaumette, como de
despreciables ejemplos de inmoralidad y ateísmo. Y repentinamente, con un golpe
que da en el corazón, se vuelve contra el único de los predicadores ateístas
que han sobrevivido a su ira, contra José Fouché: “Dinos, ¿quién te ha
encomendado la misión de anunciar al pueblo que no hay ninguna deidad? ¿Qué
ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino,
que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma
no es más que débil aliento que se apaga en el umbral de la tumba? Desgraciado
sofista, ¿con qué derecho te atreves a arrancar a la inocencia el cetro de la
razón, para ponerlo en manos del pecado? ¿A echarle encima a la Naturaleza un
manto mortuorio, hacer más desesperante la desgracia, disculpar el crimen,
oscurecer la virtud y rebajar la humanidad? Sólo un criminal despreciable ante
sí mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede
ofrecer nada más bello que la nada”.
Inmenso
aplauso premia el grandioso discurso de Robespierre. Por una vez se siente la
Convención elevada sobre las bajezas de la lucha cotidiana y unánimemente
acuerda la fiesta propuesta por Robespierre en honor del Ser Supremo,
únicamente José Fouché queda mudo y se muerde los labios. Ante un triunfo así
de su adversario hay que callar. Sabe que no se puede medir públicamente con
este retórico magistral. Sin palabras, pálido, recibe esta derrota en pública
Asamblea, decidido tan sólo a vengarse, a desquitarse.
Durante
días, durante semanas no se oye nada de Fouché. Robespierre cree que ha acabado
con él; el puntapié parece haber bastado al insolente. Pero cuando Fouché está
invisible, cuando de él nada se oye ni se sabe, es porque trabaja
subterráneamente, obstinado, metódico, como un topo. Hace visitas a los
Comités, busca amistades entre los diputados, es amable y afectuoso con todo el
mundo y a todo el mundo procura atraerse. Intensamente se mueve entre los
jacobinos, donde vale mucho la palabra hábil y suave, donde sus proezas de Lyon
le han favorecido bastante. Nadie sabe claramente lo que quiere, lo que
proyecta, lo que va a hacer este hombre insignificante y atareado, que urde y trama
por todas partes.
Y
de pronto se hace la claridad en forma inesperada para todo el mundo, y más que
para nadie para Robespierre. El 18 de Prairial es elegido José Fouché, por gran
mayoría de votos, presidente del club de los jacobinos.
Robespierre
se estremece; ni él ni nadie esperaba cosa semejante. Ahora reconoce con qué
contrincante tan astuto y audaz tiene que entendérselas. Hacía dos años que no
le había pasado nada parecido: que un hombre atacado públicamente por él se
atreviera aún a sostenerse. Todos habían desaparecido rápidamente apenas su
mirada llegó a rozarlos. Danton se había fugado a su finca; los girondinos
habían huido a las provincias; otros se quedaban en sus casas y no daban signos
de vida. ¡Y este cínico, por él señalado en la Asamblea Nacional públicamente
como impuro, se refugia en el santuario, en el sagrario de la revolución, en el
club de los jacobinos y gana allí subrepticiamente la más alta dignidad que
puede ser otorgada a un patriota! No debe olvidarse la fuerza moral gigantesca
que tiene en sus manos este club, precisamente en el último año de la
revolución. La prueba decisiva, la piedra de toque del patriota, consiste en
que el club de los jacobinos le honre con su admisión. Al que expulsa de su
seno, en cambio, al que excluye, ése siente la amenaza de la cuchilla sobre su
cabeza. Generales, caudillos populares, políticos, todos doblan la cerviz ante
este Tribunal en última instancia de la ciudadanía. Vienen a ser los miembros
de este club una especie de pretorianos de la revolución, la Guardia de Corps
de la casa sagrada. Y estos pretorianos, los más severos, los más fieles, los
más inflexibles de los republicanos, han elegido por jefe a José Fouché. La ira
de Robespierre no tiene límites. Es demasiado fuerte que este canalla se entre
en sus dominios, se instale precisamente en el sitio adonde él recurre contra
sus enemigos, donde intensifica su propia fuerza, en el círculo de los fieles.
¿Y ahora habrá de pedir permiso a un José Fouché cuando quiera pronunciar un
discurso? ¿Habrá de someterse él, Maximiliano Robespierre, al capricho
favorable o adverso de un José Fouché?
Robespierre
concentra toda su energía. Esta derrota tiene que ser vengada con sangre.
¡Fuera con él inmediatamente, no sólo de la silla presidencial, sino de la
sociedad de los patriotas! Enseguida le echa a Fouché unos ciudadanos de Lyon
que llevan queja contra él, y cuando éste, sorprendido, cobarde, como siempre,
en la disputa pública, se defiende torpemente, interviene Robespierre y
advierte a los jacobinos “que no se dejen engañar por impostores”. Ya con esto
consigue casi derribar a Fouché al primer golpe. Pero aún tiene Fouché la
Presidencia en sus manos y con ella el medio de terminar antes de tiempo el
debate. Con muy poca gallardía corta la discusión y se retira a la oscuridad
para preparar un nuevo ataque.
Sin
embargo, ya sabe Robespierre con quién trata. Ha sorprendido el método de lucha
de Fouché; sabe que es hombre que no da la cara en el desafío, sino que se
retira siempre para preparar desde la sombra sus ataques traicioneros. No basta
pegar y fustigar a un intrigante tan tenaz, hay que perseguirle hasta su última
guarida y aplastarle con el pie; hay que meterle el resuello en el cuerpo; hay
que inutilizarle definitivamente y para siempre.
Por
eso se echa Robespierre sobre él. Repite su acusación pública contra él ante
los jacobinos y pide que aparezca Fouché en la próxima sesión para
justificarse. Naturalmente, Fouché no va. Conoce demasiado bien su lado fuerte
y su lado flaco; no quiere darle a Robespierre públicamente la satisfacción de
que se complazca en rebajarle ante tres mil personas. Mejor volver a la
oscuridad, mejor dejarse vencer y mientras tanto ganar tiempo. Tiempo precioso.
Por eso escribe muy amable a los jacobinos que siente tener que renunciar a
excusarse públicamente. Hasta que no hayan decidido los dos Comités sobre su
actitud, ruega sea aplazado el juicio sobre él.
Sobre
esta carta se echa Robespierre como sobre una presa. Ha llegado el momento de
cogerle, de aniquilarle definitivamente. El discurso que pronunció el 23 de
Mesidor (11 de junio) contra José Fouché es el ataque más encarnizado, el más
peligroso, el más lleno de bilis con que fustigó jamás Robespierre a un
adversario.
Ya
desde las primeras palabras se ve que Robespierre no quiere herir a su enemigo:
quiere matarle. No quiere humillarle, sino aplastarle. Comienza con
tranquilidad fingida. La primera declaración suena aún muy tibia. El individu0
Fouché no le interesa en absoluto. “Tenía antes con él ciertas conexiones, por
que le consideraba patriota; más si ahora le acuso aquí es, más que por sus
crímenes, porque se esconde para cometer otros y porque le considero jefe del
complot que tenemos que deshacer. Ante la carta que acaba de ser leída, digo
que ha sido escrita por un hombre que, estando acusado, se niega a justificarse
ante sus conciudadanos. Esto supone el principio de un sistema de tiranía, pues
el que se niega a justificarse ante la comunidad popular, a que pertenece como
miembro, ataca la autoridad de esta organización. Es asombroso que el mismo que
antes se esforzaba por alcanzar la benevolencia de la sociedad, la desprecie
cuando se ve acusado, y que se presente implorando, en cierto modo, la ayuda de
la Convención contra los jacobinos”. Súbitamente surge el odio personal; hasta
en la fealdad Física de Fouché encuentra motivo para denigrarle: “¿Teme, acaso
-dijo sarcástico-, los ojos y los oídos del pueblo? ¿Teme que su triste
presencia delate demasiado claramente su crimen? ¿Teme que seis mil miradas
enfocadas sobre él descubran toda su alma en sus pupilas, a pesar de que la
Naturaleza las haya dotado de falsía y disimulo? ¿Teme que su lengua descubra
la confusión y la contradicción del culpable? Toda persona razonable ha de
reconocer que el miedo es el único motivo de su actitud, y todo el que teme las
miradas de sus conciudadanos es culpable. Yo requiero aquí a Fouché, ante el
tribunal. Que se justifique y diga quién ha mantenido más dignamente los
derechos de la representación del pueblo, él o nosotros, y quién de nosotros
aniquiló mas bravamente las parcialidades”.Aún le llama “bajo y despreciable
impostor”, cuya actitud es la confesión de sus crímenes, y habla con pérfida
insinuación de “hombres cuyas manos están llenas de botín y de crímenes”.
Termina con estas palabras amenazadoras: “Fouché se ha caracterizado lo
bastante a sí mismo; he hecho esta advertencia únicamente para que sepan los
conspiradores, para siempre, que no han de escapar a la vigilancia del pueblo”.
Aunque
estas palabras anuncian claramente una sentencia de muerte, obedece la Asamblea
a Robespierre. Y sin vacilación expulsa, como indigno del club de los
jacobinos, a su antiguo presidente.
Ya
está José Fouché predestinado a la guillotina como un tronco de árbol que
espera el golpe del hacha. La exclusión del club de los jacobinos supone el
estigma y la acusación de Robespierre, y tan enconada actitud equivale a segura
condenación. Fouché está amortajado en pleno día. Todos esperan a cada momento
su detención, y él más que nadie. Ya no duerme en su casa, en su propia cama,
por miedo de ser sacado, como Danton y Desmoulins, a medianoche del hogar por
los gendarmes. Se oculta en casa de unos amigos valerosos, pues valor es
preciso para cobijar a un proscrito oficialmente, y hasta supone valor hablar
públicamente con él. La Policía sigue cada uno de sus pasos, dirigida por
Robespierre, y da cuenta de sus relaciones, de sus visitas. Invisiblemente está
cercado, trabado en sus movimientos, entregado ya al cuchillo.
De
los setecientos diputados es Fouché el más amenazado, y no hay posibilidad de
salvación para él. Ha probado una vez más a agarrarse a alguna parte: a los
jacobinos; pero el puño feroz de Robespierre le ha arrancado de este asidero.
Lleva en realidad la cabeza prestada sobre sus hombros. Pues ¿qué puede esperar
de la Convención, de esta cobarde y amedrentada horda de borregos, que bala
invariablemente un “sí” en cuanto pide el Comité una víctima de su seno para la
guillotina? Ha entregado a todos sus antiguos jefes, sin resistencia, al
Tribunal de la revolución: a Danton, a Desmoulins, a Vergniaud, sólo para no
hacerse sospechoso con su resistencia. ¿Y por qué no Fouché? Mudos, miedosos,
estupefactos, están en sus bancos los que fueron antaño tan bravos y
apasionados. Ese veneno horrendo, enervante, aniquilador de almas, el miedo,
paraliza su voluntad.
Pero
siempre ha sido el secreto del veneno el encerrar virtud curativa si se le sabe
destilar, si se estrujan sus fuerzas ocultas. Y así puede ser, paradójicamente,
también en esta ocasión, precisamente el miedo a Robespierre la salvación de
quienes le temen. No se le perdona a un hombre durante semanas, durante meses,
la imposición del miedo que destroza el alma con la incertidumbre y paraliza la
voluntad; nunca ha podido soportar largo tiempo la Humanidad, o una parte de la
Humanidad por lo menos, la dictadura de un sólo hombre sin odiarla. Y este odio
de los subyugados fermenta subterráneamente en todos los círculos. Cincuenta,
sesenta diputados que, como Fouché, ya no se atreven a dominar en su casa, se
muerden los labios cuando Robespierre pasa junto a ellos; muchos cierran los
puños a la espalda, mientras vitorean sus discursos. Cuanto más duramente y más
tiempo domina el incorruptible, más crece la antipatía contra la voluntad
desmedida. Poco a poco los ha herido y ofendido a todos: al ala derecha, porque
llevó al patíbulo a los girondinos; a la izquierda, porque echó al cesto las
cabezas de los extremistas; al Comité de Salud pública, porque le impuso su
voluntad; a los negociantes, porque amenazaba sus negocios; a los ambiciosos,
porque obstruía su camino; a los envidiosos, porque gobierna, y a los
oportunistas, porque no se alía a ellos. Si se consiguiera reunir en una
voluntad y un puñal este odio de cien cabezas, esta cobardía dispersa en un
puñal cuyo golpe penetrara en el corazón de Robespierre, estarían todos
salvados: Fouché, Barras, Tallien, Carnot, todos sus enemigos secretos. Pero
para alcanzar esto habría que llevar a muchos de estos caracteres débiles la
convicción de que están amenazados por Robespierre; habría que agrandar aún la
esfera del miedo y desconfianza, aumentar artificialmente la tensión. Habría
que hacer pesar más aún el bochorno angustioso, esa presión de incertidumbre de
los discursos tenebrosos de Robespierre sobre los nervios de cada uno, el
terror más terrible, el miedo más miedoso; entonces quizá sería la masa lo
bastante valiente para acometer al solitario.
Aquí
comienza la verdadera actividad de Fouché. Desde la madrugada hasta la alta
noche se arrastra de un diputado a otro, murmurando de las nuevas y extensas
listas misteriosas que prepara Robespierre, y a cada uno le susurra: “Tú estás
en la lista”, o “Tu irás con la carga
siguiente”. Y, efectivamente, así se propaga poco a poco, subterráneamente, un
miedo tremendo. Y es que ante un Catón así, ante una incorruptibilidad tan
ilimitada, la mayor parte de los diputados no tienen la conciencia
completamente limpia. El uno ha obrado algo descuidadamente en asuntos
financieros; el segundo ha contradicho alguna vez a Robespierre; el tercero se
ha ocupado por demás de mujeres (todo son crímenes a los ojos de este puritano
de la República); el cuarto ha cultivado alguna vez la amistad de Danton o de
algún otro de los ciento cincuenta condenados; el quinto ha ocultado a un
condenado; el sexto ha recibido una carta de un emigrado... En fin, todos
tiemblan; todos temen un posible ataque; ninguno se siente lo bastante puro
para responder plenamente a las exigencias demasiado severas que Robespierre
pide a la virtud ciudadana. Fouché va de uno a otro, como lanzadera en el
telar, tendiendo siempre nuevos hilos, anudando nuevos puntos, captando nuevos
diputados en esta tela de araña de desconfianza y sospechas. Pues es un juego
peligroso, es muy sutil la tela de araña, y un solo gesto brusco de
Robespierre, una sola palabra de traición, puede romper su tejido.
Este
papel misterioso, desesperado, peligroso y “de segundo término” que Fouché
desempeña en la conspiración contra Robespierre no ha sido acusado
suficientemente en la mayoría de las descripciones. En muchas, en las más
superficiales, ni se le nombra. La Historia se escribe casi siempre según las
apariencias, y los cronistas de aquellos últimos días emocionantes señalan tan
solo el gesto dramático -patético de Tallien, que maneja en la tribuna el puñal
con que se quiere herir, y la energía brusca de Barras, que reúne las tropas, y
la acusación de Bourdon; en fin, presentan a los actores del gran drama que se
desarrolla el 9 de Termidor y no reparan en Fouché. Éste no ha trabajado, en
efecto, aquellos días sobre el escenario de la Convención. Su trabajo se
desarrolló entre bastidores; fué el más difícil, el de régisseur, de director
de escena en este juego audaz y peligroso. Ha delineado las escenas y entrenado
a los actores; ha ensayado, invisible, en la oscuridad, y ha dado la réplica en
la oscuridad también. Ha estado en su verdadero papel. Pero si pasó inadvertida
su actuación a los historiadores, hubo alguien consciente de su presencia y de
su actividad: Robespierre. A la luz del día le designó con su verdadero nombre:
Chef de la Conspiration.
Que
se prepara algo en secreto contra él lo presiente muy bien este espíritu
desconfiado y receloso en la resistencia repentina de los Comités, y más
claramente quizás en la amabilidad y sumisión extrema de algunos diputados que
sabe son sus enemigos. Algún golpe, desde la sombra, siente Robespierre que se
prepara; conoce también la mano que ha de dirigirlo; conoce al Chef de la
Conspiration, y está sobre aviso. Cautelosamente exploran sus tentáculos: una
policía propia, espías particulares, que le comunican, paso por paso, las
gestiones, las reuniones, las conversaciones de Tallien, de Fouché y de los
demás conspiradores. Cartas anónimas le previenen o le excitan a posesionarse
pronto de la dictadura y a derribar a los enemigos antes de que se puedan
reunir. Y para confundirlos y engañarlos a su vez, se pone repentinamente la
mascara de la indiferencia contra el Poder político. No se presenta ya en la
Convención, ni en el Comité. Acompañado de su gran perro de Terranova se le ve
solo, un libro en la mano, con los labios apretados, vagar por la calle o por
los cercanos bosques, ocupado, en apariencia únicamente, con sus amados
filósofos e indiferente contra el Poder. Pero cuando regresa de noche a su
habitación lima horas enteras en su gran discurso. Infinitamente trabaja en él:
el manuscrito muestra innumerables correcciones y añadiduras. Pues este
discurso decisivo y grande, con el que quiere estrellar a todos sus enemigos de
una vez, debe surgir inesperadamente, afilado como un hacha, lleno de ímpetu
retórico, brillante de ingenio y pulido de odio. Con esta arma quiere atacar
repentinamente a los sorprendidos antes de que se puedan entender y reunir.
Todo es poco para afilar su corte y envenenarlo mortalmente, y en este trabajo
macabro pasa largos y preciosos días.
Pero
no hay que perder más tiempo; cada vez con más urgencia le comunican los espías
secretos conciliábulos. El 5 de Termidor cae en manos de Robespierre una carta
de Fouché dirigida a su hermana, en la que dice misteriosamente: “No tengo que temer nada de las calumnias de
Maximiliano Robespierre, dentro de poco oirás el desenlace de este asunto, el
que espero resulte ventajoso para la República”. “Dentro de poco” … Robespierre
está prevenido. Hace venir a su amigo Saint-Just y se encierra con él en su
estrecha buhardilla de la rue Saint-Honoré. Allí se designa el día y el modo
del ataque. El 2 de Termidor debe Robespierre sorprender y paralizar a la
Convención con su discurso, y el 9 pedir Saint-Just las cabezas de sus
enemigos, de los obstinados del Comité y, sobre todo, la de José Fouché.
La
expectación era ya casi insoportable. También los conspiradores sienten el rayo
en las nubes. Pero aún vacilan en atacar al hombre más poderoso de Francia, que
tiene en sus manos todas las potencias: la administración municipal y el
ejército, los jacobinos y el pueblo, la gloria y la fuerza de un nombre
intachable. Aún no se tienen por bastante seguros, por bastante numerosos, por
bastante decididos, por bastante audaces para acometer a este gigante de la
revolución en batalla abierta, y se van enfriando algunos y hablan de retirada
y reconciliación. La conspiración, muñida trabajosamente, amenaza con
deshacerse.
En
este momento pone la Providencia, más genial que todos los poetas, un peso
decisivo en el platillo de la balanza oscilante. Y es precisamente Fouché el
predestinado a hacer estallar la mina. En estos días le ocurre a este
perseguido hasta la desesperación, amenazado a cada momento por el rayo del
cuchillo, una última y extrema desgracia en su vida privada, más fuerte que las
desdichas de su suerte política. Duro, frío, intrigante e incomunicativo en
público y en la política, es este hombre singular en el hogar el esposo más
afectivo, el padre de familia más tierno. Ama apasionadamente a su mujer,
horriblemente fea, y ama sobre todo a su hijita, nacida en los días del
preconsulado, bautizada por su propia mano, en la plaza de Nevers, con el
nombre de “Nievre”. Esta niña, tierna, pálida, SU ídolo, enferma repentinamente
en aquellos días de Termidor, y a las preocupaciones por su propia vida en
peligro se suma la zozobra por la vida de su hijita. Prueba cruel: saber que el
ser querido, débil, enfermo del pecho, está solo con su mujer y no poder,
acosado por Robespierre, velar junto al lecho de su hija moribunda. Ha de
ocultarse en hogares extraños, en buhardillas. En vez de dedicarse a ella y
respirar su aliento expirante, ha de correr sobre brasas, ir de un diputado a
otro, mentir, implorar, conjurar, defender su propia vida. El espíritu
atribulado, el corazón destrozado: así vaga el infeliz en los días ardientes de
julio (el más caluroso desde hace muchos años), incansable, de un lado a otro
por el escenario político, sin ver como sufre y muere su niña amada.
El
5 ó el 6 de Termidor acaba esta dura prueba. Fouché acompaña un pequeño ataúd
al cementerio: la niña ha muerto. Estas pruebas endurecen. Presente en la
imaginación la muerte de su hija, no teme por su propia vida. Una nueva
audacia, la audacia de la desesperación fortalece su voluntad. Y cuando
titubean aún los conspiradores y quieren aplazar la lucha, entonces dice por
fin él, Fouché, que ya no tiene que perder en la tierra más que su vida, la
frase decisiva: “Mañana hay que dar el golpe”. Y esta frase fue pronunciada el
7 de Termidor.
La
mañana del 8 de Termidor comienza. Día histórico. De madrugada ya pesa el cielo
despejado de julio, ardiente, sobre la ciudad despreocupada. Y únicamente en la
Convención reina, desde muy temprano, una actividad extraña: en los rincones se
juntan los diputados y murmuran; nunca se había visto tanta gente extraña y
tanto curioso en los corredores y en las tribunas. El misterio y la expectación
fluyen incorpóreos por el espacio; de manera inexplicable se ha divulgado el
rumor de que hoy ha de ajustar Robespierre cuentas con sus enemigos, quizás
acechó alguien a Saint-Just y observó cómo regresaba de noche de la habitación
cerrada; en la Convención se conoce demasiado bien el efecto de estos consejos
secretos. ¿O es que tiene, por otra parte, Robespierre noticia de los proyectos
bélicos de sus adversarios?
Todos
los conjurados, todos los que se saben amenazados, examinan, medrosos, las caras
de sus colegas: ¿Habrá revelado alguno -¿quién? - el secreto peligroso? ¿Se les
adelantará Robespierre o le podrán aplastar antes de que tome la palabra? ¿Los
abandonará o los protegerá la masa insegura y cobarde de la mayoría? Todos
vacilan y se sobrecogen. Igual que el bochorno del cielo gris-plomo sobre la
ciudad, pesa la inquietud psíquica, amenazante, sobre la Asamblea.
Y,
efectivamente, apenas se abre la sesión, hace uso Robespierre de la palabra. Se
ha ataviado solemnemente, como para la fiesta aquella del Ser Supremo. Lleva el
ya histórico traje celeste con las medias blancas de seda, y despacio, con
solemnidad intencionada, sube a la tribuna. Sólo que esta vez no lleva en la
mano una antorcha, sino, como los lictores el mango de su hacha, un voluminoso
rollo de papel: su discurso. Saber alguno su nombre en estas hojas cerradas es
tanto como saber su propia perdición. Por eso cesan repentinamente, como
cortados, charlas y murmullos en los bancos. Del jardín, de las tribunas, se
apresuran a entrar los diputados y toman asiento en sus sitios. Cada uno
examina temeroso la expresión de esta cara delgada, tan conocida. Pero glacial,
encerrado en sí mismo, impenetrable a toda curiosidad, despliega Robespierre
lentamente su discurso en la tribuna. Antes de comenzar a leer, con sus ojos
miopes, levanta, para aumentar la expectación, la mirada; la dirige de derecha
a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba abajo, de abajo arriba,
despacio, frío y amenazante sobre la Asamblea casi narcotizada. Allí están sentados
sus pocos amigos, la muchedumbre numerosa de los indecisos y el montón cobarde
de los conjurados que acecha su perdición. Los mira cara a cara. Pero hay uno a
quien no ve. Uno sólo de sus enemigos falta en esta hora decisiva: José Fouché.
Y
cosa extraña: sólo el nombre del ausente, el nombre de José Fouché, es
mencionado en el debate, y en su nombre precisamente se enciende la lucha
postrera, la decisiva.
Robespierre
habla largo tiempo, extensamente, fatigosamente; según su antigua costumbre,
deja gravitar el hacha siempre sobre los innominados, habla de conspiraciones y
conjuraciones, de indignos y de criminales, de traidores y maquinaciones; pero
no pronuncia ningún nombre. Le basta con hipnotizar a la Asamblea: el golpe
mortal lo dará mañana Saint-Just contra las víctimas paralizadas. Durante tres
horas deja alargarse en el vacío su discurso vago y retórico. Y cuando por fin
termina, está la Asamblea más enervada que asustada.
Por
lo pronto no se mueve ni una mano. La incertidumbre pesa sobre todos. Nadie
puede decir si este silencio afirma una derrota o una victoria: la discusión
habrá de decidirlo.
Por
fin pide uno de sus satélites que la Convención acuerde la impresión del
discurso y con ello su aprobación. Nadie se opone. Cobarde, sumisa y, en cierto
modo, satisfecha de que hoy no hayan pedido nuevas cabezas, nuevas detenciones,
nuevas reducciones, aprueba la mayoría. Pero en el último momento se lanza uno
de los conspiradores -el nombre pertenece a la Historia: Bourdon de I'Oise- y
habla contra la impresión del discurso, y esta sola voz desentumece las demás. Los
cobardes se agrupan poco a poco, se agavillan y se unen en un acto de valor
desesperado; uno tras otro culpan a Robespierre de haber formulado sus
declaraciones y sus amenazas demasiado confusamente: que diga, por fin, con
claridad, a quién acusa efectivamente. En un cuarto de hora ha variado la
escena; Robespierre, el agresor, se reduce a defenderse, debilita su discurso
en vez de reforzarlo, declara no haber acusado a nadie ni culpado a nadie.
En
este momento suena repentinamente una voz, la de un diputado insignificante,
que grita: ¿Es Fouché? - ¿Y Fouché? - Se ha pronunciado el nombre: el nombre
del señalado como jefe de la conspiración, como traidor de la revolución. Ahora
podría, ahora debiera dar el golpe Robespierre. Pero, cosa extraña,
inexplicablemente extraña, Robespierre elude la respuesta: “No quiero ocuparme
ahora de él, obedezco solamente a la voz de mi conciencia”.
Esta
contestación evasiva de Robespierre pertenece a los secretos que se llevó a la
tumba. ¿Por qué respeta, en este momento de vida o muerte, a su enemigo más
cruel? ¿Por qué no le deshace, por qué no ataca al ausente, al único ausente? ¿Por
qué no libra con ello de la opresión del miedo a todos los demás que se sienten
atemorizados y que entregarían, sin duda, a Fouché para salvarse ellos? La
misma noche -así afirma Saint-Just- había intentado Fouché acercarse nuevamente
a Robespierre. ¿Es un ardid o es verdad? Varios testigos pretenden haberle
visto en estos días sentado en un banco con Carlota Robespierre, su antigua
novia: ¿ha intentado verdaderamente una vez más persuadir a la solterona para
que intercediera cerca de su hermano? ¿Quiso, efectivamente, el desesperado
traicionar a los conspiradores para salvar la propia cabeza? ¿O quiso, para
confiar a Robespierre y velar la conspiración, fingirle arrepentimiento y
sumisión? ¿Ha hecho también esta vez, como mil veces, doble juego este tahúr? ¿Y
estaba, tal vez, dispuesto, para sostenerse, el incorruptible y amenazado
Robespierre, a respetar en aquella hora a su más odiado enemigo? ¿Fué este
evitar una acusación de Fouché señal de un acuerdo secreto o fué solo un
recurso?
No
se sabe. Alrededor de la figura de Robespierre se cierne todavía hoy, al cabo
de tantos años, una sombra de misterio. Nunca adivinará por completo la
Historia a este hombre impenetrable. Nunca se sabrán sus últimos pensamientos:
si quiso verdaderamente la Dictadura para él o la República para todos; si
quiso salvar la República o heredarla, como Napoleón. Nadie conoció sus
pensamientos más secretos, los pensamientos de su última noche: del 8 al 9 de
Termidor.
Porque
es, efectivamente, su última noche: en ella decide la suerte. Ala luz de la
luna la noche sofocante de julio brilla, pulida, la guillotina. ¿Partirá mañana
su filo frío las vértebras al triunvirato Tallien, Barras y Fouché o caerá
sobre Robespierre? Ni uno sólo de los seiscientos diputados se acuesta esta
noche. Ambos partidos preparan la lucha final. Robespierre ha ido desde la
Convención a los jacobinos; ante velas de cera oscilantes, temblando de
emoción, les lee su discurso, rechazado por los diputados. Frenético aplauso le
rodea nuevamente, por última vez; pero él, lleno de presentimiento amargo, no
se deja engañar por el entusiasmo de los tres mil que le rodean y califica de
testamento su discurso. Mientras tanto, lucha su escudero Saint-Just en el
Comité hasta la madrugada, como un desesperado, contra Collot, Carnot y los
demás conjurados, al mismo tiempo que se teje en los pasillos de la Convención
la red que ha de apresar mañana a Robespierre. Dos, tres veces, como la
lanzadera en el telar, van los hilos de derecha a izquierda, del partido de la
“montaña” a la vieja reacción; hasta que por fin, al amanecer, se ha tramado,
firme, irrompible, el pacto. Aquí aparece repentinamente Fouché, pues la noche
es su elemento, la intriga su verdadera esfera. Su cara color plomo, blanqueada
aún más por el miedo, pulula espectralmente por los salones poco iluminados.
Susurra, adula, promete, asusta, amedrenta y amenaza aquí y allá, y no descansa
hasta que no se cierra el pacto. A las dos de la madrugada están de acuerdo,
por fin, todos los adversarios para aniquilar al enemigo común: a Robespierre.
Fouché puede descansar ya.
También
esta ausente Fouché de la sesión del 9 de Termidor. Pero puede descansar, puede
faltar: su obra está hecha, la red anudada, y decidida por fin la mayoría a no
dejar escapar con vida al demasiado peligroso, al demasiado fuerte. Apenas
empieza Saint-Just, el escudero de Robespierre la discusión mortífera preparada
contra los conspiradores, le interrumpe Tallien, pues han acordado no dejar
hablar a ninguno de los oradores peligrosos: Saint-Just y Robespierre. Hay que
estrangularlos antes de que puedan hablar, antes de que puedan acusar. Y así se
apresuran los oradores, hábilmente dirigidos por el propicio presidente, uno
tras otro, a la tribuna, y cuando Robespierre quiere defenderse, gritan,
chillan y patalean, ahogando su voz. La cobardía contenida de seiscientas almas
inseguras, el odio y la envidia acumulados en semanas y meses, se echan ahora
en contra del hombre ante quien temblaron todos. A las seis de la tarde todo
está decidido. Robespierre ha sido proscrito y es conducido a la cárcel. Es
inútil que sus amigos, los verdaderos revolucionarios que ven en él el alma
apasionada y dura de la República y le admiran, quieran liberarle y le busquen
refugio en el Ayuntamiento: por la noche conquistan las tropas de la Convención
esta Acrópolis de la revolución y a las dos de la madrugada -veinticuatro horas
después de haber sellado Fouché y los suyos el pacto de su aniquilación-
Maximiliano Robespierre, el enemigo de Fouché y, ayer aún, el hombre más
poderoso de Francia, estaba tendido, ensangrentado, con la mandíbula destrozada,
sobre dos sillones en la antesala de la Convención. Se ha dado caza a la pieza
mayor. Fouché esta salvado. A la tarde siguiente rueda el carro camino de la
plaza del suplicio. El terror ha terminado; pero el espíritu fogoso de la
revolución se ha apagado también, pasó la era heroica. Ha llegado la hora de la
herencia, la hora de los aventureros, de los ambiciosos, de los ansiosos de
botín, de las almas equívocas, de los generales y de los negociantes; la hora
de los nuevos gremios. Puede esperarse que haya llegado también la hora de José
Fouché.
Mientras
el carro conduce lentamente a la guillotina a Maximiliano Robespierre y los
suyos por la rue Saint-Honoré, el camino trágico de Luis XVI, de Danton y
Desmoulins, y de seis mil víctimas más, se manifiesta con estrépito y
entusiasmo la curiosidad de la multitud. Las ejecuciones vuelven a ser fiestas
populares: banderas y gallardetes ondean sobre los tejados, de balcones y
ventanas salen gritos de alegría, una ola de júbilo brama sobre París. Cuando
cae en el cesto la cabeza de Robespierre truena la plaza gigantesca en un grito
único, estático, de júbilo. Los conjurados se asombran: ¿por qué se alegra el
pueblo tan apasionadamente con la ejecución de este hombre, al que París, al
que Francia adoraba aún ayer como a un Dios? Y se admiran aún más cuando, a la
entrada de la Convención, una multitud alborotada recibe a Tallien y Barras con
aclamaciones y admiración como verdugos del tirano, como vencedores del terror.
Y esto los sume en perplejidad, porque, al aniquilar a este hombre superior,
sálo han querido desembarazarse de un modelo de virtud incómodo, que los
espiaba demasiado; pero nadie había pensado en dejar enfriar la guillotina, en
terminar con el terror. Mas ante el hecho de la repugnancia que han llegado a
inspirar las matanzas colectivas, y conscientes los conspiradores de las
simpatías que pueden atraerse convirtiendo a posteriori su impulso íntimo de
venganza contra Robespierre en un acto de humanidad, deciden, con súbito
acuerdo, aprovechar esta falsa interpretación popular. Sostendrán en adelante
que todos los desafueros de la Revolución los tiene sobre la conciencia
únicamente Robespierre, que desde los fosos de cal no puede defenderse, y que
ellos fueron siempre apóstoles de la dulzura, enemigos de toda dureza y
exageración.
No
la ejecución de Robespierre, sino la actitud cobarde y mentirosa de sus
sucesores, da al 9 de Termidor su sentido histórico, pues hasta aquel día había
reclamado para sí la Revolución todos los derechos, había tomado sobre sí
tranquilamente toda la responsabilidad. A partir de este día, en cambio,
confiesa temerosa haber cometido también equivocaciones, y por boca de sus
caudillos empieza a renegar de sí misma. Pero todo credo espiritual, toda
concepción vital queda rota en sus más íntimas potencias tan pronto como se
niega su derecho absoluto, su infalibilidad. Y al ultrajar los tristes
vencedores Tallien y Barras los cuerpos sin vida de sus grandes antecesores,
Danton y Robespierre, como cadáveres de asesinos, y al sentarse miedosamente en
los bancos de las derechas, de los moderados, con los enemigos secretos de la
República, no traicionan solamente la Historia y el espíritu de la Revolución,
sino a sí mismos.
Todos
esperan ver al lado de estos a Fouché, el conjurado principal, al enemigo más
cruel de Robespierre, el más amenazado, el Chef de la Conspiration, pues bien
había ganado el derecho a una substanciosa parte del botín. Pero, cosa extraña,
Fouché no se sienta con los otros en los bancos de las derechas, sino en su
antiguo sitio, en la “montaña”, con los radicales. Y se envuelve en silencio.
Por primera vez, es sorprendente, no va con la mayoría.
¿Por
qué obra Fouché con semejante obstinación? Se lo preguntaron muchos entonces, y
se lo han preguntado más tarde algunos. La contestación es sencilla: porque
piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia
superior de político prevé mas profundamente la situación que la frágil
mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una
energía momentánea. El antiguo profesor de Física conoce la ley cinética, según
la cual una onda no puede tenerse rígida en el aire. Tiene -lo sabe muy bien-
que seguir un movimiento de flujo o de reflujo. Si ahora comienza, pues, el
reflujo, es que se inicia una reacción y ésta no podrá detener su impulso, como
no pudo detenerlo antes la revolución; irá, lo mismo que aquélla, hasta lo
último, hasta el extremo, hasta la violencia. Pero entonces se romperá
inevitablemente este pacto anudado a toda prisa; si vence, pues, la reacción,
están perdidos todos los paladines de la revolución. Con las ideas nuevas
cambia también peligrosamente la medida del juicio para los hechos de ayer. Lo
que ayer era deber y atributo de virtud republicana -por ejemplo, matar a tiros
a mil seiscientos hombres y saquear las iglesias-, será entonces necesariamente
considerado como un crimen; los acusadores de ayer serán los acusados de
mañana. Fouché, que tiene bastante sobre su conciencia, no quiere compartir el
enorme error de los demás termidoristas (así se llaman los aniquiladores de
Robespierre), que se agarran temerosamente a la rueda de la reacción, sabe que
de nada ha de servirles; si la reacción se pone en movimiento nuevamente, los
arrastrara a todos consigo, únicamente por prudencia y perspicacia permanece
Fouché fiel a las izquierdas, a los radicales. Ve muy claramente que pronto
estará amenazada la cerviz de los más audaces precisamente.
Y
Fouché tiene razón. Para hacerse populares, para afirmar una humanidad que no
existió nunca, sacrifican los termidoristas a los más enérgicos de los
procónsules; hacen ejecutar a Carrier, que ahogó seis mil personas en el Loire;
a José Lebon, el tribuno de Arras, y a Fouquier-Tinville. Hacen volver -para agradar
a las derechas- a los setenta y tres miembros expulsados de la Gironde y se dan
cuenta demasiado tarde de que con este esfuerzo de la reacción quedan ellos
mismos aprisionados por ella. Tienen que acusar ahora obedientemente a sus
propios coadjutores contra Robespierre, a Billaud-Verenne y a Collot d'Herbois,
el colega de Fouché en Lyon. Cada vez se cierne más amenazadora la sombra de la
reacción sobre Fouché. Por esta vez logra salvarse negando cobardemente toda
complicidad en lo de Lyon (aunque no había una hoja en que no fuera su firma
junto a la de Collot) y afirmando con igual falsedad el haber sido perseguido
sólo por su excesiva benevolencia por el tirano Robespierre. Con esto engaña,
efectivamente, el astuto a la Convención por algún tiempo. Puede permanecer en
su sitio sin que le moleste nadie, mientras Collot es mandado a la “guillotina
seca”, es decir, a las islas, contaminadas por la fiebre, de la India
occidental, donde sucumbe a los pocos meses. Pero Fouché es demasiado listo
para sentirse seguro tras este primer rechazo; conoce la inflexibilidad de las
pasiones políticas; sabe que una reacción, lo mismo que una revolución, no cesa
de encarnizarse en los hombres hasta que se le rompen los dientes; que no
parará en su deseo de venganza hasta que el último jacobino sea llevado ante el
Tribunal y la República quede convertida en escombros. De esta manera sólo ve
una salvación para la revolución, a la que está ligado indisolublemente con
lazos sangrientos: reproducirla. Y sólo ve una salvación para él: la caída del
Gobierno. Otra vez el más amenazado de todos, lo mismo que hace seis meses,
inicia sólo contra fuerzas superiores la lucha desesperada por la vida.
Cuando
hay que luchar por el Poder o por la vida es cuando desarrolla Fouché fuerzas asombrosas.
Ve que por el camino leal no se puede impedir ya que la Convención persiga a
los terroristas de antaño; no queda, pues, otro remedio que el probado tantas
veces durante la revolución: el terror. Ya una vez, cuando la sentencia de los
girondinos, cuando la sentencia del Rey, se intimidó a los diputados cobardes y
vacilantes (entre ellos el entonces aún conservador José Fouché), movilizando a
las muchedumbres callejeras contra el Parlamento, sacando de los suburbios los
batallones de trabajadores con su fuerza proletaria, con su ímpetu
irresistible, e izando la bandera de la rebelión en el Ayuntamiento. ¿Por que
no lanzar nuevamente contra la Convención acobardada a esta vieja guardia de la
revolución, a los conquistadores de la Bastilla, a los hombres del 10 de
agosto, para que destrocen con los puños su poder?
Claro
que para ir a los arrabales y pronunciar allí discursos fogosos,
revolucionarios, o, como Murat, bajo peligro de muerte, arrojar folletos
excitantes al pueblo, para eso es Fouché demasiado cauto. No le gusta
exponerse, prefiere evitar la responsabilidad; su maestría no es la del
discurso ampuloso y arrebatador, sino la del susurrar y la de esconderse detrás
de otro. Y también esta vez encuentra al hombre propicio que, adelantándose audaz
y decididamente, le cubre con su sombra.
Por
París vaga entonces, proscrito y humillado, un verdadero y apasionado
republicano: Francisco Babecuí, que se llama a sí mismo Graco Baboeuf. Tiene un
corazón desbordante y una inteligencia mediocre. Proletario de las entrañas del
pueblo, antiguo agrimensor e impresor, tiene pocas y primitivas ideas; pero
esas las alimenta con pasión varonil y las enardece con el fuego de la
verdadera convicción republicana y social. Los republicanos burgueses y hasta
el mismo Robespierre habían eludido con cautela las ideas socialistas y a veces
comunistas de Marat sobre la nivelación de la propiedad; les pareció preferible
hablar muchísimo de libertad y de fraternidad y poco de igualdad en cuanto se
refiere al dinero y a la propiedad. Baboeuf recoge las ideas de Marat,
olvidadas y reprimidas, las aviva con su aliento y las lleva como antorcha por
los barrios proletarios de París. Esta llama puede elevarse repentinamente,
convertir en ceniza en un par de horas todo París y el país entero, pues poco a
poco va comprendiendo el pueblo la traición que cometen los termidoristas en su
propia ventaja contra su Revolución, contra la Revolución proletaria. Detrás de
Graco Baboeuf se oculta Fouché. No se exhibe republicanamente como él; pero le
aconseja secretamente en su labor de excitar al pueblo. Le hace escribir
folletos violentos y él mismo corrige las pruebas. Piensa Fouché que sólo así,
bajo la presión de la materia proletaria y de las turbas de los barrios con sus
picas y sus tambores, despertará esa cobarde Convención, únicamente por terror,
por miedo, puede ser salvada la República; sólo un tirón enérgico hacia la
izquierda podrá eliminar la inclinación a la derecha. Y para este ataque audaz
y verdaderamente peligroso, le sirve de coraza este hombre honrado, puro, de
buena fe, maravillosamente íntegro. Tras su ancha espalda de proletario se
puede uno esconder bien. Baboeuf, a su vez, que orgullosamente se titula Graco
y tribuno del pueblo, se siente honradísimo de que el célebre diputado Fouché
le aconseje. Sí, éste es aún de los últimos y verdaderos republicanos, cree él;
uno de los que permanecieron en los bancos de la «montaña», que no ha hecho
pacto con la jeunesse dorée y con los proveedores del ejército. De buena gana
se deja aconsejar, e impelido por esta mano hábil ataca a Tallien, a los
termidoristas y al Gobierno.
Pero
únicamente a él, al bonachón y recto Baboeuf, consigue engañar Fouché. El
Gobierno reconoce pronto la mano que carga el fusil contra él, y en pública
sesión culpa Tallien a Fouché de ser el consejero de Baboeuf. Como siempre,
niega Fouché francamente a su aliado (lo mismo que a Chaumette frente a los
jacobinos, lo mismo que a Collot en Lyon). No, no conoce a Baboeuf más que de
vista, condena sus exageraciones... Se bate en retirada con la mayor celeridad.
Nuevamente cae el golpe sobre su escudero; pronto será detenido Baboeuf y no
tardaran en fusilarle en el patio de un cuartel. ¡Siempre paga otro con su
sangre por las palabras y la política de Fouché!
Este
golpe audaz de Fouché se ha frustrado, sálo ha conseguido con él atraer la
atención sobre su persona, y eso no le conviene, porque le trae el recuerdo de
Lyon y de los campos regados de sangre de Brotteaux. Nuevamente, y más
enérgicamente que nunca, azuza la reacción a los acusadores de las provincias
en las que mandó. Apenas se ha quitado de encima las imputaciones que le hace
Lyon, se presentan Nevers y Clamency. Cada vez más en voz alta, cada vez más
estrepitosamente, es acusado José Fouché de terrorismo ante el Tribunal de la
Convención. Se defiende astutamente, con energía y no sin suerte. El mismo
Tallien, su contrincante, se esfuerza en protegerle, pues empieza a
atemorizarle la preponderancia de la reacción y comienza a temer por su propia
cabeza. Pero ya es tarde: el 22 de Termidor de 1795, un año y doce días después
de la caída de Robespierre, se formula, tras largo debate, la acusación por
actos terroristas contra José Fouché. Y el 23 de Termidor se decide su
detención. Igual que sobre Robespierre la sombra de Danton, parece levantarse
sobre Fouché, vindicadora, la sombra de Robespierre.
Pero
estamos -y esto lo ha calculado bien el político inteligente- en el Termidor
del cuarto año de la República y no del tercero. En 1793 equivalía la acusación
a la orden de detención, y la detención a la muerte; si se ingresaba por la
noche en la Conciergerie, se era sometido a interrogatorio al día siguiente, y
por la tarde del mismo día se estaba ya en el carro. Pero en 1794 ya no
mantiene el puño férreo del “incorruptible” las riendas de la justicia; las
leyes se han aflojado, se puede uno escapar por entre sus mallas si es
escurridizo. Y Fouché no sería Fouché si fuera incapaz de pasar él, que tantas
veces estuvo en peligro, acorralado, por tan elásticas redes. A través de
pasadizos y escaleras secretas se escurre y consigue que no le detengan
enseguida, que se le deje tiempo para preparar una réplica, para una
contestación, para una justificación; y el tiempo lo es todo. Hay que
replegarse a la oscuridad, hay que procurar que le olviden a uno; hay que
mantenerse en silencio, mientras gritan los demás, para pasar inadvertido.
Según la receta célebre de Siéyès, que asistió a la Convención durante los años
del terror sin desplegar los labios y que habiendo sido preguntado qué hizo
todo ese tiempo, dió, sonriente, la contestación genial: J’ai vécu (He vivido).
Así hace Fouché y se finge muerto, como algunos animales, para que no le maten.
Si salva la vida ahora, durante el breve plazo de transición, estará libre
definitivamente, pues el experto oteador presiente que toda la grandeza y toda
la fuerza de esta Convención no durarán más de un par de semanas, de un par de
meses, a lo sumo.
Así
salva José Fouché su vida; y eso es mucho en aquel tiempo. Es decir, sólo la
vida; pero no su nombre y posición, pues no vuelven a elegirle en la nueva
Asamblea. El enorme esfuerzo ha sido inútil, como lo ha sido el derroche de
pasión y de astucia, de audacia y de traición; sólo la vida es lo que salva. Ya
no es el José Fouché de Nantes, diputado del pueblo; ya no es el profesor del
Oratorio; no es sino un hombre olvidado, despreciado, sin categoría, sin
fortuna, insignificante; una sombra miserable a la que únicamente protege la
oscuridad.
Durante
tres años, nadie pronuncia en Francia su nombre.
CAPÍTULO IV
MINISTRO DEL
DIRECTORIO Y DEL CONSULADO
(1799-1802)
¿Se
ha compuesto el himno del destierro, esa potencia creadora del Destino, que
levanta al hombre en su caída y concentra en la dura opresión de la soledad,
nuevamente y en un orden nuevo, las fuerzas conmovidas del alma? Siempre
culparon los artistas al destierro como aparente obstáculo del ascenso, como
inútil intervalo, como interrupción cruel. Pero el ritmo de la Naturaleza
quiere estas censuras forzadas. Pues sólo quien sabe de sus honduras conoce
integra la vida. El impulso de reacción es lo que comunica al hombre toda la
fuerza de su pujanza.
El
genio creador, sobre todo, necesita temporalmente este aislamiento forzado para
medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro,
el horizonte y la altura de su verdadera misión. Los más altos mensajes de la
Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones:
Moisés, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto, en
“el no estar entre los hombres”, antes de poder pronunciar la palabra decisiva.
La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la
prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de
Dante y la extirpación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la
Engadina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la
voluntad despierta del hombre mismo.
Pero
también en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da
al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y
calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera
que su interrupción temporal, pues el que ve el mundo siempre desde arriba,
desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no
conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa
complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su
verdadero valor. Nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de
Poder, como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde
conoce el artista su verdadera relación con la obra: en la derrota, el general,
sus faltas, y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera
perspectiva política. La riqueza permanente debilita; el aplauso constante hace
insensible; únicamente la interrupción procura al variopinto ritmo de la vida
nueva tensión y elasticidad creadora, únicamente la desgracia da mirada
profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y
aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al
indeciso le hace enérgico; al duro, más duro aún. Nunca es el destierro para el
verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza.
El
destierro de José Fouché dura más de tres años, y la isla solitaria e inhóspita
adonde es enviado se llama la pobreza. Ayer aún procónsul, colaborador en el
destino de la Revolución, para caer, desde los tramos más altos del Poder, en
una oscuridad tal, en tanta suciedad y tanto lodo, que se borran y pierden sus
huellas. El único que entonces pudo verlas, Barras, da una descripción
conmovedora de la miserable buhardilla bajo las nubes donde Fouché habita con
su fea mujer y sus dos hijos malsanos y pelirrojos, albinos, de fealdad
excepcional. En el quinto piso, en un cuarto sucio, sin ventilación,
horriblemente achicharrado por el sol se esconde el caído ante cuya palabra
temblaron miles de seres y que, al cabo de algunos años, ha de levantarse
nuevamente como Duque de Otranto y tener en su mano el timón del destino
europeo. El mismo que ahora no sabe con qué dinero podrá comprar al día
siguiente leche para sus hijos, ni cómo pagar el alquiler mísero y menos aún
cómo defender la vida destrozada ante enemigos innumerables e invisibles, ante
los vengadores de Lyon.
Nadie,
ni su más fiel y concienzudo biógrafo, Madelin puede realmente decirnos de qué
fué viviendo en esos años de miseria. No cobra ya sueldo como diputado; su
fortuna personal la ha perdido en una rebelión de Santo Domingo; nadie se
atreve a colocar públicamente, a dar trabajo al mitrailleur de Lyon; todos los amigos le han abandonado, evitan su
encuentro. Se ocupa en los negocios más extraños y oscuros, y, según dicen, no
es una fábula, sino un hecho verídico, que el futuro Duque de Otranto se dedicó
por entonces a cebar cerdos. Pero no tarda en ocuparse en un negocio mucho
menos limpio: el de espía de Barras, el único de los nuevos poderosos que con
una extraña compasión sigue recibiendo al desgraciado. Naturalmente, no en la
sala de audiencia del Ministerio, sino en cualquier parte, a oscuras; allí le
echa al pordiosero pertinaz, de vez en cuando, como una limosna, un pequeño
negocio sucio: un aprovisionamiento al ejército, un viaje de inspección;
siempre un diminuto lucro que sostiene por quince días a flote al engorroso.
Pero a través de esas múltiples pruebas descubre en Fouché su verdadero
talento. Barras tiene ya entonces una serie de proyectos políticos, desconfía
de sus colegas y para ello puede utilizar muy bien a un soplón que no
pertenezca a la política oficial: una especie de detective particular. Para eso
sirve Fouché divinamente. Escucha y espía, penetra en las casas por las
escaleras de servicio, obtiene de todos los conocidos el chismorreo del día y
va con esta sucia baba del público, secretamente, donde está Barras. Y cuanto
más ambicioso se va haciendo Barras, mientras más ávidamente vislumbran sus
proyectos un golpe de Estado, le es más preciso Fouché. Hace ya mucho tiempo
que le estorban en el Directorio (el Consejo de los cinco, que domina ahora en
Francia) las dos únicas personas honradas -Carnot sobre todo, el hombre recto
de la Revolución Francesa- y trata de desembarazarse de ellos. Pero quien
proyecta un golpe de Estado y trama conspiraciones necesita, sobre todo,
hombres à tout faire, bravis y bulos,
como los llaman los italianos; personas sin carácter y en quienes, no obstante,
se puede confiar; para eso sirve Fouché como nadie. El destierro es su escuela
para la carrera y en ella desarrolla su talento futuro como maestro de la
Policía.
Por
fin, tras larga, interminable noche de existencia aterida, de oscuridad, de
miseria, otea Fouché un aire matinal. Un nuevo señor se instala en París, un
nuevo poder naciente. Fouché decide servirle. Este nuevo poder es el dinero.
Apenas reposan Robespierre y los suyos sobre las duras tablas, surge el dinero,
omnipotente, y cuenta nuevamente con miles de vasallos y esclavos. Magníficos
coches con caballos cuidadosamente almohazados y con arreos nuevos ruedan otra
vez por las calles; dentro van, medio desnudas, como diosas griegas,
encantadoras mujeres, envueltas en preciosas sedas y muselinas. En el Bois pasea
a caballo la jeunesse dorée, con blancos y ceñidos pantalones de nanquín y
fracs amarillos, marrones y rojos. En las manos, llenas de sortijas, llevan
fustas con puños de oro, que utilizan también con gusto contra los terroristas
de antaño; se hacen buenos negocios en las tiendas de perfumes y en las
joyerías; se abren como por ensalmo quinientos, seiscientos salones de baile y
cafés; se construyen chaléts y se compran casas; se va al teatro, se juega a la
Bolsa y se apuesta; se compra y se vende y se juega por miles detrás de las
cortinas de damasco del Palais Royal. El dinero ha vuelto, soberano, insolente
y audaz.
¿Pero
donde estaba el dinero entre 1791 y 1795 en Francia? Donde siempre. No hizo más
que esconderse. Lo mismo que en Alemania y en Austria, durante el período del
miedo comunista, en Paris los ricos se fingieron repentinamente muertos; se
escondieron los ricos franceses, pues a todo el que bajo el régimen de
Robespierre toleraba a su alrededor el lujo más mínimo, es más: al que tan sólo
se acercaba al lujo, se le tomaba por mauvais riche y se le miraba como
sospechoso; era desagradable que le tuvieran a uno por adinerado. Pero de nuevo
sólo el rico vale hoy. Afortunadamente, es ésta la época (como siempre en el
caos) para hacer dinero. Las fortunas cambian de dueño; las fincas son
vendidas, y con ello se gana; las propiedades de los emigrados son subastadas,
y con ello se gana; a los condenados se les confiscan los bienes, y con ello se
gana; los asignados bajan diariamente; una fiebre frenética de inflación
conmueve al país, y con ello se gana. En todo se puede ganar, si se tienen
manos hábiles y osadas y relaciones en el Gobierno. Pero hay, sobre todo, una
fuente que mana con abundancia sin igual, magnífica: la guerra. Ya en 1791, al
empezar, habían hecho unos cuantos el descubrimiento (como lo hicieran unos
cuantos también en 1914) de que se puede sacar muy buen provecho de la guerra,
que devora los hombres y destruye los valores; pero en aquella ocasión se
echaron con saña al cuello de los accapareurs Robespierre y Saint -Just, los incorruptibles. Mas ahora, gracias a Dios, han
sido liquidados esos Catones, se oxida la guillotina en el granero, y los accapareurs y proveedores del ejército
ven llegar una época de oro. Ya se pueden vender tranquilamente zapatos malos
por dinero bueno, llenarse bien los bolsillos de anticipos y requisas.
Naturalmente, con la condición de que le sean a uno asignados los pedidos. Por
eso siempre requieren estos asuntos un mediador a propósito, un corredor bien acreditado
y accesible, que abra desde dentro a los especuladores la puerta del establo
que conduce al pesebre abundante del Estado.
Para
estos negocios sucios es José Fouché el hombre ideal. La miseria le ha
arrebatado por completo la conciencia republicana; su odio al dinero es una
idea arrinconada ya; se le puede comprar barato al medio muerto de hambre. Y,
por otra parte, tiene las mejoresrelaciones, pues entra y sale (como espía) en
la antesala de Barras, el presidente del Directorio. Así se convierte, de la
noche a la mañana, el comunista radical de 1793, que quiso mandar amasar a toda
costa el “pan de la Igualdad”, en el íntimo de los nuevos banqueros
republicanos, que cumple y amaña, por una buena comisión, todos sus deseos y
asuntos. Por ejemplo, el accapareur Hinguerlot, uno de los más audaces y
desalmados agiotistas de la República (Napoleón le odiaba), es objeto de una
acusación molesta; ha obrado demasiado osadamente y, como proveedor, ha
provisto su bolsa con entusiasmo excesivo y le han metido en un pleito que le
puede costar mucho dinero y quizá la cabeza. ¿Qué hacer en tales
circunstancias, entonces como ahora? Se dirige uno a alguna persona que tenga
buenas relaciones “arriba”, que tenga influencia política y privada y que pueda
“arreglar” el enojoso asunto. Se dirige, pues, a Fouché, el moscardón de
Barras, que engrasa enseguida sus botas y corre a casa del omnipotente (la
carta se encuentra impresa en sus Memorias), y, efectivamente, el asunto, poco
limpio, es ahogado silenciosamente sin dolor. A cambio de esto lo introduce
Hinguerlot en las provisiones del ejército y en los negocios bursátiles. Fouché
descubre en 1797 que el dinero huele mucho mejor que la sangre de 1793 y funda,
gracias a sus nuevas “relaciones”, de una parte con los nuevos grandes
financieros y de otra con el Gobierno corrupto, una nueva Compañía de
aprovisionamiento para el ejército de Scherer. Los soldados del buen general
recibirán calzado detestable, pasaran frío con sus abrigos delgados y serán
batidos en los llanos de Italia; pero es más importante que la Compañía
Fouché-Hinguerlot, y seguramente el mismo Barras, obtenga una substanciosa
ganancia. Ha desaparecido el asco ante el “metal despreciable y nocivo”, que
proclamaba aún hace tres años con tanta elocuencia el ultrajacobino y
supercomunista Fouché, y han sido olvidados también los ataques de odio contra
los “malos ricos” y aquello de que “el buen republicano sólo necesita al día
pan, hierro y cuarenta escudos”. Ahora es su lema, al fin, ser también rico. En
el destierro ha conocido Fouché el poder del dinero y se rinde ante él para
servirle, como ante todo poder. Demasiado tiempo, demasiado dolorosamente ha
sufrido el horrible “estar abajo”, en la suciedad del desprecio y de la
miseria. Ahora se empina con todas sus fuerzas hacia ese mundo donde se compra
por dinero el Poder, porque desde el Poder se acuña nuevamente el dinero. El
trabajo de zapa ha excavado ya la primera galería en la más pródiga de todas
las minas; ha dado el primer paso en el camino fantástico que va desde la
miserable buhardilla de un quinto piso a la residencia ducal; desde la nada, a
una fortuna de veinte millones de francos.
Desde
que Fouché arrojó el peso desagradable de los principios revolucionarios, se ha
vuelto muy ágil; súbitamente se encuentra otra vez con el pie en el estribo. Su
amigo Barras no hace sólo transacciones financieras oscuras sino también
negocios políticos sucios. Con toda cautela quiere vender la República por un
título de duque y un montón de dinero a Luis XVIII. En esto le estorba
únicamente la presencia de colegas decentes, republicanos como Carnot, que
siguen creyendo en la República y que no quieren comprender que los ideales
sólo sirven para ganar con ellos. Y en el golpe de Estado que dió Barras el 18
de Fructidor, que le desembaraza de este molesto vigilante ayudó Fouché, sin
duda alguna, a su compañero de negocio minando el terreno, pues apenas es su
protector Barras señor ilimitado del Consejo de los Cinco, del Directorio
renovado, se abre camino impetuosamente el enemigo de la luz y pide su premio.
¡Que Barras le coloque en la política, en el ejército, en algún sitio, en
alguna misión donde se puedan llenar bien los bolsillos y donde se pueda uno
reponer de los años de miseria! Barras, que necesita a este hombre, apenas
puede negarse al mediador de sus negocios sucios. No obstante, el nombre de
Fouché, el mitrailleur de Lyon, apesta aún demasiado a sangre para
comprometerse con él públicamente en París durante la luna de miel de la
reacción. Así le manda Barras, por lo pronto, como representante del Gobierno a
Italia, al ejército, y luego a la República bátava, a Holanda, para llevar a
cabo negociaciones secretas, pues sabe muy bien Barras que es maestro en el
juego de intrigas subterráneas; pero lo tendrá que sentir pronto, intensamente,
en la propia carne. En 1798 es, pues, Fouché embajador de la República
francesa: otra vez tiene el pie en el estribo. Lo mismo que antaño en su misión
sangrienta, desarrolla ahora, en la diplomacia, la misma energía glacial;
particularmente en Holanda alcanza rápidos éxitos. Envejecido en experiencias
trágicas, madurado en épocas tempestuosas, suavizado en la forja dura de la
miseria, demuestra Fouché su antigua energía aliada a una nueva precaución. Pronto
ven los de “arriba”, los nuevos señores, que es un hombre que se puede
utilizar, que baila al son que le tocan y brinca con el dinero; atento hacia
los de arriba, sin miramientos para los de abajo, es el verdadero y hábil
navegante en aguas movidas. Y como la nave del Gobierno se tambalea cada vez
con más peligro y amenaza estrellarse en su rumbo inseguro, toma el Directorio,
el 3 de Termidor del año 1799, una decisión inesperada: José Fouché, en misión
secreta en Holanda, es nombrado súbitamente, de la noche a la mañana, ministro
de Policía de la República francesa.
¡José
Fouché, ministro! París se estremece como por un tiro de cañón. ¿Comienza otra
vez el terror, para que suelten de la cadena a este perro de presa, al
mitrailleur de Lyon, al profanador de hostias y saqueador de iglesias, al amigo
del anarquista Baboeuf? ¿Traerán ahora también -¡Dios nos libre!- a Callot
d'Herbois y a Billaud de las islas infectas de la Guayana y volverán a colocar
la guillotina en la Plaza de la República? ¿Se amasará, por último, otra vez el
“pan de la Igualdad”? ¿Volverán a instituirse los “comités filantrópicos” que
sacan el dinero a la gente rica? París, que lleva ya algún tiempo intranquilo,
con sus mil quinientos salones de baile, con sus magníficas tiendas y su
jeunesse dorée, se asusta. Los ricos y los burgueses tiemblan de nuevo como en
1792. Sólo los jacobinos están contentos, los últimos republicanos. ¡Por fin,
tras tremendas persecuciones, está en el Poder uno de los suyos, el más audaz,
el más radical, el más inflexible! ¡Por fin se tendrá en jaque a la reacción, y
la República quedará limpia de realistas y conspiradores!
Pero
¡cosa extraña! Unos y otros se preguntan a los pocos días: ¿se llama este
ministro de Policía verdaderamente José Fouché? Otra vez se ha probado por la
experiencia la sabia máxima de Mirabeau (hoy aún valedera para los socialistas)
que los jacobinos, como ministros, dejan de ser jacobinos. Y así, los labios
que antaño goteaban sangre, rebosan ahora bálsamo de palabras conciliatorias.
Orden, calma, seguridad; estas palabras se repiten constantemente en las
proclamas políticas del ex terrorista. Combatir el anarquismo es su principal
divisa. La libertad de la Prensa tiene que ser limitada, hay que dar fin a los
eternos discursos de excitación. Orden, orden, calma y seguridad. Ni
Metternich, ni Seldnitzki, ni el mayor archirreaccionario del Imperio austriaco
han escrito decretos más conservadores que José Fouché, el mitrailleur de Lyon.
Los
burgueses respiran: ¡que “Paulus” ha salido este “Saulus”! Pero los verdaderos
republicanos rabian de indignación en sus juntas. Han aprendido poco en estos
años, aún pronuncian discursos y más discursos enfurecidos, amenazan al
Directorio, a los ministros y a la Constitución con frases de Plutarco. Se
manifiestan con los mismos feroces ademanes que si vivieran aún Danton y Marat,
como si pudieran, igual que entonces, agrupar, tocando a rebato, cientos de
miles de hombres de los arrabales. Sin embargo, esos enredos molestos
intranquilizan por fin al Directorio. ¿Qué se puede hacer contra ellos?
Preguntan sus colegas al recién elegido ministro de Policía.
“Cerrar
el club”, contesta éste, impávido. Incrédulos, le miran los demás y preguntan
cuando se ha de tomar esta medida audaz. “Mañana” , contesta tranquilamente Fouché.
Y,
efectivamente, a la noche siguiente se dirige Fouché, presidente que fué de los
jacobinos, al club radical de la rue du Bac. En este círculo ha latido durante
todos estos años el corazón de la revolución. Son los mismos hombres ante los
que Robespierre, Danton y Marat, ante los que él mismo pronunciaron discursos
apasionados. Después de la caída de Robespierre, después de la derrota de
Baboeuf, vive únicamente en el Club du Manège el recuerdo de los días
tumultuosos de la revolución.
Pero
el sentimentalismo no es cosa de Fouché; puede, cuando quiere, olvidar, de
manera fantásticamente rápida, su pasado. El antiguo profesor de Matemáticas
del Oratorio mide siempre únicamente el paralelogramo de las fuerzas reales. Sabe
que la idea republicana está aniquilada, los mejores caudillos, los hombres de
acción, están bajo tierra: así se han ido rebajando todos los clubes desde hace
tiempo hasta convertirse en casinos de charlatanes, que se quitan la palabra de
la boca. En 1799 ya han bajado de valor las frases de Plutarco y las palabras
patrióticas, lo mismo que los asignados. Se ha fraseado y se ha impreso
billetes en demasía. Francia está harta (¿quien lo ha de saber mejor que el
ministro de Policía?) de abogados, oradores y renovadores, cansada de decretos
y leyes; no quiere más que tranquilidad, orden, paz y clara situación
económica; igual que después de unos años de guerra, después de unos años de
revolución y de éxtasis colectivo, el egoísmo irresistible del individuo, de la
familia, reclama su derecho.
En
el momento preciso en que pronuncia uno de esos republicanos un discurso
fogoso, se abre la puerta y, con su uniforme de ministro, entra Fouché
acompañado de los gendarmes. Con mirada fría mira asombrado la reunión, que se
apresura a levantarse de sus asientos: ¡qué adversarios tan miserables! Desde
hace tiempo sucumbieron los hombres de acción, los hombres de espíritu de la
Revolución, sus héroes y sus fanáticos; únicamente quedaron los charlatanes, y
contra los charlatanes basta un gesto enérgico. Sin vacilar sube a la tribuna;
por primera vez, al cabo de seis años, oyen los jacobinos su voz fría y sobria,
pero no para excitar, en nombre de la Libertad, el odio contra los déspotas: el
hombrecillo desmedrado declara tranquilamente la disolución del club. La sorpresa
es tan grande que nadie opone resistencia. No se indignan ni se arrojan, como
siempre juraron, con los puñales contra el aniquilador de la Libertad. Balbucean
nada más; se repliegan y desalojan, estupefactos, el salón. Fouché calculó
bien: contra hombres hay que luchar; a los charlatanes se los derriba con un
gesto.
Ahora
que esta desalojado el salón avanza lentamente hacia la puerta, la cierra y se
mete la llave en el bolsillo. Y con esta vuelta de llave ha terminado,
efectivamente, la Revolución francesa.
Un
cargo es según quien el hombre que lo desempeña. Cuando Fouché toma posesión
del Ministerio de Policía, admite con esto el desempeño de una función
absolutamente subalterna, una especie de subprefectura del Ministerio del
Interior. Debe vigilar e informar, recoger el material para la política
exterior e interior, con el que luego operan, como reyes, los señores del
Directorio. Pero apenas tiene Fouché tres meses el poder en sus manos, notan
sus protectores, asustados, asombrados e indefensos ya, que no vigila solamente
hacia abajo, sino también hacia arriba; que el ministro de Policía vigila a los
demás ministros, al Directorio, a los generales y a toda la política. Su red se
extiende sobre todos los cargos y funciones, a sus manos llegan todas las
noticias, hace política al margen de la política, guerra al margen de la guerra
y ensancha en todas direcciones los límites de sus poderes. Hasta que, por fin,
Talleyrand define con enojo el cargo de ministro de Policía: “El ministro de
Policía es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que
le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan”.
Magníficamente
está montada esta máquina complicada, este aparato de vigilancia de todo un
pais. Mil noticias llegan todos los días a la casa del Quai Voltaire. Al cabo
de un par de meses ha llenado el país de espías, agentes secretos y
moscardones. Pero no hay que figurarse sus espías como detectives burgueses,
corrientes y vulgares que atisban el chismorreo del día con los porteros, en
las tabernas, en los burdeles y en las iglesias. Los agentes de Fouché llevan
galones de oro, levita de diplomático y sutiles trajes de encaje; charlan en
los salones del Faubourg Saint-Germain y, por otra parte, se introducen,
disfrazados de patriotas, en las sesiones secretas de los jacobinos. En la
lista de sus mercenarios se encuentran marqueses y duquesas con los nombres más
ilustres de Francia. Y hasta puede alardear (caso fantástico) de tener a su
servicio a la mujer más preeminente del país, a Josefina Bonaparte, la futura
Emperatriz. En el despacho de su señor y futuro Emperador está, vendido a
Fouché, el secretario; en Hartwell ha sobornado al cocinero del rey Luis XVIII.
No hay charla de que no tenga referencia, no hay carta que no se abra.
En
el ejército, entre los comerciantes, entre los diputados, en las tabernas y en
las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de Policía,
invisible, y todas estas noticias van diariamente a parar a su mesa de
burócrata. Allí se examinan las denuncias, en parte auténticas y de
trascendencia, en parte insignificantes, y se estudian y comparan hasta que
surge, entre mil claves, la noticia clara.
La
información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la política como en la
economía. El Poder no se funda, en la Francia de 1799, en el terror, sino en la
información. La información en torno de estos tristes termidoristas, para saber
cuánto dinero acepta cada uno, por quien es sobornado, por cuánto se le compra.
Así se le puede tener a raya, en una situación de dependencia respecto del
superior; la información sobre las conspiraciones, en parte para batirlas y en
parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política siempre del lado
favorable. El saber por adelantado las noticias del teatro de la guerra y de
las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros
complacientes y, finalmente, hacerse un capital. Así, esta maquina de noticias
en manos de Fouché produce constantemente dinero, y el dinero, a su vez, sirve
de engrase para mantenerla rodando silenciosamente. De las casas de juego, de
los burdeles, de las casas de banca, fluyen contribuciones discretas que
ascienden a millones, que van a parar a su mano, para transformarse allí en
soborno; el soborno, a su vez, trae nuevas informaciones. Así no se para ni
falla jamás esta maquinaria enorme y refinada de la Policía, que un solo hombre
creó de la nada en pocos meses, gracias a su inmensa energía y a su genio
psicológico.
Pero
lo más genial de esta maquinaria incomparable de Fouché es que sólo funciona
regida por su mano. En algún sitio tiene un tornillo secreto que si se saca
hace detenerse súbitamente la rotación vertiginosa. Fouché lo previene todo
desde el primer momento, por si algún día cayera en desgracia. Sabe que si le
despiden basta una simple manipulación para paralizar enseguida la máquina por
él construida. Pues no ha creado el servicio para el Estado, ni para el
Directorio, ni para Napoleón. Este déspota crea su obra únicamente para su
propia utilidad. No piensa dar cuenta, según es su deber, del resultado de
todas las informaciones que sedimenta químicamente en su retorta policíaca;
sólo comunica lo que quiere comunicar, con egoísmo, sin miramientos; ¿para qué
hacer más listos a los imbéciles en el Directorio y dejarles ver sus cartas?
Deja salir de su laboratorio exclusivamente lo que le es útil, lo que le es
imprescindiblemente necesario para su propia ventaja; los dardos y los venenos
eficaces los guarda cuidadosamente en su arsenal particular para su venganza
personal, para sus asesinatos políticos. Siempre sabe Fouché más de lo que
creen en el Directorio que sabe, y por eso es peligroso e imprescindible a la
vez para todos. Sabe de las negociaciones de Barras con los realistas, de las
pretensiones a la corona de Bonaparte, de las maquinaciones de los jacobinos o
de los reaccionarios; pero nunca descubre esos secretos cuando se entera de
ellos, sino cuando le parece ventajoso descubrirlos. A veces acelera las
conspiraciones, a veces las refrena, a veces las provoca artificialmente, a
veces las descubre ruidosamente (y avisa al mismo tiempo a los interesados para
que se pongan a tiempo a salvo); siempre hace doble, triple, cuádruple juego, y
el engañar y burlarse en todas direcciones se convierte poco a poco en pasión.
Para ello se necesita, naturalmente, plena consagración de fuerza y tiempo:
esto no lo escatima Fouché, cuya jornada de trabajo es de diez horas. Antes de
permitir a otro una ojeada en sus secretos policíacos, prefiere estar sentado
desde la mañana hasta la noche en su despacho. Examina todos los papeles y
despacha cada acta personalmente. Toma declaraciones a cada acusado importante,
solo, con las puertas cerradas, en su gabinete, para que nadie se entere -ni
siquiera sus subalternos- de los pormenores decisivos; y así tiene, poco a
poco, como confesor voluntario de todo el país, los secretos de todos en su
mano. Otra vez reina por terrorismo, como antaño en Lyon; pero no utiliza ya la
tosca hacha mortífera, sino el veneno psíquico del miedo, de la conciencia
intranquila, del sentirse espiado y del saberse descubierto. Con ello mete el
resuello en el cuello a millares de seres. La máquina de 1792, la guillotina,
inventada para suprimir toda resistencia contra el Estado, es una herramienta
torpe comparada con la maquinaria policíaca, combinada y refinada por la
superioridad espiritual del José Fouché de 1799.
De
este instrumento, que él mismo se ha construido a medida de su mano, se sirve
José Fouché como artista consumado. Conoce el más alto secreto del Poder, que
consiste en disfrutar su posesión secretamente, y utilizarlo con tacto
económico. Pasaron los tiempos de Lyon en los que prohibían la entrada al
aposento del omnipotente feroces guardias de la Revolución con bayonetas
caladas. Ahora se reúnen en su antesala las señoras del Faubourg Saint-Germain
y las recibe con gusto. Sabe lo que quieren: una ruega tachen de la lista de
emigrados a un pariente, otra quiere proporcionar una colocación buena a un
primo, la tercera, acallar un pleito fatal. A todas se muestra Fouché
igualmente amable. ¿Para qué hacerse ingrato a cualquiera de los partidos, a
los jacobinos o a los realistas, a los moderados o a los bonapartistas, si no
se sabe quién ha de gobernar mañana? De tal modo se muestra, el que fué
terrorista temido, el hombre más suave y conciliador. Públicamente truena en
sus discursos y proclamas contra realistas y anarquistas; pero, en secreto, por
bajo manga, los aviva o soborna. Evita procesos ruidosos, sentencias de muerte
crueles; a él le basta el ademán de la violencia, en vez de la violencia misma;
el verdadero Poder subterráneo en el Estado, en vez de la engañifa vana que
ostentan Barras y sus colegas con sus sombreros de plumas.
Así
sucede que a los pocos meses se ha convertido el demonio de Fouché en el ídolo
de todos; pues ¿qué ministro o estadista será en todos los tiempos y en todas
partes el más estimado sino el que deje que hablen con él, que vea
tranquilamente como se gana dinero o incluso ayude a ganarlo, o a alcanzar
cargos, que haga a todos concesiones y que cierre benévolamente los ojos
severos, siempre que uno no meta la nariz demasiado en política o que no le
estorbe en sus propios proyectos? ¿No es mejor comprar las convicciones o
conseguirlas por adulación, que sacar los cañones a la calle? ¿No es mejor
llamar a los exaltados al gabinete secreto y enseñarles allí en un cajón su
sentencia de muerte firmada, que hacerla ej ecutar verdaderamente? Claro que
sabe poner sin contemplaciones la mano dura donde advierte verdadera rebelión. Mas
para el que se está quieto y no se levanta contra el mando, alardea el viejo
terrorista de tolerancia sacerdotal, más vieja aún. Conoce el punto flaco de la
Humanidad por el dinero, por el lujo, por los pequeños vicios, por los placeres
íntimos... Bueno, habeant! Pero hay que estarse quietos... Los grandes
banqueros, perseguidos a muerte hasta este momento bajo la República, pueden
hoy acaparar y ganar dinero tranquilamente: Fouché les proporciona noticias y
ellos a él parte de la ganancia. La Prensa, que era bajo Marat y Desmoulins una
fiera rabiosa y sanguinaria, ¡qué solícita le lame los pies! También ella
prefiere las golosinas al látigo. En poco tiempo sustituye a la gritería de los
patriotas privilegiados un reposo bienhechor; Fouché le ha tirado a cada uno un
hueso o los ha ahuyentado, con un par de fuertes azotes, a un rincón. Y ya
saben sus colegas, ya saben todos los partidos, que es tan agradable y
fructífero tener a Fouché por amigo como es desagradable hacerle sacar las uñas
de las patitas de terciopelo, y aunque es el hombre más despreciado de todos,
por lo mismo que están todos agradecidos a su silencio, tiene, por esta misma
razón, un sinfín de buenos amigos. Aún no se ha reedificado la ciudad destruída
del Ródano, y ya se han olvidado las mitraillades de Lyon, ya es José Fouché un
hombre bien visto.
Sobre
todo lo que ocurre en el país tiene José Fouché las primeras, las mejores
noticias. Nadie sabe tan detalladamente, gracias a una vigilancia de mil
cabezas y de dos mil oídos, hasta los últimos pliegues de los acontecimientos;
nadie conoce la fuerza o la fragilidad de los partidos y de las personas mejor
que este observador de nervios fríos, a través de su aparato registrador, que
marca las más pequeñas oscilaciones de la política.
De
esta manera, bien pronto comprende José Fouché, y advierte claramente, que el
Directorio está perdido. Sus cinco miembros están en desacuerdo; uno obra a
espaldas del otro y sólo espera el momento de quitarle de en medio. Los
ejércitos vencidos, la economía revuelta, el país intranquilo. Así no se puede
seguir. Fouché husmea que pronto cambiará el viento. Sus agentes le informan de
que Barras negocia ya secretamente con Luis XVIII para vender por una corona
ducal la República a la dinastía de los Borbones. Sus colegas, en cambio,
coquetean con el duque de Orleáns o sueñan con la reconstitución de la
Convención. Pero todos, todos saben que así no se puede seguir. La nación esta
conmovida por rebeliones interiores, los asignados se deshojan en papeles sin
valor, los soldados niegan ya el servicio. Si no reúnen en una nueva fuerza las
energías dispersas se derrumbará la República.
Sólo
un dictador puede salvar la situación, y todas las miradas se pierden en el
vacío en busca de uno. “Necesitamos una cabeza y un sable”, dice Barras a
Fouché, teniéndose a sí mismo secretamente por la cabeza y buscando el sable a
propósito. Pero Hoche y Joubert, los victoriosos murieron muy a destiempo para
su carrera; Bernadotte es aún jacobino, y el único del que todos saben que
sería las dos cosas en uno, el sable y la cabeza, Bonaparte, el héroe de Arcole
y Rívoli, de ése se han desembarazado por miedo mandándole bien lejos a
maniobrar en la arena del desierto egipcio infructuosamente. Con él, separado
por tantas millas de distancia, no hay que contar.
De
todos los ministros es Fouché el único que sabe que el general Bonaparte, al
que creen los demás a la sombra de las pirámides, no está tan distante y que
desembarcará en breve en Francia. Le habían destinado tan lejos por demasiado
ambicioso, demasiado popular y dominante; le habían destinado a algunos miles
de millas de París. Quizás hubo quien respiró secretamente cuando destruyó
Nelson en Abukir la flota, pues ¿qué les importa a los intrigantes y políticos
un par de miles de muertos, si con ello se quitaban de encima a un
contrincante? Ahora duermen tranquilos; le saben atado al ejército y se cuidan
bien de no volverle a llamar. Ni un momento suponen que pudiera tener la osadía
de entregar arbitrariamente el mando a otro general y venir a hacerlos saltar
de sus blandos divanes; cuentan con todas las posibilidades, menos con
Bonaparte.
Pero
Fouché sabe más y de la mejor fuente. Pues quien le confía todo y le da cuenta
de cada carta, de cada medida, su mejor, su más informado, el más leal de los
espías pagados, es nada menos que... la propia mujer de Bonaparte, Josefina
Beauharnais. Corromper a esta criolla frívola no significa de por sí un acto
grande, pues, despilfarradora loca, está constantemente en situaciones económicas
difíciles, y aunque Napoleón le consigna espléndidamente cientos de miles de
los fondos del Estado, se filtran como gota de agua en los gastos de una mujer
que se compra en un año trescientos sombreros y setecientos vestidos, que no
sabe ni ahorrar su dinero, ni su cuerpo, ni su buena reputación, y la que,
además, está en este momento bastante apesadumbrada. Mientras estaba el pequeño
general fogoso en su campaña, en el aburrido país de los mamelucos -al que se
la quiso llevar-, se ha dedicado a dormir con un Charle guapo y encantador, y
quizá con algún otro más; probablemente con su antiguo amante Barras. Esto se
lo han tomado a mal los hermanos, estúpidos e intrigantes, José y Luciano, y se
lo comunicaron a toda prisa al esposo, vehemente y celoso como un turco. Necesita,
pues, alguien que la ayude y observe a los hermanos espías, vigilando toda la
correspondencia. Por eso, y además por un par de rollos de ducados -él mismo
dice claramente en sus Memorias “Mil luises de oro”-, entrega la futura Emperatriz
a Fouché todos los secretos, y sobre todo el más importante y más peligroso: el
del próximo regreso de Bonaparte.
A
Fouché le basta el estar informado. Naturalmente que no piensa en informar a
sus superiores el ciudadano ministro de Policía. Por lo pronto, no hace más que
estrechar su amistad con la esposa del pretendiente, utiliza las noticias
silenciosamente y aguarda los acontecimientos, que, como ahora sabe, no han de
dejarse esperar mucho tiempo.
El
11 de octubre de 1799 manda llamar el Directorio apresuradamente a Fouché. Una
novedad increíble anuncia el heliógrafo: Bonaparte ha regresado de Egipto y ha
desembarcado en Fréjus arbitrariamente, sin haber recibido orden de regresar.
¿Qué hacer ahora? ¿Detener enseguida como desertor al general que abandonó su
ejército sin permiso o recibirle amablemente? Fouché, que se finge más
sorprendido de lo que en verdad está, aconseja condescendencia. ¡Aguardar,
aguardar! Aún no ha decidido si estará en pro o en contra de Bonaparte; quiere
esperar, por lo tanto, a que se desarrollen tranquilamente los acontecimientos.
Pero mientras discuten acaloradamente las cinco cabezas descabezadas del
Directorio si se debe perdonar o detener a Bonaparte, a pesar de su deserción,
decidió ya la voz del pueblo. Avignon, Lyon, París, le reciben como triunfador;
todas las ciudades están iluminadas en su camino; desde el escenario de los
teatros se comunica la noticia al público jubiloso; no regresa un subalterno,
sino un señor, una gran potencia. Apenas está en París, en su casa rue
Chantereine (pronto se llamará, en su honor, rue de la Victoire), le visitan
todos sus amigos y también aquellos que comprenden que es útil pasar pronto por
tales. Generales, diputados, ministros, hasta Talleyrand, ofrecen al hombre del
sable sus respetos. Y no tarda mucho el ministro de Policía, que se encamina en
persona hacia la rue Chantereine. Se presenta en casa de Bonaparte. Pero a éste
le parece este señor Fouché una visita bastante indiferente e insignificante, y
le deja esperar una hora larga en la antesala como a un suplicante molesto.
Fouché; este nombre no le dice mucho; personalmente no le conoce; recuerda
quizá que un hombre así llamado desempeñó un papel bastante triste en los años
del terror en Lyon; quizá le encontró también como pequeño espía de Policía,
mal vestido y hambriento, en la antesala de su amigo Barras. De todas maneras,
nadie de importancia; algún pequeño mercader que ha pillado ahora un pequeño
Ministerio. A gentes de esta clase se les hace esperar en la antecámara. Y
efectivamente, José Fouché espera pacientemente una hora en la antecámara del
general, y habría esperado una segunda, y una tercera, allí, sentado en el
sillón que le llevó compasivo un criado, si no hubiera sido descubierto
casualmente, en aquella triste situación, por Real, uno de los conjurados de
Bonaparte en el futuro golpe de Estado. Asustado por el descuido desgraciado,
Real corre a la habitación del general y le explica, exaltado, la enorme falta
de haber hecho esperar de manera tan ofensiva precisamente a este hombre que,
con un solo movimiento de su mano, puede hacer volar como una bomba todo el
complot. Se apresura Bonaparte a salir y ruega muy amable e insistentemente que
pase Fouché con él, se excusa y se entrevistan durante dos horas sin testigos.
Por
primera vez están cara a cara los dos; cuidadosamente examina y mide el uno al
otro y calcula si podrá serle útil para sus fines personales. Las
personalidades superiores se identifican al vuelo. Enseguida reconoce Fouché,
en la inaudita dinámica de este hombre de Poder, el genio invencible del
dominio; enseguida reconoce Bonaparte en Fouché, con su mirada aguda de fiera,
el ayudante utilísimo que con rapidez comprende todo y lo convierte
enérgicamente en hechos. Nadie -cuenta en Santa Elena- le desarrolló entonces
tan precisa y claramente toda la situación de Francia y del Directorio como
Fouché en esta primera conversación de dos horas. Y el que Fouché, entre cuyas
virtudes no suele brillar la franqueza, diga al pretendiente de la corona
enseguida la verdad, muestra que también él estaba dispuesto a ponerse a su
disposición. Inmediatamente, en la primera hora, están repartidos los papeles
de señor y criado, de reformador del mundo y de político de la época; puede
empezar el juego.
Fouché
se confía a Bonaparte con extraordinaria solicitud desde su primer encuentro;
pero no se entrega en sus manos. No toma parte públicamente en la conspiración
que hace caer al Directorio y convierte a Bonaparte en dictador; él es
demasiado precavido. Para eso está ligado demasiado fuerte, demasiado fielmente
a su norma de vida: no decidirse nunca definitivamente mientras no esté
decidida la victoria. Sólo pasa algo extraño. En las siguientes semanas le
ataca al ministro de Policía de Francia, siempre de oído tan fino y de vista
tan aguda, un defecto fatal: repentinamente se queda ciego y sordo. No oye nada
de los rumores que se murmuran por la ciudad sobre un inminente golpe de
Estado; no ve nada de las cartas que deslizan en sus manos. Todas sus
informaciones, que siempre funcionaban con seguridad intachable, parecen fallar
de manera mágica, y mientras de los cinco miembros del Directorio están ya dos
en el complot, y el tercero ganado a medias, no sospecha el ministro de Policía,
ni lo mas mínimo, de la existencia de una conspiración militar. O mejor dicho,
finge no sospecharlo. Sus comunicaciones diarias al Directorio no contienen una
línea sobre el general Bonaparte ni sobre el baile que impaciente agita los
sables. Pero desde luego, tampoco al otro lado, a Bonaparte, envía una línea,
ni una palabra escrita de su mano, únicamente con silencio traiciona al
Directorio; únicamente con silencio se empeña con Bonaparte, y espera, espera.
En esos momentos de expectación, dos minutos antes de la hora decisiva, se
siente en su elemento su naturaleza anfibia. Temido por dos partidos,
lisonjeado por ambos partidos y sentir, a todo esto, vibrar en la propia mano
el fiel de la balanza: para este intrigante apasionado constituye esto el goce
de los goces. Es el más maravilloso de todos los juegos, incomparable en
emoción con el del tapete verde o con el de Eros, al ver llegar a su desenlace
la gran pantomima de la fuerza. Saber en esos minutos que puede acelerar o
retardar los acontecimientos y que precisamente este conocimiento le obliga a
dominarse, y aunque se queme las manos con deseo de intervenir, no hacer nada,
observar sólo, con la curiosidad cosquilleante, gozosa, casi viciosa del
psicólogo. Sólo un placer así enardece a este genio frío; sólo él excita esta
sangre turbia, débil, casi aguada, únicamente esta clase de placer,
psicológicamente perverso, espiritualmente voluptuoso, puede embriagar al
hombre seco, sin nervios, que es José Fouché. Y en estos momentos de alta
tensión, antes del tiro decisivo, da alas a su siempre hosca severidad una
especie de deleite cruel y cínico. Pues ¿cómo resolver un placer del espíritu
mejor que con la alegría de una broma inocente o cruel? Y así bromea Fouché,
precisamente cuando otros se sienten más amenazados por el peligro; bromea como
el juez de Raskolnikow, de manera ingeniosa y verdaderamente diabólica,
precisamente cuando al culpable le corre por la espalda el escalofrío. En estos
momentos precisamente le agrada la farsa, y así arregla esta vez en el instante
de más peligro una comedia amable, cuyas bambalinas están colocadas, como quien
dice, sobre barriles de pólvora. Pocos días antes del golpe de Estado
(naturalmente, conoce la fecha exacta), organiza una pequeña reunión.
Bonaparte, Real y los demás conspiradores son invitados a esta soirée íntima, y
cuando están ya sentados a la mesa se dan cuenta de que esta completa toda su
lista y que, por lo tanto, el ministro de Policía del Directorio ha invitado a
su casa a toda la camarilla que conspira contra el Directorio precisamente. ¿Qué
significa esto? Intranquilos, se miran Bonaparte y los suyos. ¿Están acaso los
gendarmes ya ante la puerta para apresar de una vez a los conspiradores? Quizá
recuerde alguno la historia del banquete terrible que dió Pedro el Grande a los
Strélitzes, cuyas cabezas sirvió el verdugo como para postre. Pero nada cruel
sucede en casa de Fouché. Al contrario: cuando por fin entra, para mayor
sorpresa de los conjurados, otro invitado, nada menos (la broma esta ideada, en
verdad, diabólicamente) que precisamente aquel presidente Gohier, contra el que
se dirige la conspiración, son todos testigos estupefactos de un diálogo
asombroso. El presidente pregunta al ministro de Policía por los
acontecimientos más recientes. “¡Bah, siempre lo mismo! -contesta Fouché
subiendo, cansado, los párpados, sin mirar a nadie-. Siempre los rumores de
conspiración; pero bien sé yo el caso que hay que hacerles. Si hubiese
verdaderamente alguna, pronto tendríamos la prueba en la plaza de la Revolución”.
Esta
alusión grave a la guillotina la sienten los conspiradores, asustados, como un
cuchillo frío por la espalda. ¿Con quién de ellos bromea? ¿A quién engaña? No
lo saben; probablemente no lo sabe Fouché mismo, pues sólo una cosa en la
tierra le hace falta: el deleite de la duplicidad, el encanto ardiente y el
peligro punzante del doble juego.
Tras
esta bromita animada vuelve a caer el ministro de Policía, hasta la hora de dar
el golpe, en un extraño letargo; permanece ciego y sordo mientras está
sobornada la mitad del Senado, ganado el ejército. Y, cosa rara, conocido como
madrugador, como primero en su despacho, tiene José Fouché, precisamente el 18
de Brumario, precisamente el día del golpe de Estado de Napoleón, un sueño
maravillosamente profundo. Hubiera querido dormir hasta durante todo el día;
pero dos mensajeros del Directorio le sacuden de la cama y le participan al
asombrosamente asombrado los acontecimientos extraños del Senado, la
acumulación de las tropas y el ya público golpe de Estado. José Fouché se frota
los ojos verdaderamente sorprendido (aunque había conferenciado la noche antes
extensamente con Bonaparte). Pero, desgraciadamente, ya no se puede dormir más
o fingir que se duerme. El ministro de Policía ha de vestirse e ir al
Directorio, donde le recibe el presidente Gohier bruscamente, sin dejarle
representar por más tiempo la comedia de la sorpresa. “Usted tenía el deber -le
grita- de darnos cuenta de un complot semejante; muy bien pudo haberse enterado
de él su policía”. Fouché se traga tranquilamente la grosería y pide órdenes,
como si fuese el servidor más fiel. Pero Gohier rehusa con aspereza. “Si el
Directorio tiene que dar órdenes, se las transmitirá a los que sean dignos de
su confianza”. Fouché se sonríe interiormente: “¡Este imbécil aún no sabe que
su Directorio no tiene ya nada que mandar, que dos de los cinco lo han
abandonado y que el tercero se ha vendido!” ¿Mas para que enseñar a imbéciles? Se inclina frío y va a su puesto.
¿Dónde
está su puesto? Eso es lo que no sabe Fouché aún de cierto; no sabe si es
ministro de Policía del viejo o del nuevo Gobierno. Eso dependerá de que la
victoria sea del uno o del otro. Las próximas veinticuatro horas decidirán
entre el Directorio o Bonaparte. El primer día se presenta propicio a
Bonaparte; el Senado, espoleado fuertemente con promesas y sobornado mejor aún
con dinero, cumple todos los deseos de Bonaparte, le hace jefe de las tropas y
traslada la sesión de la Cámara de los Comunes, parte siempre que ha de ganar a
la del Consejo de los Quinientos, a Saint-Cloud, donde no hay batallones de
trabajadores, ni opinión pública, ni “pueblo”, sino únicamente un parque bello
que se puede cerrar herméticamente con dos compañías de granaderos. Pero con
esto no está ganada aún la partida, pues entre estos quinientos hay todavía
unas docenas de personas molestas que no se dejan sobornar ni intimidar; quizás
alguno, ¿quién lo sabe?, que defenderá la República con puñal o pistola contra
el pretendiente a la corona. Hay que dominar los nervios y no hay que dejarse
llevar por simpatías de una parte ni de otra, ni por pequeñeces como un
juramento, sino permanecer quieto, aguardar, estar sobre aviso hasta que llegue
la decisión.
Y
Fouché domina sus nervios. Apenas ha salido Bonaparte a la cabeza de su
Caballería para Saint -Cloud, apenas le han seguido en carrozas los grandes
conjurados Talleyrand, Sieyés y un par de docenas más, cuando se cierran de
pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en la periferia de
París. Nadie puede alejarse de la capital y nadie puede entrar en ella, excepto
los mensajeros del ministro de Policía. Nadie de las ochocientas mil personas
podrá saber, pues, si el golpe tendrá éxito o fracasará, únicamente este hombre
decidido. Cada media hora le trae noticias sobre el desarrollo del golpe de
Estado un mensajero. Pero tarda en decidirse. Si Bonaparte logra vencer,
entonces será Fouché, naturalmente, esta noche su ministro y fiel servidor; si
fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio; estará dispuesto, con ademán
frío y complaciente, a detener al “rebelde”. Las noticias que recibe son
bastante contradictorias. Mientras Fouché domina maravillosamente sus nervios,
Bonaparte, el más fuerte de los dos, pierde los suyos por completo; este 18 de
Brumario, que brinda a Bonaparte el dominio de toda Europa, es, por extraña
ironía quizás, el día más débil en la vida personal de este gran hombre.
Decidido ante los cañones, se desconcierta Bonaparte siempre que ha de ganar a
la gente con palabras. Acostumbrado durante años enteros a mandar, ha olvidado
el arte de solicitar. Puede agarrar una bandera y montar a la cabeza de sus
granaderos; puede aniquilar ejércitos; pero amedrentar desde la tribuna a un
par de abogados republicanos, eso no lo consigue este soldado férreo. Muchas
veces ha sido descrita la escena de cómo el invencible general, nervioso por
las interrupciones de los diputados, balbucía frases estúpidas y vanas como: “El
dios de las batallas esta conmigo”, y se equivocaba de tal manera al hablar,
que sus amigos tienen que bajarlo apresuradamente de la tribuna, únicamente las
bayonetas y sus soldados salvan al héroe de Arcole y Rivoli de una derrota
vergonzosa ante un par de abogadetes estrepitosos. Pero cuando vuelve a montar
en su caballo, señor y dictador, y manda a sus soldados desalojar por asalto el
salón, fluye desde la empuñadura del sable otra vez la fuerza a sus sentidos
aturdidos.
A
las siete de la tarde está todo decidido: Bonaparte es cónsul y autócrata de
Francia. Si hubiera sido vencido o desbordado en el acto, habría mandado pegar
Fouché en todos los muros de París una proclama patética: “Una conspiración
infame ha sido descubierta”, etc. Pero como venció Bonaparte, se apropia
deprisa la victoria. Y no es Bonaparte, sino el señor ministro de Policía,
Fouché, quien entera al día siguiente a París del final efectivo de la
República y del comienzo de la Dictadura napoleónica. “El ministro de Policía
comunica a sus conciudadanos -dice el relato falaz- que el consejo estuvo
reunido en Saint-Cloud para resolver sobre los intereses de la República,
cuando el general Bonaparte, que se había presentado en el Consejo de los
Quinientos para descubrir las maquinaciones revolucionarias, estuvo a punto de
ser víctima de un asesinato. Pero el genio de la República salvo al general.
Todos los republicanos pueden tranquilizarse, pues sus deseos se cumplirán
ahora. Los débiles pueden estar tranquilos: están con los fuertes, y únicamente
tienen que temer los que provocan disturbios, introducen la confusión en la
opinión pública y preparan el desorden. Todas las medidas están tomadas para
impedirlo”.
Una
vez más ha desplegado Fouché la vela a favor del viento. Y tan osadamente, tan
sin reservas, tan en pleno día se pasa al campo del vencedor, que ya se
empieza, poco a poco, en los círculos más distanciados, a conocer a Fouché.
Unas semanas más tarde se representa en un teatro de barrio de París una
comedia graciosa: La veleta de Saint-Cloud; en ella, entendida y aplaudida por
todos, con nombres poco disimulados, se parodia lo más graciosamente su
comportamiento voluble, y, sin embargo, cauto. Fouché hubiera podido, como
censor, prohibir una parodia tal de su persona; pero poseía, afortunadamente,
bastante ingenio para no hacerlo. No oculta de ninguna manera su carácter, o,
mejor: que no tiene carácter. Todo lo contrario: recalca incluso su veleidad e
inconstancia, porque esto le crea una aureola especial. Que se rían de él,
siempre que le obedezcan y le teman.
Bonaparte
es el héroe del día; Fouché, el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima
efectiva, Barras, el amo del Directorio, que recibe este día una lección, ya
histórica, sobre la ingratitud. Pues estos dos hombres que le derriban y le
despachan con una propina de varios millones, como a un pordiosero molesto,
fueron hace dos años sus criaturas, sus deudos, a quienes había sacado de la
nada. Bonachón, ligero, un bonhomme, que gusta disfrutar, que gusta dejarle a
cada uno su parte, ha recogido literalmente de la calle a Bonaparte, a este
oficial pequeño y cetrino, expulsado y desterrado casi, y le ha prendido en la
casaca militar, sin pagar aún y remendada, los galones de general; le ha
nombrado por encima de todos, de la noche a la mañana, comandante de París; le
ha cedido su propia amante; le ha llenado los bolsillos de dinero; ha
conseguido que le dieran el mando sobre el ejército de Italia; le ha tendido,
en fin, el puente de la inmortalidad. Igualmente ha sacado a Fouché de su
buhardilla sucia del quinto piso, le ha salvado de la guillotina, ha sido el
único que le ha ayudado en la época del hambre, cuando se apartaban todos de
él, y, por fin, le ha colocado en el sitial y ha llenado sus bolsillos de oro. Y
los dos -que le deben la vida- se unen, dos años mas tarde, y le echan en el mismo
fango de donde él los sacó. Verdaderamente que la Historia, que no es
precisamente un código de moral, no conoce un ejemplo más claro de perfecta
ingratitud que la actitud de Napoleón y Fouché frente a Barras el 18
deBrumario.
Pero
la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene al menos la justificación
del genio. Su fuerza le da derecho especial, pues el camino del genio, de cara
a las estrellas, puede pasar, si es necesario, sobre vidas humanas, puede
servirse con heroísmo de los fenómenos efímeros, obedientes solo al sentido
profundo, al imperativo invisible de la Historia. La ingratitud de Fouché, en
cambio, es tan sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que con la mayor
ingenuidad busca únicamente la propia ventaja. Fouché puede, si quiere, olvidar
todo su pasado de manera estupefaciente y vertiginosamente rápida, y de esta
maestría singular dará pruebas asombrosas en su carrera futura. Quince días
después manda a Barras, al hombre que le libró de la “guillotina seca” y que le
salvó del destierro, la orden formal de expatriación y le hace quitar todos los
papeles: probablemente estarían entre ellos sus propias cartas implorantes y
sus mensajes de espía. Barras, mortalmente ofendido, aprieta los dientes, que
hoy parecen todavía rechinar en sus Memorias cuando nombra a Bonaparte y a
Fouché. Y únicamente le consuela que aquél se lleve a éste. Proféticamente
presiente que uno de ellos le vengará en el otro y que no serán amigos mucho tiempo.
Por
lo pronto, claro, en los primeros meses de su cooperación, se pone el ciudadano
ministro de Policía devotamente al servicio del ciudadano cónsul, pues la
palabra “ciudadano” se impone todavía en los documentos oficiales. Todavía le
basta al amor propio de Napoleón ser el primer ciudadano de una República.
Frente a una misión ingente que superaría las fuerzas de todos los demás,
demuestra en aquellos años la magnitud y multiplicidad de su genio juvenil;
nunca nos parece la figura de Bonaparte más grandiosa, creadora y humana que en
aquella época del nuevo régimen. Estatuir la Revolución, mantener sus
resultantes y reducir al mismo tiempo su hipertrofia; terminar la guerra
victoriosamente, y, fiel al sentido auténtico de esa victoria, concluirla con
una paz robusta y verdadera, constituye la idea sublime a la que se consagra el
nuevo héroe, con la clarividencia aguda del genio y con la energía recia y
laboriosa del trabajador apasionado de las diez horas diarias. No son precisamente
los años celebrados siempre por la leyenda, para la que no hay hechos más altos
que los ataques de caballería, ni más evidentes resultados que los países
conquistados; no son Austerlitz, Eylau y Valladolid los verdaderos trabajos
hercúleos de Napoleón Bonaparte, sino los años en que se vuelve a estructurar
la Francia desordenada, desgarrada por los partidos, dentro de un Estado con
fuerza vital, en el que los asignados desvalorizados son sustituidos por
verdaderos valores; en los que el nuevo Código napoleónico da forma, severa y
humana al mismo tiempo, al derecho y a las costumbres, a los que este alto genio
político impone su acción saludable en todos los terrenos de la administración
del Estado y apacigua a Europa. No son los años guerreros, sino estos otros,
los verdaderamente creadores, y nunca trabajaron sus ministros más
concienzudamente, activamente y fielmente a su lado que en esa época. También
en Fouché encuentra un servidor perfecto, completamente conforme con él en la
convicción de que es preferible terminar la guerra civil con negociaciones y
condescendencias que por la fuerza y con ejecuciones. En pocos meses restablece
Fouché la tranquilidad completa en el país, desaloja los últimos nidos de
terroristas y realistas, libra las calles de asaltos, y su energía burocrática,
en los pormenores tan exacta, se subordina, solícita, a los grandes proyectos
políticos de Bonaparte. Las obras grandes y útiles unen siempre a los hombres:
el criado ha encontrado a su amo y el amo a su criado.
El
momento en que se inicia la desconfianza de Bonaparte hacia Fouché puede
precisarse exactamente -cosa rara-hasta en el día y la hora, aunque el episodio
quedó oculto casi en medio de la abundancia de acontecimientos de aquellos años
tan activos. Sólo la aquilina mirada psicológica de Balzac, acostumbrada a
reconocer en lo insignificante lo esencial, en el petit détail el golpe que le
impulsa, ha podido advertirlo (aunque adornándolo un poco poéticamente).
La
pequeña escena se desarrolla durante la campaña italiana que ha de decidir
entre Austria y Francia. El 20 de enero de 1800 están reunidos en París los
ministros y consejeros en extraña disposición de ánimo. Ha llegado un mensajero
del campo de batalla de Marengo con malas noticias; trae el mensaje de que
Bonaparte ha sido derrotado y el ejército francés se encuentra en plena
retirada. Todos los reunidos piensan en secreto lo mismo: es imposible que siga
como primer cónsul un general derrotado; y piensan enseguida en un sucesor.
Hasta qué punto declararon todos esta necesidad, no se ha sabido nunca; pero
hubo preparaciones para una subversión y hubo, sin duda, consultas en voz baja.
Los hermanos de Napoleón se dieron cuenta de ello. Carnot fué seguramente quien
más adelantó, quien quiso restaurar rápidamente el viejo Comité de Salud
pública. De Fouché se puede suponer, conociendo su carácter, que en vez de
ponerse de parte del Cónsul derrotado, según las últimas noticias, permanecía
cautelosamente mudo, para volver con el amo antiguo si fuera preciso, o para
quedarse con el nuevo, según el caso. Pero al día siguiente llega una segunda
estafeta y anuncia precisamente lo contrario: trae nuevas de la victoria
brillante de Marengo; a última hora el general Desaix, con genial intuición
militar, llegó en ayuda de Bonaparte, convirtiendo la derrota en triunfo. Cien
veces más fuerte de lo que salió, y completamente seguro de su poder, regresa
Bonaparte, el Primer Cónsul, a los pocos días. Sin duda alguna se enteró
enseguida de que todos sus ministros y confidentes, a la primera noticia,
estaban dispuestos a darle de lado. Como primera víctima paga Carnot, que fué
quien se precipitó demasiado, y pierde el ministerio. Los demás, incluso
Fouché, permanecen en sus puestos: no se le puede probar a éste, cauto siempre,
su infidelidad, aunque, claro, tampoco su fidelidad. No se ha comprometido,
pero tampoco se ha señalado en el cumplimiento de su deber; ha demostrado una
vez más lo que siempre fué: fiel en el éxito, infiel en el fracaso. Bonaparte
no le despide, ni le reprocha, ni le castiga. Pero desde este momento pierde la
confianza en él.
Este
pequeño episodio, casi envuelto en olvido en la historia de la época, es, por
otra parte, de una gran evidencia psicológica. Pues nos recuerda muy claramente
que una República basada únicamente sobre las bayonetas y la victoria bélica se
derrumba a la primera derrota, y que todo soberano a quien falte la legitimidad
natural de la sangre y de los antepasados ha de crearse imprescindiblemente y
con tiempo una nueva. Bonaparte mismo, en la conciencia de su fuerza, lleno de
ese optimismo inflexible que las naturalezas geniales siempre poseen, en su
época ascendente puede llegar a olvidar esta admonición tácita; pero no sus
hermanos. Napoleón -suele olvidarse esto con demasiada frecuencia- no llegó
solo a Francia: llega rodeado de un clan familiar hambriento, ambicioso de
poder. Al principio hubiese bastado a la madre y a los cuatro hermanos sin
empleo que su amparador, su Napoleón, para proporcionar a las hermanas algunos
trajes, se hubiera casado con la hija de un fabricante rico. Pero ahora, que ha
llegado inesperadamente a tal alto poderío, se agarran a él todos, con súbito
impulso para que eleve con él a toda la familia; también quieren ascender al
esplendor, quieren hacer de toda Francia, y luego de todo el mundo, un
usufructo familiar de los Bonaparte; y su piratería sucia, insaciable, sin la
excusa del resplandor del genio, acosa al hermano para que tome la resolución
de transformar su Poder, ligado a la voluntad popular, en un Poder
independiente y duradero, en una monarquía hereditaria. Le piden la institución
de una dinastía familiar, le piden que se proclame Rey o Emperador; quieren que
se divorcie de Josefina para casarse con una princesa de Bade (aún no se atreve
nadie a pensar en la hermana del Zar o en la hija de Habsburgo). Y con sus
constantes intrigas le separan cada vez más de sus antiguos camaradas, de sus
viejas ideas, le apartan de la República y de la Libertad: le empujan a la
reacción y al despotismo.
Frente
a este clan instigador, insaciable y antipático se encuentra bastante sola y
desamparada Josefina, la esposa del Cónsul. Sabe que cada paso de Bonaparte
hacia la altura, hacia la soberanía, le separa de ella, porque no puede ella
darle al Rey o Emperador lo que pide la idea dinástica como primer y único
requisito: un heredero del trono, y con él la perpetuidad de la dinastía. Pocos
de los consejeros de Bonaparte están de su parte (pues no tiene ella dinero
para repartir, sino que está, por el contrario, llena de deudas), y el más
fiel, en este momento, es Fouché. Con desconfianza observa éste, hace tiempo
ya, cómo se hincha con los éxitos inesperados el orgullo de Bonaparte en
proporciones igualmente inesperadas; con qué obstinación elimina y hace
perseguir como anarquistas y terroristas a todos los que tienen ideas
verdaderamente republicanas. Ve con su mirada aguda y suspicaz claramente que,
como decía Víctor Hugo: Déjà Napoleón
perçait sous Bonaparte, surgía amenazante el Emperador tras el general, el
Monarca tras el ciudadano. Pero a Fouché, ligado a vida o muerte a la República
por su voto contra el Rey, sólo le interesa la prosperidad de la República y de
la forma de Estado republicana. Por eso teme todo lo monárquico, por eso lucha
secreta y abiertamente al lado de Josefina.
Esto
no se lo perdona el clan. Con odio corso espían todos sus pasos, dispuestos a
dar de lado al hombre molesto que les estorba los negocios en la primera ocasión.
Esperan,
impacientes, mucho tiempo. Hasta que al fin se presenta la ocasión de echarle a
Fouché la zancadilla. El 24 de diciembre de 1800 va Bonaparte a la Opera para
asistir a la primera representación en París de la Schoepfung de Haydn; estalla
en la estrecha rue Nicaise, inmediatamente detrás de su coche, un geiser de
explosivos de pólvora y plomo con tanta violencia, que la explosión arroja
escombros hasta por encima de las casas: se trata de un atentado, la famosa y
temida máquina infernal. Sólo la marcha vertiginosa que llevaba su
cochero-borracho, según dicen- salvó al Primer Cónsul; pero cuarenta víctimas
se revuelcan con los cuerpos destrozados ensangrentando la calle: y el coche se
encabrita, como un animal herido, levantado por la presión del aire. Pálido,
con la cara marmórea, sigue Bonaparte a la Opera para mostrar su sangre fría al
público entusiasmado. Con aire indiferente y glacial escucha (mientras Josefina
a su lado es presa de un ataque de nervios y no puede ocultar sus lágrimas) las
suaves melodías del padre Haydn y agradece con rígida indiferencia las
aclamaciones frenéticas.
Pero
de que esta sangre fría era sólo una ficción se dan cuenta muy pronto sus
ministros y sus consejeros de Estado, en las Tullerías, cuando regresa de la
Opera. Contra Fouché, sobre todo, se desencadena su ira; como un loco se lanza
contra el hombre pálido e inmóvil; él, como ministro de Policía, estaba en la
obligación de descubrir, con mucho tiempo de anticipación, el complot, pero en
vez de esto ampara con una benevolencia criminal a sus amigos, a sus antiguos cómplices
los jacobinos. Tranquilamente da Fouché su opinión de que no puede probarse que
el atentado proceda de los jacobinos; él, personalmente, está convencido de que
aquí representan el principal papel los conspiradores realistas y el dinero
inglés. Pero la calma con que Fouché le contradice enfurece aún más al Primer Cónsul:
“Son los jacobinos, los terroristas, esos canallas en rebelión permanente, en
masa compacta contra todos los Gobiernos. Son los mismos malvados que, por
asesinarme, no repararon en sacrificar miles de víctimas. Pero quiero hacer en
ellos una justicia ejemplar”. Fouché se atreve a manifestar, por segunda vez,
sus dudas. Entonces se echa casi corporalmente el corso, de sangre ardiente,
sobre el ministro; tanto, que tiene que intervenir Josefina y tomar del brazo a
su marido con ademán apaciguador. Pero Bonaparte se desata torrencialmente en
palabras y le echa en cara a Fouché todos sus crímenes y asesinatos de los
jacobinos, los días de diciembre en París, las bodas republicanas de Nantes,
las matanzas de los presos en Versalles... Clara alusión para que se dé cuenta
el mitrailleur de Lyon de que se acuerda perfectamente de su pasado. Pero
mientras más grita Bonaparte, más tenazmente calla Fouché. Ni un músculo se
estremece en su máscara de piedra, mientras chisporrotean las acusaciones en
presencia de los hermanos de Napoleón y de los cortesanos, que observan con
miradas sarcásticas al ministro de Policía, que, por fin, ha dado un mal paso.
Frío como una piedra, rechaza Fouché todas las sospechas, frío como la piedra
abandona las Tullerías.
Su
caída parece inevitable, pues Napoleón se cierra a toda intervención de
Josefina en favor de Fouché. “¿Pero no ha sido él mismo uno de sus caudillos?
¿Ignoro yo acaso lo que hizo en Lyon y en el Loire? Sólo Lyon y el Loire me
explican la conducta de Fouché”, grita enfurecido. Y enseguida empiezan las
conjeturas en torno del nombre del futuro ministro de Policía. Los cortesanos
vuelven ya la espalda al caído; parece ya (como tantas veces) José Fouché definitivamente
aniquilado.
En
los días siguientes no mejora la situación. Bonaparte no se deja disuadir de su
opinión de que los jacobinos prepararon el atentado; exige que se tomen
medidas, que se impongan castigos severos. Y cuando Fouché insinúa ante él o
ante otros que sigue otra pista, le tratan con ironía y desprecio. Todos los
imbéciles se ríen y se burlan del ingenuo ministro de Policía, que no quiere
poner al descubierto un asunto tan claro; todos sus enemigos le miran con aire
de triunfo porque persiste tenazmente en su error. Fouché no contesta a nadie.
No discute; calla. Calla durante quince días, calla y obedece sin réplica
cuando le ordenan hacer una lista de ciento treinta radicales y antiguos
jacobinos destinados a la deportación a Guayana, a la “guillotina seca”. Sin
parpadear despacha el decreto que acaba con los últimos montagnards, los
últimos de la “montaña”, con los apóstoles de su amigo Baboeuf, con Topino y
Arena, que no cometieron otro delito que decir públicamente que Napoleón había
robado en Italia un par de millones para comprarse con ellos la autocracia.
Contra su convicción ve cómo son deportados los unos y ejecutados los otros;
calla como un sacerdote que, obligado por secreto de confesión, ve la ejecución
de un inocente con los labios sellados. Hace ya mucho tiempo que está Fouché
sobre la pista, y mientras se burlan los otros de él, mientras el mismo
Bonaparte le echa en cara irónicamente su ridícula obstinación, se reúnen en su
gabinete infranqueable pruebas definitivas de que, efectivamente, estaba
preparado el atentado por chouans,
del partido realista. Y mientras en el Consejo de Estado y en las antesalas de
las Tullerías se muestra con fría y displicente indiferencia frente a todas las
alusiones, trabaja febrilmente en su gabinete secreto con los mejores agentes.
Se ofrecen recompensas en dinero en enormes cantidades; todos los espías y
esbirros de Francia trabajan activamente; se obliga a la ciudad entera a
declarar como testigo. Ya se sabe la procedencia de la yegua que estaba
enganchada a la máquina infernal y que fue destrozada en cien pedazos, y ha
sido encontrado su antiguo dueño; ya se tiene la descripción exacta de los
hombres que la compraron; ya se han averiguado, gracias a la magistral
biographie chouannique (ese lexicón
inventado por Fouché, con los datos personales de los emigrados realistas, de
todos los chouans), los nombres de
los autores del atentado, y aún calla Fouché. Aún deja heroicamente que se rían
de él y que triunfen sus enemigos. Cada vez con mayor rapidez se tejen los
últimos hilos hasta formar una red irrompible. Un par de días más y la araña
venenosa estará presa en ella. ¡Solo un par de días! Fouché, excitado en su
amor propio, humillado en su orgullo, no se conforma con una victoria pequeña y
mediocre sobre Bonaparte y sobre todos los que le reprochan de carencia de
información. También él quiere un Marengo, un triunfo completo, arrollador.
Quince
días después da, súbito, el golpe. El complot ha sido aclarado completamente,
todas las pistas comprobadas. Como lo preveía Fouché, había sido el jefe, el
más temido de todos los chouans, Cadoudal; realistas juramentados, comprados
con dinero inglés, habían sido sus ejecutores. Como un trueno cae la noticia
sobre sus enemigos, pues ven cuán inútil e injustamente se ha sentenciado a
ciento treinta personas. Se apresuraron demasiado, con osadía excesiva, a
reírse del hombre impenetrable. Y más fuerte, más estimado, más temido que
nunca aparece el infalible ministro de Policía ante el público. Con una mezcla
de ira y admiración, mira Bonaparte al calculador férreo, que una vez más se
lleva la razón con sus cálculos de sangre fría. Contra su voluntad tiene que
confesar: “Fouché ha juzgado mejor que muchos otros. Tiene razón. Hay que estar
alerta con los emigrados, con los repatriados, con los chouans y con todas las
gentes de ese partido”. Pero sólo en consideración gana Fouché en este asunto
ante Napoleón, no en afecto, pues nunca agradecen los autócratas que se les
llame la atención sobre una falta o un error. Es inmortal la historia de
Plutarco del soldado que salvó la vida amenazada del rey en la batalla, y en
vez de huir enseguida, como le aconsejó un sabio, contó con la gratitud del rey
y perdió así la cabeza. Los reyes no quieren bien a las personas que los vieron
en un momento de debilidad, y las naturalezas despóticas no gustan de los
consejeros que hayan demostrado, aunque sea una sola vez, ser más sabios que
ellos.
En
un círculo tan estrecho como el de la Policía ha logrado Fouché el triunfo
mayor que es posible alcanzar. Pero ¡qué pequeño en comparación con los
triunfos alcanzados por Bonaparte en los dos últimos años del Consulado! El
dictador ha coronado una serie de victorias con la más hermosa, con la paz
definitiva con Inglaterra, con el concordato con la Iglesia: las dos potencias
más poderosas del mundo ya no son, gracias a su energía y a la superioridad
fecunda de su genio, enemigas de Francia. El país tranquilizado, ordenada la
economía, terminada la discordia de los partidos, suavizadas las oposiciones,
la riqueza vuelve a florecer, la industria se desarrolla de nuevo, las artes
despiertan; una época augusta comienza, y no está lejana la hora en que Augusto
podrá llamarse también César. Fouché, que conoce cada nervio, cada pensamiento
de Bonaparte, se da cuenta perfectamente de hacia dónde se dirige la ambición
del corso y que ya no le basta con representar el papel en la República, sino
que quiere tomar posesión vitalicia, eterna, para él y su familia, del país por
él salvado. Claro que oficialmente no demuestra, quién es cónsul de la
República, ambiciones tan poco republicanas; pero bajo cuerda deja traslucir a
sus confidentes su deseo de que el Senado le expresara su gratitud con un acto
especial de confianza, con un témoignage
éclatant. En lo más recóndito de su corazón desea un Marco Antonio, un
servidor fiel y seguro que pida para él la corona imperial. Y Fouché, rico en
astucia, flexible, pudiera asegurarse ahora su gratitud para siempre.
Pero
Fouché se niega a este papel, mejor dicho, no se niega francamente, sino que
desde la sombra, con complacencia aparente, trata de oponerse a estas
intenciones. Está contra los hermanos, contra el clan de los Bonaparte y al
lado de Josefina, que tiembla de miedo e intranquilidad ante este último paso
de su esposo hacia la Monarquía, pues sabe que no será entonces ya mucho tiempo
su esposa. Fouché le aconseja no prestar franca resistencia: “Manténgase
tranquila -le dice-; se atraviesa usted inútilmente en el camino de su esposo.
Sus temores le aburren; mis consejos le molestarían”. Prefiere, pues, fiel a su
estilo, deshacer subterráneamente los deseos ambiciosos, y cuando Bonaparte,
con modestia falsa, no quiere franquearse y, por otra parte, sí quiere proponer
al Senado un temoignage éclatant, es Fouché de los que susurran a los senadores
que el gran hombre no desea otra cosa, como fiel republicano, sino que le sea
prolongado el puesto de Primer Cónsul por diez años. Los senadores, convencidos
de honrar y satisfacer con ello a Bonaparte, toman solemnemente esta
resolución. Pero Bonaparte, penetrando este juego de intrigas y reconociendo
claramente a los autores, rabia de ira cuando le entregan este regalo indeseado
de pordiosero. Con palabras frías despacha a la Comisión. Cuando se siente en
las sienes el frío cerco de una áurea corona imperial, diez miserables años de
poder son una nuez vana que se aplasta despectivamente con el pie.
Por
fin arroja Bonaparte la careta de la modestia y hace saber claramente su
voluntad: ¡Consulado de por vida! Y bajo el fino envoltorio de estas palabras
reluce visible para los perspicaces la futura corona de Emperador. Y tan fuerte
es ya entonces Bonaparte, que el pueblo, por mayoría de millones, hace ley su
deseo y le elige soberano (tanto él como el pueblo así lo esperan) para toda su
vida. La República ha terminado: la Monarquía comienza.
Que
José Fouché se atreviera a poner trabas a las impaciencias del pretendiente a
la corona en su propósito decisivo, eso no lo olvida la prole de hermanos y
hermanas, eso no lo olvida el clan familiar corso. Así asedian impacientes a
Bonaparte. ¿Para qué conservar, cuando está ya firme en la silla, al mosquito
molesto? ¿Para qué, cuando el país ha demostrado unánimemente su conformidad
con el Consulado vitalicio, cuando las oposiciones se han allanado felizmente y
se han eliminado las discordias, para qué tener al lado a un vigilante tan
implacable que vigilará no sólo al país, sino sus propias y oscuras
maquinaciones? ¡Fuera, pues, con él! ¡Aniquilar, sustituir a este eterno
forjador de enredos, a este intrigante! Sin César, impacientes, tenaces,
asedian al hermano, aún indeciso.
Bonaparte,
en el fondo, comparte su opinión. También a él le estorba este hombre, que sabe
demasiado y que quiere saber siempre más; esta sombra gris, que se arrastra
detrás de su luz. Pero precisamente para despedir al ministro, que ganó tantos
meritos, que disfruta en el país de respeto ilimitado, para eso se necesitaría un
pretexto. Y además, este hombre se ha hecho fuerte con él; más vale, pues, no
provocar su franca enemistad. Tiene en su mano todos los secretos y está
fatalmente familiarizado con todas las intimidades, no muy limpias, del clan
corso; por eso no se le puede agraviar tan bruscamente. Así se inventa una
salida hábil, diplomática, que no deje traslucir ante el mundo que se despide a
Fouché con malevolencia; y no se le despide como ministro, sino que se declara
que ha cumplido tan magistralmente su deber, que resulta completamente superflua
una vigilancia de los ciudadanos, un Ministerio de Policía. No se despide,
pues, al ministro, sino que, al suprimir el Ministerio de Policía, se
desembarazan al mismo tiempo de él disimuladamente.
Para
ahorrar a este hombre susceptible el duro golpe con que le ponen a la puerta de
la calle, le endulzan en lo posible la despedida, le indemnizan por la pérdida
de su puesto con un asiento en el Senado, y en una carta en la que le anuncia
Bonaparte este ascenso, dice textualmente: “El ciudadano Fouché, ministro de
Policía, durante las situaciones más difíciles ha cumplido siempre, por su
talento y su energía, por su fidelidad al Gobierno, con los deberes que le
imponían los acontecimientos. Y dándole un puesto en el Senado sabe el Gobierno
que, si en una nueva época tuviera necesidad de un ministro de Policía, no
encontraría otro que fuera más digno de su confianza”. Además, Bonaparte, que
ha visto cuán profundamente se ha reconciliado el antiguo comunista con su viejo
enemigo, el dinero, le facilita la retirada tendiéndole un puente magnífico de
oro. Cuando el ministro le entrega, al hacer la liquidación, dos millones
cuatrocientos mil francos como resto del capital liquidado de la Policía, le
regala Napoleón sencillamente la mitad, o sea un millón doscientos mil francos.
Además se otorga al “enemigo converso del dinero” -que hace un decenio tronaba
aún furioso contra “el metal sucio y corruptor”-, con su título de senador, la
posesión de Aix, un pequeño principado que se extiende desde Marsella a Tolón y
cuyo valor se calcula en diez millones de francos. Bonaparte le conoce; sabe
que Fouché tiene manos de intrigante, inquietas y ávidas, y como no se las
puede atar, se las carga de oro. Por eso es difícil encontrar en el transcurso
de la Historia el caso de un ministro a quien se haya despedido con más honores
y, sobre todo, con más precauciones que a José Fouché.
CAPÍTULO V
MINISTRO DEL EMPERADOR
(1804-1811)
EN
1802 se retira José Fouché -es decir, Su Excelencia el señor senador José
Fouché-, obediente a la presión suave y obstinada del Primer Cónsul, a la vida
privada, de la que había salido diez años antes. Increíble decenio,
predestinado y cruento, siniestro y fecundo. Pero ha sabido aprovechar bien
este tiempo. No se refugia, como en 1794, en una buhardilla miserable, fría; se
compra una hermosa casa, bien equipada, en la rue Cerutti, una casa que debió
pertenecer a un “aristócrata ruin” o a un “infame rico”. En Ferrières, la
residencia futura de los Rothschild, instala la más preciosa finca de verano, y
su principado en la Provenza, la senaduría de Aix, le envía buenas rentas. Por
lo demás, también ejerce magistralmente el noble arte del alquimista de
convertirlo todo en oro. Sus protegidos en la Bolsa le dan participación en sus
negocios, aumenta ventajosamente sus posesiones; al cabo de un par de años, el
hombre del primer manifiesto comunista será el segundo capitalista de Francia y
el primer terrateniente del país. El tigre de Lyon se ha convertido en roedor
paciente, capitalista cauto, prestidigitador del tanto por ciento. Pero esta
riqueza fantástica del parvenu político no cambia en nada su nativa sobriedad,
cultivada tenazmente en la disciplina conventual. Con quince millones de
capital no vive José Fouché de manera muy distinta que cuando buscaba
trabajosamente los quince sous diarios que necesitaba en su buhardilla; no
bebe, no fuma, no juega, no gasta dinero en mujeres ni en presunciones. Como un
buen hidalgo lugareño, pasea con sus hijos (le nacieron tres después de perder
dos en la miseria) por el silencio de sus prados, da a veces pequeñas
reuniones, escucha cuando hacen música los amigos de su mujer, lee libros y se
recrea en conversaciones intelectuales; profundamente, de manera inasequible, se
oculta en este burgués frío y seco el placer demoníaco por el juego de azar de
la política, por las tensiones y peligros del drama mundial. Sus vecinos no ven
nada de todo esto; sólo ven al buen administrador, al excelente padre de
familia, al esposo cariñoso. Y nadie que no le conociera de antes sospecha la
pasión contenida, cada vez más intranquilamente, tras su franca serenidad, su
ansia de volver a situarse en primera fila, de volver a intervenir en los
asuntos de la política.
¡Oh,
semblante de Medusa del Poder! Quien fijó la vista una vez en su faz, jamás la
puede apartar de ella, queda encantado y hechizado. Quien disfrutó una vez del
placer embriagador de dominar y mandar, no puede ya renunciar a él. Hojeemos la
Historia en busca de ejemplo de renuncia voluntaria; excepto Sila y Carlos V,
no se encuentra, entre millares y decenas de millares de figuras, apenas una
docena que, con el corazón satisfecho y el sentido claro, renuncien al deleite
casi pecaminoso de representar la Providencia ante millones de seres. Como no
puede el jugador dejar el juego; el bebedor, la bebida; el cazador furtivo, la
caza, no puede dejar José Fouché la política. El reposo le martiriza, y
mientras hace tranquilamente, con bien fingida indiferencia, de Cincinato en el
arado, le cosquillean los dedos y le vibran los nervios por volver a coger los
naipes de la política. Aunque está separado del servicio activo, continúa
voluntariamente la labor policíaca, y para ejercitar la pluma y no caer
completamente en el olvido, manda al Primer Cónsul semanalmente informaciones
secretas. Con esto se divierte y entretiene, sin compromiso, su genio
intrigante; pero no le satisface plenamente. En realidad, su aislamiento
aparente no es más que una espera febril, dominada por el deseo de volver a
coger las riendas, de tener poder sobre las vidas humanas, sobre el destino del
mundo. ¡Poder!
Bonaparte
percibe síntomas evidentes de la impaciencia trémula de Fouché, pero tiene a
bien no hacer caso de ella. Mientras pueda tener apartado de sí a este hombre
fantásticamente inteligente, fantásticamente trabajador, le dejará en la
sombra. Desde que se conoce la fuerza obstinada de este hombre subterráneo,
nadie le toma a su servicio si no le necesita absolutamente en trance del mayor
peligro. El Cónsul le demuestra bastante protección: le utiliza para diversos
negocios; le agradece las buenas informaciones; le invita, de cuando en cuando,
al Consejo de Ministros, y, sobre todo, le deja ganar, le deja que se
enriquezca, para que se mantenga tranquilo; pero a una cosa tan sólo se niega
con tenacidad todo el tiempo posible: a restituirle en su puesto y a volver a
crear el Ministerio de Policía. Mientras que Bonaparte es poderoso, mientras no
comete faltas, no necesita de un criado tan equívoco, tan excesivamente
inteligente.
Pero
afortunadamente para Fouché, Bonaparte comete faltas. Sobre todo la gran falta
histórica, imperdonable; y, no le basta ser Bonaparte; pretende, además de la
seguridad de sí mismo, además del triunfo de su personalidad única, el brillo
pálido de la legitimidad, la fastuosidad de un título. Quien no temió a nadie,
gracias a su fuerza, a su personalidad poderosa, se atemoriza ante las sombras
del pasado, ante la aureola impotente de los Borbones proscritos. Se deja convencer
por Talleyrand y, a costa de la ruptura del Derecho internacional, manda traer
entre gendarmes al Duque de Enghien de territorio neutral y le hace fusilar.
Para este hecho tuvo Fouché la frase ya célebre: “Fue peor que un crimen: fue
una equivocación”. Esta ejecución crea alrededor de Bonaparte un vacío de miedo
y terror, de protesta y odio, y pronto le parecerá aconsejable volver a ponerse
bajo la protección del Argos de mil ojos, bajo la protección de la policía.
Además,
y sobre todo en 1804, necesita nuevamente el cónsul Bonaparte un ayudante hábil
y sin escrúpulos para su ascensión postrera. Necesita otra vez quien le
sostenga el estribo. Lo que dos años antes le parecía el colmo de su ambición,
el consulado vitalicio, ya no le parece bastante, elevado como se siente por
todas las alas del éxito. Ya no quiere ser el primer ciudadano entre los
ciudadanos, ambiciona ser señor y soberano sobre sus súbditos, ambiciona calmar
el ardor febril de su frente con el anillo áureo de una corona imperial. Pero el
futuro César necesita un Antonio; y aunque Fouché hizo durante largo tiempo el
papel de Bruto (y aún el de Catalina, anteriormente), está hambriento, al cabo
de dos años de ayuno político. Ya está dispuesto a tender el anzuelo para
pescar en el lodo del Senado la corona imperial. De cebo sirven el dinero y las
buenas promesas; y así ve el mundo el espectáculo curioso de que el antiguo
presidente del club de los jacobinos, hoy Excelencia, dé en los pasillos del
Senado apretones de manos sospechosos y asedie e intrigue hasta conseguir que,
por fin, propongan un par de bizantinos complacientes que “se cree una
institución que destruya para siempre las esperanzas de los conspiradores,
garantizando la permanencia del Gobierno mas allá de la vida de su jefe”. Si se
saca la hinchazón de esta frase como un tumor, se aparecerá, como contenido, la
intención de transformar al Cónsul vitalicio Bonaparte en el Emperador
dinástico Napoleón. Y de la pluma de Fouché (que lo mismo escribe con bálsamo
que con sangre) procede probablemente la petición vil y sumisa del Senado con
que se invita a Bonaparte “a completar su obra, dándole forma inmortal”. Pocos
habrán cavado más laboriosamente en la tumba definitiva de la República que
José Fouché, el de Nantes, el ex diputado de la Convención, el ex presidente de
los jacobinos, el mitrailleur de Lyon, el enemigo de los tiranos, antaño el más
republicano de todos los republicanos.
El
premio no se hace esperar. Así como el ciudadano Fouché fue nombrado ministro
por el ciudadano cónsul Bonaparte, ahora, en 1804, tras dos años de destierro
dorado, lo es otra vez Su Excelencia el señor senador Fouché por Su Majestad el
Emperador Napoleón. Por quinta vez presta José Fouché juramento -el primero lo
prestó al gobierno realista; el segundo, a la República; el tercero, al
Directorio; el cuarto, al Consulado-. Pero Fouché solo tiene cuarenta y cinco
años. ¡Cuánto tiempo aún para nuevos juramentos, nuevas fidelidades e
infidelidades! Con fuerza acumulada se echa nuevamente en el elemento, siempre
amado, de viento y ola, obligado en juramento al nuevo Emperador, impulsado, en
realidad, únicamente por su propio deleite en la inquietud.
Un
decenio están enfrentados sobre la escena mundial -mejor dicho, entre
bastidores- las figuras de Napoleón y Fouché, ligadas por el Destino, a pesar
de una evidente resistencia mutua. Napoleón no quiere a Fouché, ni Fouché a
Napoleón. Llenos de antipatía secreta, se sirven el uno del otro, únicamente,
por la fuerza de atracción de polos opuestos. Fouché conoce perfectamente la
potencia demoníaca, la fuerza magnífica de Napoleón; sabe que el mundo no creará
un genio superior a él en decenios, que no tendrá un amo tan digno de que se le
sirva. Napoleón, en cambio, por nadie se siente comprendido con tan vertiginosa
rapidez como por la mirada sobria, clara, reflectante y atisbadora de este
talento político, laborioso, igualmente utilizable para lo mejor y para lo
peor, a quien sólo una cosa falta para ser el perfecto servidor: la
consagración incondicional, la fidelidad.
Porque
Fouché no será jamás servidor de nada ni de nadie, y mucho menos lacayo, jamás
sacrificará íntegramente su independencia espiritual, su propia voluntad, a una
causa ajena. Al contrario, cuanto más se atan los antiguos republicanos,
disfrazados de nuevos aristócratas, a la gloria del Emperador, cuanto más se
rebajan, convirtiéndose en sus consejeros y aduladores, más se estira y se
yergue la espalda de Fouché. Claro que en contradicción abierta, en franca
oposición, ya nada se puede alcanzar del Emperador, cada vez más en papel de
César. Ya no existe en el palacio de las Tullerías la confraternidad franca, el
debate libre entre ciudadano y ciudadano; el Emperador Napoleón, que se hace
llamar Sire por sus viejos compañeros de guerra y hasta por sus propios
hermanos (¡cómo reirían todos!) y a quien ningún mortal tutea, excepto su
mujer, no quiere que le aconsejen sus ministros. No entra ya, como antes, con
el liviano jabot de cuello escotado y con paso ligero y sigiloso el ciudadano
ministro Fouché en el gabinete del ciudadano cónsul Bonaparte, sino con el
cuello alto y tieso, bordado en oro, que le oprime la garganta, envuelto en el
pomposo uniforme de Corte, con medias negras de seda y zapatos deslumbradores,
cuajado el pecho de condecoraciones, sombrero en mano. Ahora es recibido el
ministro José Fouché en una especie de audiencia por el Emperador Napoleón. El “señor”
Fouché tiene, lo primero, que inclinarse respetuosamente ante su antiguo
conjurado y camarada, y no hablar sin haber obtenido licencia de “Su Majestad”.
Ha de hacer una reverencia al entrar y otra al despedirse; ha de recibir sin
contradicción las órdenes dadas bruscamente, en vez de entablar una
conversación íntima. Contra la opinión tempestuosa de este hombre de férrea
voluntad no hay resistencia posible.
Por
lo menos, resistencia franca, abierta. Fouché conoce a Napoleón demasiado bien
para querer persuadirle, cuando son distintas sus opiniones. Deja que le
ordene, que le mande, como hace con todos los demás aduladores y ministros
serviles del Imperio; pero con la pequeña diferencia de que no siempre obedece
las órdenes recibidas. Si le manda hacer detenciones que él no aprueba, hace
avisar secretamente a los amenazados y, cuando tiene que castigar, no deja de
insinuar en todas partes que lo hace por orden expresa del Emperador, no por su
propia voluntad. Los favores y las amabilidades, en cambio, los hace valer
siempre como benevolencias propias. Cuanto más dominante se muestra Napoleón -y
es verdaderamente sorprendente cómo su temperamento, siempre voluntarioso, va
creciendo cada vez más libre y autocrático a medida que crece su poder-, más
amable y más conciliador es Fouché. Y así, sin una palabra contra el Emperador,
únicamente con pequeños gestos, sonrisas y silencios, forma él solo una
oposición visible, pero incorpórea, contra el nuevo amo “por la gracia de Dios”.
La molestia peligrosa de decirle las verdades hace ya tiempo que no se la toma;
sabe que reyes o emperadores, aunque antes se hayan llamado Bonaparte, no le
quieren a uno para eso. Sólo disimuladamente introduce a veces, con mala
intención, algunas verdades de contrabando en sus comunicados cotidianos. En
vez de decir: <<creo>> o <<me parece>> y hacerse
reprender por su opinión y su pensamiento propios, escribe en sus reportajes:
<<se cuenta>>, o <<un embajador ha dicho>>. De esta
manera mete casi siempre en el pastel de frutas cotidiano de las novedades
picantes un par de granos de pimienta sobre la familia imperial. Con labios
pálidos tiene que leer Napoleón toda la suciedad, toda la deshonra de sus
hermanas, como rumores malignos y, a veces, conceptos mordaces sobre él mismo,
noticias agudas, con las que aliña intencionadamente el boletín la mano hábil
de Fouché. Sin pronunciar una palabra, ofrece el taimado servidor de vez en
cuando a su señor verdades desagradables y antipáticas, y ve, amable e
indiferente, cómo al oír la lectura las traga el duro señor con dificultad. Tal
es la pequeña venganza que se toma Fouché con el teniente Bonaparte, que desde
que se puso él mismo la levita imperial sólo quiere ver ante sí a sus antiguos
consejeros temblando y con la espalda curvada.
Se
ve que entre estos dos hombres no se respira un ambiente amable. Ni Fouché es
un servidor agradable para Napoleón, ni Napoleón un amo agradable para Fouché.
Ni una sóla vez se deja poner sobre la mesa, displicente y confiado, un
reportaje de policía. Examina cada línea con su mirada de azor en busca de la
más pequeña falta, del más pequeño descuido; si da con él, descarga la tormenta,
reprende a su ministro como a un colegial, se entrega por completo a su
temperamento corso. Los ujieres, los acechadores, los colegas del Ministerio
manifiestan con unanimidad cómo precisamente el contraste producido por la
indiferencia con que resistía Fouché era lo que enfurecía al Emperador. Pero
también sin testimonio (pues todas las Memorias de aquella época sólo deben
leerse con lupa) nos podríamos dar cuenta de la situación, pues hasta en las
cartas se oye tronar la voz de mando dura y aguda. “Encuentro que la policía no
lleva a cabo la vigilancia sobre la Prensa con la severidad necesaria”,
reprocha al viejo, al experto maestro, o le reprende: “Se podría creer que no
se sabe leer en el Ministerio de policía; allí no se ocupan de nada en absoluto”.
O: “Le aconsejo mantenerse dentro del margen de su campo de acción y no
mezclarse en asuntos ajenos”. Napoleón le agravia -es cosa sabida- sin
compasión, ante testigos, ante sus ayudantes y ante el Consejo de Ministros, y
cuando la ira le contrae los labios, no vacila en recordarle Lyon y su época
terrorista, en llamarle regicida y traidor. Pero Fouché, el observador frío
como el cristal, que al cabo de diez años conoce perfectamente el teclado de
estas explosiones de ira que si a veces son hijas, como un producto de la
sangre, del carácter violento de este hombre incapaz de dominarse, otras son
administradas por él sabia y teatralmente, buscando todos los efectos y con
clara conciencia de su histrionismo), y no se deja intimidar ni por las tormentas
auténticas ni por las teatrales, y permanece igualmente impasible ante la ira
falsa que ante el verdadero enfado del Emperador, con su cara blancuzca,
incolora, de careta, aguarda tranquilamente sin pestañear, sin demostrar con un
nervio emoción alguna bajo el diluvio de palabras chisporroteantes. Sólo cuando
sale del gabinete asoma quizás a sus labios delgados una sonrisa irónica o
maligna. Ni siquiera tiembla cuando grita el Emperador: “Es usted un traidor,
debía mandar fusilarle”, sino que contesta, sin balbuceos en la voz: “No soy de
esa opinión, Sire”. Cien veces se deja despedir, amenazar con el destierro y la
sustitución en el cargo, y, sin embargo, sale tranquilo del aposento,
completamente seguro de que el Emperador le llamará al día siguiente. Y siempre
tiene razón. Pues a pesar de su desconfianza, de su ira y de su odio secreto,
no se puede Napoleón desembarazar del todo de Fouché, durante un decenio hasta
última hora.
Este
poder de Fouché sobre Napoleón, que es un enigma para todos los contemporáneos,
no tiene nada de mágico o de hipnótico. Es un poder adquirido por laboriosidad,
habilidad y observación sistemáticas, un poder calculado. Fouché sabe mucho,
sabe demasiado. Conoce, gracias a las comunicaciones del Emperador, y aún en
contra de la imperial voluntad, todos los secretos imperiales y tiene así en
jaque, por estar informado de manera perfecta, casi mágica, al Imperio entero y
también a su señor. Por la propia esposa del Emperador, por Josefina, conoce
los detalles más íntimos del tálamo imperial; por Barras, cada paso dado en la
escalera de caracol de su ascensión. Vigila, gracias a sus propias relaciones
con hombres de dinero, la situación económica particular del Emperador. No pasa
inadvertido para él ni uno de los cien asuntos sucios de la familia Bonaparte:
los asuntos de juego de sus hermanos, las aventuras escabrosas de Paulina.
Tampoco se le ocultan los desvíos matrimoniales de su amo. Si Napoleón sale a
las once de la noche envuelto en un abrigo extraño y completamente embozado por
una puerta secreta de las Tullerías para visitar a una amante, sabe Fouché, a
la mañana siguiente, adónde se dirigió el coche, cuánto tiempo permaneció el
Emperador en aquella casa y cuándo regresó; hasta puede avergonzar una vez al
Soberano del mundo con la comunicación de que una favorita le engañaba a él, a
Napoleón, con un corista cualquiera de teatro. De cada escrito importante del
gabinete del Emperador, recibe directamente una copia Fouché, gracias a un
secretario sobornado; y varios lacayos, de alta y baja categoría, cobran un
suplemento mensual de la caja secreta del ministro de Policía, como recompensa
por el soplo de todos los chismorreos de palacio. De día y de noche, en la mesa
y en la cama, está Napoleón vigilado por su extremado servidor. Imposible
ocultarle un secreto: así esta el Emperador obligado a confiárselo todo, quiera
o no. Y ese conocimiento de todo y de todos constituye el poder único de Fouché
sobre los hombres, que Balzac tanto admira.
Pero
con el mismo cuidado con que Fouché vigila todos los asuntos, proyectos,
pensamientos y palabras del Emperador, se esfuerza en ocultarle los suyos
propios. Fouché no confía jamás, ni al Emperador ni a nadie, sus verdaderas
intenciones y sus trabajos. De su enorme material de noticias sólo comunica lo
que quiere. Todo lo demás queda encerrado en el cajón del escritorio del
ministro de Policía: en este último reducto no deja Fouché penetrar ninguna
mirada. Pone su pasión, la única que le domina por completo, en el deleite magnífico
de ser hermético, impenetrable, algo de que nadie puede alardear. Por eso es
inútil que Napoleón haga que le pisen los talones un par de espías: Fouché se
burla de ellos y hasta los utiliza para reexpedir al engañado remitente relatos
completamente falsos y absurdos. Con los años, hace este juego de espionaje y
contraespionaje entre los dos, cada vez más odioso y taimado, su relación
francamente insincera. No; verdaderamente no se respira un ambiente puro y
transparente entre estos dos hombres, de los que el uno quiere ser demasiado
amo y el otro demasiado poco servidor. Cuanto más fuerte se hace Napoleón, más
molesto le va siendo Fouché. Cuanto más fuerte se hace Fouché, más odioso le es
Napoleón.
Detrás
de esta enemistad particular de espíritus opuestos se introduce poco a poco la
tensión, crecida hasta lo gigantesco, de la época. Pues de año en año se
evidencian cada vez más claramente, dentro de Francia, dos voluntades
encontradas: el país quiere, al fin, la paz, y Napoleón quiere siempre, y siempre
de nuevo, la guerra. El Bonaparte de 1800, heredero y ordenador de la
Revolución, estaba aún completamente identificado con su país, con su pueblo y
con sus ministros; el Napoleón de 1804, el Emperador del nuevo decenio, ya no
piensa en su país, ni en su pueblo, sólo piensa en Europa, en el mundo, en la
inmortalidad. Después de haber cumplido magistralmente la misión a él confiada,
se crea, por la opulencia misma de su fuerza, nuevos problemas cada vez más
difíciles, y así, quien transformó el caos en orden, arrastra de nuevo violentamente
al caos la obra propia, el orden propio. No queremos decir con ello que su
inteligencia clara y aguda como un diamante se hubiera turbado; nada de eso: el
intelecto matemáticamente exacto de Napoleón permanece, a pesar de lo
demoníaco, siempre grandiosamente despierto hasta el último momento, en que
escribe moribundo, con mano temblorosa, su testamento, esa obra de sus obras.
Pero este intelecto suyo llegó a perder la noción de la medida terrestre, ¡y
cómo podría ser de otra manera tras el logro de tantas cosas inverosímiles!
Napoleón está tan poco perturbado espiritualmente, hasta en sus aventuras más
locas, como Alejandro, Carlos XII y Cortés. Perdió, como ellos, solamente por
victorias excepcionalmente extraordinarias, la medida real de lo posible, y
precisamente este furor, unido a su inteligencia clarísima, produjo el
grandioso fenómeno del espíritu, magnífico como un “mistral” bajo el cielo
limpio, esas hazañas que son crímenes de un sólo hombre en cientos de miles y
que, sin embargo, enriquecen legendariamente a la Humanidad. La marcha de
Alejandro desde Grecia a la India -aún hoy algo fantástica, si se la sigue en
el mapa-; la expedición de Cortés, la ruta de Carlos XII de Estocolmo a
Poltava, la caravana de seiscientos mil hombres que arrastra Napoleón desde
España a Moscú. Estas hazañas del valor y de la temeridad son en nuestra
historia moderna lo que las luchas de Prometeo y de los titanes contra los
dioses en el mito griego: hybris y heroísmo, en todo caso el máximum, temerario
ya, de lo humanamente asequible. Y hacia ese límite extremo tiende Napoleón,
irresistiblemente, apenas siente ceñida su sien por la corona imperial. Con los
éxitos crecen sus designios, con las victorias su atrevimiento, con los triunfos
sobre el destino el deseo de provocarle, cada vez con mayor audacia. Nada más
natural, pues, que las personas que le rodean, cuando no estén aturdidas por la
charanga de los botines victoriosos o cegados por los éxitos, sobre todo los
inteligentes, los cautos como Talleyrand y Fouché, comiencen a estremecerse.
Tienen el pensamiento en el tiempo en que viven, en el presente, en Francia.
Napoleón sólo piensa en la posteridad, en la leyenda, en la historia.
Este
contraste entre razón y pasión, entre los caracteres lógicos y los demoníacos,
que se repite eternamente en la Historia, aparece en Francia poco después del
cambio de siglo, detrás de las grandes figuras. La guerra ha hecho grande a
Napoleón, le ha elevado de la nada a un trono imperial. ¿Qué más natural, pues,
que desee siempre nuevas guerras y siempre mayores y más poderosos
contrincantes? Reducidas a cifras, se elevan ya sus empresas a lo fantástico.
En Marengo, en 1800, venció con treinta mil hombres; cinco años más tarde pone
en el campo trescientos mil hombres, y cinco años después arranca un millón de
soldados al país desangrado y harto de guerras. Al último galope de su
ejército, al más torpe gañán se le podría demostrar con los cinco dedos de la
mano que tal guerromanía y “courromanía” (Stendhal creó esta palabra) habrían
de conducirle finalmente a la catástrofe. Proféticamente dijo Fouché en una
ocasión durante un diálogo con Metternich, cinco años antes de Moscú: “Cuando
os haya vencido, no queda más que Rusia y China”. Uno sólo hay que no comprende
esto o que se cubre los ojos con la mano: Napoleón. Quien vivió los días de
Austerlitz, de Marengo y de Eylau, no podrá ya sentir la menor emoción, la más
mínima satisfacción, recibiendo en los bailes de corte a los palatinos
uniformados, o sentado en la ópera, adornada de gala, oyendo hablar a los
diputados aburridos. No, ya no siente vibrar sus nervios más que cuando a la
cabeza de sus tropas, en marchas forzadas, arrolla países enteros; cuando
destruye ejércitos; cuando quita o pone reyes con gesto displicente, como si
fueran figuras de ajedrez; cuando el templo de los inválidos se convierte en un
rumoroso bosque de banderas, y cuando se colma la Tesorería, recién fundada,
con el botín de saqueo de Europa entera. No piensa más que en regimientos, en
divisiones, en ejércitos; considera ya a Francia, a todo el país, a todo el
mundo, como campo de presa, como pertenencia, como propiedad suya libérrima (La
France c'est moi). Pero algunos de los suyos persisten, en su intimidad, en la
opinión de que Francia se pertenece a sí misma sobre todas las cosas y que no
han de servir sus hombres, sus ciudadanos, para sacar reyes del clan corso y
convertir a Europa en fideicomiso bonapartista. Con creciente indignación ven
como año tras año se fijan las listas de reclutamiento en las puertas de las
ciudades, cómo se arranca a los jóvenes de dieciocho y diecinueve años de sus
casas para que sucumban en las fronteras de Portugal, en los desiertos nevados
de Polonia y Rusia, sin finalidad alguna, o al menos con una finalidad
inconcebible ya. Así surge entre el que lleva la mirada fija en las estrellas y
los espíritus más clarividentes, que perciben el cansancio y la impaciencia del
país, una incompatibilidad cada vez más enconada. Y como su genio, de día en
día más dominante y autocrático, no se deja aconsejar ya ni de los más íntimos,
empiezan éstos, en secreto, a pensar cómo se puede parar la marcha vertiginosa
de esta rueda desatentada, cómo se le puede librar de la caída inevitable en el
abismo. Y así llegará el momento en que la razón y la pasión se dividan y se
combatan abiertamente, desencadenándose la lucha entre Napoleón y los más
prudentes de sus servidores.
Esta
resistencia secreta contra la pasión guerrera y el desenfreno de Napoleón llega
hasta unir a los más encarnizados enemigos entre sus consejeros: Fouché y
Talleyrand. Estos dos ministros, los más capaces de Napoleón, las figuras
psicológicamente más interesantes de su época, no se quieren, probablemente
porque se parecen demasiado. Los dos son de un realismo clarividente, los dos
cínicos y decididos discípulos de Maquiavelo. Los dos pasaron por la escuela de
la Iglesia, por la escuela ardiente de la Revolución; los dos se conducen con
la misma sangre fría, con igual desenvoltura en cuestiones de dinero y de
honor; los dos sirven con la misma frialdad, con la misma falta de escrúpulos,
a la República, al Directorio, al Consulado, al Imperio y al Rey. Siempre
encontramos disfrazados de revolucionarios, de senadores, de ministros, de
servidores del rey a estos dos caracteres típicos de la veleidad sobre el mismo
escenario histórico. Y precisamente por ser de la misma raza espiritual, y por
desempeñar los mismos papeles diplomáticos, se odian con el frío conocimiento y
el firme desdén de rivales.
Los
dos pertenecen al mismo tipo moral; pero si su parecido procede del carácter,
su diferencia nace del origen. Talleyrand, Duque de Périgord, arzobispo de
Autun, príncipe de rancia estirpe aristocrática, viste ya la toga violeta del señorío
eclesiástico de toda una provincia francesa, cuando el hijo del pequeño
mercader, el pobre José Fouché, es un ínfimo dómine de seminario que pugna para
enseñar matemáticas y latín a su docena de discípulos conventuales por unos
pocos sous al mes. Es ya Talleyrand embajador de la República francesa en
Londres y orador afamado en los Estados generales, cuando Fouché anda todavía
por los clubs con trabajos y adulaciones a la pesca de su mandato. Talleyrand
llega a la Revolución desde arriba, desciende, como un soberano de su carroza,
saludado con júbilo respetuoso, baja un par de escalones para entrar en el
Tercer Estado, mientras que Fouché asciende a él trabajosamente y a fuerza de
intrigas. Esta diferencia de origen da a sus dotes esenciales el matiz
particular. Talleyrand sirve como hombre de gran prestancia, con la llaneza
indiferente y fría de un grand seigneur; Fouché, con la laboriosidad celosa y
astuta del burócrata ambicioso. Aún en las mismas cosas en que se parecen son
distintos; si los dos aman, por ejemplo, el dinero, Talleyrand lo quiere a la
manera aristocrática: para despilfarrarlo, para dejar correr en abundancia el
oro en la mesa de juego, con mujeres; Fouché, el hijo del mercader, para
capitalizarlo y amontonarlo cuidadosamente. Para Talleyrand, el Poder es sólo
un medio para el placer, algo que le proporciona la oportunidad más propicia y
noble de apoderarse de todas las cosas sensuales de la tierra, como el lujo,
las mujeres, el arte, la buena mesa; mientras que Fouché, en cambio, sigue
siendo, como multimillonario, un ahorrador espartano y conventual. Ninguno de
los dos podrá desprenderse nunca, por completo, de su origen social: nunca, ni
en los días más feroces del terror, será el Príncipe de Perigord, Talleyrand,
un verdadero hombre del pueblo, un republicano; nunca, ni aún cuando le nombren
Duque de Otranto, será José Fouché, a pesar del uniforme galoneado de oro, un
verdadero aristócrata.
El
más brillante, el más encantador, quizá también el más considerable de los dos,
es Talleyrand. Espíritu formado en una tradición de cultura rancia y refinada,
pulido por la gracia del siglo XVIII, ama el juego diplomático como uno de los
muchos juegos interesantes de la vida, pero odia el trabajo. De mala gana
escribe él mismo una carta; lo que más le place a este auténtico vividor, a
este catador refinado, es dejar que otro haga el trabajo de acarreo, para luego
recoger él y resumir los resultados con su mano fina, llena de sortijas. Le
basta siempre su intuición, que penetra con mirada de rayo las situaciones mas
enredadas. Psicólogo por nacimiento y por experiencia, penetra, como dice
Napoleón, todos los pensamientos y afirma, sin titubear, a cada uno, en su
deseo más recóndito. Audaces virajes mentales, concepciones rápidas, rodeos
elegantes en los momentos peligrosos: he aquí su fuerza. Desdeña profundamente
el trabajo en cuanto exige de él el más pequeño esfuerzo. De su tendencia al
mínimum, a la forma concentrada de las resoluciones espirituales, procede su
talento especial para los juegos de palabras más brillantes, para el aforismo.
No escribe extensos relatos: con una sóla palabra cortante define una
situación, una persona. Fouché, en cambio, carece en absoluto de esta virtud de
la visión universal rápida. Trajina como una hormiga que, teje pacientemente su
malla laboriosa con puntos incontables, en un constante ir y venir a través de
mil y mil observaciones, que, sumadas y combinadas luego, dan resultados
concienzudos, irresistibles. Su método es analítico; el de Talleyrand,
visionario. Su talento, el trabajo; el de Talleyrand, la agilidad mental.
Ningún artista pudiera inventar una pareja más contraria y perfecta que la
personificada por la Historia en estas dos figuras, en e1 vago y genial
improvisador Talleyrand y en Fouché, avizor despierto de mil ojos vigilantes,
para situarlos junto a Napoleón, el genio perfecto que reúne en sí las facultades
de los dos: la mirada para el conjunto y para el detalle, la pasión y la
laboriosidad, el saber y la visión universales. Pero en ninguna parte surgen
más crueles odios que entre las especies distintas de la misma casta. Por eso
se detestan, desde lo más hondo de su intimidad, instintivamente, con
conciencia exacta, biológica, Talleyrand y Fouché. Desde el primer día le es
antipático al grand seigneur el celoso y pedante acumulador de mensajes, el
moscardón, el frío espía que es Fouché, y éste, por su parte, se enfurece ante
la frivolidad, el despilfarro y la negligencia aristocrática y despectiva,
indolente y afeminada de Talleyrand. Por eso se expresan, el uno del otro, con
palabras que son flechazos envenenados. Talleyrand dice sonriente: “Fouché
desprecia tanto a la Humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo”.
Fouché, en cambio, dice sarcásticamente cuando es nombrado Talleyrand
vicecanciller: il ne lui manquait que ce
vicelà. Procuran mutuamente, con la mayor complacencia, molestarse todo lo
posible, y no pierden, obstinados, la menor ocasión de hacerse daño. El que
ambos, el ágil y el laborioso, se completen así en sus facultades, los hace
útiles a Napoleón como ministros, y el que se odien con tanto ahínco, le
conviene igualmente, pues gracias a ese odio se vigilan mutuamente mejor que
cien espías. Fouché se apresura a comunicar las corrupciones, las bacanales,
las negligencias de Talleyrand; en cambio, de cada nueva maquinación, de cada
nueva martingala de Fouché da cuenta presuroso Talleyrand. Así se siente
Napoleón a la vez servido y guardado por esta singular pareja. Como psicólogo
estupendo, utiliza Napoleón la rivalidad de sus ministros de la manera más
acertada para estimularlos y al mismo tiempo para tenerlos a raya.
Con
esta enemistad contumaz de los dos rivales, Fouché y Talleyrand, se deleita
durante años todo París. Como en una escena de Moliere pueden contemplarse las
variaciones constantes de esta comedia representada en los escalones del trono,
y regocijarse viendo como siempre de nuevo se pinchan y se persiguen con bromas
mordaces los dos servidores del Soberano, mientras su amo observa con
superioridad olímpica esta riña para él tan ventajosa. Pero cuando éste -y
todos- esperan que continúe entre ellos el juego del perro y el gato, cambian
repentinamente los dos refinados actores los papeles e inician un juego serio.
Por vez primera puede más el disgusto común contra su señor que su rivalidad.
En 1808 Napoleón empieza una nueva guerra, la más inútil y absurda de sus
guerras: la campaña contra España. En 1805 venció a Austria y Rusia; en 1807
aniquiló a Prusia y sometió a los Estados alemanes e italianos; y no existe el
menor motivo de enemistad contra España. Pero José, el hermano ingenuo (algunos
años después confesará el mismo Napoleón que “se había sacrificado para tontos”),
quiere también una corona; y como no hay ninguna vacante se acuerda arrebatársela
a la dinastía española, con violación del derecho internacional. Nuevamente
suenan los tambores, otra vez marchan los batallones y corre a raudales el
dinero, reunido con tanto trabajo en las cajas; y otra vez se embriaga Napoleón
con el placer peligroso de las victorias.
Este
indomable furor guerrero comienza, a la larga, a fatigar a los más
indiferentes. Tanto Fouché como Talleyrand desaprueban esta guerra inmotivada,
en la que ha de desangrarse Francia durante siete años; y como el Emperador no
escucha ni al uno ni al otro, tiene lugar una aproximación tácita entre ellos.
Saben muy bien que el Emperador no acepta sus consejos y tira enfurecido sus
cartas a un rincón; hace tiempo ya que los hombres de Estado se sienten en
inferioridad frente a mariscales, generales y espadones y, sobre todo, frente
al clan corso, cuyos miembros están ansiosos de velar un pasado miserable con
el manto de armiño. Por eso intentan una protesta pública, y acuerdan, ya que
se ven privados de hablar libremente, poner en escena una pantomima política,
una verdadero y auténtico golpe teatral: aliarse ostentosamente.
Quién
dirige la escena con tan admirable habilidad, si es Talleyrand o Fouché, no se
sabe. Se desenvuelve de esta manera: mientras lucha Napoleón en España, se divierte
París en fiestas y banquetes continuos; está ya acostumbrado a la guerra anual
como a la nieve del invierno y a la tormenta del verano...
En
la rue Saint-Florentin, en la mansión del gran canciller, resplandecen mil
velas una noche de diciembre de 1808 y suena la música (mientras Napoleón escribe
en cualquier sucio alojamiento de Valladolid la orden del día). Bellas mujeres,
de las que tanto gusta Talleyrand; una sociedad deslumbradora de altos
funcionarios de Estado, de embajadores extranjeros, charla animadamente; se
baila y se goza. Repentinamente surge un susurro, un cuchicheo tenue, en todos
los rincones; el baile se interrumpe, los invitados se agrupan asombrados:
acaba de entrar el hombre a quien jamás se hubiera esperado allí. Fouché, el
Casio desmedrado, a quien, como sabe todo el mundo, odia y desprecia con encono
Talleyrand y que jamás puso los pies en su casa. Pero lo inaudito es que, con
cortesía afectada, acude, cojeando, el ministro de Asuntos Extranjeros al
encuentro del ministro de Policía, le saluda con cariño, como a un querido
invitado y amigo y le toma amistosamente del brazo. Le trata con afecto
ostensible y penetran los dos en un gabinete contiguo, donde se sientan en un
diván y conversan en voz baja. La curiosidad que se despierta entre los
presentes es enorme. A la mañana siguiente sabe todo París la novedad
sensacional. En todas partes sólo se habla de esta reconciliación repentina,
exhibida tan llamativamente, y todo el mundo comprende su sentido. Si el perro
y el gato se unen con tanta pasión, no puede ser más que contra el cocinero: la
amistad entre Fouché y Talleyrand equivale a la franca desaprobación de los
ministros contra su señor, contra Napoleón. Enseguida se ponen en movimiento
todos los espías para averiguar lo que verdaderamente se intenta con este
complot. En todas las Embajadas rasguean las plumas sobre mensajes urgentes;
Metternich manda un correo especial a Viena diciendo “que esta unión interpreta
los deseos de una nación demasiado cansada”; pero también los hermanos y
hermanas de Napoleón se alarman y envían por su parte el mensajero más rápido
al Emperador con la noticia inaudita.
En
un correo especial y urgente llega rápida la noticia a España; pero más ligero,
si cabe, vuela Napoleón, como herido por un latigazo, camino de París. Ni a sus
confidentes llama a su presencia cuando recibe la carta. Se muerde los labios furiosamente
y da órdenes inmediatas para el regreso. La aproximación de Talleyrand y Fouché
le afecta más que una batalla perdida. Casi vertiginoso es el tempo de su
viaje: el 17 parte de Valladolid, el 18 está en Burgos; el 19, en Bayona; en
ningún sitio se hace alto; en todas partes se cambian rápidamente los caballos
cansados; el día 22 irrumpe como una tempestad en las Tullerías y el 23 da la
réplica a la comedia ingeniosa de Talleyrand con una escena igualmente teatral.
Toda la multitud engalonada de cortesanos, ministros y generales es
cuidadosamente colocada como comparsa; se ha de ver públicamente cómo aniquila
el Emperador con puño férreo hasta la más insignificante oposición contra su
voluntad. A Fouché le ha llamado el día antes y a puerta cerrada le ha
fustigado con enorme dureza; a lo que el otro, acostumbrado a esta clase de
luchas, ha respondido con su inmutable impavidez habitual, excusándose con
palabras suaves y hábiles y escurriéndose a tiempo. Para este hombre servil
basta, así lo cree el Emperador, un puntapié al pasar. Pero Talleyrand,
precisamente porque se le tiene por el más fuerte, por el más poderoso, ha de pagar
la cuenta en público.
La
escena, que ha sido narrada muchas veces, es una de las mejores del teatro de
la Historia.
Primero
expresa el Emperador su descontento con frases generales, por la deslealtad de
algunos durante su ausencia; pero luego, irritado por la fría indiferencia de
Talleyrand, se dirige bruscamente a él, que, inmóvil, con actitud displicente,
apoya el brazo sobre la cornisa de la chimenea. Y las frases, que sólo iban a
ser burlescas, irónicas, se convierten repentinamente, ante los ojos de toda la
corte, en un verdadero torrente de ira. El Emperador vierte sobre el hombre
mayor en edad y experiencia las injurias más bajas: le llama ladrón, perjuro,
renegado, mercenario; le dice que vendería por dinero a su propio padre; le
echa la culpa del asesinato del Duque de Enghien y de la guerra de España. Ni
una lavandera insultaría tan soezmente a su enemiga en pleno patio de vecindad
como insulta Napoleón al Duque de Perigord, al veterano de la Revolución, al
primer diplomático de Francia. Cuantas personas ven y escuchan la escena están
anonadadas, molestas; comprenden que el Emperador está haciendo un mal papel,
únicamente Talleyrand, que tiene piel de elefante para semejantes agresiones y
de quien se cuenta que se durmió una vez leyendo un libelo contra él, no
contrae el semblante, demasiado orgulloso para sentirse ofendido por tales
injurias. Descargada la tormenta, sale silencioso, cojeando sobre el parquet
brillante, y al pasar por la antesala deja caer una de esas pequeñas frases
envenenadas que hieren mortalmente: «¡Que lástima que un hombre tan grande esté
tan mal educado!», dice tranquilamente mientras el criado le ayuda a ponerse el
paleto.
La
misma noche es destituido Talleyrand de su dignidad de gentilhombre de cámara.
Con curiosidad despliegan en los días siguientes los envidiosos el Moniteur
para leer también, entre las noticias de Estado, el comunicado con la
destitución de Fouché. Pero se equivocan. Fouché se queda. Como siempre, se ha
puesto en su ataque detrás de alguien fuerte que le sirva de escudo. Se
recordará que Collot su cómplice de Lyon, es deportado a las islas infectas y
que Fouché se queda; que Baboeuf, su cómplice en la lucha contra el Directorio,
es fusilado y que Fouché se queda. Y también esta vez cae últimamente el que va
delante Talleyrand; Fouché se queda. Los Gobiernos, los sistemas las opiniones,
los hombres cambian; todo cae y desaparece en el torbellino vertiginoso de
aquel decenio; sólo uno permanece siempre en el mismo sitio, al servicio de
todos y de todas las ideas: José Fouché.
Fouché
queda en el Poder, como siempre y aún mejor que siempre. Además de haber
desaparecido con Talleyrand el más peligroso de sus enemigos y de haber sido
sustituido con un mero sacristán de amén destinado a decir a todo que sí. Napoleón,
el amo molesto, en 1809, como todos los años, hace una nueva guerra, esta vez
con Austria.
La
ausencia de Napoleón de París y que no atienda a los asuntos del Estado es lo
más agradable que puede ocurrir a Fouché; y cuanto más lejos y por más tiempo...
en Austria, en España, en Polonia, mejor. Fouché quisiera verle partir
nuevamente para Egipto. Su luz, demasiado potente, deja a todos en la sombra;
su presencia dominadora y animadora paraliza con su despótica superioridad la
voluntad de los demás.
Mas
cuando está a cien leguas de distancia, dirigiendo batallas y planeando
campañas, puede Fouché hacer de cuando en cuando de gran señor providencial y
no contentarse con ser únicamente marioneta de la mano dura y enérgica.
Para
ello se le ofrece a Fouché, ¡por fin, por primera vez!, una ocasión.
El
1809 es un año fatal para Napoleón. Nunca estuvo en situación militar más
amenazada, a pesar de indudables éxitos exteriores. En la Prusia subyugada, en
la Alemania mal dominada, están, en ciertas zonas, casi indefensos, miles de
franceses, vigilando a cientos de miles que únicamente aguardan el llamamiento
a las armas. Bastaría una nueva victoria de los austriacos como la de Aspern, y
desde el Alba hasta el Ródano se desencadenaría la rebelión, el levantamiento
de una nación entera. Tampoco en Italia es la situación mejor; el ultraje
brutal al Papa ha indignado a toda Italia, como la humillación de Prusia a toda
Alemania; y la misma Francia está cansada. Si se logra un nuevo golpe contra el
poderío militar imperial extendido sobre Europa, desde el Ebro hasta el
Vístula, ¡quien sabe si resistiría el broncíneo celoso estremecido! Este golpe
lo proyectan los enemigos jurados de Napoleón, los ingleses. Y deciden avanzar
directamente al corazón de Francia mientras están repartidas las tropas del
Emperador en Aspern, en Italia, en Lisboa; pero tratarán de apoderarse de los
puertos, de Dunquerque, conquistar Amberes y obligar a los belgas a sublevarse.
Napoleón -así calculan ellos- está lejos con las tropas más aguerridas, con sus
mariscales y sus cañones; el país está indefenso ante ellos.
Pero
Fouché está en su puesto; el mismo Fouché que aprendió en 1793, bajo la
Convención, a levantar diez mil reclutas en un par de semanas. Su energía no ha
menguado desde entonces; pero sólo podía servirse de ella en la sombra, en
pequeñas maquinaciones y ardides sin importancia. Con pasión se impone la tarea
de enseñar al mundo y a la nación entera que José Fouché no es solamente un
pelele de Napoleón y que, en caso preciso, puede obrar con la misma energía y
decisión que el Emperador. Por fin ha llegado el momento de demostrar
claramente -ocasión maravillosa, como caída del cielo- que no todo el destino
moral y militar depende de este hombre único. Con provocativa audacia recalca
en sus proclamas que, efectivamente, Napoleón no es indispensable. “Demostraremos
a Europa que, aunque presta sus fulgores a Francia el genio de Napoleón, no es
necesaria su presencia para rechazar al enemigo”, escribe a los alcaldes. Y confirma
estas palabras audaces y ambiciosas con los hechos. Apenas se entera, el 31 de
agosto, del desembarco de los ingleses en la isla Walcheren, pide, como
ministro de Policía y del Interior (puesto este que ocupa provisionalmente), la
incorporación a filas de los guardias nacionales, que desde los días de la
revolución desempeñan en sus pueblos tranquilamente los oficios de sastres,
herreros, zapateros y gañanes. Los demás ministros se asustan. ¿Cómo, sin
permiso del Emperador, bajo la propia responsabilidad, dar una disposición de
tan vasto alcance? Particularmente el ministro de la Guerra está muy indignado
de que se mezcle un paisano en el sagrado de su competencia, y se opone con
toda su fuerza. Habría que acudir antes a Schoenbrunn pidiendo permiso para la
movilización. Habría que aguardar las disposiciones del Emperador y no
intranquilizar al país. Pero el Emperador está, como de costumbre, ausente;
serían necesarios quince días de posta en llevar la pregunta y traer la
respuesta. Y Fouché no teme intranquilizar al país. ¿No lo hace también
Napoleón? En lo más íntimo quiere la intranquilidad, quiere la alarma. Y así
obra decididamente por su cuenta. Tambores y órdenes llaman a todos los hombres
en las provincias amenazadas para la inmediata defensa, en nombre del
Emperador, que no sabe nada de estas disposiciones y nueva audacia. Fouché
nombra jefe de este improvisado ejército del Norte a Bernadotte, precisamente
al hombre que más odia Napoleón de todos los generales, a pesar de ser cuñado
de su hermano; al hombre enjuiciado y desterrado por el Emperador. De su
destierro le saca Fouché haciendo caso omiso de Napoleón, de los ministros y de
todos sus enemigos; le es indiferente que el Emperador no apruebe sus
disposiciones; lo único que le importa es que el éxito le dé la razón contra
todos.
Esta
audacia en momentos decisivos presta a Fouché algo de verdadera grandeza.
Intranquilo, se consume este genio nervioso y laborioso por cumplir grandes
misiones, condenado a las pequeñas empresas, que son para él cosa de juego. Es
natural que su energía sobrante busque desahogo y libertad de intrigas, casi
siempre sin finalidad. Pero en el momento en que este hombre se encuentra ante
una verdadera misión histórica, adecuada a su fuerza -lo mismo en Lyon que más tarde,
después de la caída de Napoleón en París-, sabe cumplirla magistralmente. La
ciudad de Flesinga, que Napoleón calificaba en sus cartas de inexpugnable, cae,
como lo preveía Fouché, tras pocos días, en manos de los ingleses. Pero el
ejército formado sin permiso por Fouché ha tenido, mientras tanto, tiempo de
fortificar Amberes, deteniendo la invasión con una derrota completa y muy
costosa para los ingleses. Por primera vez desde que manda Napoleón se ha
atrevido un ministro a levantar independiente la bandera en el país, a
desplegar la vela, sostener rumbo propio y, con esta misma independencia,
salvar a Francia en un momento crítico. Desde ese día tiene Fouché mas
categoría y una nueva conciencia de su propio valor.
Entre
tanto, han llegado a Schoenbrunn las cartas acusadoras del canciller y del
ministro de la Guerra, y, en forma de quejas reiteradas, la relación de las
osadías que se permite ese ministro civil, que llamó a filas a la guardia
nacional y puso en pie de guerra al país. Todos desean que Napoleón castigue
esta arrogancia y que despida a Fouché. Pero -¡cosa extraordinaria!- antes aún
de saber el resultado brillante que dieron las disposiciones de Fouché, da el
Emperador la razón a su energía decidida y agresiva; se pone de su parte contra
todos. El canciller recibe una fuerte reprensión: “Estoy indignado de lo poco
que ha sabido servirse de sus poderes en circunstancias tan extraordinarias.
Debió usted, a la primera noticia, levantar enseguida veinte, cuarenta o
cincuenta mil guardias nacionales”. Y textualmente escribe al ministro de la
Guerra: “Veo que sólo el señor Fouché hizo lo que pudo y que es el único que ha
comprendido lo impropio de permanecer en una inactividad peligrosa y deshonrosa”.
Así no solamente han sido derrotados por Fouché sus colegas miedosos, cautos e
impotentes, sino que se sienten después intimidados por la aprobación de
Napoleón. Y por encima de Talleyrand y del canciller, se encuentra Fouché en el
primer puesto de Francia. Es el único que ha demostrado no solamente que sabe
obedecer, sino que sabe también mandar. Fouché nos demuestra reiteradamente sus
excelentes cualidades para proceder en los momentos de peligro. Enfrente a la
más difícil situación, la dominará con la claridad y la audacia que le confiere
su energía. Dadle el nudo más enredado y sabrá desenredarlo. Pero si conoce
magníficamente el momento de poner la mano y actuar, desconoce en absoluto el
arte de todas las artes políticas: el de retirarse, el de abandonar a tiempo.
No puede quitar su mano de donde la ha puesto una vez. Y precisamente cuando ha
desenredado el nudo se siente arrastrado por un placer diabólico de juego y
vuelve a enredarlo artificialmente. Así sucede ahora. Gracias a su presteza, a
su fuerza organizadora y pujante, se ha rechazado el ataque alevoso por el
flanco. Con tremenda pérdida de hombres y material y con pérdida mayor aún de
prestigio, volvieron a meter los ingleses su ejército en los buques y se
repatriaron. Ahora se puede llamar tranquilamente a retirada y mandar a casa
con gracias y legiones de honor a los guardias nacionales levantados. Pero el
amor propio de Fouché ha olido la sangre. Era demasiado tentador y magnífico
eso de hacer de Emperador, convocar tres provincias a golpe de tambor, dar
órdenes, redactar proclamas, pronunciar discursos y enseñar los dientes a los
colegas apocados. ¿Y han de terminar tan pronto esos momentos deliciosos?
¿Precisamente cuando se siente con voluptuosidad crecer la propia energía por
días, por horas? No, no piensa Fouché en semejante cosa. Es preferible jugar a
la guerra y a la defensa, aunque para ello haya que inventar el enemigo. Hay
que seguir con los tambores, levantar el país, producir inquietud, movimiento
tempestuoso. Así le sirve de pretexto para ordenar una nueva movilización un supuesto
desembarco proyectado por los ingleses junto a Marsella. Se hace el llamamiento
a filas de la guardia nacional de Piamonte, de la Provenza y hasta de París,
aunque ni cerca, ni lejos, ni en el interior del país, ni en la costa, se vea
un solo enemigo. Pero Fouché esta poseído por el vértigo del placer, tanto
tiempo deseado, de organizar y movilizar, de que el hombre activo tanto tiempo
refrenado y contenido que hay en él pueda manifestarse libremente gracias a la
ausencia del soberano del mundo.
¿Pero
contra quien van todas estas tropas?, se pregunta el país asombrado. Los
ingleses no se dejan ver. Poco a poco van desconfiando hasta los más benévolos
de sus colegas. ¿Que quiere el hombre impenetrable con sus movilizaciones
frenéticas? No comprenden que Fouché se embriaga solo con el placer secreto de
jugar con la propia energía. Y como no ven, ni cerca ni lejos, la punta de la
bayoneta de un enemigo contra el que pudieran dirigirse estos formidables
alardes bélicos reforzados diariamente, empiezan a atribuir a Fouché proyectos
equívocos. Unos pretenden que prepara una rebelión; otros que si el Emperador
sufre un segundo Aspern, se propone proclamar enseguida la antigua República. Y
al cuartel general de Schoenbrunn llegan más y más cartas diciendo que Fouché
se ha vuelto loco o conspirador. Napoleón acaba por desconcertarse, a pesar de
su benevolencia. Comprende que Fouché ha sacado los pies del plato y hay que
llamarlo al orden. El tono de las cartas cambia bruscamente. Le reprende y le
llama “un Don Quijote que combate con molinos de viento”, y escribe con el
viejo tono de dureza: “Todas las noticias que recibo me hablan de guardias
nacionales movilizados en Piamonte, en Languedoc, en la Provenza, en el
Delfinado. ¿Qué diablos se pretende con todo esto, cuando no hay necesidad, y
por qué se hace sin mis órdenes?” Fouché, con el corazón amargado, tiene que
renunciar a su peligroso juego, dimitir el Ministerio del Interior y, contra
sus deseos, volver al rincón, a su papel de ministro de Policía del amo, que
regresa -demasiado pronto para él- lleno de gloria.
Sin
embargo, aunque Fouché se excedió, fue el único que hizo algo en medio del
pavor de los demás ministros; en un momento del mayor peligro para la patria
hizo lo oportuno y lo justo. Por eso no puede Napoleón negarle por más tiempo
el honor que concedió ya a tantos. En el instante en que surge una nueva
aristocraci a en la tierra de Francia fertilizada con sangre; en el momento en
que se conceden títulos de nobleza a los generales, ministros... y peones de
albañil, no se puede olvidar a Fouché, al viejo enemigo de los aristócratas.
También para él llega la hora de convertirse en aristócrata. Ya se le había
concedido el título de Conde sin la menor pompa. Pero el viejo jacobino ha de
subir más alto por la escala huera de los nombres. El 15 de agosto de 1809
firma y sella en el Palacio de Su Majestad Apostólica el Emperador de Austria,
en el aposento regio de Schoenbrunn, el antiguo tenientillo de Córcega, para el
antiguo comunista y exprofesor de seminario, el pergamino -una paciente piel de
asno -, gracias a la cual - ¡respeto! -queda nombrado Duque de Otranto. Aunque
nunca se batió en Otranto, aunque jamás vieron sus ojos ese paisaje del sur de
Italia, viene bien precisamente un nombre noble de resonancia exótica y rotunda
para enmascarar al antiguo archirrepublicano, pues el pronunciarlo pomposamente
hace olvidar que detrás de este duque se oculta el verdugo de Lyon, el viejo
Fouché del “pan único” y de las requisas. Y para que pueda alardear como
verdadero caballero, se le otorga además la insignia de su Ducado: un blasón
flamante.
Pero,
cosa curiosa: ¿inventó Napoleón mismo la peligrosa y característica alusión, o
se permitió particularmente el rey de armas una bromita psicológica? Sea como
sea, el escudo del Duque de Otranto muestra en el centro una columna áurea bien
propia de este apasionado enamorado del oro. Y alrededor de la columna se
enrosca una serpiente, probable y tácita alusión a la flexibilidad diplomática
del nuevo duque. Verdaderamente que debió poner Napoleón a su servicio sutiles
heráldicos, pues no podía inventarse blasón más apropiado para José Fouché.
CAPÍTULO VI
LA LUCHA CONTRA EL EMPERADOR
(1810)
Un
gran ejemplo hunde o levanta siempre a toda una generación. El ingreso de una
figura como la de Napoleón Bonaparte en la época pone a las personas de su
alrededor en el trance de elegir entre empequeñecerse ante él y desaparecer,
sin rastro, ante su grandeza, o seguir su ejemplo, poniendo a contribución una
tensión enorme de energía. Los hombres próximos a Napoleón sólo pueden ser dos
cosas: sus esclavos o sus rivales. Una presencia de tal manera destacada no
tolera, a la larga, el termino medio.
Fouché
es uno de aquellos a quienes Napoleón arrancó la estabilidad de su equilibrio.
Le envenenó el alma con el ejemplo peligroso de su ambición insaciable, con la
presión demoníaca de superarse constantemente: también quiere él ya, como su
amo, extender y ensanchar constantemente los límites de su poder; también él es
hombre perdido para la pugna obstinada y tranquila, para el bienestar
doméstico. Por eso, ¡que decepción la suya el día en que vuelve, triunfador,
Napoleón de Schoenbrunn para tomar él mismo las riendas! ¡Qué días grandes los
de aquellos meses en que podía obrar según el parecer propio, levantar
ejércitos, redactar proclamas, dar disposiciones audaces ante el asombro de los
colegas medrosos, sentirse por fin, una vez en la vida, dueño y señor de un
país, jugador en el gran tapete verde de los destinos universales! Y ahora no
ha de ser José Fouché sino ministro de Policía para vigilar descontentos y
charlas de Redacción, componer diariamente, con los mensajes de sus espías, su
aburrido boletín, ocuparse en insignificancias, como de quién es la nueva amiga
de Talleyrand o quién tuvo ayer la culpa de la baja de las Rentas en la Bolsa.
No, desde que puso la mano en las cuestiones mundiales, en el timón de la alta
política, le parece todo lo demás, a su espíritu inquieto y ávido de
acontecimientos, futilidades y papeleteo despreciables. Quien ha hecho una vez
juego de tanta altura no se contenta ya con pequeñeces. Es preferible demostrar
otra vez que aún queda sitio al lado de Napoleón para nuevas hazañas. Y de este
pensamiento no logra desasirse ya.
Pero
¿qué podría intentarse frente al que lo alcanzó todo; frente al hombre que
subyugó a Rusia, a Alemania, a Austria, a España e Italia; el hombre a quien el
Emperador de la dinastía más rancia de Europa entrega por esposa a una
archiduquesa; que se impuso al Papa y sometió el predominio milenario de Roma;
el hombre que desde París puso los fundamentos de un imperio europeo universal?
Nervioso, febril, celoso, acecha el amor propio de Fouché por todos lados en
busca de una misión. Y efectivamente: en el edificio del predominio mundial no
falta más que la última cúpula, la más alta: la paz con Inglaterra. Con ella
quedaría terminada la obra. Y esta última hazaña europea la quiere llevar a
cabo solo: sin Napoleón y contra Napoleón.
Inglaterra
es -en 1809 como en 1795- el enemigo mortal, el contrincante más peligroso de
Francia. Ante las puertas de San Juan de Acre, ante los fuertes de Lisboa, en
todos los extremos del mundo, tropezó la voluntad de Napoleón contra la fuerza
fría, calculada y metódica de los anglosajones, y mientras él conquistaba toda
la tierra de Europa, ellos le arrebatan la otra mitad del mundo: el mar. No los
puede coger, ni ellos a él; ambos trabajan hace casi veinte años, con esfuerzo
siempre renovado, por aniquilarse. Ambos se debilitan horriblemente en esta
lucha insensata, de la que están ya, sin quererlo confesar, un poco cansados.
Los Bonaparte se declaran en quiebra en Francia, Amberes y Hamburgo, desde que
los ingleses les imposibilitan las transacciones; en el Támesis están los
barcos abarrotados de mercaderías sin vender; cada día bajan las rentas, tanto
la inglesa como la francesa. Y en los dos países aconsejan los comerciantes,
los banqueros, las gentes razonables, un acuerdo, y llegan a iniciar muy
cuidadosamente las negociaciones. Pero a Napoleón le parece más importante que
se quede el mentecato de su hermano José la corona real de España y su hermana
Carolina con la de Nápoles. Y rompe las conferencias de paz iniciadas
trabajosamente a través de Holanda, y golpea con su puño de acero a sus
aliados, para que cierren la entrada a los barcos ingleses y arrojen al mar sus
mercancías. Para Rusia salen igualmente cartas amenazadoras, exigiendo la
sumisión al sistema continental. Otra vez ahoga la pasión al razonamiento, y la
guerra amenaza eternizarse si el partido de la paz no se anima en el último
momento y pone manos a la obra.
En
estas negociaciones con Inglaterra, rotas antes de tiempo, tuvo también Fouché
su intervención. Él indicó al Emperador y al Rey de Holanda como mediador a un
financiero francés; éste, a su vez, proporcionó la mediación de un financiero
holandés, y éste, por su parte, la de uno inglés. Sobre el bien acreditado
puente de oro iban -así sucede en todas las guerras y en todos los tiempos- los
secretos intentos de inteligencia de Gobierno a Gobierno. Pero el Emperador
ordena bruscamente interrumpir las negociaciones. Eso no le conviene a Fouché.
¿Por qué no seguir negociando? Negociar, regatear, prometer y engañar: su
pasión preferida. Así concibe un proyecto audaz. Toma la resolución de seguir
negociando por su cuenta, aunque, desde luego, aparentando que lo hace por
encargo del Emperador; es decir, deja en la creencia, tanto a sus propios
agentes como al Gabinete inglés, de que es el Emperador quien procura, por
mediación de ellos, conseguir la paz, mientras que en verdad maneja los hilos
únicamente el Duque de Otranto. Empresa temeraria, abuso descarado del nombre
imperial y de su propio cargo de ministro, osadía histórica sin igual... Pero
estos secretos, estas maniobras laberínticas y equívocas, y no una, sino tres o
cuatro al mismo tiempo, son, como se sabe, la verdadera pasión del intrigante
nato que es Fouché. Como un chico de la escuela que hace muecas cuando el
maestro vuelve la espalda, le gusta maniobrar en la ausencia del Emperador; y
se expone gustoso, lo mismo que el chico atrevido, a que le castiguen o
reprendan por la mera alegría de la travesura y la burla. Cien veces hemos
visto como se deleita en estas audaces maniobras políticas; pero jamás se
permitió hazaña más peligrosa, más osada y arbitraria que esta de negociar
-aparentemente en nombre del Emperador y en realidad contra su voluntad- con el
Ministerio inglés del Exterior, sobre la paz entre Francia e Inglaterra.
La
maquinación está preparada genialmente. Se sirve de uno de sus equívocos
funcionarios, el banquero Ouvrard, que ya rozo algunas veces con la cabeza los
muros de la cárcel. Napoleón detesta a este mal sujeto por sus pésimos
antecedentes; pero eso le preocupa poco a Fouché, que opera con él en la Bolsa.
Con este hombre se siente seguro, porque le ha sacado más de una vez de
situaciones difíciles, y le tiene así completamente en su mano. A Ouvrard le
envía donde el banquero holandés De Labouchre, hombre de gran prestigio, que se
dirige de buena fe a su suegro, el banquero Baring, en Londres, quien a su vez
le pone en contacto con el Gabinete inglés. Y así se desarrolla un fantástico
juego de equívocos: Ouvrard cree desde luego que Fouché obra por encargo del
Emperador y transmite su mensaje como oficial al Gobierno holandés; esta
garantía basta a su vez a los ingleses para tomar completamente en serio las
negociaciones. Así cree Inglaterra negociar con Napoleón, y en realidad negocia
sólo con Fouché, quien se libra muy bien, naturalmente, de enterar al Emperador
de la continuación secreta de las negociaciones. Quiere que madure primero bien
el asunto, que se eliminen las dificultades para presentarse de repente ante el
Emperador y ante el pueblo francés como un deus ex machina y decir orgulloso:
«¡He aquí la paz con Inglaterra! Lo que quisieron y desearon todos, lo que no
consiguió ninguno de vuestros diplomáticos, lo ha llevado a cabo solo el Duque
de Otranto».
¡Lástima!
Un pequeño incidente estropea esta partida de ajedrez magnífica y emocionante.
Napoleón ha ido con su joven esposa María Luisa a Holanda para visitar a su
hermano Luis. El brillante recibimiento le hace olvidar la política. Pero un
día, el Rey Luis, su hermano, suponiendo, naturalmente, como todos los demás,
que las negociaciones secretas con Inglaterra se llevaban a cabo con el
consentimiento del Emperador, se interesa, en una conversación casual, por la
marcha del asunto. Napoleón se extraña. De repente recuerda haberse encontrado
en Amberes precisamente a ese odiado Ouvrard. ¿Qué se trama allí? ¿Que
significa ese ir y venir entre Inglaterra y Holanda? Pero no deja notar su
sorpresa; con gran indiferencia ruega a su hermano que le entregue, cuando
tenga ocasión, la correspondencia del banquero holandés. Le es entregada
enseguida, y durante el regreso de Holanda a París tiene Napoleón tiempo de
leerla. Se trata, efectivamente, de unas negociaciones de las que no tenía
idea. Con inmensa ira presiente enseguida las huellas de cazador furtivo del
Duque de Otranto, que se ha introducido nuevamente en el coto vedado. Pero ha
aprendido a ser astuto con el astuto Fouché; por eso esconde por lo pronto su
sospecha bajo una capa de falsa amabilidad para no ponerle sobre aviso, darle
ocasión de escurrirse y dejarle escapar, únicamente al comandante de su
gendarmería, Savary, Duque de Rovigo, se confía, y le ordena detener en el acto
y sin llamar la atención al banquero Ouvrard y apoderarse de todos sus papeles.
Tres
horas después de esta orden, el 2 de junio, llama a su ministro a Saint-Cloud y
pregunta bruscamente y sin rodeos al Duque de Otranto hasta donde tiene
conocimiento de ciertos viajes del banquero Ouvrard, o si le ha invitado acaso
él mismo a ir a Amberes. Fouché, sorprendido, pero sin sospechar la trampa en
que ha caído, obra como de costumbre cuando se le tiene por las solapas, lo
mismo que bajo la revolución con Chaumette y bajo el Directorio con Baboeuf:
procura librarse descargándose en su cómplice. ¡Ah, sí! Ouvrard, un entrometido
que le gusta mezclarse en todo; además, toda la cuestión es tan insignificante,
que, en el fondo, sólo se trata de una niñería, de una bagatela. Pero Napoleón
tiene la mano dura y no suelta tan fácilmente su presa. “Esas maquinaciones no
son cosa insignificante -ruge Napoleón-. Es una deslealtad incalificable el
atreverse a negociar a espaldas de su soberano con el enemigo, a base de
condiciones que él ignora y que seguramente jamás autorizará. Es una deslealtad
que no toleraría ni el gobierno más débil. Ouvrard debe ser detenido
inmediatamente”. Fouché empieza a intranquilizarse. ¡Era lo único que faltaba:
detener a Ouvrard, que lo cantaría todo! Y se esfuerza por quitarle ese
propósito de la cabeza al Emperador. Pero el Emperador, que sabe en esos
momentos está ya detenido el banquero por su propia policía, escucha
irónicamente a su ministro desenmascarado; ya conoce al verdadero autor de la
audaz maniobra, y los papeles confiscados en casa de Ouvrard descubren muy pronto
todo el juego de Fouché.
Y
descarga el rayo de la tormenta acumulada de la desconfianza. Al día siguiente,
domingo, invita Napoleón, después de misa (como yerno de Su Majestad
Apostólica, es otra vez buen cristiano, aunque un par de años antes metiera en
la cárcel al Papa) a todos sus ministros y dignatarios de la Corte para la
recepción matutina. Uno sólo falta: el Duque de Otranto. Aunque es ministro, no
ha sido invitado. El Emperador hace tomar asiento a su Consejo alrededor de la
mesa y lanza inmediatamente la pregunta: “¿Qué piensan ustedes de un ministro
que, abusando de su posición, sostiene, sin que lo sepa su soberano, trato con
una potencia extranjera? ¿Que el ministro lleva estas negociaciones sobre las
bases establecidas por él mismo y que con ello pone en grave riesgo la vida
política de todo el país? ¿Qué castigo señalan nuestros códigos para semejante
deslealtad?”
Después
de estas preguntas severas mira el Emperador en torno suyo, esperando, sin
duda, que se apresurarían sus consejeros a proponer el destierro o cualquier
otra medida deshonrosa. Pero los ministros, aunque en el acto se han dado
cuenta de contra quién va la flecha, se envuelven en un silencio azorante. En
el fondo le dan todos a Fouché la razón, por haberse ocupado enérgicamente de
la cuestión de la paz y, como verdaderos y legítimos criados, se alegran de la
trastada hecha al amo autócrata. Talleyrand (aunque ya no es ministro ha sido
llamado como dignatario ante lo importante del asunto) se ríe para sus
adentros; recuerda su propia humillación de hace dos años y le divierten la
perplejidad de Napoleón y la situación comprometida de Fouché; no quiere a
ninguno de los dos. Por fin rompe el silencio el gran canciller Cambacéres y
dice conciliador: “Sin duda alguna es un desliz que merece castigo severo,
aunque el culpable se haya dejado llevar por un exceso de celo”. “Exceso de
celo”, grita Napoleón, furioso. La contestación no le agrada, pues no quiere
excusa, sino castigo severo, castigo ejemplar para quien obró por cuenta
propia. Con gran excitación narra todo lo sucedido e invita a los presentes a
proponerle un sucesor.
Pero
ninguno de los ministros se da prisa a emitir su opinión en cuestión tan
enojosa; el miedo a Fouché sigue al miedo a Napoleón. Por fin recurre Talleyrand,
como siempre en ocasiones difíciles, a una hábil ironía. Se dirige a un vecino
y dice en voz baja: “Sin duda ha cometido el señor Fouché una falta, pero si yo
tuviera que darle un sucesor, y se lo daría, no sería otro que el mismo señor
Fouché”. Descontento de sus ministros, a los que él mismo había convertido en
autómatas y mamelucos sin valor, levanta Napoleón la sesión y llama al
canciller a su gabinete. “Verdaderamente, no vale la pena preguntar a estos
señores. Vea usted que proposiciones tan útiles pueden esperarse de ellos. Pero
no supondrá que yo pensé en preguntarles antes de estar de acuerdo conmigo
mismo. He decidido ya: el Duque de Rovigo será ministro de Policía”. Y antes de
que pudiese declarar éste si tiene vocación para una sucesión tan desagradable,
le saluda aquella misma noche el Emperador con la orden brusca: “Es usted
ministro de Policía. Preste juramento y vaya a su trabajo”.
El
despido de Fouché es el tema del día; súbitamente se pone todo el mundo de su
parte. Nada le había ganado más simpatías a este ministro, a este hombre lleno
de doblez, como su resistencia contra el zarismo desenfrenado, insoportable ya
a los franceses, acostumbrados a la libertad, de un hombre elevado por la
Revolución. Y además, nadie quiere oír que sea un delito que merezca castigo el
haber buscado, aún contra la voluntad del belicoso caudillo, la paz con
Inglaterra. Todos los partidos: realistas, republicanos y jacobinos, igual que
los embajadores extranjeros, ven con sentimiento unánime en la caída del último
ministro de Napoleón con personalidad acusada la visible derrota de la idea de
la paz, y hasta en el mismo Palacio, en el propio tálamo, encuentra Napoleón,
igual que en su primera esposa Josefina, en la segunda, María Luisa, un abogado
de José Fouché. El único hombre a su alrededor que su padre, el Emperador de
Austria, le había indicado como digno de confianza, ha sido despedido, comenta
perpleja. Nada expresa mejor la verdadera opinión de la Francia de entonces que
el hecho de que el disfavor del Emperador aumente el Prestigio oficial de un
hombre. El nuevo ministro de Policía, Savary, condensa la impresión desastrosa
producida por la salida de Fouché en estas palabras características: “Creo que
la noticia de una epidemia de peste no hubiera podido infundir más terror que
la de mi nombramiento de ministro de Policía”. Verdaderamente se ha fortalecido
al lado del Emperador, en estos diez años, José Fouché.
No
se sabe por qué camino llegó hasta Napoleón la reacción de este efecto. Pues
apenas da a Fouché el empujón, enguanta a toda prisa nuevamente la mano dura.
Le dora la píldora en esta ocasión, igual que en 1802. Y disfraza el despido
con un cambio de empleo. Le otorga al Duque de Otranto, por la pérdida del
Ministerio de Policía, el título honorífico de consejero de Estado y le nombra
embajador del Imperio en Roma. Y nada caracteriza mejor el estado de ánimo
vacilante, entre el temor y la ira, entre el reproche y la gratitud, entre la
irritación y la actitud conciliadora del Emperador, que la carta de despedida
de carácter privado: “Señor Duque de Otranto: Sé qué servicios me ha prestado y
confío en su lealtad a mi persona y creo en el celo que ha puesto en servirme.
Sin embargo, me es imposible conservarle en el cargo de ministro; me expondría
con ello demasiado. El cargo de ministro de Policía requiere confianza plena e
ilimitada, y esta confianza no puede persistir desde el momento que expuso, en
una cuestión importante, mi tranquilidad y la del Estado, lo que a mis ojos no
se puede excusar ni con motivos loables. Su opinión extraña de los deberes de
un ministro de Policía no está de acuerdo con el bien del Estado. Sin dudar de
su lealtad y fidelidad, tendría que someterle, a pesar de ello, a una
vigilancia constante y molesta que no se me puede exigir. Sería necesario
vigilarle por las muchas cosas que usted hace por su propia cuenta, sin saber
si corresponden a mi voluntad e intención. No puedo esperar que ha de cambiar
usted de actitud, ya que desde hace años mis observaciones ostensibles de
descontento no consiguieron en usted cambio alguno. Basado en la pureza de sus
propósitos, no ha querido usted comprender cuanto mal se puede originar con la
intención de hacer el bien. Mi confianza en su talento y en su fidelidad es
inquebrantable. Espero tener pronto ocasión para demostrar lo primero y
utilizar lo segundo en mi servicio”. Esta carta nos descubre como una clave
secreta lo más íntimo de sus relaciones entre Napoleón y Fouché; tómese la
molestia de releer esta pequeña obra maestra para sentir cómo se cruzan en cada
frase deseo y repulsa, simpatía y antipatía, temor y estimación secreta. El
autócrata quiere un esclavo y se irrita al chocar con el hombre independiente.
Quiere desembarazarse de él y, sin embargo, teme tenerle por enemigo. S iente
perderle y, al mismo tiempo, esta contento de haberse quitado de encima al
hombre peligroso.
Pero
a la par que aumenta en Napoleón la conciencia de sí mismo, aumenta también de
manera gigantesca la de su ministro. Y la simpatía general enderezaba más aún
la espalda de José Fouché. No, tan fácilmente no se puede despedir ya al Duque
de Otranto. Napoleón ha de ver que aspecto ofrece su Ministerio de Policía
cuando se le cierren las puertas a José Fouché; y su sucesor ha de creer que se
sienta en un nido de avispas y no en un sillón ministerial, si se tiene la
osadía de quererle reemplazar. No se ha estado afinando durante diez años este
instrumento maravilloso para que un soldadote tosco, un novato de la
diplomacia, un chapucero, venga a manejarlo torpemente y muestre como obra
propia lo que inventó su antecesor en días y noches trabajosos. No, no ha de
ser su despido tan fácil como lo imaginan. Han de darse cuenta, tanto Napoleón
como Savary, de que un José Fouché no enseña sólo la espalda doblada como los
demás, sino que sabe enseñar también los dientes.
Fouché
esta decidido a no marcharse con la cabeza baja. No quiere una paz ambigua, una
capitulación displicente. No es tan torpe que se decida a presentar franca
resistencia; eso no va de acuerdo con su carácter. Sólo una bromita quiere
permitirse, una bromita pequeña, ingeniosa, divertida, en que ha de deleitarse
París y aprender Savary que existen trampas famosas en los dominios del Duque
de Otranto. Siempre hay que volver a recordar el rasgo diabólico y extraño en
el carácter de José Fouché de que precisamente la indignación mas extremada
estimule en él un deseo cruel de bromear; que su valor, al intensificarse, no
se hace varonil, sino que se convierte en temeridad grotesca y peligrosa. Nunca
pega con el puño al ser atropellado, sino con la vara de bufón, cruelmente,
burlando al contrario. Todo lo que se esconde en este hombre hermético y frío,
de instintos apasionados, rezuma en estas ocasiones, sale al exterior; y esos
momentos de alegría aparente en la ira son, al mismo tiempo, los que descubren
mejor su naturaleza subterránea y fogosa, mágica y diabólica.
¡Una
bromita aguda, pues, para su sucesor! No será cosa difícil de inventar, sobre
todo tratándose de un tonto confiado. El Duque de Otranto se pone el uniforme
de gala y dispone un semblante extraordinariamente amable para recibir a su
sucesor en la visita oficial. Y en efecto, apenas aparece Savary, Duque de
Rovigo, le confunde, le colma de amabilidades. No sólo le felicita por la
elección tan honrosa del Emperador, sino que casi le da las gracias por haberle
librado del puesto que tanto le fatigaba, que pesaba demasiado tiempo ya sobre
sus hombros. ¡Ah, que feliz y qué contento se sentía de poder descansar un poco
de este trabajo inmenso! Pues es un trabajo extraordinario, más aún: un trabajo
ingrato el que exige ese Ministerio; el Duque, especialmente, ha de notarlo muy
pronto, ya que no está acostumbrado a él. De todas maneras, le ayudaría con
gusto a arreglar un poco el Ministerio desordenado, pues la despedida le había
sorprendido algo inesperadamente. Claro, para eso se necesitaban algunos días;
pero si el Duque de Rovigo está conforme, se encargaría él, Fouché, con gusto,
de este pequeño trabajo; y mientras tanto podría también efectuar su mujer, la
Duquesa de Otranto, la mudanza con toda comodidad a Otranto. El buen Savary,
Duque de Rovigo, no advierte la pimienta en la miel. Se siente agradablemente
sorprendido de tanta amabilidad en un hombre a quien todos describen como
maligno y astuto; aún le da las gracias más afectuosas al Duque de Otranto por
tan extraordinaria complacencia. Naturalmente, puede quedarse todo el tiempo
que le parezca bien; se inclina y estrecha conmovido la mano al buen Fouché,
tan calumniado. ¡Lástima no haber visto y dibujado la cara de José Fouché en el
momento en que se cerraba la puerta detrás de su incauto sucesor! ¡Imbécil!
¿Pero crees verdaderamente que voy a poner orden y presentarte los más
incógnitos secretos que he ido juntando en diez años de penoso trabajo, en
carpetas ordenadas, para que las cojas en tus manazas torpes? ¿Que voy a
engrasarte y limpiarte además la máquina ideada tan maravillosamente por mí,
que funciona tan silenciosamente con sus ruedas y engranajes y que aspira y
elabora invisiblemente las noticias de todo el Imperio? ¡Tonto, ya abrirás los
ojos!
En
el acto comienza una actividad febril. Un amigo íntimo esta avisado para
ayudarle. Cuidadosamente se cierra con cerrojo la puerta del gabinete y son
sacados rápidamente todos los papeles secretos de las carpetas. Los que le
pueden servir algún día como armas, los acusadores y comprometedores, se los
lleva José Fouché para su uso particular; los demás son quemados sin
miramiento. ¿Para qué necesita saber el señor Savary quien presta servicio de
espía en el barrio elegante del Faubourg Saint-Germain, en el Ejército o en la
Corte? Podría hacerle el trabajo demasiado fácil. ¡Pues al fuego las listas!
únicamente los nombres de los moscardones y soplones, de los porteros y de las
prostitutas, de los que de todas maneras nunca se saca nada importante; con
ésos puede quedarse. Con rapidez vertiginosa se vacían los cajones. Los
registros valiosos con los nombres de los realistas extranjeros, de los
corresponsales secretos, desaparecen; artificialmente ponen desorden en todas
partes, destruyen el índice y se proveen las actas de números falsos; se
cambian las claves. Y al mismo tiempo toma en servicio secreto, como espías, a
los empleados más importantes del futuro ministerio para que sigan
comunicándose secretamente con el antiguo y verdadero señor. Tornillo por
tornillo, va aflojando Fouché la maquinaria gigantesca para que ya no ajusten
los engranajes y se detenga completamente su rotación en las manos del sucesor.
Como los rusos quemaron ante Napoleón la ciudad sagrada, Moscú, para que no
encontrasen en ella refugio, así destruyó Fouché la obra tan amada de su vida.
Durante cuatro días y cuatro noches sale humo de la chimenea; cuatro días y
cuatro noches dura esta tarea diabólica. Y sin que se dé cuenta nadie a su
alrededor, salen los secretos del Imperio, como materia incorpórea, por las
chimeneas, o van a parar a los armarios particulares de Fouché en Ferrières.
Luego
otra inclinación, extraordinariamente amable y cortés, ante el sucesor incauto:
“¡Tenga la bondad de tomar asiento!” Un apretón de manos y un “¡gracias!”,
recibido con aire socarrón. Ahora debería dirigirse el Duque de Otranto con
urgencia a su Embajada de Roma; pero prefiere, por ahora, marchar a Ferrieres,
a su palacio. Y allí aguarda, temblando interiormente de impaciencia y placer,
el primer grito de ira de su sucesor engañado, en cuanto note la bromita que
José Fouché le ha gastado.
¿Verdad
que está bien ideada la piececita preparada finalmente y llevada a cabo con
audacia? Pero desgraciadamente ha incurrido José Fouché en una pequeña falta al
idear esta linda farsa, pues cree gastarle la bromita al recién nombrado e
inexperto Duque, a ese ministro venido del limbo. Pero olvida que este aristócrata
ha sido nombrado ministro por un señor que no tolera que se burlen de él. De
todos modos, ya venía observando Napoleón, con mirada desconfiada, la actitud
de Fouché. No le gustó nada ese largo titubeo a la entrega del puesto, ese
aplazar interminablemente el viaje a Roma. Además, ha dado un resultado
inesperado la instrucción contra Ouvrard, el cómplice de Fouché: el averiguar
que Fouché había entregado ya antes a otro intermediario notas oficiales para
el Gabinete inglés. Burlarse de Napoleón no le había sentado bien a nadie hasta
entonces. Súbito, sale el 17 de junio, como un latigazo, un billete brusco
camino de Ferrieres: “Señor Duque de Otranto: Le invito a enviarme aquel
comunicado que entregó usted, para sondear a lord Wellesley, a un señor Fagan,
quien le trajo una contestación del lord que jamás me ha sido presentada”. Este
duro trompetazo podría despertar a un muerto. Pero Fouché, completamente
embriagado de su hazaña y de su travesura, no se da prisa en la contestación.
Mientras tanto, ha caído pólvora en el fuego en las Tullerías. Savary ha
descubierto el saqueo del Ministerio de Policía y se lo ha comunicado,
estupefacto, al Emperador. Enseguida recibe Fouché un segundo billete, un
tercero, con orden de entregar inmediatamente “toda la cartera ministerial”. El
secretario del Gabinete transmite la orden personalmente con el encargo de
exigir a Fouché los papeles escamoteados. La broma ha terminado; comienza la
lucha.
La
broma ha terminado verdaderamente. Fouché debía darse cuenta de ello. Pero
parece que el demonio le aconseja medirse seriamente con Napoleón, el hombre
más poderoso del mundo, pues declara al secretario rotundamente, contra la
verdad, que lo siente infinito, pero que no tiene ninguna carta, que las ha
quemado todas. Eso no se lo cree, naturalmente, nadie, y menos Napoleón. Por
segunda vez le amonesta con mayor urgencia, más duramente; es conocida su
impaciencia. Pero la irreflexión se convierte en terquedad; la terquedad, en
osadía; la osadía, en provocación, pues Fouché repite que no tiene ni una hoja,
y explica esta supuesta destrucción de los documentos particulares del
Emperador de manera casi comprometedora. “Su Majestad -dice con cinismo - me
honró con tal confianza que, cuando uno de sus hermanos le causaba enojo, me
encargaba de hacerle recordar su deber. Y como cada uno de los hermanos le
comunicaba, por su parte, sus quejas, había creído mi deber no guardar esas
cartas. Tampoco las hermanas de Su Majestad se habían podido librar siempre de
calumnias, y el Emperador mismo se dignaba comunicarme aquellos rumores y me
había encargado de averiguar que imprudencia había dado motivo para ellos”.
Esto es claro y más claro: Fouché da a entender al Emperador lo mucho que sabe
y que no se deja tratar como cualquier lacayo. El mensajero comprende y ve el
chantaje en esta amenaza, y piensa en el trabajo que le costará transmitir una
contestación tan atrevida a su señor en forma correcta, mesurada. Al Emperador
le asfixia la ira, un furor tal se apodera de él que tiene que tranquilizarle
el Duque de Massa, y a fin de arreglar el enojoso asunto, se ofrece para pedir
personalmente al obstinado exministro los papeles escamoteados. Una segunda
amonestación le llega del nuevo ministro de Policía, el Duque de Rovigo. Pero a
todo contesta Fouché con la misma cortesía y decisión: es lástima, pero por un
exceso de discreción quemó los papeles. Por primera vez en Francia le hace un
hombre franca oposición al Emperador.
Esto
es demasiado. Así como Napoleón no apreció debidamente durante diez años la
categoría de Fouché, desconoce ahora Fouché a Napoleón si cree poderle
intimidar con un par de indiscreciones. ¡Desafiar ante todos los ministros al
hombre a quien han ofrecido sus hijas el Zar Alejandro, el Emperador de Austria,
el Rey de Sajonia; al hombre ante quien tiemblan, como chicos de la escuela,
todos los reyes de Europa! ¿Al hombre a quien no pudieron resistir todos los
ejércitos de Europa quiere negarle la obediencia esta momia escuálida, este
intrigante espectral con su capa de Duque recién estrenada? No, así como así no
se burla nadie de un Napoleón. Inmediatamente llama al jefe de la Policía
particular, Dubois, y se desahoga ante él con expresiones furibundas contra el “miserable”,
el “infame Fouché”. Con pasos furiosos va de arriba abajo y grita de pronto: “Pero
que no espere poder hacer conmigo lo que hizo con su Dios, con la Convención y
con el Directorio, a los que miserablemente traiciono y vendió. Tengo mejor
vista que Barras; conmigo no será el juego tan fácil; pero le aconsejo que
tenga cuidado. Sé que tiene notas e instrucciones mías y exijo que me las
devuelva. Si se niega, lo entrega usted enseguida a diez gendarmes y lo hace
conducir a la cárcel. ¡Por Dios, que he de enseñarle con qué rapidez se puede
concluir un proceso!”
Ahora
empieza a ponerse seria la cosa. Fouché comienza a intranquilizarse. Cuando
aparece Dubois tiene que permitir que le sea sellada a él, al Duque de Otranto,
antiguo ministro de Policía, por su propio antiguo subalterno, toda su
correspondencia, cosa que podía haber sido peligrosa si no hubiera ya quitado
de en medio cautamente, desde hace tiempo, la verdaderamente importante. Pero,
de todas maneras, va reconociendo que ha ido demasiado lejos. Rápidamente
escribe carta tras carta, una al Emperador, otra a los ministros, para quejarse
de la desconfianza que se tiene con él, el más fiel, el más franco, el más
firme, el más entero de los ministros; y en una de esas cartas es
deliciosamente divertido encontrar esta frase encantadora: Il n 'est pas dans mon caractre de changer (así como suena, de puño
y letra del camaleón Fouché). Y lo mismo que hace quince años con Robespierre,
espera salir al paso del peligro que le amenaza con una reconciliación súbita.
Toma un coche y va a París para dar explicaciones al Emperador, o excusas, si
fuera necesario.
Pero
es tarde. Ha jugado y bromeado en demasía; ahora ya no hay ni reconciliación ni
arreglo; quien provocó públicamente a Napoleón, ha de ser humillado
públicamente. Le es dirigida una carta tan dura y cortante como nunca la
escribió Napoleón a un ministro. Es muy corta esta carta, este puntapié: “Señor
Duque de Otranto: Sus servicios no me pueden ser ya deseables. Debe usted
partir para su senaduría en el término de veinticuatro horas”. Ni una palabra
del nombramiento de Embajador en Roma: despido desnudo y brutal, y, además,
destierro. Al mismo tiempo recibe el ministro de Policía la orden de velar
sobre el inmediato cumplimiento del edicto.
La
tensión ha sido demasiado grande, el juego demasiado atrevido, y ahora sucede
lo inesperado: Fouché se desploma como un sonámbulo que, gateando inconsciente
por los tejados, es despertado bruscamente por una voz dura y, asustado por lo
expuesto de su situación, cae a la calle. El mismo hombre que permaneció frío e
imperturbable a dos pasos de la guillotina, se desploma miserablemente bajo el
latigazo de Napoleón.
Este
3 de junio de 1810 es el Waterloo de José Fouché. Los nervios se le desbocan,
corre al ministro por un pasaporte para el extranjero, vuela, cambiando en cada
estación los caballos, sin descansar hasta Italia. Allí corre, como una rata
furiosa sobre un fogón ardiente, en zigzag, de sitio en sitio. Tan pronto está
en Parma como en Florencia, en Pisa, en Livorno, en vez de marchar, como le
está ordenado, a su senaduría. Pero el pánico le sacude fuertemente. ¡Hay que
ponerse fuera del alcance de Napoleón, fuera del poder de esa mano tremenda! Ni
siquiera Italia le parece bastante segura; es aún Europa, y toda Europa está
sometida a ese hombre terrible. Así fleta en Livorno un barco para ir a
América, país de seguridad, país de libertad; pero la tempestad, el mareo y el
miedo a los cruceros ingleses le obligan a regresar al puerto, y vuelve a
correr como un loco, en coche, de un puerto a otro, de ciudad en ciudad.
Implora la ayuda de las hermanas de Napoleón, de los príncipes. Desaparece,
vuelve a aparecer, para obsesión de los policías, que buscan su rastro y lo
vuelven a perder siempre. En fin, se porta como un loco, completamente enajenado
de miedo; y ofrece, por primera vez, él, el hombre sin nervios, un ejemplo de
evidencia clínica, de una verdadera ruina nerviosa. Nunca aniquiló Napoleón con
un solo gesto, con un solo golpe, a un adversario más radicalmente que a éste,
el de mayor audacia y sangre fría de todos sus servidores.
Este
esconderse y reaparecer, este ir y venir febril, dura días y semanas, sin que
se haya podido averiguar lo que quería e intentaba (ni su magistral biógrafo
Madelin lo sabe, ni seguramente lo sabía él mismo). Parece que únicamente en el
coche, en marcha, se siente seguro ante la venganza imaginaria de Napoleón,
que, sin duda, ya no piensa en castigar seriamente a su servidor. Napoleón no
quiso más que hacer prevalecer su voluntad, rescatar sus papeles, y esto lo
consigue. Pues mientras él, loco, histérico, revienta por toda Italia los
caballos de posta, obra su esposa en París con bastante más prudencia. Capitula
por él. No puede haber duda de que por salvar a su marido entregó la Duquesa de
Otranto los papeles, maliciosamente retenidos por él, discretamente a Napoleón,
pues jamás se vio una de aquellas hojas íntimas a las que aludió Fouché
amenazante. Lo mismo que sucedió con Barras, a quien compro el Emperador los
papeles, y con los demás confidentes molestos de su elevación, desaparecieron
los escritos de Fouché en cuanto se referían a Napoleón. O los hizo desaparecer
el mismo Napoleón, o Napoleón III destruyó todos los documentos que no
convenían a la idea napoleónica.
Por
fin recibe Fouché la gracia de poder retirarse a su senaduría de Aix. La gran
tormenta se ha disipado; el rayo no hizo más que sacudirle los nervios, pero no
le hirió. El 25 de septiembre llega el hombre acosado a su finca, “pálido y
cansado, delatando, por la incoherencia de sus pensamientos y de sus palabras,
una completa perturbación”. Pero tendrá tiempo suficiente para reponer sus
nervios, pues quien se ha rebelado una vez contra Napoleón puede considerarse
alejado por mucho tiempo de todos los cargos oficiales. El ambicioso tiene que
pagar su bromita cruel. Otra vez le arrastra la ola al fondo. Tres años
permanece José Fouché sin honores y sin cargo: comienza su tercer destierro.
CAPÍTULO VII
INTERMEZZO
INVOLUNTARIO
(1810-1815)
A
comenzado el tercer destierro de José Fouché. En su magnífico palacio de Aix
reside como un príncipe soberano el ministro de Estado destituido: el Duque de
Otranto. Tiene cincuenta y dos años; ha experimentado la tensión enorme que
producen todos los juegos, todos los éxitos y todas las contrariedades de la
vida política, el cambio eterno de flujo y reflujo de las ondas del destino,
hasta el fondo mismo. Ha conocido el favor de los poderosos y la desesperación
de la soledad; ha sido pobre hasta sentir la angustia de la falta del pan
cotidiano, y es inmensamente rico; ha sido estimado y odiado, celebrado y
despreciado. Ya puede descansar en su buen retiro como Duque, Senador,
Excelencia, Ministro de Estado, Consejero de Estado, multimillonario,
dependiendo únicamente de su propia voluntad. Holgadamente pasea en su carroza
de librea, hace visitas a las casas aristocráticas, recibe homenajes de su
provincia y percibe el eco susurrado de las simpatías secretas de París. Está
libre de la molestia enojosa de bregar diariamente con empleados estúpidos bajo
la férula de un señor déspota. A juzgar por su comportamiento y su aire
satisfecho, se siente a las mil maravillas, procul negotiis, el Duque de
Otranto. Pero cuán engañoso es su contento lo delata ese pasaje (sin duda
auténtico) de sus Memorias (por lo demás muy poco dignas de crédito): “Me
perseguía la costumbre arraigada de saberlo todo, más imperiosa en el
aburrimiento de un destierro; desde luego, muy agradable pero monótono”. Y el charme de sa retraite no lo constituye,
según propia confesión, el paisaje suave de la Provenza, sino una red de
espionajes y comunicados en la capital. “Con ayuda de mis amigos seguros y
mensajeros fieles organicé una correspondencia secreta, a la que se añadían
varios mensajeros, los cuales recibía con regularidad de París, que completaban
aquélla. En una palabra: tenía en Aix mi policía particular”. Lo que se le
propone como cargo, lo ejerce este hombre inquieto como deporte; y si no se le
permite ya penetrar en los Ministerios, procura mirar, al menos, con ojos de
otros por las cerraduras; tomar parte en los Consejos con oídos ajenos y, sobre
todo, atisbar, si no se presenta al fin una ocasión de ofrecerse de nuevo para
volver a sentarse a la mesa de juego de la Historia.
Pero
habrá de esperar aún mucho en el apartamiento el Duque de Otranto; Napoleón no
le necesita. Está en la cumbre de su poder; ha dominado a Europa; es yerno del
Emperador de Austria; es - ¡cumplido deseo de sus deseos! -padre del Rey de
Roma. Humildes se inclinan ante él todos los príncipes alemanes e italianos,
agradecidos de que se dignara concederles la gracia de conservarles su corona.
Y ya vacila y se tambalea el último y único enemigo: Inglaterra. Se ha hecho
tan fuerte este hombre, que puede renunciar, sonriente, a ayudantes tan hábiles
y tan poco leales como José Fouché. Ahora que tiene tanto tiempo sobrado para
meditar tranquila y reposadamente, reconocerá el señor Duque cuán loco fué el
engreimiento que le empujó a medirse con el más poderoso de los hombres. Ni
siquiera el honor de su odio le concede el Emperador; desde la inmensa altura
donde le ha colocado el Destino no advierte ya el zumbido del pequeño insecto
maligno que voló una vez a su alrededor y que se sacudió con un solo ademán
enérgico. No se da cuenta de su ausencia: Fouché está liquidado para él. Y nada
demuestra tan claramente al caído lo poco que le estima y le teme ya Napoleón
como el hecho de que, por fin, se le permita regresar a su palacio de
Ferrieres, a dos horas de París. Pero no deja que se acerque más: París y las Tullerías
permanecen cerradas para el hombre que se atrevió a hacerle resistencia.
Una
sola vez es llamado a palacio José Fouché durante esos dos años de vacío.
Napoleón prepara la guerra contra Rusia y desea conocer la opinión de Fouché,
ya que todos los demás se manifiestan en contra. Fouché se declara
apasionadamente contra esta guerra, y aún entrega (si no lo falsificó post
festum) el memorándum que se encuentra en sus Memorias; pero Napoleón sólo
quiere oír confirmada su propia voluntad; no desea más que ciego asentimiento a
sus palabras. Quien le aconseja en contra de la guerra parece dudar de su
grandeza. Así Fouché es enviado fríamente de nuevo a su castillo, a su
destierro, inactivo, mientras parte el Emperador, con seiscientos mil hombres,
para la más loca y audaz de sus empresas, camino de Moscú.
Un
extraño ritmo da la pauta de la vida rara y cambiante de José Fouché. Si
asciende, lo consigue todo; si cae, se vuelve el destino contra él. Ahora, que
tiene que aguardar amargado, apenado, a la sombra, caído en desgracia en su
apartado palacio, fuera de la escena de los acontecimientos; precisamente
ahora, cuando su desengaño está necesitado de ayuda espiritual, de leal
consejo, de consuelo cariñoso; precisamente ahora pierde a la única persona que
le acompañó durante veinte años con amor, constancia y fuerza de ánimo por
todos los caminos peligrosos: su mujer. En aquella buhardilla del primer
destierro se le murieron los dos primeros hijos, a los que amaba sobre todo; en
el tercer destierro le deja su compañera. Esta pérdida hiere en lo más profundo
de su alma al hombre aparentemente insensible. Desleal y veleidoso en cuanto se
refiere a partidos e ideas, era este hombre impenetrable, para su esposa fea,
el marido más cariñoso, más leal y atento; para sus hijos, el padre más
ejemplar; igual que tras la máscara del burócrata seco se esconde el jugador
espiritual nervioso e intrigante, así se esconde, tímido e invisible, detrás
del hombre peligroso y desleal, el marido burgués, enamorado y fiel; el hombre
solitario, que sólo se siente seguro y bien en el círculo íntimo del hogar. Lo
que había de bondad y sinceridad ocultas en este diplomático astuto se lo
brindo en un cariño silencioso a su compañera, que sólo vivía para él; que
jamás se presentaba en las fiestas de la Corte, en banquetes o recepciones; que
nunca se mezcló en sus juegos peligrosos. En el fondo impenetrable de su vida
particular gravitaba algo que contrapesaba lo relajado, caprichoso y veleidoso
de su existencia política; y ese apoyo se derrumba precisamente cuando más
necesita de él. Por primera vez se siente en este hombre marmóreo una conmoción
verdadera; por primera vez trasciende de sus cartas un tono cálido, sincero,
humano. Cuando los amigos le instigan para que procure obtener nuevamente el
Ministerio de Policía, después de la enorme estupidez de su sucesor, el Duque
de Rovigo, que ante la risa de todo París se dejó aprisionar sin resistencia en
el complot ridículo de un medio loco, rehusa volver al mundo político: «Mi corazón
se ha cerrado a todas esas tonterías humanas. El Poder ya no tiene atracción
para mí, el reposo no es solamente un estado adecuado a mi situación actual,
sino el único necesario. Los asuntos oficiales me presentan el cuadro de un
tumulto de perturbaciones y de peligros». Por primera vez parece que en la
escuela del dolor, el hombre experimentado ha adquirido verdadera experiencia.
Un deseo profundo de tranquilidad, de sosiego interno, se apodera, después de
la época de eternas e insensatas ambiciones, del hombre envejecido desde que
vió morir a su lado a la compañera de veinte años de tremendas pruebas. Todo el
placer de la intriga parece apagado en él para siempre, laxa por fin la
ambición de poder en este espíritu inquieto e insaciable.
¡Ironía
trágica! La primera y única vez que Fouché, el espíritu siempre inquieto,
quiere verdaderamente reposo y no desea ningún cargo, se lo impone a la fuerza
su adversario Napoleón.
No
por amor, ni por simpatía, ni por confianza toma Napoleón a Fouché otra vez a
su servicio, sino por desconfianza, por un sentimiento repentino de
inseguridad. Por primera vez ha regresado el Emperador como vencido. No
atraviesa a caballo el Arco de Triunfo de París a la cabeza de un ejército
rodeado de banderas; regresa con el cuello de piel levantado para no ser
reconocido, fugitivo en la noche. El ejército más espléndido que creó jamás
yace helado en la nieve rusa; y junto con su aureola de invencibilidad huyeron
también los amigos. Todos los emperadores y reyes que se doblegaban aún ayer
ante él se acuerdan, de pronto, ante el Emperador vencido, de la propia
dignidad. Un mundo armado se levantaba contra el duro amo. Desde Rusia avanzan
cosacos; desde Suecia presiona el viejo rival Bernadotte como enemigo; su
propio suegro, el Emperador Francisco, moviliza las tropas en Bohemia; la
Prusia, saqueada y sometida, se levanta con el ardor de la venganza; la
simiente terrible de innumerables guerras brota de la tierra quemada, surcada,
atormentada de Europa, y madurará en el otoño en los campos de Leipzig. En
todas partes vacila y cruje el edificio gigantesco que erigió en diez años esta
voluntad grandiosa y única. Arrojados de España, de Westfalia, de Holanda y de
Italia, huyen los hermanos Bonaparte. Ahora ha de desplegar Napoleón la energía
más extrema. Con mirada mágica y clarividente, con energía duplicada, lo
prepara todo para la última lucha decisiva. Todo el que puede llevar una
mochila, el que es capaz de sostenerse a caballo, es sacado de Francia; de
todas partes, de España, de Italia, son retiradas las tropas veteranas para
sustituir las que trituró el invierno ruso con sus mandíbulas heladas. Día y
noche trabajan miles de hombres en las fábricas de sables y cañones, se acuña
oro de tesoros ocultos, se sacan los ahorros de las cámaras secretas de las
Tullerías, los fuertes son reparados, y mientras del Este y del Oeste avanzan
las tropas con paso tardo hacia Leipzig, se echan las redes diplomáticas en
todas las direcciones. En ninguna parte ha de quedar un puesto débil o
inseguro, por ninguna parte un hueco en esta alambrada que ha de cercar a
Francia; toda posibilidad ha de prevenirse, y lo mismo que el frente ha de
quedar asegurada la retaguardia. Pues un loco o un maligno no ha de conmover o
turbar por segunda vez, como durante la campaña rusa, la confianza del pueblo
hacia Napoleón. Ningún sospechoso puede quedar atrás, ningún peligroso sin
vigilancia.
El
Emperador piensa en cada factor de poder, en cada eventualidad, en cada peligro
posible ante esta última lucha decisiva. Así también piensa en alguien que
podría ser peligroso: en José Fouché, al que no ha olvidado. Le despreció
mientras él mismo se sentía fuerte; pero ahora, que empieza a sentirse
inseguro, tiene que afianzarse nuevamente. No puede dejar en París, a su
espalda, a ningún enemigo eventual. Y como no cuenta a Fouché entre sus amigos,
decide que se ausente de París.
Claro
que para mandarlo preso a un castillo, con el fin de que no pueda tramar
ninguna intriga, no hay motivo evidente. Pero en libertad tampoco debe quedar.
Así se decide a atarle las manos inquietas a un cargo, y, de ser posible, bien
lejos de París. En vano se busca, en medio del tumulto de los asuntos y de los
preparativos bélicos en el Cuartel general de Dresde, un cargo que parezca
honroso y ofrezca, al mismo tiempo, seguridad: no se encuentra tan rápidamente.
Napoleón anhela ver fuera de París al sombrío personaje. Y como no se ha
hallado todavía un cargo para él, se inventa uno, que es una utopía: la
administración de los territorios ocupados en Prusia. Un cargo magnífico,
honroso, un cargo de primera clase, que sólo tiene un pequeño defecto, que
todavía existe: que esta administración no puede empezar hasta que Napoleón
haya conquistado Prusia, de lo que dan poca esperanza los acontecimientos
guerreros, ya que Blecher ataca seriamente al Emperador en su flanco sajón. De
modo que, en realidad, sólo se trata de un reparto de opereta, con un puesto
imaginario, cuando el Emperador escribe, el 10 de mayo, al Duque de Otranto: “He
mandado que le comuniquen que es mi intención llamarle a mi lado tan pronto
como yo entre en el territorio del Rey de Prusia, para ponerle al frente del
Gobierno de dicho país. Nada de esto debe saberse en París. Se supondrá que se
dirige usted a su finca, aunque en realidad estará usted ya aquí mientras todo
el mundo le creerá en su casa, únicamente la Emperatriz tiene conocimiento de
su partida. Me será grato ofrecerle ocasión próxima de brindarme nuevos
servicios y nuevas pruebas de su lealtad”. Así escribe el Emperador a José
Fouché, precisamente porque no se fía en absoluto de su “lealtad”. Y de mala
gana, desconfiado, dándose cuenta enseguida de las verdaderas intenciones de su
amo, Fouché se pone en camino para Dresde. “Enseguida me di cuenta -dice en sus
Memorias- que el Emperador me llamaba a su lado en calidad de rehén por miedo
de dejarme en París”. Por eso no se da mucha prisa, el futuro Regente de
Prusia, para llegar al Consejo de Estado de Dresde, pues sabe que lo que en
realidad se quiere no es su consejo en el Estado, sino atarle las manos. No
llega hasta el 29 de mayo, y el Emperador le recibe con estas palabras: “Llega
usted tarde, Duque”.
Del
pretexto ridículo de darle la Regencia de Prusia no se habla en Dresde, naturalmente,
ni una palabra: el momento es demasiado serio para tales bromas. Sin embargo,
se le tiene sujeto y felizmente se encuentra otro puesto magnífico para
alejarle del teatro de los acontecimientos, no ya, como antes, en un puesto
utópico, en la luna, sino en uno auténtico: en la Gobernación de Iliria, a
varios cientos de kilómetros de París. El viejo camarada de Napoleón, general
Junot, que gobernaba esta provincia, se ha vuelto loco repentinamente y ha
dejado libre su puesto: una celda para espíritus inquietos. Así entrega el
Emperador, con ironía mal disimulada, esa Regencia de tan corta vida a Fouché,
que, como siempre, no contradice, se inclina obediente y declara estar
dispuesto a partir inmediatamente.
Iliria;
el nombre suena a opereta, y, efectivamente, ¡qué Estado multicolor se ha
compuesto en la última paz forzosa con pedazos de Friul, Carintia, Dalmacia,
Istria y Trieste! Un Estado sin idea común, sin sentido, sin motivo; y como
residencia, una capital diminuta de provincia, pueblerina: Laibach. Una
monstruosidad sin fuerza vital, creada por la obcecación de un Soberano y por
una diplomacia ciega. Fouché encuentra las cajas del Tesoro medio vacías, un
par de docenas de empleados aburridos, muy pocos soldados y unos habitantes
desconfiados que no esperan otra cosa que la retirada de los franceses. Por
todas partes crujen ya los soportes de este Estado artificial, construido tan
aprisa. Con unos cuantos cañonazos, el edificio vacilante se derrumbará. Estos
cañonazos los dispara bien pronto el propio suegro de Napoleón, el Emperador
Francisco. En una resistencia seria no puede pensar Fouché, con los pocos
regimientos de que dispone, compuestos, además, en su mayor parte, de croatas
dispuestos a pasarse, al primer tiro, a sus antiguos camaradas. Así que solo
prepara desde el primer día, la retirada; y para disfrazarla hábilmente,
mantiene un gesto magnífico de soberano confiado: da bailes y reuniones, hace
desfilar orgullosamente, en pleno día, las tropas, mientras por la noche ordena
sean llevados de Trieste, secretamente, las cajas y documentos del Gobierno.
Todas sus proezas, como señor y soberano, tienen que limitarse a evacuar
cautelosamente, paso a paso, el país, reduciendo las pérdidas a un mínimo. Y en
esta retirada estratégica se prueba otra vez la sangre fría de Fouché, su
energía decidida, su maestría insuperable de siempre. Paso a paso se retira,
sin pérdidas, de Laibach a Goricia, de Goricia a Trieste, de Trieste a Venecia,
llevando consigo casi todos los empleados, la caja y mucho material de valor de
su Iliria... Pero ¡qué importa la pérdida de esa provincia ridícula! En los
mismos días pierde Napoleón la más importante y última de sus grandes batallas
en esta guerra: la batalla de Leipzig y, con ella, el dominio del mundo.
Se
ha desembarazado, pues, Fouché de su misión, y por cierto de manera intachable
y honrosa. Ahora que ya no hay que administrar ninguna Iliria, se siente libre
y quiere regresar, naturalmente, a París. Pero no es ese, ni mucho menos, el
propósito de Napoleón. “Fouché es un hombre que de ninguna manera debe estar
ahora en París”. Estas palabras, pronunciadas por el Emperador en Dresde,
tienen, después de la batalla de Leipzig, doble valor. Hay que alejarle y bien
lejos, cueste lo que cueste. En medio de la tarea formidable de defenderse de
un enemigo que le supera cinco veces en numero, Napoleón piensa principalmente
en otra misión para el hombre peligroso, que le ate también las manos durante
el tiempo de la campaña. ¡Que ponga sus manos en alguna maniobra diplomática,
que pueda intrigar; pero que no alargue la mano inquieta hacia París! Que
marche inmediatamente, por lo pronto, a Nápoles (Nápoles está lejos), para
recordar su deber a Murat, Rey de Nápoles, cuñado de Napoleón, que teme más por
su propio Reino que por el Imperio, y para convencerle de que debe ir en ayuda
del Emperador con un ejército. Cómo cumplió Fouché este encargo -si quiso
persuadir verdaderamente al viejo general de caballería de Napoleón para que se
mantuviera fiel, o si le apoya en su deserción- es cosa que no ha podido
aclarar la Historia. Desde luego, el fin principal del Emperador: retener a
Fouché durante cuatro meses más allá de los Alpes, a mil leguas, en
negociaciones incesantes, se ha conseguido. Mientras marchan sobre París los
austriacos, los prusianos y los ingleses, él ha de ir y venir de Roma a
Florencia y Nápoles, de Luca a Génova, derrochar otra vez su tiempo y su
energía en una misión insoluble. Lo mismo que Iliria se pierde Italia, el
segundo país que se le ha designado, y por fin, a primeros de marzo, no tiene
Napoleón país donde enviarle, pues ni en la propia Francia puede ya prohibir ni
mandar. Así regresa el 11 de marzo José Fouché, por los Alpes, a su patria,
alejado, por la perspicacia genial del Emperador, cuatro meses irrecuperables
de toda maquinación política dentro de Francia. Y cuando, por fin, rompe las
Cadenas, ve que llega con cuatro días de retraso.
En
Lyon se entera que marchan sobre París las tropas de los tres Emperadores. En
pocos días, pues, habrá caído Napoleón y se habrá formado un nuevo Gobierno.
Naturalmente, se consume su amor propio de impaciencia, d'avoir la main dans la páte, de tener los dedos en la masa, para
poder sacar el mejor partido. Pero el camino directo a París esta cortado ya
por las tropas y tiene que dar un largo rodeo por Tolosa y Limoges. Por fin, el
8 de abril, atraviesa en su coche de posta las puertas de París. A primera
vista reconoce que ha llegado demasiado tarde. Y el que llega tarde, pierde la
ocasión. Todos sus juegos secretos y sus trastadas se las ha pagado Napoleón
nuevamente con la magistral perspicacia de tenerle alejado mientras había
oportunidad de pescar a río revuelto. Ahora se encuentra con que París ha
capitulado, Napoleón ha sido destronado, Luis XVIII erigido Rey y el Gobierno
ha sido formado, íntegro, por Talleyrand. Este maldito cojo estuvo a tiempo en
su puesto y dió el cambio de frente más pronto de lo que le fué posible a él, a
Fouché, el hombre previsor. El Zar de Rusia vive en casa de Talleyrand, el
nuevo Rey le mima con pruebas de confianza, ha repartido a su arbitrio todos
los cargos de ministro, y ladinamente no ha reservado ninguno para el Duque de
Otranto, que administraba sin sentido y sin provecho Iliria y andaba metido en
maniobras diplomáticas por Italia. Nadie le ha esperado, nadie se ocupa de él,
nadie desea de él consejo o ayuda. Otra vez es José Fouché, como tantas otras
en su vida, un hombre liquidado. Tarda mucho tiempo en convencerse de que no le
hacen caso: a él, el gran adversario de Napoleón. Entonces se ofrece
abiertamente: se le ve en todas partes, en la antecámara de Talleyrand, con el
hermano del Rey, con el Embajador inglés, en las salas del Senado. Y, sin
embargo, nadie le escucha. Escribe cartas, una a Napoleón, al que da el consejo
de emigrar a América, mandando al mismo tiempo una copia de ella al rey Luis
XVIII, para ganar así su simpatía; pero no recibe contestación. Les pide a los
ministros un cargo digno, y éstos le reciben fríos y corteses, pero no le
protegen. Se hace recomendar por mujeres y por antiguos protegidos, pero en
balde. Ha cometido la falta más imperdonable en política: ha llegado tarde.
Todas las plazas están ocupadas y ningún dignatario piensa en levantarse
voluntariamente para dejar su puesto al Duque de Otranto. No le queda, pues, al
ambicioso otro remedio que volver a hacer las maletas y retirarse a su castillo
de Ferriéres, únicamente tiene un compañero, muerta su mujer: el Tiempo. Hasta
ahora siempre le ha ayudado. Y esta vez también le ayudará.
En
efecto: pronto advierte Fouché que el aire vuelve a oler a pólvora. Si se
tienen oídos finos, también se oye desde Ferrieres como cruje y rechina un
trono. El nuevo amo, Luis XVIII, comete falta sobre falta. Le place ignorar la
Revolución y olvidar que tras veinte años de ciudadanía no quiere humillarse
Francia otra vez ante veinte generaciones de nobles. Desprecia además el
peligro de la camarilla pretoriana de los oficiales y generales que, reducidos
a media paga, protestan descontentos contra esta avaricia infame del “Rey-pepino”.
¡Ah, si volviera Napoleón habría enseguida una guerra magnífica! Entonces
volverían a marchar sobre los países, saqueándolos, se harían carreras y se
tendrían nuevamente las riendas en la mano. Se cruzan ya mensajes sospechosos
de una zona a otra, y se prepara, poco a poco, en el ejército una conspiración.
Fouché, que nunca cortó por completo el cordón umbilical entre él y su
criatura, la Policía, escucha y oye muchas cosas que le dan que pensar.
Silenciosamente sonríe para sus adentros: el buen Rey se hubiera enterado de
todo si hubiese tomado como ministro de Policía al Duque de Otranto. Pero ¿para
qué prevenir a esos cortesanos estúpidos? Hasta ahora ha aprovechado siempre
Fouché todas las subversiones Para elevarse, todos los cambios de viento. Por
eso se está quieto, se esconde, no se mueve y contiene el aliento como un
luchador antes del combate.
El
5 de marzo de 1815 se precipita en las Tullerías un mensajero con la
impresionante noticia de haberse evadido Napoleón de la isla de Elba y de haber
desembarcado el I.º de marzo en Fréjus con seiscientos hombres. Sonrientes y
despectivos, acogen los cortesanos reales la noticia. Naturalmente, ellos ya lo
habían dicho siempre que este Napoleón Bonaparte, del que se hace tanto aspaviento,
no debe estar en sus cabales. ¡Con seiscientos hombres, par bleu, vale la pena
de reírse! ¿Así quiere luchar este loco contra el Rey, detrás de quien está
todo el ejército y toda Europa? Pues no hay motivo para intranquilizarse: con
un puñado de gendarmes se domará a este aventurero miserable. El mariscal Ney,
el antiguo compañero de armas de Napoleón, recibe la orden de apoderarse de él.
Vanidosamente promete al Rey no sólo capturar al perturbador, sino “pasearlo
por el país metido en una jaula de hierro”. Luis XVIII y sus secuaces hacen
ostensiva su despreocupación por París, al menos durante los primeros ocho
días; el Moniteur da cuenta del asunto en tono de chanza. Pero pronto aumentan
las noticias desagradables. En ninguna parte ha encontrado Napoleón
resistencia; cada regimiento que sale contra él engrosa su diminuto ejército en
vez de cerrarle el paso, y el mismo mariscal Ney, que le iba a capturar y
pasear en una jaula hierro, se pasa con las banderas desplegadas al lado de su
antiguo señor. Ya ha entrado Napoleón en Grenoble y en Lyon. Una semana más y
queda cumplida su profecía: el águila imperial se posa sobre las torres de
Notre Dame.
Se
apodera el pánico de la corte. ¿Qué hacer? ¿Qué diques oponer a este alud?
Demasiado tarde reconocen el Rey y sus aristocráticos y principescos consejeros
la enorme falta que habían cometido al divorciarse del pueblo, olvidando
erróneamente que entre 1792 y 1815 hubo en Francia algo así como una
Revolución. ¡Hay que procurar, pues, atraerse rápidamente las simpatías! ¡Hay
que mostrar de alguna manera al pueblo imbécil que se le ama verdaderamente,
que se respetan sus deseos y derechos, hay que apresurarse a gobernar de manera
republicana, de manera democrática! Cuando ya es tarde, suelen descubrir
siempre los emperadores y los reyes que late en sus pechos un corazón
democrático. Pero ¿cómo ganar a los republicanos? Pues muy sencillo:
concediendo a alguno de ellos, a uno de los más radicales, un ministerio, ¡a
uno que sea capaz de poner en la bandera de la flor de lis una alegoría roja!
Pero ¿donde encontrarlo? Se hace memoria y de pronto se acuerdan de un tal José
Fouché, que un par de semanas antes presentaba sus respetos en todas las
antecámaras y agobiaba las mesas del Rey y de sus ministros con proposiciones.
Sí, este es el único, el que siempre se puede utilizar para todo; ¡a sacarle,
pues, cuanto antes del ostracismo! Siempre que se encuentra en situación
difícil un Gobierno, bien sea el Directorio, el Consulado, el Imperio o el
Reino, siempre que se necesita un mediador, un hombre bueno que restablezca el
orden, hay que recurrir al hombre de la bandera roja, al carácter más desleal y
al más leal de los diplomáticos, a José Fouché.
Así
tiene el Duque de Otranto la satisfacción de que los mismos condes y duques que
le despachaban fríamente algunas semanas antes y le daban la espalda, se
dirijan a él con urgencia respetuosa y le ofrezcan una cartera de ministro;
incluso a la fuerza quieren hacer que la acepte. Pero el antiguo ministro de Policía
conoce demasiado bien la verdadera situación política para comprometerse a
última hora con los Borbones. Comprende que el período agónico debe haber
empezado ya cuando le llaman con tanta urgencia, como médico. Y rehusa
cortésmente, con varios pretextos, dejando entrever que ya se podían haber
acordado de él un poco antes. Cuando más se acercan las tropas de Napoleón, más
se derrite el pundonor en la Corte. Cada vez con más insistencia se amonesta y
se ruega a Fouché para que se haga cargo del Gobierno; hasta el propio hermano
de Luis XVIII le invita a una conferencia secreta. Pero esta vez permanece
firme Fouché, no por convicción de carácter, sino porque le entusiasman poco
los desperdicios que le ofrecen y porque se siente muy a sus anchas en el
columpio oscilante entre Luis XVIII y Napoleón. Ya es tarde -de momento-, dice
tranquilizador al hermano del Rey, y le aconseja que éste se ponga a salvo,
pues la aventura napoleónica no ha de ser de mucha duración; y él, por su
parte, hará, entre tanto, todo lo posible por ofrecerse al Emperador. ¡Que
tenga confianza en él! Así se gana simpatías y puede, si quedan los Borbones
victoriosos, llamarse su fiel servidor. Y, por otra parte, si vence Napoleón,
puede demostrar orgullosamente haber rehusado la proposición de los Borbones.
Ha probado ya tantas veces el viejo sistema de cubrir la retirada, ¿por qué no
probarlo nuevamente y pasar por fiel servidor de dos amos al mismo tiempo: del
Emperador y del Rey?
Pero