después de que ya una vez había sido hecha la ley".
INTRODUCCIÓN
"EL mosquito
contra el elefante". Al principio produce un extraño efecto esta frase
puesta por la propia mano de Sebastián Castalión en el ejemplar de Basilea de
su escrito polémico contra Calvino y casi estaríamos a punto de sospechar que
hay en ella una de las usuales exageraciones humanísticas. Pero las palabras de
Castalión no fueron pensadas de un modo hiperbólico ni irónico. Con tan tajante
comparación, este valiente quería sólo mostrar con toda claridad a su amigo
Amerbach, hasta qué punto y de qué modo trágico era patente para él a qué
gigantesco adversario desafiaba, al acusar públicamente a Calvino de haber
asesinado a un hombre por pedantesco fanatismo, matando así la libertad de
conciencia dentro de la Reforma. Desde el momento en que Castalión alza, como
una lanza, su pluma para esta peligrosa contienda, sabe con precisión la
flaqueza de todo ataque puramente espiritual contra la prepotencia de una
dictadura, armada de arneses y corazas, y, con ello, la falta de perspectivas
victoriosas de su empresa. Pues ¿cómo podría un hombre aislado, inerme,
combatir y vencer a Calvino, detrás del cual se alzan millares y decenas de
millares de hombres, y además, por encima de eso, toda la máquina militar del
poder del citado? Gracias a una magnífica técnica organizadora Calvino logró
convertir toda una ciudad, todo un Estado, con miles de ciudadanos hasta
entonces libres, en una máquina de de obediencia rígida, con el fin de extirpar toda autonomía
individual y secuestrar toda libertad de pensamiento en favor de su exclusiva
doctrina. Todo lo que posee algún poder en la ciudad y en el Estado se somete a
su omnipotencia; la totalidad de las autoridades y potestades, la municipalidad
y el consistorio, la Universidad y el tribunal, las finanzas y la moral, los
clérigos, las escuelas, los alguaciles, las prisiones, la palabra escrita, la
hablada y hasta la murmurada en secreto. Su doctrina se ha convertido en ley, y
a quien se atreva a alzar la más suave objeción en su contra enseguida conoce la prisión, el destierro o la hoguera; el razonamiento que
concluye cualquier discusión en una tiranía espiritual es que
Ginebra sólo consiente una única verdad y Calvino es su profeta.
Pero
aun mucho más afuera de las murallas de la ciudad se extiende el siniestro
poder de este hombre "siniestro"; las ciudades confederadas de Suiza ven en él al
más importante aliado político; el protestantismo universal elige al violentissimus Christianus por su
caudillo espiritual, príncipes y reyes esfuérzanse por lograr el favor del
adalid eclesiástico que, frente a la Católica Romana, ha edificado en Europa la
más poderosa organización de la Cristiandad. No hay acontecimiento temporal
político que se realice sin que él lo sepa, apenas ninguno ya contra su
voluntad. Llegó a ser tan peligroso enemistarse con el predicador de Saint Pierre
como con el emperador o con el papa.
Y su adversario
Sebastián Castalión, el cual, como idealista solitario, en nombre de la humana
libertad de pensamiento, proclama su hostilidad contra ésta y cualquier otra
tiranía espiritual, ¿quién es?
En verdad — comparado con la fantástica
plenitud de poderes de Calvino — el mosquito contra el elefante. Una nulidad, un
nadie, un nada, en el sentido de pública influencia, y además un indigente, un
miserable pobre hombre de letras que con traducciones y lecciones domésticas
sostiene trabajosamente mujer e hijos; un fugitivo en país extranjero, sin
derechos de residencia ni de ciudadanía, doblemente emigrante. Y como siempre en
tiempos de fanatismo universal, el hombre de sentido humano se alza impotente y
completamente solo en medio de los fanáticos combatientes.
Durante largos años
este grande y modesto humanista arrastra la más mísera existencia en las
tinieblas de la persecución, en la pobreza, siempre en estrechez, pero
también siempre libre, porque no está ligado a ningún partido ni se ha
consagrado a ningún fanatismo. Pero su conciencia siente la poderosa llamada del deber a causa del asesinato de Servet, y Castalión, consciente de la diferencia, se alza por encima de sus pacíficas obras
literarias para acusar a Calvino en nombre de la violación "de los derechos humanos";
es entonces cuando su soledad creció hasta lo heroico. Pues, su adversario,
Calvino, habituado a la guerra, rodea y ataca de forma brutal a Castalión siguiendo un plan bien dispuesto; ningún partido, ni el
católico ni el protestante, le ofrecen a Castalión su apoyo; ningún gran señor, ningún
emperador ni rey, le tiende su mano protectora, como en otro
tiempo hicieran con Lutero y Erasmo; y hasta los escasos amigos que lo admiran, hasta
ellos mismossólo en secreto se atreven a infundirle bríos. Pues ¡qué
peligroso, qué mortalmente peligroso es colocarse en público de parte de un
hombre que, con impávido corazón, mientras que en todos los países los
herejes, conforme a las opiniones de la época son acosados y torturados como
bestias de carga, él solo alza su voz a favor de estos seres, esclavos y privados de
derechos, y, pasando por encima del caso particular, les niega a todos los
poderosos de la Tierra, de una vez y para siempre, el derecho a perseguir a
cualquier ser humano a causa de sus opiniones!
He ahí un hombre
que en uno de esos espantosos momentos de tinieblas espirituales que de
cuando en cuando caen sobre los pueblos, se atreve a conservar clara
su mirada y llamar por su verdadero nombre toda "piadosa carnicería",
en apariencia ejecutada Ad Maiorem Dei Gloriam: ¡crímenes, más crímenes y siempre
crímenes! ¡He ahí un hombre que provoca al combate con el más profundo sentimiento
humanitario, el único que no puede soportar el silencio y con su desesperación clama al cielo por las inhumanidades que se cometen; hélo ahí luchando solo a favor de
todos, solo contra todos! Pues nunca debe esperar muchos aliados, oh
eterna cobardía de nuestra terrena estirpe, aquel que alza su voz contra los
déspotas y contra los que confieren el poder de la horca. Tampoco
Sebastián Castalión en "la hora de las tinieblas" tuvo consigo a nadie más que
a su sombra, y ninguna fortuna aparte de la inalienable propiedad
del artista luchador: la conciencia inflexible de un alma impoluta.
Mas justamente el que
Sebastián Castalión conjeturara, desde el principio, la falta de perspectivas
favorables a su lucha, y, a pesar de ello, obedeciendo a su conciencia la
emprendiera; este santo "no obstante" y "aunque así sea",
glorifica como héroe, para todos los tiempos, a ese "soldado
desconocido" de la gran guerra de la liberación de la humanidad. Ya el
valor de haber alzado, aislada y solitariamente, una ardiente protesta contra
un terrorismo universal, debe hacer memorable la hostilidad de Castalión contra
Calvino a ojos de todo hombre espiritual. Pero es que además en el planteamiento
interno del problema supera en mucho el motivo circunstancial a la propia discusion histórica derivada del tema. Pues aquí no se trata de nada estrictamente teológico, no se trata
del ser humano Servet, ni siquiera de la decisiva crisis entre el
protestantismo liberal y el ortodoxo: durante la franca exposición de cuestiones
es enunciado un problema mucho más dilatado y que se extiende a lo largo de los
tiempos: inaugúrase una lucha, que, bajo otros nombres y en otras formas, tiene
que volver a ser luchada otra vez de nuevo, una vez tras otra.
La teología no es aquí
más que una máscara accidental de la época, y hasta Castalión y Calvino aparecen como exponentes sensibles de una invisible, pero irreductible,
oposición. Es indiferente el nombre que se quiera dar a los polos de esta
tensión permanente: ya tolerancia contra intolerancia, libertad contra tutela,
humanidad contra fanatismo, individualidad contra mecanización, conciencia
contra violencia; todos estos nombres expresan, en el fondo, una última, íntima
y personalísima determinación: la de cuál elemento sea lo más importante para
cada sujeto, lo humano o lo político, el ethos o el logos, la individualidad o
la comunidad.
Esta implantación de
límites entre la libertad y la autoridad, que siempre vuelve a presentarse como
cosa precisa, no le es evitada a ningún pueblo, a ninguna época, ni a ningún
pensador: pues la libertad no es posible sin la autoridad (pues se
convertiría en un caos) ni la autoridad sin la libertad (pues llegaría a ser
tiranía).
Es indudable que, en el fondo de la naturaleza humana, incide un
misterioso afán de autodisolverse en la comunidad; permanece inextinguible
nuestro primitivo impulso de encontrar determinado sistema religioso, nacional
o social, que aporte para el total de la humanidad, con toda justicia, una paz
y un orden definitivos.
El Gran Inquisidor de Dostoiewski muestra, con
dialéctica cruel, cómo la mayor parte de los hombresle tienen miedo a su
propia libertad, y, en forma positiva, por fatiga frente a la agotadora
pluralidad del problema, frente a la complicación y responsabilidad de la vida,
la gran masa anhela una mecanización del mundo por medio de un orden
definitivo, aplicable a todos, absoluto, que les quite de encima el trabajo de
pensar.
Esta nostalgia mesiánica de la supresión de los problemas existenciales constituye el auténtico fermento que les allana los caminos a todos los
profetas sociales y religiosos; cuando los ideales de una generación han
perdido su fuego y sus colores, se necesita sólo un hombre sugestivo
para ser declarado que él, y sólo él, ha encontrado o
inventado las nuevas verdades; y la confianza de millares de hombres se
precipita hacia el presunto redentor de un pueblo o del mundo, pues una nueva
ideología crea siempre al principio (y éste es su auténtico sentido metafísico)
un nuevo idealismo sobre la tierra.
Aquel que les regala a los hombres una nueva creencia en la unidad y en la pureza suscita primeramente en ellos las
más santas fuerzas: su voluntad de sacrificio, su entusiasmo. Y millones de seres
humanos, como por efecto de un hechizo, se sienten dispuestos a dejar que se apodere
de ellos aquel hombre, a que su espíritu sea fecundado por él, hasta a ser
esclavizados; y cuanto más exige de ellos tal proclamador y prometedor, más
rendidos se le muestran. Aquello que aun ayer constituía su placer más alto, la
libertad, arrójanlo de sí gustosos, por amor a él, para dejarse guiar aun más
sin resistencia, y la antigua frase de Tácito "ruere in servitium"
vuelve a cumplirse una y otra vez, en forma que, con una ardiente embriaguez de
solidaridad, los pueblos se arrojan voluntariamente en la servidumbre y todavía
glorifican al látigo que les golpea.
Ahora bien, para todo
hombre espiritual hay algo sublime en el pensamiento de que siempre es una
idea, la fuerza más inmaterial de la Tierra, lo que realiza semejante
inverosímil milagro de sugestión en nuestro viejo mundo, prosaico y dominado
por la técnica, y con facilidad se cae en la tentación de admirar y celebrar
a estos fascinadores del mundo por haber logrado con el espíritu transformar a
la obtusa materia. Mas, oh fatalidad, estos idealistas y utópicos,
apenas "el día después" de la victoria amanece, se revelan como los peores traidores del
espíritu.
El poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la
victoria, y, en lugar de contentarse con haber entusiasmado a tantos hombres
con su fe en su persona, hasta el punto de que están alegremente dispuestos a
vivir y aun a morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de
transformar la mayoría en unanimidad y de querer imponer también su dogma a los
que no pertenecen a ningún partido; no les basta con sus gentes acomodaticias,
sus alabarderos, sus almas esclavas, los eternos concurrentes a todo
movimiento, ¡no!, también quieren poseer como lisonjeadores y siervos a los
seres libres, a los pocos independientes, y, para erigir su dogma en exclusivo,
estigmatizan como criminal, con el poder del Estado, toda opinión adversa.
Eternamente, en todas las ideologías religiosas y políticas, se renueva esta
maldición de caida en la tiranía tan pronto como se se alcanza la
dictadura del pensamiento. Sin embargo es desde el momento en que un ser espiritual no confía ya en la
fuerza inmanente de su verdad, sino que acude al Poder que le declara la guerra a la Libertad. No importa cuál sea la Idea: desde el momento en que se acuden al Terror
para uniformar y gobernar convicciones ajenas, el Idealismo deviene Brutalidad.
Hasta la verdad más pura, si es impuesta a otros hombres con
violencia, se convierte en pecado contra el espíritu.
Pero el espíritu es un
elemento misterioso. Inaprensible e invisible como el aire parece acomodarse
indulgente a todas las formas y fórmulas. Y por su pureza conduce a los caracteres despóticos a la creencia de que se le puede exprimir por completo,
encerrarlo, encorcharlo y servirlo en botellas. Empero toda
opresión desarrolla una fuerza dinámica de reacción, y justamente cuando está
más reprimido y comprimido el espíritu se convierte en un explosivo letal; y de esta manera toda opresión
conduce, más pronto o más tarde, a la rebelión.
A la larga — ¡eterno
consuelo! — es indestructible la independencia moral de la humanidad. Jamás
triunfó, hasta ahora, el imponer dictatorialmente a toda la Tierra una única
religión, una única filosofía, una única opinión, y jamás habrá de
triunfarse en tal empresa, pues el espíritu siempre sabrá resistirse a todo
sometimiento a servidumbre, siempre sabrá negarse a pensar según formas
prescritas, a achancarse y a languidecer, a dejarse regir con cacicatería y
uniformidad. ¡Qué vulgar y vano es, por ello, todo esfuerzo que pretenda
reducir a un común denominador la divina pluralidad de la existencia, dividir
toda la humanidad en negra o blanca, en buenos y malos, en temerosos de Dios y
herejes, en obedientes al Estado y en enemigos suyos, por razón de principios
sólo establecidos en virtud del derecho de la fuerza!
En todos los tiempos se encuentran ésos espíritus independientes dispuestos a sublevarse contra tal opresión de
la Libertad , "conscientious objectores", espíritus decididos que
se negaron y se niegan, a pesar de toda coacción de las conciencias, a ser esclavos; y jamás se
dio una época tan bárbara, una tiranía no importa lo sistemática, sin que algunos
hubiera quien supiera zafarse de la opresión general de las masas y
defender su derecho a una convicción personal contra todos los
monomaniacos del mundo que tratan de imponer su verdad, única y exclusiva, con el Poder de la Violencia.
También el
siglo XVI, aunque muy semejante al nuestro (Siglo XX) en la sobreexcitación de sus
desaforadas ideologías, conoció algunas de esas almas, libres e insobornables.
Si se leen las cartas de los humanistas de aquellos días, siéntese
fraternalmente su profundo duelo por las perturbaciones causadas en el mundo
por la violencia; con emoción, se sufre con ellos la repugnancia de su alma
ante la estúpida gritería de mercado con que requieren al público los
dogmáticos, cada uno de los cuales pregona: "Lo que enseñamos es verdadero
y falso lo que no es enseñado por nosotros".
¡Ah! ¡Qué espanto estremeció la consciencia de aquéllos "ciudadanos del mundo" ante semejantes "inhumanos" salvadores de
la humanidad, que irrumieron en un mundo que volvía a creer en la Belleza del Futuro, y,
con espumarajos en la boca, vinieron a proclamar su brutal ortodoxia!
¡Oh! ¡Qué repugnancias
no experimentaron en lo más profundo de sus abismos ésos Calvinos que quisieron extirpar la Esperanza en la Belleza del Futuro y convertir el mundo a su tiranía moral ante la visión de un Castalión!
Con trágica y perspicaz impotencia previeron
los sabios humanistas el daño que tales frenéticos pedantes del
fanatismo tenían que hacerle a Europa; escucharon el tambor de las armas vibrando
en sus palabras de exaltación, y adivinaron, en ese odio, la inminente y espantosa
guerra. Pero, aun viéndola, los humanistas no osaron
combatir por la verdad.
Sí, casi siempre en la vida están repartidos los destinos: los
que conocen no son los que hacen y los que hacen no son los que conocen.
Todos
aquéllos trágicos y afligidos humanistas se escribíaan unos a otros conmovedoras y
artísticas epístolas; se quejaban detrás de puertas bien cerradas, pero ninguno se presentaba en público para oponerse "al Anticristo". De
cuando en cuando, desde la sombra, atrevíase Erasmo a lanzar algunas flechas; Rabelais
arrancaba con el látigo descomunales carcajadas bajo su traje de bufón;
Montaigne, ese noble y prudente filósofo, ponía en sus Ensayos las más
elocuentes palabras, pero ninguno de ellos intentaba intervenir seriamente e
impedir ni una sola de aquellas infames persecuciones y ejecuciones. Con locos
furiosos, según reconocían todos esos "ciudadanos del mundo", no debe combatir el sabio; lo mejor, en tales tiempos -lección para ser aprendida por todos los cobardes- es
refugiarse en la sombra para evitar no ser cogido y sacrificado.
Castalión — y
ésta es su inmarcesible gloria —fue el único de todos aquéllos humanistas que
avanzó resueltamente al encuentro de su destino. De modo heroico, se atrevió a
alzar la voz en favor de los compañeros perseguidos, jugándose su propia
existencia.
Totalmente libre de fanatismo, aunque amenazado a cada instante por
los fanáticos; en absoluto libre de pasión, pero con una firmeza tolstoyana,
alzó, como una bandera, por encima de aquellos furibundos tiempos, su
declaración de que ningún hombre debe ser forzado jamás en sus opiniones y que
sobre la conciencia de un ser humano no le es lícito nunca ejercer violencia a
ninguna potestad de la Tierra; y como esta declaración no la formula en nombre
de ningún partido sino en el del imperecedero espíritu de la humanidad, sus
pensamientos, lo mismo que algunas de sus palabras, han quedado por encima del
curso de los tiempos.
Siempre, cuando están formulados por un verdadero
artista, conservan su sello los pensamientos de un universal valor humano, que
trascienden por encima de todos los tiempos; siempre son de mayor duración las
declaraciones que enlazan al mundo entero que las particulares, doctrinarias y
agresivas. Como modelo, sin embargo, para todas las generaciones posteriores
debería ser conservado el valor, no por nadie imitado y digno de serlo, de este
hombre olvidado.
Pues cuando Castalión, a despecho de todos los teólogos del
mundo, llama a Servet, víctima de Calvino, un asesinado inocente; cuando contra
todos los sofismas de Calvino arroja estas inmortales palabras: "Matar a
un hombre no es nunca defender una doctrina sino matar a un hombre";
cuando proclama, en su Manifiesto de la Tolerancia, de una vez para siempre,
(mucho antes de que lo hagan Locke, Hume, Voltaire y de modo mucho más magnífico
que ellos) el derecho a la libertad de pensamiento, entonces este hombre, como
prenda de sus convicciones, se juega su vida.
No, no se intente comparar la
protesta de Castalión por el asesinato legal de Miguel Servet con las cien
veces más célebres protestas de Voltaire en el caso de Calas y de Zola en el
affaire Dreyfus: esas comparaciones no llegan, ni de lejos, a la altura moral
de su acción. Pues Voltaire, cuando emprende la lucha en favor de Caías, vive
ya en un siglo más humano; detrás del poeta universalmente
famoso, se alza la protección de reyes y de príncipes; e igualmente se agolpa
como un invencible ejército detrás de Emilio Zola la admiración de toda
Europa, y del mundo entero. Uno y otro arriesgan, con su acto de socorro, mucho de
su reputación y de sus comodidades en favor de un destino ajeno, pero no su
propia vida, como Sebastián Castalión — y esta diferencia es decisiva — , en su combate a favor de la humanidad sufrió, en todo su asesino furor,
la inhumanidad de su siglo.
Del método y hasta el
último fondo de sus fuerzas, pagó Sebastián Castalión el precio de su heroísmo
moral. Conmueve el ver considerar cómo este proclamador de la benignidad, que
no quiere servirse de ninguna otra arma sino de las puramente espirituales, es
asfixiado por la fuerza bruta. ¡Ay! siempre y en cada caso vuelve a advertirse
la falta de perspectivas de triunfo que encuentra el hombre aislado,
constantemente sin otro poder detrás de sí que el del Derecho Moral cuando se
mete a luchar contra una organización cerrada.
Y es que siempre que una doctrina consigue adueñarse de los organismos del Estado y de todos sus instrumentos
de presión, elPoder acude sin pensarlo más al Terror; a quien discute su plena
potencia se le corta la voz a flor de garganta, y, en general, también la propia
garganta.
Calvino no respondió jamás seriamente a Castalión; sólo se propuso
enmudecerlo. Sus libros fueron destrozados, prohibidos, quemados,
secuestrados; se arrancó violentamente en el cantón vecino, mediante presión
política, la prohibición de que pudiera escribir, y no bien le fue imposible ya
responder, apenas le fue dado ya justificarse. Fue entonces cuando cayeron
sobre él lascalumnias de los perros de Calvino: pronto no se trató ya de un combate,
sino de una miserable opresión contra quien no podía ya defenderse. Pues
Castalión no puede hablar, no puede escribir; sus obras yacen silenciosas en la
anaquelería, mientras que Calvino tiene las imprentas y el púlpito, la cátedra
y el sínodo, toda la maquinaria de la fuerza del Estado, y la hace funcionar sin
ninguna compasión; cada paso de Castalión es vigilado, acechada cada una de sus
palabras, detenida cada una de sus cartas: no es milagro que tal organización
de mil cabezas triunfase sobre un hombre aislado; sólo una muerte prematura
salvó literalmente a Castalión de la proscripción o de la hoguera.
Pero tampoco
ante su cadáver se detuvo el odio frenético de los dogmáticos triunfantes.
Hasta en la fosa son arrojadas sobre él, como destructora cal, sospechas y
calumnias, y se derrama ceniza sobre su nombre; la memoria de este hombre único,
que no sólo combatió contra la dictadura de Calvino, sino, en general, contra
el principio de toda dictadura espiritual, debia quedar olvidada y perdida para
todos los tiempos.
Es verdad, la fuerza del terror estuvo a punto de lograr este último extremo contra
el indefenso cordero; pues no sólo la acción de este gran humanista sobre aquel tiempo quedó
estrangulada por aquella opresión metódica, sino que también, durante muchos
años, estuvo ahogada su fama póstuma; y aun hoy, un hombre culto no tiene que
avergonzarse en modo alguno por no haber leído jamás el nombre de Sebastián
Castalión, ni haberlo oído citar siquiera. Pues ¡cómo conocerlo cuando lo más
esencial de su obra quedó injustamente apartado de la imprenta por la censura,
durante decenios y centenios! Ningún impresor, en la proximidad de Calvino,
osaba publicar sus escritos, y mucho tiempo después de su muerte, cuando
aparecieron, era ya demasiado tarde para la debida fama. Mientras tanto, otros
adoptaron las ideas de Castalión; bajo otros nombres es proseguido el combate
en el cual él, el primer adalid, había caído demasiado pronto y casi sin ser
notado.
Muchos hombres están destinados a vivir en la sombra y morir en la
oscuridad: los sucesores han recolectado la gloria de Sebastián Castalión, y
aun hoy, en todos los libros escolares, puede leerse la errónea noticia de que
Hume y Locke fueron los primeros que difundieron por Europa la idea de la
tolerancia, como si la obra de Castalión sobre los heréticos no hubiese sido
nunca escrita ni impresa nunca. Está olvidada su gran acción moral, la lucha a
causa de Servet; olvidada la guerra contra Calvino, la del "mosquito
contra el elefante"; olvidada su obra: una insuficiente imagen de ella
dada por la edición conjunta holandesa de sus escritos, algunos manuscritos en
Suiza y en las bibliotecas holandesas, algunas frases de gratitud de sus
discípulos, eso es todo lo que queda de un hombre, a quien, con unanimidad, sus
contemporáneos celebraron no sólo como a uno de los hombres más sabios, sino
también como a uno de los más nobles de su siglo. ¡Qué deuda de gratitud hay
que pagar aún hoy a este olvidado! ¡La monstruosa injusticia queda todavía por
reparar!
Pues la Historia no
tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los
resultados; rara vez echa de menos una medida moral. Sólo contempla al vencedor
y deja en la sombra a los vencidos; sin reflexionar, estos "soldados
desconocidos" son arrojados a la fosa de los grandes olvidados; nulla crux, milla corona, ninguna cruz
ni corona celebra sus actos de sacrificio, desconocidos por haber sido vanos.
Mas, en realidad, no se puede calificar de vano ningún esfuerzo emprendido por
una pura convicción, ninguna muestra moral de fuerza queda jamás totalmente
perdida en el Universo. También, como vencidos, han realizado su sentido los
que sucumbieron, los que llegaron demasiado pronto con un ideal que trascendía
más allá de su tiempo; pues sólo creando testigos y convencidos que por ella
vivan y mueran está viva una idea sobre la Tierra. Ante el espíritu, las
palabras "victoria" y "derrota" cobran otra significación
diversa, y por ello, será necesario siempre y siempre, en un mundo que sólo
contempla los monumentos de los triunfadores, advertir que los verdaderos
héroes de la humanidad no son aquellos que, por encima de millones de tumbas y
de existencias destrozadas, erigieron su imperio transitorio, sino precisamente
aquellos otros que sucumbieron inermes bajo la violencia, como Castalión bajo Calvino,
en su lucha por la libertad del espíritu y el ilimitado avance de la humanidad
sobre la Tierra.