STEFAN  ZWEIG

CASTALION CONTRA CALVINO

(EN TORNO A LA HOGUERA DE SERVET)

TRADUCCIÓN  DEL ALEMÁN POR RAMÓN MARÍA TENREIRO

"La posteridad no podrá comprender

que de nuevo tuviéramos que vivir en medio de tan densas tinieblas,

después de que ya una vez había sido hecha la ley".

castelión. "De arte dubitandi". 1562.

 

INTRODUCCIÓN

 

"EL mosquito contra el elefante". Al principio produce un extraño efecto esta frase puesta por la propia mano de Sebastián Castalión en el ejemplar de Basilea de su escrito polémico contra Calvino y casi estaríamos a punto de sospechar que hay en ella una de las usuales exageraciones humanísticas. Pero las palabras de Castalión no fueron pensadas de un modo hiperbólico ni irónico. Con tan tajante comparación, este valiente quería sólo mostrar con toda claridad a su amigo Amerbach, hasta qué punto y de qué modo trágico era patente para él a qué gigantesco adversario desafiaba, al acusar públicamente a Calvino de haber asesinado a un hombre por pedantesco fanatismo, matando así la libertad de conciencia dentro de la Reforma. Desde el momento en que Castalión alza, como una lanza, su pluma para esta peligrosa contienda, sabe con precisión la flaqueza de todo ataque puramente espiritual contra la prepotencia de una dictadura, armada de arneses y corazas, y, con ello, la falta de perspectivas victoriosas de su empresa. Pues ¿cómo podría un hombre aislado, inerme, combatir y vencer a Calvino, detrás del cual se alzan millares y decenas de millares de hombres, y además, por encima de eso, toda la máquina militar del poder del citado? Gracias a una magnífica técnica organizadora Calvino logró convertir toda una ciudad, todo un Estado, con miles de ciudadanos hasta entonces libres, en una máquina de de obediencia rígida, con el fin de extirpar toda autonomía individual y secuestrar toda libertad de pensamiento en favor de su exclusiva doctrina. Todo lo que posee algún poder en la ciudad y en el Estado se somete a su omnipotencia; la totalidad de las autoridades y potestades, la municipalidad y el consistorio, la Universidad y el tribunal, las finanzas y la moral, los clérigos, las escuelas, los alguaciles, las prisiones, la palabra escrita, la hablada y hasta la murmurada en secreto. Su doctrina se ha convertido en ley, y a quien se atreva a alzar la más suave objeción en su contra enseguida conoce la prisión, el destierro o la hoguera; el razonamiento que concluye cualquier discusión en una tiranía espiritual es que Ginebra sólo consiente una única verdad y Calvino es su profeta.

Pero aun mucho más afuera de las murallas de la ciudad se extiende el siniestro poder de este hombre "siniestro"; las ciudades confederadas de Suiza ven en él al más importante aliado político; el protestantismo universal elige al violentissimus Christianus por su caudillo espiritual, príncipes y reyes esfuérzanse por lograr el favor del adalid eclesiástico que, frente a la Católica Romana, ha edificado en Europa la más poderosa organización de la Cristiandad. No hay acontecimiento temporal político que se realice sin que él lo sepa, apenas ninguno ya contra su voluntad. Llegó a ser tan peligroso enemistarse con el predicador de Saint Pierre como con el emperador o con el papa.

Y su adversario Sebastián Castalión, el cual, como idealista solitario, en nombre de la humana libertad de pensamiento, proclama su hostilidad contra ésta y cualquier otra tiranía espiritual, ¿quién es?

En verdad — comparado con la fantástica plenitud de poderes de Calvino — el mosquito contra el elefante. Una nulidad, un nadie, un nada, en el sentido de pública influencia, y además un indigente, un miserable pobre hombre de letras que con traducciones y lecciones domésticas sostiene trabajosamente mujer e hijos; un fugitivo en país extranjero, sin derechos de residencia ni de ciudadanía, doblemente emigrante. Y como siempre en tiempos de fanatismo universal, el hombre de sentido humano se alza impotente y completamente solo en medio de los fanáticos combatientes.

Durante largos años este grande y modesto humanista arrastra la más mísera existencia en las tinieblas de la persecución, en la pobreza, siempre en estrechez, pero también siempre libre, porque no está ligado a ningún partido ni se ha consagrado a ningún fanatismo. Pero su conciencia siente la poderosa llamada del deber a causa del asesinato de Servet, y Castalión, consciente de la diferencia, se alza por encima de sus pacíficas obras literarias para acusar a Calvino en nombre de la violación "de los derechos humanos"; es entonces cuando su soledad creció hasta lo heroico. Pues, su adversario, Calvino, habituado a la guerra, rodea y ataca de forma brutal a Castalión siguiendo un plan bien dispuesto; ningún partido, ni el católico ni el protestante, le ofrecen a Castalión su apoyo; ningún gran señor, ningún emperador ni rey, le tiende su mano protectora, como en otro tiempo hicieran con Lutero y Erasmo; y hasta los escasos amigos que lo admiran, hasta ellos mismossólo en secreto se atreven a infundirle bríos. Pues ¡qué peligroso, qué mortalmente peligroso es colocarse en público de parte de un hombre que, con impávido corazón, mientras que en todos los países los herejes, conforme a las opiniones de la época son acosados y torturados como bestias de carga, él solo alza su voz a favor de estos seres, esclavos y privados de derechos, y, pasando por encima del caso particular, les niega a todos los poderosos de la Tierra, de una vez y para siempre, el derecho a perseguir a cualquier ser humano a causa de sus opiniones!

He ahí un hombre que en uno de esos espantosos momentos de tinieblas espirituales que de cuando en cuando caen sobre los pueblos, se atreve a conservar clara su mirada y llamar por su verdadero nombre toda "piadosa carnicería", en apariencia ejecutada Ad Maiorem Dei Gloriam: ¡crímenes, más crímenes y siempre crímenes! ¡He ahí un hombre que provoca al combate con el más profundo sentimiento humanitario, el único que no puede soportar el silencio y con su desesperación clama al cielo por las inhumanidades que se cometen; hélo ahí luchando solo a favor de todos, solo contra todos! Pues nunca debe esperar muchos aliados, oh eterna cobardía de nuestra terrena estirpe, aquel que alza su voz contra los déspotas y contra los que confieren el poder de la horca. Tampoco Sebastián Castalión en "la hora de las tinieblas" tuvo consigo a nadie más que a su sombra, y ninguna fortuna aparte de la inalienable propiedad del artista luchador: la conciencia inflexible de un alma impoluta.

Mas justamente el que Sebastián Castalión conjeturara, desde el principio, la falta de perspectivas favorables a su lucha, y, a pesar de ello, obedeciendo a su conciencia la emprendiera; este santo "no obstante" y "aunque así sea", glorifica como héroe, para todos los tiempos, a ese "soldado desconocido" de la gran guerra de la liberación de la humanidad. Ya el valor de haber alzado, aislada y solitariamente, una ardiente protesta contra un terrorismo universal, debe hacer memorable la hostilidad de Castalión contra Calvino a ojos de todo hombre espiritual. Pero es que además en el planteamiento interno del problema supera en mucho el motivo circunstancial a la propia discusion histórica derivada del tema. Pues aquí no se trata de nada estrictamente teológico, no se trata del ser humano Servet, ni siquiera de la decisiva crisis entre el protestantismo liberal y el ortodoxo: durante la franca exposición de cuestiones es enunciado un problema mucho más dilatado y que se extiende a lo largo de los tiempos: inaugúrase una lucha, que, bajo otros nombres y en otras formas, tiene que volver a ser luchada otra vez de nuevo, una vez tras otra.

La teología no es aquí más que una máscara accidental de la época, y hasta Castalión y Calvino aparecen como exponentes sensibles de una invisible, pero irreductible, oposición. Es indiferente el nombre que se quiera dar a los polos de esta tensión permanente: ya tolerancia contra intolerancia, libertad contra tutela, humanidad contra fanatismo, individualidad contra mecanización, conciencia contra violencia; todos estos nombres expresan, en el fondo, una última, íntima y personalísima determinación: la de cuál elemento sea lo más importante para cada sujeto, lo humano o lo político, el ethos o el logos, la individualidad o la comunidad.

Esta implantación de límites entre la libertad y la autoridad, que siempre vuelve a presentarse como cosa precisa, no le es evitada a ningún pueblo, a ninguna época, ni a ningún pensador: pues la libertad no es posible sin la autoridad (pues se convertiría en un caos) ni la autoridad sin la libertad (pues llegaría a ser tiranía).

Es indudable que, en el fondo de la naturaleza humana, incide un misterioso afán de autodisolverse en la comunidad; permanece inextinguible nuestro primitivo impulso de encontrar determinado sistema religioso, nacional o social, que aporte para el total de la humanidad, con toda justicia, una paz y un orden definitivos.

El Gran Inquisidor de Dostoiewski muestra, con dialéctica cruel, cómo la mayor parte de los hombresle tienen miedo a su propia libertad, y, en forma positiva, por fatiga frente a la agotadora pluralidad del problema, frente a la complicación y responsabilidad de la vida, la gran masa anhela una mecanización del mundo por medio de un orden definitivo, aplicable a todos, absoluto, que les quite de encima el trabajo de pensar.

Esta nostalgia mesiánica de la supresión de los problemas existenciales constituye el auténtico fermento que les allana los caminos a todos los profetas sociales y religiosos; cuando los ideales de una generación han perdido su fuego y sus colores, se necesita sólo un hombre sugestivo para ser declarado que él, y sólo él, ha encontrado o inventado las nuevas verdades; y la confianza de millares de hombres se precipita hacia el presunto redentor de un pueblo o del mundo, pues una nueva ideología crea siempre al principio (y éste es su auténtico sentido metafísico) un nuevo idealismo sobre la tierra.

Aquel que les regala a los hombres una nueva creencia en la unidad y en la pureza suscita primeramente en ellos las más santas fuerzas: su voluntad de sacrificio, su entusiasmo. Y millones de seres humanos, como por efecto de un hechizo, se sienten dispuestos a dejar que se apodere de ellos aquel hombre, a que su espíritu sea fecundado por él, hasta a ser esclavizados; y cuanto más exige de ellos tal proclamador y prometedor, más rendidos se le muestran. Aquello que aun ayer constituía su placer más alto, la libertad, arrójanlo de sí gustosos, por amor a él, para dejarse guiar aun más sin resistencia, y la antigua frase de Tácito "ruere in servitium" vuelve a cumplirse una y otra vez, en forma que, con una ardiente embriaguez de solidaridad, los pueblos se arrojan voluntariamente en la servidumbre y todavía glorifican al látigo que les golpea.

Ahora bien, para todo hombre espiritual hay algo sublime en el pensamiento de que siempre es una idea, la fuerza más inmaterial de la Tierra, lo que realiza semejante inverosímil milagro de sugestión en nuestro viejo mundo, prosaico y dominado por la técnica, y con facilidad se cae en la tentación de admirar y celebrar a estos fascinadores del mundo por haber logrado con el espíritu transformar a la obtusa materia. Mas, oh fatalidad, estos idealistas y utópicos, apenas "el día después" de la victoria amanece, se revelan como los peores traidores del espíritu.

El poder impulsa a la omnipotencia, la victoria al abuso de la victoria, y, en lugar de contentarse con haber entusiasmado a tantos hombres con su fe en su persona, hasta el punto de que están alegremente dispuestos a vivir y aun a morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en unanimidad y de querer imponer también su dogma a los que no pertenecen a ningún partido; no les basta con sus gentes acomodaticias, sus alabarderos, sus almas esclavas, los eternos concurrentes a todo movimiento, ¡no!, también quieren poseer como lisonjeadores y siervos a los seres libres, a los pocos independientes, y, para erigir su dogma en exclusivo, estigmatizan como criminal, con el poder del Estado, toda opinión adversa.

Eternamente, en todas las ideologías religiosas y políticas, se renueva esta maldición de caida en la tiranía tan pronto como se se alcanza la dictadura del pensamiento. Sin embargo es desde el momento en que un ser espiritual no confía ya en la fuerza inmanente de su verdad, sino que acude al Poder que le declara la guerra a la Libertad. No importa cuál sea la Idea: desde el momento en que se acuden al Terror para uniformar y gobernar convicciones ajenas, el Idealismo deviene Brutalidad.

Hasta la verdad más pura, si es impuesta a otros hombres con violencia, se convierte en pecado contra el espíritu.

Pero el espíritu es un elemento misterioso. Inaprensible e invisible como el aire parece acomodarse indulgente a todas las formas y fórmulas. Y por su pureza conduce a los caracteres despóticos a la creencia de que se le puede exprimir por completo, encerrarlo, encorcharlo y servirlo en botellas. Empero toda opresión desarrolla una fuerza dinámica de reacción, y justamente cuando está más reprimido y comprimido el espíritu se convierte en un explosivo letal; y de esta manera toda opresión conduce, más pronto o más tarde, a la rebelión.

A la larga — ¡eterno consuelo! — es indestructible la independencia moral de la humanidad. Jamás triunfó, hasta ahora, el imponer dictatorialmente a toda la Tierra una única religión, una única filosofía, una única opinión, y jamás habrá de triunfarse en tal empresa, pues el espíritu siempre sabrá resistirse a todo sometimiento a servidumbre, siempre sabrá negarse a pensar según formas prescritas, a achancarse y a languidecer, a dejarse regir con cacicatería y uniformidad. ¡Qué vulgar y vano es, por ello, todo esfuerzo que pretenda reducir a un común denominador la divina pluralidad de la existencia, dividir toda la humanidad en negra o blanca, en buenos y malos, en temerosos de Dios y herejes, en obedientes al Estado y en enemigos suyos, por razón de principios sólo establecidos en virtud del derecho de la fuerza!

En todos los tiempos se encuentran ésos espíritus independientes dispuestos a sublevarse contra tal opresión de la Libertad , "conscientious objectores", espíritus decididos que se negaron y se niegan, a pesar de toda coacción de las conciencias, a ser esclavos; y jamás se dio una época tan bárbara, una tiranía no importa lo sistemática, sin que algunos hubiera quien supiera zafarse de la opresión general de las masas y defender su derecho a una convicción personal contra todos los monomaniacos del mundo que tratan de imponer su verdad, única y exclusiva, con el Poder de la Violencia.

También el siglo XVI, aunque muy semejante al nuestro (Siglo XX) en la sobreexcitación de sus desaforadas ideologías, conoció algunas de esas almas, libres e insobornables. Si se leen las cartas de los humanistas de aquellos días, siéntese fraternalmente su profundo duelo por las perturbaciones causadas en el mundo por la violencia; con emoción, se sufre con ellos la repugnancia de su alma ante la estúpida gritería de mercado con que requieren al público los dogmáticos, cada uno de los cuales pregona: "Lo que enseñamos es verdadero y falso lo que no es enseñado por nosotros".

¡Ah! ¡Qué espanto estremeció la consciencia de aquéllos "ciudadanos del mundo" ante semejantes "inhumanos" salvadores de la humanidad, que irrumieron en un mundo que volvía a creer en la Belleza del Futuro, y, con espumarajos en la boca, vinieron a proclamar su brutal ortodoxia!

¡Oh! ¡Qué repugnancias no experimentaron en lo más profundo de sus abismos ésos Calvinos que quisieron extirpar la Esperanza en la Belleza del Futuro y convertir el mundo a su tiranía moral ante la visión de un Castalión!

Con trágica y perspicaz impotencia previeron los sabios humanistas el daño que tales frenéticos pedantes del fanatismo tenían que hacerle a Europa; escucharon el tambor de las armas vibrando en sus palabras de exaltación, y adivinaron, en ese odio, la inminente y espantosa guerra. Pero, aun viéndola, los humanistas no osaron combatir por la verdad.

Sí, casi siempre en la vida están repartidos los destinos: los que conocen no son los que hacen y los que hacen no son los que conocen.

Todos aquéllos trágicos y afligidos humanistas se escribíaan unos a otros conmovedoras y artísticas epístolas; se quejaban detrás de puertas bien cerradas, pero ninguno se presentaba en público para oponerse "al Anticristo". De cuando en cuando, desde la sombra, atrevíase Erasmo a lanzar algunas flechas; Rabelais arrancaba con el látigo descomunales carcajadas bajo su traje de bufón; Montaigne, ese noble y prudente filósofo, ponía en sus Ensayos las más elocuentes palabras, pero ninguno de ellos intentaba intervenir seriamente e impedir ni una sola de aquellas infames persecuciones y ejecuciones. Con locos furiosos, según reconocían todos esos "ciudadanos del mundo", no debe combatir el sabio; lo mejor, en tales tiempos -lección para ser aprendida por todos los cobardes- es refugiarse en la sombra para evitar no ser cogido y sacrificado.

Castalión — y ésta es su inmarcesible gloria —fue el único de todos aquéllos humanistas que avanzó resueltamente al encuentro de su destino. De modo heroico, se atrevió a alzar la voz en favor de los compañeros perseguidos, jugándose su propia existencia.

Totalmente libre de fanatismo, aunque amenazado a cada instante por los fanáticos; en absoluto libre de pasión, pero con una firmeza tolstoyana, alzó, como una bandera, por encima de aquellos furibundos tiempos, su declaración de que ningún hombre debe ser forzado jamás en sus opiniones y que sobre la conciencia de un ser humano no le es lícito nunca ejercer violencia a ninguna potestad de la Tierra; y como esta declaración no la formula en nombre de ningún partido sino en el del imperecedero espíritu de la humanidad, sus pensamientos, lo mismo que algunas de sus palabras, han quedado por encima del curso de los tiempos.

Siempre, cuando están formulados por un verdadero artista, conservan su sello los pensamientos de un universal valor humano, que trascienden por encima de todos los tiempos; siempre son de mayor duración las declaraciones que enlazan al mundo entero que las particulares, doctrinarias y agresivas. Como modelo, sin embargo, para todas las generaciones posteriores debería ser conservado el valor, no por nadie imitado y digno de serlo, de este hombre olvidado.

Pues cuando Castalión, a despecho de todos los teólogos del mundo, llama a Servet, víctima de Calvino, un asesinado inocente; cuando contra todos los sofismas de Calvino arroja estas inmortales palabras: "Matar a un hombre no es nunca defender una doctrina sino matar a un hombre"; cuando proclama, en su Manifiesto de la Tolerancia, de una vez para siempre, (mucho antes de que lo hagan Locke, Hume, Voltaire y de modo mucho más magnífico que ellos) el derecho a la libertad de pensamiento, entonces este hombre, como prenda de sus convicciones, se juega su vida.

No, no se intente comparar la protesta de Castalión por el asesinato legal de Miguel Servet con las cien veces más célebres protestas de Voltaire en el caso de Calas y de Zola en el affaire Dreyfus: esas comparaciones no llegan, ni de lejos, a la altura moral de su acción. Pues Voltaire, cuando emprende la lucha en favor de Caías, vive ya en un siglo más humano; detrás del poeta universalmente famoso, se alza la protección de reyes y de príncipes; e igualmente se agolpa como un invencible ejército detrás de Emilio Zola la admiración de toda Europa, y del mundo entero. Uno y otro arriesgan, con su acto de socorro, mucho de su reputación y de sus comodidades en favor de un destino ajeno, pero no su propia vida, como Sebastián Castalión — y esta diferencia es decisiva — , en su combate a favor de la humanidad sufrió, en todo su asesino furor, la inhumanidad de su siglo.

Del método y hasta el último fondo de sus fuerzas, pagó Sebastián Castalión el precio de su heroísmo moral. Conmueve el ver considerar cómo este proclamador de la benignidad, que no quiere servirse de ninguna otra arma sino de las puramente espirituales, es asfixiado por la fuerza bruta. ¡Ay! siempre y en cada caso vuelve a advertirse la falta de perspectivas de triunfo que encuentra el hombre aislado, constantemente sin otro poder detrás de sí que el del Derecho Moral cuando se mete a luchar contra una organización cerrada.

Y es que siempre que una doctrina consigue adueñarse de los organismos del Estado y de todos sus instrumentos de presión, elPoder acude sin pensarlo más al Terror; a quien discute su plena potencia se le corta la voz a flor de garganta, y, en general, también la propia garganta.

Calvino no respondió jamás seriamente a Castalión; sólo se propuso enmudecerlo. Sus libros fueron destrozados, prohibidos, quemados, secuestrados; se arrancó violentamente en el cantón vecino, mediante presión política, la prohibición de que pudiera escribir, y no bien le fue imposible ya responder, apenas le fue dado ya justificarse. Fue entonces cuando cayeron sobre él lascalumnias de los perros de Calvino: pronto no se trató ya de un combate, sino de una miserable opresión contra quien no podía ya defenderse. Pues Castalión no puede hablar, no puede escribir; sus obras yacen silenciosas en la anaquelería, mientras que Calvino tiene las imprentas y el púlpito, la cátedra y el sínodo, toda la maquinaria de la fuerza del Estado, y la hace funcionar sin ninguna compasión; cada paso de Castalión es vigilado, acechada cada una de sus palabras, detenida cada una de sus cartas: no es milagro que tal organización de mil cabezas triunfase sobre un hombre aislado; sólo una muerte prematura salvó literalmente a Castalión de la proscripción o de la hoguera.

Pero tampoco ante su cadáver se detuvo el odio frenético de los dogmáticos triunfantes. Hasta en la fosa son arrojadas sobre él, como destructora cal, sospechas y calumnias, y se derrama ceniza sobre su nombre; la memoria de este hombre único, que no sólo combatió contra la dictadura de Calvino, sino, en general, contra el principio de toda dictadura espiritual, debia quedar olvidada y perdida para todos los tiempos.

Es verdad, la fuerza del terror estuvo a punto de lograr este último extremo contra el indefenso cordero; pues no sólo la acción de este gran humanista sobre aquel tiempo quedó estrangulada por aquella opresión metódica, sino que también, durante muchos años, estuvo ahogada su fama póstuma; y aun hoy, un hombre culto no tiene que avergonzarse en modo alguno por no haber leído jamás el nombre de Sebastián Castalión, ni haberlo oído citar siquiera. Pues ¡cómo conocerlo cuando lo más esencial de su obra quedó injustamente apartado de la imprenta por la censura, durante decenios y centenios! Ningún impresor, en la proximidad de Calvino, osaba publicar sus escritos, y mucho tiempo después de su muerte, cuando aparecieron, era ya demasiado tarde para la debida fama. Mientras tanto, otros adoptaron las ideas de Castalión; bajo otros nombres es proseguido el combate en el cual él, el primer adalid, había caído demasiado pronto y casi sin ser notado.

Muchos hombres están destinados a vivir en la sombra y morir en la oscuridad: los sucesores han recolectado la gloria de Sebastián Castalión, y aun hoy, en todos los libros escolares, puede leerse la errónea noticia de que Hume y Locke fueron los primeros que difundieron por Europa la idea de la tolerancia, como si la obra de Castalión sobre los heréticos no hubiese sido nunca escrita ni impresa nunca. Está olvidada su gran acción moral, la lucha a causa de Servet; olvidada la guerra contra Calvino, la del "mosquito contra el elefante"; olvidada su obra: una insuficiente imagen de ella dada por la edición conjunta holandesa de sus escritos, algunos manuscritos en Suiza y en las bibliotecas holandesas, algunas frases de gratitud de sus discípulos, eso es todo lo que queda de un hombre, a quien, con unanimidad, sus contemporáneos celebraron no sólo como a uno de los hombres más sabios, sino también como a uno de los más nobles de su siglo. ¡Qué deuda de gratitud hay que pagar aún hoy a este olvidado! ¡La monstruosa injusticia queda todavía por reparar!

Pues la Historia no tiene tiempo para ser justa. Como frío cronista, no toma en cuenta más que los resultados; rara vez echa de menos una medida moral. Sólo contempla al vencedor y deja en la sombra a los vencidos; sin reflexionar, estos "soldados desconocidos" son arrojados a la fosa de los grandes olvidados; nulla crux, milla corona, ninguna cruz ni corona celebra sus actos de sacrificio, desconocidos por haber sido vanos. Mas, en realidad, no se puede calificar de vano ningún esfuerzo emprendido por una pura convicción, ninguna muestra moral de fuerza queda jamás totalmente perdida en el Universo. También, como vencidos, han realizado su sentido los que sucumbieron, los que llegaron demasiado pronto con un ideal que trascendía más allá de su tiempo; pues sólo creando testigos y convencidos que por ella vivan y mueran está viva una idea sobre la Tierra. Ante el espíritu, las palabras "victoria" y "derrota" cobran otra significación diversa, y por ello, será necesario siempre y siempre, en un mundo que sólo contempla los monumentos de los triunfadores, advertir que los verdaderos héroes de la humanidad no son aquellos que, por encima de millones de tumbas y de existencias destrozadas, erigieron su imperio transitorio, sino precisamente aquellos otros que sucumbieron inermes bajo la violencia, como Castalión bajo Calvino, en su lucha por la libertad del espíritu y el ilimitado avance de la humanidad sobre la Tierra.