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CRONICAS GALILEAS
Tradición frente a Verdad
El problema de la recreación de la vida de los
Apóstoles, en este caso concreto la vida de San Pedro tiene por obstáculo
número uno la tradición que sobre su persona levantaron los siglos. Digamos que
el fenómeno de protección de las imágenes predeterminadas, defendidas por la
tradición, tiene su punto de vista positivo frente a la manipulación de los que
probaron suerte y acabaron publicando una iconografía literaria ajena del todo
al modelo real. Pero este sentido positivo no debe obviar que habiendo estado
sujeto nuestro mundo a un crecimiento de la inteligencia desde unos principios
pobres, el enriquecimiento a que este crecimiento conduce sea la necesaria
revisión de las posturas a fin de reconstruir los objetivos del conocimiento
acorde a la libertad de quien sólo busca la verdad y jamás la utilización de la
verdad al servicio de intereses secretos, privados o siquiera públicos.
Es cierto, causas complejas se levantan por medio a
la hora de comprender por qué defendiendo la verdad la iglesia misma fue
incapaz de reconstruir la vida de su santo por excelencia, San Pedro. Nuestro
trabajo tiene que mirar a la verdad siguiendo la Ley que nos anima: "Nada
hay oculto que no llegue a descubrirse y venga a luz". Si lo que viene a
luz es causa de terror para quienes no aman la verdad éste es el problema de
quienes tiemblan delante de la verdad; a los hijos de la verdad el efecto de
ésta sobre el extraño no es causa de objeción y menos carretera a un problema.
No olvidemos que el pueblo de los milenios pasados
tendía por inercia a ser conservador - no confundir esta tendencia conservadora
con su afectación política -, y por todos los medios tendía a pensar cuanto
menos mejor, esclavos como eran de sus circunstancias. Y en lo que se refiere a
quienes se declararon sus amos, patrones, pastores, etcétera, éstos estaban
demasiado preocupados en mantenerlos "esclavos", "siervos",
"obreros", "buenos ciudadanos", como para perder el tiempo
averiguando si Pedro fue pariente de Jesús y en qué grado le correspondía ese
parentesco, por ejemplo.
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Nos adentramos en el Misterio de la Vida de Pedro el
Pescador desde una posición sinceramente apócrifa, - bueno, apócrifa lo que se
dice apócrifa: no, porque yo soy el que soy, no firmo con el nombre de otro -,
pero sí, en verdad, profana, para nada profesional, y que, por tanto, no se
sujeta a ninguna regla histórica ni es deudora de ningún método de
investigación, más que nada porque no estando yo a sueldo de nadie a nadie le
debo erre, y no teniendo sobre mi pensamiento más autoridad que la Verdad nadie
puede imponerme punto o coma, y únicamente a la Verdad remito mis pensamientos.
Y como la Verdad es quien es, y si no me equivoco yo soy hijo de la Verdad, me
temo que mi pensamiento viene a la manera que el fruto de la flor, es
decir, determinado por su propia naturaleza. Razonamiento éste particular mío
que no busca complacer a nadie y sí, en lo posible, sentar las bases de mi
investigación. Hay que empezar, entonces, por el principio, por el Hombre, por
aquél pescador, hermano de Andrés, a quien un día éste le anunció que habían
encontrado al Mesías. Las palabras exactas según alguien que conocía a los dos
hermanos son: "Era Andrés, el hermano de Simón Pedro, uno de los dos que
oyeron a Juan y le siguieron. Encontró él luego a su hermano Simón y le dijo:
Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo. Le condujo a Jesús, que,
fijando en él la vista, dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado
Cefas, que quiere decir Pedro". Inmediatamente, de acuerdo a Mateo, Jesús
se retira al desierto, hasta donde le siguen Andrés y Juan por un día,
regresando a sus casa para darle la noticia a sus hermanos. Cuando Jesús
regresa del desierto comienza a reunir a todos sus Discípulos y todos le
siguen, dirigiéndose todos a Caná, donde estaba la Madre de Jesús y los
hermanos de Jesús, y a cuya boda de estos parientes de Jesús y su Madre son
invitados todos los Discípulos.
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Es el tercer día, según Juan.
Y ya tenemos a todos los Discípulos en la famosa
boda de Caná o Canaán, donde Jesús hizo su primer milagro. De donde inmediatamente después
bajaron a Cafarnaúm "y permanecieron allí algunos días". Enseguida
Juan corta su Evangelio en Cafarnaúm y del Principio pasa volando al Fin,
Jerusalén, queriendo dejar claro que desde el principio Jesús conocía el Fin, y
nada ni nadie en este mundo podía cerrarle el camino a la Cruz. El Cordero de
Dios había nacido para ser sacrificado en expiación de todos los pecados del
mundo, cometidos en la Ignorancia, y así debía ser. Al principio era imposible
que los Discípulos pudieran comprender a Jesús; únicamente consumada la
Resurrección pudieron ver en Jesús a Cristo, y de aquí el salto colosal del Principio al Fin con el que Juan rompe
todos los moldes de hacer Historia y sorprende a todo el mundo trastocando
fechas en el tiempo.
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El Evangelista - en el caso de la sucesión dinámica:
Bautizo, Desierto, Boda, Cafarnaúm, Jerusalén - no está mirando al hombre sino
al Espíritu que había en el hombre. Mas nosotros, que somos sus lectores y no
sus consejeros ni sus intérpretes ni sus traductores ni siquiera sus iguales,
y visto esto nos quedamos en el tiempo y vemos cómo personas de distintas
localidades, pues Jesús y sus hermanos se habían criado en Nazaret, de aquí que
le llamaran Nazareno, y Pedro y Andrés, criados en las orillas del
Mar de Galilea, pues eran Pescadores, curiosamente se hallen en la misma fiesta
de nupcias, disfrutando de la misma celebración de bodas. Punto sin
importancia, o al menos jamás la ha tenido hasta ahora, pero que a nosotros,
perspicaces ojos que escudriñan las interiores de las piedras, nos sirve de
indicador y, conociendo la estructura social judía, muy parecida a la cristiana
tradicional, porque no en vano el cristianismo heredó el sentido de la vida del
judaísmo, exceptuando la Fe Cristiana, se entiende, debemos concluir que los
discípulos de Jesús y la Familia de María de Nazaret se hallaban en Caná de
Galilea, según el Evangelista, y es demasiado tarde para dudar de su palabra, no
por azar, ni como consecuencia de estar ellos exclusivamente siguiendo a Jesús, sino
celebrando la boda de un pariente común. O sea, aquel Jesús que "caminando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos: Simón, que
se llama Pedro, y Andrés su hermano, los cuales echaban la red en el mar, pues
eran pescadores; y les dijo: Venid en pos de mí y os haré pescadores de
hombres. Y ellos dejaron al instante las redes y le siguieron"; Aquel
Jesús que se acercó a la barcas de Pedro y de Santiago, lo
mismo Jesús que ellos todos eran parientes de los
novios en honor de los cuales Canaán celebraba su boda.
A partir de aquí la sucesión que nos presenta Juan
en su Evangelio es la siguiente: Jesús es bautizado y el Bautista les descubre
a Andrés y Juan: Cristo en el hijo de María de Nazaret. Inmediatamente Jesús se
retira al desierto, de donde regresa a llamar a sus primeros Discípulos, con
quienes asiste a las bodas de Caná. No es la Hora de Jesús pero sí el tiempo de
descubrirse delante de sus futuros Apóstoles y darles a ver el Profeta el
anunciado por Moisés diciendo: "Yavé, os enviará de entre vuestros
hermanos un profeta como yo, aquel que no escuche su palabra será borrado de su
pueblo". Si al pronto, cuando Jesús les dijera "Venid en pos de mí y os
haré pescadores de hombres" los Cuatro Hermanos no pudieron entender
exactamente de qué estaba hablando, después de Caná lo que Pedro y Santiago
habían sabido siempre, que el hijo de María era el legítimo heredero vivo de la
Corona de David, quedó confirmado ya para siempre.
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Y seguimos adelante. Juan está en el Jordán; las
multitudes de pecadores van a bautizarse a él y llega el día en que se la
acerca Aquél de quien su Dios le había dicho: "Sobre el que vieres
descender el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que bautiza en el Espíritu
Santo". Nuestra pregunta es lógica: ¿qué es lo que vio Juan?, pues se
dice: "Y yo vi". Es San Mateo quien viene a echarnos un cable.
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Jesús vino de Galilea al Jordán para bautizarse.
Juan se le oponía, pero al fin dobla sus rodillas y se lo permite. Bautizado
Jesús, salió luego del agua; y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al
Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él... Nueva cuestión: ¿La
vio -la paloma- exclusivamente Juan o fue vista de todos los que estaban allí?
A lo que San Lucas responde con su habitual claridad: Aconteció, pues, cuando
todo el pueblo se bautizaba, que, bautizado Jesús y orando, se abrió el cielo,
y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma... Es decir,
no fue una visión, fue una paloma de carne y hueso la que se posó en Jesús, y
ésta fue la señal visible por la que el Bautista vio, y dio testimonio "de
que éste es el Hijo de Dios". Señal que vio todo el que estuvo allí aquel
día y que, fuera de lo alucinante del hecho de encontrarse una paloma en el
desierto, nadie le dio la importancia que esa paloma tenía para el Bautista.
Porque, en efecto, ¿desde cuándo vuelan las palomas en el desierto? Tal vez tendríamos que pedirle a un amante de las aves que nos explique si este comportamiento es propio de una paloma, eso de pasearse por el desierto. La respuesta como si nos la diera: Sí, si es una paloma mensajera
Me dirá alguno ¿y que importancia tiene que una paloma hiciera de Juan Salvador Gaviota y por una vez en la Historia del Universo un ave sirviera a su Creador haciendo de mensajero? Yo le responderé que no sería la primera vez, ya en otra ocasión otra hermana de esta paloma del desierto sirvió a su creador llevando en su pico una ramita de olivo, según está escrito hablando de Noé. La importancia a la que le presto mi alucinación mira al destierro de la imagenería de esa foto sobre una paloma místicoide, no carnal, surgiendo de los cielos etéreos para dejarse ver exclusivamente por el Bautista. Ataque que emprendo en base a que su palabra no hubiera tenido ningún valor como testigo ante las orejas de quienes le oyeron dar testimonio, diciendo:
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"Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me
dijo: Sobre el que vieres descender el Espíritu y posarse sobre El, ése es el
que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo ví, y doy testimonio de que éste es el
Hijo de Dios". Visión que San Lucas especifica, como hemos visto,
aclarando que la Señal vino en forma de paloma de carne y hueso, de manera que
todos los presentes, incluídos los hermanos de Pedro y Santiago, tuvieron ojos
para ver lo que estaba viendo el Bautista, aunque no podían comprender el
sentido de este acontecimiento; ¡una paloma que atraviesa el desierto y viene a
posarse en Jesús!, y jamás hubieran penetrado en su sentido de no haberles
descubierto Juan el misterio, símbolo manifiesto de cómo Dios sacaba de su
pueblo a un hombre, y posando en él su Espíritu nos lo enviaba a todos
nosotros, su creación entera, para cerrar una Era y abrir otra Nueva.
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Jesús sale del agua, Andrés y Juan lo siguen, y por
un día se internan en el desierto, desde donde Jesús los despide, y se adentra
El solo en el desierto de las tentaciones con el espíritu de quien va a
encontrarse cara a cara con su enemigo. Ha llegado la Hora del Duelo entre el
Hijo de Eva y el Jefe de los Rebeldes, aquél Satán que en forma de Serpiente,
esta vez no corporal, le dijera a la mujer de Adán: "No; no moriréis, es
que sabe Dios que el día de que él comais seréis como dioses, conocedores del
bien y del mal".
El Día de Yavé, "día de Venganza y de Cólera,
día de Juicio y de Terror" para todos los enemigos de Dios que se alzaron
contra su Espíritu y pretendieron poner su voluntad sobre la Voluntad de Dios
Omnipotente, ese Día había llegado. ¡El Campeón del Cielo contra el Campeón del
Infierno! El Cielo, tomando la causa del Hombre en sus manos, había elegido al
más grande de sus hijos, al Primogénito del Dios de dioses, al Rey de reyes del
Paraíso, el Unigénito Hijo de Dios en persona caminando al encuentro del
Asesino de Adán. Como se miran a la cara dos contendientes que van a
enfrentarse a muerte y sujetan su Duelo a Ley, así el Hijo del Eterno subía por
el desierto al encuentro de aquél sobre cuya cabeza debía dejar caer el Campeón
de Dios su puño, cumpliéndose la Escritura que por nosotros debía cumplirse, y
que sin El nos hubiera sido imposible realizar: "Te aplastará la
cabeza", sin piedad, sin misericordia,¡Infierno al Infierno, tinieblas a
las Tinieblas!
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La Ley obligaba al Juez del Caso Adán a reclamar la
Sangre de la Víctima mediante y exclusivamente a través de la mano de un
semejante del muerto, es decir, de otro hombre, pues la Ley dice: "El que
derramare la sangre humana, por mano de hombre será derramada la suya; porque
el hombre ha sido hecho a imagen de Dios" (Génesis, 9). Ley, en
consecuencia, de la que se ve la Necesidad de la Encarnación; porque si de la
sangre de un hombre únicamente podía Dios reclamar justicia enviando a otro
hombre contra el asesino, se entiende que de un hijo de Dios cualquier hijo de
Dios podía ser Enviado por el Juez para apresarlo y hacerlo comparecer ante
Juicio. Mirando a esta Sabiduría la Genealogía de Jesús remonta su línea hasta
Adán, del que dice: "Adán, Hijo de Dios".
La Ley, por tanto, establecía entre los hijos de
Dios la imposibilidad de tomarse la Venganza por su Mano. Ningún hijo de Dios
nacido de otra creación podía intervenir en el Curso de la Historia del Género
Humano. Criaturas todas, de carne y hueso todos los hijos de Dios, era
imposible para todos ellos proclamarse el Vengador de la muerte de Adán.
Imposibilidad Divina en la que tenía el Homicida su confianza puesta.
Caberle en la cabeza al Enemigo de Dios y su Reino que el Padre de todos los Pueblos de la Creación fuera a darnos por Campeón y Héroe a su Unigénito, Su Niño, su Mano Derecha, la luz de sus ojos, no le cabía. Y no le cabía por lógica. Primero, porque siendo el Unigénito de la misma Naturaleza que su Padre, Dios, y la Ley establecía la Necesidad de un hombre como Campeón de la Sangre de Adán, por esta sencilla Verdad el Único que podría satisfacer la Victoria quedaba fuera de juego. Y segundo, porque Dios no iba a exponer a "su Niño" a un Duelo a muerte. Acorde, pues, al pensamiento del Asesino de Adán, el Género Humano estaba perdido y su Destino era la Autodestrucción, según había sido escrito: "Polvo eres y al polvo volverás".
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Porque habiendo Dios sujetado la Restauración del Género Humano
al resultado del Duelo a muerte entre el Hijo de Eva y el Jefe de los Rebeldes
respecto a los cuales dijera Dios en Moisés: "Generación malvada y
perversa", y creyendo en la Imposibilidad de su Derrota a manos de un
descendiente de su Primera Víctima, Satán se paseaba por la Historia de la
Tierra, como vemos en el Libro de Job, haciendo y deshaciendo a su antojo.
No era, como se ve, moco de pavo la Contradicción y
la Paradoja creadas a raiz de la Caída. Por la Ley sólo un hombre podía
enfrentarse a duelo a muerte con el Maligno, porque de otro modo sería
imposible que se entregara el Rebelde, y por la Ley ningún hijo de Dios,
excepto el Unigénito, podía ser el Elegido para proceder a esta encarcelación.
Pero siendo de la misma Naturaleza que el Padre, el Hijo no podía ser suscrito
como Campeón de la Humanidad - de acuerdo al pensamiento del Diablo. Error que
le costaría la Libertad, porque este presupuesto negaba la Veracidad de la
Filiación de toda la Casa de Dios. Ahora bien, si el Diablo y su corte del
Infierno procedía a tomar por vana la Creación a Imagen de su Creador, Dios
quiso estrangular este pensamiento mediante la Elección de Aquel por quien todo
lo hace y en su Encarnación Fundar la Veracidad de su Paternidad sobre toda su
Casa en la Sangre de su Hijo Unigénito, estableciendo por la Gracia de su
Primogenitura la Veracidad de todo hijo de Dios, pues aunque por adopción, ésta
es legítima y eterna, y de aquí, como dijera nuestro Apóstol: llamamos a Dios
con palabras del Unigénito, diciendo "Padre".
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Y allá iba, el Unigénito de su Padre y Primogénito
entre sus hermanos, Jesús, el hijo de María, la hija de Betsabé, de Rut, de
Sara, de Eva, acompañado de dos de sus parientes más queridos, Andrés y Juan,
subiendo por el camino del desierto al encuentro del Enemigo de su Padre Eterno
y de su propia Corona, la Corona del Rey del Universo, contra cuya Cabeza
estaba dispuesto a estrellar Su Puño el mismo que hiciera resonar su
Topododerosa Voz en las Tinieblas, diciendo: "Haya Luz". Aquel Dios
Hijo Unigénito, nuestro Creador y Campeón, Rey y Salvador, Padre y Maestro, hecho
hombre, superando la Imposible Encarnación, Puerta que según el Diablo jamás
abriría Dios, se vuelve hacia los dos jóvenes y los despide, diciéndoles: Nos
veremos en Canán, decidle a Pedro y a Santiago que estén prestos. Es el hijo de
María de Nazaret quien les habla, es el Jefe espiritual del Clan Davídico de
Galilea, el heredero legítimo de la casa de Salomón quien les habla. Y ellos se vuelven.
Cuando Jesús regresa y va a por los hijos del Zebedeo y sus parientes, el yerno de la suegra de Pedro y el hermano menor de éste, aquél Andrés que le dijera: "Hemos descubierto al Mesías", éstos le siguen a Caná porque estaban invitados a la boda, y se quedan sorprendidos por las palabras del hijo de María de Nazaret: "Venid y os haré pescadores de hombres". Punto éste, la relación de parentesco entre Pedro y Jesús, que sube un punto más el nivel y nos obliga a viajar por el tiempo a una fecha un poco más atrás.
Regresemos al tiempo del regreso de la Cautividad, durante los días de Ciro el Grande, cuando una caravana de expatriados es repatriada a su hogar nacional, liderada la multitud por su príncipe natural: Zorobabel, el heredero legítimo de la Corona de los reyes de Judá, hijo de David, hijo de Salomón...
Crónicas Precristianas
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A la luz de las conclusiones que se han ido
elaborando a partir de las traducciones de las Bibliotecas desenterradas del
Oriente Medio Precristiano, sabemos positivamente, y desde este conocimiento
podemos recrear la verdadera estructura de las relaciones internacionales que
le permitieron a Ciro el Persa conquistar un imperio. Las Historias de
Herodoto, sin quitarle por ello su valor, fueron escritas desde la
ignorancia de la importancia del elemento Bíblico en el desarrollo de los
acontecimientos mundiales del momento. Es hasta cierto punto gracioso ver cómo
aquéllos que a sí mismos se han llamado historiadores, cegados por su odio
antisemita y sus prejuicios anticatólicos, fueron incapaces de penetrar tras la
tela de fábulas que Herodoto recogió como norma de verdad y transmitió al
futuro envuelta en el paño de oro de la Edad Clásica. No siendo un Historiador
de nuestros días, sino sólo eso, un escritor de su tiempo, no se le puede pedir
al autor de las Historias otra cosa que reflejar en sus escritos la ignorancia
en curso en su día sobre las cosas del Pasado. Desde nuestro conocimiento del
Poder y de la Historia, es necesario decirlo, a estas alturas hay que ser un
perfecto memo para creerse que el general en jefe de las fuerzas militares del
reino de Media le entregó la corona de Ecbatana al rey de Persia, hasta
entonces un reino de segunda importancia en el juego político, por su cara
bonita, la de Ciro.
Y desde la luz del conocimiento sobre la mesa hay
que ser algo más que un memo para creer que el rey de Babilonia, la
superpotencia del momento, se mantuvo al margen del paseo triunfal del Persa,
con su inactividad regalándole el Imperio a quien hasta entonces era su
vasallo, por la cara guapa de Ciro. En un mundo donde el hierro era la ley y la
verdad la tenía la fuerza, las tonterías que escribiera Herodoto sobre el
ascenso al poder de Ciro sólo podían tener sitio en la mente de un pastor
analfabeto, lo que, a la postre, bien pensado, era la inmensa mayoría del
mundo, un pueblo analfabeto, su analfabetismo más referido al conocimiento de
las leyes del Poder que al de las letras que componen el abecedario. Fue contando
con este analfabetismo del pueblo sobre las leyes del Poder que Herodoto
escribió la sarta de tonterías que, en lo referente a Ciro, llamó él
"Historias".
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Los hechos son los que ponen sobre la mesa su
testimonio y borran la escritura en la pared por sabios de la condición de
Herodoto grabada en nuestra memoria. Sabemos positivamente que en los días de
Nabónido las ciudades imperiales de las fronteras del reino de Babilonia de los
Caldeos estaban en manos de oficiales judíos. Cualquier historiador profesional
puede avalar esta información, que, si dicha por un amante de la verdad es una
simple suposición, en las manos de un mercenario de la información histórica
suena a eso, a conocimiento. Pero lo que se hace del todo increíble es que
estos mercenarios al servicio del Poder no le hayan dedicado jamás una sola
línea al fenómeno tan singular que ante nuestros ojos se presenta cuando se nos
descubre que un pueblo de esclavos se levanta hasta tener las llaves del reino
de su amo y señor.
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El culpable de esta situación tan atípica y
fenomenólogica, sin duda alguna, el profeta Daniel, Jefe del Consejo Privado de
Nabucodonosor. Mas lo que a mí personalmente me fascina es ver cómo los
expertos en estructura imperial, el pueblo británico, siendo uno de los artífices
del desenterramiento de las Bibliotecas del Oriente Medio Antiguo, estos
expertos se hayan comportado como pastores analfabetos sobre lo que es un
Imperio y la serie de fuerzas estructurales que mueven, ellos que tuvieron en
sus manos el Imperio más grande que jamás haya conmovido la Tierra durante más
tiempo que jamás nación alguna lo haya tenido en sus manos. Suena a payasada,
por tanto, que precisamente los imperialistas por excelencia, el pueblo
británico, ante la sarta de memeces de Herodoto sobre el ascenso de Ciro el
Persa haya reaccionado como el pastor de la fábula.
El hecho de que los ejércitos de las fronteras del
reino de los Caldeos estuviese en las manos de generales judíos sólo se explica
partiendo de la Biblia. Unificando la cual con la Historia Verdadera del Reino
de los Caldeos se ve que el golpe de Estado que llevó a Nabónido al poder, tuvo
lugar inmediatamente tras la orgía de Baltasar, golpe de Estado liderado por
Daniel, profeta y jefe de los Magos de Babilonia, golpe de Estado que venía
cociéndose desde hacía un tiempo y al que le sirvió de señal de partida el
famoso relato de la escritura en la pared.
Observamos en la historia del reino de Nabónido
cómo este delegó todas las funciones imperiales en su corte, dedicándose él, en
cuanto rey títere, a desenterrar ciudades perdidas en el desierto. Sería bajo
esta corte, dominada por el jefe del Consejo Privado de Nabucodonosor, que los
hasta entonces esclavos saltarían a la dirección de los ejércitos de las
fronteras, que más tarde les abrirían las puertas a Ciro, conquista pacífica
que el nuevo rey de Babilonia pagaría, no con oro, sino con la libertad, como
bien se ve del famosísimo, pero desconocido a nivel histórico internacional,
Edicto de Libertad Religiosa de Ciro, cuyo contenido traduzciré a lo largo de esta sección.
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Crónicas Medas
Observemos cómo el odio antisemita de los
historiadores de la Edad Moderna y su fanatismo antieclesiástico tararon sus
inteligencias hasta el punto de cegar sus ojos cuando ante lo increíble, que el
general en jefe de la segunda superpotencia del momento, Media, le entregara la
corona de su rey y señor a un príncipe vasallo, y esto sin mediar una sola
batalla, se limitaron a decir: Amén. Sería la primera vez en la historia de la
humanidad que un ejército superior se rinde a otro inferior por la cara bonita
del enemigo asaltante, en este caso Ciro el Persa. Herodoto, siendo lo que fue,
un hombre de su tiempo, en ningún caso un historiador de nuestros días, se
limitó a escribir la sarta de memeces que corría en sus días sobre el ascenso
de un príncipe de segundo rango a la cumbre del imperio, fenómeno inexplicable
que únicamente desde una perpectiva mítica era capaz de entender el pueblo, y
que él, un simple escritor, se limitó a reflejar años pasados de los sucesos,
demostrando tener poca madera de historiador y sí mucha de lo que fue, eso, un
escritor.
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Era imposible que el príncipe de Persia no hubiese
estado sujeto a vasallaje en la corte de Babilonia. Recordemos que tras el
reparto del mundo por Ciaxares y Nabopolasar, fruto de la destrucción del
imperio de Nínive, Persia quedó relegada a lo que había venido siendo, una
potencia oscura, con la diferencia que esta vez a su alrededor, Norte y Oeste,
se habían alzados dos reinos fuertes, frente a los cuales sólo le cabía al
príncipe de Susa el vasallaje.
Es cierto que por convenio Ciaxares sujetó Persia a
la influencia de su cetro y que Nabopolasar cedió esta influencia a cambio de
la frontera occidental, más rica, y más necesitada de su atención si tenemos en
cuenta que al otro lado del Jordán y al oeste del Sinaí se hallaba Egipto. Pero
no es menos cierto que Media y su rey tenían en su frontera occidental otro
enemigo potencial de mucha altura en los pueblos helenísticos.
Persia quedó relegada en el trastero del imperio, en
teoría dependiente del rey de Media pero en la práctica expuesta a los pies del
rey de Babilonia. Si le es respetada a Persia la independencia es debido a un
acuerdo entre vencedores que sirve de símbolo de amistad perpetua entre
Ecbatana y Babilonia. Cualquier levantamiento militar por la independencia
real de Susa podía ser aplastada en cualquier momento, lo mismo por el Caldeo
que por el Medo. De aquí que si Ecbatana buscaba alianza con Susa, para
mantener sobre Babilonia cerrada la frontera, Susa buscaba la alianza con
Babilonia a fin de mantener su autonomía frente a Ecbatana, cosa que se
firmaba, como era normal en esos días, mediante la entrega, en calidad de
“huésped-rehén” de un heredero de la corona, en este caso Ciro.
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Tenemos pues que Astiages el Gordo, heredero de
Ciaxares y rey de Ecbatana, casa a una de sus hijas con el padre de Ciro, en
alianza contra Babilonia, que Susa toma como garantía de autonomía frente a la
corte de Nabucodonosor. Y a su vez el padre de Ciro entrega en “rehenato”
un hijo suyo al rey de Babilonia en gesto de sumisión a la corona de
Nabucodonosor, obligando a Babilonia a servirle de muro frente a cualquier
invasión de las competencias firmadas entre Ciaxares y Nabopolasar sobre el
status de Persia.
A fin de ocultar la tela de relaciones que hicieron
posible el ascenso del príncipe persa al trono imperial y que desentrañaremos
hasta el final, se expandió el cuento para niños de la persecución del hijo de
la princesa meda entregada por esposa al padre de Ciro, la salvación mítica de
su hijo por un pastor, y la conquista prodigiosa de Media y Babilonia sin
librar siquiera, o al menos, una batalla. ¡Qué menos que una batalla! Pero no,
ninguna. Y lo más curioso, asombroso y fascinante no es que un escritor de las
cosas fantásticas de su tiempo no se extrañase ante el cuento, lo más
alucinante de todo es que los mismos que pretenden darnos lecciones de Historia
Universal se hayan tragado esta bola. Y lo que más risa produce es ver que
esas gargantas tan profundas fueran capaces de afirmar las
Historias y negar la Historia: afirmando en el Siglo de las Luces, Dios nos
libre de sus luces, de no haber existido jamás una Nínive, ni una Troya.
Afirmaciones para tarados que si bajo las Luces de la Edad Moderna fueron
tomadas en el XVIII como palabra de Dios, en el XIX Dios hundió sus manos en el
barro y le refregó a tales genios Nínive por la cara. No es ninguna acusación,
y sí quitarles la máscara de infalibilidad que reclamaron para sí los
Historiadores del XX.
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Los hechos cantan. Primero Media. El general en jefe
del reino de los Medos se baja de su caballo y pone sus fuerzas militares a las
órdenes del príncipe de un reino vasallo. ¡Por la cara! Acto increíble que la
leyenda firmada por Herodoto establece en los celos del general en jefe de las
fuerzas medas, quien, despechado porque la madre de Ciro, un día su prometida,
le fuera arrebatada por su rey y suegro en potencia para ser entregada por
esposa al rey de Persia, bla bla bla...una historia propia de los cuentos de una
Noche de verano de Shakespeare ... porque el rey Astiages tuvo un sueño en el que
veía rota su dinastía por el fruto de su hija con el jefe de sus ejércitos, ¡oh
la la!, y aterrorizado la da su hija, la prometida del jefe de sus ejércitos,
por mujer al rey de Susa, alejando el peligro de Ecbatana, pelota que con el
tiempo regresaría a su tejado para hundir todo el edificio ... Pues
eso, ¡por la cara!, después de entregarle el reino a un príncipe vasallo,
también Babilonia entera le abre las puertas a este mismo príncipe de
segunda... ¡por la cara! En verdad hay que ser un tarado para escuchar este
cuento y darle la atención que se merece tales Crónicas de la Verdadera
Historia de la Humanidad.
Y todo esto de arriba después de haber contenido
Babilonia a Egipto, cerrándole al faraón el camino a Lidia; un faraón quien,
aún estando en las antípodas de estos sucesos, se había levantado y le metía
caña al rey de Babilonia para levantarse y hacer algo, unirse a Creso y
devolverle a Astiages el trono que su criado le había robado para Ciro, ¡por la
cara!.
Creo yo que hay que ser un verdadero tarado para no
ver, en aquél paseo triunfal de un príncipe de segunda clase en las relaciones
del Poder del momento, una tela de fuerzas internacionales unidas por una
misma razón, núcleo pensante y dirigente de las acciones de todos los que
le entregaron a Ciro el Imperio, que él pagó con el Edicto de Libertad, que se
alza como nuestra Prueba principal y más poderosa sobre la Conexión del mundo
judío con el cambio trascendental que la Civilización entera dio a raiz de la
ascensión al trono imperial de Ciro.
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El Misterio de Dioces el Medo
Otra de las Historias que los eminentes
Historiadores de la Edad Moderna recogieron sin inmutarse, es decir, sin deseo
alguno y menos capacidad todavía para desentrañar, se refiere al misterio de la
milagrosa formación del reino de los Medos. La leyenda vuelve otra vez a
elevarse a los altares de la Historia y deja el misterioso viaje del Dioces
fundador del reino de los Medos, tras el que regresó con las llaves de la que
sería luego Ecbatana, su capital, en las nieblas del suculento universo de los
Mitos.
La estructura histórica es inequívoca y no se presta
a fábulas. Pero no olvidemos que si Herodoto no tenía ni idea de la existencia
de la Biblia, los historiadores modernos, cegados por sus prejuicios antisemitas, hicieron mutis total sobre la revolución que
hizo posible el salto de una nación compuesta por tribus en estado bárbaro a
una sociedad sujeta a estructura monárquica. Y hacen el mutis porque esta
revolución tuvo lugar a raiz de la deportación de los Israelitas a las Montañas
del Este.
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Desde los días de Tiglat-Pileser I, allá en el siglo
XII a.C., los Asirios ya conocían la existencia de los pueblos
bárbaros del Norte. Pero no sería hasta los días de Salmanasar III, en el
IX, que la confrontación con estos bárbaros de las montañas al norte de
Asiria devendría periódica. Salmanasar encontró un conjunto de unas 27 tribus
sujeta cada una a su propio príncipe, y cuya estructura militar y social era la
típica de todas las naciones indoeuropeas en sus principios, es decir,
anárquica, fruto de la teoría de la libertad que le ha sido siempre natural a
todos los bárbaros.
Que aquéllas 27 tribus del Norte procedían de otros
lugares del mundo y que entre ellos se encontraba el pueblo de los Medos, a su
vez dividido en tribus, es cosa molida. El problema es que los historiadores
modernos tendieron a moldear todos los datos con objeto de regalarse una
Historia a la medida de su mentalidad: que, sin embargo, siendo su escuela
de mentalidad imperial dicha reconstrucción no obedeció en ningún caso a la Ley
del Poder. De todos modos hay datos que les era imposible sortear y, mal
que les pesara, debían dar por hechos. La conexión entre Medos y Persas,
reflejada en las relaciones comerciales entre esos pueblos del Norte y las
naciones al sur de Asiria, es uno de ésos datos molestos que evitaron en la medida
de lo posible a fin de no corregir las Historias de su maestro.
El hecho es que durante los días de Salmanasar III los Medos seguían siendo tan salvajes como lo fueron durante los días de Tiglat-Pileser I, dos y tres siglos antes. Entendiendo por salvajes en este caso el no saber estructurar un Estado ni proceder a definir una Civilización propia. Samshi Adad IV y Adad Nirari III - siempre en el siglo IX - impusieron tributo a los Medos y pueblos aliados de las montañas, pero sin lograr jamás ni reducirlos al yugo de Asiria ni conquistarlos para su civilización. La ley de la libertad de los bárbaros era preferible a la ley de la esclavitud que imperaba desde Nínive. Y bajo esa ley siguieron multiplicándose y creciendo.
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Tanto que cuando Tiglat Pileser III, a mediados del VIII, se lanzó a la
conquista de gloria y fama para la eternidad, e irrumpió en el país del Norte,
se enfrentó a los caudillos bárbaros, y los derrotó uno por uno: condujo de
regreso a Asiria una caravana de esclavos que se contó por decenas de
miles de cabeza. Un poco más adelante la generación siguiente se rebeló
contra el yugo asirio, pero sin más consecuencia que el aplastamiento de la
revuelta y la aniquilación de una población ya diezmada por la primera guerra
contra Tiglat Pileser III.
Así pues, cuando Sargón II, en el 722, arrasó el
reino de Israel, y destruyó Samaria la Blanca, cuyas cúpulas de marfil
brillaron al sol de los siglos, para desesperación del Dios de Abraham, Isaac y
Jacob, que viera hundirse en la idolatría al pueblo elegido, cosas ya descritas
en la Biblia, y deportó a los supervivientes de Israel a la tierra de los
Medos, la nación de los bárbaros del Norte experimentó una transfusión de
sangre guerrera, bajo cuya presión, ya caliente por el deseo de venganza de la nación
que recibiera este nuevo aliento, se alzó en rebelión contra el enemigo común,
viviendo juntos la derrota y el destierro del líder de la revuelta, el
misterioso y enigmático Dioces de la Leyenda.
Debemos computar a la vergüenza de los historiadores
del Próximo Oriente Medio Antiguo no haber querido jamás abrir los ojos a este
encuentro de dos pueblos en un mismo tiempo y lugar, el uno altamente
evolucionado, el Israelita, cuyo origen como Reino y Estado se remontaba a los
días de David y Salomón, y el otro en su estado más salvaje, ambos sujetos al
mismo despotismo imperial, y que cierran su unión mediante la sangre que
derraman en la revuelta de la que Dioces fuera el caudillo. Tales historiadores
de la escuela de Herodoto, enemigos por sistema de la todopoderosa influencia
del elemento semita en la Historia de la Civilización, por en cuanto el semita
es el judío, cierran el capítulo de la confluencia de estos dos pueblos, el
Israelita y el Medo en la revuelta contra el enemigo común, Sargón II, diciendo
que las tribus bárbaras volvieron a poner su cabeza bajo el yugo, enterrando
así sus eminencias en el olvido la Conexión Israelita.
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Esta Conexión Israelita en el futuro del Pueblo Medo
llegó a ser tan decisiva y trascendental que lo imposible hasta entonces, hacer
de todas las tribus una sola nación, se hizo realidad y de la noche a la mañana
los bárbaros se dieron un rey, se construyeron una capital y se organizaron
bajo la estructura de un Estado. Ahora bien, la explicación de la creación
de un Estado de la noche a la manaña tiene dos salidas. Una es para
inteligencias taradas, la otra es la expresión de la realidad. La Edad Moderna
prefirió la primera. La realidad es que la evolución durante el curso
de una generación, la de Dioces, del paso de una estructura bárbara a otra
estatal, implicaba una verdadera revolución. Y para que ésta se consumara la
misma debía contar con expertos en la materia, un pueblo altamente civilizado,
criado en la estructura de Poder que representa la formación de un Reino.
Esta revolución se produjo justamente cuando el
Pueblo Israelita entró en la Media. Y cualquier explicación de este paso
revolucionario por el que un pueblo de muchas tribus bárbaras, en estado
anárquico durante siglos, se funde en una Corona y Estado protoimperial que no
pase por esta Conexión da por resultado una Historia para pastores analfabetos,
que sería la historia que Herodoto recogiera hablando de Ciro.
La formación del Imperio de Ecbatana tenía un único
fin, la destrucción de Nínive. Fue bajo la fuerza de la venganza perpetua,
sellada con sangre durante la revuelta que ahogara Sargón II entre Israelitas y
Medos, que el nieto de Dioces, el Ciaxares de la Historia Universal, y padre de
la que sería esposa de Nabucodonosor, que la nueva nación producto de la unión
del Pueblo Israelita con la Nación de los Medos se lanzaría contra Asiria y
arrancaría de cuajo Nínive de la superficie de la Tierra.
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Caída de Nínive
En aquella revolución madre en el origen de la
formación del reino Medo, y como es de entender desde la lógica del Poder, para
darle cohesión a su corona militar Dioces cerró el cuadro de su estado
mayor con el elemento Israelita, ahora una tribu unida por la sangre a la
Nación de los Medos y por el Estado a la Corona del rey de Ecbatana. Era el establecimiento
de una monarquía civilizada sobre un sustrato bárbaro, en el que la jefatura
era conservada por el elemento bárbaro, y su consistencia se apoyaba sobre el
elemento extranjero, altamente evolucionado, pero por su condición de nueva
tribu imposibilitada para ceñirse la corona. Y esta estructura de obediencia al
monarca, en el elemento Israelita algo natural, pero ajena a la sangre bárbara,
sería la columna fundamental sobre la que la dinastía de Dioces basó su poder
militar.
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Que la sed de venganza movía a ambos pueblos, el
Israelita y el Medo, y fue el seno en el que ambas sangre se unieron para
concebir la Corona de Ecbatana, se ve en la fogosidad con la que el
heredero de Dioces, Fraortes el Chico, se lanzó contra el enemigo común. La
culpa como siempre, el Asirio.
Durante el reinado de Senaquerib el Bibliotecario,
el yugo de Nínive pesó criminalmente sobre todas las naciones al Oeste del
Eufrates. Preocupado con ahogar en sangre el grito de libertad de los pueblos
al Oeste del Eufrates, Senaquerib se despreocupó de los bárbaros del
Norte, y Dioces aprovechó esta despreocupación para consolidar su
revolución y legar a su dinastía un ejército fuerte preparado para saciar la
sed de venganza de la Nueva Nación. Gracias a la aventura de Senaquerib en
el Oeste, Dioces extendió su influencia a las espaldas de Nínive, cerrando
con el pueblo de los Persas la alianza típica entre amigos por enemistad hacia
un enemigo común.
Muertos Senaquerib y Dioces los hijos de ambos se enfrentaron en el campo de batalla. Pero Asurbanipal demostró ser un rival demasiado fuerte para Fraortes el Chico, cuyo reino aún no había madurado lo suficiente para equiparar su estructura a la propia de un imperio. Así que su sucesor, Ciaxares, se replegó sobre su reino a fin de darle el último toque.
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Que como todos sabemos alcanzó su apoteosis en el 606, el año en
que la sed de venganza de la Nación del Norte se emborrachó de sangre del
enemigo odiado, el Asirio, cuya capital fue arrancada de la superficie de la
Tierra para no volver a ser habitada por los siglos de los siglos, según lo
anunciara Dios en su Libro.
Entre la ascensión de Ciaxares al trono y la
destrucción de Nínive tenemos la invasión de la Media por los bárbaros de las
estepas siberianas, que retrasó la Hora Final, pero que no pudo impedir que el
designio divino se cumpliera a rajatabla. En el fragor de aquel grito de
victoria quien tiene oídos para oir oye la lengua del Hebreo alzarse junto a la
del Medo, ambas almas ebrias del placer de los dioses, a una alzando a sus
dioses la misma acción de gracias.
No tenemos que olvidar que Herodoto, un Griego,
desconocía la Biblia, y por tanto su capacidad para descubrir la existencia del
elemento Israelita en el Origen de la Revolución Meda queda ampliamente
justificada; ni tampoco debemos dejar de ver que los historiadores
modernos, conociendo la Biblia y la Historia del Oriente Medio Precristiano, se
taparon las orejas y se arrancaron los ojos antes que reconocer el poder de la
influencia del elemento semita, encarnado en el Pueblo Israelita, hablando de
la irrupción en la Historia Universal del reino de los Medos. Será desde esta
Conexión que se explique cómo un estado mayor, compuesto por el elemento
Israelita, dispuso el traspaso de la corona, que creara, de las manos de la
casa de Dioces a la de la casa de Ciro. Razón que se explicará siguiendo esta
misma estructura de razonamiento.
Crónicas Babilonias
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Pero si el Asirio sembró en el Norte la semilla de
un odio todopoderoso que a su tiempo daría su fruto, al sur de Nínive ese
odio era ya un hecho que, agazapado como la leona que contempla sentada
a su víctima, el gobernador de Babilonia esperaba su momento. Este momento
le llegaría a Babilonia con Nabopolasar.
Al tanto del avance del rey de Ecbataba,
Nabopolasar se lanzó contra el rey de Nínive, empleando con el rey de
Nínive la misma ley que éste le aplicara a todas las naciones. Aplastado el
Imperio Asirio, Nabopolasar subió al trono, cerrando entre él y Ciaxares
una alianza de paz mutua, sellada con la boda entre la hija del rey del Norte y
el hijo del rey del Sur.
Y enseguida el reparto del mundo.
El rey de Babilonia se quedó con el mundo al sur de
los Montes Tauros, dejando todo el norte, y desde ahí hasta los confines del
Oeste anatólico, al rey de Media. El rey de Media le dejaba al rey de Babilonia
el mundo al sur de los Tauros, y desde ahí hasta los confines de Palestina,
Arabia y Egipto. A las espaldas de ambos reinos quedaba Persia, región autónoma
sujeta en principio al vasallaje de la corona de Ecbatana, pero sujeta a la influencia
política de Babilonia. Persia, región sin verdadero ejército ni fuerza estatal
unificada propia, su poder como enemigo quedaba reducido al de una provincia
fronteriza al servicio de los intereses mutuos de ambos reinos. Por la alianza
matrimonial entre Ecbatana y Babilonia cualquier revuelta de Susa chocaría
contra un muro imposible de traspasar. Ahora bien, cualquier traspaso de los
límites de influencia sobre Persia dictados por ambas potencias podría decantar
la relación de fuerzas y pasar la dependencia de Susa de una corona
a otra. Desequilibrio que no le interesaba ni a las coronas aliadas, ambas
lanzadas a las conquistas del Oeste, una por el Norte y otra por el Sur, ni a
la propia corona de Persia, demasiado débil para resistir un ataque conjunto de
las fuerzas de Ecbatana y Babilonia.
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Por el Norte Ciaxares llegó hasta el reino de Lidia,
cuya conquista no se consumó, y por el sur el rey de Babilonia llegó hasta el
Mar Grande, donde el hijo de Nabopolasar destruyó el reino de Judá, según está
escrito.
Al igual que antes el reino de Israel había sido
borrado de la faz de la Historia, ahora le tocó el turno al reino de Judá. Y al
igual que antes el Asirio deportó la crema de la juventud israelita
superviviente a tierra extranjera, pensando en humillar su orgullo y abatir
para siempre el peligro de una revuelta, ahora Nabucodonosor hacía otro tanto
con los supervivientes de Jerusalén y su reino, deportando a la tierra de los
Caldeos la crema y nata de la nación superviviente.
Si en el primer caso la deportación no significó
esclavitud, y sí compartir el mismo odio y deseo de venganza con la población
de la tierra a la que los israelitas fueron deportados, uniéndose a la cual, de
la fusión vino a luz una Nueva Nación, con capital en Ecbatana, en este caso la
deportación de los judíos significó esclavitud en el seno de la tierra de los
mismos que destruyeron su reino.
¡Qué revolución podía llevar al Poder a este pueblo
de esclavos cuyo amo tenía tanta y más experiencia que el propio pueblo judío
en la naturaleza estructural de un Estado e Imperio! Ninguna. A no ser
que… En efecto, Dios elevase un judío a la cabeza suprema del Consejo
Privado del rey de Babilonia. Y aún así y sólo si este hombre de Dios lograse
superar todas las intrigas contra su persona que habían de plantarle en el camino
los miembros del Consejo privado del rey.
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Los historiadores de la Edad Moderna, más
preocupados en tocarles las narices a la Iglesia Católica que en penetrar en
las estructuras del Pasado, se despreocuparon de la Influencia y Poder de los
Magos en la Corte de Nabucodonosor. El odio al elemento semita, por ser judío,
se manifestó siempre más fuerte que su sentido de la verdad y donde vieron
cualquier posible Conexión Hebreo-Judía se dieron la vuelta y pasaron
olimpícamente de hacer Historia, limitándose a hacer periodismo del Pasado: Año
tal, rey tal, guerra tal. Punto y muerto.
Pero que a la altura del gobierno de Nabónido, el
último de los Caldeos, de origen asirio para más inri, las llaves de las
grandes ciudades fronterizas estuviesen en manos de generales judíos, dato que
cualquier historiador puede confirmar, pone de relieve que el poder del jefe de
Consejo Privado del rey, y Jefe de los Magos de Babilonia, fue de un alcance
extraordinario. Tanto más extenso cuanto más poderosa fuera la figura del
momento. En el caso del profeta Daniel este poder debemos multiplicarlo a
su potencia máxima si tenemos en cuenta su supervivencia tras la muerte de
Nabucodonosor y su presencia en el complot que derrocó su dinastía y le entregó
la corona a un príncipe exranjero, el Nabónido de la Historia. ¿O acaso se
produce un cambio dinástico sin revolución mediante? La inocencia de los
historiadores modernos para no ver revolución alguna en un cambio de dinastía
es tan grande como su perversidad para darle la espalda a la verdad si con ello
satisfacían la pasión que les llevaba a tocarles las narices a la Iglesia con
tal de demostrar que ellos y no Dios son los verdaderos artífices de la
Historia, si no de la que es al menos sí de la que fue.
De manera que tenemos dos elementos de un mismo
cuerpo tocándose al final del extremo para darle la Corona del Imperio a un
desconocido, nuestro Ciro. De un lado el elemento Israelita en el Origen de la Corona
de Ecbatana, y del otro el elemento Judío al frente de las ciudades fronterizas
del reino de Babilonia. Nos queda definir la naturaleza de la revolución que
condujo a Nabónido al poder, a Ciro al Imperio y a Zorobabel al regreso a la
Patria Perdida.
Crónicas Persas
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Podríamos dar curso libre a todo un libro encilopédico
tratando este tema de la ascensión de Ciro al Imperio y su Edicto de Libertad
Religiosa. Los ángulos son tan ricos en suculentos misterios que apenas se
podría dar de lado una nueva versión, haciendo de espejo de la Historia.
Primero por la serie de imposibilidades anteriormente expuestas, saltándose las
cuales un príncipe de segunda se enfrenta a las tres superpotencias del momento
y triunfa, escribiendo lo que el Julio de la Casa del César firmara: Vini,
vidi, vincit, pero este Julio de la Casa de los Aqueménidas sin tener que
librar una batalla que se mereciera este nombre, excepto la que lidiara con
Creso el Lidio; y segundo, porque ¡de cuándo en la Cultura de la Nación de los
Persas, figuró la libertad religiosa como emblema! Aún en nuestros días la
genética traiciona a los que se proclaman sucesores de aquel Ciro defensor de
las libertades religiosas y que, diciéndose sucesores suyos, entienden por
libertad religiosa la destrucción de todos los infieles, especialmente si son
judíos.
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En aquel juego de fuerzas entre superpotencias del
momento era natural que las alianzas matrimoniales abriesen y
cerrasen direcciones. Desde esta razón que el hijo de Ciaxares, Astiages
el Gordo, casare una hija de su barriga con el príncipe de Persia no implicaba
ningún derecho de Susa a la Corona de Ecbatana, a la manera que la boda entre
la hija de Ciaxares y el hijo de Nabopolasar no entregaba derecho alguno al rey
de Ecbatana sobre la corona de Babilonia. Absolviendo a Herodoto por su
ignorancia, cualquier historiador sabe que la princesa entregada en matrimonio
de alianza pasaba directamente a vivir bajo la corona del príncipe consorte. La
fábula del príncipe Ciro, hijo de este matrimonio, siendo expuesto a decreto de
muerte y salvado por un pastor, no tiene ningún valor, excepto el de querer
salvar de alguna forma el derecho de Ciro al trono de Media y revestir su
increíble ascenso al Imperio con el manto de la providencia de los dioses. Era
imposible que un príncipe de segunda, como dije antes, soñase con la conquista
de todas las coronas de las superpotencias del momento, y lo que es más
fantástico, sin ni siquiera tener que librar una sola batalla. ¡Oh la la!
Superando pues a Herodoto volvemos a la realidad. Y
la realidad es que si Astiages casó una hija de entre sus hijas con el príncipe
heredero de Persia, como suele suceder en todo matrimonio de esta clase: esta
alianza tenía por fin mantener la autonomía de Susa frente a Babilonia,
recordándole Ecbatana a Babilonia que cualquier adhesión que superase su
influencia política sobre Susa daría origen a una guerra legitimada por la
sangre entre las coronas.
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Por la parte de Susa, mientras el rey de los Persas
se aseguraba el apoyo del rey de los Medos gracias a la boda entre su heredero
y la princesa de Ecbatana, jugando a dos bandas, ¡cosas del Poder!, el rey de
los Persas mantenía su independencia política frente al rey de Ecbatana:
vasallaje mediante al rey de Babilonia, firmando con el Caldeo el clásico
rehenato de su heredero, por el cual el primero, un reino de segunda fila,
obtenía del segundo, un reino de primera magitud, cobertura y asistencia al
fuero de su independencia respecto al rey de los Medos. Sería en esta Corte, y
no en la choza de pastor alguno, donde se criaría Ciro.
Recordemos que para las fechas cuando Ciro hubo de
ser entregado - y de aquí la leyenda de su desaparición de la vista de Ecbatana
y Susa - en las manos de la Corte Caldea, la Jefatura de la Casa de los Magos,
y Jefe del Consejo Privado del Rey de Babilonia, y por tanto al mando de los
rehenes reales, este Poder estaba en manos de un Judío llamado Daniel.
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Observemos además que el mismo proceso que
Nabucodonosor realizó con Jerusalén, destruyendo la ciudad y llevándose con él
a sus príncipes supervivientes, este mismo proceso fue el que realizó su padre,
Nabopolasar, con Nínive, destruyendo la ciudad y deportando a su reino sus
príncipes supervivientes, de los cuales, a la manera que de los judíos
supervivientes saldría el príncipe Zorobabel, ambos criados en la corte de Nabuco
bajo la mano del mismo Jefe de la casa del rey, Mago y profeta Daniel, saldría
luego Nabónido, el futuro rey tras el golpe de Estado que derrocó a la dinastía
de Nabuco.
Ciro, cerrando esta incursión, estaba emparentado
por su madre con la corona de los Medos, y por su abuelo materno, al mismísimo
Astiages, hijo de Ciaxares. Astiages, hermano de la mujer de Nabucodonosor,
siendo el abuelo materno de Ciro, emperantaba a su nieto, sin quererlo, con la
Corona de Babilonia. La oportunidad de unir estas tres coronas, la Persa, la
Caldea y la Meda en una misma cabeza era extraordinaria.
Ciro tenía derechos legítimos de sangre sobre las
tres coronas del momento. Obviamente para esto había que derrocar a la
dinastía de Nabuco, poner en el trono un rey títere, Nabónido, sujetar las
ciudades fronterizas a hombres fieles al Mago de Babilonia, judíos como él
mismo, y superar el enfrentamiento con el rey de Ecbatana. Cosa no muy difícil
de hacer si el Gran Mago de Oriente tenía en cuenta que el cuadro del Estado
Mayor de la Corona Meda estaba en manos de descendientes de Israelitas, hijos
todos del mismo Abraham, en cuyas orejas la Voluntad de Dios, que había
dispuesto la ascensión al trono de rey de reyes de Ciro el persa, encontraría
un alma bien dispuesta.
¿El precio que pagaría Ciro?
¡La Libertad!
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Crónicas Judías
No es oro todo lo que reluce. Y en la envoltura de
la imagen arquetípica antisemita haciendo del judío el clásico ávaro, miserable
criatura reptando entre los estratos del poder, el oro no sólo no reluce sino
que es pura pintura. No sería sino tras la destrucción romana de Jerusalén y la
convivencia del judío en el Islam y contra el cristianismo que esta pintura
comenzó a fabricarse y se completó, deviniendo el judío la clase más abyecta de
gusano, sin lealtad hacia nadie y capaz de traicionar al amigo de hoy si el
enemigo de ayer llega al poder y su supervivencia en el mañana depende de la
del enemigo de hoy, que fue el amigo de ayer. Mas en lo que respecta al Hebreo,
Israelita o Judío, de los tiempos anteriores a Cristo, y especialmente durante
los siglos del XVI al VI, es decir, todo un Milenio, el Hebreo fue un Guerrero
nato forjado en el campo de batalla, cuya fama se consolidó a título mundial
durante los días de David.
Pero creer que un guerrero nato es aplastado
mientras el pecho tiene vida es un error, que al cabo del tiempo a Nínive le
costó la existencia. Un guerrero sólo deja de existir, muerto. El mismo
espíritu de Libertad opuso el reino de Judá al imperio de Babilonia. La imagen
que el mundo de entonces tenía del Judío era la de un soldado valiente y bravo.
Verdad que pone de relieve la puerta que se le abrió a la libertad mediante su
entrada en el ejército babilonio, sirviendo en los cuales llegaron sus jefes a
alcanzar los más altos puestos en las ciudades de las fronteras del reino. ¿Con
la ayuda del jefe de los Magos? Pues sí, siempre: pero ninguna influencia tiene
peso cuando de lo que se trata es de defender a cobardes, que, de haberlos
sido, ni por diez como Daniel, el rey de Babilonia hubiera aceptado sus
nombramientos para guardias de las Puertas del Reino.
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El Edicto de Libertad que firmó Ciro al entrar en
Babilonia fue redactado hacía mucho tiempo atrás y el Nuevo rey de Babilonia se
limitó a poner su Sello. Este Edicto es la clave que abre la puerta a todo el
Misterio de aquel Siglo: la ascensión de Ciro, la caída de Babilonia y
Ecbatana, la complicidad de Babilonia frente a la Caída del reino de Lidia y su
negativa a unirse a Egipto para apoyar a Lidia y detener la fundación del
imperio de Ciro. Y a la par nos permite ver la naturaleza de la Caravana que
lideró el príncipe Zorobabel desde Babilonia a Jerusalén.
Quiero decir, Zorobabel condujo un ejército armado,
enriquecido por los tesoros de la Comunidad de la Gran Sinagoga del Oriente y
exaltado por la tribu sacerdotal, pero ante todo y sobre todo Zorobabel era príncipe
y quienes le acompañaron fueron los mismos generales y soldados que les
abrieran las Puertas del Reino a Ciro, de los que felizmente Ciro se
desembarazó pensando que tal cual habían desertado de su antiguo amo podían
desertar del nuevo señor, y a su Imperio más le valía tener a tales siervos,
leales sólo a su Dios, fuera del ejército que dentro del ejército.
El relato bíblico es suficiente prueba a la hora de
confirmar la veracidad de la naturaleza armada de la Caravana del heredero de
la corona de Salomón. Ya digo, la imagen arquetípica sobre el judío instalada
en nuestra memoria durante los últimos siglos no puede ser exportada a los
tiempos que estamos tratando. Zorobabel dirige un ejército de ocupación con
plenos poderes de defensa armada frente a los ocupantes de la Patria Perdida.
Que, como se lee, no tardaron en intentar destruirlos. Cosa que no consiguieron
porque aquéllos colonos albañiles, carpinteros y demás, bajo la capa de trabajo
llevaban la espada del soldado. Y tenían permiso de Ciro para defenderse y
hacer valer sus vidas. ¡Qué es la Libertad sin el derecho a la defensa!
Se sobreentiende de su Edicto que Ciro no les otorgó a los Judíos a
una Libertad para invadir el País y hacer Zorobabel de Josué en plena
Reconquista. Del Edicto se entiende que los Judíos compraron su Libertad para
regresar a su Patria e instalarse en la tierra siguiendo las leyes del
establecimiento pafícico, y sujeción de las nuevas poblaciones a los deberes
imperiales. Bajo estas premisas, como vemos en el relato Bíblico, Zorobabel y
sus hombres reconstruyeron Jerusalén, se instalaron y comenzaron a expandirse
por la Heredad de los Hebreos.
He aquí el famoso Edicto de Ciro
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A.- Yo soy Ciro, Rey del Mundo, rey grande, rey
poderoso, rey de Babilonia, rey de las tierras de Sumeria y Acad, rey de las
Cuatro Regiones, hijo de Cambises, gran rey, rey de Ansán, nieto de Ciro, gran
rey, rey de Ansán, descendiente de Teispes, gran rey, rey de Ansán,
descendiente de una línea real sin término, cuya ley Bel y Nabu bendicen, cuyo
reinado hace la complacencia de los dioses.
Cuando me hallé preparado, entré en Babilonia, y
asenté mi reino en el palacio de los reyes entre el júbilo y la alegría.
Marduk, el Dios Altísimo, dispuso el corazón de los habitantes de Babilonia hacia
mí, y yo le adoraré todos los días.
Y continúa:
B.-Por mis actos Marduk, el Señor Todopoderoso, se
alegró y a mí, Ciro, el rey que le rinde adoración, y a Cambises, mi hijo, la
fuerza de mis muslos, y a todas mis tropas El ha bendecido, y por esto con
espíritu de gracia glorificamos en excelsitud su Altísima Divinidad.
Todos los reyes que se sientan en sus tronos desde
un rincón al otro de las Cuatro regiones, desde el Mar del Norte al del Sur,
que moran en ... todos los reyes del Occidente que habitan en tiendas, me
rindieron tributo y vinieron a besarme los pies sobre Babilonia. Desde ... a
las ciudades de Assur, Susa, Acad y Eshunna, las ciudades de Zamban, Meurnu,
Der, hasta los confines de la tierra de los Gutis, yo hice volver los dioses a
sus lugares de culto desde muy antiguo, a sus ciudades sagradas en ruina desde
tiempos lejanos.
Reuní todos sus habitantes y restauré sus ciudades.
Los dioses de Sumeria y Acad, que Nabónido, contra la cólera de los dioses,
trajo a Babilonia, Yo, por la voluntad de Marduk, el Señor Dios, hice retornar
a sus ciudades de culto.
Quieran todos los dioses rogar por mí delante de Bel
y Nabu por todos los dias de mi vida, y digan a mi Señor, Marduk: "Que
Ciro, el rey, tu siervo, y Cambises, su hijo..."
Y concluye así: