La misma
deuda de gratitud que contraen los artistas pintores con la naturaleza - la
cual sirve continuamente de ejemplo a quienes, extrayendo lo bueno de sus
partes mejores y más bellas, siempre se ingenian en representarla e imitarla-,
la han contraído también, a mi entender, con Giotto, pintor florentino: por
cuanto, habiendo quedado sepultados durante tantos años, bajo las ruinas
causadas por la guerra, los métodos de las buenas pinturas y sus lineamientos, él
solo, aun cuando nacido entre artífices ineptos, por la gracia de Dios resucitó
ese arte que se había extraviado y le dio una forma que puede calificarse de
buena. Y, en verdad, fue milagro muy grande que aquella época grosera e incapaz
tuviese el poder de obrar en Giotto tan sabiamente que el dibujo, del cual poco
o ningún conocimiento tenían los hombres de esos tiempos, mediante él volviese
enteramente a la vida.
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Sin embargo,
este gran hombre nació en el año l276 en la comarca de Florencia, a 20 kms de
esta ciudad, en la aldea de Vespignano, siendo su padre, llamado Bondone, un
hombre sencillo, labrador de la tierra. Éste, cuando tuvo al hijito a quien dio
el nombre de Giotto, lo crió de conformidad con su condición, cumplidamente. Y
cuando alcanzó la edad de diez años, mostrando en todos sus actos aún
infantiles una vivacidad y presteza de ingenio extraordinarios, que lo hacían
grato no sólo a su padre sino a todos aquellos que lo conocían en la aldea y
fuera de ella, Bondone le dio la custodia de unas ovejas. Mientras recorría el
campo, apacentándolas ora en un lugar, ora en otro, impulsado por la
inclinación de su naturaleza al arte del dibujo, en las piedras, en la tierra o
en la arena dibujaba constantemente alguna cosa del natural o bien alguna
fantasía suya.

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Así, un día,
mientras Cimabue iba por sus asuntos de Florencia a Vespignano, se encontró con
Giotto quien, mientras pacía sus ovejas, sobre una piedra lisa y pulida, con un
guijarro un tanto afilado, dibujaba una oveja del natural, sin haber aprendido
la manera de hacerlo con ningún maestro que no fuera la naturaleza. Detúvose
Cimabue muy maravillado y le preguntó si quería ir a vivir con él. Contestó el
niño que si esto era del agrado de su padre, iría gustoso. Lo solicitó, pues,
Cimabue a Bondone, quien bondadosamente concedió el permiso, alegrándose de que
se llevara al niño a Florencia.

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Cuando
estuvo allí, en poco tiempo, ayudado por la naturaleza y adiestrado por
Cimabue, no sólo igualó el párvulo el estilo de su maestro sino que se hizo tan
buen imitador del natural, que abandonó completamente la torpe manera griega y
resucitó el moderno y buen arte de la pintura, introduciendo la práctica de
retratar fielmente del natural a las personas vivas, cosa que desde más de
doscientos años atrás no se practicaba: y si alguno lo había intentado, no lo
había logrado con mucha felicidad ni tan bien como de pronto lo consiguió
Giotto.

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Éste, entre
otras cosas, retrató, como aún hoy puede verse en la capilla del palacio del
Podestá de Florencia, a Dante Alighieri, coetáneo y grandísimo amigo suyo y no
menos famoso como poeta de lo que Giotto lo era al mismo tiempo como pintor, y
tan alabado por Messer Giovanni Boccaccio en el proemio del cuento de Messer
Forese da Rabatta y de dicho Giotto el pintor. En esa capilla se encuentra el
retrato, igualmente de mano del mismo, de Brunetto Latini, maestro de Dante, y
de Corso Donati, gran ciudadano de aquellos tiempos.

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Fueron
ejecutadas las primeras pinturas de Giotto en la capilla del altar mayor de la
Abadía de Florencia, en la cual hizo muchas cosas consideradas bellas, pero
especialmente una Nuestra Señora cuando recibe la Anunciación; porque en ella
expresó vivamente el miedo y el espanto que el saludo de Gabriel causó a María
Virgen, la cual parece que, llena de grandísimo temor, casi pretenda darse a la
fuga. Es de la mano de Giotto, asimismo, la tabla del altar mayor de dicha
capilla, la cual se ha conservado allí hasta hoy y aún se conserva, más por
cierta reverencia que se tributa a la obra de tan gran hombre que por cualquier
otro motivo. Y en Santa Croce hay cuatro capillas de la mano del mismo, tres
entre la sacristía y la capilla grande, y una del otro lado. En la primera de
las tres, que es de Ridolfo de Bardi, y en la cual están las cuerdas de las
campanas, representó la vida de San Francisco, en la muerte del cual buen
número de Hermanos muestran bastante fielmente el efecto del llanto. En la
otra, que es la de la familia de los Peruzzi, hay dos historias de la vida de
San Juan Bautista, a quien está dedicada la capilla; allí se ve muy vivamente
representada la danza de Herodías y la actividad de algunos criados que sirven
la mesa. En la misma están dos historias de San Juan Evangelista, maravillosas,
aquella de cuando resucita a Drusiana y la de su ascensión al cielo.

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En la
tercera capilla, que es la de los Giugni, dedicada a los Apóstoles, fueron
pintadas por mano de Giotto las historias del martirio de muchos de ellos. En
la cuarta, que está del otro lado de la iglesia, hacia el Norte, y pertenece a
los Tosinghi y los Spinelli, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, Giotto
pintó la Natividad de la Virgen, sus Bodas, la Anunciación, la Adoración de los
Reyes Magos y la Presentación de Cristo niño a Simeón, que es algo bellísimo,
porque, además del gran cariño reflejado en aquel anciano que recibe a Cristo,
la actitud del niño cuando, asustado por él, tiende los brazos y se vuelve muy
atemorizado hacia su Madre, no puede ser ni más tierna ni más bella. Luego, en
la muerte de esa Nuestra Señora están los Apóstoles y un buen número de Ángeles
con antorchas en la mano, muy hermosos.

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En la capilla de los Baroncelli, en
dicha iglesia, hay una tabla al temple, de mano de Giotto, en que está
desarrollada con mucho cuidado la coronación de Nuestra Señora, con un
grandísimo número de figuras pequeñas y un coro de Ángeles y Santos muy
diligentemente ejecutados. Y como en esta obra están escritas en letras de oro
su firma y la fecha, los artistas que consideren en qué época Giotto, sin
ninguna luz acerca de la buena manera, dio comienzo al buen modo de dibujar y
colorear, se verán forzados a sentir veneración por él, en suma. En la misma
iglesia de Santa Croce se encuentran también, sobre el sepulcro de mármol de
Carlo Marzuppini Aretino, un Crucifijo, una Nuestra Señora, un San Juan y la
Magdalena al pie de la cruz; y del otro lado de la iglesia, precisamente
enfrente, sobre la sepultura de Lionardo Aretino, hay una Anunciación cerca del
altar mayor, la cual ha sido repintada por pintores modernos, con escaso juicio
de quien lo hizo. En el refectorio hay una historia de San Luis y una Cena, en
un árbol de la Cruz, pintados por él mismo, y en los armarios de la sacristía, historias
de la vida de Cristo y de San Francisco, con figuras pequeñas.

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Trabajó
también en la iglesia del Carmine, en la capilla de San Juan Bautista, en que
pintó toda la vida de ese Santo dividida en varios cuadros. Y en el Palacio de
la Parte Güelfa de Florencia hay, de su mano, una historia de la Fe Cristiana,
pintada al fresco y perfectamente; en ella se ve el retrato del Papa Clemente
IV, quien creó aquella magistratura, dotándola de sus armas, que ha conservado
siempre y aún conserva.

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Después de
hacer estas obras, partiendo de Florencia para ir a concluir en Asís los
trabajos comenzados por Cimabue, al pasar por Arezzo pintó en la Pieve la
capilla de San Francisco que está encima del baptisterio; y en una columna
redonda, cerca de un capitel corintio, antiguo y bellísimo, hizo un San
Francisco y un Santo Domingo, retratados del natural. Y en el Duomo, fuera de
Arezzo, pintó en una capilla la Lapidación de San Esteban, con hermosa
composición de figuras. Concluidos estos trabajos, se trasladó a Asís, ciudad
de Umbría, llamado por Fray Giovanni di Muro della Marca, entonces general de
los Hermanos de San Francisco. Allí, en el templo superior, pintó al fresco,
bajo el corredor que corta las ventanas a ambos lados de la iglesia, treinta y
dos episodios de la vida y los actos de San Francisco, o sea dieciséis de cada
lado, tan perfectamente ejecutados que conquistó grandísima fama. Por cierto,
se ve en esa obra gran variedad, no sólo en los gestos y las actitudes de cada
figura, sino en la composición de todos los episodios; además, hace ver muy
bien la diversidad de los trajes de aquel tiempo y ciertas imitaciones y
observaciones de las cosas de la naturaleza. Entre otras, es bellísima una
composición en que un sediento, en quien se reconoce a lo vivo el deseo del
agua, bebe de una fuente, arrodillado en tierra, con grandísimo y realmente
maravilloso afán, al punto de que casi parece una persona viviente sorprendida
en el acto de beber. Hay allí muchas otras cosas dignísimas de consideración,
acerca de las cuales, para no ser tedioso, no me extenderé más. Baste decir que
toda esa obra conquistó a Giotto enorme reputación por la bondad de las figuras
y por el orden, la proporción, la vivacidad y la facilidad que poseía
naturalmente y que mediante el estudio había desarrollado mucho más, sabiendo
en todos los casos expresarse claramente. Y porque Giotto, además de lo que la
naturaleza le diera, fue estudiosísimo y siempre estuvo pensando en cosas
nuevas y hurgando en la naturaleza, mereció ser llamado discípulo de la
naturaleza, y solamente de ella.

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Terminadas
dichas historias, pintó en el mismo lugar, pero en la iglesia inferior, las
partes altas de las paredes del altar mayor y los cuatro ángulos de la bóveda
superior en que se encuentran los restos de San Francisco, y cubrió todo eso
con invenciones caprichosas y bellas. En el primer ángulo está San Francisco
glorificado en el cielo, rodeado de aquellas virtudes que se requieren para
estar perfectamente en la gracia de Dios. De un lado, la Obediencia pone al cuello
de un fraile, que está de rodillas delante de ella, un yugo cuyas riendas son
tendidas hacia el cielo por determinadas manos; y poniéndose un dedo sobre la
boca para significar silencio, tiene los ojos puestos en Jesucristo, que vierte
sangre por el costado.
Y en
compañía de esta virtud están la Prudencia y la Humildad, para demostrar que
donde realmente se halla la obediencia, siempre están la humildad y la
prudencia, que dan buen resultado en todas las cosas. En el segundo ángulo está
la Castidad, la cual, afirmada en una roca fortificada, no se deja seducir ni
por los reinos ni por las coronas ni por las palmas que algunos le ofrecen. A
los pies de ésta se halla la Pureza, que lava a los desnudos, y la Fortaleza
conduce gente a lavarse y purificarse. Cerca de la Castidad está, de un lado,
la Penitencia, que con unas disciplinas expulsa al Amor alado y hace huir a la
Inmundicia. En el tercer lugar está la Pobreza, la cual va descalza pisando
espinas; un perro le ladra por detrás y en torno de ella están un niño que le
arroja piedras y otro que, con un palo, le acerca espinas a las piernas. Y se
ve aquí a esta Pobreza desposada con San Francisco, mientras Jesucristo le ase
la mano, en la presencia, no desprovista de misterio, de la Esperanza y la Caridad.

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En el cuarto
y último de dichos lugares hay un San Francisco glorificado, que viste la
blanca túnica del diácono y está como triunfante en el cielo, en medio de una
multitud de ángeles que en torno de él forman coro con un estandarte en que se
ve una cruz con siete estrellas; y en lo alto se halla el Espíritu Santo. En
cada uno de los ángulos hay palabras latinas que explican las historias.
Similarmente, además de dichos cuatro ángulos, hay en las paredes pinturas
bellísimas que, a la verdad, merecen ser apreciadas, tanto por la perfección
que en ellas se ve como por haber sido ejecutadas con tanto cuidado, que han
conservado su frescura hasta hoy. En esta serie está el retrato de Giotto, muy
bien hecho; y sobre la puerta de la sacristía, de mano del mismo, y también al
fresco, hay un San Francisco recibiendo los estigmas, tan tierno y devoto que a
mí me parece ser la más excelente pintura que Giotto realizó entre esas obras,
todas verdaderamente bellas y loables.

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Cuando hubo
terminado finalmente dicho San Francisco, regresó a Florencia, y, llegado a esa
ciudad, pintó para enviarla a Pisa una tabla de San Francisco en el horrible
desierto de Vernia, ejecutándola con extraordinaria prolijidad, pues además de
ciertos paisajes llenos de árboles y de peñascos -que eran cosa nueva en aquel
tiempo-, muestra en la actitud del San Francisco -que con gran fervor recibe,
arrodillado, los estigmas- un muy ardiente deseo de recibirlos e infinito amor
hacia Jesucristo, quien, en el aire y rodeado por Serafines, se los concede;
los sentimientos se expresan tan a lo vivo que es imposible imaginar nada
mejor. En la parte inferior de la misma tabla hay tres episodios de la vida del
mismo Santo, muy hermosos. Esta tabla, la cual se ve hoy en San Francisco de
Pisa, en un pilar al lado del altar mayor, y que es muy venerada en memoria de
tan grande hombre, dio motivo para que los pisanos, al terminarse la
construcción del Campo Santo de acuerdo con los planos de Giovanni di Niccolà
Pisano, confiaran a Giotto la pintura de una parte de la pared interior.
Efectivamente, como el edificio, por la parte exterior, llevaba incrustaciones
de mármol y tallas ejecutadas a enorme costo y como el techo estaba revestido
de plomo y el interior lleno de columnas y sarcófagos antiguos, obra de los
paganos, llevados a aquella ciudad desde diversas partes del mundo, quisieron
los pisanos que las paredes interiores llevasen nobilísimas pinturas.

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Por este
motivo, Giotto fue a Pisa e hizo en una extremidad de una de las paredes de ese
Campo Santo seis grandes episodios de la vida del pacientísimo Job, pintados al
fresco. Y como sensatamente consideró que los mármoles, de aquel lado del
edificio en que tenía que trabajar, estaban vueltos hacia el mar y que, siendo
de cierta calidad, a causa del viento marino siempre están húmedos o arrojan
cierta cantidad de sal, como ocurre generalmente con los materiales pisanos;
estimando, por otra parte, que por esa razón se empañan los colores y las
pinturas o son comidos -para que se conservase lo más posible su obra- en todos
los lugares donde proyectaba trabajar al fresco hizo hacer un revoque, intonaco
o incrustación, por decirlo mejor, con cal, yeso y polvo de ladrillo, tan bien
mezclados que las pinturas que luego ejecutó encima se han conservado hasta este
día. Y en mejores condiciones estarían si la despreocupación de quien debía
velar por ellas no las hubiese dejado atacar tanto por la humedad; pues el
hecho de no haberse cuidado de ello, como podía hacerse fácilmente, ha sido
motivo para que, por sufrir las consecuencias de la humedad, esas pinturas se
han echado a perder en ciertos sitios, ennegreciéndose las carnaciones y
descascarándose el intonaco; además, por su naturaleza, el yeso, mezclado con
cal, se corrompe y pudre con el tiempo, de donde resulta que por fuerza se
destruyen los colores, aunque al principio parezca que cuajan bien.

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En esos
episodios hay muchas y hermosas figuras, además del retrato de Farinata degli
Uberti: en particular ciertos villanos que, al llevar las dolorosas nuevas a
Job, no podrían ser más sensibles ni demostrar mejor el dolor que les causan la
pérdida de los animales y las otras desventuras. Igualmente tiene estupenda
gracia la figura de un criado que está con un abanico al lado de Job, plagado y
abandonado por casi todos. Y, bien ejecutado en todas las partes, es
maravilloso por la actitud que adopta al espantar con una mano las moscas que
acosan al amo leproso y pustulento, mientras con la otra se aprieta, asqueado,
las narices para no sentir el hedor. Muy bellas son, igualmente, las demás
figuras de estas historias, y las cabezas de varones y mujeres; y los paños
están tratados con tanta delicadeza que no sorprende que aquella obra
adquiriera tanta fama en la ciudad y fuera de ella como para que el Papa
Benedicto IX enviase de Treviso a Toscana a uno de sus cortesanos para
enterarse de qué clase de hombre era Giotto y cuáles eran sus obras, pues
proyectaba confiarle algunas pinturas en San Pedro. El cual cortesano, yendo a
ver a Giotto, supo que en Florencia había otros maestros excelentes en la
pintura y el mosaico y habló en Siena con muchos maestros. Luego, con los
dibujos que éstos le confiaron, fue a Florencia y dirigiéndose una mañana al
taller de Giotto, el cual estaba trabajando, le expuso el pensamiento del Papa
y de qué modo quería valerse de su obra; finalmente, le pidió algún dibujo para
enviarlo a Su Santidad.

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Giotto, que era muy cortés, tomó una hoja de papel en
la cual, con un pincel mojado en rojo, apoyando el brazo en el costado para
hacer de él un compás y haciendo girar la mano, dibujó un círculo tan perfecto
de curva y de trazo que era maravilloso verlo. Hecho esto, dijo, sonriendo, al
cortesano: «Aquí está el dibujo». El interlocutor, creyendo que el artista se
burlaba, contestó: «¿No he de recibir otro dibujo que éste?» «Basta, y aun
sobra con él -repuso Giotto-, enviadlo junto con los demás y veréis si será
apreciado». El emisario, viendo que no podía obtener otra cosa, se alejó
bastante insatisfecho y preguntándose si Giotto no le había tomado el pelo.
Empero, al enviar al Papa los demás dibujos, con los nombres de quienes los
habían ejecutado, le remitió también el de Giotto, refiriendo la forma en que
se había empeñado en trazar el círculo sin mover el brazo y sin ayuda de
compás. Y el Papa y muchos cortesanos entendidos reconocieron por ese dibujo
hasta qué punto Giotto superaba en excelencia a todos los demás pintores de su
tiempo. Difundióse luego esta anécdota, de la cual nació la expresión que aún
se acostumbra aplicar a los individuos espesos: Tu se' più tondo che l'O di
Giotto. Expresión interesante no sólo por la forma en que nació, sino mucho más
por su significado, que consiste en la ambigüedad, pues en Toscana, tondo,
además de redondez perfecta, quiere decir pesadez y torpeza de ingenio.

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Hízolo,
pues, dicho Papa ir a Roma, donde, honrándole mucho y reconociendo sus méritos,
le encomendó pintar en la tribuna de San Pedro cinco historias de la vida de
Cristo y, en la sacristía, la tabla principal, todo lo cual fue ejecutado con
tanto empeño, que jamás salió de sus manos más acabado trabajo al temple. Así
mereció que el Papa, considerándose bien servido, le hiciera dar como premio
seiscientos ducados de oro, aparte de concederle tantos favores, que en toda
Italia se habló de ello.
En Roma fue
muy amigo de Giotto -para no callar cosa digna de memoria que se relacione con
el arte- Oderigi d'Agobbio, excelente miniaturista de aquella época; éste,
dirigido por el Papa, minió para la biblioteca del palacio muchos libros, los
cuales en gran parte han sido destruidos por el tiempo. En mi libro de dibujos
antiguos hay algunas reliquias de la propia mano de este hombre que, a la
verdad, era de valor, aunque fue mucho mejor su maestro, Franco Bolognese,
miniaturista, quien, para el mismo Papa y la misma biblioteca, en aquella época
realizó excelentemente bastantes obras de ese estilo, como puede verse en mi
mencionado libro, donde conservo de su mano dibujos para pinturas y miniaturas,
tales como un águila muy bien hecha y un león que destroza un árbol, bellísimo.
A estos dos miniaturistas excelentes se refiere Dante en el capítulo XI del
Purgatorio, en que se trata de los vanagloriosos, en los siguientes versos:
O, dissi
lui, non se' tu Oderisi,
L'onor
d'Agobbio, e l'onor di quell'arte
Che
illuminare è chiamata in Parisi?
Frate,
diss'egli, più ridon le carte
Che
pennelleggia Franco Bolognese:
L'onor è
tutto or suo, e mio in parte .
El Papa,
luego de ver las obras de Giotto, cuyo estilo le agradó infinitamente, le
ordenó que pintara en todas las paredes de San Pedro temas del Antiguo y el
Nuevo Testamento. Para empezar, Giotto hizo el ángel de siete brazos que está
sobre el órgano y muchas otras pinturas, que en parte han sido restauradas por
otros en nuestros días y en parte, al construirse las paredes nuevas, o bien
fueron destruidas o bien sacadas del edificio viejo de San Pedro y colocadas
debajo del órgano. Por ejemplo, para que no se destruyera una Nuestra Señora
que Giotto pintó, se hizo cortar la pared en torno de la figura y se la reforzó
con vigas y hierros para transportarla, y, en razón de su belleza, cimentarla
en cierto lugar, escogido con piedad y con el amor que tributa a las obras
excelentes del arte, por Messer Niccolò Acciaiuoli, doctor florentino que
adornó ricamente con estucos y otras modernas pinturas aquella obra de Giotto.

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De la mano de éste es también la nave de mosaico que está sobre las tres
puertas del portal, en el patio de San Pedro, la cual es realmente maravillosa
y ha sido merecidamente alabada por todos los bellos ingenios; porque allí,
además de la composición, está la representación de los Apóstoles, que de
diversas maneras se esfuerzan en medio de la tempestad del mar, mientras los
vientos soplan en una vela cuyo relieve es tal que no lo tendría tanto una vela
verdadera. Sin embargo, es difícil dar con pedazos de vidrio un efecto de
unidad como el que producen los claros y las sombras de esa gran vela, que a
duras penas podría imitarse con el pincel aunque se realizasen los mayores
esfuerzos. Además, hay un pescador, de pie sobre una roca, que pesca con línea
y cuya actitud revela una paciencia extrema, propia de su oficio, mientras en
su rostro se pintan la esperanza y el deseo de pescar algo. Debajo de esta obra
hay tres arcos pintados al fresco, de los cuales nada diré porque están
destruidos en gran parte. Coinciden, sin embargo, los elogios universalmente
dirigidos a esta obra por los artistas.

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Luego de
pintar Giotto en la Minerva, iglesia de los Hermanos Predicadores, una
Crucifixión grande sobre tabla, al temple, que a la sazón fue muy alabada,
regresó a su patria, de la cual había estado ausente durante seis años. Pero
poco después, Clemente V fue creado Papa, en Perugia, por haber fallecido el
Papa Benedicto IX, y Giotto se vio obligado a acompañar al Pontífice adonde
éste condujo la corte, es decir a Aviñón, para realizar algunas obras. Una vez
allí, hizo, no sólo en Aviñón sino en muchos otros puntos de Francia, muchas
tablas y pinturas al fresco, bellísimas, las cuales gustaron infinitamente al
Papa y a toda la Corte. Cuando, por fin, hubo terminado, Clemente V lo licenció
afectuosamente y con muchos obsequios, de modo que regresó a su casa no menos
rico que honrado y famoso. Y entre otras cosas se llevó el retrato de ese Papa,
que luego regaló a Taddeo Caddi, su discípulo. Y el regreso de Giotto a
Florencia ocurrió en el año 1316. Mas no le fue concedido detenerse mucho
tiempo en Florencia, porque, llevado a Padua por obra de los señores della
Scala, pintó en el Santo, iglesia construida en aquella época, una capilla
bellísima. De allí se trasladó a Verona, donde hizo algunas pinturas para
Messer Cane en su palacio y, especialmente el retrato de ese caballero;
asimismo, pintó una tabla para los Hermanos de San Francisco. Realizadas esas
obras, al regresar a Toscana tuvo que detenerse en Ferrara, donde trabajó al
servicio de los señores de Este, en el palacio y en San Agustín, pintando
algunas cosas que aún hoy se ven.

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Entre tanto, llegó a oídos de Dante, poeta
florentino, que Giotto estaba en Ferrara, y obró de modo de llevarlo a Ravena,
donde se encontraba desterrado. Y le hizo pintar en San Francisco, para los
señores da Polenta, algunos frescos de razonable mérito en la iglesia. De
Ravena, Giotto pasó a Urbino, donde también realizó algunas obras. Luego
ocurrió que, al pasar por Arezzo, no pudo dejar de complacer a Piero Saccone,
quien lo había agasajado mucho, de modo que pintó al fresco para él, en un
pilar de la capilla mayor del obispado, un San Martín que corta su capa por la
mitad para dar un pedazo de ella a un pobre que se encuentra casi desnudo
delante de él. Después de hacer en la Abadía de Santa Fiore, en madera, un
Crucifijo grande al temple, que hoy está en el centro de dicha iglesia, regresó
finalmente a Florencia donde, entre otras cosas, que fueron muchas, hizo en el
monasterio de las Damas de Faenza algunas pinturas al fresco y al temple que ya
no existen por encontrarse en ruinas ese monasterio. Similarmente, en el año
1322, habiendo fallecido el año anterior su gran amigo Dante, lo que le causó
mucho pesar, Giotto se dirigió a Lucca y a pedido de Castruccio, señor entonces
de aquella ciudad, su patria, pintó una tabla en San Martino, en que representó
a Cristo suspendido en el aire y a cuatro Santos protectores de la ciudad, que
son San Pedro, San Régulo, San Martín y San Paulino, los cuales aparecen
recomendando a un Papa y un Emperador que, según opinan muchos, son Federico el
Bávaro y Nicolás V Antipapa. Creen también algunos que Giotto proyectó en San
Frediano, en la misma ciudad de Lucca, el Castillo y Fortaleza de la Giusta,
que es inexpugnable.

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Habiendo regresado Giotto a Florencia, Roberto, rey de
Nápoles, escribió a Carlos, duque de Calabria, su primogénito, el cual se
encontraba en Florencia, para decirle que a cualquier precio le enviara a
Giotto a Nápoles porque, como acababa de construir Santa Clara, monasterio de
damas e iglesia real, deseaba que el artista lo adornase con noble pintura.
Giotto, pues, al oírse tan alabado por un rey que lo calificaba de famoso, de
mil amores fue a servirlo, y llegado a Nápoles pintó en algunas capillas de
dicho monasterio muchos episodios del Viejo Testamento y el Nuevo. Y las
escenas del Apocalipsis que hizo en esas capillas fueron (según se dice)
ideadas por Dante, como acaso lo fueron aquéllas, tan alabadas, de Asís, de las
cuales se ha hablado bastante ya. Aunque Dante había muerto a la sazón, es muy
posible que hablaran de esto en vida de él, como a menudo ocurre entre amigos.
Pero, volviendo a Nápoles, hizo Giotto en el Castello dell'Uovo muchas obras, y
en particular la capilla, que mucho agradaron a aquel rey. Éste lo quería tanto
que Giotto, cuando estaba trabajando, muchas veces era visitado por el
soberano, quien se complacía en verlo pintar y en oír sus razonamientos. Y
Giotto, que siempre tenía preparada alguna chanza o daba alguna respuesta aguda
y espontánea, entretenía al rey con el movimiento de su mano al pintar y con el
buen humor de sus dichos placenteros. Así, un día, díjole el rey que quería
hacer de él el primer hombre en Nápoles, y Giotto le contestó: «Por eso estoy
alojado en la Puerta Real, para estar antes que nadie en Nápoles». Otra vez le
dijo el soberano: «Giotto, si yo estuviera en tu lugar, ahora que hace tanto
calor dejaría un poco de pintar». Y Giotto le repuso: «Por cierto que lo haría
yo, si estuviera en vuestro lugar». Siéndole, pues, muy grato al rey, ejecutó
en una sala -que el rey Alfonso destruyó para edificar el castillo-, y también
en la Incoronata, buen número de pinturas. Y en dicha sala había, entre otras
cosas, retratos de muchos hombres famosos, inclusive el del mismo Giotto, el
cual, habiéndole pedido el soberano, por capricho, que le pintase su reino, le
pintó un asno enalbardado a cuyos pies estaba una albarda nueva que el animal
olfateaba, pareciendo apetecerla; y sobre una y otra albarda estaban la corona
real y el cetro del poder. Preguntóle el rey a Giotto lo que significaba esa
pintura, y contestó que así eran sus súbditos y así el reino, en que cada día
se desea un nuevo amo.

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Partió
Giotto de Nápoles para ir a Roma y se detuvo en Gaeta, donde tuvo que pintar en
la Nunciatura algunas escenas del Nuevo Testamento, hoy destruidas por el tiempo,
aunque no tanto como para que no se vea muy bien en ellas el retrato de Giotto
mismo al lado de un Crucifijo grande y muy bello. Concluida esta obra, no
pudiendo negarse al señor Malatesta, permaneció algunos días en Roma para
servirlo y luego se trasladó a Rímini, ciudad de la cual era señor dicho
Malatesta. Y allí, en la iglesia de San Francisco, hizo muchísimas pinturas que
más tarde fueron derribadas y destruidas por Gismondo, hijo de Pandolfo
Malatesta, que rehízo completamente dicha iglesia.

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También ejecutó al fresco,
en el claustro de dicho lugar, frente a la fachada de la iglesia, la historia
de la Beata Michelina, una de las más bellas y excelentes cosas que jamás
ejecutó Giotto, por las muchas y bellas ideas que tuvo al hacerla, pues, además
de la belleza de los paños y la gracia y vivacidad de las cabezas, que son
milagrosas, hay una joven, tan hermosa como puede serlo una mujer, que para
librarse de la calumnia de adulterio presta juramento sobre un libro, en
actitud muy estupenda, con la mirada fija en los ojos de su marido que la hace
jurar porque desconfía de un niño negro dado a luz por ella, ya que de ningún
modo logra persuadirse de que sea hijo suyo. Mientras el esposo revela por la
expresión de su rostro la cólera y la desconfianza, ella da a conocer por la
piedad de la frente y de los ojos, a quienes intensísimamente la contemplan, su
inocencia y su simplicidad, y el agravio que se le hace al obligarla a jurar y
tratarla pública e injustamente de meretriz. Del mismo modo, grandísima expresión
logró al pintar a un enfermo de ciertas llagas, porque todas las mujeres que lo
rodean, ofendidas por el hedor, hacen contorsiones de asco, las más graciosas
del mundo. Los escorzos que en otro cuadro se ven, entre una multitud de pobres
representados, son muy dignos de alabanza y deben ser apreciados por los
artistas porque ellos son el primer ejemplo del modo de hacerlos; aunque, como
son los primeros escorzos, no pasan de ser razonablemente buenos. Pero sobre
todas las demás cosas que están en esa obra, es maravillosísimo el gesto que
hace la susodicha Beata ante unos usureros que le entregan los dineros de la
venta de sus propiedades, para darlos a los pobres; porque ella manifiesta el
desprecio del dinero y las demás cosas terrenas, las cuales parece que le saben
mal, mientras los usureros son la imagen misma de la avaricia y la codicia
humana. Así, la figura de uno que mientras le cuenta los dineros parece hacerle
al notario seña de que escriba, es muy bella, considerando que si bien tiene
los ojos puestos en el notario, al proteger los dineros con las manos revela su
pasión, su avaricia y su desconfianza.

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Similarmente,
las tres figuras que, en el aire, sostienen el hábito de San Francisco, y
representan a la Obediencia, la Paciencia y la Pobreza, son dignas de loas
infinitas; hay allí, en el estilo de los paños, una naturalidad en la caída de
los pliegues, que hace reconocer que Giotto nació para dar brillo a la pintura.
Además, retrató tan al natural al señor Malatesta en una nave de esta obra, que
parece completamente vivo; y algunos marineros y otra gente, con su vivacidad,
sus emociones y sus actitudes; y, particularmente, una figura que hablando con
varios y cubriéndose la cara con una mano, escupe en el mar, hace conocer la
excelencia de Giotto.

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Y sin duda, entre todas las obras pictóricas de este
maestro, puede decirse que ésta es una de las mejores, porque no hay figura, en
el gran número de ellas, que no tenga en sí grandísimo arte y no esté colocada
en caprichosa actitud. Por lo tanto, no ha de asombrar que el señor Malatesta
lo premiara magníficamente y lo ensalzara. Terminados los trabajos para ese
señor, solicitado por un prior florentino que entonces estaba en San Cataldo de
Rímini, hizo fuera de la puerta de la iglesia un Santo Tomás de Aquino
leyéndoles a sus Hermanos. Al alejarse de allí, volvió a Ravena, y en San
Giovanni Evangelista decoró al fresco una capilla que fue muy alabada. Habiendo
regresado luego a Florencia con grandísimos honores y recursos, hizo al temple,
en San Marcos, un Crucifijo de madera, de tamaño mayor que el natural y en
campo de oro, el cual fue colocado del lado derecho de la iglesia. Hizo otro
similar en Santa Maria Novella, en el cual colaboró con él Puccio Capanna, su
alumno, y que aún hoy se encuentra sobre la puerta mayor, al entrar en la
iglesia a mano derecha, encima de la sepultura de los Gaddi. Y en la misma
iglesia hizo, sobre el tabique del medio, un San Luis para Paolo di Lotto
Ardinghelli, y al pie del Santo, los retratos del natural de este caballero y
su esposa.

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En el año
1327, Guido Tarlati da Pietramala, obispo y señor de Arezzo, falleció en Massa
di Maremma al regresar de Lucca, a donde había ido a visitar al emperador.
Trasladados sus restos a Arezzo, donde se le hicieron honras fúnebres honorabilísimas,
deliberaron Piero Saccone y Dolfo da Pietramala, hermano del obispo, que se le
hiciera un sepulcro de mármol digno de la grandeza de semejante hombre, señor
espiritual y temporal y jefe del partido gibelino en Toscana. Por lo tanto,
escribieron a Giotto que hiciera el proyecto de una sepultura riquísima y lo
más reverenda que fuese posible, y le enviaron las medidas, pidiéndole, además,
que les consiguiese al escultor más excelente, a su parecer, de cuantos
existían en Italia, porque confiaban absolutamente en su juicio. Giotto, que
era cortés, hizo el proyecto y lo envió, y, como oportunamente se dirá,8 dicha
sepultura fue ejecutada según el mismo. Y porque dicho Piero Saccone amaba
infinitamente el talento de aquel hombre, habiendo conquistado Borgo San
Sepolcro poco después de recibir el mencionado proyecto, se llevó de esa ciudad
a Arezzo una tabla de la mano de Giotto, con figuras pequeñas, que más tarde se
hizo pedazos.

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Y Baccio Gondi, gentilhombre florentino, aficionado a estas
nobles artes y todos sus talentos, siendo comisario de Arezzo buscó con gran
diligencia los trozos de esa tabla; habiendo encontrado algunos, los llevó a
Florencia, donde los conserva en gran veneración junto con algunas otras cosas
que posee de la mano del mismo Giotto, el cual ejecutó tantas obras que no se
creería si se hiciera la cuenta de ellas. Y no hace muchos años, encontrándome
yo en la ermita de Camaldoli, donde he trabajado mucho para aquellos reverendos
Padres, vi en una celda (en que había sido colocado por el muy reverendo Dom
Antonio de Pisa, entonces general de la Congregación de Camaldoli) un Crucifijo
pequeño sobre fondo de oro, con la firma de Giotto, muy bello; el cual
Crucifijo se conserva hoy, según me dice el reverendo Dom Silvano Razzi, monje
camaldulense, en el monasterio de los Ángeles de Florencia, en la celda del
superior, como cosa rarísima por ser de la mano de Giotto, y en compañía de un
bellísimo cuadrito pintado por Rafael de Urbino.

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Pintó Giotto
para los Hermanos Humillados de Todos los Santos, en Florencia, una capilla y
cuatro tablas, entre otras una de Nuestra Señora con muchos ángeles en torno de
ella y el Niño en brazos, así como un Crucifijo grande de madera. Puccio
Capanna tomó el modelo de éste y ejecutó muchos semejantes en Italia, habiendo
practicado ampliamente el estilo de Giotto. Cuando este libro de las Vidas de
los Pintores, Escultores y Arquitectos se imprimió por primera vez, había en el
tabique del medio de dicha iglesia una tablita al temple, pintada por Giotto
con infinita prolijidad, en la cual se veía la muerte de Nuestra Señora,
rodeada por los Apóstoles y con un Cristo que recibe en sus brazos el alma de
ella. Esta obra era muy alabada por los artistas pintores y particularmente por
Miguel Ángel Buonarroti, quien aseguraba, como se ha dicho otra vez, que la
propiedad de esta escena pintada no podía ser más ajustada a la verdad. Esta
tablita, digo, que era altamente apreciada, desde que se publicó por primera
vez el libro de estas Vidas , fue robada por alguien que, quizá por amor al
arte o por piedad, pareciéndole que no la apreciaban bastante, se volvió
despiadado, como dice nuestro poeta. Y a la verdad fue un milagro, en aquellos
tiempos, que Giotto tuviese tanto garbo en el pintar, sobre todo si se
considera que en cierto modo aprendió su arte sin maestro.

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Después de
estas obras, en el año 1334, el 9 de julio, puso mano al campanario de Santa
Maria del Fiore, cuya fundación, habiéndose cavado hasta veinte braccia 9 de
profundidad, fue una base de piedras sólidas en aquel lugar de donde se había
extraído agua y lastre; sobre esa base, puesto luego un buen cimiento que subía
doce braccia por encima de la primera fundación, Giotto hizo construir el
resto, es decir las otras ocho braccia de mampostería. Y en este principio y
fundamento intervino el obispo de la ciudad, el cual, en presencia de todo el
clero y todos los magistrados, colocó solemnemente la primera piedra.
Continuóse luego esta obra según dicho modelo, que fue de aquel estilo tudesco
que en esa época se usaba. Proyectó Giotto todas las escenas que debían
constituir el adorno y con suma prolijidad marcó en el modelo la distribución
de los colores negro, blanco y rojo en aquellos lugares en que debían estar
colocadas las piedras y los frisos. En la base, el circuito de la torre fue de
cien braccia de largo, es decir de veinticinco braccia por cada cara, y la
altura fue de ciento cuarenta y cuatro braccia . Y si es cierto -yo lo tengo
por muy verdadero- lo que dejó escrito Lorenzo di Cione Ghiberti, Giotto hizo no
sólo el modelo de este campanario sino también, en esculturas y relieves,
partes de aquellas historias de mármol que representan los principios de todas
las artes. Y el mencionado Lorenzo afirma haber visto modelos de relieves de la
mano de Giotto, y particularmente, aquellos correspondientes a dichas obras,
cosa que puede creerse fácilmente, siendo el dibujo y la invención el padre y
la madre de todas estas artes y no de una sola.

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Debía este campanario, según el
modelo de Giotto, tener como remate, encima del que se ve, una punta o bien una
pirámide cuadrangular, alta, de cincuenta braccia , pero por ser cosa tudesca y
de estilo anticuado, los arquitectos modernos siempre han aconsejado que no se
haga, pareciéndoles que el campanario está mejor así. Por todas esas obras,
Giotto no sólo fue nombrado ciudadano florentino sino que la Comuna de
Florencia le destinó cien florines de oro anuales, lo cual era mucho en aquel
tiempo, y le designó proveedor de aquel edificio que, después de él, fue
continuado por Taddeo Gaddi, ya que Giotto no vivió bastante para verlo
concluido. Ahora, mientras progresaba esa construcción, hizo una tabla para las
monjas de San Giorgio y, en la Abadía de Florencia, en un arco sobre la puerta
de adentro de la iglesia, tres medias figuras hoy blanqueadas para iluminar el
recinto.

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Y en la sala grande del Podestá de Florencia pintó el Ayuntamiento,
imitado por muchos: representó al Ayuntamiento bajo la forma de un juez con el
cetro en la mano, sentado, y sobre su cabeza puso las balanzas igualadas por
los justos fallos pronunciados por él, auxiliado por las cuatro virtudes que
son la Fortaleza con el ánimo, la Prudencia con las leyes, la Justicia con las
armas y la Templanza con las palabras. Es una pintura bella y una invención
acertada y verosímil.
Luego,
volviendo a Padua, además de muchas cosas y capillas que allí pintó, hizo en el
lugar de la Arena una Gloria mundana que le procuró mucho renombre y utilidad.
También ejecutó en Milán algunas cosas que están diseminadas en aquella ciudad y
que aún hoy son consideradas bellísimas. Finalmente, regresado de Milán, no
transcurrió mucho tiempo hasta que, habiendo realizado en vida tantas y tan
bellas obras y habiendo sido no menos buen cristiano que excelente pintor,
entregó su alma a Dios en el año 1336, con mucho pesar de todos sus
conciudadanos y también de aquellos que no lo habían conocido sino tan sólo
oído nombrar.

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Y fue sepultado, como lo merecía por sus talentos, con grandes
honores. En vida fue querido por todos y especialmente por los hombres
excelentes en todas las profesiones, ya que, además de Dante, de quien hemos
hablado, Petrarca lo honró y rindió tributo a sus obras, pues se lee en su
testamento que lega al señor Francesco de Carrara, señor de Padua, entre otras
cosas por él tenidas en suma veneración, un cuadro de la mano de Giotto que
representa a Nuestra Señora, como obra rara y que le era muy grata. Y las
palabras de ese capítulo del testamento dicen así:
Transeo ad dispositionem aliarum rerum; et prædicto igitur domino
meo Paduano, quia et ipse per Dei gratiam non eget, et ego nihil aliud habeo
dignum se, mitto tabulam meam sive historiam Beatæ Virginis Mariæ, opus Jocti
pictoris egregii, quæ mihi ab amico meo Michaële Vannis de Florentia missa est,
in cujus pulchritudinem ignorantes non intelligunt, magistri autem artis
stupent: hanc iconem ipsi domino lego, ut ipsa Virgo benedicta sibi sit
propitia apud filium suum Jesum Christum, etc.
Y el mismo
Petrarca, en una de sus epístolas en latín, que se halla en el quinto libro de
las Familiares dice las siguientes palabras:
Atque (ut a veteribus ad nova, ab externis ad nostra transgrediar)
duos ego novi pictores egregios, nec famosos, Joctum Florentinus civem, cujus
inter modernos fama ingens est, et Simonem Senensen. Novi scultores aliquot ,
etc.
Fue
sepultado en Santa Maria del Fiore, del lado izquierdo, entrando en la iglesia,
donde hay una lápida de mármol blanco en memoria de tanto hombre. Y como se
dijo en la Vida de Cimabue, un comentarista de Dante que vivía en la época de
Giotto dijo: «Fue y es Giotto, entre los pintores, el más grande de la misma
ciudad de Florencia, y sus obras lo atestiguan en Roma, en Nápoles, en Aviñón,
en Florencia, en Padua y en muchas otras partes del mundo».
Como ya se
dijo, Giotto era ingenioso y muy alegre, así como agudísimo en sus dichos, de
los cuales aún se conserva viva memoria en esta ciudad porque, además de lo que
escribió acerca de él Messer Giovanni Boccaccio, Franco Sacchetti, en sus
Trecento Novelle , cuenta muchas y bellísimas anécdotas, de las cuales no me
parece mal transcribir alguna en las propias palabras de dicho Franco, aunque
en la narración de las Novelle se encuentran algunos modos de hablar y
locuciones de aquella época. Dice, pues, en una, para mencionar el título:
A Giotto,
gran pintor, un hombre de poca monta le encarga pintar su escudo. Tomándolo en
broma, lo pinta de modo de confundir a su cliente.
«Todo el
mundo habrá oído hablar de Giotto y de cuánto superó como pintor a todos los
demás. Enterado de su fama, un grosero artesano y necesitando, quizá para
prestar el servicio feudal, que le pintaran su escudo, fue abruptamente al
taller de Giotto, seguido por un ayudante que le llevaba el escudo. Y llegado a
donde encontró a Giotto le dijo: Dios te guarde, maestro; desearía que me
pintaras mis armas en este escudo". Giotto, considerando al hombre y sus
modales, no dijo otra cosa que esto: ¿Para cuándo lo quieres?". Y el otro
se lo manifestó. Dijo Giotto: Déjalo por mi cuenta". Y el artesano se fue.
Y Giotto, ya solo, pensó para sí: ¿Qué significa esto? ¿Me habrán enviado a
este individuo para burlarse? Sea lo que fuere, nunca me han traído un escudo
para pintarlo. Y el que me lo trae es un hombrecillo simplote y me pide que le
pinte sus armas como si perteneciera a la realeza de Francia. Por cierto, debo
hacerle armas nuevas. Y así meditando se llevó el escudo al interior del taller
y dibujó en él lo que le pareció bien, ordenándole luego a un discípulo que
concluyera la pintura, cosa que hizo. Y la tal pintura representaba un
casquete, un gorjal, un par de guanteletes, un par de brazales, las dos piezas
de una coraza, un par de quijotes y de rodilleras, una espada, un cuchillo y
una lanza. Cuando volvió el buen hombre, que nada sabía de todo esto, lo hizo
entrar y dijo: Maestro, ¿ha pintado ese escudo?". Dijo Giotto: Así es. Ve
a buscarlo". Traído el escudo, el gentilhombre por procuración empieza a
mirarlo y le dice a Giotto: ¿Qué chapucería es esta que me has pintado?".
Dijo Giotto: Ya no te parecerá chapucería cuando te toque pagar". Dijo el
otro: Yo no pagaría por eso ni cuatro centavos". Dijo Giotto: ¿Y qué me
pediste que te pintara?". Y el otro contestó: Mis armas". Dijo
Giotto: ¿No están aquí? ¿Falta alguna?".

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Dijo el otro: Bien está".
Dijo Giotto: Si eso está mal, que Dios te castigue; debes de ser un grandísimo
animal. Si te preguntasen quién eres, apenas sabrías decirlo, y te vienes aquí
y dices: Píntame mis armas. Si fueras uno de los Bardi, santo y bueno, pero
¿qué armas llevas? ¿De dónde vienes? ¿Quiénes fueron tus antepasados? ¡Vamos,
no te da vergüenza! ¡Empieza por venir al mundo antes de hablar de armas como
si fueses el Duque de Baviera! Yo te he hecho toda una armería en tu escudo: si
hay algo más, dilo y te lo haré pintar". Dijo el otro: Me insultas y me
has echado a perder el escudo". Y se fue, y dirigióse a la justicia, e
hizo citar a Giotto. Giotto compareció e hizo comparecer al otro, demandándole
dos florines por la pintura, mientras el artesano lo demandaba a él. Oídas las
razones -que mucho mejor se explicó Giotto- los magistrados resolvieron que el
otro se llevara su escudo así pintado y diera seis liras a Giotto, porque éste
estaba en lo cierto. Por consiguiente, aceptó llevarse el escudo y pagar, y lo
dejaron ir. Así es como este individuo, por desmedirse, recibió su medida.»

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Dicen que
cuando Giotto, muy joven aún, estaba con Cimabue, cierto día pintó en la nariz
de una figura que ese Cimabue había hecho, una mosca tan natural, que cuando
volvió el maestro para continuar su obra, varias veces intentó espantarla con
la mano, pensando que era de verdad, hasta que advirtió su error. Podría
referir muchas otras bromas hechas por Giotto y muchas de sus agudas réplicas,
pero bastará haber mencionado en este lugar las anécdotas que preceden y que se
relacionan con las cosas del arte, remitiéndome para lo demás a dicho Franco y
otros autores.

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Finalmente,
para que el recuerdo de Giotto no quedase sólo en las obras que salieron de sus
manos y en aquellas que salieron de manos de los escritores de aquel tiempo,
habiendo sido él quien redescubrió el verdadero modo de pintar, perdido durante
muchos años antes de él, por público decreto y por obra del cariño particular
del Magnífico Lorenzo de Médicis, el antiguo admirador de los talentos de tanto
hombre, fue puesta en Santa Maria del Fiore la efigie suya tallada en mármol
por Benedetto da Majano, escultor excelente, con los infrascriptos versos
hechos por el divino hombre Messer Angelo Poliziano, para que quienes alcancen
la excelencia en cualquier profesión puedan esperar que conseguirán de otros un
monumento semejante al que mereció y obtuvo Giotto tan ampliamente por la
bondad de su obra:
Ille ego
sum, per quem pictura extincta revixit,
Cui quam
recta manus, tam fuit et facilis.
Naturæ
deerat mostræ quod defuit arti:
Plus licuit nulli pingere, nec melius.
Miraris
turrim egregiam sacro ære sonantem?
Hæc quoque
de modulo crevit ad astra meo.
Denique sum
Jottus, quid opus fuit illa referre?
Hoc nomen
longi carminis instar erit.
Y para que
quienes vengan después puedan ver dibujos de la propia mano de Giotto, y por
ellos conocer mejor la excelencia de tanto hombre, en nuestro mencionado libro
hay algunos maravillosos, que por mí fueron recogidos con no menor empeño que
dificultad y gasto.