
Vida de los más
excelentes pintores, escultores y arquitectos
Autor:
Giorgio Vasari





































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Giotto,
pintor, escultor y arquitecto florentino 1266-1337
La misma deuda
de gratitud que contraen los artistas pintores con la naturaleza - la
cual sirve continuamente de ejemplo a quienes, extrayendo lo bueno de
sus partes mejores y más bellas, siempre se ingenian en representarla
e imitarla-, la han contraído también, a mi entender,
con Giotto, pintor florentino: por cuanto, habiendo quedado sepultados
durante tantos años, bajo las ruinas causadas por la guerra,
los métodos de las buenas pinturas y sus lineamientos, él
solo, aun cuando nacido entre artífices ineptos, por la gracia
de Dios resucitó ese arte que se había extraviado y le
dio una forma que puede calificarse de buena. Y, en verdad, fue milagro
muy grande que aquella época grosera e incapaz tuviese el poder
de obrar en Giotto tan sabiamente que el dibujo, del cual poco o ningún
conocimiento tenían los hombres de esos tiempos, mediante él
volviese enteramente a la vida.
Sin embargo,
este gran hombre nació en el año l276 en la comarca de
Florencia, a 20 kms de esta ciudad, en la aldea de Vespignano, siendo
su padre, llamado Bondone, un hombre sencillo, labrador de la tierra.
Éste, cuando tuvo al hijito a quien dio el nombre de Giotto,
lo crió de conformidad con su condición, cumplidamente.
Y cuando alcanzó la edad de diez años, mostrando en todos
sus actos aún infantiles una vivacidad y presteza de ingenio
extraordinarios, que lo hacían grato no sólo a su padre
sino a todos aquellos que lo conocían en la aldea y fuera de
ella, Bondone le dio la custodia de unas ovejas. Mientras recorría
el campo, apacentándolas ora en un lugar, ora en otro, impulsado
por la inclinación de su naturaleza al arte del dibujo, en las
piedras, en la tierra o en la arena dibujaba constantemente alguna cosa
del natural o bien alguna fantasía suya.
Así,
un día, mientras Cimabue iba por sus asuntos de Florencia a Vespignano,
se encontró con Giotto quien, mientras pacía sus ovejas,
sobre una piedra lisa y pulida, con un guijarro un tanto afilado, dibujaba
una oveja del natural, sin haber aprendido la manera de hacerlo con
ningún maestro que no fuera la naturaleza. Detúvose Cimabue
muy maravillado y le preguntó si quería ir a vivir con
él. Contestó el niño que si esto era del agrado
de su padre, iría gustoso. Lo solicitó, pues, Cimabue
a Bondone, quien bondadosamente concedió el permiso, alegrándose
de que se llevara al niño a Florencia.
Cuando estuvo
allí, en poco tiempo, ayudado por la naturaleza y adiestrado
por Cimabue, no sólo igualó el párvulo el estilo
de su maestro sino que se hizo tan buen imitador del natural, que abandonó
completamente la torpe manera griega y resucitó el moderno y
buen arte de la pintura, introduciendo la práctica de retratar
fielmente del natural a las personas vivas, cosa que desde más
de doscientos años atrás no se practicaba: y si alguno
lo había intentado, no lo había logrado con mucha felicidad
ni tan bien como de pronto lo consiguió Giotto.
Éste,
entre otras cosas, retrató, como aún hoy puede verse en
la capilla del palacio del Podestá de Florencia, a Dante Alighieri,
coetáneo y grandísimo amigo suyo y no menos famoso como
poeta de lo que Giotto lo era al mismo tiempo como pintor, y tan alabado
por Messer Giovanni Boccaccio en el proemio del cuento de Messer Forese
da Rabatta y de dicho Giotto el pintor. En esa capilla se encuentra
el retrato, igualmente de mano del mismo, de Brunetto Latini, maestro
de Dante, y de Corso Donati, gran ciudadano de aquellos tiempos.
Fueron ejecutadas
las primeras pinturas de Giotto en la capilla del altar mayor de la
Abadía de Florencia, en la cual hizo muchas cosas consideradas
bellas, pero especialmente una Nuestra Señora cuando recibe la
Anunciación; porque en ella expresó vivamente el miedo
y el espanto que el saludo de Gabriel causó a María Virgen,
la cual parece que, llena de grandísimo temor, casi pretenda
darse a la fuga. Es de la mano de Giotto, asimismo, la tabla del altar
mayor de dicha capilla, la cual se ha conservado allí hasta hoy
y aún se conserva, más por cierta reverencia que se tributa
a la obra de tan gran hombre que por cualquier otro motivo. Y en Santa
Croce hay cuatro capillas de la mano del mismo, tres entre la sacristía
y la capilla grande, y una del otro lado. En la primera de las tres,
que es de Ridolfo de Bardi, y en la cual están las cuerdas de
las campanas, representó la vida de San Francisco, en la muerte
del cual buen número de Hermanos muestran bastante fielmente
el efecto del llanto. En la otra, que es la de la familia de los Peruzzi,
hay dos historias de la vida de San Juan Bautista, a quien está
dedicada la capilla; allí se ve muy vivamente representada la
danza de Herodías y la actividad de algunos criados que sirven
la mesa. En la misma están dos historias de San Juan Evangelista,
maravillosas, aquella de cuando resucita a Drusiana y la de su ascensión
al cielo. En la tercera capilla, que es la de los Giugni, dedicada a
los Apóstoles, fueron pintadas por mano de Giotto las historias
del martirio de muchos de ellos. En la cuarta, que está del otro
lado de la iglesia, hacia el Norte, y pertenece a los Tosinghi y los
Spinelli, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, Giotto
pintó la Natividad de la Virgen, sus Bodas, la Anunciación,
la Adoración de los Reyes Magos y la Presentación de Cristo
niño a Simeón, que es algo bellísimo, porque, además
del gran cariño reflejado en aquel anciano que recibe a Cristo,
la actitud del niño cuando, asustado por él, tiende los
brazos y se vuelve muy atemorizado hacia su Madre, no puede ser ni más
tierna ni más bella. Luego, en la muerte de esa Nuestra Señora
están los Apóstoles y un buen número de Ángeles
con antorchas en la mano, muy hermosos. En la capilla de los Baroncelli,
en dicha iglesia, hay una tabla al temple, de mano de Giotto, en que
está desarrollada con mucho cuidado la coronación de Nuestra
Señora, con un grandísimo número de figuras pequeñas
y un coro de Ángeles y Santos muy diligentemente ejecutados.
Y como en esta obra están escritas en letras de oro su firma
y la fecha, los artistas que consideren en qué época Giotto,
sin ninguna luz acerca de la buena manera, dio comienzo al buen modo
de dibujar y colorear, se verán forzados a sentir veneración
por él, en suma. En la misma iglesia de Santa Croce se encuentran
también, sobre el sepulcro de mármol de Carlo Marzuppini
Aretino, un Crucifijo, una Nuestra Señora, un San Juan y la Magdalena
al pie de la cruz; y del otro lado de la iglesia, precisamente enfrente,
sobre la sepultura de Lionardo Aretino, hay una Anunciación cerca
del altar mayor, la cual ha sido repintada por pintores modernos, con
escaso juicio de quien lo hizo. En el refectorio hay una historia de
San Luis y una Cena, en un árbol de la Cruz, pintados por él
mismo, y en los armarios de la sacristía, historias de la vida
de Cristo y de San Francisco, con figuras pequeñas.
Trabajó
también en la iglesia del Carmine, en la capilla de San Juan
Bautista, en que pintó toda la vida de ese Santo dividida en
varios cuadros. Y en el Palacio de la Parte Güelfa de Florencia
hay, de su mano, una historia de la Fe Cristiana, pintada al fresco
y perfectamente; en ella se ve el retrato del Papa Clemente IV, quien
creó aquella magistratura, dotándola de sus armas, que
ha conservado siempre y aún conserva.
Después
de hacer estas obras, partiendo de Florencia para ir a concluir en Asís
los trabajos comenzados por Cimabue, al pasar por Arezzo pintó
en la Pieve la capilla de San Francisco que está encima del baptisterio;
y en una columna redonda, cerca de un capitel corintio, antiguo y bellísimo,
hizo un San Francisco y un Santo Domingo, retratados del natural. Y
en el Duomo, fuera de Arezzo, pintó en una capilla la Lapidación
de San Esteban, con hermosa composición de figuras. Concluidos
estos trabajos, se trasladó a Asís, ciudad de Umbría,
llamado por Fray Giovanni di Muro della Marca, entonces general de los
Hermanos de San Francisco. Allí, en el templo superior, pintó
al fresco, bajo el corredor que corta las ventanas a ambos lados de
la iglesia, treinta y dos episodios de la vida y los actos de San Francisco,
o sea dieciséis de cada lado, tan perfectamente ejecutados que
conquistó grandísima fama. Por cierto, se ve en esa obra
gran variedad, no sólo en los gestos y las actitudes de cada
figura, sino en la composición de todos los episodios; además,
hace ver muy bien la diversidad de los trajes de aquel tiempo y ciertas
imitaciones y observaciones de las cosas de la naturaleza. Entre otras,
es bellísima una composición en que un sediento, en quien
se reconoce a lo vivo el deseo del agua, bebe de una fuente, arrodillado
en tierra, con grandísimo y realmente maravilloso afán,
al punto de que casi parece una persona viviente sorprendida en el acto
de beber. Hay allí muchas otras cosas dignísimas de consideración,
acerca de las cuales, para no ser tedioso, no me extenderé más.
Baste decir que toda esa obra conquistó a Giotto enorme reputación
por la bondad de las figuras y por el orden, la proporción, la
vivacidad y la facilidad que poseía naturalmente y que mediante
el estudio había desarrollado mucho más, sabiendo en todos
los casos expresarse claramente. Y porque Giotto, además de lo
que la naturaleza le diera, fue estudiosísimo y siempre estuvo
pensando en cosas nuevas y hurgando en la naturaleza, mereció
ser llamado discípulo de la naturaleza, y solamente de ella.
Terminadas
dichas historias, pintó en el mismo lugar, pero en la iglesia
inferior, las partes altas de las paredes del altar mayor y los cuatro
ángulos de la bóveda superior en que se encuentran los
restos de San Francisco, y cubrió todo eso con invenciones caprichosas
y bellas. En el primer ángulo está San Francisco glorificado
en el cielo, rodeado de aquellas virtudes que se requieren para estar
perfectamente en la gracia de Dios. De un lado, la Obediencia pone al
cuello de un fraile, que está de rodillas delante de ella, un
yugo cuyas riendas son tendidas hacia el cielo por determinadas manos;
y poniéndose un dedo sobre la boca para significar silencio,
tiene los ojos puestos en Jesucristo, que vierte sangre por el costado.
Y en compañía
de esta virtud están la Prudencia y la Humildad, para demostrar
que donde realmente se halla la obediencia, siempre están la
humildad y la prudencia, que dan buen resultado en todas las cosas.
En el segundo ángulo está la Castidad, la cual, afirmada
en una roca fortificada, no se deja seducir ni por los reinos ni por
las coronas ni por las palmas que algunos le ofrecen. A los pies de
ésta se halla la Pureza, que lava a los desnudos, y la Fortaleza
conduce gente a lavarse y purificarse. Cerca de la Castidad está,
de un lado, la Penitencia, que con unas disciplinas expulsa al Amor
alado y hace huir a la Inmundicia. En el tercer lugar está la
Pobreza, la cual va descalza pisando espinas; un perro le ladra por
detrás y en torno de ella están un niño que le
arroja piedras y otro que, con un palo, le acerca espinas a las piernas.
Y se ve aquí a esta Pobreza desposada con San Francisco, mientras
Jesucristo le ase la mano, en la presencia, no desprovista de misterio,
de la Esperanza y la Caridad.
En el cuarto
y último de dichos lugares hay un San Francisco glorificado,
que viste la blanca túnica del diácono y está como
triunfante en el cielo, en medio de una multitud de ángeles que
en torno de él forman coro con un estandarte en que se ve una
cruz con siete estrellas; y en lo alto se halla el Espíritu Santo.
En cada uno de los ángulos hay palabras latinas que explican
las historias. Similarmente, además de dichos cuatro ángulos,
hay en las paredes pinturas bellísimas que, a la verdad, merecen
ser apreciadas, tanto por la perfección que en ellas se ve como
por haber sido ejecutadas con tanto cuidado, que han conservado su frescura
hasta hoy. En esta serie está el retrato de Giotto, muy bien
hecho; y sobre la puerta de la sacristía, de mano del mismo,
y también al fresco, hay un San Francisco recibiendo los estigmas,
tan tierno y devoto que a mí me parece ser la más excelente
pintura que Giotto realizó entre esas obras, todas verdaderamente
bellas y loables.
Cuando hubo
terminado finalmente dicho San Francisco, regresó a Florencia,
y, llegado a esa ciudad, pintó para enviarla a Pisa una tabla
de San Francisco en el horrible desierto de Vernia, ejecutándola
con extraordinaria prolijidad, pues además de ciertos paisajes
llenos de árboles y de peñascos -que eran cosa nueva en
aquel tiempo-, muestra en la actitud del San Francisco -que con gran
fervor recibe, arrodillado, los estigmas- un muy ardiente deseo de recibirlos
e infinito amor hacia Jesucristo, quien, en el aire y rodeado por Serafines,
se los concede; los sentimientos se expresan tan a lo vivo que es imposible
imaginar nada mejor. En la parte inferior de la misma tabla hay tres
episodios de la vida del mismo Santo, muy hermosos. Esta tabla, la cual
se ve hoy en San Francisco de Pisa, en un pilar al lado del altar mayor,
y que es muy venerada en memoria de tan grande hombre, dio motivo para
que los pisanos, al terminarse la construcción del Campo Santo
de acuerdo con los planos de Giovanni di Niccolà Pisano, confiaran
a Giotto la pintura de una parte de la pared interior. Efectivamente,
como el edificio, por la parte exterior, llevaba incrustaciones de mármol
y tallas ejecutadas a enorme costo y como el techo estaba revestido
de plomo y el interior lleno de columnas y sarcófagos antiguos,
obra de los paganos, llevados a aquella ciudad desde diversas partes
del mundo, quisieron los pisanos que las paredes interiores llevasen
nobilísimas pinturas. Por este motivo, Giotto fue a Pisa e hizo
en una extremidad de una de las paredes de ese Campo Santo seis grandes
episodios de la vida del pacientísimo Job, pintados al fresco.
Y como sensatamente consideró que los mármoles, de aquel
lado del edificio en que tenía que trabajar, estaban vueltos
hacia el mar y que, siendo de cierta calidad, a causa del viento marino
siempre están húmedos o arrojan cierta cantidad de sal,
como ocurre generalmente con los materiales pisanos; estimando, por
otra parte, que por esa razón se empañan los colores y
las pinturas o son comidos -para que se conservase lo más posible
su obra- en todos los lugares donde proyectaba trabajar al fresco hizo
hacer un revoque, intonaco o incrustación, por decirlo mejor,
con cal, yeso y polvo de ladrillo, tan bien mezclados que las pinturas
que luego ejecutó encima se han conservado hasta este día.
Y en mejores condiciones estarían si la despreocupación
de quien debía velar por ellas no las hubiese dejado atacar tanto
por la humedad; pues el hecho de no haberse cuidado de ello, como podía
hacerse fácilmente, ha sido motivo para que, por sufrir las consecuencias
de la humedad, esas pinturas se han echado a perder en ciertos sitios,
ennegreciéndose las carnaciones y descascarándose el intonaco;
además, por su naturaleza, el yeso, mezclado con cal, se corrompe
y pudre con el tiempo, de donde resulta que por fuerza se destruyen
los colores, aunque al principio parezca que cuajan bien. En esos episodios
hay muchas y hermosas figuras, además del retrato de Farinata
degli Uberti: en particular ciertos villanos que, al llevar las dolorosas
nuevas a Job, no podrían ser más sensibles ni demostrar
mejor el dolor que les causan la pérdida de los animales y las
otras desventuras. Igualmente tiene estupenda gracia la figura de un
criado que está con un abanico al lado de Job, plagado y abandonado
por casi todos. Y, bien ejecutado en todas las partes, es maravilloso
por la actitud que adopta al espantar con una mano las moscas que acosan
al amo leproso y pustulento, mientras con la otra se aprieta, asqueado,
las narices para no sentir el hedor. Muy bellas son, igualmente, las
demás figuras de estas historias, y las cabezas de varones y
mujeres; y los paños están tratados con tanta delicadeza
que no sorprende que aquella obra adquiriera tanta fama en la ciudad
y fuera de ella como para que el Papa Benedicto IX enviase de Treviso
a Toscana a uno de sus cortesanos para enterarse de qué clase
de hombre era Giotto y cuáles eran sus obras, pues proyectaba
confiarle algunas pinturas en San Pedro. El cual cortesano, yendo a
ver a Giotto, supo que en Florencia había otros maestros excelentes
en la pintura y el mosaico y habló en Siena con muchos maestros.
Luego, con los dibujos que éstos le confiaron, fue a Florencia
y dirigiéndose una mañana al taller de Giotto, el cual
estaba trabajando, le expuso el pensamiento del Papa y de qué
modo quería valerse de su obra; finalmente, le pidió algún
dibujo para enviarlo a Su Santidad. Giotto, que era muy cortés,
tomó una hoja de papel en la cual, con un pincel mojado en rojo,
apoyando el brazo en el costado para hacer de él un compás
y haciendo girar la mano, dibujó un círculo tan perfecto
de curva y de trazo que era maravilloso verlo. Hecho esto, dijo, sonriendo,
al cortesano: «Aquí está el dibujo». El interlocutor,
creyendo que el artista se burlaba, contestó: «¿No
he de recibir otro dibujo que éste?» «Basta, y aun
sobra con él -repuso Giotto-, enviadlo junto con los demás
y veréis si será apreciado». El emisario, viendo
que no podía obtener otra cosa, se alejó bastante insatisfecho
y preguntándose si Giotto no le había tomado el pelo.
Empero, al enviar al Papa los demás dibujos, con los nombres
de quienes los habían ejecutado, le remitió también
el de Giotto, refiriendo la forma en que se había empeñado
en trazar el círculo sin mover el brazo y sin ayuda de compás.
Y el Papa y muchos cortesanos entendidos reconocieron por ese dibujo
hasta qué punto Giotto superaba en excelencia a todos los demás
pintores de su tiempo. Difundióse luego esta anécdota,
de la cual nació la expresión que aún se acostumbra
aplicar a los individuos espesos: Tu se' più tondo che l'O di
Giotto. Expresión interesante no sólo por la forma en
que nació, sino mucho más por su significado, que consiste
en la ambigüedad, pues en Toscana, tondo, además de redondez
perfecta, quiere decir pesadez y torpeza de ingenio.
Hízolo,
pues, dicho Papa ir a Roma, donde, honrándole mucho y reconociendo
sus méritos, le encomendó pintar en la tribuna de San
Pedro cinco historias de la vida de Cristo y, en la sacristía,
la tabla principal, todo lo cual fue ejecutado con tanto empeño,
que jamás salió de sus manos más acabado trabajo
al temple. Así mereció que el Papa, considerándose
bien servido, le hiciera dar como premio seiscientos ducados de oro,
aparte de concederle tantos favores, que en toda Italia se habló
de ello.
En Roma fue
muy amigo de Giotto -para no callar cosa digna de memoria que se relacione
con el arte- Oderigi d'Agobbio, excelente miniaturista de aquella época;
éste, dirigido por el Papa, minió para la biblioteca del
palacio muchos libros, los cuales en gran parte han sido destruidos
por el tiempo. En mi libro de dibujos antiguos hay algunas reliquias
de la propia mano de este hombre que, a la verdad, era de valor, aunque
fue mucho mejor su maestro, Franco Bolognese, miniaturista, quien, para
el mismo Papa y la misma biblioteca, en aquella época realizó
excelentemente bastantes obras de ese estilo, como puede verse en mi
mencionado libro, donde conservo de su mano dibujos para pinturas y
miniaturas, tales como un águila muy bien hecha y un león
que destroza un árbol, bellísimo. A estos dos miniaturistas
excelentes se refiere Dante en el capítulo XI del Purgatorio,
en que se trata de los vanagloriosos, en los siguientes versos:
O, dissi lui, non se' tu Oderisi,
L'onor d'Agobbio, e l'onor di quell'arte
Che illuminare è chiamata in Parisi?
Frate, diss'egli, più ridon le carte
Che pennelleggia Franco Bolognese:
L'onor è tutto or suo, e mio in parte .
El Papa, luego
de ver las obras de Giotto, cuyo estilo le agradó infinitamente,
le ordenó que pintara en todas las paredes de San Pedro temas
del Antiguo y el Nuevo Testamento. Para empezar, Giotto hizo el ángel
de siete brazos que está sobre el órgano y muchas otras
pinturas, que en parte han sido restauradas por otros en nuestros días
y en parte, al construirse las paredes nuevas, o bien fueron destruidas
o bien sacadas del edificio viejo de San Pedro y colocadas debajo del
órgano. Por ejemplo, para que no se destruyera una Nuestra Señora
que Giotto pintó, se hizo cortar la pared en torno de la figura
y se la reforzó con vigas y hierros para transportarla, y, en
razón de su belleza, cimentarla en cierto lugar, escogido con
piedad y con el amor que tributa a las obras excelentes del arte, por
Messer Niccolò Acciaiuoli, doctor florentino que adornó
ricamente con estucos y otras modernas pinturas aquella obra de Giotto.
De la mano de éste es también la nave de mosaico que está
sobre las tres puertas del portal, en el patio de San Pedro, la cual
es realmente maravillosa y ha sido merecidamente alabada por todos los
bellos ingenios; porque allí, además de la composición,
está la representación de los Apóstoles, que de
diversas maneras se esfuerzan en medio de la tempestad del mar, mientras
los vientos soplan en una vela cuyo relieve es tal que no lo tendría
tanto una vela verdadera. Sin embargo, es difícil dar con pedazos
de vidrio un efecto de unidad como el que producen los claros y las
sombras de esa gran vela, que a duras penas podría imitarse con
el pincel aunque se realizasen los mayores esfuerzos. Además,
hay un pescador, de pie sobre una roca, que pesca con línea y
cuya actitud revela una paciencia extrema, propia de su oficio, mientras
en su rostro se pintan la esperanza y el deseo de pescar algo. Debajo
de esta obra hay tres arcos pintados al fresco, de los cuales nada diré
porque están destruidos en gran parte. Coinciden, sin embargo,
los elogios universalmente dirigidos a esta obra por los artistas.
Luego de pintar
Giotto en la Minerva, iglesia de los Hermanos Predicadores, una Crucifixión
grande sobre tabla, al temple, que a la sazón fue muy alabada,
regresó a su patria, de la cual había estado ausente durante
seis años. Pero poco después, Clemente V fue creado Papa,
en Perugia, por haber fallecido el Papa Benedicto IX, y Giotto se vio
obligado a acompañar al Pontífice adonde éste condujo
la corte, es decir a Aviñón, para realizar algunas obras.
Una vez allí, hizo, no sólo en Aviñón sino
en muchos otros puntos de Francia, muchas tablas y pinturas al fresco,
bellísimas, las cuales gustaron infinitamente al Papa y a toda
la Corte. Cuando, por fin, hubo terminado, Clemente V lo licenció
afectuosamente y con muchos obsequios, de modo que regresó a
su casa no menos rico que honrado y famoso. Y entre otras cosas se llevó
el retrato de ese Papa, que luego regaló a Taddeo Caddi, su discípulo.
Y el regreso de Giotto a Florencia ocurrió en el año 1316.
Mas no le fue concedido detenerse mucho tiempo en Florencia, porque,
llevado a Padua por obra de los señores della Scala, pintó
en el Santo, iglesia construida en aquella época, una capilla
bellísima. De allí se trasladó a Verona, donde
hizo algunas pinturas para Messer Cane en su palacio y, especialmente
el retrato de ese caballero; asimismo, pintó una tabla para los
Hermanos de San Francisco. Realizadas esas obras, al regresar a Toscana
tuvo que detenerse en Ferrara, donde trabajó al servicio de los
señores de Este, en el palacio y en San Agustín, pintando
algunas cosas que aún hoy se ven. Entre tanto, llegó a
oídos de Dante, poeta florentino, que Giotto estaba en Ferrara,
y obró de modo de llevarlo a Ravena, donde se encontraba desterrado.
Y le hizo pintar en San Francisco, para los señores da Polenta,
algunos frescos de razonable mérito en la iglesia. De Ravena,
Giotto pasó a Urbino, donde también realizó algunas
obras. Luego ocurrió que, al pasar por Arezzo, no pudo dejar
de complacer a Piero Saccone, quien lo había agasajado mucho,
de modo que pintó al fresco para él, en un pilar de la
capilla mayor del obispado, un San Martín que corta su capa por
la mitad para dar un pedazo de ella a un pobre que se encuentra casi
desnudo delante de él. Después de hacer en la Abadía
de Santa Fiore, en madera, un Crucifijo grande al temple, que hoy está
en el centro de dicha iglesia, regresó finalmente a Florencia
donde, entre otras cosas, que fueron muchas, hizo en el monasterio de
las Damas de Faenza algunas pinturas al fresco y al temple que ya no
existen por encontrarse en ruinas ese monasterio. Similarmente, en el
año 1322, habiendo fallecido el año anterior su gran amigo
Dante, lo que le causó mucho pesar, Giotto se dirigió
a Lucca y a pedido de Castruccio, señor entonces de aquella ciudad,
su patria, pintó una tabla en San Martino, en que representó
a Cristo suspendido en el aire y a cuatro Santos protectores de la ciudad,
que son San Pedro, San Régulo, San Martín y San Paulino,
los cuales aparecen recomendando a un Papa y un Emperador que, según
opinan muchos, son Federico el Bávaro y Nicolás V Antipapa.
Creen también algunos que Giotto proyectó en San Frediano,
en la misma ciudad de Lucca, el Castillo y Fortaleza de la Giusta, que
es inexpugnable. Habiendo regresado Giotto a Florencia, Roberto, rey
de Nápoles, escribió a Carlos, duque de Calabria, su primogénito,
el cual se encontraba en Florencia, para decirle que a cualquier precio
le enviara a Giotto a Nápoles porque, como acababa de construir
Santa Clara, monasterio de damas e iglesia real, deseaba que el artista
lo adornase con noble pintura. Giotto, pues, al oírse tan alabado
por un rey que lo calificaba de famoso, de mil amores fue a servirlo,
y llegado a Nápoles pintó en algunas capillas de dicho
monasterio muchos episodios del Viejo Testamento y el Nuevo. Y las escenas
del Apocalipsis que hizo en esas capillas fueron (según se dice)
ideadas por Dante, como acaso lo fueron aquéllas, tan alabadas,
de Asís, de las cuales se ha hablado bastante ya. Aunque Dante
había muerto a la sazón, es muy posible que hablaran de
esto en vida de él, como a menudo ocurre entre amigos. Pero,
volviendo a Nápoles, hizo Giotto en el Castello dell'Uovo muchas
obras, y en particular la capilla, que mucho agradaron a aquel rey.
Éste lo quería tanto que Giotto, cuando estaba trabajando,
muchas veces era visitado por el soberano, quien se complacía
en verlo pintar y en oír sus razonamientos. Y Giotto, que siempre
tenía preparada alguna chanza o daba alguna respuesta aguda y
espontánea, entretenía al rey con el movimiento de su
mano al pintar y con el buen humor de sus dichos placenteros. Así,
un día, díjole el rey que quería hacer de él
el primer hombre en Nápoles, y Giotto le contestó: «Por
eso estoy alojado en la Puerta Real, para estar antes que nadie en Nápoles».
Otra vez le dijo el soberano: «Giotto, si yo estuviera en tu lugar,
ahora que hace tanto calor dejaría un poco de pintar».
Y Giotto le repuso: «Por cierto que lo haría yo, si estuviera
en vuestro lugar». Siéndole, pues, muy grato al rey, ejecutó
en una sala -que el rey Alfonso destruyó para edificar el castillo-,
y también en la Incoronata, buen número de pinturas. Y
en dicha sala había, entre otras cosas, retratos de muchos hombres
famosos, inclusive el del mismo Giotto, el cual, habiéndole pedido
el soberano, por capricho, que le pintase su reino, le pintó
un asno enalbardado a cuyos pies estaba una albarda nueva que el animal
olfateaba, pareciendo apetecerla; y sobre una y otra albarda estaban
la corona real y el cetro del poder. Preguntóle el rey a Giotto
lo que significaba esa pintura, y contestó que así eran
sus súbditos y así el reino, en que cada día se
desea un nuevo amo.
Partió Giotto de Nápoles para ir a Roma y se detuvo en
Gaeta, donde tuvo que pintar en la Nunciatura algunas escenas del Nuevo
Testamento, hoy destruidas por el tiempo, aunque no tanto como para
que no se vea muy bien en ellas el retrato de Giotto mismo al lado de
un Crucifijo grande y muy bello. Concluida esta obra, no pudiendo negarse
al señor Malatesta, permaneció algunos días en
Roma para servirlo y luego se trasladó a Rímini, ciudad
de la cual era señor dicho Malatesta. Y allí, en la iglesia
de San Francisco, hizo muchísimas pinturas que más tarde
fueron derribadas y destruidas por Gismondo, hijo de Pandolfo Malatesta,
que rehízo completamente dicha iglesia. También ejecutó
al fresco, en el claustro de dicho lugar, frente a la fachada de la
iglesia, la historia de la Beata Michelina, una de las más bellas
y excelentes cosas que jamás ejecutó Giotto, por las muchas
y bellas ideas que tuvo al hacerla, pues, además de la belleza
de los paños y la gracia y vivacidad de las cabezas, que son
milagrosas, hay una joven, tan hermosa como puede serlo una mujer, que
para librarse de la calumnia de adulterio presta juramento sobre un
libro, en actitud muy estupenda, con la mirada fija en los ojos de su
marido que la hace jurar porque desconfía de un niño negro
dado a luz por ella, ya que de ningún modo logra persuadirse
de que sea hijo suyo. Mientras el esposo revela por la expresión
de su rostro la cólera y la desconfianza, ella da a conocer por
la piedad de la frente y de los ojos, a quienes intensísimamente
la contemplan, su inocencia y su simplicidad, y el agravio que se le
hace al obligarla a jurar y tratarla pública e injustamente de
meretriz. Del mismo modo, grandísima expresión logró
al pintar a un enfermo de ciertas llagas, porque todas las mujeres que
lo rodean, ofendidas por el hedor, hacen contorsiones de asco, las más
graciosas del mundo. Los escorzos que en otro cuadro se ven, entre una
multitud de pobres representados, son muy dignos de alabanza y deben
ser apreciados por los artistas porque ellos son el primer ejemplo del
modo de hacerlos; aunque, como son los primeros escorzos, no pasan de
ser razonablemente buenos. Pero sobre todas las demás cosas que
están en esa obra, es maravillosísimo el gesto que hace
la susodicha Beata ante unos usureros que le entregan los dineros de
la venta de sus propiedades, para darlos a los pobres; porque ella manifiesta
el desprecio del dinero y las demás cosas terrenas, las cuales
parece que le saben mal, mientras los usureros son la imagen misma de
la avaricia y la codicia humana. Así, la figura de uno que mientras
le cuenta los dineros parece hacerle al notario seña de que escriba,
es muy bella, considerando que si bien tiene los ojos puestos en el
notario, al proteger los dineros con las manos revela su pasión,
su avaricia y su desconfianza.
Similarmente, las tres figuras que, en el aire, sostienen el hábito
de San Francisco, y representan a la Obediencia, la Paciencia y la Pobreza,
son dignas de loas infinitas; hay allí, en el estilo de los paños,
una naturalidad en la caída de los pliegues, que hace reconocer
que Giotto nació para dar brillo a la pintura. Además,
retrató tan al natural al señor Malatesta en una nave
de esta obra, que parece completamente vivo; y algunos marineros y otra
gente, con su vivacidad, sus emociones y sus actitudes; y, particularmente,
una figura que hablando con varios y cubriéndose la cara con
una mano, escupe en el mar, hace conocer la excelencia de Giotto. Y
sin duda, entre todas las obras pictóricas de este maestro, puede
decirse que ésta es una de las mejores, porque no hay figura,
en el gran número de ellas, que no tenga en sí grandísimo
arte y no esté colocada en caprichosa actitud. Por lo tanto,
no ha de asombrar que el señor Malatesta lo premiara magníficamente
y lo ensalzara. Terminados los trabajos para ese señor, solicitado
por un prior florentino que entonces estaba en San Cataldo de Rímini,
hizo fuera de la puerta de la iglesia un Santo Tomás de Aquino
leyéndoles a sus Hermanos. Al alejarse de allí, volvió
a Ravena, y en San Giovanni Evangelista decoró al fresco una
capilla que fue muy alabada. Habiendo regresado luego a Florencia con
grandísimos honores y recursos, hizo al temple, en San Marcos,
un Crucifijo de madera, de tamaño mayor que el natural y en campo
de oro, el cual fue colocado del lado derecho de la iglesia. Hizo otro
similar en Santa Maria Novella, en el cual colaboró con él
Puccio Capanna, su alumno, y que aún hoy se encuentra sobre la
puerta mayor, al entrar en la iglesia a mano derecha, encima de la sepultura
de los Gaddi. Y en la misma iglesia hizo, sobre el tabique del medio,
un San Luis para Paolo di Lotto Ardinghelli, y al pie del Santo, los
retratos del natural de este caballero y su esposa.
En el año 1327, Guido Tarlati da Pietramala, obispo y señor
de Arezzo, falleció en Massa di Maremma al regresar de Lucca,
a donde había ido a visitar al emperador. Trasladados sus restos
a Arezzo, donde se le hicieron honras fúnebres honorabilísimas,
deliberaron Piero Saccone y Dolfo da Pietramala, hermano del obispo,
que se le hiciera un sepulcro de mármol digno de la grandeza
de semejante hombre, señor espiritual y temporal y jefe del partido
gibelino en Toscana. Por lo tanto, escribieron a Giotto que hiciera
el proyecto de una sepultura riquísima y lo más reverenda
que fuese posible, y le enviaron las medidas, pidiéndole, además,
que les consiguiese al escultor más excelente, a su parecer,
de cuantos existían en Italia, porque confiaban absolutamente
en su juicio. Giotto, que era cortés, hizo el proyecto y lo envió,
y, como oportunamente se dirá,8 dicha sepultura fue ejecutada
según el mismo. Y porque dicho Piero Saccone amaba infinitamente
el talento de aquel hombre, habiendo conquistado Borgo San Sepolcro
poco después de recibir el mencionado proyecto, se llevó
de esa ciudad a Arezzo una tabla de la mano de Giotto, con figuras pequeñas,
que más tarde se hizo pedazos. Y Baccio Gondi, gentilhombre florentino,
aficionado a estas nobles artes y todos sus talentos, siendo comisario
de Arezzo buscó con gran diligencia los trozos de esa tabla;
habiendo encontrado algunos, los llevó a Florencia, donde los
conserva en gran veneración junto con algunas otras cosas que
posee de la mano del mismo Giotto, el cual ejecutó tantas obras
que no se creería si se hiciera la cuenta de ellas. Y no hace
muchos años, encontrándome yo en la ermita de Camaldoli,
donde he trabajado mucho para aquellos reverendos Padres, vi en una
celda (en que había sido colocado por el muy reverendo Dom Antonio
de Pisa, entonces general de la Congregación de Camaldoli) un
Crucifijo pequeño sobre fondo de oro, con la firma de Giotto,
muy bello; el cual Crucifijo se conserva hoy, según me dice el
reverendo Dom Silvano Razzi, monje camaldulense, en el monasterio de
los Ángeles de Florencia, en la celda del superior, como cosa
rarísima por ser de la mano de Giotto, y en compañía
de un bellísimo cuadrito pintado por Rafael de Urbino.
Pintó Giotto para los Hermanos Humillados de Todos los Santos,
en Florencia, una capilla y cuatro tablas, entre otras una de Nuestra
Señora con muchos ángeles en torno de ella y el Niño
en brazos, así como un Crucifijo grande de madera. Puccio Capanna
tomó el modelo de éste y ejecutó muchos semejantes
en Italia, habiendo practicado ampliamente el estilo de Giotto. Cuando
este libro de las Vidas de los Pintores, Escultores y Arquitectos se
imprimió por primera vez, había en el tabique del medio
de dicha iglesia una tablita al temple, pintada por Giotto con infinita
prolijidad, en la cual se veía la muerte de Nuestra Señora,
rodeada por los Apóstoles y con un Cristo que recibe en sus brazos
el alma de ella. Esta obra era muy alabada por los artistas pintores
y particularmente por Miguel Ángel Buonarroti, quien aseguraba,
como se ha dicho otra vez, que la propiedad de esta escena pintada no
podía ser más ajustada a la verdad. Esta tablita, digo,
que era altamente apreciada, desde que se publicó por primera
vez el libro de estas Vidas , fue robada por alguien que, quizá
por amor al arte o por piedad, pareciéndole que no la apreciaban
bastante, se volvió despiadado, como dice nuestro poeta. Y a
la verdad fue un milagro, en aquellos tiempos, que Giotto tuviese tanto
garbo en el pintar, sobre todo si se considera que en cierto modo aprendió
su arte sin maestro.
Después de estas obras, en el año 1334, el 9 de julio,
puso mano al campanario de Santa Maria del Fiore, cuya fundación,
habiéndose cavado hasta veinte braccia 9 de profundidad, fue
una base de piedras sólidas en aquel lugar de donde se había
extraído agua y lastre; sobre esa base, puesto luego un buen
cimiento que subía doce braccia por encima de la primera fundación,
Giotto hizo construir el resto, es decir las otras ocho braccia de mampostería.
Y en este principio y fundamento intervino el obispo de la ciudad, el
cual, en presencia de todo el clero y todos los magistrados, colocó
solemnemente la primera piedra. Continuóse luego esta obra según
dicho modelo, que fue de aquel estilo tudesco que en esa época
se usaba. Proyectó Giotto todas las escenas que debían
constituir el adorno y con suma prolijidad marcó en el modelo
la distribución de los colores negro, blanco y rojo en aquellos
lugares en que debían estar colocadas las piedras y los frisos.
En la base, el circuito de la torre fue de cien braccia de largo, es
decir de veinticinco braccia por cada cara, y la altura fue de ciento
cuarenta y cuatro braccia . Y si es cierto -yo lo tengo por muy verdadero-
lo que dejó escrito Lorenzo di Cione Ghiberti, Giotto hizo no
sólo el modelo de este campanario sino también, en esculturas
y relieves, partes de aquellas historias de mármol que representan
los principios de todas las artes. Y el mencionado Lorenzo afirma haber
visto modelos de relieves de la mano de Giotto, y particularmente, aquellos
correspondientes a dichas obras, cosa que puede creerse fácilmente,
siendo el dibujo y la invención el padre y la madre de todas
estas artes y no de una sola. Debía este campanario, según
el modelo de Giotto, tener como remate, encima del que se ve, una punta
o bien una pirámide cuadrangular, alta, de cincuenta braccia
, pero por ser cosa tudesca y de estilo anticuado, los arquitectos modernos
siempre han aconsejado que no se haga, pareciéndoles que el campanario
está mejor así. Por todas esas obras, Giotto no sólo
fue nombrado ciudadano florentino sino que la Comuna de Florencia le
destinó cien florines de oro anuales, lo cual era mucho en aquel
tiempo, y le designó proveedor de aquel edificio que, después
de él, fue continuado por Taddeo Gaddi, ya que Giotto no vivió
bastante para verlo concluido. Ahora, mientras progresaba esa construcción,
hizo una tabla para las monjas de San Giorgio y, en la Abadía
de Florencia, en un arco sobre la puerta de adentro de la iglesia, tres
medias figuras hoy blanqueadas para iluminar el recinto. Y en la sala
grande del Podestá de Florencia pintó el Ayuntamiento,
imitado por muchos: representó al Ayuntamiento bajo la forma
de un juez con el cetro en la mano, sentado, y sobre su cabeza puso
las balanzas igualadas por los justos fallos pronunciados por él,
auxiliado por las cuatro virtudes que son la Fortaleza con el ánimo,
la Prudencia con las leyes, la Justicia con las armas y la Templanza
con las palabras. Es una pintura bella y una invención acertada
y verosímil.
Luego, volviendo a Padua, además de muchas cosas y capillas que
allí pintó, hizo en el lugar de la Arena una Gloria mundana
que le procuró mucho renombre y utilidad. También ejecutó
en Milán algunas cosas que están diseminadas en aquella
ciudad y que aún hoy son consideradas bellísimas. Finalmente,
regresado de Milán, no transcurrió mucho tiempo hasta
que, habiendo realizado en vida tantas y tan bellas obras y habiendo
sido no menos buen cristiano que excelente pintor, entregó su
alma a Dios en el año 1336, con mucho pesar de todos sus conciudadanos
y también de aquellos que no lo habían conocido sino tan
sólo oído nombrar. Y fue sepultado, como lo merecía
por sus talentos, con grandes honores. En vida fue querido por todos
y especialmente por los hombres excelentes en todas las profesiones,
ya que, además de Dante, de quien hemos hablado, Petrarca lo
honró y rindió tributo a sus obras, pues se lee en su
testamento que lega al señor Francesco de Carrara, señor
de Padua, entre otras cosas por él tenidas en suma veneración,
un cuadro de la mano de Giotto que representa a Nuestra Señora,
como obra rara y que le era muy grata. Y las palabras de ese capítulo
del testamento dicen así:
Transeo ad dispositionem aliarum rerum; et prædicto igitur domino
meo Paduano, quia et ipse per Dei gratiam non eget, et ego nihil aliud
habeo dignum se, mitto tabulam meam sive historiam Beatæ Virginis
Mariæ, opus Jocti pictoris egregii, quæ mihi ab amico meo
Michaële Vannis de Florentia missa est, in cujus pulchritudinem
ignorantes non intelligunt, magistri autem artis stupent: hanc iconem
ipsi domino lego, ut ipsa Virgo benedicta sibi sit propitia apud filium
suum Jesum Christum, etc.10
Y el mismo Petrarca, en una de sus epístolas en latín,
que se halla en el quinto libro de las Familiares dice las siguientes
palabras:
Atque (ut a veteribus ad nova, ab externis ad nostra transgrediar) duos
ego novi pictores egregios, nec famosos, Joctum Florentinus civem, cujus
inter modernos fama ingens est, et Simonem Senensen. Novi scultores
aliquot , etc.11
Fue sepultado en Santa Maria del Fiore, del lado izquierdo, entrando
en la iglesia, donde hay una lápida de mármol blanco en
memoria de tanto hombre. Y como se dijo en la Vida de Cimabue, un comentarista
de Dante que vivía en la época de Giotto dijo: «Fue
y es Giotto, entre los pintores, el más grande de la misma ciudad
de Florencia, y sus obras lo atestiguan en Roma, en Nápoles,
en Aviñón, en Florencia, en Padua y en muchas otras partes
del mundo».
Como ya se dijo, Giotto era ingenioso y muy alegre, así como
agudísimo en sus dichos, de los cuales aún se conserva
viva memoria en esta ciudad porque, además de lo que escribió
acerca de él Messer Giovanni Boccaccio, Franco Sacchetti, en
sus Trecento Novelle , cuenta muchas y bellísimas anécdotas,
de las cuales no me parece mal transcribir alguna en las propias palabras
de dicho Franco, aunque en la narración de las Novelle se encuentran
algunos modos de hablar y locuciones de aquella época. Dice,
pues, en una, para mencionar el título:
A Giotto, gran pintor, un hombre de poca monta le encarga pintar su escudo. Tomándolo en broma, lo pinta de modo de confundir a su cliente.
«Todo el mundo habrá oído hablar de Giotto y de
cuánto superó como pintor a todos los demás. Enterado
de su fama, un grosero artesano y necesitando, quizá para prestar
el servicio feudal, que le pintaran su escudo, fue abruptamente al taller
de Giotto, seguido por un ayudante que le llevaba el escudo. Y llegado
a donde encontró a Giotto le dijo: Dios te guarde, maestro; desearía
que me pintaras mis armas en este escudo". Giotto, considerando
al hombre y sus modales, no dijo otra cosa que esto: ¿Para cuándo
lo quieres?". Y el otro se lo manifestó. Dijo Giotto: Déjalo
por mi cuenta". Y el artesano se fue. Y Giotto, ya solo, pensó
para sí: ¿Qué significa esto? ¿Me habrán
enviado a este individuo para burlarse? Sea lo que fuere, nunca me han
traído un escudo para pintarlo. Y el que me lo trae es un hombrecillo
simplote y me pide que le pinte sus armas como si perteneciera a la
realeza de Francia. Por cierto, debo hacerle armas nuevas. Y así
meditando se llevó el escudo al interior del taller y dibujó
en él lo que le pareció bien, ordenándole luego
a un discípulo que concluyera la pintura, cosa que hizo. Y la
tal pintura representaba un casquete, un gorjal, un par de guanteletes,
un par de brazales, las dos piezas de una coraza, un par de quijotes
y de rodilleras, una espada, un cuchillo y una lanza. Cuando volvió
el buen hombre, que nada sabía de todo esto, lo hizo entrar y
dijo: Maestro, ¿ha pintado ese escudo?". Dijo Giotto: Así
es. Ve a buscarlo". Traído el escudo, el gentilhombre por
procuración empieza a mirarlo y le dice a Giotto: ¿Qué
chapucería es esta que me has pintado?". Dijo Giotto: Ya
no te parecerá chapucería cuando te toque pagar".
Dijo el otro: Yo no pagaría por eso ni cuatro centavos".
Dijo Giotto: ¿Y qué me pediste que te pintara?".
Y el otro contestó: Mis armas". Dijo Giotto: ¿No
están aquí? ¿Falta alguna?". Dijo el otro:
Bien está". Dijo Giotto: Si eso está mal, que Dios
te castigue; debes de ser un grandísimo animal. Si te preguntasen
quién eres, apenas sabrías decirlo, y te vienes aquí
y dices: Píntame mis armas. Si fueras uno de los Bardi, santo
y bueno, pero ¿qué armas llevas? ¿De dónde
vienes? ¿Quiénes fueron tus antepasados? ¡Vamos,
no te da vergüenza! ¡Empieza por venir al mundo antes de
hablar de armas como si fueses el Duque de Baviera! Yo te he hecho toda
una armería en tu escudo: si hay algo más, dilo y te lo
haré pintar". Dijo el otro: Me insultas y me has echado
a perder el escudo". Y se fue, y dirigióse a la justicia,
e hizo citar a Giotto. Giotto compareció e hizo comparecer al
otro, demandándole dos florines por la pintura, mientras el artesano
lo demandaba a él. Oídas las razones -que mucho mejor
se explicó Giotto- los magistrados resolvieron que el otro se
llevara su escudo así pintado y diera seis liras a Giotto, porque
éste estaba en lo cierto. Por consiguiente, aceptó llevarse
el escudo y pagar, y lo dejaron ir. Así es como este individuo,
por desmedirse, recibió su medida.»
Dicen que cuando Giotto, muy joven aún, estaba con Cimabue, cierto
día pintó en la nariz de una figura que ese Cimabue había
hecho, una mosca tan natural, que cuando volvió el maestro para
continuar su obra, varias veces intentó espantarla con la mano,
pensando que era de verdad, hasta que advirtió su error. Podría
referir muchas otras bromas hechas por Giotto y muchas de sus agudas
réplicas, pero bastará haber mencionado en este lugar
las anécdotas que preceden y que se relacionan con las cosas
del arte, remitiéndome para lo demás a dicho Franco y
otros autores.
Finalmente, para que el recuerdo de Giotto no quedase sólo en
las obras que salieron de sus manos y en aquellas que salieron de manos
de los escritores de aquel tiempo, habiendo sido él quien redescubrió
el verdadero modo de pintar, perdido durante muchos años antes
de él, por público decreto y por obra del cariño
particular del Magnífico Lorenzo de Médicis, el antiguo
admirador de los talentos de tanto hombre, fue puesta en Santa Maria
del Fiore la efigie suya tallada en mármol por Benedetto da Majano,
escultor excelente, con los infrascriptos versos hechos por el divino
hombre Messer Angelo Poliziano, para que quienes alcancen la excelencia
en cualquier profesión puedan esperar que conseguirán
de otros un monumento semejante al que mereció y obtuvo Giotto
tan ampliamente por la bondad de su obra:
Ille ego sum,
per quem pictura extincta revixit,
Cui quam recta manus, tam fuit et facilis.
Naturæ deerat mostræ quod defuit arti:
Plus licuit nulli pingere, nec melius.
Miraris turrim egregiam sacro ære sonantem?
Hæc quoque de modulo crevit ad astra meo.
Denique sum Jottus, quid opus fuit illa referre?
Hoc nomen longi carminis instar erit.
Y para que
quienes vengan después puedan ver dibujos de la propia mano de
Giotto, y por ellos conocer mejor la excelencia de tanto hombre, en
nuestro mencionado libro hay algunos maravillosos, que por mí
fueron recogidos con no menor empeño que dificultad y gasto.
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