En este
momento vamos a saltar de una muerte a un nacimiento, de un asesinato a una
defensa de la vida a ultranza. Si del primer acto, la muerte y el asesinato de
Zacarías, padre de Juan el Bautista - hecho ya demostrado en la Historia Divina
- se encargaron los sacerdotes judíos, del Nacimiento y defensa de la vida de
Jesucristo se encargó un solo hombre, cuya gloria para la eternidad no es capaz
de alcanzar, ni a la altura de sus plantas, la de los Césares, los Napoleones,
los Newtones o cualquier hijo nacido de hembra humana, o por nacer... Pero esta
declaración, que os parecerá tan obvio viniendo de mí, no es el punto sobre el
que voy a dirigir vuestra atención. La gloria de la creación vuelve a su
Creador y es en sus Manos donde cada criatura encuentra su lugar y su valor.
Así que nos centraremos en el hombre y sus circunstancias, y especialmente en
el tiempo referido al Nacimiento de Cristo bajo el empadronamiento universal
dictado por Octavio Augusto.
Recuerdo
aquí a todos que la ausencia absoluta de documentos oficiales sobre la época
octaviana no fue una casualidad en absoluto. Se ha hablando del tema de la
desaparición masiva, total y momentánea de unos Archivos centenarios, hablando
del Templo de Jerusalén, quemados por orden de Flavio Josefo y sus rebeldes;
aquel mismo Flavio Josefo que en sus Historias hizo confesión de verdad
profesional en el prólogo a sus libros "históricos", cuando el hecho
es que pocos hombres en la Historia han cogido la verdad y la han tirado al
infierno de la necesidad de satisfacción de su odio con una elocuencia tan
sutil, o como diría el poeta: "ingrávida", en este caso contra el
cristianismo.
Aquel odio
tuvo su origen en el fracaso de Flavio Josefo y los suyos, inventores del
Judeocristianismo, para unir a los cristianos a su causa antirromana.
La
política jesucristiana asentada definitivamente durante el Concilio del 49 con
vistas a la Victoria de Cristo sobre el Diablo, Concilio en el que la fractura
entre cristianos y judeocristianos se firmó para siempre, y que vino a pasar a
la posteridad pública bajo la Disputa Pablo-Pedro respecto a la Necesidad de la
Circuncisión como complemento de la Fe, ante cuya Necesidad el Concilio dio un
NO sin concesiones, innegociable, marcando con su Respuesta el Fin de las
conversaciones entre judíos y cristianos; y precisamente porque el
Judeocristianismo recibió su golpe de muerte durante este Primer Concilio,
Flavio Josefo y los suyos culparon a la Iglesia de haber firmado la ruina de
Jerusalén, cuyo Incendio ellos mismos se encargarían de encender.
Aquel
mismo Flavio Josefo que pisó la Memoria de su Nación y la lobotomizó para
siempre, eligiendo la destrucción de Jerusalén antes que su conversión al
cristianismo; y aquel megalómano y demencial Nerón que se levantó, llama del
infierno en mano, para enterrar la gloria de Octavio y elevar sobre sus ruinas
la suya propia; estos dos caracteres anticristianos fueron los autores de la
desaparición de los dos Archivos Históricos sobre cuyas cenizas se formó el
agujero negro de cuyo núcleo oscuro emergiera aquel monstruo de muchas cabezas,
que se transformó con los siglos, de nombre Apócrifo, madre del Gnosticismo,
y uno de cuyos hijos bastardos - andando el tiempo - vendría a ser el famoso cuento
para mongolitos que sostiene haberse dado una relación sexual entre el Hijo de
Dios y una hembra humana, para mayor burla, ramera de profesión. Historia para
subnormales que, seducido por el poder de las riquezas, un autor de nuestro
tiempo revistió de propiedades seudohistóricas mediante la argucia novelesca de
interponer entre el lector sin clase y la Historia el nombre de un genio,
nuestro Leonardo Da Vinci.
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Y es que
lo mismo que en los Apócrifos de los primeros siglos los autores necesitaban de
la falsedad para colarse en el rebaño al que buscaban esquilmar, los autores
del siglo XX y sus discípulos del XXI tenían que burlarse del pueblo invocando
la fama de los muertos, demostrando con esto que no son más que intelectos
cadavéricos, novelistas sin recursos intelectuales que les capaciten para ser
Historiadores, y se aprovechan de la estupidez humana para hacer pasar el lodo
por metal precioso, y la basura más burda por oro.
¿Es
preferible vivir en la riqueza del diablo que morir en la pobreza de Cristo?
Dan Brown
y JJ Benítez podrían contestar esta cuestión mejor que yo. Nosotros vamos a
hacer derivar nuestra inteligencia hacia la falsedad o la veracidad del
Evangelio cuando afirma que el Nacimiento se produjo bajo el dictado de
empadronamiento universal de Octavio Augusto.
Y he
abierto este tema con el discursillo anterior a fin de negar lo evidente y
afirmar lo negado públicamente por los detractores del cristianismo, no
hablando esta vez de meros idiotas sino de los profesionales de las ciencias
históricas. Porque, desgraciadamente, estos jueces de la Historia cometieron un
delito de prevaricación y falsedad de juicio cuando arremetieron contra el
Texto de los Evangelios aduciendo que no existe documento alguno que avale la
Prueba del Empadronamiento. Y digo delito de corrupción por el que su juicio es
inválido y cualquier palabra que provenga de los historiadores queda anulada
como ciencia, por en cuanto conociendo perfectamente dónde desaparecieron esos
Archivos, y cómo y por qué, tan eminentes sabios prefirieron jugar la baza de
esta desaparición para atacar al Cristianismo que emprender una recreación
fidedigna de lo que tuvo lugar, cosa que no hicieron porque de llegar a
descubrir, por los medios indirectos al alcance del genio, la existencia del
dicho Empadronamiento: hubieran debido volver a reescribir la Historia a la par
que dar por perdida esa arma todopoderosa contra la Iglesia en particular y
contra el Cristianismo en general que les sirvieron Flavio Josefo y Nerón,
¡monta tanto tanto monta Satanás que Satán!
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Es
imposible, por tanto, de golpe y de entrada decir la última palabra. Primero
porque los profesionales sufren de síndrome anticristiano y son incapaces de
mirar cara a cara a la Historia por miedo a que la Historia les demuestre lo
que han sido, y siguen siendo: criados del Poder, perros falderos de los reyes
y los tiranos del mundo, de rodillas ante sus majestades, con o sin corona,
comiendo de las sobras de sus mesas con la conciencia tranquila porque, afuera,
el pueblo "se muere de hambre", asumiendo por filosofía "mejor
ser perro cebón que capón muerto de hambre".
Tres, por
tanto, son las fuentes contra las que la recreación de la verdadera historia de
la Humanidad choca. Los intereses religiosos, los intereses de los poderosos, y
la falta de valor de los historiadores. De manera que si en principio teníamos
que avanzar contra dos incendios ahora tenemos que derribar al can guardián que
desde las puertas de las universidades nos cierran el paso a la verdad, que
desterraron de sus aulas, y contra la que se alzan a muerte con tal que la
verdad jamás vuelva a ser Ley.
Quiero
decir, pretender formular la verdad desde una documentación oficial es
imposible, y pretender que quienes han hecho de este absurdo su corona den paso
a una investigación a fondo es, si no demencial, cuanto menos una locura. Así
que tenemos que recrear los acontecimientos desde la Biohistoria.
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La
Biohistoria es el método de recreación del tiempo partiendo de una objetividad
externa a los propios hechos, asumiendo por partida el volumen cultural de la
Psique humana en ese punto y alienando el objeto del sujeto. La refutabilidad
de semejante método moderno - el hombre del pasado debe determinarse desde los
patrones mentales del hombre del presente - no merece la pena siquiera de una
página de mi precioso tiempo. Decir que el comportamiento de un Octavio Augusto
debe recrearse desde las leyes innatas a un hombre de nuestro tiempo es, cuando
no un ejercicio de tiranía intelectual, sí un acto de mala fe y peor voluntad.
Este acto, que en los no profesionales, es una licencia artística sin más valor
que el que le saquen a su ejercicio popular, es en un profesional un delito
conspirativo contra el futuro de la Humanidad. De aquí que razonar a la manera
de un profesional sea lo último que se me ocurra.
Así que
Roma se instala en la Historia como la Heredera del Helenismo y su misión
sobrenatural, asumida por sus ideólogos, es hacer realidad el sueño de
Alejandro, es decir, una Paz Universal administrada por el Poder del Senado
Imperial. Pero aunque la República no era más que eso, un Senado Imperial, la
República se negaba a perder su status de Senado sin negar por ello su
afirmación Imperial. Y será precisamente el choque de estas dos fuerzas
internas las que desencadenarían la Edad de las Guerra Civiles, comparables en
mucho a nuestras dos Guerras Mundiales.
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Roma
quería ser un Imperio sin Emperador. Deseo demente que, como se ve, no podía
sino liberar la esquizofrenia agresiva en la etiología de las Guerras Civiles.
Tengamos en cuenta, sin embargo, que la Civilización Romana se encontraba en un
punto de la evolución del Derecho respecto al cual el resto del mundo, incluida
la nación judía, no eran más que una amalgama de pueblos bárbaros viviendo bajo
códigos y sistemas sociales totalmente atrasados. A pesar de la manipulación a
título póstumo ejecutada sobre la Memoria del Verdadero Pueblo Romano, alienando
a éste para poner en su lugar el producto de una imaginación cualquiera, tal
que se recrea la Roma que se hubiera querido conocer, privando a la que fue de
su verdadera Historia, el hecho es que el Pueblo Romano era a su tiempo lo que
el Pueblo Europeo del XIX en comparación al resto de su mundo. Aparte, Roma
estaba en misión sagrada. Su victoria final vendría de la mano de un hijo de
Roma, nacido para gobernar el universo entero e imponer la Paz Romana desde una
esquina a la otra del mundo. Y Octavio César Augusto, era ese mesías
escatológico.
No
olvidemos que para el Mundo Romano no existíamos nosotros ni en su imaginación
brillaba destello alguno de un mundo cristiano. Después de Roma no había más
que Roma. Roma había nacido para crecer, conquistar el mundo y extender sobre
todos los pueblos el fruto de su Cultura. Podía tardar más o podía tardar menos
la realización de este sueño, pero él, Octavio Augusto, era un punto decisivo
en este misterio y estaba dispuesto a corregir las diferencias entre los
pueblos y redirigir el futuro universal sobre los raíles del tren de su
Imperio. Después de él sus sucesores sólo tendrían que mantener la marcha, ser
pacientes, y, así como los hados habían dirigido a Roma hasta su Edad de Oro,
mismamente seguirían dirigiendo el curso de los acontecimientos hasta hacer del
Mundo y Roma una sola cosa, un solo ser, un solo cuerpo, el César su cabeza.
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No es vano
ni fútil comprender por qué los genios de su época se adhirieron a su causa y
se unieron al Proyecto de Roma Universal sin objeción de ninguna clase. Ahora
había que refundar Roma y su Historia, Roma y su Ciudad, Roma y su Imperio.
Para hacerlo Octavio contó con genios de mucha altura y con la voluntad de un
pueblo que vivía encantado la Pax del Príncipe y sólo podía desearse que su
Príncipe jamás se muriera. Con estos dos factores a su servicio, como si
dijésemos con estos dos miembros a sus órdenes, y después de haber echado los
cimientos de su Roma Universal, Octavio se encontró con la necesidad de
desbloquear las relaciones entre los pueblos del Imperio. El Imperio, como
venía siendo natural desde siempre, tenía su talón de Aquiles en la disparidad
mental entre sus partes. Esta disparidad ancestral actuaba manteniendo las
enemistades ancestrales en vivo, de manera que aún el judío seguía siendo un
perro para el sirio, y el sirio un cerdo para el egipcio. Había que echar abajo
aquel muro. Y reedificar sobre los cimientos de un Derecho Universal que,
andando el tiempo, se erigiese en signo de identidad suprarracial, y ni las
Religiones ni los Estados ni las Naciones fuesen más fuertes que este vínculo
de todos con todos en el Cuerpo Jurídico de un Derecho Universal ante el cual
todos los ciudadanos del Imperio se verían Iguales. Es decir, Octavio se vio
ante la necesidad de exportar el Derecho Romano a todas las naciones de su
Imperio como primer paso hacia la reconciliación de todos los pueblos.
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Octavio,
independientemente de la crítica de los historiadores universitarios, fue un
revolucionario de la altura de un Lenin, por poner un ejemplo, con la
particularidad que este Lenin Romano vivió muchas décadas y tuvo las riendas
del poder en sus manos desde el principio. La gran revolución que Octavio había
de acometer tenía un eje principal básico, a saber: la exportación del derecho
de Ciudadanía Romana a todos los pueblos del Imperio. Sin darle cumplido fin a
esta Revolución Internacional el sueño de Roma Universal moriría con el
soñador. Pero una vez que todos los pueblos se acogiesen al Derecho Romano,
desterrando de su cultura los códigos bárbaros por los que eran regidos, causa
de sus miserias, ese sueño perviviría por la fuerza de los propios
beneficiarios. Derecho y Ciudadanía irían unidos para siempre. Obviamente los
primeros interesados en que este Proyecto Universal fracasase serían los reyes
y los estados cuyos códigos jurídicos abominaban del Código Romano en la medida
que determinaba un nuevo universo de relación entre el poder y el pueblo, entre
los templos y los creyentes. Tomemos el caso del pueblo judío en concreto.
Privando
de todo derecho de defensa al acusado - excepcional el caso de Daniel y Susana
- el Código Civil Judío determinaba la indefensión total y absoluta del
ciudadano frente y ante el poder del Templo, que podía juzgar y matar a su antojo
sin más recurso que el que pudiera prestarle a la víctima el coche de san
Fernando (piernas por delante y corriendo). Y esto sin olvidar que, comparando
el código civil judío con el de otros pueblos, la Ley Judía era un no va más.
El hecho
era que el pueblo -judío o egipcio, persa o chino- el pueblo estaba vendido
desde su nacimiento al capricho de sus príncipes. Un Código Civil Romano que
ponía sobre la Ley de los Templos y de los Príncipes una Ley por la que ningún
ciudadano romano podía ser juzgado por sus creencias religiosas, ¿no iba a ser
bienvenida por los judíos, en tanto que pueblo, aunque fuese considerada por
parte de los Sacerdotes judíos un ataque directo al Poder del Templo?
Tenemos
que diferenciar, cuando hablamos del Pasado de la Humanidad, de Historia del
Pueblo y de Historia del Poder. Ahora bien, para los profesionales de la
Historia no existe Historia del Pueblo y únicamente Historia del Poder. Olvidan
sus excelentísisimas cátedras que para que haya matrimonio deben haber dos, a
no ser que se case uno con su sombra; y para que exista Poder debe existir el
Pueblo, a no ser que, como Bizancio en sus últimos días de locura, se llame
imperio el que se ejerce sobre el propio cuerpo, y de esta sutil manera poder
seguir tratando a la cabeza de emperador.
El hombre
Grande es aquel que une su Destino al de la Historia del Futuro y escribe las
páginas de su Vida sobre el Presente, dejando a las generaciones siguientes un
legado de inestimable valor sobre el que seguir trabajando. El Hombre de la
Historia del Poder es un enano mental que para creerse alguien debe ejercer
poder absoluto sobre la vida y la muerte, como un Enrique VIII de Inglaterra,
por ejemplo.
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Octavio
Augusto, independientemente del ataque contra su persona que los historiadores
al servicio de tales enanos del Poder, dirigieron contra su nombre y fama,
ataque del que se desprende la baja condición intelectual de quienes se atreven
con un muerto cuando de haber vivido en sus días hubiesen sido gusanos
arrastrándose tras los desperdicios de su cuerpo; y porque se ensañaron con un
difunto, tal ataque y sus conclusiones tienen el valor de una ofensa contra el
viento. Octavio fue algo más que un raquítico, escuálido y despreciable
engendro cuya gloria deba remitirse exclusivamente al honor del brazo de
Agripa, y su honra y sus leyes a la salud de la sabiduría y pluma de los héroes
de la Edad de Oro, y como que, inmerecidamente, se le ha atribuido a él, el
hijo de Julio, haber sido su astro central, su núcleo de Poder y el Genio de
inspiración multiforme y activo de aquella Edad de Oro para la posteridad.
¿No fue el
de Octavio el Genio del Soñador en cuyas manos, por cuestiones ajenas a nuestra
capacidad de decisión, fue puesto el Poder de proyectar su Idea de la
Civilización sobre el Imperio?
Ya venía
de muy lejos y latía desde hacía mucho tiempo en el alma del pueblo romano una
vocación que, detectada por todos los agentes del Futuro, ha sido comparada con
un mesianismo, peculiar, pero muy parecido al mesianismo judío. Los libros
sibilinos hablaban del nacimiento de un Mesías Romano. Era ésta una profecía
que existía antes del nacimiento de Octavio, y que, estando documentada, no se
puede decir que fuera escrita a posteriori a fin de ensalzar el advenimiento de
Augusto, proceso de falsificacion que sí se le adjudicó a la trama alrededor
del Nacimiento del Mesías Judío.
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Tengamos
en cuenta que la influencia del elemento semita en la Civilización Antigua es
uno de esos puntos frente al que el historiador del Siglo XX, aunque tuvo que
enfrentarse a él, adoptó por método el darle la espalda, y, aparte de hacer
constatar su existencia, se entregó a una especie de conspiración en el
silencio a fin de no incluir en la recreación de la Historia del Pasado de la
Civilización: "la Conexión Judía". Mas según todos los escritos los
Semitas procedían de Sem, hijo de Noé, y de esta raiz, por ejemplo, surgiría
Sargón I, el famoso fundador de Acad, de acogernos a la integración de la
Escritura Semita durante su Dinastía sobre el sustrato Sumerio Antiguo. Pero
este no es lugar de proceder a una discusión de esta naturaleza, así que
volvamos a Octavio.
Octavio
fue uno de los pocos hombres en la Historia Universal, su precedente
indiscutible Ciro el Grande - me atrevo a afirmar aunque con esta afirmación
rompa una lanza en contra de la dependencia del genio romano de la cultura
helena - que, como Ciro, tuvo la maravillosa oportunidad de permitirle a la
Humanidad dar un paso de gigante. Ciro quiso unir la Civilización en un
Principio de Libertad Religiosa, desterrando de las naciones sujetas a la Ley
de su Reino la Cuestión Religiosa como Origen de la enemistad y motor de
guerras entre los pueblos. Esta fue, sin duda, la aportación fantástica de Ciro
el Grande al Futuro de la Civilización. Se entiende que para dar este paso
habían de derribarse los muros que cerraban el camino; desde esta causa suprema
la legitimidad del Imperio de Ciro se hizo.
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Observemos
que no fueron los Helenos quienes influyeron en el Código Civil Romano en la
Cuestión Religiosa. No ya por lo de Sócrates (470-399 aC), ni siquiera por lo
de Antíoco IV Epifanes (215-163 aC). Roma no adoptó de Atenas la Libertad
Religiosa. Atenas y el mundo heleno como referente civilizador de libertad
religiosa es un mito, un fraude, un invento a posteriori. La libertad religiosa
jamás formó parte del ideario Griego, ni aún en nuestros días. Roma adaptó el
Imperio de Ciro el Grande a su Ideario, y fue del Código Civil Persa, no del
Griego, que la República Romana hizo suyo el Principio de Libertad Religiosa.
Este Paso
dado, pero borrado del mapa de Persia y de Asia por las dinámicas imperiales,
vino a ser parte de la Cultura Romana. La cuestión es: ¿Cuál sería el paso que
Octavio tenía que dar, mediante cuya consecución la Civilización saltaría de la
situación de Guerra Civil eterna a un Estado de Paz Universal, y en razón del
cual el Destino había puesto en sus manos el Poder que en las suyas tuvo su
predecesor, Ciro el Grande? Y la respuesta era obvia: La extensión de la
Ciudadanía Romana a todos los habitantes del Imperio. El don más preciado del
Hombre Romano, el don por el que su status cívico y en comparación a dicho
status todo código civil, ya judío ya griego, recibía el título de Bárbaro
¡este era el Paso que la Civilización se proponía dar de la mano del Mesías
Romano! O al menos fue el Ideario de Octavio.
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Sin
embargo este proyecto Octaviano chocaba con la moral hipócrita del poder de los
estados sujetos a Roma, que podían acusar de antipatriotismo a cualquiera que
invocase la Ciudadanía Romana, y pusiese entre el código de su Estado y su
persona la ley del César. Es decir, Octavio tenía que imponer la Ciudadanía
Romana Universal. Para eso tenía él en sus manos el Imperio que en su día
tuviera Ciro. Y a la vez no podía hacerlo sin provocar una marea de terremotos
patrioteros promocionados por los estados a fin de conservar la independencia
legal que les daba el poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos. En este
aspecto el todopoderoso rey de Roma tenía que ceder ante el político
pragmático, y al mismo tiempo no recular hasta el punto que la pérdida de su
autoridad determinase la sentencia de muerte de su sueño. En definitiva, se
imponía el Censo Universal por el que todos los pueblos pasasen a ser
Ciudadanos Romanos.
Existen
pruebas materiales sobre la publicación de aquel Edicto. Los historiadores han
preferido silenciar esta prueba a fin de no contribuir a la causa del
Cristianismo rehabilitando la verdad de un Texto Bíblico contra el que sus
predecesores se lanzaron con tanta alegría.
También
tenemos que ver, respecto al hecho de que este Censo no armase más ruido, que
el político se impuso al emperador y, conociendo al judío, Octavio determinó
ver qué efectos globales provocaría el Empadronamiento mediante la localización
de su entrada en vigor. Y eligió por punto de expansión la Palestina.
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Que este
Edicto se extendió se ve en la invocación a la ley del César por San Pablo,
quien siendo judío de nacimiento y nacido en el Asia Menor, y además un fariseo
estricto, hasta el punto de convertirse en el emisario de un Decreto de
Solución Final contra todos los Primeros Cristianos, que nunca llegó a destino,
gracias a Dios, y obviando o pasando sobre la cabeza de su Judaísmo sus padres
no dudaron en hacer a su hijo beneficiario de un Derecho en virtud del cual
Saulo de Tarso quedaba protegido frente a la omnipotencia para el crimen de los
rabinos. Pero que aquel Edicto no fue totalitario sino que imperando no
persiguió la desobediencia, dejando en manos de los obedientes la elección de
la doble nacionalidad, como se dice, y se ve también por los Hechos, pues al
contrario que San Pablo, Pedro no pudo acogerse al Derecho Romano y en todo
momento su causa estuvo sujeta al Derecho Judío, aunque claro tambien podemos
pensar que Pedro era mayor que Jesús, pensamiento con peso como se ve de la
posición que adopta Pedro frente a Jesús cada vez que Este abre la boca para
anunciar su Pasión, postura proteccionista típica de una persona mayor ante
otra más joven.
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Y aquí
entra el misterio del Viaje de José desde Nazaret a Belén para empadronarse, y
empadronándose, sujetar a su hijo primogénito a la Ley del César, por la cual
devenía Jesús sujeto del Derecho Romano, en virtud de lo cual el Sanedrín no
tenía ningún poder sobre El, puesto que devenía ante la Ley ciudadano romano.
¿No es Este Misterio es el que se pone en escena durante la Pasión de Jesús?
Siendo ciudadano romano por Obediencia de su padre al César, Jesús sólo podía
ser sentenciado a muerte por el gobernador romano.
Es obvio
que los judíos y el Sanedrín seguían rigiéndose por la ley patria y, como se ve
en la muerte de San Esteban, la ley patria era todopoderosa sobre los
ciudadanos no romanos. De haber sido el hijo de José un ciudadano sujeto a la
ley patria su apedreamiento no hubiera acarreado más problemas y en cualquier
momento y lugar hubieran podido matar al hijo de José como se mata un perro.
Pero al ser ciudadano romano su muerte podía ser llevada ante los tribunales
romanos y caer el peso de la justicia romana sobre sus asesinos, cosa que
ningún judío se podía permitir. Meterse con el perro es una cosa y meterse con
su amo es otra.
Se
cumplió, por tanto, la profecía de las Sibilas: Un hijo de Roma extendería su
ley y reinaría sobre todo el universo. Y se cumplió la profecía judía sobre el
origen del rey mesías, hijo de un judío, nuestro José, el hombre cuya
obediencia propició que la Muerte del Mesías escapase de las manos judías y
sólo Roma pudiera firmarla, convirtiendo su Caso en un Juicio Internacional
cuyos ecos llegarían a todo el mundo.
Para pena
de Pilato también llegó a Roma, donde los romanos simpatizantes de aquel
Profeta, no tardaron en levantar pleito contra su juez por juicio inicuo contra
un ciudadano romano cuyo único crimen era haberse proclamado hijo de Dios.