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Tengamos en cuenta que
la Condena de Muerte contra Jesús y las persecuciones anticristianas judías les
crearon a los judíos fama de asesinos de sus propios hermanos por disensiones
religiosas, un hecho que hasta el 66 estaba intrínsicamente prohibido por las
leyes del Derecho Romano. La Pax Romana impuso su imperio sobre la columna de
la libertad religiosa. Es cierto que la religión oficial de Roma estaba
financiada por Roma, pero ninguna otra medida contra las demás religiones
estaba vigente y toda otra medida a favor de la religión romana había sido
derogada. Fue en este contexto histórico que los judíos abrieron sus
persecuciones anticristianas de exterminio de los seguidores de Jesús dentro de
su propio territorio. Desgraciadamente para ellos el terrorismo anticristiano
practicado por los asesinos de San Esteban, Santiago el Mayor y Santiago el
Menor, marcando estas tres muertes las tres persecuciones asesinas de
exterminio ejecutadas por los autores e hijos de los que pidieron la Condena de
Muerte del Maestro, y la consiguiente estrategia de propaganda anticristiana a
nivel internacional, no sólo no les resultó a los judíos a su favor sino que
acabó volviéndose en su contra y fueron masacrados, su tierra asolada y los
supervivientes desterrados de sus propiedades.
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Fruto de esta situación
y forjado en el odio más criminal contra el cristianismo, a su vez traidor a
los suyos, Flavio Josefo escribiría su Historia de las Antiguedades y las
Guerras de los Judíos. En sus libros era natural que cualquier referencia que pudiera
conducir a los historiadores del futuro a la verdadera Historia de Cristo, sus
Orígenes y su Muerte, por lógica digo, debía enterrarse mediante la
manipulación de los nombres de los actores y la ocultación de los
acontecimientos tras las circunstancias de los reyes de Israel desde los
Macabeos a los Herodes. El día que este mismo Flavio Josefo y sus aliados de
rebelión contra Roma decidieron prenderle fuego a los Archivos del Templo de
Jerusalén el propósito en mente era borrar de la Historia cualquier documento
legal por el que pudiera certificarse la Historicidad del tal Jesucristo.
Traidor a sus aliados y
hermanos de sangre y armas, y superviviente de la destrucción de su nación,
Flavio Josefo vivió de rodillas a los pies del amo romano, igual que un perro,
pero un perro en cuyas venas la sangre era odio y todo ese odio concentrado
hacia un objetivo: el Cristianismo. En su Historia buscar cualquier elemento
sobre la existencia de Zacarías e Isabel, siendo como fue este Zacarías un
actor superimportante en sus días, cual los propios apócrifos recogen,
elevándolo hasta el mismo sumo sacerdocio, irreal pero notable en relación a la
existencia de una fama que quedó en la memoria de muchos, aunque relegada en la
cárcel de los recuerdos prohibidos; buscar en las Historias Judías, digo,
cualquier mención del hijo de Abías, ese mismo Abías cuyo nombre, siendo un
judío de pura cepa Flavio Josefo lo manipuló y lo helenizó, quedando como
Abtalión en sus Guerras Judías; buscar en esta Antihistoria del Pueblo Judío
una fuente de información para la reconstrucción de los tiempos premesiánicos,
tanto asmoneos como herodianos, es hacer un ejercicio de idiotez suprema. Es
como ir a buscar en la mesa del diablo la fruta del Árbol de la vida.
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En la Historia Divina abandoné
el relato de la Vida de Zacarías e Isabel y su hijo el Bautista en orden a
mantener el hilo alrededor de la Sagrada Familia. Es hora de recogerlo y
reabrir el capítulo del Asesinato de aquel Zacarías sobre cuya muerte, y la
vida de su hijo primogénito y unigénito, Juan el Bautista, Dios, según Jesús,
le pediría cuenta a su pueblo
Dije en la Segunda Parte
de la Historia Divina que el Templo de Jerusalén tenía un servicio de 24 horas,
y cada hora le correspondía a una de las veinticuatro familias sacerdotales,
entre las que luego era elegido el sumo sacerdote. Una de estas horas la tenía
el padre de Zacarías, el Abías cuyo nombre corrompiera mediante su helenización
el Judas Judío, Flavio Josefo, y Anticristo por excelencia a los ojos de Juan
el Evangelista. A esta Hora se refiere el Evangelio cuando habla de los Turnos
del templo. Zacarías heredó de su padre este Turno. Obviamente esta Hora lo
decía todo sobre la importancia del adorante en la estructura jerárquica del
Templo.
Un Estado del Vaticano en
miniatura, estos 24 Sacerdotes de los 24 Turnos del Templo eran las 24 cabezas
de los 24 Ministerios sobre los que se basaba la Burocracia Templaria. Registro
de Nacimientos, Impuestos por el Pecado, Venta de Animales y Aves para el
Sacrificio de expiación, Recaudación del Diezmo a nivel nacional e
internacional ... en fin, un Estado dentro del Estado Judío. Por regla general
este Turno de Adoración era heredado de padres a hijos y sólo en caso de no
tener descendiente el Turno pasaba a otra familia sacerdotal. A veces mediante
su venta al mejor postor. El caso de Zacarías, el heredero de Abías, fue
justamente ése. Pero su asesinato no procedería de la necesidad de quitar de en
medio al sacerdote a fin de repartirse su puesto en razón de la elección, siempre
dispuesta a la corrupción de los electores.
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Digamos también que el
padre de Zacarías fue uno de los pocos hombres del Templo que el rey Herodes no
sólo respetó sino que además encumbró por su valor y su fama de profeta delante
de su pueblo. Bajo la sombra de este padre y la cobertura de su fama delante de
la corte del rey de los judíos, para más inri un palestino, Zacarías hizo su
carrera administrativa dentro de la burocracia templaria. Destinado como estaba
por nacimiento a ocupar la cabeza de uno de los ministerios sobre los que el
Templo fundaba su existencia material, Zacarías eligió los Archivos
Genealógicos e Históricos, de los que dependía el registro de Nacimientos. El
por qué el registro y no precisamente otra función se entiende desde la Historia-Divina.
La búsqueda del
verdadero y legítimo heredero de la Corona de David se convirtió en el objetivo
número 1 durante el tiempo entre el fin del reino de los Asmoneos y el
principio del reino de los Herodes. Zacarías le juró su vida a descubrir el
paradero del Heredero Vivo de la Corona de Israel. Las circunstancias
históricas en su contra, Herodes recién en el Poder, Zacarías jugó a la
perfección la baza de aquel profeta Daniel que con una mano servía al rey de
Babilonia y con la otra labraba la ruina de su reino. Si habeis leído la
Historia Divina ya conocéis la maravillosa aventura de su saga, la Doctrina del
Alfa y la Omega, el descubrimiento de las dos casas mesiánicas y el Voto de
María. Todas estas cosas sucedieron en el secreto y nadie violó su sello hasta
que un accidental acontecimiento vino a abrirlo y dejar al descubierto la trama
antiherodiana-prodavídica que había estado tejiendo contra su Corona su
favorito entre los sacerdotes, el hijo de Abías, naturalmente. Este accidental
acontecimiento fortuito se llama la Visitación de los Magos.
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En los evangelios
apócrifos, de los que el "protoevangelio" es su buque emblema, a
estos Magos se les trata de reyes de la India, de Persia y de Arabia. Con este
dato basta para comprender por qué los sabios de los primeros siglos
desterraron del canon divino semejantes relatos. Que, sin embargo, como he
dicho, recogieron recuerdos prohibidos y jugaron con ellos para montarse su
propia pirámide de oro. En la Segunda Parte de la Historia Divina ya he
descubierto quiénes fueron en verdad aquéllos personajes. El hecho es que,
contra su voluntad, dichos Magos les descubrieron a los Herodes el complot
mesiánico que a sus espaldas, pero a su sombra, se había tejido. Si al
principio Herodes no quiso creer que su favorito y protegido, el hijo de Abías,
era la cabeza de ese complot en cuanto el misterio de su mudez, su retiro y su
ausencia del Templo sin cerrar la cuestión de la sucesión de su Turno, se
descubrió, “porque Isabel había dado a luz un hijo”, la resistencia de Herodes
cedió.
Era la ocasión que
habían estado esperando quienes habían querido comprarle el turno a Zacarías y
no habían conseguido nada. Ahora podían acabar con el problema, someter a
elección la sucesión y que se llevase el mejor postor el Turno de Abías. Pero
si para estos asesinos de túnicas santas el complot descubierto les servía la
ocasión sagrada de alzarse hasta la dirección del Templo, entrando a formar
parte de la Cúpula Sacerdotal, para el interesado, Zacarías, padre de Juan, la
cuestión era cerrar la vía que podía conducir a la Bestia hasta la Sagrada
Familia: mediante el sacrificio de su propia vida. La sangre de los Inocentes
derramada, la sed de la Bestia quedaría saciada.
En el desierto vivían en
cuevas comunidades cerradas y aisladas judíos disidentes pacíficos. Entre
aquéllos cavernícolas de los tiempos romanos escondió Zacarías a su mujer y a
su hijo. Después se dirigió al Templo a seguir con su Turno como si nada
hubiera pasado y no supiese nada de nada sobre los Magos, la estrella de Belén
... Pues que buscaban su vida mientras antes acabaran, mejor. Y así lo
hicieron. Lo mataron a patadas, lo mataron a bocados, lo mataron a zarpazos, lo
mataron a puñetazos. Una jauría de perros que se decían siervos del Altísimo y
escondían la marca del demonio al que servían bajo túnicas sagradas adornadas
con flecos de plata y ungidas con puntos de oro, santos de toda la vida, padres
del pueblo por inspiración divina, perros a dos patas se arrojaron sobre el
Hombre de Dios y le pagaron sus Servicios golpeándole hasta reventarle el
cráneo, las costillas hecha añicos quedaron incrustadas contra la espalda,
piernas y brazos rotos hasta el delirio y ni su madre pudiera reconocer de
quién era el cadáver de aquel que habían matado a la puerta del Templo, “bajo
el gazilofacio”.
La muerte de Zacarías,
padre del Bautista e hijo de Abias, cerró las vías que hubieran podido conducir
a los Herodes a su hijo Juan, y lo más importante, al Hijo de José. Éste,
avisado sobre la Matanza de los Inocentes y el asesinato de Zacarías, su mentor,
cogió a su Mujer, a su Hijo, y junto con Cleofás, el hermano de su Mujer, y
María la de Cleofás y sus hijos e hijas, emigraron a un Egipto por ésas fechas
en su esplendor bajo el gobierno de un Octavio César Augusto, patrón de la
llamada Edad de Oro del Imperio Romano.