BIBLIOTECA TERCER MILENIO

LA DICTADURA DE O'HIGGINS

 

por

M. L. AMUNATEGUI y B. VICUÑA MACKENNA

 

y
 

ADVERTENCIA

 

El argumento principal de este libro es la historia de las tentativas que hizo sin fruto el capitán general don Bernardo O'Higgins para establecer en Chile la dictadura. La conclusión que se deduce de los hechos referidos en él es la imposibilidad de plantar en América de un modo durable esa forma de gobierno.

Para que mi narración fuera clara he principiado por dar a conocer los antecedentes de los partidos y personajes políticos que figuran en el periodo histórico comprendido entre el 12 de Febrero de 1817 y el 28 de Enero de 1823.

El resto de este trabajo contiene dos categorías de suCesos que, aunque mezclados entre sí, son diferentes, y aun opuestos. La una abraza las hazañas, los eminentes servicios de D. Bernardo O'Higgins, los méritos que le valieron su gran prestigio sobre los contemporáneos y que le han hecho acreedor a la gratitud de la posteridad; la otra, las faltas que le hizo cometer su desmedida ambición de mando, las conspiraciones a las cuales dio origen su falsa política, las venganzas que ensangrentaron su gobierno, los grandes abusos que justificaron su caída.

He contado con más detención los sucesos políticos que los sucesos militares, porque así convenía al objeto de mi trabajo, y porque los segundos han sido perfectamente narrados por D. Salvador Sanfuentes, en una memoria que lleva por título Chile desde la batalla de Chacabuco hasta la de Maipo, por D. Antonio García Reyes; en otra que se denomina La Primera Escuadra Nacional; y por D. Diego Barros Arana, en una tercera, que tiene por nombre Vicente Benavides y las Campañas del Sur.

Para la redacción del mío me he aprovechado de los interesantes datos consignados en esos tres escritos.

He consultado además para la composición de este libro todos los impresos de que he tenido noticia, todos los documentos depositados en los archivos públicos ó conservados por las familias de los interesados, y el testimonio de varios contemporáneos que intervinieron en aquellos acontecimientos. He tomado de esas fuentes lo que me ha parecido verdadero, y lo he escrito sin odio y sin temor.

Antes de concluir tengo una deuda de gratitud que satisfacer. Para la redacción de este libro he recibido útiles consejos de mi ilustrado colega D. Francisco Vargas Fontecilla, y es para mí una satisfacción manifestar en este lugar el reconocimiento con que he escuchado las acertadas indicaciones de un joven á quien respeto como hombre de ciencia, á quien amo como amigo.

 

 

INTRODUCCIÓN

 

La república es el gobierno que mejor corresponde al espíritu del siglo xix. De ahí resulta que es el más sólido, el más razonable, el más duradero, el único posible en las nuevas naciones que se constituyan.

Todo nuevo Estado que aparezca, todo pueblo que se emancipe, ha de ser necesariamente republicano.

A las monarquías se les ha pasado su tiempo.

Esa forma de gobierno está basada sobre un absurdo que repugna a la razón, que degrada a la dignidad humana. Su principio de existencia es un error conocido, una preocupación insostenible. Desde que no se admite el derecho divino de los reyes, las monarquías están minadas en sus cimientos. Para ser acatados como antes necesitarían los monarcas que también como antes el aceite sagrado se derramase sobre sus cabezas.

En el día, la igualdad de los hombres es un dogma generalmente respetado. Son pocos, muy pocos, los que creen aún que Dios ha dotado a ciertas familias con el privilegio de regir a las naciones. Ese error garrafal constituía todos los títulos de los reyes a las soberanías de los pueblos; era ese el diploma apócrifo con que justificaban su dominación. La falsedad de semejantes despachos está demostrada, es evidente. ¿Qué fundamentos podrán en adelante alegar para sostener sus pretensiones? ¿Por qué motivo los demás hombres, sus iguales en todo, en naturaleza y en derechos, habrán de acatar su poder, habrán de conformarse con ser sus súbditos?

Sólo la creencia en el derecho divino convierte el trono en el pedestal de un ídolo; sin eso, no es más que un armazón de cuatro tablas cubiertas de terciopelo color púrpura, donde se sienta un hombre. En los pueblos que no miran ya a sus reyes como a los ungidos del Señor, la monarquía puede subsistir durante algunos años, apoyada por el imperio del hábito y el egoísmo de los intereses existentes, haciendo concesiones, adoptando ciertas formas e instituciones republicanas; pero no conservará sino una sombra de su antigua autoridad, y su existencia no será larga.

A la creencia en la supremacía de ciertas razas, de ciertas familias, de ciertos individuos, ha sucedido la creencia en la igualdad de todas las razas, de todas las familias, de todos los individuos. Las ideas son las que determinan los hechos. Es indispensable, pues, que a los gobiernos fundados en el privilegio, que correspondían a la primera de esas creencias, se sustituyan los gobiernos fundados en la igualdad de derechos, que corresponden a la segunda; es inevitablemente preciso que a las monarquías hereditarias o presidencias vitalicias sucedan las repúblicas basadas en la soberanía popular, y en las cuales los cargos públicos son electivos y alternativos.

Todos los esfuerzos que se hagan para impedir ese resultado serán impotentes; todos ellos servirán sólo para derramar sangre, para producir trastornos, para causar la desgracia momentánea de las naciones. No hay hombre bastante sabio, no hay pueblo bastante poderoso para contener el torrente de las ideas de una época.

La revolución de la independencia americana es una prueba irrefutable de mis asertos. Si en el siglo XIX las monarquías hereditarias o electivas hubieran sido posibles, esa revolución las habría engendrado.

No había países peor preparados para la república que las colonias españolas. Por las venas de sus moradores corría la sangre del pueblo más monárquico de la Europa, de un pueblo que profesaba idolatría a sus reyes, de un pueblo que tal vez ha hecho más sacrificios para defender el absolutismo de sus soberanos que otros para conquistar la libertad. La educación del coloniaje había robustecido, en lugar de combatirlas, esas tendencias de raza. El gobierno más despótico y arbitrario había creado en el Nuevo Mundo costumbres e ideas favorables a la forma monárquica. Así, los americanos, por su origen, por el atraso de su civilización, por sus hábitos, parecían predestinados a darse un nuevo amo en el momento de renegar de la España como de dura y despiadada madrastra.

Sin embargo, la revolución de 1810, en vez de dos ó tres monarquías, como algunos lo aguardaban, crea en América diez u once repúblicas.

¿Por qué?

Durante aquella época memorable no faltan los amigos de esa forma de gobierno. ¡Ese sistema cuenta con hombres de ciencia y con hombres de espada, con hombres que ponen a su servicio todo el prestigio del saber, todas las intrigas de la diplomacia, con hombres que poseen la fuerza, que mandan ejércitos! La mayoría de los criollos está educada para la tiranía, está habituada al servilismo. ¿Cómo entonces no triunfa ese sistema?

La razón es muy sencilla.

Eso depende de que, por más que los buscan, no encuentran en ninguna parte, ni monarca que sentar en el trono, ni nobles que compongan su corte. Todos los americanos se consideran iguales entre sí, se consideran iguales a los europeos, iguales a todos los hombres. Nadie cree en las castas; nadie admite la predestinación de ciertas familias y de ciertos individuos para el mando. Cuando en una sociedad hay tales convicciones, no puede colocarse a una sola persona bajo el solio; es preciso que todos los ciudadanos se coloquen a su sombra. El pueblo es el único soberano posible.

He ahí el motivo que impidió, que impedirá siempre en América el establecimiento de monarquías o de instituciones que se le parezcan.

Estimándose todos iguales, hay muchos que se creen con el derecho de aspirar al honor de dirigir a su nación. Con semejante convencimiento, la reyecía y cualquiera otro gobierno vitalicio son una quimera, un absurdo.

Para que no quedara la menor duda sobre esta verdad, quiso Dios que, desde el principio de nuestra revolución, se intentara sin fruto y sin consecuencias laudables el ensayo de las dos combinaciones conocidas de esa forma de gobierno, y que tuvieran por padrinos a los dos hombres más grandes de la independencia, a los dos héroes más ilustres de la América moderna.

Bolívar y San Martín no eran republicanos. El primero trabajó por constituir en las colonias emancipadas presi­dencias vitalicias, creadas en favor de los jefes militares que más habían sobresalido en la guerra contra la metrópoli, es decir, en provecho suyo. El segundo deseó fundar monarquías constitucionales con príncipes traídos de las dinastías europeas. El uno se lisonjeó de improvisar reyes por la gracia de la victoria, y buscó sus títulos en los grandes servicios prestados a la patria; el otro procuró continuar en el Nuevo Mundo y en el siglo XIX los reyes por la gracia de Dios, y buscó un apoyo a sus tronos en el principio gastado de la legitimidad. Los dos quedaron burlados en sus planes, y los dos llevaron a la tumba, como justo castigo de su error, el pesar de un triste desengaño.

El sistema de San Martín, menos ambicioso, pero más quimérico que el de su émulo, no fue sino el pensamiento, el sueño de ciertos políticos, que, como sucede a veces, por ser demasiado previsores, demasiado sabios, no supieron apreciar convenientemente la marcha de la revolución y el estado de las ideas. Notaron las dificultades que se ofrecían para que la América fuera republicana, y no vieron que las había mayores para que fuese monárquica. Ese falso juicio los precipitó en una crasa equivocación. La experiencia no tardó en dar a sus ilusiones un completo desmentido. Así que la historia de esos proyectos monárquicos está reducida a unas cuantas negociaciones estériles. Todo el poder de los soberanos europeos que los fomentaban, todo el genio de Chateaubriand, que los patrocinaba, no alcanzaron a hacerlos triunfar.

El Gobierno de Buenos Aires ofreció la corona, primero al infante D. Francisco de Paula, hijo de Carlos IV, y en seguida a un príncipe de Luca. Después de varias notas cambiadas y de algunas estipulaciones, uno y otro rehusaron el regalo.

¡Entre tanto vástagos de sangre real sin patrimonio, no se presentó uno solo que quisiera admitir el obsequio de un reino!

Es que la donación no era gratuita; es que tenían que conquistar ese reino a la cabeza de un ejército; es que para empuñar el cetro que se les prometía, necesitaban sostener una guerra larga, sangrienta, de resultados más que dudosos para el príncipe aventurero que lo pretendiese.

¿De dónde sacaba ese ejército? ¿De dónde desenterraba los millones que había menester para la empresa? ¿Dónde encontraba los millones que habían de formar su cortejo?

Ese monarca que, a despecho de las cosas, se trataba de improvisar, o era un Borbón, o se escogía entre las familias reales del Viejo Mundo. En el primer caso, ¿cómo habían jamás los criollos de doblar la rodilla ante uno de los miembros de esa dinastía que detestaban, contra la cual habían combatido a costa de tantos sacrificios, que habían vencido en los campos de batalla? En el segundo caso, ¿cómo habían de obedecer a un príncipe extranjero, cuyo idioma no entenderían, que profesaría tal vez una religión distinta, que no tendría con ellos ninguna de las relaciones que ligan a los hombres?

Se atribuye a Bolívar una frase espiritual que envuelve la crítica más completa de semejante sistema. “Un rey europeo en América—decía el fundador de la Gran Colombia—será el rey de las ranas”. Efectivamente: un monarca como lo concebía San Martín no habría podido gobernar, porque no habría hallado súbditos que le respetasen. La duración de su reilrado se habría contado por meses, y no por años.

Pero si este plan era irrealizable, el de Bolívar lo era poco menos. ¿Quién sería el presidente vitalicio entre tantos jefes de un mérito poco más o menos igual, ambiciosos, animados de un noble orgullo por sus servicios, que no estaban dispuestos por ningún pienso a reconocer superiores?

Si alguien lo hubiera merecido, habría sido Bolívar, el primer guerrero americano, el Libertador de cinco repúblicas. Bolívar lo intentó; pero su pronta caída suministró una idea irrecusable de la vanidad de sus proyectos. Ese grande hombre, cuyas sienes rodeaba una tan brillante aureola de gloria, fue a morir obscura y miserablemente en un destierro, olvidado de sus antiguos compañeros de armas, maldecido quizás por los pueblos mismos que ha­bía emancipado, ¡él, que había soñado para sí la dominación de toda la América del Sur! Y todavía en sus últimos momentos pudo muy bien dar gracias al cielo de que no se hubiera cambiado en un cadalso el trono que había ambicionado.

¿Quién conseguirá lo que Bolívar no consiguió?

Frescos están los ejemplos de las espantosas caídas, que han dado cuantos después han tenido la pretensión de imitarle. La triste suerte que han corrido todos esos ambiciosos imprevisores y visionarios debe ser un escarmiento para los que participen de sus ideas. La desgracia que los ha seguido en sus empresas, corno el remordimiento al culpable, debe infundirles el convencimiento de que en América las dictaduras, las presidencias vitalicias, son imposibles.

Los semidioses no son de este tiempo.

Desde que el mérito personal, y no la casualidad del nacimiento, es el único título legítimo para obtener los honores y las dignidades, hay muchos que se creen con derecho de alcanzarlos, y esos no tolerarán nunca que otro, quienquiera que sea, se los arrebate para siempre.

En esta época el monopolio del Poder no puede ser duradero. La creencia en la igualdad de todos los hombres trae consigo la participación de todos, según sus capacidades y virtudes, en el gobierno de las sociedades. Ni la monarquía hereditaria, ni la monarquía electiva o presidencia vitalicia, cumplen esa condición. Esas dos formas de gobierno tienen por base el privilegio, la exclusión. Eso es lo que las condena, lo que hace de ellas un anacronismo en el siglo xix, lo que las convierte, para la América sobre todo, en un plagio impracticable.

He dicho más arriba que Bolívar había resumido en una corta frase la crítica del sistema propuesto por San Martín. Este último le pagó la deuda y le criticó el suyo en otra frase más pintoresca y no menos profunda. “No podremos nunca—decía San Martín, hablando de las dictaduras soñadas por Bolívar—obedecer como soberano a un individuo con quien habemos fumado nuestro cigarro en el campamento”. Este pensamiento, trivial en su expresión, comprensivo en su significado, envuelve una verdad incontestable. La experiencia ha probado con hechos toda la exactitud y todo el alcance de esa sagaz observación.

Bolívar y San Martín, el uno con su proyecto de presidencias vitalicias, el otro con su plan de monarquías exóticas, se equivocaban grandemente. La América no podía, no puede ser sino republicana.

El gran Washington, más hábil, más moral que San Martín y que Bolívar, lo comprendió así, iluminado por su admirable buen sentido y guiado por la austeridad de su conciencia. Si alguien en un pueblo moderno hubiera contado con probabilidades de ser rey, habría sido ese santo de la democracia, ese guerrero esforzado, ese varón respetable que había conducido sus compatriotas a la gloria y a la libertad. Si alguien hubiera podido alegar títulos para mandar perpetuamente, habría sido, por cierto, ese hombre sobre cuya tumba se pronunciaron por oración fúnebre estas palabras, que seguramente merecía: “Ha sido el primero en la guerra, el primero en la paz, el primero en el amor de sus conciudadanos”. Sin embargo, Washington, que disponía de tantos recursos para sostenerse, recibió con horror y desechó con indignación la propuesta que le hizo su ejército de proclamarle rey. Habría mirado la admisión de ella, no sólo como un crimen de lesa patria, sino también como una torpeza política. La verdad es que Washington mismo no se habría sostenido sobre un trono.

Para que se perciba en toda su grandeza el contraste que forma la conducta del héroe del Norte con la que han observado sobre el mismo particular algunos jefes militares del Sur, conviene recordar las circunstancias favorables para su ambición en que aquél se encontraba y las nobles palabras con las cuales rechazó como un grave insulto el ofrecimiento de una corona.

Corría el año de 1782. Washington se hallaba en el apogeo de su poder y de su popularidad. Estaba al frente de un ejército que le amaba con entusiasmo. Todo el mundo reconocía la magnitud de sus servicios y de sus talentos; nadie se atrevía a poner en duda que era el hombre necesario de la revolución.

Una porción considerable del pueblo se hallaba disgustada con el Congreso y la forma republicana, a la cual atribuía las lentitudes y embarazos de la guerra. Las tropas estaban mal pagadas y murmuraban. Esto fue causa de que comenzara a cundir entre los oficiales y soldados una opinión monárquica muy marcada.

Muchos de los primeros se reunieron en conciliábulos, y después de haber creído descubrir en la organización del Estado el origen de todos los males, convinieron en proponer a Washington que se dejara coronar. Uno de los coroneles más respetables por su edad y su carácter fue designado para comunicar al general en jefe los sentimientos del Ejército.

Como la severidad de aquel ilustre republicano era conocida, el comisionado no tuvo osadía suficiente para ma­nifestarle el pensamiento en toda su desnudez, y se valió de rodeos y circunloquios, a fin de expresarle los deseos de sus compañeros de armas. Principió por hacer un resumen de todos los males y dificultades que había originado la forma de gobierno adoptada, y concluyó ofreciéndole el título de rey constitucional, como el remedio que sacaría al país de su crítica situación.

Si Washington hubiera sido un ambicioso vulgar, si el cielo no le hubiera dotado de un talento tan perspicaz, a la par que positivo, habría caído en la tentación y habría sido monarca... se entiende, por unos cuantos años. Pero era el primero en saber que su coronación sería, no sólo un abuso de confianza, sino también una usurpación efímera y temporal. La voz de su conciencia estaba de acuerdo con la de su razón. Conocía más que nadie que la América, por sus circunstancias, habría de ser necesariamente republicana. La vanidad del engrandecimiento personal no le impidió ver claro en la situación. Con un corazón desinteresado y un juicio certero, consideró preferible la gratitud de sus conciudadanos a una dominación transitoria que, tarde o temprano, había de envolver a su patria en trastornos y disensiones civiles.

La respuesta severa que dió a una invitación que tanto habría lisonjeado a otros caudillos menos íntegros que él, le honra más que sus triunfos, y es uno de sus títulos a la admiración de la posteridad. Hela aquí:

“Señor: He leído atentamente, con una mezcla de extrema sorpresa y de doloroso asombro, los pensamientos que me habéis dirigido. Estad cierto, señor, de que en todo el curso de la guerra ningún suceso me ha causado sensaciones tan penosas como la noticia que me comunicáis de que existen en el Ejército las ideas que me decís, y que yo debo mirar con horror y condenar con severidad. Por ahora esa comunicación quedará depositada en mi seno, a menos que, viendo agitarse de nuevo semejante materia, encuentre necesario publicar lo que vos me habéis escrito.

“Busco vanamente en mi conducta lo que ha podido alentar una proposición que me parece contener las mayores desgracias que puedan caer sobre mi país. Si no me engaño en el conocimiento que tengo de mí mismo, no habríais podido encontrar ningún otro a quien vuestros proyectos fuesen más desagradables que a mí. Debo agregar al mismo tiempo, para ser justo con mis propios sentimientos, que nadie desea más sinceramente que yo hacer al Ejército una amplia justicia; y si fuere preciso, emplearé con el mayor celo cuanto poder ée influencia tenga, conformándome a la Constitución, para alcanzar ese objeto. Permitidme, pues, conjuraros, si tenéis algún amor a vuestro país, alguna consideración a vos mismo o a la posteridad, o algún respetoa mí, que desechéis de vuestro espíritu esos pensamientos, y que no comuniquéis nunca como nacidos de vos o de alguna otra persona sentimientos de tal naturaleza.—Soy, señor, etc.—Firmado, Jorge Washington”.

Esta carta tan sencilla y tan llena de nobles ideas revela al hombre honrado y descubre la sinceridad del individuo que no pretende tomar una apostura para la Historia, sino que habla con su conciencia. Pero ese documento tan sin pretensiones, de estilo tan modesto, consigna la grande idea que ha proporcionado a los Estados Unidos una prosperidad fabulosa, proclama las ventajas de la organización democrática sobre todas las otras, y expresa el temor de las grandes desgracias que se contienen en una Constitución monárquica.

  Esas palabras escritas en ocasión tan solemne y con una persuasión tan religiosa por el fundador de la República más grande de los tiempos modernos, de la República que traía de potencia a potencia con los imperios del Viejo Mundo, merecen ser meditadas muy maduramente. Con ellas Washington ha dado a los que pueden encontrarse en su caso un ejemplo de moralidad y una lección de sabia política.

En efecto: los que han promovido el establecimiento en América de la monarquía hereditaria o electiva no han obrado únicamente por motivos egoístas.

Me complazco en hacer esa justicia a los que la merezcan; quiero suponer un estímulo generoso aun a los que no lo han tenido.

Los individuos a que me refiero han querido alcanzar con su sistema una de las condiciones indispensables de todo Estado bien organizado: la consolidación del orden. Juzgaban las colonias españolas demasiado atrasadas, y creían que en ellas la república sería sólo una anarquía.

Pero conocido el fin que se proponían, falta saber si eran conducentes los medios que habían imaginado para obtenerlo. Esta es la cuestión, pues el orden lo quieren todos los hombres honrados, cualesquiera que sean sus convicciones políticas.

A mi juicio la forma monárquica en América, lejos de afianzar la tranquilidad, trae consigo el desorden más complete, la anarquía más espantosa.

Lo que avanzo no es una paradoja, es un hecho. Donde quiera que se ha ensayado una de esas presidencias vitalicias o una de esas dictaduras de larga duración, se ha ido a parar a una revolución sangrienta y desastrosa, que ha engendrado una serie casi interminable de calamidades públicas y privadas.

Eso no puede ser de otro modo.

No hay ningún individuo entre nosotros, por grande que le supongamos, que no tenga sus émulos en méritos y en servicios. ¿Cómo puede entonces esperarse que éstos se conformen nunca con ser cuando más los opacos satélites de uno de sus pares? Eso sería desconocer absolutamente el corazón humano. ¿Por qué motivo respetarían por toda la duración de una vida, o por un período muy largo la dominación de uno de sus semejantes? No diviso, ciertamente, qué podría contenerlos. No veo cómo muchos de ellos, sintiéndose con capacidad para gobernar, sufrirían pacientes su eterna subordinación y aun su completa segregación de los negocios. Establecido el Gobierno de la manera que critico, todo el que cayera en desgracia del jefe supremo quedaba a un lado para siempre, no levantaba nunca la cabeza, por grandes que fueran sus talentos, por esclarecidas que fueran sus virtudes.

¿Puede creerse que habría muchos que se resignasen a ser ilotas políticos en su patria?

Sobre el horizonte de los gobiernos de esa especie se divisan siempre nubes borrascosas, y esas nubes son de pólvora. Con esas organizaciones el trastorno, la guerra civil, pueden aplazarse más o menos, pero indefectiblemente, vienentarde o temprano. Las dictaduras no son el afianzamiento de la tranquilidad, de la paz, del orden; son la constitución del complot, del motín, de la conspiración. Cuando se cierran las vías legítimas a las aspiraciones humanas, es indudable que éstas recurrirán a las maquinaciones subterráneas.

Las disensiones intestinas que producen esas presidencias con pretensiones de vitalicias son más terribles que las que nacen bajo los gobiernos democráticos. En aquéllas la lucha es sobre personas; en éstos es sobre ideas. Podemos reprobar las convicciones diferentes de las nuestras y respetar a los individuos que las profesan; pero cuando la cuestión se hace personal, los odios son a muerte: entonces se persigue al amigo y al pariente del contrario sin otra razón que el ser su amigo y su pariente; entonces no se perdona ni a las mujeres ni a los niños.

La monarquía y la dictadura han sido, y serán siempre en la América, la conjuración, la persecución implacable, la insurrección, la proscripción, la guerra civil, la guerra sin cuartel. Siempre, en lugar de consolidar el orden, lo alterarán; en vez de traer la paz producirán la anarquía.

No son ellas el antídoto contra los trastornos. Para evitar las revoluciones es preciso hacerlas imposibles, y para hacerlas imposibles es preciso hacer que no aprovechen a ninguna persona honrada. No cerréis la puerta a ninguna aspiración legítima: dejad expeditas las vías de alcanzar el Poder a todo el que haya obtenido la confianza del mayor número; haced por este medio innecesarias las revueltas, y las revueltas no vendrán.

La república es la única forma de gobierno que puede llenar esas condiciones; es la única que no sumerge en la desesperación a los vencidos en las luchas políticas. Siendo los gobernantes alternativos y periódicos, todos los ciudadanos, aun los que han sufrido una repulsa, pueden abrigar una expectativa fundada de triunfar en otra ocasión; sólo necesitan para eso una Constitución que asegure las garantías y los derechos de todos.

He ahí por qué la república bien organizada es el orden, es la paz, es el único gobierno que corresponda perfectamente a ese sentimiento de igualdad que se ha desarrollado en los pueblos modernos.

No puede decirse otro tanto ni de la monarquía ni de la dictadura, las cuales entregan el mando a un círculo determinado de individuos, y condenan a todos los demás a la nulidad. Ese defecto orgánico es el germen de ruina que llevan en sí mismas esas formas de gobierno.

Para subsistir sin contradicción y sin derramamiento de sangre necesitan por guardianes una preocupación religiosa y una ignorancia supina. En los países como la Rusia y el Paraguay es donde florecen con todo su esplendor. En las naciones adelantadas, donde la fuerza de ciertos intereses existentes y con raíces profundas en una sociedad vieja ha hecho necesaria su conservación, se han visto, sin embargo, obligadas, para no caer, a adoptar ciertas instituciones republicanas que modifican notablemente su principio constitutivo. En los pueblos modernos, en los pueblos sin pasado, en los pueblos americanos, en una palabra, ni aun con esas concesiones serían posibles las monarquías. Su establecimiento sería efímero y ocasionaría desastres sin cuento.

Fuera de la república no hay salvación para la América. No se objeten contra este aserto las convulsiones que desde se emancipación han agitado a las antiguas colonias españolas, y que han causado nuestro descrédito a los ojos del mundo. Esas convulsiones no traen su origen del sistema democrático, sino que, al contrario, han provenido de esa funesta pretensión de fundar dictaduras per fas o per nefas. Lejos de ser una acusación contra la república, son un argumento poderoso contra esas presidencias inde­finidas creadas por la gracia del sable. Recorred nuestra historia contemporánea y veréis que casi todos esos desórdenes han sido originados por la ambición de los caudillos, por sus rivalidades entre sí, por el empeño de los unos en conservar el Poder como si fuera su patrimonio, por la impaciencia de los otros por atraparlo, como si fuera una propiedad que se les hubiera arrebatado.

Ha habido anarquía porque hemos tenido miedo a las instituciones republicanas y las hemos establecido a me­dias. Hay hombres de bien que para consolidar el orden, esa condición de toda sociabilidad, han querido los gobiernos de larga duración, sin reparar que precisamente eso era el desorden, porque no dejaban a los pretendientess desairados o derribados otra esperanza de medrar que la conspiración, y porque ninguno de los favorecidos podía tener títulos suficientes y aceptados por la gran mayoría para distinción tan exorbitante.

Los gobiernos no pueden tener otro fundamento sólido que las creencias de cada época. Es preciso organizarlos en conformidad con ellas. Cuando se creía en la legitimidad, en razas privilegiadas, la monarquía era admisible; pero en los tiempos y países donde ese rancio principio ha sido reemplazado por el dogma de la igualdad de todos los miembros del género humano, no hay otro gobierno estable, no hay otro gobierno posible que la república, cuyos magistrados son electivos y alternativos.

Deseoso de corroborar con la experiencia de nuestra propia nación lo que acabo de decir, he escogido para tema de este libro la historia de la única época en la cual se ha intentado entre nosotros la fundación de una dictadura. Espero que, si hay quien tenga la paciencia de leer este trabajo, la simple narración de los hechos le hará palpables la imposibilidad de que la dictadura se establezca jamás y la multitud de males que arrastra consigo el mero conato de esa quimera.

Ese período comprende desde la batalla de Chacabuco (12 de Febrero de 1817) hasta la caída del capitán general D. Bernardo O'Higgins (28 de Enero de 1823).

Si hubiera habido un hombre capaz de plantear la dictadura de un modo algo duradero, ese hombre habría sido seguramente O'Higgins. Era la primera reputación militar de su tiempo: su valor era proverbial; sus hazañas formaban la conversación del soldado en los cuarteles; su arrojo había asustado en más de una ocasión a San Martín mismo, que continuamente se veía forzado a calmar la impetuosidad de su amigo en la pelea. Los militares le admiraban, porque nunca se había contentado con ordenar una carga, sino que siempre había dado el ejemplo marchando á la cabeza. Había combatido en cinco campañas por la libertad de la patria y había tenido la gloria de firmar la proclamación de la independencia.

Con un Erario exhausto había levantado ejércitos y creado una Marina. Bajo su dominación la bandera de la revolución había dominado sobre tierra y sobre mar; la guerra se había convertido de defensiva en ofensiva; el Perú había sido invadido, y los chilenos habían cesado de contemplar el humo del campamento enemigo. El prestigio de la gloria se unía, para engrandecerle a los ojos de sus conciudadanos, con el afecto de la gratitud inspirada por sus servicios.

Contaba además con un ejército que había formado; todos sus oficiales, desde el primero hasta el último, te­nían sus despachos firmados por su mano.

Pues bien: O'Higgins dió indicios, solamente indicios, de aspirar a la dictadura, y experimentó la caída más miserable de que haya ejemplo en nuestra historia. El Norte y el Sur de la República, la capital y las provincias, el pueblo y el Ejército, se sublevaron contra él; ni siquiera su escolta le permaneció bien fiel en su desgracia.

A pesar de su fama, a pesar de sus incontestables méritos, tuvo que expiar su falta muriendo en el destierro, sin haber tenido el consuelo de admirar en sus últimos días el cielo azul de su querido Chile.

Ese escarmiento memorable, no lo dudo, será una lección bastante elocuente para contener a cuantos intenten renovar semejantes pretensiones. Mas confío que en el porvenir no habrá, como no lo ha habido en el pasado, ningún ambicioso tan insensato que se atreva a repetir el ensayo.

Hay una cosa que honra a los chilenos y que con orgullo importa recordar. Jamás en Chile ningún partido ha inscripto en sus banderas la palabra Monarquía; nunca ningún escritor, ningún publicista, ningún orador, se ha proclamado el campeón de esa añeja y absurda idea. La dictadura misma nadie ha osado sostenerla en alta voz. Ha habido conatos, pensamiento secreto, de llevarla a cabo; pero se ha tenido pudor o miedo de revelar el proyecto con franqueza y sin disfraz.

Si eso ha sucedido en las épocas anteriores, con mayor razón sucede en la presente. Estamos divididos sobre la organización que conviene dar a la República; pero todos somos republicanos.

Esta falta de preocupaciones políticas es un bien inmenso, cuyos saludables efectos experimentaremos alguna vez.

La Europa nos aventaja incomparablemente en ciencia, en industria, en riqueza; pero, en cambio, nosotros la ganamos con usura en el reconocimiento por todos de una gran verdad que ella no ha logrado propagar entre sus hijos tanto como es debido: la creencia en la igualdad de todos los hombres.

Debemos gracias a Dios de que nuestro espíritu se halle libre de esas supersticiones políticas y de que esté tan virgen como el suelo feraz de la América.