SIDA
la agonia de Africa
por Mark Schooofs
'Una serie de ocho articulos, publicada originalmente
en The Village Voice y galardonada con el premio pullitzur 2000 al mejor
reportaje internacional.
Introducción
Mientras que la cifra de muertes por sida desciende en
la mayoría de los países desarrollados, como ocurre en el caso de España,
África sufre por esta enfermedad una epidemia de dimensiones bíblicas. Al sur del Sáhara, el sida es peor que cualquier otra
cosa en el mundo. La catástrofe está transformando el contienen africano para
siempre.
Esta serie,
galardonada con el premio Pulitzer 2000 al mejor reportaje internacional,
explora el sida en África. Para ello, Mark Schoofs realizó cientos de
entrevistas en nueve países distintos. Durante los seis meses que duró el
trabajo (tres de los cuales estuvo enfermo de Malaria), Schoofs analizó las
diferentes caras de la epidemia del sida en África, tanto la social, con sus
ramificaciones humanas, como la científica. Aspectos como la respuesta heroica
de la población africana; la escasez de medicamentos y sus consecuencias
mortales; el origen y el futuro del sida; el efecto corrosivo del racismo y del
colonialismo; el papel de las mujeres africanas en la expansión del VIH; las
posibilidades de tratamiento y la esperanza de una vacuna eficaz se reflejan en
los distinos capítulos de la serie.
En este pandemia ninguna nación se puede considerar
aislada. Por el momento, el sida ya ha hecho que resurga la tuberculosis y, con
el debilitamiento que provoca en el sistema inmune, está ofreciendo a los
microorganismos una oportunidad de oro para adaptarse al ser humano. El sida,
realmente, todavía no ha comenzado a actuar.
Parte 1
el virus alumbra una generación de huérfanos
Penhalonga
(Zimbabue). No sacaron de
clase a Arthur Chinaka. El director y Simon, tío de Arthur, esperaron a que
terminaran los exámenes del día antes de darle la noticia: el padre de Arthur,
cuyo cuerpo era ya una ruina por culpa de la neumonía, había muerto finalmente
a causa del SIDA. Se temían que Arthur, a sus 17 años, se dejara vencer por el
pánico, pero no. Le quedaban todavía dos días de exámenes así que, mientras su
padre reposaba en el depósito de cadáveres, Arthur terminó sus exámenes. Eso ocurrió en 1990. Posteriormente, en 1992, un
tío de Arthur, Edward, murió de SIDA. En
1994, su tío Richard murió de SIDA. En 1996, su tío Alex murió de SIDA. Todos
ellos fueron enterrados en la misma aldea en la que habían crecido y en la que
todavía viven sus padres y el propio Arthur, un conjunto de chozas de techo de
paja en las montañas cercanas a Mutare, junto a la frontera de Zimbabue con Mozambique.
Pero el VIH (virus de inmunodeficiencia humana) aún no ha terminado con su
familia. En abril, el cuarto de sus tíos estaba postrado en su cabaña, entre
toses, y el virus había vuelto ciega a Eunice, una tía de Arthur, a la que
había dejado tan escuálida y débil que era incapaz de andar sin ayuda. Para septiembre, ambos estaban muertos.
Lo más
horripilante de esta historia es que no se trata de algo excepcional. En
Uganda, un directivo de una empresa, de nombre Tonny, que pidió que no se usara
su apellido, perdió a dos hermanos y una hermana a causa del SIDA, en tanto que
su mujer perdió por culpa del virus a un hermano. En la zona rural de las serranías
de la región autónoma de Kwazulu, en la provincia de Natal, en Sudáfrica,
Bonisile Ngema perdió a su hijo y a su nuera, por lo que se esfuerza en sacar
adelante a su nieta y a su propia madre, ya anciana, con la venta de patatas.
El hijo fallecido era el que traía el pan a casa para toda su amplia familia y
ahora ella se siente como si se hubiera quedado huérfana. En el depósito de
cadáveres del Hospital Parirenyatwa, de Zimbabue, el principal responsable de
la cámara mortuoria, Paul Tabvemhiri, abre la puerta de la gran sala
frigorífica donde se guardan los cadáveres. Resulta imposible abrirse paso por
ella de tantos cuerpos como yacen en el suelo, amortajados con las sábanas de
la cama en que murieron o vestidos todavía con las ropas con las que
fallecieron. Todo alrededor de las paredes se amontonan los cadáveres, dos en
cada nicho. En una segunda cámara frigorífica, los nichos son más estrechos,
por lo que Tabvemhiri no tiene más que una espeluznante alternativa: o la de
apilar los cuerpos unos encima de otros, con lo que las caras se quedan
aplastadas y, para los familiares, resulta penosa la identificación de los
cadáveres, o dejar los cuerpos fuera, en el vestíbulo, donde la refrigeración
es inexistente. Él se resiste a que los cuerpos se deformen, y ésa es la razón por la
que un par de cadáveres yacen afuera, en camillas detrás de una cortina. El olor a descomposición no es muy fuerte, pero sí
nítido.
¿Siempre
tienen que dejar cadáveres en el vestíbulo? «No, no, no», asegura
Tabvemhiri, que lleva trabajando en el depósito desde 1976. «Sólo en los
últimos cinco o seis años», que es cuando las muertes por SIDA empezaron a
aumentar por aquí. Los registros del depósito de cadáveres demuestran que el
número de defunciones se ha triplicado, prácticamente, desde que empezó la
epidemia en Zimbabue, y que ha habido un cambio en la naturaleza de las muertes. «Nos llegan jóvenes -afirma Tabvemhiri- a
granel».
Ese gran arco del África oriental y meridional que
se extiende desde el monte Kenya hasta el cabo de Buena Esperanza es la zona más
duramente castigada por el SIDA en todo el mundo. Es ahí donde el virus está
diezmando cada vez más a la población más activa y productiva de África,
adultos de entre 15 y 49 años.
También el
comercio de esclavos se cebó en estas gentes en la flor de la vida, al matar o
condenar al cautiverio quizás a unos 25 millones de personas. Pero eso sucedió
a lo largo de más de cuatro siglos. Sólo 17 años han transcurrido desde que el
SIDA fue detectado por vez primera en África, a orillas del lago Victoria,
pero, según el Programa Conjunto de Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (UNAIDS),
el virus ha matado ya a más de 11 millones de africanos subsaharianos. Más de
otros 22 millones se encuentran infectados. Sólo el 10 % de la población
mundial vive al sur del Sáhara, pero esa zona es el lugar en el que viven las
dos terceras partes de los seropositivos del mundo y ha sufrido más del 80 % de
todas las muertes de SIDA. El año pasado, todas las guerras de África acabaron
en conjunto con la vida de 200.000 personas. El SIDA mató diez veces ese
número. De hecho, el año pasado murieron más personas por culpa del VIH que por
cualquier otra causa de muerte en ese continente, incluida la malaria. Y esta
mortandad no ha hecho más que empezar. A diferencia del ébola o de la gripe, el
SIDA es una infección de desarrollo lento, que se incuba en las personas
durante un plazo de entre cinco a diez años antes de matarlas. A todo lo largo
y ancho del África oriental y meridional, más de un 13 % de los adultos se
encuentran infectados por el VIH, según UNAIDS. Y en tres países, Zimbabue
entre ellos, más de una cuarta parte de los adultos es portadora del virus.
En determinadas zonas, los índices son todavía más
elevados: según un estudio, nada menos que un 59 % de las mujeres que acudieron
a clínicas prenatales en la zona rural de Beitbridge, en Zimbabue, dieron
positivo en la prueba del VIH. La esperanza de vida en más de una docena de
países africanos «será pronto 17 años más corta por culpa del SIDA, de 47 años
en lugar de 64», afirma Callisto Madavo, vicepresidente a cargo de África en el
Banco Mundial. El VIH «está literalmente arrebatándonos en África la cuarta
parte de nuestras vidas». Entretanto, la tasa de mortalidad a causa del VIH ha
caído radicalmente en occidente gracias a poderosas combinaciones de fármacos
que impiden que progrese la enfermedad. Estos tratamientos deben seguirse
durante años, probablemente durante toda la vida, y pueden llegar a costar al
año más de 10.000 dólares por paciente. Sin embargo, en muchos de los países
africanos más castigados el presupuesto total de asistencia sanitaria per
cápita no llega a los diez dólares. Muchas personas -en África como en occidente-
no conceden mayor importancia a esta brutal disparidad, con el argumento de que
es igualmente cierta en el caso de otras enfermedades. Pero no es así. Los medicamentos para atajar
las enfermedades infecciosas mortales más importantes del mundo -la
tuberculosis, la malaria y los trastornos diarreicos- llevan muchos años
subvencionados por la comunidad internacional, al igual que lo son las vacunas
contra enfermedades infantiles como la polio y el sarampión. No obstante,
incluso a precios rebajados, el coste anual de administrar a cada africano con
VIH una terapia de triple combinación superaría los 150.000 millones de
dólares, con lo que el mundo permite que siegue millones de vidas una
enfermedad infecciosa mortal, la principal, para la que existe tratamiento.
Todo esto sería quizá más digerible si hubiera un Plan Marshall para la
prevención del SIDA que retardara la propagación del virus. Sin embargo, un
estudio reciente de UNAIDS y la universidad de Harvard demuestra que, en 1997,
los países donantes destinaron 150 millones de dólares a medidas preventivas
del SIDA en África. Esa suma es menor que
el coste de la película Wild Wild West. Entretanto, la epidemia va impregnando
el África central y occidental. Más de una décima parte de los adultos de Costa
de Marfil se encuentran infectados. Se han documentado incrementos alarmantes
de la enfermedad en Yaundé y Duala, las ciudades más grandes de Camerún.
Además, en Nigeria -el país más populoso del continente-, las anteriores
dictaduras militares dejaron que cayera en el olvido el programa de control del
SIDA, incluso a pesar de que la prevalencia del VIH ha subido hasta afectar a
casi uno de cada 20 adultos. Para decirlo sin rodeos, el SIDA está en camino de
dejar pequeña a cualquier otra catástrofe de la que se tenga constancia en
África. Está cercenando las posibilidades de desarrollo, amenazando la
actividad económica y transformando las tradiciones culturales. Las epidemias
nunca son tan sólo una cuestión meramente biológica. Es más, al mismo tiempo
que el VIH modifica la sociedad africana, se expande merced a la explotación
de las actuales condiciones culturales y económicas. «La epidemia se convierte
en realidad sólo en un determinado contexto», afirma Elhadj Sy, jefe del Grupo
de África Oriental y Meridional de UNAID. «En África, la gente se levanta por
la mañana y sale a buscarse la vida, pero la manera en que lo hacen les somete
a menudo al riesgo de una infección». Los hombres, por ejemplo, emigran a las
ciudades en busca de trabajo; alejados de sus mujeres y de sus familias durante
interminables meses, buscan satisfacción sexual con mujeres que, carentes de
medios y de cualificación para el trabajo, ponen sus cuerpos a la venta para el
sostenimiento de sus hijos y el suyo propio. De vuelta al hogar, las mujeres
que instan a sus maridos a ponerse condones corren el riesgo de que se las
acuse de acostarse con cualquiera; en las culturas africanas, habitualmente es
el hombre el que dicta cuándo y cómo se mantienen relaciones sexuales.
Hacer frente a fuerzas culturales y económicas de
esta naturaleza requiere voluntad política, pero la mayor parte de los
gobiernos africanos se han mostrado escandalosamente negligentes al respecto.
Ante la falta de liderazgo, el africano corriente ha reaccionado tardíamente a
la hora de enfrentarse a la enfermedad. Pocas
empresas, por ejemplo, disponen de programas anti-SIDA de amplio alcance.
Además, muchas familias se niegan todavía a reconocer que el VIH está matando a
sus parientes y prefieren decir que esa persona ha muerto de tuberculosis o de
cualquier otra enfermedad ocasional. Con frecuencia, los médicos colaboran en
esta negación de la realidad. «Precisamente, el otro día -declara un médico
zimbabueño, de gran categoría, que hablaba a condición de que se preservara su
anonimato- hice constar «SIDA» en un certificado de defunción y, luego, lo
taché.
Pensé que lo único que iba a hacer era estigmatizar
a esa persona, porque no hay nadie más que ponga «SIDA» como causa de
fallecimiento, ni siquiera cuando efectivamente es así». ¿Por qué el SIDA es peor en el África sub-sahariana
que en cualquier otro lugar del mundo? En parte, por culpa de esta negación de
la realidad; en parte, por culpa de que el virus, casi con plena seguridad,
tuvo aquí su origen, lo que le ha dado más tiempo para propagarse; pero, sobre
todo, por culpa de que África había quedado debilitada por 500 años de
esclavitud y colonialismo. De hecho, los historiadores achacan al colonialismo
la mayor parte de la responsabilidad sobre los muchos gobiernos corruptos y
autocráticos de África, que se apropian de recursos con los que se podría
combatir la epidemia. A África, conquistada y denigrada, nunca se le ha
permitido incorporar las innovaciones a escala internacional adaptadas a su
propio contexto, como, por ejemplo, ha hecho Japón.
Esta herencia
colonial emponzoña algo más que la política. Algunos observadores atribuyen la
propagación del VIH a la poligamia, una tradición de muchas culturas africanas.
Sin embargo, las migraciones por razones de empleo, la urbanización y los
desplazamientos de la población han generado una caricatura de la poligamia
tradicional. Los hombres disponen de muchas compañeras, pero no mediante el
matrimonio sino mediante la prostitución o mediante el mantenimiento de
queridas, lo cual no aporta la vertebración social de la antigua poligamia. Por
supuesto, la peor herencia de los blancos en África es la pobreza, que alimenta
la epidemia por innumerables procedimientos. El padecer una enfermedad de
transmisión sexual multiplica las ocasiones de propagar y contraer el VIH, pero
pocos africanos reciben un tratamiento eficaz debido a que los centros médicos
son demasiado caros o están demasiado lejos. La riqueza de África o bien se ha
desviado hacia occidente o bien ha quedado restringida en favor de los
colonizadores blancos, que han apartado a los negros de una plena participación
en la economía. En la Sudáfrica del segregacionismo, a los negros o bien no se les
daba ninguna clase de educación en absoluto o bien se les enseñaba sólo lo
justo para que fueran criados.
En la actualidad, cuando el país sufre una de las
más explosivas epidemias de SIDA del mundo, la falta de educación arruina los
esfuerzos de prevención. De hecho, el SIDA ha transformado a África en algo
todavía más vulnerable a cualquier catástrofe futura, lo que perpetúa el círculo
vicioso de la historia. Con todo, el SIDA
no es simplemente un relato de la desesperanza. Cada vez más, los africanos
unen sus esfuerzos -por lo común, con recursos más bien exiguos- para atender a
sus enfermos, erigir orfanatos e impedir que el virus se lleve a los que más
quieren. Sus esfuerzos ofrecen una cierta esperanza pues, en tanto que una
crisis de esta magnitud es capaz de desintegrar la sociedad, también puede
llegar a unirla. «Para resolver el
problema del VIH -afirma Sy-, hay que empezar por implicarse uno mismo: las
actitudes, el comportamiento y los principios. Es algo que afecta a los
fundamentos más esenciales de la sociedad y la cultura: la procreación y la
muerte». El SIDA está impulsando una franqueza desconocida en las relaciones sexuales,
así como unos esfuerzos, también desconocidos, por controlarlas mediante
pruebas de virginidad y campañas en favor del mantenimiento de una única
pareja. Además, poco a poco, por momentos, está concediendo a las mujeres un
mayor poder. Las muertes que se cobra empujan a las mujeres a decir no a las
relacioners sexuales o a insistir en el uso del preservativo. Además, a medida
que aumenta el número de viudas, la gente está empezando a considerar los
perjuicios de que se les niegue el derecho a heredar bienes. La epidemia está
asimismo modificando las relaciones de parentesco, que han representado la
esencia de la mayoría de las culturas africanas. Los huérfanos, por ejemplo,
siempre han sido acogidos en el seno de la familia tradicional. Sin embargo, más de siete millones de niños del África
sub-sahariana han perdido a uno de sus progenitores, o a ambos, y el virus está
matando también a sus tías y tíos, lo que les priva de unos padres adoptivos y
les lleva a vivir con unos abuelos que, con frecuencia, están ya en su declive.
En respuesta a esta situación, comunidades de toda África se ofrecen
voluntariamente a ayudar a los huérfanos mediante visitas a sus hogares e,
increíblemente, a compartir con ellos lo poquísimo que tienen. Este
voluntarismo constituye tanto una recuperación de las tradiciones comunales
como su readaptación a unas nuevas formas de sociedad civil. No obstante, ni
siquiera estos heroicos esfuerzos pueden atajar los males que ya se han
manifestado aquí, en las colinas en las que Arthur Chinaka ha perdido a su
padre y a sus tíos.
Los muertos no son la peor de las consecuencias de
esta epidemia sino la forma de vida que dejan tras de sí. Rusina Kasongo vive en unas colinas más allá de
Chinaka. Como tantas de estas personas del campo, ya mayores, que nunca fueron
a la escuela, Kasongo no es capaz de calcular la edad que tiene, pero sí que es
capaz de contar todo lo que ha perdido: dos de sus hijos, una de sus hijas y
todos los maridos de éstas han muerto de SIDA, y además su marido falleció en
un accidente. En su soledad, ella está al cuidado de diez huérfanos. «Algunas
veces, los niños se van por ahí y vuelven muy tarde a casa -declara Kasongo-, y
tengo miedo de que vayan a terminar lo mismo que Tanyaradzwa». Esta era la hija
que murió de SIDA; se había casado dos veces, la primera de ellas, porque ya
estaba embarazada. Ahora, la mayor de los huérfanos, Fortunata, de 17 años, es
ya madre de un niño, pero no tiene marido. Pocas personas hay que hayan
realizado más investigaciones sobre los huérfanos del SIDA que el pediatra
Geoff Foster, que fundó la organización FACT (Family AIDS Caring Trust, o Familias
Comprometidas en la Atención al SIDA). Fue Foster el que documentó que más de
la mitad de los huérfanos de Zimbabue están al cuidado de sus abuelos, por lo
común, abuelas que han tenido que ocuparse de atender a sus propios hijos hasta
la tumba. Pero incluso esta frágil red de seguridad va a dejar de existir para
muchos de la próxima generación de huérfanos. «Es posible que un tercio de los niños de Zimbabue vayan a perder a su
padre, a su madre o a ambos», afirma Foster. Van a tener más probabilidades de
ser pobres, explica él, más probabilidades de verse privados de educación, más
probabilidades de ser maltratados, abandonados o estigmatizados, más
probabilidades de padecer todas las carencias que hacen más probable que una
persona vaya a mantener relaciones sexuales de riesgo. «El caso es que, cuando
contraigan el VIH y mueran, ¿quién se va a ocupar de sus hijos? Nadie, porque
ellos ya son huérfanos así que, por definición, sus hijos no van a tener
abuelos. Es exactamente igual que el propio virus. Dentro del cuerpo, el VIH se
introduce en el sistema de defensas y lo deja fuera de combate. Es lo que hace
también desde el punto de vista sociológico. Se introduce en el sistema
de socorro mutuo de la familia tradicional y lo diezma».
La escalofriante comprobación de Foster está calando
en otras personas que trabajan en campos que muy remotamente tienen relación
con el VIH. Este año, el sudafricano
experto en criminalidad Martin Schönteich, ha publicado un documento que se
abre con la advertencia de que «en el plazo de una década, uno de cada cuatro
sudafricanos tendrá entre 15 y 24 años. Es en este grupo de edad en el que es
más alta la propensión de la población a la comisión de delitos.
Aproximadamente en ese mismo período, se registrará un aumento de la población
huérfana de Sudáfrica sin precedentes, a medida que la epidemia de SIDA se
cobre sus abundantes víctimas». Así como determinadas causas de criminalidad
pueden ser combatidas, escribe Schönteich, «otras, tales como el enorme número
de jóvenes respecto de la población total y una elavada proporción de muchachos
criados sin la adecuada supervisión de unos padres, quedan más allá del control
del estado». Su conclusión es que «no
existe presupuesto, dentro del gasto del estado destinado al sistema judicial
penal, que sea capaz de contrarrestar esta cruda realidad». Más SIDA y más
delitos figuran entre las consecuencias más dramáticas del explosivo aumento
del número de huérfanos. Nengomasha Willard, sin embargo, ve que hay daños más
difíciles de evaluar. Willard es profesor de niños de 11 y 12 años de edad en
la escuela primaria Saint George, sita cerca de donde viven los Chinaka y los Kasongo.
Quince de los 42 alumnos de Willard han perdido a uno de sus progenitores o a
los dos, pero lo que le preocupa muy en particular es uno de sus alumnos que
primero perdió a su padre y que, luego, en el funeral de su madre, lloraba
desconsoladamente. «No quiere participar -declara Willard-, lo único que quiere
es estar solo». «Veo miles de niños sentados en un rincón -añade Foster-. Han
interiorizado el impacto: eso es depresión, el ensimismarse en uno mismo».
En África, el
haberse centrado en la pobreza ha eclipsado la investigación acerca de las
cuestiones psicológicas, afirma Foster, aunque él haya publicado inquietantes
pruebas de maltratos, emocionales, físicos y sexuales. Entretanto, siguen
engrosándose las filas de los huérfanos. «Estamos hablando de un 10 %, quizá
de un 15 %, que ha perdido a ambos progenitores y de un 25 % que habrá perdido
a su madre. ¿Qué efecto produce esto en una sociedad, muy en especial, en una
sociedad empobrecida?». Willard se ha dado cuenta de que, de entre sus estudiantes,
algunos de los huérfanos acuden a la escuela descalzos, o sin siquiera un
jersey, en los fríos inviernos de Zimbabue. A veces se debe a que sus familias
adoptivas los relegan al último puesto de la lista, pero con frecuencia la
causa es que las abuelas apenas pueden rebañar el dinero suficiente. Entre los
economistas, se ha mantenido un callado debate sobre si el VIH va a tener
consecuencias perjudiciales para la economía. Algunos creen que no. Con las
tasas de desempleo del África subsahariana, de entre el 30 y el 70 %,
argumentan que hay gente de sobra para reponer las bajas laborales. Una de las
situaciones posibles consiste en que el crecimiento económico pueda ser más
moderado, pero el crecimiento demográfico también va a disminuir, por lo que el
PIB (Producto Interior Bruto) per cápita puede que se mantenga en los mismos
términos, e incluso que aumente. En ese caso, añade Helen Jackson, directora
ejecutiva del SAfAIDS (Southern África AIDS Information Dissemination Service,
o Servicio de Difusión de la Información sobre el SIDA en África Meridional),
África se enfrentaría a la grotesca ironía de «una mejora de determinados
índices macroeconómicos, pero justamente lo contrario al nivel de los hogares y
del sufrimiento humano». No obstante, va en aumento la evidencia de que la
economía va a verse dañada.
Entre el 20 y
el 30 % de los trabajadores del sector de la minería de oro de Sudáfrica -el
pilar de la economía de este país- se estima que son seropositivos y la sustitución
de estos trabajadores repercutirá a la baja en la productividad del sector. En Kenia, un
nuevo informe gubernamental predice que la renta per cápita podía reducirse en
un 10 % en el curso de los próximos cinco años. En Costa de Marfil, cada día
lectivo muere un maestro. Luego están
también las consecuencias que no pueden cuantificarse.
«¿Que aporta el SIDA a la imagen de África?»,
pregunta Tony Barnett, un veterano investigador del impacto económico del SIDA.
Para atraer inversores, el continente tiene ya que hacer frente al
subdesarrollo y al racismo, pero, en la actualidad, afirma él, muchas personas
consideran a África como «una sociedad enferma, sexualmente enferma. Eso está
en la línea de tantos y tantos estereotipos». Rechazados por la economía empresarial, millones de africanos subsisten
con el cultivo de la pequeña parcela de terreno que poseen. Cuando alguien de
la familia cae enfermo de SIDA, los miembros restantes tienen que emplear su
tiempo en cuidar de esa persona, lo que implica menos tiempo para atender sus cosechas.
Además, cuando llega la muerte, la familia pierde un trabajador esencial. Los
estudios han documentado que, entre las familias campesinas que han sido
golpeadas por el SIDA, cae la producción de alimentos, merman los ahorros y
los niños corren un mayor riesgo de padecer desnutrición. Para Kasongo y sus
diez huérfanos, la comida es un problema permanente, pero ahora se ha
transformado en uno aún más arduo. Cuando volvía del campo, con una cesta de
maiz en la cabeza, Kasongo tropezó y se cayó. Se le ha inflamado la rodilla, le
duele la espalda y cultivar los campos se le ha hecho casi imposible. He aquí
cómo, bajo el radar de los indicadores macroeconómicos, la penosa experiencia
de Kasongo muestra hasta qué punto el SIDA está devastando África.
Este es el contexto en el que se celebra uno de los
más angustiosos debates de África: ¿deberían los médicos administrar a las
embarazadas fármacos que reduzcan drásticamente las probabilidades de que
nazca un niño con el VIH? Hasta ahora, el
debate se ha centrado en el coste de estos fármacos, pero un nuevo y barato
tratamiento ha sacado a la superficie razonamientos más espinosos. La «vacuna
contra niños», como en algunas ocasiones se la ha denominado, no trata a la
madre y, en consecuencia, no contribuye en absoluto a reducir las
probabilidades de que el niño termine por convertirse en huérfano. Esa es la
razón por la que se opone a ella Rubaramira Ruranga, un famoso activista de
Uganda que está, también él, infectado por el VIH.
«Muchos niños mueren por desnutrición en nuestros
países, incluso con los dos progenitores -argumenta-. Faltos de padres, es prácticamente seguro que van a
morir». ¿No resulta imposible conocer el destino de un niño cualquiera y no es
una presunción el decidirlo por adelantado? «Eso es sentimentalismo», responde
con brusquedad. Hasta Foster, que cree que «todo niño tiene derecho a nacer sin
VIH», se pregunta si el dinero no estará mejor empleado en esta «solución
técnica» que consiste en administrar fármacos a las embarazadas. El medicamento
es sólo una parte del coste, puesto que las mujeres pueden infectar a sus hijos
durante la lactancia, lo que suscita problemas de mayor coste, tales como el de
proporcionar la fórmula y enseñar a las mujeres a usarla de manera segura en
lugares en los que es posible que no exista agua potable. ¿No estaría mejor
invertido todo ese dinero, se pregunta Foster, en atacar las causas profundas
por las que las mujeres contraen la infección en primera instancia? «Resulta
muy complicado llevar la contraria y plantear una argumentación en este sentido
porque automáticamente quedas catalogado como un salvaje», afirma. En realidad,
ese tipo de argumentos constituye la prueba de hasta qué punto la epidemia está
obligando a los africanos a enfrentarse a alternativas imposibles. Weston
Tizora es uno de los miles de africanos que se esfuerza en proporcionar una
vidadecente a los huérfanos. Con tan sólo 25 años, Tizora empezó a trabajar de
jardinero en la misión de Saint Augustine y se apuntó como voluntario en el
programa de SIDA de la misión, denominado Kubatana, una palabra shona que
significa «juntos». El año que viene, sucederá en la dirección del programa a
su fundadora, la enfermera británica Sarah Hinton.
Los 37 voluntarios de Kubatana se ocupan de pacientes
sin hogar y colaboran en el mantenimiento de huérfanos, por ejemplo, con la
aportación de alimentos a la prole de Rusina Kasongo. Muy poco más lejos de los Kasongo viven Cloud y Joseph
Tineti. Tienen 14 y 11 años, respectivamente, y la persona de más edad de su
casa es su hermano de 15 años. Constituyen,
en el lenguaje de los trabajadores contra el SIDA, un hogar con cabeza de
familia infantil. ¿Quién está a vuestro cargo? «Nadie», contesta Joseph, y ya
se nota. Su choza, una única habitación, presenta un suelo perdido de ropas
sucias, platos sin lavar, sillas rotas. Sobre la mesa, un frenético montón de
hormigas se da el gran banquete con una semillas de calabaza y una especie de
hojas resecas. Las desgracias nunca vienen solas. Su padre, que se había
divorciado de su madre antes de que ésta muriera, vive en la cercana Mutare.
¿Les trae de comer?
«Sí –afirma Joseph-, todas las semanas». No es verdad, sostiene Tizora. Los miembros de Kubatana
han llegado incluso a hablar con la policía en su esfuerzo por convencer al
padre de que se lleve con él a sus hijos o, al menos, les procure el sostén.
Pero la policía no ha hecho nada, explica Tizora, porque el padre está sin
empleo y se las ve y se las desea para sostener a la familia de su segunda
esposa. Una vez al mes -en ocasiones, ni siquiera con esa periodicidad-, les
lleva pequeñas cantidades de comida, así que los huérfanos dependen de los
donativos de los voluntarios de Kubatana. Pero, aunque la versión del
pequeño Joseph no sea cierta, con eso es con lo que sueña un huérfano: con un
padre que, al menos, les lleva algo de comer, se pasa por allí con frecuencia y
actúa un poco como un padre. Y su madre,
¿qué recuerdos tiene Joseph de su madre? La pregunta es demasiado fuerte y el
niño rompe a llorar.
Se supone que
los voluntarios de Kubatana se ocupan de los huérfanos Tineti. ¿Por qué tienen,
pues, la casa tan descuidada? Había dos voluntarios en esta zona, explica
Tizora. A uno se le ha encomendado que trabaje en una cercana aldea minera,
devastada por el SIDA. La otra lleva dos meses lejos, en casa de sus padres,
para asistir a un funeral y para cuidar su embarazo, ya en las últimas semanas.
Además, todo el mundo está hasta arriba de trabajo por estos pueblos. Desde
aquí, en el valle, Tizora señala las laderas de los montes alrededor y añade:
«Tenemos huérfanos en esa casa de ahí, y en la otra un poco más allá, y allí,
por donde los eucaliptos. ¿Ve esa casa, la blanca? Ahí tienen unos huérfanos a
su cuidado, también». Cuando termina, ha señalado con el dedo prácticamente la
mitad de las casas. Cuando el programa Kubatana se puso en marcha, en 1992, los
voluntarios censaron 20 huérfanos.
En la
actualidad, tienen registrados 3.000. En muchos lugares de África, indica
Jackson, de SAfAIDS, «prácticamente se ha convertido en la norma, en lugar de
la excepción, el tener huérfanos en los hogares». Foster hace algunos rápidos
cálculos: dado el número de voluntarios del programa Kubatana, no hay manera de
que puedan atender a todos sus huérfanos. Por tanto, cuando uno o una de los
voluntarios se queda embarazada, o tiene un problema familiar, o cae enfermo,
niños como Cloud y Joseph se les pierden por el agujero. Foster añade que «no
puede desaparecer una cuarta parte de la población adulta en diez años sin que
se produzcan consecuencias catastróficas». En su oficina, Tizora tiene toda una
pared con las fotografías de los primeros 20 huérfanos. Una es la de una niña
que aparenta tener unos doce años. Perdió a sus padres y, luego, perdió a la
abuela que se ocupaba de ella. En ese momento, la niña empezó a negarse a ir a
la escuela, y se escondía por el camino. Ahora, se ha escapado y, añade Tizora,
«no sabemos donde está».
parte 2
historia de dos hermanos
Fela no se
creyó que el SIDA existía. Pero, con el tiempo, murió de esta enfermedad. Su
hermano anda aún tratando de convencer a los seguidores de Fela de que el VIH
es una realidad.
NO ES ESTE un país fácil,
pero Lagos, la atestada megápolis de Nigeria, tiene algo de fantástico en medio
de sus dificultades. Raro es que transcurran 24 horas sin un apagón y son
corrientes los cortes de energía eléctrica que duran semanas. Oficialmente,
NEPA refiere las siglas de la National Electric Power Authority, Comisión
Nacional de Energía Eléctrica, pero el mundo hace la broma de que significa
Never Expect Power Anytime (no cuentes nunca con la electricidad), así que los
que pueden permitírselo se han hecho con su propio generador diesel. Pero eso
tampoco es ninguna garantía, porque, por mucho que Nigeria sea uno de los
principales productores de crudo del mundo, la incuria de sus administradores
provoca con frecuencia escasez de petróleo: un investigador del SIDA perdió
3.000 muestras refrigeradas de sangre cuando coincidieron un corte de
electricidad y una falta de suministro de petróleo. ¿Agua corriente? Hasta los lagosianos ricos se ven
privados de ella con frecuencia; pagan camiones para que les llenen grandes
depósitos. Los médicos se lavan las manos con agua de cubos. Llamar a la
policía es prácticamente imposible porque, en el dudoso caso de que funcione el
teléfono de uno, no lo hará el de la comisaría. Las dictaduras militares han
esquilmado Nigeria durante la mayor parte de los 39 años transcurridos desde
que el país le arrancó la independencia a Gran Bretaña. Una de las trapacerías preferidas de «los chicos del
ejército», como se les conoce, consistía en transferir dinero de los contratos
del gobierno a cuentas privadas en bancos suizos y pagar comisiones a sus
compinches para que firmaran formularios oficiales en los que confirmaban que
sí, que el trabajo se había terminado, incluso aunque cualquiera que tuviera un
par de ojos pudiera comprobar que no se había hecho lo más mínimo. Los directores
de empresas privadas suelen adjudicar contratos al que más soborno pague y
muchos edificios de Lagos exhiben carteles que advierten de que «este edificio
no está en venta» porque hay timadores que venden casas que no son de su
propiedad.
¿Qué es lo que nunca falla en Lagos? El calor, la contaminación, los épicos atascos de
tráfico que llaman «marcha lenta» y que atrapan a millones de viajeros durante
horas, la mayor parte de ellos sudando la gota gorda dentro de unos
taxis-furgoneta llenos hasta los topes. Y Fela. Fela Anikulapo-Kuti, la
estrella del panorama musical internacional, que se casó con 27 mujeres en un
solo día y que, normalmente, salía a escena con nada más que su saxo, sus
minúsculos calzoncillos y un porro que, tal y como lo describió un escritor,
tenía el tamaño de una pequeña nación africana, un Fela que defendió la cultura
africana por encima de todo lo que fuera blanco y que, con una enorme audacia,
despellejó con sus mordaces críticas a los gobiernos militares que desvalijaban
Nigeria. En su estupidez, el estado
aumentó su reputación al otorgarle el definitivo sello de credibilidad del
disidente: lo metió en la cárcel. Durante las elecciones democráticas del año
pasado, que volvieron a otorgar el poder al antiguo gobernante militar Olusegun
Obasanjo, se oía por todas partes la canción de Fela Soldier Go, Soldier Come
(Soldado va, soldado viene), en la que se acusa a Obasanjo y a los demás
«chicos del ejército» de manejar una puerta giratoria que lleva al poder.
Pero esa canción no llegó a oirse jamás en directo
durante las elecciones, porque Fela murió en 1997 de una enfermedad que el
sostenía que no existía, y que desde luego no existía en Africa: SIDA. No importaba que el hermano mayor de Fela, el profesor
Olikoye Ransome-Kuti, hubiera ocupado el puesto de ministro de Sanidad de la
nación y lanzado el primer y muy elogiado programa contra el SIDA en Nigeria.
Prácticamente la única concesión que Fela hizo a la medicina de los blancos fue
la de dejar que Olikoye le pusiera unos puntos de sutura en la cabeza después
de que la policía se la abriera. No había enfermedad, prácticamente, que las
hierbas africanas no pudieran curar, sostenía Fela, y rechazaba los
preservativos porque no eran nada naturales ni placenteros sino una
conspiración de los blancos para reducir la tasa de natalidad de los negros. Él
estaba convencido, asegura Olikoye, de que «todos los médicos se dedicaban a
fabricar el SIDA, incluído yo mismo». Para cuando Fela autorizó que le
trasladaran a un hospital, estaba ya tan perdido que nunca llegó a enterarse de
los resultados de las pruebas que confirmaban que estaba infectado por el VIH.
A los pocos días, ya en coma profundo, se ahogó en sus propios vómitos y murió.
Empezó entonces la polémica en torno a la muerte de Fela y, en cierto sentido,
en torno a la vida de Nigeria. Increíblemente popular, Fela tenía la capacidad
de hacer por el SIDA en Nigeria lo que Rock Hudson, Magic Johnson y Arthur Ashe
hicieron en Estados Unidos. Los más apasionados seguidores de Fela -como esas
legiones de chicos de la calle, sin escolarizar, desempleados, que trapichean,
roban y, de vez en cuando, organizan disturbios callejeros para sacar un poco
de dinero- constituyen habitualmente los grupos más vulnerables al VIH. Se trata también de los que peor se llevan con la
sociedad y con la autoridad, médicos incluídos. Muchos de esos chicos de la
calle se resisten a creer que Fela muriera de SIDA y su respuesta pone de
relieve las complejas formas que la negación del SIDA adopta en el Africa
urbana.
También ilustra el holocausto que está a punto de
sobrevenir. Las estadísticas nacionales más recientes de Nigeria, difundidas en
1996, estiman que está infectado casi uno de cada 20 adultos. Ese es ya un
porcentaje peligrosamente alto, especialmente porque Nigeria es la nación más
populosa de Africa, el hogar de uno de cada siete africanos. ¿Qué ocurriría si
la prevalencia del VIH en Nigeria alcanzara el nivel de algunas naciones del
Africa oriental y meridional, donde más de una cuarta parte de los adultos son
seropositivos? Pues que entonces, advierte un nigeriano, (el veterano activista
contra el SIDA Pearl Nwashili), «lo que hemos visto en el resto de Africa sería
un juego de niños». Aún así, los esfuerzos de Nigeria en la lucha contra el
SIDA siguen empantanados en lo que Nwashili califica de «apatía y negación». Ni
siquiera las disponibilidades de sangre son seguras, porque muchas de las
numerosas clínicas privadas del país realizan transfusiones de sangre sin analizar.
Controlarlas resulta prácticamente imposible, sobre todo porque el en tiempos
vigoroso Programa Nacional de Control del SIDA y de las STD (Sexual Transmitted
Diseases, o enfermedades de transmisión sexual) va saliendo adelante a duras
penas con 40 millones de nairas al año, que no llegan ni a medio millón de
dólares. Además, se tiene la convicción
generalizada de que la tasa oficial de VIH del país se ha subestimado, debido
en parte a que se calculó sin dato alguno de Lagos, la mayor metrópoli del
Africa subsahariana, una caldera de al menos ocho millones de habitantes que
engorda a razón de casi mil nuevos pobladores al día. Como tantas otras de las
megápolis de Africa, Lagos está unida al resto del país por las familias, en
sentido lato, de estos inmigrantes y mediante carreteras, ferrocariles y rutas
marítimas y aéreas que convergen aquí. El control del SIDA en Lagos resulta,
en consecuencia, de capital importancia para controlar el SIDA en el conjunto
de Nigeria. Sin embargo, mientras que sólo un esfuerzo unánime y supremo sería
capaz de contener la epidemia en Nigeria, el país sigue atenazado por una actitud
esquizofrénica hacia el SIDA, simbolizada por los hermanos Olikoye y Fela: de
un lado, un pragmático afrontemos-los-hechos; del otro, una negación de la
realidad que está enraizada en una panafricana ideología antiblancos. La
resistencia a la realidad de la muerte de Fela se puso de relieve prácticamente
con su cadáver todavía caliente. «La médico de Fela se dirigió a mí y me
preguntó que qué era lo que debía hacer constar como causa de su
fallecimiento», recuerda Olikoye. «Yo le dije: ¿de qué cree usted que ha
muerto? Ella dijo que sería terrible que figurara eso, que el SIDA es una
vergüenza. Así que le pregunté si estaba
dispuesta a falsificar un certificado de defunción». La doctora cedió.
Al día siguiente, rodeado de la mayor parte de la
familia de Fela, Olikoye dio una rueda de prensa en la que anunció que el SIDA
había matado a su hermano y facilitó lo que la hija de Fela, Yeni, calificó de
«una seria disertación», en la que indicó que casi dos millones de nigerianos
eran ya portadores del virus del SIDA y que era preciso que la gente se
enfrentara a esta crisis. Para algunas
personas, el anuncio supuso ciertamente un golpe. Hay prostitutas que dicen
que muchos de sus clientes empezaron a ponerse preservativos a raíz de la
declaración de Olikoye. Pero son millones -entre ellos, el hijo menor de Fela,
Seun, de 16 años de edad- que no creen que el VIH derrumbara a su héroe. Un chico de la
callee incondicional seguidor de Fela, Bob Marlboro Kuforiji, que vive en una
calleja a tope de gente, dice, en un comentario típico, que «no es más que
propaganda eso de que Fela murió de SIDA». Según su lógica, «Fela es un gran
hombre, uno de los más grandes, así que cómo iba a morir de SIDA». ¿Preservativos? ‘Marlboro’ no los usa.
Prácticamente
toda gran ciudad cuenta con bandas de tipos duros en sus calles, pero los
chicos de la calle son un fenómeno exclusivo de Lagos, donde han alcanzado una
condición casi mítica en cuanto que incordio urbano y amenaza criminal.
Organizan disturbios con los que intimidan a barrios enteros a que les paguen o
simplemente para saquearlos. Los políticos los contratan para que ataquen a sus
rivales o para maniobras de distracción, pero, a la larga, los chicos de la
calle no se casan con nadie. El verano pasado, en lo que los periódicos
calificaron de «justicia de la selva», chicos de la calle se enzarzaron en
batallas territoriales contra bandas rivales y contra piquetes de ciudadanos,
fomentados por sus crímenes y por la impotencia de la policía. Más de 50
personas resultaron muertas, en muchos casos, quemadas vivas.
Victor Inem, un médico del Hospital Clínico de la
Universidad de Lagos, estudió a 113 chico de la calle y, aunque pocos
lagosianos utilizan la expresión, chicas de la calle. El 28 por ciento dió positivo en las pruebas del VIH,
un índice de infección sólo superado por las profesionales del sexo. Y eso fue
hace seis años. No ha habido prácticamente ninguna otra investigación sobre los chico
de la calle, pero el índice de infección sería hoy más alto, casi con plena
seguridad, debido en parte a que los chicos de la calle se comportan de manera
que se exponen a sí mismos y a otros a situaciones de riesgo. Más de la mitad de las mujeres del estudio de Inem se
habían prostituido. Uno y otro sexo intervenían en sesiones, auténticos
festines de drogas que con frecuencia incluían orgías. Además, una de
las formas con las que sacan dinero para drogas y comida es la de vender sangre
a clínicas privadas, una práctica que, de creer tanto a los trabajadores
antiSIDA como a los propios chicos de la calle, todavía se mantiene.
«Hemos salvado a millones de niños mediante la
inmunización y el tratamiento de las diarreas infantiles - afirma Olikoye-,
pero no hicimos mucho por ofrecerles un futuro. No tienen trabajo, no están escolarizados. Venden chatarra por las
calles y están fuera del control de cualquiera». Excepto de Fela. Sacó del arroyo a decenas de prostitutas y chico de
la calle y les dio un hogar en su comuna, la llamada República Kalakuta, y se
granjeó una credibilidad sin parangón en las calles. Pero, por encima de eso,
convirtió en arte -su arte- la frustración que tan fuera de sí les sacaba y su
sensación de sentirse traicionados. El primo de Fela, Wole Soyinka, habrá
ganado el premio Nobel, pero Fela, con sólo cantar en Pidgin, se ganó la devoción
de la gente que iba en el furgón de cola de la trágica historia de Nigeria. La
música de Fela conectaba el alto grado de corrupción con las penalidades
diarias de la vida en Lagos, desde las condiciones de vida en los barrios bajos
de la ciudad -donde, como cantaba él, «ahí viven diez - diez en una habitación»
y «duermen en el cubo de la basura»- a los tormentos casi alegóricos de los
molue, los sofocantes, atiborrados autobuses urbanos de Lagos»- día tras día,
mi gente sube al autobús, 49 sentados, 99 de pie, se aprietan ahí dentro como
sardinas en lata hasta que se desmayan». Estos
versos evocan «imágenes del comercio de esclavos», indica Babatope Babalobi,
miembro de Periodistas contra el SIDA, que escribió su tesis de graduación sobre
Fela. Los chicos de la calle se limitan a decir que «Fela decía la verdad».
Es pues una
cruel ironía que lo que le llevó a la ruina fuera que se engañaba a sí mismo. El humor con que
rechazaba los preservativos. «Una vez que me quito los pantalones -le encantaba
decir-, ¿por qué voy a tener que ponerle un pantalón al pito?»- se ha
transformado en algo grotesco en la medida en que la epidemia de SIDA ha
crecido hasta convertirse en una de las peores tragedias de la historia de
Africa. Fela ponía en peligro su propia
vida, pero también ponía en peligro las vidas de sus compañeras, muchas de las
cuales eran las chicas de la calle que se había llevado a su casa. Con frecuencia,
Fela fue objeto de críticas por sus puntos de vista acerca de las mujeres: «la
mujer no tenía otro papel que el de hacer feliz al hombre», declaró en cierta
ocasión-, pero el VIH cargó sus actitudes con un arma que tenía poder para
matar. De hecho, la vida de Fela en la
República de Kalakuta sería la pesadilla de cualquier educador sexual. En el aire
flotaba como una neblina del humo de la marihuana y el hot -la ginebra de las
calles de Nigeria- fluía sin restricciones. El hijo mayor de Fela, Femi,
recuerda que «todo estaba hecho un asco» y que ni uno solo de los chicos de la
calle que se habían refugiado allí «se dedicaba a hacer algo constructivo».
Femi, que, al igual que su padre, toca el saxo y
tiene su propio grupo, Positive Force, que va estupendamente, dejó la maría
porque, como explica él, «no voy a hacer lo que hacía mi padre. Yo tengo que trabajar, más que tocar». Esa ética del
trabajo, por no hablar de no más maría, le ha vuelto impopular entre los tipos
duros de la ciudad. Además, Femi llega todo lo lejos que puede llegar un hijo
en responsabilizar a su padre de connivencia con la tragedia colectiva de los
chicos de la calle: «Quieren que me comporte como mi padre y que colabore con
la vía por la que están arruinando sus vidas».
Fela respaldó la manera de comportarse que
contribuye a propagar el VIH. Pero quizás lo más dañino es que él dio su
conformidad a una actitud que hace extremadamente difícil que cambien estas
formas de comportarse.
Dominando el callejón Ojuelegbao, en el barrio de
Surulere, en Lagos, existe una manzana de pisos de cemento, en los que la
colada cuelga de los balcones y varias ventanas aparecen rotas. Bajo él se
apiñan pequeñas chabolas de cemento con techos de metal corrugado. El agua
estancada se remansa en las alcantarillas al aire libre y los pollos picotean
entre las basuras, mientras pían y agitan las alas para escapar de los niños
prácticamente desnudos que corretean alrededor. Con su despacioso andar por una
calleja, descamisado, el chico de la calle Thomas Boy-O-Boy Edem, que vivía en
la comuna de Fela, insiste en que él no es un ladrón. «Por eso ando
trapicheando con esto», dice, mientras sostiene una bolsa de plástico que está
a reventar de marihuana. Su otra fuente de ingresos le viene de la cercana
parada de autobús. Durante la hora punta de la anochecida, BoyO-Boy se afana
rápidamente por entre el caos para recoger su dash (su poquito), una palabra de
jerga para designar un chantaje. Como el dinero que la mafia cobra por su protección,
el pago garantiza que los chicos de la calle no ataquen los autobuses.
Nadie está
exento de esta extorsión, ciertamente tampoco los trabajadores antiSIDA, a los
que se tiene por ricos porque reciben financiación de agencias internacionales
donantes. Onemtein Amadi, del NYAP (Nigerian Youth AIDS Programme, o Programa
de la Juventud Nigeriana contra el SIDA), recuerda un campeonato de fútbol,
organizado por su agencia, en el que el requisito para participar era el
realizar un curso sobre el SIDA y responder en el descanso de los partidos a un
concurso de preguntas sobre el SIDA. Se apuntaron dieciséis equipos, que
sumaban más de 400 jugadores, pero el NYAP no llegó a un acuerdo con los chicos
de la calle. «Iban a irrumpir en el campo y a interrumpir los partidos
-recuerda-. Aseguraron que si no se les daba dinero y ginebra, los partidos no
se jugarían». NYAP acabó por contratar a los chicos de la calle como guardas de
seguridad, un trabajo que les encanta.
Esta es la
forma más simple de lo que Amadi llama «el síndrome del dinero», una
combinación corrosiva de cinismo y desconfianza que procede de una cultura en
la que la corrupción es el rey y la pobreza obliga a tomar decisiones
difíciles. Elvira Obike, funcionaria del programa del sector de Lagos de The
Society of Women against AIDS in Africa (Sociedad Femenina contra el SIDA en
Africa), calcula que «más del 70 % de las estudiantes femeninas de la
universidad mantienen relaciones sexuales por dinero para pagarse las tasas de
matrícula», casi siempre con viejos verdes. En una cultura donde tantas mujeres
se prostituyen y donde los dirigentes políticos roban millones y, en ocasiones,
hasta miles de millones de dólares, todo el mundo tiene que formarse una
opinión. Y Fela alimentaba su cinismo.
Si siempre quedó claro contra qué estaba Fela, nadie
podría decir con precisión a favor de qué. Era
un disidente, sin más. Su hermano Olikoye llevó la asistencia primaria a
los pobres de Nigeria, pero Fela le criticaba por colaborar con un gobierno
militar. El rechazo de Fela de
prácticamente todo lo blanco -incluída la medicina occidental- tenía un
carácter fundamentalmente reaccionario, de reacción sin fisuras contra la
dominación blanca. Quizá tuviera para él fatales consecuencias, pero en el
Africa urbana es una reacción muy corriente. En realidad, es una de las
herencias del colonialismo. Fela se adhirió a las ideas de libertad e igualdad
y de unidad africana, pero eran unas ideas nebulosas, poco más que consignas. Entretanto, él
gobernaba su comuna como un rey, repartiendo fuertes palizas a chicos de la
calle que no estaban con él y satisfaciendo su legendario apetito por la
marihuana y el sexo. Fela hizo que
pareciera que todo lo que hacía falta para ser un revolucionario era perseguir
la propia gratificación personal y despotricar contra el poder establecido.
Ese cinismo socava la educación contra el SIDA. Como explica Edem Effiong, del NYAP, «es posible que
la gente no se crea la información veraz sobre el SIDA porque a lo mejor no
cree a la fuente de la información». La verdad es que resulta difícil imaginar
una fuente más creible que Olikoye, uno de los escasísimos ministros del
gobierno que ha conservado una buena reputación. No importa. Marlboro no es más
que uno de los muchos que piensan que Olikoye mintió acerca de la causa del
fallecimiento de Fela. Preguntado por qué Olikoye iba a afirmar que su hermano
había muerto de SIDA de no haber sido así, responde Marlboro que «los
nigerianos son capaces de hacer cualquier cosa por dinero: incluso venderían a
su madre y a su padre». A Olikoye le pagó, se dice entre la gente, el Banco
Mundial de los americanos.
También es
corriente oir descalificaciones generalizadas de la medicina occidental. Un
conductor de autobús, que se confiesa admirador de la música de Fela y que
asistió a su funeral, tiene el convencimiento de que Fela no murió de SIDA
«porque ese tío sabía cuidarse, con los métodos tradicionales, los tribales».
¿Cree que el SIDA es algo de verdad? «Algo he oído, pero no me lo creo». Un
adolescente, vestido con el uniforme del colegio, interviene para decir que él
ha leído una octavilla en la que se afirmaba que el SIDA lo habían inventado
los americanos porque quieren dominar el mundo.
Algunas
personas, la hija de Fela entre ellas, creen que el gobierno debería haber
utilizado la muerte de su padre para poner en marcha un programa antiSIDA. Sin
embargo, otros creen que habría sido contraproducente. «Si el gobierno hubiera
tratado de utilizar la figura de Fela, habríamos tenido algún disgusto», afirma
Effiong, del NYAP. En su opinión, con eso no se habría sino reforzado la
negativa a creer que el SIDA va en serio.
El SIDA se
introdujo tardíamente en Nigeria. El primer caso se comunicó en 1986, cuatro
años después de que se identificara la enfermedad por vez primera en Africa, e
incluso entonces, estudio tras estudio, quedó demostrado que el virus no estaba
muy extendido. Si bien Nigeria ganó tiempo con ello, también jugó a favor de
aquellos que negaban la existencia o la gravedad del SIDA, porque apenas se
registraban muertes. Incluso ahora, aquellos que se encuentran en las últimas
fases de la enfermedad contrajeron la infección hace entre seis y diez años,
por lo que se trata de poca gente, en términos relativos, a diferencia de la
malaria, una enfermedad mortal, definida y muy presente. De ahí que activistas
como Nwashili, de STOPAIDS, se han estrellado «en el esfuerzo de conseguir que
la gente crea que existe el SIDA cuando no existe el SIDA».
Hay signos de esperanza. Es posible que el nuevo presidente
de Nigeria tenga un pasado con sus más y sus menos, pero ha multiplicado casi
por tres el presupuesto del Programa contra el SIDA, ha comprometido a su
gobierno en la tarea de hacer frente a la epidemia -algo que sus corruptores
predecesores ni siquiera se plantearon- y ha solicitado ayuda internacional.
Olikoye apoyó la elección del nuevo presidente (y eso que su policía asaltó la
casa de Fela en 1977 e infligió a su madre heridas que le provocaron la muerte)
porque Obasanjo «tiene un punto de perversidad, que es lo que necesitamos en
Nigeria». Olikoye dirige además un enérgico movimiento en favor de la seguridad
jurídica. Y en el área de aparcamiento de Iddo, un enorme, atestado y
bullicioso lugar en el que paran camiones, el educador de STOPAIDS Robert
Eselojor se muestra optimista: «Los conductores ya no contratan mujeres o, en
todo caso, usan preservativo».
Pero no es eso
lo que dicen los tipos más jóvenes que deambulan por el aparcamiento. Entre
las francas risotadas de todos los que andan cerca, un fornido camionero
proclama que él no se pone condón porque «no se me levanta el pito si me lo
pongo». Otro hombre del grupo echa la culpa del SIDA a «esas tías
irresponsables» y agita el brazo en dirección a los burdeles. «El único peligro
está con ellas -insiste-. Una mujer responsable no va a pillar nunca el SIDA».
Al pie del
puente Carter, en la populosa zona de Idumota, castigada por la criminalidad,
un grupo de mujeres vocea las menudencias que vende: cigarrillos, jabón, fruta.
¿Usan preservativo sus compañeros? Se echan a reir. «Mi marido -dice una no
tiene por qué usar un condón, no es un eunuco». ¿Tienen sus maridos amiguitas
por su cuenta? «Dos, que yo sepa», responde la primera. «Mi marido es muy
religioso y no tiene ninguna», asegura una tercera, que lleva un pañuelo de
cabeza, «pero -añade- mi amigo sí que se ha acostado hasta con treinta tías».
En el hotel Royal Crown, pintado de rosa, una
profesional del sexo, que dice que se llama Tina, asegura que muchos de sus
clientes le ofrecen más dinero si lo hacen sin protección. Con su formación de
educadora recibida del sector de Lagos de The Society of Women against AIDS in
Africa, Tina insiste en que ella no acepta esa clase de ofertas. Pero, añade,
«soy incapaz de mentir: algunas de las chicas, sobre todo las más jóvenes, si
ven mil nairas, no se resisten». Entonces, ¿cuántas profesionales del sexo
utilizan condón cada vez? Entre las más mayores, unas seis de cada diez,
calcula Tina, pero, entre las más jóvenes, sólo dos o tres de cada diez. Fela no habría resuelto el problema de SIDA de
Nigeria. Sin embargo, al igual que músicos como el enormemente popular Franco
Luambo, del Congo, o Philly Lutaya, de Uganda, que grabaron discos contra el
SIDA poco antes de que la enfermedad acabara con ellos, Fela podía haber hecho
que todos y cada uno de los nigerianos sintieran que conocían a una persona que
tenía el VIH, con que hubiera aprovechado el plazo de espera a que la muerte se
lo llevara a conminar a la gente a que tomara precauciones. Tal y como lo ve,
Olikoye cree que su hermano simboliza la negación de Nigeria ante la realidad
y, añade, «no sé cómo vamos a superar la barrera de convencer a la gente de que
el VIH va en serio». Más allá, en la barriada de Makoko, de Lagos, donde los
pescadores han construido un poblado de chabolas lacustres, Frank Ogbonnaya, de
21 años, dice que, el año pasado, se acostó con cuatro mujeres y que, aunque
normalmente se pone preservativo con sus parejas ocasionales, no lo usa con su
novia fija. El SIDA, afirma, no figura entre sus mayores preocupaciones.
¿Conoce a alguien que tenga la enfermedad? «No conozco a nadie -responde-,
salvo si cuentas a Fela, y no creo que Fela muriera de SIDA».
parte 3
África responde
A falta de
medicinas y de dinero, las culturas tradicionales se movilizan de forma
diferente.
Provincia de Insiza (Zimbabue). Wilson fue el
caso más difícil. Era un hombre tan encantador, tan seductor, incluso, y sin
embargo el SIDA apagó toda aquella viveza suya y le confinó en una cama. Fue
entonces cuando Sibongile Ndlovu empezó a visitarle algo más cada día, a
llevarle comida y a curarle las heridas ulcerosas que le provocaba estar
tendido en cama, todo lo cual le había sumido en una congoja digna del santo
Job. «Se le estaba cayendo toda la
piel», dice ella, y eso impregnaba toda la cabaña de un olor a enfermedad. Ndlovu
convenció al dispensario de que le dieran a ella la medicina y se encargó de
aplicarle el ungüento sobre aquellas llagas despellejadas, todos y cada uno de
los días, durante los dos meses que transcurrieron hasta su muerte.
Han pasado ya cuatro años pero, a pesar de aquella
penosa experiencia, Ndlovu todavía se dedica a cuidar enfermos. ¿A cuántos ha atendido? «A cuarenta y dos»,
responde, después de mirar unas notas manuscritas con letra clara en un libro
que se cae a pedazos. ¿Cuántos han
muerto? «Dieciséis». Ndlovu no es una enfermera ni una profesional de ninguna
rama de la asistencia sanitaria. Es una agricultora campesina que colabora con
el IGAC (Insiza Godlwayo AIDS Council, o Consejo del SIDA de Insiza en
Godlwayo). Los ingresos de su familia son de unos 300 dólares zimbabueños al
mes, menos de 10 dólares norteamericanos. Tres días a la semana -o más en el
caso de que alguno de los pacientes se encuentre gravemente enfermo-, se pasa
por las casas de los enfermos, lava la ropa de las camas, les lleva agua, cuida
las pequeñas parcelas de tierra de las que estos campesinos dependen totalmente
para vivir, e incluso cede algo de sus míseros ingresos para comprar cosas que
sus enfermos necesitan. Wilson tenía capricho por las naranjas, que aquí son un
artículo de lujo. Ella se las compraba.
Con frecuencia, se ha dicho de la respuesta de
África al SIDA que resultaba tan poco apropiada como su economía, otro ejemplo,
nada más, de lo que algunos trabajadores antiSIDA denominan «afropesimismo»:
de África sólo salen malas noticias. Es
verdad que sólo un pequeño número de gobiernos Áfricanos han puesto en marcha
una respuesta remotamente proporcional a la magnitud de la epidemia, que ya ha
reducido la esperanza de vida en algunos países nada menos que en 20 años. El estigma del
SIDA ha hecho también que muchas personas normales y corrientes hayan
renunciado a plantar cara a la epidemia. «Me he encontrado en África con un no
querer ver la realidad y una apatía absolutamente inaceptables», afirma Elhadj
Sy, que es el jefe del equipo del África meridional y oriental de UNAIDS.
«Sin embargo, por otra parte, aquí han surgido las
respuestas más increíbles ante el VIH. Vivimos
en la contradicción entre los extremos».
En ningún otro lugar están esos extremos más
alejados entre sí que en Zimbabue, la antigua Rodesia, en la que los blancos
gobernaron hasta 1980. Cuando obtuvo por fin su independencia, Zimbabue era la
Sudáfrica del momento: un país relativamente próspero, sin deuda externa y con
una moneda más fuerte que el dólar norteamericano. En la actualidad, la
economía se encuentra en caída libre y una cuarta parte de los adultos en la
flor de la vida, es decir, entre 15 y 49 años, están infectados con el VIH. El virus mata a más de 65.000 personas al año.
A pesar de ello, el director del Programa de
Coordinación Nacional de Zimbabue contra el SIDA, Everisto Marowa, afirma que
el gasto del gobierno en la prevención del SIDA «desde luego no ha aumentado y
lo más probable es que se haya reducido» en términos reales en el curso de los
últimos cinco años. El mes pasado, el gobierno
anunció un nuevo impuesto contra el SIDA, pero hasta los trabajadores antiSIDA
mostraron su disconformidad con la idea porque el gobierno no ha revelado plan
alguno sobre cómo se va a gastar ese dinero. La corrupción y la administración
fraudulenta están en Zimbabue a la orden del día y otras tasas especiales que
se impusieron anteriormente han desaparecido sin dejar rastro contable.
Entretanto, el gobierno reconoce que gasta más de 70 veces el presupuesto del
Programa contra el SIDA en su intervención militar en la República Democrática
del Congo, altamente impopular, aunque observadores independientes calculan
que los costes de la guerra superan varias veces esa cantidad. Pocos ciudadanos
alcanzan a entender las razones por las que se ha decidido el despliegue de un
tercio del ejército en una guerra civil de un país que ni siquiera tiene
fronteras con el suyo, especialmente cuando tanto la inflación como el desempleo
superan en Zimbabue el 50 %. No obstante, muchos sospechan que algunos tienen
que estar sacando algún beneficio: el jefe del ejército de Zimbabue es
consejero de una empresa que ostenta derechos de explotación minera en el Congo
rico en minerales y de otra que es titular de derechos de transporte por
carretera.
No obstante, fuera del alcance del radar del
gobierno, en comunidades determinadas se han registrado respuestas
asombrosamente vigorosas contra el SIDA. «Tenemos organizaciones participantes
en cada provincia», afirma Thembeni Mahlangu, director de la Zimbabwe AIDS
Network (Red de Zimbabue contra el SIDA). «Por lo común, las pusieron en marcha
alguna iglesia o una ONG (organización no gubernamental) y, en algunos casos,
simplemente individuos». Por ejemplo, Auxilia Chimusoro fundó el primer grupo de
apoyo contra el SIDA en Zimbabue y luego recorrió incansable todo el país para
fundar más. A su muerte, en 1998, Chimusoro había puesto en marcha más de
cincuenta grupos de apoyo, la mayoría de ellas en comunidades campesinas
pobres. En la capital, Harare, el Proyecto Musasa trabaja con mujeres maltratadas
a las que ayuda a liberarse de sus parejas que, por lo común, las obligan a
mantener relaciones sexuales, casi siempre sin preservativo.
IGAC, el grupo que ayudó a Wilson, está especializado
en la atención domiciliaria y en el cuidado de huérfanos y recientemente ha
puesto en marcha una campaña de prevención de la juventud. La dirección de la
mayoría de los programas contra el SIDA «está integrada por profesionales»,
comenta Lucia Malemane, una enfermera del Consejo de Matabeleland contra el
SIDA, de Zimbabue, que instruyó al de Insiza acerca del SIDA.
«Pero en el IGAC todos son simplemente agricultores
campesinos normales y corrientes».
Con todo lo heroicos que puedan ser estos esfuerzos,
no dejan de estar teñidos de un cierto patetismo, y no sólo porque el gobierno,
que podría vertebrar todos los esfuerzos aislados en una vigorosa respuesta a
escala nacional, haya faltado a su deber. La gran mayoría de los programas
comunitarios carece prácticamente de todo salvo de las medicinas más básicas.
La verdad es que no pueden pagar los costosos tratamientos que han reducido la
tasa de mortalidad del SIDA en los países ricos. Sin fármacos eficaces, es
posible que la asistencia domiciliaria parezca poco más que la muerte a domicilio.
Con una enfermedad que siega las vidas de tanta gente y con un grado de pobreza
que hace tan penoso el voluntariado, está por ver que estos esfuerzos caseros vayan
a durar las décadas que pueden llegar a transcurrir antes de que se invente una
vacuna contra el SIDA.
No obstante, de momento, miles de africanos corrientes
desafían todos los imponderables para atender a sus enfermos, criar a sus
huérfanos y tratar de ralentizar la propagación del virus. Si los gobiernos
llegan a movilizarse algún día en contra de la enfermedad, se van a encontrar
con algunas de las más eficaces y más enérgicas estrategias contra el SIDA
justo delante de sus narices.
Podrían
encontrarse también con algo más. Tradicionalmente, los africanos se han apoyado
en una concepción amplia de la familia y en comunidades estrechamente unidas
para capear las adversidades pero, incluso antes del SIDA, el colonialismo, la urbanización
y la atomización social habían debilitado el nervio de la sociedad Áfricana. La
epidemia amenaza con romperlo, pero muy bien podría tener también el efecto contrario.
«El SIDA es horrible pero, en tiempos de grandes presiones, las sociedades o
bien pueden desmoronarse o bien son capaces de unirse», afirma Alan Whiteside, que
estudia el impacto demográfico del SIDA en la universidad sudafricana de Natal.
A la vista de cómo la comunidad homosexual de Estados Unidos levantó poderosas
instituciones y una cultura más fuerte, afirma él que «el IGAC, con algo de ayuda,
representaría un ejemplo de cómo construir la sociedad civil en África».
Pocos lugares
hay en los que las dificultades en dar una respuesta al SIDA sean más
desalentadoras que aquí, en Insiza, una provincia plana y seca del sur de
Zimbabue, caracterizada por espectaculares formaciones rocosas y salpicada de
imizi, caseríos rurales integrados por chozas redondas escrupulosamente
ordenadas. Los habitantes de esta zona son tan pobres que la mayoría no
entierra a sus muertos en ataúdes, sino que se limita a amortajarlos con su
propia manta. En un funeral, cerca ya de la entrada del invierno en Zimbabue,
la acongojada familia estaba tan necesitada que, después de depositar el
cadáver en su tumba, empezaron a despojarlo de la manta para que sus hijos no
pasaran frío. Impresionado ante tanta miseria y tanto horror, el coordinador
del IGAC, Japhet Gwebu, le proporcionó una manta a la familia.
Más o menos sólo la mitad de la población de Insiza
es capaz de leer y escribir y las escuelas que hay carecen a menudo de
mobiliario, lo que obliga a que los estudiantes trabajen sobre el suelo. Se supone que el hospital provincial tiene cinco
médicos pero, en una visita reciente, sólo había uno y el quirófano estaba
cerrado porque el hospital se había quedado sin anestésicos. Las enfermeras
también escasean, pero no así los pacientes, que llegan a raudales y desbordan
con creces la capacidad del hospital. Las frecuentes sequías provocan grandes
hambrunas. La sequía de 1992 acabó con la mayor parte del ganado vacuno, lo que
implica que, incluso aunque las lluvias fueran ese año las adecuadas, muchos
campos se iban a quedar sin labrar porque no había bestias de carga para tirar
del arado. De más está decir que nadie tiene tractor ni automóvil. ¿Cuántos de
los habitantes tienen electricidad o agua corriente? Fidres Manombe, máximo
responsable ejecutivo del consejo provincial, se echa a reir ante esta
pregunta. «Bueno, el número es insignificante», añade.
Tiempo atrás, a finales de los años ochenta, cuando
una nueva enfermedad empezaba a provocar que la gente se quedara consumida,
como esqueletos con nada más que la piel, la mayoría de la gente de Insiza
creyó que esta desgracia era cosa de brujería. No fue sino hasta 1994 cuando
empezaron a conocer los datos médicos e, inmediatamente, un grupo de personas
mayores decidió que tenían que hacer algo por la multitud de enfermos y el
creciente número de huérfanos. Pero,
¿cómo organizar a los campesinos?
Los caseríos
se encuentran absolutamente dispersos, lejos unos de otros, pero, a lo largo y
ancho de los 7.500 kilómetros cuadrados de la provincia -un área mayor que la
del Estado de Delaware-, sólo hay una única carretera pavimentada. Nadie tiene
teléfono. Isaiah Ndlovu, uno de los fundadores y de los más activos dirigentes
del IGAC, nunca ha oído hablar del correo electrónico, pero a veces envía
mensajes mediante repetidores, es decir, campesinos que se van pasando el
mensaje hasta que, al cabo del día, ha viajado a través del vasto territorio
agrícola hasta su destinatario, eso siempre que alguien no haya tergiversado
el mensaje o lo haya olvidado por completo. Así pues, para movilizar a su
comunidad, Ndlovu tiene que visitar los caseríos uno a uno y así es como
mantiene el programa en marcha, comprobando a los voluntarios y a los enfermos
agonizantes de los que se ocupan.
A cualquier
destino que esté en un radio de 10 millas (16 kilómetros), Ndlovu simplemente
va andando. Cuando tiene que tomar el único autobús que pasa por su pueblo,
este hombre de 56 años se levanta a las cuatro menos cuarto de la noche y se
atiza una caminata de 45 minutos en plena oscuridad hasta la parada del
autobús, un trozo de hierba, sin ninguna señal especial, junto a la carretera
principal, sin asfaltar. Los retrasos de ocho horas no son algo
extraordinario, «pero -afirma Ndlovu, mientras aguanta a pie firme, en una lluviosa
mañana de invierno, a que llegue el autobús que debería haber pasado hace mucho
tiempo- es mejor que sea el autobús el que se retrasa que ser uno el que llega
tarde al autobús».
Hoy, a los cinco años de su fundación, el IGAC
cuenta con 500 voluntarios activos y, como mínimo, otros 500 que echan una mano
cuando se les necesita. Para situar estas cifras en un contexto, téngase en
cuenta que la mayor organización antiSIDA de Nueva York, la GMHC (Gay Men’s
Health Crisis, o Crisis Sanitaria de los Homosexuales Masculinos), contaba con
500 voluntarios de asistencia domiciliaria en 1994, justo antes de que los
nuevos fármacos redujeran la tasa de mortalidad. Con un presupuesto anual superior a los 24 millones de dólares, GMHC
recompensaba a sus voluntarios con fiestas y otros beneficios. El IGAC tiene un
presupuesto anual inferior a los 17.000 dólares y a sus voluntarios, aunque ya
son miserablemente pobres, se les pide que paguen las deudas. Los voluntarios
también realizan donativos directos a sus enfermos, a los que les llevan
tomates, o jabón, o velas, o maíz, que es lo que los zimbabueños toman
prácticamente en cada comida. «No es que les llevemos algo cada vez que podamos
- explica Kelina Ncube, una de las voluntarias-, sino que simplemente les damos
algo de lo que nosotros tengamos ese día para comer».
Todos estos donativos tienen un coste. «Cuando empezamos,
todo marchaba estupendamente -afirma Ndlovu- pero, a medida que esto va hacia
adelante, algunos están empezando a decir que si contribuyen mucho». La verdad
es que, en una de sus reuniones, una mujer preguntó si ella y los demás
voluntarios iban a ser compensados. Es posible que todo esto suene un poco a
quejicas -«tenemos diferentes caracteres», dice Ndlovu, secamente-, pero la
mayor parte de las quejas se producen por culpa de la tremenda pobreza.
«Tenemos que ocuparnos de personas enfermas y darles la comida, así que tenemos
que lavarnos bien, con jabón -explica-, pero el jabón es caro, muy caro». En Zimbabue,
una pastilla de jabón cuesta el equivalente a 20 centavos de dólar.
«En los Estados Unidos tienen muchos voluntarios
pero nunca tienen que preocuparse de poner la comida en la mesa», declara
Noerine Kaleeba, que puso en marcha el primer grupo de apoyo a los
seropositivos en África, el ASOU (AIDS Support Organisation of Uganda, u
Organización de Apoyo contra el SIDA en Uganda). Para mantener activos a los
voluntarios, dice Kaleeba, algunas comunidades Áfricanas han plantado un huerto
especial cuyos frutos sólo pueden cosechar los voluntarios o financiado un
fondo que paga los gastos de escolarización de sus hijos (Zimbabue, como la
mayoría de las naciones africanas, no proporciona educación gratuita).
Con
frecuencia se afirma que los africanos se muestran pasivos ante la muerte o el
sufrimiento y que la vida aquí es barata. La verdad es que la vida es dura. La
gente es tan pobre que, hasta cuando dan una gran proporción de sus ingresos,
como lo hacen la mayor parte de los voluntarios del IGAC, el total no
representa más que una pequeña suma, tan pequeña que hasta las iniciativas más
modestas resultan difíciles de poner en marcha y de mantener. Grupos como el
IGAC son «brotes aislados y dispersos», tal y como Kaleeba los califica, y
añade que «me gustaría que esos brotes pudieran convertirse en un auténtico
jardín lleno de flores».
Fue la madre
de Sikhangele Ndiweni la que puso en marcha el primer intento del IGAC por
sacar dinero: un jardín comunitario para cultivar vegetales y luego venderlos.
Sin embargo, la parcela de terreno era pequeña, así que los ingresos también lo
fueron. La madre de Ndiweni ya no llegó a ver las ideas que el IGAC puso en
marcha a continuación: el SIDA la mató en marzo de 1997 y su marido murió tres
meses después. Como ella era la hija mayor, Ndiweni dejó de asistir a la
escuela para cuidar de ellos -«yo tenía que lavar a mi madre y recibir a la
gente que venía a verla», declara- y ahora, a sus veinte años, está al cargo de
su hermana y sus cuatro hermanos. Ella depende del IGAC por lo que se refiere
a la comida y a los gastos de escolarización, pero no se limita a recibir el
dinero, sin más. Al igual que su madre, ella colabora con el IGAC en la colecta
de dinero.
Además de las faenas domésticas, Ndiweni cuida de un
rebaño de cabras, parte de un donativo que el IGAC recibió de HelpAge, una
organización que ayuda a las personas de edad. Las cabras, repartidas en varios pequeños rebaños a cuyo cuidado están
principalmente huérfanos, representan uno de los dos principales proyectos del
IGAC para procurarse fondos. El otro es un molino de maíz. Los beneficios se
dividen y se entregan a los comités existentes por toda la provincia, que
proceden entonces a su reparto bajo el criterio de qué familias, en sus
respectivas localidades, más necesitan mantas, las tasas de escolaridad o
raciones extra de comida.
Margaret
Nkomo, miembro de uno de los comités locales del IGAC, asegura que en la parte
de Insiza en la que ella vive hay 46 niños que han perdido a uno de sus
progenitores, como mínimo. Aproximadamente una tercera parte de estos huérfanos
no recibe más ayuda que la del IGAC, aunque con las cabras y el molino de maíz
no se llega más que para pagar parte de las tasas de la escuela primaria
infantil. Nkomo y otros voluntarios cubrían la diferencia a base de rascarse
sus propios bolsillos, no muy profundos. Pero la escuela secundaria cuesta más,
por lo que algunos de los huérfanos mayores ya no pueden permitirse el
asistir.
A Ndiweni le
gustaría terminar la escuela secundaria; le gustaba estudiar y era una buena
alumna. Pero no hay dinero y ella se ha visto catapultada a la edad adulta.
Ahora ha empezado a hacer visitas de asistencia domiciliaria, con lo que
presta ayuda a otros una persona que, como ella, recibe ayuda a su vez. «No puedo
llevarles comida -comenta-, pero puedo hacerles la comida, y la colada, y
ayudarles de muchas maneras».
Eliot
Magunje, un activista de Harare, no se deja impresionar. «Eso no es asistencia
a domicilio; eso es abandono a domicilio», acusa. Magunje es seropositivo y una
parte considerable de su enfado nace de la cruda realidad de que los fármacos
que podrían alargarle la vida son aquí prohibitivamente caros. No obstante,
pone el dedo en la llaga del punto débil de prácticamente cualquier programa de
asistencia domiciliaria en
El coste
emocional se sigue acumulando. La voluntaria Moddie Nkomo cuidó del hijo de su hermana
hasta la muerte de éste y le limpiaba después de cada una de sus frecuentes
diarreas. Llegó entonces «aquel terrible día» de noviembre en el que Nkomo
«miraba a aquellas tres personas y todas estaban muertas. Y hoy hemos enterrado
a otro», un hombre de 35 años. Su mujer ya murió el año pasado y también Nkomo
la había tenido a su cuidado.
Muchos
trabajadores antiSIDA son de la opinión de que programas como el del IGAC tienen
los días contados, en especial por la ausencia de apoyo gubernamental. A fin de
cuentas, el SIDA no hace sino castigar duramente un continente maltratado ya
por una terrible historia. Privados de sus tierras más fértiles, que siguen en
manos de agricultores blancos en su mayoría, los campesinos Áfricanos tienen
que habérselas permanentemente con escasez de alimentos. Muchos hombres se ven
obligados a ir de aquí para allá entre las ciudades, donde está el trabajo, y
sus aldeas de origen, donde vive toda su familia. Estos cambios son psicológicos,
además de geográficos, porque muchos Áfricanos viven en una especie de limbo
entre unas culturas tradicionales que ya no pueden resucitar y un materialismo
occidental que da la sensación de estar vacío. Una catástrofe de la escala del
SIDA puede llegar a desintegrar estas frágiles comunidades.
A pesar de todo, lo que ocurre en Insiza es lo
contrario. El SIDA exige sin duda un
esfuerzo tremendo a la comunidad, pero ésa es precisamente la razón por la que
tantos campesinos se ofrecen para ayudar como voluntarios. Especialmente en
las zonas rurales, muchos voluntarios antiSIDA «se han comprometido no tanto a
luchar contra la enfermedad sino más bien a fortalecer el sentido comunitario
-explica Sy, de UNAIDS-, así que el éxito o el fracaso no deberían juzgarse
necesariamente en función del número de personas que mueran sino por su
contribución a que la comunidad permanezca unida».
Esta es la
razón por la que la ayuda extranjera parece tan cargada de tensiones. Si bien
la pobreza puede arrastrar a la incapacidad, con demasiada frecuencia los
donantes imponen sus propias prioridades o socavan el espíritu de
independencia. El IGAC ha tenido éxito porque son los campesinos los que se han
movilizado por sí solos.