EL MITO DE LOS 6 MILLONES

Joaquín BOCHACA

 

Ediciones del AAARGH

Internet 2002

 

 


Aquí publicamos el libro de Joaquín Bochaca El Mito de los Seis Millones, porque resume numerosos trabajos que no están disponibles en español. No necesariamente compartimos ¿hace falta aclararlo acaso? las ideas de este autor. Disponemos de una versión que ya está publicada en el web, que es una versión escaneada de manera apresurada. Le hemos corregido una gran cantidad de erratas, pero quedan algunas que no podemos corregir, por no tener a nuestro alcance la versión original sobre papel. Si aparece algún lector que nos pueda prestar su ejemplar, haremos las últimas correcciones en breve. Es un ejemplo de la forma nuestra de trabajar: ponemos los documentos a disposición del lector, lo mejor posible, pero sabiendo que el resultado dista de ser perfecto. Agradeciendo su comprensión: AAARGH.

 

 

Según el Honorable Winston Churchill, la primera victima de la guerra es la verdad. Difícil resulta discutir la justeza de esta afirmación del viejo león británico. A partir de la guerra franco-prusiana de 1870, y en el curso de todos los conflictos bélicos de nuestro siglo, la propaganda basada en atrocidades, reales o supuestas, del adversario, ha entrado a formar parte del arsenal ideológico, cada vez más indispensable para la obtención de la victoria final.

En el curso de la Primera Guerra Mundial, los Aliados, que monopolizaban casi por entero las agencias de noticias en todo el mundo, acusaron a Alemania de las mayores barbaridades. La propaganda sobre las atrocidades se convirtió en manos de hombres inteligentes pero desprovistos de escrúpulos, en una ciencia exacta. Increibles historias de la barbarie germánica en Francia y Bélgica crearon el fraude de una excepcional bestialidad de los alemanes; fraude que continúa coloreando la mente de muchas personas en la actualidad. Los ulanos – se informó gravemente al mundo – se divertían arrojando al aire a los bebés belgas y ensartándoles con sus bayonetas al caer; también cortaban las manos de las enfermeras de la Cruz Roja. La prensa y la radio anglosajonas anunciaron la crucifixión de prisioneros canadienses. Aunque tal vez, la <<noticia>> más repulsiva y ampliamente puesta en circulación se refería a una fábrica para el aprovechamiento de cadáveres, en la cual, los cuerpos de los soldados, tanto alemanes como aliados, muertos en combate, eran <<fundidos>> para aprovechar la grasa y otros productos útiles al esfuerzo de la guerra de los Imperios Centrales. El hecho de que Arthur Ponsonby, eminente historiador y político británico, demoliera la fábula, no impidió al Fiscal soviético en el Proceso de Nuremberg de acusar otra vez a Alemania de haber montado una fábrica de jabón hecho con grasa humana, en Danzig, en 1942.

Aún cuando numerosos escritores de la escuela revisionista histórica, tanto en Francia como sobre todo en Estados Unidos, desmitificaron la imagen maniquea de vencedores y vencidos, los que se llevaron la palma del <<fair play>> fueron, dicho sea en su honor, los ingleses y su Ministro de Asuntos Exteriores, quien ante la Cámara de los Comunes presentó públicamente excusas por todos los ataques al honor de Alemania, reconociendo explícitamente que se trataba de propaganda de guerra. En realidad esto era normal. En tiempo de guerra la necesidad determina la ley y preciso es reconocer que el coktail de sinceridad, nobleza y cinismo servido por el Secretario del Foreign Office resulta impar en la Historia. Ahora bien, una confesión de ese talante no se ha hecho tras la Segunda Guerra Mundial. Al contrario, en vez de difuminarse con el paso del tiempo sobre las atrocidades alemanas y, de manera especial, la manera cómo fueron tratados los judíos europeos durante la ocupación de buena parte del Continente por las tropas de la Wehrmacht, la propaganda ha ido en aumento. Hoy en día, en la Televisión australiana y en la noruega, en la soviética y en la norteamericana aparecen docenas de films sobre los campos de concentración. La literatura concentracionaria, a los treinta y tres años de finalizada la tragedia, continúa lanzando nuevas ediciones al mercado. Martilleando retinas y cerebros de las gentes una cifra horrorosa: Seis millones de judíos asesinados por los alemanes. El mayor genocidio de la Historia, perpetrado con increíble brutalidad en la tierra que vió nacer a Kant y a Beethoven, a Goethe y a Schiller.

La misma magnitud de tan horrendo crimen colectivo ha movido a centenares de historiadores a ocuparse del tema. Desde las ediciones de lujo, encuadernadas en piel y gravemente recomendadas por los titulares de cátedras univesitarias, hasta las ediciones de bolsillo con cubiertas alucinantes han llegado a imponer como axiomática la tesis de que, efectivamente, seis millones de personas, sin otro motivo que su pertenencia a un grupo racial determinado, fueron exterminadas por diversos procedimientos, destacando entre ellos los gaseamientos y las incineraciones, en vivo, en los hornos crematorios. Pero muchos otros escritores e historiadores han puesto en duda, o han negado resueltamente, la realidad del holocausto. En las páginas que siguen creemos haber demostrado, de manera irrefutable, que éstos tienen razón y que el hecho de pretender sostener, hoy en día, que entre 1939 y 1945 seis millones de judíos fueron exterminados, a consecuencia de una política Oficial de las autoridades alemanas, es una acusación cuyo único fundamento son sus móviles políticos. El Autor se da perfecta cuenta de que, como toda afirmación que no sigue la corriente de las verdades oficiales, la conclusión establecida en el párrafo precedente será mal acogida por los más. No obstante es el resultado de una investigación iniciada sin ideas preconcebidas varios años ha, y basada en la lectura de casi tres centenares de obras versando sobre este tema, así como más de un millar de artículos periodísticos. Es también resultado de innumerables conversaciones con supervivientes de la persecución nazi, todos ellos milagrosamente salvos. Y es, finalmente, consecuencia del sencillo manejo de la Aritmérica y del sentido común.

Tal como el lector podrá comprobar por la lectura de las páginas que siguen y por la bibliografía de la presente obra, se excluyen deliberadamente los testimonios exculpatorios de los acusados o de personas que hubieran desempeñado un cargo público en Alemania o en Austria entre 1933 a 1945. Unicamente citamos, en apoyo a nuestra demostración, a testimonios de parte contraria, a enemigos de Alemania o del régimen nacionalsocialista y a diversos autores políticos judíos. En las páginas que siguen se revela, no solo la falsedad de la imputación de que seis millones de judíos fueron exterminados por los nazis, sino los motivos que hay para que poderosas Fuerzas Internacionales estén desesperadamente interesadas en la persistencia de ese fraude.

Por los motivos, razones, excusas o pretextos que fueran, la Alemania Nacionalsocialista, considerando a su comunidad judía como un elemento extraño y hostil a la nación, tomó una serie de medidas administrativas y políticas, destinadas a limitarla progresivamente, hasta llegar a la eliminación de su influencia social y política dentro de los límites territoriales del III Reich. No es propósito de esta obra elucidar el fundamento o la improcedencia de los reproches formulados por el gobierno alemán contra los judíos de nacionalidad alemana. No obstante, preciso es dar un salto atrás para examinar los antecedentes históricos que determinaron la hostilidad del Pueblo Alemán contra su comunidad judía. Si la expresión <<Pueblo Alemán>> parece desenfocada y excesiva en este caso, puede sustituirse por <<Movimiento Nazi>>, pero no debe olvidarse que los nazis, llegados al poder a consecuencia de una victoria electoral, no disimularon nunca sus tendencias antijudías, perfectamente plasmadas en su programa, conocido desde 1923, y reiteradamente proclamado en múltiples ocasiones, y que una mayoría de electores dieron su voto a este programa.

 

A mediados del Verano de 1916, el Gabinete de Guerra Británico, obligado por las circunstancias adversas, empezó a considerar seriamente la posibilidad de aceptar la oferta alemana de una paz negociada sobre la base de un statu quo ante bellum. La situación era desesperada para Inglaterra. Las tropas alemanas ocupaban gran parte Bélgica y Francia; Italia se tambaleaba ante los rudos golpes del Ejército Austro-Húngaro; el gigante ruso se desmoronaba. La campaña submarina alemana había logrado un efectivo bloqueo de Inglaterra, cuyas reservas de alimentos apenas alcanzaban para tres semanas; el Ejército Francés se amotinaba...

Desde el principio de la guerra, Gran Bretaña había prodigado sus aperturas hacia prominentes financieros norteamericanos, de origen judío-alemán, con objeto de enrolar a los Estados Unidos al servicio del esfuerzo de guerra británico. Esas aperturas no se vieron en principio coronadas por el éxito debido especialmente al hecho de figurar en el bando Aliado la Rusia Zarista, cuya actitud hacia los judíos fue tradicionalmente hostil. Ello trajo como consecuencia un fuerte sentimiento de hostilidad contra Inglaterra por parte de la Finanza norteamericana. Además, Alemania estaba demostrando una dosis de consideración y benevolencia para con los judíos del Este de Europa, particularmente en la ocupada Polonia, donde eran muy numerosos. La diplomacia inglesa fue incapaz de contrarrestar, desde 1914 hasta 1916, los fuertes Sentimientos pro-alemanes de los financieros norteamericanos.

Pero los sionistas se enteraron pronto de la oferta de paz hecha por Alemania a Inglaterra. También se enteraron de que el Gabinete de Guerra británico estaba considerando seriamente la posibilidad de aceptar la oferta germánica. Los sionistas, encabezados por Lord Rothschild y Lord Melchett, de Londres, propusieron un acuerdo entre el Gobierno Británico y la Organización Sionista Mundial, según la cual, a cambio del reconocimeinto de un Hogar Nacional Judío en Palestina, se comprometían a usar su influencia para conseguir la entrada de los Estados Unidos en la guerra, al lado de Inglaterra y sus Aliados. Con objeto de mantener su liderazgo mundial Gran Bretaña optó por seguir luchando con los Estados Unidos como Aliado, rechazando las ofertas alemanas.

La sagacidad tradicional de los políticos ingleses falló en esta ocasión. Olvidaron que los que buscan protectores sólo encuentran amos. Sólo tuvieron en cuenta que con la ayuda norteamericana y el desangre de Francia podrían derrotar a Alemania e impedir la construcción de la vía férrea Berlín-Bagdad que, evidentemente, ponía en peligro la hegemonía mundial inglesa.

Los hombres de Westminster y del Foreign Office, aparentemente, sólo veían un aspecto de la situación. Creían que la aceptación de la oferta de paz alemana, una paz – empate, dejaría al Reich las manos libres para proceder a la puesta en marcha del proyectado ferrocarril, que, en sólo ocho días permitiría trasladar un ejército desde Hamburgo, en el Mar del Norte, hasta Basora, en el Golfo Pérsico, gracias a la concesión otorgada al Kaiser Guillermo II por su amigo personal y aliado el Sultán del Imperio Otomano.

En el momento de estallar la I Guerra Mundial, el Imperio Otomano incluía los territorios conocidos desde las Conferencias de Paz de Versalles, en 1919, como Turquia, Líbano, Siria, Irak, Arabia Saudita, Yemen, Kuwait, Palestina y Jordania. Según la concesión otorgada por el Imperio Otomano al Reich Alemán, la vía férrea enlazaría, en territorio otomano, las ciudades de Constantinopla y Basora. Alemania tendría un rápido, eficaz y seguro acceso a los mercados y a los recursos naturales del Lejano Oriente, sin estar a la merced de la «Home Fleet». Hasta entonces el tráfico alemán sólo podía hacerse por vía maritima a través del Mediterráneo, con la aún inexpugnable fortaleza de Gibraltar, de un lado, y por el Canal de Suez, controlado por Inglaterra, del otro. Sólo quedaba la ruta del Cabo de Buena Esperanza, igualmente dominada por Inglaterra. La ruta más corta entre Hamburgo y Bombay requería, entonces, cuatro semanas, que los ingleses podían convertir en seis o siete con sólo crear problemas burocráticos en Port-Said o en Suez, y la más larga de nueve o diez semanas. El mismo viaje requeriría de seis a ocho días, a un costo mucho más reducido, por la vía férrea Berlin-Bagdad.

Salta a la vista que la realización de esa Vía férrea era un peligro para la hegemonía militar y comercial, y, en definitiva, política, de Inglaterra. El joven Imperio Alemán era, potencialmente, un contrincante peligroso. Además el Sultán del Imperio Otomano, tras ser derrotado por la Rusia Zarista poco después de la Guerra Franco-Prusiana de 1870, concertó un acuerdo con Guillermo II para la reorganización de su ejército por instructores militares alemanes. Una gran amistad personal surgió entre el Kaiser y el Sultán, lo que evidentemente facilitó la concesión de la Vía férrea Berlin-Bagdad. La diplomacia británica apeló sin éxito a toda fase de halagos y presiones para que la concesión fuera cancelada, pero fracasó en sus propósitos. En vista de ello, Inglaterra ofreció costear la construcción de la vía férrea, a cambio de la mitad de los derechos de la concesión. La propuesta inglesa se completaba con la oferta de dividir, prácticamente, el mundo, en dos esferas de influencia, esperando con ello monopolizar el comercio mundial entre Gran Bretaña y el Reich, lo cual prometía inmensos beneficios mutuos, aún cuando Inglaterra seguiria siendo, en ese caso, el <<primus inter pares>>, políticamente hablado.

Alemania no podía financiar sola la realización de aquella inmensa obra. Alemania sola sólo podía financiar la construcción de tramos limitados, y aún ello con la asistencia de los banqueros alemanes, muchos de ellos – y los más prominentes – de raza judía, y deseosos de prestar dinero a su gobierno. Los políticos ingleses, cada vez más preocupados por el creciente pretigio del <<Made in Germany>> y por el inmenso aumento de poder militar, comercial y político que concedería a Alemania la construcción del ferrocarril Berlin-Bagdad, decidieron que la única solución que les quedaba era aplastar a Alemania en una guerra que eliminara para siempre la amenaza de la tan temida vía férrea. Estaba claro que si el Reich era derrotado, en su caída arrastraría a su aliado otomano, cuyo territorio se convertiría en botín de guerra en la posterior conferencia de paz dictada por Londres, cortando así el paso terrestre de Alemania, Austria-Hungría o Rusia hacia la India, la clave de bóveda de todo el Imperio Británico.

Con tal propósito Inglaterra premeditó, provocó y precipitó la I Guerra Mundial para aplastar a Alemania. En 1904, Gran Bretaña hizo aperturas diplomáticas a Francia en busca de una <<alianza defensiva conjunta>> contra Alemania. Los franceses, humillados por el recuerdo de la severa derrota en 1870, aceptaron inmediatamente la propuesta. El recuerdo de Sedán no fue el único motivo, ni siquiera el principal. Más importantes fueron el temor francés ante la fenomenal expansión militar e industrial de Alemania, y la dependencia política de Paris con respecto a Londres, después del bofetón diplomático de Fashoda. Francia no estaba en posición de rehusar la oferta. Inglaterra propuso luego a la Rusia Zarista una alianza similar, también <<defensiva>> y también contra Alemania. A cambio de la participación rusa en la Entente, Gran Bretaña se comprometía a hacer posible la realización del viejo sueño moscovita del control de los Dardanelos, como paso a los <<puertos de aguas calientes>>. Rusia sería recompensada con los despojos del Imperio Otomano, el aliado de Alemania.

La activa y admirable diplomacia inglesa logró enrolar aún nuevos miembros en la Entente, como Italia –apartándola de la alianza alemana –Japón, Portugal, Serbia y Montenegro. Habiendo completado el cerco estratégico de Alemania, los diplomáticos británicos esparcidos por todo el mundo, hicieron cuanto estuvo en su mano para provocar a Alemania con objeto de que ésta cometiera un <<acto de agresión>> cualificado. La oportunidad codiciada por Inglaterra se produjo en Julio de 1914, con motivo del asesinato del Príncipe heredero de la Corona Austríaca, Francisco Fernando. Ninguna persona en su sano juicio puede aceptar que ese asesinato fue la <<razón>> o la <<causa>> de la I Guerra Mundial. Ello fue sólo la excusa para la puesta en marcha del plan británico para aplastar a Alemania. No importa establecer si fue Alemania, o si fue la Rusia Zarista quien movilizó primero a sus tropas, o si fue un ejército o el otro quien primero se internó unos centenares de metros en territorio enemigo. La confusión intencionadamente creada por el retraso en las comunicaciones hizo la guerra inevitable.

No obstante, en el transcurso de los dos primeros años la suerte de las armas fue totalmente adversa a Inglaterra y sus Aliados. Pero la entrada en guerra de los Estados Unidos como nuevo y decisivo aliado de Inglaterra transformó las victorias alemanas de 1914 hasta 1917 en la ignominiosa derrota de 1918. Es innegable que el Acuerdo de Londres, del que saldría la posterior Declaración Balfour para la creación de un Hogar Nacional Judío en Palestina fue el causante de la entrada de los Estados Unidos en la contienda y la posterior derrota de Alemania.

Los alemanes han estado siempre convencidos de que si los sionistas no hubieran propuesto los Acuerdos de Londres al Gabinete de Guerra Británico, el Gobierno Inglés hubiera aceptado la propuesta alemana de paz y la guerra hubiera terminado en 1916 y no en 1918.

 

Siempre existieron relaciones sumamente cordiales entre Alemania y la Organización Sionista Mundial, cuya sede central, hasta el año 1915, se hallaba en Berlín. Durante siglos Alemania había sido el refugio de los judíos procedentes de Rusia y Polonia, de donde huían por la frecuencia de los <<pogroms>> que allí sufrían. El Edicto de Emancipación, dictado en 1812, dió a los judíos la igualdad de los derechos civiles con los alemanes, en la mayor parte de los territorios de la actual Alemania. Ningún otro país, ni siquiera la Francia Republicana, había concedido aún la total igualdad a los judíos. El Edicto de Emancipación atrajo a los judíos a Alemania con preferencia a otros países.

El Kaiser apeló en numerosas ocasiones, entre 1895 y 1915, al Sultán, en favor de los sionistas. Guillermo II deseaba que el Imperio Otomano garantizara una concesión territorial a los sionistas para la creación de un <<Estado Judío>> en Palestina; incluso se desplazó personalmente a visitar al Sultán con este propósito. Los esfuerzos del Kaiser en pro de la causa sionista continuaron hasta 1916, cuando se produjo el Acuerdo de Londres, calificado por un judío norteamericano, Benjamín Freedman, de <<puñalada por la espalda>>. La mala disposición del Sultán hacia el proyecto, el hecho de que Alemania ofreciera a Inglaterra una <<paz de tablas>>, sin cambios territoriales y con retomo a las fronteras de 1914; la situación en que se encontraba Inglaterra, que la obligaría a aceptar cualquier condición a cambio de la ansiada participación norteamericana en la contienda, movieron a los prohombres del Sionismo a proponer su ayuda a Gran Bretana.

Numerosos escritores norteamericanos  han narrado detalladamente las medidas tomadas por el movimiento sionista para hacer entrar en la guerra a los Estados Unidos. Curioso es el cambio que, en unos meses, se hace dar al Presidente Woodrow Wilson, un auténtico <<détraqué>> sujeto a deficiencias psico-sexuales. Cuando, al principio de 1916, el Sionismo todavía espera que el Kaiser obtendrá para los judíos el territorio de Palestina y Wilson hace tentativas para obtener la paz (una <<pax germánica>>) y Londres y Paris ni siquiera se dignan responder a sus propuestas, Wilson exclamará que <<ingleses y franceses hacen gala de una exasperante mala fe>>. Por otra parte, la Gran Prensa americana cambió bruscamente de orientación a partir del Acuerdo de Londres; la propaganda aliadófila alcanzó grados de delirante apología y las provocaciones anti-alemanas se multiplicaron al mismo tiempo que se organizaba la masiva ayuda norteamericana a Inglaterra. Finalmente, en Abril de 1917, y tomando como pretexto el hundimiento del transatlántico <<Lusitania>>, que iba armado y cargado de municiones con destino a Inglaterra, el Gobierno de los Estados Unidos declaró la guerra a Alemania. En realidad, no era más que un burdo pretexto pues, al fin y al cabo, el Lusitania fue hundido en febrero de 1915 y los Estados Unidos declararon la guerra en Abril de 1917, veintiseis meses más tarde.

El pueblo alemán no tuvo conocimiento de esa traición de quien se suponía un viejo y fiel aliado hasta el año 1919, en plena Conferencia de Paz de Versalles – el tratado que los alemanes de todos los matices políticos calificaron <<Diktat>> – cuando 117 dirigentes sionistas, casi todos ellos nacidos en Alemania u oriundos de la misma, le reclamaron a Inglaterra el pago de su <<libra de carne>>, es decir, la entrega de Palestina.

 

Hemos considerado necesario extendernos tal vez excesivamente en los antecedentes históricos que marcan la ruptura de la vieja alianza, al menos en términos de Política entre Alemania y el Movimiento Sionista, y transforman la amistad tradicional Judeo-Alemana en profunda aversión. Dicha aversión iría en aumento a medida que se fueron haciendo patentes las duras cláusulas de paz impuestas a Alemania: pérdida de todas sus colonias; incautación de su Marina; amputaciones territoriales en la metrópoli y una tremenda contribución de guerra.

Es evidente que no se podía hacer cargar a los judíos alemanes con las culpas del Movimiento Sionista, a pesar de la representatividad que éste quisiera arrogarse. Pero también es evidente y comprensible que, en la post-guerra, y en la crisis que siguió, se desarrollara en Alemania una corriente anti-judía. Los pueblos se mueven por sentimientos, por corrientes de simpatías y antipatías, y no por silogismos más o menos bien construidos.

Además, ciertos prohombres sionistas, en vez de guardar prudente silencio consideraron necesario gacer gala de una absurda arrogancia. Así, por ejemplo, cuando Lord Melchett Alfred Mond Moritz, judío oriundo de Alemania y presidente del trust <<Imperial Chemical Industries>> declaró ante el Congreso Sionista, reunido en New York:

<<Si yo os hubiese dicho en 1913 que discutieramos sobre la reconstrucción de un Hogar Nacional Judío en Palestina, me hubieseis tomado por un ocioso soñador; si os hubiese asegurado entonces que el archiduque austríaco sería asesinado y que, de todo lo que se derivaría de tal crimen surgiría la posibilidad, la oportunidad y la ocasión de crear un Hogar Nacional Judío en Palestina, me hubierais tomado por loco. ¿Se os ha ocurrido alguna vez pensar cuán extraordinario es que de toda aquella confusión y de toda aquella sangre haya nacido nuestra oportunidad? ¿Creéis de veras que sólo es una casualidad todo esto que nos ha llevado otra vez a Israel?>>.

O la frase lapidaria del israelita francés, oriundo de Alemania, Simon Klotz, cuando se discutía la cuantía de la contribución de guerra a imponer a Alemania: <<Le boche payera tout>> (El alemán lo pagará todo).

Otra causa que contribuyó poderosamente a deteriorar las relaciones entre alemanes y judíos fue la desproporcionadamente elevada cantidad de hebreos que tomaron parte en las llamadas <<revoluciones sociales>> que estallaron en Alemania en 1918; revueltas comunistas que minaron la moral del pueblo en momentos críticos de la contienda y contribuyeron a la derrota del país. Judío era el comisario del pueblo Hugo Haase, líder de los <<socialistas independientes>>, así como el abogado Karl Liebknecht y la escritora Rosa Luxemburg, jefes de la <<Liga Espartaquista>>. Esta liga anunció, el 14 de Diciembre de 1918, que su finalidad era implantación del Comunismo en Alemania.

El Dr. Oskar Khon, Subsecretario de Justicia, recibía dinero del agente soviético Joffe, para la financiación de la revuelta comunista del 9 de Noviembre de 1918. Cuando Joffe, el Embajador soviético, debió abandonar Alemania al haberse descubierto sus actividades, fue sustituido por otro correlegionario suyo, Karl Radek Sobelssohn, a cuyo cargo se encomendó la dirección de la propaganda comunista en Alemania. El punto culminante de la acción bolchevique se alcanzó en Munich. El agitador principal en la capital bávara era otro judio, Kurt Eisner quien, en el verano y el otoño de 1918, cuando el combate en el frente estaba en todo su apogeo, excitó a la huelga de los obreros de las fábricas de armas de Munich y organizó la revolución, instaurando en Baviera un <<Tribunal Revolucionario>>; Eisner se proclamó Presidente del Consejo de Baviera y en calidad de tal dirigió un llamamiento a todas las regiones de la Confederación Germánica, el 10 de Noviembre de 1918, que en los Códigos Civiles y militares de cualquier pueblo sería considerado como alta traición. Secundaban a Eisner, compartiendo con él las tareas de gobierno, una serie de literatos judíos, tales como Kurt Muhsam, Levine-Nissen, Levien, Gustav Landauer y Ernst Toller. Otro judio, Karl Kaustky, Subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich, dio la máxima publicidad a todos los documentos que pasaban por sus manos y podían presentar matices más ensombrecedores, debilitando así la posición de Alemania en las negociaciones de paz. Le secundó en ese trabajo el influyente redactor jefe de la <<Vossische Zeitung>>, su correlegionario Georg Bernhard quien abogó con todas sus fuerzas por la firma del Tratado de Versalles que, desde el punto de vista alemán, representaba un verdadero atropello.

 

Aún después de firmado el tratado de paz, parece persistir una cierta fraternidad entre derrotismo, comunismo y judaísmo, o, al menos, determinados judíos. El <<deus ex machina>> de la propaganda comunista en Alemania era el israelita Willy Münzenberg, millonario propietario de periódicos de gran circulación, como <<Illustrierte Arbeiter Zeitung>>, <<Die Welt am Abend>> y <<Magazin für Alle>>. El <<Socorro Rojo>>, otro instrumento comunista bajo capa de beneficiencia social, contaba entre sus fundadores con los judíos Arthur Holitscher, Alfons Goldchsmitd, Paul Ostreich, Einstein, Max Harden, Leonhardt Frank y el profesor Elzbacher. Los comandos de acción – los asesinos – que actuaban por cuenta del Partido Comunista Alemán habían sido fundados y organizados por otro judío, Hans Kippenberger, verdadero causante moral del asesinato de Horst Wessel, considerado por los nacionalsocialistas como su héroe nacional, en cuyo asesinato desempeñó además un importante papel la judía Else Cohn, organizadora del atentado. Estos comandos llevaron a cabo una labor tan eficaz, que los nacionalsocialistas acusaron al Presidente de la Policía de Berlin, Grzesinski, hijo de judío y polaca, de propiciar solapadamente sus actividades. Por otra parte, cuando los miembros de los comandos caían en manos de la Justicia, eran defendidos con notorio éxito por el abogado judío Litten que, convicto de haber tratado de influir en los testigos de sus procesos, fue expulsado del Colegio de Abogados. Los comunistas orientaron sus principales esfuerzos a la infiltración en las escuelas y universidades. La <<Karl Marx-Schule>> (Escuela Carlos Marx) estaba dirigida por el judío Doctor Fritz Karsen Krakauer, y había sido fundada por otro judío, el Profesor Lowenstein.

También les fue reprochado a los judíos que un miembro de su comunidad, Magnus Hirschfeld, fuese patrocinador de la legalización de la Sodomía y su correligionaria, la Doctora Kienle-Jacubowitz, del Aborto. Pero donde más se destacaron los judíos fue en la literatura bélica y post-bélica: Siegfred Jacobssohn, Kurt Tucholsky, Peter Panter, Ignaz Wrobel, Bernhard Citron, Theobald Tiger, Kaspar Hauser, Alfred Polgar, Fritz Sternberg, Rudolf Leonhardt, Hans Siemsen, Emil Ludwig, Thomas y Ludwig Mann, Remarque, Arnold Zweig y muchos más, todos ellos lanzaron acerbas críticas, durante y después de la guerra, contra todo lo alemán, y en especial contra el Ejército. Tucholsky llegó a escribir: <<Los militares son asesinos... Los voluntarios de 1914 murieron por una porquería... El himno nacional es un mal verso, de poesía charlatana>>.

Otro motivo de crítica de muchos alemanes hacia su comunidad judía lo constituía el predominio exagerado de ésta en determinados sectores primordiales de la vida de la nación. Así, por ejemplo, una comunidad que, como la Judía, representaba numéricamente entre el 0,5 y el 0,7 % (según las épocas) del total de la población, daba un porcentaje de 7,4 % entre los magistrados de todo el país, de ellos doce presidentes de Audiencias Territoriales y de Senados, 109 Magistrados de Tribunales Supremos y altos funcionarios de Audiencias Territoriales. En Berlin, en 1925, los médicos judíos totalizaban el 47,9 %; los abogados el 50,2 %; los farmacéuticos, el 32,2 %; los actores y directores de escena, el 13,5 %; los dentistas, el 37,5 %, los redactores de periódicos el 8,5 %. Los alemanes alegaban que esa preponderancia se había conseguido por medios desleales; los judíos, naturalmente, lo negaban. La misma discrepancia de puntos de vista se observaba con respecto a la afluencia de judíos en la escena política de Alemania, completamente desproporcionada con la población judía del país. En efecto ¿Qué ocurrió en el momento en que Alemania cambió de régimen, en 1919? En el Gabinete de los Seis, que ocupó el puesto del antiguo Gobierno Imperial, predominaba la influencia de los hebreos Landsberg y Haase; este último se ocupaba de los Asuntos Exteriores, asistido de su correlegionario Kautsky, un bohemio que un año antes ni siquiera poseía la nacionalidad alemana. El judío Schiffer dirigía el Ministerio de Hacienda, con otro judío, Bernstein, como Subsecretario. El Ministro de Gobernación era Preuss, y su Subsecretario, Freund. Otro judío, Fritz Max Cohen era el Jefe del Servicio Oficial de Información. A director del Negociado de Colonias ascendió el hebreo Meyer-Gerhard, y Kastenberg al de Letras y Artes.


En los gobiernos regionales la aportación judía era aún más desproporcionada con relación a su importancia numérica. En el prusiano, ocupaban carteras ministeriales los israelitas Hirsch, Rosenfeid, Futran (un ruso con ciudadania alemana recientemente estrenada), Arndt, Simon, Wurm, Stadthagen y Cohen, este último Presidente del Consejo de Obreros y Soldados. El judio Ernst era Jefe de la Policía de Berlin, mientras el mismo cargo en Frankfurt y en Essen lo detentaban sus correlegionarios Sinzheimer y Lewy. En el Estado de Baviera, el omnipotente Eisner, que se autonombró residente del Estado puso a otro judío, Bretano, al frente de los Ministerios de Comercio, Industria y Tráfico. En Hesse, la máxima figura politica era el hebreo Fulda, mientras en Wurtemberg ocupaban relevantes cargos Haiman y Taiheimer.

Dos plenipotenciarios alemanes en las Conferencias de la Paz eran judíos; los principales consejeros también lo eran, empezando por Rathenau y continuando con el banquero Max Warburg, el Doctor von Strauss, Merton, Oscar Oppenheimer, Struck, Brentano, Mendelssohn-Bartholdy y Wassermann. Según la opinión de los nacionalistas alemanes, los judíos nunca hubieran alcanzado tal posición sin la Revolución Marxista que se hizo estallar en el país en el momento critico de la I Guerra Mundial, y la Revolución, en cambio, no hubiese estallado sin que ellos mismos la hubiesen preparado o propiciado. Según los portavoces de Judaísmo tal acusación carecía de fundamento. Pero Mr. George Pitter-Wilson, corresponsal del periódico londinense <<The Globe>> escribió que<<... el bolchevismo significa la expropiación de todas las naciones cristianas, de manera que ningún capital permanecerá en manos cristianas y que los judíos en conjunto ejercerán el dominio del mundo a su antojo>>.

Por desgracia para la comunidad judía alemana, el que sería apodado <<Judas del pueblo alemán>> resultó ser un hebreo, Maximilian Harden que con su publicación <<Die Zukunft>> hizo, durante veinte años, política en gran escala. Ningún otro político ha dado pruebas de mayor versatilidad de principios. Actuando, primero, como censor moralista del Imperio, dió, con sus escritos escandalosos, el golpe de gracia a la monarquía de los Hohenzollern. Durante la guerra mundial, y hasta el giro copernicano dado por el Congreso Mundial Judío a su orientación política en 1917, fue el único verdadero anexionista de Alemania, que exigía como premio a la victoria nada menos que toda Bélgica, la costa francesa del Canal de la Mancha y el Congo Belga. Luego al cambiar la política sionista, este <<ultra>> del anexionismo prusiano, se opuso a los nacionalistas alemanes que querían continuar la lucha y se convirtió en admirador declarado del Presidente Wilson. Una vez firmado el Armisticio de Compiégne atacó inesperadamente la resistencia nacional contra las onerosas condiciones de paz denominándolas <<furia simulada y miserable harto de embustes>>.

Una parte numéricamente importante del pueblo alemán hizo, al menos, parcialmente responsable a los judíos, o a una parte notable y representativa de la comunidad judía, alemana y extranjera, no tanto de la derrota de 1918 como de las inusitadamente duras condiciones de paz. Esto quedaría confirmado con una inaudita declaración del Ex-Primer Ministro Britanico, Lloyd-George, que manifestaría, años más tarde, ante una sorprendida Cámara de los Comunes:

 

<<En 1917, el Ejército Francés se amotina, Italia está derrotada, Rusia muere por la Revolución y América aún no está luchando a nuestro lado... Repentinamente nos llega la información de que es de una importancia vital para los Aliados conseguir el apoyo de la comunidad mundial judía...>>

 

Es preciso hacer constar que Lloyd-George no era, ciertamente un antisemita que buscara desprestigiar a los judíos o crearles dificultades; es más, durante varios años fue abogado del Movimiento Sionista de Inglaterra. Para agravar aún más el deterioro de las relaciones entre alemanes y judíos, en los procesos que se incoaron entre 1919 y 1930 contra acaparadores <<millonarios de guerra>> y en general toda clase de delitos de estafa, diversos miembros de la comunidad israelita aparecieron con monótona regularidad en los lugares de honor. Así, hombres como Sklarz, Barmat, Kasmarek, Parvus-Helphand, Kutisker, emigrantes recién llegados de los ghetos del Este de Europa. Jaques Meyer, dirigente de la Central de Compras Alemana en Holanda, que se enriqueció a costa de sus conciudadanos, Ludwig Katznellenbogen, director del mayor de los consorcios cerveceros de Alemania, condenado a prisión por malversación de fondos; los hermanos Fritz y Alfred Rotter, propietarios de un inmenso trust teatral, que huyeron a Francia antes de ser procesados. Todo esto puede ser calificado de <<anecdótico>>, e incluso de <<poco representativo>>. Pero lo que según muchos alemanes – no necesariamente nazis – era verdaderamente representativo es que jamás, en ningún caso, ningún judío prominente de algún peso específico dentro de la comunidad alzó su voz para condenar a sus correligionarios. Esto fue interpretado como una aprobación tácita de su conducta. Esa condena hubiera sido muy útil, aún cuando sólo hubiera servido para contrarrestar las campañas anti-alemanas que otros judíos, particularmente desde Francia y los Estados Unidos, desencadenaron entonces, con notoria falta de oportunidad, varios años antes de la llegada de Hitler al poder. Incluso en la propia Alemania, el judío Weiszman, Secretario de Estado de Prusia, intervino a favor del convicto estafador Sklarz, destituyendo al fiscal.

La desproporcionada participación de la comunidad judía en la delincuencia alemana fue atestiguada por el escritor hebreo Ruppin quien, a base del manejo de las estadísticas llega a un resultado mucho mayor de criminalidad judía para delitos comerciales a los que puedan corresponderle en relación a la participación hebrea en el comercio. Según ese autor, los judíos eran trece veces más numerosos que los no judíos, atendiendo a las respectivas cifras de población, en los delitos de especulación ilícita y usura; nueve veces más en los de quiebra fraudulenta y cinco veces más en los de encubrimiento y complicidad. Comprobaciones similares hace el israelita Wassermann, en las que demuestra que la criminalidad de los judíos en el año 1900, y en lo que se refiere a la quiebra simple, fue diecisiete veces mayor para las quiebras fraudulentas. Tales cifras las obtuvo tomando expresamente en consideración la participación porcentual en las profesiones comerciales. No debe omitirse la participación judaica en determinados delitos especialmente vituperables, como el contrabando de drogas y la pornografía. El organismo oficial <<Central para la lucha contra el uso de estupefacientes>> comprobó que en el año 1921, de los 232 traficantes internacionales de estupefacientes, 69, es decir, el 26 por ciento, eran judíos. Teniendo en cuenta que la comunidad judía representaba aproximadamente el 0,7 por ciento de la población total de Alemania en aquella época, resulta que su participación en tal tipo de delitos era treinta y siete veces mayor de lo normal. En 1933, la participación israelita aumentó hasta un 30 por ciento. El ya citado Ruppin confiesa: <<El hecho de que los israelitas habiten generalmente las ciudades tiene como consecuencia el que se les coja sobre todo en los delitos afectos a las grandes urbes, como proxenitismo y complicidad en la prostitución. Desde el Edicto de Emancipación en 1812 hasta 1933 en que el pueblo alemán, democráticamente, manda al Nacional Socialismo al poder, se ha ido produciendo un cambio total. El matrimonio judeo-germánico se ha roto.

 

El programa racial nacional-socialista

 

El 30 de Enero de 1933, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, encabezado por Adolf Hitler, subía al poder, merced a una victoria en las urnas.

Aparte de los otros puntos programáticos del N.S.D.A.P., liberación de las cadenas de Versalles, reforma financiera, reforma agraria, superación de la lucha de clases y creación de una colectividad nacional, igualdad de derechos para Alemania, lucha contra la delincuencia y el parasitismo y promoción de las ciencias y las artes, había uno concreto que atrajo especialmente la atención: el que se refería a la eliminación de los judíos de la dirección política del país.

El denominado antisemitismo no es, como algunos han pretendido hacer creer post mortem, una invención de Hitler. Ese es un problema tan añejo como la propia historia del pueblo judío, a lo largo de todo su deambular por el mundo. La Iglesia Católica – veintinueve de cuyos Papas dictaron cincuenta y siete bulas, edictos y decretos antijudíos – participó tanto en la persecución (versión judía) o en la defensa (versión cristiana) contra los israelitas, al igual que Martin Lutero, quien escribió el folleto titulado <<De los Judíos y sus Mentiras>>. Todos los pueblos en uno u otro momento de su historia tomaron, amparándose en diversos motivos, razones o pretextos, medidas contra las comunidades judías que, habiendo inmigrado al país, se mantenían voluntariamente segregados y no participaban de los ideales e inquietudes de los autóctonos. En numerosas ocasiones incluso, la chusma se había desmandado, dando lugar a horrorosas e inexcusables matanzas. Esta clase de abusos eran especialmente frecuentes en el Este Europeo, en Polonia y Rusia, hasta en punto de que la palabra <<Pogrom>>, que en ruso significa <<devastación>> o, <<tumulto>> llegó a ser intencionalmente asimilada a <<matanzas de judíos>>. Precisamente a causa de estos <<pogroms>>, que entre 1881 y 1917 alcanzaron una virulencia inusitada, los hebreos rusos y polacos emigraron en gran número a Alemania.

Ya hemos tratado, en el epígrafe precedente, de la progresiva degradación de las relaciones entre la población autóctona y la comunidad judía en Alemania. Este éxodo masivo contribuirá en gran manera a empeorar aún más la situación. Cuando los nazis llegan al poder, en el Parlamento se sientan ya seis diputados antisemitas no nazis. Estos, por su parte, pronto evidencian que se hallan dispuestos a poner en práctica, íntegramente, los veinticinco puntos de su programa hechos públicos trece años atrás, concretamente el 25 de Febrero de 1920, en una asamblea en el Hofbrauhaus, en Munich.

 

El punto 4º especificaba bien claramente:

<<Sólo puede ser ciudadano el que sea miembro del pueblo. Miembro del pueblo sólo puede serlo el que tenga sangre alemana, independientemente de su confesión religiosa. Ningún judío puede, por consiguiente, ser miembro del pueblo>>.

El punto 5° aseveraba:

<<El que no es ciudadano, sólo puede vivir como huésped en Alemania y debe estar sometido a la legislación de extranjeros>>, mientras el 6° decía:

<<El derecho a determinar la conducción y las leyes del Estado ha de ser privativo del ciudadano. Por eso exigimos que todo cargo publico sólo pueda ser desempeñado por ciudadanos>>.

El punto 7°, continuando por el mismo sendero, afirmaba:

<<Exigimos que el Estado se comprometa a asegurar en primer término, la subsistencia y el poder adquisitivo de los ciudadanos. Si no es posible alimentar la población total del Estado, entonces los miembros de naciones extranjeras – no ciudadanos – deberán abandonar el Reich>>.

El punto 8° recomendaba que los no arios que inmigraron a Alemania después del 2 de Agosto de 1914 fueran obligados a abandonar inmediatamente el Reich.

En el punto 23° se prohibía a los no-ciudadanos (a los judíos, en la práctica) ser editores o colaboradores en periódicos publicados en idioma alemán. También se prohibía a los no-ciudadanos toda participación financiera en periódicos alemanes.

Finalmente, en el punto 24°, tras afirmar que <<el partido defiende el punto de vista de un Cristianismo positivo, sin atarse confesionalmente a una doctrina determinada>>, se remacha:

<<Combatimos el espíritu judeo­materialista dentro y fuera de nosotros...>>

 

Como se ve, el programa nazi, sin eufemismos de ninguna clase, y con una claridad que algunos juzgaron impolítica, propugnaba prácticamente la eliminación de los judíos de la vida política y administrativa del país. La procedencia o improcedencia de los puntos programáticos antijudíos del NSDAP, democráticamente llevado al poder por la mayoría – guste o no – del Pueblo Alemán, podrán ser discutidas, pero lo que no podrá afirmarse es que constituyan una novedad en la Historia. En todas las épocas, y en la actualidad, numerosos paises discriminan en la teoría y en la práctica contra determinados sectores de su población en razón de su pertenencia a ciertos grupos raciales, políticos o religiosos. En 1933, cuando el programa nacionalsocialista empezó a ser puesto en práctica, en los Estados Unidos de América, donde los judíos gozaban de la plenitud de los derechos civiles, los negros – cuyo porcentaje con respecto a la población total quintuplicaba el de los judíos de Alemania – carecían de ellos, mientras los indios americanos, supervivientes del mayor genocidio organizado que registra la Historia, estaban aparcados en reservas para satisfacción de la curiosidad turística.

En Inglaterra, Madre de las Democracias, un divorciado veía como una parte de sus derechos eran limitados, hasta el extremo de que Eduardo VIII debía abdicar de la Corona de Inglaterra por haberse casado con Mrs. Simpson, una divorciada.

En el Dominio de la Unión Sudafricana se discriminaba contra los negros y en el de la Unión India existía una complicada organización de castas que equiparaba casi a las bestias a treinta millones de parias.

Finalmente, un católico no podía, constitucionalmente, ser Rey ni Primer Ministro de tan admirada democracia como la británica.

Hoy en día podríamos citar casos de discriminación, de hecho o de derecho, contra sectores de población numéricamente mucha más importantes que la comunidad judía en Alemania. El más aleccionador de todos nos parece el caso del Estado de Israel que engloba casi tres cuartos de millón de árabes en Cisjordania y en la zona de Gaza; esos árabes no son inmigrados recientes, como la mayor parte de los judíos alemanes en 1933, sino que llevan varias generaciones viviendo en Palestina, pero carecen de los más elementales derechos políticos. Se arguirá que pueden ser elegidos e incluso miembros del Parlamento, pero se omitirá que no pueden ostentar cargos gubernamentales y que no tienen voz ni voto en la política del pais: un pais cuya ciudadanía sólo puede ser ostentada por personas cuya madre fuera judía.

La revista Time de 12 de Febrero de 1965 menciona el caso de Rita Eitani, una judía que llegó a Palestina en 1947, estuvo en un kibbutz, sirvio en el ejército isrealí, educó a su hijo y a su hija como judíos, y aún cuando no fuera creyente, celebró las principales fiestas del Judaísmo en su casa... Pero no era suficientemente judía para el Ministro del Interior de Israel. A pesar de que el padre de la Señora Eitani fue un judío polaco, su madre era una protestante alemana, y según la Halacha (la Ley judía) sólo es judío aquel cuya madre es judía, o un convertido a la Fe a condición de que su padre sea judío. De manera que la Señora Eitani no pudo permanecer en Israel.

 

La revista norteamericana «White Power» (Vol. VII, no 5) cita el caso de un joven judío de 17 años que violó a una muchacha inglesa de 21 años. La joven había estado trabajando en un kibbutz cerca del Mar Muerto cuando fue atacada. La acusación contra el joven judío, sin embargo, se derrumbó después de que dicho joven citó dos preceptos del Talmud para justificar su acción: «Un judío puede violar a una no-judía, pero no casarse con ella». (Cad. Shas, 2:2). «Un judío puede hacer a una no-judía lo que quiera. Puede tratarla como un pedazo de carne». (Nadarine, 206; Shulshan Aruch, Choszen Hanniszpat 348). El juez, al absolver al joven violador observó que no estaba dispuesto a ejecutar una decisión que pudiera afectar adversamente los fundamentos morales y religiosos del Estado israeli.


Heinrich y Thomas Mann, Franz Werfel, Ernst Lissauer, Arnold Zweig son las autoridades que se citan en Francia como demostración del aserto de que el pueblo alemán no es más que un hato de fanáticos sedientos de venganza y animados de los más bajos instintos.

La situación se irá agravando a medida que las medidas antijudías nazis se irán poniendo en práctica. No obstante conviene tener muy en cuenta que la campaña exterior de los judíos contra Alemania empezó ya antes de la subida de Hitler al poder. No se puede soslayar el hecho de que el Judaismo – o si se prefiere, el movimiento político internacional, que se suele llamar Sionismo, y que se arroga la representación de los judios, con abstracción de sus patrias de nacimiento – había declarado la guerra político – económica a Alemania con anterioridad a la victoria electoral hitleriana.

Ya en 1932 el diario <<New York Times>>, propiedad de judíos y editado por judíos, publicaba anuncios a toda página: <<Boicoteemos a la Alemania antisemita!>>. El bien conocido sionista Samuel Fried escribió, también en 1932:

<<La gente no debe temer la restauración del poderío militar alemán. Nosotros, los judíos, aplastaremos todo intento que se haga en este sentido y, si persiste el peligro, destruiremos esa odiada nación y la desmembraremos>>.

El 12 de Febrero de 1933, otro israelita, Henry Morgenthau, Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, declaró que <<América acaba de entrar en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial>>. Observemos que sólo habían transcurrido doce días desde la victoria electoral de los nazis y que aún no se habían tomado medidas contra los judíos alemanes. Observemos, también, que Morgenthau involucra a <<América>> por algo que va a sucederles a correligionarios suyos de nacionalidad alemana. Cinco días después el Rabino Stephen Wise, miembro prominente del <<Brain Trust>>, camarilla de consejeros del Presidente Roosevelt anunció por la radio la <<guerra judía contra Alemania>>. Por su parte, el editor del <<New Morning Freiheit>>, un periódico comunista escrito en yiddisch, dirigió un llamamiento a los judíos del mundo entero para unirles en la lucha contra el Nazismo. Estas manifestaciones causaron en Alemania un efecto que es de suponer, especialmente la alusión de Morgenthau a una <<Segunda Guerra Mundial>>, en 1933.

Mientras tanto en Alemania se empiezan a aplicar medidas discriminatorias contra los judíos. En realidad, esas medidas sólo pueden ser calificadas de discriminatorias si se considera a los judíos alemanes como ciudadanos del Reich; no pueden, aún, ser calificadas como tales si se les considera como extranjeros. En ningún país del mundo pueden los extranjeros ocupar cargos públicos; determinadas profesiones les están vetadas y otras limitadas por un <<numerus clausus>>. Según la Gran Prensa norteamericana la limitación de los derechos civiles a los judíos alemanes era un atentado contra los derechos humanos; esa misma Prensa no demostraba igual sensibilidad con respecto a la limitación de los derechos civiles de los autóctonos irlandeses... en Irlanda, impuesta por los ingleses. Y tengamos en cuenta que la población de orígen irlandés es, numéricamente, muy superior a la de orígen judío, en los Estados Unidos.

 

Los judíos eran expulsados de la vida política y administrativa del Reich. También les era vetada toda actividad relacionada con la prensa. Se estableció un <<numerus clausus>> que regulaba la participacion judía en la abogacía, jueces, abogados o médicos judíos que fueron combatientes en 1914-18 quedaban, de momento, excluidos de estas medidas. En 1935, dos años después de su aplicación, la participación de los judíos en la profesión de abogado bajó  en Alemania de un 29,7 por ciento a un 20,6 por ciento, aunque en la capital, Berlin, el porcentaje de judíos ejerciendo la profesión de abogado llegaba a un 39 por ciento, cuando sólo un 1 por ciento de berlineses eran judíos.

Los judíos fueron expulsados del Ejército. Los militares de origen israelita que hubieran participado en la Primera Guerra Mundial se retiraban con una pensión equivalente a su paga íntegra. Los mismos derechos les eran reconocidos a sus hijos. Los militares o funcionarios públicos que no hubieran tomado parte en la guerra, sirviendo en el Ejército Alemán, eran retirados de sus cargos, cobrando la indemnización que reglamentariamente les correspondiera.

Algunos judíos – no la mayoría – interpretaron estas primeras medidas discriminatorias contra los judeo-alemanes como una verdadera exterminación. En Austria se publicó un libro de propaganda anti-alemana, escrito por Leon Feuchtwanger, el autor del famoso libro <<El judío Suss>>, en el que las medidas administrativas internas del Reich contra su población de origen israelita eran descritas como <<exterminación de la judería alemana>>. El hecho de que en Dachau, uno de los primeros campos de concentración instalados en el Reich hubieran, en 1936, cien internados judíos pertenecientes al Partido Comunista, fue descrito por Feuchtwanger como una tentativa de las autoridades alemanas de dejar morir a aquellos detenidos, a causa de malos tratos y sub-alimentación. En realidad, sesenta de esos cien internados ya habían ingresado en el campo de Dachau en 1933. Todos ellos, en calidad de comunistas, y no de judíos; junto a estos convivían los marxistas racialmente arios. También había judíos comunistas en Sachsenhausen, y esto desde mediados de 1933, pero no representaban ni la décima parte del total de los detenidos.

Otro libro escrito poco después de la llegada de los nazis al poder por el comunista, de raza judía, Hans Beimler, que posteriormente mandaría una brigada internacional en la Guerra Civil Española, aseguraba que el campo de Dachau era un campo de exterminación; tal pretensión era incluso sostenida por el propio título del libro. No obstante, el propio Beimler admite en su libro que él fue detenido por pertenecer al Partido Comunista  y que fue liberado, y posteriormente expulsado de Alemania, al cabo de sólo un mes de permanecer en Dachau. Incluso la Acusacion Pública en el proceso de Nuremberg afirmó que Dachau se convirtió en un campo de exterminio sólo a partir de 1942. Los campos de concentración en la Pre-Guerra servían para el internamiento de oponentes políticos de extrema izquierda – especialmente socialistas y comunistas de todas las tendencias – siendo la proporción de judíos muy exagerada con relación a su porcentaje en la población total del país, pero normal si se tiene en cuenta el gran número de judíos que pululaban en las organizaciones ultra-izquierdistas, y muy especialmente en el Partido Comunista. Mientras, por citar un ejemplo que nos parece revelador, en los campos de concentración soviéticos de Siberia y del Circulo Polar Artico había, según los cálculos más prudentes, de seis a ocho millones de internados, el escritor e historiador hebreo antinazi Reitlinger sostiene que, entre 1934 y 1938, el número de detenidos en campos de concentración raramente pasó de 20.000 en toda Alemania, de los cuales el numero de judíos nunca sobrepasó los 3.000.


La filosofía de las medidas antijudías de Hitler se basaba, en definitiva, en la constatación de que la comunidad hebrea constituía un cuerpo extraño, desinteresado de los avatares de la nación, cuando no hostil a los mismos; un estado dentro del estado, es decir, políticamente hablando, un parásito. En realidad, antes de Hitler habían sido ya muchísimos los que habían sustentado ideas antijudías, y justamente en las generaciones inmediatamente anteriores, desde Wagner (que escribió un libro antijudío titulado <<El Judaismo en la Música>>) hasta Liszt, pasando por Bismarck, Fichte, Grillparzer, Hebbel, Hegel, Kant, Schoppenhauer, Mommsen, Nietzsche, Schiller, Spengler, Luddendorff, la aversión a la influencia judía es indiscutible. Tal aversión no es específicamente alemana ni se circunscribe a los siglos XIX y XX. Al doble juego judío, consistente en recabar todos los derechos de los ciudadanos de un país sin participar en las obligaciones de los mismos, se han opuesto, con frases contundentes, que no dejan el menor resquicio a la duda, grandes hombres de todas las épocas y de todas las naciones: Jorge Washington, Benjamín Franklin, Mahoma, Voltaire, Lope de Vega, Victor Hugo, Gracián, Napoleón, Ortega y Gasset, Cicerón, Pascal, Papini, Beethoven, Giordano Bruno, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Lutero... Incluso en el Evangelio de San Juan se cita (8, 31.47) una diatriba de Jesucristo contra los fariseos (los sionistas de la época) de una violencia que no superó jamás ni siquiera el Doctor Goebbels.

Pero es que, además, esa filosofía según la cual los judíos no eran alemanes, no era exclusivamente sustentada por los nazis, sino que de la misma participaban los propios judíos, tanto de Alemania como de cualquier otro país. Los judíos siempre han reclamado los derechos de ciudadanía para conseguir todo lo que de ello se deriva, para disfrutar de la proteccion de las instituciones públicas con objeto de extraer del pueblo que les ha dado hospitalidad todo el provecho material y moral que pueda resultar de sus actividades. Pero al mismo tiempo han reservado su lealtad a otra nación, a otra bandera, a otra organización, a otros líderes internacionales, al Sionismo, formando un estado dentro del estado. Ejemplos: El Doctor Chaim Weizmann, un marxista nacido en Rusia, que llegaría a ser el primer Presidente del Estado de Israel, escribió: <<Somos judíos y nada más. Una nación dentro de otra nación>>.

El escritor judeoalemán Ludwig Lewisohn, por su parte, aseguraba: <<Un judío es siempre un judío. La asimilación es imposible, porque nosotros no podemos cambiar nuestro carácter nacional>>.

El rabino Stephen Wise, figura prominente del Judaísmo y uno de los hombres que más trabajó para que estallara la guerra de 1939, como más adelante veremos, declaró en una ocasión: <<El judio miente cuando jura obediencia a otra fe, y se convierte en un peligro para el mundo>>.

Leo N. Levy, presidente electo de la prominente sociedad judeo-americana Bnai Brith, manifestó: <<No es verdad que los judíos sean sólo judíos por su religión. Un esquimal, un indio americano, podrían conscientemente adoptar cada dogma de la religión judía, pero nadie que reflexionara por un momento les clasificaria como judíos. ¿Quién puede decir que los judíos sólo son una religión? Los judíos son una raza. Un creyente de la fe judía no se convierte en judío por este hecho. En cambio, un judío de nacimiento sigue siendo judío aunque haya abandonado su religión>>.

Louis Brandeis, que llegó a Presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, definió el hecho de la nacionalidad judía en los siguientes términos:

<<Reconozcamos que nosotros los judíos somos una nación distinta en la cual cada judío es un miembro aparte, cualquiera que sea su país de origen>>.

Podríamos extendernos citando a centenares de judíos empeñados en darle anticipadamente – y también a posteriori – razón a Hitler. Nos limitaremos, como colofón, a citar al judeo-húngaro Max Nordau, quien, sin ambages, proclamaba: <<No somos alemanes, ni ingleses ni franceses. Somos judíos. Vuestra mentalidad cristiana no es la nuestra>>.

 

Organizacion del boicot contra Alemania

 

En el verano de 1933, se reunió en Holanda una <<Conferencia Judía Internacional del Boicot contra Alemania>>, presidida por el famoso sionista Samuel Untermeyer, que también ostentaba el cargo de la presidencia de la <<Federación Mundial Económica Judía>> y era miembro del <<Brain Trust>> de Roosevelt, y acordó el boicot contra Alemania y contra las empresas de otros paises que comerciaran con Alemania.

A su regreso a los Estados Unidos Untermeyer declaró, en nombre de los organismos que representaba, la <<guerra santa>> a Alemania. Unos meses después, el mismo Untermeyer fundó otra entidad, la <<Non Sectarian Boycott League of America>>, cuya misión era vigilar a los americanos que comerciaban con Alemania.

En Enero de 1934, Jabotinsky, el fundador del titulado <<Sionismo Revisionista>>, escribió en la revista <<Nacha Recht>>: La lucha contra Alemania ha sido llevada a cabo desde hace varios meses por cada comunidad, conferencia y organización comercial judía en todo el mundo. Vamos a desencadenar una guerra espiritual y material en todo el mundo contra Alemania>>.

A principios de 1934 se fundó en Inglaterra el titulado <<Consejo Representativo Judío para el boicot de los bienes y servicios alemanes>>, entidad cuyo objeto consistía en hacer el vacío comercial a las firmas británicas que trabajaran con Alemania. Con la misma finalidad, extendida a todo el Imperio Británico, los judíos ingleses Lord Melchett y Lord Nathan, crearon la <<Joint Council of Trades and Industries>>, que fue eficacísima en la lucha económica contra el Reich. También se fundaron una <<Women’s Shoppers League>>, que boicoteaba especialmente los productos agrícolas alemanes y una <<British Boycott Organization>>, dirigida por el hebreo capitán Webber, que organizaba la guerra económica en países en que predominaba la influencia política inglesa.

En Francia, las campañas periodísticas desatadas por numerosos y prominentes judíos contra Alemania superaron en acritud las de otros paises, pero en cambio no hubo un boicot sistemático contra el comercio con Alemania. No obstante, el 3 de Abril de 1933, el <<Comité Francés del Congreso Mundial Judío>>, la L.I.C.A. (Liga Internacional contra el Antisemitismo), la <<Asociación de Antiguos Combatientes Voluntarios Judíos>> y el <<Comité de Defensa de los Judíos Perseguidos en Alemania>>, mandaron un telegrama a Hitler anunciando el boicot de los productos alemanes en Francia y en el Imperio colonial francés. El Gobierno francés, en el que predominaba la influencia de los israelitas Leon Blum y Georges Mandel Rotschild, no tomó ninguna medida contra esos judíos a pesar de que, al atacar a una potencia extranjera con la que Francia mantenía relaciones diplomáticas normales, se situaban al margen de la ley.


La reacción que provocaron estas campañas fue muy fuerte. El gobierno del Reich empezó, en 1934, a tomar medidas que favorecieran la emigración de judíos a otros paises. En esa época el gobierno compraba negocios de los judíos que voluntariamente preferían emigrar. Una cantidad de judíos difícil de evaluar correctamente emigró a otros paises.

Se empezó a pensar en la isla de Madagascar, entonces colonia francesa, como futuro hogar de los judíos; se especuló con la idea de que allí se concentrarían no sólo los judíos procedentes de Alemania sino también los israelitas ortodoxos procedentes de otros paises. La idea no era nueva. El padre del moderno Sionismo político, Theodor Herzl, ya formuló, a finales del siglo XIX, la posibilidad de un Hogar Nacional Judío en Madagascar, o en Uganda. Para Herzl el lugar ideal era Palestina, pero comprendía, y en eso coincidía con los políticos del III Reich, que ello originaría interminables conflictos con la población árabe autóctona. Para los jerarcas nazis parecía más sencillo obtener la aquiescencia francesa a un núcleo judío en Madagascar que el proyecto palestino; no en vano había numerosos políticos judíos influyentes en la III República.

Pero, oficialmente, Alemania no presentó el <<Plan Madagascar>> hasta 1938, formulado, en sus trazos generales, por el Ministro de Finanzas, Hjalmar Schacht. Aconsejado favorablemente por Goering, Hitler envió a Schacht a Londres para que discutiera la propuesta con representantes sionistas. El sionismo, pese a la Declaración Balfour, no había logrado la implantación de un verdadero Hogar Nacional para los judíos en Palestina, debido a la lógica resistencia de los árabes autóctonos, y determinados líderes sionistas no veían con disgusto la puesta en práctica del <<Plan Madagascar>>.

Schacht se entrevistó con dos representantes del Sionismo, Lord Bearsted por la Judería Inglesa, y Mr. Rublee de Nueva York. La propuesta alemana era que los capitales judíos en Alemania fueran congelados como garantía de un préstamo internacional para costear la emigración judía a Madagascar. Mr Rublee y Lord Bearsted desecharon Madagascar, y aceptaron el resto de la propuesta. Sugerían, como emplazamiento del Hogar Nacional Judío, Palestina.

Schacht informó a Hitler sobre las negociaciones en Berchtesgaden el 2 de Enero de 1939; pero el plan fracasó debido a la negativa inglesa a aceptar Palestina como sede de los judíos, en una escala superior a la prevista por la Declaracion Balfour, que Inglaterra incumplió clamorosamente, engañando simultáneamente a árabes y judíos.

Es preciso hacer constar, empero, que Alemania no fue la primera en presentar un <<Plan Madagascar>> para los judíos. Fue el gobierno polaco quien tuvo, oficialmente, la iniciativa de proponer la antigua Isla de los Piratas como hogar de los judíos oriundos de Polonia, y en 1937 envió a Michael Lepecki, acompañado de representantes judíos, para que estudiara el problema sobre el terreno.

En vista de que Madagascar no era, finalmente, aceptado por los círculos dirigentes del Sionismo, e Inglaterra ponía mil trabas a la solución palestina, se hicieron otras tentativas para promocionar la emigración de los judíos a otros países europeos. A tal efecto se reunieron en Envian, en 1938, representantes alemanes y sionistas. Aquéllos insistieron en el <<Plan Madagascar>>, pero los sionistas lo rechazaron resueltamente. A principios de 1939, un alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores del Reich, Helmuth Wohltat, se trasladó a Londres para proponer a sus colegas del <<Foreign Office>> una emigración limitada de los judíos que aun quedaban en Alemania a la Guayana Británica, pero el gobierno británico rechazó de plano la propuesta. Finalmente, unos meses antes de la guerra mundial, el Mariscal Hermann Goering, especialmente comisionado por Hitler, escribió al Ministro del Interior Frick, ordenándole la creación de una <<Oficina Central de Emigración para los judíos>>, mientras por otra parte ordenaba al Jefe de los Servicios de Seguridad del Reich, Reinhardt Heydrich que solucionara el problema judío por los medios de <<la evacuación y la emigración>>. El <<Plan Madagascar>> continuaba siendo patrocinado por el gobierno alemán, pues se esperaba llegar a convencer al Presidente francés, Daladier, para que diera su anuencia.

 

Estalla la segunda guerra mundial

 

El 2 de Enero de 1938, el <<Sunday Chronicle>> de Londres publicaba un artículo titulado: <<Judea declara la guerra a Alemania>>, en el que, entre otras cosas, se decía:

<<El judío se encuentra ante una de las crisis más graves de su historia. En Polonia, Rumania, Austria, Alemania, se halla de espaldas a la pared. Pero ya se prepara a devolver golpe por golpe. Esta semana los líderes del judaísmo internacional se reunen en un pueblecito cerca de Ginebra para preparar una contraofensiva. Un frente unido, compuesto de todas las secciones de los partidos judíos se ha formado, para demostrar a los pueblos antisemitas de Europa que el judío insiste en conservar sus derechos. Los grandes financieros internacionales judíos han contribuído con una cantidad que se aproxima a los quinientos millones de libras esterlinas. Esa suma fabulosa será utilizada en la lucha contra los estados perseguidores. Un boicot contra la exportación europea causará ciertamente el colapso de esos estados antisemitas>>.

Precisemos que el <<Sunday Chronicle>> no era, precisamente, un periódico antijudío. Y hagamos notar que, a consecuencia del boicot exterior, el gobierno de Octavian Goga, debía dimitir y dar paso a otro más tolerante con su importante minoría israelita. También en Polonia se producían notables cambios gubernamentales substituyéndose a los ministros más partidarios de un entendimiento con Alemania por otros que se negaban a cualquier clase de negociación que modificara el statu quo en Danzig. El 3 de Junio de 1938, el muy influyente <<The American Hebrew>>, portavoz del judaísmo norteamericano escribía, en un editorial que causó sensación y fue reproducido en el mundo entero:

<<Las fuerzas de la reacción contra Hitler están siendo movilizadas. Una alianza entre Inglaterra, Francia y Rusia derrotará, más pronto o más tarde, a Hitler. Ya sea por accidente, ya por designio, un judío ha llegado a la posición de la máxima influencia en cada uno de esos países... Leon Blum es un prominente judío con el que hay que contar. El puede ser el Moisés que conduzca a nuestro lado a la nación francesa. ¿Y Litvinoff?. El gran judío que se sienta al lado de Stalin, inteligente, culto, capaz, promotor del pacto franco-ruso, gran amigo del Presidente Roosevelt; él (Litvinoff) ha logrado lo que parecía increíble en los anales de la diplomacia: mantener a la Inglaterra conservadora en los términos más amigables con los rojos de Rusia. ¿Y Hora Belisha? Suave, listo, inteligente, ambicioso y competente... su estrella sube sin cesar...

Esos tres grandes hijos de Israel anudarán la alianza que, pronto, enviará al frenético dictador, el más grande enemigo de los judíos en los tiempos modernos, al infierno al que él quiere enviar a los nuestros.

Es cierto que esas tres naciones, relacionadas por numerosos acuerdos y en un estado de alianza virtual aunque no declarada, se opondrán a la proyectada marcha hitieriana hacia el Este y le destruirán (a Hitler).

Y cuando el humo de la batalla se disipe, podrá contemplarse una curiosa escena, representando al hombre que quiso imitar a Dios, el Cristo de la Swastika, sepultado en un agujero, mientras un trío de no-arios entona un extraño requiem que recucida, a la vez, a <<La Marsellesa>>, al <<Dios Salve al Rey>> y a la <<Internacional>>, terminando con un agresivo ¡Elí, EIi EIi !>>.

Las presiones del muy influyente <<lobby>> israelita consiguieron que el gobierno norteamericano aumentara las tarifas aduaneras contra las mercancías alemanas, en señal de represalia por el trato dado por el gobierno alemán a los judíos alemanes. Por otra parte, el <<Congreso Judeo-Americano>> votó, por unanimidad, el boicot comercial contra Alemania e Italia (a pesar de que ésta última no había tomado medidas especiales contra los judíos).


Ya desde principios de 1938 había arreciado la campaña antialemana en Francia. El hebreo Louis Louis-Dreyfus, el <<rey del trigo>>, financiaba con generosidad los periódicos belicistas franceses. Incluso varias publicaciones partidarias de un entendimiento con Alemania cambiaron súbitamente de parecer, al sufrir las presiones a que puede someterse a una prensa que se supone <<libre>>. El semanario <<Le Porc Epic>> acusaba, por su parte, a la entidad <<Union et Sauvegarde Israélite>>, a nombre de la cual se reunían sumas importantes que luego se destinaban a <<acondicionar>> debidamente a la prensa, haciéndole adoptar una línea no ya tan sólo anti-alemana, sino belicista.

Un periodista judío, Emmanuel Berl, publicaba una revista, <<Pavés de Paris>>, en la cual denunciaba la existencia de un <<Sindicato de la Guerra>>.

Citaba nombres y cifras. Decía sin rodeos que el israelita Robert Bollack, director de la Agencia Económica y Financiera y de la Agencia de noticias Fournier, había recibido varios millones de dólares, enviados por prominentes correligionarios suyos desde América, para <<regar>> a la prensa francesa, en el sentido de crear el clima necesario para una ruptura de hostilidades con Alemania. Y afirmaba: <<La acción de la Alta Finanza en el empeoramiento de las relaciones diplomáticas es demasiado evidente para que pueda ser disimulada>>.

El propio Charles Maurras, que si no amaba ciertamente a los judíos, era un empedernido germanofóbo, precisaba que los fondos de Nueva York para el <<Sindicato de la Guerra>> en Francia los había traido el financiero Pierre David-Weill, de la Banca Lazard. Precisaba que tales fondos eran distribuidos por Raymond Philippe, antiguo director de la mencionada banca y por Robert Bollack. Maurras hablaba de tres millones de dólares y acusaba formalmente a las diversas ramas de la familia Rothschild de participar en el movimiento.

La prensa francesa no era sólo <<regada>> con dinero procedente de la Judería Americana. Está demostrado que también desde Praga afluían fondos para ella con objeto de <<animarla>> en su actitud anti-alemana. Checoslovaquia, artificial Estado inventado en Versalles, contenía en su seno una importante comunidad india; su importancia no radicaba sólo en su número sino, especialmente, en su preponderancia en los puestos clave de la Finanza y la Administración de aquel país. El ambajador checo en París, Doctor Osuky, entregaba personalmente fondos a los siete principales diarios de París y a dos de provincias. El gobierno checo incluso financió directamente, y de forma total, desde su creación, al periódico <<Le Monde Slave>>, que dirigía el judío Louis Eisenmann y costaba 150.000 francos anuales.

Es innegable, y ha sido admitido por numerosos autores y políticos judíos, que el Judaísmo Internacional, o, como mínimo, la totalidad de entidades judías diseminadas por todo el mundo, hicieron cuanto estuvo en su mano para provocar una guerra mundial contra Alemania. El <<Congreso Mundial Judío>> que se adhirió al boicot económico antialemán en Marzo de 1937, decían representar, juntos, a siete millones de israelitas esparcidos en treinta y tres países. Sólo mencionamos a estas dos entidades como más representativas, aún cuando existieran docenas de otras asociaciones judías que organizaron boicots contra Alemania o participaron en los mismos.

Los judíos más eminentes y representativos afirmaron a posteriori, y en plena guerra, que ellos la habían declarado antes que nadie. Así, por ejemplo, Chaim Weizmann, conocidisimo sionista que sería luego el primer Presidente del Estado de Israel, declaró la guerra a Alemania en nombre del Pueblo Judío. En efecto, dos días después de la declaración de guerra, hecha por Inglaterra y Francia al Reich, Mr. Weizmann, hablando en nombre del Congreso Mundial Judió y del Movimientó Sionista manifestó que <<... los judíos estan al lado de Gran Bretaña y lucharán al lado de las democracias. La Agencia judía está preparada para hacer inmediatamente cuanto sea necesario para utilizar a la población judía, su habilidad técnica y sus recursos de todo orden en la lucha contra Alemania.>>

 

Más tarde, en plena guerra, prominentes judíos hablarían de esta auténtica <<Declaración de guerra>>: Nada menos que Moshe Shertok, que en 1948 sería jefe del gobierno del Estado de Israel manifestó en Enero de 1943, ante la Conferencia Sionista Británica que <<... el Sionismo declaró la guerra a Hitler mucho antes de que lo hicieran Inglaterra, Francia y América, porque ésta guerra es nuestra guerra>>.

El órgano de la comunidad judía de Holanda escribió, diez días después de la declaración de guerra anglo-francesa a Alemania: <<Los millones de judíos que viven en América, Inglaterra y Francia, Africa del Norte y del Sur, sin olvidar, a los que ya viven en Palestina, están dispuestos a llevar hasta el fin la guerra de aniquilamiento contra Alemania>>.

El Rabino Moses Perzlweig, dirigente de la Sección Británica del Congreso Mundial Judío, declaró en Toronto, Canadá: <<El Congreso Mundial Judío está en guerra con Alemania, a todos los efectos prácticos, desde hace, por lo menos, siete años>>.

El órgano oficial de la Judería de la segunda ciudad norteamericana, el <<Chicago Jewish Sentinel>> manifestó, en su sección <<Sermón de la Semana:

La segunda guerra mundial es la lucha por la defensa de los intereses fundamentales del Judaísmo, todas las demás explicaciones no son más que excusas o razones complementarias>>.

Por su parte, el oficioso <<Jewish Chronicle>>, de Londres, portavoz de la comunidad judía londinense, escribió en un editorial que <<hemos estado en guerra con él (Hitler), desde el primer día que subió al poder>>.

El hombre que declaró la guerra a Alemania, Sir Neville Chamberlain, Primer Ministro del Gobierno Británico, el hombre que firmó la ruptura de hostilidades, confesó al Secretario de Estado de los Estados Unidos para la Marina, James. V. Forrestal, que fue el Judaísmo quien arrastró a Inglaterra a la guerra mundial. En efecto, Forrestal anotó en su diario, con fecha 27 de Diciembre de1945 lo siguiente:

<<Hoy he jugado al golf con Joe Kennedy. Le he preguntado sobre la conversación sostenida con Roosevelt y Chamberlain en 1938. Me ha respondido que la posición de Chamberlain era entonces de que Inglaterra no tenía ningún motivo para luchar y que no debía arriesgarse a entrar en guerra con Hitler. Opinión de Kennedy: Hitler habría combatido contra la URSS sin ningún conflicto posterior con Inglaterra, de no haber mediado la instigación Bullit sobre Roosevelt, en el verano de 1939, para que hiciese frente a los alemanes en Polonia, pues ni los franceses ni los ingleses hubiesen considerado a Polonia como causa suficiente de una guerra de no haber sido por la constante y fortísima presión de Washington en ese sentido. Bullit dijo que debía informar a Roosevelt de que los alemanes no lucharían. Kennedy replicó que lo harían y que invadirían Europa. Chamberlain declaró que América y el mundo judío habían forzado a Inglaterra a entrar en la guerra>>.

Forrestal se refería a <<América y el mundo judío>>. Preguntamos: ¿qué América? En una encuesta realizada por el Instituto Gallup en 1940, el 83,5 por ciento de ciudadanos americanos se mostraban contrariados a la idea de ver a su país mezclado en una nueva guerra mundial. Al lado de un 12,5 por ciento de respuestas vagas, sólo un 4 por ciento de consultados se mostraron partidarios de la entrada en la guerra. Luego cuando Chamberlain decía <<América>> se refería sin duda razonable posible al gobierno americano de Roosevelt y a su <<Brain Trust>>, dos terceras partes del cual se componían de judíos. Cuando Chamberlain acusaba al <<mundo judío>> de haber forzado a Inglaterra a declarar la guerra a Alemania no se refería solamente a la talmúdica administración rooseveltiana, sino que aludía igualmente al clan belicista de Londres, cuya cabeza visible y líder indiscutido era Winston Churchill.

Hasta 1937, Churchill fue un ferviente admirador de Hitler, según se desprende inequívocamente de la lectura de su obra <<Great Contemporaries>>, así como de <<Step by Step>>, en que hace verderos panegíricos del Führer. Fue entonces cuando, en trance de ser declarado en bancarrota por la pésima administración de su patrimonio familiar, un financiero judío, Sir Henry Strakosck, le regaló la, entonces, fabulosa suma de 18.000 libras esterlinas, que permitieron al versátil político conservar su <<status>> en la sociedad londinense. A partir de aquél momento la orientación de Churchill en política exterior da un giro copernicano y se hace el campeón del clan belicista y anti-alemán en el Partido Conservador.

Por otra parte, entre los miembros del Gobierno británico que prácticamente arrastraron al dubitativo Chamberlain a la declaración de guerra, figuraban cuatro judíos: Hore Belisha, Ministro de la Guerra; Sir Adair Hore, Secretario de Pensiones Sociales; Lord Hankey, Ministro sin Cartera, y Lord Stanhope, Primer Lord del Almirantazgo. Pero, además, Lord Halifax, Ministro de Asuntos Exteriores, estaba casado con una nieta de los Rothschild, y con esa opulenta familia estaba igualmente emparentado por vía de matrimonio el Ministro de Comercio Oswald Stanley. Sir John Simon, Canciller del <<Exchequer>>, es decir Ministro de Hacienda, era íntimo amigo y protegido de Sir Philippe Sasoon, uno de los prohombres del Sionismo británico, y estaba casado con una judía. También estaban casados con hebreas Lord Maugham, Presidente de la Cámara de los Lores, H. H. Rambotham, Ministro de Obras Públicas y Sir J. Reith, Ministro de Información; de los restantes ministros, Sir Malcolm Mc Donald, el Secretario de Colonias, estaba asociado en asuntos de finanzas, con el conocido multimillonario y sionista Israel Moses Sieff. El Duque de Devonshire, Subsecretario de los Dominios, tenía como asociado, en el consejo de administración de la <<Allied Asurance Co.>> a los judíos Rothschild, Bearsted y Rosebery. El Ministro de Transportes, E. L. Burgin, era el director de una empresa de abogados que defendía los intereses de la poderosa banca judía <<Lazard Bros>>. Sir Kingsley Wood, Ministro del Aire y el Conde De la Warr, Ministro de Educación, eran asociados del P. P. P. (Political and Economical Planing), del hebreo Sieff, entidad definida por el propio Churchill como un <<vivero de marxistas>>. Solamente Lord Woolton, el Ministro de Abastecimientos, no tenía ningún lazo familiar o comercial con judíos, aún cuando anteriormente hubiera sido miembro del Consejo de Administración de la firma judía <<Lewi’s Ltd.>> No debemos olvidar a dos figuras de máximo relieve en el clan belicista inglés, aun cuando en el momento de la declaración de guerra no formaran parte del gobierno oficial del país: Duff Cooper y Anthony Eden. Sir Duff Cooper, ex-Primer Lord del Almirantazgo, era junto a Churchill, Halifax y Eden, y más aún que el propio Presidente Chamberlain, uno de los hombres de más infl