BIBLIOTECA TERCER MILENIO

CR

5 x 1 = 10

 

1.- Prehistoria y Fundación del reino de los cielos

2.-Carta Magna del Reino de los cielos

3.-La Esperanza de Salvación Universal de la Plenitud de las Naciones del Género Humano

 

 

LA HISTORIA DIVINA DE JESUS

El Corazón de María

Saludos

YO SOY

El Alfa y la Omega

PRÓLOGO

EL CORAZÓN DE MARÍA

En los días del Bicentenario de la Revolución Francesa, en Paris, el Hijo de Dios le inspiró a Cristo Raúl esta Historia. Cristo Raúl puso manos a la obra inmediatamente. Abandonó Paris, regresó al Sur, se encerró entre libros y se dispuso a empezar por el principio, o sea, a descubrir a qué se debía ese vacío documental por el que la confusión encontró puerta de acceso al corazón del problema y parió esa montaña de libros que usando al Héroe de los Evangelios como excusa le dieron vida a personajes de tinta sin ningún contacto con el Verdadero Hijo de María.

Hurgando en el tema Cristo Raúl no tardó en descubrir la causa en el fondo del problema de la ausencia de documentos oficiales sobre la existencia de Jesús. Ausencia sobre cuyo grano los siglos han levantado al Misterio de la Vida del Fundador del Cristianismo esa montaña de libros el resultado de cuya lectura es tan ambiguo como confuso.

Inspirado por este hecho el último de los escritores del siglo XX que aportó su grano a la montaña apócrifa que en siglo de Cristo comenzara su andadura tituló su obra «el Jesús desconocido». ¿No es curioso que después de veinte siglos en boca de todo el mundo y cinco siglos de investigación independiente y libre de la tutela de la Iglesia el siglo XX suspirara semejante conclusión para la posteridad?: “Jesús, ese desconocido”.

Pero el Fundador del Cristianismo, aunque sea un perfecto desconocido para algunos, no lo es tanto para otros, ni fue tan desconocido para los que le conocieron en vida como los que no le conocieron nos lo han querido presentar. El problema sin embargo está ahí, donde siempre ha estado, en el silencio de los que le conocieron en vida y se llevaron con ellos a la tumba la Biografía del Hijo de María de Nazaret. Ahora bien, si tenemos en cuenta la Fe el secreto del problema está en pegar, entrar y ver. Pues el que era sigue siendo el que es. Estas consideraciones sentadas por principios de su investigación, la causa en el fondo de la falta de documentación oficial sobre Jesús como personaje histórico la halló Cristo Raúl en los dos incendios que, en el mismo año según unos, en años diferentes según otros, destruyeron los Archivos del Templo de Jerusalén, de un sitio, y los de la Roma Imperial del César Octavio Augusto, del otro.

¿Casualidad? ¿Puro azar? ¿Parte de un plan maquiavélico concebido por poderes en las sombras? ¿Cómo saberlo, cómo decirlo a ciencia cierta? Lo que está fuera de toda duda es que el anticristianismo violento de aquella generación del siglo I d.C. puso la mecha y prendió la chispa que hizo saltar por los aires los muros del Templo de Jerusalén.

En el caso del incendio del Templo de Jerusalén sí se sabe que la destrucción de los Archivos de Israel fue provocada por los hijos de los que juzgaron a Jesús. Basta una incursión breve en los acontecimientos de la revuelta antirromana para descubrir la identidad del brazo que, batuta en mano, dirigió la orquesta de la destrucción de los Archivos del Tercer Reino de Israel.

Lógicamente en este libro no vamos a rescatar del sarcófago de los recuerdos, adonde arrojaron los últimos hebreos la verdadera historia sobre la Segunda Caída, la memoria de aquellos acontecimientos. Sólo decir de tal palo tal astilla; cayó Adán, cayeron sus hijos. Con la maravillosa diferencia que esta vez los hijos no arrastraron al resto del mundo al infierno de la condenación merecida. En cualquier caso centrémonos en los hechos.

A pesar de los pesares, obviando la opinión de los expertos hay que reconocer que la razón para meterle fuego a unos Archivos documentalmente hablando de un valor incalculable a la hora de reconstruir el Periodo Asmoneo por ejemplo, tuvo en su punto de mira la eliminación física de cualquier prueba sobre la que el futuro pudiera basar la existencia histórica de Cristo, y enraizara la Fundación de la Iglesia en la cumbre de los procesos internos vividos por el espíritu del Israel mesiánico.

Poca duda le cabe al autor y menos espacio le deja al lector para insertar la personalidad del historiador oficial de los judíos, Flavio Josefo, en el género más representativo de su tiempo. Formado en la vieja escuela imperial romana, la más representativa en lo tocante a la manipulación del Pasado, como se demuestra en la Eneida de Virgilio, Flavio Josefo aplicó ese mismo método a la Historia de su Pueblo, dando a luz una Historia Judía sin luz profética de ninguna clase y menos valor mesiánico. De donde resultó ese exorcismo patético que es su Historia Antigua del Pueblo Judío.

Desgracia sobre desgracia, si de la falsificación de los orígenes del pueblo romano por Virgilio salieron de las páginas de la Eneida glorificados los fundadores de aquella Roma nacida con vocación eterna, de las manos de Flavio Josefo volvió a nacer un pueblo privado de toda gloria y honra a los ojos de Dios y de los hombres.

Terrible fue el precio por tanto que con tal de ver exterminados a todos los primeros cristianos, sin distinción de edad y sexo, estuvo dispuesto a pagar y pagaron los hijos de Adán.

 (Aunque sea algo que siempre se suele dejar en la trastienda no debemos olvidarnos que si Jesús fue hijo de Adán y Eva no menos, por la sangre, lo fueron quienes le juzgaron y le condenaron a muerte. De manera que de lo que de siempre se ha hablado y nunca se ha discutido es del fratricidio cometido contra el nuevo Abel, del que el antiguo fue su modelo, en parte porque se habló de deicidio en parte porque el Caín de aquellos días al contrario del antiguo no ha parecido arrepentirse jamás de su delito. Pero dejemos aquí el examen crítico sobre el valor histórico de la obra literaria de Flavio Josefo. Hoy día se sabe que el historiador de los judíos logró imponer su versión de los Hechos al precio de doblar sus rodillas, no ante el Dios de sus padres, sino ante los dioses del Imperio. Y volvamos al otro Incendio).

En el caso de la destrucción de los Archivos del Imperio por Nerón que el fin buscado fuera cerrar semejante operación anticristiana ya no es tan creíble. Pero a fin de cuentas es lo que vino a cerrarse con la destrucción de los Archivos de la Roma de Augusto. Los documentos sobre el Censo Universal, las actas del proceso del Senado contra Poncio Pilatos, y cualquier otra prueba física que pudiera aportar luz al Caso quedaron definitivamente reducidas a cenizas. Es decir, desde el Año del Fuego (¿su número es el número de la Bestia, 666?) los Evangelios y sólo los Evangelios Canónicos quedaron como únicos documentos sobre los que reconstruir la Historia de Jesús.

Esta conclusión fue descubierta ya en su tiempo por los contemporáneos de los Apóstoles. Descubrimiento que les inspiró a muchos de ellos los llamados “evangelios apócrifos”... Unos dicen que primero fueron los Canónicos, y que luego, trabajando con ellos, los autores apócrifos montaron sus historias. Pero yo diría que primero fue la Palabra, y después la Palabra fue puesta por escrito. De hecho cuando uno de los evangelistas dice en su prólogo que antes de él muchos habían intentado componer un relato de la vida de Jesús, al decir “muchos”, siendo únicamente cuatro los evangelistas, sin duda se estaba refiriendo a los autores apócrifos.

No es de extrañar que, escandalizados, los Apóstoles se alzaran contra aquellos relatos. Y se decidieran a poner por escrito lo que los primeros cristianos ya conocían de Palabra. Imponiendo de camino mediante la Autoridad a Ellos conferida por el Espíritu Santo la Autenticidad Divina de tales Evangelios, decretando en Concilio Universal y Ecuménico -es decir, Católico- que a los Cuatro y sólo a esos Cuatro Evangelios debían atenerse todos los cristianos del Orbe. A los que así lo hicieron y desterraron de sus ojos la lectura de los «evangelios apócrifos», y cerraron sus oídos a los relatos gnósticos tan de moda en los dos primeros siglos del Cristianismo, empezó pronto a llamárseles “Católicos”. Porque si a los primeros seguidores de Cristo, sin distinción entre sus posiciones más o menos divergentes, comenzó a llamárseles «cristianos», a todos los que se atenían al Texto de los Evangelios Canónicos comenzó pronto a llamárseles Católicos. Pues contra los demás, que en el caso de la Virgen por ejemplo corregían a los propios Apóstoles -excusándoles su credulidad infantil a la hora de la Concepción Virginal de Cristo-, los católicos creían a fe ciega en la Palabra Escrita.

Sin ningún género de dudas este fue el Origen del Catolicismo. Cuando San Pablo les criticó a algunos fieles definirse por ser de éste o de aquél otro sujeto con toda seguridad se refería al daño contra la Unidad del Cristianismo que los primeros relatos apócrifos estaban ya haciendo. Porque también su origen fue la Palabra, y sólo más tarde fueron puestos por escritos aquellos relatos falsos sobre Jesús, su familia y sus discípulos.

Es decir, las iglesias nacidas de la Reforma no fueron las primeras que negaron la Encarnación del Hijo de Dios y su Nacimiento por obra y gracia del Espíritu Santo. Antes de la Reforma los Gnósticos del siglo I y II d.C. ya negaron la existencia de la Virgen. Por no hablar ni traer ahora a estrado la opinión de los propios judíos al respecto, se entiende.

Desde esta postura de desentierro de corrientes muertas en los orígenes del cristianismo es lógico que la Reforma, al negar la Encarnación, se propusiera destruir a todos los que vivían de la Palabra y sólo por la Fe de los Apóstoles podían sostener sus declaraciones. Lo sabemos positivamente, los Apóstoles edificaron la Iglesia sobre la Palabra. Su Palabra era y es que el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María sin intervención del varón. Y sabemos, porque lo oímos, que las ramas nacidas del árbol de la Reforma negaron esta Encarnación, negando así el Poder de Dios para hacer que una mujer conciba sin el concurso del varón. Visto esto uno se pregunta, y con toda la razón, ¿vino a destruir la Reforma la obra de Cristo o la del Diablo? Porque quien no cree que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo y nació sin la intervención de varón ése no es cristiano, aunque repita hasta el infinito Jesús es el Señor, Jesús es el Señor.

Según los Evangelios: cristiano es aquél que vive de la Palabra, y confiesa, según está escrito, que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, que estaba en El, pues el Verbo es Dios y el Verbo se hizo hombre. El que cree esto ése es cristiano.

Ahora bien, si se confiesa que el Hijo de Dios se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo y se niega que el Espíritu Santo venga del Padre y del Hijo se niega que el Verbo se hiciera hombre, ¿porque cómo puede vivir el Hijo en el Padre y no ser una sola cosa con el Espíritu Santo? Esto es, ¿qué negó y niega la Ortodoxia de los Rusos?, ¿que el Hijo y el Padre no son una sola cosa?, ¿que el Hijo no es Unigénito?

La Fe en la que edificaron los Apóstoles la Iglesia que su Señor fundó sobre Roca tenía dos columnas maestras. Primero, el Hijo se encarnó en el seno de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Cualquiera que niegue esto no es cristiano. Y segundo: El Hijo y el Padre son una sola cosa en el mismo Espíritu, que es Santo; de manera que todo lo que la creación recibe de Dios lo recibe a través de su Hijo. Y todo el que niegue en Cristo la Puerta por la que la creación recibe de Dios toda gracia, ése no es cristiano. Y si no es cristiano ése que cree en el Padre pero niega que entre Dios y el hombre esté su Hijo, ése ¿qué es?

Cuando Dios declaró que el Justo viviría de la Fe sin ningún género de dudas se refería a esta Fe.

Pero volvamos a la investigación. Porque claro, esto es fe. Pero la Historia reclama hechos, documentos, piezas con las que componer el puzzle. Piezas que hemos visto no se encuentran por ninguna parte. ¿Cómo llevar a término una investigación de la Historia de Jesucristo si los elementos para su articulación no se encuentran en ningún sitio? Es decir, ¿quién puede componer un puzzle sin las piezas del puzzle que debe componer?

Por estas razones mientras caía sobre Londres la primavera Cristo Raúl se dejó de buscar en los libros lo que no podría encontrar en ellos. Al irse la primavera se fue por el camino de Jerusalén. Cruzó Europa a la luz de una estrella brillante y atravesó el mar sobre las olas de una Paloma de Plata.

Tierra Santa. Al fondo del Mar Grande una Torre brillaba al alba como el faro más potente del mundo. Era Haifa.

Bajó a Nazaret. Visitó el Templo de la Anunciación. Tras una breve parada en Tel Aviv siguió hacia la Ciudad Santa. Cuando Cristo Raúl alcanzó Jerusalén la Ciudad estaba en estado de alarma bélica. Irak acababa de invadir Kuwait. El discurso antisionista del nuevo héroe del Islam, usando el odio universal del mundo musulmán contra los judíos como hipervínculo de unión a su causa de todos los fundamentalistas del mundo árabe, exigía -según periódicos paramilitares israelíes- el uso de armas nucleares, especialmente la bomba de neutrones.

Mientras Irak levantaba oleadas de vítores en los territorios palestinos, entre la muchedumbre que paseaba por la Calle David un hombre-anuncio vestido de profeta caminaba con un cartel muy grande, que decía: "El fin del mundo se acerca, venid a tomaros una cerveza".

Fue un viaje muy instructivo. Cristo Raúl se subió de nuevo en las alas de la Paloma de Plata y navegó por las aguas del Mar Grande de vuelta al Viejo Continente. Puso rumbo a Londres. Se instaló en Finsbury Park, cerró la puerta, abrió su vieja máquina, y se sentó dispuesto a no salir del estudio hasta conseguir la Historia por la que había estado luchando los últimos años.

Un día del Noviembre de ese año Cristo Raúl llegó a la meta: «el Corazón de María».

Cómo María conoció a José, quiénes fueron Zacarías e Isabel, quiénes fueron en realidad los famosos hermanos y hermanas de Jesús. Todo, Ella lo conocía todo sobre su Hijo.

Lo había vivido y lo había guardado todo en su Corazón. Y seguía donde estuvo.

Lo que Cristo Raúl vio en el Corazón de María es lo que vais a leer a continuación.