Historia de Jesús
PRÓLOGO
En los días
del Bicentenario de la Revolución Francesa, en Paris, el Hijo de Dios le
inspiró a Cristo Raúl esta Historia. Cristo Raúl puso manos a la obra
inmediatamente. Abandonó Paris, regresó al Sur, se encerró entre libros y se
dispuso a empezar por el principio, o sea, a descubrir a qué se debía ese vacío
documental por el que la confusión encontró puerta de acceso al corazón del
problema y parió esa montaña de libros que usando al Héroe de los Evangelios
como excusa le dieron vida a personajes de tinta sin ningún contacto con el
Verdadero Hijo de María.
Hurgando en
el tema Cristo Raúl no tardó en descubrir la causa en el fondo del problema de
la ausencia de documentos oficiales sobre la existencia de Jesús. Ausencia
sobre cuyo grano los siglos han levantado al Misterio de la Vida del Fundador
del Cristianismo esa montaña de libros el resultado de cuya lectura es tan
ambiguo como confuso.
Inspirado
por este hecho el último de los escritores del siglo XX que aportó su grano a
la montaña apócrifa que en siglo de Cristo comenzara su andadura tituló su obra
«el Jesús desconocido». ¿No es curioso que después de veinte siglos en boca de
todo el mundo y cinco siglos de investigación independiente y libre de la
tutela de la Iglesia el siglo XX suspirara semejante conclusión para la
posteridad?: “Jesús, ese desconocido”.
Pero el
Fundador del Cristianismo, aunque sea un perfecto desconocido para algunos, no
lo es tanto para otros, ni fue tan desconocido para los que le conocieron en
vida como los que no le conocieron nos lo han querido presentar. El problema
sin embargo está ahí, donde siempre ha estado, en el silencio de los que le
conocieron en vida y se llevaron con ellos a la tumba la Biografía del Hijo de
María de Nazaret. Ahora bien, si tenemos en cuenta la Fe el secreto del
problema está en pegar, entrar y ver. Pues el que era sigue siendo el que
es.Estas consideraciones sentadas por principios de su investigación, la causa
en el fondo de la falta de documentación oficial sobre Jesús como personaje
histórico la halló Cristo Raúl en los dos incendios que, en el mismo año según
unos, en años diferentes según otros, destruyeron los Archivos del Templo de
Jerusalén, de un sitio, y los de la Roma Imperial del César Octavio Augusto,
del otro.
¿Casualidad?
¿Puro azar? ¿Parte de un plan maquiavélico concebido por poderes en las
sombras? ¿Cómo saberlo, cómo decirlo a ciencia cierta? Lo que está fuera de
toda duda es que el anticristianismo violento de aquella generación del siglo I
d.C. puso la mecha y prendió la chispa que hizo saltar por los aires los muros
del Templo de Jerusalén.
En el caso
del incendio del Templo de Jerusalén sí se sabe que la destrucción de los
Archivos de Israel fue provocada por los hijos de los que juzgaron a Jesús.
Basta una incursión breve en los acontecimientos de la revuelta antirromana
para descubrir la identidad del brazo que, batuta en mano, dirigió la orquesta
de la destrucción de los Archivos del Tercer Reino de Israel.
Lógicamente
en este libro no vamos a rescatar del sarcófago de los recuerdos, adonde
arrojaron los últimos hebreos la verdadera historia sobre la Segunda Caída, la
memoria de aquellos acontecimientos. Sólo decir de tal palo tal astilla; cayó
Adán, cayeron sus hijos. Con la maravillosa diferencia que esta vez los hijos
no arrastraron al resto del mundo al infierno de la condenación merecida. En
cualquier caso centrémonos en los hechos.
A pesar de
los pesares, obviando la opinión de los expertos hay que reconocer que la razón
para meterle fuego a unos Archivos documentalmente hablando de un valor
incalculable a la hora de reconstruir el Periodo Asmoneo por ejemplo, tuvo en
su punto de mira la eliminación física de cualquier prueba sobre la que el
futuro pudiera basar la existencia histórica de Cristo, y enraizara la Fundación
de la Iglesia en la cumbre de los procesos internos vividos por el espíritu del
Israel mesiánico.
Poca duda le
cabe al autor y menos espacio le deja al lector para insertar la personalidad
del historiador oficial de los judíos, Flavio Josefo, en el género más
representativo de su tiempo. Formado en la vieja escuela imperial romana, la
más representativa en lo tocante a la manipulación del Pasado, como se
demuestra en la Eneida de Virgilio, Flavio Josefo aplicó ese mismo método a la
Historia de su Pueblo, dando a luz una Historia Judía sin luz profética de
ninguna clase y menos valor mesiánico. De donde resultó ese exorcismo patético
que es su Historia Antigua del Pueblo Judío.
Desgracia
sobre desgracia, si de la falsificación de los orígenes del pueblo romano por
Virgilio salieron de las páginas de la Eneida glorificados los fundadores de
aquella Roma nacida con vocación eterna, de las manos de Flavio Josefo volvió a
nacer un pueblo privado de toda gloria y honra a los ojos de Dios y de los
hombres.
Terrible fue
el precio por tanto que con tal de ver exterminados a todos los primeros
cristianos, sin distinción de edad y sexo, estuvo dispuesto a pagar y pagaron
los hijos de Adán.
(Aunque sea algo que siempre se suele dejar en
la trastienda no debemos olvidarnos que si Jesús fue hijo de Adán y Eva no
menos, por la sangre, lo fueron quienes le juzgaron y le condenaron a muerte.
De manera que de lo que de siempre se ha hablado y nunca se ha discutido es del
fratricidio cometido contra el nuevo Abel, del que el antiguo fue su modelo, en
parte porque se habló de deicidio en parte porque el Caín de aquellos días al
contrario del antiguo no ha parecido arrepentirse jamás de su delito. Pero
dejemos aquí el examen crítico sobre el valor histórico de la obra literaria de
Flavio Josefo. Hoy día se sabe que el historiador de los judíos logró imponer
su versión de los Hechos al precio de doblar sus rodillas, no ante el Dios de
sus padres, sino ante los dioses del Imperio. Y volvamos al otro Incendio).
En el caso
de la destrucción de los Archivos del Imperio por Nerón que el fin buscado
fuera cerrar semejante operación anticristiana ya no es tan creíble. Pero a fin
de cuentas es lo que vino a cerrarse con la destrucción de los Archivos de la
Roma de Augusto. Los documentos sobre el Censo Universal, las actas del proceso
del Senado contra Poncio Pilatos, y cualquier otra prueba física que pudiera
aportar luz al Caso quedaron definitivamente reducidas a cenizas. Es decir,
desde el Año del Fuego (¿su número es el número de la Bestia, 666?) los
Evangelios y sólo los Evangelios Canónicos quedaron como únicos documentos
sobre los que reconstruir la Historia de Jesús.
Esta
conclusión fue descubierta ya en su tiempo por los contemporáneos de los
Apóstoles. Descubrimiento que les inspiró a muchos de ellos los llamados
“evangelios apócrifos”... Unos dicen que primero fueron los Canónicos, y que
luego, trabajando con ellos, los autores apócrifos montaron sus historias. Pero
yo diría que primero fue la Palabra, y después la Palabra fue puesta por
escrito. De hecho cuando uno de los evangelistas dice en su prólogo que antes
de él muchos habían intentado componer un relato de la vida de Jesús, al decir
“muchos”, siendo únicamente cuatro los evangelistas, sin duda se estaba
refiriendo a los autores apócrifos.
No es de
extrañar que, escandalizados, los Apóstoles se alzaran contra aquellos relatos.
Y se decidieran a poner por escrito lo que los primeros cristianos ya conocían
de Palabra. Imponiendo de camino mediante la Autoridad a Ellos conferida por el
Espíritu Santo la Autenticidad Divina de tales Evangelios, decretando en
Concilio Universal y Ecuménico -es decir, Católico- que a los Cuatro y sólo a
esos Cuatro Evangelios debían atenerse todos los cristianos del Orbe. A los que
así lo hicieron y desterraron de sus ojos la lectura de los «evangelios
apócrifos», y cerraron sus oídos a los relatos gnósticos tan de moda en los dos
primeros siglos del Cristianismo, empezó pronto a llamárseles “Católicos”.
Porque si a los primeros seguidores de Cristo, sin distinción entre sus
posiciones más o menos divergentes, comenzó a llamárseles «cristianos», a todos
los que se atenían al Texto de los Evangelios Canónicos comenzó pronto a
llamárseles Católicos. Pues contra los demás, que en el caso de la Virgen por
ejemplo corregían a los propios Apóstoles -excusándoles su credulidad infantil
a la hora de la Concepción Virginal de Cristo-, los católicos creían a fe ciega
en la Palabra Escrita.
Sin ningún
género de dudas este fue el Origen del Catolicismo. Cuando San Pablo les
criticó a algunos fieles definirse por ser de éste o de aquél otro sujeto con
toda seguridad se refería al daño contra la Unidad del Cristianismo que los
primeros relatos apócrifos estaban ya haciendo. Porque también su origen fue la
Palabra, y sólo más tarde fueron puestos por escritos aquellos relatos falsos
sobre Jesús, su familia y sus discípulos.
Es decir,
las iglesias nacidas de la Reforma no fueron las primeras que negaron la
Encarnación del Hijo de Dios y su Nacimiento por obra y gracia del Espíritu
Santo. Antes de la Reforma los Gnósticos del siglo I y II d.C. ya negaron la
existencia de la Virgen. Por no hablar ni traer ahora a estrado la opinión de
los propios judíos al respecto, se entiende.
Desde esta
postura de desentierro de corrientes muertas en los orígenes del cristianismo
es lógico que la Reforma, al negar la Encarnación, se propusiera destruir a
todos los que vivían de la Palabra y sólo por la Fe de los Apóstoles podían
sostener sus declaraciones. Lo sabemos positivamente, los Apóstoles edificaron
la Iglesia sobre la Palabra. Su Palabra era y es que el Hijo de Dios se hizo
hombre en el seno de la Virgen María sin intervención del varón. Y sabemos,
porque lo oímos, que las ramas nacidas del árbol de la Reforma negaron esta
Encarnación, negando así el Poder de Dios para hacer que una mujer conciba sin
el concurso del varón. Visto esto uno se pregunta, y con toda la razón, ¿vino a
destruir la Reforma la obra de Cristo o la del Diablo? Porque quien no cree que
el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu Santo y nació sin
la intervención de varón ése no es cristiano, aunque repita hasta el infinito
Jesús es el Señor, Jesús es el Señor.
Según los
Evangelios: cristiano es aquél que vive de la Palabra, y confiesa, según está
escrito, que el Hijo de Dios se hizo hombre por obra y gracia del Espíritu
Santo, que estaba en El, pues el Verbo es Dios y el Verbo se hizo hombre. El
que cree esto ése es cristiano.
Ahora bien,
si se confiesa que el Hijo de Dios se encarnó por obra y gracia del Espíritu
Santo y se niega que el Espíritu Santo venga del Padre y del Hijo se niega que
el Verbo se hiciera hombre, ¿porque cómo puede vivir el Hijo en el Padre y no
ser una sola cosa con el Espíritu Santo? Esto es, ¿qué negó y niega la
Ortodoxia de los Rusos?, ¿que el Hijo y el Padre no son una sola cosa?, ¿que el
Hijo no es Unigénito?
La Fe en la
que edificaron los Apóstoles la Iglesia que su Señor fundó sobre Roca tenía dos
columnas maestras. Primero, el Hijo se encarnó en el seno de la Virgen María
por obra y gracia del Espíritu Santo. Cualquiera que niegue esto no es
cristiano. Y segundo: El Hijo y el Padre son una sola cosa en el mismo
Espíritu, que es Santo; de manera que todo lo que la creación recibe de Dios lo
recibe a través de su Hijo. Y todo el que niegue en Cristo la Puerta por la que
la creación recibe de Dios toda gracia, ése no es cristiano. Y si no es
cristiano ése que cree en el Padre pero niega que entre Dios y el hombre esté
su Hijo, ése ¿qué es?
Cuando Dios
declaró que el Justo viviría de la Fe sin ningún género de dudas se refería a
esta Fe.
Pero
volvamos a la investigación. Porque claro, esto es fe. Pero la Historia reclama
hechos, documentos, piezas con las que componer el puzzle. Piezas que hemos
visto no se encuentran por ninguna parte. ¿Cómo llevar a término una
investigación de la Historia de Jesucristo si los elementos para su
articulación no se encuentran en ningún sitio? Es decir, ¿quién puede componer
un puzzle sin las piezas del puzzle que debe componer?
Por estas
razones mientras caía sobre Londres la primavera Cristo Raúl se dejó de buscar
en los libros lo que no podría encontrar en ellos. Al irse la primavera se fue
por el camino de Jerusalén. Cruzó Europa a la luz de una estrella brillante y
atravesó el mar sobre las olas de una Paloma de Plata.
Tierra
Santa. Al fondo del Mar Grande una Torre brillaba al alba como el faro más
potente del mundo. Era Haifa.
Bajó a
Nazaret. Visitó el Templo de la Anunciación. Tras una breve parada en Tel Aviv
siguió hacia la Ciudad Santa. Cuando Cristo Raúl alcanzó Jerusalén la Ciudad
estaba en estado de alarma bélica. Irak acababa de invadir Kuwait. El discurso
antisionista del nuevo héroe del Islam, usando el odio universal del mundo
musulmán contra los judíos como hipervínculo de unión a su causa de todos los
fundamentalistas del mundo árabe, exigía -según periódicos paramilitares
israelíes- el uso de armas nucleares, especialmente la bomba de neutrones.
Mientas Irak
levantaba oleadas de vítores en los territorios palestinos, entre la
muchedumbre que paseaba por la Calle David un hombre anuncio vestido de profeta
caminaba con un cartel muy grande, que decía: "El fin del mundo se acerca,
venid a tomaros una cerveza".
Fue un viaje
muy instructivo. Cristo Raúl se subió de nuevo en las alas de la Paloma de
Plata y navegó por las aguas del Mar Grande de vuelta al Viejo Continente. Puso
rumbo a Londres. Se instaló en Finsbury Park, cerró la puerta, abrió su vieja
máquina, y se sentó dispuesto a no salir del estudio hasta conseguir la
Historia por la que había estado luchando los últimos años.
Un día del
Noviembre de ese año Cristo Raúl llegó a la meta: «el Corazón de María».
Cómo María
conoció a José, quiénes fueron Zacarías e Isabel, quiénes fueron en realidad
los famosos hermanos y hermanas de Jesús. Todo, Ella lo conocía todo sobre su
Hijo.
Lo había
vivido y lo había guardado todo en su Corazón. Y seguía donde estuvo.
Lo que
Cristo Raúl vio en el Corazón de María es lo que vais a leer a continuación.

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