Los Macabeos .- Orígenes

Dinastía de los Ptolomeos

Sería por lo demás obvio declarar que la Guerra de los Macabeos comenzó mucho antes del nacimiento de todos sus protagonistas, muchos siglos atrás y tal vez a los pies de alguna montaña al este del Edén. Pero no es así cómo funciona la Historia y debemos centrarnos en hechos y acontecimientos relacionados en el tandem causa-efecto. Si la necesidad obliga a emprender cualquier estudio desde la dinastía de los seleúcidas, de cuyo tronco fue rama el Antíoco IV Epífanes autor de la solución final antijudía contra la que se alzaran Matatías y sus hijos, el Macabeo a la cabeza militar de la rebelión, esta misma ley de necesidad nos manda abrir el espectro de conocimiento a la dinastía contra la que chocando salieron las chispas que incendiaron la Judea y produjo la Guerra de los Macabeos, es decir, la Dinastía de los Ptolomeos.

Ptolomeo I el Salvador (305-285)

Ptolomeo, hijo de Lagos, escudero de Alejandro, casado por Alejandro en Susa con Artacama, hija del sátrapa Artabazo II. A la muerte de Alejandro, Pérdicas, haciendo de regente nombró a Ptolomeo gobernador de Egipto y Libia, dándole como adjunto a Cleomenes de Naucratis, y gobernante de facto hasta ese momento. En respuesta al matrimonio de Pérdicas con Cleopatra (hermana de Alejandro) Antípatros, Cratero, Antígono y Ptolomeo temiendo que su intención fuera proclamarse heredero del Imperio se rebelaron contra él en la llamada primera Guerra de los Diadocos (322-320). Bajo la acusación de espiar a favor de Pérdicas, Ptolomeo asesinó a Cleomenes. A raiz de este crimen Pérdicas invadió Egipto, pero fue derrotado estrepitosamente (321) y asesinado por tres de sus propios generales. El nuevo regente, Antípatros, confirmó a Ptolomeo en Egipto en el segundo reparto del Imperio (320); Ptolomeo, extasiado por su poder y su gloria, decide que le pertenece Jerusalén y se apodera de ella, sirviendo esta toma como piedra de escándalo sobre cuyo altar inmolar ambas coronas, la de los Seleúcidas y la de los Prolomeos egipcios, soldados sin número. Pero recapitulemos:

Antípatro -siguiendo el hilo- le dio su hija Eurídice a Ptolomeo por mujer, pero Antípatro se muere al poco tiempo (319) y le sucede su hijo Casandro, contra el que el ejército se rebeló al ritmo de la batuta de las pasiones. Como resultado de esta guerra morirían asesinados Filipo Arrideo y Olimpia de Epiro, madre y hermano de Alejandro Magno (317). Siete años más tarde Casandro asesina a Roxana y a su hijo Alejandro IV, por lo que los Diadocos quedaron libres para proclamarse reyes independientes, cosa que hicieron.

Habiendo perdido en la tercera guerra de los diadocos (314-311) la Siria y la Cirene, en el 306 Ptolomeo vuelve a enfrentarse por la hegemonía de las islas griegas a Antígono y a su hijo Demetrio Poliorcetes, a los que vence, especialmente en Chipre, de donde le vino el apodo de "el Salvador". A pesar de esta derrota, Demetrio y su padre expulsaron a Casandro de Macedonia y Grecia, causando esta circunstancia que todos los diadocos se unieran y a una los derrotasen (muriendo Antígono) en la batalla de Ipso (301 a.C.). En este nuevo reparto Ptolomeo ganó el sur de Siria.

Ptolomeo decidió a continuación consolidar y expandir sus dominios mediante alianzas matrimoniales que garantizaran la paz con sus potenciales enemigos. A su hija Arsinoe II la casó con Lisímaco de Tracia; a su hijastra Teoxena con Agatocles de Siracusa; a su hija Antígona con Pirro de Epiro; y a su otra hija Ptolemais con Demetrio Poliorcetes. Con todo Ptolomeo se alió con Seleuco, Lisímaco y Pirro para liberar a las polis griegas de la ocupación que sufrían a costa de la dominación de Demetrio Poliercetes. Al acabar el conflicto (288-286) Ptolomeo, ya faraón, había logrado un protectorado sobre numerosas islas griegas del Egeo, lo cual fue de suma importancia para la hegemonía naval que ejercería Egipto en el Mediterráneo oriental durante las siguientes décadas.

La ciudad de Alejandría fue su capital, en la que Ptolomeo fundó la famosa Biblioteca, más tarde ampliada por su hijo Ptolomeo II Filadelfós. Tuvo dos mujeres: Eurídice, que le dio su primogénito, Ptolomeo Cerauno (El Rayo). Y Berenice, con la que tuvo a su segundo hijo, llamado también Ptolomeo, que llegaría a reinar con el nombre de Ptolomeo II Filadelfós. Esta segunda esposa influyó en su marido en gran medida para que exiliara a Ptolomeo El Rayo; El Rayo tuvo que emigrar a la corte de Seleuco, en Asia Menor. En el año 285, a la edad de 82 años, Ptolomeo abdicó a favor de su hijo. Murió dos años después. Es el único de los diadocos que murió de muerte natural. Los demás fueron asesinados.

Ptolomeo II Filadelfós (285-246) (Fila-de Fila-telia, ej., y delfós, de Adelfós, hermano, hermana, porque se casó con su hermana)

Este fue el rey que se las vio con Antíoco II el Divino en el toma y daca entre Seleúcidas y Ptolomeos por la posesión de la Palestina, como hemos visto tratando de los seleúcidas. Dice la Wiki que "era rubio, melancólico, contrario a la guerra y amante de las ciencias y las artes, coleccionista de manuscritos, cuadros y animales raros, gran aficionado a las ciencias ocultas, en las que buscó junto a los alquimistas el elixir de la vida". Este Ptolomeo fue el que en el siglo III a.C. mandó traducir del hebreo al griego las Sagradas Escrituras a 72 sabios judíos, acabó la Biblioteca de Alejandría y el famoso Museo, y comenzó a construir el Gran Faro de Alejandría. La hermana con la que se casó fue Arsinoe II, viuda de Lisímaco de Tracia, y ex de Ptolomeo el Rayo, hermanastro suyo, hijo de Ptolomeo I y su primera mujer Eurídice, cuyo destierro de Egipto lo llevaría hasta la corte de Seleuco I el Invencible, al que asesinó, entre otras muchas peripecias. De su otra mujer, Arsinoe I, Ptolomeo II tuvo a a su heredero, el III de los Ptolomeos, y a Berenice Syra, la causa de la disputa contra los Seleúcidas cuando la primera mujer del Divino de los Antíocos asesinó a esta princesa y a su hijo.

Ptolomeo III el Vengador (246-221)

Casado con Berenice de Libia, al conocer la noticia del asesinato de su hermana Berenice y de su sobrino reunió su ejército y se paseó por Palestina, Siria y Babilonia en plan Campeador sin nadie que le parase los pies, y hubiese conquistado el trono seleúcida de no haberse visto obligado a regresar a Alejandría para sofocar una rebelión en el país. La Wiki añade que "protegió y promovió la cultura. Aumentó el número de volúmenes de la Biblioteca de Alejandría y encargó a Eratóstenes que se hiciera cargo de la misma, inició la construcción del Templo de Horus en Edfu (237), e intentó establecer un nuevo y mucho más preciso calendario solar promulgando el Decreto de Canopo (marzo de 237). Además otorgó la plena ciudadanía alejandrina a los judíos y amparó su religión.

Ptolomeo IV Filopator (amante de papá)(221-205)

Asimov dice sobre este rey lo siguiente: Sucesor de Ptolomeo III fue Ptolomeo IV, hijo mayor del gran Evergetes, el cual se proclamó enseguida a sí mismo Filópater, "el que ama a su padre". Como el primer acto de su reinado consistió en ejecutar a su madre (la Berenice cuya cabellera se recuerda en los cielos) y a su hermana, el hecho de que adoptase el sobrenombre mencionado tiene un sentido cínico, que oculta una completa carencia de amor familiar.

Sin embargo, quizá no fue así. Al faltar documentos completos como los que tenemos de otros acontecimientos históricos, tenemos que basarnos en ocasiones en habladurías, y la habladuría más proclive a sobrevivir es siempre la más interesante; es decir, la más chocante.

El nuevo Ptolomeo fue, según parece, un monarca débil, amante del lujo, que dejó el gobierno en manos de sus ministros y favoritos. Esto fue especialmente nefasto para Egipto, pues en el imperio seleúcida acababa de subir al trono, en el 223, un monarca vigoroso y ambicioso: Antíoco III, hijo menor de Seleuco II.

Decidido a hacer pagar las derrotas sufridas por su padre a manos de Ptolomeo III, Antíoco III atacó Egipto, en la Cuarta Guerra Siria, casi inmediatamente después de la muerte del gran Ptolomeo. En un primer momento Antíoco III llevó la iniciativa, pero en el 217 se enfrentó al grueso del ejército, con el propio Ptolomeo IV a la cabeza, en Rafia, junto a la frontera egipcia. Ambos bandos poseían elefantes. Antíoco tenía elefantes asiáticos, y Ptolomeo, africanos, más grandes pero menos dóciles. Esta fue la única batalla en que se enfrentaron ambas especies. Los elefantes asiáticos resultaron victoriosos, pero el ejército asiático fue derrotado. El ejército egipcio consiguió una aplastante victoria, y durante algún tiempo pareció que continuaba la suerte de los Ptolomeos.

Sin embargo, presionado por el avance seleúcida, el Gobierno egipcio había permitido que se armase a los propios egipcios nativos. Esta fue una decisión equivocada. El dominio ptolemaico no era ya lo que había sido en tiempos pasados, y los soldados egipcios comenzaron a permitirse rebeliones ocasionales, aunque ninguna revistiera especial gravedad.

Ptolomeo IV y sus ministros trataron de mantener la situación. Mientras vivió Ptolomeo IV, Egipto continuó bajo control, y Antíoco III prefirió ocuparse de otros lugares.

Ptolomeo IV tenía una afición poco usual. Le gustaba construir barcos inmensos, demasiado grandes como para ser de alguna utilidad, por su incomodidad y falta de maniobrabilidad. El mayor barco que poseía tenía 420 pies de longitud y 57 de anchura. Contaba con cuarenta bancos de remos, con una verdadera ciudad de cuatro mil hombres que manejaban los cuatro mil remos. Debía de parecer un gigantesco superciempiés. Por supuesto, sólo servía para enseñarlo, pues habría ido al encuentro de un desastre inmediato en caso de guerra.

El reinado de Ptolomeo IV fue testigo también de un triste incidente, que señaló la decadencia griega.

Desde la época de Filipo II de Macedonia las ciudades griegas habían estado dominadas por este reino septentrional. Los intentos de las ciudades griegas para liberarse individualmente habían fracasado de siempre. Cuando intentaron formar "ligas" éstas acabaron luchando entre sí, e invariablemente los vencidos se volvían hacia Macedonia.

En el 236, cuando Ptolomeo III ocupaba aún el trono de Egipto, un rey reformador, Cleomenes III, accedió al poder en Esparta, y soñó con volver a hacer de la ciudad lo que había sido antaño, un siglo y medio antes, en los días en que era la potencia dirigente de Grecia. La Liga Aquea luchó contra Cleomenes, y cuando fue derrotada por éste, buscaron ayuda en Macedonia, perdiendo así la última oportunidad de independencia para Grecia. En el 222 los macedonios aplastaron a Cleomenes y a sus espartanos. El rey y algunos otros pudieron escapar a Egipto.

Ptolomeo III los acogió amablemente, quizá porque los consideraba instrumentos útiles en caso de guerra contra Macedonia. Sin embargo, cuando Ptolomeo IV llegó al trono, vio en Cleomenes tan sólo una carga, y lo colocó bajo un virtual arresto domiciliario en Alejandría.

Irritado Cleomenes por lo que no era evidentemente más que un encarcelamiento, aprovechó una ocasión, en el 220, cuando Ptolomeo IV estaba ausente de Alejandría, y se escapó. A continuación trató de levantar a los griegos de Alejandría contra Ptolomeo y empujarlos a que establecieran un gobierno libre según el viejo estilo griego. Pero las masas sólo se asombraron ante este tipo singular que vociferaba cosas incoherentes, pues ya no sabían lo que significaba la libertad. Cleomenes nació fuera de su época, al final se dio cuenta de ello y se suicidó.

Ptolomeo IV murió en el 203.

Ptolomeo V El Iluminado (205-180)

Sobre Ptolomeo V dice Asimov: Por primera vez los Ptolomeos carecían de un heredero adulto. El príncipe que le sucedió era un niño de cinco años, Ptolomeo V, que fue llamado Ptolomeo Epifanes, o "manifestación de Dios", aunque el pobre niño era cualquier cosa menos eso. El Gobierno egipcio quedó paralizado por las disputas entre los funcionarios por el poder, y los nativos aprovecharon la ocasión para rebelarse.

Por si esto fuera poco, Antíoco III se dio cuenta inmediatamente de que había llegado su oportunidad. Desde la batalla de Rafia había estado ocupado en varias campañas en las regiones orientales de lo que en otro tiempo fuera el imperio persa, regiones conquistadas por Alejandro y heredadas por Seleuco I. Hacía poco tiempo que habían recuperado la independencia, pero ahora Antíoco III las había obligado a someterse de nuevo, y su imperio, al menos sobre el papel, era inmenso. Decidió hacerse llamar Antíoco el Grande.

Cuando Ptolomeo IV murió y el nuevo faraón resultó ser un niño de cinco años, Antíoco entró en tratos inmediatamente con Filipo V, que entonces reinaba en Macedonia. Se aliarían contra Egipto, vencerían fácilmente y se repartirían el botín. Filipo se adhirió codiciosamente a este plan y en el 201 a. C. dio comienzo la Quinta Guerra Siria.

Había, sin embargo, un factor con el que ambos reyes no habían contado, un país que se encontraba a Occidente: Roma.

En la época de Ptolomeo II, medio siglo antes, Roma había iniciado una terrible guerra contra Cartago, que se había prolongado, con algunas pausas, hasta entonces. Es verdad, en un determinado momento, en el 216 a. C, pareció que Roma podía ser derrotada, cuando el general cartaginés Aníbal (uno de los pocos generales que podía haber competido incluso con Alejandro) invadió Italia y aplastó a los romanos con tres formidables victorias.

Sin embargo, Roma se recuperó, en el resurgimiento más impresionante de toda su historia, y en el 201 a. C., cuando Antíoco y Filipo preparaban su alianza para atacar a Egipto, Cartago acabó siendo derrotada y Roma alcanzó la supremacía en todo el Mediterráneo occidental.

El Gobierno egipcio, abocado a una total ruina a manos de sus enemigos aliados, y acordándose del viejo tratado con Roma, al que siempre había sido fiel, pidió ayuda a los romanos.

Y Roma estaba más que dispuesta. Después de todo, en los tristes días de las victorias de Aníbal, Ptolomeo IV de Egipto había enviado grano a Roma, mientras que Filipo V de Macedonia había firmado un tratado de alianza con el Cartaginés. Roma no tenía intención de pagar la enemistad de Filipo con amable indulgencia. Sobre la marcha entró en guerra contra Macedonia, y Filipo V, que acababa de comenzar a desempeñar su papel en el despedazamiento de Egipto, se encontró con que tenía que enfrentarse a Roma.

Pero de todos modos Antíoco III continuó adelante. El podía entendérselas con Egipto por sí solo mientras Macedonia neutralizaba a Roma por el Oeste. Entrando sólo él en Egipto podía hacer mucho más en su propio beneficio. No le preocupaba demasiado Roma. Si él era Antíoco el Grande, conquistador de vastos territorios, ¿por qué preocuparse de unos bárbaros occidentales?

Por ello continuó la guerra, y, de hecho, en el 195 a. C. había vencido ya a los ejércitos egipcios. Inmediatamente después Antíoco se anexionó toda Siria, incluida Judea, que de este modo, tras experimentar durante un siglo y cuarto la moderada dominación ptolemaica, se encontró bajo lo que iba a ser una mucho más dura dominación seleúcida.

Pero quedaban los romanos. Estos habían derrotado a Macedonia, aunque con algunas dificultades, y Filipo V se había retirado a un cerrado y sombrío aislamiento. Las pequeñas naciones del Asia Menor occidental, dominadas por Macedonia, que siempre habían temido el poderío seleúcida en el Este (especialmente bajo el ambicioso Antíoco III), se apresuraron a ponerse bajo la protección de Roma. Todo empujaba a Roma a actuar contra Antíoco, que había hecho suyas las posesiones egipcias del Asia Menor.

Los romanos conminaron a Antíoco III a abandonar el Asia Menor, pero éste no les prestó atención. Aníbal, el general cartaginés, que estaba exiliado en su corte, apremiaba a Antíoco para que le entregase un ejército con el que invadir Italia una vez más. Sin embargo, Antíoco estimaba que se podía cuidar de Roma sin grandes problemas. Llevó un ejército a Grecia y perdió el tiempo en naderías.

Los romanos marcharon sobre Grecia y golpearon duramente a Antíoco. Volviendo a la realidad, el monarca seleúcida retrocedió hacia Asia Menor, adonde lo siguieron impasibles los romanos, y donde lo batieron con dureza aún mayor. Antíoco III había chocado con la realidad de la vida. Firmó una paz desventajosa, y salió de Asia Menor.

Sin embargo, pudo seguir en Siria, que Egipto no había recuperado. Roma había salvado la parte esencial de Egipto, el valle del Nilo, pero no se sentía llamada a garantizar a Egipto sus posesiones imperiales. Todo lo que Egipto había poseído en Asia Menor fue dividido entre las diversas naciones de esa península -todas ellas títeres de Roma-. El único territorio que el Egipto ptolemaico conservó fuera del valle del Nilo fue Cirenaica, en el oeste, y la isla de Chipre en el norte.

Hecho esto, Roma abandonó a su suerte a los imperios orientales. Podían pelear entre sí cuando quisiesen, siempre que ninguno de ellos llegase a crecer tanto como para aplastar completamente a los demás.

Por aquel entonces Ptolomeo V había alcanzado ya la edad de gobernar. Su mayoría de edad fue celebrada como correspondía, y una proclamación rutinaria en honor de su mayoría de edad quedó grabada en griego y en dos modalidades de egipcio en un trozo de basalto negro. Esta inscripción, la Piedra de Rosetta, se recuperó justamente dos mil años después y sirvió de clave para el conocimiento de la historia antigua de Egipto. Sólo por esto, Ptolomeo no vivió en vano.

Alejados los peligros provenientes del exterior gracias a Roma, el joven Ptolomeo pudo prestar atención al orden interior. Tuvo éxito en dominar algunas inquietantes rebeliones. Tras la muerte de Antíoco III, en el 187 a. C, Ptolomeo V comenzó a soñar con reconquistar Siria, pero murió en 181 a. C., cuando no tenía más de treinta años. Es posible que fuese envenenado.

Ptolomeo VI (180-145)

Y continúa Asimov, diciendo: Ptolomeo V Dejó dos hijos pequeños. El mayor, Ptolomeo VI, fue conocido como Filomater, o "el que ama a su madre". Mientras vivió su "amada" madre, ésta controló Egipto y mantuvo al país en paz. Cuando murió, en el 173, Ptolomeo VI era todavía demasiado joven como para valerse por sí mismo, y cayó bajo la influencia de sus bravucones ministros, que soñaban con reconquistar Siria. Una vez más volvía a empezar el viejo juego de luchar contra los Seleúcidas.

Pero Ptolomeo VI no era un guerrero (en realidad fue el más amable y humano de todos los Ptolomeos). Frente a este ser pacífico se hallaba el hijo menor del llamado Antíoco el Grande, el nuevo rey Antíoco IV, a la cabeza del imperio seleúcida. Antíoco IV era bastante más capaz que su sobrevalorado padre, pero tenía cierta tendencia a la temeridad y al mal carácter.

Ante el primer síntoma de beligerancia egipcia, Antíoco IV se lanzó hacia la frontera, derrotó a los egipcios en Pelusio, alcanzó las propias murallas de Alejandría y llegó incluso a capturar al Ptolomeo VI. Quizás habría podido conquistar Alejandría, pero Roma, desde lejos, le hizo saber que esto sería ir demasiado lejos.

Ya que Ptolomeo VI no podía ejercer como rey estando en cautividad, los egipcios, en el 168, nombraron rey a su hermano menor, que reinaría con el nombre de Ptolomeo VII. Inmediatamente Antíoco liberó a Ptolomeo VI, proporcionándole ayuda, y esperando poder presenciar una buena y jugosa guerra civil. Sin embargo, ambos Ptolomeos echaron por tierra la baza de Antíoco, aviniéndose a gobernar juntos.

Irritado, Antíoco marchó sobre Egipto de nuevo, dispuesto a ocupar Alejandría y resolver la cuestión de una vez. Pero fue detenido otra vez. Esta vez, un embajador romano caminó hacia él bajo las murallas de Alejandría y le ordenó que abandonase Egipto. Antíoco IV no tuvo otra opción que retirar a todos sus ejércitos, ante este hombre desarmado que le hablaba en nombre de la poderosa Roma, y volver sobre sus pasos.

Humillado, se dirigió contra algo que pensó podía derrotar, y saqueó Jerusalén. Profanó el Templo de los judíos empujando a los nacionalistas judíos a iniciar una larga y fastidiosa rebelión, bajo el liderazgo de una familia conocida por los Macabeos.

En el 163, Antíoco IV fue muerto en el curso de una inútil campaña en oriente. A consecuencia de esto el imperio seleúcida comenzó a declinar de manera más drástica y rápida que el Egipto ptolemaico. Toda una serie de contiendas dinásticas mantuvo al país en continuo sobresalto, mientras que la rebelión judía siguió siendo un mal perenne.

En un determinado momento, incluso el pacífico Ptolomeo VI estuvo tentado de intervenir en los asuntos internos de los seleúcidas, con la esperanza de recuperar todo lo que había perdido su padre. Trató de realizar cambios en lo que quedaba del imperio seleúcida (las provincias orientales se habían separado, esta vez para siempre), apoyando primero y atacando después a un usurpador seleúcida llamado Alejandro Balas. Sin embargo, estando en Siria, cayó del caballo, muriendo a causa de las heridas en el 146 a. C.