Los Macabeos

Dinastía de los Seleúcidas

La gesta de los Héroes Judíos por excelencia de la Era Precristiana comenzó cuando Antíoco III el Grande reestructuró el ejército imperial con la intención de reconquistar las provincias perdidas por sus predecesores y devolver el imperio de su linaje a los límites originales establecidos por Seleuco I el Invencible. La sucesión desde Seleuco I el Invencible hasta Antíoco III el Grande había sido la siguiente:

Seleuco I Nicanor, sátrapa del Asia babilónica tras la muerte de Alejandro Magno(311-305), y rey desde el 305 al 281)

Antíoco I Soter (281-261)

Antíoco II Teos (261-246)

Seleuco II Calinicós (246-225)

Seleuco III Soter Ceraunós (225-223)

Antíoco III Megas (223-187)

He de imaginar e imagino que quienes estais por aquí o sois unos curiosos a quienes os sobra el conocimiento sobre los siglos en juego y merodeais a ver qué aporto o cómo me desenvuelvo, o simplemente teneis poco conocimiento de la historia universal referida al área especificada, el Origen de los Macabeos, y no os molesta en absoluto daros una vuelta por aquéllos tiempos. Tampoco voy a profundizar por ahora en el tema; no tengo a mano mi biblioteca personal y la que se suele encontrar en Internet, por muy hermosa que sea, su belleza se debe más al esfuerzo maravilloso que los particulares emprenden, sean en solitario o en wiki-grupo, que a la inmersión en el mar de los acontecimientos desde una óptica recreadora de la biohistoria centrada en el traspaso del imperio de los Asirios a los Babilonios, de los Babilonios a los Persas, de los Persas a los Medos y de los Medos a los Helenos, últimos éstos de quienes surgieron los Seleúcidas y los Ptolomeos. Grosso modo las luchas entre éstas dos ramas helenas fueron las que determinaron la violenta Solución Final antijudía en el epicentro del Relato Bíblico que tuvo por protagonista a los Macabeos. En la eclosión del terremoto que sacudió las condiciones internas del pueblo judío y lo condujo a reclamar su Independencia, intervinieron otros factores decisivos, externos al propio motor imperial heleno-seleúcida, pero que al permanecer en la periferia de la guerra de los Macabeos no parecen que fueran determinantes en la sucesión de causas que se acumularon en torrente vertiginoso para dar lugar al volcán con el que Antíoco IV Epifanes hizo temblar la existencia del pueblo hebreo.

El motor de la Guerra de Independencia y Reconquista de los Macabeos tuvo dos causas: el invencible crecimiento expansivo del imperio de los Partos por el Oriente, y el de los Romanos por el Occidente. Desconectados pero actuando al tic-tac de un cronométro de ritmo perfecto, los dos imperios del momento devinieron los dos brazos de la tenaza entre cuyos hierros el obsoleto imperio de los heleno-sirios se vio abocado a su aniquilación. Esta crónica anunciada -desde los días anteriores a Ciro el Persa, siguiendo la Palabra de Dios- fue la que, abriendo su esfera todopoderosa a los Hechos, dio origen a la paranoia asesina del Iluminado de los Antíocos, el IV de ese número, contra cualquier pueblo y nación que no defendiera el trono de Antioquía frente a los dos poderes entre los que se acabaría dividiendo su mundo: el Oriente para los Partos y el Occidente para los Romanos. Atrapado entre dos aguas Antíoco IV el Iluminado, la bestia negra antijudía del momento, concibió la maldad genocida de la que se le acusa en la Biblia como consecuencia de su imposibilidad para impedir el cumplimiento de la voluntad divina.

La tragedia empezó a raiz de la Invasión de Egipto por Antíoco IV. Se dice, más bien se cuenta, que Roma envió a Egipto un soldado sin pelos en la cara con la misión de ordenarle al rey de reyes sirio que se detuviese, se diese la vuelta y regresase a su casa por donde había venido. Podemos permitirnos el lujo de comprender la risa que esta humillación de una Roma que ni se molestó en sacar sus ejércitos para quitarse de en medio el mosquito sirio levantó entre las naciones vecinas. ¡Un simple niño trazando en la arena una raya delante del rey de reyes, y con toda la inocencia de un Mercurio en su leche, le dice el emperador del mundo: "Si la cruzas, caca; si te das la vuelta, arrivederchi". No había nacido aún el César, ni Pompeyo había todavía campeado invencible por las tierras del Medio Oriente, pero Roma era la reina del Mar Grande y entre Egipto y Siria la Historia abrió el Mar Rojo entre ambas. No es difícil imaginarse la verguenza que aquel Antíoco que se creía un elegido de los dioses para restaurar la gloria perdida del imperio de sus padres, hubo de sentir delante de aquel mocoso. Si este hecho es histórico o no ¿quién será capaz de poner la mano en el fuego? Pero que algo hubo de haber y no muy distinto al relato popular que nos ha llegado a nosotros parece corroborarlo la burla que el retorno de Antíoco IV Epifanes, desde las puertas mismas de Egipto, levantó en Jerusalén. ¿De qué se reían si no los judíos en su cara? Nadie se ríe ante la dantesca visión de un ejército vencido, pero de un fanfarrón que, como se dice, sólo se mete con los que no son de su estatura, el día que se encuentra con la horma de su zapato se ríe hasta el gato. ¿Por qué iban a reprimirse los judíos? Iba a conquistar el mundo, comenzando por Egipto, y apenas pisa la frontera regresa con el rabo entre las piernas ¡asustado por un niño...! Era para partirse.

Y sin embargo las leyes de la prudencia aconsejan no tirarle de los pantalones a quien acaba de ser violado a la fuerza. Por tacto, por piedad, ¡pobrecito!, en fin, por miedo incluso, pues como todo el mundo sabe no hay peor bestia que una alimaña herida. Los judíos de Jerusalén la Santa hacía tiempo que perdieron la sabiduría y desde un tiempo a esta parte cultivaban musarañas, de oro, pero musarañas. Así que sin inmutarse y tomando al fanfarrón por un pobre diablo cometieron el imperdonable error de reirse en las barbas de quien seguía siendo el rey de Antioquía. En verdad que Antioquía con Roma no podía, máxime habiendo sido puesto Antíoco en el trono por esa misma Roma con el fin de servirle de imperio tapón contra el que debía estrellarse el avance de los Partos. Antíoco IV era un Iluminado pero no un tonto. Su padre, el III de su número y el guerrero más grande que tuvo nunca el imperio seleúcida, creyó que podía enfrentarse a la República y hasta contó con Aníbal el de Cartago como asesor bélico especial. ¿Para qué? También el rey de reyes del Asia mordió el polvo como cualquier hijo de vecino. Tener Roma por vecino era tener un billete de lotería marcado con un número, 666, un tiquet al infierno. Todo lo que podía hacer el IV de los Antíocos era comerse el orgullo y servir a Roma cumpliendo las funciones de tapón para realizar las cuales fue elevado al trono por la República. Y con esta bilis llegó a Jerusalén el asesino de su hermano, al que mató con el permiso del Padrino Romano a fin de ejecutar el Senado, mediante la coronación de un rey vasallo títere, la transformación del imperio heleno en reino tapón conra los partos. Y al desembarcar -huido de la misma Roma,,dice la historia- Antíoco IV fue lo primero que hizo, matar a su hermano, aunque, ya se entiende, él no lo hizo.

Así pues, y regresando a la cuestión, nada más que por esto, y pensando en que quien había matado a su propio hermano por el trono, de su mano o de su puño y letra la ejecución era lo de menos, Jerusalén tuvo que haberse mordido la lengua y haber dejado el cachondeo para cuando el rey de reyes y nuevo conquistador del universo ...bla bla bla... siguiera su camino. Pero no, como no es del loco la prudencia ni del cobarde el valor, de los judíos no era la sabiduría, y sin quererlo queriendo se prestaron a hacer de pared contra la que el humillado rey de Antioquía descargar toda su rabia, su ira, su impotencia. Esa risa de Jerusalén la Necia fue la fuerza que desató el terremoto y levantó el volcán de la cólera del Iluminado contra todos los judíos, hasta el último hombre.

Volviendo a la estructura de los ejércitos imperiales sirios, no olvidemos que hasta ese momento y obviando la derrota de Antíoco III el Grande en los campos de Turquía frente a los Romanos, la nación de los judíos, al igual que las demás naciones componentes del Imperio de los seleúcidas, estaba sujeta a servicio militar obligatorio al estilo de la época. Las levas imperiales obligaban a todas las naciones del imperio, y cada nación tenía que poner al servicio del Imperial un escuadrón y sus soldados acorde al número de sus habitantes. Este modelo de leva militar imperial era el clásico en el Oriente desde los días de Ciro el Grande. Los herederos de Alejandro Magno no lo abolieron en absoluto. Los Seleúcidas basaron su estructura en dicho modelo de ejército internacional, dirigido por un estado mayor Heleno. Perfecto cual pueda parecer en razón del número capaz de poner sobre el campo de batalla, este modelo tenía un terrible defecto, cuya naturaleza se vio en toda su magnitud en la Anábasis, y en ninguna mejor otra parte se ve mejor que en la estructura del ejército romano.

Compuesto exclusivamente por ciudadanos romanos, además de defender su vida, el soldado romano defendía su patria. Por esto se dijo siempre que cuando el imperio romano comenzó a contratar a los bárbaros como mercenarios sembró en su propia casa la ruina. Como así, efectivamente, fue. Un mercenario al servicio de un rey vencido podía servir al vencedor al otro día; y con la misma facilidad podía haber recibido su paga antes de abrirse la batalla. Y si lo tenía muy chungo siempre podía darse a la estampida. El soldado romano, y de aquí la invencibilidad de Roma, vencía o moría, él sabía que jamás sería perdonado por el enemigo. El concepto de guerra oriental según la cual los reyes se iban de guerra como quien se va de caza, para pasar el tiempo, y se enfrentaban, y se perdonaban las vidas, y acababan incluso firmando la paz con bodas por todo lo alto, este tipo de guerra le era desconocida a Roma. ¿Por qué conquistó Alejandro el mundo? Porque todos los hombres de Alejandro eran Helenos. ¿Cuando comenzó su declive? El día que quiso igualar al conquistador con el conquistado; ese fue el tremendo error que le costó la vida, y a su Gesta quedarse en sol que calienta pero no quema, la aventura de una noche de verano, nada por lo que la Civilización pudiera decir: Se ha dado un gran paso para la Humanidad.

Cuando, pues, Antíoco IV el Iluminado abre su guerra particular contra el Judaísmo, en el ejército imperial que él había heredado de su padre, el Grande de los Antíocos, en el seno de esa estructura militar imperial existía un Escuadrón Judío, y a la cabeza de ese Escuadrón, que conociera los días felices de las conquistas de Antíoco II el Grande, y gustara igualmente de su derrota ante los Romanos, se hallaba un hombre, un Martillo, cuyo brazo golpeaba y destrozaba cabeza y cuello, un héroe entre los suyos, el Macabeo, nuestro Judas, el Liberador de su Pueblo y Nación. Este es el origen verdadero de Judas Macabeo ¡el Martillo de Dios!

Orígenes del imperio seleúcida

Después de la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio de la siguiente manera:

Asia para Antígono Monoftalmós (El Tuerto).

Egipto para Ptolomeo.

Tracia y Asia Menor para Lisímaco.

Grecia, y Macedonia para Casandro.

Babilonia y Siria hasta las fronteras con la India para Seleuco.

Seleuco I (358-280) todas las fechas son a.C.

Dos años después de la muerte de Alejandro Magno, 321, Seleuco fue nombrado sátrapa (gobernador) de Babilonia, pero la lucha entre los herederos de Alejandro, dirimida en el 301 en la batalla de Ipso, en la que lucharon Casandro de Macedonia, Lisímaco de Tracia y Seleuco contra Antígono el Tuerto (perdedor de la contienda y que hasta entonces se había hecho con el control de todo el imperio de Alejandro con la intención de ser el único rey) puso en las manos de Seleuco el imperio que, más o menos, en su día administrara Ciro el Grande.

Seleuco I mantuvo buenas relaciones políticas y comerciales con la India. Envió a su secretario Megastenes a la corte de Chandragupta, fundador de la dinastía Maurya, cerrándose los acuerdos con la boda entre el rey indio y una hija de Seleuco. A la vuelta de su viaje, Megastenes escribió un gran relato y ésta fue la primera vez que los griegos tuvieron una narración sobre cuestiones relacionadas con la India.

A lo largo de su reinado Seleuco I fundó varias ciudades importantes. En la orilla occidental del río Tigris, al noroeste de Babilonia, construyó Seleucia del Tigris, que fue además la capital. Seleucia fue el centro comercial del imperio. Además, Seleucia Pieria, Seleucia Traquea y Antioquía (en la actual Turquía).

Seleuco siguió el sistema de gobierno imperial típico de la Dinastía Aqueménida fundada por Ciro. Cada provincia estaba regida por un sátrapa. Asesinado, a su muerte la decadencia del imperio que fundara entró en una época de declive.

Su asesino, Ptolomeo el Rayo fue el primogénito de Ptolomeo I el Salvador y su tercera esposa Eurídice (hija de Antípatros). Su hermano pequeño Ptolomeo II llegó a ser el heredero, y en el 282, faraón. Así pues, Ptolomeo el Rayo dejó Egipto y acudió a la Corte de Lisímaco, rey de Tracia y Macedonia y parte de Asia Menor. Por ese entonces Arsinoe II de Egipto, hermana del Rayo, se casó con Lisímaco. Mientras estaba en la Corte de Lisímaco, el Rayo se puso del lado de su hermana en las intrigas de la Corte, y la acompañó a la Corte de Seleuco para pedir ayuda. Poco después, viendo una oportunidad para intervenir en su propio beneficio en la situación política de los reinos helenísticos, preparó una expedición contra Lisímaco. Pero después de ser Lisímaco derrotado por Seleuco I en la batalla de Curupedión, año 281, el Rayo asesina a Seleuco y hace una alianza con Pirro de Epiro. A raiz de esto el Rayo le pidió a su hermana Arsinoe que se casase con él; ella accedió y después de la boda el Rayo mató a los dos hijos de Arsinoe. Ésta huyó a Egipto y se casó con su otro hermano Ptolomeo II Filadelfós. A continuación Ptolomeo luchó contra Antígono Gonatas, lo venció y consiguió Macedonia, pero murió luchando contra los galos en el 279. Esto en cuanto al asesino de Seleuco I el Invencible, fundador de la Dinastía de los Seleúcidas.

Antíoco I (281-261)

Antíoco I el Salvador, fue hijo del Invencible y Apamea, princesa sogdiana, y se casó con su madrastra, Estratonice. En cuanto uno de los Epígonos, se le conoce sobre todo por su triunfo frente a los gálatas en Asia Menor (pueblo galo procedente de Europa que se asentó en la Galacia en el siglo III), invasión que supo detener a tiempo. Los gálatas venían de una expedición contra los griegos y habían sido vencidos por ellos. Pero al amparo de esta invasión frustrada se fueron formando pequeños Estados independientes que se irían consolidando durante los reinados de los reyes sucesores de Antíoco. Enemigo de otro de los Epígonos, Ptolomeo II Filadelfós, en las luchas que mantuvo contra él el Salvador de los Antíocos perdió grandes extensiones de terreno, además de la hegemonía sobre el mar Mediterráneo a favor de la dinastía ptolemaica. Muerto en combate durante la guerra que mantuvo contra Eumenes I, gobernador del reino de Pérgamo en Asia Menor, le sucedió su hijo Antíoco II el Divino.

Antíoco II el Divino (261-246)

 (El sobrenombre se lo pusieron los ciudadanos de la ciudad de Mileto en agradecimiento por haberles librado del tirano Timarco en el año 258). A caballo de la política militar de su padre mantuvo guerras largas y costosas contra Ptolomeo II, que ya había vencido a Antíoco I, pero de quien Antíoco II consiguió recuperar la mayoría de las tierras perdidas. Al cabo, en el año 256, se enfrentó con el sátrapa de la Bactriana, Diodoto y, vencido, Diodoto reinó como el Primero de su especie. Además de la Bactriana el Divino perdió la Partia a favor de la dinastía de los Arsácidas, que comenzaron a marchar sobre Occidente y acabarían por engullir todas las tierras a este lado de los ríos Eufrates y Tigris. En su vida personal el Divino se casó dos veces. Primero con Laodicea, de la que tuvo dos hijos. Después con Berenice Syra, princesa de Egipto, hermana de Ptolomeo III, que le aportó una sustanciosa dote. Repudiada que fue Laodicea, al pasar a un segundo plano, este desprecio acabó engendrando odio que no le cabía en su cuerpo y un infinito deseo de venganza. Algún tiempo después, el Divino mandó llamar de nuevo a su corte a Laodicea, quien aprovechó la ocasión para envenenarle, matando a continuación a Berenice, a su hijo (pretendiente al trono) y a todos los miembros egipcios de la corte seleúcida llegados con el séquito de la "puta" egipcia; libre ya de enemigos, proclamó a su hijo Seleuco como rey y señor.

Seleuco II (246-225)

Era del todo natural, por tanto, que Seleuco II el Barbudo se enfrentase al padre de la reina asesinada por su madre. Ptolomeo III, el padre ofendido, organizó un ejército, subió a Siria y combatió al barbudo de los Seleúcidas. Conquistó Siria y llegó hasta Babilonia y hubiera conquistado mucho más si no se hubiera tenido que volver a Egipto para sofocar una sedición. Antes de emprender el regreso saqueó el reino de Seleuco llevándose 40.000 talentos de plata y 2.500 imágenes de dioses, muchas de ellas pertenecientes a Egipto, robadas a los egipcios en otra ocasión.

Seleuco III el Rayo Salvador (225-223)

Seleuco III, hijo mayor del Barbudo, sucedió a su padre. Su reinado fue breve (apenas tres años) pero intenso. Nada más comenzarlo le declaró la guerra al rey Atalo I de Pérgamo, aliado de Antioco Hierax, hermano del Barbudo y tío carnal suyo, muerto hace poco, cuya muerte había aprovechado Atalo para expandir sus fronteras y conquistar todo el Asia Menor. En el transcurso de esta guerra el Rayo Salvador fue asesinado a traición por uno de sus oficiales, cómplice del galo Apaturios (223). Sucedido por su hermano Antíoco III el Grande, y contando con el apoyo de Aqueo, pariente del difunto, y de Molón, el Grande de los Antíocos combatió con éxito contra Atalo I y lo confinó en Pérgamo

Antíoco III el Grande

Era nieto de la Laodicea que asesinara a su marido y colocara en el trono a su hijo. Heredando de aquí la clásica enemistad contra los Ptolomeos. Vencido en la batalla de Rafia por el IV de los Ptolomeos, el Grande se quitó la espina contra el V de los mismos en la batalla de Panión. Toda su vida fue un sueño: la Reconquista del Imperio perdido de Seleuco I el Invencible. Y en pos de su realización llevó a cabo la reorganización de los ejércitos imperiales, al que, como había venido siendo ley, todas las provincias o satrapías debían aportar un contingente de soldados. Así había sido desde los días del Imperio de los Aqueménidas y así había seguido siendo desde los primeros días del Imperio de los Seleúcidas. La provincia de Judea, sujeta a Siria por entonces, estaba bajo la Ley del Gran Rey de Antioquía y siguiendo esta ley estaba obligada a aportar un contingente militar.

Judas el Martillo de Dios

Los historiadores, no sabemos por qué razones, y siguiendo la manipulación de Flavio Josefo, extrapolan la situación que disfrutara la Judea bajo Julio César y sus descendientes, para echar tierra sobre la ley de prestación obligatoria militar a que estuvieron sujetos los judíos, como todos los demás pueblos del Imperio bajo los persas y los helenos. Fue en las filas de este Reconquistador del Imperio Perdido, -bajo cuya bandera los ejércitos imperiales seleúcidas viajaron hasta las fronteras lejanas, sirviendo a los hombres de su tiempo una ocasión única de vivir una aventura reservada hasta entonces a los reyes: viajar por todo el mundo conocido-, que el escuadrón Judío vio nacer a su Líder natural: el Joven Judas, al que por su valor empezaron a llamar el Martillo. De donde viene esta declaración lo veremos a su tiempo: baste por ahora abrir el campo histórico a las fuerzas principales en movimiento cuyo desenlace fue la Solución Final Judía decretada por Antíoco IV el Iluminado o Epifanes