CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE
LA FE
DECLARACIÓN
DOMINUS IESUS
SOBRE LA
UNICIDAD Y LA UNIVERSALIDAD SALVÍFICA DE JESUCRISTO Y DE LA IGLESIA
O la Negación de la Existencia de una División Histórica en el seno de la Plenitud de las Naciones Cristianas mediante el sofisma teológico del Ultimo Papa de la Unicidad Universal de la Iglesia Romana.
INTRODUCCIÓN
1. El Señor Jesús, antes de
ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio
al mundo entero y de bautizar a todas las naciones: « d al mundo entero y
proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se
salvará; el que se resista a creer, será condenado»; «Me ha sido dado todo
poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundoLa misión universal de la Iglesia
nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la
proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio
de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad. Es
éste el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: «Creo en un solo
Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra [...]. Creo en un solo
Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los
siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado,
no creado, consustancial con el Padre, por quien todo fue hecho; que por
nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del
Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra
causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y
resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a
la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y
muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de
vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es
una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el
perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del
mundo futuro».
2. La Iglesia, en el curso de los siglos,
ha proclamado y testimoniado con fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del
segundo milenio, sin embargo, esta misión está todavía lejos de su
cumplimiento. Por eso, hoy más que nunca, es actual el grito del apóstol Pablo
sobre el compromiso misionero de cada bautizado: «Predicar el Evangelio no es
para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de
mí si no predicara el Evangelio!». Eso explica la particular atención que el
Magisterio ha dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la
Iglesia, sobre todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.
Teniendo en cuenta los valores que éstas
testimonian y ofrecen a la humanidad, con una actitud abierta y positiva, la
Declaración conciliar sobre la relación de la Iglesia con las religiones no
cristianas afirma: «La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas
religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de
obrar y de vivir, los preceptos y las doctrinas, que, por más que discrepen en
mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de
aquella Verdad que ilumina a todos los hombres». Prosiguiendo en esta línea, el
compromiso eclesial de anunciar a Jesucristo, «el camino, la verdad y la vida»,
se sirve hoy también de la práctica del diálogo interreligioso, que ciertamente
no sustituye sino que acompaña la missio ad gentes, en virtud de aquel
«misterio de unidad», del cual «deriva que todos los hombres y mujeres que son
salvados participan, aunque en modos diferentes, del mismo misterio de
salvación en Jesucristo por medio de su Espíritu». Dicho diálogo, que forma
parte de la misión evangelizadora de la Iglesia, comporta una actitud de
comprensión y una relación de conocimiento recíproco y de mutuo
enriquecimiento, en la obediencia a la verdad y en el respeto de la libertad.
3. En la práctica y profundización
teórica del diálogo entre la fe cristiana y las otras tradiciones religiosas
surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata de afrontar recorriendo nuevas
pistas de búsqueda, adelantando propuestas y sugiriendo comportamientos, que
necesitan un cuidadoso discernimiento. En esta búsqueda, la presente
Declaración interviene para llamar la atención de los Obispos, de los teólogos
y de todos los fieles católicos sobre algunos contenidos doctrinales
imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión teológica madure
soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las urgencias culturales
contemporáneas.
El lenguaje expositivo de la Declaración
responde a su finalidad, que no es la de tratar en modo orgánico la
problemática relativa a la unicidad y universalidad salvífica del misterio de
Jesucristo y de la Iglesia, ni el proponer soluciones a las cuestiones
teológicas libremente disputadas, sino la de exponer nuevamente la doctrina de
la fe católica al respecto. Al mismo tiempo la Declaración quiere indicar
algunos problemas fundamentales que quedan abiertos para ulteriores
profundizaciones, y confutar determinadas posiciones erróneas o ambiguas. Por
eso el texto retoma la doctrina enseñada en documentos precedentes del Magisterio,
con la intención de corroborar las verdades que forman parte del patrimonio de
la fe de la Iglesia.
4. El perenne anuncio misionero de la
Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de
justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de
iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo,
verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de
Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las
otra religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura,
la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la
economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la
universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica
universal de la Iglesia, la inseparabilidad —aun en la distinción— entre el
Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia
católica de la única Iglesia de Cristo.
Las raíces de estas afirmaciones hay que
buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o
teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada.
Se pueden señalar algunos: la convicción de la inaferrablilidad y la inefabilidad
de la verdad divina, ni siquiera por parte de la revelación cristiana; la
actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de lo cual aquello que
es verdad para algunos no lo es para otros; la contraposición radical entre la
mentalidad lógica atribuida a Occidente y la mentalidad simbólica atribuida a
Oriente; el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de
conocimiento, se hace «incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse
a alcanzar la verdad del ser»; la dificultad de comprender y acoger en la
historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos; el vaciamiento
metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno, reducido a
un mero aparecer de Dios en la historia; el eclecticismo de quien, en la
búsqueda teológica, asume ideas derivadas de diferentes contextos filosóficos y
religiosos, sin preocuparse de su coherencia y conexión sistemática, ni de su
compatibilidad con la verdad cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar
la Sagrada Escritura fuera de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.
Sobre la base de tales presupuestos, que se
presentan con matices diversos, unas veces como afirmaciones y otras como
hipótesis, se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la
revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su
carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja
sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad.
I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN
DE JESUCRISTO
5. Para poner remedio a esta mentalidad
relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el
carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en
efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de
Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es «el camino, la verdad y la
vida», se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: «Nadie conoce
bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». «A Dios nadie lo ha visto jamás:
el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado»; «porque en él
reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente».
Fiel a la palabra de Dios, el Concilio
Vaticano II enseña: «La verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación
humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo
mediador y plenitud de toda la revelación». Y confirma: «Jesucristo, el Verbo
hecho carne, “hombre enviado a los hombres”, habla palabras de Dios y
lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto,
Jesucristo —ver al cual es ver al Padre—, con su total presencia y
manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su
muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente, con el envío
del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma
con el testimonio divino [...]. La economía cristiana, como la alianza nueva y
definitiva, nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo».
Por esto la encíclica Redemptoris missio propone
nuevamente a la Iglesia la tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la
verdad: «En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer
del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación
definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera
por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la
plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo». Sólo la
revelación de Jesucristo, por lo tanto, «introduce en nuestra historia una
verdad universal y última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca».
6. Es, por lo tanto, contraria a la fe de
la Iglesia la tesis del carácter limitado, incompleto e imperfecto de la
revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras
religiones. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse
sobre el hecho de que la verdad acerca de Dios no podría ser acogida y
manifestada en su globalidad y plenitud por ninguna religión histórica, por lo
tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo.
Esta posición contradice radicalmente las
precedentes afirmaciones de fe, según las cuales en Jesucristo se da la plena y
completa revelación del misterio salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras,
las obras y la totalidad del evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en
cuanto realidades humanas, sin embargo, tienen como fuente la Persona divina
del Verbo encarnado, «verdadero Dios y verdadero hombre» y por eso llevan en sí
la definitividad y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios,
aunque la profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente
e inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en
lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque
quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se
profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la
encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el
cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad, y que el
Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por
medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, «la verdad completa».
7. La respuesta adecuada a la revelación
de Dios es «la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre
y totalmente a Dios, prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento
y de la voluntad”, y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él». La
fe es un don de la gracia: «Para profesar esta fe es necesaria la gracia de
Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual
mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos
la suavidad en el aceptar y creer la verdad”».
La obediencia de la fe conduce a la acogida de
la verdad de la revelación de Cristo, garantizada por Dios, quien es la Verdad
misma; «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es
al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad
que Dios ha revelado». La fe, por lo tanto, «don de Dios» y «virtud
sobrenatural infundida por Él», implica una doble adhesión: a Dios que revela y
a la verdad revelada por él, en virtud de la confianza que se le concede a la
persona que la afirma. Por esto «no debemos creer en ningún otro que no sea
Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo».
Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida
la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras
religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la verdad revelada, que «permite
penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente», la creencia en
las otras religiones es esa totalidad de experiencia y pensamiento que
constituyen los tesoros humanos de sabiduría y religiosidad, que el hombre, en
su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en su referencia a lo Divino y al
Absoluto.
No siempre tal distinción es tenida en
consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe
teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y
la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa
todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a
Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a
reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y
las otras religiones.
8. Se propone también la hipótesis acerca
del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones. Ciertamente es
necesario reconocer que tales textos contienen elementos gracias a los cuales
multitud de personas a través de los siglos han podido y todavía hoy pueden
alimentar y conservar su relación religiosa con Dios. Por esto, considerando
tanto los modos de actuar como los preceptos y las doctrinas de las otras
religiones, el Concilio Vaticano II —como se ha recordado antes— afirma que «por
más que discrepen en mucho de lo que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no
pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres».
La tradición de la Iglesia, sin embargo,
reserva la calificación de textos inspirados a los libros canónicos del
Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo.
Recogiendo esta tradición, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación
del Concilio Vaticano II enseña: «La santa Madre Iglesia, según la fe
apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo
Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del
Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la
misma Iglesia». Esos libros «enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la
verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra salvación».
Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las
gentes en Cristo y comunicarles la plenitud de su revelación y de su amor, Dios
no deja de hacerse presente en muchos modos «no sólo en cada individuo, sino
también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión
principal y esencial son las religiones, aunque contengan “lagunas,
insuficiencias y errores”». Por lo tanto, los libros sagrados de otras
religiones, que de hecho alimentan y guían la existencia de sus seguidores,
reciben del misterio de Cristo aquellos elementos de bondad y gracia que están
en ellos presentes.
II. EL LOGOS ENCARNADOY EL ESPÍRITU SANTO EN
LA OBRA DE LA SALVACIÓN
9. En la reflexión teológica
contemporánea a menudo emerge un acercamiento a Jesús de Nazaret como si fuese
una figura histórica particular y finita, que revela lo divino de manera no
exclusiva sino complementaria a otras presencias reveladoras y salvíficas. El
Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios se manifestaría así a la
humanidad en modos diversos y en diversas figuras históricas: Jesús de Nazaret
sería una de esas. Más concretamente, para algunos él sería uno de los tantos
rostros que el Logos habría asumido en el curso del tiempo para comunicarse
salvíficamente con la humanidad.
Además, para justificar por una parte la
universalidad de la salvación cristiana y por otra el hecho del pluralismo
religioso, se proponen contemporáneamente una economía del Verbo eterno válida
también fuera de la Iglesia y sin relación a ella, y una economía del Verbo
encarnado. La primera tendría una plusvalía de universalidad respecto a la
segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque si bien en ella la
presencia de Dios sería más plena.
10. Estas tesis contrastan profundamente
con la fe cristiana. Debe ser, en efecto, firmemente creída la doctrina
de fe que proclama que Jesús de Nazaret, hijo de María, y solamente él, es el
Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que «estaba en el principio con Dios», es el
mismo que «se hizo carne». En Jesús «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» «reside
toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente». Él es «el Hijo único, que está
en el seno del Padre», el «Hijo de su amor, en quien tenemos la redención
[...]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y reconciliar con
él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo
que hay en la tierra y en los cielos».
Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando
interpretaciones erróneas y reductoras, el primer Concilio de Nicea definió
solemnemente su fe en «Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es
decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de
Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas
las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra,
que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se
hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de
venir a juzgar a los vivos y a los muertos». Siguiendo las enseñanzas de los
Padres, también el Concilio de Calcedonia profesó que «uno solo y el mismo
Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en
humanidad, Dios verdaderamente, y verdaderamente hombre [...], consustancial
con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a
la humanidad [...], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la
divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra
salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad».
Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que
Cristo «nuevo Adán», «imagen de Dios invisible», «es también el hombre
perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina,
deformada por el primer pecado [...]. Cordero inocente, con la entrega
libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y
con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que
cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios “me amó y se
entregó a sí mismo por mí”».
Al respecto Juan Pablo II ha declarado
explícitamente: «Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación
entre el Verbo y Jesucristo [...]: Jesús es el Verbo encarnado, una sola
persona e inseparable [...]. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el
Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos [...]. Mientras vamos
descubriendo y valorando los dones de todas clases, sobre todo las riquezas
espirituales que Dios ha concedido a cada pueblo, no podemos disociarlos de
Jesucristo, centro del plan divino de salvación».
Es también contrario a la fe católica
introducir una separación entre la acción salvífica del Logos en cuanto tal, y
la del Verbo hecho carne. Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del
Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha
asumido para la salvación de todos los hombres. El único sujeto que obra en las
dos naturalezas, divina y humana, es la única persona del Verbo.
Por lo tanto no es compatible con la doctrina
de la Iglesia la teoría que atribuye una actividad salvífica al Logos como tal
en su divinidad, que se ejercitaría «más allá» de la humanidad de Cristo,
también después de la encarnación.
11. Igualmente, debe ser firmemente
creída la doctrina de fe sobre la unicidad de la economía salvífica querida
por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es el misterio de la encarnación del
Verbo, mediador de la gracia divina en el plan de la creación y de la redención,
recapitulador de todas las cosas, «al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de
origen divino, justicia, santificación y redención». En efecto, el misterio de
Cristo tiene una unidad intrínseca, que se extiende desde la elección eterna en
Dios hasta la parusía: «[Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor»; En él «por
quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del
que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad»; «Pues a los que de
antemano conoció [el Padre], también los predestinó a reproducir la imagen de
su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que
predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también
los glorificó».
El Magisterio de la Iglesia, fiel a la
revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor
universal: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que,
Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulará todas las cosas. El Señor [...]
es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y de muertos». Esta mediación salvífica también implica la
unicidad del sacrificio redentor de Cristo, sumo y eterno sacerdote.
12. Hay también quien propone la
hipótesis de una economía del Espíritu Santo con un carácter más universal que
la del Verbo encarnado, crucificado y resucitado. También esta afirmación es
contraria a la fe católica, que, en cambio, considera la encarnación salvífica
del Verbo como un evento trinitario. En el Nuevo Testamento el misterio de
Jesús, Verbo encarnado, constituye el lugar de la presencia del Espíritu Santo
y la razón de su efusión a la humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos,
sino también antes de su venida en la historia.
El Concilio Vaticano II ha llamado la atención
de la conciencia de fe de la Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando
expone el plan salvífico del Padre para toda la humanidad, el Concilio conecta
estrechamente desde el inicio el misterio de Cristo con el del Espíritu. Toda
la obra de edificación de la Iglesia a través de los siglos se ve como una
realización de Jesucristo Cabeza en comunión con su Espíritu.
Además, la acción salvífica de Jesucristo, con
y por medio de su Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la
Iglesia y alcanza a toda la humanidad. Hablando del misterio pascual, en el
cual Cristo asocia vitalmente al creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le
da la esperanza de la resurrección, el Concilio afirma: «Esto vale no solamente
para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en
cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la
vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En
consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad
de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual».3
Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el
misterio salvífico del Verbo encarnado y el del Espíritu Santo, que actúa el
influjo salvífico del Hijo hecho hombre en la vida de todos los hombres,
llamados por Dios a una única meta, ya sea que hayan precedido históricamente
al Verbo hecho hombre, o que vivan después de su venida en la historia: de
todos ellos es animador el Espíritu del Padre, que el Hijo del hombre dona
libremente.
Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia
ha llamado la atención con firmeza y claridad sobre la verdad de una única
economía divina: «La presencia y la actividad del Espíritu no afectan
únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los
pueblos, a las culturas y a las religiones [...]. Cristo resucitado obra ya por
la virtud de su Espíritu [...]. Es también el Espíritu quien esparce “las
semillas de la Palabra” presentes en los ritos y culturas, y los prepara para
su madurez en Cristo». Aun reconociendo la función histórico-salvífica del
Espíritu en todo el universo y en la historia de la humanidad, sin embargo
confirma: «Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la
encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la
Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar
una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que exista entre Cristo
y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los
pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica,
y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu,
“para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas”».
En conclusión, la acción del Espíritu no está
fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una sola economía salvífica
de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y
resurrección del Hijo de Dios, llevada a cabo con la cooperación del Espíritu
Santo y extendida en su alcance salvífico a toda la humanidad y a todo el
universo: «Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios si no es
por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu».
III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO
SALVÍFICO DE JESUCRISTO
13. Es también frecuente la tesis que
niega la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo. Esta
posición no tiene ningún fundamento bíblico. En efecto, debe ser firmemente
creída, como dato perenne de la fe de la Iglesia, la proclamación de
Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador, que en su evento de
encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la
salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.
Los testimonios neotestamentarios lo
certifican con claridad: «El Padre envió a su Hijo, como salvador del mundo»; «He
aquí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». En su discurso ante el
sanedrín, Pedro, para justificar la curación del tullido de nacimiento
realizada en el nombre de Jesús, proclama: «Porque no hay bajo el cielo otro
nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». El mismo
apóstol añade además que «Jesucristo es el Señor de todos»; «está constituido por
Dios juez de vivos y muertos»; por lo cual «todo el que cree en él alcanza, por
su nombre, el perdón de los pecados».
Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto,
escribe: «Pues aun cuando se les dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien
en la tierra, de forma que hay multitud de dioses y de señores, para nosotros
no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para
el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por
el cual somos nosotros». También el apóstol Juan afirma: «Porque tanto amó Dios
al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca,
sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para
juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». En el Nuevo
Testamento, la voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente
conectada con la única mediación de Cristo: « [Dios] quiere que todos los
hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un
solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús,
hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos».
Basados en esta conciencia del don de la
salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en
el Espíritu Santo, los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que
el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al
mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una
pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una
vez más por el Magisterio de la Iglesia: «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y
resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a
fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el
cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse. Igualmente
cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su
Señor y Maestro».
14. Debe ser, por lo tanto, firmemente
creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de
Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de
la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.
Teniendo en cuenta este dato de fe, y
meditando sobre la presencia de otras experiencias religiosas no cristianas y
sobre su significado en el plan salvífico de Dios, la teología está hoy
invitada a explorar si es posible, y en qué medida, que también figuras y
elementos positivos de otras religiones puedan entrar en el plan divino de la
salvación. En esta tarea de reflexión la investigación teológica tiene ante sí
un extenso campo de trabajo bajo la guía del Magisterio de la Iglesia. El
Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que «la única mediación del Redentor no
excluye, sino suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa
de la fuente única». Se debe profundizar el contenido de esta mediación
participada, siempre bajo la norma del principio de la única mediación de
Cristo: «Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y
orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la
mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias».
No obstante, serían contrarias a la fe cristiana y católica aquellas propuestas
de solución que contemplen una acción salvífica de Dios fuera de la única
mediación de Cristo.
15. No pocas veces algunos proponen que
en teología se eviten términos como «unicidad», «universalidad», «absolutez»,
cuyo uso daría la impresión de un énfasis excesivo acerca del valor del evento
salvífico de Jesucristo con relación a las otras religiones. En realidad, con
este lenguaje se expresa simplemente la fidelidad al dato revelado, pues
constituye un desarrollo de las fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en
efecto, la comunidad de los creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una
tal valencia salvífica, que Él sólo, como Hijo de Dios hecho hombre,
crucificado y resucitado, en virtud de la misión recibida del Padre y en la
potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo de donar la revelación y la vida
divina a toda la humanidad y a cada hombre.
En este sentido se puede y se debe decir que
Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un
valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto.
Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.
Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña: «El Verbo de
Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvara a
todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana,
“punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la
civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total
de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a
su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos». «Es precisamente esta
singularidad única de Cristo la que le confiere un significado absoluto y
universal, por lo cual, mientras está en la historia, es el centro y el fin de
la misma: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el
Principio y el Fin”».
IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
16. El Señor Jesús, único salvador, no
estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia
como misterio salvífico: Él mismo está en la Iglesia y la Iglesia está
en Él; por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece también
a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto,
continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la
Iglesia, que es su cuerpo. Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo
vivo aunque no se identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se
pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único «Cristo total».
Esta misma inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante
la analogía de la Iglesia como Esposa de Cristo.
Por eso, en conexión con la unicidad y la
universalidad de la mediación salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente
creída como verdad de fe católica la unicidad de la Iglesia por él fundada.
Así como hay un solo Cristo, uno solo es su cuerpo, una sola es su Esposa: «una
sola Iglesia católica y apostólica». Además, las promesas del Señor de no
abandonar jamás a su Iglesia y de guiarla con su Espíritu implican que, según
la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que pertenece a la
integridad de la Iglesia, nunca faltaran.
Los fieles están obligados a profesar que
existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica—entre la
Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica: «Esta es la única Iglesia de
Cristo [...] que nuestro Salvador confió después de su resurrección a Pedro
para que la apacentara, confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y
gobierno, y la erigió para siempre como «columna y fundamento de la verdad».
Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste
[subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro
y por los Obispos en comunión con él». Con la expresión «subsitit in»,
el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un
lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos,
sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que «fuera
de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y
de verdad», ya sea en las Iglesias que en las Comunidades eclesiales separadas
de la Iglesia católica. Sin embargo, respecto a estas últimas, es necesario
afirmar que su eficacia «deriva de la misma plenitud de gracia y verdad que fue
confiada a la Iglesia católica».
17. Existe, por lo tanto, una única
Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el
Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él. Las Iglesias que no
están en perfecta comunión con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a
ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica y la
Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares. Por
eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo,
si bien falte la plena comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina
católica del Primado, que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente
sobre toda la Iglesia el Obispo de Roma.
Por el contrario, las Comunidades eclesiales
que no han conservado el Episcopado válido y la genuina e íntegra sustancia del
misterio eucarístico, no son Iglesia en sentido propio; sin embargo, los
bautizados en estas Comunidades, por el Bautismo han sido incorporados a Cristo
y, por lo tanto, están en una cierta comunión, si bien imperfecta, con la
Iglesia. En efecto, el Bautismo en sí tiende al completo desarrollo de la vida
en Cristo mediante la íntegra profesión de fe, la Eucaristía y la plena
comunión en la Iglesia.
«Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse
la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al
mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad
de pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo
tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y
Comunidades». En efecto, «los elementos de esta Iglesia ya dada existen juntos
y en plenitud en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras
Comunidades». «Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y Comunidades
separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en
el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado
servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma
plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia».
La falta de unidad entre los cristianos es
ciertamente una herida para la Iglesia; no en el sentido de quedar
privada de su unidad, sino «en cuanto obstáculo para la realización plena de su
universalidad en la historia».
V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
18. La misión de la Iglesia es «anunciar
el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de todas las gentes; [la
Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino». Por
un lado la Iglesia es «sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano»; ella es, por lo tanto,
signo e instrumento del Reino: llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Por otro
lado, la Iglesia es el «pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo»; ella es, por lo tanto, el «reino de Cristo, presente ya en el
misterio», constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de
Dios tiene, en efecto, una dimensión escatológica: Es una realidad presente en
el tiempo, pero su definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento
de la historia.
De los textos bíblicos y de los testimonios
patrísticos, así como de los documentos del Magisterio de la Iglesia no se
deducen significados unívocos para las expresiones Reino de los Cielos, Reino
de Dios y Reino de Cristo, ni de la relación de los mismos con la
Iglesia, ella misma misterio que no puede ser totalmente encerrado en un
concepto humano. Pueden existir, por lo tanto, diversas explicaciones
teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna de estas posibles
explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo alguno la íntima
conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, «el Reino de Dios que
conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la
Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino
de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del
Reino —que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e
ideológico— como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual
debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no puede ser
separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está
ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin
embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente
unida a ambos».
19. Afirmar la relación indivisible que
existe entre la Iglesia y el Reino no implica olvidar que el Reino de Dios —si
bien considerado en su fase histórica— no se identifica con la Iglesia en su
realidad visible y social. En efecto, no se debe excluir «la obra de Cristo y
del Espíritu Santo fuera de los confines visibles de la Iglesia». Por lo tanto,
se debe también tener en cuenta que «el Reino interesa a todos: a las personas,
a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y
favorecer el dinamismo divino, que está presente en la historia humana y la
transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en
todas sus formas. En resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la
realización de su designio de salvación en toda su plenitud».
Al considerar la relación entre Reino de Dios,
Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones
unilaterales, como en el caso de «determinadas concepciones que
intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como
“reinocéntricas”, las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no
piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una
“Iglesia para los demás” —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”...
Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros
negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino del que hablan se
basa en un “teocentrismo”, porque Cristo —dicen— no puede ser comprendido por
quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones
diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su
nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación,
que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada
sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden,
termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto
“eclesiocentrismo” del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un
signo, por lo demás no exento de ambigüedad ».76 Estas tesis son
contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo
y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.
VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN
CON LA SALVACIÓN
20. De todo lo que ha sido antes
recordado, derivan también algunos puntos necesarios para el curso que debe
seguir la reflexión teológica en la profundización de la relación de la Iglesia
y de las religiones con la salvación.
Ante todo, debe ser firmemente creído que
la «Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación, pues Cristo es el
único Mediador y el camino de salvación, presente a nosotros en su Cuerpo, que
es la Iglesia, y Él, inculcando con palabras concretas la necesidad del
bautismo, confirmó a un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los
hombres entran por el bautismo como por una puerta». Esta doctrina no se
contrapone a la voluntad salvífica universal de Dios; por lo tanto, «es
necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real
de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en
orden a esta misma salvación».
La Iglesia es «sacramento universal de
salvación» porque, siempre unida de modo misterioso y subordinada a Jesucristo
el Salvador, su Cabeza, en el diseño de Dios, tiene una relación indispensable
con la salvación de cada hombre. Para aquellos que no son formal y visiblemente
miembros de la Iglesia, «la salvación de Cristo es accesible en virtud de la
gracia que, aun teniendo una misteriosa relación con la Iglesia, no les
introduce formalmente en ella, sino que los ilumina de manera adecuada en su
situación interior y ambiental. Esta gracia proviene de Cristo; es fruto de su
sacrificio y es comunicada por el Espíritu Santo». Ella está relacionada con la
Iglesia, la cual «procede de la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo»,
según el diseño de Dios Padre.
21. Acerca del modo en el cual la
gracia salvífica de Dios, que es donada siempre por medio de Cristo en el
Espíritu y tiene una misteriosa relación con la Iglesia, llega a los individuos
no cristianos, el Concilio Vaticano II se limitó a afirmar que Dios la dona
«por caminos que Él sabe». La Teología está tratando de profundizar este
argumento, ya que es sin duda útil para el crecimiento de la compresión de los
designios salvíficos de Dios y de los caminos de su realización. Sin embargo,
de todo lo que hasta ahora ha sido recordado sobre la mediación de Jesucristo y
sobre las «relaciones singulares y únicas» que la Iglesia tiene con el Reino de
Dios entre los hombres —que substancialmente es el Reino de Cristo, salvador
universal—, queda claro que sería contrario a la fe católica considerar la
Iglesia como un camino de salvación al lado de aquellos constituidos por
las otras religiones. Éstas serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente
equivalentes a ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino
escatológico de Dios.
Ciertamente, las diferentes tradiciones
religiosas contienen y ofrecen elementos de religiosidad que proceden de Dios y
que forman parte de «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la
historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones». De hecho
algunas oraciones y ritos pueden asumir un papel de preparación evangélica, en
cuanto son ocasiones o pedagogías en las cuales los corazones de los hombres
son estimulados a abrirse a la acción de Dios. A ellas, sin embargo no se les
puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvífica ex opere operato,
que es propia de los sacramentos cristianos. Por otro lado, no se puede ignorar
que otros ritos no cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros
errores (cf. 1 Co 10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la
salvación.
22. Con la venida de Jesucristo Salvador,
Dios ha establecido la Iglesia para la salvación de todos los hombres.
Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las
religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa
mentalidad indiferentista «marcada por un relativismo religioso que termina por
pensar que “una religión es tan buena como otra”». Si bien es cierto que los no
cristianos pueden recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente
se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos
que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos. Sin embargo es
necesario recordar a «los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben
atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no
responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de
salvarse, serán juzgados con mayor severidad». Se entiende, por lo tanto, que,
siguiendo el mandamiento de Señor y como
exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia «anuncia y tiene la
obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el Camino, la Verdad y
la Vida”, en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en
quien Dios reconcilió consigo todas las cosas».
La misión ad gentes, también en el
diálogo interreligioso, «conserva íntegra, hoy como siempre, su fuerza y su
necesidad». «En efecto, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen
al conocimiento pleno de la verdad». Dios quiere la salvación de todos por el
conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad. Los que
obedecen a la moción del Espíritu de verdad están ya en el camino de la
salvación; pero la Iglesia, a quien esta verdad ha sido confiada, debe ir al
encuentro de los que la buscan para ofrecérsela. Porque cree en el designio
universal de salvación, la Iglesia debe ser misionera». Por ello el diálogo, no
obstante forme parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las
acciones de la Iglesia en su misión ad gentes. La paridad, que es
presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de
las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo —que
es el mismo Dios hecho hombre— comparado con los fundadores de las otras
religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la
libertad,98 debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los
hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la
necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del
bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad
salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia
del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.
CONCLUSIÓN
23. La presente Declaración,
reproponiendo y clarificando algunas verdades de fe, ha querido seguir el
ejemplo del Apóstol Pablo a los fieles de Corinto: «Os transmití, en primer
lugar, lo que a mi vez recibí». Frente a propuestas problemáticas o incluso
erróneas, la reflexión teológica está llamada a confirmar de nuevo la fe de la
Iglesia y a dar razón de su esperanza en modo convincente y eficaz.
Los Padres del Concilio Vaticano II, al tratar
el tema de la verdadera religión, han afirmado: «Creemos que esta única
religión verdadera subsiste en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el
Señor Jesús confió la obligación de difundirla a todos los hombres, diciendo a
los Apóstoles: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo
cuanto yo os he mandado”. Por su parte todos los hombres están obligados a
buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia, y, una vez
conocida, a abrazarla y practicarla».
La revelación de Cristo continuará a ser en la
historia la verdadera estrella que orienta a toda la humanidad: «La
verdad, que es Cristo, se impone como autoridad universal». El misterio
cristiano supera de hecho las barreras del tiempo y del espacio, y realiza la
unidad de la familia humana: «Desde lugares y tradiciones diferentes todos
están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos
de Dios [...]. Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación
de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta
unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con san Pablo: “Ya no sois
extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios”».
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la
Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con
su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida
en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, el 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración
del Señor.
Joseph Card.
Ratzinger
Prefecto
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