BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 

Historia de Jesús

Saludos

 

En esta hora de gloria, después de tantos años de lucha por llegar a la meta, hay muchas personas a las que me gustaría saludar y dedicarle mi victoria. Empezaré por aquella que al verme de nuevo de pie puso a mi servicio la máquina perfecta, la mejor, para que la recta final me fuese leve y este libro encontrase su lugar entre las estrellas del universo de las letras. Desde niña su nombre me es muy querido, Elisa, mi hermana pequeña. Sin ese gesto suyo, como sin el aliento divino aquella figura de barro nunca hubiera devenido una criatura animada, creo que yo solo nunca hubiera encontrado las fuerzas para llegar a este punto. Como la flor sin la luz del sol se chuchurre, la fe sin la mano de Cristo se ahoga, y el hombre solo se pierde en el drama de la necesidad que tiene de su prójimo, a ella le debe todo el que lea este libro la paciencia de sufrir la personalidad difícil de este escritor, sin cuya paciencia ni yo me hubiera aguantado a mí mismo.

También a mi hermano Antonio, mi hermano el albañil, que no dudó nunca en echarme un cable. Porque no sólo de la palabra de Dios vive el hombre le debe a él quien lea este libro que sus páginas estén sudadas, cuidadas al detalle, perfectas hasta volver loco al perfeccionista que necesitaba del trabajo físico para alejarse del mental y volver a la lucha contra las teclas con fuerzas renovadas. Sin su ayuda y su disposición rápida para meterme algún dinero en el bolsillo, trabajando como los buenos, difícilmente hubiera podido haber encontrado el tiempo para permanecer sentado frente a la máquina de hacer palabras el tiempo que me pedía este libro.

Cómo no, a mi hermana Mari, sin cuyo cariño y su arte para la cocina mis días hubieran sido interminablemente sosos y mi salud sin sus salsas y pucheros hubiera acabado por hacerse notar en estas páginas por las que el olor de sus paellas y carnes, animándome la sangre, terminaron por contagiar con su fuerza el mar de líneas por el que los lectores navegaréis enseguida hacia las costas de la Sabiduría, aquella "sabiduría escondida, hablada entre los perfectos, predestinada por Dios para sus hijos, que los príncipes de la Tierra no conocieron, pues si la hubieran conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria".

Saludo a mi hermano pequeño, el Benjamín, que siempre me trajo el aire fresco de la vanguardia musical, sin el que una parte de mi ser se ahoga, aunque sea difícil de explicar esta forma de ahogarse.

Cómo no, a Susana, mi hermana, y al Gran Jefe, mi cuñado, aunque sólo sea por su bigote ya se merece el saludo de un hermano. Y a toda su gente.

Saludo a los que están lejos, Jesús, Eduardo y César.

¿A quién podría dedicarles este libro que más se lo merecieran que a las dos personas que me trajeron al mundo? Que ya están en el Cielo. Y a sus dos hijos, Moisés y Celia, que se fueron con ellos, ella, la Celia, para esperarlos, y él, el Moisés, para reunirse con ellos. En la memoria de sus hijos e hijas, hermanos y hermanas vive su recuerdo en la esperanza de volver a encontrarlos en el Paraíso.