Historia Divina de Jesús

El Libro de la Vida

XXXI

En efecto, Dios, aquél maravilloso Primogénito de los dioses, aquél guerrero y rey de un imperio que integró en su día mundos sin número, aquél sabio que gozó descubriendo todos los secretos de la Ciencia de la Creación, aquél aventurero navegando por la tierra al otro lado del Orto del Infinito, aquél hijo de la Eternidad echándole carreras a las criaturas del paraíso de la Increación, aquél Ser yació como muerto a los pies de su Amada, la Sabiduría, su Esposa. Ella sería la primera cosa que El vería al abrir los ojos.

XXXII

¿Cuánto tiempo permaneció como muerto Aquél que era en su Inocencia más amado que cien mil universos? ¿Cómo diremos: Estuvo como muerto tanto tiempo?

¡Dios no tenía fuerzas para seguir viviendo, ni quería levantarse! ¿Qué le esperaba, la soledad eterna?

Pero al cabo abrió los ojos.

Flotaba su mirada sobre el horizonte, su pensamiento vagaba sin dirección. Entonces la encontró allí.

Abrió Dios los ojos y la encontró allí, a la hija del Infinito y la Eternidad, a su lado, susurrándole al oído sus palabras de amor. “Tú eres, Amado Mío, Dios Verdadero. El, nuestro Hijo, está en Tí”.

Entonces, de los labios divinos salieron estas palabras de vida:

Dios verdadero de Dios verdadero,

engendrado, no creado,

de la misma naturaleza que el Padre…

Tú-Dios, Hijo Unigénito

XXXIII

¿No habéis visto nunca a la mariposa blanca saltando alegre de flor en flor, cantando jocosa cada segundo de sus veinticuatro horas de existencia? ¿No os ha encantado jamás la canción del pájaro cantor entre los barrotes de su jaula, preguntándoos qué haríais vosotros en su lugar? ¿Os habéis parado alguna vez a contar las estrellas que caben en un rincón del puerto, cuando el rey sol rocía las aguas del mediodía con sus flechas doradas, capaces de enamorar a la dura piedra que algunos tenemos por corazón? ¡Qué bello es ver feliz de nuevo a quien se encontró perdido en los desiertos de su soledad insoportable! ¿Por qué un hombre tiene que medir la inmensidad de los cielos con el metro de la estatura de su cuerpo? ¿Cuántos años luz a la redonda cubre el alma que sonríe dichosa entre pájaros cantores y mariposas volando de galaxia en galaxia sin miedo a la eternidad y al infinito?

Es El, regresa, las estrellas se levantan sobre sus columnas, las galaxias baten palmas, los dioses cantan la danza de la victoria al fuego de la hoguera donde el Ave Fénix renació de sus cenizas para no volver jamás a ser pasto de sus llamas. Es el Gran Espíritu que reclama de nuevo el Señorío, por el Amor del Infinito y la Eternidad, y la Sabiduría, por fin, su Esposa le rodea y le sigue en júbilo. Miradla. ¿No la veis? De sus ojos emana la fuerza increadora que al principio iluminara el universo con sus misterios sin número. Ya no es la hija del Infinito, tampoco la Niña de los ojos de la Eternidad, ahora es Ella, la esposa del Dios de la Creación. Ahora El y Ella son una sola cosa, un solo Ser, una sola Realidad, y de su Brazo la Creación viaja, pendiendo de uno de los músculos del Brazo de su Esposo a la manera que un diamante en la oreja del Sol. Ah, matadme con pasas -dice Ella-, acribilladme con rayos de luna, despedazadme a besos, incineradme en horno de amores.

La Vida no para, el rostro tiene encendido de encanto y alegría. La tormenta se fue, el rayo se extinguió, el trueno se apagó. Y en el fondo del túnel, en lo más profundo de las tinieblas, en eso una lucecita comenzó a brillar entre las cenizas. La Sabiduria soplaba con cariño perfecto para no ahogar su candor. Y en el núcleo de aquella hoguera pequeñita el Fuego del Dios Verdadero y Unico comenzó a incendiar la Zarza. "Yo soy el que soy. Yo soy Dios Verdadero -se escuchó decir-. Abridme las Entrañas. Puertas de la Eternidad, abriros. Columnas del Infinito, alzaros. He aquí que doy a Luz a Tú Dios. Vive, Hijo mío."

Dios sólo les dijo a sus Hermanos estas palabras: “Este es mi Hijo Amado”. Y en estas cinco palabras estaba contenido todo el misterio del Futuro de la Creación entera. Los dioses se arrodillaron y vivieron la felicidad del Padre con la misma intensidad que vivieron la tragedia del que se fue. Les bastaba ver Su Felicidad para saber que Aquél era su Igual, el Compañero que Dios buscó en ellos y no pudo encontrar.

 

BTM