Historia divina
El Origen de los dioses
XXII
Este es el origen de los dioses del Cielo.
Nacieron a los pies del Monte de Dios. Les dio El sus nombres y El les dio a
conocer el Suyo. Su nombre era Yavé, El era Dios y ellos eran sus Hermanos.
Ellos eran los Hermanos De Yavé, el Primogénito de los dioses.
Nacidos Inmortales e Indestructibles, vivió
Yavé Dios con sus Hermanos un tiempo maravilloso. Su corazón se sació de la
compañía de sus Iguales. Su alma disfrutó de su victoria con la intensidad del
guerrero que baila la danza de los héroes tras la derrota del enemigo. Su
enemigo fue su Soledad, y ellos eran su victoria viva sobre el infierno que un
día El viera avanzar desde la soledad que se le incrustó en el corazón. Danzó
Dios con sus hermanos al fuego de la alegría cual David por las calles de
Jerusalén el día después de la derrota de Goliat.
Para sus Hermanos construyó Yavé Dios una
ciudad sobre la cima de su Monte. La rodeó de murallas, cada una de un bloque
entero, cada bloque de un color, cada color del color de una piedra preciosa.
Como si tuvieran vida propia, o una estrella en sus interiores que pulsasen sus
luces hacia las fronteras que nunca se acaban, de aquéllas murallas parten
firmamentos que colorean el Cielo y lo convierten en el Paraíso de las
Maravillas. Dentro de esas murallas divinas se construyó para sí y sus Hermanos
una Ciudad, y la llamó Sión. Ellos eran los dioses de Sión, los que viven en la
Ciudad de Yavé, la Jerusalén Eterna entre cuyas murallas indestructibles tiene
su residencia Yavé Dios, el Primogénito de los dioses.
XXIII
Desde sus muros los Hermanos De Yavé vieron
crecer la explosión de vida que jamás se para ni se detiene y viste al Paraíso
de Dios de bosques encantados y de cordilleras altas como Himalayas cuajadas de
águilas gigantes con huesos de hielo metálico, ingrávidos como plumas, sólidos
como el acero.
La desbordante fantasía divina que durante
tanto tiempo durmiera en el corazón del Guerrero se despertó sublime, y
llamando a la Sabiduría se fue con Ella a pintar en el lienzo celeste paisajes
más allá de la fantasía de nuestros más preclaros genios.
La inspiración del Creador en alza por la
presión de la felicidad que estaba experimentando, Dios concibió en su mente
una Nueva Creación. Tomó a los dioses y los guió al otro lado del orto del
Cielo, más allá de las fronteras en expansión continua del Paraíso. Como quien
invita a tomar asiento y sentarse a contemplar un espectáculo maravilloso, Dios
abrió la Creación del Cosmos.
XXIV
Ríos de energía creadora salieron del Brazo de
Yavé Dios. Enseguida el espacio se convirtió en un espectáculo de fuegos
artificiales producido por el artista más conspicuo.
Así fue como a la Noche le siguió el Día, y su
alba fue una nueva explosión de fuegos artificiales a plena luz de la aurora de
la Nueva Era que se había abierto.
Tal es el Origen del Cosmos. Transformó Dios
toda la materia increada que rodeaba a su Mundo en energía; acto seguido
transformó toda esta energía en Nueva Materia. Este es el origen de las
Galaxias.
Creó Dios el Cosmos para que siguiera
creciendo eternamente. Es como una onda que se expande sin perder la energía
original y duplica su radio por el cuadrado de la velocidad de la luz que
irradia hacia el infinito. Este río de energía luminosa desemboca en el campo
de espacio-tiempo que rodea a la Creación entera y comienza su viaje hacia las
estrellas. Este es el origen de las estrellas. Cuando nacen, siendo invisibles
el rayo y el océano por el que la energía navega desde el microcosmos al
macrocosmos, anuncian su nacimiento con una explosión de luz. Pues que el
nacimiento se produce en enjambres se habla de un Big Bang; pero es más
correcto hablar del encendido de una bombilla, no se produce destrucción sino
creación. Y más que de explosión de implosión. Error más grande aún es
concentrar la creación de materia en un sólo momento. No hubo un Big Bang, hubo
muchos, y no faltarán jamás, pues el proceso de transformación de la energía
cósmica en materia astrofísica es constante, autónomo, y se extiende hasta el
infinito por la eternidad, teniendo siempre en Dios la Fuente de la que se
alimenta el Océano de espacio-tiempo en el origen de la Creación del Cosmos.
XXV
Pero otro Día este movimiento estuvo a punto
de perecer y ser destruido para siempre.
Cuando Dios acabó de poner en movimiento este
proceso de creación hasta el infinito de materia, feliz con la alegría del
artista, del genio consciente de haber maravillado a su público, y loco de
alegría por decirles a sus Hermanos: “Venid, vamos a seguirle la pista a un
rayo de luz hasta las fronteras de nuestro universo; acompañadme, vamos a
seguirle la pista al águila de Andrómeda por las sierras de Orión”, cuando ya
su corazón latía con la felicidad perfecta, el Día del Origen de todas las
cosas dio un giro y se transformó en el día más duro de su existencia.
¿Qué se encontró por respuesta a Su invitación
en los labios de los dioses, sus Hermanos?
En los labios de los dioses colgaba pesada
como una losa la verdad que acababan de descubrir. “Yavé Dios era el único y
verdadero Dios”.
Ellos eran sus Hermanos porque en su necesidad
de ese Igual se había entregado Yavé Dios de tal manera a vencer la Soledad que
un día le rodeó con su Infierno, que al superar la última frontera, la creación
de vida a Su imagen y semejanza, creyó encontrar la Victoria Final que se le
estuvo negando.
XXVI
Los trató como a Hermanos verdaderos y
verdaderos dioses; los adoptó por Hermanos con la sinceridad y entrega del que
lo da todo y se olvida de todos los momentos malos y se sumerge en los buenos
por venir sin miedo alguno a ser alcanzado de nuevo por las tormentas que
descargaron sobre su soledad sus rayos y truenos. ¿Pero ahora que habían
descubierto en Yavé Dios al Dios Verdadero cómo podrían engañarse creyéndose lo
que ellos no habían sido nunca?
Ellos eran criaturas. Sólo eso, criaturas.
Como esas galaxias que El estaba creando, como el propio Cielo que los parió,
como el Universo que acababa de nacer. ¿Cómo podrían volver a mirarle con los
ojos del que se cree Igual, otro miembro de su Familia? ¿Cómo impedir que sus
rodillas se doblasen y adorasen a su Señor y Creador? ¿No sabían ellos que en
cuanto Yavé Dios pusiese los ojos sobre ellos se le partiría el alma al ver en
sus ojos el fracaso del Guerrero que buscó en ellos al Hermano que nunca tuvo y
nunca tendría? ¿Cómo podrían ellos seguir al Dios Único por los espacios
cósmicos cuya inmensidad no comprendían y cuyas fuerzas sólo podían ser
disfrutadas por Aquel que había nacido entre ellas?
El Origen de los dioses, su origen, el origen
de los Hermanos De Yavé, era éste, y ahora ellos lo sabían. Su origen fue la
necesidad que tuvo el Guerrero de vencer la Soledad que se había apoderado del
Sabio Todopoderoso que estaban viendo en acción. Ellos habían sido su victoria;
y ahora eran su fracaso. ¿Cómo alzar las cabezas y atreverse a abrir la boca:
¿Qué le iban a decir: Lo sentimos, Señor y Creador nuestro, pero te
comprendemos?
XXVII
Y así fue. Cuando Yavé Dios, el Primogénito de
los dioses, abrió la Creación de las galaxias y volvió su rostro hacia sus
Hermanos, cuando fue a abrir su boca para invitarlos a navegar por el Cosmos se
encontró con sus Hermanos de rodillas, sin atreverse a mirarle a los ojos y
sufriendo ya lo que sabían que iba a suceder. Y lo sabían porque lo conocían
tan bien, lo querían tanto que sabían que El reaccionaría como iba a
reaccionar, como reaccionó, como estaba reaccionando. “¡Yavé Dios, Señor y
Único Dios Verdadero!”, fue la declaración que brotó de sus labios. En estas
cuatro palabras estaba contenido todo el misterio de su pasado, de su vida, de
su presente, de su futuro: Señor Único, Dios Verdadero.
XXVIII
Yavé Dios miró en el interior de sus Hermanos
y vio en sus mentes como tú y yo vemos a través del cristal.
No dijo Dios nada. No dejó traslucir emoción
ninguna. La ilusión quebrada del genio que termina su obra y espera la
aclamación alegre de su público incondicional y entregado, se convirtió en la
tristeza del que descubre en la sala el silencio absoluto. Sin saber cómo
reaccionar, sino solamente darse la vuelta y desaparecer del escenario sin
dejar rastro de su existencia, Yavé Dios se perdió en las distancias al otro
lado del Cosmos recién creado.
Y a medida que se fue retirando del escenario
de su Creación aquella soledad eterna e infinita suya, contra la que había
levantado todo este espectáculo maravilloso, empezó a crecerle en el ser como
una estrella sembrada en su alma por el mismo Infierno.
Más le quemaba el fuego de su Soledad Eterna
más rápido se alejaba Yavé Dios de todo lo que amaba. Más rápido corría huyendo
de su destino, más le ardía en el ser aquélla estrella de los abismos. Más le
quemaba su fracaso más se apoderaba de su ser la rabia, la cólera, la
impotencia, la frustración. Más le crecían estas emociones incontrolables más
su Gran Espíritu aceleraba su carrera hacia más allá de los espacios infinitos.
XXIX
Y mientras navegaba sin control huyendo de su
propio destino la tormenta se desató en su corazón. La Eternidad, el Infinito,
la Sabiduría, ¿por qué le dejaron llegar a esta situación? ¿Por qué el Día que
tuvo su primer sueño no se lo borraron de la cabeza? ¿Qué pecado había cometido
para haber sido expulsado de su paraíso increado al infierno de una creación
que le era una prisión? ¿Quién o qué le había condenado a esta cadena perpetua?
¿Qué o quién había firmado su condena a soledad eterna? ¿Cuál era su crimen?
¿El día que soñó con la inmortalidad para todas las criaturas por qué no le
arrancaron el pensamiento de su mente? ¿Tan grave fue su delito para haber sido
expulsado de su paraíso y haber sido condenado de esta manera? ¿De qué le
servía haber descubierto al Creador en su Ser si con el descubrimiento le había
tocado esta sentencia? ¿Toda su victoria se había reducido a una ilusión? ¿De
qué le valía ser el que era si no tenía a nadie con quien disfrutar de su Ser,
y nunca lo tendría? ¿Con quién iba a reir cuando le estallara el corazón de
alegría? ¿Con quién iba a navegar por las galaxias a la aventura del
descubrimiento de nuevas fronteras? ¿A quién le hablaría de Tú a Tú si hasta
los dioses se arrodillaban mudos, incapaces para dirigirle la palabra de Igual
a Igual?
Se apoderó de su Ser una angustia tan
devastadora y mortal que Yavé Dios creyó volverse loco de dolor.
XXX
Desesperado, loco de dolor, dio riendas
sueltas a su tragedia y de su Brazo todopoderoso y omnipotente obuses de
energía destructora se extendieron por los espacios reduciendo a escombros toda
materia que encontraron en su camino. “¿Prisión? No, cementerio”, le gritó Yavé
Dios a la Eternidad y al Infinito cuando la explosión de su dolor se hizo
incontenible. “¿No queréis mi muerte? Yo os cavaré mi tumba”.
Loco de dolor, sintiéndose vencido y hundido,
incapaz de triunfar sobre su Soledad, de aquel mismo Brazo que hacía nada
habían salido campos de energía transformadoras del universo antiguo en unos
nuevos cielos llenos de colores y sonidos, como el que transforma con su magia
el desierto en un vergel paradisíaco repleto de aves exóticas y de toda suerte
de criaturas fantásticas, de ese mismo Brazo mágico salieron en aquella Hora
terrible rayos de energía destructora que agarraron a la misma luz y la
retorcieron hasta destrozarla bajo el peso de su velocidad infinita.
El Guerrero y el Sabio como poseídos por el
insufrible dolor de la derrota estaban entregados a destruir lo indestructible,
destruirse a sí mismo, y en su destrucción enterrar con El al Infinito y a la
Eternidad, un cementerio digno para un Dios, una tumba a su medida.
XXXI
¿Cómo entender aquélla Hora de catarsis
liberadora que Dios vivió a gritos? ¿Cómo atreverse a imaginar la naturaleza de
los campos de energía antimateria que en su dolor extendió Dios por los
espacios ultra cósmicos? ¿Cómo describir que en su dolor inimaginable el
recuerdo del amor tan grande que le habían inspirado sus Hermanos triunfara
sobre su tortura y no alcanzaran los rayos de su desesperación al Mundo que
había construido sólo por ellos y para ellos? ¿Con qué números y con qué tipo
de medidas calcularemos el tiempo y la intensidad de aquella Hora de catarsis
liberadora? ¿Cuántos kilos de energía destructora podía generar Dios antes de
caer rendido, como muerto a los pies de la hija del Infinito y la Eternidad?
Como muerto, sin ganas de respirar, sin
fuerzas para abrir los ojos, sin deseo de volver a despertar.
¿Cuánta materia habría de ser quemada y
reducida a tiniebla antes de alcanzar el cansancio su Brazo y caer su Ser
rendido sobre el cementerio que a su alrededor había levantado?
¿Qué altura debía de alcanzar la fosa entre
cuyas paredes tenebrosas sería enterrado un Dios? ¿Qué peso le daremos a la
losa para la fosa de un Dios?
¿Cuánto tiempo estuvo cavando Yavé Dios para
sí mismo su tumba?
¿Cuándo, en qué momento todo su dolor se
transformó en tinieblas flotando en los espacios ultra cósmicos, y Dios cayó
como muerto, sin fuerzas, rendido por la catarsis liberada?
XXXII
En efecto, Dios, aquél maravilloso Primogénito
de los dioses, aquél guerrero y rey de un imperio que integró en su día mundos
sin número, aquél sabio que gozó descubriendo todos los secretos de la Ciencia
de la Creación, aquél aventurero navegando por la tierra al otro lado del Orto
del Infinito, aquél hijo de la Eternidad echándole carreras a las criaturas del
paraíso de la Increación, aquél Ser yació como muerto a los pies de su Amada,
la Sabiduría, su Esposa. Ella sería la primera cosa que El vería al abrir los
ojos.
XXXIII
¿Cuánto tiempo permaneció como muerto Aquél
que era en su Inocencia más amado que cien mil universos? ¿Cómo diremos: Yació
como muerto tanto tiempo?
¡Dios no tenía fuerzas para seguir viviendo,
ni quería levantarse! ¿Qué le esperaba, la soledad eterna?
Pero al cabo abrió los ojos.
Flotaba su mirada sobre el horizonte, su
pensamiento vagaba sin dirección. Entonces la encontró allí.
Abrió Dios los ojos y la encontró allí, a la
hija del Infinito y la Eternidad, a su lado, susurrándole al oído sus palabras
de amor. “Tú eres, Amado Mío, Dios Verdadero. El, nuestro Hijo, está en Tí”.
Entonces, de los labios divinos salieron estas
palabras de vida:
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre…
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