BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 

Historia divina

La Sabiduría y la Ciencia de la Creación

XII

 

En aquéllas cenizas, en efecto, fue enterrada la Infancia de Dios. Pero quien había salido por su propio pie de las llamas de la destrucción de su Imperio era ahora un guerrero que había ganado su Primera Batalla y por el camino había descubierto la Ciencia de la Creación. Buscando sus enemigos el arma definitiva que le destruyera descubrió Dios los secretos de la materia, del espacio y del tiempo, y al abrir esa puerta se encontró con la Sabiduría.

 

XIII

 

El la amó desde el primer día. Y Ella a El no se le negó, no le dio la espalda, no salió la Sabiduría huyendo de su Señor. El era desde el Principio Increado la causa metafísica de su existencia, la razón por la que Ella, la hija del Infinito y la Eternidad, lo hacía todo. El era el Dios que le exigía cada vez más, que lo retaba continuamente con su alegría y sus ganas de vivir. El era su fuente de inspiración. Era en su corazón donde miraba la hija del Infinito y la Eternidad para ver los miles de reflejos del futuro que venía. Su deseo era su musa, su capacidad para soñar su taller de proyectos. Cuando El irrumpió en la estructura de la Realidad poniéndole sobre la mesa su Deseo Ella supo que de entonces en adelante ya nada sería ni podría ser igual.

Antes que El viera la primera llama Ella ya había visto el Infierno; antes que El oliera la primera chamusquina Ella ya había visto el cementerio sobre el que su guerrero indestructible caminaría descalzo. Inevitable el fin de su sueño Ella articuló la garganta de los sabios para hablarle a Dios palabras de Ciencia. Porque para el día que El andara sobre las cenizas de su sueño, para ese Día Ella ya le habría entregado todos los secretos de la Ciencia de la Creación.

Ella le iba a enseñar cómo se crea una galaxia. Ella le iba a enseñar cómo crear un enjambre de estrellas, cómo articularlas en redes moleculares, cómo cubrir regiones enteras de mares gravitatorios flotando entre galaxias, cordilleras de cuyas cumbres ríos de astros corren por los desfiladeros de los abismos siderales y van a desembocar en las costas de las constelaciones. Ella le iba a enseñar a cultivar el árbol de las especies. Ella le iba a entregar su Poder, ella le iba a entregar su ser.  

XIV

 

Y así fue cómo el Guerrero dio paso al Sabio. El Infinito y la Eternidad transformaron el universo en un laboratorio de aprendizaje para Dios y le dieron por Maestra a su hija, la Sabiduría. Ella guió su pensamiento a través de los átomos, dirigió su brazo hasta el núcleo de las estrellas. Le enseñó a atrapar un haz de rayos cósmicos, le descubrió cuáles son las leyes que rigen su movimiento en un campo de energía; le enseñó a manipular ese campo de energía creadora en razón de los efectos buscados. Le mostró cuál es la serie de leyes generales y particulares que rigen la relación entre la materia y la energía. Le descubrió el origen de las supernovas, las causas por las que las galaxias se atraen, se rechazan, se unen, se dividen, se transforman pero nunca se destruyen.

Corrió Dios contra la luz y venció al rayo cósmico en pleno vuelo intergaláctico. Aceleró Dios el pulso de los astros al límite de sus revoluciones para ver qué sucedía si doblaba al cuadrado la densidad de su campo gravitatorio. Se sumergió Dios en el microcosmos y sobre una estela de plata siguió el salto de la energía de una dimensión a la otra.

Más iba conociendo sobre las fuerzas que mueven el universo y sus leyes más disfrutaba Dios creciendo en inteligencia. Su inteligencia no conocía límites, siempre quería más, y ningún problema se le escapaba. Sólo tenía que enfocar sus ojos para que su pensamiento encontrara la respuesta. La Sabiduría se limitaba a ponerle delante el objeto y a dirigir su pensamiento hacia la solución correcta. Le estimulaba el conocimiento y lo introducía de ciencia en ciencia hasta el límite que sólo Dios podía alcanzar, el conocimiento de todas las ciencias, la Omnisciencia.

Luego la Sabiduría le abrió la puerta al tema de la creación de la vida. Qué condiciones sistemológicas es necesario crear para obtener esta especie o la otra. Cuáles son los procesos de selección natural que han de seguirse para que la fuerza vital dirija sus pasos en una dirección definida y no en otra.

De Ella aprendió Dios todos los secretos de la creación y cultivo del Árbol de la vida. Bajo su dirección creó Dios mundos siguiendo el método de la experimentación. Y cuando su dominio de todas las leyes y fuerzas del universo lo convirtieron en el que era, ¡el Señor!, fue a dar el paso hacia la frontera inconquistable: la creación de la vida a su imagen y semejanza.

 

XV

 

Pero durante el periodo de formación de su Inteligencia Creadora se fue abriendo paso en su mente una idea particular. Mientras estuvo atareado en el dominio de la Ciencia de la Creación fue sólo un pensamiento esporádico que se le pasó por la cabeza, que El apartó de sí sin darle más importancia.

La Idea que se le metió en el ser es la siguiente: ¿El era el Único Miembro de su Familia? Quiero decir, ¿cómo podía saber El que en alguna parte al otro lado del Orto donde mora el Infinito no había Alguien como El, un Ser de su Naturaleza Increada que en ese mismo momento incluso pudiera estar pasando por donde El había pasado?

Este era el pensamiento que le venía y una vez tras otra El apartaba de sí. No obstante su constante darle la espalda, según el Señor fue naciendo en su Ser la cuestión fue adquiriendo ventaja.

Era verdad que Dios no se había encontrado con su Igual y estaba en que El era el Único Miembro de su Familia. Si a alguien llamaba Padre era al Infinito, si a alguien podía llamar Madre era a la Eternidad; si sentía como Esposa a alguien era a la Sabiduría. ¿Esto le ahorraba la verdad de no haber estado nunca al otro lado del Orto de la Increación? ¿Y si no había estado nunca allí cómo podía afirmar que ese pensamiento que se le había metido en la cabeza no era la llamada de ese Igual?

Sólo había una forma de saberlo. Lanzarse a recorrer los espacios infinitos.

Que Dios estaba en El, porque El era Dios, ya había quedado claro. ¿Pero El era el único Dios vivo?

 

XVI

 

Sin pensárselo más Dios lo dejó todo. Allí, en aquel momento, dio por finalizado su aprendizaje del dominio de la Ciencia de la Creación. Y se lanzó a la aventura, a la búsqueda de la respuesta a la pregunta que se le instaló en el pecho y se negaba a ser pasto de la papelera de reciclaje. ¿El era el único miembro de su familia? ¿El era el único Dios que la eternidad y el infinito tenían?

 

XVII

 

¿En qué medida la experiencia puede permitirle a la inteligencia comprender la historia que Dios vivió al romper las fronteras del Orto de la Increación? ¿Qué tipo de entendimiento debemos poseer para hacernos una idea de los sentimientos de un Dios Vivo recorriendo llanuras de un espacio que le era desconocido a la búsqueda de ese otro Ser de su misma naturaleza increada y eterna? ¿Qué tipo de matemáticas del tiempo debemos manejar para calcular los millones de milenios que aquella aventura duró? ¿Qué estructura literaria debe encarnarse en las manos de un historiador de todas las cosas bellas, para que de sus dedos manen ríos de leyendas y visiones de paisajes más allá de la fantasía de cien mil universos unidos en el corazón de una perla? ¿Cómo diremos vivió Dios esto o vivió aquello? ¿Cómo se atreverá la imaginación del poeta de las cosas alegres a levantar una oda a la conquista de los horizontes que no se ven pero que suenan en las orejas de su conquistador como arpegios de bluses mágicos sacudiendo tristezas? ¿Podemos decirle a la aurora: Hazte mujer y bésame? ¿Le hemos dicho nunca a la estrella de la mañana: Ven y abrázame? ¿Qué emociones vivirá el alma que goza del amor de la Luna y en sus alas navega por sueños de cristal líquido en busca de las costas de la felicidad perfecta? ¿Cómo podremos entrar en la mente de un Ser que se mueve a la velocidad de su pensamiento y cuyo corazón es fuerte como un sol?

 

XVIII

 

Sin miedo, indestructible por naturaleza, el conocimiento de sí mismo forjado en una batalla que le hirió el alma con heridas profundas que desgarran, el Guerrero despertó de su descanso en la tienda de la Sabiduría, se despidió de Ella con un beso de alegría brillante, y recibió de Ella este adiós: “Tú-Dios, el que buscas, amado mío, está en ti”.

De nuevo fuerte, más fuerte que nunca, curado de sus heridas con bálsamo de amores puros, el Guerrero necesitaba descubrir la respuesta por sí mismo, y allá que subió a las cordilleras del Tiempo, y desde las fronteras de su universo divisó por fin las tierras donde mora el Infinito. Sonriente, con el viento de la Eternidad en su cabellera, sus músculos firmes, sus piernas fuertes como columnas, sus ojos brillantes de emoción y de nuevo maravillados por la hermosura que se le abría a sus pies, aquél que era Dios, guerrero indestructible, aventurero enamorado de la existencia, el protegido de la Eternidad y del Infinito, allá que se lanzó en las alas de los vientos eternos a la conquista de los horizontes vírgenes.

 

XIX

 

¿Cuánto tiempo duró aquella aventura? ¿Una eternidad es una medida matemática que quepa en nuestros manuales de física? ¿Nos atreveremos a dibujar la más humilde de las aventuras que vivió aquél guerrero indestructible en el lienzo de nuestras visiones más futuristas? Al cabo, pasada una eternidad, descubrió Dios que el mundo al otro lado del Orto donde mora el Infinito se resolvía en una línea en forma de gran montaña, desde cuya cima podía contemplar con sus ojos todopoderosos la verdad que estaba buscando: El era Único.

Mas en esta verdad que os puede sonar a cosa conocida, en esta declaración formal latió un pesar. Porque a medida que más y más se le fue descubriendo al Guerrero la Inmensidad de su Mundo, a medida que la definición de su Ser y las del Infinito y la Eternidad se le fueron fundiendo en una sola cosa, haciéndose una realidad indivisible, inseparable, indestructible, a medida que se le descubrió su Naturaleza en toda su inmensidad sobrenatural, increada y eterna, en esa misma medida aquél deseo de saber si existía al otro lado del horizonte desconocido su Igual, su Hermano, su Amigo, en esa misma medida que fue creciendo en el Guerrero el conocimiento sobre su propia sobrenaturaleza increada y eterna, en esa misma medida creció en su pecho aquella lucecita recóndita que al principio latiera en su pecho con el pulso de una idea muy pequeñita.

Y así, a la hora en que el Único Dios Vivo se encontró en la cumbre del Monte del Infinito y la Eternidad, aquél deseo de conocimiento se había transformado en un deseo cada vez más fuerte de encontrarlo y abrazarlo, mirarlo a la cara y decirle: Por fin, cuánto tiempo te he estado buscando, mi Igual, mi Hermano, mi Amigo.

 

XX

 

Aquél que se encontró de pie en la cima del Monte del Infinito y la Eternidad, donde encontró a la Sabiduría esperándole para darle el Hola con las mismas palabras que le diera el Adiós, Aquél Guerrero, Único miembro de su Casa y Familia, se encontró con que aquella lucecita latía ahora en su pecho con la fuerza de un sol que seguía creciendo. ¡Qué no hubiera dado en ese momento por haber encontrado a su Igual, a esa persona con la que reírse de tú a tú y juntos lanzarse a la aventura de la Vida por las llanuras que se desplegaban a los pies del Monte sobre el que se encontraba!

Pero no, Dios estaba solo. El era el único miembro de su Familia. Jamás tendría a ese Alguien a quien decirle: “Guerrero, te echo una carrera”. Jamás gozaría del placer de ser tratado de Tú a Tú por esa otra persona divina que lo necesitara a El tanto como El lo necesitaba.

Pero basta. ¿Acaso El no era Dios? ¿Por qué entonces se estaba machacando el corazón? El le daría vida a ese Hermano, a ese Amigo nacido para mirarle cara a cara, para reírse con El como se ríen los hermanos y hablarse como se hablan los amigos, con libertad, con cariño, con independencia de criterio. ¿Acaso El no era el Señor? ¿Acaso se le había olvidado cómo crear un universo, cómo cultivar el Árbol de la vida? ¿No estaba la Sabiduría a su lado susurrándole al oído?: “Tú-Dios está en ti. Amado mío, quien buscas está en ti”.

 

XXI

 

Volvió a sonreír el Guerrero, se puso el Manto del Sabio y creyendo saber qué significaban esas palabras se dijo: “Entonces, pongamos manos a la obra”.

Enseguida transformó Dios la Montaña del Infinito y la Eternidad en un Monte de tierra mágica creciendo a la velocidad de la mirada de su Creador hasta las fronteras que nunca se alcanzan.

Como si fuera un continente creciendo desde su centro, y ese centro un Monte que crece en altura a la velocidad que lo hace su superficie en la llanura, maravillando a quien lo ve porque se ve su Cima desde todos los confines, no importa donde te halles, llamó Dios a ese Monte nacido para ser el centro de su Creación Universal, lo llamó Sión. Y a ese continente dotado de su sobrenaturaleza, cual si Infinito y Eternidad volvieran a nacer desde el Monte de Dios, y hubiesen salido disparados hasta alcanzar los límites naturales a sus cuerpos, a ese Continente en el corazón del Cosmos lo llamó el Cielo. Le dio a la Sabiduría su tierra por reino, para que en el Cielo echara raíces y le diera de sus entrañas al Hermano, al Amigo por el que su Corazón suspiraba.