Historia divina
Origen e Infancia
de Dios
I
La Eternidad, el Infinito y Dios nacieron juntos. No hubo un Antes y un
Después. Ni los tres miembros de la Trilogía Increada nacieron a la manera que
los seres humanos entendemos el hecho de nacer. ¿Tiene padre el Infinito? ¿Qué
madre le daremos a la Eternidad? ¿Qué fecha de nacimiento pondremos en el libro
de familia de Dios? ¿Qué edad le supondremos a un Ser que es una sola cosa con
el Espacio, el Tiempo y la Materia? ¿Cómo hablaremos de la edad del universo
sin referirla a un fragmento de la línea de la existencia de Dios en el
Infinito y la Eternidad? ¿Y cómo de alta será la montaña de sucesos creada por
un Ser que vive desde la eternidad?
Un cosmos increado por patria, indestructible por naturaleza,
inteligente por vocación, aventurero nato, amante irremediable de la Vida y sus
mundos, su vida una aventura perpetua por los mares incógnitos de las galaxias.
¿Con qué palabras podríamos dibujar en el lienzo de nuestro entendimiento la
imagen de ese Ser Divino en navegación constante por el océano de las galaxias?
¿Qué fronteras le daremos a su universo? ¿Qué propiedades a su espacio-tiempo?
¿Cuántas páginas abarcarían las crónicas de sus aventuras?
Ahí va. Las estrellas a su voz se apartan, las constelaciones al verle
pasar le saludan. Corre el león de Mercurio por la llanura entre campos de
planetas de todos los colores atípicos, singulares, esbeltos, sutiles, lo
alcanza su Gran Espíritu y le grita, “vuela criatura, sígueme hasta los
confines del universo”. Una galaxia como un lago de luz acaramelada, con el
alba de Júpiter en el núcleo, encierra en sus aguas delfines con gafas de
infrarrojos saltando de sistema sideral en sistema sideral; de pronto ven al
Gran Espíritu acercarse corriendo junto al león de Mercurio y se lanzan a
perseguirle por los espacios donde mora el Orto. ¿Con qué ojos verá Dios los
colores de un campo de energía que con sus brazos abarca diez mil
constelaciones? ¿Con qué cabellera suelta al viento de las galaxias sentirá El
la brisa que recorre los espacios infinitos? ¿Con qué manos y pies escala su
Gran Espíritu las cumbres luminosas de los universos invisibles, paralelos,
perdidos, ponientes, prófugos? ¿Cómo le afectará a Dios el tiempo que se tarda
en alcanzar la llanura al otro lado de los cúmulos estelares más remotos? ¿En
qué direcciones estelares extenderá su corazón sus alegrías cuando se encuentre
al otro lado de las orillas de un cinturón de galaxias? ¿Cómo reacciona su
corazón al sentir el nacimiento de la vida en las profundidades del mar de las
constelaciones sumergidas?
La perla de la vida en su ostra sideral. Un mundo, otro mundo, una
civilización nueva con sus singularidades típicas, con sus particularidades propias,
otro desafío del barro primordial al fuego creador y destructor de todas las
cosas. El avanza por las olas de los mares cósmicos descubriendo nuevos mundos;
de cúmulo estelar en cúmulo estelar lleva la alegría del aventurero
imperecedero a costas desconocidas. Abre las alas de su Gran Espíritu y se
lanza a velocidad infinita por las llanuras cósmicas; siente el impulso del
viento que recorre los espacios sutiles y ora juega con la luz a ser su jinete
y ella su corcel brillante, ora la convierte en un rayo que recoge en su
carcajaj desde donde las flechas luminosas salen disparadas al cielo níveo, se
incrustan en el corazón de una estrella Nova y la transforma en Super. El tiene
la Eternidad por delante; a su alrededor se extiende el Infinito.
Aquél era Su mundo, Su universo, Su paraíso original. No tuvo
principio, no tendría fin. Hacia donde quiera que su Espíritu girase las
estrellas y sus mares luminosos extendían sus costas. ¿Cuántos sistemas
estelares se pueden recorrer en una eternidad? ¿Cuántas páginas le calcularemos
al libro de Su vida? ¿Cuántas ramas le contaremos al árbol de Su experiencia?
¿Cuántos mundos, cuántas razas, cuántas civilizaciones conoció Dios antes de
revolucionar la estructura de su mundo y convertir la realidad cósmica en su Creación
propia? ¿Cuál es el volumen de Su memoria? ¿Cuántos recuerdos Su mente almacenó
antes de provocar en aquel universo increado suyo la transformación final de la
que nosotros somos el fruto?
II
En efecto, la Increación fue la Infancia de Dios. Todo lo que Dios
conocía había sido así, había estado siempre ahí. Cambiaban las formas pero
Dios no recordaba que antes hubiera habido otra cosa. Y no lo recordaba porque
no la había habido. Es decir, antes de la Creación fue la Increación, pero
antes de la Increación no hubo otra cosa.
El Infinito, la Eternidad, Dios, eran los miembros de la Trilogía
Cósmica. Todo pasaba, todo fluía, la vida y muerte de los mundos, el
nacimiento, desaparición y renacimiento de las galaxias. Siempre había sido
así, desaparecían las formas pero la esencia permanecía. La Muerte reducía a
polvo todo lo que vivía, mas del polvo el ave fénix de la vida renacía siempre.
Las hojas se les caían a las ramas del Árbol de la vida cuando soplaba el
viento de la Muerte, se quedaban peladas, frágiles en su desnudez, mas al cabo
el fuego de la vida renacía en la savia de los universos y se vestía de nuevo
con frutos más hermosos, espléndidos y generosos. ¡Dios, cómo amaba El su
mundo! El Infinito y la Eternidad le tenían hechizado con su Sabiduría. Eran
para El padre y madre; y El era para ellos la razón por la que todo permanecía
en movimiento constante. ¿Cómo entrar entonces, por dónde pasar y contemplar la
memoria de Aquél que era la razón, la causa, el sentido de la existencia de todas
las cosas? Y si tuviéramos que comparar cada universo con la célula de un árbol
¿cómo calcular en el papel el número del Árbol de la Vida? ¿O cómo adivinar los
nombres con los que fue conocido Aquél que permanecía para siempre cuando todas
las cosas pasaban? ¿Y cómo sentir la experiencia divina de Aquél que se paseaba
de universo en universo llevando consigo la alegría de la existencia a todos
los mundos adonde iba? ¿Hacia dónde ir, hacia dónde no ir? ¡Qué pregunta! Hacia
donde sople el viento, hacia donde la luz de la aurora de un nuevo universo
anuncie su nacimiento, hacia los confines al otro lado del Orto, adonde la
aventura ronde, adonde no se estuvo nunca antes. Porque lo más hermoso siempre
está por llegar, porque lo más bello es siempre lo que aún no se ha visto,
¡adelante, que los soles celebren fiesta y bailen la danza de las abejas
mágicas! Dios vuela sobre las alas del águila de las estrellas, se acerca
cabalgando en el caballo de los universos lejanos, al trote se acerca, se baja
en las orillas del río de la Vida, le da de beber a su corcel, mira al
horizonte y sonríe porque sobre las altas cimas de los cúmulos distantes ha
descubierto el fulgor de una estrella de nieve.
Nada le detiene. Su pulso nunca pierde el control. El miedo no lo
conoce. Ni conoce más cosa que la alegría de la aventura. No sabe qué es la
envidia, ni el mal. Jamás estuvo en guerra alguna. No necesitaba conocer la
verdad, porque no conocía la mentira.
La verdad era El, la verdad era el Infinito, la verdad era la
Eternidad. La verdad eran los colores del arco iris brillando bajo un sol
estival bravío. La verdad era un campo florido en primavera. La verdad era un
mundo naciente bajo un sol de diamantes pulidos, tres lunas orbitando alrededor
del planeta madre, un enjambre de naves partiendo de paseo por la galaxia
origen, y luego el silencio de las almas que regresan al barro primordial de la
Vida. ¡Cómo no maravillarse, cómo no reírse, cómo pasar de largo y rechazar la
invitación de la Vida a participar en su aventura! El que era increado se hacía
personaje, se dejaba inscribir en el registro de la historia soñada y allá que
se dejaba maravillar por el genio creador de la Sabiduría.
Así pasó El su Infancia. Tal fue la infancia de Dios.
III
Pero un día se despertó en Dios un deseo. Aquél día Dios tuvo un deseo.
Aquel deseo llevaba en su núcleo la impronta entera del corazón en cuyo pecho
nació. Vamos a ver, la Sabiduría era su hermana; Ella movía por El todas las
cosas, por El convertía Ella la energía en materia y la lanzaba al espacio
iluminando las distancias con aquéllos fuegos artificiales en el origen de
nuevos universos; luego sembraba la semilla de la vida en los nuevos campos
estelares y los universos se llenaban de criaturas. Al cabo de los tiempos la
Vida le cedía su lugar a las olas de la Muerte. Y todas las criaturas
desaparecían del universo como castillos en una playa que borra la marea. ¡Sí!
Todas sin excepción desaparecían entre los dedos del tiempo como agua, como
polvo del desierto. Tal era el destino de todas las criaturas durante la
Increación. Había sido siempre así. La Vida y la Muerte formaban parte del
sistema cosmológico increado. Sólo por Dios y para Dios el barro cobraba forma,
la Sabiduría le inspiraba aliento de vida y lo convertía en seres animados.
Pero sólo por un tiempo. A su hora la Vida dejaba paso a la Muerte y sus olas
secaban aquél barro primordial del que habían sido formadas todas las
criaturas. El polvo regresaba al polvo. Cenizas a las cenizas. Sólo El, Dios,
era indestructible.
Entonces Dios pensó: ¿no sería maravilloso que todas las criaturas de
su universo naciesen para disfrutar la Inmortalidad? ¿No sería genial que al
regresar de sus viajes por esos mares remotos e incógnitos, cargado Su corazón
de aventuras fabulosas volviera a encontrarse, como el que vuelve a casa, con
sus amigos queridos?
Sí, ¡Inmortalidad para todas las criaturas del Universo! Este fue Su
sueño. Tal fue Su deseo. Un deseo hermoso.
Y lo tuvo con tanta intensidad que con los ojos despiertos Dios ya vio
su universo trasformado en un paraíso habitado por mundos sin número. Pueblos
de galaxias y planetas distantes compartirían un mismo pan, sobre la mesa de
esa Civilización de civilizaciones los logros y avances de sus sociedades
originales. Un universo lleno de vida y color. Como enjambres de pajarillos
recorriendo los bosques a cielo abierto, como muchedumbres de criaturas
cabalgando las llanuras. Y El corriendo, volando con ellos, abriéndoles
horizontes, trazándoles nuevas rutas por las estrellas.
En el sueño que le inspiraba su deseo ya se veía Dios sumergiéndose en
las profundidades del océano cósmico en busca de nuevas perlas. Y la Sabiduría,
su hermana, su amiga de aventuras dejándole pistas entre las estrellas,
maravillándole con una nueva victoria sobre la capacidad divina para ser
sorprendido. Ella haría realidad Su sueño. La hija del Infinito y la Eternidad
vestiría de inmortalidad a todos los vivientes.
Este fue el deseo que creció en el corazón de Dios. La cuestión es:
¿podría ser realizado ese sueño?
Bueno, en cuanto a El, El no tenía ninguna duda al respecto. Su Fe en
el Poder de la Sabiduría Increadora para superar el reto que le ponía sobre la
mesa, creación de vida inmortal, su Fe no conocía la Duda.
De todos modos la cuestión estaba ahí, y su implicación no era menos
vasta y profunda. ¿Pues qué consecuencias provocaría en el Sistema Cósmico
Increado semejante transformación de estado? Naturalmente Dios estaba más allá
de las implicaciones y sus consecuencias. Su Fe en la Sabiduría Increadora era
tan ciega que en ningún momento se le ocurrió dudar de su Poder para realizar
dicha transformación de estado. El puso manos a la obra.
Ahora bien, ¿por dónde empezar a hacer realidad su sueño? ¿Por la
Inmortalidad de la especie como primer estadio hacia la Inmortalidad del
Individuo, por ejemplo? Pues claro que sí. ¡Perfecto!
IV
Lo que de entonces en adelante vivió Dios, lo que Dios hizo desde ese
día ¿podemos imaginárnoslo, comprenderlo, recrearlo? Se levanta un Ser
extraordinario en las estrellas, su propósito es unir a todos los mundos que
aparecen y desaparecen en el espacio y el tiempo y crear una Civilización de
civilizaciones que vencerá todos los problemas. Juntas en un Todo Universal esa
Civilización de civilizaciones se abriría al cosmos de las galaxias que se
extienden hasta el Infinito. Dios estaría al frente de ese Imperio Cósmico. El
guiaría a los primeros mundos al encuentro de los últimos, los uniría a todos,
les enseñaría a ser libres, a disfrutar de las maravillas del universo. Y
siempre habría más.
La experiencia que tenía Dios de su encuentro con mundos de todas
clases la puso al servicio de su sueño. Y enamorado de su sueño, Inmortalidad
para todas las criaturas, puso manos a la obra. Abrió rutas entre las estrellas
y puertas entre las constelaciones, descubrió nuevos mundos y extendió sobre
sus civilizaciones Su Cetro, les dio a los reinos que se fueron formando Cartas
Magnas. Dirigió sus evoluciones tecnológicas hacia el encuentro en la tercera
fase, integró a todos los reinos así formados en un Imperio y unió a su Persona
la Corona. El en persona se integró en aquél Mundo de mundos como el Rey de
reyes y Señor de señores en cuya Palabra tenían todos los pueblos su garantía
de crecimiento y coexistencia pacífica y libre.
Su Palabra era el Verbo, y el Verbo era Dios.
V
Y así fue. Con el tiempo aquél Imperio creció y extendió sus fronteras
a las estrellas más remotas de los cielos increados. ¿Cómo dibujar en el lienzo
de nuestra imaginación las propiedades y la naturaleza de aquella Civilización
de civilizaciones que extendió su gloria por el mar de las estrellas? ¿Qué
Biblioteca sobre los Orígenes y la Historia del Imperio en que Dios había
transformado la Increación llegó a formarse con el tiempo? ¿Con cuántas
Historias Particulares se compuso su Historia Universal? ¿Cuál fue el número de
las ciencias que los sabios de aquél Imperio dominaron, registraron,
cultivaron?
La Sabiduría, invisible y bella, amante y alegre, desde su trono
luminoso y transparente sobre todas sus criaturas extendía su protección e
inteligencia, y en todas las cosas su alma maravillosa se manifestaba
moviéndolo todo con un sólo propósito: descubrirle a Dios las leyes que rigen
el Universo.
Este, Su universo, se llenó de mundos alegres y aventureros con una
sola preocupación en la vida, disfrutar del tiempo de existencia que a cada
individuo se le había otorgado. Porque aunque la vida era hermosa, magnífica,
impresionante, y las ganas de vivir no se acababan nunca el hecho es que el
tiempo era limitado y el paso de las criaturas por el mundo, efímero. Como las
nubes de primavera que sobre su tumba de mayo lloran sus últimos días ante la
cuna del verano, como el caudal del río que cruza la tierra de Este a Oeste
pero se acerca al océano de sed insaciable, así era la vida de todos los seres
de aquél Imperio que Dios había levantado con sus manos y amaba tanto. El dolor
del último abrazo, la pérdida del amigo que desapareció mientras estabas de
viaje, la lágrima que no recogiste de aquel ruiseñor que se murió con la pena
de no haber expirado entre tus brazos, oh Señor, el rumor tierno de un príncipe
al que amaste con el sentimiento de un hermano y se desvaneció en las brumas de
su inocencia regalándote besos, bendiciones y amores por los días que le diste,
por haberle dado la oportunidad de conocerte, por haber hecho de su vida una
historia digna de ser vivida aunque el aliento estuviera sometido a la ley del
silencio final. Ah, el crujido de la rosa cuando sus pétalos mueren entre los
dedos de la tormenta. El anuncio del fin de la felicidad perfecta escrito en
sangre sobre un futuro sin defensas contra la flecha que certera busca su
pecho. Hiere su núcleo, desgarra su pensamiento, hasta el corazón le llega la
lanza.
VI
Un día la Muerte despertó de su letargo y reclamó para sí corona y
cetro. Quiero decir, si te dicen que Ese de quien se dice ser Dios no puede
hacer realidad su deseo ¿entonces qué te respondes?
Si eres sabio o simplemente aspiras a la sabiduría te contestarás que
aquel deseo divino, Inmortalidad para todas las criaturas, este deseo implicaba
una revolución estructural cuyas consecuencias habrían de alcanzar al propio
Dios.
Si eres de los que siempre optan por las cosas fáciles y eliges la
opción de los ignorantes te responderás que ese Ser no puede ser Dios de
verdad, porque para un Dios Verdadero no hay nada imposible.
Pues pasó eso. Con el tiempo Dios superó la primera fase de su Deseo y
transformó su universo en un Imperio de Mundos con orígenes en las más diversas
estrellas de los más remotos sistemas solares. Estaba avanzando hacia la última
fase de su proyecto -Inmortalidad para el Individuo- cuando la Duda se hizo.
Quiero decir, los Mundos habían alcanzado la Inmortalidad y contaban
sus años por millones que no se acaban nunca, pero el individuo seguía siendo
mortal. Y aquí es donde nació el problema.
Mientras el individuo nacía para morir, y la Inmortalidad no entraba en
la estructura formal de su lógica, la vida no sufría la Muerte. Mas al conocer
el individuo que existía la posibilidad de la Inmortalidad y descubrir que el
origen de esa posibilidad estaba en el Rey de reyes y Señor de señores de aquel
Imperio de las estrellas, la idea de vivir inmortalmente y tener que morir
irremediablemente provocó en la estructura mental de una parte de los vivientes
un choque violento. “Pues si El es Dios Verdadero, y a un Dios Verdadero no se
le puede negar nada porque para El todo es posible ¿cómo es que deseándonos la
Inmortalidad nos vemos sujetos a las Muerte?”, se preguntaron los ignorantes,
por ignorantes violentos.
Esta cuestión tan elementalmente lógica, tan racionalmente sencilla,
fue el caldo de cultivo donde se desarrolló la Duda. Y la Duda condujo a la
Negación de la existencia de Dios. Y en la carne de esa Negación se incubó el
virus de la Guerra. No siendo el Rey de reyes y Señor de señores del Imperio de
las estrellas Dios en toda la extensión teológica y existencial de la palabra,
seguramente habría alguna forma de destruirlo. Lo único que había que hacer era
buscar el arma que le destruyese.
VII
Aquella Guerra Universal tuvo lugar antes de la creación de nuestro
Cosmos. Aquella Guerra Apocalíptica tuvo su origen en la Duda, y la Duda
condujo a todos a la Destrucción.
Fue aquella una guerra que dividió a todos los mundos y los enfrentó a
muerte. La parte violenta, la parte que negaba la existencia de Dios y daba por
muerto al Rey de reyes en cuanto descubrieran el arma definitiva, esta parte
eligió la suerte de los ignorantes, amó la locura de los necios y emprendió una
evolución sobre líneas torcidas en dirección a la transformación del ser en una
nueva especie de criatura infernal, adicta del Poder, enamorada de la Guerra, su
voluntad por ley, su ley más allá del bien y del mal. Descubrieron la Ciencia
del bien y del mal y la llevaron a sus últimas consecuencias.
La parte que eligieron los sabios, la Fe, el amor a la Verdad aunque no
pudieran comprenderla, esta parte amó a Dios y se negó a aceptar el argumento
del ateismo materialista de los violentos. Estaban de acuerdo en que el
argumento de los ignorantes abría una brecha en la Fe Universal en el origen
del Imperio, pues ciertamente no se podía entender que la Muerte no doblase sus
rodillas ante Dios. Y sin embargo ¿quiénes eran ellos? Exacto, ¿quiénes eran
ellos para entender cómo este conflicto entre la Vida y la Muerte que con su
deseo había provocado Dios le estaba afectando a la estructura de la Realidad
Universal?
Por supuesto que no, los sabios, pacíficos por sabios, nunca aceptarían
jamás la legalidad del argumento en la base del ateísmo científico de los
violentos. ¿Qué se escondía detrás de aquella negación irracional sobre la
Existencia de Dios sino una pasión incontrolable por el Poder? Adonde querían
llevarlos los apóstoles del ateísmo era a una guerra universal, de la que
contra toda sabiduría esperaban salir como vencedores para imponerles a todos
un status demoníaco. Y no debía hablarse más. Esta era la verdad y por mucha
ciencia en retorcer los argumentos que se inventaran los Padres de la Duda esta
era la luz de la verdad que brillaba al fondo de sus sistemas de pensamiento.
¿Qué diferencia había entre la Duda y la Locura? La Ignorancia para entender la
naturaleza del conflicto cósmico que en su inocencia había provocado Dios: los
Padres de la Duda por Método la vistieron de ciencia, luego hicieron de la
ciencia una nueva religión, el Ateísmo Científico, y después le declararon la
Guerra a la Fe. Esta, porque conocía a Dios, y aunque en su corazón no pudiera
comprender la naturaleza del conflicto que Su deseo había provocado en la
Increación, sabía que aquella guerra sería el principio del fin de todas las
cosas.
Este argumento de los sabios, pacíficos por sabios, no les valió de
nada a los señores de la Guerra. La Duda era la verdad, la Duda estaba en
ellos, ellos eran la verdad. Con semejante estructura lógica, corrompiendo la
Lógica hasta retorcerla y transformarla en una irracionalidad típica de bestias
demoníacas, les respondieron los malos a los buenos.
VIII
Cuando Dios descubrió lo que estaba pasando sus ojos se quedaron
paralizados en sus órbitas. Y se quedaron congelados en sus órbitas porque no
entendía ni podía comprender qué estaba pasando. ¿Eso era la Guerra? ¿Cuál era
su origen y cuál su meta? ¿Qué buscaban los enemigos de su Imperio y qué fuerza
misteriosa habitaba en sus corazones rebeldes e incorregibles?
El Poder. El ejercicio del Poder se había convertido en la locura del
Poder. El Poder volvía loco a quien lo ejercía. Ah, la locura del Poder. ¿Cómo
era posible que una criatura nacida para ser un suspiro de la materia se
atreviese a levantarle la voz a Dios? ¿Era esta locura por el Poder uno de los
efectos de la Ciencia del bien y del mal?
IX
Al principio fue como un fuego que nace, lo apagas y crees que ya está
solucionado el problema. Pero te das la vuelta y ves otro incendio creciendo y
devorando alguna otra parte de tu mundo. Corres, llegas, apagas también este y
otra vez crees que ya nunca volverá a suceder, porque todo el mundo ve que el
fin al que conduce todo mundo que cae en las redes de la Ciencia del bien y del
mal es regresar al polvo del que fuera tomado.
No hay piedad, no hay destino. Ninguna lágrima es suficiente para
apagar este fuego. La violencia en la oposición entre el Bien y el Mal crece en
la misma progresión geométrica que los incendios que crea a su alrededor.
Apenas apagas uno nace el doble más allá. Apagas éstos y la progresión
geométrica sigue su curso. Vuelven a nacer dos incendios más allá. Corres hacia
allí, los apagas y salen el doble más allá en la distancia. Cuando vienes a
darte cuenta la propia progresión geométrica te ha cercado y te encuentras en
un Infierno. Sus llamas están devorando todo lo que has levantado con tus
manos. Te opones, te resistes, le declaras la guerra final a tus enemigos,
porque tú eres el enemigo, el objetivo que busca el Infierno. Los mundos son
sólo peones en un juego que se te escapa pero que es tan real como la destrucción
masiva de los mundos que un día fueron el orgullo de tus ojos. ¿En qué se han
convertido esos mundos? En polvo vagando como nebulosas sin rumbo que llevan en
sus entrañas todo lo que quedó de lo que amaste un día.
Así fue. Aquél Imperio de Mundos que tuvo a Dios por Fundador y Rey de
reyes pereció en la guerra de su propio apocalipsis.
X
La rapidez con la que he pasado por la memoria de la forja y
destrucción de aquel Imperio no debe cegar la inteligencia a la hora de los
cálculos a cuyos pies he depuesto los límites de mi pensamiento. Lo que fue no
puede ser cambiado, sólo lo que será ha sido puesto en nuestras manos, y si ya
es difícil dirigir el curso de lo que es hacia lo que será ¡cómo atreverse a
penetrar en cosas que fueron antes del nacimiento de la primera galaxia que
llena nuestro Cosmos!
El hecho fue que, con el sabor en la boca de quien se comió un dulce y
le reventó en el estómago el pastel, Dios se encontró solo sobre las cenizas de
aquel cementerio que la Ciencia del bien y del mal había dejado a su paso.
Aquél árbol -de la Ciencia del Bien y del Mal- le ofreció a Dios su fruto y
Dios no lo cogió. El no alargó su mano. Lo tentó la Muerte y no se dejó
engañar. Por nada del mundo estaba El dispuesto a convertirse en un Dios de
dioses, todos fuera de la ley, todos inmunes al brazo de la justicia. Antes la
destrucción que ver su Imperio convertido en el Reino del Infierno.
XI
En aquéllas cenizas, en efecto, fue enterrada la Infancia de Dios. Pero
quien había salido por su propio pie de las llamas de la destrucción de su
Imperio era ahora un guerrero que había ganado su Primera Batalla y por el
camino había descubierto la Ciencia de la Creación. Buscando sus enemigos el
arma definitiva que le destruyera descubrió Dios los secretos de la materia,
del espacio y del tiempo, y al abrir esa puerta se encontró con la Sabiduría.
|