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Nadie sabía adónde se iba Jesús ni qué hacía cuando desaparecía de
aquella manera. Sencillamente desaparecía. Desaparecía sin avisar, sin dar
explicaciones. Sus desapariciones podían ser de días, de semanas incluso. Si
sus primos Santiago y José preguntaban por ahí, a ver si alguien había visto a
su Jesús, todos ponían la cara del que no sabe nada de nada.
¿Dónde se metía Jesús?
Bueno, esto no era fácil de decir. Pero donde quiera se metiera
regresaba de donde hubiese estado como si tal cosa. Luego regresaba todo
pancho, les soltaba una excusa cualquiera a todos los que con aquella
preocupación tan natural le demostraban cuánto le querían, “he tenido que
atender un negocio urgente”, por ejemplo, y corto y cambio, tema cerrado.
Insistir más no merecía la pena; al final Jesús se echaba a reir y los tontos
parecían ellos.
“¿A qué vienen esas
preocupaciones, Santiago, hermano? ¿A ti te falta de algo? ¿Tus hijos están
malos? Tienes salud, dinero y amor, ¿qué más puede querer un hombre?”. ¿No lo
dije? Era imposible enfadarse con Él. No sólo tenía toda la razón del mundo, si
encima te lo decía con aquella sonrisa en los ojos al final el tonto parecías
tú por preocuparte sin motivos.
102
Las únicas que parecían ni sorprenderse ni escandalizarse por sus
desapariciones eran las Mujeres de la Casa. Para mayor sorpresa de Santiago y
sus hermanos, las Mujeres no querían ni oir hablar de reproches. ¿Qué misterio
era el Suyo para tenerlas encantadas de aquella manera?
¿Misterio? ¿Por qué tenía encantada a su Madre, a su tita Juana y a su
tita María?
Sí que había misterio. Uno muy grande.
Resulta que cuando Él se iba se producía en la casa un milagro. Los
sacos de harina no se agotaban nunca; aunque sacasen la harina a palas. Las
tinajas de aceite jamás se vaciaban, por muchos litros que regalaran el aceite
jamás bajaba su nivel en las tinajas. Y si alguna de ellas se ponía enferma las
tres Mujeres de la Casa sabían que Él regresaba porque enseguida se ponían
buenas. Y como estas cosas todas las demás. Así que ¿cómo no iba a tenerlas
encantadas? Eso sí, a la hora de responderles a ellas o a sus primos de dónde
venía o qué había estado haciendo Jesús se limitaba a mirarlas y les daba por
toda respuesta un beso cubierto de sonrisas.
103
¿Adónde iba? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía? Creo que fue el décimo
tercer apóstol quien dijo que Jesús se iba a implorarle a su Dios con potentes
lágrimas misericordia para todos nosotros.
El origen de esas lágrimas no nos debe resultar un río extraño
conociendo la fuente de la que manaron. Era el Hijo de Dios, de la misma
naturaleza que su Padre, quien miraba cara a cara el futuro de la obra que iba
a realizar, y viendo el Destino hacia el que conducía a sus Discípulos el
corazón entero se le partía.
¿Cómo no buscar en su Padre una alternativa viable distinta que
alejase de los suyos el destino hacia el que con su Cruz los arrastraba?
Y lo que es más trágico, cuando su sangre lo arrastraba a la
fragilidad de la existencia humana y se preguntaba cómo podía estar seguro que
lo que iba a hacer era la voluntad de Dios, en ese momento el peso de ese
Destino lo aplastaba, se le clavaba en el pecho y le arrancaba lágrimas de
sangre viva. ¿Cómo podía estar seguro que lo que iba a hacer era lo correcto?
¿Por qué la Cruz de Cristo y no la Corona de David?
La tensión, la presión, la naturaleza humana en su desnudez le
golpeaba el cerebro y el alma con la visión de los cientos de miles de
cristianos a los que Él conduciría al martirio. Un Destino que podría
ahorrarles con sólo aceptar la Corona que el pueblo en masa Le ofrecería. ¿Qué
hacer? ¿Cómo saber? ¿Y con qué medios resistirse al consuelo que le ofrecía su
Padre? Porque después del Día de Yavé vendría el Día de Cristo, un Día de
libertad y gloria: el Rey en su Trono de Poder dirigiendo los ejércitos de su
Padre hacia la victoria.