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Una vez hallados los portadores de los rollos mesiánicos, después del
nacimiento de la Virgen, Zacarías reunió en su casa a Helí, padre de José, y a
Jacob, padre de María. Lo que tenían que decirse los dos hombres era mucho. El
descubrimiento del Alfa y la Omega había revolucionado sus vidas y el futuro de
sus hijos ¡de qué manera! Zacarías, emocionado, dejó correr su alma.
¡Qué increíble es la Sabiduría! Creen los fuertes tener estrangulados
a los débiles bajo el peso de sus almas insensibles y violentas, ya los
pequeños se abandonan al destino que los grandes quieren escribir en sus
espaldas con el látigo de su maldades perversas. Los sueños de libertad dejan
de planear sobre el horizonte cediéndole el paso a las tinieblas, las ilusiones
yacen ya rotas a los pies de sus ejércitos. Pero de pronto la Sabiduría se da
la vuelta. Ya está cansada de ser perseguida, de no ser alcanzada nunca. Se
vuelve la hija del viento, fija sus ojos en los atletas del pensamiento, uno le
implora ser él, otro le promete amor eterno. Ella no abre la boca, la Sabiduría
ha elegido a su campeón, avanza hacia él, le da la mano, lo levanta del polvo,
le guiña el ojo y ella misma le da la corona de la vida. Atónitos,
enloquecidos, escandalizados por su elección, porque puso sus ojos en el último
entre ellos, porque le dio sus favores a quien no era nada, ellos, los
despreciados del Destino, se conjuran entonces con las tinieblas para destruir
a la Eterna. Ella, la Esposa del Omnipotente, se ríe; su Esposo levantó las
galaxias con un solo movimiento de sus manos; le bastó abrir los labios una vez
sola para que temblara el Infinito. Ella es la niña de sus ojos, ¿qué podrá
temer de los planes de los genios?
Allí estaban sus hombres. Los dos ríos que Ella ocultara bajo tierra y
todos dieran por desaparecidos habían aflorado y, misterio para el asombro y la
entonación de nuevos salmos, lo habían hecho por la misma boca de tierra.
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Helí y Jacob se presentaron sus hijos. La Hija de Salomón y el Hijo de
Natán estaban vivos. La Virgen en su cuna, José mirándola de pie entre los
hombres.
Habló entonces Simeón el Joven palabras de Sabiduría: La ignorancia,
amigos, tiene al género humano encadenado al poste del can nacido para vigilar
la puerta de su amo- dijo-. Creó Dios al Hombre para gustar las mieles de la
libertad de un Sansón inmune a los hechizos de Dalila. El Diablo pérfido se
olvidó de su condición divina, envidió la humana, y habiendo acabado poseyendo
la de las bestias aúlla alucinado a las estrellas del Infierno que adora por
Paraíso. Cobarde, con la cobardía del que funda su grandeza sobre el cadáver de
un ejército de niños, la Serpiente ha enloquecido creyendo poder seguirle al
águila la pista que su estela escribe en las alturas. No temáis, amigos, Él
está con nosotros. El Águila Sagrada otea desde el risco invisible cada
movimiento del Dragón; ya respira, ya el fuego tenebroso sale de sus hocicos,
los músculos del Gran Espíritu se tensan como arcos prestos para la batalla; si
avanza un pie, el Guerrero salta de su sueño pacífico en la tienda del Sabio y
echa mano de su flecha, rápida como el rayo, fuerte como el trueno. Lo que aquí
estamos viviendo es el alba de un nuevo Día que ya desparrama su aurora sobre
los ojos inmaculados de la inocencia de vuestros hijos.
Que en sus cuevas planeen los enemigos del Reino de Dios sus planes de
destrucción, que se escondan en los laberintos de los hipogeos del Poder los
enemigos del Hombre, nosotros no tememos nada, Dios está con nosotros. Tiene el
arco tenso, lleva la espada afilada, su escudo nos protege. ¿Si es más grande
el Diablo que nuestro Salvador por qué huyó a esconderse después de matar a
Adán? ¿Huye el león de la gacela? ¿Se arrodilla el vencedor ante el trono del
vencido? Que tiene hambre el Diablo, que se coma las piedras; que tiene sed,
que se beba toda la arena del desierto. Vuestros hijos están lejos de sus
garras.