Historia de Jesús
El nacimiento de la hija de Salomón
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Sobre la línea del horizonte
Jacob de Nazaret escribía palabras de poeta: Ay mujer, ¿qué haré si nadie me
enseñó las leyes y los principios de la ciencia del engaño? ¿Por qué no me
quieres inocente? Si me duele la costilla y de la herida brotas tú como un
sueño ¿qué quieres que haga?
Jacob tenía el alma de un
poeta perdido en una galaxia de versos de Sarón, aquel Lirio de los valles
canta que canta a una sabiduría esquiva y dolida por los amores de su rey.
Matán, su padre, se casó con María, tuvieron hijos e hijas. Jacob era su hijo
mayor.
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En aquéllos días de
insurrecciones contra el Imperio del Oeste y de invasiones del Imperio del
Este, la Galilea sometida al saqueo y al pillaje, campo de batalla de todas las
ambiciones de las demás gentes, Jacob de Nazaret se convirtió en el brazo derecho
de su padre. El muchacho, a pesar de no ser tan muchacho, yo diría más bien que
era todo un hombre ya, no se había casado aún. No porque se le hubiera pasado
el tiempo sacrificando su juventud a la prosperidad de sus hermanos y hermanas.
En el pueblo se decía eso. Yo no diría tanto. Él tampoco lo diría. ¡Qué poco le
conocían! No tomó mujer porque soñaba con ese amor extraordinario y paradisíaco
de los poetas. ¿Realizaría su sueño en aquél mundo de metal y piedra?
Tal vez sí, tal vez no.
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La verdad es que Jacob de
Nazaret tenía la madera del Adán que conquistó a Eva al precio de dejarse
arrancar una costilla. Para Jacob el primer poeta del mundo fue Adán. Jacob se
imaginaba al Primer Patriarca desnudo entre las fieras del Edén. Lo mismo
echándole una carrera a la pantera que interponiéndose entre tigre y león
durante una disputa por la corona de su amistad. Para Jacob que cuando Adán iba
a bañarse al río los grandes lagartos del Edén se salían de las aguas. Y si
veía a las aves del Paraíso posarse sobre el Árbol Prohibido de una pedrada las
espantaba para que vivieran y no murieran. Luego, al caer la noche, se tumbaba
panza arriba soñando a Eva. La veía corriendo a su lado con sus cabelleras
largas como manto de estrellas, desnudos al sol de la primavera perenne del
Edén. Al despertar le dolía a Jacob la costilla de la soledad.
Lo mismo que aquel Adán del
Edén, Jacob de Nazaret se sentaba contra el tronco de uno de los árboles de la
explanada del Cigüeñal a soñar con ella, su Eva. Una de aquéllas tardes de
ensoñaciones poéticas apareció por el camino del Sur un doctor de la Ley que
decía llamarse Cleofás.
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Entretanto, al otro lado del
reino de Herodes, en la Judea, la entrada del jefe de la Gran Sinagoga de
Oriente, un Mago llamado Ananel, revolucionó el panorama al ser elegido este
Ananel para el sumo sacerdocio.
Para muchos la elección de
Ananel cerró el descabezamiento del Sanedrín que Herodes llevó a cabo el día
después de su coronación. Lo juró y lo hizo. Les juró a todos sus jueces lo que
le vino a la cabeza hacerles el día que fuera rey y, cuando contra todo
pronóstico fue rey, no se olvidó Herodes de su palabra. Excepto a los hombres
que le anunciaron su futuro, los degolló a todos. No dejó escapar a uno solo de
los cobardes que dejaron pasar la ocasión de aplastarlo cuando lo tuvieron bajo
la planta de sus pies. Después fue y confiscó todos sus bienes.
La entrada en escena del Jefe
de los Magos de Oriente -pensando en su reconciliación con el pueblo- le
simplificó a Herodes la tarea. Más aún cuando como presidente del Sanedrín le
puso Ananel sobre la mesa un plan de reconstrucción de las sinagogas del reino,
que al rey no le costaría un euro y a su corona le reportaría el perdón de la
Historia.
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Ya sabéis que a raiz de la
persecución de Antíoco IV Epífanes la gran mayoría de las sinagogas de Israel
fueron arrasadas. La guerra de los Macabeos y las posteriores hazañas bélicas
asmoneas impidieron la reconstrucción de las sinagogas desde aquellos entonces
en ruinas.
Ahora que la Pax Romana se había
firmado era la oportunidad.
Está claro que si la
financiación de aquel proyecto de reconstrucción hubiera dependido de Herodes
la siembra de sinagogas por todo el reino no se habría materializado nunca.
Otra cosa era que la financiación corriera a cargo de capital privado. Como así
fue, el proyecto fue llevado a término por sus promotores.
En cuanto a los clanes
saduceos la costumbre de las clases sacerdotales de administrar los tesoros
templarios en beneficio de sus bolsillos también hubiera impedido la ejecución
del proyecto de reconstrucción de todas las sinagogas del reino. Al ser elegido
Ananel como Presidente del Sanedrín y contar su proyecto con el apoyo de los
hombres de Zacarías, de quienes para las fechas dependían las decisiones
finales del Senado Judío, el proyecto podía y pudo salir para adelante. Ni
Herodes ni nadie de fuera del círculo zacariano fue capaz de imaginar qué
objetivo secreto se escondía detrás de aquél plan tan generoso de
reconstrucción sinagogal. De haber Herodes sospechado algo otro gallo hubiera
cantado. El hecho es que Herodes mordió el anzuelo.
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La historia judía dice que al
poco de haberse firmado el proyecto Ananel fue destituido del sumo sacerdocio
por instigación de la reina Mariana a favor de su hermano pequeño. Bueno, no lo
dice con estas palabras porque el historiador judío enterró en la ciénaga del
olvido aquél proyecto. Lo que sí dice es que un favor muy flaco fue el que le
hizo la reina a su hermano pequeño, pues apenas fue elevado al sumo sacerdocio
vino a ser asesinado por el mismo que lo encumbrara. Pero bueno, estos
pormenores tan típicos del reinado de aquél monstruo no vienen a cuento en esta
Historia. El hecho es que Zacarías y sus hombres recibieron libertad total de
movimiento para materializar aquel generoso proyecto de reconstrucción de las
sinagogas del reino.
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Las manos libres para dirigir
la reconstrucción sinagogal el problema que debía superar Zacarías era elegir a
la persona adecuada. Está claro que no podían enviar a Nazaret un cantamañanas.
Si el enviado descubría el objetivo detrás de un proyecto tan amplio y costoso
y se iba de la lengua el futuro de la Hija de Salomón quedaría condenado. El
elegido tenía que ser un hombre inteligente y ambicioso al que la elección le
supusiera una especie de destierro. Cegado por lo que él consideraría un
castigo toda su energía se dirigiría a terminar su misión y regresar a
Jerusalén cuanto antes. Y aquí es donde entra en escena aquél doctor de la Ley
que decía llamarse Cleofás.
Cleofás de Jerusalén
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