Historia de Jesús
La Saga de los Precursores
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Tras la muerte del Asmoneo, después de la regencia de la reina
Alejandra, mientras Hircano II ocupaba su puesto de sumo sacerdote, después de
la guerra civil contra su hermano Aristóbulo II, suscitó Dios el espíritu de
inteligencia en Zacarías, hijo de Abías.
Llamado al sacerdocio por ser el hijo de Abías, Zacarías enfocó su
carrera en la administración del Templo hacia el área de la Historia y la
Genealogía de las familias de Israel. Confidente de su padre, con quien
Zacarías compartía su celo por la venida del Mesías, mientras su padre y su
socio el Babilonio dirigieron la búsqueda del heredero de la Corona de Judá,
Zacarías concibió en su inteligencia abrir los archivos del Templo. Cuando el
fracaso de la búsqueda de los legítimos herederos de Zorobabel fue un hecho
consumado, Zacarías se juró que no descansaría hasta poner patas arriba las
estanterías, y ¡por Yavé!, que no pararía hasta dar con la pista que le
condujese a la casa del heredero vivo de Salomón.
El templo de Jerusalén cumplía todas las funciones de un Estado. Sus
funcionarios actuaban como una burocracia paralela a la de la propia Corte.
Registro de nacimientos, sueldos de sus empleados, contabilidad de sus
ingresos, Escuela de Doctores de la Ley, todo este engranaje funcionaba como un
organismo autónomo.
Los puestos de poder eran hereditarios. El ascenso en aquella escalera
proto-teocrática también dependía de las influencias de cada aspirante. En
nuestro caso, siguiendo siempre con la lógica sucesión de los acontecimientos
que determinarían el Nacimiento de Cristo, en cuanto aspirante, el aspirante
Zacarías tendría a su favor las tres fuerzas clásicas con las cuales cualquier
hijo de sacerdote hubiera podido llegar a lo más alto de la pirámide teocrática
jerusaleña.
Zacarías, el marido de Isabel y futuro padre del Bautista, en tanto
que aspirante a una de las posiciones más altas del Templo, la de Director de
los Archivos Genealógicos e Históricos de Israel, el, Zacarías, contaba con la
jefatura espiritual de su padre, Abías, el profeta particular del Asmoneo, que
le sobrevivió y seguiría siendo una figura clave en las guerras civiles
asmoneas, superándolas y viviendo la integración final del reino en el Imperio
bao Pompeyo el Grande. Zacarías contaba también con la influencia y el apoyo
total de uno de los hombres más influyentes dentro y fuera del Sanedrín, Simeón
el Babilonio, el Semayas de las fuentes tradicionales judías. En éstas a Abías
se le llama Abtalión, una deformación del original hebreo, con cuya perversión
de las fuentes hebreas el historiador judío pretendió ocultar a los ojos del
futuro las conexiones mesiánicas entre las generaciones anteriores al
Nacimiento y el propio Cristianismo. Y sobre todo y lo más importante, Zacarías
contaba con el espíritu que su Dios le había dado para llevar a buen término su
empresa.
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Al mando Dios de la saga de los restauradores que lideraran Abías,
padre de Zacarías, y Simeón el Babilonio, padre de Simeón el Justo - cuyos
nombres, he dicho, fueron pervertidos por los historiadores judíos postreros
con el fin de enraizar el origen del cristianismo en la mente de un loco -
volvió Dios a repetir el juego que se diera entre sus dos siervos suscitando en
el hijo de Simeón el espíritu precursor que engendrara en el hijo de su socio.
Habiéndole negado a los padres la victoria, porque la gloria del
triunfo se la había reservado a sus hijos, mayor el de Abías que el de Simeón,
quiso Dios en su Omnisciencia que el hijo de Simeón, Simeón como su padre,
tuviese por maestro al hijo de Abías, cerrando la amistad que entre ellos ya
existía con lazos que siempre perduran.
También, como su padre, Simeón el Joven parecía nacido para disfrutar
de una existencia cómoda y feliz, lejos de las preocupaciones espirituales del
hijo de Abías.
Astilla de tal palo, Simeón el Joven unió su futuro al de Zacarías
poniendo a su servicio la fortuna que heredaría de su padre.
Muy tonto debía ser un hombre -hablando de Zacarías- para apoyado en
tales poderes fracasar en su intento de elevarse a la pirámide de la burocracia
templaria y alzarse en la cumbre como Director de los Archivos Históricos y
Genealogo Mayor del Estado Teocrático en que, tras la conquista de Judá por
Pompeyo el Grande, quedó convertido el antiguo reino de los Asmoneos. Esta
incapacidad superada por la inteligencia sin medida que le diera su Dios para
abrirse camino, Zacarías llegó a la cima y plantó su bandera en la cúspide más
elevada de la estructura del Templo.
Los tiempos de todos modos eran difíciles. Las guerras civiles
asolaban el mundo. El horror se instauró por norma. Pero gracias a Dios el
fracaso de Simeón y Abías se cerró con un final feliz compensatorio.
Tras la muerte de la reina Alejandra pasó lo que ya se vio venir desde
hacía mucho. Aristóbulo II reclamó para sí la corona, se enfrentó en el campo
de batalla a su hermano Hircano II y se llevó la victoria. Pero si soñó con
legalizar su golpe de Estado no tardó en ver su equivocación.
El mundo no estaba ya para regresos a los días de su padre. Los
propios saduceos se negaban ya a perder las prerrogativas que el Sanedrín les
había conferido. Ni a saduceos ni a fariseos les convenía una vuelta al status
quo anterior a la inauguración del Sanedrín. Obviamente a los fariseos menos
que a los saduceos. Así que se convino en hacer entrar en escena al padre del
futuro rey Herodes, palestino de nacimiento, judío a la fuerza. Por orden de
los fariseos Antípatro contrató al rey de los árabes para expulsar del trono a
Aristóbulo II.
La maniobra de cargar el peso de la rebelión sobre los hombros de
Hircano II fue una estratagema del Sanedrín para quedar al margen en caso de
derrota de las fuerzas contratadas. La guerra en curso la situación se resolvió
a favor de Hircano gracias a la presciencia divina, que interpuso entre los
hermanos al general romano del momento, en paseo triunfal por las tierras de
Asia. Hablamos de Pompeyo el Grande.
Tras conquistar Turquía y Siria el general romano recibió una embajada
de los judíos rogándole interviniera en su reino y detuviera la guerra civil a
la que las pasiones los habían arrastrado. Estamos en los años sesenta del
siglo primero a.C.
Pompeyo aceptó hacer de árbitro entre los dos hermanos. Les ordenó que
se presentasen inmediatamente a rendirle cuenta de las razones por las que se
estaban matando. ¿Quién era Caín, quién era Abel?
Pompeyo no entró en discusiones de esta naturaleza. Con la autoridad
de un master del universo habló palabras de sabiduría y dio a conocer su juicio
salomónico sobre el caso. Desde ese día y hasta nueva orden el reino de los
judíos quedaba convertido en provincia romana. Hircano II quedaba reestablecido
en sus funciones de jefe de Estado y Antípatro, padre de Herodes, como jefe de
su estado mayor. En cuanto a Aristóbulo debía retirarse a la vida civil y
olvidarse de la corona.
Y así se hizo. Después Pompeyo se fue con las águilas romanas a
completar su conquista del universo mediterráneo, dejando las campanas doblar
en Jerusalén por la solución adoptada, de todas las peores la mejor.

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