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Después de aquella
orgía de crueldad y locura ya nada podría ser igual. La ambición de unos, el
fanatismo de los otros, todo los había conducido a semejante callejón sin
salida.
Un rey alza su locura
asesina, la deja caer contra los extraños, de acuerdo, ¿pero cuándo en toda la
historia del reino de Judá rey alguno se alzó contra su propio pueblo para
cometer un crimen semejante?
La fama ganada a los
judíos por los Macabeos se encontró al día siguiente de la Matanza de los
Ochocientos reptando por los abismos más bajos de la decencia y el respeto
debido a una nación por otra. Tachados de monstruos devoradores de sus hijos,
los que hasta ayer se paseaban entre los gentiles reclamando para sí la
condición de Pueblo Elegido el día siguiente tuvieron que esconderse de las
miradas de todos como si huyesen del propio Satán. Pero volvamos a Jerusalén la
Santa.
Por un tiempo el grito
de dolor y pena mantuvo en calma la sed insaciable de venganza de los
familiares de los Ochocientos. Pero tarde o temprano el odio a muerte se
desparramaría y recorrería las calles sembrando de muerte las aceras. ¿Quiénes
serían los primeros en ir cayendo?
En las esquinas, en
las oscuridades de los callejones, bajo cualquier portal. A cualquier hora, en
cualquier ocasión.
¿Los verdugos
extranjeros del rey?
¡No! Serían ellos, los
saduceos. Serían los hijos de Aarón, todos sacerdotes, todos santos, todos
sagrados, todos inviolables, los primeros que conocerían la venganza. Pues que
la venganza no se podía comer al rey se cebaría en las carnes de sus aliados.
Cuñados, primos, suegros, yernos, mujeres, suegras, abuelos, nietos, todos
quedaron en el punto de mira del puñal.
Ya fuese cuando salieran
del Templo, ya fuese yendo de sus casas a sus campos, dondequiera que se les
encontrase el odio se lanzaría sobre ellos sin distinguir justo de culpable,
pecador de inocente. No habría piedad, no habría cuartel. Con su macabra
lección el Asmoneo había desviado el puñal de sus espaldas ¿Quién los libraría
ahora a ellos?
Uno por uno. Cuando en
sus casas cerrasen los ojos... de las sombras saldrían dos monedas de plata
buscando cuencas donde plantar tienda. Cuando las necesidades animales... de
los huecos del suelo saldrían garras.
No, los saduceos no
dormirían en paz, ni vivirían tranquilos desde aquél día en adelante. Llegaría
el día que les habría de parecer mejor vivir en el infierno que sufrir el
infierno de estar vivos.
Y así fue. Las calles
de Jerusalén se despertaron todos los días después de la Matanza de los
Ochocientos entre berridos de viudas y huérfanos reclamando justicia al rey. Un
rey encantado de ver cómo mientras se mataban entre ellos a él le dejaban en
paz.
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Es la verdad, en su
locura el Asmoneo disfrutó viendo a sus aliados vivir aterrorizados como ratas
atrapadas en casa de gatos hambrientos. En lo que a él le concernía su
seguridad personal había quedado sellada contra todo riesgo. Sin distinguir
edad ni sexo una vez mató Seis Mil en una jornada. Esta otra vez devoró 800 con
sus familias. ¿Querían más aún? A él todavía le quedaba agallas para doblar el
número de muertos.
¿Por qué 800 cruces?
¿Por qué no setecientas? ¿O tres mil cuatrocientas ochenticuantas?
El hecho es que el
Asmoneo tenía la memoria de las bestias. El ser humano supera los traumas de la
infancia, se distingue de las bestias por su capacidad para olvidar el daño
sufrido en algún momento del pasado. La bestia por el contrario no olvida
nunca. Pueden pasar años, aunque transcurra un decenio las heridas se les queda
clavada en la memoria. Con el paso del tiempo el cachorrillo se convierte en
fiera; entonces un día se encuentra con su enemigo de infancia, se le abre la
herida y por inercia salta a cobrarse su venganza. De este tipo era la memoria
del Asmoneo.
¿Por qué 800 almas?
¿Por qué no setecientas ni tres mil cuatrocientas?
El pueblo tenía que
conocer la verdad. El mundo entero tenía que conocer su verdad. La Historia
tenía que recoger en sus anales la causa en la raiz de aquél odio del Asmoneo
contra los fariseos.
¿Cuántos valientes
siguieron al Judas Macabeo en el día de la Caída de los Bravos? ¿No fueron 800
justamente?
¿No fueron los padres
de los 800 fariseos crucificados quienes dieron la orden de retirada y
entregaron el Héroe al enemigo? ¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué aquéllos
cobardes dejaron sólo al Héroe y sus 800 Bravos frente a los enemigos?
“Yo os lo diré”, gritó
el Asmoneo desde la muralla. “Porque temieron que el Héroe se alzara como rey.
Cobardes, vendieron al Héroe y lo entregaron para callar el temor que
albergaban. Pero decidme, ¿cuándo, en qué momento, en qué ocasión secreta se le
escapó al Héroe de sus 800 Bravos dirigirlos contra Jerusalén y proclamarse
rey? Su alma no conoció más ambición que la libertad de su nación. Su corazón
sólo latía por el ansia de libertad.
Vuestros padres lo
desafiaron a entregar el mando, a ponerse a sus órdenes, ignorando que aquél
Valiente no reconocía más rey y señor que su Dios. Lo pusieron a prueba, lo
empujaron al borde del abismo creyendo que el Valiente le daría la espalda a la
muerte. Le echaron el pulso al Campeón del Omnipotente.
Pues bien, esta es la
paga que su Rey y Señor pone en vuestras bolsas. Coged vuestro salario, cobardes.
Tocasteis al Campeón que Dios os suscitó para regalaros la libertad al precio
de su sangre y la de toda su casa. ¿No queréis paraíso? Allí os envío a
reclamarle al Todopoderoso vuestro salario. Os molestaba su gloria y su fama.
Tuvisteis que huir del campo de batalla para demostrarle que la victoria era
vuestra, que sin vosotros él no era nada. Alegraos, porque en breve os veréis
con él cara a cara”.
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Por mucho que dijera,
no importa en qué tipo de razones justificara su conciencia, el Asmoneo sabía
que después de la Matanza de los 800 ya nada podría ser igual. Después de
aquella oda a las profundidades del infierno no podía esperar otra cosa que la
destrucción de su casa. Se la había profetizado Abías y, sin quererlo ni
buscarlo, él la había causado.
El destino, la
fatalidad, un paso mal dado sin corregir, otro error imprevisto imponiendo la
ley de la necesidad, el puro azar, el caos, los hados, la irresponsabilidad del
pueblo y sus sueños de justicia, libertad y paz. ¿Cómo culpar a la diosa
fortuna de regalar besos nefastos? Unas veces se gana y otras se pierde.
Dinastas peores lograron abrirles camino a sus hijos en la llanura de los
siglos. ¿Pero para qué? Al final toda corona acaba siendo echada a pelón, pega
el bote más alto quien menos piernas parecía tener y se ciñe la gloria del
mañana el don nadie de ayer.
Desde un trono el
mundo es una caja de grillos; el que grita más es el rey. ¿Por qué el pueblo no
se conforma con su suerte? ¿Para qué quiere más justicia, más libertad? Si le
das una mano te coge el brazo. Siempre encuentra una razón para dar al traste
con la felicidad de sus gobernantes. Si no fuera porque los súbditos son
necesarios ¿no estarían mejor todos muertos? ¿O al menos sordomudos?
Las tenebrosas
reflexiones del Asmoneo en sus momentos de agobio no tenían desperdicio. Más de
una vez las dejó fluir de su cabeza sin siquiera apercibirse de hallarse
presentes sus jefes pretorianos. Sus sonrisas diabólicas hablaban con más
elocuencia que el discurso más largo y profundo del sabio más abigarrado y
conspicuo.
¿La vida de sus hijos
estaba en peligro?
¿Y seguirían estándolo
si no quedase un judío vivo?
Era una opción
peliaguda. Cuando la depresión le ahogaba el Asmoneo la acariciaba. Pero no.
Eso sería demasiado. Tenía que hallar una solución más inteligente. Darle la
espalda al hecho de haber cruzado el límite no le iba a solucionar el problema.
Tenía que pensar. Después de la Matanza de los 800 ya nada volvería a ser
igual. Tenía que encontrar la salida del laberinto antes de que su familia
abriese la puerta del infierno y las llamas del odio los consumiesen.
Sí, ya nada volvería a
ser igual.
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No sólo el Asmoneo lo
comprendió. También Simeón el Babilonio lo comprendió. Las palabras de Abías
sonaron en su cabeza con toda la dimensión de su realidad perenne.
“El odio engendra odio, la violencia engendra
violencia y ambos devorarán a todos sus sirvientes”.
¿Adónde en efecto los
habían conducido sus artes mágicas?
La sangre de los 800
pesaba sobre su conciencia. El peso lo aplastaba. Abías siempre tuvo razón. No
se cansó de decirlo: “¿Quién coge el cántaro y se va por agua al bosque en
llamas? A tal fin, tales medios”. Pero claro ¿qué otro consejo podía esperarse
de un hombre de Dios?
¿Qué otra cosa?
Que depusieran las
armas y sin abandonar el fin pusieran al servicio de la restauración de la
monarquía davídica los medios que le convenía a tal causa. ¿Por ejemplo?
Convencido por los
hechos Simeón el Babilonio las depuso, se hizo discípulo y socio del Abías que
durante tanto tiempo predicara en el desierto de aquellos corazones de piedra.
Por su parte la
desesperación del Asmoneo fue creciendo según fueron pasando los días. La
profecía de Abías sobre el destino de su casa se le empezó a hacer tan evidente
que, contra todo pronóstico, dio su brazo a torcer. No porque el peso que podía
soportar su conciencia, aún fuerte para soportar unos miles de cadáveres más,
le conmoviera las entrañas. La verdadera causa de la opresión mental que le
rodeó el cuello dejándole sin respiración estaba en el destino que les había
labrado a sus hijos. Él mismo le había sacado el filo al hacha. Por su culpa
sus hijos se habían convertido en el objeto de la cólera de Dios. El verdugo
que habría de cortarles la cabeza aún no había nacido, pero ¿quién le
aseguraría que no nacería?
En un movimiento digno
de sus terrores pactó con sus enemigos un tratado de reconciliación nacional.
Abías y Simeón el Babilonio serían los garantes de ese pacto que le aseguraría
a su descendencia la vida entre las demás familias de Jerusalén.
El pacto de estado fue
el siguiente.
A su muerte la Corona
pasaría a su viuda. La reina Alejandra restauraría el Sanedrín. De esta manera
se cerraría entre fariseos y saduceos la batalla por el control del Templo en
el origen de todos los males últimos. Su hijo Hircano II recibiría el sumo
sacerdocio.
A la muerte de la
reina Alejandra, que la corona pasase a su otro hijo Aristóbulo II o fuese
coronado el legítimo heredero de la Casa de David dependería de los resultados
de la búsqueda del Hijo de Salomón.
Una vez muerta la
reina Alejandra la Casa del Asmoneo no podría ser culpada de los hechos
postreros a que condujesen la búsqueda. Esta parte del contrato se mantendría
en secreto entre el rey, la reina, Hircano II y los dos hombres de su
confianza, Abías y Simeón el Babilonio.
Su viuda elevaría a
estos dos hombres a la jefatura del Sanedrín liderado por Hircano II. Esta
parte final del pacto permanecería en secreto para evitar que el príncipe
Aristóbulo se rebelase contra el testamento de sus padres y reclamase la
corona.