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Cuando Alejandro Janneo salió de la mazmorra, donde normalmente
hubiera debido haber fallecido, la situación del reino era la siguiente. Los
fariseos tenían a las masas convencidas de estar viviendo la Nación bajo el
punto de mira de la cólera divina. Las leyes sagradas les prohibían a los
hebreos tener un rey que no fuera de la Casa de David. Ellos lo tenían. Al
tenerlo estaban provocando al Señor a destruir la Nación por rebelión contra su
Palabra. Su Palabra era el Verbo, el Verbo era la Ley, y el Verbo era Dios.
¿Cómo podrían evitar que el destino siguiera su curso?
El problema era que los siervos del Señor, los sacerdotes saduceos, no
sólo bendecían la rebelión contra el Señor al que servían sino que además
usaban al rey para aplastar a los sabios fariseos.
Aún así la voracidad macabra de Aristóbulo I hizo que hasta a los
saduceos se les revolvieran las entrañas. No quería decir esto que los saduceos
estuviesen dispuestos a unirse a los fariseos para limpiar Jerusalén de su
delito. Lo último que seguían queriendo los saduceos era compartir el poder con
los fariseos.
Entonces, misteriosamente, Alejandro Janneo es liberado de su prisión
y escapa a la muerte. ¿Milagro?
Si al odio que le dio fuerza y lo mantuvo vivo se le puede llamar
milagro entonces fue un milagro que Alejandro sobreviviera a sus hermanos y a
su madre. ¡Lástima que, aparte de las ratas, no bajara nadie a su infierno a
darle el pésame por la muerte de su madre! De haberlo hecho hubieran
descubierto que la fuerza que lo mantuvo vivo y alimentó su sed de venganza fue
el odio, sin distinguir entre fariseos y saduceos.
De todos modos el Asmoneo se equivocaba al pensar que la muerte de su
odiado hermano se debió a la naturaleza. La muerte de Aristóbulo al año de su
reinado e inmediatamente después de la muerte del Príncipe Valiente no fue cosa
de azar ni de justicia divina. ¿A quién le sorprende que el crimen contra su
propia madre les revolviera las entrañas a los habitantes de Jerusalén y
decidieran, en complot con la reina Alejandra, acabar con el monstruo? El hecho
de la celebración urgente e inmediata de la boda del preso con la viuda del
difunto, su cuñada Alejandra, pone de relieve la alianza saducea que acabó con
la vida de Aristóbulo I.
Adelantándose a los fariseos, los saduceos quitaron rey y pusieron en
su lugar al Asmoneo, las miras puestas en que al descubrirse como sus
salvadores no se le ocurriera al nuevo rey dar un bandazo hacia el otro lado y
le entregara el poder a los fariseos, que, al ser enemigos naturales de sus
salvadores, por fuerza hubieran debido ser los suyos propios. El elemento
sorpresa a su favor Alejandro aceptó la corona jurando no cambiar el status
quo.
Esta era la situación explosiva sobre cuyo infierno en ebullición
sentó su odio el Asmoneo.
Alejandro I, sin embargo, no le perdonaría jamás a sus libertadores
haber tardado tanto en tomar su decisión. ¿A qué estuvieron esperando? ¿A que
se muriera su madre? ¡Dios santo!, si sólo hubieran llegado un día antes.
El odio que contra su nación incubó el nuevo rey en su año de prisión,
año largo, infinito, no hay palabras que puedan describirlo. Sólo descubrirían
su extensión y profundidad sus matanzas posteriores. Aquél odio fue como un
agujero negro avanzando desde las entrañas a la cabeza, como una Nada inundando
sus venas de un grito: Venganza. Venganza contra los fariseos, venganza contra
los saduceos. De haberse tomado sus salvadores la molestia de pensar qué
estaban haciendo antes se hubieran rajado las venas que abrirle la puerta de la
libertad al próximo rey de los judíos.
Poco, muy poco tardaría Jerusalén en averiguar qué clase de monstruo
tenía por ídolo el Asmoneo. El odio que devoraba el cuerpo, mente y alma de
Alejandro I no tardaría en salirse de madre y pedir cadáveres por decenas, por
cientos, por miles. ¿Seis Mil para un banquete de Pascua?
Un aperitivo. Sólo eso, un vulgar aperitivo para un verdadero demonio.
¿No decían los sabios y santos sacerdotes de Jerusalén que conocían las
profundidades de Satán? ¡Otra mentira más! Él, el Asmoneo, les descubriría a
todos los judíos las verdaderas profundidades de Satán. Él en persona los
conduciría hasta el mismísimo trono del Diablo. ¿Que dónde tenía Satanás su
trono? Locos, sobre la tumba de su madre, en la Jerusalén que viera morir a sus
hermanos sin levantar un dedo para salvarlos de la ruina.
Lo mismo que hizo el padre de la historia antigua judía, Flavio
Josefo, ocultándole a los suyos la causa implosiva que reventó la felicidad
prometida de la casa de Hircano I, volvió a hacerlo hablando de la muerte
milagrosa y repentina del matricida y fratricida, homicida por supuesto. Tenía
que hacerlo si no quería descubrir la causa que acababa de ocultarle a su
pueblo. Si juraba en público ante el futuro que los propios saduceos que encumbraron
al hijo ordenaron la muerte del padre, haciéndolo le abría las puertas al resto
del mundo para que entrara y viera con sus ojos la guerra interna a muerte
entre fariseos y saduceos.
Enemigo de la verdad en aras de la salvación de su pueblo, en el punto
de mira del odio romano tras la rebelión famosa que terminó con la destrucción
de Jerusalén, Flavio Josefo tenía que pasar sobre el cadáver de la verdad en
nombre de la reconciliación de judíos y romanos. Y de paso mantener a los hijos
de los matadores de los primeros cristianos al margen del crimen contra divina
natura que protagonizaron y seguían, en la medida de sus intereses,
protagonizando: aunque fuera a costa de extirparse la Memoria, practicarse una
lobotomía y seguir adelante como un pueblo maldito, de todos condenados, por
todos tenidos por comedores de sus madres y asesinos naturales de sus hermanos.
Por lo cual ningún judío debía ver con ojos raros que Aristóbulo I matase a su
madre, a sus hermanos, a sus tíos, a sus cuñados, a sus sobrinos, y hasta a sus
nietos de haberlos tenido. Según el parecer de Flavio Josefo y su escuela, eso
era algo natural entre los judíos. Así que ¿dónde está el escándalo?