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Por aquéllos días (s. I a.C.) le suscitó Dios un hombre de su agrado a
su pueblo. Del linaje de Aarón, sacerdote, aquel hombre llamado Abías era el
único ciudadano en toda Jerusalén capaz de plantarse delante del rey, cortarle
el paso, quitarle la palabra y cantarle en pleno rostro las cuarenta verdades
que se merecían sus actos y su forma de gobernar.
El Asmoneo -Alejandro Janneo era su verdadero nombre- miraba al tal
Abías con los ojos perdidos en el horizonte, el pensamiento clavado en alguna
de las páginas del libro del que parecía haberse escapado aquél hombre de Dios,
posiblemente de las del libro de Nehemías. Una de aquéllas páginas de reyes y
profetas que tanto les gustaba a los niños de Israel y sus padres les narraban
con acentos épicos en la garganta, la voz en el eco de tambores lejanos tocando
a hazañas bélicas, cuando los héroes de muy antiguo, Sansón y Dalila, los
treinta valientes del rey David y su arpa de cuerdas de pelo de cabra, Elías el
vidente volando a lomos de los cuatro caballos del Apocalipsis, uno de fuego,
otro de hielo, otro de tierra y el último de agua, los cuatro cabalgando juntos
por el viento de los siglos tras el Mesías que habría de ser bautizado en las
mismas aguas del Jordán que se partió en dos para dejar paso a un profeta
calvo. El holocausto de naciones perdidas bajo cenizas de apocalipsis escritos
en la pared, las guerras del fin del mundo de los poetas muertos, las historias
interminables de los sueños de las romas eternas, visiones de druidas sobre una
babilonia en plena construcción de una escalera al cielo, hércules paridos por
una loba con mala leche, ruinas de ciudades de filisteos sin nombre ni patria a
la búsqueda del paraíso perdido, la utopía de las meretrices egipcias
amamantando hebreos más viejos que Matusalén, el héroe de Ur la Oscura
proclamando su divinidad sobre el altar de los bárbaros del Norte, el sur al
este del Edén, el oeste a la derecha del río de la vida, cuando la muerte tenía
un precio, al principio de los tiempos, al alba de los siglos. Érase una vez un
copero que conquistó un imperio. Érase una vez un diluvio universal, un arca
sobre las aguas que cubrían el mundo. La pasión de ser, el hecho de ser, la
actualidad del ayer siempre presente, omnipresente, omnisciente, más guerras
del fin del mundo, más héroes de hierro, nuevos masteres del universo, el
futuro es mañana, la verdad la tiene el elegido, el elegido es el vencedor, ¡a
mí los de Yavé!, tengo la esquina de tu manto ensartada en la punta de mi
espada, rey, señor. Hace falta algo más que una corona para ser rey, algo más
que tres brazos para ser el más fuerte, el pasado fue ayer, hoy es mañana, los
ángeles nunca beben ni comen pero a veces se aparean con las hembras humanas y
paren mala saña, la semilla del diablo, cuando los héroes eran semidioses y los
semidioses monstruos de dos cabezas imponiendo su ley de terror. Y sigue
trayendo a la memoria nombres, tiempos.
¡Ah, aquéllos mitos y leyendas del pueblo que salió del mar, se
desparramó por la Palestina bíblica y revolucionó la historia del mundo con su
terremoto de tribus en misión sagrada!
¡Qué niño en Jerusalén no conocía aquellas historietas de los tiempos
de María Castaña!
“Que viene Goliat”, les decían los abuelos a los críos cuando eran
malos y querían asustarlos.
El Asmoneo se burlaba de aquéllas historietas para niños y se reía en
las barbas de sus abuelos de los fantasmas del pasado. El era real, su profeta
Abías era real. ¿De qué le había valido a nadie el sueño del reino mesiánico?
¿Adónde los había conducido una vez y otra el deseo de hacerlo realidad?
“!Y todavía quieren volver a intentarlo una vez más! De locos”, pensó
para sí el Asmoneo.
Los hombres del rey de Jerusalén, todos perros de la guerra, todos
soldados de fortuna de la Palestina oscura y profunda al servicio de la
Abominación Desoladora, todos miraban al último profeta hebreo con los ojos
atravesados por la rabia. Aunque al Asmoneo le hiciera gracia su personal
profeta de desgracias lo cierto es que también a él se le cambiaba la cara cada
vez que Abías le lanzaba a bocajarro sus oráculos. Sin embargo en su papel de
rey para un profeta el Asmoneo detenía la rabia de sus hombres y se dejaba
enjuagar las orejas con aquellas frases tan apocalípticas sobre su suerte.
“Escucha el oráculo de Yavé sobre tu linaje, hijo de Matatías”, con
aquella voz tan suya le anunciaba Abías.
“El Dios al que profanas en el trono y en su Templo extirpará de raiz
tu semilla de la faz de la tierra sobre la que reinas. Ha hablado Yavé y no se
arrepentirá; no abolirá su sentencia: Tus hijos serán devorados por una fiera
extranjera”.
A los asesinos a sueldo del Asmoneo maldita la gracia que le
encontraba el rey de Jerusalén a semejantes anuncios de muertes, desolaciones,
ruinas, devastaciones, destrucciones, infiernos. ¿Pero cómo podía permitirse
él, Alejandro Janneo, un descendiente legítimo de los Macabeos, de raza pura,
que un sacerdote le hablara de aquella manera? -se preguntaban los unos a los
otros aquellos perros de la guerra.
Alejandro los miraba con cara de asombro. ¿Le merecía la pena perder
su tiempo tratando de explicarles a aquéllos perros de la guerra por qué se
dejaba lavar las orejas con aquéllas sentencias espeluznantes tan bíblicas, tan
típicamente testamentarias, tan netamente sagradas? Por un momento se lo
pensaba, pero al siguiente se decía que no. No lo entenderían nunca.
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Aunque él se parase días enteros a explicarles de qué iba la cosa los
cerebros de sus mercenarios nunca serían capaces de elevarse más allá de la
distancia que lo hacían sus espadas del suelo.
¿Estaba el mundo para perder el tiempo esperando a que los burros
volasen tras la estela del carro del sol, o que los peces andasen por las
sierras de las nieves en busca del último yeti, o que los pájaros nadasen por
las aguas detrás del buque de un Colón aún no nacido? ¡Cómo podría el Asmoneo
meterles en la cabeza a sus perros de fortuna que aquél Abías era su profeta!
Ese Abías era el profeta que le daba todo el sentido divino a su
corona. Sin su profeta particular, personal, suyo, su corona nunca
trascendería, su dignidad de rey no se vería nunca sublimada a los ojos del
futuro. Abías sería el carro de gloria sobre el que su nombre trascendería los
siglos y llevaría su memoria más allá de los milenios incluso. Podía ser que su
nombre se olvidara, pero el de Abías viviría para siempre en la memoria del
pueblo.
“¿Lo comprendéis ahora? ¿Os entra en la cabeza? Mi nombre y el suyo
irán asociados en la eternidad. Pero si yo lo mato mataré mi memoria. ¿Os dice
esta perspectiva algo sobre la naturaleza de mi relación con el creador de
vuestras más terribles pesadillas?”, lo mejor que podía intentaba el Asmoneo
meterles a sus perros de la guerra algo de inteligencia en sus cráneos de
piedra.
¡Todo para nada! ¡Tanto para tan poco!
Pero era la verdad. Alejandro debía felicitarse porque también a él le
había dado Dios su propio profeta. Todos los reyes de Judá tuvieron su bufón,
su harén, y, cómo no, su profeta. Para bien o para mal es otra cuestión; lo
importante era tenerlo.
Por lo demás, desde el punto de vista de la política el tal Abías era
inofensivo. Sí señor, su profeta era tan inofensivo como una libélula del
estanque real, tan poco dañino como una araña del jardín de su harén
balanceándose entre el polvo de las cortinas, tan indefenso como un
gorrioncillo abandonado con el ala rota a la intemperie de un invierno boreal.
Un despiste, un sólo paso en falso y en un abrir y cerrar de ojos “el último
profeta” sería convertido en el rastro que el aliento de la aurora dejó en
alguna parte al otro lado del orto. ¿O acaso creían sus perros mercenarios que
él, Alejandro Janneo, el hijo de los hijos de los Macabeos, iba a permitir que
el tal Abías cruzase la línea entre anunciar desgracias y provocarlas? ¿Estaban
bien de la cabeza?
Aquélla era su gente. El Asmoneo no las amaba ni sentía por su pueblo
ninguna pasión nacionalista, pero era su gente y sabía cómo funcionaban sus
mentes. Si Abías no cruzaba la raya no era porque le tuviera miedo a la muerte;
era porque no estaba en su natural provocar lo que anunciaba, él se limitaba a
dar el Oráculo de Yavé. Su Dios decía, y él hablaba. Podía callarse y no
exponerse a que una espada le cortase el cuello de un tajo, pero eso iría
contra su naturaleza.
Además que con la misma pasión que Abías le servía su cabeza en
bandeja de plata sin miedo de ninguna clase a que un día el Asmoneo se cansara
del baile, con esa misma pasión su profeta, no el profeta del rey aquél, o del
rey tal y cual, su profeta, el suyo propio, aquél Abías arremetía sin cortarse
un pelo de la lengua contra saduceos y fariseos juntos por echarle leña al
fuego del odio que los consumía a todos y los arrastraba a la guerra civil.
“Es único este Abías”, se decía. Y seguía el Asmoneo su camino muerto
de risa.