Historia de Jesús
LA PALOMA MUDA
DE LAS LEJANÍAS
Jesús se hundió. Aquél Niño
divino que ponía patas arriba a la chiquillería de la calle entera, se iba, se
perdía entre los barcos del puerto y regresaba corriendo a sentarse al caer la
tarde en las piernas de su padre entre los amigos; aquél terremoto de Niño se
hundió. Jesús dejó de salir de casa. Empezó a sentarse en la puerta de la
Carpintería del Judío a ver pasar la vida.
El Niño casi no comía.
Jesús se dejaba caer en el regazo de su madre entre las amigas, cuando al caer
la tarde las mujeres solían sentarse en la calle, bajo el cielo mediterráneo, a
coser, a charlar, y se iba.
Era como si aquella llama
de la Zarza se le estuviera consumiendo entre los brazos a María. Al principio
Ella no se dio cuenta de la soledad que en el pecho de su Niño había abierto
agujero negro y por ahí se lo tragaba un poco más cada día. Poco a poco la
Madre abrió los ojos y empezó a ver lo que había en el Corazón de su Niño.
Ella no podía sufrir
aquella agonía indescriptible que le estaba quitando de las manos a su Niño. Lo
quería más que al mundo, más que al tiempo, más que a las olas del mar, más que
a las estrellas, más que al amor, más que a su vida misma. Y se le iba. Era
noche tras noche y cada noche un poco más. El Niño no hablaba, no reía, se
dejaba caer en el pecho de su Madre, la vista perdida en el cielo de aquella
Alejandría del Nilo, y ahí se hundía.
-¿Qué te pasa, hijo mío?,
le preguntaba Ella.
-Nada, Madre, le respondía
El.
-Yo sé lo que te pasa,
Jesusito.
-No es nada, Madre, de
verdad.
-Cielo mío, echas de menos
a tu Padre. No llores, mi vida. El está aquí, ahora mismo, cuando yo pongo mis
labios en tus mejillas El te besa, cuando yo te abrazo El te estruja.
Para el Niño aquella mujer
que le oía con la sonrisa más dulce del universo en el rostro mientras El le
hablaba del Paraíso de su Padre, de la Ciudad de su Padre, de sus hermanos los
superángeles Gabriel, Miguel y Rafael, aquélla mujer…aquélla mujer era su
Madre. La quería más que a todo en el mundo. Era la única persona a la que
podía contarle todas las cosas. Le encantaba sentir el latido de su corazón
cuando le hablaba de su Reino. ¡Y aquélla mirada luminosa que le alumbró el
rostro cuando le contó toda la verdad! No se le borró jamás de la memoria.
-Sí, María -le dijo el
Niño- Yo soy El.
-Cuéntame otra vez cómo es
el Cielo, hijo mío. Le pedía ella otra vez.
-El Cielo -le confesaba el
Niño- es como una isla que se convirtió en continente, y que sigue creciendo al
otro lado del orto de sus horizontes. La Roca en la que tiene sus fundamentos
es el Monte más alto que pueda imaginarse hombre alguno. El Monte de Dios eleva
su cumbre hasta las nubes, pero donde debieran estar las nubes existen doce murallas,
cada una de un bloque único, cada bloque de un color, cada muro brillando como
si tuviera un sol en su interior. Y son como doce soles iluminando un mismo
firmamento. Los doce muros son una misma muralla rodeando la Ciudad que
contienen. La llamó Dios, a su Ciudad, Jerusalén, y Sión a su Monte. En
Jerusalén tienen los dioses su Morada, y entre los dioses mi Padre tiene su
Casa. Desde los muros de la ciudad de Dios los confines del Cielo se pierden en
el horizonte que limita con el orto al otro lado de las fronteras del Paraíso.
Verás, el Cielo es como un
espejo maravilloso que refleja la Historia de los pueblos que lo habitan. Por
ejemplo este mundo, la Tierra. Vosotros recogéis las memorias de vuestros
antepasados en vuestros libros; pero el Cielo lo registra en vivo, porque lo
que se refleja en la superficie del Universo se materializa en la del Cielo.
Así que si te pones a recorrer la Morada de los hombres en el Paraíso de mi
Padre te encontrarás con que todas las Edades del Hombre están recogidas en su
geografía. Cuando vayas al Cielo verás con tus ojos que todas las clases de
animales y aves y árboles y plantas y montes y valles que han sido una vez aquí
Abajo existen para siempre allí Arriba.
Como mi Padre ha creado
otros Mundos, y seguirá creando más, el Cielo es un Paraíso repleto de
maravillas que nunca se acaban. Para recorrerlo entero tendrías que pasarte
andando una eternidad, y cada trayecto del camino sería una aventura. ¿Cómo te
lo explico? Mi Padre siembra la vida entre las estrellas. Las estrellas del
Universo son como el océano que rodea a la isla, y también este océano de
constelaciones crece extendiendo sus orillas al ritmo de las fronteras del
Cielo. La vida se hace un árbol, y mi Padre y yo la recogemos en nuestro
Paraíso para que viva para siempre. Las especies de animales y aves no tienen
número. Un gran río nace en las alturas del Monte de Dios, y se divide en la
llanura en ramas que cubren todos los Mundos y sus territorios. ¿Ves todas las
estrellas? El Cielo está más Arriba.
-¿De Allí has venido tú,
Hijo mío?
-Te cuento, María.
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