Historia de Jesús

LA PALOMA MUDA DE LAS LEJANÍAS

 

El Niño Jesús se hundió. Aquél Niño Divino que ponía patas arriba a la chiquillería de la calle entera, se iba, se perdía entre los barcos del puerto de Alejandría y regresaba corriendo a sentarse al caer la tarde en las piernas de su padre entre los amigos; aquél terremoto de Niño se hundió.

Jesús dejó de salir de su casa. Empezó a sentarse en la puerta de la Carpintería del Judío a ver pasar la vida. Y la vida, con todo lo interesante que era en Alejandría del Nilo, no le ofrecía nada que pudiera levantarle la moral a aquel chiquillo. Le sobrevino aquella tristeza casi de repente, sin hacerle nada nadie ni haberle provocado algo o alguien aquel estado de desprendimiento de la existencia. Fue algo rarísimo. José le preguntaba a María y María a su sobrino Santiago por ver si le había pasado algo que le había causado ese estado de inapetencia tan total e incomprensible en un chaval de unos nueve o diez años.

No hubo forma. El misterio no parecía tener contenido. Pero debía tenerlo, porque un chaval que es un terremoto, el huracán en persona removiendo el barrio entero con sus juegos, poniendo en ellos una imaginación que hacía reir incluso a los viejos cuando ponía a desfilar a sus compañeros en dos ejércitos, dirigiendo él la contienda como quien lanza a los buenos contra los malos, el César abocado a la derrota, un chaval así, la salud en persona, la alegría en su apogeo más completo, no se cae de repente de la nube y se estrella sin más contra el suelo ¿Qué le habría pasado a Jesús?

 

El Niño casi no comía. Jesús se dejaba caer en el regazo de su madre entre las amigas, cuando al caer la tarde las mujeres solían sentarse en la calle, bajo el cielo mediterráneo, a coser, a charlar, y se iba.

Era como si aquella llama de la Zarza se le estuviera consumiendo entre los manos a María. Al principio Ella no se dio cuenta de la soledad que en el pecho de su Niño había abierto agujero negro y por ahí se lo tragaba un poco más cada día. Poco a poco la Madre abrió los ojos y empezó a ver lo que había en el Corazón de su Niño.

Ella no podía sufrir aquella agonía indescriptible que le estaba quitando de las manos a su Niño. Lo quería más que al mundo, más que al tiempo, más que a las olas del mar, más que a las estrellas, más que al amor, más que a su vida misma. Y se le iba. Era día tras día y cada día un poco más. El Niño no hablaba, no reía, se dejaba caer en el pecho de su Madre, la vista perdida en el cielo de aquella Alejandría del Nilo, y ahí se hundía.

 

-¿Qué te pasa, hijo mío?, le preguntaba Ella.

-Nada, Madre, le respondía El -y porque su Niño la llamaba así, Madre, María sabía que algo muy grande le estaba robando su Hijo, quien, en su alegría de todos los días, solía llamarla por su nombre, María.

-Yo sé lo que te pasa, Jesusito.

-No es nada, Madre, de verdad -y sin embargo, en aquella debilidad de Jesús encontraba Ella la felicidad sublime de ver en su Hijo a su Niño; no era el Hijo de Dios hecho hombre en sus entrañas el que recogía su ser entre los brazos de aquella Mujer, ahora era su Niño.

-Cielo mío -le decía Ella-, echas de menos a tu Padre. No llores, mi vida. El está aquí, ahora mismo, cuando yo pongo mis labios en tus mejillas El te besa, cuando yo te abrazo El te estruja.

Y para el Niño aquélla Mujer que le oía con la sonrisa más dulce del universo en el rostro mientras El le hablaba del Paraíso de su Padre, de la Ciudad de su Padre, de sus hermanos los superángeles Gabriel, Miguel y Rafael, aquélla mujer … aquélla mujer era su Madre. La quería más que a todo en el mundo. Era la única persona a la que podía contarle todas las cosas. Le encantaba sentir el latido de su corazón cuando le hablaba de su Reino. ¡Y aquélla mirada luminosa que le alumbró el rostro cuando le contó toda la verdad! No se le borró a Jesús jamás de la memoria.

-Sí, María -le dijo el Niño- Yo soy El.

-Cuéntame otra vez cómo es el Cielo, hijo mío. Le pedía ella otra vez.

-El Cielo -le confesaba el Niño- es como una isla que se convirtió en continente, y que sigue creciendo al otro lado del orto de sus horizontes. La Roca en la que tiene sus fundamentos es el Monte más alto que pueda imaginarse hombre alguno. El Monte de Dios eleva su cumbre hasta las nubes, pero donde debieran estar las nubes existen doce murallas, cada una de un bloque único, cada bloque de un color, cada muro brillando como si tuviera un sol en su interior. Y son como doce soles iluminando un mismo firmamento. Los doce muros son una misma muralla rodeando la Ciudad que contienen. La llamó Dios, a su Ciudad, Jerusalén, y Sión a su Monte. En Jerusalén tienen los dioses su Morada, y entre los dioses mi Padre tiene su Casa. Desde los muros de la ciudad de Dios los confines del Cielo se pierden en el horizonte que limita con el orto al otro lado de las fronteras del Paraíso.

Verás, el Cielo es como un espejo maravilloso que refleja la Historia de los pueblos que lo habitan. Por ejemplo este mundo, la Tierra. Vosotros recogéis las memorias de vuestros antepasados en vuestros libros; pero el Cielo lo registra en vivo, porque lo que se refleja en la superficie del Universo se materializa en la del Cielo. Así que si te pones a recorrer la Morada de los hombres en el Paraíso de mi Padre te encontrarás con que todas las Edades del Hombre están recogidas en su geografía. Cuando vayas al Cielo verás con tus ojos que todas las clases de animales y aves y árboles y plantas y montes y valles que han sido una vez aquí Abajo existen para siempre allí Arriba.

Como mi Padre ha creado otros Mundos, y seguirá creando más, el Cielo es un Paraíso repleto de maravillas que nunca se acaban. Para recorrerlo entero tendrías que pasarte andando una eternidad, y cada trayecto del camino sería una aventura. ¿Cómo te lo explico? Mi Padre siembra la vida entre las estrellas. Las estrellas del Universo son como el océano que rodea a la isla, y también este océano de constelaciones crece extendiendo sus orillas al ritmo de las fronteras del Cielo. La vida se hace un árbol, y mi Padre y yo la recogemos en nuestro Paraíso para que viva para siempre. Las especies de animales y aves no tienen número. Un gran río nace en las alturas del Monte de Dios, y se divide en la llanura en ramas que cubren todos los Mundos y sus territorios. ¿Ves todas las estrellas? El Cielo está más Arriba.

-¿De Allí has venido tú, Hijo mío?

-Te cuento, María.

 

 
 
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