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Historia de Jesús
LA BODA
María y
José se comprometieron. La regla general era que el padre del novio fuese a
charlar con los padres de la novia del deseo de su hijo de casarse con la
novia. Se hablaba de la dote y cerraban el trato. En el caso de José fue el
propio José quien habló con la madre de la novia y le pidió su hija por esposa.
La madre de la novia aceptó y firmaron el contrato de boda.
Por
aquéllos días la tradición imponía un año de noviazgo desde la firma del
contrato hasta el día de la boda. Al año podían casarse. Durante el año de
noviazgo sin embargo los novios quedaban obligados a la ley sobre el adulterio.
Era norma, en ningún caso ley sagrada. Moisés no había dado ningún precepto
relativo a la prohibición de casarse inmediatamente después de ser firmado el
contrato matrimonial. Habían sido los propios judíos quienes se impusieron a sí
mismos ese año de espera. No se sabe si culpando a Dios de haber sido tan blando,
la cosa es que no contentos con el monte de leyes que Les dictara ellos se
echaron a la espalda otra montaña de prescripciones, leyes, tradiciones,
mandatos, normas canónicas y no se sabe cuántas obligaciones más. Así que
no siendo una Ley de verdad, una ley estrictamente hablando, que en el mundo judío del tiempo de Jesús quería decir una Ley Divina, tampoco nadie se asustaba si se daba el caso de tener que
acelerarse los trámites por debilidad de la carne. El niño nacía sietemesino.
Pero bueno, tampoco es para armar un escándalo. ¿No cura el pecado una boda
como dios manda? Por supuesto que sí.
La cara
negativa era que sin ser ley la debilidad de la carne llegaba a pagarse con la
muerte si el pecado no había sido cometido por el novio. En este caso todo el
peso de la ley sobre el adulterio recaía sobre la novia. Juzgada por adúltera
pagaba su debilidad con la pena de muerte, generalmente por apedreamiento. Obviamente y visto el Caso de José esta pena no se aplicaba, en este supuesto, si no entre familias de verdaderos fanáticos. En casos naturales se devolvía la dote, la novia quedaba como una pendeja y allá con quien se la llevara después; además de caer su valor en dracmas por los suelos. Esta pena, perder el valor en tanto que mercancía, era de por sí suficiente castigo para las guapas, hijas de pobres. La de situaciones curiosas a que podía conducir este invento judío del año de espera tras el Sí de la novia nos las podemos imaginar, y es que cuando un grupo impone su ley a toda una comunidad el resultado es patético la mayoría de las veces, y de escándalo por regla general. Era por leyes de esta naturaleza que los gentiles tenían a los judíos por cuasi-dementes, convirtiendo éstos a Dios, por causa de esta cuasi-demencia, en objeto de desprecio a los ojos de todas las naciones, efecto no buscado conscientemente pero obtenido y tomado sin complejos por los aludidos tal que por ese desprecio hacia Dios, causado por sus leyes para el escándalo de la inteligencia, acababan los judíos creyéndose únicos a los ojos de Aquel a quien hacían despreciable a los ojos de su creación por culpa de sus costumbres. La trama podemos compararla a la de quien busca el martirio lanzando su fe contra la propia Fe, demonizando a ésta hasta tal punto que la arrastra a una guerra sin cuartel contra la fe de postizo, efecto que conduce a la fe de postizo al martirio, la cual a su vez por este martirio alza su veracidad sobre la Fe veraz que, cayendo en la trampa, comete el delito que contra ella cometieran los enemigos de Cristo, de manera que por su ignorancia se declara enemiga de Cristo quien, a la postre, es el Cuerpo de Cristo. Es como si para criminalizar a un hombre bueno un malvado arremetiera contra su familia hasta el punto de exterminarla, y el hombre bueno, ante el efecto buscado, llevado al límite, en defensa de su casa se arma hasta los dientes y en el exceso de la guerra extermina la provocación arrasando la casa del provocador, efecto final que el provocador levanta como acusación legal sobre la que desmontar la bondad del hombre sobre los hechos consumados, política propia de un demente cuya solidez exige para su legalidad la absoluta idiotez del tribunal ante el que se pretende imponer semejante argumento contra natura. Y que, sin embargo ha sufrido la Iglesia Católica desde que la Reforma se impuso. Pero volviendo al caso que nos ocupa:
Por
muchas otras razones un contrato matrimonial podía romperse. No era corriente
pero se daban casos. Incompatibilidad de caracteres por ejemplo. Se devolvían
los dineros y cada cual tiraba para su casa. Era el caso más general, los novios no pudieron contener la pasión entre las paredes de sus carnes, y la sangre, desbordada, en el calor de la pasión consumó su efecto. Tampoco el escándalo llegaba al río. ¡Oiga!, son jóvenes, y bienvenido sea el nieto. ¡Qué
culpa tienen los muchachos! Banquete de boda, celebración por todo lo alto,
pelillos a la mar, el niño nació sietemesino. ¿Y qué? Gloria bendita. Bien
acabó lo que bien empezó, es lo que importa.
El caso
de la Virgen fue de otra naturaleza. Un día -le confesó Ella a los Apóstoles-
se le apareció el ángel de Dios y al otro ya estaba en estado de gracia. Los
Apóstoles se lo contaron a sus sucesores, éstos a los suyos y ahí sigue la
Confesión de la Virgen de boca en boca.
Concebir
por obra y gracia del Espíritu Santo se dice muy pronto.
“¡Estoy en estado por obra y gracia del
espíritu santo!”, hubo de confesarse la Virgen a sí misma uno de aquéllos días.
Nadie creerá que la Virgen salió corriendo de alegría gritándole a todo el
mundo el Relato de la Anunciación. No es algo que sucediera todos los días. De
hecho en toda la Historia de la Humanidad jamás había tenido lugar un fenómeno
igual. El caso más parecido a una concepción sobrenatural de la naturaleza que
nos cuentan los Evangelios lo encontramos en el mundo de las mitologías. Sin ir
más lejos la propia madre de Alejandro Magno confesó por ahí que tuvo a su hijo
con uno de los dioses del mundo clásico al que ella pertenecía. Fuera por
respeto a su madre o por orgullo su hijo mantuvo su origen semidivino. Que yo
recuerde es el caso más parecido al que la Virgen puso sobre la mesa de los
siglos.
Bueno,
¿por qué no? El Dios de los hebreos había realizado muchas obras
extraordinarias desde los días de Moisés a los corrientes. Sus Escrituras
hablaban de la Concepción de un Niño nacido de una Virgen. Como ejemplo de
fantasía llevada a su extremo más alto de imaginación y genio, que Dios pueda
realizar una obra de esta categoría estaba a la altura de la concepción que
sobre su Naturaleza se habían hecho los hijos de Adán y Eva. ¿Por qué no iba a
poder Alguien de los Atributos que se le concedía al Dios de Moisés -todopoder,
omnipotencia, omnisciencia- ser capaz de poner en escena un Acontecimiento tan
imposible de creer?
Ahora,
María, vete corriendo a explicárselo a tu marido. Vete corriendo, busca a tu
marido y díle que eres la Virgen que habría de concebir un Hijo “nacido para
llevar sobre sus hombros el manto de la Soberanía, para ser llamado Príncipe
maravilloso, Dios fuerte, Padre sempiterno”. ¡Dios santo, qué suerte! Y ahora
siéntate a esperar y confía en que tu marido te diga “Aleluya Amén Aleluya”,
pegue botes de alegría, te levante en brazos y te coma los ojos a besos.
¿No
tienes bastante todavía? Pues bueno, vete y cuéntaselo a tu hermana del alma, y
mira que tu hermana Juana te quiere más que al río Jordán, más que al mar de
los Milagros, más que a los Montes de Judá. Anda, María, vete, corre y díselo.
Lo digo porque -con independencia de la opinión de todo el mundo- pasaron las
semanas y pasó lo que tenía que pasar. La Virgen empezó a tener mareos
extraños; iban y venían. ¿Sería la emoción? ¿Sería el calor? Que no, mujer,
eran los síntomas típicos de las embarazadas.
De
cualquier otra mujer del mundo sus vecinas hubieran podido esperarse que un
hombre como un castillo, caso de José el Carpintero, hubiera conquistado la
fortaleza de la virtud de la novia antes de la boda. De cualquier otra mujer,
por supuesto que sí, pero de la Virgen María es que ni les cabía en la cabeza a
sus vecinas.
Que les cupiera o no el hecho es que había que rendirse ante la
evidencia.
“Que el Señor os lo dé sano, hijos”, con estas
palabras y otras parecidas le dieron la enhorabuena los vecinos al novio, un
José que no sabía a qué venía la indirecta. La verdad es que no la cogía. El
hombre se creía que le adelantaban las bendiciones.
“Que sea niño, y os lo dé el Señor sano, señor
José”, le seguían pinchando las vecinas. Y el señor José que no se enteraba.
Es la
verdad, a las semanas de la Anunciación la novia empezó a mostrar los síntomas
clásicos de las primerizas. Mareos despistados, sofocos tontos. Como son algo
que no se puede controlar la Virgen no podía evitar ser sorprendida. Sin
embargo lo último que podía hacer era encerrarse, esconderse. Tenía que seguir
su vida; seguir haciendo su vida era la mejor manera de ni afirmarles ni negarles
palabra a sus vecinas. Al menos mientras no se decidiera a contarle a su madre
la verdad.
La
madre de la Virgen también tardó en coger la película. Fue, exceptuando José,
la última persona en enterarse del rumor que comenzaba a escandalizar a sus vecinas.
A los ojos de la Viuda la inmaculada castidad de su hija seguía siendo tan
inaccesible a las pasiones humanas como lo fuera antes de comprometerse.
Exceptuando el acceso más libre del novio a la casa de la novia, y esta
libertad condicionada a la necesaria presencia de un familiar de la novia entre
ella y el novio, -la clásico carabina-, su hija María había seguido haciendo su vida tal cual, esa
vida que le había ganado a la Virgen de Nazaret su fama desde un confín al otro
de la Galilea. ¡Cómo sospechar nada malo de su hija entonces!
“Que el Señor te dé el nieto más hermoso del
mundo”, le pinchaban a la Viuda sus vecinas.
“Tu María se lo merece todo; ojalá que el niño
salga a su abuelo Jacob que en gloría esté”, por si la Viuda no se había
enterado, seguían pinchándola.
La
Viuda era de Jerusalén, se había criado en otro ambiente. Pero no era tonta. De
no haberse tratado de su hija la Viuda hubiera apostado un ojo de su cara que
aquella Virgen estaba embarazada de tantas y tantas semanas. El problema era
que no le cabía en la cabeza la idea de hallarse embarazada su María. La fe y
la confianza que la Viuda tenía en su hija mayor eran tan grandes que le tenían
los ojos cerrados. Gracias a Dios a la Viuda se le cayó la venda de los ojos
antes que al señor José. Finalmente la Viuda tuvo que admitirlo aunque su hija
ni se lo afirmase ni se lo negase.
“¿Qué te pasa, hija mía?”, le preguntaba ella.
“Nada. Es el calor, madre”, le respondía la
hija.
El
dilema de la Viuda comenzó cuando las vecinas comenzaron a hablar de palabras
mayores, adulterio por ejemplo. No se lo soltaron a la cara, pero entre mujeres
y vecinas, ya se sabe, sobran las palabras. Así que la Viuda comenzó a
asustarse.
“Mi María está en estado de gracia. ¿Cómo es
posible?”, acabó la Viuda por confesarse. Y su hija del alma sin afirmárselo ni
negárselo. Desesperada por el silencio de su hija se fue por su yerno a que le
respondiera esta sencilla pregunta: ¿Había de acelerarse la fecha de la boda?
Y así
lo hizo, la Viuda se fue a por el señor José. Si alguien en este mundo, dada la impenetrabilidad tras la que su hija mayor había encerrado su silencio al respecto, podía sacar a la Viuda de su confusión era su yerno. Hasta ahora éste no mostraba signo alguna hacia una predisposición loca de adelantar la fecha de la boda. José seguía su vida tal cual si la ley fuera su norma. Así que llevar a su yerno José al tema le iba a
costar a la Viuda un montón.
Como no sabía en qué escenario se encontraba ni
cuál era su papel en la historia la Viuda, y dada la hasta ahora mostrada absoluta falta de disposición de José para abrir el tema, la Viuda se dijo que tenía que llevar a su yerno
al tema sin descubrirle el meollo del problema. Una cosa muy rara. Llevarlo
había que llevarlo, el problema era llevarlo sin abandonar la periferia del
asunto.
Lista como ella sola, sin decírselo, le diría con todas las palabras lo
que había, su mujer estaba encinta, ¿qué tenía que decir él, el novio, pues?
Y con estos pensamientos en la cabeza la madre de María fue a entrevistarse con José, su yerno. Y, al
largo rato de merodear alrededor del tema, la Viuda comprendió que o José se
hacía el tonto de maravilla, aspecto que desconocía en el santo de su yerno, o
sencillamente José no sabía nada de nada y no cogía de qué le estaba hablando
su suegra.
José miraba a su suegra con una naturalidad tan inocente de toda
culpa que la Viuda empezó a no saber dónde se hallaba. Por un momento la madre de María se sintió
como si la tierra se le estuviera abriendo bajo los pies y no supiera ella qué era
mejor, luchar o dejarse tragar. Hasta el alma le titiritaba de frío bajo el efecto
del temblor que se le fuera metiendo en los huesos según la verdad le fue
haciendo cada vez más enorme su peso.
Su yerno no sabía nada de nada, y ella
sólo sabía que tenía que salir de aquel infierno, tenía que hablar con su hija
y que le dijera por Dios qué estaba pasando.
¿Qué
estaba pasando?
Había
pasado algo increíble de creer, había sucedido algo imposible de contar.
Generaciones enteras y los mismos siglos se dividirían en dos como se divide el
caudal de un río que se encuentra en su lecho una gigantesca piedra angular. Y
su hija sin encontrar la forma de descubrirle a su madre el relato de la Anunciación.
María
no encontraba el momento. Bueno, momento lo que se dice momento sí que se le
ofrecía. Su madre y ella solían sentarse juntas a coser. Durante este tiempo
hablaban y hablaban. Hablaban de todas las cosas. O simplemente permanecían en
silencio.
En este nuevo silencio que durante los últimos días se había
instalado entre madre e hija latían dos corazones a punto de saltar hechos
pedazos. La madre quería preguntárselo a su hija: ¿Estás embarazada, hija mía?,
y no encontraba el cómo. La hija quería darle un “Sí, madre mía”, un Sí
maravilloso, Divino, y no encontraba el cuándo.
El
hecho es que el Niño estaba creciendo en sus entrañas, que la evidencia de su estado
se estaba criando cada día más grande, que si José se enteraba por la boca de
los vecinos… María no quería ni pensarlo. María, en su gozo, se sentía pisando sobre huevos y éstos plantados en un puente alzado sobre un precipicio. María necesitaba contar la verdad, necesitaba revelarle la verdad a su madre.
Su madre era la única persona en el mundo en quien podía confiar Ella un
Misterio tan grande. Tenía que hacerlo, y se lo decía a Ella misma todas las tardes al acostarse: "De mañana no pasa," y se lo decía a sí misma todas las mañanas al levantarse: "De hoy no pasa". Pero según el día se iba María no encontraba el cómo, y como no daba con el cómo no
llegaba nunca el cuándo. Y asi se le fue un día .. y otro ... y otro ...
Pasó pues
que la madre y la hija se sentaron uno de aquéllos días la una frente a la
otra. Las dos mujeres sabían que había llegado el momento, que ése era el
momento. La primera en hablar fue la Virgen.
“Madre, ¿usted cree que Dios lo puede todo?”,
exhaló Ella con toda ternura.
“Hija”, suspiró la Viuda, que sólo quería ir
derecha a la pregunta: ¿Estás embarazada hija mía?, y no le salía.
“Ya lo sé, madre. Usted me dirá: Dios es
nuestro Señor, ¿cómo mediremos nosotros la fuerza de su Brazo? Y yo soy, madre
mía, la primera en repetir sus palabras. Pero quiero decir, ¿su Poder se acaba
donde empiezan los límites de nuestra imaginación o es precisamente al otro
lado donde empieza su Gloria?”.
“Qué me quieres decir, hija mía, que no te
entiendo”, atrapada en una dirección distinta a la que se moría por emprender,
la madre de la Virgen articuló como pudo.
“Yo tampoco sé muy bien cómo llegar a donde
quiero ni qué quiero decir. Tenga paciencia conmigo, madre. Después de aquí nos
vamos al Cielo y desde allí Arriba las cosas de la Tierra no afectan; así que
lo que nos toca es intentar descubrir la naturaleza del Dios que nos llamó a
soñar el Cielo mientras estamos aún aquí Abajo. ¿No es verdad que Dios
puede convertir las piedras en hijos de Abraham? Pero lo que yo me pregunto es
si hablando de esta manera lo que el profeta quiso darnos a entender es que
tenemos la cabeza tan dura como una piedra. ¿Puede una piedra conocer a Dios?
¿Entre un hombre que no quiere conocer a Dios y una piedra cuál es la
diferencia?”.
“¿Adónde me quieres llevar, hija?”, como pudo
aguantó la Viuda su impaciencia.
“A un hecho maravilloso, madre. Pero como no
sé el camino no se enfade conmigo si exploro sola como esos montañeros que se
enfrentan por primera vez a la pared virgen. Lo único que me puede pasar es que
caiga a los pies de su falda traspasada por mi ignorancia”.
“No digas eso, hija. No estás sola, aunque
vieja yo te sigo. Sí, María, yo sé que la gloria de Dios empieza donde acaba la
imaginación del hombre. Sigue”. La Virgen rompió entonces en dirección en
apariencia aún más contraria, diciendo:
“¿Madre, qué le dijo el mensajero de mi abuelo
Zacarías? ¿Por qué no me lo ha querido contar todavía? ¿Por qué no me ha
enviado a la casa de mi abuela Isabel? Ahora que puede, contésteme: ¿Puede o no
puede hacer nuestro Dios que unos ancianos den a luz?”
Recuérdese que por aquel tiempo, unos meses antes de la Anunciación de Jesús, el mismo ángel le había anunciado a Zacarías el nacimiento de Juan. Dado el carácter maravilloso de este embarazo y la situación protomesiánica que se vivía en los últimos días del rey Herodes, nadie creerá que Zacarías se fue pegando botes por ahí anunciando el milagroso embarazo de su esposa, una anciana ya de sesenta años. Y, por si acaso, desconfiando el ángel de la naturaleza humana le cerró la boca al interesado a fin de, por el hecho, meterle en la cabeza la necesidad de guardar el secreto del nacimiento del Bautista. Lo cual no quita que, en secreto, Zacarías le enviara a José un mensaje anunciándole la noticia; no porque Zacarías conociera el Plan de la Encarnación de antemano, y sí en razón del cumplimiento de la Escritura, que anunciaba el Nacimiento del Precursor como punto y final de las Profecías, e inmediatamente el Mesías. Es decir, que en las entrañas el Precursor, la Boda del hijo de Natán con la Hija de Salomón era para ya. Nada debía posponer este hecho.
Llegado el mensajero de Zacarías e Isabel a la Casa de la Viuda, dejado el mensaje e ido, la
Viuda y José no habían querido descubrirle aún a María la naturaleza del
mensaje que Zacarías e Isabel les habían enviado hacía poco; de hecho, en privado, la Viuda
se había decidido por enviarles a sus titos a su hija María. La fecha de la boda estaba aún en la distancia y el novio, un hombre como una casa, no sólo no se opondría sino que, por el amor tan grande que José le tenía a Zacarías, su tutor y protector desde su infancia, José no sólo no se opondría sino que él mismo se prestaría a acompañar a su Mujer a la casa de sus titos abuelos, en los montes de Judá. La cuestión del estado de gracia en que de
pronto se halló su hija le borró de la mente a la Viuda todo lo demás. El mensajero que
Zacarías e Isabel enviaron a Nazaret, en efecto, les describió a la Viuda y a su
yerno, detalle por detalle, lo que le había sucedido a Zacarías en el Templo.
Especialmente la imagen del hermosísimo ángel que castigó la falta de fe de
Zacarías quitándole el habla. ¡Señor! su hija María - mientras ella recordaba estos detalles - le estaba describiendo, sin haber sido María testigo del encuentro entre el mensajero, José y la Viuda,
aquel ángel que se le apareciera a Zacarías: como si su hija en persona lo hubiera visto, al ángel de Dios, con sus propios ojos. ¿Cómo era
aquello posible?
En
principio era imposible. El mensajero de Isabel y Zacarías no habló con Ella
mientras estuvo en Nazaret. Claro que se lo podía haber contado José. ¿Pero ... le
habría contado José ...? ¡No! Con un no absoluto cerró la Viuda este pensamiento. En el día José le dio su palabra a su suegra de no ser él quien le daría la
noticia a María. Y la palabra de José, la Viuda lo sabía, era ley pura y limpia
como los chorros del oro; José no la rompía jamás, ni había fuerza en este mundo capaz de obligar a José a romper su palabra. En este sentido José era la Imagen viva de su Creador: Dios dijo, Dios hizo. La palabra de José estaba cortada por este patrón, su palabra iba al templo. Verdad es que esta ley personal era para los buenos objeto de alegría y para los malos el talón de aquiles contra el que lanzar su flecha, porque atrapándolo en ella podían convertir su palabra en red contra el propio José. Pájaro nacido aguilucho José aprendió de Zacarías, precisamente, cómo hacer de su debilidad su mayor fuerza. Y a estas alturas, un hombre ya en sus 40 años casi, José el Carpintero, el personaje más misterioso que, sin ser de Nazaret, pisó nunca Nazaret, exceptuando al mismísmo Fundador del pueblo, Abiud, el hijo de Zorobabel y padre original de María, José ya no tenía miedo de dar su palabra, porque si estaba entre la buena gente la sinceridad le era correspondida y si entre gente mala la sabiduría sabía vestirse de astucia para superar incluso a la misma serpiente. No, -se dijo la Viuda- José tampoco le había dicho
nada todavía a su hija María sobre el mensaje que Isabel les había enviado.
Estaba preguntándose la Viuda cómo su hija se había enterado de la Anunciación del Precursor cuando el
corazón se le fue al recuerdo del día que su hija hizo el Voto de Virginidad.
Allí,
en aquéllos días, la Viuda se preguntó por qué el favor del Señor sobre su casa
se había extinguido, por qué les había Dios vuelto la espalda como quien abandona
un fiel soldado herido para despojo de buitres. En el secreto de su corazón la Viuda quedó entonces atrapada
entre las redes del Dilema de Job. Pero a diferencia del santo ella no encontró
la respuesta enseguida. Ni la encontró en los años que habían pasado desde la
muerte de su marido al día corriente.
Su corazón se abrió a la respuesta que estuvo buscando y no encontró. Sentía, sin poder controlar el impulso, que había
llegado la hora de saber la razón por la que el Señor se llevó entonces a su
marido.
Maravillada, absorta, fuera de este mundo, flotando su ser sobre las
mismas olas que un día se convirtieran en colinas bajo los pies del Gran
Espíritu, la Viuda seguía mirando a su hija María con los ojos clavados en sus
palabras. La Virgen, que había detenido el hilo de su descripción del ángel de Dios, y bajando la cabeza se había vuelto a meter en los hilos, levantando la mirada de nuevo, miró a su madre, y, otra vez, volvió a cambiar de tema.
“Madre -le dijo Ella- ¿no juró Dios que un
hijo de Eva le aplastaría la cabeza a la Serpiente?”.
“Así es”, le respondió la Viuda con el habla
perdida en alguna parte del infinito en que se había quedado atrapado su
corazón.
“¿Y no dicen también nuestros libros sagrados
que de todos los hombres que han existido sobre la faz del mundo jamás nació
uno tan grande como Adán?”, siguió María.
“Así me lo enseñó a mí mi padre y así te lo
enseñó a ti el tuyo. Te escucho, hija”. María continuó adelante:
“Cuando Dios nos prometió el Nacimiento de un
Hijo nacido para llevar sobre sus hombros la Soberanía ¿no pensaba en el
Campeón que había de suscitarnos para liberarnos del imperio de las
Tinieblas?”.
“Sí que pensaba, hija”.
“Pero si el Maligno venció una vez al hombre
más grande que ha conocido el mundo ¿no tiene razón el santo Job al
presentarnos al asesino de nuestro padre Adán ante el Trono del Omnipotente,
todo tranquilo mientras esperaba al siguiente?”.
“Sí que la tenía, María”.
“Claro que sí, madre. Quien venció al hombre más grande
del mundo ¿por qué no iba a vencer a su hijo?”
La Virgen bajó los ojos y
respiró mientras ensartaba aguja e hilo. Su madre permaneció mirándola sin
decir palabra. Al ratito Ella volvió al campo de batalla.
“Entonces, madre, dígame usted, ¿acaso juró
Dios en falso? Quiero decir, ¿en quién estaba pensando el Señor cuando hizo
aquél juramento bendito? David no había nacido aún; nuestro padre Abraham
tampoco. Con su hijo pequeño muerto, nuestro padre Adán a sus pies
todopoderosos desangrándose, ¿en qué Campeón estaba pensando nuestro Dios al
prometernos bajo juramento sempiterno que un hijo de aquella Eva le aplastaría
la cabeza al Maligno?”
Esta vez fue Ella quien le clavó la mirada a su madre.
Ésta, viéndole el rostro a su hija, sólo sabía una cosa, que su hija estaba
embarazada. La dulzura en el rostro, la ternura en el habla, el brillo en los
ojos. Sólo tenía que decirle: Madre, estoy en estado de gracia; y en lugar de
irse al grano, sin saber ni cómo su hija la había llevado a lo alto de una
montaña desde donde se veía el futuro del mundo según la mujer nacida para ser
la Madre del Mesías, ese hijo de la Promesa que había de nacer para aplastarle
la cabeza al Maligno.
“¿En quién estaba pensando Dios el día que
sobre la sangre de su hijo Adán juró el Nacimiento del Campeón por cuya mano se
cobraría Venganza? -repitió la Viuda-. Hija mía, no seré yo quien le ponga
límites a la gloria de mi Creador. Yo sólo quiero que me lo digas tú”.
“¿Recuerda madre lo que escribió el profeta?:
Una Virgen dará a luz y su Hijo será llamado Dios con nosotros”. María volvió a
bajar la mirada. En eso levantó la cabeza y miró a su madre directa a los ojos.
“Madre, esa Virgen la tiene delante de usted.
Ese Niño está en mis entrañas”, le confesó Ella.
Mientras
su hija le revelaba el episodio de la Anunciación la Viuda se quedó mirando a
su hija con la visión de quien está contemplando el Corazón de Dios el día del
homicidio de su hijo Adán. Al término, inspirada por el amor tan grande que le
tenía a su hija, la respuesta que durante tantos años estuvo buscando llenándole el corazon, la Viuda, como río seco que se desmadra en primavera y no pudiendo contener las aguas de su alegría preña los campos de color y sonido, se derramó en bendiciones, diciendo:
“Bendito sea Dios, que ha elegido a la hija de
mi esposo para traernos su salvación a todas las familias de la tierra. Su
Omnisciencia brilla como un sol inaccesible que, sin embargo, todos creen poder
alcanzar con la punta de sus dedos. Aprieta, pero no ahoga; golpea, pero no
hunde a los que ama. Bendita sea su Elegida, la que El ha formado desde las
entrañas de sus padres para entregarnos su Salvador a todos los pueblos de la
tierra”.
Y enseguida le dijo a su hija así: “Benditas serán todas las familias
de la tierra en tu inocencia, hija mía. Pero ahora, María, harás lo que yo te
diga. Harás esto, esto y esto”.
Este Dilema resuelto, el nudo gordiano del estado de gracia de su Hija suelto por obra y gracia de Dios Omnisciente y Todopoderoso, el
problema siguiente de la Viuda era José, el santo de su yerno. Y pensó la Viuda que de él se encargaría ella. Lo que la
Madre del Mesías tenía que hacer era salir inmediatamente de viaje y permanecer
en la casa de Isabel y Zacarías hasta que el Señor lo dispusiera.
Así lo pensó, y así
se hizo. Primero envió a su hija al Sur acompañada de su hijo pequeño Cleofás, un hombre ya hecho y derecho acostumbrado a moverse solo y capaz de dar su vida por la de su hermana María en cualquier sitio y en cualquier momento. Hecho, disposición contra la que José no arguyó nada, tanto por la naturaleza de la personalidad de María cuanto por estar la Novia bajo la ley de la madre aún, la Viuda, quien ya no podía dilatar más el encuentro, agarró a su yerno y le contó punto por punto toda la verdad.
Y no le contó a su yerno la Anunciación del Mesías como quien tiene que ocultar algo y baja
la cabeza de vergüenza. Para nada. Obviamente sí con la humildad y certeza de
la persona que sabe que el Acontecimiento habría de causarle a José un dilema
angustioso, sobre el que José habría de triunfar, y triunfaría, pero por cuyo
infierno habría irremediablemente de pasar.
Y pasó.
No obstante, como imaginaréis, tras la Anunciación José se pasó un tiempo
bastante hundido. ¿Qué había fallado a última hora? ¿Cómo había podido que una
mujer de la clase moral y de la fortaleza de María de Nazaret se dejase engañar por…?
¿Por quién?
Sin que nadie lo pretendiera Ella estaba bajo vigilancia todo el día. Cuando no
estaba con su madre María estaba con sus sobrinos, cuando no estaba en el taller con
sus obreras la Virgen de Nazaret estaba con la familia de los hermanos de su padre. Dios había
levantado alrededor de María la Virgen una tela de relaciones tan absorbentes que la sola
idea del adulterio en Ella era una ofensa. Después estaba Ella, la propia María. Ella era, en
carne y hueso, la mejor defensa que le había buscado Dios a la Madre de su Hijo.
La idea de una María, Madre de Cristo, acorde a las tradiciones apócrifas, que se colaron más tarde en las iglesias, pintando una cuasi niña casada con un vejestorio, tuvo por pintor al Anticristo y por público el cristianismo sumido en el analfabetismo de las edades medievales, respecto a cuyo estado no se puede culpar a nadie, a no ser que, como algunos historiadores de renombre mundial cometieron el terrible error de juicio, se pretenta acusar a Cristo de ser la causa de las Invasiones. Repugna pues a la inteligencia, mediocre incluso, pero poderosa en ejercicio, dar por tutela al primogénito de uno, siendo señor, a unos siervos indignos de la altura del niño, y por contra se elige del reino a los mejores para guardar la custodia del heredero durante la ausencia de tal padre y señor. Sin ir más lejos el propio Filipo, siendo un bárbaro, más bestia que hombre, a la hora de entregar en custodia la mente de su hijo y heredero, no contrató al tutor en razón de su servilismo, sino que fue a llamar al más grande de todos los sabios de su tiempo, cuya gloria ha pervivido durante los siglos, haciendo de su nombre un símil de la naturaleza intelectual del hombre, hablamos de Aristóteles. ¡Cuánto más entonces, el Todopoderoso Señor del Universo que con su Omnisciencia levantó el Cosmos, a la hora de elegir hombre y mujer en cuyas manos poner su Heredero Eterno, pusiera sus ojos en Hombre y Mujer acorde a la Criatura que El concibiera en su Mente y no al hombre y la mujer acorde a los tiempos! María y José nacieron en la Mente de ese Señor y cobraron cuerpo y forma en la sangre y la carne de sus respectivos padres, pero esa mente les pertenecía a su verdadero Señor, y únicamente desde el Espíritu de quien los concibiera puede entrarse en la mente de ambos dos Tutores del Hijo de Dios. La idea de una María cuasi niña y de un José cuasi vejestorio repugna por tanto al espíritu de la Verdad; su puesta en circulación por el Anticristo y cómo encontró el regreso a la imageniería cristiana después de haberle sido rechazada la entrada por la Iglesia Católica Triunfante es un fenómeno que se analizará en Reflexiones. El caso histórico es que el Verdadero José, esposo de María de Nazaret para las fechas, recibió la Noticia de la Anunciación del Mesías como un mazazo sobre su cabeza y tal como le cayó se quedo clavado en el sitio.
¿No os habéis encontrado nunca tocando la gloria con la punta de los dedos y de pronto, cuando ya habíais puestos los pies en el podium, al volveros para levantar los brazos se os abrió la tierra debajo y donde esperabais aplausos encontrasteis burla y donde el dulce olor de la victoria el abismo cubierto del amargo sabor de la derrota? ¿No visteis nunca convertirse el sudor de muchos años en árbol sin frutos? ¡Toda una vida dedicada a nada! Promesas escritas con fuego y sangre en la piel del alma como quien trabaja el más brillante bajorelieve, de repente transformadas en la visión monstruosa de una memoria cuajada de cicatrices horrendas. ¡Cómo no sentir el frío del castañear de dientes invadiendo el alma! Y sin embargo, en lo más profundo del ser, enterrada bajo una cordillera de piedras demoledoras de todo futuro, una estrella palpita sus últimos latidos de esperanza. ¿De quién es la Victoria? ¿Quién es el Señor y quién el Siervo? ¿Es Dios quien hace la voluntad del hombre? ¿La criatura la que dispone de su Creador? ¿Quién manda en el Universo y escribe su Historia? ¿Acoplará la Sabiduría su actuación a la Ignorancia de los actores? ¿Es la Libertad la que debe recortar sus alas en función de los esclavos? Piensa José, piensa hombre. ¿Quién le dirá a quien es Indestructible y su Poder no conoce límites lo que debe hacer, cuándo debe hacerlo y cómo debe hacerlo? ¿Restringirá Tal su acción en orden a la imaginación de quien es sólo polvo en el viento de los siglos? ¿Acaso no lo anunció ya antes de que sucediese? ¿No profetizó la incredulidad del Hecho antes incluso de llevarlo a término? Recuerda José, lo anunció y no lo creimos:
- “Una Virgen concebirá y dará luz un Niño, sobre el que reposará el Espíritu de Yavé, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de entendimiento y fortaleza, espíritu de consejo y temor de Dios, y será llamado Príncipe de la Paz, Consejero Maravilloso, Padre Sempiterno, Dios Fuerte, y cubrirá con las alas la Tierra, oh Emmanuel”, diciendo
esto José vio la luz y salió disparado al Sur. Abrazó a su Esposa, su Compañera, su Hermana en David, se regocijó con Zacarías e Isabel en el día del nacimiento de Juan, y cumplidos estos acontecimientos José regresó con María a Nazaret. Se celebró la
Boda y todo el mundo se olvidó de los mareos de la hija de Jacob, de aquéllos sofocos de primeriza de la niña mayor de la Viuda.
Ni el yerno ni la suegra se cortaron en la preparación de la fiesta. ¡Quién recordaría aquel extraño incidente una vez ahogada la memoria en el mejor vino de la casa! José se echaría las culpas: él era un tipo raro, pero de carne y hueso como todo el mundo, había sucumbido al poder de la pasión y ... Pero bueno, aquélla era su legítima esposa, y si se le perdonaba a los chiquillos el desliz no había razón para condenar el mismo pecadillo por estar los novios ya criaditos. No hay crítica que no ahogue en el tiempo una fiesta de boda como manda la ley, alegría, que no pare la fiesta, y al otro día cada cual a su "bisnes".
Un recuerdo, sin embargo, sí quedó. Lo digo por aquél otro incidente entre Jesús y los fariseos. Recordareis el episodio de Jesús y los fariseos en plena fiesta. Los
fariseos y los saduceos se cansaron de oir que Jesús de Nazaret era el Hijo de
David. Y como no sabían por dónde meterle mano indagaron en su pasado. Metieron
el dedo en la herida y descubrieron aquél incidente extraño de la desaparición
de su Madre durante los primeros meses de su embarazo, y cómo fue José en
persona a buscarla… para….
-Ahhhh,
aquí está su talón de Aquiles.
Con
esta arma secreta escondida en la manga los fariseos llevaron a Jesús al tema
de las primogenituras, unigenituras. Entonces uno cualquiera sacó el manual de
los golpes bajos y lanzó el bombazo.
-Nuestro
padre es Abraham, ¿quién es el tuyo?
A Jesús
se le subió el celo que lo consumía por su Madre a la cabeza.
-Sois
hijos del Diablo -les respondió con la fuerza de un huracán comprimido en la
garganta.
Sólo
otra vez, sólo en otra ocasión de la que no querrían acordarse, verían al hijo
de la Virgen saliéndole rayos de los ojos. Y ya no paraba nunca, ya no se detenía
hasta saciar su cólera hasta el último átomo de ira.
En
adelante entre El y ellos la partida se jugaría a cara o cruz. Cara, se los
llevaba El a ellos por delante. Cruz, se cobraban la suya.

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