BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 

Historia de Jesús

TITA ISABEL EN NAZARET

 

La noticia de la muerte de Jacob de Nazaret cayó en la casa de sus suegros y demás familiares de Jerusalén con la fuerza de un ciclón sin ojo destrozando ciego casas y cosechas. Cleofás y señora, abuelos de María por parte de madre, querían subir corriendo a Nazaret.

La prudencia aconsejaba a Zacarías y su Saga mantenerse a distancia, subir más tarde a Nazaret, dejarlo para una ocasión mejor, no sea que al ir todos juntos levantasen sospechas en la Corte del rey Herodes. Uno cualquiera de los espías del rey podría encontrar raro que todo un personaje de la categoría del hijo de Abías se interesase por la suerte de un simple campesino de la Galilea. Y dirigir la atención del tirano a la casa de la Hija de Salomón era lo último que podía permitirse Zacarías.

 “Tú harás lo que quieras, hombre de Dios”, con estas palabras Isabel cerró la discusión con su marido sobre la conveniencia o no conveniencia de abandonar Jerusalén en esos instantes. “Tú harás lo que quieras”, le repitió Isabel, “pero esta hija de Aarón sale ahora mismo corriendo a abrazar a la niña de su alma”.

Isabel, esposa de Zacarías, futura madre de Juan el Bautista, hermana mayor de la madre de Ana, y por consiguiente tita materna de la Viuda, era por estas coincidencias de la Vida: tita abuela de la Virgen.

Lo mismo que Zacarías, su marido, Isabel pertenecía a la casta aarónica entre cuyos miembros se elegía a los miembros del Sanedrín. Con esto no quiero decir nada excepto que la educación de la futura madre del Bautista no se ajustaba a la educación que solían recibir las demás mujeres hebreas. Y si a esto le sumamos el hecho de haber sido Isabel predestinada desde el seno de su madre para ser la esposa del padre del Bautista, yo creo que desde esta posición de la Providencia las puertas del tiempo se abren al que quiera atreverse a cruzarlas.

Pues así es, Isabel, tita abuela de la Virgen, era la hermana mayor de la madre de la Viuda. Y así lo hizo, Isabel salió corriendo para Nazaret en compañía de Cleofás y señora, padres de Ana, madre de María.

Cleofás, padre de la Viuda, era, por tanto, el cuñado de Isabel. Cleofás se casó con la hermana pequeña de Isabel y tuvieron a Ana, su sobrina Ana, su lucero del alba, la estrella de aquellos ojos que tanto lloraron la imposibilidad de no poder tener hijos. Para cuando Isabel, Cleofás y señora llegaron a Nazaret el padre de la Virgen yacía ya en su tumba. Los habitantes de Nazaret por su parte habían vuelto a sus vidas de todos los días.

La llegada de sus padres y de su tita Isabel volvió a despertar en los ojos de la Viuda aquél río de lágrimas que yacía ahora dormido como muerto, y que excepcionalmente volvía a flote cuando las visitas se paraban a consolarla. No sabía, no podía, no quería vivir sin su esposo.

Para la Viuda de Jacob de Nazaret su tita Isabel era esa persona que todos los hijos echan de menos en sus padres. A los padres se les honran pero a esa otra persona se le confiesa todo. Lógico por tanto que fuese a Tita Isabel a quien la Viuda le descubriera el suceso. Como siempre después de los pucheretes.

El Cigüeñal, la Casa de Abiud, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Salomón, rey y padre bíblico de la familia de la Virgen, era un cortijo de los tiempos señoriales persas. Excepto los graneros el edificio entero era de piedra labrada; hasta los establos. Donde hoy se alza el búnker de la Anunciación ayer se alzó una mansión medio cortijo, medio fortaleza. El salón principal del Cigüeñal de Nazaret tenía los muros adornados de las armas más antiguas e impresionantes. Las había de todos los periodos transcurridos desde el Imperio de Nabucodonosor II al del César I. Contra una de las paredes del salón principal del Cigüeñal los albañiles abrieron una chimenea grande como una cueva. Al fuego de esa chimenea se hallaban sentadas Tita Isabel y su sobrina Ana. Cleofás y señora se habían llevado sus nietos a la cama.

La Viuda arrancó motores. Si las paredes hablasen dirían que la Viuda hizo en un rato pucheros para alimentar a media África. Tita Isabel siempre encontró la forma de cortar aquéllas aguas diluviales; por algo aquélla era su niña. Bueno, era la hija de su hermana pequeña, pero como si fuera la hija que ella nunca tuvo. Isabel quería a su sobrina Ana más que si hubiera sido su hija propia. Es un decir. Pero aquello de arrancarse a llorar, caer en un silencio eterno, volver a arrancarse, aquello no era normal.

 “¿Qué te pasa, Anita?, le preguntó inquietada Isabel. ¿Por qué has esperado a que se fueran tus padres para romper a llorar de esta manera? Ya estamos solas. Anda, dímelo”. Isabel intentó averiguar qué le pasaba a su sobrina.

La Viuda abría los labios. Los abría, sí, pero nunca llegaba a hilar una frase completa.

 “Mi María…Tita…”

 “¿Qué le pasa a tu María, Anita?”.

 “Tita…yo…mi María…”

No acababa nunca. Con el genio que tenía aquella mujer, y que tuviera con su sobrina aquella paciencia infinita.

 “Cuando te calmes me lo cuentas, hija”.

Esto sucedió al rato muy grande. El oso disecado que ocupaba el rincón del salón principal del Cigüeñal de haber estado vivo se habría desesperado ya. Sobre la chimenea una cabeza de león oriundo de la Asiria bostezaba expectante. Isabel seguía mirando el fuego cuando la Viuda logró terminar el relato sobre el Voto de su hija mayor.

 “Repíteme eso, Anita”, le pidió una Isabel absorta, maravillada.

 “¿Lo ves, Tita? Ya sabía yo que no te lo podrías creer”, y la Viuda se arrancó de nuevo.

Al alba, por fin la madre del Bautista estaba al corriente del suceso que cambiaría el curso de la Historia del Universo.

 “Que sí Tita, que mi María no se quitará el velo del duelo por su padre hasta que vea a mi niño de meses casado y bien casado. ¿Qué he hecho yo, Dios mío? Y tú ya sabes cómo es mi María; si fuera hombre su palabra sería lo último que rompiera”.

¡Qué bien conocía la Viuda a su hija mayor!

 

 

LA CASA DE JOSÉ EL CARPINTERO

 

Entremos ahora un poco en la historia de José, futuro esposo de la Madre de Jesús.

El clan de los carpinteros de Belén experimentó un tirón económico muy fuerte a raiz del nacimiento de José. Este no es el lugar para entrar en detalles íntimos sobre la vida de los padres de José el Carpintero. En la Segunda Parte abriremos la puerta como quien corre un velo y veremos cara a cara la verdad de esa intimidad que por ahora y hasta entonces dejaré en el aire. La razón para hacerlo se entenderá más tarde. Para ir superando el trance digamos que una incursión demasiado profunda en la vida de los padres de José el Carpintero rompería el ritmo de este relato. Así que sigamos adelante.

Helí, padre de José, trajo al mundo muchos hijos, hembras y machos. Se encontraba el hombre en la plenitud de su alegría cuando un día se le fueron también las fuerzas, y se murió. Helí se murió, como se morían todos los currantes con familia numerosa que alimentar, de cansancio. Especialmente en aquéllos días la causa de la muerte de los hombres era ésa, el trabajo.

Morían reventados. Estaban los impuestos, los diezmos, los intereses. Los trabajadores apenas si llegaban sanos a los cuarenta; a los cincuenta estaban medio muertos. A los sesenta ya estaban muertos. Sólo los ricos y los tiranos llegaban sanos a los setenta. El que llegaba a los ochenta o era un santo o era un monstruo. Helí, padre de José, no fue ni lo uno ni lo otro. Sólo otro currante vendiendo cara la vida de sus hijos contra tablones y clavos. Así que cuando se murió el Cielo se llevó a su gloria otro de los buenos.

Como vemos la Muerte les estaba siguiendo a sus enemigos los pasos. No teniendo quien empuñara la espada contra ellos, la Muerte misma arremetía directamente contra las dos casas mesiánicas. Invisible, silenciosa, golpeaba con el única arma a su servicio: las tijeras de las Parcas. Ciega, la Muerte escribía en las familias de sus enemigos páginas negras. Desde la luz del que gobierna el destino del universo Dios dejaba moverse a la Serpiente a sus anchas. Pero dejémonos de crónicas del Infierno y de su derrota. Volvamos a poner los pies en tierra firme. Para recordar ruinas y miserias siempre hay tiempo.

Tras la muerte de Helí, hijo de Matat de Belén, el Derecho de Primogenitura convirtió a José en padre para sus hermanos y hermanas. No comprendía este derecho el deber de permanecer soltero hasta que el último miembro de su casa hubiese formado su propia familia. De hecho el matrimonio con la Hija de Salomón -María era por entonces su Prometida- se acercaba cada año que iba pasando. José debía tener unos veinte años aproximadamente cuando su padre se fue al Paraíso de los buenos. María debía tener unos pocos menos. Por esas fechas fue cuando se murió el padre de María. Y así fue cómo los dos hombres que se juraron casar a sus hijos desaparecieron de repente de la escena. Toda su vida soñaron con verlos casados, y de la noche a la mañana un giro del destino les robó de los ojos el sueño.

¿Qué iba a ser ahora de aquél juramento que hicieran Jacob de Nazaret y Helí de Belén delante de Zacarías, hijo de Abías, sacerdote? Idos los dos, muertos quienes que se comprometieron a unir en matrimonio a José y María cuando la edad lo dictase, María y José quedaron libres para seguir adelante y sí o no tomar por propio el juramento de sus padres. ¿Qué harían? ¿Cómo obligar a José a mantenerse soltero hasta que el último de los hijos de Jacob de Nazaret se casase?

 “Hijo mío, sé sabio ante Dios y sus siervos. Ninguna recompensa satisface la condición del ser humano con más plenitud que el ajustar nuestros pasos a su sabiduría. No somos nada, nadie somos cuando se trata de pesar la decisión entre hacer nuestra complacencia o hacer la de nuestro Salvador. Pon tu confianza entera en su Omnisciencia, tu fe deposítala en su brazo todopoderoso, que nunca falla el tiro ni yerra piedra. Tú conoces su voluntad; no le des la espalda. Yo me voy, pero El permanece y se queda contigo. El te guiará hacia la victoria de nuestras Casas. Su ángel escribirá en su Libro: Dijo Dios, y así se hizo”, con consejos de esta naturaleza se crió José.

 

 

LA SEÑORA ISABEL

 

Tras la muerte de Jacob de Nazaret, padre de María, la Viuda se rehizo. Apoyada por Tita Isabel la Casa de las Vírgenes de Nazaret superó el temporal siniestro que en su dolor se pintó la Viuda durante el entierro de su esposo. La señora Isabel, miembro de la clase aristocrática de Jerusalén, experta en el mundo de los negocios y las leyes judías, se hizo cargo de todo, movió cielo y tierra, y no se fue de Nazaret hasta que quedó todo tan sólidamente reestablecido que fuera como si Jacob nunca se hubiera ido. Lista como ella sola, con medios económicos suficientes para frenarles los pies a los hermanos de Jacob que le ofrecieron a la Viuda comprarle las tierras, Tita Isabel conservó para la hija de Salomón, su sobrina nieta, hasta el último acre. Gracias a Tita Isabel no vendió la Viuda ni una higuera. Allí estuvo Tita Isabel para contratar hombres cuando llegaron las cosechas, para firmar contratos, para pagar a los jornaleros, para cobrar los dineros de las ventas, y, lo más importante, para coger a su sobrina Juana y enseñarle de la A a la Zeta el abecedario de los negocios.

Pasó pues que Juana, la que seguía a María, acompañó en el Voto a su hermana grande. Pero Juana, al contrario que María, una artista con la costura, Juana heredó el carácter entero de su difunto padre; no se cansaba ella ni de aprender de su tita Isabel cómo manejar a los hombres ni de abrirse paso en el mundo de los contratos; ni se cansó trabajando en el campo al frente de los jornaleros que trabajaron para su Casa. Muchos apostaron que en cuanto se fuera la Señora Isabel la niña se vendría abajo y tarde o temprano la Viuda tendría que vender.

 “Hija, tú no les hagas ni caso -le aconsejaba Tita Isabel a su sobrina nieta Juana-. Los hombres nos miran como si la Sabiduría no fuera nuestra hermana. Porque la toman por esposa se creen que la Sabiduría nos da la espalda. Tú, ni caso, Juanita. Y si el sol apretara y la cosecha fuera mala yo te la compraría entera al precio de una cosecha de oro. Esto es muy sencillo, hija mía. Ten siempre una sola palabra; si conviniste en más por lo que luego resultó valer menos, tú mantén tu palabra; dijiste tanto, tanto pagas. Lo mismo cuando les toquen equivocarse contigo. Conviniste en tanto, tanto cobras…”

Con el tiempo la pequeña de las Vírgenes de Nazaret aprendió a hablar con los hombres que ella misma contrataba como si fuera una persona mayor. Nunca las tierras del clan de los hijos de David de Nazaret estuvieron tan fructíferas como en aquéllos años después de las grandes sequías.

Ni tampoco los señoritos del Cigüeñal, la casa grande de la colina, anduvieron antes mejor vestidos. La Señora Isabel, como toda hija de Aarón, era una maestra en las artes de tejer mantos sin costura. Era el manto de los miembros del Sanedrín. Señora de un grande del Sanedrín, Isabel le podía asegurar a su sobrina nieta María que su taller de costura sería el más rentable del reino entero.

-Pero Tita, le decía María, yo no puedo abandonar la casa de mi madre.

-Hija mía, ni lo menciones, le respondía Tita Isabel.

El hecho de que siendo tita abuela la llamasen Tita se debía al genio de la propia Isabel. La hacía sentirse vieja que la llamasen “abuelita”.

Pues eso, entre sus sobrinas nietas Juana y María se le fue el tiempo a la Señora Isabel. Si a su Juanita la Señora le enseñó todos los misterios de los negocios y en su nombre contrató capataz que la ayudara en todo, y le metió en la cabeza que desde Jerusalén ella seguiría sus movimientos al día, y por Dios que ella se anticiparía al infierno antes de ver caer sobre sus nietas otra desgracia; si a su sobrina nieta Juana la puso al frente de los campos, a su “nieta” María la sentó a su lado, y no la levantó de su vera hasta que su sobrina nieta aprendió de las manos de una experta en trabajos sagrados los secretos más recónditos del corte y confección de un traje sin costura. La Niña, que era de por sí una artista, porque de su propia madre le venía la escuela, cuando se despidió de “la abuelita” no sólo había heredado uno de los misterios más celosamente guardados por las hijas de Aarón, sino que además abrió su propio taller de costura en Nazaret.

Del taller de corte y confección de la Virgen de Nazaret salieron para Jerusalén algunos de los mantos sin costura orgullo de la casta de los príncipes de la Ciudad Santa. Mantos por los que se pagaba oro contante y sonante. Sólo se tenía uno, y era para toda la vida.

-¿Pero Tita, de dónde sacaré el dinero para las sedas, y para los hilos de oro?, le preguntó una vez Ella.

-No te pongas la pelliza por una nube, hija -le respondió la Señora Isabel-. Cuando yo te haga el encargo te enviaré sedas para que vistas a todas tus hermanas, y un saco de hilos para que le hagas a tu hermano una trenza con cabellos de plata. Si el Señor no me ha dado hijos será por algo. ¿Qué se creen los hombres? Para el hijo de Natán todo. Hija mía, le han regalado un potro íbero a tu José que ya para sí lo quisiera un general romano. Con él, con tu José, bajan la guardia y ya parece tu Prometido un príncipe entre mendigos. ¿Quién va a prohibirme a mí regalarle a la hija de Salomón la Luna y las estrellas envueltas en sedas y atadas con hilos de oro?

Y así fue, en efecto. Cómo llegaron a vestir las hijas de Jacob de Nazaret fue la admiración de todos los miembros del clan de David de la Galilea. A la hora de casarlas, ya se adivina, la dote que quisiera la Viuda por Ester y Rut, las mellizas.

-¿Dote? ¿Quién ha hablado aquí de dinero? ¿Tú lo amas, hija? -era la respuesta de la Viuda a los pretendientes de sus hijas.

Estaban equivocados, vaya que si estaban equivocados. ¿Comprarle a la Viuda una hija?

Imposible.

¿Mejor partido en toda la comarca?

Ninguno.

Los campos de la Hija de Jacob producían al ciento por ciento. Del taller de la Virgen de Nazaret salían los vestidos más buenos, bonitos y baratos de la región. ¿Al niño de la casa? Al Cleofás, al benjamín de la casa sólo le faltaba la diadema para dejar a los hijos de Herodes a la altura de los mangantes. Por tanto el que fuera a casarse con sus hijas que no le viniera a la Viuda de Jacob hablando de dineros. Su corazón era lo que tenían que ponerle sobre la mesa, abierto de par en par, abierto como una luna llena, desnudo como el sol de un cuarenta de Mayo. Y luego que fuera lo que el Cielo quisiera.