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Historia de Jesús
EL
VOTO DE MARÍA
Como las católicas de toda la
vida aquellas mujeres hebreas eran muy trágicas para lamentarse por la muerte
de un ser querido. No digo que sea bueno ni malo, simplemente era así. Los
romanos al contrario usaban el entierro como excusa para un banquete, el último
banquete, la última cena de los Césares.
El banquete de despedida de
Cicerón en los frescos de la mansión del difunto en Pompeya nos muestra a sus
familiares y amigos bebiendo a la salud del muerto. La corona del orador sempiterno sobre
sus cabezas recuerda la de los olímpicos laureles pero trazada a ojo dalí con brazos de vides en trenzas floridas de un barroco tardío ya muerto. ¡Dios
santo, los Romanos tenían el corazón tan duro que ni la misma Muerte podía arrancarles una lágrima de ésas de pena con las que la madre de las Parcas gusta escanciar la copa de sus perros de la guerra! Los Romanos, de cuando Roma era Roma, necesitaban sentirse tocados por la vara de Baco para
recordar que eran hombres, tan de carne y hueso como los demás bárbaros del
orbe, por ejemplo. Hasta que no estaban borrachos como una cuba no soltaban lágrima. ¿A quién le había de extrañar que cuando los Cristianos llenaran las orejas de los pobres del Imperio con ésa Palabra se convirtieran a la Religión de la Caridad hasta los dioses? ¡No era listo el Altísimo! ¡Quién se atreverá a enmendarle la plana!
Los Hebreos, inversamente a la
mayoría de los pueblos, entre los cuales algunos sobre cadáver calentito dividiendo la herencia; y a pesar de ser tomados por exagerados, y con todo teniendo abiertas las puertas del Paraíso de Abraham, los Hebreos preferían velar el muerto a pelo, sacando pecho,
¿respetando la posibilidad de una resurrección milagrosa del difunto? ¿Por qué
no iba a poder Dios querer intervenir en los asuntos humanos y hacer gracia de
su Omnipotencia a los familiares del difunto en esqueleto presente? Obviamente nadie creía que el
difuntofuera a despertarse. Pero la posibilidad estaba ahí. De todos modos
porque el difunto no se vaya a levantar tampoco se va a tirar su cadáver a la
basura cual si se tratase de perro muerto. La distancia, el alejamiento, la
ausencia necesita de un tiempo de despegue. Duele más de esta forma que de la
otra, quién lo duda. De la otra el muerto al hoyo, a quitarse de en medio y dejar vivir al
vivo del bollo. Supongo que la costumbre impone su cultura y cada
cultura lo vive a su manera. Los Hebreos de todas las maneras posibles
eligieron la más dolorosa, no enterraban al difunto hasta pasado el tercer día de su
frustrada resurrección. ¡Las lágrimas estaban servidas!
Y si encima se terciaba el
caso que nos ocupa, un hombre joven, en la flor de la vida, casado y tan
enamorada su Viuda de él como el primer día que se pusieron los ojos el uno sobre el otro, padre de seis criaturas, un hombre
que nunca estuvo enfermo, un hombre que no parecía cansarse jamás, pero que se moría
sin tener nadie que se ocupase de sus campos, y que se iba justamente cuando amainaba
la tormenta de los tiempos de sequía largas como el Sahara y de terremotos hondos como la fosa de las marianas, pues poned todos estos elementos en la misma coctelera, agitadla, y
el resultado será explosivo. La explosión que desencadenó la muerte de Jacob de
Nazaret la vais a descubrir enseguida; sus consecuencias aún perduran.
Estaba Ana, la Viuda del difunto Jacob, el padre de María, la futura Madre de Jesús. Desde
jovencita la madre de la Virgen fue muy pucherona. El día que su padre le
prohibió pensar en posibilidad remota alguna que hubiera de casarse con el que acabaría siendo el padre de sus
niñas, y futuro abuelo del Mesías, tan cierto como llueve para abajo que la joven novia, aún no prometida y ya descompuesta, salió corriendo por las calles de Jerusalén, en
busca de su tita Isabel, dejando a su paso un reguero de
lágrimas traspasadas por la lanza de hierro que a su Nieto habría de traspasarle pecho y hundirse en su corazón para gloria de Dios y nuestra.
Tita Isabel, la esposa de
Zacarías, el futuro padre del Bautista, ya conocía a su sobrina Ana. No en vano Ana era la niña de sus ojos. Conforme echó la pueta abajo y se arrojó en los brazos de su tita, Tita Isabel se rió mirándola a los ojos mientras le secaba las mejillas
de Magdalena toda rota.
“Pero bueno, chiquilla, ¿me vas a decir qué te
pasa? Cuando te arrancas de esta manera se te olvida que yo no sé nada.
¿Lloramos juntas o me río de tí hasta que tú te rías conmigo?”, le suplicaba
Isabel. Tita Isabel amaba a su sobrina Ana con una ternura divina.
Aquella mujer, Tita Isabel,
quería a su sobrina más que a las murallas de Jerusalén, más que a las nubes
del cielo de primavera, más que a las estrellas de la mañana y de la tarde
juntas, la quería más que a sus vestidos y más que a sus cacharros de plata,
pero cada vez que su Anita se le echaba encima de aquella manera Tita Isabel no sabía si
acompañarla en los pucheros o echarse a reir de sus lágrimas. Tampoco es que a
cada cambio de guardia su sobrina Ana le estuviese regando el desierto con
arroyos de agua salada. La verdad era que cuando se arrancaba de esa forma que
ni podía articular palabra y había que darle tiempo a que se calmara era que
algo muy gordo le había pasado a su Anita.
La muerte del padre de tus
niñas, sólo dos de ellas muchachas, las otras crías, y un bebé de leche dando la caña,
la verdad, sí es una buena razón para llorar hasta que el cuerpo se quede sin agua, los huesos se sequen y rodeando el Mandato: Polvo eres y al polvo volverás, de pena escriba el alma: Del agua vengo y al agua vuelvo. Pero como lejos de toda alma sin mancha el nacimiento de la idea de rebelión contra la Ley de su Creador, y cual El dice así se haga, así y más lejos estaba del corazón de la madre de la Virgen hacer del Dios de su difuntodiana contra la que lanzar el fuego que le comsumía ser y esperanza.
El hecho es que pasó eso. El cadáver de su difunto esposo sobre la cama de la Muerte, Ana, la madre de la
Virgen, se hundió hasta lo más profundo de la desesperación comprensible al
caso. Por un tiempo la Viuda se quedaba muda. No decía nada; sólo lloraba, y lloraba abrazada a
aquella criatura de leche que no conocería a su padre más que a través del recuerdo de sus hermanas grandes. Con Cleofás, que así se llamaba el niño de pecho, en los
brazos la Viuda de Jacob de Nazaret lloraba todo el día y toda la noche.
Desesperada, ya se veía rodeada de tiniebla densa y fatal; hundida, ya se
imaginaba la casa de su difunto tragada por los impuestos; rota, deshecha, ya
se veía ella vendiendo a sus niñas para salvarlas de la ruina.
Hijas de David que eran todas,
y en unos tiempos cuando ser Judío no bastaba sino que había que demostrarlo,
tener por esposa una hija de David era un pasaporte a los beneficios que el
César le había concedido a los judíos en gratitud por haberle salvado la vida
contra el último de los faraones. Lo recuento.
Por lo visto, es Historia, persiguiendo a
Pompeyo, Julio César se metió en problemas. Se le vio al César corriendo como
un loco detrás de Pompeyo el otrora Magno. Y mira por donde el antaño Domador de Asia fue a aterrizar en Egipto. En ese entonces, cuando el César Imperator
puso su planta en playa del Granero del Mundo, el hermano de la Faraona, la divina Cleopatra, acababa de arrancarle a Pompeyo la cabeza del cuello, y pensando que al divino César la ofrenda de semejante Juan Romano le sentaría como anillo al dedo, aquél Faraón con faldas se encontró por toda respuesta el desprecio que Cortés le dio al Monctezuma de la Piramide del Sol, en cuya cima tenía su nacimiento un río de sangre, que los Mexicanos Antiguos bebían en adoración de sus dioses augustos, los mismos demonios que según las Sagradas Escrituras se acostaban con nuestras hembras y les parían a nuestrospadres monstruos sedientos de sangre, los héroes de muy antiguo, Gilgames, Hercules, y afines. Ese mismo faraón con faldas que
acababa de ejecutar a Pompeyo, cosa increíble, vino y se le puso bravito al César de las Galias. Y hasta se dice que el
hermanito de Cleopatra incluso se atrevió a declararle la guerra al Conquistador
de tantas naciones bárbaras.
Enfin, lo sabido, contra toda
esperanza aquél faraoncillo estuvo casi a punto de enviar al César al Elíseo de
los famosos generales romanos. Ya estaba Julio Imperator acorralado en la Alejandría de los Sabios cuando el padre de Herodes el Grande se las
arregló para reunir miles de jinetes, y se le vio salir desde Jerusalén al galope, y atravesando el desierto del Sinaí como quien huye del diablo, se le vio cargando contra el hermano de Cleopatra, romper el cerco y rescatar al
César del infierno. Los historiadores, que para eso están, son testigo. En pago por su salvación Julio César le otorgó a los judíos un número
de privilegios imperiales a cual más divino, como no estar sujetos al servicio militar, libertad
de movimiento para el Diezmo del Templo, etcétera. La condición sine qua non
para beneficiarse de tales privilegios era, cómo no, ser ciudadano de la Judea.
Listos como zorros,
escurridizos como anguilas, los Judíos de la Diáspora, donde no había una comunidad judía ese sitio no existía, encontraron muchas formas de falsificar
los papeles. El quid era demostrar que se era Judío de nacimiento. De todas las formas imaginables de burlar al Imperio la más fácil
era comprarse unos documentos falsos, que cualquiera de los burócratas que
trabajaban en el Registro del Templo de Jerusalén te servían por un puñado de
dracmas. ¿Qué mejor manera de pertenecer a la lista de los privilegiados que
declararse descendiente del rey David? Y para mejor cerrar el circuito incluir
haber nacido en Belén de Judá, “por favor”.
Y aún existía otra fórmula
inclusive mejor, más placentera. Por supuesto que sí, comprarle al rey David
una hija por esposa.
Las descendientes del rey
David en alza, si se pagaba bien por una hija de David ¿cuánto se pagaba por
una genuina hija del rey Salomón? Y no una cualquiera, una sólo de palabra, no no;
estamos hablando de una genuina y auténtica descendiente del mítico rey sabio, estamos hablando de María de Nazaret, hija de Jacob, hija de Matán, hija de Eleazar, hija de Eliud, hija de Aquin, hija de Sadoc, hija de Azor, hija de Eliacim, hija de Abiud, hija de Zorobabel, hija de Salomón, hija de David, hija de Judá, hija de Abraham, hija de Noé, hija de Set, hija de Adán. Jamás, en la Historia de la Humanidad, mujera algunas superó en distancia de los tiempos genealógicos a los emperadores y reyes más notorios de más sangre azul que vivieron sobre la faz de la Tierra. ¿Quién sería el afortunado que lograría comprar ese pedigrí y llevarse a su casa todas las garantías que el César Imperator le había otorgado a los Judíos de pura cepa?
Algo tan corriente entonces,
vender a las hijas al mejor postor, a la Viuda de Jacob de Nazaret le sonaba a
comparar a la mujer con el ganado. ¡Por Josué y las setecientas trompetas que
derrumbaron las murallas de Jericó! ¿vender ella a sus niñas por dinero? ¿Ella
que se había casado por amor y conocía lo dulce que es el matrimonio por amor y
sólo por amor? A la sobrina de Isabel la de Zacarías, hijo de Abías y futuro padre del Bautista, educada en la Ley de Dios y de los hombres por su Tita Isabel, la sola idea de tener que vender a sus hijas por dinero le destrozaba el alma. Y lo peor de todo era que ella no veía cómo podría
salvar a sus hijas de ser tratadas como las bestias que se compran y se venden en el
mercado de las pasiones humanas. Más lo pensaba la Viuda de Jacob de Naxzaret, y el cadáver de su difunto no
paraba de recordárselo, más amargas le sabían las lágrimas por el futuro que
les esperaba a sus niñas. Y además estaba el niño.
“¿Y qué va a ser de mi Cleofás sin tu padre,
María? ¿Qué va a ser de la casa de tu padre, hija mía?”, vertía su suerte la
Viuda de Jacob de Nazaret en el corazón de su hija María.
Entre la madre, Ana, y la hija, María, ¿qué
queréis que os diga?, la hija parecía la madre. María abrazaba a su madre y la
consolaba con palabras llenas de ternura y juicio. Y eso que la muchacha estaba
en flor de juventud. Era María una criatura que no había conocido en este mundo más que
alegrías. Había querido a su padre con locura y viéndola consolar a sus
hermanas y a su propia madre cualquiera diría que aún no se creía lo que estaba
pasando.
“Papá duerme, Juana”, es lo primero que le
salió del alma a María cuando se encontraron muerto a su padre, bajo aquella higuera, a la sombre del mediodía.
“Papá está en el Paraíso, allí nos espera a
todas, ya está Ester, ven aquí Rut, cálmate Noemí”, les decía a su hermanas
pequeñas mientras se bebía sus lágrimas. Dejaba la muchacha a sus hermanas pequeñas con
Juana y se iba con su madre, la Viuda:
“Ya está, madre; padre está en el Cielo. Su
Dios no permitirá que sus hijas sean vendidas como esclavas”, le susurraba María a su
madre al oído, secándole a besos las lágrimas.
“Hija mía”, intentaba articular la Viuda. Pero
no terminaba nunca la frase, se deshacía en pucheros y regresaba a sus
tinieblas, las que envolvían su casa y pintaban el horizonte de su familia con
los colores sufridos de una visión macabra.
El resultado de la natural
desesperación de la Viuda de Jacob de Nazaret fue el siguiente.
La visión tenebrosa que la
Viuda se había hecho sobre el futuro de sus hijas se correspondía a la realidad
de todos los días. La muerte del cabeza de familia obligaba a las viudas a
entregar sus hijas al pretendiente que más dinero pusiese sobre la mesa, con
total independencia de la edad del comprador. Era la verdad y no hay que darle
más vueltas al asunto. Desde el punto de vista del macho rico mientras más
viudas hubiese, mejor, así habría más ganado fresco y joven donde elegir.
El mundo estaba hecho a imagen
y semejanza de las pasiones de los poderosos y todo lo que se diga en contra no
nos llevará a ningún sitio. Para colmo de males, con las leyes del divorcio que
se habían dado últimamente los Judíos, la carne de hembra se compraba para usar y tirar; se
digería a gusto del consumidor y luego se tiraban los restos para que quien
viniera detrás chupara los huesos. ¡Y ay de aquél que no siguiera el ejemplo!
En las clases altas tener una sola mujer era signo inequívoco de conspiración
contra Herodes.
“¿Ése se ha casado una sola vez? ¿Y no se le
conoce una segunda ni una tercera mujer al menos? Seguro que ése conspira
contra su majestad, alteza”. Por razones tan absurdas como esta rodaban las
cabezas de los judíos por las calles de Jerusalén en aquéllos días.
No era algo que la Viuda se
estuviera inventando. Ella era de Jerusalén, de la clase alta, conocía esta
realidad tan de cerca como que su marido yacía difunto delante de sus hijas.
Que ya está, que no llorara
más, que no era para tanto, que todo se solucionaría, que el Señor no
permitiría que eso pasara. Palabras muy hermosas, que la Viuda agradecía. Ella
sólo sabía que apenas hacía un día se levantó con la alegría de la mujer más
feliz del mundo y no habían pasado dos era “la Viuda”.
“Déjame llorar, hija mía. No ves que si no me
muero”, le rogaba inconsolable la Viuda a su hija María.
Aprovechando una calma y
estando Juana y María solas con su madre, María, hija de Jacob de Nazaret,
abrió su boca.
El Cielo es mi Testigo sobre
lo que a continuación digo, y allá que me envíe al horroroso Infierno si me
invento una sola palabra.
En la noche de aquél día, durante el velatorio por la
muerte de su padre, la hija mayor de la Viuda de Jacob de Nazaret ató su vida a
un árbol que tenía el poder de ahorcarla si ella no cumplía el Voto que
escribió en el corazón de su madre y de su hermana Juana. María pudo haberse
callado; estuvo en su mano haberse llevado el dedo a los labios y no sujetarse
a la prueba. Pero no estaba en el carácter de la hija de Jacob resistirse a los
prontos de su personalidad. Ella prefería aceptar las consecuencias con todas
las de la ley.
Nadie las estaba escuchando, estaban las tres solas delante de
Dios. Por esto os he dicho que quien quiera estar seguro de lo que escribo ahí
está el mismo Dios que le cogió la palabra a la hija de Jacob de Nazaret para
afirmarme o desmentirme. Que Dios se presente como Juez es natural, que acuda
como Testigo es algo extraordinario. De los valientes sin embargo es la gloria.
Y sigo.
Allí, delante de su hermana
Juana, María le juró a su madre que eso - ser las hijas de Jacob vendidas por esclavas al
mayor postor - no les pasaría a sus hermanas nunca, antes tenía el Diablo que
destronar al Altísimo, el Infierno conquistar el Paraíso, o pasaría cuando el
corazón de Herodes fuera elevado a los altares.
La fe de la hija de Jacob de
Nazaret era tan grande, su confianza en el Dios de su padre era tan inocente,
que no le cabía en el corazón que su Señor fuera a abandonar su familia a
merced de los tiempos.
Entonces, muy sosegada, con
una seriedad de persona adulta, ella, María De Salomón, hija de Jacob de
Nazaret, hija de Zorobabel, hija de David, hija de Abraham, hija de Adán, puso por testigo al Dios de sus padres y delante de su madre y su
hermana Juana juró, invocando la Ley de Moisés contra su cabeza si rompía su
Voto, que ella, María De Salomón, no se quitaría el velo del duelo por la
muerte de su padre hasta que viera casadas a todas sus hermanas, que no
firmaría su propio contrato de bodas hasta que viera casado y con hijos a su
hermano pequeño Cleofás.
Más aún: no se casaría hasta
que viera a los hijos de su hermanito Cleofás pegando botes, todos felices y
contentos por esa misma habitación por donde ahora el dolor campeaba
triunfante. Hasta ese día ella no se quitaría el velo del duelo por su padre.
La Viuda alzó la cabeza al
infinito. Juana miró a su hermana con lágrimas de eternidad en los ojos. María
De Salomón siguió diciendo:
“Por la memoria de mi padre le juro, madre,
que mis hermanas no conocerán amo. Cuando salgan de la casa de mi padre saldrán
alegres en los brazos de ese amor que vivieron sus padres y del que bebimos sus
hijas hasta saciarnos. Nadie comprará a las hijas de Jacob.
Consuele su alma, madre mía.
Ese niño que tiene en sus brazos elegirá de entre las hijas de Eva la más
guapa. Así me haga el Señor si yo falto a mi palabra: por esposo me dé el
hombre más malo del mundo. No se destroce más el corazón, madre; no ofenda al
Cielo culpando a nuestro Señor de nuestra desgracia, no sea que mi padre tenga
que bajar la cabeza ante Abraham por la ofensa que portan las lágrimas que
nunca se acaban. Mi padre se pasea entre los ángeles y a los pies de su Dios
pide clemencia para su casa. Díselo tú, Juana”.
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