Historia de Jesús
La
Muerte de José
La vida de José el
Carpintero apagó su llama al poco de consumirse la de Cleofás. Si la existencia
de Cleofás fue hermosa y digna de ser vivida, la de José el Carpintero fue la
del guerrero siempre al filo del precipicio, los músculos constantemente en tensión,
los nervios afilados hasta el último átomo, siempre vigilante, siempre
preparado para acoplarse al próximo giro del destino.
“No hay nada
predeterminado. ¿Quién sabe lo que el mañana deparará? Cuando el libro de la
vida pase la página ya se verá lo que contiene. Y baste a cada día su afán”.
“Lo que a los hijos
del Espíritu les toca en suerte es responder veloces al sonido de la trompeta
llamando a la acción”.
“La Muerte ataca
siempre por la espalda, pero el que le da la cara le quita de la mano ese as
llamado factor sorpresa”.
Proverbios de esta
naturaleza fueron el pan de cada día de José el Carpintero. Zacarías, el futuro
padre del Bautista, su preceptor, tutor, mentor, maestro, todo lo bueno en uno,
dedicó su talento, su genio, su sabiduría, su arte, todo lo mejor que tenía a
formar la mente del joven José. Gracias a su paciencia y dedicación el guerrero
sin miedo que corría en la sangre del joven José aprendió a mirar cara a cara a
la Muerte, y, con el brillo en sus ojos del héroe que se sabe invencible, hasta
al mismísimo Infierno. Pero para lo que jamás articularon su mente era para
verse envuelto en las redes del mismísimo Dios. También su concepción de
siempre sobre el nacimiento del hijo de David era la clásica al uso, papá,
mamá, se casan, se unen, dos personas diferentes y una sola cosa, la llamada de
la sangre, el poder de la carne. ¿Imaginarse que Dios fuera a meterse por medio
Encarnación de su Hijo mediante? Pues la verdad, no; lo que pasó luego no se lo
imaginó nunca.
Mirando para atrás,
reviviendo aquellos días José el Carpintero se reía de corazón.
En esta ocasión el
guerrero había llegado al otro lado del campo de batalla. Alrededor de su lecho
de muerte sus sobrinos y su gente lloraban la despedida del querubín que jamás
había bajado la vigilancia, la muerte del héroe que jamás se desprendió del
casco y la armadura. Ya se disponía a entregar el alma. Ya creían todos que sus
fuerzas habían alcanzado su ocaso, que su aliento se desvanecía en las
distancias entre el Cielo y la Tierra, cuando José el Carpintero salió de su
sueño. Lo despertó el recuerdo de su respuesta a su Maestro Zacarías el día que
Isabel les comunicó la noticia del Voto de la Virgen.
“Hágase la voluntad de
Dios. Mil años ha estado esperando mi pueblo este día, bien puedo esperar yo
diez”, dijo José.
¡Dios, qué giro
inesperado le diste a la vida de tu siervo! Creció el joven José soñando el día
de ver nacer de su esposa al rey Mesías, el dueño de la espada de los reyes, el
legítimo portador de los dos rollos mesiánicos. No comprendieron sus hermanos y
hermanas que José no se casara a la edad que todo el mundo solía hacerlo. La
vida era breve. La existencia, muy dura. A estas alturas de la historia nadie
podía permitirse el lujo de dejar correr los años al estilo de los Patriarcas,
que se casaban de los cuarenta años para arriba. Muchos eran ya abuelos con
cuarenta años solamente. ¿A qué aguardaba el jefe del clan de los carpinteros
de Belén para elegir mujer y honrarlos a todos con sangre fresca?
José guardaba
silencio. Les respondía a sus hermanos con el silencio del que parecía, a
diferencia de los demás mortales tomados del barro, haber sido formado del
hierro. Lejos de su pecho albergar un corazón de piedra, pero no le dejaste,
Dios santo, más remedio que adoptar esa actitud por el bien de todos, pues si
hubiera llegado al oído de los sicarios de Herodes la menor noticia sobre el
complot davídico que se estaba tramando a sus espaldas ¿cuánto habría tardado
aquella serpiente en ordenar la muerte de todos los hermanos de tu siervo?
Salió José el Carpintero de su sueño reviviendo aquél día inolvidable, el día
que fue a la casa de su suegra a pedirle explicaciones sobre el rumor que tenía
escandalizados a todos en Nazaret.
¿Qué estaba pasando?
¿Qué le estaba llegando a sus orejas? Las vecinas le pegaban unas indirectas
tremendas.
“¿Cómo llamaréis al
niño, señor José? Porque será niño”. El Carpintero acabó sintiendo el pinchazo,
se dejó de contemplaciones y fue directo a hablar con su suegra. La Viuda, que
esperaba la visita, fue y le abrió la puerta. La madre de la Virgen se había
estado preparando para este encuentro. Lo había temido. Lo había deseado.
Soñaba con él, suspiraba por él, temblaba pensando en él. ¿Estaría ella a las
alturas de las circunstancias? ¿La gracia que desprendía la inocencia de su
hija se le habría contagiado a ella, su madre? Como madre estaba dispuesta a
sacarle los ojos a quien pronunciase la palabra adulterio. Su yerno José era un
santo, un hombre más bueno, ¿pero qué macho no se escandalizaría al oir que su
hembra estaba en estado de gracia por obra del espíritu santo? Con el corazón
en el puño la Viuda le abrió la puerta a su yerno.
“Siéntate, hijo mío
-le dijo-. Este es un día grande para todos las familias de la tierra”.
¡Vaya forma de abrir
tajo! El Carpintero se sentó. Lo que es abrir la boca no la abrió. Tampoco le
hubiera hecho falta. Su mirada lo decía todo.
Hombre, puede que mil
imágenes valgan menos que una palabra de Dios, y que una imagen valga más que
mil palabras de hombre. En la situación al caso, la madre de la Virgen frente
al hombre a quien le afectaba directamente la Encarnación del Hijo de Dios, ni
las palabras ni las imágenes le parecían suficientes a aquella madre atrapada
en las redes de un Dios que a nadie le pide permiso para meterse en la vida de
las criaturas que El crea del barro. Bastaba con las miradas. Las miradas lo
decían todo.
La Viuda sabía a qué
venía su yerno, y su yerno sabía que ella sabía a lo que él había venido. La
cuestión era quién iba a romper el hielo. La madre de la Virgen, inspirada por
el amor tan infinito que le tenía a su hija, de un sitio, y por la sabiduría del
mismo Espíritu Santo, del otro, se arrancó:
“Hijo mío, ¿tú crees
que Yavé es Dios?”, le soltó a su yerno sin darle tiempo a decir esta boca es
mía. Una entrada de este tipo, lo sabía ella, era lo último que hubiera podido
esperar su José. El Carpintero ni se inmutó. Un hombre de hielo hubiera movido
más nervios que el Carpintero en aquel momento. Bueno, él ya conocía a Ana, su
suegra, conocía qué sello le había dado su impronta al alma de aquélla mujer.
Zacarías lo educó a él, José; pero a su suegra Ana la formó con sus propias
manos Isabel, la mujer de su Maestro. Así que si lo que la Viuda de Jacob de
Nazaret estaba haciendo era defender a su hija María, y sin duda lo estaba
haciendo, la madre de la Virgen estaba empezando bien. Ya se vería en qué acababa
tanta filosofía. La madre de la Virgen, sin perder la calma ni sentirse
desarmada por la pétrea seriedad de su yerno, continuó:
“Perdona, hombre de
Dios, que te entre por esta puerta, pero los acontecimientos me lo exigen.
Quiero decir, ¿tú crees que hay algo imposible para Dios?”. Luego se quedó
mirando a su yerno como si en aquel momento el misterio de los ojos de Dios se
le hubiera revelado y le permitiera leerle a José el Carpintero el pensamiento.
Otro individuo hubiera sentido aquella mirada en plan intimidación. El
Carpintero la sostuvo sin mover un músculo. Aunque todavía no hubiera captado
adonde pretendía ir a parar su suegra José permaneció sentado tranquilamente.
El había venido a buscar una sola palabra, un Sí o un No. Y punto. Y no se iba
a salir de la casa sin tener el Sí o el No. ¿Estaba su mujer en estado de
gracia? Era todo lo que quería saber. La madre de la Virgen jugaba con ventaja,
sabía que su yerno José no se movería del sitio hasta que ella le diera el Sí o
el No.
La verdad, toda la
verdad y sólo la verdad era un Sí, un Sí maravilloso, un Sí divino, un Sí
eterno, infinito, un Sí sin paliativos, indescriptible, inexplicable. También
era un No, un No total, un No sin concesiones, sin discusiones de ninguna
clase, un No profundo, innegociable, la Vida del Mesías en una mano, la Muerte
del Hijo de David en la otra.
¿Qué elegirías tú,
amigo? ¿Te decantarías por la burla, te reirías de Dios en su cara, le negarías
a Dios su poder para realizar esa Obra extraordinaria, sobrenatural?
Amigo, todo es nada
cuando todo es poco. Pero si la criatura recusara el conocimiento de su Creador
y lo sujetara a su nivel de inteligencia natural la obra extraordinaria sería
sacar a semejante burro del pozo de los necios.
Los dados -pues que a
favor del viento sopla la gracia- siguen esperando la próxima jugada. A cada
hombre y mujer le toca el turno de exhalar su respuesta. Afirmarse en el Sí o
en el No. Si tuvieras todo lo bueno en una mano, y todo lo malo en la otra ¿por
cuál de las dos te decantarías?
José el Carpintero
tuvo en su día los dados de la fortuna del Hijo de María en su mano. Jamás en
la Historia del Universo hombre alguno pasó por un trance parecido o semejante.
Su decisión cambiaría el futuro del mundo. Su Sí o su No levantaría o hundiría
todo el Plan de Salvación Universal de su Creador. De sus labios sin embargo la
madre de la Virgen sólo podía esperar palabras de sabiduría. Con esta fuerza y
coraje propios de una hija de Eva la madre de la Virgen siguió adelante con su
revelación:
“Vamos a ver, hombre
de Dios. Imagínate que el Señor te reta a que le pongas una prueba. Sí, como
suena. Imagínate que nuestro Señor te ofrece la oportunidad de ser retado por
tí a probarte que El es Dios de verdad, no sólo de palabra y porque pueda hacer
algunos trucos de magia más que los magos del Faraón. Pongamos que no te basta
creer de palabra que El es Dios, y quieres, necesitas verlo con tus ojos.
Quieres ver su Todopoder y su Omnisciencia, quieres verlas en acción superando
el más difícil todavía, venciendo la prueba más grande que se te pueda ocurrir.
Hombre de Dios, ya sé que tu fe es más fuerte que la roca, que sin ver te
conformas y te sobra con la Palabra que viaja de boca en boca por el firmamento
de los siglos para creer en la Veracidad de nuestro Señor. Sin embargo
concédete a tí mismo esta oportunidad. Respóndeme sin prejuicios. Dime ¿con qué
prueba comprometerías a Dios a emplearse a fondo? ¿Qué prueba le pondrías a
Dios que fuera digna de su Todopoder y le obligase a poner sobre la mesa toda
su Omnisciencia? Hijo, no te cortes, no dejes tu lengua pegada al cielo de tu
corazón por miedo a encontrar las palabras. Atrévete, desafía a tu Creador,
porque te lo mereces, por tanto sufrimiento, por tanto dolor y tanta crueldad
que nuestros padres han sufrido. ¿Qué éramos, hijo, antes de que el Espíritu de
Dios se cerniese sobre las aguas de nuestros mares? ¡Animales sin inteligencia!
Entonces un día fuimos amados por nuestro Creador y nos regaló el don de la
palabra. Ahora pues no te la niegues a tí mismo, habla, levanta al Omnipotente
tu cabeza, pon a sus pies tu alma, pídele que haga una obra extraordinaria,
única, irrepetible, maravillosa, medida de su Gran Espíritu, que sacie tu sed
de conocimiento y tu hambre de sabiduría. El está por tí. El me abre la boca y
pone en mis labios su palabra. Pregúntate a tí mismo qué prueba le pondrías a
tu Creador, una y no más santo Isaac, pero una que llene tu alma de felicidad
infinita y tu ser de alegría eterna. Venga, no seas tímido”. Y la madre de la Virgen
se calló.
Aunque os parezca raro
José el Carpintero seguía sin salir de su asombro. Vino buscando la respuesta a
algo tan sencillo como la verdad sobre el rumor del estado de gracia en que se
rumoreaba se hallaba su esposa, y le salía su suegra con una discusión
teológica en toda regla. José se la quedó mirando intentando adivinar qué
estaba pasando. ¿Era un Sí o era un No? Su suegra aprovechó la confusión para
llevar su Revelación un paso más adelante.
“Hijo, respóndeme -le
rogó ella-. No me mientas ni te quedes callado por temor a ofender al Señor.
Dime la Verdad, ¿te atreverías a retar a tu Dios? ¿O te retraerías y no
abrirías tu boca por miedo a ofender a tu Creador?”. Sin concederse respiro la
Viuda respiró. Enseguida regresó al campo de batalla. “Hombre de Dios, ya sé
que te estoy sorprendiendo; pero concédeme estos minutos de tu vida. De nuevo
te lo pregunto ¿qué le pondrías a Dios por prueba? O mejor, pongámoslo de esta
forma: ¿Qué prueba para un Dios sería la más grande que podría ocurrírsele a un
hombre? Por ejemplo, tú quieres que El te demuestre de una vez por todas que El
es Dios de Verdad, que no se ha adjudicado a sí mismo la gloria del Ser
Increado. ¿Quieres que borre del cielo todas las estrellas? ¿Quieres que el sol
no se ponga nunca? ¿Quieres que los burros vuelen? ¿Quieres que las ballenas
anden? No sé, ¿qué quieres? A emperador llega cualquiera. A Midas todos los que
pueden. No le pidas a Dios cosas que un hombre pueda hacer. Lo vas a retar con
una obra extraordinaria, superior, le vas a poner delante un trabajo que ni el
Hércules en la plenitud de su gloria hubiera podido meterle mano. ¿Me
explico?¿Y qué quería decirte? Ah sí, verás, lo que a mí me preocupa es que
conociendo la naturaleza de los hombres ¿estás seguro que una vez borradas del
cielo las estrellas no le buscarás una explicación natural a fenómeno tan
divino? ¿A un Sol congelado en la cúpula del firmamento seguro que los hombres
no le daréis la vuelta y le hallaréis una causa natural que os quepa en la
cabeza?”.
Habiendo enviado la
pelota al tejado ajeno la Viuda de Jacob de Nazaret se calló. José el
Carpintero no entró en el juego. Yo diría que cualquiera que en aquel momento
le hubiera visto sentado frente a su suegra hubiera jurado que aquél hombre de
Dios tenía hielo en vez de sangre en las venas.
José el Carpintero no
movió una ceja. Con la mirada congelada sobre su suegra parecía más una estatua
de piedra que una criatura de carne y hueso. La Viuda le sostuvo la mirada.
Sabía ella de sobra que su yerno no iba decir palabra; no en vano el marido de
su hija era hechura del marido de su tita Isabel. Inspirada por el amor tan
grande que le tenía a su hija la Viuda actuó como si el silencio de José fuese
un reconocimiento al valor de la idea puesta sobre la mesa. José, que empezaba
a maravillarse con el rumbo que estaba tomando la conversación, adornó su
silencio con las primeras palabras:
“Dígamelo usted,
madre. ¿Por qué iba yo a negarle a mi Creador la gloria de su Brazo?”. Y se
calló. La madre de la Virgen dio el paso definitivo. Había llegado el momento.
“Hijo. Yo no soy
hombre”. Había dado el paso adelante, sí, pero en la dirección que a ella le
convenía. “Yo no sé cómo pensáis los hombres -le insistió-. Yo fui creada de
una costilla del varón. Lo que para un hombre pueda ser la prueba más grande
del Universo tal vez a los ojos de una mujer no lo sea tanto. Lo único que yo
me pregunto es ¿a los ojos de una mujer puede ponérsele a Dios una prueba más
grande que concebir sin la intervención del varón? Quiero decir, no a la manera
de aquellos hijos de Dios que se acostaron con las hijas de los hombres y
tuvieron descendencia. Ya sabes que entre los griegos, los romanos y los
bárbaros sus dioses se acostaban con sus mujeres y les parían héroes, el último
el mismísimo Alejandro Magno. No, hijo, te estoy hablando de otra cosa: ¡Que
una Virgen dé a luz un Niño sin conocer varón!”.
Ahora sí que José el
Carpintero abrió los ojos de par en par. ¿Qué le estaba insinuando su suegra?
¿Con este rodeo metafísico adónde le estaba llevando? ¿Le estaba envolviendo el
Sí que vino a buscar en una especie de nudo teológico imposible de desatar? Era
tan alucinante el tema que José permaneció sin moverse.
“¿Hijo, crees que una
prueba semejante superaría los límites del Poder Divino?”. Siguió atacando la
Viuda sin darle a tiempo a su yerno a preparar la estrategia de contraataque.
De todos modos su yerno habló por fin: “No. Nunca”. Dijo todo serio. Y
enseguida volvió a su papel de yerno en pleno estado de alucinamiento con las
vueltas que le estaba dando su suegra a la respuesta tan sencilla y corta que
vino buscando: ¿Sí o No?
Parecía que Sí, pero
era que No. Al parecer el Sí se lo estaban adornando en azúcar para que no le
amargase demasiado la píldora de los acontecimientos. Mas la idea con la que su
suegra le estaba retando le parecía tan fantástica que su cuerpo se negaba a
marcharse sin antes escuchar con sus orejas la conclusión del argumento que le
estaban fabricando.
“No me esperaba menos
de tí, hijo -interrumpió el hilo de su pensamiento aquella madre dispuesta a
defender a su hija con uñas y dientes-. Ahora demos otro paso hacia adelante.
El Señor recoge tu reto. Si, como te lo digo, el Señor va a darte la prueba por
la que suspiran tus huesos: Va a hacer que una Virgen conciba un hijo por obra
y gracia del Espíritu Santo. ¿Recuerdas hijo la profecía? Yo sé que sí.
-Le dijo el profeta Isaías
al rey Ajaz: Pide a Yavé tu Dios una señal en las profundidades del seol o
arriba en lo alto.
-Y contestó Ajaz: No
le pediré, no quiero tentar a Yavé.
-Entonces le dijo
Isaías: Oye, pues, casa de David: ¿Os es poco todavía molestar a los hombres,
que molestáis también a mi Dios? El Señor mismo os dará por eso la señal: He
aquí que la virgen grávida da a luz, y le llamará Emmanuel”. La Viuda detuvo su
discurso y le clavó la mirada a José en el alma. El Carpintero no le daba
todavía crédito a sus oídos. ¿Le estaban diciendo que la Señal se había
producido? ¿Se había vuelto loca la Viuda o quería volverle loco a él? Como si
estuviera leyéndole el pensamiento la Viuda reabrió el tema.
“Hijo, tú te dices: Al
grano, señora. Y yo te pido que no te impacientes. No estamos hablando de cosa
baladí, está en juego la gloria del Eterno. Concédete paciencia. Si por correr
demasiado rápido el atleta no ve las señales y se las salta y alcanza la meta
por camino no señalizado, aunque de todos modos hubiera ganado de haber
circulado por la pista oficial ¿le dará el jurado la corona de los laureles?
¿Verdad que no? En efecto hijo, ya tenemos al Eterno en movimiento, buscando a
la Mujer, a la Virgen en cuyo seno tomará cuerpo su Señal. Yo te pregunto,
¿sobre qué bienaventurada hará reposar Dios su Brazo? ¿Sobre qué mujer única y
especial entre todas las hijas de David extenderá el Altísimo el manto de su
Gloria? ¿A cuál amará como se ama a la esposa única y adorada? Tú me dirás que,
ya puestos en el caso, el propio Altísimo la engendrará y la predestinará desde
el seno de sus padres para ser la Madre. Y te dirías bien. ¿O acaso El no se
adelanta al que pide engendrándole para pedirle? La Omnisciencia del Señor es
la que mueve toda alma que respira ante su presencia. ¿No es su Gran Espíritu
la fuente que inspira cada palabra que le llega a su oído? Por supuesto que sí,
hijo. El abre la boca del que pide: ¡Que una Virgen dé a luz sin la
intervención del varón! El Señor se sonríe. Abre su boca y dice: Sea, voy a
alucinaros a todos haciendo una obra que será recordada sempiternamente: El
hijo de Eva nacerá de esa Virgen. Ya está hecho, hijo. Dime ahora, ¿de entre
todas las mujeres qué mujer elegirá el Altísimo para ser esa Virgen
bienaventurada?”
Por un momento José el
Carpintero creyó que ya había oído todo lo que había venido buscando, pero la
idea que su suegra le estaba poniendo sobre la mesa era tan alucinante que
permaneció sin moverse. ¿Qué le estaba diciendo la Viuda, que su Prometida
estaba en estado de gracia por obra y gracia del Espíritu Santo? La madre de la
Virgen no le dio tiempo a cavilar demasiado.
“Ponte en el caso,
hijo. Dios anuncia cuál será la Señal en la que El demostrará la Gloria de su
Hijo delante de toda la creación entera. Desde el seno de sus padres El forma a
la pareja que llevará en sus brazos al Niño nacido de la Virgen. Pero ahora hay
que superar un problema, hay que salvar un último obstáculo. Sí, hijo, el
orgullo del macho. ¿Dejarás que el orgullo del macho te ciegue la
inteligencia?”.
José comprendió por
fin el argumento de su suegra.
“¿Me está diciendo,
madre, que ha sucedido?”.
“No te precipites en
tus conclusiones, hijo mío. Permíteme recapitular el camino recorrido hasta
aquí. Mejor, contemplémoslo desde otro ángulo. ¿Qué dijo más tarde el Profeta
hablando sobre el Niño que ha nacido de la Virgen?:
-Nos ha nacido un
Niño, nos ha nacido un Hijo que tiene sobre los hombros la Soberanía, y será
llamado Príncipe de la paz, maravilloso Consejero, Dios fuerte, Padre
sempiterno…”.
“¿Qué ha nacido, dice
usted, madre?”. La interrumpió él. Por primera vez José el Carpintero se movió
dejando traslucir agotamiento de paciencia. La madre de la Virgen retomó el
ataque antes de perder la presa.
“No dejes que el
orgullo del macho ciegue tu inteligencia, hijo. Pues si El no engaña ni miente
y cumple todas sus promesas, ¿qué diremos? ¿Qué los profetas de Israel fueron
todos unos mentirosos e impostores? ¿Que con tal de glorificarse a sí mismos
escribieron las Sagradas Escrituras sin más ánimo que recitar poesía? Tú me
dirás. Espero tu respuesta”.
José el Carpintero
siguió el hilo. Pensó que visto el tema así la Viuda tenía toda la razón del
mundo. O su pueblo era una nación de impostores con una capacidad infinita para
engañarse a sí misma o ciertamente no habiendo nacido el Niño tenía que haber
Nacimiento. Hasta aquí todo correcto. Lo que ya se le atragantaba en la
garganta era la conclusión que le estaba poniendo por delante la madre de su
esposa. Le estaba diciendo que la Virgen era su María. No se lo había dicho
todavía con estas palabras, pero estaba claro que todo este discurso tenía por
fin esta declaración final.
Lista como ella sola,
inspirada por la fe, su suegra le cortó el pensamiento. Se diría que más que
inspirada estaba divina. Le leía el pensamiento a más velocidad que él se lo
leía a sí mismo. Aprovechando, la madre de la Virgen entró a saco.
“Mi hija, tu esposa,
es la Elegida para concebir en su seno al Niño que había de nacer de Aquella
Virgen de la que nos habló el Profeta. Tú, José, eres el Hombre”.
Por un momento fugaz
José estuvo a punto de levantarse y cerrar aquella conversación inolvidable con
un “ya basta”. Pero permaneció sentado. Su suegra continuó.
“Delante de ti, hijo,
ha abierto Dios dos puertas. Estas dos puertas permanecerán abiertas delante de
las generaciones que nos seguirán cuando tú y yo seamos un recuerdo en la
memoria de los siglos. Una es la de la fe, la otra la de la incredulidad. Si
eliges esta última actuarás como aquél que retó a su Dios y al descubrir que la
Virgen elegida para demostrarle su Gloria era su propia mujer se rebeló contra
Aquél a quien él mismo retó. Pero yo sé que tú no harás eso. Hijo mío, de la
inmaculada inocencia de mi hija yo soy ante todos su testigo. Su ángel te
sacará de las tinieblas de la duda que te embarga. La otra, hijo mío, es la
puerta de la fe. El corazón me dice que tú elegirás ésta. Y que correrás en
busca de la Madre del Mesías por el que nuestro pueblo ha estado esperando
tantos milenios”.
Inexplicablemente, en
su lecho de muerte José el Carpintero se sonrió. ¿Hay muerte más hermosa que la
de la criatura de Dios que se despide de este mundo con una sonrisa en los
labios? Bueno, ya todos sus sobrinos y su gente creían que de un momento a otro
José cerraría los ojos para siempre, en eso que José se incorporó y le rogó a
todos que salieran y le dejaran a solas con su mujer y su "hijo".
Idos, los tres solos, José respiró y comenzó a hablar.
“Mujer, mi boca ha
permanecido sellada hasta este día por las razones que tú misma comprenderás al
término de las cosas que ya nada me impiden poner en tu conocimiento y en el de
tu Hijo.
Hijo, ¿qué le diré yo
a mi Señor? Mi alma está ante mi Dios. Me voy al encuentro de mi Juez, ante
quien deberé rendir cuentas de mi vida. Pero hay algo que debes conocer antes
de salir yo de este mundo. Tu Madre ya te ha hablado de sus titos abuelos,
Isabel y Zacarías, a quienes tú no conociste y a quien tanto le debemos tu
Madre y yo. Ten paciencia conmigo en esta última hora y recuerda mis palabras
en tu Día. ¿Por dónde empezaré? ¿Cómo abrirte la puerta al conocimiento de los
hombres y mujeres que pusieron sus vidas a los pies de su Dios para que tu Luz
alborease sobre las tinieblas? Si no te he dado a conocer nunca los hechos que
ahora te descubro fue pensando en tu bien. No me culpes por haberte tenido al
margen de la historia de aquéllos hombres y mujeres que vivieron sus días al
filo de la navaja, pendientes sus cabezas de un hilo todos los días de sus
vidas para que tu Venida se cumpliera. Tú sabrás, hijo, lo que deberás hacer
cuando tu Padre Eterno pronuncie abierto tu Día”.

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