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Historia de Jesús
LA MUERTE DE CLEOFÁS
Cleofás, el padre de Santiago
el Justo y sus hermanos, fue un bendito. Si es verdad que antes de la muerte el
ser humano revive los años vividos en este mundo, los últimos momentos del
hermano de María fueron felices. La única pena que hubiera podido oscurecer sus
recuerdos luminosos, haber muerto su padre al poco de nacer él, incluso esta
pena no pudo enturbiar sus últimos momentos. Su hermana María transformó aquella
ausencia física en una presencia angelical siempre pendiente de su niño. Ahora
que se encontraba a un paso de cruzar la puerta de la muerte, Cleofás podía
recordar sonriente la forma que su hermana mayor tuvo de mitigar la falta del
padre transformándolo en su propio ángel de la guarda. ¿Cómo hubiera podido
dudar de la inocencia de su hermana María el día que su madre le contó la
Anunciación? Fue el primer hombre en el mundo que conoció el Misterio de la
Encarnación, y el primero que creyó con los ojos cerrados en la Virgen que
concebió al rey Mesías. Fue su madre la que lo cogió a solas y se lo dijo con
todas las palabras. “Hijo, pasa esto, esto y esto, y quiero que hagas esto,
esto y esto”.
Cleofás se olvidó de su mujer
y de sus dos hijos pequeños, aparejó su caballo, la yegua para su hermana, y,
sin darle más explicaciones de las necesarias a su cuñado, le abrió el camino a
la Virgen a través de la Samaria. ¡Dios santo!, qué hermoso estaba, querubín en
su caballo de fuego con la mirada del águila escudriñando el horizonte, la
espada presta y afilada para trazar alrededor de su Hermana el círculo que el
soldado romano desconocido trazó alrededor del gran rey del Asia. “Si traspasas
la línea le declaras la guerra a Roma, si te das la vuelta, vete en paz. Si
quieres guerra la tendrás”.
Le dio su cuñado por compañía
dos de sus canes, Deneb y Kochab. A aquéllos últimos ejemplares de su raza
parecía habérseles contagiado la tensión del joven hermano humano; Deneb
avanzaba abriendo camino, Kochab vigilando la retaguardia. La Virgen hubiera
bajado sola a la Judea sin más protección que la confianza puesta en el Señor
de su ángel Gabriel. Pero estaba tan hermoso su Cleofás cubriéndola con el
manto de su fe absoluta en su inocencia.
Algún tiempo antes de descubrirse
en Nazaret el estado de gracia en que se hallaba la mujer del Carpintero,
estado de gracia en boca de todos los vecinos, llegó a Nazaret un muchacho de
la Judea, de la propia Jerusalén, buscando a José. Traía un mensaje de
Zacarías. Su contenido dejó boquiabierto y pensativo a José. Isabel se hallaba
embarazada.
Cuando al poco su suegra se
decidió a enviarle María a Isabel, para que le ayudara en los últimos meses de
la gestación de Juan, José lo vio natural. Pero lo que ya no vio tan lógico es
que fuera Cleofás quien se adelantase a él y acompañase a María al sur. Ahora,
en su lecho de muerte, Cleofás recordaba con cariño la cara de sorpresa que
puso su cuñado al oírle hablar a él, un muchacho a sus ojos, palabras de un
hombre entero.
“No se diga más. Toda conversación ha
terminado. Mi madre dispone, su hija obedece, y yo, su hijo, cumplo. Hasta el
día de tu boda tu prometida está sometida a la autoridad de mi madre. No hay
nada más que hablar, José. A la vuelta nos veremos las caras”. José se quedó
mirándolo con los ojos de quien descubre al hombre en el muchacho y está
encantado de que sea así, porque así deben ser las cosas.
Zacarías e Isabel se habían
retirado a su casa de campo en las montañas de Judá, lejos de Jerusalén. Hacía
algún tiempo ya que el hijo de Abías se había retirado de la posición oficial
que ocupó durante toda su vida en la jerarquía burocrática del Templo. Y no lo
había hecho hasta pocos meses atrás del propio Templo porque al ser vitalicio
el sacerdocio y no tener hijos, su Turno lo obligaba hasta la muerte o hasta
que una enfermedad se lo impidiese. Sano y longevo en unos tiempos en que la
vida media del hombre apenas si pasaba de los cincuenta, Zacarías, aunque
hubiera podido poner el Turno de su padre a disposición del Templo, prefirió
mantenerse en su puesto sagrado hasta que la muerte o la enfermedad lo
obligasen a retirarse. Y esto es justo lo que pasó. Porque al quedarse mudo ya
no pudo seguir manteniendo aquella postura de inamovilidad que tantos enemigos le
creara.
La administración del tesoro
del Templo les correspondía a las familias sacerdotales dueñas de los
veinticuatro turnos de adoración. El presidente de este consejo de
administración era el sumo sacerdote, que a su vez se elegía entre esas
veinticuatro familias. Por regla general el sillón pasaba de padres a hijos.
Pero alguna vez que otra pasaba lo que le había pasado a Zacarías. Zacarías no
tenía hijos a los que entregarle su sillón. Lo natural en este caso era poner a
disposición del consejo de los santos el Turno y elegir entre las familias un
sucesor. Como se comprenderá no podía faltar quien pusiese sobre la mesa el
dinero que hiciera falta para comprar esa posición vacante. Contra natura y sin
necesidad Zacarías se ganó muchos enemigos al negarse en rotundo a vender su
Turno. Nadie podía obligarlo a poner a disposición del Consejo el Turno de su
padre. Y no lo hizo.
Nadie supo nunca qué le dijo
el ángel a Zacarías, pero las consecuencias de aquella Anunciación fueron
milagrosas para sus enemigos. Mudo, el hijo de Abías por fuerza tenía que poner
a disposición del Consejo su Turno, firmar su renuncia y retirarse del Oficio.
Zacarías se retiró a la Villa que tenían él y su señora en los montes de Judá.
Era una casa de campo, lejos del mundo y sus ajetreos, a la que sólo tuvo
acceso Simeón el Joven, el único de la Saga de los Precursores que aún vivía.
Fuera de Simeón el Joven no recibían visitas. ¿La causa? Bueno, la causa era el
milagro que en sus carnes estaban viviendo los padres de Juan el Bautista.
En su lecho de muerte Cleofás
se acordó de la maravilla que vivió el día que se encontró con sus “abuelos”.
Zacarías pegaba botes por las paredes, y de Isabel de no haber sido por sus
pelos blancos como la nieve nadie hubiera podido jurar que aquélla mujer había
pasado ya los sesenta. El muchacho parecía él, su abuelo. No hablaba, pero no
paraba de moverse. Sólo otra pareja en toda la historia del mundo había vivido
un milagro de esta naturaleza, Abraham y Sara naturalmente.
Desde el pórtico de la casa de
campo de sus abuelos Cleofás se recordaba mirando al horizonte diciéndose a sí
mismo, “¿qué te pasa, José, por qué tardas tanto?”. ¡Cómo recrear la alegría de
aquél muchacho cuando vio aparecer a José por el valle, trotando al galope por
la llanura! ¿No se le saltaron las lágrimas cuando vio a aquél gigante
arrodillarse a los pies de la Virgen pidiéndole perdón por haber dudado de su
inocencia?
El día que José le anunció que
se llevaba a María y a Jesús lejos de Herodes, Cleofás lo miró a los ojos como
quien le dice al otro: “Y tú te has creído que yo me voy a quedar detrás
mientras tú te llevas a mi Hermana al quinto pino”.
Desde la primera vez que viera
al muchacho larguirucho aquél le cayó Cleofás a José la mar de bien. Y ya no se
separaron nunca. Padre de una familia numerosa que parecía no acabar, Cleofás
jamás le criticó a José el comportamiento de su hijo Jesús ni la forma de
educarlo que José tuvo. Si su hijo Santiago se partía los puños contra los
esquinas de los tablones mientras su sobrino Jesús se iba por ahí a recorrer
cerros, esto fue algo que Cleofás vio con los ojos del que al fin y al cabo una
vez fue el señorito del Cigüeñal. Así fue cómo a él mismo lo crió su propia
madre. De todos los niños de Nazaret, Cleofás fue el principito que ni
trabajaba ni tenía necesidad de dar el callo para echarle una mano a la
familia. Su hermana Juana se bastaba sola para llevar los campos; su hermana
María gobernaba el taller de confección más rentable de la zona. De cuando en
cuando la tita abuela Isabel subía de Jerusalén cargada de regalos. ¿Se iba a
olvidar del niño de la casa?
¿Cuál fue su misión en esta
vida? ¡Vivir la vida! Le recordaba su sobrino Jesús tanto a él mismo que
Cleofás se reía viendo a José pasar tantos apuros cuando tenía que defender a
su Jesús delante de los amigos y vecinos.
También a él el cambio tan
brusco de su sobrino a su regreso de Jerusalén le cogió por sorpresa y lo dejó
maravillado. Y lo mismo que le pasaba a su hermana tampoco él se explicaba qué
estaba pasando por la cabeza de su sobrino. El único que parecía entender al
Niño era José. José era el único que pareció no sentirse sorprendido. Fue el
único que pareció conocer perfectamente qué le estaba pasando, y, como el
propio Niño, seguía su política de no decir palabra a nadie. Con su Madre y con
su tito Cleofás, Jesús se sentía incómodo porque les leía en los ojos lo que
estaban pensando. En cambio con José el Niño se encontraba a sus anchas. Era el
único que no lo miraba con preguntas en los ojos y el único que sabía llevarlo
de forma que a Jesús se le olvidaban los problemas y se convertía en el
muchacho activo, inteligente y trabajador que todos les alababan a sus padres.
Sí, claro que sí, Cleofás
vivió una vida maravillosa antes de conocer a José. Pero aquél nómada gigante a
lomos de su caballo íbero vagando por las provincias del reino, sus tres
querubines asirios sacados de un fresco perdido de algún palacio de Nínive,
aquél nómada le dio a su vida lo que le estaba faltando, la imagen del padre,
del hermano que nunca tuvo. Y ahora, en su lecho de muerte, sería para sus
hijos e hijas el padre que les iba a faltar.
Sí, si es verdad que antes de
morir la mente recorre los años vividos, uno por uno, Cleofás revivió años
únicos, maravillosos. La Virgen por hermana, el rey Mesías por sobrino, un
Querubín por cuñado, una mujer maravillosa que le había dado hijos e hijas,
todos sanos, todos fuertes.
-José…, empezó diciendo en su
lecho.
-Hermano -se adelantó José-.
Tus hijos son mis hijos, tus hijas son mis hijas. De todos nosotros tú eres en
este momento el bendito. Nuestro padre David espera a su príncipe Cleofás en el
seno de esa luz que se encenderá cuando cierres los ojos. Allí nos veremos,
hermano. Ven a darme la mano cuando me toque a mí cerrar los míos.
Y así fue. Cleofás se murió
joven, como su padre Jacob.
-Igualito que nuestro padre,
Juana, en la flor de la vida. ¡Cómo te vamos a echar de menos, hermano!, lloró
La Virgen.
Lo enterraron en Nazaret, en
la tumba de su padre Jacob, al lado de su abuelo Matán, sobre los restos de
Abiud, hijo de Zorobabel, hijo de Salomón, hijo de David.
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