Historia de Jesús
EL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO
Los emigrantes regresaron a
Nazaret, como quien dice, ricos. José vendió la Carpintería del Judío a un
precio muy bueno.
-Adiós Alejandría adiós
-susurraron los labios de un José que dejaba atrás amigos, negocio, años
felices, perspectivas nuevas, una ciudad sabia, la alegría de haber vivido
cosas maravillosas y oído otras increíbles de creer de no haberlas oído de
labios del Niño.
Al otro lado del horizonte le
esperaba el regreso del dolor dormido bajo las sábanas espesas de un
subconsciente cruelmente herido. ¿Regresar a Nazaret?, ¿instalarse en Belén, su
pueblo?, ¿qué haría?
Durante la ausencia de la
Dueña del Cigüeñal de Nazaret, la casa grande de la colina, Juana, la hermana
de María, había mantenido la heredad de su sobrino Jesús en alza. Por este
sitio José no tenía ningún problema. Todo lo que era de su esposa era suyo; así
que José podía dedicarse a vivir de las rentas y empezar a darse la buena vida.
Sólo que esta forma de pensar no iba con él. Por muy próspera que fuera la
herencia de su esposa.
Como padre que era a José más
que el porvenir de su hijo Jesús lo que le preocupaba era el futuro de sus
sobrinos.
Para la fecha su cuñado
Cleofás había traído al mundo una tropa. De haberse mantenido soltera su
hermana María hubiera sido más que probable que la herencia de Jacob de Nazaret
y su legado mesiánico hubieran pasado al varón de la casa; en cuyo supuesto el
futuro de los hijos de Cleofás hubiera estado ligado al de la propiedad de
María.
No era el caso. Tarde o
temprano los hijos de Cleofás tendrían que abandonar la casa de la Tita María,
establecerse y fundar sus propias familias. Así que, sin pensárselo dos veces,
José tomó la decisión final de volver a empezar, como la primera vez que llegó
a Nazaret, desconocido de todos los que no le conocían, sin suelo donde caerse
muerto, el cielo por techo, los horizontes por paredes de su casa, la tierra
madre por piso donde reclinar su cuerpo, una piedra de almohada bajo las
estrellas, sus fieles canes asirios de guardia alrededor del fuego, la aurora
al alba, la estrella de la mañana bajo la Luna, Jerusalén arriba, camino de la
Samaria como quien se interna en un cuerpo y viaja hasta el corazón por las
arterias incógnitas de la tierra. ¿Por qué no? ¿No nos dotó Dios de su fuerza
para mantener el espíritu siempre joven? Las fuerzas tienen que fallar, pero
las ganas siguen más allá del cansancio de los huesos.
Pues claro que reabrir la
carpintería iba a ser un trabajo serio, pero como a aquéllos dos hombres no les
faltaban ni la fuerza ni el coraje para volver a empezar de cero, pues eso.
Además, que ya habían pasado a mejor gloria las criaturas tenebrosas que
ordenaron la Matanza de los Inocentes y, la verdad, todo sea dicho, aunque José
no aparentara demasiadas ganas de regresar a la patria también a él le estaba
picando el gusanillo de la familia, volver a ver a sus hermanos y hermanas, ver
a su mujer y a su cuñado felices en los brazos de su madre. En fin que la
naturaleza humana fue tejida con fibras del amor divino y necesita bañarse en
lágrimas de alegría para superar la tendencia innata que manifiesta a parecerse
a las bestias, que ni ríen ni lloran.
En cuanto al trabajo, hombre,
José pudo haberse dedicado a los negocios del campo, pero no era su palo. El
oficio de carpintero ebanista lo llevaba en los genes, le palpitaba en la
sangre; era lo suyo, podía pegar un clavo sin mirar, pulir la superficie más
ruda mientras conversaba. ¿El campo? El campo no era para él, ni él estaba
hecho para el campo. ¿Habían desfallecido las mañas de su cuñada Juana para
mantener la propiedad en alza?
Sí, para los asuntos del campo
allí estaba su cuñada Juana. Y sobre el taller costura de Nazaret el asunto
estaba en las manos de las obreras de su Mujer, y Esta, dedicada ya a su
familia, lo primero que hizo fue dejar las cosas tal como estaban.
El Niño, por su parte, apenas
puso el pie en Israel ya se moría por ver llegar el día de su admisión en la
comunidad con todos los plenos derechos de los adultos, cosa que solía tener
lugar a los trece o catorce años. En su caso las cosas se adelantaron a los
doce años porque su cabeza funcionaba mejor que la de una persona mayor. Conste
que no lo digo para impresionar al lector. Lo cierto es que durante todo el
trayecto del Egipto a Israel el Niño se mantuvo hiperactivo; si por El hubiera
sido se hubiera echado a volar, o a correr sobre las aguas y no hubiera parado
hasta llegar a Jerusalén. Ya se lo imaginaba todo. Se abriría paso hasta el
Patio del Templo, pediría la palabra y dejaría fluir por su boca la verdad toda
la verdad y nada más que la verdad.
“Allá voy Jerusalén”-susurró el Niño mientras
dejaban atrás Egipto.
La idea del Niño sobre su
destino mesiánico era la clásica del pensamiento popular de las fechas. El Hijo
de David se presentaría montado en su caballo de gloria ante los poderes del
Templo, reuniría a su alrededor a todos los hijos de Abraham del mundo y los
lideraría a la conquista de los confines de la tierra.
Con estas santas intenciones
en la cabeza, la ceremonia de admisión en la comunidad celebrada, a sus doce
años cumplidos Jesús se fue al Templo a poner en práctica su estrategia.
Durante el primer día atraería
la atención sobre sí; al segundo la voz se correría; y al tercero se les
descubriría a todos los Sabios de Israel en la inmensidad de su realidad
divina. Al Cuarto el Mesías estaría en su trono llamando a sus filas a todos
los ejércitos del Señor en el mundo.
Y así fue. Al menos durante
los dos primeros días. Pero al tercero pasó algo que marcaría su existencia por
los restos.
Maravillados por la
inteligencia de aquél Niño que sabía más que todos los sabios de Israel juntos,
las autoridades del Templo acabaron congregándose para tomar una decisión sobre
lo que estaba pasando.
Entre ellos cogió sitio
alrededor de Jesús, a su vez rodeados de los Doctores y Príncipes del Templo,
un tal Simeón. Este Simeón era el anciano que saludara al Niño recién nacido y
le dijera a su Dios que ya lo podía dejar ir, a reunirse con sus padres pues ya
había visto al Cristo.
Dios no parece que estuviera
muy de acuerdo con el tal Simeón. En lugar de llevárselo al Cielo lo dejó en la
Tierra todavía.
Este Simeón en cuanto vio al
Niño reconoció al Hijo de María. Alucinado por lo que estaba viviendo tomó la
palabra cuando ya todos estaban convencidos de tener delante al Hijo de David.
-Dime, hijo, rompió el tal
Simeón el silencio.
Y siguió hablando palabras de
una sabiduría desconocida para el Niño y para todos.
-¿Qué pasará cuando tú te
vayas? Porque tú tendrás que irte. ¿Volveremos los hombres a nuestro viejo
mundo de todos los días o acaso crees que el Cristo se quedará para siempre con
nosotros?
¿De qué le estaba hablando
aquél anciano?, se preguntó el Niño.
Aquél anciano le estaba
diciendo, entre las protestas de todos sus colegas, que el Cristo debía verse
rodeado de una jauría de perros, cargar con todos los pecados del mundo,
ofrecerse como Cordero Expiatorio.
-Pero si se sienta en su trono
¿cómo podrán cumplirse las Escrituras?, apuntilló su discurso el tal Simeón.
El Niño se quedó helado. ¿El
era el Siervo de Yavé de las profecías de Isaías?
No era que el Niño no
conociera las profecías. Los libros proféticos se los conocía de memoria. Lo
que le estaba impactando era la interpretación que Simeón les estaba dando. Era
una sabiduría tan nueva y desconocida para El como lo era para los demás que la
estaban escuchando.
EL PENSAMIENTO DE CRISTO
Que el Hijo de Dios no
necesitaba ser crucificado para recuperar su condición sobrenatural nos lo
mostraron los evangelistas en el episodio de la Transfiguración. La
Transfiguración de la que hablan fue eso, la respuesta a esta cuestión tan
sencilla. La Necesidad de la muerte de Cristo de la que hablan en sus
evangelios se refiere a los presupuestos de la Doctrina del reino de los
cielos. Si había necesidad de la Muerte de Cristo no era por incapacidad de
Jesús para recuperar su condición divina. Para recuperar su condición divina
Jesús sólo debía desearlo.
Cuando volvió a Nazaret lo que
de verdad le pasó al Niño es que volvió a nacer. El Hijo de Dios que se hizo
hombre y se moría por crecer y no veía nunca el día de sentarse entre los
adultos se metió por fin en nuestra piel. Dios está arriba y nosotros estamos
abajo y todo el dilema de la Humanidad pasa por un puente sobre arenas
movedizas. ¿Cómo conocer el pensamiento de Dios? ¿Cómo descubrir su plan de
salvación eterna?
Ahora era un hombre el que se
preguntaba todo lo que todos los hombres se preguntaban y ninguno se respondía.
Ahora era Cristo quien alzaba sus ojos hacia arriba y miraba a Dios cara a cara
buscando conocer su pensamiento. Ahora era el hijo del Hombre quien reconocía
su ignorancia y miraba a Dios buscando su sabiduría.
Pero tienes doce
años. Y te queda por delante una vida. Y cada día que te levantas te levantas
con esa Cruz. Y cada año que pasa, cada año que pasa esa Cruz te pesa más. Y
quieras o no lo quieras el peso te hundirá más de una vez.
Lo puedes hacer todo y no
haces nada, ves al mundo a tu alrededor vivir en el infierno y tú no puedes
hacer nada aunque tienes el poder de hacerlo todo. Puedes salvar al Presente y
condenar al Futuro, o dejar que el Presente viva su Destino y guardar tu
Libertad para cuando el preso salga de la cárcel. Tú lo esperarás al otro lado
de la puerta para guiarlo hacia un Nuevo Día de libertad que no se acabará
nunca. Hasta ese Día el mundo deberá seguir su camino, y hasta que llegue tu
Hora deberás hundirte muchas veces en depresiones profundas, y no tendrás a
nadie que te sostenga, no habrá nadie a tu lado con quien compartir tu destino,
nadie te echará un cable, nadie te alargará la mano porque nadie estará contigo
para saber qué te pasa y por qué te hundes hasta ahogarte.
Eres Jesús de Nazaret, un
hombre joven y rico, tienes todo lo que un hombre desea y coges sólo lo que
quieres. No te hace falta nada de nadie. Te abren las puertas por donde quieras
que vas; te tratan de señor y tu palabra vale oro para los que negocian
contigo. Nadie conoce tu secreto; sólo una Mujer. Su Marido ha muerto cuando
tenías veinte años aproximadamente, y Cleofás también. Sólo quedan ellas, tu
Madre y su hermana Juana; sólo ellas saben quién eres. Pero ninguna sabe adónde
vas, o cuáles son tus planes. Estás solo. Cuando arrecien los temporales sobre
tu mente no tendrás a nadie a quien abrazarte y luchar juntos contra el
temporal. Si no te vuelves loco será sólo porque eres el que eres, pero aún
siendo el que eres deberás sufrir la tormenta a pleno descampado, sin techo ni
abrigo contra el agua que caerá en tromba bajo un cielo cubierto de tinieblas
sobre tu cuerpo mortal. Tanto más amargo es lo que vas a hacer cuanto más dulce
es la vida que llevas.
Al muerto de hambre el pan
duro le sabe a gloria, pero si ese mismo pan se lo das al que come bollitos se
le romperán los dientes. Los tuyos, Jesús, están acostumbrados a comer el mejor
pan. Tu cuerpo está acostumbrado a las vestiduras más finas. Y vas a conducir a
un ejército de hombres a tu misma suerte. ¿No te hundirás? ¿No te atacarán sus
fantasmas en tus sueños? ¿No amanecerás en los desiertos de rodillas implorando
misericordia? ¿No te atormentarán las visiones de sus cuerpos machacados por
las fieras de los circos romanos mientras miras al Cielo pidiendo el fin de la
sentencia contra Eva y sus hijos? ¿Cuánto durará para tí cada año que vives?
¿Los veinte años que te esperan no serán para tí una eternidad? Los tienes
delante de tus ojos. Son todos puros. Uno por uno son todos inocentes. Su único
delito es amarte sobre todas las cosas. Te quieren más que al tiempo, más que a
la inmortalidad, más que a todos los tesoros del universo. Tú eres su vida. Y
están ahí, colgados de sus cruces, actores de un espectáculo sangriento, oda a
una locura, cantando en honor de las lágrimas que por ellos tú, Jesús,
derramaste en el desierto, cuando desaparecías misteriosamente y regresabas sin
decirle a nadie de dónde venías o qué habías estado haciendo. Vieron tus
lágrimas y endulzaron tu corazón en el día de su martirio para no despertar en
tu pecho el grito de la venganza. ¿No sufrirás en tus carnes el crimen de tus
cientos de miles de hermanos pequeños, a los que tú conducirás a la cruz sin
delito por el que ser hallados culpables? Amarte será su delito. ¿No le
implorarás misericordia a tu Padre? ¿No buscarás otra alternativa viable? Y sin
embargo el Cáliz está lleno y deberás beberlo hasta la última gota. Una
Esperanza te sostiene, pero a nadie puedes contársela, con nadie puedes
compartir la infinita alegría en la que tu ser entero se regocija cuando al
mirar hacia quien se sienta en el Trono del Juicio Final ves, contemplas, y te
miras a tí mismo.
CRISTO JESÚS
No sabemos en qué momento de
la vida cruzamos la frontera entre la infancia y la adolescencia; ni en qué
momento hemos dejado de ser jóvenes para convertirnos en adultos. No parece que
haya una regla general; es algo que cada uno descubre por sí mismo y vive a su
forma.
Siendo esto así entre nosotros
¡cuánto más complejo es aplicar nuestra psicología a alguien como el Jesús de
los Evangelios!
Adoptada la postura de verle
como se veía a sí mismo, habiendo experimentado en el grado que nuestro
entendimiento nos lo permite lo que pasaba por su cabeza, sigamos adelante. Hay
aún muchas zonas cerradas a la inteligencia de los siglos pasados, y, que,
sometidas a la fantasía de quienes desearon irrumpir en sus adentros, han
llegado a nosotros deformadas como pinturas viciadas por las pasiones de los
copistas.
Si en algún momento yo he
dejado correr mis propias pasiones el lector, en cuanto ser libre se debe a sí
mismo la oportunidad de recrear la línea histórica partiendo de las
características de su propia inteligencia. El autor sólo puede señalar el
horizonte y pintar lo que él ve con sus ojos, y aunque la configuración del ojo
sea la misma para todos la forma de ver las cosas adquiere una forma personal e
intransferible. Es desde esta plataforma de visión personal y comprensión
individual que el autor recrea las cosas que escribe; el lector tendrá que
adaptarlas a su propia forma de reir, de llorar, de odiar, de amar, de entender
e incluso de ignorar.
Regresemos entonces con Jesús
a la casa de sus padres en Nazaret, y desde, lo descubierto, conociendo ahora
lo que acababa de descubrir, la Cruz de Cristo, su Cruz, intentemos abrir el
horizonte de sus memorias a los reflejos puros de la realidad según la vivieron
El y los suyos.
El Niño que bajó a Jerusalén
era en todos los aspectos, visto desde los ojos de un extraño, un señorito. Su
primo Santiago por ejemplo. Le llevaba Santiago un par de años a su primo
Jesús, y sin embargo mientras éste no había levantado todavía un martillo ni
sabía lo que era pegar un clavo, Santiago el de Cleofás ya estaba hecho un
hacha, todo puesto el muchacho en su papel de aprendiz de carpintero. Padre de
aquél muchacho alto y superinteligente José tuvo que aguantar más de una
crítica a su forma de educar a su único hijo. Lo estaba malcriando, le decían.
No vamos a hablar de envidia
ni traer a escena pasiones que todos quisiéramos no haber conocido nunca. Lo
cierto es que la mentalidad de los pueblos pequeños de siempre ha sido un
hervidero para la ignorancia más conspicua y aburrida.
Las críticas a José por la
forma de educar a su primogénito no le decían nada a María ni podían ser
llevadas más lejos de la cuenta por ser el Niño quien era. Ese Niño al que
criticaban era el heredero de la hija de Jacob. Una gran parte de todo lo que
veían los Nazarenos a su alrededor le pertenecía al “señorito Jesús”. Si sus
padres no querían que tocara los clavos y los martillos ¿quién era nadie para
reprocharles nada?
Lo cierto es que al regresar
de Jerusalén aquél Niño rompió el guión de “señorito” que se le suponía suyo y
se apegó a su padre con la obediencia y la diligencia del chico bueno y
dinámico que todo padre desea por hijo.
María lo veía terminar la jornada
retido. En su vida había su Niño levantado una tabla, y de repente no paraba de
pedir trabajo. Bastaba que su padre abriera la boca para obedecerle. Hasta el
propio José lo miraba diciéndose: ¿Qué te pasa, hijo mío?
Pero no sólo en la
Carpintería. Si a tita Juana le hacía falta que le hicieran un encargo allí
estaba el Hijo de su hermana para lo que hiciera falta. Si había que ir al
campo a recoger almendras o a segar los trigos, allí estaba el primero el Jesús
al romper el alba. Jamás se quejaba, jamás respondía, nunca te daba un no. Pero
ni a los suyos ni a cualquiera que le pidiese un favor. ¡Cómo no iba a caer
retido!
Era como si no quisiera
pensar, como si necesitase olvidarse de algo. Necesitaba entregarse a la
actividad física. Le dolían los brazos y le temblaban los tendones del
cansancio, pero jamás decía que no ni renunciaba. Se levantaba el primero y se
acostaba el último. Ya no jugaba nunca con los amigos. Ni hablaba excepto
cuando le preguntaban. El cambio fue tan brusco, tan colosal, tan sorprendente
que su Madre se sentaba al filo de su cama mientras su Niño dormía
preguntándose qué pasaba por aquella cabeza. Antes su Niño le hablaba, le
contaba todas sus cosas. Desde que regresaron de Jerusalén su Niño era otra
persona, era como un desconocido para Ella. Para todos era el que debía ser, un
muchacho obediente y callado que jamás le quitaba la palabra a los mayores ni
te contestaba cuando le regañabas por lo que fuera. Pero para Ella su Niño se
estaba convirtiendo en un desconocido.
Se está haciendo un hombre. Le
decían. A Ella no le bastaba eso. Ella Sabía que fuera lo que fuese lo que le
estaba pasando a su Niño no podía explicarse desde la experiencia humana. ¿No
había vivido Ella el hundimiento de su Niño en Alejandría? Para los que le
vieron sentado a la puerta de la Carpintería del Judío la tristeza del Niño
podía explicarse desde algún capricho que su padre le negaba y le tenía
prohibido volver a pedírselo. ¿Así de simple? ¡Que va! Ella sabía que su Hijo
no funcionaba como los demás niños.
En aquella ocasión, allá en
Alejandría, María encontró la forma de abrirse camino hacia el corazón de su
Niño. Pero en esta ocasión le resultaba totalmente imposible. Lo único que
podía hacer era echarse a su lado y dormirse guardando sus sueños, porque fuera
lo que fuese por lo que estaba pasando, en esta ocasión su Niño jamás le
abriría las puerta a su mente, ni le permitiría hallar el camino a su corazón.
No es que estuviera triste o
que llevase una pena tan grande que la sola idea de compartirla le pareciera al
Niño imposible. Ella sabía que era algo más profundo; tan profundo que aún
mirándole a los ojos su mirada se perdía en el campo de los ojos de Jesús sin
alcanzar nunca el horizonte tras el que escondía su Hijo su pensamiento.
“¿Qué te pasa, hijo mío?”, se preguntaba Ella
sola sabiendo que su Niño jamás le daría la respuesta.
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