La Basílica de la Anunciación de Nazaret está construida sobre las ruinas de la Casa donde viviera María; se halla a mitad de la Colina donde se ubica Nazaret; aunque no lo parezca a ojo, la Basílica es un verdadero búnker a prueba de bombas; su interior conserva el último resto de los muros de la que fuera la Casa de los Fundadores de Nazaret, los padres de María, entre cuyas piedras tuvo lugar la Anunciación. |
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La Virgen nació en Nazaret, en
pleno corazón de la Galilea. Como muy bien todo el mundo sabe su padre se
llamaba Jacob y su madre se llamaba Ana. Jacob de Nazaret, padre de María,
murió siendo María muy joven. Un buen día de aquéllos se le fue al padre de la
Virgen el santo al cielo, y no volvió. Esto tuvo lugar durante los años del
reinado de Herodes.
El muerto dejaba acá abajo
huérfanas, huérfano y viuda. En mal momento desde luego. La Muerte nunca llega
en buen momento de todos modos. Pero dentro de lo malo Jacob de Nazaret fue a
morirse en el mejor de los momentos posibles.
Aquéllas grandes sequías que
durante tantos años asolaron las provincias del Oriente Medio por fin se habían
largado; las famosas vacas gordas que por un momento pareció no iban a volver
nunca estaban volviendo a cual más rolliza, habían vuelto y paseaban su
abundancia por los campos de todas las provincias del Levante Antiguo, cuando
los Griegos y los Romanos.
Aunque yo no sea devoto de Flavio Josefo es de necesidad leer su Obra sobre la Historia de los Judíos a fin de tener un conocimiento relativo de los terremotos y hambrunas que fueron la tónica durante los primeros días de Herodes. |
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El luminoso horizonte ansiado,
rogado, deseado, pedido en procesiones multitudinarias Templo abajo Templo
arriba, se había acercado también, cómo no, a las colinas de Nazaret. Sus
resplandores ya comenzaban a brillar en los ojos de sus habitantes con el
fulgor de la estrella de las oraciones oídas, del deseo concedido. Pastores de
la Galilea, pescadores del mar de los Milagros, agricultores de los valles del
Jordán, artesanos del país que habitaban en las tinieblas de la desesperación,
todos juntos se lanzaron a las calles a celebrar los años de las vacas gordas.
¡Por fin habían llegado!
La Casa de la Virgen disfrutó de
la alegría general con la intensidad de quien lo ha pasado mal, tan mal como
los demás, no tan mal como otros, tampoco mucho mejor que la mayoría de la
gente que lo pasó verdaderamente mal durante aquéllos largos años. ¡Fueron
tantos!
No fue únicamente aquélla sequía.
También fueron aquéllos terremotos que asolaron el Oriente Medio sembrando el
hambre desde los montes del Líbano a las costas del Mar Rojo. Y más. De por sí
terribles aquéllos años de desesperaciones tremebundas la política fiscal del
tirano Herodes hizo de hacha cortando toda cabeza que lograra mantenerse a
flote. Bajo el reinado de Herodes el Grande seguir respirando se convirtió en
delito. El derecho a la palabra quedó prohibido. La cualidad sagrada que
hace la diferencia entre el hombre y las bestias fue sancionada y condenado su
ejercicio en el mejor de los casos a destierro, a la pena capital en los demás.
Tantas plazas fuertes se construyó Herodes tantas horcas se contó en Israel. De
todos los oficios la prostitución es el más antiguo, pero el único que durante
los días de Herodes el Grande nunca pasó de moda fue el del verdugo. ¡Qué
gracia, mientras llegaba o no el Día del Juicio Final los cachorros de la
familia del Tirano se construían palacios con bloques de mármol! Y fortalezas
dignas de un emperador, y cuarteles y guarniciones militares contra una posible
insurrección de esas que son capaces de echar abajo hasta las mismas murallas
del Infierno.
¡Ni los faraones!
El faraón de Moisés fue malo, los Herodes fueron
peores. Y entretanto, mientras el tirano devoraba a un hijo o a un hermano el
pueblo pasando calamidades físicas y espirituales de las que cuando pasan uno
ya no quiere ni acordarse. ¿Quién se acordaría de aquéllos años de vacas flacas
cuando pasasen los dos mil años? Sin embargo de la esquizofrenia constructora
del Tirano, la esquizofrenia del tirano sí sería recordada por la Historia:
¡Herodes el Grande! A aquél asesino sólo le faltaba eso, que le concedieran
licencia para matar a su antojo. A sus hijos, a sus hermanos, a su mujer, a sus
amigos, a sus enemigos fuesen o no fuesen inocentes. Permiso del propio César
para violar todas las leyes del Derecho Romano.
En el tema de Herodes la lectura de Josefo hay que tomarla con muchísima precaución; siendo Roma su mecenas y habiendo sido Herodes un legítimo súbdito Romano, Josefo se guardó muy bien de llevar su pluma más allá de lo que a su posición le convenía... y a sus intereses nacionalistas le eran propios. |
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Bajo el reinado de Herodes llegó
un momento en que bastó mover los labios pidiendo justicia para caer bajo las
ruedas de su paranoia asesina. Los Romanos -todo sea dicho- cometieron muchos
errores; de todos los que se permitió Octavio César Augusto, darle la Corona de
los Judíos a un palestino fue un fallo que hasta al propio Juez del Universo le
habría de costar perdonarle.
Pero volvamos al tema de la Vida
de la Virgen y su Familia. Jacob de Nazaret, padre de María, acababa de morir.
Precisamente porque Ana, la Viuda
de Jacob de Nazaret, y sus hijas mayores María y Juana ya habían logrado casi
olvidarse de la clase de batalla que aquel hombre tan queridísimo de ellas hubo
de librar contra los elementos de aquél verano interminable, se comprende que
su pérdida, ahora que comenzó la luz de la esperanza a engendrar en las ubres
de las vacas del establo el oro de la abundancia, le fuera a la madre de la
Virgen infinitamente más insoportable y dura la pérdida de su esposo.
Ana y Jacob de Nazaret superaron
todo lo malo con coraje y le respondieron a los malos tiempos con la buena cara
del que camina bajo la paz de Dios. También Jacob de Nazaret y Ana soñaron con
los días de las vacas gordas durante todos los días de los últimos años, como
todo el mundo; y se rieron de los malos tiempos dando a luz seis hijos.
Pasó que en lugar de permitir que
los malos tiempos abrieran brecha entre ambos, Jacob y señora se unieron con
más fuerza, si cabía aún, en el abrazo del amor que los tenía maravillados de
estar juntos.
María se llamaba la primogénita
del difunto; luego venía la Juana. Las seguían las mellizas, después otra niña, y
cerraba el río de la vida el niño de la casa, de nombre Cleofás, un bebé en sus
días de leche cuando vino a morírsele su padre.
“Ahora que vuelve a brillar el sol, hija mía,
me deja sola el Señor con mis seis hijos. ¿Quién me va a enseñar a vivir sin tu
padre, María?”- de esta manera la madre de la Virgen derramaba el alma que le
sangraba. La muchacha recogía en su regazo las lágrimas de aquella madre a
quien quería tantísimo. Como cualquier chiquilla que se hubiese perdido en un
bosque de gente extraña la Viuda lloraba a corazón partido. En el corazón de
María sin embargo la presencia de su padre simplemente se había dormido.
María aún podía ver, sentir,
oler, oir a su padre todo sonriente mientras les respondía a ella y a su
hermana Juana sus preguntas sobre el Señor. María aún podía verlo tratando con
los segadores, con los hortelanos y los ganaderos del pueblo con la alegría y
la fortaleza del hombre respetado, estimado, tenido por honesto de un confín al
otro de la comarca. Era su padre un hombre de los que miran a los ojos
directamente, cara a cara, sin dobleces. En los ojos se le podía leer a Jacob de
Nazaret la sinceridad que transpiraban sus palabras.
Cuando llegaron los años de las
vacas flacas el padre de María dio la talla. Como el campo no producía ya para
pagar sueldos extras Jacob de Nazaret se echó a las espaldas la carga de
sacarle a sus campos aunque fuese unos sacos de almendras, unas arrobas de
aceite, unas medidas de trigo, algunos quintales de los famosos vinos de la
Casa. Lo que fuera con tal de mantener los huesos de sus hijas sanos y fuertes.
¡Sus dos hijas mayores María y Juana sabían tan bien como su Viuda contra qué
clase de soles estériles tuvo que luchar aquél hombre! Gracias a Dios, aunque
pequeñas, María y Juana allá que arrimaron el hombro con las aceitunas en
invierno, con las almendras, con los higos y los trigos en el verano, con las
bestias en otoño, verano, invierno y primavera. ¡Lo que daría ahora la Viuda de
Jacob de Nazaret por volver a levantarse de mañana al alba y prepararle al
padre de sus hijas la leche, el pan, el agua!
María lo sabía muy bien, por ver
a su padre de nuevo de pie al alba, despidiéndose de sus hijas con aquella
sonrisa tan suya en los ojos, su madre daría su propia vida. Pero ya no se
podía hacer nada para que la muela del tiempo diera marcha atrás. Ahora había
que vivir, elegir entre el esposo muerto y los hijos vivos.
De las dos muchachas, María y
Juana, la Juana era la más chica, un año menor que la María. María era la
mayor, la grande de la Casa. Misterios de la vida, era a ella, a la Juana, la
más pequeña de las dos, a la que más le iba la marcha del campo; tal vez porque
Juana había heredado de su padre el gusto por el olor de los árboles en flor y
el placer de contemplar los colores del horizonte al alba.
Viéndolas a ambas hermanas
cualquiera hubiera dicho que por el cuerpo era a la María a la que debiera
gustarle más el viento sobre el pelo al caer la tarde; sin embargo era en la
Juana, la más chica, de cuerpo casi o igual de pequeña que su madre, el
alma donde derramó su padre el amor al rojo de la tierra viva. En María la fuerza de
la vida venía de su madre. Su madre le legó todo su arte para la costura y la
confección. Lo que a María le iba era la familia, la casa.
Así que cuando luego llegaron los
malos tiempos y las vacas se pusieron todas flacas y los dineros se hicieron
los justos y las necesidades a cubrir empezaron a multiplicarse hasta seis
veces en apenas dos años María se reveló como una costurera nata.
A la edad cuando se dice que se
está en la primavera de la vida la hija mayor de Jacob de Nazaret lo mismo
remendaba un vestido y lo dejaba como nuevo en un periquete que les tejía a sus
hermanas un abrigo de lana en cuestión de días, sin dejar nunca de ser la mano
derecha de su madre. Y un modelo de hija para su hermana Juana.
En ésta -he dicho- se había
revelado una capacidad innata para aprender de su padre el sentido de los
impactos de los ciclos lunares en la agricultura, porqué los conejos comen
lechugas, cómo crece de verdad un tomate de verdad, a qué se debe que se talen
los olivos para que no se hagan sombra y desvirtúen el sabor del aceite. En
fin, miles de cosas.
El hecho es que la Juanita además
de ser el ojito derecho de su padre se sentía el otro brazo de su hermana
María, y una para el padre y la otra para la madre y las dos juntas en la
alegría, cuando arrecieron los vientos solanos y las gotas frías y las sequías
y las tormentas de invierno en verano y los calores del verano en invierno y
las lluvias un visto y no visto, cuando la tormenta puso a prueba a los hombres
buscando llevarse al Paraíso a los que pusieran cara alegre, en aquél entonces
las dos hermanas se unieron más que nunca. Aquéllos años malos obligó a las dos
hermanas a trabajar duro. Fue un deber que adoptaron desde el silencio, escrito
en sangre, latiendo al mismo ritmo del corazón de sus padres. Cada una dejó
abrir su alma a sus dones particulares y actuaron siguiendo el curso del
misterio de la vida en cada persona.
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Los ojos de la mayor, la vista de
María estaba hecha para descubrir la aguja en el pajar; no fallaban jamás al
insertar el hilo en el ojo de la aguja, sin mirar siquiera. Los ojos de su
hermana Juana necesitaban horizonte, campo, cielo abierto. En lugar de pelearse
las hermanas le dieron las gracias al Dios de sus padres por su sabiduría eterna
y su bondad infinita. A los ojos de ambas su padre fue un hombre maravilloso.
“¿Por qué decimos que la sabiduría del Señor
es eterna y su bondad infinita? -les decía Jacob de Nazaret a sus dos hijas
mayores-. Porque con sus respuestas nos maravilla y con su bondad nos ilumina
la cara”, con la sonrisa en los ojos les respondía aquel padre a aquellas dos
niñas que eran los dos ojos de su cara.
Sus hijas se miraban sonriéndose.
¡Cuánto querían al hombre que Dios les había dado por padre! Su padre seguía:
“Cuando decimos que la Sabiduría del Señor es eterna declaramos con todo el
corazón y con toda nuestra mente nuestra alegría al saber que El no miente.
Hijas, cuando le adoramos por su
infinita bondad nuestra alegría es la del que se encontró en el foso al que los
malos arrojan a los buenos y al alzar el rostro vio al Señor riéndose de la
ciencia de los genios.
Hijas, ser bueno, cuesta -les
confesaba Jacob de Nazaret a sus hijas mientras ordeñaban los olivos-. ¿A la
que es más buena no se le hace un regalito? ¿Tienes envidia tú, Juanita, de tu
hermana mayor porque sea más buena cosiendo que tú? ¿En qué momento mi Juanita
ha hecho que su María se sienta culpable por no tener sus cualidades para el
campo? ¿Cuándo le ha regañado madre a su Juana por no saber coser un vestido
tan bien como su María? ¿Qué haría yo sin mi Juana si no me trajera al mediodía
la comida, si ella no me obligara me la comería?”
Ay, ¡cómo le recordaban! ¿Era
verdad que se había ido? Aún no se lo podían creer. Con el cuerpo sin vida de
su padre delante de los ojos María y Juana se miraron en silencio. Dios mío,
¿de verdad lo habían perdido?
Ambas hermanas abrazaban ahora a
su madre. Destrozada, la Viuda de Jacob de Nazaret seguía llorando su
desgracia:
“Ahora María, ahora que vienen las vacas
gordas, ahora que vuestro padre podría sentarse en su viña a comer racimos
grandes como los del Polifemo y dulces como los de Baco, me perdone Dios,
justamente ahora. ¿Por qué, Señor, por qué? Dime en qué te ofendió tu siervo”.
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¡Ah Dios!, ¿se puede explicar la
conexión entre los grajos y los infortunados jornaleros sobre los que dejan
caer las Parcas su manto de negro presagio? ¿Se puede entender que Dios sea
Dios reinando el Diablo? ¡Quién fuera capaz de escribirse el guión de su
propia vida y brillar como una estrella por lo menos a los ojos de los socios
de papel inventados al caso! Sueña el hombre que suyo es el destino, sueña el
niño con el hombre que late en su pecho, para descubrir a la vuelta de la esquina
que basta una ráfaga de viento para reducir sus sueños a bits condenados a la
basura. Al final la vida humana es la de la caña, si el viento arrecia se
quiebra y sus restos caen en el pozo del olvido. ¿Quién no ha caído en la
tentación de dejarse morir y acabar con todo de una vez para siempre? ¿O
seremos los más fuertes hasta que no se demuestre lo contrario?
Para todo el mundo llega la hora
de la verdad. Cada criatura tiene la suya. Y en esa hora es cuando el ser anda
o revienta. Esta era la hora de la verdad para la madre de la Virgen.
“¿Qué somos, María? -clamante lloraba la madre
de la Virgen la pérdida de su esposo-. Luchamos contra los elementos con las
fuerzas de una criatura de barro. Alzamos nuestros ídolos en honor de quien nos
da la victoria. Al Altísimo le dedicamos nuestra gloria. Pero no se cansa el
Omnipotente de vernos reducidos a la condición de las bestias. Avanza el
campeón a recoger su corona cuando se le cruza la Muerte en el camino. ¿Se
yergue el Todopoderoso para salvar al corredor solitario de dejarse el alma en
la carrera? ¿Por qué se queda sentado en su Trono Todopoderoso y Omnisciente
mientras los restos son barridos de la pista por el viento? ¿Eso somos, hija
mía, polvo que sueña a ser roca, roca que sueña a ser montaña, montaña que
sueña a ser nido de águilas? ¿Qué será de tus aguiluchos ahora, esposo mío?
¿Quién se levantará y los protegerá cuando la serpiente escarpe el risco y su
madre no sepa cómo defender sola a tus hijos?”.
¿Qué se le podía responder a
aquella mujer? ¿Qué loco se hubiera atrevido a decirle lo que aquéllos
visitantes ignorantes al Job de la Biblia?:
“Calla ya, viejo podrido -le dijeron aquéllos
amigos-. Si te pudres será porque eres más malo que todos los diablos juntos.
Nos engañaste a todos con tus limosnas y tus monsergas. Gracias a dios el Señor
nos ha descubierto tu falsedad y tu hipocresía. Por ellas te castiga el Dios al
que pretendiste engañar como hiciste con nosotros. Calla y sufre, viejo
podrido”.
¡Vaya amigos! Quisieron obligar
al pobre Job a reconocer que la miseria nace de la miseria, que el que tiene
retiene porque tenía, que nadie es fuerte por capricho sino que la felicidad o
la desgracia de la persona dan cuentas de su valía. Según tales sabios los
pobres son todos unos pecadores pervertidos, corruptos viciosos que se merecen
lo que sufren; los buenos son todos felices, dichosos comen perdices, tienen el
oro, tienen el poder, ellos son los mejores, los elegidos de la providencia, la
raza nacida para ser feliz, y son felices porque son buenos, y cuando sean
mejores serán como los dioses.
-Eva -le dijo Satanás a la mujer
de Adán- come de esta fruta y aprende. Hay buenos y hay malos, hay tontos y hay
listos, hay ricos y hay pobres, hay esclavos y hay libres, fuertes y débiles,
ángeles y demonios. Hay vida y muerte, verdad y mentira, paz y guerra ¿qué es
todo esto sino la sal de la tierra?
¡Dios santo, de cuándo la suerte
de los profetas no pendió de una nube de más o de menos en el horizonte!
“Pero al mal tiempo buena cara”, contraatacó
veloz el santo Job.
“¿Dónde está el tonto que se ríe perdido en la
tormenta?”, le devolvieron la risa los visitantes.
“Del Indestructible, del Invencible es la
última carcajada- volvió a responderles Job.- ¿Vosotros de qué y por qué os
reís? ¿Qué luz habéis venido a traerle a mis ojos? ¿Queréis condenarme por lo
que he hecho? Ignorantes, estoy siendo castigado por lo que no he hecho”.
“Justo es lo que dices, al bueno la recompensa
le es grata, la del malo es terrible. Así pues ya tienes tu salario. Ahora
reconoce que eres un pecador, un traidor de la providencia según tú mismo has
dicho al confesar que cada cual recibe por su trabajo su merecido. Dinos,
pecador, ¿qué encubrías con tus limosnas y tus poses beatas? ¿No son por ellas
por las que te ha castigado Dios? Esto es castigo de Dios, no llores,
revienta”, con sonrisa falsa le respondieron “los amigos”.
¿Con otros cuatro más de
“aquellos amigos” cuánto habría tardado la paciencia de Job en derramarse?
En lugar de echarse a llorar su
mala suerte el santo Job se partió de risa, se levantó y los echó de su casa.
Su tragedia, la tragedia de Job
no estaba en la caída de las murallas de su fe al sonido de las trompetas del
Infierno. Este no era el problema de Job. Su fortaleza había sido levantada
sobre roca. A prueba de bombas su fe permanecía intacta. El problema que le
estaba matando a Job el alma era no saber qué le estaba pasando, a qué obedecía
este cambio de ánimo de su Dios. ¿Por qué su Dios lo había abandonado desnudo y
a su suerte ante un enemigo armado hasta los dientes? Siguió el guerrero a su Héroe y Rey
al campo de batalla ¿y en una esquina de la encrucijada le daba la espalda como
quien sacrifica un peón en el altar de la victoria?
Pues bien, justo este dilema,
justo este misterio era el que tenía agarrada por el cuello el alma de la Viuda
de Jacob de Nazaret. Luchando contra las tinieblas con la única arma divina al
alcance de los humanos, la palabra, la madre de la Virgen buscaba la respuesta
al por qué se había llevado la Muerte a su esposo. Y no la encontraba.
“¿Por qué nuestro Dios no hace nada, María?
¿Por qué deja que la serpiente escarpe el risco y por qué se lo pone más fácil
eliminando al padre de sus cachorrillos? ¿No la ve acercarse El, hija? ¿Por qué
el Dios de tu padre no alcanzó el arco y la flecha y con el rayo de su mirada
fulminó a la Bestia? ¿Se equivocó la flecha de diana, la desvió el viento y
buscando al dragón mató al héroe? Dime hija que mi alma está amargada y sus
ojos no alcanzan a ver los recónditos planos del Omnisciente ¿pero qué somos,
María? ¿Por qué se le exige el entendimiento de un dios a una criatura de barro
condenada al polvo por haber comido una manzana? No me mires con esos ojos, no
me reproches que mi corazón sangre palabras. ¿Qué manará de la herida de la
Cierva de la Aurora cuando al salir la mañana el cazador la persiga a la hora
de las primeras alegrías? ¿No será maldita la flecha que le entró en el pecho a
la paloma que se subió al caballo del viento y trotó por los cielos y regresó
feliz en busca de su señor? Ya llega hija, ya alcanza el brazo de su señor, ya
cruza también el aire el dardo asesino, tiene su señor el poder de atraparlo en
vuelo, pero observa, no hace nada, se queda quieto como si esa fuera la recompensa
por haber cumplido su misión sagrada, y ya cae la hija de Mercurio en el polvo
a los pies de quien le vuelve la cara. No me digas que me calle, María, ¿no ves
que si no me muero?”.
Yo sólo sé que no sé nada, aunque
dicen que Dios creó al hombre y a la mujer para amarse y no separarse nunca
también dicen por ahí que el Diablo se juró hacer ese amor imposible. Mas en
este mundo hay gente que está sorda y no entiende, no se enteran de nada, se
ríen de los cuernos del Diablo y retan a la muerte a romper lo que Dios unió
con lazos más fuertes que las palabras de la Serpiente.
Ana, la viuda de Jacob, y Jacob
de Nazaret, padre de María, futura madre de Jesucristo, vivieron ese reto. Una
vez que se conocieron si no se casaban se morían, y cuando se casaron ya no les
cupo en la cabeza la idea de vivir el uno sin el otro. Cada año que pasaron
juntos adoraron al Dios que trasformó una costilla, una simple costilla, en
algo tan hermoso como aquél amor.