Antes de Nicea la
Declaración de Fe bajo pena de muerte confesada por todas las iglesias podemos
resumirla en las siguientes palabras: Sólo hay un Dios Verdadero, su nombre es
YAVE, el "Señor de los ejércitos" de las Sagradas Escrituras de los
Hebreos, Dios del Patriarca Abraham, del Profeta Moisés, del rey David.
YAVE Dios es Padre, su
Hijo Primogénito se llama Jesús. Este Primogénito de Dios se hizo hombre y
nació en Belén de Judá durante el imperio del César Octavio Augusto, al final
del reinado de Herodes Ben Antípater, en el año primero del Siglo de Cristo. El
Hijo de Dios vino al mundo para comprar nuestra alma al precio de su sangre.
Estando en el mundo
nos descubrió que el Hombre que al principio Dios creara a su Imagen y
Semejanza, ese Hombre es Cristo. Y que ese Hombre está en todos nosotros.
Este Hombre es el que
confiesa con el corazón rebosante de eternidad y el espíritu abierto al
infinito que el Primogénito de Dios, Jesús, es el Cristo, el Modelo sempiterno
a cuya Imagen y Semejanza ha creado Dios al Hombre. Aquel Jesús que vino al
mundo para ofrecernos la vida eterna, ese Jesús es el Hijo Unigénito de Dios,
engendrado, no creado, principio y fin de la Creación, alfa y omega de la
actividad Divina, el primero y el último de su Naturaleza: Dios Hijo Unigénito,
nuestro Rey y Señor, nuestro Maestro y Salvador.
Respecto a esta Fe se
cumple la Palabra de Dios, que dice: El justo vivirá de la fe.
Esta Confesión
sencilla y elemental donde las haya, esta elemental y sencilla declaración de
Fe, al igual que hoy en día les sigue costando la vida a muchos hombres y
mujeres, también ayer, antes de Nicea, significaba la muerte. Nosotros, Hoy,
con independencia de la reacción de quien la oye o la oiga, seguimos confesando
la Declaración Universal que toda la Creación confiesa con la boca y vive con
el corazón:
I
Artículo Uno: Dios es
Amor
Dios, voluntaria y
libremente, ha fundado el Reino de los Cielos. Ninguna fuerza otra que el Amor
a la Vida está en el origen del impulso que ha conducido a Dios a crear este
Reino Sempiterno, espacio donde la Plenitud de las Naciones del Universo
comparten una misma Vida y se relacionan con su Creador a la luz de su Infinita
Sabiduría Eterna.
Artículo Dos: Dios es
Padre
Dios es la fuente de
la que emana la Constitución de su Reino, por la que todas las Civilizaciones
de los Pueblos del Universo se rigen y la Plenitud de sus Naciones se articula.
Esta Constitución Universal tiene en la Paternidad Divina su Origen y su
Principio. Desde esta Paternidad y por ella Dios legisla desde su Omnisciencia
y juzga desde su Presciencia, la Verdad como principio, medio y fin de su
acción. Hijos de Dios, Ciudadanos de su Reino, corremos hacia El
espontáneamente y nos echamos en sus brazos clamando con todo nuestro ser
¡Padre Nuestro!
Artículo Tres: YAVE es
Dios
YAVE es el nombre del
Ser que creó el campo de las galaxias y el océano de las estrellas del
Universo. EL es el Creador del Cosmos y de todo cuanto existe en el Universo.
EL es la fuente de la que mana el Futuro de todas las cosas, a las que con su
Ser sustenta y con su Palabra mueve hasta el horizonte que jamás se alcanza y
tiene en el Infinito su Orto. YAVE es la fuente del río de la Vida, EL es quien
mantiene el Futuro de la Plenitud de las Naciones en crecimiento eterno y
alegre y hace desembocar su caudal en el océano de su Omnisciencia. Todo lo que
existe, en el Cosmos como en el Universo, tiene en EL su causa física y la
fuente de energía que le permite crecer por la Eternidad.
Artículo Cuatro: Dios
es Señor
Por derecho de
Creación todo lo pertenece a YAVE Dios. EL tiene todos los derechos de
propiedad sobre toda su Creación. Todas las cosas, las del Cosmos como las del
Universo, las del Cielo como las de la Tierra, todas le pertenecen, y EL las
gobierna según su Infinita Sabiduría. Desde esta Verdad Eterna EL le ha dado la
Corona de su Reino a su Hijo Primogénito. Jesucristo es el Nombre de su Hijo,
Jesucristo es el Nombre del Rey de la Plenitud de las Naciones.
Artículo Cinco: El Rey
es Hijo Unigénito
Sólo hay un Rey,
universal y sempiterno. Su Padre es Dios. Al Padre es la adoración de todas las
criaturas del Universo y al Hijo la Obediencia de todos los Ciudadanos del
Reino de los Cielos. El Rey es Hijo Unigénito; Hijo Amado, El es la causa
metafísica de la Creación de Dios. Como Rey El es el Jefe de todos los
ejércitos del Reino de Dios, El es el Brazo de YAVE, su Padre. El es el
Príncipe de los príncipes del Cielo, el Primogénito de los hijos de Dios.
Artículo Seis: El
Señor de los ejércitos
YAVE es el Señor de
los ejércitos de su Reino. A la cabeza de todos los ejércitos de la Plenitud de
las Naciones del Universo EL ha puesto a su Primogénito, nuestro Rey, su Hijo
Amado. Todos los ejércitos de su Reino obedecen única y exclusivamente a su Rey
sempiterno, y sólo a la Orden de su Voz se mueven. Ningún poder ejecutivo
exterior a su Corona tiene el Poder de la Guerra y la Paz. Todas las Naciones
del Reino de Dios ponen sus ejércitos a los pies del Rey, cuyo Consejo tiene el
Poder de la Guerra y la Paz. Este Consejo tiene en el Padre, YAVE Dios, su
Cabeza Todopoderosa y Omnisciente. Todos los ejércitos de la Plenitud de las
Naciones se gobiernan por esta Ley de Obediencia al Consejo del Rey de los
Cielos. Ningún Gobierno tiene el Poder sobre los ejércitos de la Nación a la
que pertenecen. Al Rey, efectivamente, y sólo al Rey le ha dado su Padre, Dios,
este Poder. Su Hijo, nuestro Rey, es su Brazo, el Brazo derecho de YAVE, Señor
de los ejércitos.
Artículo Siete: El
Sumo Pontífice
El Rey es el Único
Sumo Pontífice de la Plenitud de las Naciones. La Plenitud de las Naciones de
la Creación tienen sólo una Religión, un Único Dios y un Único Sumo Pontífice,
alrededor del cual todos los Pueblos del Universo se unen para adorar al Único
Dios Verdadero, YAVE Dios, el Padre, Creador de todas las cosas, del Cielo como
de la Tierra, cuyo Espíritu Santo lo anima todo y lo mantiene todo en
crecimiento sano y alegre. El, el Sumo Pontífice, es el Único Viviente que se
mantiene de pie delante del Dios de la Eternidad y el Infinito; Su Nombre es
Jesucristo.
Artículo Ocho: La
Iglesia
El Sumo Pontífice,
Jesucristo, el Hijo Unigénito, es la Única Cabeza, Suprema y Divina, y por
Divina: Visible, de todos los Obispos y de todos los sacerdotes y pastores de
la Plenitud de las Naciones. Sólo a El le deben Obediencia Sempiterna todos los
Obispos y los sacerdotes y pastores que con El y en El forman un sólo y único
Cuerpo, sagrado y sempiterno, la Iglesia. Esta Iglesia, su Cuerpo, tiene por
Casa todo el Reino de Dios y en sus carnes en medio de la Plenitud de las
Naciones mantiene viva la Doctrina de la Eternidad y el Infinito: YAVE es Dios
y Padre.
Artículo Nueve: Dios
es Juez
Creador y Fundador del
Reino de los Cielos, cuya Corona le pertenece a EL y EL la comparte en vida con
su Hijo, pues siendo Dios no puede morir, heredando su Hijo en vida la Corona
que por Derecho de Primogenitura le pertenece; siendo su Creador y Fundador,
YAVE Dios reservó para el Rey la Presidencia del Tribunal Supremo de Justicia,
cuya Jurisdicción comprende la Plenitud de las Naciones de su Reino, poniendo
así Dios en las manos del Rey el Poder sin lÍmites para Juzgar de quien preside
la Corte Suprema de Justicia de su Reino. Al heredar el Hijo en vida la Corona
que debía heredar tras la muerte del Padre, siendo el Padre Dios abrió su
testamento en vida para que en vida, siendo el Hijo de su misma Naturaleza
Divina, disfrute de lo que de otro modo jamás podría. Lo glorificó al Nacer,
aboliendo toda corona y elevando la Suya hasta el Trono de Dios, su Padre; y
volvió a glorificarlo al Morir, sentándolo en el Trono del Presidente de la
Corte de Justicia de su Reino, con poder sin límites para dictar sentencia, a
la medida del propio Dios, Absolución Universal comprendida.
Artículo Diez: La Ley
de la Igualdad
Todos los Ciudadanos
del Reino de los Cielos, en cuanto hijos de Dios, independientemente de la
Nación de Origen, todos disfrutan de la misma Igualdad ante la Ley. Todos los
Ciudadanos del Reino de Dios, sin excepción, desde el Rey que se sienta a la
Derecha del Padre hasta el más pequeño de sus hijos, todos los Ciudadanos de la
Plenitud de las Naciones son responsables de sus actos ante la Justicia, todos
están sometidos a la Ley Universal de Igualdad en la Responsabilidad.
Artículo Once: La Ley
de la Libertad
Dios es el Señor y a
EL le pertenece el suelo donde moran la Plenitud de las Naciones. Heredero de
su Padre, partícipe de todos Sus bienes, el Rey es el Señor del suelo donde
pisan todas las Naciones. Las fronteras de su Reino se extienden alrededor de la
Plenitud de las Naciones. Los Ciudadanos de la Plenitud de las Naciones de su
Reino son libres y disfrutan de la Libertad de Movimiento de quienes tienen a
Dios por Padre y por Hermano al Rey del Cielo.
Artículo Doce: La Ley
de la Fraternidad
Todos los bienes y
riquezas de la Plenitud de las Naciones, del suelo como de las personas, le
pertenece a Dios. Todos los Ciudadanos de su Reino, independientemente de su
Nación, poseen por nacimiento el Derecho de uso y disfrute de todos los bienes
y riquezas del Universo. Dios es el que multiplica los bienes y riquezas de su
Reino, sea a través de la Naturaleza, sea a través de sus hijos, mirando a la
felicidad de la Plenitud de las Naciones.
Artículo Trece: La Ley
de la Inteligencia
Dios crea a sus hijos
inteligentes a su imagen y semejanza para el enriquecimiento de la Plenitud de
las Naciones en toda clase de ciencias y tecnologías. Siendo EL el Origen de
todo Conocimiento todos los beneficios vienen de su Omnisciencia y están
sujetos a la Ley de la Fraternidad sempiterna. Pues Dios actúa en todos para el
enriquecimiento y crecimiento de todos en el Conocimiento de todas las cosas.
II
Viendo a la
muchedumbre, subió a un monte, y cuando se hubo sentado, se le acercaron los
discípulos, y abriendo El su boca, les enseñaba, diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu Porque de
ellos es el reino de los cielos.
Porque la Sabiduría
Divina es la fuente de la Inteligencia de todas las Naciones, el Derecho
Natural Divino establece:
Artículo Catorce: La
Ley de la Paz
Los hijos de Dios
tenemos el Deber de hacer que la Plenitud de las Naciones tengan acceso
gratuito y libre a la Biblioteca del Conocimiento Universal para la
satisfacción y felicidad de sus Pueblos en todo lo que concierne a las
necesidades de estructuras e infraestructuras relativas a las Tecnologías y
Ciencias de la Paz y la Salud. La Plenitud de las Naciones, bien a través de
los Hijos de Dios y sus Fundaciones desde proyectos privados o internacionales,
bien a través de su Consejo, tienen el deber de poner todos los medios
financieros y económicos necesarios para que esta Norma de Sabiduría se cumpla,
y las naciones más alejadas del Modelo Social de Civilización se acerquen al
centro universal sin sufrir el largo y estrecho camino recorrido por las naciones
que componen su núcleo. Ningún Mundo ni ningún Sistema de Civilización puede
subsistir en el tiempo y el espacio sujeto a una diferencia crónica invencible
entre sus Naciones. La desigualdad imbatible a través de la destrucción
constante de los modelos temporales conduce a los Mundos a su desaparición de
la faz del Universo mediante el progresivo desgaste de los recursos naturales y
el incremento cíclico de las armas de combate entre quienes imponen la
desigualdad como medio de subsistencia. ¿Si el que siembra vientos recoge
tormentas los que siembran tormentas qué recogerán? Ofrecer libre y
gratuitamente a todos los Pueblos los frutos de la Civilización es ofrecerles a
todas las Naciones el fruto del árbol de la vida: que es la Paz.
Artículo Quince: La Ley
de la Guerra
El fruto del árbol
prohibido es la Guerra. El Derecho Natural Divino establece que los accesos y
la participación en el crecimiento de las ciencias del árbol de las Tecnologías
de Defensa les estén prohibidos a todo agente externo al Cuerpo de los
Ejércitos de la Plenitud de las Naciones. El Derecho Natural Divino establece
que el fruto del árbol de las Tecnologías de Defensa esté bajo la
Administración del Consejo de los hijos de Dios, y en consecuencia establece
expresa prohibición de venta de producto e información bajo pena de delito
contra la Seguridad de la Humanidad. Nadie puede vender a un tercero a través
de un segundo tecnología e información sin ocasionar en la Comunidad
Internacional grietas bélicas y en las nacionales terremotos dictatoriales.
Para el cumplimiento de este Ley por la Paz y la Seguridad de la Humanidad los
hijos de Dios tienen el Deber de promover y edificar la formación de un Consejo
de Estados Mayores como responsable y garante del cumplimiento de esta Ley, y
la sujeción de este Consejo al Consejo de la Plenitud de las Naciones del Reino
de Dios en la Tierra. La Historia ha demostrado con ejemplos tremendos cómo las
tecnologías de Defensa en manos de grupos privados se convierten en el origen
de terremotos bélicos que arrasan el progreso de las naciones en vías de
desarrollo en nombre de los beneficios de ese grupo de producción, y cómo
semejantes grupos son los enemigos de la Paz Mundial a todos los niveles, pues
debiendo vivir a toda costa de la venta de sus Productos la obligación los
arrastra a crear nuevas guerras, sembrando el odio entre las naciones como
medio de hacer ventas. Aunque al Principio Dios no quiso introducirnos por el
método de la experiencia en el conocimiento de la Ciencia del bien y del mal,
una vez provocado el conflicto cósmico en el que el Género Humano está aún
atrapado, dispuso Dios en su Omnisciencia llevarnos al conocimiento de todas
las leyes en el menor tiempo posible aún a costa de la tragedia tan inmensa que
este espectáculo supone. Hecho, el Conocimiento de las leyes de esta Ciencia es
la plataforma desde la que articular la estructura del Futuro sobre la Roca de
nuestra experiencia. Sabiendo que el destino de todo mundo sujeto a las leyes
de la Ciencia del bien y del mal es su desaparición apocalíptica, en palabras
de Dios: su regreso al polvo cósmico, la experiencia se suma a la Ciencia para
poner sobre la mesa las bases de una Arquitectura Biopolítica acorde a cuyos
axiomas y espíritu: el bien de todos a través de la participación de todos en
todo, articular el Edificio de la Plenitud de las Naciones. En este terreno,
sin violencias pero sin concesiones, todos los hijos de Dios tenemos el Deber
de aportar cada uno su grano, sabiendo que la cantera de la que aportamos cada
uno nuestro grano tiene en nuestro Creador su origen. Por consiguiente: Las
Tecnologías de Defensa sirven a la Paz y el proceso de producción estará sujeto
a esta Norma de Paz y Seguridad.
Artículo Dieciséis: La
Ley de la Seguridad
El fruto del árbol de
la Vida es la Paz. Las Naciones no pueden tener acceso vallado a La Paz en
razón del interés privado de ciertos grupos financieros de carácter
internacional; ni los hijos de Dios podemos aceptar la sujeción del disfrute de
la Libertad a los objetivos de esos grupos de presión, extranjeros o locales,
cuyas metas y fines tienen en la desestabilización de los Gobiernos la puerta
por la que entrar a saco y asaltar las riquezas de las naciones. El Consejo de
la Plenitud de las Naciones no puede garantizar la Paz y la Libertad
Internacional sin el Poder para enfrentarse a esos grupos, someterlos a las
leyes y declararlos fuera de la Ley en caso de persistir en sus actuaciones
contra la Seguridad. Mirando a este horizonte el Derecho Natural Divino
establece que el Consejo de los hijos de Dios esté facultado de todo el Poder
para decretar la expropiación de los bienes de cualquier asociación financiera
internacional que tenga en la desestabilización de los Gobiernos Nacionales su
medio de lucro. El Derecho Natural Divino establece que el Consejo de los hijos
de Dios tiene el Poder para decretar la desintegración de las asociaciones
financieras internacionales que operan bajo una ley de la legalidad imperial,
sin curso legal en este Nueva Era, y llevar ante la Corte de Justicia
Internacional a sus jefes y colaboradores locales, cabeza y cola. La
intervención en la Economía de una nación por un grupo de intereses, físico o
jurídico, externo al cuerpo legislativo de la nación afectada supone su
invasión por un Estado sin Patria, cuya actividad, aunque enmascarada en la
legitimidad de operaciones financieras, tiene por fin una actividad terrorista
internacional, cual es la desestabilización del gobierno de un pueblo en razón
de los intereses del grupo financiero invasor. Así pues, cualquier intervención
de un grupo de intereses financieros contra la legalidad de un Gobierno de
Derecho es un atentado contra la Seguridad, del que se hace responsable la
nación y Estado que respalda los intereses de ese grupo poniendo a su disposición
sus recursos nacionales, bien militares bien logísticos, sufriendo las
consecuencias como se ha visto en los últimos tiempos. De donde se entiende que
todo grupo financiero que desde la Libertad Internacional actúe en la economía
de una Nación para desestabilizar su Gobierno pierde todos sus derechos
internacionales desde el momento que usa la Libertad como medio de
empobrecimiento del Pueblo, y el empobrecimiento como medio de
desestabilización de la Paz. La Historia de las Naciones ha demostrado ya con
amplios ejemplos cómo el terrorismo de tales grupos financieros sobre un
Gobierno legítimamente establecido conduce a los Pueblos a las profundidades de
infiernos hacia los que para nada labraron sus víctimas semejante destino. El
Futuro de la Humanidad y de un Reino que mire a un Horizonte que no se acaba:
únicamente puede permitirse la alegría y la felicidad de avanzar bajo un cielo
sin nubes desde el Poder de un Consejo Mundial para la defensa de la
legitimidad de los Gobiernos de los Pueblos.
III
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra
En consecuencia el
Derecho Natural Divino establece:
Artículo
Diecisiete:Ley del Pan
La Propiedad de todas
las cosas del Universo, de los Cielos como de la Tierra, le pertenece a Dios,
su Creador. Todas las Criaturas somos alimentadas por nuestro Creador a través
de su Creación. Cualquier límite de producción o destrucción de los bienes de
la tierra de cultivo en razón de intereses privados o comunitarios es un delito
contra la Humanidad. Ninguna razón justifica la muerte por hambre de las
naciones del Tercer Mundo en nombre de un Mercado que ordena la destrucción de
millones de toneladas por año de productos vitales para la vida y crecimiento
alegre y sano de las naciones. La capacidad de ese Mercado y de las Comunidades
para ordenar la destrucción y limitar la productividad de la tierra para
producir alimentos es un delito contra la Humanidad. Los hijos de Dios tenemos
el Deber de abolir esa capacidad delictiva del Mercado para asesinar por hambre
a muchedumbres enteras en nombre del Concepto criminal de estabilidad de los
precios. Ningún precio justifica el asesinato en masa de los pueblos de la
Humanidad. Los hijos de Dios tenemos el Deber de abolir este sistema de Cuotas
de producción y liberar la tierra de las cadenas que sobre ella echaron los
intereses de los líderes de todos los tiempos.
Artículo Dieciocho:La
Ley de la Tierra
La Propiedad Legal de
la tierra es del Dios que la creó para alimentar con el fruto de la tierra a
todas sus criaturas. Este Derecho Divino establece para el Consejo de la
Plenitud de las Naciones de su Reino poder ilimitado para la Distribución del
fruto de la tierra entre los pueblos de su Reino en Hora de Necesidad. En esta
Hora todos los excedentes almacenados y todas las cosechas en su fruto estarán
a disposición del Consejo de los hijos de Dios para socorrer la necesidad de
los pueblos hermanos.
Artículo Diecinueve:
La Ley de la Propiedad
Todas las criaturas
somos hermanos en Dios, nuestro Creador. Nuestro Creador y Padre dispuso que la
capacidad de la tierra para alimentar a sus hijos sea ilimitada. Pero las
guerras entre los que se rebelaron, en su ignorancia, contra esta Disposición
Divina por la que todos los recursos son propiedad de todos los hombres y están
sujetos a su Distribución Internacional según la necesidad, esas guerras, como
la marea borra de la costa la escritura en la playa, deshicieron lo que Dios
hizo y le entregaron el derecho de propiedad de la tierra a la criatura,
desheredando al Creador de su Creación. Origen esta locura de las hambres que
han devorado a muchedumbres enteras delante de nuestros ojos, habiendo asistido
impotentes al espectáculo inhumano de la destrucción de los alimentos
excedentes, mediante el fuego y las cuotas, el Derecho Natural Divino establece
que el abandono de la tierra de cultivo por sus propietarios temporales
implique la reversión a este Derecho de Creación del título de propiedad, que
le será concedido libre y gratuitamente a quien le dé a la tierra lo que la
tierra quiere, y mediante esta satisfacción el hombre sacie la Necesidad de los
suyos y de todos los demás seres humanos.
Artículo Veinte:La Ley
de la Humanidad
La Propiedad Legal de
la tierra de cultivo, de la que depende la vida de sus hijos, le pertenece a
Dios de manera inalienable. Su propiedad temporal le es concedida a quien la
labra y está dispuesto en el Derecho Natural Divino que permanezca en su
familia mientras haya manos que la trabajen. Perteneciendo en usufructo a quien
la labra la tierra no puede ser vendida ni comprada, sino que al término del
trabajo, por ausencia de manos familiares, la tierra revertirá a su Creador,
entrando en ella quien continúe dándole a la tierra lo que la tierra pide, las
manos del hombre. De este trabajo, no de la tecnología y las ciencias del ocio,
depende la vida de la Humanidad. De aquí que cuando Dios creara al Hombre y
entre ellos fuera a elegir al que sería el más grande de entre ellos, tomó para
sí un hortelano, un campesino, un labrador. Heredero de su Padre,
perteneciéndole a su Padre todas las cosas, heredando la propiedad de la Tierra
la preservaba su Padre del saqueo y la esclavitud a que luego, contra su
Voluntad, la Tierra fue sometida, encontrándose la que fue creada con capacidad
ilimitada en la contradicción de ver a sus hijos morirse de hambre. Esta
Propiedad revierte, pues, a las manos de la Humanidad, cuya Cabeza fue Adán, y
al presente Jesucristo, el Legítimo Dueño y Señor de todas las cosas, del Cielo
como de la Tierra.
Artículo Veintiuno: La
Ley del Futuro
El Derecho Natural
Divino establece que las manos que expropiaron al Señor de su Creación
reduciendo a esclavitud a los hijos de la tierra no tienen ningún derecho sobre
la tierra. Son manos de delito. La historia universal es larga en ejemplos sin
nombres y generosa en lecciones sin títulos. El terratenientismo es un delito
contra la Humanidad cuyo fruto ha demostrado ser la ignorancia, la miseria y la
guerra civil. La tierra pertenece a los que la habitan y de ella viven
manteniendo con el fruto de su trabajo a la Humanidad, empezando por sí mismos
y sus casas. Los hijos de Dios tenemos el Deber de abolir esta forma de
delincuencia, heredada del Pasado, por la que los hijos de la tierra eran
enajenados del medio que el Creador les diera para vivir y con el que
participar en la Sociedad mediante la producción de los frutos de la tierra,
sin los cuales no puede vivir la Humanidad. La abolición de esta forma criminal
de administración de la tierra será abolida por la Plenitud de las Naciones del
Reino. Como está abolida en el Cielo así en la Tierra.
IV
Bienaventurados los que lloran Porque ellos serán consolados
Por ellos establecemos
en el Presente:
Artículo Veintidós: La
Ley de la Salud
Declarar delito contra
la Humanidad la guardia y protección de todas las puertas que prohíben el
acceso de todos los pueblos del Reino de Dios a las tecnologías de la Salud,
Física y Mental, de los seres humanos, cuya protección y guardia, en nombre de
no importa qué tipo de sistema y legalidad, es la condena a muerte de
muchedumbres de criaturas. Los hijos de Dios tenemos el Deber de dotar al
Consejo de la Plenitud de las Naciones de un Comité de Urgencia facultado de
todo Poder sobre las empresas públicas y privadas de las Naciones del Reino de
Dios dedicadas a la producción médica, en todas sus formas, en orden a la
Distribución, libre y gratuita, de sus productos entre las naciones pobres
según la Necesidad. Las medicinas son el arma con el que una criatura lucha por
su vida contra la Muerte. Si se le priva de ellas se le arroja al circo de los
leones a que se ceben las fieras. Pero el Creador ha dispuesto todos los
recursos de su Creación en las manos de sus hijos para la Victoria de sus
criaturas.
Artículo Veintitrés:
La Ley de la Sabiduría
Los hijos de Dios
tenemos el Deber de financiar y articular todos los esfuerzos de los sabios de
la Plenitud de las Naciones, liberando la Ciencia de las ciencias, la de la
Salud, de todos los intereses privados, estatales e individuales, creando una
Comunidad Científica congregada y consagrada en vida a la Victoria de la
Humanidad contra todas las enfermedades, hereditarias y seculares, que
parasitan en el ser humano desde los días de la Caída de Adán. Los frutos de
esta Comunidad serán Patrimonio de la Humanidad y puestos en las manos de las
Naciones, gratuita y libremente, para la alegría de todos los seres humanos.
V
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia Porque ellos
serán hartos
Esta Justicia Divina
establece:
Artículo Veinticuatro:
La Ley de la Verdad
Todos los hijos de
Dios, sin excepción, somos responsables de nuestros actos delictivos contra
nuestros semejantes ante la Justicia. Los hijos de Dios tenemos el Deber de
liberar la Justicia de cualquier tipo de sumisión al Poder Político y Religioso
a fin de que se cumpla, desde la Libertad, los principios de la Verdad, entre
los que la Igualdad de todas las criaturas a los ojos de la Justicia Divina de
nuestro Creador es la Roca sobre la que levanta sus ojos a la eternidad su
Reino. Y tenemos el Deber de dotar a la Justicia de todo el Poder
Jurisdiccional para hacer que esta Ley se cumpla para todos los Ciudadanos sin
excepción. Cualquier desviación de este Principio Eterno y cualquier excepción
a esta Regla Divina es una puerta que conduce al terrorismo de la Ciencia del
bien y del mal, de cuyos fuegos y horrores estamos saciados hasta el vómito y
ebrios hasta la ira.
Artículo Veinticinco:
La Batalla Final
En su Omnisciencia
para articular su Civilización mirando a la vida eterna ha establecido Dios que
su Reino tenga por columna maestra de su Edificio un Cuerpo Judicial con Poder
Legislativo ilimitado para combatir el crimen, la delincuencia, el
terrorismo... el Mal en todas sus formas. Habiendo elevado a la Cabeza de este
Cuerpo a su Hijo, nuestro Rey sempiterno, los hijos de Dios tenemos el Deber de
articular el Cuerpo de la Justicia de nuestra Civilización a imagen y semejanza
del modelo divino, cuyo Principio es la Verdad y cuyo Fin es la Paz. Siendo el
ejército de los jueces la vanguardia de choque en la Batalla de la Humanidad
contra el Crimen, en todas sus formas, al Cuerpo Judicial le corresponde
legislar todas las medidas sin las cuales la Batalla está perdida y mediante la
aplicación de las cuales la Victoria es nuestra. Es nuestro Deber abolir esa
facultad del Cuerpo Político para alienar a la Justicia del Poder Legislativo
Anticriminal sin el que la batalla contra el Crimen Organizado, Nacional e
Internacional, crece y extiende sus tentáculos hasta el núcleo duro de los
gobiernos democráticos.
Artículo Veintiseis:
El Modelo Divino
En su lucha por
conducirnos de las tinieblas a la luz de la Verdad ha querido Dios que nuestra
Civilización contenga en su cuerpo la semilla de los valores que la Suya
contiene en árboles maduros de cuyo fruto, la Paz, se alimentan la Plenitud de
las Naciones de su Reino. Es nuestro Deber articular nuestra Civilización a la
imagen y semejanza de la Divina. Por esto los hijos de Dios de la Plenitud de
las Naciones tenemos el Deber de firmar la Carta de Adhesión al Tribunal Penal
Internacional y dotar a su Cuerpo de Plenos Poderes Ejecutivos para hacer que
sus órdenes de detención contra los hallados culpables de delitos contra la
Humanidad sean entregados sin ninguna disposición contraria por parte de los
Gobiernos a quienes se dirija la orden de captura y entrega. Cualquier negación
por parte de un Gobierno a someterse a la Justicia Internacional sea
considerada rebelión contra la Humanidad, y, en consecuencia, quede sujeto ese
Gobierno a la investigación por colaboración y complicidad en los delitos
contra la Humanidad perpetrados por el sujeto contra el que el Tribunal firmara
orden de Detención y Entrega.
Artículo Veintisiete:
Defensa y Libertad
En la lucha común
Creador-Criatura, Dios-Hombre, contra los sistemas y males heredados del Pasado
y naturales a la Ciencia del bien y del mal, y mirando a cerrarles el paso al
Futuro a tales sistemas y organizaciones criminales que bajo la bandera de
ideologías y religiones se elevan al poder para desde el Poder arrasar a los
pueblos, propios y vecinos, los hijos de Dios de la Plenitud de las Naciones
tenemos el Deber de fundar una Corte de Apelación Universal ante cuya Mesa los
pueblos, víctimas de tales monstruos, puedan pedir Defensa y Libertad. La Corte
de Apelación Universal defenderá la Causa ante el Tribunal Penal Internacional
y ante el Consejo de la Plenitud de las Naciones, movilizando a ambos para la
Libertad y la Defensa de los pueblos atrapados bajo las ruedas de la Tiranía.
El Tribunal decretará orden Internacional de detención y el Consejo moverá las
fuerzas de Captura necesarias. Todos los Gobiernos de la Plenitud de las
Naciones trabajarán con la Corte para la Defensa de los Pueblos poniendo a su
disposición todos los medios necesarios para el desarrollo de la Victoria de
todos contra los tiranos y los dictadores cuyo alimento es la carne humana y
cuya bebida es la sangre humana. El Consejo entregará tales monstruos al
Tribunal para que sean juzgados por sus delitos contra la Humanidad.
VI
Bienaventurados los misericordiosos Porque ellos alcanzarán
misericordia
Artículo Veintiocho:
La Ley de la Vida
El Derecho Natural
Divino establece que los extranjeros que huyen buscando refugio de las guerras
civiles, y hambrientos y sedientos de Justicia y Libertad, y temiendo por sus
vidas peregrinan hacia una tierra de promisión en busca de la naturaleza humana
que se les niega en sus lugares de origen: sean acogidos como hermanos y vivan
bajo la protección del Derecho, estableciendo como delito contra la Humanidad
cualquier forma de esclavitud de quien manipula su situación para enriquecerse,
sea a través del salario sea a través de la prostitución. Fundando su Creación
sobre una Nueva Roca contra cuyos átomos se desintegre cualquier posibilidad de
rebrote de la Ciencia del bien y del mal en el Universo, Dios maldijo la
esclavitud y decretó sentencia de Destierro de su Reino contra el esclavista.
De aquí que el Derecho Natural Divino establezca que los hijos de Dios tenemos
el Deber de sujetar todas las cosas a la Ley de la Igualdad, de manera que dos
personas que hacen la misma cosa no puedan recibir la una miseria, por ser
extranjero, y la otra gloria, por ser hijo del país. El extranjero como el
nativo todos somos hijos de la misma Tierra, todos tenemos derecho al mismo
salario por el mismo trabajo.
Artículo Veintinueve:
La Ley de la Misericordia
No hay más que una
clase de Misericordia. "Estaba hambriento y me disteis de comer, sedientos
y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis, enfermo y me curasteis, en la
cárcel y me liberasteis". Cuando estando en la mano impedirlo se deja
morir a Cristo en el hombre el Derecho Natural Divino establece que la sangre
de los inocentes caiga tanto sobre la cabeza del que promueve cuanto sobre la
del que permite. Los hijos de Dios tenemos el Deber de romper fronteras y pasar
por lo alto de gobiernos cuya política asesina es la firma de la condena a
muerte de cientos de miles de criaturas víctimas de las locuras de sus
gobiernos, locura alimentada por los intereses financieros de los monstruos
internacionales que tienen en la guerra civil controlada una fuente de lucro y
poder. La inactividad del que ve cómo sucede el crimen y la del que promovió el
crimen son las dos caras de la misma moneda, ambas tienen por castigo la misma
sentencia: "Iros al Infierno a castañear dientes". La Misericordia,
en efecto, no se riñe con la Justicia, pero la Justicia sí lo hace con la
dureza de corazón. Hubo una vez otro rey que habiendo batido al enemigo con un
número netamente inferior de soldados a la hora de la victoria se encontró con
miles de vencidos y heridos. Su decisión salomónica fue asesinarlos a todos
para no tener que alimentar ni curar a ninguno. Era rey y era cristiano, era el
rey de los ingleses. La memoria de Dios es infinita y eterna, a la hora de dar
retribuirá con Misericordia, al cristiano como al que no, ofreciendo Misericordia
a quien la tuvo de su prójimo, amigo o enemigo, conocido o desconocido, y con
Justicia, cristiano o no, a quien pisó la Justicia. Pues el que crea que
confesando Jesús es el Señor ya está salvado ay de él cuando el Hijo del Hombre
se levante para Juzgar según la Ley y no según la Esperanza, ese día se verá
que Dios juzga a cada cual por las obras y no por las misas ni por los aleluyas
cantados en una mañana de glorias al Señor que nos perdona todos nuestros
crímenes. La Misericordia es para el que la da no para el que la guarda. Pero
si no se ama al extranjero que está en medio de nosotros y se le esclaviza sin
misericordia a la vista de todos, reteniéndole su salario, ¿cómo nos preocupará
el que se muere en un campo de refugio a miles de kilómetros de distancia? ¿Si
no nos preocupa el que está en la cárcel a la vuelta de la esquina cómo nos
preocupará el que se muere en la cárcel de un tirano por amor a la libertad? El
que tiene el poder y no hace nada es tan culpable como el que no le arranca ese
poder y se lo entrega a otro que sí haga lo que debe ser hecho. La Fe sin las
obras es un suicidio, y matar a Cristo por la fe un crimen. ¿Qué castigo se
merecerá el que mata al hombre que Dios creó a su imagen y semejanza, que está
en nosotros, y engendró en nosotros al precio de la crucifixión de su Hijo?
VII
Bienaventurados los limpios de corazón Porque ellos verán a Dios
Desde la Inocencia de
Dios y de Adán en la tragedia del Edén, origen del drama del Género Humano, el
derecho Natural Divino establece:
Artículo Treinta: El
Día de Yavé
Todas las Naciones
fuimos abandonadas en las manos de una generación de hijos de Dios, todos
malvados, rebeldes a su Padre, contra el que se alzaron y a cuyo Reino le
declararon la Guerra, prefiriendo la eternidad en el Destierro a un día más en
un Universo gobernado por una Justicia que no diferencia entre el siervo y el
hijo, entre el príncipe y el ciudadano, sobre todos estableciendo la Igualdad
Eterna. No creyendo Dios que la criatura se atreviese a retar a su Creador
mediante la política de hechos consumados, atravesado su corazón por la lanza
de la Traición, Dios, Indestructible, abrió los ojos y, levantándose, en su
dolor alzó su Voz y poniendo su cabeza por testigo juró aplastar a su enemigo,
diciendo: "Yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida: cuando yo
afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio, yo retribuiré con
venganza a mis enemigos y daré su merecido a los que me aborrecen, emborracharé
de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne, de la sangre de los
muertos y de los cautivos, de las cabezas de los jefes enemigos". Alegría
en el Cielo, tristeza en la Tierra. Alegría Arriba porque Dios había recogido
el guante y con ese mismo guante, guardando ahora un puño de hierro, devolvía
el reto; tristeza Abajo porque la Batalla Final tendría por campo de batalla la
Tierra. Pero regocijo tras el sufrimiento: "Regocijaos, gentes, por su
pueblo, porque ha sido vengada la sangre de sus siervos, le ha vengado de sus
enemigos, y hará la expiación de la tierra y su pueblo". Como grande fue
el dolor, así sería grande la Esperanza; si el dolor fue infinito la Esperanza
sería eterna, y en ella la Victoria, firme: "Se apoderará tu Descendencia
de la puertas de sus enemigos". Reducidos a esclavitud los hijos de
Abraham, en sus cadenas Dios descubría que no era a Isaac a quien miraba, sino
a Cristo.
Artículo Treinta y
uno: El Derecho a la Verdad
El argumento supremo
sobre el que un testigo puede establecer delante de un tribunal la veracidad de
su testimonio es su vida, su sangre. Sobre su propia sangre Cristo estableció
la Inocencia de Dios respecto a cualquier participación, ni por activa ni por
pasiva, en la Muerte de Adán, de un sitio, y la Ignorancia de Adán respecto a
las intenciones criminales del ángel rebelde por antonomasia, el llamado Satán,
cabeza de la Serpiente, del otro sitio. Porque hubo Ignorancia Dios abrió la
puerta de la Redención, Sacrificio Expiatorio por el pecado mediante. La Ley de
la Expiación -por el pecado del pueblo y de su príncipe- exigía como condición
sine qua non la ignorancia del trasgresor. La corrupción del Judaísmo y la
Ruptura de la Alianza entre Dios y los hijos de Abraham según la carne vino
cuando el Sacrificio se convirtió en demonismo al pagar primero el trasgresor
el precio del crimen y pasar enseguida a cometerlo, demonismo salvaje y
monstruoso instaurado por costumbre sagrada que Dios nos descubrió en el Caso
de Judas el Iscariote. Es decir, habiendo premeditación para el crimen no hay
ignorancia, y sin ignorancia no hay perdón, razón por la cual Dios no podía
perdonar a los judíos su crimen, aunque se lo pidiera su Hijo desde la Cruz,
pues cometido con premeditación, pervirtiendo la Alianza de Moisés y
transformando la Ley en Templo del Pecado, no podía tener lugar la expiación, y
sin expiación no podía procederse al perdón. Con aquella transformación del
sacerdocio aaronita en un negocio, tanto vale el crimen tanto pago y paso a
cometerlo con el perdón en el bolsillo, el judaísmo, en su ignorancia, hizo una
defensa del Infierno y su ideología, esa misma que en el Edén puso en práctica
su filosofía maligna bajo el presupuesto del perdón divino en base a la
Paternidad del Juez del Cielo sobre el criminal. Hijo de Dios, por el hecho de
serlo se le debía permitir todo crimen y delito, así que en nombre de Dios por
aquí te apuñalo y por aquí te maldigo. Los judíos, teniendo un precio por el
delito, y olvidándose de la condición sagrada para el perdón, la ignorancia,
transformaron el Templo en un negocio lucrativo cuando los propios sacerdotes depositaban
con antelación las monedas de plata en el tesoro contra el crimen que se
disponían a cometer, fuera adulterio, robo, asesinato, falso testimonio,
etcétera. Filosofía maligna en la que cayera la iglesia romana y de la que
fuera salvada la Iglesia Católica por la iglesia alemana en los días de Lutero,
cuando sin darse cuenta en su ignorancia la iglesia católica fue arrastrada por
la iglesia romana a la transformación del pecado en un negocio lucrativo,
llamémoslo "el escándalo de las indulgencias". Dios se rebeló contra
la Filosofía del Infierno. Ni defendida por un hijo suyo, caso Satán, ni
defendida por un siervo suyo, caso Aarón, aceptaría jamás la transformación de
su Corona en la corte pagana de un dios de dioses a cuya salud los príncipes de
su Reino podían contar con su bendición a la hora de matar el tiempo jugando
con las vidas humanas a diablos y ángeles, policías y ladrones, malos y buenos,
héroes y monstruos. Dios alzó su mano al Cielo contra un hijo suyo, Satán, que
osó llevar a la cruz a su hijo pequeño, Adán, ¿y no iba a alzar su Puño contra
un siervo, Aarón, que se atrevió a clavar en la Cruz a su Hijo Primogénito? Y
como no hay tres sin dos ¿qué le hizo pensar a la iglesia romana que a su
obispo y a su corte de cardenales le iba a permitir Dios lo que no le
permitiera ni a su siervo ni a su hijo, a saber, que le llenaran la copa con la
sangre de sus delitos?
Artículo Treinta y
dos: El Derecho a la Misericordia
Judíos y romanos todos
fueron atrapados en la misma Ignorancia. Sobre Cristianos y gentiles sobre
todos permaneció el Velo que le impidiera a los judíos ver a Dios. Los que le
vieron le amaron con una fuerza más poderosa que la Muerte. Pero cuando se
fueron los que le sucedieron vivieron de la Fe, permaneciendo entre ellos las
palabras proféticas de los que sí vieron a Dios como antorchas en las
tinieblas. Ahora bien, la Fe sin el Conocimiento perfecto de Dios se corrompe.
Declaración que los Apóstoles se encargaron de establecer en sus Epístolas y
que más tarde los siglos se encargaron de demostrar, "el escándalo de las
indulgencias" la cabeza del iceberg. Misericordia pues para con todos,
judíos y romanos, cristianos y gentiles porque en su Omnisciencia había
establecido Dios que el velo del Conocimiento perfecto de la Divinidad no
cayera de los ojos de su criatura humana hasta que le naciera a Cristo
Descendencia, esa Descendencia nacida para vencer y conquistar las puertas del
Infierno.
VIII
Bienaventurados los pacíficos Porque ellos serán llamados hijos de
Dios
Así, porque el fin de
la Guerra es la extinción total del Género Humano, el Derecho Natural Divino
establece:
Artículo Treinta y
tres: El Derecho a la Paz
Todos los ejércitos
del Reino de Dios están bajo el Mando del Rey del Cielo, Cabeza Suprema del
Consejo de los hijos de Dios, a cuya Voz y sólo a cuya Voz se mueven los
ejércitos de la Alianza de la Plenitud de las Naciones del Universo. Como en el
Cielo en la Tierra, los hijos de Dios tenemos el Deber de separar los gobiernos
políticos de las naciones miembros del Consejo de la Plenitud de las Naciones,
en cuyos Miembros reside el Poder de la Guerra y la Paz y ante cuyo Cuerpo y
sólo a su Consejo los ejércitos de la Alianza de la Plenitud de las Naciones
deben Obediencia. Siendo la Paz el bien supremo por excelencia de la Creación,
Dios ha dispuesto que este Poder resida sólo en la Corona de su Hijo, Cabeza
Suprema del Consejo de la Alianza de la Plenitud de las Naciones de su Reino.
El Consejo de los hijos de Dios y el Consejo de los Estados Mayores de los
ejércitos de la Alianza de la Plenitud de las Naciones del Reino de Dios
forman, como cabeza y brazo, parte del mismo Cuerpo y únicamente este Cuerpo,
cuya Cabeza es el Rey, Jesucristo, tiene el Poder de la Guerra y la Paz.
Artículo Treinta y cuatro:
La Ley del Rey
La experiencia es la
madre de la Ciencia. Pero la Ciencia al servicio del hombre en tanto que animal
político se convierte en arma de destrucción en las manos de una bestia, con
apariencia humana, nacida de hombre pero inhumana, con un sólo propósito en
mente: Imponer su infierno en el mundo. Sobre esta Ley de la Ciencia ha
establecido Dios el núcleo duro de su Reino, prohibiendo el acceso de todo
gobierno ajeno a la Alianza de sus ejércitos a las Tecnologías de Defensa. Las
leyes que se derivan, la prohibición de venta de información y material fuera
de la Alianza del Rey, y la adquisición de la propiedad de las industrias de
Defensa, para su transformación en Patrimonio para la Paz Universal, sujeto al
Consejo de los hijos de Dios, tienen por fundamento la necesidad de establecer
los pilares de su Reino acorde a las dimensiones de infinitud y eternidad de la
Creación. Habiendo aprendido Dios de la experiencia que la sujeción de los
ejércitos nacionales e internacionales a la voluntad temporal y a los intereses
pasajeros de los gobiernos políticos está en la causa de la guerra, puso sobre
la mesa una Nueva Alianza por la que todos los Gobiernos ponen sus ejércitos en
sus Manos. Anticipando esta Revolución Universal Sempiterna se presentó ante
nosotros en su Libro como YAVE de los ejércitos. Que el Hombre la firme o se
niegue a poner en las manos de su Creador lo que le pertenece por Derecho de
Creación es un tema diferente. También Satán se negó a firmar la Alianza que
Dios y su Hijo nos pusieron delante de los ojos, a todos, hombres y no hombres,
por la que Yavé de los ejércitos es el Dios de todos y su Hijo, Jesús, el Rey
Universal y Sempiterno de la Creación. Unigénito y Primogénito, el Brazo de
Yavé, el Rey de sus ejércitos, Jesús, nuestro Jesucristo, Origen de nuestra
Luz, Nuestro Maestro y Salvador, Señor y Rey, las dos condiciones que el
Infinito y la Eternidad ponen sobre la mesa para el crecimiento y la
perpetuación de una Civilización en el espacio y el tiempo, Universalidad y
Sempiternidad, estas dos condiciones cumplidas en su Naturaleza de Hijo,
sujetando todo el Poder a su Corona su Padre estableció la Ley del Rey contra
la voluntad temporal y los intereses pasajeros de los Gobiernos Nacionales e
Internacionales en el origen de las guerras, civiles y mundiales, que hasta el
presente ha sufrido la creación entera. Por esta Ley cualquiera que no firme la
Nueva Alianza sobre la que Dios volvió a crear de nuevo su Reino firma contra
su cabeza, sea hijo o siervo de Dios, la pena de destierro de la Creación.
IX
Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia Porque de
ellos es el reino de los cielos
Por ello el Derecho
Natural Divino establece:
Artículo Treinta y
cinco: La Ley de la Civilización
Que ningún hombre ni
grupo humano alguno sea objeto de persecución por sus ideales de justicia. En
razón de lo cual los hijos de Dios tenemos el Deber de abolir cualquier
potestad del Estado para atentar, reprimir, demonizar o controlar las fuerzas
que la Imagen Divina que está en el Hombre pone en movimiento para sacudir de
la Sociedad la Inercia natural a cualquier etapa posterior a una gran victoria.
Todo movimiento del Estado que extralimite sus funciones administrativas es un
delito contra la Sociedad. La Sociedad ha nacido libre y ha sido dotada por su
Creador de todas las fuerzas necesarias para sin la Violencia del Estado ser
capaz por sí sola de abrirse paso hacia las fronteras tras las que se halla la
tierra prometida de la Verdad, la Justicia y la Paz. Esta Idea de la Justicia
es irrenunciable porque es Divina y, cualquier acción del Estado en contra,
como ya la Historia se ha encargado de demostrarlo, es objeto de ruina. En
consecuencia los hijos de Dios tenemos el Deber de cortar todos los hilos por
los que el Estado se arma para combatir la Justicia Divina que se descubre en
quienes esa Imagen es más fuerte que su propia vida. Como en su día la
Separación Estado-Iglesia demostró ser uno de los pilares de la Civilización,
en el nuestro la Separación Estado-Ejército es, a la vista los hechos, una
Necesidad de Justicia: revolucionaria e irreversible, es decir, Divina.
X
Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira
digan contra vosotros todo género de mal por mí. Alegráos y regocijáos Porque
grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los
profetas que hubo antes de vosotros
El Derecho Natural
Divino establece:
Artículo Treinta y
seis: La Ley de la Justicia
Que todo sacerdote que
haga apología del crimen ordenando cárcel o muerte contra quienes sus ideas
disientan de las suyas sean llevados ante la justicia humana para responder de
su delito de incitación al crimen. Los hijos de Dios tenemos el Deber de expulsar
de la Iglesia de nuestro Padre a todos los siervos que, contra el Espíritu de
la Justicia Divina, se alzan en inquisidores y ejecutores, sea directa o
indirectamente, de quienes, según su entendimiento, han errado el camino. La
Palabra de inteligencia y sabiduría es la única arma que alzó Cristo contra
quienes querían crucificarle, y esta, la palabra, es el único arma que hemos
heredado, hijos y siervos de Dios. Por esto dice la Escritura que al principio
Dios creó al hombre desnudo. Pero aquellos que se armaron para combatir la
palabra del hombre con fuego no son de Dios, aunque entrasen en la Casa de Dios
y, usando sus medios se elevasen hasta lo más alto en la escala de sus siervos,
ésos no fueron nunca de Dios.
CONCLUSIONES FINALES
Cuando Dios creó el
Hombre proyectó sobre nuestro ser la Naturaleza Social de su Ser. Sociales por
naturaleza quiso Dios seguir acercándonos a su Naturaleza proyectando sobre
nuestro ser la Inteligencia de su Ser. Inteligentes por naturaleza quiso Dios
acercarnos aún más a su Ser proyectando su Paternidad sobre nuestro ser.
Finalmente, amándonos con todas sus fuerzas, y viendo que no encontrábamos el
Modelo Divino nos envió a su Hijo Primogénito para que en su Naturaleza
encontrásemos la naturaleza de Hijo que nos fue dada al Principio.
Hijos de Dios, sea de
la descendencia de Abraham, por la carne o por el espíritu, sea de la
Descendencia de Cristo, nuestra naturaleza inteligente nos pone delante del
Hecho de la Sociedad del Reino en el que Dios ha transformado su Relación con
su Creación. Sobre la cual entendemos lo que en la Declaración de Principios se
expusiera, que la Libertad y el Amor son las dos columnas eternas sobre las que
Dios ha levantado el Edificio de esta Sociedad Creador-Criatura. Y nos pone
delante de la situación que nuestro Dios se encontró al tener que salir del
Conflicto Cósmico en que una parte de sus hijos le obligó a caer. El Modelo
Antiguo anterior a la Caída, habiendo provocado esa situación, tenía que
desaparecer y ser sustituido por uno Nuevo, éste fundado sobre una Roca
Inconmovible cuyo horizonte se abriese al Infinito y cuyo cuerpo social
estuviese inmunizado contra cualquier conato de Guerra por la Eternidad.
Enfrentado a esta Situación de Revolución, Dios tenía que adoptar las medidas
necesarias en la matriz de su Victoria poniendo en primer lugar la Fundación de
ese Nuevo Modelo Social, a cuyo Nacimiento debería quedar supeditado todo lo
demás, incluso el Género Humano, incluso el Dolor de su Hijo si era necesario.
La Necesidad impuso su
Ley. El Género Humano tendría que seguir sufriendo los golpes del látigo de la
Guerra Civil perpetua hasta que la Nueva Estructura que su Creación había de
recibir quedase definitivamente configurada. Con todo el dolor de su Corazón
así debía de ser. La Necesidad le impuso beber el Cáliz de la Pasión de su Hijo
Unigénito. Esa misma Necesidad tenía que alcanzar su meta y, sufriendo el dolor
pasajero de los siglos venideros, depositando la creación entera su expectación
en el bien que el futuro nos reservaba a todos, llenarle a Dios la Copa con las
lágrimas que el dolor de dos mil años había de servirle en abundancia. ¿Quién
podía sino EL, el Dios de la Eternidad y el Infinito, el Amado de la Sabiduría
Increada y Creadora, darle la vuelta a la tortilla y convertir la Tragedia del
Género Humano en una Epopeya con final feliz? Aliviada su alma con la
Obediencia de su Hijo, que al precio de su sangre nos engendró a todos, en sus
Manos puso nuestras vidas, depositando en su Juicio la Esperanza de Salvación
Universal en la que la Creación entera, conociéndola, halló el alivio que los
desgarros de nuestra tragedia habrían de ocasionarle a su corazón.
Un Reino Universal y
Sempiterno, formado por muchos Mundos, cada uno con su Origen en Tiempos y
Estrellas distintas, creciendo sin límites, extendiendo sin término sus
fronteras y sus naciones. Una Iglesia Universal y Sempiterna, a la imagen y
semejanza de su Señor, depositaria de las verdades eternas para la alegría de
todas las Naciones y gloria de nuestro Rey. Un Pueblo, el Humano, formado por
muchas naciones, Nación entre otras Naciones, cada uno un Mundo, todos unidos
al mismo tronco, la Corona de Dios, como las ramas al mismo árbol, el Árbol de
la Vida.