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SAMUEL NOAH KRAMER
LA HISTORIA EMPIEZA EN SUMER
El mundo sumerio es un descubrimiento
moderno. Hasta podemos decir que es el mayor de los descubrimientos recientes
en el terreno de la historia de la civilización.
Al principio de nuestro siglo XX sólo algunos especialistas, muy pocos y muy valientes, se atrevían
a pronunciar tímidamente y aun entre ellos nada más, el nombre de Sumer, caído
en un olvido total, cuatro veces milenario, sin que nada hiciera evocar a los
hombres el mundo glorioso que esta palabra había designado en otro tiempo.
Incluso un erudito de la talla de G. Maspero, en su magistral Histoire ancienne des peuples de l'Orient
classique, no decía ni palabra del primero y más fecundo de estos pueblos,
los sumerios.
Entonces estaba de moda Egipto. Los
descubrimientos extraordinarios realizados en el valle del Nilo desde la
expedición a Egipto emprendida por Bonaparte, la
exhibición, todo a la vez, de tantas obras maestras y de tantos vestigios
humildes de la vida cotidiana de un pueblo tan antiguo, habían dejado
deslumbrado al universo durante mucho tiempo. Y cuando se intentaba remontar
hasta el extremo horizonte de la historia, cuando se quería reconstruir el
camino recorrido por el hombre después de la interminable noche prehistórica, cuando
se pretendía establecer y fijar los primeros progresos decisivos de su edad
«adulta», se encontraba infaliblemente a Egipto en este vasto fluir del tiempo
que conduce hasta nosotros.
Todavía
hoy en día, para la mayoría de los espíritus cultos, hasta entre los
historiadores, es la misma visión de conjunto la que predomina. Con sus tres
mil años de existencia antes de nuestra era, se considera a Egipto, consciente
o inconscientemente, como «la cuna de la civilización» y «el antepasado directo
del hombre moderno». En más de un «Manual de Historia de la Antigüedad»,
actualmente en uso, el país de Sumer ni siquiera se menciona, o bien se le
trata como a un pariente pobre, como a una especie de gacetilla periodística
sobre las civilizaciones desaparecidas.
Sin embargo, bajo el punto de vista de una
ciencia histórica rigurosa y al día, semejante posición
resulta actualmente falsa y anacrónica.
Pero hay muy pocas personas que estén al corriente de la prodigiosa revolución introducida en
nuestros conceptos en la historia antigua del hombre, por cincuenta años de
trabajos obstinados y arduos, casi secretos si se tiene en cuenta la tendencia
al retraimiento y al poco amor al ruido que manifiestan sus sabios autores; por
cincuenta años de descubrimientos, menos espectaculares, sin duda, que los de
las tumbas reales de Egipto, pero de un contenido con toda seguridad más rico para la comprensión de nuestro pasado.
Gracias al cúmulo
de información que estos sabios exploradores del tiempo han podido constituir
durante medio siglo, con el rigorismo de un juez de instrucción, se ha
efectuado la prueba pericial requerida, y el asunto puede quedar desde ahora
sometido al juicio de nuestros lectores: La Historia empieza en Sumer.
Es decir, que se trata de la primera civilización del
mundo, y no de una simple «cultura», como tantas hay escalonadas a lo largo de
nuestra inmensa prehistoria, sino el resultado de todas estas «culturas» en
progreso, su fruto más perfecto, la civilización, plena y auténtica, con la riqueza de vida, la perfección y la complejidad
que implica: la organización social y política; el establecimiento de ciudades
y de Estados; la creación de instituciones, de obligaciones y de derechos; la
producción organizada de alimentos, de vestidos y de herramientas; la
ordenación del comercio y de la circulación de los bienes de intercambio; la
aparición de formas superiores y monumentales del arte; los comienzos del
espíritu científico; finalmente, y en lugar principal, el invento prodigioso, y
del que no se puede medir toda la importancia, de un sistema de escritura que
permitía fijar y propagar el saber. Pues bien, todo esto fue creado e instaurado por los súmerios. Este enriquecimiento
y esta organización admirables de la vida humana no aparecieron sino en el
cuarto milenio antes de nuestra era y precisamente en el país de Sumer, en la
región de la Baja Mesopotamia, al sur de la Bagdad moderna, entre el Tigris y
el Eufrates.
Las otras dos civilizaciones entre las más
antiguas conocidas en la actualidad, o sea la egipcia y la «protoindia», del
valle del Indo, parecen ser, por lo que se desprende de los últimos trabajos
arqueológicos, posteriores en varios siglos a la civilización sumeria. Pero aún hay más: ha quedado demostrado que
esta última ha representado respecto a las otras dos, en sus principios, el
papel de excitador y de catalizador o incluso algo más. La civilización más antigua de la China, en
la cuenca del río Amarillo, no se remonta más que a los principios del segundo
o al extremo final del tercer milenio; las civilizaciones andina y mesoamericana no son anteriores a la mitad del primer milenio
antes de nuestra era. Y todas las demás civilizaciones históricas conocidas
dependen en más o en menos de aquéllas.
Semejante descubrimiento es tanto más notable cuanto que es evidente que resulta de datos más
modestos e insignificantes. En Sumer, a diferencia de Egipto, no habían quedado
testimonios de su antiguo esplendor sobre la tierra, esos monumentos eternos
como son las pirámides, para recordar a cada siglo la gloria de sus antiguos
constructores; desde hacía cuatro mil años,
el mundo se había olvidado hasta del nombre de Sumer y de los sumerios; e
incluso los mismos personajes de la antigüedad clásica, los hebreos y los
griegos, por ejemplo, si bien nos hablan a menudo de Egipto, no dicen ni una
palabra de sus lejanos antepasados, los sumerios.
Lo que de ellos se ha encontrado se ha
tenido que ir a buscarlo a las entrañas de la tierra,
por medio de profundas excavaciones. Y lo más corriente ha sido que el pico de
los arqueólogos haya puesto al descubierto el modesto y frágil ladrillo, cocido
o, aún más a menudo, crudo, en lugar de encontrarse con la piedra de las salas
hipóstilas; no se han descubierto obeliscos gigantescos, enormes esfinges o
estatuas imponentes y desmesuradas de faraones, sino modestas esculturas,
rarísimas veces superiores al tamaño natural, por economía de un material duro
que se había de hacer venir de lejos en ese país de aluviones y de arcilla;
como tampoco se han encontrado suntuosos anales, esculpidos o pintados en los
muros de las tumbas y de los templos, con toda la finura y la gracia de los
caracteres jeroglíficos, hechos ex-profeso para deleite de la vista, sino que
han sido, por lo general, humildes tabletas de arcilla, más o menos deterioradas
y fragmentadas, recubiertas de minúsculos signos cuneiformes, rarísimos,
erizados, entremezclados y ásperos.
Sin embargo, estos textos de aspecto
irrisorio, tan penosos de estudiar, tan diciles
de comprender y de descifrar, han sido excavados en cantidades ingentes, de
varios cientos de millares, que abarcan todas las actividades, todos los
aspectos de la vida de sus redactores: gobierno, administración de justicia,
economía, relaciones personales, ciencias de todos los tipos, historia, literatura
y religión. Estudiando y descifrando el contenido de los vestigios, utensilios,
estatuas, imágenes, templos, palacios y ciudades, puestos bajo la luz del sol
por los arqueólogos, una pléyade de eruditos ha conseguido, después de medio
siglo de trabajos y esfuerzos oscuros y encarnizados, no solamente redescubrir
y colocar en su sitio de honor el nombre de los sumerios, sino también
redescubrir el secreto y el mecanismo complejo de su escritura y de su idioma y, por si ello fuera poco,
reconstruir, trozo por trozo, su extraordinaria aventura olvidada.
Si tanto en el tiempo como en el espacio
(y principalmente en lo que se refiere a la prehistoria) subsisten inmensas
lagunas que las nuevas investigaciones se esfuerzan en reducir, no obstante, ya
nos es posible ahora, no solamente recorrer la historia entera de Sumer, sino
situarla con exactitud en el contexto de la evolución
del Próximo Oriente y ajustarla a los mundos y a los tiempos que la precedieron
y la prepararon.
Las primeras instalaciones humanas en
Mesopotamia se remontan a unos cien mil años,
mucho antes de que la parte baja del Valle de los dos Ríos hubiera surgido de
entre la mescolanza de sus poderosas aguas; es, pues, en las laderas de las
montañas del norte de Irak, principalmente en el país
kurdo (estaciones de Barda-Balka, Palegawra, Karim-Shahir, etc.), donde se han
hallado los vestigios.
Durante un primer período, inmensamente largo, que parece durar hasta el año 6000 antes
de nuestra era, los hombres, en una especie de estancamiento interminable,
vivían aislados, en familias o agrupaciones minúsculas, en cavernas o en
pequeños campamentos transitorios, fabricando utensilios groseros de madera o
hueso, o con las esquirlas de una piedra dura, y hallándose reducidos para su
subsistencia a los azares de la caza y de las cosechas cotidianas.
Es solamente hacia los años 5000 a 4500 (datos obtenidos por el análisis de la
radiactividad del carbono encontrado en las excavaciones) cuando aparecen las
primeras ciudades (estaciones y épocas de Jarmo, de Hassuna, de Halaf) y cuando
se advierten los primeros progresos dignos de ser notados, a medida que la
progresiva desecación de la región baja del Valle permite su ocupación, cada
vez más extensa, en dirección al golfo Pérsico. El hombre va creando utensilios
cada vez más perfeccionados y más complejos: empieza a cultivar el suelo, a
domesticar los animales, a trabajar el primer metal: el cobre; se organiza en
sociedades, construye sus primeros edificios públicos, sus primeros templos; y
su sensibilidad artística se expresa y se traduce en una incomparable cerámica
pintada, tan hermosa que no se sabe qué admirar más, si la elegancia de las
formas, la imaginación, prodigiosamente rica, de la decoración, o la seguridad
del trazo y del gusto de los artistas.
Esta cultura en constante progreso alcanza
su apogeo en la época llamada de El Obeid, hacia el final del quinto y comienzo del cuarto milenio.
Parece como si entonces se extendiera, fundamentalmente idéntica no solamente
por la Mesopotamia y sus aledaños, sino desde la Turquía moderna hasta el
Beluchistán, en la extremidad oriental de la meseta iraní, y hasta el valle del
Indo.
Hacia el año
8500 antes de nuestra era, y sobre este vastísimo fondo de cultura antigua,
común a todo el Próximo Oriente, en el sur de la Mesopotamia, y en las orillas
del golfo Pérsico, surgen, de golpe, según parece, los sumerios.
¿Quiénes
eran los sumerios? ¿De dónde venían? ¿Cómo llegaron? No se ha podido responder
todavía a estas preguntas: las «pruebas» arqueológicas e históricas son, a
menudo, difíciles de establecer y además muy delicadas. La luz es, de momento,
tan endeble sobre estas cuestiones, que ciertos especialistas han juzgado
inútil plantear estos problemas y están dispuestos a considerar a los sumerios
como los primeros y más antiguos habitantes del país. Sin embargo, actualmente
nos parece más probable que los sumerios hayan venido de otra parte (¿tal vez
del Este?), como conquistadores o como masa de emigrantes y es muy posible que
hubieran adoptado y asimilado rápidamente la cultura de sus predecesores con
los que seguramente se integraron más o menos profundamente hasta transformarla
totalmente a la medida de su propio genio. Esta época de la instalación de los
sumerios en la Baja Mesopotamia ha sido llamada por los arqueólogos época de Uruk, cuya última parte, entre los años 3000 y 2700, ha recibido de los
excavadores norteamericanos el nombre de protolitera (La cronología antigua del Próximo Oriente
no está fijada con certeza antes de la segunda mitad del segundo milenio que
precede a nuestra era: los números de los años que aquí se mencionan son, por
lo tanto, números redondos, y quedan sometidos a las revisiones y precisiones
posibles por efectos de nuevos hallazgos y análisis. En todo caso, desde hace una veintena de
años, otros trabajos más atentos, fundados en importantes descubrimientos, han
permitido reducir considerablemente el número elevado de años y siglos que los
historiadores anteriores acordaban con liberalidad a las épocas antiguas. El
lector, si consulta otras obras, hará bien en desconfiar, sobre este punto en
particular, de las que se hubieran publicado antes del 1940, o de las que,
publicadas después, no estuvieran al día. El margen actual de incertidumbre es,
aproximadamente, de un centenar de años; dentro de estos límites, las cifras
dadas por S. N. Kramer - véase el final del capítulo XXI - que yo reproduzco
aquí, representan la cronología actualmente en vigor entre los especialistas).
Los siete u ocho siglos de Uruk fueron los que vieron a los
sumerios crear, instaurar y madurar, sobre el fondo de las culturas anteriores,
esta primera civilización, por la que hoy en día se les reconoce todo el mérito. Hacia el
final de esta época aparecen los primeros testimonios de la escritura que, con
el tiempo, se convertiría en «cuneiforme», la primera escritura del mundo,
inventada por los sumerios. Pero los textos son aún muy raros en esta época, y
su carácter, difícilmente penetrable, no permite situar, de golpe, entre los
tiempos históricos, el periodo protolítero de la evolución sumeria, sino que constituye más bien una a modo de protohistoria que se va reconstruyendo
principalmente con la ayuda de los vestigios arqueológicos.
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La verdadera historia de Sumer empieza en
la época siguiente, llamada protodinástica, entre los años 2700 y 2300, poco más o menos. Se
verá en la presente obra (véase sobre todo el capítulo V, pero también los
capítulos III, IV y VI) cómo los textos, ya más abundantes e inteligibles, nos
permiten reconstruir ciertas porciones de ella. Es ésta la época en que se
desarrolla plenamente la civilización sumeria iniciada unos siglos antes. Sumer
se encuentra distribuida en pequeños Estados urbanos, porciones, en realidad,
de territorio rural, agrupados, cada uno de ellos, alrededor de una
ciudad-capital. La ciudad, rodeada de murallas y fortificada, está centrada en
el Palacio, residencia del monarca terrestre que la gobierna, y también en el
Templo, morada del personaje divino cuya representación ostenta el rey. Templo
y Palacio, construidos en obra de ladrillo con un sentido cada vez más perfecto
de la arquitectura y del urbanismo, yacen al pie de la «atalaya» de las
ciudades sumerias, el ziggurat, torre piramidal con
pisos, que unía el mundo divino al de los hombres. Una administración civil y
religiosa, cada vez más compleja, pulula por el barrio oficial de cada ciudad y
responde a una organización y a una especialización cada vez más detalladas de
la vida pública y de la privada. Alrededor del Palacio y del Templo, que
también sirven de universidad y de cuartel, se agrupan las casas de los
ciudadanos, las tiendas de los obreros, los almacenes, los depósitos, los
graneros.
Estos siglos están
henchidos (véase especialmente el capítulo V) de las luchas y rivalidades de
estas ciudades-Estado, que aspiran a la hegemonía, tan pronto conquistadoras como conquistadas. Al final de este
período, el país de Sumer por entero, agrupado alrededor del venerable centro
religioso de Uruk, acaba por hallarse sujeto al poder de un monarca único,
Lugalzaggisi, ex gobernador de la ciudad de Umma.
Estas tendencias imperialistas llegaron aún más lejos. Pero no fueron los sumerios los que pudieron
establecer el primer imperio
mesopotámico, sino que fueron los semitas. Estos últimos, antiguos beduinos
nómadas del desierto sirio-arábigo, se habían ido infiltrando, desde hacía
mucho tiempo, por bandas más o menos fuertes, entre los sumerios y, sin duda,
ya entre los predecesores de éstos, en el bajo Valle de los dos Ríos, y sobre
todo al norte de este valle, en el país de Accad. Hacia el año 2300, uno de
ellos, el Carlomagno de Mesopotamia, Sargón de Agadé, o Sargón el Viejo, reunió
bajo su cetro no solamente la Mesopotamia entera, Sumer inclusive, sino hasta
el Elam, al este, y una parte de Siria y del Asia Menor al oeste. De este modo
se inició un nuevo período de la historia sumeria, el período llamado de Accad
o de Agadé, o, sencillamente, período «accadio», que duraría más de dos siglos;
dos siglos de sueño político para los sumerios suplantados.
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Pero éstos
despertaron por fin, cuando una enorme avalancha de gutis, montañeses
semibárbaros del Kurdistán, sumergió al imperio y la dinastía de Sargón. Un
siglo después de la invasión de los gutis, o sea, poco antes del año 2000,
amaneció una nueva época para los sumerios, la última y, seguramente, la más
brillante de su historia. Es la época llamada de Ur III o de la tercera
dinastía de Ur, o, también, la época «neosumeria», en el transcurso de la
cual su civilización conoció un extraordinario renacimiento. Entonces la civilización sumeria se extiende
alrededor de los límites propios del país mucho más que lo que se extendiera en
el pasado, al este, hasta Elam y Persia; al oeste hasta Capadocia y Siria; al
norte hasta Armenia, de tal modo que la sumeria llega a ser la cultura común de
todo el Próximo Oriente. Como signo de esta preponderancia intelectual, se
manifiesta el Gran Siglo de las letras y las ciencias sumerias, el momento en
que poetas, escritores y eruditos de todas clases empiezan a componer, a
escribir y a difundir, a menudo partiendo de tradiciones orales muy antiguas,
sus mitos, sus himnos, sus ensayos, sus tratados, que ya iremos conociendo en
el curso de la presente obra.
Pero otras bandas semíticas, venidas del inagotable desierto sirio-arábigo, los
ameritas o amorreos, se infiltran poco a poco también entre los sumerios de Ur
III. Poco después de los comienzos del segundo milenio ponen fin a la dinastía.
De momento sólo quedan los reinos meridionales, fuertemente semitizados, por
otra parte, de Isin y de Larsa; pero, finalmente, ellos también, conquistados y
absorbidos, terminan por caer bajo la férula del amorreo Hammurabi, hacia el
año 1750 a. de Jesucristo, creador del imperio semítico de Babilonia.
Aquí
termina la historia de los sumerios; desde entonces, anegados por la
preponderancia semítica, ya no se hablará más de ellos, y, si los mesopotamios,
sus herederos, pronuncian todavía su nombre durante siglos, también ellos
acabarán por olvidarlo, y más rápidamente aún el resto del mundo...
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Pero, si su existencia política y aun étnica ha tocado a su fin, los sumerios no han dejado
de sobrevivir por lo mejor que queda de ellos; los babilonios y más tarde los
asirios (y hasta en gran parte los hititas de Anatolia) y los hebreos no han
hecho más que recoger y continuar la civilización sumeria. De los sumerios,
esos semitas nómadas de la Mesopotamia, habían aprendido casi todo lo que se
refería a la vida civilizada: formas
y contenido material de la religión, instituciones políticas y sociales,
organización administrativa, derecho, técnicas de la industria y del arte,
ciencias, arte de pensar, y hasta escritura, la escritura cuneiforme, que ellos
no hicieron sino adaptar a su propia lengua. Uno de los signos más reveladores
de la permanencia «espiritual» de los sumerios durante toda la historia de
Babilonia y de Asiria es éste: hasta el final, o sea, hasta un siglo antes de
la era cristiana, los semitas mesopotamios conservaron el sumerio como lengua
litúrgica y científica, igual que hacían nuestros reinos de la Edad Media, que
usaban el latín.
Esta civilización
sumeria, la primera y más antigua del mundo, desarrollada en el curso de una
larga historia y transmitida a los babilonios y a los asirios y, por intermedio
de ellos, al mundo helenístico, precursor inmediato del nuestro, la han podido
reconstruir los asiriólogos y sumerólogos, a menudo hasta en sus detalles más
concretos y más inesperados. Ya se verá en el transcurso de la presente obra,
la cual, bajo su forma original y directa, constituye el mejor exponente actual
de la cuestión, el más accesible, el más nuevo y el más seguro.
Hay que hacer hincapié en el hecho de que este libro no haya sido escrito, como sucede
demasiado a menudo con síntesis de este género, por un ensayista cualquiera,
por un periodista, por un autor que, aun siendo culto y hasta erudito, hubiera
trabajado de «segunda mano» con un material leído y descifrado por otros. S. N.
Kramer es uno de los sumerólogos más competentes y más célebres del mundo.
Gracias a un largo trabajo de estudio, implacable y oscuro, sobre el que el
mismo autor se explica al principio del libro, ha conseguido ser el mejor
conocedor contemporáneo y el mejor informado de los «textos literarios»
sumerios, de esta literatura sumeria
que más que nadie él ha contribuido a resucitar, a reconstruir y a dar a
conocer.
Para el lector no especializado resulta un
acontecimiento, como una especie de privilegio, esto de poder verse
desembarazado de una sola vez de todos los cristales filtrantes y deformantes
de los «vulgarizadores», y encontrarse mano a mano con
un sabio auténtico. Estos hombres retirados, a menudo aislados dentro de sus
investigaciones y sus técnicas, no abandonan de buen grado la jerigonza
algebraica que emplean al hablar entre ellos, para ponerse a relatar
sencillamente sus descubrimientos, igual que un viejo viajero que refiriera su
vuelta al mundo ante unos niños extasiados. Pero, cuando consienten en explicar
lo que han observado en el extremo de sus extraños telescopios, nada puede
igualar la riqueza de sus enseñanzas ni la fuerza de sus síntesis. Incluso otros
sabios, otros especialistas como ellos mismos, encuentran allí también el
pábulo nutricio de su instrucción. Éste es el caso de la obra que vamos a leer;
todo el mundo la comprenderá y la leerá apasionadamente, y, no obstante,
resulta una verdadera golosina incluso para nosotros, los asiriólogos.
Era necesario un maestro así para semejante tema. Para todo aquel que se interese por su
pasado, para todo aquel que busque el origen de las cosas, de las instituciones
y de las ideas; para aquel que quiera averiguar esa explicación genética que sólo puede dar la Historia;
para aquel que no considere la civilización y sus riquezas como un
encadenamiento de milagros, sino como un «continuo», como una especie de río,
cuyas fuentes una vez exploradas permiten una mejor percepción de la
naturaleza, no hay actualmente ningún descubrimiento tan grande como el de los
sumerios, no hay tema más digno de atención y de estudio que su civilización. Y
es que, verdaderamente, «la Historia
empieza en Sumer». No solamente la historia de los mayores progresos
materiales e intelectuales del Hombre, sino, más concretamente aún, de su
civilización, que es su síntesis orgánica, y, para ser más precisos, de esta
civilización occidental que nos han transmitido los griegos y los cristianos y
que se ha extendido por toda la tierra.
Maestros del pensamiento del mundo del Próximo Oriente antiguo, los sumerios elaboraron, bajo una forma
imaginativa, mitológica y todavía irracional, toda una «metafísica» del
universo (véase especialmente el importantísimo capítulo XII de esta obra), y
esa ideología formó e impregnó el pensamiento de los «Clásicos», nuestros
padres.
S. N. Kramer insiste varias veces, con
mucha lucidez (véanse principalmente los capítulos XIV y
siguientes), en la dependencia, indirecta pero profunda, de los autores de la
Biblia en relación a la «metafísica», ya que no a la religión, de los sumerios.
Esta sola evidencia ya decuplica(=duplica diez veces) el interés que pudiéramos tener por esos
grandes iniciadores.
El lector que esté un poco al corriente de la historia del pensamiento griego
también quedará asombrado al leer este libro por los puntos de contacto
fundamentales que lo relacionan con el pensamiento sumerio, transmitido por
Babilonia y Anatolia. Todo el trabajo, la originalidad y la gloria externa de
los primeros filósofos griegos ha consistido en deducir y extraer las ideas
subyacentes a imágenes y mitos que se remontan, en definitiva, a los sumerios.
Pero si los griegos llegan a exaltar el pensamiento y la reflexión hasta la
razón pura, la dirección de este
pensamiento y de sus investigaciones permanece dentro de la trayectoria
esbozada por los sumerios. Igual que los griegos, los sumerios se interesaron,
ante todo, por el destino de las cosas, y no vieron la necesidad de suponer en
ellas un Origen absoluto; igual que los griegos, los sumerios consideraron el
universo organizado como el resultado de la diferenciación infinita de una
inmensa Primera Materia, al principio caótica; igual que los griegos, los
sumerios englobaron dentro de este Universo todo lo que existe, hasta los dioses, cuyo único papel seria el de organizadores
y gobernadores...
Es verdad que, a pesar de aceptar la dialéctica racional de los griegos, el judeo-cristiano propuso, y a
menudo impuso, otra visión de conjunto, ignorada por los sumerios y por sus
discípulos helenos: por encima y aparte del universo material, ha colocado una
Esfera sublime, inaccesible y eterna, donde todo el potencial divino se halla
concentrado en una Personalidad única, pero infinita y directamente
incognoscible e indefinible; sería un acto «creador» de este Ser absoluto el
que habría dado, a partir de la nada, y no de una Primera Materia, el origen y la
existencia de nuestro universo perceptible... Pero esta «metafísica» judeo-cristiana, en sus mismas innovaciones y
alteraciones, depende de la ideología bíblica, y puede, por consiguiente,
relacionarse aún, por otros sesgos, con los pensadores sumerios. ¿Quién podrá
decir, por ejemplo, la incalculable importancia que ha podido tener, en esta
búsqueda judeo-cristiana de la Omnipotencia y del Absoluto de lo divino, la
«espiritualización» de la acción divina imaginada por los sumerios, cuando
llegaron a la idea (conservada y reforzada aun en la Biblia) de la «palabra
eficaz»?
Estas breves sugerencias (¡y únicamente dentro del terreno del pensamiento filosófico y
religioso!) pueden dar idea de las riquezas que guarda el estudio de la
civilización y del pensamiento sumerios. Actualmente y todavía durante muchos
años no encontraremos en todo el terreno de la Historia, de la Filología y de
la Arqueología, un campo más vasto y más fecundo abierto a nuestras
investigaciones, porque en él tenemos todavía mucho que descubrir. Que la
primera síntesis para el público en general; la primera síntesis de un mundo
tan insospechado y tan henchido de promesas y de realidades, haya sido
elaborada por uno de sus mejores exploradores doblado de gran erudito,
constituye una ventaja inapreciable, de la que el lector de la presente obra
nunca podrá felicitarse lo suficiente.
jEan bottEro
Al maestro del
método
sumerológico; a mi maestro y colega
armo poebel

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