El
reino de Aksum fue un estado, antecesor de la actual Etiopía,
cuya existencia se prolongó desde el siglo I a.C. hasta
el siglo VIII. Su territorio abarcaba el norte de Etiopía
y la actual Eritrea, y en algunos momentos de su historia
se extendió también por el sur del Sudán
y por Yemen. Su capital estaba en la ciudad de Aksum. Otras
ciudades importantes eran Matara y Adulis, el puerto principal
de Aksum, en el Mar Rojo. Se
sabe que Aksum comerció con regiones tan lejanas como
el Imperio Bizantino y la India. Fue el primer estado africano
en acuñar moneda, lo que ha permitido conocer los nombres
de varios de sus monarcas. Las monedas más antiguas
conocidas datan de la época del rey Endubis (270-300).
Se acuñaron monedas de oro, plata y bronce; en las
primeras aparecían inscripciones griegas.
Historia
Los aksumitas son una mezcla de gentes que hablaban lenguas cusitas y semíticas de Etiopía y el sur de la península Arábiga. Los reyes aksumitas tenían el título oficial deRey de Reyes. Los reyes aksumitas remontaban su linaje a los reyes de Israel David, Salomón y la Reina de Saba. La herencia real y el título fueron reclamados y usados por todos los emperadores de Etiopía. La reina de Saba, al parecer, y contando con la fama de mujeriego de Salomón, vivió un idilio sonado con el rey de los Hebreos y de él se llevó a casa un hijo en la barriga, que luego reinaría como Menelik I.
La iglesia ortodoxa etíope, siguiendo la norma de las iglesias ortodoxas herederas de la Bizantina, aquejadas todas del mal de los helenos, es decir, dadas a fabricar mitología y emparentarse con los dioses, en este caso con los mismísimo reyes David y Salomón, tal vez no bastándole el parentesco de la Iglesia con el Rey del Universo,Jesucristo, de quien la Iglesia es su Esposa, según se dice, y precisamente para proclamarse autocéfala, la iglesia ortodoxa etíope se inventó el chiste que ahora os cuento. Menelik, el hijo de la reina de Saba quiso conocer a su padre, el rey Salomón, y más astuto que el hombre más sabio de su tiempo, cuando Salomón le ofreció ser su heredero, Menelik meneó la cabeza diciendo que no, pero que le encantaría llevarse de vuelto una copia del Arca de la Alianza. Y como parece que el tal Menelik era más listo que el Hiram que le construyera a Salomón sus Palacios y su Templo, en un despiste de Salomón, Menelik le dio el cambio y se llevó a su reino el auténtico Arca, que es la que se halla, concretamente, en la Iglesia de Santa María de Sión. ¡Muy típico de los ortodoxos de todos los tiempos! Se encuentran el hueso de un muerto, lo rebautizan, le dan nombre al pie del esqueleto, y hacen ícono -no confundir con ídolo- de veneracion el pie derecho de la pierna izquierda del santo varón patatín patatán, que el pueblo ortodoxo compra al por mayor y, siguiendo la costumbre de los helenos, lo adora como a su santo, un dios que no es un dios, paranoia que se llama Inonoclastia. El Arca de la Alianza que Menelik le robara a Salomón, en este caso, es el fetiche que la ortodoxia etíope hizo sonar para vender sus iconos y mantener el negocio.
En el 572 los persas desembarcaron en Adén (República de Yemen) y empujaron a los pueblos etíopes hacia el continente africano. Esta invasión fue seguida de 30 años de intervenciones árabes sobre Etiopía, lo que resquebrajó paulatinamente el imperio axumita. Aksum, a pesar de esta desgracia, comerciaba con la India y el Imperio Romano (más tarde Imperio Bizantino), exportando marfil, oro y gemas, e importando seda y especias. El periplo
del mar Eritreo (alrededor del 110 a.C.), escrito por un griego de
Alejandría, es una especie de guía para navegantes
en la que se menciona el puerto de Adulis; se dice también
que la capital, Aksum, se encuentra a ocho días de
marcha del puerto, y se menciona al rey Zoscales, que habla
griego. Se discute si Zoscales es en realidad el Za Haqle
mencionado en las listas de los reyes etíopes, o si
era sólo un reyezuelo local. Otras referencias, muy
posteriores, pueden hallarse en la obra de Cosmas
Indicopleustes.
En el siglo III, Aksum estableció varios estados tributarios en la península Arábiga, a lo largo de la costa del mar Rojo, y conquistó el norte de Etiopía. Hacia el 350 conquistó el Reino de Kush. Y hasta el ascenso del Islam en el siglo VII Aksum se mantuvo como potencia comercial.
En
el siglo IV, bajo el mandato del rey Ezana (333-356),
el reino de Aksum se convirtió al cristianismo. La
conversión se atribuye al monje sirio Frumencio, originario
de Alejandría. Los hallazgos arqueológicos confirman
dicha conversión: Aksum fue el primer estado, antes
incluso que el Imperio Romano, en utilizar el símbolo
de la cruz en las monedas. En esa época se adoptó
también la escritura ge'ez. Parece
ser que el reino de Aksum llegó a controlar parte (si
no la totalidad) de Yemen en el siglo VI. El rey aksumita
Caleb envió hacia el año 520 un ejército
al Yemen para deponer al rey judío de Himyar, Dhu Nuwas,
perseguidor de los cristianos, y colocar en su lugar a Sumuafa'
Ashawa como virrey de Aksum. Según el historiador bizantino
Procopio (Historias), cinco años después,
Abraha derrocó al virrey y se proclamó monarca.
Tras varios intentos de invadir de nuevo el Yemen, Caleb fue
incapaz de acabar con Abraha, y terminó por aceptar
la situación. Finalmente, Caleb abdicó en favor
de su hijo Wa'zeb y se retiró a terminar sus días
en un monasterio. A pesar de este revés, la época
que va del reinado de Ezana al de Caleb fue la de máximo
esplendor del reino, que se benefició del desarrollo
del comercio, cuyas rutas llegaban hasta la India y el Imperio
Bizantino.
En
el siglo VI, un emisario del emperador Justiniano, Julián,
llegó a la corte de Aksum para intentar buscar una
ruta alternativa para el comercio con la India, dificultado
por la guerra entre el Imperio Bizantino y Persia. Aunque
no logró su objetivo, gracia a él se conserva
una pintoresca descripción de la corte, con detalles
curiosos, como que el rey se desplazaba en un carro tirado
por cuatro elefantes.
Después
de esta época, los datos acerca del reino de Aksum
se hacen menos precisos. El último rey conocido que
acuñó monedas fue Armah. En dichas monedas se
hace referencia a la conquista persa de Jerusalén en
614. Una antigua tradición musulmana afirma que el
negus Ashama ibn Abjar ofreció asilo a un grupo de
musulmanes que huían de las persecuciones ya en 615,
antes de la muerte de Mahoma. Algunos autores, como Stuart
Munro-Hay, opinan, sin embargo, que por entonces Aksum había
dejado de ser la capital. Otros (Kobishchanov) creen que los
invasores etíopes asolaron el Mar Rojo, saqueando los
puertos árabes al menos hasta el año 702.
Sin embargo, debido a que los aksumitas habían protegido a los primeros seguidores de Mahoma, los musulmanes intentaron tomar Aksum mientras se extendían por África. En el 640, el califa Omar envió una expedición naval contra Adulis al mando de Alkama bin Mujazziz, pero fue derrotada. El poder naval de Aksum también declinó durante este período, aunque en el 702 piratas aksumitas pudieron invadir el Hiyaz y ocupar Jeddah. En contrapartida, Sulayman ibn Abd al-Malik pudo tomar el archipiélago Dahlak a Aksum, que se hizo musulmán desde este momento, aunque fue recuperado posteriormente en el siglo IX y prestó vasallaje al emperador de Etiopía.
Aksum comienza a decaer en el siglo VII y su población fue forzada a adentrarse al interior hacia las zonas montañosas, siendo derrotados hacia el 950.

A partir del siglo VIII el reino de Aksum queda aislado del Mar Rojo, lo que representa un giro en la historia etíope. La ciudad de Massawa cayó en manos de los musulmanes, y el puerto de Adulis fue destruido. Durante dos siglos, el reino etíope se vio obligado a replegarse hacia el interior, hacia las mesetas meridionales de Amhara y del Shoá. Hubo, sin embargo, intentos de recuperar los territorios perdidos: Massawa fue reconquistada a principios del siglo X, y las islas de Dahlák y de Zeila, de población musulmana, se convirtieron en tributarias.
Hacia el año 1000, una princesa no cristiana (tal vez judía, o quizá animista), llamada Judith, Guedit o Esato, venció al último de los reyes de Aksum, aniquilando a toda la familia real (según la leyenda, se salvó el heredero, que luego restauraría la dinastía), y persiguió ferozmente a los cristianos. Judith y sus descendientes rigieron Etiopía hasta el año 1137, en que un agau llamado Mara Takla Haymanot los derrocó, estableciendo la dinastía Zagüe. La dinastía Zagüe reinó en Etiopía hasta el año 1270. Su capital era la ciudad de Roha (actual Lalibela), en Lasta. El monarca más importante fue Lalibela (1185-1225), conocido sobre todo porque durante su reinado se excavaron las iglesias rupestres de Lalibela en la capital del reino, que tomó desde entonces el nombre del monarca. Durante el reinado de Lalibela fueron enviadas dos embajadas a El Cairo, en 1200 y 1209. Pero los zagwe no contaron con el apoyo de la iglesia copta, que les acusó de no ser salomeicos y emprendió una campaña contra la dinastía, que terminó en el siglo XIII con la revuelta de los adeptos al antiguo reino axumita, que tomaron el poder.
En 1270, Yekunno Amlak destituyó la dinastía de los Zagwe y fundó la así llamada dinastía Salomónida, transfiriendo al mismo tiempo la capital de Etiopía, de Lasta a los confines de Tegráy meridional, más al sur, en Sewa, pero aquí sus sucesores se encontraron en una situación que les obligó a tener que afrontar una guerra contra los estados musulmanes del sur, guerra que fue ganada por los cristianos, pero que duró, a pesar de algunas interrupciones, desde 1333 hasta cerca de 1577. La última de ellas, que fue la más terrible y que se conoce como “Guerra de Gragni”, es decir “Guerra del Siniestro”, fue ganada por los cristianos de Etiopía, pero con la ayuda determinante de los soldados portugueses.
Dicha dinastía recibe este nombre porque se proclama heredera, a través de los reyes de Aksum, de Menelik I, hijo de Salomón y la reina de Saba. Posiblemente fue en esta época cuando se redactó el Kebra Nagast (Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, c. 1300), texto que reúne diversas tradiciones y cuyo principal propósito es fundamentar la legitimidad y continuidad de la dinastía. De estos momentos data también el título de negus negusti, rey de reyes o emperador, que distingue al soberano de Etiopía. El título señalaba su preeminencia sobre otros reyes (negus), nominalmente sus tributarios. Todos los esfuerzos de los reyes de esta dinastía iban encaminados a lograr la unidad nacional basada en la religión cristiana y en su autoridad por derecho divino. El reino etíope abarcaba en la época tres provincias principales: Tigré, en el norte, Amhara, en el centro, y Shoa en el sur. La sede del negus negusti se encontraba en la región central de Amhara. Los reyes más importantes de esta época fueron Amdé Tsion (la columna de Sión), quien reinó entre 1314 y 1344 y realizó varias conquistas en la costa del Mar Rojo, llegando incluso a la Península Arábiga, y Zera Yaqob (1434-1468), celoso guardián de la ortodoxia religiosa, que persiguió con saña a los musulmanes y redactó el Mets'hafa berhan (Libro de la Luz).
A finales del siglo XV, Etiopía fue visitada por exploradores portugueses, como Pedro de Covilham, quien llegó a la región en 1490, portador de una embajada del rey de Portugal. Covilham creyó haber encontrado en Etiopía el reino del Preste Juan. A principios del siglo siguiente, el emperador etíope envió a la corte de Portugal a un emisario armenio, llamado Mateo, para solicitar la ayuda del monarca contra los musulmanes. Respondiendo a esta petición, en 1520 una flota portuguesa se adentró en el Mar Rojo y llevó una embajada ante el negus Lebna Dengel, que permaneció en el país durante seis años. Uno de los embajadores fue el padre Francisco Alvares, autor de una de las primeras crónicas sobre Etiopía.
Entre 1528 y 1540 Etiopía fue invadida por un ejército musulmán, comandado por el famoso general Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi. El negus Lebna Dengel fue derrotado y se convirtió en un fugitivo, vagando de una ciudad a otra. Su nueva petición de ayuda a Portugal no fue desoída: en 1541 llegó a Etiopía, procedente de la India, una flota portuguesa, que transportaba una fuerza de 400 mosqueteros, bajo el mando de Cristóbal de Gama, hijo del famoso explorador Vasco de Gama. Al principio, las tropas portuguesas, apoyadas por abundantes contingentes etíopes, alcanzaron algunos éxitos, pero en agosto de 1542 fueron vencidos por al-Ghazi, en una batalla que se cobró además la vida del militar portugués. Sin embargo, al-Ghazi terminó por ser derrotado y muerto en la batalla de Wayna-Daga, el 21 de febrero de 1543.
Con la expedición de Cristóbal de Gama llegaron a Etiopía los misioneros jesuitas. Uno de ellos, Francisco Páez (1564-1622) llegó a ser un personaje importante en la corte del negus, y dirigió la construcción de varias iglesias y otros edificios, muchos de los cuales se conservan en la actualidad. La actividad misionera de Páez logró la conversión al catolicismo de numerosos etíopes e incluso el negus Susneyos llegó a abrazar la fe romana. Sin embargo, dicha conversión produjo numerosas sublevaciones populares, casi una guerra civil, que se saldó con numerosas bajas. Susneyos proclamó la libertad de elección entre el catolicismo y la fe copta, pero cuando accedió al trono Fasiladas el Grande (1632-1667) decretó la expulsión de los jesuitas (1633) y comenzó una furiosa persecución del catolicismo.
El emperador Fasiladas el Grande (1632-67) trasladó a la ciudad de Gondar, al norte del lago Tana, la capitalidad del reino, por lo que se habla en la historia de Etiopía de un "período de Gondar", que duraría hasta el año 1769. Gondar es aún en la actualidad famosa por los castillos que en ella construyó Fasiladas. El período de Gondar se caracteriza por el aislamiento internacional de Etiopía, motivado por los incidentes que desembocaron en la expulsión de los jesuitas.
Iyasu I "el Grande" (1682-1706) rompió con la política aislacionista de sus predecesores, recibiendo en 1698 al embajador francés Charles Jacques Poncet, representante de Luis XIV. Consolidó su autoridad sobre la Iglesia copta. Le sucedió su hijo y asesino Takla Haimanót, que sólo reinó dos años y murió a su vez asesinado. Tras el asesinato de Takla Haimanót llegó un período de caos, en el que el ejército intervino frecuentemente, entronizando y deponiendo gobernantes a su antojo. Tras el reinado de Iyasu II, apodado "el Pequeño" (1730-1755), pasó un siglo hasta que un hombre fuerte volvió a elevar de nuevo las condiciones de Eyiopía a la de una nación de su tiempo, o, en cualquier caso, buscando su camino hacia la Edad Moderna. Este hombre fue Menelik II.