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ERASMO DE ROTTERDAM
Saluda a Juan Froben, padre carísimo de su
ahijado
Sabes muy bien que siempre me ha agradado sobre
manera todo lo que se refiere a mi amigo Moro. Sin embargo, la misma amistad
que nos une, me obliga a desconfiar un tanto de mi propio juicio. Por otra
parte, veo cómo todos los espíritus cultivados suscriben unánimemente mis
palabras. E incluso, admiran con más ardor el genio divino de este autor. Y lo
hacen movidos no por un mayor afecto, sino por un espíritu crítico más justo.
Todo lo cual me hace aplaudir sin reserva el juicio que he emitido y no dudar en
proclamarlo abiertamente. ¡Qué no hubieran realizado esas admirables dotes
naturales, si un espíritu como el suyo se hubiere formado en Italia, se hubiera
consagrado totalmente a las musas, y hubiese podido -lo diré claramente- dejar
que sus frutos llegarán a la madurez del otoño! Los epigramas fueron su
divertimento cuando todavía era joven, qué digo, cuando casi era un niño. Al
menos en su mayor parte. Jamás salió de Inglaterra, su patria, a excepción de
dos veces, cuando, en nombre del rey, desempeñó una misión diplomática en
Flandes. Además de sus deberes de esposo, de sus cuidados domésticos, de las
obligaciones impuestas por sus cargos oficiales y la avalancha de causas que
instruye, su atención está dominada por los asuntos de Estado, tan numerosos e importantes
que uno se maravilla de que encuentre placer en los libros. Por este motivo te
envié sus Epigramas y su Utopía. Estoy seguro que, si es de tu gusto, la
impresión con tus caracteres les dará una calidad que por sí sola será su mejor
recomendación al mundo y a la posteridad. Tal es, en efecto, la reputación de
tus talleres que, si se sabe que un libro es de la Casa Froben, consiguen
enseguida el favor de los eruditos. Mis mejores deseos para ti y para tu
excelente suegro, para tu mujer tan amable y tus hijos tan dulces y cariñosos.
En cuanto a Erasmo, ese ahijado que nos une, nacido, como quien dice, en el
seno de las bellas artes, haz que sea instruido en las mejores letras.
Lovaina, 25 de agosto, 1517
TOMAS MORO
saluda a Pedro Gilles:
Mi querido Pedro Gilles:
Mucho que me avergüenza enviarte, con el retraso de
casi un año, este librito sobre la república utopiana. Sin duda lo esperabas en
el plazo de seis semanas. Sabías, en efecto, que no me quedaba nada por
inventar ni ordenar en esta obra. Sólo me faltaba redactar lo que tú y yo
juntos habíamos oído de labios de Rafael. No había tampoco razón alguna para
pulir el estilo. Primero, porque era imposible reproducir la palabra de un
hombre que improvisaba. Y después, lo sabéis muy bien, porque su léxico era más
bien el de un hombre menos versado en latín que en griego. Mi única
preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercase en el decir a su
descuidada naturalidad, más cercano estaría a la verdad. Confesaré, pues, mi
querido Pedro, que después de todos estos preparativos ya no me quedaba casi
nada por hacer. No ignoras que la invención del tema y su disposición son
suficientes para ocupar el tiempo y la dedicación de cualquier espíritu
brillante e ilustrado. Si además hubiera de añadir la elegancia al rigor del
lenguaje, te confieso que jamás habría rematado mi intento, por mucho tiempo y
dedicación que te hubiere consagrado. Libre ya de estas tensiones que tanto
hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No tenía, pues, dificultad alguna
para escribir con sencillez lo oído. Y sin embargo, todas las demás cosas
parecen conjurarse para no dejarme un momento, ni siquiera cuando trato de
acabar este asuntillo. No hay día que no tenga que defender pleitos o asistir a
ellos. Unas veces hago de árbitro, otras las resuelvo como juez. Visito a unos
y a otros tanto por compromisos como en función de mi cargo. Paso casi toda la
jornada fuera de casa. Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí, es
decir, para mis aficiones literarias, me quede nada. Una vez vuelto a casa hay
que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los
criados. Todo ello forma parte de mi vida, cuando hay que hacerlo, y hay que
hacerlo a no ser que quieras ser extraño en tu propia casa. Hay que entregarse
a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como
compañeros. Y te has de comportar con la mayor amabilidad, atento siempre a no
corromperlos por una excesiva familiaridad. Y, si de criados se trata, evitar
que una demasiada indulgencia, los convierta en señores. Así discurren los
días, los meses, los años. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte cuenta que no he
mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchos consume tanto
tiempo como el sueño. ¡Y éste roba casi la mitad de la vida! En cuanto a mí,
sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño y a la comida. Y esto, que aunque
poco es algo, ha hecho que terminara al fin Utopía. Ahí te la envío, mi querido
Pedro, para que la leas y me digas si algo se me ha pasado por alto, Pues
aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí -ojalá tuviera algún
talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin embargo, a creer que
no se me haya podido escapar algo. Mi paje Juan Clemente me ha dejado muy
perplejo. (Sabes, en efecto, que él también asistió a la conversación. No
consiento que esté ausente de una conversación de la que puede sacar algún
provecho. Pues de este tallo de trigo todavía verde en las letras griegas y
latinas, me prometo algún día una cosecha extremadamente hermosa.) Creo
recordar que Hitlodeo nos dijo que el puente de Amaurota, que atraviesa el río
Anhidro, tenía quinientos pasos de largo. Mi paje Juan pretende que hay que
quitar doscientos, pues la anchura del río en este lugar no pasa de los
trescientos. Recuerda este detalle, por favor. Pues si tú estás de acuerdo con
él, yo me plegaré a vosotros y reconoceré haberme equivocado. Pero si no te
acuerdas ya de nada, me atendré a mi primera redacción, que me parece más
conforme a lo que yo recuerdo. Trataré con todas mis fuerzas de evitar que el
libro diga algo falso. Por tanto, caso de dudar en algún punto, prefiero decir
una mentira a mentir, pues prefiero ser honrado u honesto a prudente. De todos
modos, no será difícil poner remedio, si se lo preguntas a Rafael, bien de viva
voz -si todavía está por ahí-, bien por carta. Y harás bien en hacerlo, a causa
de cualquier otro detalle, y que ignoro si su falta se debe a mí, a ti o a
Rafael. No se nos ocurrió preguntar, ni Rafael pensó en decírnoslo, en qué parte
del Nuevo Mundo está situada Utopía. Daría mi modesta fortuna para que no se
produjera tal omisión. Y me avergüenza no saber en qué mar se encuentra una
isla sobre la que doy tantos detalles. Pues varias personas de estos pagos -y
sobre todo un hombre piadosísimo, teólogo de profesión- arden en deseos de
dirigirse a Utopía. Les arrastra no una vana curiosidad de ver cosas nuevas,
sino el deseo de despertar nuestra religión que tan buenos comienzos tuvo allí.
Para proceder canónicamente, este nuestro teólogo pidió del Pontífice ser
enviado y nombrado obispo de los Utopianos. No se paró en barras ante el
escrúpulo de solicitar para sí mismo este episcopado. Considera como una santa
ambición un proyecto nacido no del deseo de honores o de riquezas, sino de una
profunda piedad. Por todo esto, te ruego, mi querido Pedro, insistas ante
Hitlodeo, sea de viva voz, si lo puedes hacer fácilmente, sea por escrito, si
está ausente, para que por todos los medios, mi obra no contenga error alguno,
ni le falte nada de verdad. Me pregunto incluso si no sería útil presentarle el
libro. Nadie más indicado que él para realizar las correcciones pertinentes. Y
sólo podrá hacerlo leyendo lo que he escrito. Por ello, podrás saber además si
le agrada mi idea, o si no ve con buenos ojos el que yo haya escrito esta obra.
Quiero decir que si se ha decidido a escribir la historia de sus aventuras,
quizás no quiera -y yo tampoco lo querría- que yo divulgue los secretos de la
república de los utopianos o que estropee su historia privándose de la gloria
que reporta la novedad. Aunque, a decir verdad, ni yo mismo estoy muy seguro de
quererla publicar. Pues los paladares de los mortales son tan distintos, sus
molleras tan torpes, los espíritus tan desagradecidos y los juicios tan
absurdos, que no me parece descaminado imitar a aquellos que mantienen su buen
humor y su sonrisa abandonándose a su inclinación natural. Seria mejor que
imitar a los que se molestan por publicar algo que pueda ser útil o agradable a
seres ingratos y que no se contentan con nada.
La mayoría no conoce la literatura, y muchos la
desprecian. El bárbaro rechaza como difícil lo que no es totalmente bárbaro.
Los sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A
algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas
propias. Este es tan sombrío que no admite bromas; aquél, tan insulso que
carece del sentido del humor. Los hay tan tomos que huyen -cual perro rabioso
del agua- de todo lo que sabe a humor. Otros son tan inestables que su juicio
cambia de estar sentados a estar de pie. Estos se sientan en las tabernas, y
entre vaso y vaso emiten sus juicios sobre el talento de los escritores. Desde
lo alto de su autoridad y a su antojo los condenan y dan tirones a sus
escritos, como si les tiraran del cabello. Mientras tanto, ellos están bien
resguardados y, como dice el proverbio, «fuera de tiro». Pues estos hombres
tienen la piel tan fina y tan afeitada que no les queda ni un pelo por donde se
les pueda coger. Hay, finalmente, seres tan desagradecidos que aunque la obra
les deleite mucho, su autor les deja indiferentes. Se parecen a esos invitados
mal educados, que, después de haber comido opíparamente, se van de casa hartos
sin dar las gracias a su anfitrión. ¡Y ahora disponte a preparar un banquete a
tus expensas para gente con un paladar tan delicado, de sustos tan variados, y
de corazón tan sensible a la gratitud y al recuerdo de las atenciones! De todos
modos, mi querido Pedro, trata con Hitlodeo lo que te acabo de decir. Tendremos
tiempo después para revisar este proyecto. Aunque se hará, si este es su deseo,
y, aunque tarde lo veo ahora, tenga que morir por el trabajo de redactarlo. Por
lo que respecta a editarlo, seguiré el consejo de los amigos, y sobre todo el
tuyo.
Adiós, queridísimo Pedro Gilles. Mis mejores deseos
para ti y tu excelente esposa. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti
es mayor cada día.
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