SOBRE EL FILOQUE :

La Cuestion del Espíritu Santo

I

por qué decimos que es Dios

La Voluntad de Dios nos toca a sus hijos en todo lo que se refiere a nuestra existencia, y no tanto ya porque la desobediencia a la Voluntad de la causa de nuestro ser implique un castigo cuanto porque su realización le abre a la Humanidad una puerta en las tinieblas y le ilumina el camino a través de las aguas de violencia que llenan la Tierra y amenazan con ahogar este siglo en el océano de sangre que con las injusticias están las naciones llenando. Obviamente quien no la conoce y quien no cree que Su Voluntad Presente sea la Unificación de las iglesias en una sola y única, no ha de preocuparse en absoluto de nada excepto de perpetuar el status intereclesiástico que hemos heredado del pasado y cuyos efectos tienen una influencia negativa tan poderosa en las perspectivas del mundo tal cual existe.

Al contrario que los hijos de este mundo, para quienes el problema de la influencia negativa de la división de las iglesias sobre la civilización se acaba, siguiendo el método de cortar el cuello para acabar con el dolor de cabeza, haciendo desaparecer el cristianismo de la faz del mundo, la posición de un hijo de Dios es, al contrario que la señalada, enfrentarse a las causas de la división intereclesiástica y buscar el Fin de la división del reino de Dios en la Tierra, promoviendo primero la Obediencia al Dios de toda Sabiduría y Ciencia, lejos del cual todo mal y violencia se engrandece y multiplica, y seguidamente actualizando sobre la Plenitud de las naciones de nuestra Era la carga positiva de infinito peso que el cristianismo lleva consigo. Natural, entonces, que la opinión de los primeros, de ésos que creen que los males derivados de la división entre los cristianos se acaba combatiendo las iglesias hasta hacerlas desaparecer, no cuente a los pies de un hijo de Dios y la propia fuerza que anima nuestra inteligencia nos lleve a pasar por encima de semejante pensamiento, más propio de un demente que no ha aprendido aún nada de Dos Mil años de Historia y en su locura se cree que puede hacer con un partido político lo que no pudieron hacer imperios, esto es, destruir el reino de Dios en la Tierra. El ser, es, en definitiva, el que obliga, y el ser es el que se pone de pie para hacer la Voluntad de Aquel a quien le debe la existencia.

En el tema concreto del Filoque sobra decir que tanto católicos como ortodoxos decían lo mismo y que el odio y la división procedía no de la Revelación, que era y es Inmutable, sino de los intereses imperiales a los que servían unos y otros a ambos bandos de la contienda teológica intereclesiástica. De donde se ve que es evidente que, no existiendo los imperios bajo cuyas tinieblas se forjara el Escándalo Cismático, y persistiendo sin embargo la división esquizoide entre católicos y ortodoxos, los unos como los otros establecidos ante la misma Puerta de Salvación: "Tú eres el Hijo de Dios vivo; persistiendo la división, digo, debemos ver la existencia de nuevos intereses abstractos detrás de esta Piedra de escándalo.

A saber, Dios en tanto que Ser, es Santo. Y esto tal que no lo era Ayer y sí lo es Hoy y lo es Hoy pero puede que no Mañana. NO, en absoluto, Dios es Santo desde la eternidad y lo será eternamente. Esta Santidad en cuanto propiedad del Ser Divino, lleva en su esencia y sustancia los Atributos Divinos, y no tal que unos más que otros y otros menos que más. En absoluto, Dios es Santo a la manera que Dios es Infinitamente todopoderoso y nada ni nadie puede cambiar esta Verdad no importa cuántas eternidades pasen. Y por esto decimos: El Espíritu Santo es Dios.

Y si no lo fuera la Creación entera estaría expuesta al capricho de una Voluntad que podría decantarse por el Mal tras un meandro cualquiera del río del tiempo y donde hasta entonces hubo justicia, y paz y libertad y alegría y gloria que se come, que se transpira, que se huele, que se disfruta, que se alza, que se levanta, que hace reir y rejuvenece almas y pensamientos y huesos y hasta muertos, donde hubo eso y más de pronto el infierno de las pasiones ignotas de un espíritu que lleva el Sello de la Plenitud de la Divinidad se alza con el Poder de un Brazo que tiene toda Majestad para hacer el más inconcebible de los males, haciendo de aquéllos que creen conocer las profundidades del trono de Satán unos memos sin imaginación de ninguna clase, tanto más infernal este cambio cuando que, siendo Dios, nadie podría pedirle cuentas de sus cambios de humor. ¿Qué loco, aparte de un alma cobarde y rastrera, sería la que desearía vivir, más allá del tiempo cifrado en sus genes, bajo la sombra de un Ser sujeto a dicho Espíritu cambiante y alterable por los tiempos, un dios al estilo de aquéllos del Olimpo de los antiguos, que necesitaba matar el aburrimiento levantando los vientos de la guerra y saciar su hambre con las carnes y las almas de los mortales? Los tales, para ocultar que no eran más que infernales demonios, excusaban su sed de sangre y su hambre de alma en la promesa del paraíso de los guerreros. Nuestros antepasados, ignorantes, no habiendo conocido al Verdadero Dios, vivieron bajo sus astros y sacrificaron sus hijos y los de sus esclavos a fin de alcanzar la gracia de la vida de tales dioses de la muerte.

Pero nosotros escapamos de aquélla corte de dioses infernales y conocimos al Dios de la Eternidad y del Infinito, y supimos que es Santo, y que esta Santidad no es pasajera sino que participa de todos los Atributos del Ser de Dios en Plenitud absoluta. De aquí que en nuestro Nombre y de toda la Humanidad nuestro Maestro dijera: "Abba, Padre"; sobre cuya sangre nuestra Fe se hizo fuerte y nuestras almas se vistieron de alegría para avanzar en las tinieblas, prestos a desafiar los siglos por los que aún habría de pasar la Fe hasta llegar al puerto de la Esperanza, que al fin de los tiempos habría de manifestarse, como así sucede, para la Salvación de todas las Naciones del Género Humano.

Alegría en el Cielo y en la Tierra. Porque habiendo sido engendrado, no creado, de la misma Naturaleza del Padre, el Hijo de Dios podía ver en Dios su Espíritu y juzgar por sí mismo si Aquel que dijo "Sed santos como yo soy santo", lo declaraba como quien lo era en el momento pero pasado ese tiempo podía dejar de serlo, en más o menos cantidad, cambio que habría de afectarle igualmente a El, aunque en la medida que siendo Dios de Dios habría de sufrir las consecuencias de diferente manera; o si por el contrario la Santidad en el Espíritu de Dios es tal que se pueda declarar ad eternum et ad infinitum: El Espíritu Santo es Dios.

Alegría en el Cielo y en la Tierra. Quien era por Naturaleza Igual a Dios miró a Dios y vio su Espíritu, y viéndolo, clamó el Primero: "Abba, Padre". Y este Abba era la Declaración del Hijo sobre la Divinidad, que su Esposa, y Madre Nuestra, la Iglesia, recibió en testamento y ha dado a conocer a todos desde el principio de los tiempos, diciendo: "El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios".

Sí, lo es desde la Eternidad y lo será por la Eternidad. Dios no dice Hoy: Sí; y Mañana: No. El Espíritu Santo es Dios. Podemos correr a sus brazos sin miedo a que en un recodo de la eternidad ese Dios amantísimo de todos los vivientes de pronto se sienta invadido por un hambre infernal y comienze a comerse a sus hijos.

He aquí, tomando una primera posición, por qué decimos que el Espíritu Santo es Dios.

II

por qué creemos que Dios

La cristiandad mundial está predestinada desde el principio del mundo que saliera de las aguas del Diluvio a gobernar los destinos de los siglos y encauzar el futuro de la Civilización hacia el Trono del Rey que el Dios de la Eternidad y el Infinito le ha dado a su Creación. Nuestra pregunta sigue siendo respecto a la vida eterna. Y es natural que estimulados a desear la Inmortalidad nuestra consciencia se preocupe por la Personalidad de Aquel en cuyas manos está esta promesa de vida eterna. ¿De qué nos vale gozar de un tiempo de la Inmortalidad para caer después bajo el yunque y el martillo de un Ser todopoderoso que, cansado de ser el que es, se le cambian los tornillos y decide jugar a ser un Zeus al estilo de los dioses olímpicos, ajeno a todo sentido de justicia y sostén de una corte de demonios malditos cuyo pasatiempo es hacer de todo viviente marioneta en el tablero de sus caprichos malignos? ¿Qué garantías tenemos de que este transformismo infernal no es lo que nos espera en la eternidad al otro lado de una cualquiera de las vueltas del tiempo?

Ser cristiano significa no sólo creer en la existencia de Dios, punto respecto al cual creen hasta los más primitivos de los pueblos conocidos, y nos hace decir que la religiosidad es genética. En efecto, el hecho religioso fue la manifestación del primer signo de inteligencia. El ateísmo ha intentado manipular esta manifestación universal de la vida inteligente sumergiendo su desarrollo en canibalescas misas ritualísticas, buscando causar en nosotros todo desprecio y asco hacia el hecho religioso en sí. Afortunamente el patrocinio de la ciencia del siglo XX sobre todo lo que en el hombre supone una verguenza y un escándalo para las generaciones que vienen, son suficiente argumento para borrar de la memoria de la Humanidad semejantes manipulaciones perversas sobre el Pasado del Hombre. El Hombre, en cuanto manifestación real de la Vida Inteligente, es algo más que esa versión para micos nobelescos a la que todos los asesinos de los pueblos y las naciones se agarraron y siguien agarrándose a fin de legitimar y perpetuar el status quo adquirido mediante semejante operación de lavado de cerebro de las naciones, proceso delictivo contra la Humanidad en el que las escuelas y los institutos hacen de lavadora y las universidades de detergente y lejía. El resto es de imaginar. Ser cristiano, por consiguiente, es la negación de cualquier participación en ese delito del Poder que busca la destrucción del espíritu mediante la transmutación de sus valores genéticos e históricos en un programa cultural a implantar por quienes tienen en la Libertad del Hombre el peor enemigo de su "status quo imperator". Ser cristiano, en definitiva, es ser semejante a Dios en lo que Dios tiene de Vida Inteligente, y a Imagen y semejanza de la Suya nuestra Inteligencia es indomable, libre por naturaleza y predestinada por el escándalo de su existencia a gobernar los destinos de la Humanidad. Lo cual implica, ciertamente, que no sólo decimos que el Espíritu de Dios es Santo y que esta Santidad es tal que le conviene, porque los tiene todos, los Atributos de la Divinidad, sino que creemos que así es. Y por esto somos hijos de Dios. Declaración final que nos conduce a la primera de todas, esto es: Porqué creemos, sin lugar a fisura por donde pueda entrar destello de duda, que Dios es Santo.

Desde los remotos días posteriores a la Caída, cuando la Ignorancia impuso su Ley y el muro del Silencio de Dios entre Creador y criatura alzó un abismo insalvable, la búsqueda de la Inmortalidad fue la meta más universal tras la que corrieron todos aquéllos que dominaron los pueblos. Lo dicen los textos más antiguos que se refieren a la historia de las naciones perdidas. En aquél camino los sacrificios humanos fueron el eslabón final de una imposible victoria que arrastró la consciencia humana a la locura como consecuencia de la neurosis esquizoide que procede de una satisfacción en estado perpetuo de insatisfacción aguda. Desde ésta situación mundial entender la Divinidad partiendo de la Humanidad violada, traspasada, crucificada, arrojada a las tinieblas, devino un absurdo, un imposible categórico, una aventura condenada al fracaso total. Pues si ya es insuficiente el hombre solo para por sí mismo descubrir las propiedades de la Sabiduría, es decir, del Espíritu Santo de la Divinidad, como se demuestra por los acontecimientos mundiales durante más de cuatro milenios, tanto más imposible se le hizo una vez que su civilización fue abandonada al imperium de un hijo de Dios malvado y perverso cuya Inmortalidad pasó a depender de nuestra muerte eterna.

Abocado por su propia locura a destruirnos a fin de salvarse él de las consecuencias que había labrado con su boca, bajo su imperium demoníaco nuestra causa estaba perdida y nada ni nadie en el mundo y en todo el universo podía ya encauzar el grito de la vida en el Hombre en la dirección para la que fuera creado y desde sus genes invocaba. Por esto, ¡¿qué?! es Dios pasó a importar nada al lado del deseo de Inmortalidad que nació con la Civilización, y desde el que brotaron las religiones antiguas. Si al principio todas las manifestaciones religiosas de los primeros pueblos del Género Humano estaban llamadas a confluir en una Gran Religión Universal, fruto de la suma de todas las religiones, lo que vino a suceder en Mesopotamia, en el Cuarto-Quinto Milenio antes del Nacimiento, naciendo de aquél encuentro el Primer Hombre al que Dios llamó Hijo, el Adán del Génesis; después de la Caída aquél hijo de Dios que se rebelara contra el Espíritu Santo de Dios hizo de aquéllas religiones una fuente de odio entre las naciones, transformando de esta manera el camino de encuentro en una hoja de ruta de guerra fratricida entre cuyas líneas debía cebarse la destrucción total y absoluta del Hombre en tanto que semejante de Dios.

Atrapado nuestro mundo entre el Silencio de nuestro Creador, consecuencia de la Rebelión de Adán contra su Espíritu Santo, hecha en la Ignorancia y a Traición, es cierto, y por esto hubo lugar a Redención; y la Manipulación de nuestra inteligencia por una mente ejercitada en las cosas de la Ciencia del bien y del mal desde antes de nuestra creación, el futuro de nuestro mundo era, saltando de ignorancia en ignorancia, la pérdida total de identidad entre lo humano y lo divino y la extinción del género humano de la faz del universo. Fue entonces, en ésos días, cuando ese futuro estaba encarrilado por aquél que debía destruir nuestro mundo para salvarse él y salvar a los suyos, que el mismo Dios que juzgara acorde a la Ley: "El dia que de él comieres, morirás", retomó de nuevo en sus manos nuestra causa y levantó a Moisés entre nuestros padres para sirviéndose de su siervo acercarnos a la naturaleza de la Santidad. De aquí que la primera palabra de la Eternidad, hablando de Dios, fuera: "Sed santos, porque yo soy santo".

Si uno tuviera que razonar sobre qué propiedad define mejor el hecho de la Santidad, serían muchas palabras las que nos saltarían a la boca, pero de todas ninguna de ellas sería más apropiada que ésta: ¡Justicia!

No esparzas rumores falsos. No te unas con los impíos para testificar en falso.
No te dejes arrastrar al mal por la muchedumbre.
En las causas no respondas porque así responden otros falseando la justicia; ni al pobre favorecerás en su litigio.
Si encuentras el buey o el asno de tu enemigo perdidos, llévaselos.
Si encuentras el asno de tu enemigo caído bajo la carga, no pases de largo; ayúdale a levantarlo.
No tuerzas el derecho del pobre en sus causas.
Aléjale de toda mentira, y no hagas morir al inocente y al justo, porque yo no absolveré al culpable de ello.
No recibas regalos, que ciegan a los prudentes y tuercen la justicia.

Pero la Justicia tiene una fuente: La Verdad. La Verdad es el principio de la Justicia, y el fin es la Paz. Y todos sabemos que una Justicia que encubre un crimen, culpa a un inocente y absuelve al verdadero culpable del delito por el que se clama Justicia es una Injusticia maligna, criminal, y criminales y delincuentes son quienes a conciencia encubren al delincuente y hacen perecer al inocente, encaminando con su injusticia delictiva a la guerra al pueblo que privado de justicia se le niega el camino de la Paz. Es una ecuación de valor eterno que hemos vivido en nuestras carnes, la Humanidad, miles de veces, y hay que ser un animal o un demonio para conociendo esta ley universal quererle imponer al universo la ley del propio imperium.

Llegamos, pues, al punto que nos interesa sobre todas las cosas, tanto como hijos de Dios cuanto como ciudadanos de un reino eterno y que aspiramos a vivir a la luz de una Justicia Incorruptible cuyo Principio insobornable es la Verdad y cuyo Fin innegociable es la Paz Universal. Y este punto es: Por qué creemos que Dios es precisamente todo esto, y que esta ecuación: Verdad-Justicia-Paz, sean los pilares indestructibles sobre los que se basa el Conocimiento de sí mismo de Aquel que dice: Yo soy el que soy.

Porque sabemos que aquéllos a quienes se les manifestó la Naturaleza del Espíritu acabaron estrangulados por la cuerda que se enrollaron al cuello por no poder aceptar el hecho de que el Hombre por sí solo es polvo, y la Teología, en cuanto ciencia, es el patíbulo donde la Fe es librada al vacío de la horca. Pues no es el Hombre el que conoce a Dios, sino Dios el que se da a conocer. Por esto dijo: "Hagamos al hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza", y si al Hombre no le hiciera falta Dios para conocer a Dios en este caso la Biblia no tendría sentido, Moisés ni Cristo lo tendrían, y las iglesias serían todo lo contrario de lo que son, conclusión que únicamente un demente y un demonio se atreverían a firmar.

Dios no es cognoscible en tanto que objeto del pensamiento científico humano. Dios no es teologizable, en definitiva. Dios se revela, se descubre, se entrega, se da a conocer. Y lo hace poniendo en el escenario de la Historia Universal su Santidad en carne, encarnándola, a fin de que toda inteligencia, lo mismo del Cielo como de la Tierra, la veamos en todas sus propiedades y atributos, en toda su gloria y belleza, en toda su Bondad y Valor. Y se hace tocar no por el pensamiento ni por los pensadores, no a los teólogos y los sabios se presenta, sino a los sentidos, que lo ven, lo tocan lo oyen y le hablan. Dios abroga toda teología y aborrece la mente de quien tiene a la Divinidad por objeto de estudio e instrumento de dominio sobre sus semejantes, y se abre en la Plenitud de su Gracia y de su Verdad a la inteligencia viva, carnal, humana que sin Dios no puede conocer a Dios y necesita de Dios para realizar en su ser "la Imagen y Semejanza de Dios". Este, el Verbo hecho carne, es el Espíritu Santo que se hace hombre y aparta de su lado a los que estudian a Dios como se estudia el cadáver de un muerto, y le declara Vivo y Eterno para gozo y regocijo de toda la Creación. Caen a sus pies todas las ciencias divinas y queda en pie exclusivamente el hombre, desnudo, tal cual Dios lo creara al principio. Entonces supimos, todos los hijos de Dios, del Cielo y de la Tierra, del Pasado y del Futuro, por qué el Espíritu Santo es Dios.

Es el Espíritu de la Eternidad y el Infinito, que en la Vida Increada se movía inmerso para manifestándose en todo viviente darse a conocer a Dios y hacerse conocer por Dios. Este lo ama desde el principio sin origen de la Increación y se consuma este Amor cuando Eternidad e Infinito se hacen una cosa con El, revolucionando la Realidad Universal al dar Origen a la Creación. Este Espíritu que estaba en la Vida y movía todas las cosas, se hace Sabiduría y forma la Personalidad de la Divinidad, según su Confesión: "Antes de mí no fue formado Dios alguno, ninguno habrá después de mí", y consuma esta Revolución uniéndose a su Ser, en el que engendra al Padre y al Hijo, de aquí que digamos: Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma Naturaleza que el Padre... Verdad sempiterna fruto de lo que la Iglesia, nuestra Madre, viera, tocara y oyera en Cristo, su Esposo, en quien vio, tocó y oyó al Espíritu Santo, al Hijo y al Padre. Y experiencia revolucionaria de valor sempiterno, indestructible e imborrable, seno en el que los hijos de Dios nacemos del Espíritu para declarar con voz incorruptible e innegociable: El Espíritu Santo es Dios.

Esta es nuestra Verdad, que no procede de ningún libro ni es enseñada en ninguna escuela, sino que emana de la propia realidad del Espíritu de hijos de Dios consustancial a nuestra Fe y Esperanza. En este Conocimiento de la Divinidad caminamos alegres hacia la vida eterna como Ciudadanos del reino de Dios, no en la simple promesa, sino en la verdad viva de quien ha superado el temor y la duda y vive la Inmortalidad contra y a pesar de la ley por la que se rige el mundo.

Si Jesucristo no hubiera subido a la Cruz esta Declaración del espíritu de Aquel que dijera: "Yo soy el que soy", hubiera caído en el infierno de la mutabilidad y la Fe sería el camino al infierno, pero porque Jesús subió a la Cruz, siendo omnipotente y todopoderoso como era, doblando sus rodillas ante el Espíritu Santo, que para justificación del pecado de Adán y nuestra salvación exigió la Necesidad de la Muerte de Cristo, a fin de expiar en su sangre todos nuestros delitos y abrirnos la puerta al Paraíso, porque el Hijo glorificó el Espíritu Santo, nosotros sabemos que el Espíritu Santo es Dios. Y si Jesucristo no lo hubiera hecho, subir a la Cruz, la Divinidad supuesta del Espíritu Santo se habría derrumbado a la manera de los ídolos del mundo antiguo, cayendo junto a los dioses de los griegos y los romanos el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob.

Cualquier reflexión teológica que cambie, añada o quite a esta Verdad ejecuta una perversión de la Fe.

III

Y el Verbo es Dios

Esta pequeña incursión en la Naturaleza Divina tiene por misión conducirnos a la contemplación verídica de la Unidad entre el Padre y el Hijo en el seno del Acto Creador, que el propio Jesús nos descubrió, afirmando que "el Padre le muestra el Hijo todo lo que hace y le mostrará mayores obras que ésta"... de suerte que nosotros quedemos maravillados. Hecho carne el Verbo, por tanto, nuestra comprensión de la Relación entre el Padre y el Hijo dentro del Acto Creador no puede ser obviada ni dada de lado en función de la mentalidad obtusa y patética del ateísmo científico, y mucho menos del cientifismo teológico que para no escandalizar al primero se encierra en el tradicionalismo dogmático heredado de Edades Oscuras sujetas a la Ignorancia y el poder del príncipe de las tinieblas.

Recordemos que corregir no es condenar. Que humillarse no es renunciar. Que arrodillarse no es acobardarse. Dios no escribe un Libro buscando la ruina de su criatura, sino para rescatar a su Creación caída al filo del abismo por el odio de una generación de hijos suyos contra el Espíritu en tanto que Espíritu. Resuelto este enigma, vemos la verdadera naturaleza de la relación divina en el Acto Creador, donde el Padre es la Omnisciencia, es decir, la cabeza pensante, y el Hijo es el Brazo que ejecuta. Dos Personas distintas, pues, y un Único Dios Creador. De aquí que cuando dice el Texto... Pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las Aguas... las Personas en Dios se manifiestan como Una Sola y Única en el Espíritu, que, siendo el mismo en ambas, es Dios.

Y será contra este Espíritu que, la Caída mediante, desenterrará el hacha de guerra el Maligno, la Serpiente, el Dragón, cuya cabeza es Satán, el príncipe de las Tinieblas. El hombre, Adán, deviene peón en un tablero, instrumento al servicio de una causa ajena al Género Humano, y ésa causa sería: la División entre las dos Personas Divinas, levantar entre Padre e Hijo una división respecto al destino de la Ciencia del bien y del mal. Sobre este asunto versa el Relato del Paraíso.

Sobre el Acontecimiento de la Caída digamos que el objetivo de la partida del espíritu del Diablo contra el Espíritu Santo era, Tentación mediante, abogar ante el Hijo contra el Padre en pro de la legalización de la Ciencia del bien y del mal, cuyas leyes, principios y dominio podría el Hijo gustar en vivo y en directo sobre la superficie de la Tierra.

Desde el punto de vista de la Eternidad ésta partida era un delito contra la Creación, contra el Género Humano y contra Dios en su Plenitud: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tentar al Hijo era tentar a Dios; esperar que el Hijo cayera seducido por la Ciencia del bien y del mal, de la que abomina el Padre, era y es negar que el Espíritu Santo esté en el Hijo. Y sin embargo que el Hijo es Dios de Dios los Rebeldes ya lo habían visto con sus ojos cuando, Brazo de su Padre, dijera: Haya Luz, y la Luz se hizo. El fin de la partida abierta en el Edén, por consiguiente, era, desde el mismo momento de su apertura, el Destierro de los Rebeldes de la Creación, y la Proclamación a todos los vientos del Misterio Eterno de la Unidad del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo.

Bendito, pues, sea Dios porque no se dejó corromper mirando los lazos de paternidad que le unían a los enemigos de su Creación y aplicó la Ley sin acepción y acorde a Justicia dictó sentencia. Contra el Traidor: Muerte Eterna; contra el Desobediente: Pena de muerte y Resurrección.

 

C.R.

 
BTM