SOBRE
EL FILOQUE :
La Cuestion del Espíritu Santo
I
por
qué decimos que es Dios
La
Voluntad de Dios nos toca a sus hijos en todo lo que se
refiere a nuestra existencia, y no tanto ya porque la
desobediencia a la Voluntad de la causa de nuestro ser
implique un castigo cuanto porque su realización
le abre a la Humanidad una puerta en las tinieblas y le
ilumina el camino a través de las aguas de violencia
que llenan la Tierra y amenazan con ahogar este siglo
en el océano de sangre que con las injusticias
están las naciones llenando. Obviamente quien no
la conoce y quien no cree que Su Voluntad Presente sea
la Unificación de las iglesias en una sola y única,
no
ha de preocuparse en absoluto de nada excepto de perpetuar
el status intereclesiástico que hemos heredado
del pasado y cuyos efectos tienen una influencia negativa
tan poderosa en las perspectivas del mundo tal cual existe.
Al
contrario que los hijos de este mundo, para quienes el
problema de la influencia negativa de la división
de las iglesias sobre la civilización se acaba,
siguiendo el método de cortar el cuello para acabar
con el dolor de cabeza, haciendo desaparecer el cristianismo
de la faz del mundo, la posición de un hijo de
Dios es, al contrario que la señalada, enfrentarse
a las causas de la división intereclesiástica
y buscar el Fin de la división del reino de Dios
en la Tierra, promoviendo primero la Obediencia al Dios
de toda Sabiduría y Ciencia, lejos del cual todo
mal y violencia se engrandece y multiplica, y seguidamente
actualizando sobre la Plenitud de las naciones de nuestra
Era la carga positiva de infinito peso que el cristianismo
lleva consigo. Natural, entonces, que la opinión
de los primeros, de ésos que creen que los males
derivados de la división entre los cristianos se
acaba combatiendo las iglesias hasta hacerlas desaparecer,
no cuente a los pies de un hijo de Dios y la propia fuerza
que anima nuestra inteligencia nos lleve a pasar por encima
de semejante pensamiento, más propio de un demente
que no ha aprendido aún nada de Dos Mil años
de Historia y en su locura se cree que puede hacer con
un partido político lo que no pudieron hacer imperios,
esto es, destruir
el reino de Dios en la Tierra. El ser, es, en definitiva,
el que obliga, y el ser es el que se pone de pie para
hacer la Voluntad de Aquel a quien le debe la existencia.
En
el tema concreto del Filoque sobra decir que tanto católicos
como ortodoxos decían lo mismo y que el odio y
la división procedía no de la Revelación,
que era y es Inmutable, sino de los intereses imperiales
a los que servían unos y otros a ambos bandos de
la contienda teológica intereclesiástica.
De donde se ve que es evidente que, no existiendo los
imperios bajo cuyas tinieblas se forjara el Escándalo
Cismático, y persistiendo sin embargo la división
esquizoide entre católicos y ortodoxos, los unos
como los otros establecidos ante la misma Puerta de Salvación:
"Tú eres el Hijo de
Dios vivo; persistiendo la división,
digo, debemos ver la existencia de nuevos intereses abstractos
detrás de esta Piedra de escándalo.
A
saber, Dios en tanto que Ser, es Santo. Y esto tal que
no lo era Ayer y sí lo es Hoy y lo es Hoy pero
puede que no Mañana. NO, en absoluto, Dios es Santo
desde la eternidad y lo será eternamente. Esta
Santidad en cuanto propiedad del Ser Divino, lleva en
su esencia y sustancia los Atributos Divinos, y no tal
que unos más que otros y otros menos que más.
En absoluto, Dios es Santo a la manera que Dios es Infinitamente
todopoderoso y nada ni nadie puede cambiar esta Verdad
no importa cuántas eternidades pasen. Y por esto
decimos: El Espíritu Santo es Dios.
Y
si no lo fuera la Creación entera estaría
expuesta al capricho de una Voluntad que podría
decantarse por el Mal tras un meandro cualquiera del río
del tiempo y donde hasta entonces hubo justicia, y paz
y libertad y alegría y gloria que se come, que
se transpira, que se huele, que se disfruta, que se alza,
que se levanta, que hace reir y rejuvenece almas y pensamientos
y huesos y hasta muertos, donde hubo eso y más
de pronto el infierno de las pasiones ignotas de un espíritu
que lleva el Sello de la Plenitud de la Divinidad se
alza con el Poder de un Brazo que tiene toda Majestad
para hacer el más inconcebible de los males, haciendo
de aquéllos que creen conocer las profundidades
del trono de Satán unos memos sin imaginación
de ninguna clase, tanto más infernal este cambio
cuando que, siendo Dios, nadie podría pedirle cuentas
de sus cambios de humor. ¿Qué loco, aparte
de un alma cobarde y rastrera, sería la que desearía
vivir, más allá del tiempo cifrado en sus
genes, bajo la sombra de un Ser sujeto a dicho Espíritu
cambiante y alterable por los tiempos, un dios
al estilo de aquéllos del Olimpo de los
antiguos, que necesitaba matar el aburrimiento levantando
los vientos de la guerra y saciar su hambre con las carnes
y las almas de los mortales? Los tales, para ocultar
que no eran más que infernales demonios, excusaban
su sed de sangre y su hambre de alma en la promesa del
paraíso de los guerreros. Nuestros antepasados,
ignorantes, no habiendo conocido al Verdadero Dios, vivieron
bajo sus astros y sacrificaron sus hijos y los de sus
esclavos a fin de alcanzar la gracia de la vida de tales
dioses de la muerte.
Pero
nosotros escapamos de aquélla corte de dioses infernales
y conocimos al Dios de la Eternidad y del Infinito, y
supimos que es Santo, y que esta Santidad no es pasajera
sino que participa de todos los Atributos del Ser de Dios
en Plenitud absoluta. De aquí que en nuestro Nombre
y de toda la Humanidad nuestro Maestro dijera: "Abba,
Padre"; sobre cuya sangre nuestra Fe se hizo
fuerte y nuestras almas se vistieron de alegría
para avanzar en las tinieblas, prestos a desafiar los
siglos por los que aún habría de pasar la
Fe hasta llegar al puerto de la Esperanza, que al fin
de los tiempos habría de manifestarse, como así
sucede, para la Salvación de todas las Naciones
del Género Humano.
Alegría
en el Cielo y en la Tierra. Porque habiendo sido engendrado,
no creado, de la misma Naturaleza del Padre, el Hijo de
Dios podía ver en Dios su Espíritu y juzgar
por sí mismo si Aquel que dijo "Sed
santos como yo soy santo", lo declaraba como
quien lo era en el momento pero pasado ese tiempo podía
dejar de serlo, en más o menos cantidad, cambio
que habría de afectarle igualmente a El, aunque
en la medida que siendo Dios de Dios habría de
sufrir las consecuencias de diferente manera; o si por
el contrario la Santidad en el Espíritu de Dios
es tal que se pueda declarar ad eternum et ad infinitum:
El Espíritu Santo es Dios.
Alegría
en el Cielo y en la Tierra. Quien era por Naturaleza Igual
a Dios miró a Dios y vio su Espíritu, y
viéndolo, clamó el Primero: "Abba,
Padre". Y este Abba era la Declaración
del Hijo sobre la Divinidad, que su Esposa, y Madre Nuestra,
la Iglesia, recibió en testamento y ha dado a conocer
a todos desde el principio de los tiempos, diciendo: "El
Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo
es Dios".
Sí,
lo es desde la Eternidad y lo será por la Eternidad.
Dios no dice Hoy: Sí; y Mañana: No. El Espíritu
Santo es Dios. Podemos correr a sus brazos sin
miedo a que en un recodo de la eternidad ese Dios amantísimo
de todos los vivientes de pronto se sienta invadido por
un hambre infernal y comienze a comerse a sus hijos.
He
aquí, tomando una primera posición, por
qué decimos que el Espíritu Santo es Dios.
II
por
qué creemos que Dios
La
cristiandad mundial está predestinada desde el
principio del mundo que saliera de las aguas del Diluvio
a gobernar los destinos de los siglos y encauzar el futuro
de la Civilización hacia el Trono del Rey que el
Dios de la Eternidad y el Infinito le ha dado a su Creación.
Nuestra pregunta sigue siendo respecto a la vida eterna.
Y es natural que estimulados a desear la Inmortalidad
nuestra consciencia se preocupe por la Personalidad de
Aquel en cuyas manos está esta promesa de vida
eterna. ¿De qué nos vale gozar de un tiempo
de la Inmortalidad para caer después bajo el yunque
y el martillo de un Ser todopoderoso que, cansado de ser
el que es, se le cambian los tornillos y decide jugar
a ser un Zeus al estilo de los dioses olímpicos,
ajeno a todo sentido de justicia y sostén de una
corte de demonios malditos cuyo pasatiempo es hacer de
todo viviente marioneta en el tablero de sus caprichos
malignos? ¿Qué garantías tenemos
de que este transformismo infernal no es lo que nos espera
en la eternidad al otro lado de una cualquiera de las
vueltas del tiempo?
Ser
cristiano significa no sólo creer en la existencia
de Dios, punto respecto al cual creen hasta los más
primitivos de los pueblos conocidos, y nos hace decir
que la religiosidad es genética. En efecto, el
hecho religioso fue la manifestación del primer
signo de inteligencia. El ateísmo ha intentado
manipular esta manifestación universal de la vida
inteligente sumergiendo su desarrollo en canibalescas
misas ritualísticas, buscando causar en nosotros
todo desprecio y asco hacia el hecho religioso en sí.
Afortunamente el patrocinio de la ciencia del siglo XX
sobre todo lo que en el hombre supone una verguenza y
un escándalo para las generaciones que vienen,
son suficiente argumento para borrar de la memoria de
la Humanidad semejantes manipulaciones perversas sobre
el Pasado del Hombre. El Hombre, en cuanto manifestación
real de la Vida Inteligente, es algo más que esa
versión para micos nobelescos a la que todos los
asesinos de los pueblos y las naciones se agarraron y
siguien agarrándose a fin de legitimar y perpetuar
el status quo adquirido mediante semejante operación
de lavado de cerebro de las naciones, proceso delictivo
contra la Humanidad en el que las escuelas y los institutos
hacen de lavadora y las universidades de detergente y
lejía. El resto es de imaginar. Ser cristiano,
por consiguiente, es la negación de cualquier participación
en ese delito del Poder que busca la destrucción
del espíritu mediante la transmutación de
sus valores genéticos e históricos en un
programa cultural a implantar por quienes tienen en la
Libertad del Hombre el peor enemigo de su "status
quo imperator". Ser cristiano, en definitiva, es
ser semejante a Dios en lo que Dios tiene de Vida Inteligente,
y a Imagen y semejanza de la Suya nuestra Inteligencia
es indomable, libre por naturaleza y predestinada por
el escándalo de su existencia a gobernar los destinos
de la Humanidad. Lo cual implica, ciertamente, que no
sólo decimos que el Espíritu de Dios es
Santo y que esta Santidad es tal que le conviene, porque
los tiene todos, los Atributos de la Divinidad, sino que
creemos que así es. Y por esto somos hijos de Dios.
Declaración final que nos conduce a la primera
de todas, esto es: Porqué creemos, sin lugar a
fisura por donde pueda entrar destello de duda, que Dios
es Santo.
Desde
los remotos días posteriores a la Caída,
cuando la Ignorancia impuso su Ley y el muro del Silencio
de Dios entre Creador y criatura alzó un abismo
insalvable, la búsqueda de la Inmortalidad fue
la meta más universal tras la que corrieron todos
aquéllos que dominaron los pueblos. Lo dicen los
textos más antiguos que se refieren a la historia
de las naciones perdidas. En aquél camino los sacrificios
humanos fueron el eslabón final de una imposible
victoria que arrastró la consciencia humana a la
locura como consecuencia de la neurosis esquizoide que
procede de una satisfacción en estado perpetuo
de insatisfacción aguda. Desde ésta situación
mundial entender la Divinidad partiendo de la Humanidad
violada, traspasada, crucificada, arrojada a las tinieblas,
devino un absurdo, un imposible categórico, una
aventura condenada al fracaso total. Pues si ya es insuficiente
el hombre solo para por sí mismo descubrir las
propiedades de la Sabiduría, es decir, del Espíritu
Santo de la Divinidad, como se demuestra por los acontecimientos
mundiales durante más de cuatro milenios, tanto
más imposible se le hizo una vez que su civilización
fue abandonada al imperium de un hijo de Dios malvado
y perverso cuya Inmortalidad pasó a depender de
nuestra muerte eterna.
Abocado
por su propia locura a destruirnos a fin de salvarse él
de las consecuencias que había labrado con su boca,
bajo su imperium demoníaco nuestra causa estaba
perdida y nada ni nadie en el mundo y en todo el universo
podía ya encauzar el grito de la vida en el Hombre
en la dirección para la que fuera creado y desde
sus genes invocaba. Por
esto, ¡¿qué?! es Dios pasó a importar nada al lado del deseo
de Inmortalidad que nació con la Civilización,
y desde el que brotaron las religiones antiguas. Si al
principio todas las manifestaciones religiosas de los
primeros pueblos del Género Humano estaban llamadas
a confluir en una Gran Religión Universal, fruto
de la suma de todas las religiones, lo que vino a suceder
en Mesopotamia, en el Cuarto-Quinto Milenio antes del
Nacimiento, naciendo de aquél encuentro el Primer
Hombre al que Dios llamó Hijo, el Adán del
Génesis; después de la Caída aquél
hijo de Dios que se rebelara contra el Espíritu
Santo de Dios hizo de aquéllas religiones
una fuente de odio entre las naciones, transformando de
esta manera el camino de encuentro en una hoja de ruta
de guerra fratricida entre cuyas líneas debía
cebarse la destrucción total y absoluta del Hombre
en tanto que semejante de Dios.
Atrapado
nuestro mundo entre el Silencio de nuestro Creador, consecuencia
de la Rebelión de Adán contra su Espíritu
Santo, hecha en la Ignorancia y a Traición, es
cierto, y por esto hubo lugar a Redención; y la
Manipulación de nuestra inteligencia por una mente
ejercitada en las cosas de la Ciencia del bien y del mal
desde antes de nuestra creación, el futuro de nuestro
mundo era, saltando de ignorancia en ignorancia, la pérdida
total de identidad entre lo humano y lo divino y la extinción
del género humano de la faz del universo. Fue entonces,
en ésos días, cuando ese futuro estaba encarrilado
por aquél que debía destruir nuestro mundo
para salvarse él y salvar a los suyos, que el mismo
Dios que juzgara acorde a la Ley: "El
dia que de él comieres, morirás",
retomó de nuevo en sus manos nuestra causa y levantó
a Moisés entre nuestros padres para sirviéndose
de su siervo acercarnos a la naturaleza de la Santidad.
De aquí que la primera palabra de la Eternidad,
hablando de Dios, fuera: "Sed santos, porque yo soy
santo".
Si
uno tuviera que razonar sobre qué propiedad define
mejor el hecho de la Santidad, serían muchas palabras
las que nos saltarían a la boca, pero de todas
ninguna de ellas sería más apropiada que
ésta: ¡Justicia!
No
esparzas rumores falsos. No te unas con los impíos
para testificar en falso.
No te dejes arrastrar al mal por la muchedumbre.
En las causas no respondas porque así responden
otros falseando la justicia; ni al pobre favorecerás
en su litigio.
Si encuentras el buey o el asno de tu enemigo perdidos,
llévaselos.
Si encuentras el asno de tu enemigo caído bajo
la carga, no pases de largo; ayúdale a levantarlo.
No tuerzas el derecho del pobre en sus causas.
Aléjale de toda mentira, y no hagas morir al
inocente y al justo, porque yo no absolveré
al culpable de ello.
No recibas regalos, que ciegan a los prudentes y tuercen
la justicia. |
Pero
la Justicia tiene una fuente: La Verdad. La Verdad es
el principio de la Justicia, y el fin es la Paz. Y todos
sabemos que una Justicia que encubre un crimen, culpa
a un inocente y absuelve al verdadero culpable del delito
por el que se clama Justicia es una Injusticia maligna,
criminal, y criminales y delincuentes son quienes a conciencia
encubren al delincuente y hacen perecer al inocente, encaminando
con su injusticia delictiva a la guerra al pueblo que
privado de justicia se le niega el camino de la Paz. Es
una ecuación de valor eterno que hemos vivido en
nuestras carnes, la Humanidad, miles de veces, y hay que
ser un animal o un demonio para conociendo esta ley universal
quererle imponer al universo la ley del propio imperium.
Llegamos,
pues, al punto que nos interesa sobre todas las cosas,
tanto como hijos de Dios cuanto como ciudadanos de un
reino eterno y que aspiramos a vivir a la luz de una Justicia
Incorruptible cuyo Principio insobornable es la Verdad
y cuyo Fin innegociable es la Paz Universal. Y este punto
es: Por qué creemos que Dios es precisamente todo
esto, y que esta ecuación: Verdad-Justicia-Paz,
sean los pilares indestructibles sobre los que se basa
el Conocimiento de sí mismo de Aquel que dice:
Yo soy el que soy.
Porque
sabemos que aquéllos a quienes se les manifestó
la Naturaleza del Espíritu acabaron estrangulados
por la cuerda que se enrollaron al cuello por no poder
aceptar el hecho de que el Hombre por sí solo es
polvo, y la Teología, en cuanto ciencia, es el
patíbulo donde la Fe es librada al vacío
de la horca. Pues no es el Hombre el que conoce a Dios,
sino Dios el que se da a conocer. Por esto dijo: "Hagamos
al hombre a nuestra Imagen y a nuestra Semejanza",
y si al Hombre no le hiciera falta Dios para conocer a
Dios en este caso la Biblia no tendría sentido,
Moisés ni Cristo lo tendrían, y las iglesias
serían todo lo contrario de lo que son, conclusión
que únicamente un demente y un demonio se atreverían
a firmar.
Dios
no es cognoscible en tanto que objeto del pensamiento
científico humano. Dios no es teologizable, en
definitiva. Dios se revela, se descubre, se entrega, se
da a conocer. Y lo hace poniendo en el escenario de la
Historia Universal su Santidad en carne, encarnándola,
a fin de que toda inteligencia, lo mismo del Cielo como
de la Tierra, la veamos en todas sus propiedades y atributos,
en toda su gloria y belleza, en toda su Bondad y Valor.
Y se hace tocar no por el pensamiento ni por los pensadores,
no a los teólogos y los sabios se presenta, sino
a los sentidos, que lo ven, lo tocan lo oyen y le hablan.
Dios abroga toda teología y aborrece la mente de
quien tiene a la Divinidad por objeto de estudio e instrumento
de dominio sobre sus semejantes, y se abre en la Plenitud
de su Gracia y de su Verdad a la inteligencia viva, carnal,
humana que sin Dios no puede conocer a Dios y necesita
de Dios para realizar en su ser "la
Imagen y Semejanza de Dios". Este, el Verbo
hecho carne, es el Espíritu Santo que se hace hombre
y aparta de su lado a los que estudian a Dios como se
estudia el cadáver de un muerto, y le declara Vivo
y Eterno para gozo y regocijo de toda la Creación.
Caen a sus pies todas las ciencias divinas y queda en
pie exclusivamente el hombre, desnudo, tal cual Dios lo
creara al principio. Entonces supimos, todos los hijos
de Dios, del Cielo y de la Tierra, del Pasado y del Futuro,
por qué el Espíritu Santo es Dios.
Es
el Espíritu de la Eternidad y el Infinito, que
en la Vida Increada se movía inmerso para manifestándose
en todo viviente darse a conocer a Dios y hacerse conocer
por Dios. Este lo ama desde el principio sin origen de
la Increación y se consuma este Amor cuando Eternidad
e Infinito se hacen una cosa con El, revolucionando la
Realidad Universal al dar Origen a la Creación.
Este Espíritu que estaba en la Vida y movía
todas las cosas, se hace Sabiduría y forma la Personalidad
de la Divinidad, según su Confesión: "Antes
de mí no fue formado Dios alguno, ninguno habrá
después de mí", y consuma esta
Revolución uniéndose a su Ser, en el que
engendra al Padre y al Hijo, de aquí que digamos:
Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la
misma Naturaleza que el Padre... Verdad sempiterna fruto
de lo que la Iglesia, nuestra Madre, viera, tocara y oyera
en Cristo, su Esposo, en quien vio, tocó y oyó
al Espíritu Santo, al Hijo y al Padre. Y experiencia
revolucionaria de valor sempiterno, indestructible e imborrable,
seno en el que los hijos de Dios nacemos del Espíritu
para declarar con voz incorruptible e innegociable: El
Espíritu Santo es Dios.
Esta
es nuestra Verdad, que no procede de ningún libro
ni es enseñada en ninguna escuela, sino que emana
de la propia realidad del Espíritu de hijos de
Dios consustancial a nuestra Fe y Esperanza. En este Conocimiento
de la Divinidad caminamos alegres hacia la vida eterna
como Ciudadanos del reino de Dios, no en la simple promesa,
sino en la verdad viva de quien ha superado el temor y
la duda y vive la Inmortalidad contra y a pesar de la
ley por la que se rige el mundo.
Si
Jesucristo no hubiera subido a la Cruz esta Declaración
del espíritu de Aquel que dijera: "Yo
soy el que soy", hubiera caído en el
infierno de la mutabilidad y la Fe sería el camino
al infierno, pero porque Jesús subió a la
Cruz, siendo omnipotente y todopoderoso como era, doblando
sus rodillas ante el Espíritu Santo, que para justificación
del pecado de Adán y nuestra salvación exigió
la Necesidad de la Muerte de Cristo, a fin de expiar en
su sangre todos nuestros delitos y abrirnos la puerta
al Paraíso, porque el Hijo glorificó el
Espíritu Santo, nosotros sabemos que el Espíritu
Santo es Dios. Y si Jesucristo no lo hubiera hecho, subir
a la Cruz, la Divinidad supuesta del Espíritu Santo
se habría derrumbado a la manera de los ídolos
del mundo antiguo, cayendo junto a los dioses de los griegos
y los romanos
el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob.
Cualquier
reflexión teológica que cambie, añada
o quite a esta Verdad ejecuta una perversión de
la Fe.
III
Y el Verbo es
Dios
Esta pequeña incursión en la Naturaleza Divina
tiene por misión conducirnos a la contemplación
verídica de la Unidad entre el Padre y el Hijo
en el seno del Acto Creador, que el propio Jesús
nos descubrió, afirmando que "el
Padre le muestra el Hijo todo lo que hace y le mostrará
mayores obras que ésta"... de suerte
que nosotros quedemos maravillados. Hecho carne el Verbo,
por tanto, nuestra comprensión de la Relación
entre el Padre y el Hijo dentro del Acto Creador no puede
ser obviada ni dada de lado en función de la mentalidad
obtusa y patética del ateísmo científico,
y mucho menos del cientifismo teológico que para
no escandalizar al primero se encierra en el tradicionalismo
dogmático heredado de Edades Oscuras sujetas a
la Ignorancia y el poder del príncipe de las tinieblas.
Recordemos
que corregir no es condenar. Que humillarse no es renunciar.
Que arrodillarse no es acobardarse. Dios no escribe un
Libro buscando la ruina de su criatura, sino para rescatar
a su Creación caída al filo del abismo por
el odio de una generación de hijos suyos contra
el Espíritu en tanto que Espíritu. Resuelto
este enigma, vemos la verdadera naturaleza de la relación
divina en el Acto Creador, donde el Padre es la Omnisciencia,
es decir, la cabeza pensante, y el Hijo es el Brazo que
ejecuta. Dos Personas distintas, pues, y un Único
Dios Creador. De aquí que cuando dice el Texto... Pero el espíritu de Dios se cernía sobre
la superficie de las Aguas... las
Personas en Dios se manifiestan como Una Sola y Única
en el Espíritu, que, siendo el mismo en ambas,
es Dios.
Y será contra este Espíritu que, la Caída
mediante, desenterrará el hacha de guerra el Maligno,
la Serpiente, el Dragón, cuya cabeza es Satán,
el príncipe de las Tinieblas. El hombre, Adán,
deviene peón en un tablero, instrumento al servicio
de una causa ajena al Género Humano, y ésa
causa sería: la División entre las dos Personas
Divinas, levantar entre Padre e Hijo una división
respecto al destino de la Ciencia del bien y del mal.
Sobre este asunto versa el Relato del Paraíso.
Sobre
el Acontecimiento de la Caída digamos que el objetivo
de la partida del espíritu del Diablo contra el
Espíritu Santo era, Tentación mediante,
abogar ante el Hijo contra el Padre en pro de la legalización
de la Ciencia del bien y del mal, cuyas leyes, principios
y dominio podría el Hijo gustar en vivo y en directo
sobre la superficie de la Tierra.
Desde
el punto de vista de la Eternidad ésta partida
era un delito contra la Creación, contra el Género
Humano y contra Dios en su Plenitud: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Tentar al Hijo era tentar a Dios; esperar que el
Hijo cayera seducido por la Ciencia del bien y del mal,
de la que abomina el Padre, era y es negar que el Espíritu
Santo esté en el Hijo. Y sin embargo que el Hijo
es Dios de Dios los Rebeldes ya lo habían visto
con sus ojos cuando, Brazo de su Padre, dijera: Haya
Luz, y la Luz se hizo. El fin de la partida abierta
en el Edén, por consiguiente, era, desde el mismo
momento de su apertura, el Destierro de los Rebeldes de
la Creación, y la Proclamación a todos los
vientos del Misterio Eterno de la Unidad del Padre y el
Hijo en el Espíritu Santo.
Bendito,
pues, sea Dios porque no se dejó corromper mirando
los lazos de paternidad que le unían a los enemigos
de su Creación y aplicó la Ley sin acepción
y acorde a Justicia dictó sentencia. Contra el
Traidor: Muerte Eterna; contra el Desobediente: Pena de
muerte y Resurrección.