|
Cuando
Dios creó el Hombre proyectó sobre nuestro
ser la Naturaleza Social de su Ser. Sociales por naturaleza
quiso Dios seguir acercándonos a su Naturaleza proyectando
sobre nuestro ser la Inteligencia de su Ser. Inteligentes
por naturaleza quiso Dios acercarnos aún más
a su Ser proyectando su Paternidad sobre nuestro ser. Finalmente,
amándonos con todas sus fuerzas, y viendo que no
encontrábamos el Modelo Divino nos envió a
su Hijo Primogénito para que en su Naturaleza encontrásemos
la naturaleza de Hijo que nos fue dada al Principio.
Hijos
de Dios, sea de la descendencia de Abraham, por la carne
o por el espíritu, sea de la Descendencia de Cristo,
nuestra naturaleza inteligente nos pone delante del Hecho
de la Sociedad en el que Dios ha transformado
su Relación con su Creación. Sobre la cual
entendemos lo que en la Declaración de Principios
se expusiera, que la Libertad y el Amor son las dos columnas
eternas sobre las que Dios ha levantado el Edificio de esta
Sociedad Creador-Criatura. Y nos pone delante de la situación
que nuestro Dios se encontró al tener que salir del
Conflicto Cósmico en que una parte de sus hijos le
obligó a caer. El Modelo Antiguo anterior a la Caída,
habiendo provocado esa situación, tenía que
desaparecer y ser sustituido por uno Nuevo, éste
fundado sobre una Roca Inconmovible cuyo horizonte se abriese
al Infinito y cuyo cuerpo social estuviese inmunizado por la Eternidad contra
cualquier conato de Guerra. Enfrentado
a esta Situación de Revolución, Dios tenía
que adoptar las medidas necesarias, en la matriz de su Victoria
poniendo en primer lugar la Fundación de ese Nuevo
Modelo Social, a cuyo Nacimiento debería quedar supeditado
todo lo demás, incluso el Género Humano, incluso
el Dolor de su Hijo si era necesario.
La
Necesidad impuso su Ley. El Género Humano tendría
que seguir sufriendo los golpes del látigo de la
Guerra Civil perpetua hasta que la Nueva Estructura que
su Creación había de recibir quedase definitivamente
configurada. Con todo el dolor de su Corazón así
debía de ser. La Necesidad le impuso beber el Cáliz
de la Pasión de su Hijo Unigénito. Esa misma
Necesidad tenía que alcanzar su meta y, sufriendo
el dolor pasajero de los siglos venideros, depositando la
creación entera su expectación en el bien
que el futuro nos reservaba a todos, llenarle a Dios la
Copa con las lágrimas que el dolor de dos mil años
había de servirle en abundancia. ¿Quién
podía sino EL, el Dios de la Eternidad y el Infinito,
el Amado de la Sabiduría Increada y Creadora, darle
la vuelta a la tortilla y convertir la Tragedia del Género
Humano en una Epopeya con final feliz? Aliviada su alma
con la Obediencia de su Hijo, que al precio de su sangre
nos engendró a todos, en sus Manos puso nuestras
vidas, depositando en su Juicio la Esperanza de Salvación
Universal en la que la Creación entera, conociéndola,
halló el alivio que los desgarros de nuestra tragedia
habrían de ocasionarle a su corazón.
Un
Reino Universal y Sempiterno, formado por muchos Mundos,
cada uno con su Origen en Tiempos y Estrellas distintas,
creciendo sin límites, extendiendo sin término
sus fronteras y sus naciones. Una Iglesia Universal y Sempiterna,
a la imagen y semejanza de su Señor, depositaria
de las verdades eternas para la alegría de todas
las Naciones y gloria de nuestro Rey. Un Pueblo, el Humano,
formado por muchas naciones, Nación entre otras Naciones,
cada una un Mundo, todos unidos al mismo tronco, la Corona
de Dios, como las ramas al mismo árbol, el Árbol
de la Vida.
Cristo Raúl |