Introducción.
Personalidad del
Autor.
En
el encabezamiento, la carta es presentada como de Santiago, siervo de Dios y
del Señor Jesucristo, sin determinar más. Ahora bien: en el Nuevo Testamento nos son conocidos tres
Santiagos distintos. ¿Cuál de ellos es el autor de nuestra epístola?
Tres son los personajes de nombre Santiago que nos dan a conocer los evangelios. Uno es Santiago, llamado el Mayor, apóstol e hijo de Zebedeo y hermano de San Juan Evangelista, que fue martirizado por Herodes Agripa I hacia el año 44 d.C. Este no puede ser el autor de la epístola, por haber muerto demasiado pronto. Y de hecho ningún autor se la atribuye. Otro es Santiago hijo de Alfeo y también apóstol, que los autores suelen identificar con Santiago el Menor. El tercero es Santiago hermano del Señor y jefe de la iglesia de Jerusalén, hijo de María de Cleofás, hermana de la Virgen Santísima, o mejor dicho, cuñada de ella, ya que Cleofás parece haber sido hermano de San José. De donde se sigue que Santiago no era propiamente hermano del Señor, sino primo de Jesús. Este gozó en los tiempos apostólicos de gran autoridad, no sólo entre los cristianos, sino también entre los judíos. El sumo sacerdote Ananos le hizo condenar a muerte y lapidar el año 62 d.C. A éste atribuye la tradición casi unánimemente la epístola. Se
disputa aún mucho, incluso entre los católicos, si Santiago hermano del Señor
es el mismo que Santiago hijo de Alfeo. La Iglesia griega los distingue, ya que celebra su fiesta
en días distintos (el 9 y 25 de octubre); en cambio, la Iglesia latina los
identifica.
Son varios los argumentos en
que se apoya la tradición de la Iglesia occidental para identificarlos. San Pablo, en
la epístola a los Gálatas, afirma explícitamente que “no vio a ningún otro
apóstol sino a Santiago el hermano del Señor.” Como no puede referirse a Santiago el Mayor, que ya
había muerto hacía años, sus palabras hay que entenderlas de Santiago hijo de
Alfeo. Por otra parte, San Lucas, que distingue bien en el Evangelio y en los
Hechos a Santiago el Mayor de Santiago hijo de Alfeo, después que narra la
muerte del primero, en el año 44, ya sólo habla de Santiago, sin hacer
distinción alguna entre Santiago hijo de Alfeo y Santiago hermano del Señor.
Además, tanto San Lucas como San Pablo nos hablan de Santiago, obispo de
Jerusalén y pariente del Señor, como de un personaje que gozaba de gran
autoridad en la Iglesia naciente e incluso sobre los mismos apóstoles. Todo
esto se explicaría mejor si, además de hermano del Señor, fuera también
apóstol.
Muchos autores modernos, sin
embargo, consideran como poco segura la identificación de Santiago hijo de
Alfeo y de Santiago hermano del Señor. Según estos autores, los textos bíblicos
aducidos no serían suficientes para resolver la cuestión. El texto de la
epístola a los Gálatas lo traducen de esta manera: “Pasados tres años, subí a
Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí a su lado quince días. No vi, sin
embargo, a ningún otro apóstol sino a Santiago el hermano del Señor”. Además, los
hermanos del Señor siempre son distinguidos, tanto en los Evangelios como en
los Hechos, de los apóstoles. A esto se puede añadir lo que dice San Juan: que
los hermanos del Señor no creían en Jesús. Lo cual parece suponer que Santiago hermano del Señor
no debía formar entonces parte del grupo de los apóstoles.
También en la literatura
patrística se dan ciertas dudas y fluctuaciones acerca de la identificación de
Santiago hermano del Señor. Una tradición antigua distingue, además de los dos
Santiagos apóstoles, un tercer Santiago, hermano del Señor. Esta tradición
está representada por el libro apócrifo Recognitiones Clementis, por las Constitutiones
apostolicae, por Eusebio, San Juan Crisóstomo, Mario Victorino y el
Ambrosiáster.
De lo dicho se sigue que la
identificación no es del todo segura, pero todavía es sostenida por muchos
autores católicos.
Autenticidad
y canonicidad de la epístola de Santiago
Ha habido diversos autores acatólicos, como Massebieau, Spitta y Meyer, que han atribuido la epístola de Santiago a un judío no convertido. Habría sido en su origen una especie de Sabiduría judeo-helenística, escrita a mediados del siglo I en Siria o en Palestina y que posteriormente habría sufrido interpolaciones cristianas. Entre los años 80 y 90 habría entrado en el canon cristiano del Nuevo Testamento solamente debido a un fraude: mediante la interpolación del nombre de Jesús en ciertos pasajes y de algunos otros detalles, como la alusión a los presbíteros de la Iglesia. Por su parte, Von Soden, Harnack, Moffat, Dibelius, Paterson y otros consideran la epístola como obra de un desconocido, el cual, usando el artificio literario de la seudonimia, se haría pasar por Santiago. Habría sido compuesta entre los años 70 y 150 d.C. Los
estudios de todos estos autores han servido para confirmar el origen de la
epístola de Santiago: provendría de un ambiente judío y estaría dirigida a los
judíos de la Diáspora. Pero,
por otra parte, no han logrado demostrar que la epístola originalmente no fuera
un escrito cristiano. No solamente el nombre de Jesús atestigua su origen
cristiano, sino principalmente el espíritu evangélico que la penetra desde el
principio hasta el fin y una serie de verdades dogmáticas que encontramos en
ella, las cuales demuestran claramente que la carta fue escrita por un judíocristiano.
Todos esos autores acatólicos
fundan su tesis en argumentos internos muy problemáticos, y, en cambio, no
tienen en cuenta la tradición, que es unánime en atribuirla a Santiago hermano del
Señor.
Antes de Orígenes no poseemos
testimonios explícitos que atribuyan la epístola a Santiago hermano del Señor. Sin
embargo, es utilizada por San Clemente Romano, por el Pastor de Hermas, San Justino,
San Ireneo, Tertuliano y Clemente Alejandrino, que la cita con frecuencia, e
incluso hizo una especie de comentario sobre ella.
También
es importante notar que la epístola de Santiago siempre ha formado parte de las
antiguas versiones: Vetus latina y Pesitta. Esto demuestra que las iglesias que usaban estas
versiones consideraban la epístola de Santiago como auténtica y canónica; de lo
contrario, no la habrían recibido en la colección de las Sagradas Escrituras.
Esto explica también el hecho de que se encuentre en todos los catálogos de los
libros sagrados, si exceptuamos el Fragmento de Muratori y el Canon
Mommseniano.
A
partir de Orígenes comienzan los testimonios explícitos que atribuyen la epístola
a Santiago. Orígenes cita con frecuencia la epístola “que se llama de Santiago”.
Eusebio
afirma que en su tiempo la mayor parte de las iglesias del Oriente leían
públicamente la epístola que se atribuye a Santiago. En Occidente tardó más en
ser admitida; pues, aunque parece que San Clemente Romano, el Pastor de Hermas,
Novaciano y San Hipólito de Roma la conocieron, no se encuentra, sin embargo,
en el canon de Muratori, ni es usada por Tertuliano, ni por San Cipriano, ni
por Lactancio. Solamente a partir de mediados del siglo IV, cuando las
relaciones entre Oriente y Occidente se hicieron más íntimas y el canon de la
Sagrada Escritura se fue uniformando, vemos a las iglesias de Italia, España,
Galias y África aceptar la epístola de Santiago.
San Hilario cita la epístola
de Santiago a propósito de textos de los cuales abusan los herejes. Y da a Santiago
el título de apóstol. Del mismo modo se expresa el Ambrosiáster, que debió de
escribir hacia el año 375. El concilio de Roma, reunido en el año 380 por San
Dámaso, contiene en su canon la epístola de Santiago. San Jerónimo resume las peripecias por las que tuvo
que pasar la epístola con estas palabras: “lacobus, qui appellatur frater
Domini., unam tantum scripsit epistolam, quae de septem catholicis est, quae et
ipsa ab alio quodam sub nomine eius edita asseritur, licet paulatim tempere
procedente obtinuerit auctoritatem.”
Después del siglo IV la tradición se puede considerar casi unánime. Las dudas sobre la autenticidad y canonicidad de la epístola fueron debidas, al parecer, a la incertidumbre sobre el apostolado de Santiago hermano del Señor. En el siglo XVI volvieron a surgir ciertas dudas a propósito del autor de la epístola más bien que sobre su canonicidad. Erasmo y el cardenal Cayetano dudaron de que hubiera sido compuesta por Santiago hermano del Señor. Lutero la llama “epístola de paja,” y la retiró del canon como contraria a su doctrina de la justificación por la sola fe. Sin embargo, los otros reformadores: Melanchton, Zwinglio, Calvino, alaban la doctrina y la utilidad de la epístola de Santiago y reconocen su carácter inspirado. Finalmente,
el concilio Tridentino definió solemnemente la canonicidad de la epístola. Pero con esta definición no ha querido
zanjar la cuestión de su autor, determinando de qué Santiago se trata.
Los datos de la tradición
sobre la autenticidad de la epístola son confirmados al mismo tiempo por
diversos argumentos internos. El autor se muestra gran conocedor del Antiguo
Testamento, del que toma sus ejemplos, frases y pensamientos. Las asambleas
de los fieles son llamadas sinagoga; el amor desordenado del mundo es un adulterio
contra Dios; se alude a la oración de Elías para indicar la eficacia de la
oración; a Job y a los profetas como modelos de paciencia. La doctrina y el espíritu de la epístola
muestran claramente que su autor es un discípulo apasionado de Jesucristo, que
recuerda a los fieles las enseñanzas del Maestro. Para él son dichosos los que
padecen, los que escuchan y ponen en práctica la palabra de Dios. Los cristianos
han de ser perfectos para imitar a Cristo, no han de emplear el juramento, etc.
También se podrían citar diversas semejanzas de estilo entre la epístola, el
discurso de Santiago en Jerusalén ;y el
decreto conciliar redactado por el mismo.
Carácter
literario de la epístola de Santiago.
La
epístola de Santiago está escrita en una lengua griega elegante. En ningún otro libro del Nuevo Testamento
se encuentra un griego tan puro. Según el P. Abel, sería la mejor pieza literaria
del Nuevo Testamento. Ningún
autor sagrado se habría acercado tanto a la lengua clásica como nuestro autor.
Ninguno habría conservado una corrección tan constante ni habría conseguido
tanta elegancia. El vocabulario es preciso, rico en hipas y en expresiones muy felices,
que se prestan a paronomasias, a verdaderos juegos de palabras que manifiestan
el perfecto conocimiento de un idioma. La sintaxis es sencilla; la frase es breve y correcta,
sin articulación de períodos y con cierta cadencia rítmica. El empleo de
partículas y de conjunciones es también, en general, correcto. Las
interrogaciones que se intercalan y las expresiones pintorescas comunican gran
viveza a la narración. El pensamiento se desarrolla siguiendo los procedimientos
conocidos de los moralistas griegos en la diatriba.
Pero al llegar aquí surge
espontáneamente la objeción: ¿Cómo Santiago el hermano del Señor, judío-galileo
de origen, ha podido componer la epístola en un lenguaje tan perfecto, siendo
así que él no debía de conocer el griego sino imperfectamente? Pues ni siquiera
San Lucas y San Pablo, educados en la cultura griega, escriben con tanta
elegancia.
Para explicar esta dificultad,
diversos autores (Wordsworth, Burkitt, etc.) han acudido a la teoría de la
traducción de un original semítico. Sin embargo, el ritmo, las aliteraciones,
que suelen desaparecer en las traducciones, son un argumento muy fuerte en
favor de un texto original griego. Por eso, otros autores prefieren acudir a la
teoría de un secretario-redactor, conforme al uso bastante frecuente en aquella
época. Sin duda que no debían
de faltar en la Iglesia de Jerusalén helenistas cultos, lectores asiduos de los
LXX y conocedores de los moralistas griegos, que pudieron servir de secretarios
a Santiago. No obstante, la conexión de las palabras y de las frases, la inclusio y
las aliteraciones presuponen no un simple dictado, sino una redacción y un
trabajo que implican reflexión.
Por otra parte, no faltan los
indicios que revelan un autor judío habituado a pensar y a discurrir a la
manera judía. Sus exhortaciones morales nos recuerdan la enseñanza moral del Antiguo
Testamento. Su estilo y vocabulario conservan trazas de semitismos. Su mentalidad,
de giro concreto, es muy propia del genio hebraico. Incluso su modo de hablar
de Abraham, de la paternidad divina, de la vegetación, revelan una mentalidad
hebrea.
La epístola de Santiago, en su conjunto, es un escrito compuesto exclusivamente de una serie de exhortaciones morales bastante independientes entre sí. Unas veces desarrollan un tema determinado; otras veces están unidas simplemente por el empleo de las mismas palabras o de ciertas asonancias verbales. El estilo es a veces sentencioso, como el de los sabios de Israel; vivo, animado, dramático, como en los antiguos profetas. Mas su exposición conserva siempre un carácter claramente didáctico y manifiesta numerosas semejanzas con las partes morales del Antiguo Testamento y, sobre todo, con la literatura gnómica. Santiago
sólo cita textualmente el Antiguo Testamento en cuatro ocasiones. Sin embargo, las alusiones al Antiguo
Testamento son muy numerosas; más numerosas que en cualquier otro libro del
Nuevo Testamento; pero al mismo tiempo son muy vagas. A veces la semejanza está
sólo en los términos, y con mayor frecuencia está en las ideas y no en los
términos. La epístola parece mirar más a las paráfrasis y a los comentarios
que entonces circulaban entre los judíos que al texto de la Sagrada Escritura.
Utiliza el fondo común de la enseñanza sapiencial que se empleaba en la
predicación de las sinagogas en el siglo I d.C.
Nuestra
epístola tiene también ciertas semejanzas con algunos pasajes parenéticos de escritos
judíos antiguos, como la Carta de Aristeas, el Testamento de los doce
patriarcas, 1 Enoc, 4 Macabeos, el Documento de Damasco y el Manual de la
disciplina de Qumrán. Si bien el autor debió de estar abierto a las tradiciones
del mundo judío, sin embargo, las
considera y se aprovecha de su contenido en función del mensaje cristiano. Esto
explica las numerosas coincidencias que se manifiestan con las partes morales
de los libros del Nuevo Testamento y con los Padres apostólicos: Clementis,
Pastor de Hermas, etc. Es que
el autor trata de transmitir a sus lectores algo de la catequesis cristiana que
solía dirigir habitualmente de viva voz a los fieles reunidos en las asambleas
litúrgicas.
También
se advierten en la epístola ciertas analogías con los moralistas paganos, sobre
todo por el uso constante de la diatriba griega cínico-estoica: intervención de
un locutor ficticio; acumulación de diálogos, de personificaciones, de
imperativos; transiciones mediante una asonancia verbal, una objeción, una
pregunta o una interpelación; abundancia de imágenes y comparaciones, de
ejemplos; conclusiones en forma de antítesis. Esto no nos ha de extrañar si
tenemos presente la influencia profunda que ejercía la diatriba estoica sobre
la predicación sinagogal de la Diáspora judía y sobre los escritos homiléticos
contemporáneos. De lo dicho
podemos concluir afirmando que la epístola emplea el género parenético judíohelenista,
que viene a ser como una prolongación del género sapiencial del Antiguo
Testamento, y a su vez se distingue de la diatriba profana por su seriedad y
profundidad.
Doctrina de nuestra epístola.
“La
doctrina de la epístola — como dice A. Charue — manifiesta un estadio arcaico
en cuanto a su expresión y a su sistematización. Las dos economías del judaísmo y del cristianismo no
están todavía claramente disociadas, y la novedad evangélica se expresa siempre
en el lenguaje tradicional de la antigua Biblia. La fe monoteísta es propuesta
de tal modo, que incluye virtualmente toda la vida religiosa (2:19). La Ley, y
en particular el Decálogo, constituyen todavía la carta fundamental de la
religión, aunque su interpretación pertenece de un modo soberano al Evangelio
(2:8).”
El carácter doctrinal de la epístola es realmente judío. Pero la índole judaica de sus exhortaciones y de su doctrina está claramente marcado y penetrado por un verdadero espíritu cristiano. La epístola de Santiago parece representar el momento doctrinal que caracteriza el estrato más antiguo de la tradición sinóptica. De ahí que las semejanzas que se pueden establecer entre las enseñanzas de Jesús en los sinópticos, especialmente en el sermón de la Montaña, y nuestra epístola son numerosas. Estas analogías doctrinales manifiestan una misma tradición, y se explican por la común pertenencia al mismo ambiente doctrinal: al ambiente presinóptico palestinense. Tanto
en el sermón de la Montaña como en la epístola de Santiago se manifiesta el mismo
espíritu y se habla en términos análogos de la paciencia cristiana y de la
alegría en los sufrimientos; de los pobres, que heredarán el reino; del perdón
de los pecados, del cumplimiento de la palabra oída, de los misericordiosos,
que obtendrán misericordia; del perfeccionamiento de la Ley por la caridad. Se
condena el mal uso de las riquezas y del juramento. En una palabra, el autor de
la epístola se muestra embebido en las ideas de la primitiva catequesis
cristiana.
Santiago persigue en su
epístola un fin eminentemente práctico, y, por lo tanto, no expone de un modo
sistemático las verdades de fe. Sin embargo, su epístola encierra elementos doctrinales
de suma importancia para el dogma católico.
Se
afirma expresamente la unidad de naturaleza en Dios, pero no se alude en ningún
lugar a la trinidad de personas. Dios es creador inmutable de los Astros y de
los hombres. Es omnipotente y dueño de toda la actividad humana; es autor de
todo bien, especialmente de la sabiduría, de la regeneración y de la revelación
profética. Dios es sumo bien, del cual no puede provenir el mal, sino toda
clase de bienes. Dios es el padre de los hombres, que escucha sus oraciones,
perdona sus pecados y les da su gracia. Para Dios, todos los hombres son hermanos,
que han de amarse como tales. Dios es el legislador y juez soberano, que puede
salvar y condenar; pero su juicio será misericordioso para aquellos que han
hecho misericordia.
La Cristología de nuestra
epístola está poco desarrollada. Jesucristo es nombrado tan sólo dos veces
explícitamente, pero es presentado claramente como Señor y Salvador, o sea, como
Dios. El es el Señor de la
gloria y el autor y el objeto de la fe cristiana. Su buen nombre es invocado
sobre los cristianos en el bautismo y es principio de salvación. En su nombre
los presbíteros administran la unción a los enfermos, y el Señor los aliviará y
les perdonará sus pecados. Sin
embargo, no se habla de la vida mortal de Cristo ni de su pasión, muerte y resurrección,
que supone ya conocidas de sus lectores. En cambio, Santiago advierte
a sus lectores que la parusía del Señor está cerca, que el Juez está a las
puertas; y les dirige la misma advertencia que los sinópticos.
Del
hombre se dice que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios; que es pecador,
pero que será regenerado por el bautismo y destinado a la vida eterna. Sus
pecados son perdonados por la confesión, la oración mutua, la caridad fraterna y
la extremaunción. Los seres
humanos serán salvados no por la sola fe, sino por la fe unida con la caridad
fraterna. Esta caridad se ha de manifestar en las obras, es decir, en la ayuda
material, en la misericordia, en la oración mutua, en la admonición espiritual,
en la abstención de la maledicencia y de las querellas, en el pago del salario
a los empleados. Consistirá, en una palabra, en la práctica del Evangelio. En
las pruebas y en el dolor, que pueden venir incluso sobre los justos, el hombre
debe pedir a Dios la ciencia de saber sufrir porque Dios premiará los dolores
sufridos por El.
La Iglesia en la epístola de Santiago se presenta, al mismo tiempo, como la asamblea local y la asamblea general de todos los cristianos desperdigados por el mundo. Está compuesta de presbíteros, cuyo ministerio se ejerce, con los neófitos, en el sacramento de la regeneración; y con los enfermos, en el sacramento de la extremaunción; y de didáscalos o maestros, que al mismo tiempo pueden ser jefes, como el autor mismo, y formar una misma cosa con los presbíteros. Los cristianos regenerados por Dios en el bautismo son gobernados por un jefe, que les da sus directrices, y por la ley perfecta de la libertad.
Relación entre la epístola de Santiago y la epístola a los Romanos.
Los
autores discuten todavía hoy las relaciones existentes entre estas dos
epístolas de Santiago y de San Pablo. Muchos son los que admiten una dependencia, o bien de Santiago respecto
de San Pablo (San Agustín, San Beda, M. Sales, J. Chaine, etc.), o bien de San
Pablo respecto de Santiago.
Esta cuestión es suscitada por
el hecho de que se encuentra entre ambos un estrecho paralelismo. Algunos de
los escritos de San Pablo, especialmente las epístolas a los Gálatas y a los
Romanos, presentan estrechas analogías con la epístola de Santiago en lo
referente a la justificación por medio de la fe o de las obras. Entre ambas
partes existen semejanzas verbales, se emplean las mismas imágenes, los mismos
ejemplos, el mismo trinomio de fe, justicia, obras.
San
Agustín, San Beda y la mayoría de los autores católicos han creído que Santiago
ataca a ciertos fieles que interpretaban mal la tesis de San Pablo sobre la
justificación por la sola fe. Lutero, en cambio, sostiene que Santiago había
querido oponerse a San Pablo en la cuestión de la justificación por la fe.
Hoy día, por el contrario, la
crítica es más reservada. Un estudio más sereno y profundo de Santiago y de San
Pablo ha llevado a la conclusión de que ambos autores trataban dos cuestiones
diferentes o bajo distintos puntos de vista. Y que, por lo tanto, no puede
haber entre ellos contradicción, aunque a veces empleen el mismo vocabulario.
En este sentido observaba E. Tobac hace ya varios decenios: Si después de la
Reforma era frecuente oponer Santiago a San Pablo, esto fue debido a que se
estudiaba su epístola desde el punto de vista paulino. Se olvidaba también el
principio de exégesis de que las mismas palabras pueden tener sentidos
diferentes y que antes de comparar dos autores conviene estudiarlos
separadamente. Ahora bien, cada día convienen más los autores que “los
argumentos del hermano del Señor no se oponen en nada a la tesis del Apóstol de
los gentiles. No existe verdadera oposición ni con la concepción paulina
considerada en su conjunto ni con ciertos aspectos de esta concepción.” Las pretendidas
antinomias se reducen a una diferencia en los puntos de vista. Cuando San Pablo pone en guardia a sus
lectores contra las obras, se refiere únicamente a las obras de la Ley mosaica,
a las observancias de una Ley que ya había sido superada. En su lucha contra
los judaizantes quiere probar que la circuncisión y demás prácticas rituales, a
las que los judíos atribuían gran importancia, no valían para nada al cristiano.
Santiago, por el contrario, procede de manera distinta. Las obras que él
recomienda son las buenas acciones, que sirven para santificar al fiel: la
caridad para con el prójimo, la obediencia a las órdenes divinasla
hospitalidad, la abnegación. San Pablo también considera como indispensable la
práctica de estas virtudes.
Si, por otra parte, la epístola de Santiago parece rebajar la fe en favor de las obras, es que se refiere a una fe desnaturalizada, a una cierta pereza moral que pretende legitimarse por la posesión de la verdadera fe, a un simple asentimiento del intelecto a la palabra de Dios, que no influye para nada sobre la vida. Semejante fe es incapaz de salvar, está muerta, e incluso la poseen los demonios. También Santiago conoce, como San Pablo, una fe que opera por medio de la caridad. Santiago no trata la cuestión de la gratuidad de la fe, sino que exhorta a los fieles a observar los mandamientos y a llevar una vida conforme al querer divino. Pablo, en cambio, enseña que, en el momento de la conversión, el infiel es justificado independientemente de las prácticas de la Ley mosaica o de sus méritos personales. Teniendo en cuenta los
diferentes puntos de vista de Santiago y Pablo, creemos que no es necesario
hablar de dependencia literaria. Ambos autores habrían compuesto sus
respectivas epístolas independientemente el uno del otro. Si no se quiere
tener esto en cuenta y se persiste en admitir influencia literaria, sería
influencia de Santiago sobre San Pablo, pues su epístola parece anterior. Y si Santiago se propone en su epístola
polemizar, como creen muchos autores, no lo hace directamente contra San Pablo,
sino más bien contra ciertos cristianos relajados, que, tal vez fundándose en
la libertad aportada por el Evangelio, se creían dispensados del cumplimiento
de las obras buenas, especialmente las impuestas por la caridad.
San Pablo se dirige a
cristianos judaizantes que atribuían excesiva importancia a las prácticas de
la Ley mosaica. Por este motivo, insiste sobre la gratuidad de la justificación, en
conformidad con la doctrina bíblica y las enseñanzas de ciertos movimientos
religiosos judíos de aquella época, como la secta de Qumrán. Santiago, por el
contrario, teme que los cristianos, apoyándose en semejante doctrina, que debía
ser bien conocida en ciertos ambientes religiosos judíos, se contenten con una
fe teórica y fácil, que no tenga influencia alguna sobre la vida moral. Esta
es la razón de que insista sobre la necesidad de las obras.
Destinatarios de nuestra
epístola.
La
epístola de Santiago va dirigida a las doce tribus de la dispersión. Esta expresión no quiere decir que mire
únicamente a los judíos. Porque si bien es verdad que tiene en la mente a los
judíos, como lo demuestran las palabras citadas y el continuo uso del Antiguo
Testamento, tampoco hay duda que habla a lectores cristianos, a judíos
convertidos. Han sido regenerados en Jesucristo por su Evangelio, creen en
Jesucristo resucitado, obedecen a la ley de la libertad, viven en espera de la
parusía del Señor. Además, los
defectos que combate y las virtudes que supone en sus lectores convienen mejor
a cristianos salidos del judaísmo que a gentiles convertidos.
Santiago tampoco parece preocuparse
de los peligros más frecuentes que existían en el mundo pagano: idolatría,
crápula, pecados de la carne, etc., como lo hace San Pablo. Santiago
combate principalmente los defectos propios de los ambientes judíos: hipocresía,
orgullo religioso, egoísmo, adulación de los ricos y envidia de los bienes
terrenos, espíritu partidista, espíritu de intriga, de maledicencia, de rencor.
El defecto que más parece preocupar al autor lo constituyen las relaciones
entre ricos y pobres. Los ricos convertidos al cristianismo, en muchos casos al
menos, parece que continuaban abusando de las riquezas y explotando a los pobres.
Al mismo tiempo, en torno a los ricos no faltaban los aduladores, que esperaban
crecer mediante la adulación.
Los
cristianos a los cuales se dirige Santiago parecen ser, en su mayor parte,
gentes pobres, que realizan materialmente en sí mismos la pobreza, ensalzada
por Cristo. Pero también hay
entre ellos algunos que no se contentan con ser pobres, sino que tienen envidia
a los ricos y aspiran a poseer para gozar como los ricos.
Por
el hecho de que la epístola de Santiago fue escrita en griego — como ya dejamos
dicho —, es muy probable que el hermano del Señor se dirija a los judíos
helenistas convertidos que vivían fuera de Palestina. Estas comunidades
extranjeras conservaban, sin embargo, lazos muy estrechos con la iglesia de
Jerusalén y dependían en cierto sentido del obispo de Jerusalén.
Ocasión
y finalidad de la Epístola.
En el seno de las comunidades cristianas primitivas existían, a pesar de su ardiente fe en Cristo, desigualdades sociales. Estas daban ocasión a envidias y a injusticias entre ricos y pobres. Muchos ricos se creían dispensados de hacer obras buenas en favor del sector necesitado de los cristianos e incluso negaban el salario al obrero y esclavizaban al justo. Santiago,
habiéndose enterado de este estado de cosas, escribió su epístola, en la que se
propone dar ánimos a los fieles víctimas de las injusticias sociales y exhortar
a ricos y pobres a una vida más conforme con los principios cristianos. Esto le lleva a inculcar a los cristianos laxos
el cumplimiento de las obras de caridad, de las que se consideraban
dispensados.
Por este motivo, la carta de
Santiago contiene una serie de normas morales inspiradas en los libros
Sapienciales del Antiguo Testamento. Tiene la forma de una instrucción o de una
exhortación moral. El autor parece mirar a las dificultades de orden moral y
social, sobre todo a una cierta tensión existente entre los pobres y los ricos. El
fin principal de la epístola sería, por lo tanto, recordar la enseñanza
auténtica del Evangelio acerca de la riqueza y de la pobreza, de la paciencia
en soportar las pruebas y de la paz social.
Fecha y lugar de composición
de la epístola.
Acerca
de la fecha de composición existen entre los autores dos opiniones: unos la
colocan al final de la vida del obispo de Jerusalén, muerto el año 62 d. C,
porque consideran la epístola de Santiago como dependiente de las epístolas
paulinas; otros consideran la epístola como uno de los documentos más antiguos
del Nuevo Testamento, escrito entre los años 35 y 50 d.C.
Esta segunda opinión nos
parece más probable. Las razones que abogan en favor de esta fecha
primitiva son los indicios que en ella se descubren de un cristianismo
primitivo: estadio embrionario de la comunidad cristiana, ignorancia de la
predicación evangélica entre los paganos. La epístola parece anterior a las
controversias judaizantes que explotaron alrededor del año 50, ya que no alude
para nada a la crisis judaizante y a las decisiones tomadas en el concilio de
Jerusalén. La cristología está muy poco desarrollada y presenta mayor afinidad
con los discursos de Pedro en los Actos que con la teología paulina. Además, el tono
de la enseñanza parece prepaulino.
La
situación en Palestina se comprende mejor antes de la catástrofe del año 70
d.C.: el Juez está a las puertas, y los ricos que han amontonado riquezas para
los últimos días todavía no sufrieron el castigo.
Leconte
desarrolla otro argumento, relacionando nuestra epístola con la primera de San
Pedro y la de San Judas.Según
este autor, la carta de Santiago era leída desde hacía tiempo en la Iglesia
cuando apareció la epístola de San Pedro. Ambas presentan asombrosas
semejanzas: van dirigidas a los fieles de la Diáspora; hablan en términos
análogos del nuevo nacimiento del cristiano; recomiendan la alegría en las
pruebas; exhortan a someterse a Dios y a resistir al diablo, alegando el mismo
texto de los Proverbios, citado según los LXX. Existen, además, otros muchos
textos, que se podrían citar, los cuales demuestran que San Pedro utilizó la
epístola de Santiago.
También
la epístola de San Judas, muy afín a las cartas de San Pedro, y como ellas de
la segunda mitad del siglo I, se comprendería mejor si se refiriese a un escrito compuesto anteriormente por
Santiago el hermano del Señor.
El lugar de composición debió de ser Palestina. Esto parece corroborado por el hecho de ir dirigida a los cristianos de la Diáspora. Además existen en la carta ciertas alusiones a las condiciones especiales de Palestina, Por otra parte, la doctrina de la epístola presenta estrecho parentesco con la forma palestinense de la tradición sinóptica.
Argumento y división de la
epístola.
El
argumento de esta epístola es múltiple, y por eso es sumamente difícil dar una
división de ella, a pesar de los esfuerzos de algunos autores (H. J. Cladder).
Consta de una serie de instrucciones y exhortaciones morales independientes
entre sí y unidas solamente por asociación de ideas, por la repetición de un
término, de una preposición, de una asonancia, o por una antítesis verbal. Santiago escribe siguiendo el modelo de los
libros Sapienciales del Antiguo Testamento, sin preocuparse de un nexo
rigurosamente lógico. Por esta razón sólo señalaremos las ideas
fundamentales.
1.Encabezamiento
y saludo.
2.Consejos
prácticos para soportar bien las pruebas.
Alegría en las pruebas.
Oración pidiendo la sabiduría.
El pobre y el rico ante la
prueba.
La recompensa prometida a la
prueba.
3. El origen de la tentación.
No procede de Dios .
La tentación proviene de la
codicia humana.
c) De Dios proceden todos los
bienes.
4. Deberes del cristiano
respecto de la Palabra de Dios.
Docilidad a esa Palabra.
Hay que practicarla fielmente. No
hablar en vano, sino mostrarse generoso.
5. Imparcialidad entre el
pobre y el rico.
No tener acepción de personas.
Superioridad del pobre delante
de Dios.
Actitud indigna de los ricos.
La caridad y la misericordia
son necesarias.
6. No hay verdadera fe sin
obras.
La fe sin las obras es fe
muerta.
Argumento tomado del modo de proceder de los demonios. Prueba de Sagrada Escritura.
7.
Dominio de la lengua .
Responsabilidad
del que enseña.
Peligros y excelencia de la
lengua.
8. Verdadera y falsa sabiduría.
Peligros de la falsa sabiduría.
Cualidades de la sabiduría que
viene de Dios.
9. Las pasiones engendran la
discordia.
Las causas que la motivan son:
la envidia.
La segunda causa de discordia:
el amor del mundo.
La tercera causa de discordia:
el orgullo.
La cuarta causa de discordia:
la maledicencia.
10. Advertencia a los ricos. Sus proyectos son efímeros.
Sus alegrías engañosas.
11.
Exhortaciones finales.
Exhortación
a la paciencia.
Hay que evitar el perjurio.
Se ha de acudir a Dios en la
oración.
La corrección fraterna.
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