La
Sagrada Biblia |
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INTRODUCCION de Cristo Raul A LA BIBLIA I Dice la Biblia que al principio Dios creó al hombre a su imagen y
semejanza. Y al igual que su Hijo es el Señor entre todas las criaturas que le
rodean, asimismo creó al Hombre para dominar sobre todas las criaturas de
nuestro mundo. Y sigue diciendo que la gloria del ser humano fue objeto de la
envidia de otro miembro de la Casa de los hijos de Dios, quien, siendo malvado,
deseó ese poder de unir todas las almas en un sólo Pensamiento mirando a
moverlas a su antojo criminal en el tablero de su concepción infernal de la
Creación.
El Evangelio dice que como Jesús no empujó a Judas a traicionarle,
aunque sabía que la traición rondaba su corazón, Dios también conocía la posibilidad
de la traición de Satán, y para mantener lejos el pensamiento de la acción puso
entre el Hombre y todos sus hijos la Ley, por la cual, fuera quien fuese, quien
interviniese en el destino del Hombre lo pagaría con el Destierro de su Reino.
En cuanto Padre, Dios creyó que ninguno de sus hijos se atrevería a
convertir en sabiduría la locura de declararle la guerra a su Verbo; y,
olvidándose de todo lo pasado, comenzarían una nueva Era en la que,
efectivamente, siendo el Hombre la criatura más frágil del mundo tendría la
Gloria de quien con su Pensamiento mantiene en la Unidad a todas las criaturas
del Universo.
Como el miedo a tocar al Hijo de Dios no detuvo a Judas, tampoco el
miedo a Dios detuvo a Satán y a sus malvados aliados homicidas. Y es que Adán
tenía un talón de Aquiles. Dios le dio por horizonte de crecimiento su
Omnisciencia, pero al no haber sido forjada su mente en los hornos de la
Ciencia del Bien y del Mal su alma era como la de un niño.
Ninguna palabra que podamos lanzar a las olas puede describirnos las
propiedades del alma de Adán mejor que las escritas por Salomón, su
descendiente:
En ella hay un espíritu inteligente, santo, único y multiple, ágil,
penetrante, inmaculado, claro, inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor.
Amante de los hombres, estable, seguro, tranquilo, todopoderoso, omnisciente,
que penetra en todos los espíritus inteligentes, puros, sutiles. Porque la
Sabiduría es más ágil que todo cuanto se mueve, se difunde su pureza y lo
penetra todo; porque es un hálito del poder divino y una emanación pura de la
gloria del Dios Omnipotente, por lo cual nada manchado hay en ella. Es el
resplandor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de
su Bondad. Y siendo una todo lo puede, y permaneciendo la misma todo lo
renueva, y a través de las edades se derrama en las almas santas, haciendo
amigos de Dios y profetas; que Dios a nadie ama sino al que mora con la
Sabiduría. Es más hermosa que el sol; supera a todo el conjunto de las
estrellas, y comparada con la luz queda en primer lugar. Porque a la luz sucede
la noche, pero la maldad no triunfará de la Sabiduría.
Habiendo sido forjada su mente entre lirios y azucenas cultivados en
los jardines del Conocimiento de todas las cosas, el Primer Hombre era como un
niño a la hora de hablar de la mentira, del engaño, del falso testimonio, la
traición, la envidia, la ambición, la crueldad, la violencia, la
guerra, la injusticia, la corrupción; en definitiva, la Ciencia del
Bien y del Mal. Aquel Hombre conocía la Ciencia del Bien y del Mal como el niño
sabe que la electricidad mata pero nunca ha metido los dedos en un enchufe, ni
necesita meterlos para saber que una descarga eléctrica mata, su padre se lo ha
dicho, la palabra de su padre es ley, por el amor, y no necesita vivir la
experiencia para descubrir en el valor de la palabra la naturaleza del
conocimiento.
De esta manera forjada su mente en el espíritu del Verbo, "la
Palabra de Dios es ley", todo lo que hacía falta para engañar a Adán era
hacer como que se venía en nombre de Dios.
Esta simple trampa significaría declararle la guerra al mismísimo Dios
y exponerse al Destierro ad eternum et ad infinitum de su Reino, pero ¿qué era
preferible -se dijeron los conjurados en la Traición de la Serpiente Antigua- vivir en
un mundo donde la Verdad, la Justicia y la Paz gobiernan el universo, o morir
luchando por la transformación del Universo en un Olimpo gobernado por dioses
todos más allá de la Justicia?
Esta estructura perversa y maligna de pensamiento dio lugar a la Caída
de Adán.
¡Pero no a la destrucción del Hombre! Un guerrero demoníaco, un
asesino curtido en crímenes se había alzado contra un niño y había utilizado su
muerte como hacha para declararle la guerra al Padre de ese niño. La Biblia
dice que traspasado su corazón por la lanza de la traición Dios se vistió de
guerra y alzando su Brazo al Cielo juró por su gloria y su nombre que acabaría con todos sus enemigos, no dejaría cabeza sobre
cuello:
“Ciertamente yo alzo mi mano al Cielo y juro por mi eterna vida;
cuando yo afile el rayo de mi espada y tome en mis manos el juicio, yo
retribuiré con venganza a mis enemigos y daré su merecido a los que me
aborrecen, emborracharé de sangre mis saetas y mi espada se hartará de carne,
de la sangre de los muertos y los cautivos, de las cabezas de los jefes
enemigos” -dijo Dios.
Dice también la Biblia que los asesinos de Adán se rieron de la
amenaza de Dios. Pero lo que no dice la Biblia es que las consecuencias de la
Traición de la Serpiente le abrieron los ojos a Dios y, viendo, descubrió a su
verdadero enemigo, la Muerte. Una Muerte de la que en su inocencia El se
declaró su enemigo el día que revolucionó la Realidad con su deseo de creación
de vida inteligente a su imagen y semejanza -sobre lo cual ya estaréis al
corriente después de haber leído la Historia Divina.
Entremos, con todo, en la naturaleza del "último enemigo":
La Muerte
II La Vida y la Muerte formaron parte de la estructura de la Realidad desde
el principio sin principio de la Increación. El Deseo Divino de elevación de
todas las cosas al plano de la Vida Eterna fue el Principio de la Revolución
Cósmica cuyo fin devino la Creación. Lo que sí es cierto es que la Increación
no podía extirpar de su cuerpo una Fuerza Ontológica que le era natural desde
la Eternidad. Pero tal era la Revolución que Dios
desató en el Infinito al concebir un Nuevo Universo.
Inconsciente Dios, respecto a las consecuencias cósmicas de la Revolución que su Deseo implicaba, y ante la imposibilidad de hacer que Dios renunciase, la Muerte buscó la forma de coexistir en el seno de la Creación de Dios. Primero tentó a Dios con el fruto de la Ciencia del Bien y del Mal, y cuando Dios lo rechazó levantó su Infierno contra la obra de sus manos. Como no pudo hacerle desistir de su Deseo atacó directo al Corazón, buscando ahogarle en el pozo de una Soledad sin fondo. Pero lo mismo esta vez que durante la anterior la
Sabiduría Increadora se adelantó a sus planes transformando el Mal buscado en
un Bien encontrado: la transfiguración del Único Dios Verdadero en el Padre y
el Hijo.
La explosión de alegría sobre cuya Roca quedaron establecidos los
fundamentos del Nuevo Universo a partir del Nacimiento del Padre y del Hijo en
el Espíritu Santo del Dios de la Eternidad y del Infinito, le sirvió a la
Muerte de pantalla tras la que esconderse y esperar su momento.
La Vida le ofreció a Dios su fruto, el Cielo, y Dios lo amó. La Muerte
le ofreció el suyo, el Infierno, y Dios lo rechazó.
Agazapada, al acecho, la Muerte encontró su momento durante la Primera
Semana de la Creación. Aprovechando las Eras de Regencia de su Imperio por la
Casa de Yavé y Sión, la Muerte contraatacó y sumió el Paraíso bajo las olas de su Infierno. Por dos veces la Guerra
se hizo.
A raiz de las Dos Guerras del Cielo -sobre las cuales habréis leído un
resumen en la Tercera Parte de la Historia Divina- y a consecuencia de ellas,
fue abriendo Dios los ojos a la existencia de una Fuerza que estaba actuando en
su Creación y la estaba conduciendo a la ruina. Pero atribuyendo las causas a la
soledad y al aislamiento de sus hijos durante los Periodos Creacionales, Dios
revolucionó la estructura de su Mundo de la forma que habéis leído en la
Historia Divina. La Primera de las medidas contra el estallido de una Tercera
Guerra Universal entre sus hijos consistió en la transformación de la Creación
en un Espectáculo abierto a todos los Pueblos del Universo, la segunda medida
fue darle a su Hijo Primogénito el papel de la Estrella de ese Espectáculo. De
donde se entiende que se escribiera: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y
semejanza", es decir, hijos de Dios, y no a la semejanza de los dioses,
según el Diablo se lo dijera a Adán: "Seréis iguales que los dioses".
Entonces, tomadas las decisiones pertinentes, la Historia del Universo
siguió su curso. Cual dije en la Historia de Jesús, entre las medidas que Dios
adoptó contra el estallido de una Tercera Guerra Universal figuró -como colofón
especial- la creación del Hombre: Alma Viviente, expresión carnal de su
Pensamiento, reflejo de la Realidad Paternal Divina, Espejo de su Bondad, que
extendiéndose por toda la Creación une a todos los Pueblos del Universo en una
sola y única Verdad.
Y así fue; y así se hizo. Mas a la hora de alcanzar la meta, cuando
Dios creyó que con la Formación del Hombre podía darse por cerrada la era de
las grandes guerras del Cielo, estalló la temida y temible Tercera Guerra
Universal, por campo de batalla: La Tierra.
Traspasado su Corazón de Padre por la muerte de su hijo Adán, pero
maravillada su Inteligencia por la locura de "aquella generación rebelde",
locura de la que El ya no podía seguir echándose las culpas, viendo a su hijo
Adán convertido en el hacha de guerra desenterrada contra su Espíritu Santo:
Dios abrió los ojos y vio a su Enemigo, ¡la Muerte!.
Una Nueva Revolución Cósmica se imponía. Únicamente Dios podía
desterrar del cuerpo de la Creación lo que de siempre formó parte del cuerpo de
la Increación, ¡la Muerte! La Caída de Adán, la Traición de la Serpiente,
serían recordados en el futuro como se recuerdan los malos momentos, mas si El
quería que esos malos momentos no volviesen, ni se hiciesen crónicos y que con
el tiempo se complicasen hasta arrastrar toda su Creación al Infierno, Dios
debía desterrar la Muerte de su Creación y reconfigurar su Mundo para que el
Conocimiento de la Ciencia del Bien y del Mal se quedase en eso, en
conocimiento.
Más que al Hombre y a su Salvación, entonces, hablando de Cristo, Dios debía mirar al Futuro de su Creación. Si a ésta no se le garantizaba un futuro ¿de qué nos vale salvación para hoy y condenación para mañana? Era el
Edificio de la Sociedad Creador-Criatura el que debía volver a ser
preconfigurado y vuelto a ser fundado sobre una Roca Indestructible. Fundación
que le tocaba a El y sólo a El porque era contra su Espíritu Santo que la
Muerte había alzado su Infierno.
La primera parte de su Libro, el Antiguo Testamento, trata del Anuncio
de esta nueva Reconfiguración de su Mundo. Y como se ve de lo que se lee, sobre
la naturaleza específica de las medidas revolucionarias que se juró por su
Gloria y Nombre consumar.
Pero de la abolición del Imperio y la Fundación del Reino Universal Único, a nadie le dijo Dios palabra, ni siquiera a su Primogénito. En la Historia de Jesús comenté que la transformación del Imperio en un Reino sempiterno y universal fue la primera medida con la que se abrió esta Revolución de la Vida contra la Muerte. La primera medida pero no la única. FUNDACION DEL REINO UNIVERSAL
La segunda parte de su Libro, el Evangelio, trata de la Batalla entre
la Vida y la Muerte, del Cielo contra el Infierno, y glorifica la Victoria del
Espíritu Santo contra el espíritu Maligno, de Cristo sobre el Diablo.
Dice el Libro de Dios en su tercera parte que llegado el Día Anunciado
le ordenó Dios a todos sus hijos presentarse ante su Trono y deponer sus
coronas a sus pies. De lo que se lee se ve que unos lo hicieron y otros se
negaron, y en consecuencia los Rebeldes que no lo hicieron fueron perseguidos,
destronados y arrojados del Cielo.
De la lectura del Nuevo Testamento se desprende que mientras los
príncipes Fieles persiguieron a los Rebeldes, Dios llamó a su Primogénito, le
dió a conocer la Doctrina del Reino de los Cielos e inmediatamente le envió a
nuestro mundo, donde se encarnó en María "la Virgen de Nazaret", y nació bajo el
reinado de los Herodes, en Belén de Judá, durante los días del censo universal
decretado por Octavio César Augusto.
Ignorante y desconocedor de las medidas revolucionarias que su Padre
había proyectado y empezaban a materializarse a raiz de su Encarnación, el Hijo
de Dios descubrió a Cristo durante el episodio que El mismo protagonizara en el
Templo, a la edad de los doce años aproximadamente. En Cristo descubrió Jesús
el Pensamiento de Dios, y lo que es más importante, descubrió el Origen del
Espíritu Santo, que estaba en su Padre, Único Dios Verdadero e Increado que
conocieron el Infinito y la Eternidad.
Se desprende de la lectura del Nuevo Testamento que Dios le descubrió
a su Hijo tanto la identidad del verdadero Enemigo de su Reino cuanto la
Naturaleza de la Revolución que únicamente y nadie más que Cristo Jesús podía y
debía abrir.
Cristo Jesús, el Rey Mesías, el heredero de todas las promesas
escritas en el Antiguo Testamento, nacido del espíritu de Yavé: "espíritu
de inteligencia y sabiduría, de entendimiento y fortaleza, de consejo y temor
de Dios". Estando sin embargo sujeto por su Origen a la estructura del
Mundo Antiguo, y porque de entre todos los príncipes del Cielo Jesús era el Rey
de reyes, también a El le tocaba obedecer y sujetarse al decreto de Abolición
del Imperio que su Padre dictara y estuvo en la causa de la Batalla en el
Cielo, de la que habla en Su Libro, Apocalipsis. Al igual que lo hicieron los
Príncipes del Cielo también el Rey de reyes y Señor de señores debía deponer su
Corona a los pies de Dios. Y así fue. Así se hizo; Jesús, el Primogénito de los
hijos de Dios, el Unigénito de Dios, puso su Corona a los pies del Trono del
Espíritu Santo de Dios, su Padre.
De manera que sujeto a la condición de los particulares que bajo riesgo y cuenta propia emprenden una revolución sin contar con más fuerza que el amor a la Verdad, también Jesús fue atrapado por los poderes reaccionarios de este mundo, y, consecuentemente, entregado a los jueces de Cristo para que fuera contado entre los malhechores por enemigo de la Nación al caso. EL MISTERIO DE CRISTO.
Pero lo que no sabía nadie, porque nadie podía saberlo, era que al
regresar a su Mundo Jesucristo lo hacía como Rey Todopoderoso a imagen y
semejanza de su Padre, y que Glorificado de esta manera llevaba a su Casa una
Nueva familia, su propia Familia, a nacer, pero que estaba en El: Una Esposa, la Iglesia Católica, engendrada
para unir a todo el Universo en una misma Religión, unos Hermanos, cuyo Poder
es el de Dios, que está en su Palabra, y una Descendencia, nacida para unir todo su
Reino en una misma Inteligencia.
He aquí el Misterio de Dios, que es Cristo: La Cabeza es Cristo Jesús;
el Tronco es la Iglesia Católica, y los Miembros los Hermanos y los Hijos de
Dios. Aquí está el espíritu de Inteligencia:
"Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios, pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios". C.R.
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