Introducción
Los libros de las
Crónicas formaban en un principio un solo volumen, que los LXX, al igual que
hicieron con los de Samuel y Reyes, dividieron en dos. En el hebreo llevan el
título Dibre hayyamim (palabras,
cosas de los días), expresión que equivale a anales, crónicas. Esta última denominación
empleó San Jerónimo al considerar el libro como “Chronicon totius divinae historiae” o “Instrumenti veteris epitomen”. Lutero adoptó y generalizó el título
jeronimiano de Crónicas. Los LXX dieron a la obra el título de 1 y 2 libro de los Paraleipoménon, por creer que su
autor quiso completar las historias de los libros de Samuel y de los Reyes,
recogiéndose noticias que allí habíanse omitido o dejado de lado. Pero el libro
es una historia independiente y autónoma. Créese que el libro formaba parte
originariamente de los actuales libros de Esdras y Nehemías.
Lugar en el canon.
En las Biblias
hebraicas actuales las Crónicas van al final, lugar que ocupaban ya en tiempos
de Jesucristo. En las
ediciones del texto griego y latino, las Crónicas siguen a los libros de los
Reyes y preceden a los de Esdras y Nehemías. Hemos dicho que éstos
originariamente formaban un todo con los de las Crónicas, con los cuales se
parecen en cuanto al estilo, vocabulario, composición, ideas fundamentales,
predilección por las genealogías, interés por el culto, relieve concedido al
sacerdocio, levitas, cantores y porteros. A estos argumentos debe añadirse que los dos últimos
versos de las Crónicas se reproducen exactamente en Esd 1:1-4. Cuando el libro de las Crónicas se desgajó
del de Esdras, quedaron en aquél los primeros renglones con que empezaba éste.
Autor y fecha de composición.
La unidad primitiva de composición de las Crónicas y el libro de
Esdras ha llevado a algunos autores católicos a adherirse a la opinión del
Talmud, según la cual Esdras “escribió su libro y la genealogía del libro de
las Crónicas hasta él.” Pero es
más probable que el autor, muy probablemente levita, sea posterior a Esdras,
sin que nos sea posible señalar su nombre, ni siquiera precisar el tiempo
exacto en que vivió y en qué fecha puso manos a la obra. Faltando datos
históricos sobre el particular, se hace preciso recurrir al examen del texto.
Encontramos en el
texto indicios claros de que el autor de las Crónicas es posterior a Esdras. En 2 Crón
36:22-23 se habla del decreto de Ciro (año 537 a.C.); en 1 Crón 29:7 se menciona
el dárico, lo que nos traslada a un tiempo posterior a Darío I (522-486). La lista de los descendientes de David nos lleva hacia el año 350. En Nehemías se dice qué desde
Eliasib hasta el reinado de Darío se confeccionaron los censos de los sacerdotes
y levitas. Uno de los sumos sacerdotes mencionados es Yadúa,
del cual escribe Flavio Josefo que fue contemporáneo de Alejandro Magno, de lo
que se deduce que el autor escribió hacia el año 300. M. Noth l señala la fecha de composición
entre los años 300-200 a.C. Debe descartarse toda fecha posterior a esta
última. El autor del Eclesiástico (hacia el año 180 a.C.) habla de la
institución de los levitas cantores por el rey David, inspirándose
quizá en el testimonio del libro de las Crónicas.
Las
particularidades lingüísticas del libro tienden a probar la composición tardía
de la obra. En resumen, las características del libro responden
a una fecha bastante adelantada en el curso del siglo III a.C. Dado que el
autor se esfuerza por concentrar la atención de los lectores en torno al
templo, puede deducirse que escribe en la época en que el yavismo se encontraba
en situación comprometida por razón de los esfuerzos conjugados del cisma
samaritano, que tomó gran incremento a partir del año 350 y llega a su punto
álgido con la construcción del templo sobre el monte Garizim; la confabulación
de los sumos sacerdotes sucesores de Simón I el Justo con los Tobíadas y el
apoyo financiero de Tolomeo III Evergetes. Esto nos lleva de nuevo a la segunda
mitad del siglo III a.C. Hemos dicho antes que el autor procede de los círculos
de los levitas; se complace en dar sus genealogías, señalar el cometido de las
clases levíticas inferiores, tales como músicos, cantores y porteros. Tiene frases nada halagadoras para los
sacerdotes (2 Crón 5:11; 29:34).
Contenido.
La obra del cronista puede dividirse en dos partes: 1) Introducción. 2) Historia de los reyes de Judá. Alude el autor a las vicisitudes del
establecimiento del reino de Yavé en Israel, y para ello parte del primer
hombre, Adán, llegando por vía de exclusión hasta David. Hace hincapié en las genealogías de la
tribu de Judá y de Leví; a la familia de David se le concede un trato de favor. Si las genealogías sirven de introducción al reinado de David y si
éste es considerado como jefe ideal del reino teocrático, es porque el cronista
se propone enfocar la historia de su pueblo desde un ángulo particular: el de
la teocracia, fundada sobre las promesas hechas por Yavé a la dinastía davídica. En semejante perspectiva es natural que el reino de
Judá atraiga su atención.
En la segunda parte se extiende largamente en los reinados de David y de
Salomón. Al primero prometió Dios una descendencia perpetua en el trono de Judá. David, del cual se
callan todas las debilidades capaces de empañar su figura, correspondió a la
liberalidad divina promoviendo y preparando eficazmente la construcción del
templo y asegurando el esplendor de su culto. Salomón fue el que realizó el
ideal de su padre David. Deja de lado a los reyes del reino del Norte,
separados de la comunidad de Israel por el cisma políticoreligioso y fija su
atención en los de Judá, deteniéndose en aquellos que se distinguieron por su
celo por la buena marcha del culto en el templo. De los 822 versículos del
segundo libro de las Crónicas, 201 están dedicados a Salomón, 102 a Josafat, 117
a Ezequías) y 60 a Josías. De los reyes de Israel habla incidentalmente por su
intervención en la política de los de Judá. La prosperidad de cada monarca de
Judá se mide por la fidelidad del monarca al pacto de la alianza establecido
entre Yavé y David. Judá es el verdadero Israel, nombre que muchas veces se le
aplica.
Fuentes de
información.
El autor sagrado
utilizó fuentes canónicas y extrabíblicas; unas veces las cita explícitamente,
otras no. Incorpora en su libro textos del Génesis, Éxodo, Números, Josué, 1 y
2 de Samuel, 1 y 2 de los Reyes. Sin embargo, nunca menciona explícitamente estas
fuentes canónicas, a pesar de citarlas a partir de 1 Crón c.10 de manera masiva.
Las principales fuentes extrabíblicas, históricas y proféticas, son:
A) Históricas: 1) Crónica del rey David; 2) Libro de los reyes de Israel; 3) Actas de los reyes de Israel; 4) Libro de los reyes de Israel y de Judá; 5) Libro de los reyes de Judá y de Israel; 6) Midrash del libro de los reyes. Es parecer de
muchos exegetas que los libros de los números 2, 3, 4 y 5 son una misma obra,
que se cita diversamente por no tener todavía un título reconocido
oficialmente. ¿Lo es también el Midrash del libro de los reyes? A juzgar por su
género literario, no hay duda alguna. Es posible, escribe Podéchard, que el Libro
de los reyes sea una misma cosa con el Midrash del mismo nombre. Del hecho de
que este libro de los reyes, a juzgar por su contenido, era también un Midrash,
hace que esta simple posibilidad se convierta en una probabilidad seria.
B) Fuentes Proféticas: 1) Actas de Samuel el vidente; 2) Actas de Natán profeta; 3) Actas de Gad el vidente; 4) Profecía de Ido; 5) Actas de Semeyas profeta; 6) El Midrash del profeta Ido; 7) Actas de Jehú, hijo de Janani; 8) Historia de Ozias; 9) La visión de Isaías; 10) Actas de los videntes; 11) Libro de Ajías, silonita; 12) Lamentaciones de Jeremías, de contenido más amplio que las
del libro canónico.
¿Cada uno de estos libros existía por separado o circulaba en forma
de antología profética? ¿Deben o
no identificarse las fuentes proféticas con los libros históricos mencionados
antes? ¿Son o no ficticias tales citaciones? Discuten los autores sobre estos
puntos. Parece que existía un escrito que contenía el texto de varios oráculos
proféticos atribuidos a diversos autores; en lugar de escritos individuales y
por separado circulaban antologías proféticas con los textos de los oráculos
pronunciados por los videntes en tiempos y circunstancias dispares. Para su obra consultó el autor las fuentes
históricas y proféticas; la distinción entre ambas colecciones es manifiesta a
juzgar por 2 Crón 32:32; 33.18-19.
Además de las fuentes que cita explícitamente, consultó el autor
listas genealógicas confeccionadas acaso al regreso de la cautividad, cuando
se sintió la necesidad de que cada “hijo de la cautividad” probase o bien su
ascendencia judaica o los derechos que algunos alegaban para ejercer las
funciones sacerdotales. La lista de los guerreros de las doce tribus tiene
indicios de ser de origen popular. En
fin, sin que nos sea dado ver y discernir cuántas y de qué naturaleza fueron
las fuentes escritas que tuvo el autor a su disposición, no cabe perder de
vista que muchas informaciones llegaron a su conocimiento por tradición oral.
Manera de utilizar
las fuentes.
Si el autor recurre a fuentes preexistentes, no es para ajustarse a
ellas estrictamente, sino servirse libremente de las mismas de acuerdo con su
finalidad pragmático-religiosa. Desde el
primer capítulo se observa en su obra una mezcla de fidelidad y libertad frente
a las fuentes. Esta libertad de acción está condicionada a un fin suprahistórico:
la historia, más que término, es medio para un fin. El fin religioso no fluye o
se desgaja del relato histórico, que muchas veces tiene para el autor valor de
ejemplo; algunos han calificado al libro de catecismo con ejemplos. Debe
examinarse en cada caso hasta qué punto responde el autor de la objetividad
histórica del hecho.
Valor histórico.
En las Crónicas aparece un género literario característico del tiempo:
el midrash, que consiste en examinar los textos antiguos con vistas a una
explicación conforme a los tiempos presentes. En
realidad es un género edificante y explicativo ligado íntimamente a la
Escritura, en el cual la parte amplificada es real, pero secundaria y
subordinada siempre al fin religioso esencial, que es poner de manifiesto la
obra de Dios, la palabra de Dios. En los libros históricos, escribe Lusseau, las
fuentes, sean canónicas o no se utilizan con el designio bien definido de adaptarlas,
embelleciéndolas, a las necesidades de una tesis, conforme a la exégesis
tradicional de una época. Su libro
es una historia dirigida, o mejor, una meditación sobre la historia, con tendencia
a darle una actualidad conforme a las preocupaciones de los tiempos presentes.
Coloca en el centro de la historia el reino de David, al que atribuye toda la
legislación del culto del santuario, desplazando en cierta manera a Moisés. Esta
transposición histórica pone de manifiesto el desarrollo de las ideas
religiosas al mismo, tiempo que descubre el fin inmediato que el autor se
propuso, que fue el de fundamentar los privilegios de los levitas. De esta manera el
cronista se sirve de materiales antiguos, que pone al servicio de sus
concepciones teológicas y sus puntos de vista apologéticos.
Doctrina religiosa.
Se propone el autor inducir a sus lectores a mantenerse fieles al
pacto de la alianza concluido entre Dios y David. Como condición indispensable
para pertenecer a esta comunidad davídica se requiere fidelidad a Yavé. Dios mantendrá en pie todas las promesas a
condición de que su pueblo se someta a sus preceptos y mandamientos, tal como
están escritos en la Ley de Moisés. A Dios se le debe un culto digno en el
santuario de Jerusalén; alejarse del templo equivale a apostatar de Dios.
Canonicidad.
El libro fue admitido en el canon judío, quizá después del concilio de
Jamnia (hacia el año 95 d. C.), cuando los saduceos habían perdido su
hegemonía, que les arrebataron los fariseos. La secta de Jirbet Qumrán se
inspira en el espíritu del cronista: “el mismo ideal comunitario, idénticas
exigencias morales, el mismo culto de la Ley y el mismo respeto por el
sacerdocio de Aarón” (Cazelles). La
Iglesia cristiana recibió sin dificultad en el canon el libro de las Crónicas, salvo
acaso la iglesia siríaca.
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